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title: "El club de los hachichins"
alternateTitle: "Le Club des Hachichins"
author: "Théophile Gautier"
datePublished: 1846
language: "es"
publisher: "Biblioteca Pevgrow"
source: "Gallica / Wikisource"
license: "https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/"
rights: "public-domain"
topics: ["Cultura", "Historia", "Literatura"]
canonical: "https://pevgrow.es/biblioteca/le-club-des-hachichins-1846"
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# El club de los hachichins

**Théophile Gautier**
*Revue des Deux Mondes*, 1846.

> Traducción al español del relato publicado en la *Revue des Deux Mondes* en 1846.
> Obra en dominio público. Edición Pevgrow, 2026.

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## I. El hotel Pimodan

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Una tarde de diciembre, obedeciendo a una convocatoria misteriosa, redactada en términos enigmáticos que comprendían los afiliados e ininteligibles para los demás, llegué a un barrio lejano, especie de oasis de soledad en medio de París, que el río, rodeándolo con sus dos brazos, parece defender contra las invasiones de la civilización, pues era en una vieja casa de la isla Saint-Louis, el hôtel Pimodan, construido por Lauzun, donde el extraño club del que yo formaba parte desde poco tiempo atrás celebraba sus sesiones mensuales, a las que iba a asistir por primera vez.

Aunque apenas eran las seis, la noche era negra. Una niebla, más espesa aún por la vecindad del Sena, desdibujaba todos los objetos con su guata desgarrada y agujereada, de trecho en trecho, por las aureolas rojizas de los faroles y los hilos de luz que escapaban de las ventanas iluminadas. El pavimento, inundado de lluvia, brillaba bajo los reverberos como un agua que refleja una iluminación; un viento acre, cargado de partículas heladas, azotaba el rostro, y sus silbidos guturales formaban el registro superior de una sinfonía cuyas olas hinchadas, al romperse contra los arcos de los puentes, constituían el bajo: no faltaba a aquella tarde ninguna de las rudas poesías del invierno.

Era difícil, a lo largo de aquel muelle desierto, en aquella masa de edificios sombríos, distinguir la casa que buscaba; sin embargo, mi cochero, al incorporarse sobre su pescante, logró leer en una placa de mármol el nombre a medio desdorar del antiguo hôtel, lugar de reunión de los adeptos.

Levanté el martillo esculpido, pues el uso de las campanillas de botón de cobre no había penetrado aún en aquellos países remotos, y oí varias veces chirriar en vano el cordón; por fin, cediendo a una tracción más vigorosa, el viejo pestillo oxidado se abrió, y la puerta de macizos tablones pudo girar sobre sus goznes.

Tras un cristal de transparencia amarillenta apareció, a mi entrada, la cabeza de una vieja portera esbozada por el temblor de una vela, un cuadro de Skalken ya completo. — La cabeza me hizo una mueca singular, y un dedo flaco, alargándose fuera de la garita, me indicó el camino.

Hasta donde podía distinguirlo a la pálida clarividencia que siempre cae, incluso del cielo más oscuro, el patio que atravesaba estaba rodeado de edificios de arquitectura antigua con agudos piñones; sentía los pies mojados como si hubiera caminado por un prado, pues el intersticio de los adoquines estaba lleno de hierba.

Las altas ventanas de estrechos cristales de la escalera, flameando sobre la fachada sombría, me servían de guía y no me permitían extraviarme.

Franqueado el perrón, me encontré al pie de una de esas inmensas escaleras como se construían en tiempos de Luis XIV, y en las cuales una casa moderna bailaría a sus anchas. — Una quimera egipcia al gusto de Lebrun, cabalgada por un Amor, alargaba sus patas sobre un pedestal y sostenía una bujía en sus garras curvadas en forma de candelero.

La pendiente de los escalones era suave; los descansillos y rellanos bien distribuidos atestiguaban el genio del viejo arquitecto y la vida grandiosa de los siglos transcurridos; — al subir aquella rampa admirable, vestido con mi delgado frac negro, sentía que desentonaba en el conjunto y que usurpaba un derecho que no era el mío; la escalera de servicio habría sido bastante buena para mí.

Cuadros, en su mayoría sin marco, copias de las obras maestras de la escuela italiana y de la escuela española, tapizaban las paredes, y muy arriba, en la sombra, se dibujaba vagamente un gran techo mitológico pintado al fresco.

Llegué al piso indicado. Una contrapuerta de terciopelo de Utrecht, aplastado y brillante, cuyos galones amarillentos y clavos abombados contaban los largos servicios, me hizo reconocer la puerta.

Llamé; me abrieron con las precauciones de rigor, y me encontré en una gran sala iluminada en su extremo por algunas lámparas. Al entrar allí, se retrocedía dos siglos. El tiempo, que pasa tan deprisa, parecía no haber transcurrido sobre aquella casa y, como un reloj al que se ha olvidado dar cuerda, su aguja marcaba siempre la misma fecha.

Las paredes, revestidas de paneles de madera pintados de blanco, estaban cubiertas a medias de telas oscurecidas que tenían el sello de la época; sobre la estufa gigantesca se alzaba una estatua que se hubiera podido creer robada de los emparrados de Versalles. En el techo, redondeado en cúpula, se retorcía una alegoría ampulosa, al gusto de Lemoine, y que quizá era suya.

Avancé hacia la parte luminosa de la sala, donde varias formas humanas se agitaban en torno a una mesa, y en cuanto la claridad, alcanzándome, me hubo hecho reconocer, un vigoroso hurra estremeció las profundidades sonoras del viejo edificio.

— ¡Es él! ¡Es él! —gritaron al mismo tiempo varias voces—; ¡que se le dé su parte!

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## II. Mostaza antes de cenar

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El doctor estaba de pie junto a un aparador sobre el que había una bandeja cargada de pequeñas salseras de porcelana del Japón. Un trozo de pasta o confitura verdosa, poco más o menos del tamaño del pulgar, era extraído por él mediante una espátula de un vaso de cristal, y colocado junto a una cuchara de plata sobredorada sobre cada salsera.

El rostro del doctor resplandecía de entusiasmo; sus ojos centelleaban, sus pómulos se encendían de rojeces, las venas de sus sienes se marcaban salientes, sus narices dilatadas aspiraban el aire con fuerza.

—Esto se os descontará de vuestra porción de paraíso —me dijo tendiéndome la dosis que me correspondía.

Habiendo comido cada cual su parte, se sirvió café a la manera árabe, es decir, con el poso y sin azúcar. —Luego se pusieron a la mesa.

Esta inversión en las costumbres culinarias habrá sin duda sorprendido al lector; en efecto, apenas es uso tomar el café antes de la sopa, y no es en general sino al postre cuando se comen las confituras. La cosa merece ciertamente explicación.

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## III. Paréntesis

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Existía antaño en Oriente una orden de sectarios temibles mandada por un jeque que tomaba el título de Viejo de la Montaña, o príncipe de los Asesinos.

A este Viejo de la Montaña se le obedecía sin réplica; los Asesinos, sus súbditos, marchaban con absoluta entrega a la ejecución de sus órdenes, cualesquiera que fuesen; ningún peligro los detenía, ni siquiera la muerte más cierta. A una señal de su jefe, se precipitaban desde lo alto de una torre, iban a apuñalar a un soberano en su palacio, en medio de sus guardias.

¿Por qué artificios obtenía el Viejo de la Montaña una abnegación tan completa? — Por medio de una droga maravillosa cuya receta poseía, y que tiene la propiedad de procurar alucinaciones deslumbrantes. Quienes la habían tomado hallaban, al despertar de su embriaguez, la vida real tan triste y tan descolorida, que la sacrificaban con alegría para volver al paraíso de sus sueños; pues todo hombre muerto al cumplir las órdenes del jeque iba al cielo por derecho, o, si escapaba, era admitido de nuevo a gozar de las felicidades de la misteriosa composición.

Ahora bien, la pasta verde que el doctor acababa de repartirnos era precisamente la misma que el Viejo de la Montaña ingería antaño a sus fanáticos sin que ellos se apercibieran, haciéndoles creer que tenía a su disposición el cielo de Mahoma y las huríes de tres matices, — es decir, del hachís, de donde viene hachichin, comedor de hachís, raíz de la palabra asesino, cuya acepción feroz se explica perfectamente por las costumbres sanguinarias de los afiliados del Viejo de la Montaña.

Sin duda, las gentes que me habían visto partir de mi casa a la hora en que los simples mortales toman su alimento no sospechaban que yo fuese a la isla Saint-Louis, lugar virtuoso y patriarcal si los hubo, a consumir un manjar extraño que servía, varios siglos atrás, de medio de excitación a un jeque impostor para empujar a unos iluminados al asesinato. Nada en mi atuendo perfectamente burgués habría podido hacerme sospechar de este exceso de orientalismo; más bien tenía el aire de un sobrino que va a cenar en casa de su vieja tía que el de un creyente a punto de gustar las alegrías del cielo de Mahoma en compañía de doce árabes de lo más francés.

Antes de esta revelación, os habrían dicho que existía en París en 1845, en esta época de agiotaje y de ferrocarriles, una orden de los hachichins cuya historia no escribió el señor de Hammer, y no lo habríais creído, y sin embargo nada habría sido más cierto, — según la costumbre de las cosas inverosímiles.

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## IV. Ágape

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La comida se servía de una manera extraña y en toda suerte de vajillas extravagantes y pintorescas.

Grandes vasos de Venecia, atravesados por espirales lechosas, vidrios alemanes historiados con blasones y leyendas, jarras flamencas de gres esmaltado, frascos de cuello esbelto, aún rodeados de sus trenzas de cañas, reemplazaban a los vasos, las botellas y las garrafas.

La porcelana opaca de Louis Lebeuf y la loza inglesa de flores, ornamento de las mesas burguesas, brillaban por su ausencia; ninguna fuente era igual a otra, pero cada una tenía su mérito particular; China, Japón, Sajonia contaban allí con muestras de sus más bellas pastas y de sus más ricos colores: todo un poco desportillado, un poco agrietado, pero de un gusto exquisito.

Los platos eran, en su mayoría, esmaltes de Bernard de Palissy, o lozas de Limoges, y a veces el cuchillo del trinchante encontraba, bajo los manjares reales, un reptil, una rana o un pájaro en relieve. La anguila comestible mezclaba sus repliegues con los de la culebra moldeada.

Un honrado filisteo habría experimentado algún espanto a la vista de aquellos comensales melenudos, barbudos, bigotudos o rapados de una manera singular, blandiendo dagas del siglo XVI, *kriss* malayos, navajas, e inclinados sobre alimentos a los que los reflejos de las lámparas vacilantes prestaban apariencias sospechosas.

La cena tocaba a su fin; ya algunos de los más fervientes adeptos sentían los efectos de la pasta verde: yo, por mi parte, había experimentado una transposición completa del gusto. El agua que bebía me parecía tener el sabor del vino más exquisito, la carne se convertía en mi boca en frambuesa, y recíprocamente. No habría distinguido una chuleta de un melocotón.

Mis vecinos empezaban a parecerme un poco originales; abrían grandes pupilas de autillo; su nariz se alargaba en probóscide; su boca se extendía en abertura de cascabel. Sus figuras se matizaban de tintes sobrenaturales. Uno de ellos, rostro pálido en una barba negra, reía a carcajadas ante un espectáculo invisible; el otro hacía increíbles esfuerzos por llevarse el vaso a los labios, y sus contorsiones para lograrlo excitaban silbidos atronadores. Aquel, agitado por movimientos nerviosos, hacía girar los pulgares con una increíble agilidad; este otro, recostado en el respaldo de su silla, los ojos vagos, los brazos inertes, se dejaba deslizar voluptuosamente en el mar sin fondo de la aniquilación.

Yo, con los codos sobre la mesa, lo consideraba todo a la claridad de un resto de razón que se iba y volvía por instantes como una lamparilla a punto de apagarse. Sordos calores me recorrían los miembros, y la locura, como una ola que hace espuma sobre una roca y se retira para lanzarse de nuevo, alcanzaba y abandonaba mi cerebro, que acabó por invadir del todo. La alucinación, aquel huésped extraño, se había instalado en mí.

— ¡Al salón, al salón! —gritó uno de los convivientes—; ¿no oís esos coros celestiales? Los músicos están en el atril desde hace mucho tiempo. — En efecto, una armonía deliciosa nos llegaba a bocanadas a través del tumulto de la conversación.

## V. Un señor que no estaba invitado

El salón es una enorme pieza de paneles esculpidos y dorados, techo pintado, frisos adornados con sátiros que persiguen a ninfas entre los cañaverales, vasta chimenea de mármol de color, amplias cortinas de brocatel, donde respira el lujo de los tiempos pasados. Muebles de tapicería, canapés, sillones y *bergères*, de una anchura que permitía a las faldas de las duquesas y las marquesas extenderse a sus anchas, recibieron a los hachichins en sus brazos mullidos y siempre abiertos. Una *chauffeuse*, en el ángulo de la chimenea, me hacía avances; me instalé en ella y me abandoné sin resistencia a los efectos de la droga fantástica.

Al cabo de algunos minutos, mis compañeros, unos tras otros, desaparecieron, sin dejar otro vestigio que su sombra en la pared, que pronto la hubo absorbido; — así las manchas pardas que el agua hace sobre la arena se desvanecen al secarse. Y desde entonces, como ya no tuve conciencia de lo que hacían, habrá que contentarse por esta vez con el relato de mis simples impresiones personales. — La soledad reinó en el salón, estrellado tan sólo por algunas claridades dudosas; luego, de pronto, me pasó un relámpago rojo bajo los párpados, una innumerable cantidad de bujías se encendieron por sí solas, y me sentí bañado por una luz tibia y rubia. El lugar en que me encontraba era bien el mismo, pero con la diferencia del boceto al cuadro; todo era más grande, más rico, más espléndido. La realidad no servía más que de punto de partida a las magnificencias de la alucinación.

No veía aún a nadie, y sin embargo adivinaba la presencia de una multitud: oía roces de telas, crujidos de escarpines, voces que cuchicheaban, susurraban, ceceaban y balbucían, carcajadas sofocadas, ruidos de patas de sillón y de mesa. Manoseaban las porcelanas, se abrían y se cerraban las puertas; algo insólito ocurría.

Un personaje enigmático se me apareció súbitamente. ¿Por dónde había entrado? Lo ignoro; sin embargo, su vista no me causó ningún espanto: tenía una nariz encorvada en pico de ave, ojos verdes rodeados de tres círculos pardos, que se enjugaba con frecuencia con un inmenso pañuelo; una alta corbata blanca almidonada, en cuyo nudo iba metida una tarjeta de visita donde se leían escritas estas palabras —Daucus-Carota, du pot d'or—, estrangulaba su cuello delgado y hacía desbordar la piel de sus mejillas en pliegues rojizos; un frac negro de faldones cuadrados, de los que colgaban racimos de dijes, aprisionaba su cuerpo abombado en pecho de capón. En cuanto a sus piernas, debo confesar que estaban hechas de una raíz de mandrágora, bifurcada, negra, rugosa, llena de nudos y verrugas, que parecía haber sido arrancada recientemente, pues aún se adherían partículas de tierra a los filamentos. Estas piernas se agitaban y retorcían con una extraordinaria actividad, y, cuando el pequeño torso que sostenían estuvo del todo frente a mí, el extraño personaje prorrumpió en sollozos y, enjugándose los ojos a más y más, me dijo con la voz más doliente: «¡Hoy hay que morirse de risa!». Y lágrimas gruesas como guisantes rodaban por las alas de su nariz. «De risa… de risa…», repitieron como un eco coros de voces discordantes y gangosas.

## VI. Fantasía

Miré entonces al techo, y percibí una multitud de cabezas sin cuerpo como las de los querubines, que tenían expresiones tan cómicas, fisonomías tan joviales y tan profundamente felices, que no podía menos de compartir su hilaridad. — Sus ojos se plegaban, sus bocas se ensanchaban y sus narices se dilataban; eran muecas capaces de alegrar al mismísimo spleen. Estas máscaras bufonescas se movían en zonas que giraban en sentido inverso, lo que producía un efecto deslumbrante y vertiginoso.

Poco a poco el salón se había llenado de figuras extraordinarias, como no se encuentran más que en las aguafuertes de Callot y en las aguatintas de Goya: un revoltijo de oropeles y harapos característicos, de formas humanas y bestiales; en cualquier otra ocasión, quizá me habría inquietado semejante compañía, pero nada había de amenazador en aquellas monstruosidades. Era la malicia, y no la ferocidad, la que hacía centellear aquellas pupilas. Sólo el buen humor descubría aquellos colmillos desordenados y aquellos incisivos puntiagudos.

Como si yo hubiera sido el rey de la fiesta, cada figura venía por turno al círculo luminoso del que yo ocupaba el centro, con un aire de compunción grotesca, a murmurarme al oído chanzas de las que no puedo recordar ni una sola, pero que, en el momento, me parecían prodigiosamente ingeniosas y me inspiraban la más loca alegría.

A cada nueva aparición, una risa homérica, olímpica, inmensa, atronadora, y que parecía resonar en el infinito, estallaba a mi alrededor con mugidos de trueno. — Voces ya chillantes ya cavernosas gritaban: «No, es demasiado gracioso; ¡basta ya! Dios mío, Dios mío, ¡cuánto me divierto! ¡De más fuerte en más fuerte! — ¡Acabad! No puedo más… ¡Jo, jo, ju, ju, ji, ji! ¡Qué buena farsa! ¡Qué bello calambur! — ¡Deteneos! ¡Me ahogo! ¡Me estrangulo! No me miréis así… o hacedme atar, que voy a estallar…». A pesar de estas protestas medio bufonescas, medio suplicantes, la formidable hilaridad iba siempre en aumento, el estruendo crecía en intensidad, los suelos y las paredes de la casa se levantaban y palpitaban como un diafragma humano, sacudidos por aquella risa frenética, irresistible, implacable.

Pronto, en lugar de venir a presentárseme uno a uno, los fantasmas grotescos me asaltaron en masa, sacudiendo sus largas mangas de *pierrot*, tropezando en los pliegues de su hopalanda de mago, aplastando su nariz de cartón en choques ridículos, haciendo volar en nube el polvo de su peluca y cantando desafinadamente canciones extravagantes sobre rimas imposibles. Todos los tipos inventados por la vena burlona de los pueblos y de los artistas se encontraban allí reunidos, pero decuplicados, centuplicados en potencia. Era una muchedumbre extraña: el pulcinella napolitano golpeaba familiarmente la joroba del punch inglés; el arlequín de Bérgamo restregaba su hocico negro contra la máscara enharinada del payaso de Francia, que profería gritos espantosos; el doctor bolonés echaba tabaco en los ojos del padre Cassandre; Tartaglia galopaba a caballo sobre un clown, y Gilles daba con el pie en el trasero a don Spavento; Karagheuz, armado de su bastón obsceno, se batía en duelo con un bufón osco. Más lejos se agitaban confusamente las fantasías de los sueños grotescos, creaciones híbridas, mezcla informe del hombre, de la bestia y del utensilio, monjes con ruedas por pies y calderas por vientre, guerreros revestidos de vajilla blandiendo sables de madera en garras de ave, hombres de Estado movidos por engranajes de asador, reyes sumergidos hasta medio cuerpo en garitas de pimentero, alquimistas con la cabeza dispuesta en fuelle, los miembros contorneados en alambiques, rameras hechas de una agregación de calabazas de abultamientos extraños, todo cuanto puede trazar en la fiebre caliente del lápiz un cínico a quien la embriaguez empuja el codo. — Aquello hormigueaba, aquello reptaba, aquello trotaba, aquello saltaba, aquello gruñía, aquello silbaba, como dice Goethe en la noche del Walpurgis.

Para sustraerme al extremado apremio de aquellos barrocos personajes, me refugié en un ángulo oscuro, desde donde pude verlos entregarse a danzas como jamás conoció el Renacimiento en tiempos de Chicard, ni la Ópera bajo el reinado de Musard, el rey del cuadro desmelenado. Estos danzantes, mil veces superiores a Molière, a Rabelais, a Swift y a Voltaire, escribían, con un *entrechat* o un *balancé*, comedias tan profundamente filosóficas, sátiras de tan alto alcance y de sal tan picante, que me veía obligado a tenerme los costados en mi rincón.

Daucus-Carota ejecutaba, mientras se enjugaba los ojos, piruetas y cabriolas inconcebibles, sobre todo para un hombre que tenía piernas de raíz de mandrágora, y repetía con un tono burlescamente lastimero: «Hoy hay que morirse de risa».

Oh vosotros que habéis admirado la sublime estupidez de Odry, la necedad ronca de Alcide Tousez, la tontería llena de aplomo de Arnal, las muecas de macaco de Ravel, y que creéis saber lo que es una máscara cómica, si hubierais asistido a este baile de Gustave evocado por el hachís, convendríais en que los bufones más desternillantes de nuestros teatrillos son buenos para esculpirlos en los ángulos de un catafalco o de una tumba.

¡Qué rostros extrañamente convulsos! ¡Qué ojos parpadeantes y chispeantes de sarcasmos bajo su membrana de ave! ¡Qué rictus de hucha! ¡Qué bocas en hachazos! ¡Qué narices facetamente dodecaédricas! ¡Qué abdómenes preñados de burlas pantagruélicas! Cómo a través de todo ese hormigueo de pesadilla sin angustia se dibujaban a relámpagos semejanzas súbitas y de un efecto irresistible, caricaturas capaces de dar celos a Daumier y a Gavarni, fantasías que harían desmayar de gusto a los maravillosos artistas chinos, los Fidias del *poussah* y del *magot*.

No todas las visiones eran, sin embargo, monstruosas o burlescas; la gracia se mostraba también en ese carnaval de formas: junto a la chimenea, una cabecita de mejillas de melocotón se revolcaba sobre sus cabellos rubios, mostrando en un interminable acceso de alegría treinta y dos dientes pequeños como granos de arroz, y lanzando una carcajada aguda, vibrante, argentina, prolongada, bordada de trinos y de puntos de órgano, que me atravesaba el tímpano y, por un magnetismo nervioso, me forzaba a cometer una multitud de extravagancias.

El frenesí gozoso estaba en su punto más alto; ya no se oían más que suspiros convulsivos, glugluteos inarticulados. La risa había perdido su timbre y degeneraba en gruñido, el espasmo sucedía al placer; el estribillo de Daucus-Carota iba a hacerse verdadero. Ya varios hachichins anonadados habían rodado por tierra con esa muelle pesadez de la embriaguez que hace las caídas poco peligrosas; exclamaciones como éstas: «¡Dios mío, qué feliz soy! ¡Qué dicha! ¡Nado en el éxtasis! ¡Estoy en el paraíso! ¡Me sumerjo en abismos de delicias!» se cruzaban, se confundían, se cubrían. Gritos roncos brotaban de pechos oprimidos; los brazos se tendían desesperadamente hacia alguna visión fugitiva; los talones y las nucas tamborileaban sobre el suelo. Era tiempo de echar una gota de agua fría sobre ese vapor ardiente, o la caldera habría estallado. La envoltura humana, que tiene tan poca fuerza para el placer y tanta para el dolor, no habría podido soportar una presión mayor de felicidad.

Uno de los miembros del club, que no había tomado parte en la voluptuosa intoxicación a fin de vigilar la fantasía e impedir que pasaran por las ventanas aquellos de entre nosotros que se hubieran creído alas, se levantó, abrió la caja del piano y se sentó. Sus dos manos, cayendo juntas, se hundieron en el marfil del teclado, y un glorioso acorde resonando con fuerza hizo callar todos los rumores y cambió la dirección de la embriaguez.

## VII. El kief

El tema atacado era, creo, el aria de Agathe en el Freyschütz; esa melodía celeste no tardó en disipar, como un soplo que barre nubes deformes, las visiones ridículas que me obsesionaban. Las larvas gesticulantes se retiraron arrastrándose bajo los sillones, o se ocultaron entre los pliegues de las cortinas lanzando pequeños suspiros ahogados, y de nuevo me pareció que estaba solo en el salón.

El órgano colosal de Friburgo no produce, a buen seguro, una masa de sonoridad mayor que el piano tocado por el vidente (así se llama al adepto sobrio). Las notas vibraban con tal potencia, que me entraban en el pecho como flechas luminosas; pronto el aire tocado me pareció salir de mí mismo; mis dedos se agitaban sobre un teclado ausente; los sonidos brotaban de él azules y rojos, en chispas eléctricas; el alma de Weber se había encarnado en mí. Terminada la pieza, continué con improvisaciones interiores, al gusto del maestro alemán, que me causaban arrobamientos inefables; qué lástima que una estenografía mágica no haya podido recoger esas melodías inspiradas, oídas por mí solo, y que no vacilo, es bien modesta mi parte, en poner por encima de las obras maestras de Rossini, de Meyerbeer, de Félicien David. — ¡Oh Pillet! ¡Oh Vatel! una de las treinta óperas que compuse en diez minutos os enriquecería en seis meses.

A la alegría un tanto convulsiva del comienzo había sucedido un bienestar indefinible, una calma sin límites. Estaba en ese período bienaventurado del hachís que los orientales llaman el kief. Ya no sentía mi cuerpo; los lazos de la materia y del espíritu estaban desatados; me movía por mi sola voluntad en un medio que no ofrecía resistencia. Así, me lo imagino, deben actuar las almas en el mundo aromal adonde iremos después de nuestra muerte. Un vapor azulado, una luz elísea, un reflejo de gruta azurina, formaban en la habitación una atmósfera donde yo veía vagamente temblar contornos indecisos; esa atmósfera, a la vez fresca y tibia, húmeda y perfumada, me envolvía, como el agua de un baño, en un beso de una dulzura enervante; si quería cambiar de lugar, el aire acariciador hacía en torno a mí mil remolinos voluptuosos; una languidez deliciosa se apoderaba de mis sentidos y me derribaba sobre el sofá, donde me desplomaba como un vestido que se abandona. Comprendí entonces el placer que experimentan, según su grado de perfección, los espíritus y los ángeles al atravesar los éteres y los cielos, y en qué podía ocuparse la eternidad en los paraísos.

Nada material se mezclaba a ese éxtasis; ningún deseo terrestre alteraba su pureza. Por lo demás, el amor mismo no habría podido aumentarlo; Romeo hachichin habría olvidado a Julieta. La pobre niña, inclinándose entre los jazmines, habría tendido en vano desde lo alto del balcón, a través de la noche, sus hermosos brazos de alabastro; Romeo se habría quedado al pie de la escala de seda, y, aunque estoy perdidamente enamorado del ángel de juventud y de belleza creado por Shakespeare, debo convenir que la más bella muchacha de Verona, para un hachichin, no vale la pena de molestarse.

Así pues, miraba con ojo apacible, aunque encantado, la guirnalda de mujeres idealmente bellas que coronaban el friso con su divina desnudez; veía lucir hombros de satén, centellear pechos de plata, destacarse piececitos de plantas rosadas, ondular caderas opulentas, sin experimentar la menor tentación. Los espectros encantadores que perturbaban a san Antonio no habrían tenido ningún poder sobre mí.

Por un prodigio extraño, al cabo de algunos minutos de contemplación, me fundía en el objeto fijado, y me convertía yo mismo en ese objeto. — Así me había transformado en la ninfa Siringa, porque la fresca representaba en efecto a la hija del Ladón perseguida por Pan. Experimentaba todos los terrores de la pobre fugitiva, y buscaba esconderme tras cañaverales fantásticos, para evitar al monstruo de pies de macho cabrío.

## VIII. El kief se torna pesadilla

Durante mi éxtasis, Daucus-Carota había vuelto. Sentado como un sastre o como un bajá sobre sus raíces pulcramente retorcidas, clavaba en mí ojos llameantes; su pico castañeteaba de un modo tan sardónico, un tal aire de triunfo burlón estallaba en toda su pequeña persona contrahecha, que me estremecí a mi pesar. Adivinando mi espanto, redoblaba sus contorsiones y muecas, y se acercaba saltando como un segador herido o como un tullido en su escudilla.

Entonces sentí un soplo frío en mi oreja, y una voz cuyo acento me era bien conocido, aunque no pudiera definir a quién pertenecía, me dijo: «Ese miserable Daucus-Carota, que ha vendido sus piernas para beber, te ha escamoteado la cabeza, y ha puesto en su lugar, no una cabeza de asno como Puck a Bottom, sino ¡una cabeza de elefante!»

Singularmente intrigado, fui derecho al espejo, y vi que el aviso no era falso. Me habrían tomado por un ídolo hindú o javanés: mi frente se había elevado, mi nariz, alargada en trompa, se curvaba sobre mi pecho, mis orejas barrían mis hombros, y, por añadidura de disgusto, era de color índigo, como Shiva, el dios azul.

Exasperado de furor, me puse a perseguir a Daucus-Carota, que saltaba y gañía, y daba todas las señales de un terror extremo; logré atraparlo, y lo golpeé tan violentamente contra el borde de la mesa, que acabó por devolverme mi cabeza, que había envuelto en su pañuelo.

Contento de esa victoria, fui a ocupar de nuevo mi sitio en el canapé; pero la misma vocecita desconocida me dijo: «Guárdate, estás rodeado de enemigos; las potencias invisibles buscan atraerte y retenerte. Estás prisionero aquí: intenta salir, y verás.»

Un velo se rasgó en mi espíritu, y se me hizo claro que los miembros del club no eran otros que cabalistas y magos que querían arrastrarme a mi perdición.

## IX. El *tread-mill*

Me levanté con mucha dificultad y me dirigí hacia la puerta del salón, que no alcancé sino al cabo de un tiempo considerable, una potencia desconocida forzándome a retroceder un paso de cada tres. Según mi cálculo, tardé diez años en hacer ese trayecto. Daucus-Carota me seguía burlándose y murmuraba con aire de falsa conmiseración: «Si camina a ese paso, cuando llegue, será viejo.»

Había logrado, sin embargo, ganar la pieza vecina, cuyas dimensiones me parecieron cambiadas e irreconocibles. Se alargaba, se alargaba… indefinidamente. La luz, que centelleaba en su extremo, parecía tan lejana como una estrella fija. El desaliento se apoderó de mí, e iba a detenerme, cuando la vocecita me dijo, rozándome casi con sus labios: «¡Ánimo! Ella te espera a las once.»

Haciendo un llamamiento desesperado a las potencias de mi alma, logré, por una enorme proyección de voluntad, levantar mis pies que se agarraban al suelo y que me era preciso desarraigar como troncos de árboles. El monstruo de piernas de mandrágora me escoltaba parodiando mis esfuerzos y cantando, en tono de salmodia arrastrada: «¡El mármol gana! ¡El mármol gana!»

En efecto, sentía mis extremidades petrificarse, y el mármol envolverme hasta las caderas como la Dafne de las Tullerías; era estatua hasta medio cuerpo, así como esos príncipes encantados de Las mil y una noches. Mis talones endurecidos resonaban formidablemente sobre el suelo: habría podido representar al comendador en Don Juan.

Sin embargo, había llegado al descansillo de la escalera que intenté bajar; estaba a media luz y tomaba a través de mi sueño proporciones ciclópeas y gigantescas. Sus dos extremos anegados de sombra me parecían sumergirse en el cielo y en el infierno, dos abismos; al levantar la cabeza, percibía indistintamente, en una perspectiva prodigiosa, superposiciones de descansillos innumerables, rampas que subir como para llegar a la cima de la torre de Lylacq; al bajarla, presentía abismos de escalones, torbellinos de espirales, deslumbramientos de circunvoluciones. — Esta escalera debe perforar la tierra de parte a parte, me dije continuando mi marcha maquinal. Llegaré al pie el día siguiente del juicio final. Las figuras de los cuadros me miraban con aire de compasión, algunas se agitaban con contorsiones penosas, como mudos que quisieran dar un aviso importante en una ocasión suprema. Se habría dicho que querían advertirme de un lazo que evitar, pero una fuerza inerte y lúgubre me arrastraba; los escalones eran blandos y se hundían bajo mí, así como las escaleras misteriosas en las pruebas de francmasonería. Las piedras glutinosas y fláccidas se desmoronaban como vientres de sapo; nuevos descansillos, nuevos escalones, se presentaban sin cesar a mis pasos resignados, los que había franqueado se colocaban de nuevo por sí mismos delante de mí. Ese manejo duró mil años, según mi cuenta. Por fin llegué al vestíbulo, donde me esperaba otra persecución, no menos terrible.

La quimera que tenía una bujía entre las patas, a la que había reparado al entrar, me cerraba el paso con intenciones evidentemente hostiles; sus ojos verdosos centelleaban de ironía, su boca solapada reía con maldad; avanzaba hacia mí casi a ras de suelo, arrastrando por el polvo su caparazón de bronce, pero no era por sumisión; estremecimientos feroces agitaban su grupa de leona, y Daucus-Carota la azuzaba como se hace con un perro al que se quiere hacer pelear: «¡Muérdelo, muérdelo! ¡carne de mármol para una boca de bronce, es un soberbio regalo!».

Sin dejarme amedrentar por aquella horrible bestia, pasé adelante. Una bocanada de aire frío vino a golpearme el rostro, y el cielo nocturno, limpio de nubes, se me apareció de pronto. Un sembrado de estrellas empolvaba de oro las vetas de aquel gran bloque de lapislázuli. Estaba en el patio.

Para daros el efecto que me produjo aquella sombría arquitectura, me sería preciso la punta con que Piranesi rayaba el barniz negro de sus maravillosas láminas de cobre: el patio había tomado las proporciones del Campo de Marte, y se había rodeado en pocas horas de edificios gigantes que recortaban sobre el horizonte una dentellada de agujas, cúpulas, torres, piñones, pirámides, dignos de Roma y de Babilonia.

Mi sorpresa era extrema; jamás había sospechado que la isla Saint-Louis contuviera tantas magnificencias monumentales, que por lo demás habrían cubierto veinte veces su superficie real, y no pensaba sin aprensión en el poder de los magos que habían podido, en una sola velada, levantar semejantes construcciones.

—Eres juguete de vanas ilusiones; este patio es muy pequeño, murmuró la voz; tiene veintisiete pasos de largo por veinticinco de ancho.

—Sí, sí, gruñó el aborto bifurcado, pasos de botas de siete leguas. Jamás llegarás a las once; he aquí mil quinientos años que te has marchado. La mitad de tus cabellos está ya gris… Vuelve allá arriba, es lo más cuerdo.

Como yo no obedecía, el odioso monstruo me enredó en las redes de sus piernas, y, ayudándose de sus manos como de garfios, me remolcó a pesar de mi resistencia, me hizo subir de nuevo la escalera en que había experimentado tantas angustias, y me reinstaló, con gran desesperación mía, en el salón de donde me había escapado con tanto trabajo.

Entonces el vértigo se apoderó por completo de mí; me volví loco, delirante. Daucus-Carota daba cabriolas hasta el techo diciéndome: «Imbécil, te he devuelto tu cabeza, pero antes te había quitado el cerebro con una cuchara». Experimenté una tristeza espantosa, pues, al llevarme la mano al cráneo, lo encontré abierto, y perdí el conocimiento.

## X. No creáis en los cronómetros

Al volver en mí, vi la habitación llena de gentes vestidas de negro, que se abordaban con aire triste y se estrechaban la mano con una cordialidad melancólica, como personas afligidas por un dolor común. Decían: —El Tiempo ha muerto; en adelante no habrá ya ni años, ni meses, ni horas; el Tiempo ha muerto, y vamos a su entierro.

—Verdad es que era muy viejo, pero no contaba con este acontecimiento; se conservaba admirablemente para su edad, añadió una de las personas de luto que reconocí por un pintor amigo mío.

—La eternidad estaba gastada; preciso es poner un fin, repuso otro.

—¡Gran Dios! exclamé yo herido por una idea súbita, si ya no hay tiempo, ¿cuándo podrá ser las once?…

—Jamás… gritó con voz tonante Daucus-Carota, arrojándome su nariz a la cara y mostrándoseme bajo su verdadero aspecto… Jamás… siempre serán las nueve y cuarto… La aguja se quedará en el minuto en que el Tiempo ha dejado de ser, y tendrás por suplicio el de volver a mirar la aguja inmóvil, y el de tornarte a sentar para recomenzar aún, y esto hasta que marches sobre el hueso de tus talones.

Una fuerza superior me arrastraba, y ejecuté cuatro o quinientas veces el viaje, interrogando el cuadrante con una inquietud horrible. Daucus-Carota se había sentado a horcajadas sobre el reloj y me hacía espantosas muecas.

La aguja no se movía.

—¡Miserable! has parado el péndulo, exclamé yo ebrio de rabia.

—No tal, va y viene como de ordinario; … pero los soles caerán en polvo antes que esa flecha de acero haya avanzado un millonésimo de milímetro.

—Vamos, veo que es preciso conjurar a los malos espíritus, la cosa degenera en *spleen*, dijo el vidente. Hagamos un poco de música. El arpa de David será reemplazada esta vez por un piano de Érard.

Y, colocándose en el taburete, tocó melodías de movimiento vivo y de carácter alegre… Esto parecía contrariar mucho al hombre-mandragora, que se empequeñecía, se aplanaba, se descoloraba y profería gemidos inarticulados; por fin perdió toda apariencia humana, y rodó por el entarimado bajo la forma de un salsifí de dos pivotes. El encanto estaba roto.

—¡Aleluya! el Tiempo ha resucitado, gritaron voces infantiles y alegres; ve ahora a ver el reloj.

La aguja marcaba las once.

—Caballero, su coche está abajo, me dijo el criado.

El sueño había terminado. Los hachichins se fueron cada uno a su casa por su lado, como los oficiales tras el entierro de Malbrouck.

Yo bajé con pie ligero aquella escalera que me había causado tantos tormentos, y algunos instantes después estaba en mi cuarto, en plena realidad; los últimos vapores levantados por el hachís habían desaparecido. Mi razón había vuelto, o al menos lo que así llamo, a falta de otro término. Mi lucidez habría llegado hasta dar cuenta de una pantomima o de un vaudeville, o a hacer versos que rimaran en tres letras.

Théophile Gautier.
