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title: "El hachís"
alternateTitle: "Le hachich"
author: "Raymond Meunier"
datePublished: 1909
language: "es"
publisher: "Biblioteca Pevgrow"
source: "Internet Archive"
license: "https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/"
rights: "public-domain"
topics: ["Historia", "Ciencia", "Medicina"]
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# El hachís

**Raymond Meunier**

Internet Archive, 1909.

> Traducción al español. Obra en dominio público o de acceso abierto.
> Edición Pevgrow, 2026.

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BIBLIOTHÈQUE DE PSYCHOLOGIE EXPÉRIMENTALE

ET DE MÉTAPSYCHIE

Director: RAYMOND MEUNIER

Raymond MEUNIER

El Hachís

LOS PARAÍSOS EFÍMEROS

Tercera Edición

París

Biblioteca de Psicología experimental y de Metapsiquia

Director: RAYMOND MEUNIER

La Biblioteca de Psicología experimental y de Metapsiquia se dirige a los profesores, a los médicos, a los estudiantes y al público culto, a quien informará sobre los datos adquiridos por la ciencia contemporánea en el dominio psicológico y psíquico. Estos datos son hoy bastante numerosos y están bastante sólidamente establecidos para que haya podido parecer oportuno darlos a conocer fuera del mundo aún restringido de los trabajadores de laboratorio y de los especialistas. Estos encontrarán, por lo demás, entre nuestras monografías, una serie de puestas a punto útiles para sus investigaciones y exposiciones personales de cuestiones menos estudiadas y más teóricas. Pensamos que se interesarán por esta nueva publicación si juzgamos por la acogida solícita que desde el primer momento dispensaron a nuestro proyecto.

Los volúmenes de nuestra colección se repartirán en tres grupos.

El primer grupo constituirá una serie histórica.

Las diversas ciencias psicológicas, aunque hayan tomado desde un tiempo relativamente corto el carácter experimental que es aquel bajo el cual nos proponemos considerarlas especialmente, tienen detrás de sí un largo pasado. Es, pues, indispensable exponerlas, en cierto modo, «genéticamente». Este punto de vista se impone muy particularmente para ciertas cuestiones que, de cerca o de lejos, se vinculan a lo que los psicólogos contemporáneos designan con el nombre de «metapsiquia». Las investigaciones ocultas, los problemas que han englobado sucesivamente la magia, el espiritismo y la teosofía, al menos en la forma maravillosa en que la imaginación se los representaba, exigen una interpretación histórica.

En el segundo grupo se tratarán «las grandes cuestiones psicológicas». Entendemos por ello los problemas de orden general cuyo exposición se encuentra en los Manuales de filosofía, y que nos proponemos estudiar según la metodología científica a la que se debe la renovación de las ciencias psicológicas.

En fin, nuestro tercer grupo, el más importante, estará consagrado al examen de los problemas especiales de psicología y de metapsiquia. Por psicología entendemos la psicología normal, patológica, étnica y comparada. En cuanto a la Metapsiquia, entendemos por este término el conjunto de las ciencias metapsíquicas tales como el señor Charles Richet las ha definido en el Congreso de Roma (1906).

Añadamos que ciertos volúmenes de la colección podrán pertenecer a dos de estos grupos o a los tres juntos. Se trata, pues, más bien aquí de indicar las direcciones en las que nos proponemos comprometernos que de trazar desde ahora un plan limitativo de cada volumen o de circunscribir definitivamente nuestro dominio.

En resumen, el conjunto de la colección formará una especie de Ensayo sintético sobre el conjunto de las cuestiones psicológicas y de los problemas que a ellas se vinculan. Nuestro objetivo se habrá alcanzado si el esfuerzo de comprensión psicológica que caracteriza nuestra época se encuentra en ella expresado.

Volúmenes publicados:

I. — N. VASCHIDE, Director adjunto del laboratorio de Psicología patológica de la Escuela de Altos Estudios. — Las alucinaciones telepáticas.

II. — Doctor Marcel VIOLLET, Médico de Asilos. — El espiritismo en sus relaciones con la locura.

III. — Doctor A. MARIE, Médico jefe del Asilo de Villejuif, Director del laboratorio de Psicología patológica de la Escuela de Altos Estudios. — La audición mórbida.

IV. — Princesa LUBOMIRSKA. — Los prejuicios sobre la locura, con un prefacio del doctor Jules Voisin, Médico jefe del Hospicio de la Salpêtrière.

V. — N. VASCHIDE, Director adjunto del laboratorio de Psicología patológica de la Escuela de Altos Estudios y Raymond MEUNIER, Preparador del mismo laboratorio. — La patología de la atención.

VI. — Henry LAURES. — Las sinestesias.

VII-VIII. — Raymond MEUNIER, Preparador del laboratorio de Psicología patológica de la Escuela de Altos Estudios. — El Hachís, Ensayo sobre la Psicología de los Paraísos efímeros.

IX. — Doctor Henry BOUQUET. — La evolución psíquica del niño.

X. — Doctores A. MARIE, Médico jefe del Asilo de Villejuif y R. MARTIAL, Jefe de trabajos del laboratorio de higiene obrera. — Trabajo y Locura.

En preparación:

Doctor LEGRAIN, Médico jefe de Ville-Evrard. — Las locuras intermitentes.

KOSTYLEFF. — Las bases de la Psicología experimental.

Profesor BAJÉNOFF (de Moscú). — La Psicología de los condenados a muerte.

Doctor ZIEM. — Los sueños mórbidos.

Raymond MEUNIER. — La abstracción en los niños.

Doctor A. MARIE. — Compendio de Psiquiatría.

— Crímenes y Castigos.

N. VASCHIDE. — El sentimiento musical en los alienados.

Doctor Marcel VIOLLET. — El miedo mórbido.

— La Satisfacción.

— La Alegría.

Doctor Jules VOISIN. — La infancia anormal.

Doctor ARTAULT de VEVEY. — El método en Psicología comparada.

ALEXANDRE ORESCO. — Pueblos opresores y Pueblos oprimidos. Ensayo de psicología social.

Doctor B. RABAND. — El miedo en los niños.

Doctor X.... — La Psicología en el Sintoísmo.

SEYMOUR DE RICCI. — La Psicología del coleccionista.

El Hachís

DEL MISMO AUTOR

Misma colección

La patología de la Atención. — (con N. Vaschide), 1908, 1 vol., 116 páginas.

Nota sobre la medida de la Sensibilidad táctil en sus relaciones con el trabajo cerebral. — Revista de Psiquiatría. T. XIV, septiembre de 1903.

Observaciones sobre tres casos de mentira mórbida. — Journal of Mental Pathology. Vol. VI, n.º 5, 1904.

Un caso de atención precoz a las sensaciones estéticas. — Revista filosófica. Enero de 1905.

La experimentación en Psicología. — Monde Moderne. Mayo de 1906.

Una higiene filosófica: el Vegetarianismo. — Revista de Filosofía. Mayo de 1906, n.º 5.

Los Vagabundos y el Vagabundaje. — Revista moderna de Medicina y de Cirugía, agosto de 1908.

De la inestabilidad sentimental. — Journal de Psychologie normale et pathologique, 5.º año, n.º 6, noviembre-diciembre de 1908.

Artículo Hachís. — en Dictionnaire de Physiologie de Charles Richet.

En colaboración con N. Vaschide:

De los caracteres esenciales de la imagen onírica. — Annales des Sciences Psychiques, 15.º año, n.º 10, octubre de 1905 y Rivista di Psicologia applicata alla Pedagogia ed alla Psicopatologia, Bolonia, año I, n.º 3, mayo-junio.

La memoria de los sueños y la memoria en los sueños. — Revista de Filosofía, octubre y diciembre de 1906.

De la posibilidad de un Pronóstico de la Muerte en los Paralíticos generales por el examen de la Presión sanguínea. — Compte-Rendu hebdomadaire des Séances de la Société de Biologie. 18 de junio de 1908.

En colaboración con el Doctor A. Marie:

Nota sobre los dibujos estereotipados de un demente precoz. — Journal de Psychologie normale et pathologique, n.º 4, 1907.

Nota sobre algunos registros gráficos en la enfermedad de Parkinson. — Journal de Psychologie normale et pathologique, n.º 6, noviembre-diciembre de 1907.

Las curvas respiratorias en la euforia de los paralíticos generales. — Revista de Filosofía. 8.º año, n.º 5, mayo de 1908.

A propósito de investigaciones ergográficas en la corea con trastornos mentales. — Journal de Psychologie normale et pathologique. 5.º año, n.º 4, julio-agosto de 1908.

Los Vagabundos. — París, Giard y Brière editores, 1908, con un prólogo de Henry Maret, 1 vol. 333 páginas, en Encyclopédie d'Assistance, Prévoyance et Hygiène sociale.

Director: RAYMOND MEUNIER

El Hachís

Ensayo sobre la psicología de los Paraísos efímeros
Con tres láminas fuera de texto

Preparador del laboratorio de Psicología patológica de la Escuela de Altos Estudios (Asilo de Villejuif)

7, Place St Sulpice 7,

Reproducción y traducción reservadas

A Madame GEORGIE RAOUL-DUVAL,

Raymond MEUNIER.

De todas las sustancias tóxicas capaces de procurar a los hombres la ilusión efímera de la felicidad, el hachís es quizá aquella acerca de la cual han circulado y circulan todavía las más atrayentes leyendas. Revelado a nuestro mundo occidental por poetas, y por grandes poetas, el cáñamo indio fue cantado como un buen genio que daba no solamente la felicidad, sino el poder, la inteligencia, la lucidez perfecta. Ya no era la alegría limitada y material que procura el vino.

Era «la embriaguez psíquica», la exacerbación de las más altas facultades del espíritu. Ciertas veladas del hotel Pimodan consagraron el renombre del dawamesc y la inquietud que el alma romántica intentó tratarse con la droga oriental. Hoy el hachís tiene menos adeptos; se asegura sin embargo que su boga está renaciendo en ciertos clubs de Londres y de París, de Londres sobre todo.

Pero nuestra época, más fatigada, más grosera y más brutalmente sensual que la época romántica, le prefiere ordinariamente las agobiantes intoxicaciones del opio o el apaciguamiento terrible de la morfina. La jeringa de Pravaz ha reemplazado desventajosamente la bombonera de Baudelaire y la tristeza contemporánea, que viene más de la fatiga que del deseo, busca el aniquilamiento y no la exaltación.

El hachís, sin embargo, con sus numerosos derivados, sigue siendo para el psicólogo la sustancia tóxica por excelencia, aquella que permite seguir la intoxicación fase por fase, analizar una embriaguez y a veces, en los casos de intoxicaciones crónicas tan numerosos en todo Oriente, una verdadera locura. La mentalidad misma del hachichín, este amante de las delicias efímeras, sigue siendo infinitamente más interesante que la psicología mediocre de nuestros pequeños fumadores de opio occidentales o de nuestras histéricas morfinómanas. Por ello hemos procurado precisar en este trabajo los datos que poseemos sobre el hachís. Esperamos poder estudiar así en sí misma la más interesante de las intoxicaciones; y, al hacerlo, aportar una modesta contribución experimental a esta bella cuestión filosófica de la felicidad, de esa felicidad casi metafísica cuya necesidad insaciable sienten generalmente los hombres en sí mismos, y que querrían liberar de todas las contingencias, tener bajo la dependencia de su voluntad, aunque no sepan si es buscándola como se la alcanza, o si no han nacido sino para embriagarse con ella.

Estudiaremos esta psicología de los paraísos artificiales, más efímeros aún que artificiales. Pero quisiéramos, en estas primeras páginas, decir qué es el hachís, cuáles son los países donde su uso es corriente y exponer el estado actual de nuestros conocimientos sobre su quimismo aún tan poco conocido.

El hachís es un tóxico extraído de las sumidades floridas del cáñamo indio (cannabis indica — familia de las ulmáceas-cannabináceas). La palabra hachís deriva del árabe y significa simplemente hierba seca. Se sabe que el cáñamo indio no difiere, desde el punto de vista botánico, del cáñamo de nuestros países (cannabis sativa). Es solamente más rico en principio activo, pero los mismos efectos podrían obtenerse con el cáñamo europeo a condición de triplicar o cuadruplicar las dosis.

Observemos sin embargo que, en la isla de la Reunión, las dos especies de cáñamo se cultivan simultáneamente y que cada una de ellas conserva sus propiedades características. La variedad cannabis indica es común al Oriente europeo (Grecia, Turquía), al Oriente africano (Egipto sobre todo) y a Asia. Es dudoso, sin embargo, que exista realmente en China.

Moreau de Tours estimaba por lo demás que nuestro cáñamo europeo venía de China y asimilaba el Cannabis chinensis al Cannabis sativa. Sea como fuere, se cultiva en China desde un tiempo inmemorial la variedad conocida con el nombre de cannabis chinensis, que contiene, así como todas las variedades del cáñamo, pero en un grado más débil, el principio activo del hachís. No parece que se utilice en la farmacopea china la resina de las sumidades floridas del cáñamo. Esto se debería sobre todo, según Soubeiran y Dabry de Thiersant, a que el modo de cultivo del cáñamo chino no es favorable a la producción de las resinas. En cambio veremos que las hojas son empleadas.

El aspecto del cáñamo indio es bastante semejante al de las otras variedades del cáñamo.

«Sus hojas, dice Aubert-Roche en un pasaje clásico, son opuestas, pecioladas, con cinco divisiones profundas y agudas. Las flores son poco aparentes. Los machos y las hembras existen como en el cáñamo ordinario. El fruto es una pequeña cápsula que contiene una sola semilla.

El cáliz de los machos tiene cinco divisiones, cinco estambres; el de las hembras es de una sola pieza. La raíz es pivotante. La diferencia que existe entre el cáñamo y el hachís está en

1. Soubeiran y Dabry de Thiersant. — La Materia médica en los Chinos, París, Masson, 1874, p. 144.

el tallo: este último solo tiene una altura de dos a tres pies a lo sumo. Su tallo no es único, sino ramoso desde el pecíolo. Las ramas son alternas; no se encuentran en el tallo esos filamentos que se hallan en el cáñamo. El olor que despide el hachís es menos fuerte que el del cáñamo: tiene algo particular.

El uso del hachís está sobre todo extendido en la Europa sudoriental, en el Asia occidental y en el África musulmana. En Egipto, a pesar de las prohibiciones, el consumo anual de hachís es por término medio de 140.000 libras. Veremos que se fuma en pipas que se pasan de mano en mano, o se absorbe en forma de electuario por las vías digestivas. El uso está tan extendido que en ciertos cafés de El Cairo o de Damasco «se siente ese olor penetrante que agarra a la garganta y que embriaga dulcemente incluso a quienes no fuman».

4. Dr. AUBERT-ROCHE. — De la peste ou typhus d'Orient, París, 1840, p. 247. 2. Charles Richet. — L'homme et l'intelligence. París, Alcan, 2.ª edic., 1887, p. 184.

SPARTMANN asegura que los hotentotes fuman el cáñamo. Los negros del Brasil lo fumarían, lo masticarían, lo ingerirían en forma de píldoras o de decocción. Según J. Deniker, los negros Ba-Louba, de la cuenca del Congo, harían también uso del hachís; pero esta costumbre estaría asociada a toda una ideología politicorreligiosa.

El hachís apenas fue conocido en la Europa occidental sino en la época en que Moreau de Tours y Théophile Gautier revelaron al mundo de los artistas y de los sabios las ágapes del hotel Pimodan. Apenas se había hablado antes del hachís. Virey, sin embargo, había creído reconocer en la droga oriental el népentès celebrado por Homero.

Se pueden por lo demás encontrar alusiones a la acción euforizante, si no del hachís, al menos de preparaciones análogas, en varios autores.

Heródoto nos enseña que los escitas se embriagaban respirando los vapores de las semillas de cáñamo tostadas sobre piedras calentadas al blanco.

Diodoro de Sicilia refiere por otra parte que las mujeres de Dióspolis de Egipto disipaban con una bebida la cólera y la pena.

Marco Polo, cuya interesante redacción tendremos que citar, pretendió que el Viejo de la Montaña, Hassan-Ben-Sabbah-Homairi, actuaba sobre sus compañeros gracias al hachís. Así se ha difundido la etimología de la palabra asesino (haschischin), hoy muy contestada por los lingüistas.

A finales del siglo XVII, Prosper Alpino nos da sobre las propiedades del cáñamo indio un trabajo de un rigor realmente científico: es su libro De medicina Ægyptorum, resultado y relación del viaje que hizo a Egipto.

Un siglo más tarde, un comerciante de Hanau, Rumpf, llamado por los intereses de su comercio a las Indias orientales, nos da descripciones muy exactas de los efectos producidos por el hachís. Señala que las hojas y las semillas del cáñamo se emplean en las Indias para ahuyentar la melancolía y provocar los sueños agradables; que el cáñamo mezclado con tabaco provoca ora las crisis convulsivas, ora la risa espasmódica, ora las crisis de lágrimas; que sus efectos varían según los individuos y que de ellos resulta a veces una especie de locura.

Murray, en 1787, retoma el estudio del cannabis indica y le reconoce propiedades excitantes y afrodisíacas.

Linneo parece haber al menos oído hablar de los efectos del hachís. Considera en efecto el cáñamo como un narcótico y habla de una sustancia llamada Malasc por los turcos, extraída del cáñamo, y que provoca una exultante alegría.

Ramazzini, en su Tratado de las enfermedades de los artesanos, hace una vaga alusión al efecto producido por el cáñamo sobre la inteligencia. Basta por lo demás con respirar un puñado de sumidades secas de cáñamo de Europa para sentir rápidamente la acción estupefaciente de esta planta.

Chardin, en un Viaje a Persia, entiende bajo los diversos nombres de bang, banghie o bueng, una preparación de cáñamo, de nuez vómica y de semillas de adormidera.

Sauvage habla de un electuario a base de cáñamo indio y del que se usaría en las Indias en las ceremonias religiosas.

«Se cuentan, dice, varias cosas fabulosas sobre la virtud de este filtro: se pretende, por ejemplo, que su efecto es cegar a un marido, cuando un adúltero está a punto de entrar en su lecho para seducir a su mujer. Pero Kempfer ha visto varios de estos hechos; tales son los siguientes: En el Malabar, muchas vírgenes, hermosas, bien arregladas, y sacadas del templo de los brahmanes, vienen en público para aplacar al dios que preside la abundancia y el buen tiempo; cuando el sacerdote lee la fórmula de las plegarias contenidas en los libros sagrados, estas doncellas comienzan a danzar, a saltar lanzando gritos, a fatigar su cuerpo, a girar sus miembros y sus ojos, a echar espuma y a hacer acciones horribles. Se conducen luego a estas brahmanes fatigadas de nuevo al templo; se las hace acostar, y, habiéndoles dado otra poción para embotar la fuerza de la primera, se las muestra una hora después al pueblo, sanas de espíritu, para que la turba de los gentiles sepa que están libres de los genios y crea que el ídolo (Wisnu) está aplacado.»

Añadamos que la droga empleada era en este caso una mezcla de cáñamo, de datura stramonium y de opio.

«Kempfer mismo recibió en una comida, de sus amigos que lo aceptaron igualmente, un cuenco de un electuario que les había sido dado por los de Bengala. Cuando lo hubieron tragado, se sintieron singularmente regocijados, se echaron a reír y a abrazarse; cuando llegó la noche, montaron a caballo, y les parecía que volaban por los aires, sobre las alas de Pegaso, y que estaban rodeados de los colores de varios arcos iris. Llegados a su casa, comieron con un apetito devorador lo que se les daba, y al día siguiente se encontraron sanos de cuerpo y de espíritu.»

El año 1845 marca finalmente la fecha capital en la historia europea del hachís.

Moreau de Tours publica allí su hermoso libro: Del hachís y de la enajenación mental, sobre el que tendremos que volver largamente. Plantea, si no la letra, al menos los principios de una psiquiatría experimental por el hachís; provoca la curiosidad del público científico y, en 1857, la Sociedad de Farmacia de París pone a concurso un estudio sobre el Cannabis Indica. Desde entonces el quimismo del hachís se convierte en objeto de estudio; los experimentos fisiológicos y terapéuticos se multiplican; las preparaciones orientales o farmacéuticas se difunden, mientras que los talleres y los cenáculos celebran, las más de las veces como platónicos enamorados, el delirio evocador de las ensoñaciones orientales.

El hachís se presenta, ora en su país de origen, el Oriente, ora en nuestro mundo occidental, bajo el aspecto de múltiples preparaciones.

Estas preparaciones llevan nombres diversos, según que deban fumarse o ingerirse por la boca, según que estén o no mezcladas con tabaco o con opio. La mayor parte del hachís consumido en Oriente se manufactura en Grecia, donde el cultivo del cáñamo indio está bastante desarrollado. La variedad oficinal se cultiva sobre todo al norte de Calcuta bajo la vigilancia del gobierno de Bengala.

La preparación industrial del cáñamo indio es muy simple. Es la oleorresina conocida con el nombre de charas la que parece contener el verdadero principio activo de la planta. Se la puede recoger poco después de la floración, cuando las semillas comienzan a formarse. Pero generalmente no se la aísla de las sumidades floridas de la planta. A veces, unos quince días antes de la recolección, se cortan las sumidades para dar más fuerza a las hojas. Estas sumidades serán por lo demás utilizadas. Cuando las hojas suficientemente grandes se vuelven viscosas al tacto, se las puede recolectar.

Se las extiende entonces sobre una estera (Æïülim.) Tan pronto como están completamente secas, se las enrolla frotándolas fuertemente. Se recoge así un primer polvo de calidad superior (sighirma), y, continuando la operación, se obtiene el producto inferior (Aourda).

La más activa de las preparaciones hechas con el cannabis indica es el hafioun o hafiou o extracto acuoso.

Después de esta preparación viene el dawamesc o extracto graso, que es azucarado y generalmente aromatizado con canela, pistacho, pimienta, nuez moscada y adicionado de almizcle, cantárida y nuez vómica. Se masca o se come con gelatinas de frutas. Se necesitan unas cuatro partes de dawamesc por una de hafioun.

El madjoun argelino y el mapouchari de El Cairo serían análogos al dawamesc. No hemos podido asegurarnos de ello.

La palabra hachís designa solamente en Turquía la adormidera. Un producto bastante corriente del cáñamo indio se llama allí esrar, lo que significa: preparación secreta. Se compone con la conserva de esrar un jarabe aromático que sirve para perfumar los sorbetes. Es de uso frecuente añadir al jarabe de esrar diversos afrodisíacos.

El assis de Egipto es una preparación de hojas de cáñamo machacadas en agua.

El chastry es una tintura de hachís que parece no consumirse sino en El Cairo.

Se hace también, en el África musulmana sobre todo, con el agua proveniente de la destilación del hachís, una pequeña cerveza cuyos efectos, según Moreau de Tours, serían «demasiado violentos para no ser peligrosos». Aubert-Roche la habría visto determinar accesos de furor.

M. Bosc de Vèze asegura por el contrario que sus efectos son muy anodinos.

El hachís se fuma, con el nombre de gozah, en una pipa especial de 50 y 60 centímetros, de hornillo perpendicular. La pastilla de gozah arde con o sin hojas aromáticas.

4. Ernest Bosc de Vèze. Tratado teórico y práctico del hachís, de las sustancias psíquicas y de las plantas mágicas. Niza, 2.ª edic., 1904.

Las fumerías se hacen generalmente en común en especies de cafés o maschechenh.

Estos establecimientos parecen volverse cada vez más raros en Egipto; pero se encuentran otros análogos en las Indias y en Arabia, e incluso en el Sur argelino y tunecino. Grabados de colores violentos adornan las paredes. Sobre una tarima algunos músicos repiten interminablemente alguna melopea. Este decorado basta al hachichin.

El kif (que significa: reposo) se fuma en Argelia y en Marruecos. Está formado de sumidades de cáñamo desecadas y machacadas. Se le fuma, sin mezclarlo con ninguna otra sustancia, en pipas de tubos más cortos que las pipas de gozah. El kif debe estar bastante fresco; pierde sus propiedades si se conserva demasiado tiempo.

En las Indias inglesas y en Persia, el hachís sin mezcla de opio toma el nombre de ganja o ganzar; se le obtiene triturando las hojas de cáñamo y recogiendo el jugo que pasa a través de una tela grosera. Pero, muy frecuentemente, se le mezcla con opio.

El gunja indio está únicamente compuesto de las sumidades floridas o apenas fructificadas de la planta. Está formado, dice G. Poucuer, de tallos de un metro de largo dispuestos por paquete de 24 y que llevan en su extremidad las inflorescencias hembras, cuyas partes todas están englutinadas y unidas unas a otras por una exudación resinosa muy abundante. Esta sustancia poco sápida posee un olor narcótico poco pronunciado que la hace preferir al bhang.

Se designa también el hachís con el nombre de charas y de bhang. El charas, como hemos visto, es la resina. Se la puede recoger paseando por las plantaciones correas de cuero que retienen, al pasar, la glu de las hojas y de las sumidades. Esta resina se presenta en masa compacta, friable, de aspecto pardusco, de débil sabor. Su olor es el mismo que el del cáñamo. Se forman luego con ella bolitas.

41. G. Poucet. *Précis de pharmacologie et de matière médicale*. París, 1907, Doin, edit., p. 207.

El *bhang* se prepara con semillas verdes. Se compone de las inflorescencias femeninas separadas del tallo y que forman una masa glutinosa mezclada de hojas y frutos.

Se ingiere en forma de infusión.

El principio activo de la intoxicación hachíchica es todavía muy mal conocido y el quimismo del hachís, a pesar de las numerosas investigaciones ya realizadas, es una cuestión que sigue en el orden del día. Recordemos brevemente los principales cuerpos sucesivamente aislados y considerados como principio activo.

Poucet estima, por lo demás, que solo debe hablarse, como principios activos verdaderos, de la resina aislada y señalada por primera vez por Courrive en 1847, luego preparada y estudiada de una forma más profunda por Gastinez en 1849. Químicamente esta resina es compleja, de coloración parda, insoluble en el agua y los álcalis, soluble en el alcohol, el éter y los aceites. Ha sido sobre todo estudiada por Courrive, Gastinel y Suiru, que la designaron con los nombres de hachichina y de cannabina. Estas primeras investigaciones se apoyaban en el hecho bien conocido, recordado por Courrive, de que en los cañamares, el aceite esencial volátil basta para provocar una ligera embriaguez.

«Las semillas de cáñamo, dice por lo demás Poucet, son oleaginosas y alimenticias, al menos para el ganado. Contienen de 20 a 30 por 100 de un aceite que desempeña bajo el nombre de aceite de cañamón un papel importante en la alimentación del hombre, que es al mismo tiempo secante y puede servir para todos los usos médicos de los demás aceites. Gozaba hace no largos años de la reputación de producir efectos notables y se la utilizaba contra las congestiones lácteas y la galactorrea: se empleaba para este uso aceite que había permanecido sobre las semillas, que había en cierto modo agotado las semillas de cáñamo, o incluso se utilizaba la emulsión de estas mismas semillas.»

Personne (en 1854) obtuvo, destilando una cantidad bastante grande de cáñamo indio, un hidrocarburo líquido (C15 H24) al que dio el nombre de canabeno, de color ambarino, cuyo olor análogo al del cáñamo producía vértigo. Su hidruro de canabeno (C20 H36) es un carburo saturado perteneciente a la serie de las parafinas. Wood, Spivey y Easterfield prepararon derivados de oxidación y de hidratación de estos hidrocarburos. Aislaron un producto, el canabinol, perteneciente al grupo de los alcanfores y cuya fórmula es C21 H26 O2.

Sresold y Branbury (en 1881) aislaron la canabinina, alcaloide líquido, volátil y poco abundante. Schmiedberg descubre otro alcaloide.

Hay pudo aislar un alcaloide sólido, tetanizante, la tetano-canabina, cuya acción parece análoga a la de la estricnina.

Preobraschenky descubre en el hachís una cantidad muy apreciable de nicotina.

Vazenra y Vienolo habrían encontrado también muscarina en el cáñamo indio. ¿Estos descubrimientos se deben simplemente a sustancias extrañas unidas al cáñamo, sin saberlo los observadores? Es perfectamente verosímil.

Merck aísla un glucósido que combina con el tanino; obtiene así un polvo pardo, de olor agradable, que tiene el sabor del tanino, al que nombra canabina tánica (*cannabinum tannicum*), dotada de propiedades hipnóticas.

Bomberon obtiene un producto extraído de la canabina tánica tras descomposición por el hidrato de zinc del compuesto tánico en solución alcohólica. Es el canabinón, que no se gelatiniza al aire, que se volatiliza sin residuo sobre una lámina calentada al rojo.

Fronhüller obtiene resultados terapéuticos con débiles dosis de un polvo de amarillo pardo, poco soluble en el agua y el alcohol, el tanato de canabina.

La multiplicidad de los productos pone en evidencia nuestra ignorancia del principio activo de la intoxicación hachíchica. En Francia, los farmacéuticos preparan de ordinario una tintura de cáñamo y un extracto alcohólico cuyo efecto es muy lento y no se obtiene sino tras la absorción de dosis bastante fuertes; parece en efecto que el principio activo del cáñamo indio es mucho más fácilmente disuelto por la grasa que por el alcohol. Además, este extracto y esta tintura deben ser, según el *Codex*, preparados con cáñamo indígena, menos activo, como hemos visto, que el cáñamo indio. Cuando se emplean desde el punto de vista terapéutico se prescribe el extracto a dosis de 20 a 80 centigramos, la tintura a dosis de 2 a 3 gramos fraccionadas en 24 horas.

Los productos orientales, el *hafioun* y sobre todo el *dawamesc*, que contienen todos los principios de la intoxicación, son muy utilizables, ya para las experiencias de laboratorio, ya incluso para la terapéutica.

Las preparaciones que vienen de Argelia son generalmente menos activas que las preparaciones que se venden en los bazares de El Cairo y de Damasco. Desgraciadamente estas últimas pierden a menudo su actividad durante el viaje.

Es pues necesario poder preparar uno mismo los productos que se han de utilizar. Se tiene así la doble ventaja de tenerlos siempre frescos y de poder fijar una fórmula que permanecerá constante para toda una serie de experiencias cuyos resultados serán comparables entre sí.

He aquí un procedimiento de preparación oriental que tomamos de M. Charles Richet y que le dio los mejores resultados. «Hice hervir durante varias horas, dice M. Richet, con 250 gramos de manteca y 500 gramos de agua, 500 gramos de sumidades de las flores del *cannabis indica* que había hecho venir de Biskra.

»En varias ocasiones añadí agua para reemplazar la que se había evaporado, y, finalmente, pasando el todo en caliente por un lienzo, obtuve un líquido pardusco, acuoso, muy espeso, que fue desechado; y un líquido graso (manteca fundida) fuertemente coloreado de verde.

»Este extracto graso no ha sido dosado desde el punto de vista de su contenido en sustancia activa; pero he experimentado sus efectos fisiológicos, y he comprobado que eran muy intensos.

»Puede hacerse una pasta de esta manteca con harina; se obtienen así bolitas que pueden administrarse a los animales o tomarse uno mismo.»

Nosotros mismos hemos utilizado esta preparación en experiencias de laboratorio, y nos ha proporcionado buenos resultados. Añadamos que M. Charles Richet nos ha aconsejado no purificar las preparaciones de hachís. El hachís purificado produce sobre todo las náuseas y los fenómenos neuromusculares; con el hachís no purificado, por el contrario, la intoxicación va seguida de fenómenos psicológicos incomparablemente más interesantes de estudiar.

De una manera general, puede por lo demás decirse que los efectos del aceite esencial son más físicos que psíquicos, mientras que los del *dawamesc* son más puramente psíquicos.

Los Sres. Gley, Richet y Rondeau han utilizado también en sus experiencias sobre los animales y sobre el hombre las siguientes preparaciones fáciles de obtener.

Una primera preparación se hizo tratando en frío con éter 500 gramos de sumidades de las flores del *cannabis indica*. La solución así obtenida era de color verde, con reflejos rojos; destilándola se obtenía un aceite verdoso muy denso que era probablemente el canabeno de Personne. Evaporando el éter, se recogía una sustancia verdosa semilíquida cuyos 5 cc. contenían 50 cgr. de materias sólidas que, mezclada con harina y azúcar, permitía la confección de píldoras fácilmente absorbibles.

Los mismos autores emplearon concurrentemente *dawamesc* que les venía de El Cairo y había sido hecho según la fórmula siguiente:

Sumidades de flores de *cannabis indica*…… 1 parte.

Piladlo todo y haced cocer durante 15 minutos. Añadid una cucharada sopera de zumo de limón y:

Azúcar…… 4 partes.
Canela…… 1/2 parte.
Cardamomo…… 1/2 parte.
Nuez moscada…… 1/2 parte.
Clavo…… 1/2 parte.
Nuez…… 2 partes.
Almendras de piñón…… 2 partes.

Un hombre, para sentir los efectos de la embriaguez hachíchica, debe tomar de esta preparación un trozo grueso como una avellana, ya puro, ya desleído en café.

Dos píldoras de la primera preparación no produjeron ningún efecto sobre animales (conejos, palomas). La misma dosis absorbida por M. Gley fue seguida de efectos muy marcados. Como hicieron entonces observar los experimentadores, estos resultados contradictorios en apariencia son interesantes en cuanto muestran que el hachís, veneno de los centros corticales, no produce efectos a débil dosis sino sobre un cerebro muy desarrollado.

Tal es el hachís, tales son las principales formas en que se ofrece a la espera curiosa de quien lo busca: electuarios que ocultan bajo los perfumes y las especias añadidas el olor soso y pesado del aceite esencial; hojas secas y trituradas, pastillas odorantes que se fumarán en la pipa misma evocadora de las perezas doradas de Oriente.

Estudiaremos, en el curso de esta obra, los fenómenos fisiológicos y psicopatológicos provocados por este veneno de la inteligencia. Pero debemos antes detenernos un instante a considerar la mentalidad del hachichín fuera de la intoxicación, debemos preguntarnos, no como moralista, sino como psicólogo, por qué la humanidad suplicante pide la alegría a drogas estupefacientes, y cuáles son los hombres a quienes atraen más especialmente los espejismos prometidos de los paraísos artificiales, — esa dicha que algunos gustan cuando han pasado el umbral alcanzable de los paraísos efímeros ¡ay! como todos los paraísos humanos.

Los filósofos y los sabios se han preguntado a menudo por qué, en todos los tiempos, los hombres habían tenido el gusto de las intoxicaciones violentas y de los estupefacientes. Se ha dado una doble respuesta, correspondiente a la doble acción, excitante y depresiva, de los venenos de la inteligencia. Unos han dicho que los intoxicados buscaban en el veneno favorito el olvido de las penas; los otros que no querían encontrar en él sino la exaltación de sus facultades.

Ambas respuestas son justas a condición de no aplicarse ni a los mismos individuos, ni a los mismos tóxicos.

Si se trata de pueblos primitivos, es muy probable que los tóxicos que descubrieron por azar los sedujeran primero por la exaltación intelectual y el bienestar físico que las primeras dosis provocaron. ¿Qué ocurre en los obreros poco desarrollados de las ciudades, en los campesinos de nuestros campos?

Es en los días de fiesta, en los días de charla y de exaltación con sus camaradas, cuando se sientan a la mesa del figón ante el vino o el alcohol a los que piden la alegría y la renovación de sus fuerzas; la somnolencia de la embriaguez no viene sino después y viene traidoramente abatiéndolos de un golpe. El borracho que bebe solo y deprisa para olvidar sus males en el entorpecimiento y el sueño es ya un refinado; es la excepción. Los estribillos populares han celebrado al enamorado decepcionado que pide al vino el olvido de las traiciones; pero quienes cantan esos estribillos apenas los ponen en práctica. Se necesita ya la mentalidad de un Musset para pedir el olvido a la intoxicación: para aniquilarse conscientemente, hay que ser a la vez pesimista, inteligente y demasiado débil ante la propia vida.

Los pueblos primitivos no tenían ni tienen ninguna de las características mentales necesarias para pedir a los tóxicos el olvido de los males.

Lo que les pedían y lo que les piden es la exacerbación de sus deseos y la ilusión pasajera de haber alcanzado el umbral del paraíso.

Los pueblos de las viejas civilizaciones orientales, imaginativos y contemplativos, agobiados a menudo por un clima excesivo, han pedido a los tóxicos ya la hipoestesia, ya la hiperestesia. Su lujo sabio ha sabido presentar el opio y el hachís en preparaciones múltiples correspondientes a sus necesidades: el opio los agobia apaciguándolos; los electuarios en que los afrodisíacos se combinan con el hachís les abren durante el tiempo de la embriaguez las puertas cristalinas de un palacio mágico donde, liberados del tiempo y del espacio, gozan de la exaltación de su pensamiento, de su emotividad y de sus sentidos. Las depresiones que siguen no hacen sino añadir a los encantos que encontrarán de nuevo al entrar otra vez en su paraíso, y el aniquilamiento demencial que corona tan a menudo la vida del hachichín los effrait tan poco que llaman «santos» a sus viejos dementes intoxicados. Todo oriental, en efecto, es a la vez un artista y un metafísico; tiene el don de concebir las formas y la unidad, lo abstracto bajo lo concreto. Pero siente el mayor desprecio por las obras y la pereza de actuar. No es artista sino para sí mismo, de donde su gusto por los tóxicos, por el hachís sobre todo, que hace estallar ante sus ojos deslumbramientos de formas, cada una de las cuales posee un coeficiente emotivo intenso.

Los tóxicos, venenos de la inteligencia, paraísos artificiales, paraísos efímeros, desempeñan en nuestro mundo occidental contemporáneo un papel muy distinto. Los individuos de nuestras razas laboriosas, adaptados a condiciones de vida social extremadamente despóticas, no aceptarán los tóxicos sino en casos de debilidad, de degeneración, de desesperación, de búsqueda ansiosa o de inadaptación a veces genial.

Todos los pesimistas débiles pedirán a los diversos alcaloides la hipoestesia que los transportará más allá de la realidad cotidiana, aún más lejos de la vida de lo que ya están por su debilidad congénita, su evolución o sus accidentales decadencias. Otros, enteramente embriagados de una fuerte tristeza, atormentados por esa imperiosa necesidad de belleza que está en el fondo del corazón de todo hombre, llenos de desprecio ante el espectáculo limitado de la torpeza cotidiana, con ese gusto del Infinito en los labios que cantó BAUDELAIRE, pedirán a los excitantes de la inteligencia que los conduzcan siempre más adelante en ese cielo que debe abrir el hachís, hacia ese ideal de lucidez y de intensidad que saben inaccesible y hacia el cual, sin embargo, tienden irremediablemente los brazos, porque una misteriosa fuerza los empuja irremediablemente a tender hacia lo absoluto. Hemos conocido a algunos de esos seres. En una época mejor orientada hacia un ideal religioso determinado, aquellos habrían hecho místicos y habrían llegado al éxtasis; en nuestros días, en que, entre la derrota de las creencias, el idealismo humano se reforma tan dolorosamente, extraviados aún más por sus cualidades que por la fatiga de sus nervios, buscan lo desconocido de los paraísos artificiales y son ellos quienes, en su derrota fatal, piden al hachís una vía posible hacia una vida superior y más intensa.

A esos desterrados que buscan el camino, a los artistas simplemente curiosos de sensaciones nuevas, a los snobs lamentables que no quieren sino asombrar por la falsa audacia de sus costumbres, el hachís les es particularmente caro.

En efecto, de todos los paraísos efímeros, aquel es el más evocador; eleva por encima de las embriagueces groseras y de las intoxicaciones farmacéuticas. Los artistas lo eligieron sobre todo por las leyendas que de él se contaban, por las paradisíacas fantasías que desplegaba ante la inteligencia encantada. Pero los sabios han venido, y los psicólogos a su vez buscan precisar las visiones de ese paraíso; y veremos pronto que tiene sus decepciones, como todos. La memoria, esa memoria que todo lo transforma a posteriori, nos traiciona a menudo; es por ella que transformamos, al despertar, los sueños de la noche; es ella la que a veces ha ordenado las visiones hachíchicas.

Es por la memoria, y por un mecanismo de autosugestión muy curioso de estudiar para el psicólogo, que los artistas franceses que describieron los efectos del hachís con toda sinceridad se detuvieron sobre todo en la euforia del comienzo de la embriaguez, corrigieron la incoherencia del delirio, descuidaron, o poco les faltó, la depresión melancólica que lo sigue o lo acompaña. Luego pusieron en ello lo mejor de sí mismos, exteriorizaron su emotividad profunda en un delirio, y eso bastó para cubrir de flores extrañamente bellas los escollos de olas lacerantes y los pasos oscuros que bordean las riberas de esa «isla feliz».

La euforia de su delirio salió ganando con ello. Fueron sobre todo sugestionados por la atrayente belleza de dos textos que reproduciremos y discutiremos, y que todos los poetas hachichines del siglo XIX conocieron y admiraron. Hemos podido comprobar, en cambio, que algunos de nuestros amigos, muy artistas, pero que nada habían leído sobre el hachís, han hecho muy normalmente la parte de la euforia, de la incoherencia y de los trastornos neuromusculares desagradables que acompañan la embriaguez hachíchica. Otros incluso han hecho un verdadero delirio melancólico que no tenía en común con el delirio de Théophile Gautier sino los grandes trastornos patológicos.

Los dos textos a los que aludimos fueron difundidos por VIREY, SYLVESTRE DE SACY y sobre todo Moreau DE Tours. El primero se refiere al nepentes de Homero; el segundo es el encantador pasaje en que Marco Polo, el voluptuoso veneciano, refiere las delicias con las que el Viejo de la Montaña fanatizaba a sus compañeros. He aquí el elogio de los paraísos efímeros por Homero.

«Entonces, se dice en el canto IV de la Odisea, Helena, hija de Zeus, tuvo otro pensamiento, y al punto vertió en el vino que bebían un bálsamo, el Nepentes, que da el olvido de los males. Quien hubiera bebido esa mezcla no podría ya derramar lágrimas en todo un día, aunque su madre y su padre hubieran muerto, aunque mataran ante él, con el bronce, a su hermano o a su hijo bienamado, y lo viera con sus propios ojos. Y la hija de Zeus poseía ese licor excelente que le había dado Polidamna, mujer de Thos, en Egipto, tierra fértil que produce muchos bálsamos, unos saludables y otros mortales.

Allí todos los médicos son los más hábiles entre los hombres, y son de la raza de Peón.»

¿Es bien el hachís el nepentes? Virey lo afirma con argumentos bastante buenos. Es sin embargo lícito dudarlo, pues la bebida elogiada por Homero parece más bien obrar como un estupefaciente que como un eufórico. Sea como fuere, es ciertamente repitiéndose este verso:

Quien hubiera bebido esa mezcla no podría ya derramar lágrimas en todo un día.

como más de un poeta buscó en el hachís el bálsamo homérico que presentaba Helena, la hija inmortal de Zeus.

El segundo texto, que evoca ante los ojos de los artistas toda la elegante sensualidad de un paraíso de Oriente, descrito, no lo olvidemos, por un italiano de la bella época, es esa página de Marco Polo tan agradable de recordar:

«En el centro del territorio de los Asesinos, dice, en Persia, en Alamut, y en Siria, en Masyaf, había lugares rodeados de muros, jardines deliciosos, en los que se encontraba todo lo que podía satisfacer las necesidades del cuerpo y los caprichos de la sensualidad más exigente; cuadros de flores, arbustos de árboles frutales, entrecortados de canales, céspedes sombreados y praderas verdes, sobre las cuales murmuraban fuentes de agua viva bajo los pasos. Bosquecillos de rosales y parrales de viñas adornaban con su follaje ricos salones o kioscos de porcelana, guarnecidos de tapices de Persia y de telas griegas.

Se servían bebidas deliciosas en vasos de oro, de plata y de cristal, por jóvenes muchachos o por jóvenes de ojos negros y profundos, semejantes a las huríes, divinidades de ese paraíso que el Profeta había prometido a los Creyentes.

El son de las arpas se mezclaba allí al canto de los pájaros, y voces melodiosas unían sus acordes a los murmullos de los arroyos. Todo allí era alegría, placer, voluptuosidad, encantamiento.

Cuando encontraba a un joven dotado de bastante fuerza y resolución para formar parte de esa legión de asesinos, el Gran Maestre lo invitaba a su mesa, lo embriagaba con la planta llamada kachich, y lo hacía transportar a los jardines. Al despertar, creía en el Paraíso de Mahoma. Las mujeres, las huríes, contribuían aún a aumentar la ilusión. Cuando había gustado hasta la saciedad todas las alegrías que el Profeta promete a los elegidos después de su muerte, cuando, embriagado por esas dulces voluptuosidades y por los vapores de un vino chispeante y generoso, caía de nuevo en una especie de letargo, se lo transportaba fuera de esos paraísos encantadores, y al cabo de algunos minutos se encontraba junto a su superior, que se esforzaba por persuadirle de que acababa de tener una visión celestial, de que era bien el Paraíso el que se había ofrecido a sus miradas y de que había tenido un anticipo de los inefables goces reservados a los fieles que habrán sacrificado su vida por el Profeta y su santa Ley.»

SALVERTE ha hecho notar cuán poco verosímil era la existencia real de semejantes jardines paradisíacos y cuán más sencillo era explicarlo todo por una embriaguez que sería a la vez física y psíquica. Observemos sin embargo que un substrato material es necesario en la intoxicación por el hachís. Las alucinaciones son en ella excepcionales; las ilusiones sensoriales son en ella la regla. Parece pues probable que los jardines de Hassan ben Sabbah existieran realmente, pero que no se volvían paradisíacos sino por la gracia del hachís.

Sea como fuere, ese encanto oriental, aún afinado por la elegancia italiana de Marco Polo, tuvo la más feliz influencia sobre la forma de las embriagueces románticas. El hachís hace dar a nuestro subconsciente lo que le pedimos, a condición sin embargo de que nuestra emotividad profunda se armonice con nuestros deseos conscientes.

Vamos a ver que el hachís dio a dos poetas que nos han dejado una perfecta descripción de esos efectos lo que cada uno de ellos le pedía: a uno, imágenes de una riqueza inaudita; al otro, ese extraño sabor de desconocido que buscaba en todas las cosas.

El primero de los poetas hachichines fue Théophile Gautier. Había oído hablar de los efectos del hachís, pero no sospechaba su potencia. El dawamesc le fue ofrecido por Moreau de Tours. He aquí cuáles fueron sus efectos:

«Al cabo de algunos minutos, un entorpecimiento general me invadió. Me pareció que mi cuerpo se disolvía y se volvía transparente. Veía muy claramente en mi pecho el hachís que había comido, bajo la forma de una esmeralda de la que se escapaban millones de pequeñas chispas. Las pestañas de mis ojos se alargaban indefinidamente, enrollándose como hilos de oro sobre pequeños carretes de marfil que giraban solos con una deslumbrante rapidez. En torno a mí eran correntadas y derrumbamientos de pedrerías de todos colores, ramajes sin cesar renovados, que no sabría comparar mejor que con los juegos del calidoscopio; veía aún a mis camaradas en ciertos instantes, pero desfigurados, mitad hombres, mitad plantas, con aires pensativos de ibis, de pie sobre una pata de avestruz, batiendo las alas, tan extraños que me retorcía de risa en mi rincón, y que, para asociarme al hervidero del espectáculo, me puse a lanzar mis cojines al aire, atrapándolos y haciéndolos girar con la rapidez de un malabarista indio...»

Tenemos aquí, a mi juicio, el mecanismo mismo de una interpretación delirante de efectos fisiológicos. La risa espasmódica y la hipermotilidad producidas por el hachís llaman inmediatamente una interpretación psicológica; evocan a la conciencia del artista-poeta las imágenes que las justifican por una asociación más frecuente de lo que se piensa —en patología sobre todo— entre el fenómeno fisiológico y el fenómeno psicológico.

Tras el acceso, la memoria viene a ordenar el complexus fisicopsicológico, y es ella la que permite a Gautier escribir esa soberbia página que reproducimos poco más o menos íntegra.

«El primer acceso tocaba a su fin. Al cabo de algunos minutos, me encontré de nuevo con toda mi sangre fría, sin dolor de cabeza, sin ninguno de los síntomas que acompañan la embriaguez del vino, y muy asombrado de lo que acababa de pasar. — Apenas había transcurrido media hora cuando volví a caer bajo el imperio del hachís.

Esta vez, la visión fue más complicada y más extraordinaria. En un aire confusamente luminoso revoloteaban, con un hormigueo perpetuo, miles de millones de mariposas cuyas alas susurraban como abanicos. Gigantescas flores de cáliz de cristal, enormes campanillas, lechos de oro y de plata subían y se abrían en torno a mí, con un crepitar semejante al de los ramilletes de fuegos artificiales. Mi oído se había desarrollado prodigiosamente: oía el ruido de los colores. Sonidos verdes, azules, amarillos, me llegaban en ondas perfectamente distintas.

Un vaso volcado, un crujido de sillón,

una palabra pronunciada en voz baja vibraban y retumbaban en mí como redobles de trueno; mi propia voz me parecía tan fuerte que no osaba hablar, ¡por miedo de derribar las murallas o de estallar como una bomba! Más de quinientos relojes me cantaban la hora con sus voces aflautadas, cobrizas, argentinas. Cada objeto rozado emitía una nota de armónica o de arpa eólica. Nadaba en un océano de sonoridad, donde flotaban, como islotes de luz, algunos motivos de Lucía y del Barbero. Jamás beatitud semejante me inundó con sus efluvios; estaba tan fundido en lo vago, tan ausente de mí mismo, tan despojado del yo, ese odioso testigo que os acompaña a todas partes, que comprendí por primera vez cuál podía ser la existencia de los espíritus elementales, de los ángeles y de las almas separadas del cuerpo. Estaba

1. Esta hiperacusia asociada a estos fenómenos de audición coloreada no ha sido quizá suficientemente advertida por los autores que se han ocupado de las sinestesias. (Véase sobre todo A. BINET, SUAREZ DE MENDOZA, A. MARIE, HENRY LAU-RES.) Las sinestesias están siempre condicionadas por una hiperestesia psicosensorial.

EL HACHÍS

como una esponja en medio del mar: a cada minuto oleadas de felicidad me atravesaban, entrando y saliendo por mis poros; pues me había vuelto permeable, y hasta el más mínimo vaso capilar, todo mi ser se inyectaba del color del medio fantástico en que estaba sumergido. Los sonidos, los perfumes, la luz, me llegaban por multitudes de tubos delgados como cabellos, en los cuales oía silbar corrientes magnéticas. — Según mi cálculo este estado duró unos trescientos años, pues las sensaciones se sucedían en él tan numerosas y apremiantes que la apreciación real del tiempo era imposible. — Pasado el acceso, vi que había durado un cuarto de hora...

«Un tercer acceso, el último y el más extraño, terminó mi velada oriental: en éste, mi vista se desdobló. — Dos imágenes de cada objeto se reflejaban en mi retina y producían una simetría completa; pero pronto la pasta mágica, del todo digerida, obrando con más fuerza sobre mi cerebro, me volví completamente loco durante

una hora. Todos los sueños pantagruélicos me pasaron por la fantasía: caprimulgos, coquesigrues, ansarones embridados, unicornios, grifos, cochemars, toda la ménagerie de los sueños monstruosos trotaba, centelleaba, revoloteaba, gañía por la habitación... Las visiones se volvieron tan barrocas que me entró el deseo de dibujarlas, e hice en menos de cinco minutos el retrato del doctor X***, tal como se me aparecía, sentado al piano, vestido de turco, un sol en la espalda de su chaqueta. Las notas están representadas escapándose del teclado, en forma de cohetes y de espirales caprichosamente acaracoladas. Otro croquis que lleva esta leyenda, — un animal del porvenir, — representa una locomotora viviente con un cuello de cisne terminado en una boca de serpiente, de donde brotan oleadas de humo, con patas monstruosas, compuestas de ruedas y de poleas; cada par de patas va acompañado de un par de alas, y, sobre la cola del animal, se ve al Mercurio antiguo que avanza vencido a pesar de sus taloneras. Gracias

al hachís, he podido hacer del natural el

retrato de un duende. Hasta ahora, sólo los oía gemir y moverse de noche, en mi viejo aparador...!»

Es bastante notable que la incoherencia de la intoxicación aguda no haya podido ser corregida por el autor: las imágenes se suceden entre sí, sin vínculos, con una abundancia inaudita. Algunos sujetos son entonces presa de angustias o de terror. Pero la imaginación de THÉOPHILE GAUTIER, acostumbrada a las románticas ebriedades de exuberantes representaciones, ve en ello un enredo digno de BREUGHEL EL VIEJO, cuyas imágenes surgen de pronto «ménagerie de los sueños monstruosos» de capas para él mismo desconocidas de su fondo mental subconsciente. Ahí está uno de los efectos más netos del hachís —y tendremos que volver sobre este punto al hablar de terapéutica—: que es ante todo el revelador por excelencia de las imágenes lejanas y de la emotividad profunda.

Las descripciones de Gautier y de BAUDELAIRE, entre tantas otras, nos lo muestran.

4. THÉOPHILE GAUTIER, — El club de los Hachichins, — Folletín de La Presse, — 10 de julio de 1843.

Pero la atención puramente y sólo artista de un THÉOPHILE GAUTIER se había aplicado sobre todo a las imágenes y a las representaciones mentales; la de un poeta doloroso y sincero como BAUDELAIRE estará dominada y dirigida hacia la emotividad y buscará en la droga exótica un paraíso donde el olvido de los males no venga sino de la exaltación de ritmos estéticos desconocidos, un paraíso artificial.

Una primera vez, hacia 1846 o 47, BAUDELAIRE habló del hachís en una pieza bastante corta: Del vino y del hachís comparados como medios de multiplicación de la individualidad.

El título es bastante significativo: es la intensidad de la lucidez y de la emotividad lo que busca el poeta. El hachís, dice, «no hace sino desarrollar desmesuradamente la personalidad humana en las circunstancias actuales en que está colocada».

Diez años más tarde, trató la cuestión más abundantemente en una serie de pequeños estudios incluidos en Los paraísos artificiales y cuyos tí-

1. CHARLES BAUDELAIRE, — Obras completas, París, Calmann-Lévy, 1899, t. IV, p. 370.

tulos solos son indicaciones: El gusto del infinito; ¿Qué es el hachís?; El teatro de Séraphin; El hombre-Dios; Moral. Es en El gusto del infinito y El hombre-Dios donde hay que buscar notaciones verdaderamente introspectivas. «Hay días, escribe BAUDELAIRE, en que el hombre se despierta con un genio joven y vigoroso. Apenas descargados sus párpados del sueño que los sellaba, el mundo exterior se le ofrece con un relieve poderoso, una nitidez de contornos, una riqueza de colores admirables. El mundo moral abre sus vastas perspectivas, llenas de claridades nuevas.

El hombre agraciado con esta beatitud, desgraciadamente rara y pasajera, se siente a la vez más artista y más justo, más noble, para decirlo todo en una palabra» (p. 160).

Ahí está la euforia psíquica, esa intensa alegría sin causa de ciertas mañanas de juventud, que los viejos a veces parecen conocer también, y cuya psicología entera está por hacer. BAUDELAIRE la confunde demasiado fácilmente con el gusto del infinito; es ella la que espera del hachís.

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«Esta acuidad del pensamiento, este entusiasmo de los sentidos y del espíritu, han debido en todo tiempo aparecer al hombre como el primero de los bienes; por eso, no considerando sino la voluptuosidad inmediata, sin inquietarse por violar las leyes de su constitución, ha buscado en la ciencia física, en la farmacéutica, en las más groseras bebidas, en los perfumes más sutiles, bajo todos los climas y en todos los tiempos, los medios de huir, aunque no fuese sino por algunas horas, de su morada de cieno, y, como dice el autor de Lázaro: de llevarse el Paraíso de un solo golpe».

Siguen generalidades sobre el hachís y una descripción, por lo demás muy justa, de la embriaguez hachíchica. «¡He aquí, pues, la felicidad! —no puede menos de exclamar el poeta—. ¡Cabe en la capacidad de una cucharilla! ¡La felicidad con todas sus embriagueces, todas sus locuras, todas sus puerilidades!». Y es en el carácter divino y espiritual de esta felicidad en lo que insiste BAUDELAIRE, en lo que escribe sus más altas páginas.

«Los colores tomarán una energía desacostumbrada y entrarán en el cerebro con una intensidad victoriosa. Delicadas, mediocres o incluso malas, las pinturas de los techos revestirán una vida espantosa; los más groseros papeles pintados que tapizan las paredes de las posadas se ahondarán como espléndidos dioramas. Las ninfas de carnes resplandecientes os miran con grandes ojos más profundos y más límpidos que el cielo y el agua; los personajes de la antigüedad, ataviados con sus trajes sacerdotales o militares, cambian con vosotros, por la simple mirada, solemnes confidencias. La sinuosidad de las líneas es un lenguaje definitivamente claro donde leéis la agitación y el deseo de las almas. Entretanto se desarrolla ese estado misterioso y temporal del espíritu, en que la profundidad de la vida, erizada de sus múltiples problemas, se revela por entero en el espectáculo, por muy natural y trivial que sea, que se tiene ante los ojos, — en que el primer objeto que llega se convierte en símbolo parlante.

».… El hachís se extiende entonces sobre toda la vida como un barniz mágico; la colorea de solemnidad y la ilumina en toda su profundidad.

Paisajes dentados, horizontes que huyen, perspectivas de ciudades blanqueadas por la lividez cadavérica de la tormenta o iluminadas por los ardores concentrados de los soles ponientes, — profundidades del espacio, alegoría de la profundidad del tiempo, — la danza, el gesto o la declamación de los cómicos, si os habéis lanzado a un teatro, — la primera frase que llega, si vuestros ojos caen sobre un libro, — todo en fin, la universalidad de los seres se alza ante vosotros con una gloria nueva no sospechada hasta entonces.

».… Abrevio. Nadie se extrañará de que un pensamiento final, supremo, brote del cerebro del soñador: «¡Me he convertido en Dios!», de que un grito salvaje, ardiente, se lance de su pecho con una energía tal, una tal potencia de proyección, que, si las voluntades y las creencias de un hombre ebrio tuvieran una virtud eficaz, ese grito derribaría a los ángeles diseminados por los caminos del cielo: ¡Soy un Dios! Pero pronto ese huracán de orgullo se transforma en una temperatura de beatitud de calma, muda, reposada, y la universalidad de los seres se presenta

coloreada y como iluminada por una aurora sulfurosa. Si por casualidad un vago recuerdo se desliza en el alma de ese deplorable bienaventurado: ¿No habrá otro Dios?, creed que se erguirá frente a aquel, que discutirá sus voluntades y que lo afrontará sin terror. ¿Cuál es el filósofo francés que, para burlarse de las doctrinas alemanas modernas, decía: Soy un dios que ha cenado mal?

— Esta ironía no mordería en un espíritu arrebatado por el hachís; respondería tranquilamente: Es posible que haya cenado mal, pero

soy un Dios».!

Si los dos poetas cuya embriaguez acabamos de trazar nos han dado, por su delirio, lo más profundo de sí mismos, se encuentra en un texto comunicado a Moreau DE Tours por una dama amiga suya una descripción mucho más realista de la intoxicación aguda.

Madame X.. ofrece en efecto un ejemplo típico del delirio más incoherente que pueda imaginarse. Después de haber absorbido el dawamesc, que le

4. BaupeLaine, — Loc. cit., páginas 205, 206, 207 y 216.

pareció por lo demás una confitura bastante desagradable, cena y la risa anunciadora del delirio no la toma sino hacia el final de la comida. Desde entonces es el desorden más inaudito de ilusiones y de alucinaciones fantásticas, e incluso de estados emotivos diversos, terroríficos o encantadores, que alternan sin ritmo alguno.

Damos como ejemplo de las interpretaciones delirantes de Madame X... este simple pasaje:

«Mis ojos estaban siempre cerrados por una especie de contracción nerviosa; me escocían mucho; busqué la causa, y no tardé en descubrir que mi criado me había encerado los ojos con encáustico y que me los frotaba con un cepillo; era un motivo más que suficiente para explicar el malestar que experimentaba en aquel lugar».

Estamos lejos de las patrañas de GAUTIER y del Théâtre Séraphin.

Es preciso saber en efecto que no sólo la embriaguez hachíchica no es enteramente eufórica, sino que además es a veces puramente depresiva y melancólica.

b&4 LE HACHICH

Una dama de nuestras amigas, tras haber fumado varias pipas de kif, sentía solamente un entorpecimiento que la hacía tambalearse y veía pasar ante sus ojos muy hermosas arabescas de oro y de plata. Muy artista, con un fondo de emotividad poderosa, se complació al principio en encontrar una gran belleza en los objetos más ordinarios, lo que le desagradó mucho después. Aplicaba el esteticismo de su emoción a las formas cualesquiera que se le ofrecían.

Luego apareció la melancolía fundamental y durante las noches que siguieron a esta embriaguez, acusó delirio onírico con despertares bruscos y angustias nocturnas.

Una de sus amigas, que tomaba el kif con ella, le suplicaba que no fumara más, tanto la tristeza humana, desvelada en aquel momento a sus ojos, le parecía infinita. En la noche que siguió, se esforzó por tomar un revólver, que se encontraba al alcance de su mano, para matarse. Afortunadamente, ni siquiera tenía fuerza para extender el brazo.

La síntesis mental femenina es generalmente más fácil de disociar que la síntesis de los

hombres, siempre más o menos víctimas de la crispación de su atención en torno a una idea. Fisiológicamente más débiles, las mujeres nos han parecido tener una embriaguez hachíchica menos intelectualmente dichosa que la de los hombres. Las asociaciones fisicopsicológicas de que hemos hablado se hacen quizá más rápidamente, pero la disociación rápida de la síntesis mental sobreviniendo muy pronto, el delirio gana en incoherencia. En las mujeres superiores, cuya mentalidad no es un simple juego de imágenes cotidianas y de vanas mundanidades, el fondo emotivo aparece, bajo la influencia del hachís, más rápidamente que en el hombre superior, a quien el cuidado de la vida colectiva ha vuelto desgraciadamente, en nuestra época sobre todo, mucho muy intelectual.

Retengamos, pues, este primer punto que nos parece debe quedar adquirido: que el hachís nos ayuda a revelarnos a nosotros mismos y a los demás. El hachís no deforma nuestra individualidad, la carga, la engrosa; va a buscar en nuestro fondo mental subconsciente las imágenes del delirio, estas imágenes se asocian en representaciones que nos son personales y se acompañan de un coeficiente emotivo que guarda siempre la tonalidad de nuestra emotividad profunda. No hay que dejarse engañar por el sentimiento de euforia que acompaña al primer acceso. Esta euforia a veces no existe. Verdad es que estos casos son raros y que una mala dosificación o las malas condiciones en que la droga es ingerida pueden ser entonces invocadas. Pero en los accesos que siguen a la risa espasmódica y a la euforia inicial y que preceden a la depresión del día siguiente, cuando la embriaguez y el delirio alcanzan su plenitud, el hachís es quizá el más poderoso reactivo que permite revelar, por una parte, nuestras imágenes mentales y sus modos de agrupamiento, y por otra, nuestro fondo emotivo individual.

Insistiremos muy especialmente en el segundo punto, que contribuye a diferenciar entre sí los relatos de las embriagueces hachíchicas. Conviene en efecto insistir en el asombroso desarrollo de la sugestionabilidad y de

la autosugestionabilidad de los individuos hachischados.

Habremos de volver sobre la importancia de este fenómeno y a mostrar el partido que de él debe sacar la terapéutica. Es fundándose en este mecanismo de sugestión, y sacando provecho de él, como se pueden hacer variar indefinidamente los efectos del hachís. M. GRAUD ha recordado a este propósito que existe un arte de hacer variar los efectos del hachís.

{1 nos parece que no se ha insistido bastante en este punto. El sujeto que acaba de tomar hachís presenta una plasticidad intelectual absolutamente comparable a la de las histéricas. El primer cuidado del tomador de hachís debe ser, pues, rodearse de amigos que deban sugerirle amables ilusiones. Estas ilusiones pueden afectar a todos los sentidos.

M. BONNASSIES refiere que su amigo el Dr. C..., solicitaba, antes de tomar el hachís, la ayuda amistosa de las personas presentes y formulaba de antemano sus deseos. Las suge-

A. GIRAUD. — El arte de hacer variar los efectos del hachís.

L'Encéphale, 1881, 1, 418-425.

2. BONNASSIES. — La sugestión en el hachís, Revue philosophique 1886, t. XXI, p. 613.

rencias más variadas y más inverosímiles triunfaron siempre.

Así se hace ver al pintor L..., que trabaja en un cuadro de historia, la escena que debe pintar (Carlos VI en el bosque de Le Mans). Conservándose la memoria de la alucinación, puede luego reproducirla sobre la tela.

Se asegura a BONNASSIES que come un pollo y bebe vino de Burdeos, cuando se le sirven patatas y un vaso de agua. La sugestión triunfa perfectamente.

El mecanismo psicológico de las sugestiones bajo la influencia del hachís es bastante particular. He aquí cómo lo analiza el Dr. BONNASSIES: «El primer sentimiento que se despierta en el espíritu del hachischado, dice, es el de protestar contra las órdenes de que es objeto.

— Este vaso de agua, piensa, es agua, y no vino. Pero, antes incluso de que haya formulado esta frase en su pensamiento, la ilusión se ha producido; y la sufre. Sin embargo, es de muy corta duración. «Para que continúe, es preciso que el asistente renueve sus

intimidaciones de una manera constante. Por una serie de sugestiones, se mantiene al hachischado en estado permanente de alucinación».

A nuestro entender, el hachís no es sólo el electuario más propio para desarrollar la sugestionabilidad de un individuo, aumenta además la autosugestionabilidad de los predispuestos y puede también transformar a los menos nerviosos en histéricos caracterizados. Desde entonces no debemos sorprendernos de la diversidad de los delirios ni de la influencia de las leyendas orientales sobre la embriaguez de nuestros hachischados. Que la última palabra de este capítulo sea, pues, una recomendación a los psicólogos, a los médicos o a los artistas que quieran experimentar, sea en enfermos, sea en sujetos de laboratorio, sea en sí mismos, los efectos del efímero paraíso:

Que no olviden, en su dispositivo experimental, que todo hachischado es un histérico de un momento y que tomen todas las precauciones que se deben tomar con un histérico para precaverse de los efectos de la sugestionabilidad y de la autosugestionabilidad, o para servirse de ellos.

La embriaguez resultante de la intoxicación aguda por el hachís presenta, de una manera muy general, dos estados: una gran excitación seguida de una extrema depresión. La aparente contradicción de estos resultados tóxicos no debe sorprendernos, pues es común a un gran número de sustancias tóxicas: el alcohol, el cloroformo, la morfina por ejemplo. Acabamos por lo demás de ver que los efectos de esta embriaguez son variables según las dosis absorbidas, según los modos de absorción, según las preparaciones elegidas, según la resistencia individual del hachischado, según su contenido mental consciente o subconsciente. Intentemos sin embargo precisar y sentar cientí-

L'IVRESSE HACHICHIQUE Gi

ficamente las características de la embriaguez hachíchica según los más típicos análisis que posee la literatura fisiológica, psicológica y médica.

C'est à Moreau de Tours a quien pediremos la primera descripción de los efectos del veneno. Sábese que había realizado experimentos para saber, por sí mismo, cómo desvariaba un loco. Partía en efecto de este principio: que la intoxicación por el hachís determina un verdadero estado de locura provocada. Discutiremos por lo demás el fundamento o el error de esta teoría. Retengamos en este momento tan sólo las características de la embriaguez hachíchica, magistralmente descrita por el ilustre médico de Bicêtre, sin olvidar sin embargo que, en su plan general, el hachís no es sino el medio que le sirve para defender una tesis de psicología general: la identidad del sueño y de la locura.

El primer efecto producido por la ingestión del hachís es, según Moreau de Tours, un sentimiento de felicidad todo psíquico, junto al cual las voluptuosidades más espiritualizadas parecen materiales. «Es un sentimiento de bienestar físico y moral, de contento interior, de alegría íntima, bienestar, contento, alegría indefinible que en vano procuráis comprender, analizar, cuya causa no podéis asir. Os sentís dichoso, lo decís, lo proclamáis con exaltación, procuráis expresarlo por todos los medios que están en vuestro poder, lo repetís hasta la saciedad; pero para decir cómo, en qué sois dichoso, las palabras os faltan para expresarlo, para daros cuenta de ello a vosotros mismos.» Es este sentimiento de euforia el que se encuentra con bastante frecuencia en patología mental.

El segundo fenómeno es la excitación, la hipoprosexia, la disociación de las ideas que es, para Moreau de Tours, el fenómeno fundamental de todo delirio, lo que él ha llamado el hecho primordial. «Uno de los primeros efectos apreciables de la acción del hachís es el debilitamiento gradual, cada vez más sensible, del poder que tenemos de dirigir nuestros pensamientos a nuestro antojo, allí donde queremos y como queremos.» La voluntad flaqueando bajo la acción del hachís, «la memoria y la imaginación predominan, las cosas presentes nos resultan extrañas, estamos por entero entregados a las cosas del pasado y del porvenir... nos dormimos soñando». Por eso los lujuriosos orientales procuran lanzar los sueños del hachís por vías voluptuosas, colocándose en el medio elegido. «Es en el fondo de su harén, rodeados de sus mujeres, bajo el encanto de la música y de las danzas lascivas ejecutadas por almeas, donde saborean el embriagador dawamesc, y, ayudando la superstición, he aquí bastante para que sean transportados al seno de las maravillas sin número que el Profeta ha reunido en su paraíso.»

Viene después, en tercer lugar, la alteración de las nociones de tiempo y de espacio, resultado de la disociación de las ideas. El tiempo parece al principio asombrosamente largo; luego los minutos se vuelven horas y las horas jornadas; en fin, «de exageración en exageración, toda idea precisa de duración se nos escapa, el pasado y el presente se confunden».

Aparece entonces la hiperacusia. La música actúa de la manera más intensa sobre el individuo hachischado. Esto se debe, por una parte, a la acción fisiológica del veneno sobre la sensibilidad auditiva, y por otra, a las múltiples asociaciones de ideas cuyos resultados son intensificados por la intoxicación. «Es aquí verdaderamente donde las expresiones faltan para pintar las emociones de toda suerte que puede hacer nacer la armonía. La música más grosera, las simples vibraciones de las cuerdas de un arpa o de una guitarra os exaltan hasta el delirio o os sumergen en una dulce melancolía.

Según incluso la disposición de ánimo en que uno se encuentra, la conmoción moral se comunica al organismo, las fibras musculares y las fibras del alma vibran al unísono y sobrevienen verdaderos movimientos coreicos o histeriformes.»

Las ideas fijas y las concepciones delirantes pueden encontrarse. Son bastante raras en la embriaguez, y Moreau de Tours las atribuye a la excitación, a la disociación de las ideas del hecho primordial. Así, tomando dawamesc con su colega el doctor Aubert-Roche, acusa a éste de haberlo envenenado, y luego se figura estar muerto, a punto de ser enterrado.

Un joven, bajo la influencia del hachís, creyó que iba a morir; uno de los asistentes, habiendo suspendido un travesaño en la pared, dijo mostrándoselo: —Sois vos el que así ha sido ahorcado; ya no sois de este mundo. —Bien lo sabía yo, exclama el pobre diablo; es horrible, ¿no es cierto, morir tan joven y de esta manera!

El sexto fenómeno es la lesión de los afectos. La afectividad puede sufrir las mismas modificaciones que el intelecto. Estas modificaciones pueden estar en relación ora con cosas pasadas, ora con cosas presentes. Un ruido de campanas determina un día en Moreau de Tours un verdadero estado de panofobia. Teme precipitarse por las ventanas; las armas antiguas pendientes de la pared le espantan; sus amigos le parecen enemigos. La memoria afectiva se encuentra también a veces intensificada: afectos pasados, olvidados, invaden de pronto de nuevo el campo de la conciencia y conmueven en sumo grado, «pero la imaginación corre con todos los gastos; los sentidos no son nada en ello». Esto puede aplicarse sobre todo a los sentimientos amorosos, «probablemente, añade Moreau de Tours, a causa de esa tendencia, de esa especie de aspiración hacia la felicidad que determina el hachís».

Las impulsiones irresistibles aparecen también a menudo durante la embriaguez hachíchica y, en fin, octavo fenómeno, las ilusiones y las alucinaciones. Las impulsiones serían también consecuencia del hecho primordial. Las sensaciones visuales dan lugar más bien a ilusiones que a alucinaciones; en cambio las alucinaciones auditivas parecen más frecuentes que las ilusiones. La sensibilidad general modificada por la intoxicación puede también ser objeto de ilusiones cenestésicas: un hachischado, por ejemplo, se creyó transformado en pistón de máquina de vapor, siendo esta extravagante opinión la consecuencia inesperada, aunque lógica, de una sensación mórbida.

Todas estas características psicológicas de la embriaguez hachíchica se acompañan de modificaciones físicas. Moreau de Tours pasó muy rápidamente, demasiado rápidamente, sobre fenómenos somáticos importantes. Notó sin embargo la sensación general de euforia, la compresión de las sienes, la alteración de los reflejos respiratorios, la aceleración del pulso, las inquietudes musculares, la pesadez de los pies y de las manos proveniente del enfriamiento de las extremidades. Describe, cuando la embriaguez es más fuerte, las oleadas de calor al rostro, la sensación de ebullición del cerebro, los zumbidos de oídos, la constricción en el epigastrio. Estos trastornos orgánicos serían consecutivos a las modificaciones intelectuales. Vamos a ver que, según otros autores, estos trastornos acompañan o preceden a las modificaciones psicofisiológicas.

Ciertamente no habría que tomar demasiado al pie de la letra esta descripción, que merece sin embargo permanecer clásica, de la embriaguez hachíchica. Es natural y lógico que el estudio de todo gran fenómeno psicológico comience por un análisis llevado al exceso, por una desagregación del hecho sintético en esquemas minuciosos a menudo hasta lo artificial. Moreau de Tours apenas incurrió en este escollo. Hizo para la descripción de la intoxicación hachíchica lo que Briquet y Charcot hicieron para la histeria, y su descripción de los ocho fenómenos permitió a los experimentadores que siguieron descripciones a la vez más completas y menos dogmáticas.

El señor Charles Richet ha reanudado, experimentalmente, sobre sí mismo y sobre sus amigos, estas investigaciones sobre el hachís, y he aquí los fenómenos que describe como característicos de la intoxicación aguda.

Es primero una sensibilidad motriz y sensitiva de la médula espinal. Oleadas de calor o de frío suben a la cabeza. Un sentimiento eufórico se apodera del sujeto, que pronto se pone a caminar, a gesticular sin razón. Durante este período, sin embargo, la inteligencia sigue siendo dueña de sí misma.

De pronto, a menudo a propósito de una palabra sin importancia, estalla una risa convulsiva, prolongada y que parece interminable. Se da uno cuenta entonces de la embriaguez hachíchica: es la fase de «hipertrofia de las ideas» que comienza. Las ideas parecen sucederse con una prodigiosa rapidez, sin lógica aparente, mientras que sin embargo permanecen naturalmente sometidas a las leyes de la asociación. Las emociones son extremadamente exageradas y paradójicas. «Las cosas más simples, escribe en efecto el señor Charles Richet, se vuelven efectos de teatro, y es con acentos trágicos como se anuncia que es tarde o que hace viento.»

Del mismo modo que en la histeria, la exageración de los sentimientos se acompaña, en la embriaguez hachíchica, de una ausencia característica de voluntad. Las fuerzas inhibitorias parecen enteramente abolidas. El hachischado no puede ya retener sus palabras ni sus gestos, lo que causa un extremo pavor a ciertos sujetos.

La alteración de las nociones de tiempo y de espacio, ese fenómeno psicológico tan importante, señalado por la mayoría de los autores, es confirmado por Charles Richet. El lenguaje apenas basta a expresar la ilusión de la embriaguez hachíchica. «Los segundos son años y los minutos siglos.» Los peldaños de una escalera parecen elevarse hasta el cielo, cien metros parecen cien mil metros, aunque el juicio rectifica este error.

Las alucinaciones propiamente dichas son relativamente raras. Las ilusiones sensoriales son por el contrario extremadamente frecuentes.

Algunas notas de música, como ya nos ha enseñado Moreau de Tours, sumergen en infinitas delicias. Notemos que estas ilusiones sensoriales son sobre todo de naturaleza emotiva, fenómeno que ha de aproximarse a la emotividad tan característica que acompaña a nuestras representaciones oníricas.

Otra serie de experimentos, realizados por los señores Gley, Charles Richet y P. Rondeau, han puesto muy bien en luz ciertos efectos psíquicos. Siendo muy estrechas las relaciones entre la mímica y la ideación bajo la influencia del hachís, los autores se han preguntado si las representaciones mentales no provocaban, durante la intoxicación hachíchica, movimientos fibrilares inconscientes. Sus resultados son plenamente positivos. Así, por ejemplo, el señor Gley, que en estado normal no presenta ningún movimiento fibrilar inconsciente en relación con su ideación, acusa por el contrario otros notablemente vivos bajo la influencia del veneno.

Los autores han tenido también la feliz idea de calcular los tiempos de reacción táctil de los sujetos hachischados. Este experimento es de un interés capital, pues nos informa directamente sobre el estado de la atención durante la hiperexcitabilidad producida por el hachís.

He aquí los tiempos de reacción táctil simple de los tres sujetos en estado normal.

1.ª respuesta 0”252 1.ª respuesta 0”201 1.ª respuesta 0”280 2.ª » 0”198 2.ª » 0”216 2.ª » 0”280 3.ª » 0”183 3.ª » 0”165 3.ª » 0”270 4.ª » 0”216 4.ª » 0”329 4.ª » 0”190 2.ª » 0”162 2.ª » 0”205 2.ª » 0”176 Media: 0”211

He aquí, comparativamente, series de cifras obtenidas en sujetos hachischados:

1.ª respuesta 0”840 1.ª respuesta » » » 0”986 1.ª » 0”660

1.ª » 0”292 1.ª » »

2.ª respuesta 0”479 2.ª » 0”367 1.ª » 0”408 4.ª » 0”522 3.ª » » 4.ª » 0”435 Media: 0”492

Al día siguiente, el sujeto La... presenta todavía reacciones de

1.ª respuesta 0”238 1.ª respuesta 0”281 2.ª » 0”212 1.ª » 0”238 3.ª » 0”198 3.ª » 0”223

Media: 0”232

La hipoprosexia, o más bien la paraprosexia del hachischado parece evidente según estas cifras. Habría sido por lo demás muy interesante prolongar estos experimentos, y luego controlarlos por los otros procedimientos de medida de la atención, a fin de aprehender en su conjunto toda la síntesis mental del sujeto, aunque dispersa y disociada.

El fisiólogo y psicólogo N. Lange,

En varias series de experimentos, continuó sus investigaciones sobre el hachís. En una muy buena autoobservación, anota, diez minutos después de la absorción de 30 centigramos de cannabina, un sentimiento de euforia física y mental. Las fuerzas físicas parecen considerablemente aumentadas. La asociación de los movimientos y la asociación de las ideas son, sin embargo, extremadamente penosas. Es imposible realizar un movimiento un poco complejo hacia un fin indicado; es imposible concentrar la atención en un objeto determinado. La percepción pasiva del mundo exterior se vuelve, por el contrario, más intensa; los contornos de los objetos son más precisos, sus colores más deslumbrantes.

A medida que la embriaguez aumentaba, parecíale a Lance que su pensamiento se debilitaba. Tenía momentos de vértigo intelectual, de pérdidas de conocimiento que le parecían durar diez minutos, un cuarto de hora: en realidad, no habían excedido de cinco segundos. En un momento determinado, pierde la noción del mundo exterior y figuras

geométricas muy brillantes se despliegan en arabescos ante sus ojos, evolucionando al capricho de su imaginación. Al mismo tiempo, cefalalias muy dolorosas, taquicardia, sensación de arroyos de fuego que corren a lo largo de la columna vertebral, ilusión de ser transportado muy lejos con absoluta impotencia para reaccionar. Un sentimiento de tristeza indecible siguió, que no cedió sino a un pesado sueño de un cuarto de hora. El despertar fue súbito, con retorno casi inmediato al estado normal.

Al día siguiente Lance trabajaba penosamente, su memoria sobre todo era muy rebelde. Al otro día, no acusaba ya ningún trastorno.

Una experiencia del señor Binet-Sanglé nos proporciona también un análisis preciso del estado mental y neuromuscular del hachichino.

Hacia las diez de la noche, después de cenar, el autor y uno de sus amigos, el pintor T..., tomaron cada uno una píldora de extracto de hachís de 0 gr. 20 aproximadamente. Una persona presente escribió entonces notas bajo el dictado del señor Binet-

Sanglé. He aquí los principales resultados.

Por parte del aparato digestivo, hay que señalar la sequedad bucal, la saliva espesa y escasa, una sed intensa.

La sensibilidad general presenta un estado anestésico muy especial que consiste sobre todo en un entorpecimiento general, acompañado de estupor e inquietud.

La hipoestesia muscular es notable.

El sujeto, sentado, tiene la sensación de caer. Sus movimientos voluntarios son inciertos y casi atáxicos. Se realizan, sin embargo, con precisión, incluso cuando son bastante complejos.

La sensibilidad táctil está, por el contrario, hiperestesiada.

La sensibilidad visual presenta trastornos importantes. Los objetos parecen agrandados y deformados. Por tanto, macropsia y, dice el autor, macropsia central.

La sensación espacial está muy modificada. Los objetos y las personas parecen muy alejados. Una niebla amarilla verdosa rodea todos los objetos que proyectan sombras verdosas. Las sensaciones se demoran largamente.

Con los ojos cerrados, la sensación persiste y la macropsia se exagera aún más.

La sensibilidad auditiva está hiperestesiada hasta el dolor, tintineos de oídos y ruidos de campanas.

La memoria presenta olvidos bruscos, pero compensados por curiosos arrebatos de hipermnesia. Cada palabra pronunciada despierta inmediatamente en el señor Binet-Sanglé, que es por lo demás un visual, la imagen visual correspondiente. Las imágenes alcanzan una intensidad tal que el autor les da el nombre de «subalucinaciones».

Se anota una alucinación verdadera. «Veo, dice el autor, una llanura cubierta de campanarios, y oigo tocar a muerto. Esta alucinación ha sido probablemente provocada por tintineos de oídos. Las voces de los asistentes y los ruidos anteriores me devuelven pronto a la realidad. He guardado de esta alucinación el recuerdo que habría guardado de una sensación.»

Las asociaciones de imágenes, el juicio, el

razonamiento se precipitan con una asombrosa rapidez.

La sugestionabilidad está aumentada. El señor Binet-Sanglé, sin embargo, resiste a las sugestiones que se le hacen.

Desde el punto de vista de la motilidad, el autor señala la exageración de los reflejos y la necesidad de hablar y de moverse. La palabra es rápida, un poco balbuceante. Los gestos son bruscos y entrecortados; no concuerdan con las palabras. La risa espasmódica no aparece en el señor Binet-Sanglé sino al cabo de un tiempo bastante largo. «Al principio estas carcajadas son bastante raras, desigualmente espaciadas y se acompañan de la emoción alegre que de ordinario precede a la risa. Pero pronto se acercan, se reproducen a intervalos iguales, y se vuelven por su repetición singularmente penosas.» El señor Binet-Sanglé experimenta entonces una fatiga dolorosa de los cigomáticos.

Cuando se levanta del sillón en que está sentado, le es imposible tenerse de pie.

Para subir a su habitación, que está en el primer piso, hay que sostenerlo y la ascensión es

lenta y penosa, aunque le parece muy rápida, lo que es de notar como característica excepcional. Notemos por lo demás que el señor Binet-Sanglé, habiendo absorbido un extracto probablemente purificado, y no habiendo sido guiado en su embriaguez por las sugestiones estéticas que sufren la mayoría de los experimentadores, ha sentido sobre todo los efectos físicos de la intoxicación. Ahora bien, puede que las alteraciones de la noción del tiempo bajo la influencia del hachís sean dobles: habría ilusión del tiempo lleno en la embriaguez más psíquica e ilusión del tiempo vacío en la embriaguez más fisiológica.

El estado normal reapareció hacia la mañana, de manera intermitente. Luego es la embriaguez la que no aparece sino por arrebatos que el señor Binet-Sanglé llama sus «olas de locura». Cuando llega la ola, el estado cenestésico vuelve a ser lo que había sido durante la velada y la risa espasmódica reaparece. Este estado dura hasta hacia las nueve o diez de la mañana. Un estado de obnubilación sensorial, de confusión en las ideas y de gran fatiga le sucede,

complicado con un estado saburral de las vías digestivas.

Estas «olas de locura» acusadas por el señor Binet-Sanglé y otros experimentadores consisten en suma en la sensación de un vapor que sube de los pies a la cabeza: se resuelven, pues, en un aura. El señor Bonnasies las ha analizado de muy interesante manera. En todas sus experiencias, la subida del aura se acompaña de una sensación de expansión agradable; la bajada, de tristeza y de inquietud vaga. La alucinación sería de plena intensidad cuando el aura ha ganado la cabeza.

El pintor T..., que había tomado hachís al mismo tiempo que el señor Binet-Sanglé, presentó ante todo importantes trastornos circulatorios. El reflejo respiratorio está suprimido, de suerte que los movimientos de inspiración y de espiración no se realizan sino gracias a una acción nerviosa de origen cortical. Estos trastornos no duraron sino algunos instantes, acompañándose sin embargo de ortopnea y de congestión de la faz. El sujeto presenta además incoordinación muscular, crisis de risa espasmódica intermitente y alucinaciones visuales. En este caso también la embriaguez es netamente fisiológica.

Es siempre, a nuestro juicio, un mal procedimiento tomar el hachís en forma de extracto, de tintura o de píldoras cuando se trata de experimentos sobre el hombre. Mientras no se haya aislado el principio activo del Cannabis indica —y, dígase lo que se diga, no se le ha aislado aún—, el dawamesc o los productos orientales serán siempre preferibles para las investigaciones psicológicas de los laboratorios. Solamente cuando se trate de ensayos terapéuticos o de experimentos sobre animales podrán emplearse con alguna utilidad los extractos, esencias o tinturas.

La autoobservación del señor Binet-Sanglé es la última de las principales descripciones que pueden servir para establecer una sintomatología completa de la embriaguez hachíchica. Notemos aún, sin embargo, entre las personas de nuestro conocimiento que han hecho uso del hachís, fuera

de toda preocupación terapéutica, algunos hechos interesantes.

Uno de nuestros amigos, bajo la influencia del hachís, se sentía tan alejado de toda cosa que le parecía no estar ya sobre la tierra. Este trastorno puede quizá acercarse a la sensación de aislamiento cósmico, bien conocida en patología mental.

Otro, al día siguiente de una embriaguez hachíchica, en ese estado especial de euforia crepuscular que conocen bien los hachichinos, y que solo el hachís da, escribía en las hojas que nos comunica:

«¡Ahora, sí, todo va bien! Soy feliz... Verdaderamente, yo solo, poseo en el momento actual una felicidad extraordinaria... Tengo la sensación confusa de que hace un momento he aprendido cierta cosa gracias a la cual, verdaderamente puedo decirlo, mi felicidad es sin mezcla... ¿qué era? ¡Bah!... no una cosa en particular... más bien un conjunto... (vago, fuga de idea).

» ... Sin embargo, con mi modestia que me hace pasear de incógnito, y verdaderamente no reconocido por los transeúntes... puedo confesarme a mí mismo

que soy el centro del mundo... no es que saque de ello orgullo, bien al contrario, profeso por ello, a todo y a todos, un reconocimiento ilimitado... Mi gratitud desborda por todas partes como una marea impetuosa.

Tengo ganas de abrazar los árboles que proyectan en torno a mí sus decorativas y fantasmagóricas siluetas... Dulces estrellas y tú, luna, ¡ah! qué dulce es vuestra luz y cuán generosos sois al querer guiarme tan bellamente en medio de las maravillas del mundo.

» Y los transeúntes y las transeúntes que benévolamente vienen en torno a mí a jugar el juego de la vida y evolucionan tan verosímiles y para mí solo... ¡Ah! querría echarme al cuello de cada uno, testimoniarle cuánto aprecio tal proceder... Hay también lisiados y traidores, feos personajes que se apresuran ahí alrededor... sí... exactamente como en la Realidad. Reconozcamos que estos personajes están admirablemente logrados y que en total todos los intérpretes merecen los sufragios del señor Incógnito.»

Hemos ya notado la forma melancólica que tomó la embriaguez de dos damas bajo la influencia del kif. Un médico amigo nuestro acusó trastornos depresivos no menos graves. Otra presentó fenómenos vasomotores muy acentuados y muy desagradables, y nada más, bajo la influencia de la cannabina.

Si, de una manera muy general, buscamos ahora reunir los síntomas de la embriaguez hachíchica, podemos decir que se acompaña:

1.º de trastornos psíquicos tales como alucinaciones, delirio, ilusiones, ilusiones de espacio y de tiempo, disociación de las ideas, aprosexia, excitación, sueño, amnesia e hipermnesia, sugestionabilidad, hiperemotividad eufórica o melancólica, etc.;

2.º de trastornos sensoriales, hiperexcitabilidad, hiperestesias, anestesias;

3.º de trastornos neuromusculares, motilidad, movimientos convulsivos, risa espasmódica, etc.

4.º de trastornos respiratorios, circulatorios y

digestivos (apetito a dosis débiles, inapetencia y dispepsia a dosis más elevadas);

5.º de trastornos secretores diversos y muy variables;

6.º de trastornos genitales, excitación a dosis débiles, anafrodisia a dosis muy fuertes y sobre todo en la intoxicación crónica.

La diversidad misma de estos trastornos es un argumento más en favor de la opinión que sostenemos: el hachís procura al individuo que lo ingiere una asombrosa plasticidad mental, le da por un momento la sugestionabilidad y sobre todo la autosugestionabilidad de un histérico. Notemos además la analogía que acerca a las taras histéricas ciertos fenómenos sensoriales o motores observados en el curso de la embriaguez hachíchica. El estudio comparado de estos trastornos no podría ser sino favorable tanto al conocimiento de la intoxicación hachíchica como al de la entidad clínica histeria, que recientes debates (Congreso de Lausana, Ginebra y Ámsterdam, 1907; Sociedad de Neurología, 1908), han precisado tan poco.

La cuestión de dosificación es capital en la previsión de los efectos de la intoxicación aguda.

Los aficionados europeos que no pueden procurarse los productos orientales se sirven las más de las veces de píldoras de cannabina. Las dosis de 15 a 20 centigramos se acompañan simplemente de excitación cerebral y de los primeros efectos psíquicos de la embriaguez; el delirio verdadero con alucinaciones e ideas obsesivas no aparece generalmente sino a la dosis de 40 centigramos y más allá. La dosis necesaria para provocar el delirio, así como su naturaleza emotiva, son por lo demás variables con los individuos, ya lo hemos visto.

El uso del hachís no se vuelve desde luego indispensable como sucede tan frecuentemente con la morfina o el opio. Apenas hay tampoco peligro de acostumbramiento, puesto que el organismo parece volverse cada vez más sensible a los efectos del tóxico a medida que se toma. «Para obtener los mismos efectos sobre mí y sobre las personas que lo tomaban al mismo tiempo que yo, escribe el señor Charles Richet, era menester primero la misma

dosis (en 1873). En 1880, la mitad de la dosis bastaba. En fin, el año anterior (1882), con la cuarta parte de la dosis que había tomado simultáneamente uno de mis colegas, yo quedé ciertamente más intoxicado que él. Los perros sobre los que experimenta el señor Ricner parecen también volverse cada vez más sensibles a la intoxicación hachíchica. Una perra de doce kilogramos, que ya había tomado hachís dos veces desde hacía un mes, recibe la misma dosis que un perro de cinco kilogramos: el resultado es poco más o menos el mismo.

Los efectos de la ingestión de hachís pueden prolongarse un tiempo bastante largo. Treinta horas después de la ingestión, un perrito de cinco kilogramos presenta todavía paraplejía de los miembros posteriores.

En la última experiencia hecha por el señor Charles Richet sobre sí mismo, los fenómenos tóxicos se prolongan de una manera que parece excepcional. Por la noche, a las ocho, el señor Richet toma 50 centigramos de extracto alcohólico.

La embriaguez comienza a las once y dura en

1. Charles Richet. — Loc. cit., p. 492.

estado agudo hasta las dos de la madrugada poco más o menos. Al día siguiente y al otro, los efectos se hacen sentir todavía y, tres días después, todas las funciones de atención y de inhibición de las ideas no han vuelto aún.

Los efectos de la embriaguez hachíchica que acabamos de examinar, estudiados no ya según su versión poética, sino según su análisis científico, nos muestran la parte de felicidad que puede dar realmente la droga verde y las decepciones que a menudo procura. Es en efecto el papel bastante melancólico del psicólogo, no destruir las ilusiones, no enderezar las mentiras vitales de la humanidad, sino mostrar la ilusión de tantos de nuestros gestos y el delirio sistematizado de una tan amplia parte de nuestra sabiduría. La embriaguez hachíchica puede sin embargo dar también un poco de felicidad; pero esta felicidad será debida sobre todo a la autosugestión provocada por el veneno elegido y que no vendrá sino un instante, cuando los dos factores concuerden, a verter al alma curiosa o dolorosa la gota bermeja de su bálsamo de exaltación.

La acción fisiológica de un tóxico no puede precisarse sino por las experiencias realizadas sobre animales en los que no hay que temer los accidentes experimentales; cuya muerte durante la intoxicación es por el contrario una enseñanza, y cuyo examen necrópsico, viniendo a infirmar o confirmar las hipótesis, permite sentar una teoría. Investigaciones experimentales se han hecho, pues, sobre animales para apreciar la toxicidad del hachís; pero desgraciadamente fueron poco numerosas y versaron generalmente sobre animales de demasiado poco peso.

Ya en 1841, Moreau de Tours hace tragar a palomas y a dos conejos, uno de tres meses, otro de siete, muy fuertes dosis de extracto puro, sin otros efectos que un poco de excitación seguida de una somnolencia de corta duración.

Liouville y Voisin hicieron ingerir a cobayas 1 gramo a 1 gr. 50 de hachís. Provocaron así en estos animales incoordinación muscular, somnolencia y una exageración de los reflejos que denunciaba una hiperactividad medular. La respiración era superficial, dificultosa, con una disminución de los tiempos de inspiración. La sensibilidad se conservaba sin embargo. El animal moría al cabo de tres o cuatro días. Se encontraba en la autopsia congestión cerebral o meníngea, equimosis en las meninges y en la pleura, congestión pulmonar.

Los mismos experimentadores realizaron sobre cobayas la intoxicación crónica. El ani-

1. Moreau de Tours. — Loc. cit., p. 401. 2. Liouville y A. Voisin. — Accidentes agudos y crónicos producidos por el hachís en los animales, 1873.

mal disminuía entonces de peso, acusaba incoordinación motriz, diarrea y finalmente la caquexia.

Hay hizo a ranas una inyección subcutánea de tetanocannabina. Nota también la hiperactividad medular que produce la exageración de los reflejos. Las ranas sobre las que experimenta presentan convulsiones tetánicas semejantes a las que determina la inyección de estricnina.

El gran reproche que puede hacerse al conjunto de estas primeras investigaciones de los laboratorios de fisiología es que versaron sobre animales de demasiado poco peso. Moreau de Tours había indicado sin embargo el interés que habría en realizar experiencias de este género sobre animales de un orden biológicamente más próximo al hombre, tales como el gato, el perro, el mono sobre todo.

Tendremos que dirigir el mismo reproche a experiencias sobre las que insistiremos sin embargo, a las experiencias realizadas

1. Hay. — A new Alcaloid of Cannabis indica. American Journal of Pharm., julio de 1873, n.º 9, T. LVI.

por Fernand Roux en el laboratorio de terapéutica del hospital Bichat, en el servicio del señor Huchard. Recordaremos sin embargo el detalle de estas experiencias porque fueron conducidas con un espíritu que nos parece realmente científico, siendo los datos experimentales precisos, las sustancias empleadas bien definidas y escrupulosamente preparadas por Dubuisson. Además no están aún demasiado alejadas de nosotros y siguen siendo bastante típicas de las experiencias hasta ahora realizadas sobre los animales con los diversos extractos del cannabis indica.

El fin inmediato que se proponía Roux era saber si el principio activo de la planta residía en el aceite esencial, en la resina, o si es a la reunión del aceite esencial y de la resina a la que el hachís debe sus propiedades. Gastinel, en efecto, se inclina por el aceite esencial, puesto que declaraba la resina inerte cuando era sometida a una fuerte temperatura y que, por

1. Fernand Roux. — Estudio sobre la cannabina. Bulletin général de thérapeutique médicale et chirurgicale, 1886, T. 411, p. 492.

consiguiente, el aceite esencial se había evaporado. Personne parece ser de la misma opinión.

En una primera experiencia, Roux administra a una gallina 50 centigramos de aceite esencial de Cannabis indica. El resultado es nulo. Algunos días después da a otra gallina 1 gr. 50 de la misma preparación. No se obtiene ningún efecto. «Me veo pues forzado a concluir, dice el autor, que la parte activa del cáñamo indio está contenida en la resina, y que el aceite esencial no goza de ninguna propiedad especial. Es pues un cuerpo que debe rechazarse completamente del arsenal médico.» (p. 498).

Quedaba por estudiar los efectos producidos por la resina. Roux, deseando tratar la cuestión lo más completamente posible, se propuso estudiar los principales extractos que pueden obtenerse con el cáñamo indio.

Se sabe en efecto que tratando por los principales disolventes 50 gramos de extracto completo de Cannabis indica, pueden obtenerse:

Extracto por el petróleo.. 32 gramos — por el éter... 2 — — por el alcohol a... — —

Extracto por el agua.... 4 — Residuo insoluble.... 2 —

Los primeros ensayos hechos por vía hipodérmica con el extracto petrolífero sobre ranas y cobayas determinaron una muerte rápida, debida únicamente a la esencia de petróleo que, eliminándose sobre todo por los pulmones, determinaba en ellos una congestión intensa. Un hecho que debemos retener se produce sin embargo:

«He inyectado a cuatro de estos animales, dice el autor, una cierta cantidad de petróleo puro, las más veces 1 gramo. A otros cuatro les introduje por vía hipodérmica la misma cantidad de petróleo conteniendo de 25 a 30 centigramos de extracto de cannabis. En todos los casos los animales sucumbieron; pero, en todas las experiencias, aquellos a los que había inyectado el extracto de cannabis suspendido en el petróleo murieron bastante después que los otros.»

¿Es debido este fenómeno a que el hachís retardó la absorción del petróleo o a las propiedades excitantes del cannabis? La primera hipótesis nos parece más verosímil, aunque sea todavía bien audaz pronunciarse.

Renunciando pues a estos primeros ensayos por inyecciones hipodérmicas, Roux hizo ingerir la cannabina por vía estomacal. Un gramo de extracto petrolífero de cannabis tratado por el alcohol a 70 grados caliente, luego evaporado, es administrado a una gallina por la mañana. Veinte minutos después, la gallina duerme un sueño muy poco profundo que parece más bien un entorpecimiento. Al cabo de cuatro horas poco más o menos, sueño profundo. El ruido ya no despierta a la gallina. Si se la sacude, si se la pellizca, se despierta, se yergue penosamente, vacila y no puede dar sino algunos pasos. Tan pronto como se la abandona vuelve a caer en su estupor. Muere en la noche.

«En la autopsia, dice Roux, se encuentra el hígado congestionado; la vesícula biliar está vacía. El estómago está lleno de granos, aunque el animal no ha comido desde veinte horas poco más o menos. El corazón está vacío. Los pulmones están congestionados, recogidos sobre sí mismos. En cuanto al sistema nervioso, médula y cerebro, no he descubierto en él nada muy notable. Quizá las meninges cerebrales estaban más inyectadas que en estado normal. Pero no me atrevo a afirmarlo, tanto difería esta inyección de la que se encuentra en estado de salud.»

Otra gallina, tratada con 1 gramo 50 de extracto petrolífero puro de cannabis, dosis considerable, presenta síntomas de intoxicación bien diferentes. Media hora después de la ingestión el animal tiene movimientos convulsivos muy acentuados, intenta volar.

Poco después aparece un verdadero delirio motor con alucinaciones visuales. La gallina bate las alas, se agita, picotea en la piedra granos imaginarios. Movimientos antipersitálticos. Al cabo de una hora y media poco más o menos, adormecimiento. Al día siguiente, el animal parece haber vuelto a su estado normal, pero ya no come y tres semanas después no absorbe la cuarta parte del alimento que tomaba antes de la experiencia.

Una paloma, tras la absorción de extracto petrolífero puro, presenta los mismos síntomas.

Es de lamentar solamente que no se indique el peso de los animales puestos en experiencia.

Así pues, como resultado de estas experiencias con el extracto petrolífero: en un caso, coma que acaba en la muerte; en los otros dos casos, movimientos convulsivos, sueño ligero y trastornos muy importantes de las funciones digestivas.

Roux administra entonces a dos gallinas, por vía estomacal, 1 gramo de extracto etéreo de cannabis. No se produce ningún movimiento convulsivo, sino en los dos casos un sueño ligero y bastante tranquilo. Durante los días que siguen a la experiencia, disminución del apetito.

El extracto etéreo tiene pues sobre todo una acción narcótica, pero bastante débil; el extracto petrolífero por el contrario produce el máximo de los efectos excitantes de la cannabina. Además el extracto etéreo no parece tóxico. Una gallina que había tomado 2 gramos en algunos días no presenta como trastornos consecutivos sino la anorexia. Notemos por lo demás que esta anorexia es de origen puramente nervioso. No creemos que se haya señalado nunca, en las autopsias de animales hachichados, lesión alguna de los órganos digestivos.

Parece pues lógico admitir, con Roux, que la cannabina actúa sobre la inervación del estómago.

Roux experimenta entonces con el extracto petrolífero del extracto alcohólico a 85 grados. Hace tomar a una gallina 60 centigramos de este nuevo extracto. Al cabo de dos horas, agitación muscular, trastornos de la respiración, alucinaciones visuales. Luego un entorpecimiento general sucede a esta crisis de agitación. El animal está en un estado de aniquilamiento pero no de sueño, dice el autor. Al día siguiente, el estado normal ha vuelto, salvo una anorexia que persiste durante varios días.

La dosis del mismo extracto es luego elevada a 1 gramo. Dos horas después de la ingestión, ligera agitación seguida de somnolencia; luego alternativas de agitación y de somnolencia.

«Seis horas después, el animal está sumido en un sueño del que se le saca con pena y que se asemeja al coma observado en las experiencias hechas con el extracto petrolífero puro». Al día siguiente estado normal con anorexia persistente.

Hay pues analogía entre los efectos del extracto petrolífero del extracto alcohólico a 85 grados y los del extracto petrolífero puro.

Notemos sin embargo con Roux que uno (extracto petrolífero puro) se mostró tóxico mientras que el otro no lo fue. El extracto petrolífero del extracto alcohólico sería pues un diminutivo del extracto petrolífero puro.

Quedaba aún por experimentar con el extracto alcohólico. Una primera ingestión de 75 centigramos a una gallina produjo solamente, dos horas después, un sueño tranquilo y muy corto; 1 gramo 50 del mismo extracto produjo al cabo de una hora un sueño profundo.

Ninguna excitación.

Tras el extracto alcohólico puro, diversos extractos alcohólicos han sido puestos en experiencia.

Pero los resultados no tienen gran significación y los pasaremos por alto.

Si pues comparamos entre sí los exde rasgos petrolíferos, alcohólicos y etéreos, podemos admitir con Roux que nos han servido para establecer una escala de las propiedades fisiológicas de la cannabina y que parece «que esta está dotada de propiedades variadas: tóxicas, excitantes, soporíferas, que, según los experimentos que acabamos de citar, pueden ser aisladas por los diferentes disolventes. Un carácter común a las diferentes preparaciones es el de abolir el apetito».

Retengamos las conclusiones formuladas por Roux a continuación de los experimentos que acabamos de recordar.

«La parte activa del cáñamo indio, dice, reside en la resina, como creía GasrineLz y RoBerTson, y no en el aceite esencial, según la opinión de Personxe y de Rogiquer.

«El extracto petrolífero de cannabina posee propiedades excitantes y convulsivantes.

A la dosis de 4 gramos, produce un verdadero coma y es tóxico, sucumbiendo el animal en experimento al cabo de once a doce horas.

«El extracto alcohólico parece dotado, en ciertos individuos, de propiedades narcóticas, pero el sueño producido rara vez es profundo. Su acción es muy incierta empleando dosis débiles, lo que uno se ve obligado a hacer si quiere evitar los accidentes consecutivos del lado de las funciones digestivas.

«El extracto etéreo no produce más que resultados insignificantes. Todos los extractos activos de cannabis provocan rápidamente la anorexia y engendran un estado de enflaquecimiento y de apatía bien marcado. No es necesario prolongar mucho tiempo el uso del medicamento para obtener este resultado. ¡Algunas dosis bastan...!»

El único reproche que dirigíamos a estos experimentos, antes de exponerlos, era el de versar sobre animales de peso demasiado pequeño.

Varias series de experimentos, conducidos por el Sr. Cuarces Ricer? nos proporcionan por fin los resultados obtenidos sobre animales de peso más fuerte.

4. Roux, loc cit., p. 514. 2. CuanLes Ric&er. — Loc, cit., p. 494.

Experimentando sobre perros de peso diverso, el Sr. Ricaer observa en primer lugar la gran analogía entre los efectos producidos por la ingestión de hachís y los de la esencia de ajenjo.

Los fenómenos siguientes son en efecto señalados:

1° Hiperexcitabilidad, sacudidas fibrilares, temblores convulsivos sobre todo en los músculos del tronco y del cuello;

2° Incoordinación muscular. «Cada contracción muscular se hace con contracturas, el animal camina del todo como un perro ligeramente estricnizado: con sobresaltos, irregularidades que atestiguan la actividad exagerada de la médula.»

3° Estado semicomático con hiperestesia sensorial. Es probable que haya, si no verdaderas alucinaciones, al menos ilusiones sobre las excitaciones exteriores.

4° Anestesia muscular.

El animal hachichado se parece pues extrañamente a un animal al que se hubiera practicado la ablación de los lóbulos cerebrales o a un animal

envenenado por el ajenjo; solo hay más estupor en el hachís, más convulsiones en el ajenjo.

El hachís es pues esencialmente, según estos experimentos del Sr. CaarLes RicHer: el veneno de las circunvoluciones cerebrales.

Un hecho muy curioso puesto en evidencia por el mismo experimentador, en las investigaciones proseguidas con los Sres. Guey y Ronveau!, es la hidrofobia determinada por el hachís. Esta hidrofobia fue general en los perros sometidos a los experimentos.

Era provocada, lo mismo que la hidrofobia rábica, por lesiones bulbares. La acción del hachís, sobre todo en los animales, recae en efecto sobre la porción bulbar y cervical de la médula, así como lo indican las rigideces cervicales y la respiración entrecortada de los animales en experimento. El hachís sería por lo demás, según GLEv, Ricaer y Ron-DEAU, el único tóxico capaz de provocar la hidrofobia en los perros.

1. GLEY, CHARLES RICHET @t RONDEAU. — Loc. cit.

Durante todos estos experimentos, el perro se mostró mucho más sensible al hachís que el conejo o la paloma. Una dosis de 25 cc. de la solución que hemos indicado (cap. I, p. 25) inyectada rápidamente en las venas de un perro, produce un violento ataque convulsivo epileptiforme. La reacción del perro frente a la droga es sin embargo mucho menos viva que la del hombre. Guardada toda proporción entre los pesos de los sujetos puestos en experimento, parece que hay que dar al perro una dosis treinta veces más fuerte que al hombre para obtener la intoxicación aguda.

Notemos también, como resultado de los experimentos de los mismos autores, una hiperexcitabilidad que provoca extremos espantos en respuesta a excitaciones sensoriales simples y normales. Un perro, tras una inyección intravenosa de 45 cc. de la solución indicada, huye espantado ante un conejo blanco, o cualquier otro animal u objeto brillante.

El conjunto de estos experimentos, desgraciadamente tan poco numerosos y realizados en

condiciones tan poco comparables entre sí, permite sin embargo reconocer la acción bulbar y cortical del hachís. Sin embargo la histología de las partes del encéfalo afectadas queda por hacer y es sobre todo desde este punto de vista que, en el estado actual de las investigaciones, deberían hacerse los experimentos sobre los animales. Los resultados histológicos permitirían por fin intentar una teoría neurobiológica de la intoxicación hachíchica, ya no sobre datos borrosos de apariencias pseudocientíficas, sino según los métodos de laboratorio sobre hechos de experimentos que vengan a precisar las indicaciones de la clínica y las sugestiones de los autoobservadores.

El Sr. Binet-SawcLé, a continuación de la autoobservación de la que hemos hablado en el capítulo precedente, ha intentado sin embargo un ensayo de teoría neurobiológica. Puede uno sorprenderse de que un autor, acostumbrado sin embargo a la metodología experimental, se esfuerce en una teoría tan vasta sobre datos tan cortos.

Debemos sin embargo recordar estas vistas porque representan el ensayo teórico mejor

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marcado y también porque nos recuerda los días —que datan de ayer— en que ciertos fisiólogos y psicólogos pedían a la teoría de la retractilidad de las neuronas una explicación fácil de los hechos psíquicos más complejos.

El Sr. Biner-SancLé retoma en efecto, a propósito del hachís, la teoría del amiboísmo, esa gran cuestión neurológica que, entrevista por RagBz-Rücxnarpr en 1890, por Hizz en 1891, le parece demostrada por los trabajos de M4- Querton, Ropert Onter y J. Haver. Se sabe que hoy esta teoría ya apenas es defendible, habiendo hecho olvidar las neurofibrillas la neurona-entidad.

El sistema nervioso, dice en sustancia el Sr. Br-NET-SANGLÉ!, no hace más que transformar movimientos que se pueden referir a la mecánica, a la física o a la química, en contracciones musculares o en movimientos físicos y químicos (calor animal, electricidad orgánica, trofismo). Está compuesto «de con-

4. BINET-SANGLÉ. — Loc. cit,

ductores innumerables, constituidos cada uno por una serie de neuronas colocadas extremo con extremo. Estos conductores parten de la periferia, ganan los centros nerviosos, luego vuelven a la periferia, formando así circuitos más o menos vastos.»

El circuito nervioso más completo estaría constituido:

«1° Por un cierto número de neuronas que sirven para la conducción de las ondulaciones centrípetas;

» 2° por una neurona en la que estas ondulaciones centrípetas provocan una especie de fosforescencia que es la sensación (neurona de sensación); » 3.º por una neurona donde las ondulaciones que acaban de dar lugar a la sensación se registran, a consecuencia de la transformación de una cierta sustancia x en otra sustancia

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? 1, efectuándose esta transformación según

f un trazado que varía para cada sensación (neurona de memoria);

1. Véase BINET-SANGLÉ. — Las leyes psicológicas de la hierogénia. Revue de l'Hypn. et de la Psych. physiol., 1898,

» 4.º por una neurona donde las ondulaciones precedentes se transforman en ondulaciones centrífugas bajo el control de la conciencia (neurona del movimiento voluntario);

» 5.º por cierto número de neuronas que sirven para la conducción de las ondulaciones centrífugas. »

Gracias a las anastomosis de los conductores nerviosos, las ondulaciones centrífugas, partidas de una neurona de movimiento voluntario que tiene bajo su dependencia otras varias neuronas del mismo orden, pueden determinar un movimiento muy complejo. Además, gracias a la retractilidad de las neuronas, puede formarse lo que el señor Binet-Sanglé llama neurodiélectricos, es decir, verdaderas barreras que se oponen al paso de la corriente nerviosa.

Nos era indispensable recordar esta teoría —aunque poco seductora— para hacer más clara la interpretación de la intoxicación hachichica estudiada por el señor BINET-SANGLÉ sobre sí mismo, como hemos visto.

A. BINET-SANGLÉ. — Teoría de los neurodiélectricos. Archives de neurologie, septiembre de 1900.

La sensación de entumecimiento provocada por el hachís sería debida, según el señor Binet-Sanglé, a la retractilidad de las neuronas de conducción de las ondulaciones centrípetas y sobre todo a la retracción de las neuronas que sirven de substrato a la sensibilidad general, pareciendo el hachís, como acabamos de ver, obrar de preferencia sobre la corteza cerebral. Aguas arriba de estas neuronas se formarían entonces neurodiélectricos que impedirían a las ondulaciones centrípetas llegar hasta ellas. Este entumecimiento sería comparable al provocado por la cocaína.

La hipoestesia muscular sería debida de igual modo a la retractilidad de las neuronas de las sensaciones musculares y a la formación, aguas arriba, de neurodiélectricos. El circuito, con vértice cortical formado por la vía sensitiva principal y la vía motriz principal, quedaría por tanto interrumpido en parte; de donde la incertidumbre de los movimientos voluntarios. Pero no estando alcanzada la vía espino-cerebelo-espinal, «podía aún, escribe el señor Binet-Sanglé, llevar mi taza de café a mi boca sin derramar su contenido, mientras que las contracciones de mis músculos no daban ya lugar más que a sensaciones extremadamente confusas.

Me hallaba absolutamente en la situación de la histérica que hace los movimientos necesarios para no dejar caer un objeto que no siente.»

La hipoestesia táctil sería debida a que las neuronas de las sensaciones táctiles, comunicando con sus conductores centrípetos, no comunicaban ya más que imperfectamente con sus conductores centrífugos, habiéndose formado neurodiélectricos aguas abajo.

Del mismo modo la hiperacusia se explica por la formación de neurodiélectricos aguas abajo de las neuronas de sensaciones auditivas.

La niebla acusada por el autor durante su intoxicación le parece provenir de la retracción de las neuronas de las sensaciones visuales, con formación de neurodiélectricos aguas arriba, no obstruyendo estos neurodiélectricos más que parcialmente la vía de las ondulaciones centrípetas.

La macropsia se explica por la deformación

y el aumento de volumen de las neuronas centrales de la retina cortical correspondientes a los conos y a los bastoncillos de la retina ocular.

La persistencia de las sensaciones visuales, notada por el autor, sería debida a la formación, aguas abajo, de neurodiélectricos que se opondrían parcialmente a la salida de las ondulaciones.

Las amnesias serían debidas al aislamiento completo de ciertas neuronas que sirven de substrato a la imagen mnésica y las hiperamnesias «a un exceso de presión en un grupo de neuronas de memoria que han quedado en comunicación con las vías centrípetas, y que no comunican más que incompletamente con las vías centrífugas a consecuencia de la formación de neurodiélectricos aguas abajo.»

De la retracción de las neuronas de memoria resultaría un estrechamiento del campo de la conciencia y la mayor rapidez de las asociaciones y de las operaciones intelectuales.

La mayor sugestionabilidad se explicaría del mismo modo por la disminución del número de las neuronas de memoria en un instante dado.

La astasia-abasia transitoria experimentada por el autor sería debida a la retracción de cierto número de neuronas de movimientos y a la formación de neurodiélectricos aguas abajo.

La necesidad de locomoción experimentada por otros experimentadores durante la embriaguez hachichica muestra que no son siempre las mismas neuronas de movimiento las que se retraen.

La risa espasmódica, que se encuentra descrita en la mayoría de las autoobservaciones, sería una consecuencia de la retracción de las neuronas de la corteza cerebral. Se sabe que, según Northnagel y Bechterew, las neuronas de la risa se encontrarían en el tálamo. Estas neuronas estarían en relación con conductores centrípetos venidos de los diversos puntos del organismo al tálamo, y con conductores centrífugos venidos de la corteza cerebral. Estos conductores centrífugos serían también inhibidores y su interrupción dejaría estallar la risa a la menor solicitación. Es lo que sucede en ciertas lesiones del segmento anterior de la cápsula interna (Brissaud).

En resumen, el hachís es para el señor Binet-Sanglé una sustancia que tiene la propiedad de hacer retraerse, hincharse (macropsia) y deformarse las neuronas de la corteza cerebral. De ello resulta la formación de neurodiélectricos en los conductores nerviosos, y una modificación notable en la repartición de la presión nerviosa.»

El menor defecto de la teoría del señor Binet-Sanglé es ser una teoría fácil y, como todas las teorías fáciles, carecer de seguridad por querer explicar demasiado. Lo más lamentable es que la explicación de los efectos de la intoxicación hachichica se suministra aquí mediante una teoría nada menos que demostrada y que esta explicación misma querría confirmar, a manera de corolario, esa teoría. Hay evidentemente ahí un círculo vicioso que debe chocar a la lógica más elemental. ¡Ay! si es verdad que hubo en los viejos psicólogos más o menos universitarios toda una cháchara ideológica justamente criticada, me pregunto si no existe también una cháchara

científica aún más justamente criticable.

La intoxicación aguda por el hachís es por sí misma, salvo rarísimas excepciones, inofensiva. Si los efectos psíquicos y neuromusculares son intensos, son igualmente efímeros y, cumplida la desasimilación, el organismo olvida rápidamente su desorden fisiológico de un momento, no pareciendo conservar más que una mayor susceptibilidad al veneno. Esta violenta embriaguez no parece dejar tras de sí huellas apreciables.

Pero esta misma susceptibilidad de un organismo más dispuesto a sufrir los efectos de la embriaguez hace más temibles las recidivas y conduce a la intoxicación crónica cuyo pronóstico es grave. Poco a poco los delirios de la embriaguez

se sistematizan, las ideas fijas y las obsesiones se hacen más frecuentes y se afirman. El señor Charles Richet, que no ha tomado más que seis o siete veces en su vida hachís, nos ha dicho haber renunciado a ello para evitar la angustia de la idea fija: a consecuencia de su última experiencia, fue en efecto perseguido por el temor —que sabía por lo demás perfectamente mórbido— de haber absorbido un veneno que no podría jamás desasimilar. La obsesión pasó con la abstinencia. La intoxicación crónica se establece así solapadamente; puede conducir al delirio transitorio, a la fobia, a las demencias, según la predisposición del sujeto, según que las recidivas sean más o menos numerosas, según sobre todo que concuerden o no con otras causas patogénicas.

Nuestro mundo occidental no conoce, puede decirse, estos casos de locura hachichica. El hachís, lo hemos visto, no es nuestro tóxico preferido y la morfina satisface mejor a nuestros degenerados o a nuestros desesperados. Baudelaire, sin embargo, ha pasado durante largo tiempo y pasa

todavía ante ciertos alienistas por haber sucumbido a la parálisis general por abuso del hachís.

Fue primero la tesis propuesta; luego, admitida poco más o menos la origen parasyfilítica de la parálisis general, se pudo suponer una sífilis desconocida que hubiera preparado el terreno a los efectos nocivos del hachís y del alcohol sobreañadidos.

Examinemos, pues, este pretendido caso de locura hachichica para no hablar más de él por oídas y según las apariencias, sino según los hechos que es posible recoger. Y observemos a este propósito cuán prudentes deberían ser los alienistas cuando diagnostican, según las normas acostumbradas, el estado mental de un verdadero artista, cuando sobre todo este diagnóstico es retrospectivo y se funda en obras cuyo sentido se les escapa tan a menudo.

Digamos en seguida que, en el caso de Baudelaire, se ha querido hacer de él muy a la ligera, por una parte, un paralítico general, y que por otra se está poco más o menos en derecho

de asegurar que el hachís no fue nada en su enfermedad mental, o tan poco que no conviene hablar de ello. Sigamos en efecto, rápidamente, las etapas de su locura.

«Ahora, escribe en 1862 en su diario íntimo, tengo siempre vértigo y hoy 23 de enero he sufrido un singular aviso: he sentido pasar sobre mí el viento del ala de la imbecilidad».

«Lo que más me irrita, escribe en 1865, más que la miseria, más que la estupidez de que estoy rodeado, es cierto estado soporoso que me hace dudar de mis facultades.

Al cabo de tres o cuatro horas de trabajo, no soy bueno para nada. Hace algunos años, trabajaba a veces doce horas y con placer».

En marzo de 1866, fue invitado a pasar algunos días en Namur, en casa del suegro de su amigo Rops.

«Había aceptado con alegría la invitación, dice Cabanès. Conocía ya Namur; pero

1. Cabanès. — Chronique médicale, 15 nov. 1902.

se alegraba de la ocasión de volver a ver la iglesia de Saint-Loup, que consideraba como la obra maestra de los jesuitas. Mientras admiraba y hacía admirar a quienes le acompañaban los confesonarios esculpidos con la más rica profusión, vaciló, presa de un vértigo súbito, y fue a desplomarse sobre un escalón.

Sus amigos lo levantaron. No pareció asustarse y pretendió que el pie se le había resbalado.

Se fingió creerlo; pero a la mañana siguiente, al levantarse, dio señales de trastornos cerebrales. Se le llevó a toda prisa a Bruselas; apenas subido al vagón, rogó que se abriera la portezuela. Ahora bien, estaba abierta. Había dicho lo contrario de lo que quería decir. Era uno de los pródromos de la afasia que no tardaría en declararse».

Poco tiempo después se declaraba la hemiplejía del lado derecho; la afasia se acusaba cada vez más.

«He visto a Baudelaire, una vez, una sola, escribía Jules Troubat algunos meses después.

Champfleury va a verle de vez en cuando. Se le ha hecho comer en casa de Nadaud. Era imprudente y

él mismo, creo, sintió y manifestó cansancio. Se ha quedado en estas tres palabras:

«No, creo no, no» y la memoria no ha flaqueado en él. Me mostró todo lo que amaba, cuando fui a verle: las poesías de Sainte-Beuve, las obras de Edgar Poe en inglés, un pequeño libro sobre Goya, y, en el jardín de la casa de salud Duval, una planta crasa exótica, cuyos recortes me hizo admirar.

He ahí la sombra del Baudelaire de antaño, pero siempre semejante. Manifestó una gran cólera ante un nombre de pintor que le dije; pero cuando le hablé de Richard Wagner y de Musset, sonrió de alegría».

«Aunque mudo y fijado en una inmovilidad desgarradora, dice Cabanès, lograba todavía hacerse comprender. Sus ojos no han cesado nunca de reconocer los ojos amados, su mano se ha tendido siempre la primera hacia las manos fieles. En lo más fuerte de la enfermedad, se entretenía por intermediario de un amigo,

1. Cabanès. — Loc. cit.

con su editor... Ha sido abatido, quebrantado; pero insensato en el sentido propio de la palabra, jamás».

Podríamos multiplicar los documentos: la evolución de la enfermedad de Baudelaire no justifica el diagnóstico de parálisis general, otorgado muy gratuitamente por Lombroso y Nordau. Todo hace creer, por el contrario, que Baudelaire murió hemipléjico y afásico, pagando así bien caro el lujo aristocrático de poseer perfectamente su lengua y de no emplear nunca más que la palabra propia.

Cualquiera que fuese, por lo demás, el mal a que sucumbiera Baudelaire, no debe incriminarse al hachís, por la sencilla razón de que muy probablemente no lo tomó sino algunas veces en su vida. «Que haya ensayado una o dos veces el hachís como experiencia fisiológica, es posible, y aun probable, dice Théophile Gautier; pero no hizo de él un uso continuo».

El doctor Michaut asegura que «jamás, según quienes le conocieron, hombre de letras fue más sobrio».

Un escritor de genio puede hablar del hachís como lo hizo Baudelaire sin ser hachichado, y ¿no pueden encontrarse en su obra —esto para quienes se atienen a los textos— pasajes en que hace el elogio de la sobriedad?

¿No ha referido con tono de convicción la conversación que tuvo con Gautier en su primera entrevista? «Hablamos luego de la higiene, de los miramientos que el hombre de letras debe a su cuerpo y de su sobriedad obligada. Aunque para ilustrar la materia haya sacado, creo, algunas comparaciones de la vida de las bailarinas y de los caballos de carreras, el método con que trató su tema (de la sobriedad, como prueba del respeto debido al arte y a las facultades poéticas) me hizo pensar lo que dicen los libros de piedad sobre la necesidad de respetar nuestro cuerpo como templo de Dios».

No hay que olvidar tampoco que si Baudelaire ha ensalzado las alegrías del hachís, su primer estudio: *Du vin et du hachich comparés comme moyens de multiplication de l'individualité* termina con estas palabras:

«Termino este artículo con algunas bellas palabras que no son mías, sino de un notable filósofo poco conocido, Barbereau, teórico musical y profesor del Conservatorio. Hallábame junto a él en una reunión en que algunas personas habían tomado el bienaventurado veneno, y me dijo con un acento de desprecio indecible: "No comprendo por qué el hombre racional y espiritual se sirve de medios artificiales para llegar a la beatitud poética, puesto que el entusiasmo y la voluntad bastan para elevarlo a una existencia sobrenatural. Los grandes poetas, los filósofos, los profetas son seres que, por el puro y libre ejercicio de la voluntad, llegan a un estado en que son a la vez causa y efecto, sujeto y objeto, magnetizador y sonámbulo".»

«¡Pienso exactamente como él!».

Diez años más tarde, reanudando en varios estudios la descripción de los efectos del hachís, terminaba aún con estas reflexiones entristecidas:

«Estos infortunados, exclamaba, que no han ayunado ni orado, y que han rechazado la redención por el trabajo, piden a la negra magia los medios de elevarse, de un solo golpe, a la existencia sobrenatural. La magia los engaña y les enciende una falsa dicha y una falsa luz; mientras que nosotros, poetas y filósofos, hemos regenerado nuestra alma por el trabajo sucesivo y la contemplación; por el ejercicio asiduo de la voluntad y la nobleza permanente de la intención, hemos creado para nuestro uso un jardín de verdadera belleza. Confiados en la palabra que dice que la fe transporta las montañas, hemos realizado el único milagro cuya licencia nos ha otorgado Dios».

¿Son estas páginas sólo la expresión de una feliz retórica? No lo creo. Baudelaire, a pesar de su afectación satánica, y dígase lo que se quiera, sigue siendo para nosotros el más sincero, el más dolorosamente sincero de los poetas.

Baudelaire no fue, pues, conducido a la locura por el abuso del hachís. A lo sumo parece probado que, en el período que precedió a su internamiento, se abandonaba a excesos alcohólicos. Y acaso sea éste uno de los menos malos argumentos de que podrían valerse los partidarios de la parálisis general del poeta, siendo los excesos alcohólicos, como se sabe, frecuentes en el período predemental de la meningoencefalitis difusa. En todo caso, nos parece cierto que Baudelaire no fue un intoxicado crónico que acabara en la demencia hachíchica: ni lo que sabemos de su vida, ni la observación clínica de su enfermedad nos permiten suponerlo. La locura hachíchica de Baudelaire es una leyenda, de la que nada debe quedar.

El país de la locura hachíchica es naturalmente el Oriente. Allí sólo puede estudiarse, aunque los efectos del hachís se suman a menudo a los de otras intoxicaciones o de la sífilis. Todo el Oriente, sin embargo, conoce a esos dementes que se arrastran por las calles, saludados al paso con el nombre de Santos. La veneración pública no impide que sean las víctimas del hachís, y nuestras costumbres sociales —desgraciadamente menos dulces para los alienados— los aislarían ciertamente en el asilo. La intoxicación crónica, de la que presentan todas las características, se acompaña sobre todo de un estado de hebétud, de postración y de debilitamiento muscular generalizado. Los movimientos son indecisos; el facies es estúpido; la piel toma un tinte ictérico; la anorexia es casi completa.

Estos síntomas se acentúan progresivamente, luego el enfermo se convierte en un alienado caracterizado y muere en la caquexia final.

La literatura médica es extremadamente pobre en lo que concierne a estas locuras hachíchicas. El doctor A. Marie, de Villejuif, acaba de señalar a la atención de los psiquiatras franceses los casos que ha podido observar en el asilo de Abbassieh (Egipto) con el concurso del doctor Warnock, médico director que se ha interesado largamente por el estudio de las intoxicaciones producidas por el hachís.

La locura hachíchica puede presentar los siguientes aspectos:

Intoxicación temporal que ya no es la ebriedad hachíchica que hemos descrito, sino un estado de adormecimiento, con marcha vacilante, como en la intoxicación alcohólica, y estado de sueño eufórico como en la intoxicación por el opio;

Delirio con alucinaciones a menudo desagradables de la vista, del oído, del gusto y del olfato. Las ideas de posesión por un demonio o un espíritu, y las ideas de persecución son bastante frecuentes. Constituyen el fondo sobre el que se injertan las interpretaciones delirantes de los hachichados que se creen sultanes o profetas. La agitación y el insomnio se encuentran corrientemente. El enfermo tiene a veces cierta incoordinación neuromusculares; pero lo más habitual es que sea activo y pronto en sus movimientos;

Manías muy variables, que van de la corta crisis de excitación a la locura furiosa prolongada y que termina por el agotamiento y aun la muerte;

Manías crónicas que se presentan a menudo bajo la forma de manía de persecución;

Demencia que forma el período terminal de los casos de alienación citados.

Estas formas de alienación pueden por lo demás combinarse entre sí y acompañarse de múltiples taras psicopáticas. La ilusión de potencia intelectual y de exaltación profética que hemos notado es bastante frecuente.

La fisonomía de ciertos delirantes hachíchicos al comienzo de la intoxicación crónica es característica del visionario de delirio eufórico y exaltado (véase lámina 2). En un estadio más avanzado de la intoxicación, cuando aparecen la depresión y una orientación funesta del curso de las sensaciones, pueden aparecer las ideas hipocondríacas (véase lámina 3). Las reacciones suicidas parecen, sin embargo, bastante raras en estos enfermos, mientras que las reacciones médico-legales son frecuentes.

El carácter erótico de la excitación espinal debida a los afrodisíacos del dawamesc puede en efecto encontrarse no sólo en la ebriedad, sino también en el delirio ulterior; la excitación sexual se traduce entonces por los diversos atentados al pudor: exhibicionismos, violaciones, etc. Además, análogo al alcoholismo crónico, se observa el hachichismo con recaída. En el intervalo de los accesos, los enfermos, moralmente degradados, aportan un importante contingente al efectivo de los malhechores, reincidentes en el robo, la mentira y las ofensas al pudor. Son «degenerados adquiridos» que pasan de la prisión al asilo y a la inversa.

Desde el punto de vista social, el hachís parece, sin embargo, causar menos estragos que el alcohol, de tal modo que los administradores ingleses y egipcios se preguntan con razón si una campaña y medidas antihachíchicas no propagarían en Oriente el alcoholismo, más nocivo que el hachichismo. Así el doctor Warnock estima que la política más sabia en Egipto es autorizar el uso del hachís dentro de ciertos límites, sin prohibirlo absolutamente. Se admite en efecto que, contrariamente al alcohol, el hachís no parece provocar desórdenes físicos notables; las autopsias no han revelado lesiones macroscópicas características y el estudio histológico de los cerebros y de las médulas hachichados queda por hacer. Miles de personas hacen de este veneno de la inteligencia un uso diario, y sólo aquellas que abusan o los individuos particularmente susceptibles a su acción tóxica vienen a fracasar en el asilo. Actuaría, pues, más bien, según la observación del doctor A. Marie, como un reactivo revelador de las taras latentes. He aquí por lo demás las conclusiones del *Informe de la Comisión de encuesta india sobre el uso de los venenos del cáñamo*: «El uso moderado de las drogas no produce efectos nocivos para el espíritu, pero el uso excesivo indica y acrecienta la inestabilidad mental: tiende a debilitar el espíritu, puede incluso conducir a la locura. Se ha demostrado que la acción de las drogas derivadas del cáñamo ha sido a menudo muy exagerada, pero está fuera de duda que producen algunas veces la alienación». (Vol. I, 264).

Algunas cifras facilitadas por el doctor Warnock pueden darnos una idea, por lo demás muy relativa, de la proporcionalidad de las locuras hachíchicas en Egipto. Así, encontramos entre las estadísticas del hospicio de alienados egipcios de El Cairo, sobre un número total de 2.564 alienados del sexo masculino asistidos durante los seis años 1895-1901, 689 casos de locura hachíchica, es decir, cerca del 27 por 100. Hay que advertir por otra parte que la locura en Egipto es tres veces más común en los hombres que hacen uso del hachís que en las mujeres que lo emplean bastante raramente. Esta proporcionalidad resulta bastante significativa cuando se recuerda que en Europa la alienación es más frecuente en las mujeres que en los hombres (35 por 31 en Gran Bretaña, por ejemplo). En 1904, en el asilo de Abbassieh, la proporción de enfermos por el hachís, sobre el número total de internamientos, era de 15 por 100; en 1905, de 14 1/2 por 100. En 1903, este número ascendía a 18 por 100; en 1902, a 22 1/2 por 100. La disminución es por lo demás menos real de lo que las cifras parecen indicar: es probablemente debida al tratamiento fuera del asilo de los casos de delirio transitorio.

Conviene a menudo preguntarse qué parte corresponde al hachís en la etiología de estas locuras llamadas hachíchicas. La acción aún más nociva del opio y del alcohol se superpone tantas veces a la acción del hachís que el diagnóstico absoluto es de los más delicados. El cuadro siguiente, que tomamos de las estadísticas de los Asilos de las Indias, es una bastante feliz indicación de proporcionalidad entre los casos de locuras hachíchicas y opiomaníacas.

*Cuadro de las locuras hachíchicas y opiomaníacas asistidas en 1905 en el asilo de Penjab (India).*

| | CHARAS | GAUJA | BHANG | OPIUM | MANGÉ | MIXTO |
|---|---|---|---|---|---|---|
| Internados anteriores | 50 | » | 17 | 4 | » | 8 |
| Entrantes directos | 22 | » | 4 | » | » | 3 |
| Entradas tras crimen | 8 | » | » | » | » | » |
| Totales | 75 | 2 | 21 | 1 | » | 6 |

Total general 124/567

Sobre estos 124 casos de intoxicación especial, sólo una mujer está intoxicada por el hachís.

La clínica no distingue generalmente, por lo demás, entre las preparaciones adoptadas por el hachichín; y el diagnóstico de locura hachíchica es amplio. Convendría también tener en cuenta el papel que pudo haber desempeñado el hachís en la etiología de las locuras no hachíchicas de los manicomios de Oriente. Las cifras estadísticas arriba citadas no nos informan, pues, sino imperfectamente. Los psicólogos deberían siempre guardarse de buscar en los datos estadísticos otra cosa que lo que expresan, es decir, ora medias muy generales, ora aspectos particulares y no comparables entre sí de un hecho determinado. Los porcentajes que acabamos de proporcionar indican, sin embargo, bastante bien la importancia de los desórdenes mentales causados por el abuso del hachís en Oriente. Estos porcentajes deben estar, a nuestro juicio, por debajo de la realidad, no estando internados todos los dementes.

Si, pues, el hachís puede dar algunos incontestables momentos de felicidad, puede también conducir a las formas más angustiosas de la locura y a las decadencias lastimosas de la demencia. La locura hachíchica es una consecuencia de esa ley de mediocridad, de la que los filósofos evitan tanto hablar o disfrazan bajo los más bellos nombres, pero que no por ello rige menos toda la biología. Cada organismo tiene su medida. Cada espíritu tiene sus límites. Rebasaros no está permitido. Es preciso ser mediocre frente a sí mismo, y ésta es la fuente de dolores para tantos espíritus de élite.

La roca que el hielo hace demasiado dura estalla. El árbol, que los rayos de un sol propicio han cubierto de demasiadas flores y demasiados frutos, muere agotado. El hombre que desconoce sus límites individuales conoce pronto las fatigas y las enfermedades. Pero, mientras que la piedra o el árbol son solicitados a rebasar los límites de su naturaleza por causas exteriores, la causa que empuja al hombre está en él: es esa necesidad metafísica de absoluto y de infinito que, según los valores individuales, arroja a uno en los excesos de la sensualidad, hace de aquél el ambicioso jamás satisfecho, de éste el artista acosado por el ideal, o conduce al místico al éxtasis. Las obras del hombre no son elevadas sino porque su eterno deseo de una perfección metafísica le ha hecho rebasar los límites permitidos: la humanidad ha conocido así muchos sufrimientos, pero ha ganado con ello una majestuosa y melancólica grandeza.

Ciertamente es una de las más bajas formas de ese deseo humano la que empuja al oriental aficionado al hachís a la embriaguez cotidiana y luego a la locura; pero aún es una forma. Y el sabio sería, en tal caso, aquel que, dominando su emotividad profunda, sabría, a ejemplo de los primeros epicúreos, no pedir a las drogas prometedoras de felicidad sino la satisfacción de un instante que pueden conceder. Pero los sabios son raros, y quizá menos interesantes de lo que los moralistas nos dicen, pues ya no participan ni de la debilidad ni de la grandeza humanas.

EL HACHÍS, EL SUEÑO Y LA LOCURA

Hemos dicho, hablando en nuestro primer capítulo del libro de Moreau de Tours sobre el hachís y la enajenación mental, que el objeto del autor no era componer una monografía sobre el hachís, sino demostrar la identidad del sueño y de la locura «con ocasión del hachís, o al menos de la influencia que ejerce esta sustancia sobre las facultades intelectuales». El estado mental del hachichín siendo el mismo que el del soñador y el mismo que el del loco, el sueño y la locura son valores respectivamente iguales a un tercero; son, pues, iguales entre sí y la identidad del sueño y de la locura queda demostrada.

Desgraciadamente este razonamiento matemático oculta lagunas que le hacen perder mucho de su aparente precisión. Parece, sin embargo, bien cierto que existe una relación entre el hachís, el sueño y la locura. Debemos, pues, al menos examinar esta cuestión que Moreau de Tours planteó en el terreno científico y, para cierto número de alienistas, resolvió.

Recordaremos lo más brevemente posible los argumentos del gran médico de Bicêtre. Estos argumentos están esparcidos un poco por todas partes en las 431 páginas que componen este volumen tan notable y tan curioso. Notable por el poderoso pensamiento que el viejo maestro despliega en cada página; curioso por el desorden de su composición y la multiplicidad de los temas tratados. Todos aquellos que han leído el libro de Moreau de Tours saben el número

y la complejidad de los temas que son abordados, por así decirlo, al pasar. Metodología para una psiquiatría experimental posible, método y ensayos terapéuticos, clasificación de las enfermedades mentales, interpretación psiquiátrica de los fenómenos llamados ocultos, suicidio y locura, alucinaciones, intoxicaciones diversas, hay a propósito del hachís, del sueño y de la locura, una palabra sobre casi todas las cuestiones capaces de interesar al psiquiatra. Intentemos precisar un poco, entre toda esa ideología atrayente y las numerosas observaciones clínicas, la manera en que Moreau de Tours argumenta en favor de su tesis.

Su punto de partida es la hipótesis que le es querida: la identidad del sueño y de la locura. Pero, piensa él, conocemos el sueño, puesto que la conciencia nos informa sobre ese estado mental. En cambio, no conocemos la locura sino por lo que los locos nos dicen de ella; no la conocemos introspectivamente.

Para probar la hipótesis es preciso, pues, poder estar loco durante algunos momentos, delirar experimentalmente.

Esta locura experimental está a nuestro alcance, podemos procurárnosla mediante la embriaguez hachíchica.

«Había visto en el hachís, escribe Moreau de Tours, o más bien en su acción sobre las facultades morales, un medio poderoso, único, de exploración en materia de patología mental; me había persuadido de que por él se debía poder ser iniciado en los misterios de la enajenación, remontar a la fuente oculta de esos desórdenes tan numerosos, tan variados, tan extraños que se tiene la costumbre de designar con el nombre colectivo de locura.

»De esta manera, y guiado exclusivamente por la observación, pero por ese género de observación que sólo depende de la conciencia o del sentido íntimo, he creído poder remontarme a la fuente primitiva de todo fenómeno fundamental del delirio.»

Es, pues, guiado por el sentido íntimo y bajo la influencia del hachís como Moreau de Tours es llevado en seguida a reconocer la existencia de su famoso HECHO PRIMORDIAL, primitivo, común a todos los delirios y generador de todos los demás fenómenos, «fuente necesaria, esencial, de todo desorden del intelecto».

Este hecho primordial es la excitación con disociación de las ideas por debilitamiento de la atención. Es «ese estado simple y complejo, a la vez, de vago, de incertidumbre, de oscilación y de movilidad de las ideas que se traduce a menudo por una profunda incoherencia.

Es una desagregación, una verdadera disolución del compuesto intelectual que se llama facultades morales; pues se siente, en ese estado, que se pasa en el espíritu algo análogo a lo que ocurre cuando un cuerpo cualquiera sufre la acción disolvente de otro cuerpo. El resultado es el mismo en el orden espiritual y en el orden material: la separación, el aislamiento de las ideas y de las moléculas cuya unión formaba un todo armonioso y completo.»

Este hecho primordial se encuentra en la génesis de todas las locuras; se encuentra en el sueño, en los estados de transición entre la vigilia y el sueño, en ese momento de hiperlucidez que han descrito los observadores; y finalmente se encuentra en el hachís.

«Uno de los primeros efectos apreciables de la acción del hachís, dice en efecto Moreau de Tours, es el debilitamiento gradual, cada vez más sensible, del poder que tenemos de dirigir nuestros pensamientos a nuestro antojo, allí donde queremos y como queremos. Insensiblemente nos sentimos desbordados por ideas ajenas al tema sobre el cual queremos fijar nuestra atención. Estas ideas, que la voluntad no ha evocado, que surgen en nuestro espíritu, no se sabe ni por qué ni cómo, que vienen no se sabe de dónde, se vuelven cada vez más numerosas, más vivas, más arrebatadoras. Pronto se les presta más atención; se las sigue en sus asociaciones más extrañas, en sus creaciones más imposibles y más fantásticas... Si, por un esfuerzo de vuestra voluntad, retomáis el hilo interrumpido de vuestras ideas, las que acabáis de apartar resonarán todavía en vuestro espíritu, pero como en un pasado ya lejano, con la forma fugitiva, vaporosa, de los sueños de una noche agitada.»

Tal se presenta, en la intoxicación hachíchica, el hecho primordial, segundo de los ocho fenómenos descritos por el autor como característicos de la embriaguez, a saber:

Primer fenómeno: Sentimiento de felicidad.

Segundo — Excitación, disociación de las ideas, el hecho primordial;

Tercero — Error sobre el tiempo y el espacio;

Cuarto — Desarrollo de la sensibilidad de todo, influencia de la música;

Quinto — Ideas fijas, convicciones delirantes;

Sexto — Lesión de los afectos;

Séptimo — Impulsos irresistibles;

Octavo — Ilusiones, alucinaciones;

Estos ocho fenómenos son para Moreau de Tours las características intelectuales de la intoxicación hachíchica. Ahora bien, se los encuentra, ora en la enajenación mental, ora en el sueño. Numerosas observaciones, que hacen tan atrayente la lectura de este libro, vienen a confirmar las ideas del autor.

Pero Moreau de Tours va más lejos. Muestra que encontramos el famoso hecho primordial en todas las condiciones fisiológicas favorables al desarrollo de las alucinaciones, es decir, no sólo en la enajenación, no sólo al comienzo de la embriaguez hachíchica y en el primer estadio del sueño, sino aún en la mayoría de las intoxicaciones alucinatorias: protóxido de nitrógeno, opio, alcohol, e incluso narcóticos: estramonio, belladona, beleño, acónito.

«A nuestros ojos, escribe pues resumiéndose, la enajenación mental constituye un modo de existencia aparte, una especie de vida interior cuyos elementos, cuyos materiales han sido necesariamente tomados de la vida real o positiva, de la que no es sino el reflejo y como un eco interior.

El estado de sueño es su expresión más completa; podría decirse que es el tipo normal o fisiológico. En algunos aspectos, el hombre en estado de sueño experimenta en grado sumo todos los síntomas de la locura: convicciones delirantes, incoherencia de las ideas, juicios falsos, alucinaciones de todos los sentidos, terrores pánicos, arrebatos, impulsos irresistibles, etc., etc. En este estado, la conciencia de nosotros mismos, de nuestra individualidad real, de nuestras relaciones con el mundo exterior, la espontaneidad, la libertad de nuestra actividad intelectual están suspendidas, o, si se quiere, se ejercen en condiciones esencialmente diferentes del estado de vigilia. Una sola facultad sobrevive y adquiere una energía, una potencia que ya no tiene límites. De vasalla que era en el estado normal o de vigilia, la imaginación se vuelve soberana, absorbe, por así decirlo, y resume en ella la actividad cerebral; la loca de la casa se ha convertido en su dueña.

La locura no es, pues, para Moreau de Tours sino una forma patológica del estado de sueño, indebidamente extendido sobre la vida de la vigilia. Toda su argumentación tiende, por tanto, a demostrar, no ya solamente como lo habían hecho algunos de sus predecesores la analogía del sueño y de la locura, sino su identidad.

Cada una de estas ideas requeriría una larga crítica, con documentos en apoyo, y forzosamente llegaríamos a perder de vista nuestro asunto. Nos limitaremos, pues, a algunas observaciones de método; intentaremos, muy modestamente, hablar un poco del sueño y de la locura a fin de ser llevados a saber a qué estado mental puede referirse la embriaguez hachichica.

Del hecho primordial, no hablaremos.

Su discusión requiere un gran número de documentos y nos arrastraría demasiado lejos.

Pensamos, por lo demás, que esta concepción sigue siendo una de las mejores de Moreau de Tours y que podría ser muy interesante retomarla en nuestra época, pues nuestros conocimientos más desarrollados nos permiten una crítica provechosa.

La metodología de Moreau de Tours, partiendo de este principio: «para saber cómo desvaría un loco, es preciso haber desvariado uno mismo», es la exacta imagen de las concepciones filosóficas de su tiempo. Se sabe que había entonces la psicología de los filósofos y la psicología de los médicos.

La psicología de los filósofos era, y era únicamente, una ciencia de observación introspectiva. Junto a ella estaba la psicología de los médicos, únicamente descriptiva, hecha de descripciones forzosamente incompletas y que se atenía al aspecto de los fenómenos.

La psicología introspectiva nos ha dejado preciosos análisis mentales; pero ataques justamente victoriosos demostraron definitivamente la estrechez de sus límites y las numerosas causas de error que encerraba. La médico-psicología, simple recopilación clínica, progresó; pero cada uno de sus progresos mostraba la insuficiencia de sus métodos y los transformaba. Así se formó la admirable escuela de los alienistas franceses del siglo XIX.

En fin, cuando nació, con Lotze y Fechner, la psico-física alemana, la psicología contemporánea, llamada experimental a causa de la metodología que le es propia, se constituyó poco a poco de esta triple unión, rechazando unos aproximadamente el método introspectivo, reconociéndole otros, entre los que estamos, un importante lugar entre los métodos psicológicos, pero condicionándolo a los datos de la experiencia bajo el nombre de método del análisis mental. No olvidemos, por lo demás, que toda ciencia es a imagen de nuestro pensamiento y que, a su vez, todas las metodologías imaginables están condicionadas por ese pensamiento mismo.

No podemos, pues, atacar a Moreau de Tours por lo que quiso hacer de la psiquiatría introspectiva. Obedecía en ello a las mejores concepciones filosóficas de su época. «Para hacerse idea de un dolor cualquiera, es preciso haberlo sentido», decía excelentemente, pero olvidaba que eso no es suficiente, que es preciso también conocer todas sus causas y todos sus efectos, saber por qué necesidades físico-químicas y anatomo-fisiológicas está condicionado. Olvidaba sobre todo que así no concebiremos del dolor sino el hecho interno, el cual hecho interno será aún muy deformado por las imperfecciones de nuestra memoria afectiva, y que ignoraremos absolutamente la relación tan importante entre el hecho interno y el hecho externo.

Por haberlo desconocido, por haber querido ser introspectivo hasta el exceso, Moreau de Tours hizo una sistematización evidentemente exagerada.

Su tesis favorita ha sido, por lo demás, retomada por alienistas contemporáneos. ¿No es una de esas tesis populares caras a la filosofía del sentido común? Muy recientemente, los señores Antheaume y Dromard la retomaban bajo una forma menos absoluta y algo modernizada. Estos autores admiten una diferencia orgánica evidente entre el soñador y el alienado, pero piensan que «las modificaciones sufridas por la facultad pensante» (?) son idénticas en estos dos estados «en cuanto a su naturaleza esencial y puramente psíquica».

Confesamos no estar en absoluto convencidos.

Pues, en fin, ¿qué aportan más que Moreau de Tours los dos alienistas contemporáneos? Hablan como él de las alucinaciones hipnagógicas, muy bien descritas, ciertamente, por algunos autores, pero sobre cuya génesis psicológica no podemos arriesgar sino hipótesis; hablan naturalmente también de la loca de la casa, de la que todo el mundo habla desde Pascal, pero que los psicólogos harían bien en descuidar un poco en provecho de la emotividad que la dirige y la explica o de la emoción que la provoca. Añaden a los argumentos de Moreau de Tours los casos de delirio onírico, tan interesantes en sí mismos, pero cuyo solo nombre parece infirmar su tesis, puesto que se distingue ese delirio de los otros delirios dándole como característica su semejanza con el sueño. Repiten lo que ya se ha dicho tantas veces sobre la inactividad de la atención durante el sueño, caracterizando el estado de sueño por una «desaparición completa de las facultades atentivas» (?). Ahora bien, los autores no ignoran ciertamente que esta «desaparición completa» es cada vez menos aceptada por los experimentadores que se han ocupado de la cuestión; y puede lamentarse ver a sabios psiquiatras, en un volumen por lo demás lleno de una documentación tan rica, razonar sobre estas materias a la manera de los filósofos eclécticos de la primera mitad del siglo XIX, en lugar de reunir los datos experimentales existentes y sacar de ellos las conclusiones permitidas.

Hay que confesar que la tesis habría sido, por lo demás, así mucho más difícil de sostener, del mismo modo que es también más difícil de atacar.

Habría que retomarla en un volumen entero y tratarla no ya por vislumbres teóricos y generales, sino estrictamente de modo experimental tras haber disociado sus elementos. No podemos, pues, permitirnos aquí sino algunos muy modestos vislumbres sobre una cuestión que no hace sino rozar nuestro asunto.

Ciertamente, hay entre el estado de sueño y el estado de locura una fuerte analogía; no pensamos que haya jamás identidad.

Hay analogía, a nuestro entender, por esa importancia de la representación subjetiva en detrimento de las representaciones actuales objetivas; y analogía, por esa anárquica independencia de las imágenes mentales que se agrupan, ciertamente, y forman aún una síntesis mental estrecha y poderosa pero esencialmente inestable y deformable, siendo las imágenes secundarias y estando la dirección de la emotividad profunda probablemente, en un caso como en el otro, el fenómeno primitivo y capital.

Pero también, fuera incluso de las diferencias entre el estado somático, la génesis y la evolución de los dos fenómenos, ¿no hay otras diferencias entre el sueño y las enfermedades mentales? ¿Qué debería considerar un autor que busca demostrar la identidad de los dos fenómenos? El contenido y el mecanismo. ¡Y qué diferencias no encontraríamos, sobre todo en el mecanismo psicológico!

Una cuestión tan delicada e importante exige no ser considerada incidentalmente.

No podemos, pues, sino hacer notar a título de simples indicaciones, que el delirante, salvo raras excepciones, sistematiza su delirio, le refiere los acontecimientos exteriores según una lógica ciertamente morbosa, pero estrecha y sólida, mientras que las representaciones del sueño nos parecen dirigidas por una lógica muy diferente de la del estado de vigilia incluso delirante.

¿No difiere también el estado de la atención?

En el delirio tenemos paraprosexia, en el sueño una atención emotiva y subconsciente, desgraciadamente aún no bastante estudiada.

¿Qué tiene en común un estado demencial avanzado en que toda la síntesis mental está disociada y todas las imágenes anegadas de inconsciencia, si me es permitida la palabra, con el estado de sueño en que las representaciones se agrupan en una síntesis inestable, pero intensa, y en que las imágenes alcanzan un coeficiente tan grande de emotividad?

¿Y no se ha insistido demasiado poco sobre este simple hechito: la oclusión de los párpados, y sobre la gran diferencia psicológica que habrá siempre entre el alucinado que exterioriza, localiza e interpreta sus representaciones mentales y el soñador que, en el estado de adormecimiento orgánico en que se encuentra, sigue con los ojos cerrados el curso de sus representaciones?

Los locos, por lo demás, están lejos de soñar normalmente; las centenas de observaciones sobre los sueños que hemos podido recoger nos permiten afirmarlo.

Pero no queremos dar aquí sino simples indicaciones; no debemos dejarnos llevar a tratar de las relaciones del sueño y de la locura: nuestras conclusiones serían fatalmente prematuras. ¿Qué datos de apariencia definitiva poseemos sobre el mecanismo del sueño? ¿Y sobre las enfermedades mentales? Los psiquiatras no pueden —sesenta y ocho años después de Moreau de Tours— sino considerar puntos de detalle de la gran cuestión que él pensaba resolver por la sola virtud de la hierba mágica.

No confundiremos, pues, el estado mental del hachichín ni con el del soñador, ni con el del loco, término por lo demás tan vago y tan pobre de indicaciones algo precisas en su demasiado fácil generalidad.

Moreau de Tours no hizo sino expresar desde un punto de vista científico una parte de esa opinión popular que quiere que todo individuo no adaptado a las condiciones sociales ambiente sea un loco. Loco, el hombre que sueña, pues cree ver cosas y seres que sin embargo no caen bajo sus sentidos; loco, el enamorado que, pensando en el objeto de su amor, olvida salvaguardar sus intereses; loco, el hombre de genio que, apasionándose por aquello de lo que la mayoría no se preocupa sino en raras ocasiones, se desinteresa a menudo de lo que la apasiona; loco, quien se demora en vivir según la adaptación de ayer y comienza a vivir según la adaptación de mañana; loco, el borracho eufórico o melancólico que dirige sus discursos obstinados a los árboles impasibles; loco, el hachichín que se embriaga con el sonido de los colores y el perfume de los sonidos, viendo en un juego de luz los heliotropos y las rosas de un jardín de Asterabad.

De que el grueso buen sentido popular aplique el mismo epíteto a estados tan diversos porque tienen, incontestablemente, entre ellos ese rasgo común de una inadaptación a un momento dado y a un lugar dado, no se sigue que los médicos y los psicólogos deban asentir. Su papel es, por el contrario, distinguir precisando. Podrán después indicar el substrátum común de los diversos aspectos psicológicos, pero tras una experimentación suficiente y sin confundirlo con las analogías posibles entre diversas modalidades de la realidad clínica o cotidiana.

Ciertamente, todos los estados del pensamiento son

modalidades comparables entre sí en grados variables, es esta una opinión que nos es demasiado cara para que pensemos en combatirla. Algunos, más que otros, están próximos entre sí; tal es el caso del sueño, la locura y la embriaguez hachíchica. Pero no se confunden. No puede decirse, por lo demás, que dos estados mentales son idénticos sino a condición de considerar, bajo un ángulo extremadamente restringido, no ya esos estados mentales, sino sus componentes. Ciertos componentes pueden ser idénticos, sus reacciones pueden tener una gran analogía, pero los estados mentales nunca lo son.

Sin llegar a pretender con ciertos clínicos que no hay enfermedades, sino enfermos —paradoja a menudo tan cercana a la verdad—, ¿no puede acaso, para servir de marco a los análisis psicológicos, multiplicarse esos estados mentales de que hablamos? Se atiene uno generalmente, bien artificialmente, para las comodidades del lenguaje corriente, a esos tres grandes tipos: estado de vigilia, estado de sueño, locura. Pero los progresos de la psicología patológica ¿no han sacado a la luz estados psicológicos otros y bien diferenciados? ¿No puede hablarse —fuera por lo demás de toda idea de clasificación psiquiátrica— del estado demencial, del estado de hipnosis, del estado de automatismo, del estado de lógica mórbida quizá, cuyas leyes de asociación y de razonamiento quedan por precisar?

No confundamos, pues, el estado de intoxicación hachíchica con el estado de sueño y la locura.

Por imprecisos que sean sobre este punto los datos de la psicología, tienden sin embargo, no a confundir esos estados, sino a diferenciarlos. Si la intoxicación hachíchica aguda debiera ser aproximada a un centro patológico, podríamos hacer de ella un estado histeriforme. En efecto, en la histeria como en el hachichismo se reencuentran los mismos fenómenos neuromusculares y sobre todo el mismo gran rasgo mental sobre el que insistimos: la sugestionabilidad y la autosugestionabilidad. Pero si el estado mental del hachichado es momentáneamente, desde el punto de vista de la sugestionabilidad, el del histérico, hay, tanto

en la intensidad como en las relaciones mutuas de los demás fenómenos, importantes diferencias. El hachís sigue siendo, pues, a nuestro juicio, el tóxico por excelencia, capaz de dar a los hombres la ilusión de la locura, antes de conducirlos a la locura real —y dándoles a veces también— por momentos— la ilusión de la felicidad.

Una sustancia capaz, como el hachís, de provocar la exaltación eufórica, la disociación de las ideas y el sueño no debía quedar sin empleo terapéutico. Así, bastantes numerosos ensayos se han intentado, sin grandes resultados. La causa de estos tanteos y de las contradicciones aparentes en los efectos terapéuticos del hachís está muy probablemente en nuestra ignorancia del verdadero principio activo. Por ello aconsejamos utilizar siempre para estos ensayos terapéuticos, no los productos farmacéuticos franceses cuya insuficiencia hemos podido comprobar, sino los productos orientales. El buen experimentador podrá así, en el estado actual de nuestros conocimientos, obtener si no resultados terapéuticos inmediatos, al menos indicaciones psicológicas muy útiles en ciertos tratamientos.

El hachís ha sido empleado sobre todo ora como hipnótico, ora en el tratamiento de las enfermedades mentales, donde el estado de excitación eufórica que provoca ha sido principalmente empleado.

Encontramos en Vire la primera alusión al papel terapéutico que puede desempeñar. «El botánico GuitLauDix, dice este autor, había traído de Egipto una raíz que dio a Ber-NARDIX PETRELLA, profesor de lógica en Pavía.

Habiendo este un joven estudiante sumido en la melancolía, le hizo tomar un poco de esta raíz en vino. En un cuarto de hora el alumno experimentó una alegría tan viva, que salió ebrio de alegría y se echó a correr por las calles».

Pero hay que llegar a Moreau DE Tours para encontrar ensayos metódicos sobre el estado terapéutico del hachís. Se sabe que, para Mo-

4, Virey. — loc. cil. 1808, 2, Moneau DE Touns. — Loc. cit., p. 389-431

. REAU DE Tours, los trastornos mentales eran de origen funcional; encontrarían su causa determinante en las modificaciones de la circulación cerebral. «Es esta la única modificación, el único desarreglo de órgano que conviene admitir», decía (p. 397), tomando así posición aparte en la lucha entre los partidarios de la locura por lesión orgánica y los de la locura sine materia.

No pudiendo hacer mejor, era, pensaba él, la modificación primordial misma la que había que atacar, quedándonos ocultas las causas profundas, hereditarias u otras. Ahora bien, la modificación primordial es el hecho primordial ligado él mismo, en la hipótesis de Moreau DE Tours, a las modificaciones de circulación.

Es, pues, provocando por el hachís la disociación de las ideas del hecho primordial como se hace posible dirigir, por así decirlo, la evolución del delirio hacia la curación.

Los primeros ensayos de Moreau DE Tours versaron sobre los melancólicos y los dementes.

«Uno de los efectos del hachís que más me habían impresionado, dice, y que es, en efecto, aquel

al que generalmente se presta más atención, es esa especie de excitación maníaca siempre acompañada de un sentimiento de alegría y de felicidad cuya idea nada sabría dar a quienes no la han experimentado. Vi en ella un medio de combatir eficazmente las ideas fijas melancólicas, de romper la cadena de esas ideas, de quebrar la tensión exclusiva de su atención sobre tal o cual sujeto; era quizá aún no menos propio para despertar la inteligencia adormecida de los alienados estúpidos, o bien todavía para devolver un poco de energía, de resorte a la de los dementes» (p. 402).

Dio, pues, dawamesc y extracto en manteca a varios dementes, a dos melancólicos, a un estúpido. A pesar de fuertes dosis los resultados fueron nulos en la demencia y el estupor. Los melancólicos, un instante arrancados a sus preocupaciones habituales por la embriaguez del hachís, recayeron en su marasmo.

Este resultado no debe sorprendernos.

Moreau DE Tours, lo mismo que los poetas románticos, ha insistido demasiado en la euforia hachichica y ha descuidado demasiado la depresión post-tóxi-ca. Si fuera posible remediar esta depresión, el hachís sería el remedio por excelencia para el alienado melancólico como para el neurasténico. Pero la depresión lo hace en estos casos absolutamente inutilizable como medio terapéutico inmediato.

Es por lo demás muy difícil, por no decir más, curar un estado de depresión mental por un tóxico cualquiera que sea. Casi por definición el tóxico no produce excitación sino durante el tiempo de una intoxicación aguda. A medida que se elimina, es el estado anterior el que vuelve progresivamente con, además, la fatiga producida por la excitación artificial a la que el organismo se negaba naturalmente.

BAUDELAIRE, en una nota bastante pedante pero sin embargo justificada, hay que confesarlo, dice, aludiendo a las tentativas de Moreau DE Tours: «No hay que mencionar sino para memoria la tentativa hecha recientemente para aplicar el hachís a la cura de la locura. El loco que toma hachís contrae una locura que

expulsa a la otra, y cuando la embriaguez ha pasado, la verdadera locura, que es el estado normal del loco, recobra su imperio, como entre nosotros la razón y la salud. Alguien se ha tomado la molestia de escribir un libro sobre ello. El médico que ha inventado este bello sistema no es en modo alguno filósofo».

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Se podría objetar a BAUDELAIRE que no todos los alienados son crónicos, como él parece creerlo. Pero sobre todo se le habría podido responder que en materia de terapéutica mental nunca hay que temer el ridículo ni la crítica, y que es preciso, a fe mía, ensayar mucho, desempeñando todavía el empirismo un papel tan grande en el pobre arte de curar. Sin embargo, el poeta veía con bastante acierto y su observación conserva su valor.

Moreau DE TOURS hizo por lo demás, sobre los excitados maníacos, otra serie de experiencias mucho más interesante, en cuanto que es una aplicación directa del método llamado sustitutivo. Este método consiste en sustituir un delirio por otro, atenuándolo si es posible; su doble ventaja es que el médico tiene, por así decirlo, la mano puesta sobre la enfermedad y que, por otra parte, se detiene la sistematización del delirio. Desgraciadamente, como acabamos de decir, los tóxicos parecen permitir muy poco la aplicación de este método, excelente por lo demás, cuyos muy felices efectos hemos podido seguir en el tratamiento de fobias psicasfénicas. Moreau DE TOURS, cuyas tentativas son siempre metódicas y justificadas por toda una argumentación, era también impulsado a estos ensayos sobre los excitados maníacos por consideraciones que ciertamente no han perdido nada de su valor:

« 1.º Se podría, dice en efecto, considerar como un axioma de medicina mental que, mientras el delirio (fuera de la demencia) conserva alguna agudeza, no se debe desesperar de la curación.

« 2.º Pinel, y con él todos los médicos de alienados, han visto la enajenación mental resolverse por accesos de agitación; y esto ocurre precisamente en casos en que la duración del mal, la postración, el debilitamiento aparente de las fuerzas intelectuales quitaban toda esperanza.

« 3.º Las curaciones coinciden lo más ordinariamente con la renovación de las estaciones, y no es raro en absoluto verlas precedidas de un retorno de excitación.

« 4.º La estupidez, en particular, parece afectar esta forma de terminación.

« 5.º He observado varias veces que, cuando sobreviene excitación en los alienados paralíticos, se les encuentra a menudo más razonables » (p. 408).

Moreau DE TOURS hizo, pues, tomar dawamesc a siete enfermos comprendidos bajo el título amplio de excitados maníacos, según Esquirol. Los resultados parecieron satisfactorios al autor. Los siete enfermos experimentaron una mejoría notable; cuatro incluso sanaron, en un lapso de tiempo que variaba de quince días a seis meses después de la embriaguez hachísica. El resultado, ciertamente, sería soberbio si se pudiera, sin demasiada duda, atribuirlo al hachís. Pero salida de hospicio quiere decir generalmente remisión, raramente curación, y, además, ¿la cura se debe al tratamiento o a la evolución normal de la enfermedad? Es muy difícil decirlo.

Estas experiencias típicas de Moreau DE TOURS han sido reanudadas con bastante frecuencia, con todos los tanteos que comporta el empleo de una sustancia cuyo principio realmente activo se ignora, y de la que probablemente se espera algo muy distinto de lo que puede dar.

Pues las grandes promesas del hachís son quizá todavía más ilusorias para el médico que para el amante de sus efímeras delicias.

Pozzi y Reisch la emplearon de nuevo contra la melancolía; pero la asociaron al bromuro y los resultados son inciertos.

CLOUSTON recomienda también, como tratamiento de la excitación maníaca, una mezcla de bromuro de potasio y de tintura de cáñamo indio. Lo más frecuente es que el enfermo se calme rápidamente, presente un descenso de temperatura con aceleración y debilitamiento del pulso. La acción sedativa de la mezcla sería muy pronunciada y no sería necesario aumentar las dosis en los tratamientos continuos. Las dosis administradas eran de 1 gr. 85 a 3 gr. 15, tres veces al día. En los periódicos, las crisis fueron cortadas con bastante regularidad; en los ansiosos el estado se agravaba más bien que mejoraba. Reimer atribuye por lo demás al bromuro la acción terapéutica de la mezcla y pretende que el bromuro solo produce, en los casos de agitación, el mismo efecto que la mezcla bromuro-cáñamo indio.

Los ingleses emplearon con éxito, dicen, el hachís en las crisis de delirium tremens.

Tyrrell, habiendo hecho tomar tres dosis de 20 minims de tintura de cáñamo indio a un alcohólico que bebía un litro de aguardiente al día, el enfermo se calmó y se durmió.

BEDDOE emplea también la tintura y el extracto contra el delirium tremens. Pero prefiere el extracto, que no provoca náuseas.

Empleaba este último producto en dosis progresivas; la primera dosis era de un grano; se la aumentaba en una dosis igual cada seis horas, hasta que venía el sueño; la dosis máxima fue de dos dracmas.

El empleo del hachís como hipnótico es por lo demás de uso frecuente. No puede uno explicarse esta fortuna, que apenas merece, sino por la insuficiencia y la nocividad de las innumerables sustancias empleadas contra el insomnio. Vamos a ver sin embargo que un número bastante grande de autores coinciden en encontrar en él un hipnótico a veces notable. Añadamos solamente que los algunos ensayos que hemos hecho, el Dr. A. MARIE y yo, sobre psicasfénicos, con el extracto alcohólico o la tintura, no nos han dado resultados satisfactorios.

La excitación fue seguida de un sueño tranquilo que duró dos horas y media. Poliuria al despertar.

Prior emprendió una triple serie de experiencias con el tanato de cannabina, el cannabinon y el extracto de cannabis indica.

Se administraron cien dosis de tanato de cannabina. Las dosis iban de 50 cgr. a 4 gr. 25. Cuarenta y dos ensayos fueron seguidos de sueño pleno, diecisiete de sueño ligero.

El enfermo se dormía, profunda o ligeramente, aproximadamente media hora después de la absorción, y el sueño duraba de cinco a seis horas.

Cuarenta veces el hachís no provocó ningún sueño. En un caso de delirio agudo una dosis de 2 gr. 5 aumentó solamente la exaltación, como era de prever.

El cannabinon fue empleado a la dosis máxima de 40 centigr. Parece haber producido efectos hipnóticos utilizables en la histeria y la excitación nerviosa. Es netamente malo en los demás casos, en que no produce sino trastornos, cefalalgia, náuseas, etc.

El extracto, a la dosis de 10 a 30 centigr., parece todavía inferior. Produce una aceleración del pulso de la que hay que guardarse.

VOGELGESANG preconiza también el cannabinon como un hipnótico muy agradable. Obtuvo, según parece, los mejores resultados en un caso de histeria con alucinaciones, ansiedad e ideas de suicidio. Se administran dosis de 15 a 60 centigr., según los sujetos. Durante aproximadamente media hora el enfermo se siente ebrio, fatigado, vacilante; la palabra es difícil, la salivación exagerada, la garganta seca; luego viene el sueño, sin ensueño, y puede prolongarse una noche entera.

Cierto número de autores han querido también combinar la acción del hachís con la del beleño y del cloral. Se vuelve entonces extremadamente difícil precisar su acción.

Maurice DE FLEURY, que lo ensayó en los neurasténicos, coincide con nosotros en constatar la depresión nefasta que produce en estos enfermos.

En resumen, parece pues bien que, cuando se emplea el hachís como hipnótico, se

debe distinguir, como lo hacía Pouchet, cuatro períodos en su acción: un período de excitación, un período de disociación intelectual, un período de éxtasis y por último un período de sueño.

Otros ensayos han sido todavía realizados con el hachís y sus derivados en las ramas más diversas de la terapéutica.

STANISLAS JULIEN, fundándose en antiguos textos chinos, nos enseña sin embargo que los chinos lo emplearon para producir la anestesia quirúrgica.

Por otra parte, según Soubeiran y Dabry DE THIERSANT, las hojas del cannabis chinensis serían empleadas con éxito contra las fiebres intermitentes. Las semillas machacadas (ko-ma-jin) serían consideradas por los médicos chinos como emenagogas, diuréticas, antihelmínticas. Entran en la composición de varios medicamentos y

aun, molidas y calentadas, sirven para la confección de un cosmético estimado.

Ya en 1840, Aubert-Roche lo empleaba contra la peste. De once casos graves, siete casos habrían sido curados. (Señalo, decía, esta sustancia, que puede llegar a ser muy útil en medicina; creo que no es un medicamento que deba descuidarse. Quienes la experimenten reconocerán muy pronto su valor en terapéutica, sea en la peste, sea en otras enfermedades.)

El hachís ha sido también empleado en Inglaterra como antiespasmódico; se ha intentado en repetidas ocasiones utilizar sus propiedades analgésicas, pero los resultados han sido siempre muy inciertos.

J. Roux experimentó el extracto petrolífero de cannabina en dos enfermos del hospital Bichat. Uno de estos enfermos estaba afectado de vértigo de MÉNIÈRE, el otro de tisis incipiente. Verdad es que puede uno asombrarse de

ver ensayar la acción terapéutica del hachís en estos casos.

Se administraron 20 centigramos de extracto petrolífero al primer enfermo por la noche a las ocho. Se durmió como de costumbre, pero fue despertado por una violenta pesadilla en que veía bestias feroces subir a su cama. El día siguiente, 30 centigramos producen exactamente los mismos resultados.

El segundo enfermo, habiendo tomado sucesivamente 30 y 40 centigramos, los efectos fueron idénticamente los mismos que los experimentados por el primer enfermo.

Estos resultados parecen pues justificar la excesiva severidad de Roux, que dice en sus conclusiones:

« En razón de los efectos muy variables según el modo de preparación de la cannabina, efectos que por consiguiente es imposible prever; en razón de los accidentes que puede causar el remedio y que son susceptibles de provocar la muerte si las dosis se llevan demasiado lejos, creo que la cannabina no debe entrar hasta nuevo aviso en el arsenal terapéutico. En efecto, o bien, lo que debe ser el caso más frecuente, no se tiene entre manos sino un producto inactivo, o bien se hace uso de un medicamento cuyas ventajas dudosas van acompañadas de inconvenientes serios y ciertos. »

Sin embargo, los diversos derivados del hachís han sido, según parece, prescritos todavía en el parto como excitantes del útero, para favorecer las contracciones y evitar las hemorragias uterinas.

GERMAIN SÉE ha empleado también el extracto graso contra las afecciones estomacales. Después de un momento de éxito, parece que esta medicación ha sido abandonada.

El hachís y sus derivados parecen pues —al menos hasta que se conozca el principio activo— un medicamento que puede caracterizarse por la inconstancia de sus efectos. En todos los estados depresivos, pensamos que no debe ser empleado; como hipnótico parece bien que sus resultados son más débiles y más inconstantes que los de las demás drogas empleadas. Quedan los estados

de excitación, en que es, nos parece, la inconstancia misma de sus efectos la que debe servir al médico, permitiéndole sondear —mejor que por la hipnosis, que a menudo no es posible— el fondo mental de su enfermo. El hachís será pues, a nuestro juicio, un medio de terapéutica mediata más aún que inmediata.

El Dr. Paul Meunier tiene la amabilidad de comunicarme a este propósito las notas tomadas en el curso de una larga serie de experiencias que realizó en 1900 y 1901, con M. Viaschède, en el asilo de Villejuif.

Estas experiencias, que han quedado inéditas, y cuyos principales resultados nos alegra mucho poder dar a conocer, habían sido extremadamente bien conducidas. Neumogramas y pletismogramas, fuerza dinamométrica, resistencia eléctrica y presión sanguínea eran tomados de cada uno de los sujetos antes y después del tratamiento hachísico. Desgraciadamente estas investigaciones no han sido redactadas y los documentos están hoy dispersos.

La acción del hachís había sido estudiada, sobre todo desde el punto de vista terapéutico, en histéricas, paralíticos generales, una alcohólica, una idiota, una maníaca crónica, un demente precoz.

En la parálisis general, el hachís sólo ejerció una acción calmante de hipnótico. De cuatro enfermos puestos en observación, una sola toma una píldora de 0,20 de cann. ind. sin resultado alguno. Una segunda, veinticuatro horas después de la ingestión, permanece tranquila, lo que no le había ocurrido desde hacía ocho días. Una tercera, generalmente agitada, duerme toda una noche y permanece inerte al despertar en lugar de la agitación habitual. La cuarta toma el hachís a las dos; hacia las tres comienza a apaciguarse;

a las cuatro dormita, muy tranquila. El resultado nos parece, pues, aquí bastante claro: la excitación habitual no se exagera y la calma llega con bastante rapidez. Verdad es que esta calma se parece quizá un poco a un estupor.

La enferma Ch., etílica, toma 0,10 cgr.

de cann. ind. a las 2. Hacia las seis, dolores de cabeza; pero permanece tranquila. La noche siguiente, reaparición de las alucinaciones alcohólicas en vías de remisión desde hacía unos ocho días. En el semisueño, se le aparecen cabezas de muerto, se dibujan animales en los pliegues de las sábanas y en la penumbra de los edredones. «Me parece, dice, que me dan vueltas, vueltas al cerebro, y luego está vacío. Lo veo delante de mí; es como una roca.» Exteriormente, sin embargo, su actitud es muy tranquila y sólo interrogándola se obtienen los datos arriba indicados.

Así pues, en este caso de alcoholismo en vías de curación, reaparición de los accidentes tóxicos bajo la influencia del hachís, lo que por lo demás era de prever, digan lo que digan los autores.

La enferma Eyg., idiota, toma a las dos 0,10 cgr. de cann. ind. Hacia las cuatro, su agitación habitual se calma. Pero a las cinco y cuarto ríe, danza, gesticula dirigiéndose a personas extrañas. Sus ojos están brillantes, ríe en cuanto se le habla;

toda su embriaguez es eufórica, sin traza de ansiedad en ningún momento. No se duerme hasta la una y media de la mañana. Al día siguiente no tiene acceso como de costumbre y permanece tranquila todo el día. Los días siguientes reaparece el estado anterior.

Una maníaca crónica toma el 8 de mayo 0,10 cgr. de cannabis ind.; el 11 de mayo, 0,20 cgr. y el 21 de mayo, 0,30 cgr. La primera ingestión va seguida de una corta crisis de excitación pronto calmada; la segunda ingestión, tras una embriaguez un poco más agitada, da los días siguientes resultados inciertos; la tercera va seguida de una calma de varios días: pero el estado anterior acaba por reaparecer.

En todos los enfermos cuyos casos acabamos de examinar, el hachís se comportó, pues, sobre todo como un calmante; pero su acción fue inconstante y bastante poco duradera.

En un caso fue nula; en un caso claramente contraria.

En un demente precoz B., de 28 años, hoy salido curado del asilo, la ingestión de 0,30 cgr. de cann. ind. determinó una bastante gruesa crisis delirante, cuya descripción daremos en detalle, muy característica de lo que puede ser la embriaguez hachíchica de un alienado.

La píldora le es dada a las doce y cuarenta y cinco en confitura. Permanece hasta la una y media sentado al pie de un árbol del patio diciendo palabras incoherentes. El Dr. P. Meunier pasea entonces con el enfermo, que cree reconocer en él a uno de sus amigos de la escuela, Edouard G., y luego ya no lo reconoce.

Decía querer encontrar a su familia perdida y rogaba al supuesto Edouard que le ayudara a ello.

«Habíamos ido juntos a la escuela, en Montrouge, escribe el Dr. Meunier en las notas que nos comunica; me reconoce perfectamente. Luego se pone a hablar de Saint-Etienne-du-Mont. Al darme cuenta de que lo fatigaba, lo dejé solo y fue a sentarse en un banco (las dos y cuarto).»

Habla entonces de Beaumont «rejuvenecido por él, que ha traicionado a Francia y sus colores.»

Aguarda a su tío que viene de Belén.

Exclama de pronto: «Todos somos unos

cerdos, unos verdaderos cerdos, y París es el hijo del amor.» Y lamenta entonces haber «bebido todo el veneno venido de los países cálidos». Las confituras que le han dado estaban envenenadas, pero... Abraham lo bendecirá. Su padre, dice, es cirujano mayor en la Charité. Se levanta entonces y hace el saludo militar «porque ha sido traicionado». Su abuela es una bretona, una encantadora bretona. «El cielo se pierde, asegura, puesto que yo me pierdo a mí mismo.» Se figura en efecto haber sido insolente e hizo el saludo militar para hacerse perdonar.

De las tres a las tres y cuarto hubo un momento de calma. El enfermo permanecía sentado en el banco, muy pensativo. De repente gritó a enemigos imaginarios: «Ya basta; vais a dejarme tranquilo.» Luego dice: «Ahora comprendo; todos me defendéis, sois encantadores.» Se durmió entonces en un banco y durmió durante un cuarto de hora.

Al despertar (las cuatro y veinte), cambió de banco, tomó una flor de tilo en su

mano, la examinó y afirmó que era «la más bella flor de Escocia», comarca que habría pertenecido a Jean B. en 1803.

«Jean B. era escocés, dice; estaba en 1813 en Austria; ha dado la vuelta a Europa; pero no era mi padre, no lo reconocía.

» En 1817 tenemos el corazón en tierra, uno se acuerda de ello.

» En este mismo instante mi padre vuelve de Austria; es traicionado por Dios.

» Esta mujer trata a José, hijo de Dios, de... y soy yo el...

» Me importa un bledo, todo va bien.

» Dios comprende demasiado.»

Otro enfermo pasa entonces junto a él.

Lo toma por Vercingétorix y lo saluda militarmente.

De las cuatro y cinco a las cuatro y treinta, permanece sentado, pensativo, y examina, sin decir palabra, su flor de tilo. Luego se levanta para hacer el saludo militar, vuelve a sentarse y, silencioso, contempla su flor de tilo hasta la hora de la comida.

Después de la comida declara: «Estoy condenado a tres días de prisión por haber hecho un hermoso cielo; y soy yo quien me castigo. De dos cucharadas, lo saco de ahí.

No, amigo mío, es mi padre quien debe venir esta noche. Tenemos una fiesta y mi madre estará en ella. Un Edouard es mi hermano; otro Edouard está perdido.»

«Date prisa, dice luego, vamos al campo, a Ville-Evrard. Pero date prisa. ¡Ah! bien tienes una verdadera cabeza de B.

» Al parecer, lo han visto todo; abajo se bebe vino, se divierten mucho; se ríen de los..., ¡y soy yo el...!

» Me he envenenado, pero no importa. El banquete se hará, pero quizá yo esté triste, vayan ustedes, señores.

» ¡Qué bonitas son las mujercitas!

» Tiene razón, no hay que matarlo para salvar a su madre. Hay un traidor aquí, es Henri, se ha puesto barba.

» En fin, esto terminará, y mi madre también se salvará.

» Es mi verdadera sangre la que ha corrido en mi casa;

pero mi padre ha encontrado el secreto, ¡así que se salvará!

» Es Henri D., lo he visto, lo he reconocido, ¡no estoy loco!»

Acercándose entonces al Dr. P. Meunier, llama a su salvador y quiere absolutamente abrazarlo.

«Un verdadero secreto de iglesia, dice luego, y lamento que mi madre no haya entrado ahí.

Mi padre es señor allá abajo.»

Dan las siete. El demente hachizado se levanta, saluda militarmente y dice:

«Deseo casarme; ciertamente amo a una mujer.

» Ciertamente todos han traicionado; pero mi padre es serio. No traiciona.»

Son las siete y diez. El doctor se marcha. El enfermo permanece bastante tranquilo y duerme bien toda la noche.

Hemos querido dar por entero esta observación, en la que el delirio provocado por el hachís y la demencia se alían con tan notable incoherencia. Excitación, euforia

y angustia del hachís; estereotipia y embrutecimiento de la demencia precoz se unen y se expresan lo mejor que pueden; pero con esa especie de parafasia que creemos haber notado a menudo en los dementes y que hace que entiendan bajo las palabras que emplean otra cosa, o más bien más cosas, de las que las palabras expresan.

Desde el punto de vista terapéutico, los efectos del hachís en este demente precoz no merecen que se hable de ellos.

Las experiencias de N. Vascmine y del Dr. Meunier versaron también sobre un número bastante grande de histéricas, y los resultados que obtuvieron en estas enfermas nos interesan muy particularmente, no desde el punto de vista de la terapéutica inmediata, sino desde el punto de vista de las indicaciones terapéuticas proporcionadas por el hachís.

Daremos como ejemplo uno de esos casos de delirio hachíchico en una histérica — si es que aún está permitido emplear esta palabra en medicina mental.

La enferma Pi., de la que se trata, tiene 28 años (en

1900). Tuvo su primera crisis histérica en 1897, seis meses después de su primer parto. Se muestra siempre desde entonces deprimida, hastiada de la vida, ansiosa y fóbica.

Sin anestesia cutánea, sin embargo, y sin estrechamiento del campo visual. Tres o cuatro meses antes de su primera crisis, se había quejado de un dolor opresivo en el seno izquierdo. «Era, decía, como si hubiera cometido un crimen, como si fuera a dictar una sentencia.» Este dolor cedió a la absorción de hachís y no reapareció durante un mes. «Jamás antes, declara, había estado tanto tiempo sin tener esta angustia.»

El 4 de mayo de 1900, a las 2, toma una píldora de 0,20 de cannab. indic. Empieza a agitarse hacia las 4 y 1/2. Mira al techo, donde están las bocas de calor, se echa a reír y exclama: «Soy bella, soy la más bella.» (Pues la coquetería femenina, aunque sea delirante, no abdica verdaderamente sino en el último suspiro). Canta y grita muy fuerte, indiferente a lo que ocurre a su alrededor.

Aparecen entonces alucinaciones cenestésicas.

Cree volar hacia el techo. «Esto sí que es, dice, una idea de loca. Siento que me vuelvo loca. Mi cabeza se va. Siento que voy a volverme loca.

Esto empieza a dar vueltas. Todo da vueltas a mi alrededor. ¿Qué les pasa? Sujetadme en la cama. Siento que voy a echarme a volar. Esto no es natural.»

Aparecen entonces sacudidas musculares en el antebrazo derecho y la enferma exclama, presa de la más viva ansiedad: «Mi brazo empieza a andar solo.»

«Son entonces, dice la nota de P. Meunier, ciclos de vértigo que duran algunos minutos y durante los cuales la enferma grita cuanto puede. La mayoría de las veces en un modo rítmico, con un aire de melopea indefinida.

» Luego sensación de frío en todo el lado derecho. Calentadme, grita, estoy helada; siento que me voy.

» Sin embargo, en el intervalo de los ciclos, Pi. conversa razonablemente. Responde: Siento

que estaba loca. ¿Qué me habéis hecho tomar? Estoy como si estuviera borracha y sin embargo no he bebido nada.

» Los ojos están muy inyectados.

» Le pregunto si quiere ser vacunada.

— ¿Para qué? — Para no contraer la viruela. Responde que es absolutamente inútil. Luego se pone grave y dice: Siento que esto va a volver. Tengo frío en la oreja. Mi oreja está chorreando agua. Estoy toda mojada. Esto empieza a agitarse en la mano derecha.»

Luego canta:

«Voy a morir, siento que me voy.»

Ella ve entonces caminos de hierro que se hunden en el techo y canta al mismo tiempo, en un tono burlesco, que va a morir y que todo ha terminado. Reclama incluso al médico jefe y a un sacerdote. Como se le hace observar entonces que nunca ha sido creyente:

«No, responde; pero ¿qué riesgo corro? Después de todo, si fuera verdad, más vale tomar sus precauciones; si no hace

bien, tampoco hace mal.»

Luego, de repente: «¡Ah! ¡tengo la viruela! —exclama—. He aquí que tengo la cara llena de agujeros como una espumadera; ya está, me habéis contagiado la viruela. Me voy. Adiós.

Perdono a todo el mundo.»

Hacia las 5 y 1/2, las crisis comienzan a disminuir de intensidad, pero sigue delirando.

A las 8, se la puede volver a poner en el dormitorio de los enfermos tranquilos, donde duerme habitualmente. No se durmió antes de la 1 de la madrugada, repitiendo: «Me voy a volver loca; tengo la viruela; me dan papirotazos en la cara.»

El delirio se prolongó, por autosugestión, los días siguientes. A las cuatro, cada tarde, los sobresaltos musculares comenzaban a esbozarse, tenía frío en la mitad derecha del cuerpo y volvía a quejarse: tengo el cráneo vacío, mi cerebro está abierto, etc.

El hachís ha determinado, pues, aquí, en una enferma generalmente deprimida, un delirio intenso y relativamente duradero. Siendo esta histérica una ansiosa, su delirio ha tomado naturalmente la tonalidad de su mentalidad, que se expresó entonces con exuberancia. Además, este estado delirante muestra, al prolongarse, la extrema debilidad de esta síntesis mental que ya no puede reconstituirse y se convierte en el juego de cualquier autosugestión.

Digamos, pues, que, de una manera muy general, la ingestión de hachís provocó en las histéricas una crisis de excitación seguida de un período de calma y de depresión que podía hacer creer en una mejoría, pero que no era sino momentánea y cuyos efectos desaparecen pronto.

Además —y insistimos en este punto—, la embriaguez hachísica determinó en ciertos enfermos crisis delirantes intensas y prolongadas. Estos enfermos revelan así su fondo mental subconsciente, y el médico puede entonces verse llevado a pronosticar los casos de delirio histérico aún no declarado. Hay ahí una utilidad clínica evidente, y pensamos que se debería muy a menudo, desde este punto de vista, en todo enfermo que presente taras

histéricas, prescribir una ingestión de hachís capaz de informar al médico sobre la gravedad del pronóstico.

El hachís puede así convertirse en un excelente auxiliar en medicina nerviosa y mental.

De una manera general, puede revelar al médico el fondo subconsciente del enfermo y, sobre todo, la emotividad subconsciente. Que el fondo emotivo sea bueno, el pronóstico será tanto más alentador. En esos neurasténicos que el Sr. BERx-HEIM ha llamado tan justamente psiconeurasténicos en un reciente opúsculo, el hachís puede emplearse en este sentido. Deberá tener como coadyuvante el sueño eufórico provocado durante el sueño natural. Cuando se haya reconocido mediante débiles dosis de hachís que el enfermo, por deprimido que parezca, es aún capaz de euforia, se provocarán fácilmente durante el sueño ligero que precede al despertar natural imágenes mentales de elevado coeficiente eufórico, haciendo respirar al sujeto diversas soluciones fáciles de formular. Recomendaremos particularmente las soluciones a base de éter. La esencia de helecho diversamente aromatizada nos ha dado también muy buenos resultados. Que el escepticismo de los médicos no sonría demasiado ante este medio de terapéutica psicológica. Un largo estudio experimental de los sueños y del sueño nos ha permitido controlar sus excelentes efectos en las psiconeurosis.

Añadamos que también hemos experimentado, el Sr. el Dr. A. Marie y yo, la tintura de cáñamo indio como hipnótico, sin obtener jamás resultados satisfactorios. O la acción del hachís era insignificante, o el enfermo sufría una depresión acompañada de fenómenos orgánicos claramente desfavorables al tratamiento. En cambio, el hachís nos ha permitido sugestionar a sujetos absolutamente rebeldes tanto a la hipnosis como a las sugestiones en estado de vigilia, tales como las aconseja Dubois DE BERNE.

Los numerosos ensayos terapéuticos de que acabamos de hablar establecen la inconstancia de los efectos del hachís. Donde se obtienen dichosos resultados, estos parecen más débiles

que los resultados habitualmente producidos por otras medicaciones. En el estado actual de nuestros conocimientos, el hachís no debe, pues, a nuestro juicio, ser aconsejado sino en la medicación de los estados de excitación, para ensayar, si es posible, un empleo del método sustitutivo.

En cambio, siempre será muy útil para el clínico y muy interesante para el psicólogo hacer delirar un poco artificialmente a sus enfermos o a sus sujetos en la embriaguez hachísica.

Entendido así, como guía de una medicación psicoterápica, tenemos la convicción de que el hachís puede prestar muy reales servicios.

La «embriaguez psíquica» contribuirá quizá entonces a dar a los enfermos un poco de esa felicidad muy terrestre que procura la salud, o más bien la sensación del retorno hacia la salud, euforia más humana, menos exuberante, pero ciertamente más deseable que la euforia violenta de quien franquea el umbral del paraíso efímero.

Si queremos ahora resumir en algunas líneas las nociones adquiridas sobre el hachís, recordaremos que el cáñamo indio, cualquiera que sea su principio activo, produce una embriaguez bastante persistente, que se compone sobre todo de una fase de excitación acompañada de delirio con intervalos lúcidos y de una fase de depresión. Esta intoxicación aguda, a menudo repetida, determina un hachichismo crónico que puede conducir a la locura y a la demencia, pareciendo ser en efecto el hachís un veneno de la corticalidad cerebral y del bulbo.

No parece que durante la embriaguez hachísica la lucidez de la inteligencia aumente, como ciertos aficionados se figuran; no es, pensamos, la facultad de comprensión la que se exalta: es nuestra emotividad. Además, hemos visto que convenía insistir en el estado de intensa sugestionabilidad y, sobre todo, de autosugestionabilidad provocado por la absorción del hachís.

Esta exageración de la sugestionabilidad puede considerarse como una de las características que diferencian la embriaguez hachísica de la locura, con la cual se la ha querido confundir. Hachís, sueño y locura pueden determinar estados vecinos, ricos en análisis de detalles, pero distan mucho de ser idénticos y no deben confundirse.

La embriaguez hachísica, más que cualquier otra intoxicación, es propia para revelar el fondo mental subconsciente del hachisado. Esta propiedad, así como el desarrollo de la sugestionabilidad y de la autosugestionabilidad, debe emplearse en psicoterapia.

Me queda ahora por decir una palabra sobre esta gran cuestión de psicología individual y de psicología social: ¿puede uno, en nuestro mundo occidental, tomar hachís?

Empezaré por hacer una concesión

a los aficionados a las delicias orientales. En una época como la nuestra, en que la costumbre tan vulgar y tan nefasta del «aperitivo» ha entrado en las costumbres, no conviene verdaderamente clamar escándalo por unos gramos de confitura verde o por una pipa de kif.

Que los degenerados, que los enfermos incurables y a quienes todo amor abandona se intoxiquen con hachís, también lo comprendo: buscan en todas las ilusiones posibles la mentira vital, y más vale para su dolor el hachís que enloquece que la morfina que envilece. Ciertamente, la energía purificadora es lo que les aconsejaré ante todo. Pero el conocimiento de las causas profundas y la contemplación de ciertos males deben hacer al psicólogo infinitamente indulgente, ayudándole a comprender.

Añadamos que si, excepcionalmente, algunos voluptuosos, reunidos tras la cena en algún rincón íntimo, amablemente decorado, gustan del dawamesc, su embriaguez, amablemente dirigida, podrá ser dulce y que no tendrá verdaderamente consecuencias. ¡La sensualidad es una virtud secundaria, pero conviene a ciertos espíritus, y el dawamesc entonces no será sino un aspecto de ella.

Hechas estas concesiones, y hablando a hombres conscientes y fuertes, me alzaré sin embargo contra el uso del hachís.

Una sola vez he fumado kif, por curiosidad a la vez científica y estética. Los efectos fueron muy ordinarios. Probablemente no volveré a hacerlo, si no es por puro divertimento, junto a amigos amables y en un momento en que la vida me sea dulce.

Si hay en efecto una virtud altamente humana, es el dominio de sí mismo. Ahora bien, el hachís os lo quita absolutamente. Si uno se ve libre del yo, «ese odioso tirano», se convierte en cambio en presa de las cosas y de los seres que le rodean y le tiranizan a su antojo con toda potencia.

Luego, como Baudelaire dice tan bien, las alegrías intensas del pensamiento y del arte no bastan, pues, para elevar a un hombre bien nacido por encima, muy por encima, de la vulgaridad;

y esa embriaguez, ¿no es incomparablemente más noble?

Sin embargo, la mejor razón por la cual me parece que no se debe buscar en el hachís la embriaguez psíquica tan alabada es la nimiedad de las emociones que procura. Como me decía con tanta razón una dama amiga mía que acababa de fumar kif: «Todo me emocionaba; los objetos más vulgares podían arrancarme lágrimas o hacerme reír; y yo no quiero poder emocionarme sino por los objetos dignos de emocionarme.» A esta simple comprobación de hecho no añadiré nada, pareciéndome que la calidad de nuestras emociones mide exactamente el único valor individual posible.

Si el hachís nos procura una emotividad agrandada, pero inferior y delirante, más vale no entrar en ese paraíso efímero y fácil. Si entramos en él, sepamos que es un lugar de placeres groseros y, sobre todo, no le pidamos ni consuelos fuertes ni altas alegrías. Más vale, como decía el filósofo, ser Sócrates desdichado que el ilota

ebrio. Pues ¿dónde hemos encontrado que los hombres hayan nacido para la felicidad? No es ni la felicidad ni la desesperación lo que ha producido ninguna de las grandes obras humanas. Es el deseo, es la bondad, es la paciencia y es el esfuerzo. Es esa alegría áspera que hay en elevarse por encima de uno mismo, como por juego.

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Alpino (Prosper), 8.

Auggati-Roche, 5, 15, 174.

Baudelaire, 2, 32, 47, 48, 52, 116, 118, 124, 163.

Becquerel, 112.

Beddoe, 169.

Bernkheim, 192.

Binet (A.), 43.

Binet-Sanglé, 75, 77-81, 105-109, 113.

Bombelon, 20.

Bonassies, 57, 80.

Bosc de Vèze, 15.

Bradbury, 20.

Brissaud, 112.

Gabanès, 117, 119.

Charcot (J.-M.), 68.

Chardin, 10.

Clouston, 167.

Courtive, 18, 19.

Delage (Yves), 149.

Demoor (Jean), 106.

Deniker (J.), 7.

Diodore de Sicile, 8.

Dromard, 148, 149, 150.

Dubois de Berne, 195.

Duvau (Mathias), 105.

Esquirol, 166.

Fechner, 147.

Fleury (M. de), 172.

Froumuller, 20, 170.

Gautier (Th.), 7, 40, 42, 46, 53, 120.

Gley, 24, 26, 103.

Havel (J.), 106.

Hay, 20, 91.

Hervé de Saint-Denis, 138.

Hire, 106.

Homère, 7, 35, 36.

Huchard, 92.

Julien (Stanislas), 173.

Kempfer, 11.

Lange (N.), 78.

Laures (Henry), 43.

Leconte de Lisle, 86.

Liouville, 90.

Lombroso, 120.

Lotze, 147.

Marco Polo, 8, 35, 37, 39.

Marie (de Viczegutr), 43, 125, 129, 198.

Maury (Alfred), 138.

Merckx, 21.

Meunier (Paul), 177, 181, 185, 186, 188.

Micault, 120.

Moreau de Tours, 4, 7, 12, 15, 35, 40, 61-66.

Murray, 9.

Musser (A. de), 29, 119.

Nordau (Max), 120.

Oppert (Robert), 106.

Pascal, 149.

Pergens, 106.

Petrella (Bernadin), 160.

Pinez, 165.

Pozzi, 167.

Pouchet, 17, 18, 19, 173.

Prior, 171.

Pusinelli, 170.

Querton, 106.

Rasz-Ruchhardt, 106.

Ragime (Hassan), 16.

Reimer, 168.

Reisch, 167.

Richet (Charles), 6, 23, 24, 69-71, 86, 87, 101.

Rondeau, 24, 71, 103.

Roux (Fernand), 92, 93, 95, 97, 98, 101.

Rumpx, 8.

Sée (Germain), 176.

Seigold, 20.

Smith, 19.

Traubat (Jules), 118.

Vaschide (N.), 177, 186.

Vianolo, 20.

Vire, 7, 35, 86, 160.

Voisin, 90.

Warnock, 126, 129, 130.

Wood, 20.

TABLE DES MATIÈRES

Chapitre I — Le Hachich 1

Chapitre II — Les Hachichins 28

Chapitre III — L’ivresse hachichique 60

Chapitre IV — Les Recherches et les théories neurobiologiques 89

Chapitre V — La Folie hachichique 114

Chapitre VI — Le Hachich, le rêve et la folie 136

Chapitre VII — L’action thérapeutique du Hachich 149

Conclusions générales 195

Index bibliographique 201

Table alphabétique des auteurs cités 211

Table des matières 219
