Dominio público · Español
Una casa de hachís en Nueva York
H. H. Kane · 1883
Edición de Biblioteca Pevgrow. Licencia CC BY 4.0. Fuente: Internet Archive.
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Una casa de hachís en Nueva York
Las curiosas aventuras de un individuo que se entregó a unas cuantas pipas de cáñamo narcótico
H. H. Kane Harper's New Monthly Magazine, 1883.
Traducción al español del reportaje publicado en Harper's New Monthly Magazine en 1883. Obra en dominio público. Edición Pevgrow, 2026.
«¿Y así que usted cree que el consumo de opio, tal como se ve en las sórdidas bodegas de la calle Mott y en otros lugares, es la única forma de indulgencia narcótica de alguna importancia en esta ciudad, y que el hachís, si acaso se usa, solo lo fuman ocasionalmente y a modo de experimento unos pocos individuos dispersos?».
«Esa es, sin duda, mi opinión, y me considero bastante bien informado».
«Pues está usted muy lejos de acertar, como puedo demostrarle si se toma el trabajo de informarse más a fondo sobre el particular. Hay en esta ciudad una numerosa comunidad de fumadores de hachís que se ven diariamente forzados a satisfacer sus morbosos apetitos, y puedo llevarle a una casa en lo alto de la ciudad donde se emplea el cáñamo en todas las formas concebibles, y donde las luces, los sonidos, los olores y cuanto la rodea está dispuesto de modo que intensifique y realce los efectos de este maravilloso narcótico».
«Debo confesar que sigo incrédulo».
«Pues bien, si le parece bien, encuéntrese conmigo mañana por la noche a las diez en el gabinete de lectura del Hoffman House, y creo que sabré convencerle».
Lo que antecede es la sustancia de una conversación que tuvo lugar en el vestíbulo de un hotel del centro de la ciudad entre el autor de estas líneas y un joven de unos treinta y ocho años, a quien conozco desde hace algunos años como fumador de opio. Fue gracias a su bondad como logré por primera vez acceder al estudio del consumo de opio. Por eso esperaba realmente ver algunas fases interesantes de la indulgencia en el cáñamo, y no quedé defraudado.
A la noche siguiente, a las diez en punto, me encontré con el joven en el Hoffman House y, juntos, tomamos un tranvía de Broadway hacia lo alto de la ciudad, lo dejamos en la calle Cuarenta y dos y caminamos a paso rápido hacia el río del Norte, conversando mientras íbamos.
«Probablemente se sorprenderá mucho de muchas cosas que verá esta noche —dijo—, como me ocurrió a mí cuando un amigo me introdujo por primera vez en el lugar. He recorrido casi toda Europa y he fumado opio en cuantos antros hay en América, pero nunca vi nada tan curioso como esto, ni experimenté intoxicación tan fascinante y a la vez tan terrible como la del hachís».
«¿Son los parroquianos de este lugar de la misma clase que quienes frecuentan las tabernas de opio?».
«De ningún modo. Están repartidos por igual entre americanos y extranjeros; en efecto, el lugar lo regenta un griego que ha invertido en él mucho dinero. Todos los visitantes, hombres y mujeres, son de las clases acomodadas, y la regla es el secreto absoluto. La casa lleva abierta unos dos años, creo, y el número de parroquianos habituales crece cada día».
«¿Es usted uno de ellos?».
«Lo soy, y encuentro la intoxicación mucho más agradable y menos dañina que la del opio. ¡Ah!, aquí estamos».
Nos detuvimos ante una casa de aspecto lúgubre, entramos por la verja y subimos las escaleras. Las ventanas estaban completamente a oscuras, y la entrada parecía sucia y desolada. Cuatro tirones de campanilla, una pausa y un tirón más fueron seguidos de unos instantes de silencio, que rompió de pronto el ruido de una cadena que caía, el chirrido de un cerrojo y el rechinar de una llave en la cerradura. La puerta exterior se abrió con cautela y, a una palabra de mi compañero, pasamos al vestíbulo. La puerta exterior fue cerrada con cuidado por alguien a quien no pude distinguir en la oscuridad absoluta. Un momento después se abrió la puerta interior, y jamás olvidaré la impresión que me produjo el súbito tránsito de la oscuridad total a la extraña escena que se ofreció a mis ojos. El oscuro vestíbulo era la línea divisoria que separaba las calles frías y tristes y el mundo ordinario de una escena de magnificencia oriental.
Un volumen de aire cargado de perfume, seguido muy de cerca por un olor mortalmente nauseabundo, del todo distinto de cuanto había olido jamás, saludó mis narices. Una lámpara de forma grotesca inundaba el salón con una luz violeta y tenue que se filtraba a través de discos dentados de alguna tela violeta suspendidos bajo ella. Las paredes y los techos, si alguna vez fueron modernos, ya no lo eran, pues estaban revestidos y colgados de festones y pliegues de pesada tela recién salida de los telares de Oriente. Borlas azules, verdes, amarillas, rojas y de oropel asomaban aquí y allá, a juego con el curioso ribete de abalorios de varios colores que orlaba cada pliegue de la colgadura como una enorme procesión de hormigas luminosas, y parecían fluir en pequeños charcos fosforescentes allí donde la tela se recogía. Figuras extrañas y letras singulares, del mismo trabajo, se descubrían aquí y allá sobre la tela del techo.
A lo largo de un lado del salón, entre dos puertas, se alineaban enormes tinas y vasijas de loza a la manera de la mayólica y jarrones japoneses de cuello azul, en los que había plantas, arbustos y flores del color y el aroma más exquisitos. Verdes lianas trepaban por las paredes y cruzaban el techo y, prendiendo sus zarcillos en las balaustradas de la escalera (que también era de curioso diseño), dejaban caer largos ramilletes y pesados festones de verdura.
Cuando mi compañero, que se había detenido un momento para darme tiempo a mirar en torno mío, caminó hacia el extremo del salón, lo seguí y pasé a una salita a la derecha donde, con la ayuda de un criado de color, cambiamos nuestros abrigos, sombreros y zapatos por otros más acordes con cuanto nos rodeaba. Primero me echaron por la cabeza una larga bata de felpa, acolchada de seda por delante y adornada irregularmente con abalorios y galones con dibujos de serpientes, flores, medias lunas y estrellas. Luego me puse un gorro de fumar con borlas y me calcé unas zapatillas silenciosas de estameña. En cualquier otro lugar o en cualesquiera otras circunstancias me habría sentido ridículo con este atavío, pero tan acorde estaba con todo lo que había visto, y tan por completo me parecía haber dejado mi yo cotidiano en el oscuro vestíbulo, que me sentí perfectamente a gusto con mi extraño traje. Pasamos luego al otro lado del salón a una habitación más pequeña, donde un joven, al parecer francés, nos proporcionó, mediante el pago de dos dólares cada uno, dos pipas pequeñas y una pequeña copa o urna de bronce con tapa, llena de un arbusto verde y seco que, según supe después, era gunjah (las hojas y puntas secas de la planta del cáñamo), para fumar. Mi amigo, mediante el pago de una suma adicional, obtuvo una curiosa cajita que contenía unas pequeñas pastillas negras compuestas de resina de cáñamo, beleño, semillas de datura machacadas, manteca y miel, conocidas en la India como majoon y entre los moros como El Mogen.
Pasando de esta habitación subimos la escalera ricamente alfombrada, enramada de lianas, y nos detuvimos en un descansillo del que se abrían tres puertas. Sobre una de ellas, una tarjeta rosa llevaba el verso de Dryden: «Toma el bien que los dioses te conceden».
HARPER’S NEW MONTHLY MAGAZINE.
El picaporte, girado por la mano de mi amigo, dejó que la puerta se abriera, y, recibidos por una brisa especiada de la India, nos hallamos verdaderamente en el paraíso.
«Esta —dijo en un susurro— es la sala pública, donde cualquiera que tenga pipa o pastilla, y vaya debidamente ataviado, puede entrar y entregarse a su gusto: comer, fumar o soñar, como mejor le plazca».
El asombro, la estupefacción, la admiración apenas bosquejan mi estado mental.
Preparado por cuanto ya había visto y experimentado para algo raro y oriental, la magnificencia de lo que ahora se ofrecía a mi mirada superaba con mucho cuanto había soñado jamás, y trajo a mi mente las escenas de las Mil y una noches, olvidadas desde la infancia hasta ahora. Todos mis sentidos fueron irresistiblemente cautivados, y pasaron algunos momentos antes de que pudiera darme cuenta de que no era realmente víctima de algún sueño, pues parecía haber roto por completo mi vínculo con el mundo de hoy y haber retrocedido varios siglos hasta los tiempos de genios, hadas y fuentes, hasta el mismo corazón de Persia o Arabia.
Ni un detalle inarmónico empañaba la simetría del conjunto. Bajo mis pies me hundía casi hasta el tobillo en una alfombra aterciopelada, un mar de colores tenues.
Al mirarla de cerca, descubrí que el dibujo era el de un jardín: macizos de flores suntuosas, estrellas y medias lunas, cuadros y parterres en forma de rombo, compuestos de miles de exóticas raras y hojas de rico color. Aquí un arroyo, orlado de verdura húmeda, bajo la cual asomaban tímidas violetas y diminutas campanillas azules; allá un sendero sinuoso de grava que serpenteaba entre las exquisitas plantas, y por doquier mil arbustos en flor o en capullo. Arriba, una magnífica lámpara de araña, compuesta de seis dragones de oro batido, de cuyos ojos y gargantas brotaban llamas cuya luz, al chocar contra una serie de prismas curiosamente dispuestos, se quebraba y centelleaba en mil haces fugaces que iluminaban cada rincón de la sala. Siendo las hileras de prismas de cristal claro y de varios colores, y girando lentamente los dragones, se daba un tinte extraño y siempre cambiante a cada objeto de la habitación.
Por todos los lados del espacioso aposento, sobre el suelo, había colchones cubiertos de tela de distintos colores y orlados de pesada franja dorada.
Sobre ellos se hallaban esparcidas sin cuidado alfombras y esteras de artesanía persa y turca, y blandos almohadones en montones. Por encima del nivel de estos divanes corría, en torno a toda la sala, una serie de enormes espejos enmarcados con serpientes doradas entrelazadas, que cerraban por completo las ventanas. El efecto era magnífico. Parecía haber veinte salas en lugar de una, y por doquier podían verse los dragones de lengua de llama y ojos de fuego girando lentamente, dando a todo la apariencia de un magnífico calidoscopio en el que los colores armoniosos se fundían sin cesar y presentaban constantemente nuevas combinaciones.
Justo cuando había llegado hasta aquí en mis observaciones, divisé a mi amigo de pie al pie de uno de los divanes, haciéndome señas. Al mismo tiempo advertí también que varios de los ocupantes de otros divanes me miraban con recelo. Crucé hasta donde él estaba, teniendo por profanación caminar sobre semejante alfombra y, pese a saber lo contrario, temiendo a cada momento aplastar bajo mis pies alguna hermosa rosa o azucena. Siguiendo el ejemplo de mi amigo, me quité las zapatillas de estameña y me recosté a medias junto a él sobre el diván y los almohadones, que parecían alzarse para abrazarnos. Tirando de un cordón con borlas que colgaba sobre nuestras cabezas, mi amigo dijo unas palabras a un criado de color con un turbante llamativo que entró sin ruido en la sala en respuesta a su llamada, desapareció de nuevo y, al momento, volvió trayendo una bandeja que colocó entre nosotros. Sobre ella había una pequeña lámpara de filigrana de plata, dos copas en forma de globo, también de plata, de las que sobresalían un largo tubo de plata y un instrumento a manera de cuchara.
Este último, pronto lo supe, servía para limpiar y cargar las pipas. Colocando la jarra de bronce con hachís sobre la bandeja, mi amigo me indicó que pusiera mi pipa junto a ella y que sorbiendo el líquido de la copa de plata por el largo tubo. Así lo hice, y lo encontré delicioso.
«Eso —dijo— es té hecho con la auténtica hoja de coca. La copa es el verdadero mate y el tubo una verdadera bombilla del Perú. Ahora fumemos. El arbusto seco que hay aquí se conoce como gunjah y son las puntas secas de la planta del cáñamo. Tome un poco de tabaco de esa jarra y mézclelo con él, pues de otro modo resultará difícil mantenerlo encendido. Estas pastillas de aquí están hechas con la mejor resina de cáñamo del Nepal, mezclada con manteca, azúcar, miel, harina, semillas de datura machacadas, algo de opio y un poco de beleño, o hyoscyamus. Yo prefiero tomarlas a fumar, pero, para hacerle compañía, también fumaré esta noche».
No temáis. Fumad cuatro o cinco pipas de gunjah y gozad del efecto.
Yo velaré por que ningún daño os sobrevenga.
Tragándose dos de las pastillas, mi guía llenó nuestras pipas y nos pusimos a fumar y a observar a los demás. Estas pipas, cuyos cañones tenían unas dieciocho pulgadas de largo, estaban incrustadas de dibujos hechos con abalorios de varios colores, ensartados en alambre dorado sobre un fondo de cierta lentejuela clara retorcida en espiral, dividido en espacios romboidales por finas líneas rojas.
Del cañón pendían dos borlas de seda verdes y amarillas. Una pequeña pieza de ámbar turbio, en forma de campana, formaba la boquilla, mientras que en el otro extremo había una pequeña cazoleta de arcilla roja apenas mayor que un dedal. Mientras fumaba advertí que cerca de dos tercios de los divanes estaban ocupados por personas de ambos sexos, algunas de ellas enmascaradas, vestidas de la misma manera que nosotros. Unas fumaban, otras yacían indolentemente sobre los cojines, siguiendo el enmarañado hilo de una ensoñación o sueño de hachís. Una mujer de mediana edad estaba sentada muy erguida, gesticulando y riendo quedamente para sí; otra, con los ojos apagados y la mandíbula caída, balanceaba la cabeza monótonamente de un lado a otro. Un joven de unos dieciocho años estaba de rodillas, rezando en voz inaudible; y otro hombre, enmascarado, recorría rápida y silenciosamente la sala de arriba abajo, hasta que el sirviente tocado con turbante se lo llevó a algún sitio.
Mientras fumaba, se me reveló el secreto de aquel olor denso y nauseabundo.
Era el olor del hachís que ardía.
Por extraño que parezca, ya no me parecía desagradable, pues, aunque al principio me raspara un tanto la garganta, aspiraba grandes bocanadas de él hasta los pulmones. Perdido en una perezosa ensoñación y en un bienestar perfecto, traté de descubrir de dónde venían las suaves y ondulantes cadencias de música que me habían recibido al entrar y que aún continuaban. Apenas se percibían por encima de las notas argentinas de una fuente de cristal en el centro de la sala, cuyo chorro, al caer, salpicaba y tintineaba musicalmente al precipitarse desde unas bocas de serpientes en una serie de las más delgadas y enormes conchas rosadas sostenidas en alto por tímidas liebres.
La música parecía trepar por la pesada alfombra, rezumar de las paredes, revolotear, como copos de nieve, desde el techo, subiendo y bajando en cadencias acompasadas distintas de toda música que yo hubiera oído jamás. Parecía deslizarse, ya suave, ya alegre, de puntillas en la sala para ver si estábamos despiertos o dormidos, para enjugar una lágrima, si lágrima había, o retozar ligera y alegremente, si tal era nuestro humor, y luego, tan suavemente, a veces con tristeza, escabullirse de nuevo y perderse en la distancia.
Era justamente la música que una barca llena de hadas navegando por el agua clara de la fuente habría podido hacer, o aquella con que una madre angélica arrullaría a su niño angélico. Parecía penetrar en cada fibra del cuerpo y saciar un hambre de música que nunca antes se había saciado. Llené en silencio mi segunda pipa y estaba a punto de abandonarme de nuevo a una ensoñación que se había vuelto deliciosamente plena de reposo y bienestar perfectos, cuando mi compañero, inclinándose hacia mí, dijo: «Veo que os acercáis a pasos agigantados al estado de hachís. ¿No se produce acaso una sensación de reposo perfecto y de extraña y tranquila felicidad?».
«Sin duda alguna. Me siento sumamente feliz, en paz conmigo mismo y con todo el mundo, y lo único que pido es que me dejen en paz.
Pero ¿por qué es todo tan magnífico aquí? ¿Es un capricho del dueño, o un intento de reproducir algún lugar semejante de Oriente?», pregunté.
«Posiblemente lo segundo; pero hay otra razón que quizá comprendáis mejor más adelante. Es esta: el color y las fases peculiares de un sueño de hachís quedan materialmente afectados por el entorno que rodea a uno inmediatamente antes del sueño. Las impresiones que hemos ido recibiendo desde que entramos, las luces, los olores, los sonidos y los colores, son los hilos que los diestros dedos de la imaginación tejerán en las ensoñaciones y sueños de cáñamo, los cuales parecen tan reales como los de la vida cotidiana, y siempre más grandiosos. Los comedores y fumadores de hachís de Oriente reconocieron este hecho y siempre, antes de entregarse a la droga, se rodeaban de los sonidos, rostros, formas, etc., más placenteros.»
«Ya veo», respondí, soñadoramente. «Pero ¿qué hay detrás de esas cortinas que veo moverse de vez en cuando?». Las pesadas cortinas justo enfrente de donde yacíamos parecían cerrar un nicho.
«Hay allí varias salitas», dijo mi compañero, «separadas de esta sala por las cortinas que veis moverse. Cada una está magníficamente dispuesta, según me dicen. Están reservadas para personas, principalmente señoras, que desean evitar toda posibilidad de ser descubiertas y, al mismo tiempo, disfrutar de su hachís y observar a los ocupantes de esta sala.»
«¿Vienen aquí muchas señoras de buena posición social?».
«Muchísimas. No la flor y nata del demi-monde, entendedme, sino señoras.
Vamos, debe de haber al menos seiscientas solo en esta ciudad que son asiduas. Fumadores de distintas ciudades, Boston, Filadelfia, Chicago y especialmente Nueva Orleans, me dicen que cada ciudad tiene su refugio del cáñamo, pero ninguno tan elegante como este.»
Y mi compañero se tragó otra pastilla y volvió a sumirse en un silencio soñador.
Yo también me recosté indolentemente y pronto me perdí en una ensoñación intensa y placentera.
Gradualmente, la sala y sus ocupantes se desvanecieron de mi vista; los dragones giratorios fueron cada vez más veloces, hasta que las lenguas y los ojos llameantes se fundieron en una enorme bola de fuego que, desprendiéndose de pronto con un sonido agudo de su eje, salió girando y dejando estelas por el aire hasta perderse de vista en los cielos. Luego, un súbito silencio, durante el cual oí las enormes olas de un mar furioso romper con fiera monotonía en mi cabeza. Después oí la fuente; el tintineo musical del chorro al golpear el cristal se hizo cada vez más fuerte, y las notas cada vez más largas, hasta fundirse en una sola nota clara y musical de clarín que despertaba los ecos de una mañana de primavera y estallaba nítida y clara sobre colina y valle, pradera y marisma, cima y bosque.
Un jinete ricamente enjaezado, con el clarín en la mano, apareció de pronto sobre la cresta de una colina.
Muy cerca, le seguía un grupo disperso de jinetes que cabalgaban como locos. Ante ellos, una jauría de sabuesos se precipitaba colina abajo, ladrando profundamente. Ante ellos, yo, el zorro, corría con la velocidad de la desesperación, tensando cada nervio para distanciarlos o eludirlos. Así corrí millas y millas hasta que, por fin, casi muerto de miedo y fatiga, caí jadeante en el bosque. Un momento más y los crueles sabuesos me habrían alcanzado, cuando de pronto apareció un pequeño ratón de campo, me agarró por la pata y me arrastró por la estrecha entrada de su madriguera. Mi cuerpo se alargó y se estrechó hasta que me encontré convertido en una serpiente, y en mí surgió el deseo de devorar a mi pequeña salvadora, cuando, estando a punto de golpearla con mis colmillos, ella se transformó en una hermosa hadita, tocó mi fea cabeza negra y chata con su varita, y al caer mis colmillos a tierra recobré mi forma humana.
Con las palabras de despedida: «Nunca procures dañar a quienes se esfuerzan por servirte», desapareció.
Mirando en torno, me encontré en una enorme caverna, oscura y fétida. Serpientes me siseaban y me miraban fijamente desde todos lados, y enormes lagartos y formas repugnantes se arrastraban por el suelo húmedo. En el rincón más lejano de la caverna vi montones de piedras preciosas de valor asombroso que centelleaban y relucían en la luz tenue. A pesar de las horribles formas que me rodeaban, resolví apoderarme de algunas, al menos, de aquellas gemas preciosas. Empecé a caminar hacia ellas, pero descubrí que no podía acercarme más: con la misma rapidez con que avanzaba, con esa misma rapidez parecían retroceder.
Por fin, tras lo que pareció un año de fatigoso viaje, me encontré de pronto junto a ellas y, cayendo de rodillas, empecé a llenarme los bolsillos, el pecho, incluso el sombrero.
Luego intenté levantarme, pero no pude: las joyas me hundían. Mortificado y decepcionado, las repuse todas menos tres, llorando amargamente. Al ponerme en pie, se me ocurrió de pronto que aquello no era en modo alguno real, sino solo un sueño de hachís. Y, riendo, dije: «Necio, todo esto es un absurdo. Estas no son joyas reales; solo existen en tu imaginación». Mi yo real, razonando así con mi yo de hachís, al que podía ver cansado, harapiento y lloroso, me hizo reír aún más fuerte, y luego reímos juntos, mis dos yoes. De pronto mi yo real se desvaneció, y una nube de tristeza y miseria se posó sobre mí, y lloré de nuevo, arrojándome histéricamente sobre el suelo húmedo de la caverna.
Justo entonces oí una voz que me llamaba por mi nombre y, al levantar la vista, vi a un anciano de nariz enorme inclinado sobre mí. Su nariz parecía casi tan grande como todo su cuerpo. «¿Por qué lloras, hijo mío?», dijo; «¿estás triste porque no puedes tener todas estas riquezas? No lo estés, pues algún día aprenderás que quien posee más riqueza de la necesaria para atender a sus necesidades ha de sufrir por ello.
Cada cuarto de penique por encima de cierta suma razonable traerá sin falta alguna preocupación, cuidado, ansiedad o molestia. Tres diamantes son tu parte; conténtate con ellos. Pero, ¡ay de mí, aquí estoy otra vez descuidando mi trabajo! ¡Estamos en marzo y aún no he hecho ni la mitad!».
«Decidme, os ruego, ¿cuál es vuestro trabajo, venerable patriarca?», pregunté; «¿y por qué os ha dado el Señor tan enorme probóscide?».
«¡Ah! Ya veo que no me conocéis», respondió. «Soy el químico de las entrañas de la tierra, y es mi deber preparar todos los dulces y delicados olores que tienen las flores. Estoy ocupado todo el invierno en hacerlos, y a principios de la primavera mis ninfas y aprendices los entregan a la Reina de las Flores, quien a su vez los da a sus súbditos. Mi nariz es un poco grande porque tengo que oler tanto. Venid y ved mi laboratorio.»
¡Su nariz un poco grande! Me reí hasta casi llorar con esto, mientras lo seguía.
Abrió una puerta y, al entrar, mis narices se encontraron con la mezcla de olores más extraña que jamás hubiera olido. Por todas partes, operarios de narices enormes estaban ocupados mezclando, filtrando, destilando y cosas por el estilo.
«Aquí», dijo el anciano, «hay una hornada de olor que se ha echado a perder. Los errores son frecuentes, pero encuentro utilidad incluso para cosas como esa. La Reina de las Flores se la da a las plantas o flores desobedientes. Vosotros los mortales la llamáis asafétida. Entrad aquí y ved mi órgano»; y nos condujo a una gran sala rocosa, en uno de cuyos extremos había un enorme órgano de curiosa construcción. Subiendo al asiento, dispuso los registros y comenzó a tocar.
No se oía sonido alguno, sino que una sucesión de olores pasaba a mi lado, unos lentamente, otros rápidamente. Comprendí la grandiosa idea en un instante. Aquí había música ante la cual la de los sonidos era tosca y terrenal. ¡Aquí había una armonía, una sinfonía de olores! Claros y penetrantes, intensos y menos intensos, dulces, menos dulces y de nuevo aún más dulces, pesados y ligeros, rápidos y lentos, profundos y narcóticos, los olores, todos en perfecta armonía, subían y bajaban y pasaban a mi lado, sucedidos por otros.
Irresistiblemente me eché a llorar, y rápida y espesa caían las lágrimas, hasta que me encontré convertido en un pequeño arroyo de agua que, naciendo en las cavernas rocosas de la montaña, se precipitaba por su ladera hacia la llanura de abajo.
Fiero el sol ardiente caía sobre mis escasas aguas, y como una fina niebla gris me encontré elevándome lentamente hacia los cielos, ya no un arroyo. Con otras nubes fui barrido por el viento fuerte y rápido muy lejos a través del Atlántico, sobre los ardientes desiertos de arena de África, descendiendo hacia el mar de Arabia, y cayendo de pronto en enormes gotas de lluvia en el mismo corazón de la India, floreciente de amapolas. Mientras el suelo sorbía ávidamente las refrescantes gotas, asumí de nuevo mi forma.
De pronto la tierra se rasgó, y cayendo sobre el borde de una profunda caverna, vi muy por debajo de mí un mar de fuego fundido y sibilante, sobre el cual pendía un denso vapor.
Saliendo de esta niebla, mil rostros angustiados se alzaron hacia mí sobre alas chamuscadas y rotas, chillando y gimiendo mientras venían.
«¿Quiénes son, en el nombre del Cielo, estas pobres criaturas?»
«Estos», dijo una voz a mi lado, «son los espíritus, aún encarnados, de individuos que, durante la vida, buscaron la felicidad en los diversos narcóticos. Aquí, después de la muerte, muy abajo, viven una vida de tortura exquisitísima, pues es su destino, sufriendo siempre por falta de humedad, verse obligados a rendir día tras día su sangre vital para formar el jugo de la amapola y la resina del cáñamo, a fin de que sus sueños, alegrías, esperanzas, placeres, dolores y angustias del pasado y del presente sean de nuevo saboreados por los mortales.»
Al decir esto me volví para ver quién era, pero había desaparecido. De pronto oí un clamor feroz, sentí los escuálidos brazos de estos repugnantes espíritus enroscarse en mi cuello, en mi cabello, en mis miembros, arrastrándome hacia el horrible abismo, hacia el corazón del infierno, gritando con voz estridente: «¡Ven! Tú eres uno de nosotros. ¡Ven! ¡ven! ¡ven!» Luché con fiereza, lancé un alarido en mi agonía, y de pronto desperté, con el sudor frío espeso sobre mí.
«¿Sois, pues, tan aficionado a ello que nada puede despertaros? He aquí que os he estado sacudiendo y tirando de vos durante los últimos cinco minutos. Vamos, animaos; vuestros sueños parecen desagradables.»
Gradualmente mis sentidos se volvieron más claros.
Los olores de la habitación, las melodías del anochecer temprano, la pipa que había caído de mi mano, los rostros y las formas de los fumadores de cáñamo, fueron una vez más reconocidos.
Mi compañero deseaba que me quedara, asegurándome que vería muchas extrañas visiones antes del amanecer, pero decliné, y después de tomar, por su consejo, una taza de té del Paraguay (hoja de coca), y luego una taza de limonada agria, bajé las escaleras, cambié mi atuendo actual por mi traje anterior, devolví mi pipa y salí de la casa.
Las sucias calles, la campanilla tintineante del caballo del carruaje, el ensordecedor «¡Aquí tiene! ¡veinte naranjas dulces por un cuarto!» y la lluvia menuda eran mucho más gratos con creces que los olores, sonidos y visiones, dulces aunque fueran, que acababa de dejar.
Verdaderamente era la cuna de los sueños, meciéndose plácidamente en el mismo corazón de una gran ciudad, trasladada de Bagdad a Gotham.
