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Dominio público · Español

Tratado teórico y práctico del hachís

Ernest Bosc · 1895

Edición de Biblioteca Pevgrow. Licencia CC BY 4.0. Fuente: Internet Archive.

Para máquinas: markdown · datos e índice

Tratado teórico y práctico del hachís

Ernest Bosc

Internet Archive, 1895.

Traducción al español. Obra en dominio público o de acceso abierto. Edición Pevgrow, 2026.


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O I* I U M, MORPHINE, ÉTER, COCAÍNA

2g, RUE DE TRÉVISE, 2g

Todos los derechos reservados

Uti et non abuti.

Sería bien inútil, pensamos, intentar ocultar un hecho evidente: que nuestra bella civilización está en vías de completa decadencia.

Muchos actos demuestran esta verdad, pero lo que la prueba con toda claridad es la multitud de desequilibrados, de neuróticos, de neurópatas, que buscan placeres excéntricos y goces anormales, casi desconocidos antes del tiempo presente.

Por eso nuestros hastiados de la vida, nuestros pequeños cretinos y sus encantadoras cretinas debían usar y abusar de las sustancias estupefacientes: estaba escrito, era fatal.

Debían probar la copa de los narcóticos, de esos narcóticos de gusto acre, de sabor viroso, a fin de pasar por estados de nerviosismo del todo desconocidos, del todo sobrenaturales.

De ahí el uso y pronto el abuso de la morfina, del éter, del agua de Colonia, del cloral, de la cocaína y de otros productos análogos muy numerosos en nuestro Occidente. Pero parecía que esos nerviosos no debían conocer el hachís y el opio; eran productos orientales casi desconocidos entre nosotros hace solamente veinticinco o treinta años; y hoy el número de personas que abusan de estas sustancias es muy considerable.

¡Cuántas inteligencias brillantes han naufragado en casas de alienados, tan sólo por el abuso de esas sustancias estupefacientes, que dan a nuestro cerebro sobreexcitación y dulce embriaguez, pero que llegan insensiblemente a paralizar ese órgano!

Y no son los que están en lucha con las dificultades de la vida quienes usan de esos excitantes psíquicos para olvidar sus males, sino precisamente aquellos que, nacidos bajo buena estrella, fueron mimados por algún hada buena y nunca tuvieron nada que desear. Por eso,

burlados de todo y sobre todo, esos sedientos de placer se creyeron desgraciados porque soñaban aún y siempre más. Esos insaciables de felicidad, esos saciados de fortuna y de bienes han buscado, en su imaginación desordenada, mayores goces, y los han alcanzado tomando del Oriente sus drogas tan sutiles, pero tan peligrosas drogas que dan al hombre ilusiones tan fecundas que, desde que el neurópata ha probado esos placeres ficticios, jamás sabrá pasar sin ellos.

Del uso al abuso no hay apenas más que un pasito, y es ese paso el que quisiéramos impedir que franquearan nuestros contemporáneos, si es posible.

No queremos por eso erigirnos en moralista y sermonear a nuestros lectores; ¡oh! ¡de ningún modo! Estimamos, en efecto, que es imposible frenar las violentas pasiones humanas.

Dejamos, pues, al hombre la libertad de usar de los estupefacientes, pero le daremos recetas y consejos prácticos para permitirle satisfacer su pasión favorita sin peligro para su salud.

Es prestar un mal servicio, dirá algún censor, y el procedimiento, añadirá quizá,

huele un tanto a su Tartufo querer «dar amor sin escándalo, y placer sin miedo».

No sabríamos protestar demasiado contra semejante afirmación, y esperamos bien que un gran número de lectores nos sabrá agradecer que le demos consejos útiles para impedir que derive un placer inofensivo en una pasión peligrosa, malsana y funesta.

Y además, el hombre no ha sido creado para repetir a cada instante: «¡Hermano, hay que morir!»

Puede, pues, permitirse algunos placeres lícitos y a veces... un poco ilícitos; sólo que no debe probarlos demasiado a menudo, no debe abusar de ellos.

Muchas gentes muy pudibundas en palabras lo son mucho menos en acción, y tal miss o lady que encontraría muy shocking ciertas palabras que nuestras encantadoras francesas pronuncian incluso sin sonrojarse, esas amables inglesas son en la práctica extremadamente férreas. ¡Cuántos nobles lores que se embriagan como simples almirantes suizos o como hombres a quienes su desgracia ha vuelto polacos, y que no por ello dejan de ser gentlemen respetables... después de la tempestad!

En Francia, un hombre y sobre todo una mujer que se respeten y que se embriagaran con alcohol serían considerados como seres de baja estofa; mientras que es muy high-life del último copurchic embriagarse con éter, con agua de Colonia, pincharse de morfina e incluso, en cierto mundo, fumar opio o beber, comer y fumar hachís. No hay gran mal en ello; lo que es malo es el abuso. Además, el fumador inexperto comete grandes torpezas: así pues, para evitar al neófito experiencias peligrosas, hemos escrito el presente Tratado para servir de guía.

No osamos decir que hemos experimentado un gran número de estos productos en interés del lector; sería pura hipocresía.

La verdad es que comenzamos por curiosidad, por dar gusto a un amigo, luego nos dejamos llevar por la alegría de nuestros bellos descubrimientos, y finalmente practicamos por gusto, confesémoslo... por pasión.

Pero ¡cuántos tanteos, cuántas vacilaciones, cuántos tropiezos! ¡Cuántos abismos y cuántos precipicios hemos debido atravesar y franquear! Quién sabe si, sin la reciente catástrofe de un hombre

de letras, muerto lleno de talento y de salud, quién sabe si no habríamos naufragado también nosotros.

La catástrofe ocurrida a ese hombre de letras nos ha detenido felizmente al borde del abismo y nos ha preservado quizá a tiempo; así, por reconocimiento, hemos querido escribir el presente opúsculo, cuyo valor no debe medirse por el grosor, sino más bien por la filosofía que encierra.

Permitirá, aunque sucinto, a quienes buscan las sensaciones nuevas de los estupefacientes o de los narcóticos, entregarse a su pasión favorita sin temor y sin peligro para su salud.

Es, pues, para ser útil a nuestros contemporáneos que hemos escrito este pequeño Tratado.

Ojalá lo encuentren tan instructivo como saludable para el alma y el cuerpo, pues el buen consumo de estas sustancias psíquicas da el olvido de las penas, calma los dolores físicos, y es eso lo que explica la boga de estas sustancias, boga que desgraciadamente tiende al abuso, no sabríamos repetirlo demasiado.

Esto bien comprendido, entramos inmediatamente en el vivo de la cuestión.

En estos últimos años, la atención de los fisiólogos

se ha dirigido hacia ciertas sustancias que gozan de propiedades muy singulares.

Estas sustancias, en efecto, actúan muy particularmente sobre el sistema nervioso: exaltan la inteligencia y la imaginación del hombre; desarrollan, en una palabra, sus facultades intelectuales; por eso se las denomina: Sustancias Psíquicas.

Todos los magos de Oriente han utilizado y utilizan todavía hoy, en sus conjuros, sustancias narcóticas igualmente denominadas Psíquicas, porque tienen el poder de desprender momentáneamente el alma del cuerpo y de enviarla al mundo de los sueños, al mundo sidéreo, es decir, al mundo astral de los Ocultistas.

Estos magos absorben el humo de estos narcóticos, y, gracias a él, pronuncian oráculos en medio de las fumigaciones de cáñamo o hachís, de datura stramonium y de cantidad de otras solanáceas que tendremos ocasión de describir en el curso de esta obra.

Las sustancias psíquicas son bastante numerosas, más numerosas de lo que generalmente se cree, porque no todas son conocidas.

Entre ellas, algunas poseen en más alto grado que sus congéneres las cualidades psíquicas; son éstas las que vamos a estudiar, con todo el cuidado que merecen, pues de su estudio profundo se pueden sacar de ellas grandes beneficios, mientras que conociendo demasiado superficialmente su virtud, se usa y sobre todo se abusa de estas sustancias, y es ésa una de las graves causas del desarreglo cerebral de muchos de nuestros contemporáneos.

Las plantas que nos proponemos estudiar son, por orden de importancia: el Hachís, el Opio y su derivado la Morfina, el Datura Stramonium, la Belladona, la Digital, etc.

Se sabe cuán extendido está el uso del hachís o cáñamo indio (Canabis Indica. L.) entre ciertos pueblos, especialmente entre los árabes y entre los musulmanes de Oriente y de Occidente. Se sabe también que utilizan esta sustancia para entrar en un estado de éxtasis, en el que gustan todas las alegrías intensas del Paraíso, alegrías que el profeta promete a sus sectarios, a los fieles elegidos.

El opio, y la morfina, que de él deriva, tienen, en menor grado que el hachís, casi la misma acción sobre el cerebro del hombre.

Lo mismo ocurre con el datura stramonium, la belladona, el beleño, el eléboro y diversas otras plantas.

Pero, entre todas las sustancias psíquicas de base vegetal, el hachís ocupa sin contradicción el primer rango, así que lo estudiaremos en primer lugar. Haremos su historia, describiremos la planta y las variedades que lo proporcionan, sus preparaciones diversas, sus efectos fisiológicos y patológicos; finalmente daremos consejos prácticos para el manejo de esta sustancia, a la vez tan peligrosa para quien no sabe servirse de ella y tan eminentemente útil para quien sabe dosificarla con ciencia, con arte, podríamos decir, y para el fin determinado que persigue. Enseñaremos incluso a nuestros lectores el arte verdadero de hacer variar los efectos del hachís, pues, con una hábil digitación, se pueden obtener los resultados más diversos, del mismo modo que un excelente músico puede sacar de su instrumento entonaciones extremadamente variadas.

Como el lector puede convencerse, los diversos temas que nos proponemos tratar presentan no sólo un gran interés, sino que tienen además una importancia capital.

Así, dividiremos por capítulos nuestro estudio, lo que permitirá darle la mayor claridad posible.

Terminado el estudio del hachís, pasaremos a las plantas narcóticas: Opio, Belladona, Datura, Acónito, Digital, Beleño, Cicutas, etc., plantas igualmente denominadas sedativas, pues calman los dolores, pero que, consumidas a alta dosis, son también violentos venenos.

Por eso los narcóticos o soporíferos, lo mismo que los anestésicos, reclaman una guía segura para su empleo.

De todo tiempo, para calmar sus dolores físicos, el hombre ha buscado los anestésicos; los ha utilizado principalmente para aliviar los sufrimientos que traen consigo las operaciones quirúrgicas, y ello desde la más remota Antigüedad.

La Piedra de Menfis, composición para nosotros desconocida, reducida a polvo o disuelta en vinagre, estaba en uso entre los griegos y los romanos desde tiempo inmemorial. Es probable que tuviera alguna analogía con la piedra Samnia que, según Plinio (i), estaba

(i) Historia natural, xxxvi, 40.

incorporada en los medicamentos llamados Acopes (relajantes, anestesiantes); esa misma piedra llevada por las mujeres en amuleto impedía el aborto.

Sabemos también por Plinio (i) que la mandrágora, lo mismo que el eléboro, como veremos en un capítulo, eran utilizadas como anestésico a la dosis de un Ciatos (o lit. 045).

La decocción vinosa de la mandrágora es un narcótico que apacigua los dolores, como todos los soporíferos, y es por eso, según Dodoneo, por lo que se administraba a aquellos a quienes se quería quemar ciertas partes del cuerpo, cortar o aserrar algún miembro.

Después de las plantas narcóticas, estudiaremos las Hierbas mágicas: verbena, celidonia, ortiga, centaura, eléboro, melisa, etc.

En fin, en una conclusión general, daremos nuestra opinión sobre las sustancias estudiadas, insistiendo muy particularmente en la manera de emplear estos diversos productos.

Invitamos al lector a usar de estos productos a veces peligrosos, pero a no abusar nunca de ellos. Sin eso, se expondría a los más graves peligros.

El lector deberá tener siempre presente el precepto latino: Uti et non abuti, que sirve de epígrafe a este prólogo; si se conforma a esta sabia divisa latina, el fin que nos hemos propuesto al publicar esta nueva obra habrá sido alcanzado, y nos estimaremos satisfechos, pues no habremos esparcido el buen grano sobre un campo inculto, ¡sobre una tierra estéril!

«

Sumario. — Importancia del hachís entre las sustancias psíquicas. — Hierba de los fakires. — El népentés de Homero. — La bella Helena maga. — El Cannabis indica. — Diodoro de Sicilia. — Marco Polo y el Viejo de la Montaña. — Los haschichéens o Asesinos. — El Viejo de la Montaña y Eusebio Salverte. — Parafrosinia mágica de Sauvagnes. — Las brujas de la Edad Media y sus fumigaciones. — Opinión de Cornelio Agripa. — Cardano. — Porta. — Davy y el gas hilarante. — Spartmann. — Silvestre de Sacy. — Aubert-Roche. — De Courtives. — Moreau de Tours. El doctor Delens.

Entre las sustancias psíquicas, el hachís, lo hemos dicho, ocupa sin contradicción el primer rango. La etimología de este término se deriva del árabe y significa simplemente hierba, de donde la expresión conocida en Oriente de haschich al focaro, la hierba de los fakires.

Los poderosos efectos de este narcótico o más bien de este estupefaciente son conocidos desde toda la antigüedad.

Homero designaba con el nombre de népentés nuestro hachís moderno; esto no puede ofrecer ninguna duda remitiéndose al texto del ilustre autor de la Odisea.

Según este texto, en efecto, esta sustancia tenía la propiedad de hacer olvidar toda pena y todo cuidado, en una palabra, todas las penas de este mundo. Daremos la traducción del pasaje en que se trata de esta sustancia, pero después de haber referido, sin embargo, las circunstancias en que el joven Telémaco hizo uso de ella.

El hijo de Ulises acaba de dejar Ítaca para ir en busca de su padre. El hijo de Néstor, Pisístrato, lo ha conducido de Pilos a Esparta, donde el rey Menelao les hace el mejor recibimiento; pero, al hacerles el relato de diversos episodios del sitio de Troya, después de haber recordado las hazañas de los griegos, insistió en las pérdidas sufridas por estos, lo que conmovió a los dos jóvenes hasta tal punto que derramaron abundantes lágrimas. En aquel momento, las esclavas habían dispuesto el festín; y, antes de ponerse a la mesa, la bella Helena presenta con sus graciosas manos a sus huéspedes unas copas llenas de un vino exquisito, pero en las cuales ha introducido una sustancia que debe hacer olvidar al joven Telémaco y a su amigo su profundo pesar; he aquí cómo se expresa Homero (1):

«Entonces Helena, hija de Júpiter, se ocupa de otro cuidado: echa en el vino una preparación que disipa las penas, calma la cólera y da el olvido de todos los males; aquel que en su copa mezcla a su bebida esta preparación no puede en todo el día derramar lágrimas, aunque llegara a perder a su padre o a su madre, aunque viera perecer bajo el hierro a un hermano o a un hijo bienamado.

«Tal es el remedio saludable que la hija de Júpiter tenía de la egipcia Polidamna, hija de Ton; pues es en Egipto sobre todo donde la tierra fecunda produce con abundancia plantas diversas, las unas benéficas, las otras nocivas; en este país, por lo demás, todo hombre es médico hábil, pues los egipcios son todos descendientes de la raza de Peón.»

En el relato de Homero, el término «népentés»

(1) Odisea, IV, 219 a 232.

se toma como sustantivo, aunque sea un adjetivo compuesto de ne, partícula negativa, y de Penthos, pena.

¿Qué es el népentés de los griegos? Era una planta o más bien una especie de arbustillo sarmentoso de flores dioicas, bastante pequeñas, dispuestas en panículas y que no tienen mucho brillo; la especie más común del género es el népentés de la India, Nepenthes indica de Lamarque o el Nepenthes distillatoria de Linneo; pero debemos añadir que esta planta no tiene ninguna relación con el cáñamo o Cannabis indica, que sirve para fabricar el hachís, por lo que pensamos poder afirmar que bajo este término de népentés los ocultistas antiguos ocultaban un arcano que designaba a la vez la planta verdadera y su preparación. Lo que nos confirma en esta suposición es que, en Homero, a este mismo término de népentés sustituye el de droga (φάρμακον) (Odisea, IV, 220).

Después de Homero, Diodoro de Sicilia nos dice que las mujeres de Dióspolis de Egipto tenían el secreto de disipar la cólera y la pena, y nos enseña (I, 97, 7) que los egipcios fundaban en este hecho la creencia de que Homero había

histórico

residido en Egipto, pues esta sustancia era ciertamente la misma que Homero denomina népentés.

Marco Polo nos da informes precisos sobre la sustancia que el Viejo de la Montaña hacía absorber a sus discípulos para fanatizarlos. Vemos que era cáñamo, las sumidades, lo que les hacía tomar en su bebida; de ahí el nombre de haschichéens convertido por corrupción en Asesinos, que fue dado a sus sectarios.

Una vez absorbida esta bebida, los discípulos de Scheik-al-Djebal, cuyo nombre tradujeron los cruzados por el de Viejo de la Montaña, estaban poseídos de una especie de fanatismo y sugestionados por su jefe; este hacía de ellos lo que quería. Durante más de siglo y medio, estos asesinos tuvieron a todos los soberanos de Asia en un terror perpetuo; eran los anarquistas del siglo XIX.

Luis IX, llamado el Santo, tuvo solo el valor de desafiar sus amenazas y exigió de ellos reparaciones que obtuvo. Los sectarios del Viejo de la Montaña sucumbieron bajo los golpes de los mongoles hacia 1258.

«El Viejo de la Montaña, nos dice Salverte (1), cuya historia está mezclada con tantas fábulas, se rodeó de una tropa de fanáticos, dispuestos a osarlo todo a su primera señal. Su devoción sin límites no le costaba, se dice, más que el cuidado de adormecerlos con una bebida narcótica, y luego hacerlos transportar a los deliciosos jardines donde, al despertar, todas las voluptuosidades reunidas les hacían creer, durante algunas horas, que gustaban los placeres del cielo. Es lícito sospechar la exactitud de este relato, pues indiscreciones podían cada día comprometer la existencia de este paraíso facticio. ¿Cómo reunir, contener y determinar un secreto inviolable, tantos agentes, exentos de fanatismo que sus artificios hacían nacer, no considerando desde entonces el silencio como un deber, y llevados por el contrario a temer la obediencia ciega que trabajaban en inspirar, pues al menor capricho del tirano podían convertirse en sus primeras víctimas?

Los esclavos de ambos sexos que figuraban ante el recipiendario como ángeles y huríes, ¿supondremos que fueron constantemente

(1) Eusebio Salverte, Des Rapports de la médecine avec la politique, p. 182 y sig.; 1 vol. in-12, París,

discretos, a pesar de su corta edad? ¿Qué se hacía de ellos, al menos, cuando el progreso de los años no les permitía ya aparecer en los mismos papeles? Solo la muerte podía responder de su silencio futuro; y la perspectiva de semejante recompensa ¿no debía desatar sus lenguas en la primera ocasión favorable o llevarlos a matar a su verdugo, cuando solo, errante en medio de ellos, venía a confirmar al neófito en sus persuasiones mentirosas? ¿Cómo también este pueblo de cómicos se alimentaba?

¿Podía su amo cada día proveer a sus necesidades sin que nadie se apercibiera fuera? Combinad el número de precauciones que tomar, los aprovisionamientos que renovar, la necesidad frecuente de deshacerse de agentes cuya indiscreción era demasiado temible: no lograréis hacer durar tres años este abominable misterio.

«Es cierto, por lo demás, que los goces físicos, con cualquier destreza que se los varíe, que se los encadene, tienen intervalos demasiado marcados, contrastes demasiado sensibles de vacío y de realidad para dejar nacer o subsistir semejante ilusión. ¡Cuánto más simple es explicarlo todo por la embriaguez física combinada

«

con la embriaguez del alma! En el hombre crédulo y preparado de antemano por las pinturas y las promesas más halagüeñas, la bebida encantadora producía sin esfuerzo, en el seno de un profundo sueño, tanto aquellas sensaciones tan dulces y tan vivas a la vez como la continuidad mágica que duplicaba su precio.

«A decir verdad, estimaban que era un sueño: así se expresa Pasquier (1), después de haber aproximado todo lo que han dicho de los Asesinos (2) los autores contemporáneos. Interrogad a un hombre que acaba de adormecer dolores agudos con una dosis de opio: la pintura de las ilusiones encantadoras que cesará de experimentar, en el estado de éxtasis en que puede permanecer sumido veinticuatro horas y más, será exactamente la de las voluptuosidades sobrenaturales con que el jefe de los Asesinos (3) colmaba a sus futuros Seides.

«Se sabe con qué furor los orientales, habituados a tomar opio, se entregan a este gusto, a pesar de las dolencias siempre crecientes que acumulan sobre su horrible existencia. Este

(1) E. Pasquier, Les Recherches de la France, 2 vol. in-fol., Ámsterdam, 1723, tomo 1, p. 798.

(2) Por haschichéens, comedores o bebedores de hachís.

(3) Misma observación que la nota 2.

furor puede dar una idea de los placeres que acompañan a su embriaguez, y hace concebible el arrebato del deseo que arrastraba a una juventud ignorante y supersticiosa a emprenderlo todo, para conquistar y poseer durante la eternidad entera estas inefables delicias.»

Linneo conocía vagamente los efectos del hachís, pues nos dice en sus Amoenitates Academicae, escritas en 1762, que el cáñamo es un narcótico y que el Malasc de los turcos no es más que una preparación hecha con cáñamo que sume al hombre en accesos de loca alegría.

Bajo el nombre de parafrosinia mágica (delirium magicum) F. B. de Sauvagnes describe los efectos de un electuario empleado en la India, en cuya composición entra el cáñamo indio.

En el Bulletin de pharmacie de 1803, Virey, que ha conocido una parte de los efectos del cáñamo sobre el organismo, refiere a este vegetal diversas preparaciones empleadas en la Antigüedad.

En el Traité des maladies des artisans, Ramazzini, en una frase ciertamente un poco vaga, proporciona algunas indicaciones sobre los

efectos que produce el cáñamo sobre nuestra inteligencia.

Chardin, en su célebre obra Voyage en Perse, habla de una preparación de cáñamo, de nuez vómica y de semillas de adormidera, a la que da diversos nombres: bueng, bang y banghie.

Durante la Edad Media, los hechiceros empleaban fumigaciones (1) y ungüentos para entrar en comunicación con los espíritus o genios (2).

Varios procesos de brujería demuestran estos hechos (3).

Un cordelero italiano, de Nobilibus, que fue quemado en Grenoble (4), procuraba a todos los enamorados, con ayuda de un ungüento especial, relaciones íntimas con sus bienamadas (5).

Algunos de estos ungüentos se vendían muy

(1) Cf. sobre este punto el tratado de Pierre d'ABAN: Heptaemeron seu Elementa magica, in-8°, París, 1567.

(2) Eusebio Salverte: Des Sciences Occultes, cap. XVIII.

(3) Llorente, Histoire de l'Inquisition, t. III, cap. XXXVII, p. 431 y sig.

(4) Le Mercure français para 1609, p. 346;

(5) J. Garinet, Histoire de la magie en France, p. 132: la historia de Jeanne Harvillers, que, frotándose de grasa, creía tener relaciones con un hombre negro.

caros, como se supone, tanto más cuanto que algunos tenían el poder, como en Fausto, de hacer aparecer a Mefistófeles en persona, o de revelar los escondrijos que encerraban tesoros (1).

Cornelio Agripa (2) afirma que las fumigaciones de semillas de lino y de Polygonum mezcladas con raíces de violetas y de apio sirven para desvelar el porvenir; añade que, si se hace quemar y humear a la vez cilantro, apio o beleño y cicuta, se reúnen al instante los demonios o los espíritus elementales.

De la raíz de férula mezclada con extracto de cicuta los hace igualmente aparecer y muestra también figuras extraordinarias (3).

Cardan (4) y Porta (5) dan igualmente recetas para evocar los espíritus y desvelar el porvenir. Según este último autor, el ungüento empleado por los brujos se componía de adormideras y acónito.

(1) Mercure français, 1609, p. 347.

(2) De Occultâ Philosophiâ, I, 43.

(3) De las larvas, lémures, gulones, elementales, etc.

(4) De Subtilitate, l. XVIII.

(5) Magia naturalis, l. II, cap. xxi, p. 92.

Gracias a la química moderna, se pueden estudiar hoy los efectos alucinatorios de cantidad de narcóticos y anestésicos.

Así, ya en 1818, el célebre químico Davy, que padecía crueles dolores de muelas, se aliviaba respirando protóxido de azoto, y un día se encontró sumido en una especie de éxtasis acompañado de una risa inextinguible, de donde el epíteto de gas hilarante dado al protóxido (i).

Según Spartmann, los hotentotes fuman el cáñamo; según el mismo autor, los negros del Brasil fuman el Cannabis, lo mascan, lo toman en píldoras y lo beben en decocción.

Silvestre de Sacy nos dice que en la India se fuman puros, es decir, sin mezclarlos con tabaco, las hojas de cáñamo. Cuando este se mezcla con tabaco, la mezcla se llama Ganga.

Por lo demás, en la India, cuando antaño se quería embrutecer o idiotizar a los príncipes de sangre, se les hacía absorber un licor muy embriagante compuesto de hachís, de nuez vómica y de

(i) Se pueden estudiar los curiosos efectos de este gas en Longuet, Traité de Physiologie, t. I, p. II, p. 460.

semillas de adormidera. Según Chardin (i), este licor se llama bueng, bang, banghie.

El doctor Kempfer nos dice también que en la India se fabrica una bebida embriagante, pero no nos da la receta; es probable que sea la misma que la de Chardin que acabamos de mencionar, y cuya composición es bien conocida: entran en ella las sustancias que damos al final del presente capítulo.

En nuestros días, uno de los primeros médicos que llamaron la atención sobre el hachís es el doctor Aubert-Roche, que proporciona diversas indicaciones en su obra De la Peste ou Typhus d'Orient, publicada en 1840, obra que tendremos ocasión de mencionar aún en el capítulo siguiente.

Un alumno en farmacia, de Courtives, en su tesis de salida de la Escuela de Farmacia (París, 1848), nos enseña que Sonnerat habría traído de la India algunos ejemplares de hachís, con los que hizo diversos experimentos.

Tres años antes, el Dr. Moreau (de Tours), en una obra justamente reputada (i), había dado a conocer los efectos fisiológicos de esta sustancia. Practicó sobre sí mismo y sobre diversas personas numerosos e interesantes experimentos; en fin, instó a sus colegas a estudiar el hachís, que podía presentar recursos muy útiles en ciertos casos patológicos.

A pesar de ello, el hachís era casi desconocido, y no es sino hacia 1857 cuando esta planta llamó la atención de los sabios, porque la Sociedad de farmacia puso a concurso un estudio sobre el Cannabis Indica.

En fin, en una época muy reciente, nuestro amigo el Dr. Delens, cirujano de los hospitales de París, en el Dictionnaire de matière médicale, trata de diversas preparaciones hechas con el cáñamo, el opio, el arec y el azúcar, preparaciones designadas en la India bajo el término genérico de bueng.

(i) Du Haschich et de l'aliénation mentale, 1 vol. in-8.º, París, 1845.

Sumario. — Hachís. — La hierba por excelencia. — Tomar hierba, sinónimo de haschichizarse. — Hachís o Esrar. — Peligros de dormir cerca de un campo de cáñamo. — Los vapores estupefacientes conocidos de Heródoto. — Los escitas. — Cáñamo de Europa y de Asia. — Aclimatación del Cannabis Indica. — Opinión de Aubert-Roche y de De Courtives. — Moreau de Tours y Baillarger. — Sus ensayos de cultivo en Francia. — Se fuma, se bebe, se come el hachís. — Se respira su humo. — Preparaciones diversas. — A qué atribuir sus propiedades. — Productos orientales superiores a los de Europa. — Estos últimos están adulterados. — Se los transforma en afrodisíacos. — Cannabeno y Cannabina. — Recetas y dosificaciones. — Dawamesc. — Madjoun. — Machoupouri. — Pastillas, píldoras, opiato, electuarios a base de hachís. — Gunjah, bang, hafiou, charris, etc.

En todo el Oriente se designa con el nombre de hachís cierta preparación que tiene la propiedad, cuando el hombre la ha absorbido, de aportar a su inteligencia modificaciones especiales, sin alterar por ello demasiado sensiblemente las funciones de su economía.

El hachís no provoca el sueño: no es, pues, un narcótico, sino más bien un estupefaciente.

El término hachís es de origen árabe; en Francia se escribe muy equivocadamente de diversas maneras: hachich, haschich, haschiche, hascish y hatchich; significa literalmente Hierba, lo que quiere decir la hierba por excelencia. Por lo demás, muchas lenguas antiguas: el egipcio, el hebreo, el latín y el griego nos presentan términos comunes tomados en una acepción muy especial, en razón del valor o de la importancia del objeto que designan, y desde entonces se establece una sinonimia entre diversas expresiones: por ejemplo, en la especie, se dice indiferentemente tomar cáñamo, tomar hierba, tomar hachís, y estas diversas expresiones son sinónimas de haschichizarse, de haschichizarse.

El hachís se extrae del cáñamo indio (Cannabis Indica L.), planta de la familia de las urticáceas; por eso se llama también a esta variedad de cáñamo hachís.

El cáñamo que crece en Europa, nuestro cáñamo común, no tiene, según diversos autores, las mismas propiedades, las mismas virtudes —podríamos decir— que el cáñamo indio, porque crece bajo una zona demasiado templada.

La planta textil de Europa tiene, sin embargo, cierta fuerza, pues las personas imprudentes que duermen no lejos de los campos de cáñamo experimentan rápidamente vértigos, malestares más o menos violentos, en fin, mareos.

Es igualmente peligroso respirar un puñado de hojas de cáñamo, pues, según el punto de desarrollo alcanzado por la planta, se sienten subir al cerebro vapores embriagantes o incluso estupefacientes.

Esta propiedad era bien conocida de los antiguos, como hemos visto anteriormente, pero añadiremos aquí el testimonio de Heródoto, que nos dice que los «escitas se embriagaban respirando los vapores de las semillas de cáñamo tostadas mediante piedras calentadas al rojo vivo».

Nuestro cáñamo de Europa es originario de China. Se ha aclimatado bajo nuestra zona desde un tiempo inmemorial (i). El cáñamo indio

(i) He aquí los nombres del cáñamo en diversas lenguas: se lo llama, en alemán, Hanf y Haufsamen; en inglés, hemp; en armenio, ranob; en bengalí, gauja; en chino, chu-tsao; en danés, kamp; en egipcio, sjarank; en español, canamo; en holandés, hennip; en italiano, canapa; en javanés, gindsche; en sánscrito, bijiah; en sueco, hampa; en tamil, gauja y gaujah chettu; en turco, kendir.

se aclimataría igualmente bien en Europa, como pueden atestiguar los ensayos intentados en los jardines del hospicio de Bicêtre, en Ivry, cerca de París.

Los doctores Moreau y Baillarger, que hicieron estos ensayos, nos dicen incluso que el cáñamo que han obtenido en Ivry tiene propiedades análogas a los cáñamos de Oriente, en particular al de la India.

Por lo demás, hace algunos años que el cultivo del hachís o esrar se hacía a gran escala en todo el imperio otomano, incluso en Europa; pero, desde hace unos diez años, un iradé imperial ha prohibido todo cultivo del cáñamo para fabricar hachís.

Otro autor que reconoce una gran analogía entre los cáñamos de Oriente y de Europa es el señor Aubert-Roche; nos dice en efecto que el cáñamo indio, que proporciona el buen hachís, difiere poco del cáñamo de Europa: se parece mucho a un cáñamo venido en algunas tierras magras. Las hojas son opuestas, pecioladas, con cinco divisiones profundas y agudas. Las flores son poco aparentes, las machos y las hembras existen como en el cáñamo ordinario, el fruto es una pequeña cápsula que contiene una sola semilla que comen ciertos pájaros.

El cáliz de las flores machos tiene cinco divisiones, cinco estambres; el de las flores hembras es de una sola pieza: la raíz de la planta es pivotante. La diferencia que existe entre el cáñamo y el hachís está en el tallo; este último tiene solamente una altura de 2 a 3 pies a lo sumo. Su tallo no es único, sino ramoso desde el pie. Las ramas son alternas; no se encuentran en el tallo esos filamentos que se hallan en el cáñamo. El olor que despide el hachís es menos fuerte que el del cáñamo común; tiene algo particular: un olor sui generis.

De Courtives comparte la opinión de Aubert-Roche, pues nos dice «que el cáñamo de la India, recolectado en Francia, no difiere de este sino por su talla menos elevada, por el color más oscuro de sus hojas, por sus folíolos más estrechos y más finamente recortados».

Y Moreau (de Tours) añade «que la hilaza del cáñamo indio es demasiado basta para ser empleada por el cordelero».

No insistiremos más sobre lo que constituye el objeto principal de este capítulo, y estudiaremos inmediatamente a qué principio debe el hachís las singulares propiedades que posee; luego daremos las diversas preparaciones haschichianas.

Las preparaciones del hachís son muy diversas; en efecto, se fuma esta sustancia, se la bebe, se la come, se respiran sus vapores o humos; de ahí productos diversos.

Los escritores árabes nos proporcionan preciosas indicaciones sobre las preparaciones haschichianas: nos enseñan igualmente las diversas épocas en que el uso de esta sustancia se generalizó en todo el Oriente.

Antes de estudiar las preparaciones hechas con esta planta, debemos preguntarnos a qué principio debe el hachís sus propiedades. Estas residen en la resina del cáñamo, aliada a un subproducto que contiene, el cannabeno, que tiene las singulares propiedades que siguen:

Cuando se respiran los vapores del cannabeno o se absorbe esta sustancia, se siente en el ser un singular estremecimiento, una necesidad extraordinaria de desplazamiento, de movimiento, que pronto es seguido de abatimiento y a veces de síncope. Las alucinaciones producidas por el cannabeno son penosas, muy raramente agradables; se queda uno estupefacto, y el cerebro está lejos de ser arrastrado hacia ideas fantásticas o chistosas.

Por lo demás, la acción del cannabeno es muy fugitiva; es la sustancia resinosa del cáñamo la que tiene propiedades especiales y que produce los mismos efectos que las sumidades floridas del Cannabis Indica.

Se han reconocido estos hechos aislando la resina; antaño se ignoraban los medios que emplear con este fin; pero hoy se procede así: se hace digerir la planta con agua tibia renovada hasta que esté incolora, luego se hace macerar la planta unos tres días con una solución de carbonato de sosa, en fin se la trata con alcohol. Se precipita la clorofila o licor verde de la planta mediante la cal; con negro animal se decolora, luego por evaporación se obtiene en fin la Cannabina, especie de resina parda, blanda, que tiene un olor viroso; insoluble en el agua, se disuelve perfectamente en el éter y el alcohol.

La resina así obtenida, es decir, privada de todos sus principios volátiles, no tiene ninguna acción apreciable sobre el cerebro. Es, pues, la reunión de la Cannabina y de un Cannabeno lo que tiene una acción sobre este.

Pasemos al estudio de las numerosas preparaciones que tienen por base el cáñamo; no daremos sino las principales, pues habría que escribir un volumen entero para describirlas todas, tan numerosas son.

Pero digamos ante todo que, cualesquiera que sean, los productos que nos vienen directamente de Oriente son generalmente preferibles a los que se fabrican en Europa, porque estos últimos no son puros; he aquí lo que constituye una primera diferencia.

En muchos países de Europa, en particular en Francia, los productos haschichianos se crean con vistas a dar vigor, brío, músculo a quienes carecen de ellos, a los hombres debilitados por abusos diversos o a los ancianos (i), por lo que estos productos contienen si-

(,) Con el mismo fin se ha imaginado la transfusión de la sangre, las inyecciones orgánicas y otras drogas más o menos sucias imaginadas por fisiólogos que practican más o menos la magia

Véase a este respecto un interesante capítulo, p. 9, de nuestra Psychologie devant la science et les savants,

no siempre, al menos con demasiada frecuencia, sustancias afrodisíacas: cantárida, jengibre, pimiento, clavo, canela, pimienta ordinaria y de Cayena, etc., etc.

Estos mismos productos encierran a veces sustancias tetánicas, tales como la nuez vómica, por ejemplo.

Estudiemos ahora las preparaciones haschichéennes. Hoy está perfectamente demostrado que las hechas con el cáñamo común son mucho menos activas que las preparadas con el Cannabis Indica; las recetas y dosis siguientes demuestran altamente el hecho que acabamos de avanzar.

Resina de cáñamo de Italia. 30 a 40 centígrs., de Borgoña... 50 cent. a 1 gr.

CANNABIS INDICA (Hachís)

Resina o cannabina... 5 a 10 centígrs.

Extracto alcohólico.... 10 a 20 centígrs.

Tintura alcohólica.... 50 a 60 gotas.

1 vol. in-18 de 300 páginas, París, Chamuel, editor, 29, rue de Trévise, 1894; y en La Curiosité, la Magie ruyire dans la médecine moderne.

Alcohol 3 a 4 gr.

Extracto graso francés.... 2 gr.

Dawamesc turco 15 a 30 gr.

Madjoun de Argelia.... 8 a 30 gr.

Añadamos que las cifras que figuran en las recetas y dosis anteriores no tienen nada de absoluto, pues la composición de estas preparaciones varía según la riqueza en principio activo de la materia prima, del modo de preparación o de manipulación, y finalmente según la complexión del consumidor. En efecto, ciertas naturalezas son influenciadas con dosis muy débiles, las personas muy nerviosas por ejemplo; los temperamentos linfáticos, por el contrario, resisten dosis incluso elevadas; añadamos aquí que el uso habitual, el abuso, vuelven muy sensibles a las personas que se haschichizan: se deben, pues, disminuir las dosis para estas. Por lo demás, solo la experiencia puede servir de guía; así, antes de lanzarse por la vía haschichéenne, es bueno practicar experiencias serias.

En Argelia, se usa el hachís bajo todas sus formas, se fuma incluso el cáñamo común, mezclado con tabaco; los ricos árabes prefieren sin embargo el Cannabis Indica.

La pipa empleada para este uso se parece a las pipas chinas o japonesas que sirven para fumar el opio, pero el hornillo de las primeras es sin embargo mayor que el de las pipas de opio, de las que hablaremos ulteriormente: véase nuestra figura.

En Argelia, se llama madjoun a una mezcla de polvo de hachís y de miel; se hace tostar ligeramente esta composición, de la que se hacen infusiones y decocciones, que se mezclan con diversas bebidas. Este madjoun es una especie de ungüento

de un amarillo verdoso, de olor y sabor insípidos; en Calcuta, el madjoun se llama madjoon, en El Cairo Mapouchari, y en Arabia, así como en Turquía, principalmente en Constantinopla, dawamesc, dawamesch.

El dawamesc de Constantinopla y de Alejandría, cuando están frescos, son agradables al gusto e incluso sabrosos, como una buena confitura, pero en este país, contienen con demasiada frecuencia afrodisíacos (cantáridas, clavos, etc.), o bien aún sustancias tetánicas, como estricnos y nuez vómica.

La más fuerte de las preparaciones del hachís se fabrica en Oriente de la manera siguiente: se hace hervir la flor de cáñamo con mantequilla y muy poca agua para impedir que el cáñamo se tueste. Cuando el agua se ha evaporado del todo, la mantequilla está suficientemente impregnada del principio activo, la droga está hecha; se pone en cajas, o más bien en pequeños vasos de loza o de porcelana. Este extracto de hachís tiene el olor de la mantequilla y del cáñamo; se toma a menudo en forma de píldoras, que se tragan con café negro; pero, como estas píldoras tienen un sabor bastante desagradable, los árabes consumen

poco el hachís bajo esta forma. Hacen más generalmente pastillas que perfuman con vainilla, con cinamo o canela, con esencia de rosa, con almizcle u otros productos aromáticos.

En resumen, las preparaciones de hachís afectan la forma de pastas, de pastillas, de tabletas, de confituras y de electuarios, son estas las verdaderas preparaciones orientales, las que dan a los consumidores los más hermosos sueños, las más hermosas ilusiones; con su auxilio, los buenos musulmanes se creen transportados en medio de las huríes y de las amadas que pueblan el Paraíso de Mahoma.

Los haschichéens beben igualmente agua proveniente de la destilación del hachís; pero esto es poca cosa, no produce más que poco efecto, muy poco efecto.

Cuando se destila con un mismo peso de agua cantidades considerables de cáñamo indio, se obtiene un aceite menos denso que el agua, este

sobrenada pues; a 12 grados centígrados, el agua separa

pequeñísimos cristales; este aceite comprende dos principios: uno líquido, el cannabeno; otro sólido, que es un hidrato de cannabeno.

El Gunjah o Gauja no es otra cosa que la planta secada en estado natural, conteniendo por

consiguiente toda su resina; la planta pulverizada se mezcla entonces con tabaco de fumar, pero en menor proporción que este, y sirve para fumar.

El Bang o Bhang empleado en ciertas enfermedades se vende en las herboristerías de El Cairo; es un compuesto de hojas, de sumidades floridas o de semillas de la planta.

El Hafiou o Hafioun, extracto acuoso muy activo, es empleado por los adeptos más fanáticos de algunas sectas religiosas, por los Aïassonas entre otros y también por aquellos que, teniendo el paladar hastiado y el cerebro fuertemente endurecido, no se dejan ya influenciar por las preparaciones ordinarias (1).

El Chastry es una tintura de la que El Cairo tiene desde hace mucho tiempo el monopolio.

El Cherris es una especie de resina recolectada en el Nepal a la manera del labdano; se prepara de diversas maneras; hemos tenido ocasión de decir lo que precede, a propósito de estas preparaciones, en nuestra Psychologie devant la science, capítulo XIX (1 vol. in-8; París. Chamuel, editor, 1894).

(1) En Argelia, hemos bebido una cerveza de hachís muy embriagadora: pero ignoramos su modo de preparación y los ingredientes diversos que entran en su composición.

Los efectos del Hachís sobre el Organismo

Sumario. — Diversas pociones, diversos efectos. — Papus y

el hachís. — Théophile Gautier y el hachís.

Estado del haschichéen. — Alucinación. — Bonzos, Fakires, Derviches, Kalenders, Sanniasis, Santones. — Opiato de Persia. — Piripiri. — El práctico varía los efectos. — Experiencias. — El arte de hacer variar los efectos del hachís. — Consejos y recetas prácticas.

Los árabes, más particularmente los de Egipto, han estudiado cuidadosamente las propiedades diversas de las sustancias psíquicas, sobre todo las del hachís. Así estos árabes han

llegado a prepararlas de modo que produzcan sobre la inteligencia efectos muy diversos y ello con una precisión notable. Utilizan, con este fin, es Lane (1) quien nos lo enseña, cuatro especies de pociones que cada una tiene propiedades diferentes: una hace hablar mucho, algunos

Lane, Account of the Manners and Customs of the modern Egyptians, t. II, pp. 33 y 34.

incluso dicen desvariar; la otra hace cantar; la tercera sumerge al hombre en goces infinitos, dándole todas las alegrías que se pueden gustar en el paraíso... ¡de Mahoma!

En fin, la cuarta poción incita al baile.

Pero no habría que creer por ello que basta beber cualquiera de estas drogas o de estas pociones para soñar con palacios, fiestas y orgías; el práctico sabe muy bien que para gustar un placer, debe pensar en él mucho antes de absorber la droga excitadora. Esta idea está bien expresada en una obra reciente.

«Muchas personas, dice Papus (1), se figuran que el hachís, que entra en la clase de las drogas más peligrosas desde el punto de vista psíquico que se pueden manejar, da inmediatamente visiones sublimes y sumerge inmediatamente en el éxtasis. Ahora bien, así presentada, la acción del hachís no responde en nada a la realidad. Esta sustancia, lo mismo que el opio, pero con mucha más intensidad, actúa sobre los centros nerviosos de reserva de la fuerza nerviosa, vacía en un instante toda esta reserva y la lanza en masa a la esfera intelectual. Así las

(1) Traité élémentaire de magie pratique, p. 138, 1 vol. gr. in-8°, París, Chamuel, 1893.

ideas son exageradas, amplificadas, embellecidas de una manera prodigiosa; pero aún es preciso que la idea primordial y la sensación física primordial existan.

«Así una lámpara se convierte bajo la influencia del hachís en un palacio magnífico iluminado por diez mil bujías y rebosante de pedrerías; en cambio, cuando la idea incidente es vulgar, las impresiones lo son también. Un principiante, por ejemplo, habiendo tomado hachís sin idea preconcebida y esperando lo que iba a ocurrir, soñó sencillamente que era una pipa y que se fumaba.

«El hachís es pues un amplificador y no un creador. Pero esta acción embriagadora va seguida de una espantosa reacción. El centro de reserva, vaciado de su contenido, angustia al desdichado imprudente, y las pesadillas más horribles, los dolores más punzantes son la consecuencia natural de los sueños encantados y de las sensaciones astrales.»

Por lo demás, el estado alucinatorio o más bien de desprendimiento del astral, puede ser fácilmente provocado por otras sustancias, por el éter, el cloroformo, el protóxido de nitrógeno, el amileno, el cloral, la cocaína y quizá por la antipirina,

la cafeína, etc., etc., estas últimas sustancias son aún poco conocidas y por tanto poco experimentadas todavía.

El inhalador de estas sustancias, al mismo tiempo que pierde a veces la conciencia de su ser físico, se vuelve más o menos sensible a estas clases de sueños o más bien de visiones, que se refieren al orden de ideas que le preocupaba o que deseaba, antes de la ingestión de las sustancias psíquicas.

Daremos aquí la opinión de un maestro de la escritura, de un exquisito poeta, de un mago de la palabra, que nos enseñará las emociones y las sensaciones diversas que ha experimentado al absorber Hachís:

«En todo tiempo, dice Th. Gautier, los orientales, a quienes su religión prohíbe el uso del vino, han buscado satisfacer por diversas preparaciones esa necesidad de excitación intelectual común a todos los pueblos, y que las naciones de Occidente contentan por medio de espirituosos y de bebidas fermentadas. El deseo de lo ideal es tan fuerte en el hombre, que este procura, en cuanto está en su mano, aflojar los lazos que retienen el alma al cuerpo; y, como el éxtasis no está al alcance de todas las naturalezas, bebe

alegría, fuma olvido y come locura bajo la forma del vino, del tabaco y del hachís.

¡Qué extraño problema! ¡Un poco de licor rojo, una bocanada de humo, una cucharada de pasta verdosa y el alma, esa esencia impalpable, queda modificada al instante! Las gentes graves hacen mil extravagancias: las palabras brotan involuntariamente de la boca de los silenciosos.

Heráclito ríe a carcajadas y Demócrito llora

Luego el poeta nos cuenta el efecto que ha sentido, después de haber absorbido hachís.

«Al cabo de algunos minutos, un entumecimiento general me invade. Me pareció que mi cuerpo se disolvía y se volvía transparente. Veía muy nítidamente en mi pecho el hachís que había comido, bajo la forma de una esmeralda, de donde se escapaban millones de pequeñas chispas. Las pestañas de mis ojos se alargaban indefinidamente, enrollándose como hilos de oro sobre pequeños carretes de marfil que giraban solos con una deslumbrante rapidez. Alrededor de mí, eran corrimientos y desmoronamientos de pedrerías de todos colores, ramajes sin cesar renovados, que no sabría comparar mejor que con los juegos del calidoscopio; veía aún mis

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camaradas en ciertos instantes, pero desfigurados, mitad hombres, mitad plantas, con aires pensativos de ibis, de pie sobre una pata de avestruz, batiendo las alas, tan extraños que me retorcía de risa en mi rincón, y que para asociarme a la bufonada del espectáculo me puse a lanzar mis cojines al aire, atrapándolos y haciéndolos girar con la rapidez de un malabarista indio. Uno de estos señores me dirigió en italiano un discurso que el hachís, por su omnipotencia, me transpuso al español. Las preguntas y las respuestas eran casi razonables y versaban sobre cosas indiferentes, noticias de teatro o de literatura.

«El primer acceso tocaba a su fin. Tras algunos minutos, me encontré de nuevo con toda mi sangre fría, sin dolor de cabeza, sin ninguno de los síntomas que acompañan a la embriaguez del vino y muy asombrado de lo que acababa de pasar.

Apenas había transcurrido media hora, cuando volví a caer bajo el imperio del hachís. Esta vez, la visión fue complicada y más extraordinaria.

En un aire confusamente luminoso, revoloteaban, con un hormigueo perpetuo, miles de millones de mariposas cuyas alas susurraban como abanicos. Gigantescas flores de

cáliz de cristal, enormes peonías, lirios de oro y de plata se alzaban y se abrían a mi alrededor con un crepitar semejante al de los ramilletes de fuegos artificiales. Mi oído se había desarrollado prodigiosamente; oía el ruido de los colores. Sonidos verdes, rojos, azules, amarillos, me llegaban por ondas perfectamente distintas. Un vaso volcado, un crujido de sillón, una palabra pronunciada en voz baja, vibraban, resonaban en mí como retumbos de trueno; mi propia voz me parecía tan fuerte, que no osaba hablar, por miedo de derribar las murallas o de estallar como una bomba. Más de quinientos relojes me cantaban la hora con sus voces aflautadas, cobrizas, argentinas. Cada objeto rozado emitía una nota de armónica o de arpa eólica. Nadaba en un océano de sonoridades, donde flotaban, como algunos islotes de luz, algunos motivos de Lucia y de il Barbiere. Jamás beatitud semejante me inundó con sus efluvios; estaba tan fundido en lo vago, tan ausente de mí mismo, tan desembarazado del yo, ese odioso testigo que os acompaña a todas partes, que comprendí por primera vez cuál podía ser la existencia de los espíritus elementales,

de los ángeles y de las almas separadas del cuerpo. Era como una esponja en medio del mar: a cada minuto, oleadas de felicidad me atravesaban, entrando y saliendo por mis poros, pues me había vuelto permeable, y hasta el más mínimo vaso capilar, todo mi ser se inyectaba del color del medio fantástico en que estaba sumergido. Los sonidos, los perfumes, la luz me llegaban por miles de tubos delgados como cabellos, en los cuales oía silbar corrientes magnéticas. —Según mi cálculo, este estado duró unos trescientos años, pues las sensaciones se sucedían en él tan numerosas y apremiantes que la apreciación real del tiempo era imposible. —Pasado el acceso, vi que había durado un cuarto de hora.

«Lo que hay de particular en la embriaguez del hachís es que no es continua; os toma y os deja, os sube al cielo y os devuelve a la tierra, sin transición. —Como en la locura, se tienen momentos lúcidos. —Un tercer acceso, el último y el más extraño, terminó mi velada oriental: en este, mi vista se desdobló. —Dos imágenes de cada objeto se reflejaban en mi retina y producían una simetría completa; pero pronto, la

pasta mágica, del todo digerida, actuando con más fuerza sobre mi cerebro, me volví completamente loco durante una hora. Todos los sueños pantagruélicos me pasaron por la fantasía: caprimulgos, coquesigrues, ansarones embridados, unicornios, grifos, pesadillas, toda la ménagerie de los sueños monstruosos trotaba, brincaba, revoloteaba, gañía por la habitación. Las

visiones se volvieron tan barrocas, que me entraron ganas de dibujarlas y en menos de cinco minutos hice el retrato del doctor ***, tal como se me aparecía, sentado al piano, vestido a la turca, un sol en la espalda de su chaqueta. Las notas están representadas escapándose del teclado, en forma de cohetes y de espirales caprichosamente enroscadas.

Otro croquis, que lleva esta leyenda: un Animal del porvenir, representa una locomotora viviente con un cuello de cisne terminado en una boca de serpiente, de la que brotan oleadas de humo, con patas y acompañada de un par de alas, y, sobre la cola del animal, se veía al Mercurio antiguo que se declara vencido, a pesar de sus taloneras. Gracias al hachís, he podido hacer del natural el retrato de un duende. Hasta ahora, solo los oía gemir y moverse de noche en mi viejo aparador.

Basta ya de locuras. Para contar por entero una alucinación de hachís, haría falta un grueso volumen, y un simple folletinista no puede permitirse recomenzar el Apocalipsis.»

Estado del haschichéen. I

El estudio de los fenómenos que provoca el hachís es, como se ve, de los más curiosos; no podremos comprenderlo bien y analizarlo sino en cuanto conozcamos perfectamente todos los fenómenos que se relacionan con el sonambulismo natural o provocado, con la hipnosis y con sus diversos estados.

Si se lleva muy lejos este género de estudio, si se quieren penetrar sus arcanos más ocultos, uno queda casi espantado de los hechos que este estudio revela; se llega entonces a preguntarse qué es la razón humana, en qué reside, qué son las cualidades o los defectos del hombre; en fin, qué es él mismo, pues en este género de estudio se ve la razón rozar la locura, cuando no se penetran recíprocamente la una a la otra; si hubiéramos de concluir con una sola palabra para definir bien el estado en

que se encuentra el verdadero haschichéen, diríamos que se halla en la exacta situación de un hombre que está en un estado hipno-magnético.

El estado del haschichéen no tiene nada en común con el que procuran ciertos narcóticos, el opio por ejemplo, porque el hachís no es un verdadero narcótico, lo hemos dicho anteriormente; lo que lo demuestra es que muchos consumidores de hachís, desde el comienzo hasta el fin de la crisis solicitada, permanecen perfectamente despiertos; más aún, las impresiones que han sentido durante su crisis, las recuerdan, y estos recuerdos son tan vivaces que no pueden ser olvidados, incluso mucho tiempo después de la realización de los actos o de las escenas ejecutados durante la crisis.

El haschichéen tiene, por lo demás, plena conciencia de lo que se cumple a su alrededor. Si su cuerpo o algunos de sus miembros no obedecen a su voluntad, paralizados como están por una especie de estupor nervioso, el espíritu, el ser moral, el consciente, goza de una muy grande libertad relativa, a menos, sin embargo, que no haya llevado la dosis hasta el abuso.

Por lo demás, las personas que saben manejar estas sustancias obtienen de ellas poco más o menos todo lo que desean.


Así, los bonzos, los derviches, los fakires, los kalenders, los sannyasis, los santones y cantidad de personas pertenecientes en la India a todos los rangos de la sociedad, se procuran a voluntad éxtasis, crisis extáticas y mil visiones absorbiendo píldoras de Esrar, en las que apenas entra otra cosa que hachís preparado como lo hemos visto en el capítulo precedente. Esos mismos haschicheros obtienen estados análogos absorbiendo además opiato de Persia, piripiri u otras substancias psíquicas.

Pueden verse detalles a este respecto en Chardin (i).

El práctico que conoce bien las substancias que acabamos de estudiar puede variar a voluntad los efectos. Con ellas posee auxiliares muy útiles para el manejo corriente de las fuerzas orgánicas que posee para su existencia

(i) Voyage en Perse, t. IV, p. 204, y en Barbier, quelques réflexions sur les préparations exhilarantes des Orientaux, y en las Mémoires de l'académie du département de la Somme, 1843, p. 365.

cotidiana. Esta propiedad ha permitido a un práctico dar un artículo muy interesante titulado: L'art de faire varier les effets du Haschich (1), al cual tomamos las líneas siguientes: «¿Queréis apresurar o prolongar vuestro sueño? Tomad una dosis de hachís.

«No resistáis a la necesidad de aislamiento y de reposo que os ganará, tras un corto período de excitación; liberaos cuanto antes de toda preocupación exterior, y pronto sentiréis vuestros ojos hacerse pesados; vuestras alucinaciones, vuestras ideas arremolinadas se trocarán poco a poco en sueños ordinarios, más numerosos que de costumbre, de los que a vuestro despertar guardaréis un vago recuerdo, sin que vuestro sistema nervioso se encuentre fatigado; más bien quedará calmado. En lugar de buscar un efecto médico, ¿queréis gozar de ese estupor voluptuoso tan buscado por los aficionados al kief (o a la fantasía)? En tal caso, debéis arreglároslas para soñar despierto, es decir, para manteneros en ese grado de somnolencia en que

(1) En L'Encéphale, journal des maladies mentales et nerveuses, publicado bajo la dirección de los señores Baill y J. Luys. París, Masson, editor. El artículo está firmado

todavía se tiene conciencia de lo que pasa en la imaginación. Algunas arias musicales, café en dosis suficiente bastarán para impedir la invasión del sueño. Experimentaréis entonces en su más alto grado la sensación de bienestar que os da el reposo, absolutamente como si os acostarais en un buen lecho por primera vez tras una expedición llena de peligros y fatigas.

«A mañana las cosas serias.» Si la palabra no existiera, la inventaríais en esos momentos de pereza deliciosa, en que vuestra alma parece abrirse en un baño de éter, en que no se tiene más que un temor: la llegada de algún importuno que viniera a arrancaros de vuestros arrobamientos con una conversación banal. ¿Qué podría deciros ese simple mortal comparable a los magníficos panoramas que se despliegan sobre la pantalla de vuestro cerebro, representando, en perspectivas siempre profundas, esos largos pórticos por donde pasan y repasan filósofos en contemplación, y esas oscuras alamedas, esas avenidas interminables de árboles frondosos a cuya sombra departen grupos amorosos, y esas teorías de vestales con ropa blanca, que se dirigen al Templo, cuyas gradas se divisan allá

LOS EFECTOS DEL HACHÍS SOBRE EL ORGANISMO 5g

lejos, muy lejos, y esas bóvedas sonoras, donde resuena el eco de un canto lejano que dura desde hace siglos, y esos puentes suspendidos que van de un planeta a otro, etc.

«Pero, para poder jugar así con el tiempo y el espacio, es preciso haber dicho adiós a toda preocupación terrestre que obrara en el sentido de una disminución de la dosis.

«Parece que en el umbral de ese mundo desconocido aparece un genio que está pronto a entregaros la llave, a condición de que os despojéis primero de vuestra personalidad humana.

De ahí, para algunas personas, cierto espanto antes de penetrar en la región de las sombras, donde les esperan asombrosas aventuras.»

Nada hay más exacto que la relación que acaba de leerse; nosotros mismos hemos experimentado muchas veces efectos análogos; pero, además de lo que tan bien expresa el señor Giraud, autor del artículo citado, hemos tenido esa sensación de que vivíamos desde siglos y siglos, y el origen de nuestro nacimiento remontábase en nuestro espíritu a una época tan lejana, que casi nos parecía que éramos inmortales. Por lo demás, cada persona, con la misma dosis de

hachís, experimenta una sensación a ella especial, una sensación sui generis, podríamos decir, aplicando este término al temperamento de la personalidad.

Es lo que dice muy bien el señor Giraud en la continuación del relato que sigue:

«Para volver en cierto modo a la tierra, para disipar una embriaguez que tomaría un carácter desagradable, dos medios tenéis a vuestra disposición, debería decir a mi disposición; pues ignoro si los temperamentos diferentes del mío serían todos afectados de la misma manera.

«1.º El aguardiente, que desarrolla los efectos narcóticos del hachís, apaga en el sueño las alucinaciones o las obsesiones demasiado vivas.

«2.º El café (o el té), que refuerza el sentimiento de nuestra personalidad, nos permite reaccionar contra la corriente de las percepciones delirantes. Parece que la inteligencia, habiendo terminado su siesta bajo su influencia, hace entrar en orden «esas cabras del espíritu», las ideas que retozaban en los campos sombreados de la fantasía.

«Aquí se plantea naturalmente una cuestión. ¿Sería el café el antídoto del hachís? Si obra en el sentido de una disminución de la dosis, ¿no

LOS EFECTOS DEL HACHÍS SOBRE EL ORGANISMO 6l

es más sencillo darla menos fuerte?

Según mis experiencias, el café no sería el antagonista del cáñamo índico, aunque combate su acción somnífera; pues no destruye su acción tan poderosa sobre el cerebro.

«La modifica, eso es todo. De la asociación de estos dos agentes resultan propiedades psicológicas compuestas que varían según las cantidades respectivas de cada uno de ellos. Así, si la dosis de café es fuerte, las facultades reflexivas e imaginativas se exaltan paralelamente; se tiene una sobreexcitación general del cerebro muy favorable a las concepciones artísticas y muy fecunda en diversiones mentales. Uno de nuestros exploradores más distinguidos me ha asegurado últimamente haber intentado una conferencia bajo esta doble influencia sin la menor deficiencia, ni en la memoria, ni en la asociación de las ideas.»

He aquí datos prácticos de un gran interés y que vemos formulados de manera tan neta por primera vez. Evidentemente muchos haschicheros conocen los efectos diversos que procuran ora el aguardiente, ora el kirsch, el raki o el café, pero éstos obran como el señor Jourdain sin sospechar los resultados

62 • EL HACHÍS

que van a producir; mientras que nuestro práctico nos hace, por decirlo así, tocar con el dedo el porqué de los efectos obtenidos.

Si proseguimos el estudio del arte de hacer variar los efectos del hachís, llegamos a uno de los párrafos más importantes, y que confirma plenamente lo que sabemos y lo que Papus nos ha dicho al comienzo de este capítulo, a saber: que para ayudar al agente terapéutico, es preciso saber provocar la sugestión.

He aquí cómo se expresa nuestro autor a este respecto:

«Pero, para utilizar en el sentido de la excitación esa dinamita psicológica, representada por un pequeño trozo de resina verdosa, se necesita más que la intervención de un adyuvante terapéutico, se necesita además saber provocar sugestiones y elegirlas bien, bastando la menor de ellas para poner en marcha una larga serie de imágenes, emociones y recuerdos en el haschichizado, que es tan impresionable. Saber sugerir a propósito es, por lo demás, el gran arte en el que reside toda la cultura humana, y para el caso particular que nos ocupa, tendréis una embriaguez penosa o arrobadora, común o fecunda en hallazgos, según la

dirección que dejéis tomar a vuestra imaginación por las cosas que miréis y sobre todo por los sentidos que apartéis. «Como se hace la cama, se duerme», dice el proverbio.

Jamás se halla mejor verificado.

«Si carecéis de música, o si preferís sacar de vuestro propio fondo las sugestiones que deben dar tal o cual género de delicias a vuestro éxtasis, tal o cual campo de maniobras a vuestras investigaciones, tal o cual derivación a vuestras ideas dominantes, sumíos en el silencio más absoluto; si es preciso, llenaos las orejas de algodón, y allí, solo con vuestros pensamientos, utilizad lo que os queda de voluntad para apuntar vuestra atención sobre los asuntos preferidos.»

En tal caso, las ideas, las imágenes, serán en parte causadas por vuestro yo, que habrá provocado la serie con la que deseaba habérselas; pero en parte serán independientes de él, puesto que no conocéis de antemano las que van a surgir ante vuestra varita mágica. ¿Por qué unas más bien que otras? Habría ciertamente una hipótesis que aventurar: sería la de explicar por hipermnesias individuales o hereditarias esas pseudomnesias, es decir, esas impresiones singulares que producen la ilusión de un

reconocimiento, y que hacen decir al experimentador:

«Me parece que he pasado por ahí.»

«No asumo evidentemente la responsabilidad de estas apreciaciones fantásticas. Me limito a hacer notar que durante algunas de mis experiencias, en materia de recuerdos lejanos, son sobre todo sueños olvidados desde hace mucho tiempo los que desfilaban ante mí, y ello en virtud de la ley según la cual se rememoran de preferencia las impresiones percibidas en una situación análoga a aquella en que uno se encuentra.»

En general, todos los experimentadores están de acuerdo sobre la excentricidad de los sueños o visiones que los obsesionan tras la absorción del hachís: resumimos aquí una observación del señor de Sauvagnes, que nos refiere que un doctor observó sobre sí mismo y sobre algunos amigos los efectos de un electuario procedente de Bengala.

Según este autor, los experimentadores estaban felices, contentos, testimoniaban una gran jovialidad, reían y se abrazaban sin motivo. Habiendo montado a caballo, imaginábanse volar por los aires, y que estaban rodeados de colores jaspeados análogos a los del arco iris. Estos experimentadores, habiendo terminado sus locas carreras, llegaron a su casa con un feroz apetito, devoraron más que comieron su comida, y al día siguiente estaban sanos de cuerpo y de espíritu. El doctor Kempfer, director de las experiencias, dice que esta droga estaba sin duda compuesta de datura, opio y triaca, lo que explicaría los términos indios de Benghie, Asyouni y Thériaki.»

Volviendo al arte de hacer variar los efectos del hachís, vamos a entrar en la cuestión práctica: y, como el asunto es de gran interés, daremos esta parte in extenso.

«Entre las preparaciones extraídas del hachís, nos dice el autor citado, es a la resina, a la haschichina, a la que daba la preferencia.

Es la de la casa Dausse, luego la de la pharmacie centrale, las que me han parecido más activas. Necesitaba 3 a 4 decigramos de una y 6 decigramos de la otra para producir el acceso.

Esta dosis, sin embargo, podría variar en cada frasco que se empieza, siendo este producto poco constante en su acción, como por lo demás todos aquellos que tienen una composición mal definida. La forma pílular (con el jabón medicinal por excipiente) me parece la más recomendable. La

solución alcohólica es más activa; pero es de un sabor acre y desagradable, casi imposible de disfrazar. Aun mezclada a una crema muy aromatizada, dudo que se pueda hacer tomar a alguien sin su conocimiento. Añadida a un licor, deja precipitar inmediatamente la resina; es preciso colocarla sobre un volumen igual de jarabe y tragar el todo rápidamente mezclando las capas lo menos posible.

«El máximo de efecto de una dosis se obtiene en mí si la trago una hora antes de la comida.

Si es después de la comida, el acceso llega 3 o 4 veces más tarde. Si es mucho antes de ponerse a la mesa, el acceso es más débil, se produce por decirlo así en dos tiempos, la segunda vez cuando me pongo a comer.

La asociación del opio con el hachís no me ofreció nada notable: un largo sueño, como era de esperar.

Tras estas experiencias, no experimenté como malestar sino una irritación de la garganta, a la que por lo demás estoy predispuesto; pero conozco a algunas personas a las que el hachís no logró producir sino pesadez en la cabeza, sin el menor trastorno de la imaginación. Parece que muchas personas son refractarias a él. Un estudiante tomó veinte veces más que yo, sin experimentar nada en absoluto; un gramo y medio de haschichina en otra (sujeto a las congestiones) provocó simplemente espermatorrea.

No necesito decir que este hachís tomado por la noche es más susceptible de provocar el sueño que por la mañana, cuando se ha satisfecho suficientemente la necesidad de dormir.

«Si tuviera la mano llena de verdades, decía Fontenelle, vacilaría en abrirla.» Esta reflexión deberá venir a propósito del hachís si uno se dirigiera al vulgo, que se vería tentado a provocar sin discernimiento esas explosiones de ideas y de imágenes de las que acabamos de hablar.

Amenazo a quienes no tuvieran la excusa de una legítima curiosidad científica con la eventualidad de muchas impresiones desagradables, si no poseen a fondo el arte de la diversión.

Yo mismo, en mi última experiencia, hecha en pleno bosque de Rambouillet, he sufrido mucho al sentir mi voluntad abdicar ante tantas ideas que ya no podía dominar.

Me había impuesto como tarea encontrar un título muy especial para este artículo, y, tras haber tenido la satisfacción de haber imaginado una veintena y de haber sabido hacer el triaje, ya no podía impedirme pensar en ese problema, que sin embargo sabía resuelto.

Había luchado largo tiempo, como un devoto que rechaza las tentaciones, muy dichoso de encontrar en el sueño un refugio contra la angustia que resultaba de esta obsesión, a menos que no sea la angustia misma la que haya determinado la obsesión. Creo que en ese momento una taza de café habría dado refuerzo a mi voluntad, que flaqueaba, sin duda bajo la impresión del sueño. A verificar.

Me queda por verificar igualmente si, como lo sospecho, la intensidad del acceso no es en absoluto proporcional a la cantidad de la dosis.

Así, si se necesitan 4 decigramos de haschichina para embriagaros, 3 decigramos no os darán sino un ligero entorpecimiento. Diríase que la ruptura de equilibrio es provocada de repente, como si una última gota de agua hiciera desbordar el vaso.

Bien entendido, en mi última experiencia, como había sometido mi cerebro a la prueba de una operación intelectual, he tenido menos alucinaciones que si hubiera mirado despreocupadamente entre los intersticios de los árboles. A pesar de ello, las alucinaciones o más bien las ilusiones no han faltado. El objeto sobre el que fijaba los ojos se volvía como una de esas cartas-preguntas en las que, en un dibujo, se acaba por distinguir un gato, una pastora, un prusiano, etc. Estos cuadros subjetivos estaban, por lo demás, artísticamente concebidos.

Añadiré, para terminar, que muchas de estas experiencias han sido controladas por un médico amigo mío (el Dr. Decaye). La dosis varía evidentemente según que se sea más o menos sensible a su acción.

Se puede apartar el sueño con movimiento, con la reacción de la voluntad; pero entonces el esfuerzo se acompaña de un sentimiento penoso.

Es, por ejemplo, una idea fija que vuelve sin cesar a la carga, como una mosca obstinada o, por el contrario, una idea que se quiere fijar y que se escapa sin cesar.

Nunca he visto el extracto graso actuar a la dosis marcada en los tratados. Se necesitan al menos una decena de gramos. El extracto alcohólico tomado en la farmacia central ha debido ser llevado a la dosis de 2 gramos. Para el Dawamesch, la dosis es bien de 25 a 30 gramos.

He aquí consejos y datos muy prácticos; unidos a los axiomas que damos en nuestra conclusión, serán de preciosa ayuda para los jóvenes neófitos que quieran haschichizarse sin peligro.

Sumario. — Efectos generales y particulares del hachís. — La pasión del fumador y del comedor de hachís. — Anomalías psíquicas. — Embrutecimiento por el abuso. — Características. — Apostura del haschichino. — Hachís y Alcohol.

Llegados a este punto de nuestro estudio y sabiendo muy bien que, según los temperamentos, la acción de las preparaciones haschichinas es de las más diversas, debemos abordar en el presente capítulo los efectos generales que producen las diferentes preparaciones del hachís sobre los viejos consumidores, en una palabra, sobre aquellos que han abusado de esta sustancia.

Estos efectos son de dos órdenes diferentes, por lo que los clasificaremos en efectos Fisiológicos y efectos Patológicos.

I. — Efectos Fisiológicos.

He aquí, según Paul de Régla, una descripción de los efectos del hachís (1).

Nos dice, ya lo hemos visto, que estos efectos difieren de expresión según la naturaleza, el temperamento y la idiosincrasia del sujeto.

«En algunas personas, los efectos quedan nulos, incluso a la dosis de 2 gramos 50, o no se traducen sino por cefalalgias más o menos intensas; en otras la droga produce visiones confusas, de corta duración, dolorosas las más de las veces; en otras aún, se producen crisis de forma histérica, en las que se confunden las sensaciones más extrañas y más burlescas, sin la más pequeña imagen voluptuosa.

«Lo más frecuente es que los fenómenos se manifiesten en cuadros perfectamente distintos, sucediéndose unos a otros con intervalos más o menos largos. Estos cuadros, compuestos de imágenes de una gran intensidad de tonos y de luz, son las más de las veces independientes de la voluntad; pero lo que se produce siempre, en los casos de visión y de sensaciones haschichinas, es un fenómeno bien neto y bien marcado de dualidad, de desdoblamiento.

Hay, en efecto, dos individuos en el ser sometido a la acción del hachís: uno que observa todo lo que pasa, conserva su sangre fría hasta el punto de poder tomar notas sobre la extrañeza de los fenómenos que agitan el cuerpo; y el otro, siempre en lucha con el primero, sometido absolutamente a los efectos de la sustancia mágica.

«Desde que la crisis comienza, la lucha se manifiesta entre las dos individualidades, y no siempre es la razonable la que lleva la ventaja. De esta lucha resultan, cuando es llevada al extremo, sensaciones fisiológicas y psíquicas atrozmente dolorosas. Es este dolor el que trae el triunfo momentáneo de una de las dos individualidades; la de la vida orgánica con sus exigencias, sus instintos, sus necesidades; o la del alma o del yo, con sus idealidades, sus aspiraciones y sus necesidades, a menudo en contradicción con los fenómenos electro-orgánicos; una con su sede en el cerebelo y la médula espinal, la otra en el cerebro propiamente dicho. Dualidad extraña cuyos elementos designaron los filósofos herméticos con los nombres de cuerpo astral o mediador plástico y con los de mens, yo o ángel.

«Aquella de estas dos individualidades que domina, sobre todo si es la irrazonable, la instintiva, la electro-orgánica, o el mono moderno, se transforma a su vez hasta perder la noción de su ser, y devenir el objeto mismo que hace el fondo del cuadro o de la imagen; es decir (pues sentimos que tenemos necesidad de recurrir aquí a comparaciones para hacernos comprender mejor) que basta que alguien que tenga en ese momento mismo una cierta influencia sobre el haschichino pronuncie la palabra sandía, o las de calabaza, asno, diablo, etc., para que este se imagine ser inmediatamente el objeto o el ser nombrado. Perdiendo así la inteligencia y el sentimiento de su propia individualidad, este sujeto ya no es Paul, Jean o Jacques: es el objeto o la cosa misma que habéis citado y cuya idea ha impresionado el cerebro. De estos grabados intelectuales resultan impresiones sensacionales, tan extrañas como imprevistas, cuyo recuerdo es tan vivo que permanece en la memoria, aun cuando largos años hayan transcurrido desde su producción.»

En Egipto, muchos indígenas se entregan al Hachís como entre nosotros al alcohol, por simple goce: unos fuman, otros comen esta sustancia, y según el género de consumo, el haschichino experimenta malestares, placeres, goces e incluso enfermedades diferentes.

Así, el fumador en ayunas es como el alcohólico y el morfinómano, sin fuerza, sin energía, sin resorte; necesita absorber su dosis de veneno para reanimar su organismo, su bestia. Su pasión lo conduce a dos formas de alienación, ambas incurables: la melancolía crónica generalmente sin delirio y la demencia apática; el fumador está ahí posado sobre su asiento, sobre su diván, como una masa inerte.

Si se pone al fumador en la imposibilidad de satisfacer su violenta pasión, se cura bien de los trastornos físicos que experimenta, pero jamás de los trastornos mentales; por lo demás, el fumador de hachís duerme bien y no tiene alucinaciones, las funciones vegetativas de su existencia se cumplen ordinariamente de una manera del todo normal.

El estado del comedor es mucho más grave: cada vez que absorbe su droga, pasa por una verdadera embriaguez alucinativa, a menudo muy violenta, que pronto desemboca en la demencia, en la locura.

¿Cómo actúa el veneno? Esta cuestión sería demasiado larga de discutir aquí, por lo que remitimos al lector que quisiera estudiarla a obras de medicina y más particularmente a los trabajos del doctor italiano Battaglia; diremos solamente que se cree generalmente que el veneno actúa sobre las células de la capa cortical del cerebro.

En lo que concierne a los efectos patológicos, los estudiaremos con la ayuda del célebre alienista, el doctor Moreau de Tours.

II. — Efectos Patológicos.

El Doctor Moreau nos dice (1) que en lo que concierne a sus efectos patológicos, «el hachís no hace excepción a las demás sustancias vegetales cuya acción se ejerce especialmente sobre el sistema nervioso.

«El abuso del hachís, al quebrantar fuertemente el órgano intelectual, al exagerar su acción, al exaltar la sensibilidad general hasta el punto de arrojar al individuo que está sometido a su influencia a un mundo del todo imaginario, al transformar en cierto modo sus percepciones, sus sensaciones y hasta sus instintos, sin oscurecer no obstante, cosa notable, jamás lo bastante su conciencia, su yo, para impedirle juzgar y apreciar sanamente la situación nueva en que se encuentra, el abuso del hachís, digo, puede a la larga acarrear desórdenes tanto más graves cuanto que no parecerían quebrar los resortes de la máquina psicocerebral sino a fuerza de tenderla.»

Ciertos médicos pretenden sin embargo que el vino y los licores, los alcoholes en general, la absenta, la morfina y el éter en particular, son mucho más temibles que el uso del hachís. Solo el abuso de este durante largos años puede acarrear los siguientes desórdenes:

El haschichino o haschichino, en árabe haschach, experimenta por un largo abuso un estado constante de somnolencia, de hebétud, de entorpecimiento de las facultades intelectuales, en el que desaparece la espontaneidad de los actos: facultad de pensar, de querer, de determinarse, etc., etc.

Estas anomalías del espíritu y del sentimiento, estas anomalías psíquicas, diremos, se traducen exteriormente en el rostro y la fisonomía por rasgos blandos, fláccidos, sin expresión, por rasgos completamente abatidos, por labios colgantes, ojos apagados, sin expresión alguna y lánguidos, ojos que ruedan en sus órbitas o a menudo de una fijeza automática, los ojos necios, idiotas, figuras de cera.

En cuanto a la apostura del haschichino, es blanda, lenta, sin energía alguna.

En Egipto, donde se consume bastante hachís, no es más peligroso que el vino y el alcohol en nuestra vieja Europa.

Llegados a este punto de nuestro estudio, no estaría quizá fuera de propósito penetrar en uno de esos establecimientos donde se consume el hachís.

Vayamos para ello a Constantinopla.

Los cafés o, más bien, los tugurios de Constantinopla donde se consume el majoon se llaman maschichehs: si deseáis conocer un tipo perfecto, vamos a describíroslo según M. Paul de Régla (1). Entramos:

(1) Les Bas-Fonds de Constantinople, p. 222, 1 vol. in-12, París, Tresse et Stock, 1892.

De pronto, nos dice, el más extraño espectáculo se ofrece a nuestra vista. En una sala, más larga que ancha, débilmente alumbrada por una lámpara donde arden, en un aceite de oliva de los más comunes, tres mechas de algodón retorcido (lámpara de forma judaica, suspendida por un alambre en medio del techo), se encuentran, arrimados a la pared, sentados sobre esteras y cojines, una veintena de individuos que presentan todos los tipos de musulmanes que suministran la Turquía de Europa y de Asia.

Todos estos consumidores beben silenciosamente sus tazas de café, y fuman, metódicamente, el chibouc tradicional o el moderno cigarrillo, tragándose el humo y volviéndolo a echar fuera, con ayuda de una aspiración y un suspiro pronunciados.

A primera vista, la escena no aparece sino vagamente, pues está desdibujada por el humo negruzco y espeso del candil, y el que proviene de la combustión del tabaco; se necesita cierto lapso de tiempo para que la vista, familiarizada con esta atmósfera, pueda permitiros distinguir los diferentes objetos y los buenazos que forman el conjunto del cuadro.

«A la izquierda de la sala se encuentra un fogón rudimentario, blanqueado con cal, sobre el cual, en medio de un fuego de carbón de leña, reposa una especie de calderilla de cobre, que contiene el agua caliente destinada a la preparación del café y del té. Sobre el fogón, colgados de la pared, varios pequeñas cafeteras de cobre provistas de un largo mango de madera y de la capacidad de una a tres tazas pequeñas.

»A derecha e izquierda del fogón, una serie de cajas de hojalata que contienen café en polvo, poco tostado, muy finamente molido; té negro puro, té verde mezclado con un poco de canela y clavos de olor; cáñamo o, más bien, flores de cáñamo macho egipcio o indio.»

¿No diríase un verdadero Teniers, esta minuciosa descripción?; nada es, sin embargo, pues no estamos sino en el vestíbulo, la antecámara del santuario donde vamos pronto a penetrar con nuestro erudito guía, tras haber examinado, no obstante, el personal de esta primera sala, la de todo el mundo, en espera de llegar a la sala reservada.

Es, en primer lugar, nos dice P. de Régla, «a nuestra derecha un hermoso y gran anciano. Azis, un turco bien conocido del harén imperial. Venido joven a Constantinopla, debutó en el oficio de caïquedji y se hizo servidor de un célebre khodja (profesor) de ciencias ocultas. Habiendo muerto este último sin dejar hijos, Azis le sucedió en sus lucrativas funciones y pronto se convirtió en uno de los magos más célebres de Stamboul. Hoy nuestro personaje es tan rico como influyente: posee tres mujeres legítimas, cinco hijos, once hermosas esclavas, todas escogidas entre las mejores.

»Con su larga barba blanca, sus ojos tranquilos y soñadores, el gran turbante verde enrollado en torno a su nariz y la larga hopalanda guarnecida de pieles que envuelve cuidadosamente su augusta persona de la cabeza a los pies, nos representa el tipo perfecto del viejo turco, que lamenta cada día la época de los jenízaros, y el bello, el excelente tiempo en que estaba permitido, so pretexto de probar la hoja de su yatagán, hacer saltar de un solo golpe la cabeza de un judío o la de un perro infiel.

»Ese gran diablo de hombre sentado ahí frente a nosotros, que fuma tan gravemente su narghileh persa, mientras su mano izquierda desgrana metódicamente su largo rosario de ámbar amarillo, cuyo traje de stambouline moderno, todo de negro, hace resaltar más la gravedad de un rostro alargado, que corta en dos un fuerte y largo bigote blanco, es... el jefe de los mendigos de Stamboul, el ilustre griego V., de quien todo el mundo habla y a quien pocas personas conocen.

»Su vecino, de tipo y traje búlgaro, es uno de los principales lugartenientes del célebre Don Giovanni, el rey de los ladrones, a quien pronto presentaremos a nuestros lectores.

»El que está a su lado, melancólico y tan sombrío, es el espía N., Bey, uno de los agentes secretos del Palacio, tan conocido del lugarteniente de los ladrones como este lo conoce a él mismo.

Ahora están silenciosos... dentro de un instante, conversarán como viejos amigos, de la dureza de los tiempos, de la escasez del dinero, de la falta de ricos turistas... y de la gran bondad del sultán reinante.

»Ese otro, con pantalón rojo, tal como lo llevaban nuestros oficiales de zuavos hace veinte años, es un famoso circasiano, un jefe que, llegado el caso, os venderá una o varias esclavas. Recibido en todas partes, rico, estimado, influyente, viene a veces a vagar por este extraño café turco-moro, bastante cercano a la gran casa donde oculta sus tesoros de carne humana.

»Este es un médico militar: afirma que no frecuenta el noble establecimiento de Alí ben Mohammed (tal es el nombre del cafetero) sino en interés de sus estudios médico-psíquicos... Pero el buen Esculapio es tan concienzudo, tan perseverante en este género de estudio, que no tardará en levantar la cortina y pasar a la pieza vecina, donde se entregará a una experimentación in anima vili.

»Ved, ved en ese rinconcito a ese buen hombre que, acurrucado sobre sus piernas, vestido a la turca de la nueva Turquía, se parece todavía más, con su larga nariz y sus ojillos grises chispeantes de malicia y de lujuria, a un macho cabrío que a uno de nuestros semejantes; es el ilustre, el abracadabrante X. Effendi, autor de las piezas grivoisas que, recitadas por el sucio Garaguse, hacen, durante los cuarenta días del gran ayuno musulmán, las delicias de las damas y señoritas turcas.

»Ese buen hombre es un verdadero sátiro, tan buscado por las mujeres musulmanas como temido por los maridos. Nada hay más extraño ni más suciamente pintoresco que su conversación: las palabras crudas no le cuestan nada; y el marqués de Sade no habría sido sino un pequeño san Juan al lado de este acuchillador de todas las virtudes y de todas las conveniencias.

»Los demás individuos, turcos, griegos, judíos y armenios, no son sino señores de poca importancia: habituales o simples curiosos, vienen aquí como irían a otra parte, a pasar una o dos horas y matar el tiempo.»

Tal es el personal que compone la primera sala de este café de mala muerte; sigamos a nuestro guía y penetremos con él en el salón reservado, en lo que él llama el «santuario de los santuarios», en el templo consagrado al hada del hogar, en el asilo sagrado donde flotan las huríes del Paraíso de Mahoma.

Entremos.

«He aquí precisamente la crisis que comienza en un gran diablo de sirio; estalla en una risa loca, que va crescendo hasta el punto de imprimir a todo su organismo sacudidas como habrían podido producirlas descargas sucesivas de electricidad. Riendo hasta llorar, el sirio lleva su mano derecha, con los dedos curvados hacia dentro, sobre su nariz, que parece acariciar de arriba abajo, pero absolutamente como si este apéndice hubiera adquirido de golpe una longitud desmesurada.

»En ese mismo momento, el mozo de Alí se acerca para retirarnos nuestras tazas de café.

»De pronto el haschichéen, moviendo bruscamente la cabeza de derecha a izquierda y haciendo esfuerzos sobrehumanos por echarse atrás, exclama, con voz quejumbrosa y airada:

—¡Quieres irte de una vez, cafetero del diablo! ¿No ves que pisas la punta de mi nariz?

»Y, agitándose cada vez más, llevándose ambas manos a una nariz imaginaria, entregándose a la expresiva pantomima de un hombre que quisiera defender este apéndice contra el ataque de un ser cualquiera, añade:

»—Pero ¡quieres irte de una vez...! ¿No ves que, gracias a Alá, mi nariz ha crecido hasta el punto de llegar a tus pies y que pisas su extremo...? ¡Lo que va a dejármela hecha compota...!

»Luego es una carcajada todavía más lenta; y la crisis cesa. El ser razonable vuelve a tomar el dominio, y nuestro sirio dice tranquilamente:

»—¿Dónde diablos tenía yo el juicio para creer que mi nariz había podido alargarse hasta ese punto?

Y, tocándola, frotándola vivamente, helo aquí que dice con sorpresa:

»—Pero es que me duele muchísimo, absolutamente como si me la hubieran pellizcado con fuerza.

»Y en efecto, ya lo veis, amigos lectores, su nariz, pálida hace un momento, puede ahora rivalizar con la de un celoso discípulo de Baco.»

No se sabría pintar con más verdad las escenas que se desarrollan en los maschichehs de Constantinopla. Añadiremos que en esta capital se consume sobre todo el hachís, y que los fumadores de opio, tan numerosos en China y en el Japón, son muy raros; apenas algunos persas y algunos sirios usan de esta droga.

Sumario. — Diversas cicutas. — Su acción. — Acónito. — Sus diversos nombres. — Belladona. — Digital.

— Belesa. — Su origen oriental. — Sus variedades. — Datura stramonium. — Adormidera. — Morfina.

— Extracción. — El opio en Plinio. — Forma de los panes de opio. — Meconio. — Diversas preparaciones opiáceas. — Los teriáquicos. — Opio, China, ingleses.

— El turco y el opio. — Acción sobre el caballo. — Las tabernas de opio. — Por algunas bocanadas de pipa. — La teriaca. — Los ingredientes que contiene.

El cáñamo indio, el hachís, ¿es un narcótico, un hipnótico, un calmante, o bien es un excitante que, como el café y el té, mantiene al hombre en un perfecto estado de vigilia?

Unos dicen que sí, otros dicen que no; y añadimos: es cuestión de temperamento y también de costumbre. Todo lo que precede lo prueba con creces, sin que sea necesario insistir.

Pero si no se está enteramente fijado acerca del hachís, en cambio se lo está muy bien acerca de una serie de plantas denominadas narcóticas o sedativas, las cuales plantas son en gran número; son: las cicutas, el acónito, la belladona, la digital, la belesa, el datura stramonium, el tabaco, la amapola, la adormidera, el opio, la cinoglosa.

I. — Cicutas: La cicuta (Conium maculatum, L.) se denomina gran cicuta, cicuta manchada, cicuta de Sócrates y gran cocuë. Forma parte de la familia de las umbelíferas: sus flores pequeñas y blancas se muestran de junio a agosto.

Las hojas de esta planta, estrujadas entre los dedos, despiden un olor herbáceo, viroso, desagradable, que tiene alguna analogía con el olor de la orina de los gatos.

La segunda variedad de cicuta, denominada etusa o pequeña cicuta (Æthusa cynapium, L.), cicuta de los jardines, se reconoce por su raíz alargada, fusiforme, blanquecina, delgada, que lleva un tallo derecho, ramoso, cilíndrico, fistuloso, finamente estriado, rojizo en la parte baja. Este tallo de la pequeña cicuta está cubierto de un polvo glauco, que se parece al de la flor que cubre ciertas ciruelas. Las hojas de la etusa, estrujadas entre los dedos, esparcen un olor nauseabundo y fétido. Su nombre viene del griego aithô, que significa arder, pues su sabor es acre y ardiente como el pimiento, pero en menor grado.

La cicuta es un veneno narcótico- acre, que produce ansiedad, cefalalpias, vértigos, desfallecimientos, náuseas, dolores de estómago, dolores sordos en las partes inferiores del cuerpo, adormecimiento y, por último, la muerte, que ordinariamente es anunciada por el estupor y el delirio.

Empleada en terapéutica en diversas preparaciones, la cicuta sirve para estimular los vasos linfáticos y activar la acción reabsorbente de los vasos capilares. Las preparaciones de cicuta son consideradas eficaces contra las afecciones cancerosas, las escrófulas, las congestiones linfáticas de los órganos abdominales, contra las oftalmías, las neuralgias, etc.

Deben sus propiedades a la cunicina, la cicutina o conina, principio activo muy volátil, que tiene una acción tóxica enérgica: este principio reside principalmente en los frutos de la cicuta.

He aquí cómo actúa el veneno. Si se ingiere en el estómago el jugo de esta planta, la sangre afluye a los pulmones y provoca una congestión mortal. Si, por el contrario, se introduce el mismo

jugo en la sangre, mediante una incisión, el sistema nervioso se encuentra muy vivamente sobreexcitado, síguense espasmos musculares, espasmos de tal violencia, que provocan la muerte.

La cicuta virosa (Cicuta virosa, L.) pertenece también a la familia de las umbelíferas; es extremadamente peligrosa; mientras que el jugo de esta cicuta es amarillo, el de la gran cicuta es blanco.

En su juventud, estas plantas proporcionan medicamentos llamados sedantes, soporíferos, narcóticos, que actúan sobre los centros nerviosos y sus conductores (cerebro, médula espinal, nervios, etc.); actúan de tal modo que disminuyen e incluso llegan a aniquilar por completo las funciones nerviosas.

Evidentemente no todos los narcóticos ejercen una acción idéntica sobre nuestra sensibilidad, sobre nuestra motilidad, sobre nuestra inteligencia, en una palabra, sobre nuestro Astral; pero todos tienen la propiedad de calmar más o menos los dolores provenientes de nuestros centros nerviosos, y por eso se denominan estos medicamentos y las plantas que entran en su composición: sedantes, sedativas. Solo que los mismos medicamentos, tomados a dosis altas, traen consigo

LAS PLANTAS NARCÓTICAS Y SEDATIVAS C)I

graves desórdenes: pesadez o embotamiento de la cabeza, oscurecimiento de la vista, debilitamiento de las fuerzas musculares, pérdida de la memoria, etc.

II. — El acónito (Aconitum Napellus, L.) habita ordinariamente en las praderas húmedas y turbosas; las regiones que prefiere son los Alpes, el Jura, los Pirineos, los Vosgos; pero también se cultiva en los jardines, como planta de ornamento; se la denomina entonces: casco, capuchón, pistola, coqueluchón, etc.

Su epíteto de Napellus, Napel, le viene de la forma de su raíz, que es un pequeño nabo; es esta raíz la que es venenosa. La planta fresca se considera saludable contra la angina, la gripe, el reumatismo, a la dosis de 2 a 20 centigramos en polvo. Este polvo se obtiene machacando los tallos y las hojas.

III. — La belladona (Atropa Belladona) debe su nombre al uso que de ella hacían las damas italianas en el siglo XVI, para mantener la blancura y el brillo de su tez, por medio del agua destilada proveniente de esta planta. Se la denomina también Grande-Morelle, Guigne des Dames, Permenton, etc.

El fruto de la belladona es una baya globulosa del tamaño de una cereza; el fruto tiene buen sabor, es lustroso en su madurez, pero es un violento narcótico.

En medicina, se emplea la hoja desecada para fabricar cigarrillos, que aportan alivios a las sofocaciones que experimentan los tísicos y los asmáticos; por lo demás, según sus diversas preparaciones, la belladona se emplea útilmente contra las neuralgias faciales, las toses nerviosas, las convulsiones, el asma, la tos ferina, las constricciones espasmódicas y contra ciertas oftalmias.

IV. — La digital (Digitalis purpurea, L.) es una planta de porte elegante, cuya larga espiga de numerosas flores, de color purpurino con corola manchada interiormente, es conocida por nuestros lectores que han podido admirarla en nuestros jardines. Esta planta lleva un gran número de nombres vulgares; en efecto, se la llama: Gantelée y Gantelet, Doigtier, Guantes de Nuestra Señora, Pétrole y Ga?idio.

El principio activo de la digital se llama digitalina; tiene la propiedad de retardar la circulación de la sangre, y ello hasta tal punto que el pulso se detiene por completo. Es esta propiedad la que

ha hecho emplear la digital contra las palpitaciones cardíacas y contra el aneurisma.

La digitalina, que es un veneno narcótico- acre, tomada a dosis alta, irrita el estómago, causa vértigos y náuseas, trastornos de la vista y pronto provoca el delirio y finalmente la muerte.

El famoso doctor La Pommerais ha dado a esta planta una triste celebridad.

La terapéutica la utiliza principalmente como contraestimulante, como sedante, en la tisis, los catarros, la locura, la tos ferina, la epilepsia, las enfermedades del corazón, sobre todo cuando las contracciones ventriculares son muy enérgicas; en fin, es un diurético excelente en las hidropesías, la hipertrofia del corazón y en los derrames serosos.

V. — El beleño (Hyposcyanus niger, L.) es un narcótico por excelencia, y por ello mismo un veneno temible. La planta, cuando se respira demasiado tiempo, produce estupor, temblores convulsivos y provoca un adormecimiento letárgico que determina el delirio y la muerte.

Originaria de Oriente, se pretende que esta planta fue importada a Europa en la Edad Media

por bohemios, rumanos, que la utilizaban para sus sortilegios.

Trabajadores agrícolas, que se duermen a veces en las cercanías de los lugares ocupados por esta planta, han sufrido las mismas influencias fatales que las personas que se duermen en las cercanías de los campos de cáñamo. Se pretende incluso que campesinos que habían comido hojas o raíces de beleño habrían sido pronto presa de un delirio furioso; tenían la mirada extraviada y la respiración muy dificultosa; una reacción sucedía a este estado y provocaba entonces la parálisis de los miembros inferiores, tal como a las personas que han absorbido cicuta.

Por lo demás, esta planta, de la familia de las solanáceas, esparce a su alrededor un fuerte olor viroso muy desagradable, que la hace reconocer; en cuanto a su sabor, es muy nauseabundo.

Hay variedades bastante numerosas de beleño: el beleño negro (H. Niger) denominado beleño Potelée o de Hannebane (del inglés hen-bane, mata-gallina), de Careillade, hierba de los sabañones, hierba de los muertos, hierba apollinaris.

Una variedad de flores blancas (H. albus), otra denominada H. Datura cuyas

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semillas se tuestan y luego se hacen infusionar como el café y que procura a los orientales, principalmente a los árabes, una bebida que acelera la circulación de la sangre y que ayuda así a la digestión; esta bebida exalta las facultades psíquicas y estimula igualmente todos los órganos: los egipcios emplean mucho este género de café, que tiene las mismas propiedades que el Kif, del que también hacen uso (i).

He aquí lo que leemos en Plinio acerca del beleño (2): «Se debe a Hércules la planta que se llama Apollinaire entre los árabes; es el altercum o altercangenon (3), entre los griegos hyposcyanos (beleño); existen diversas especies: el reticulatus tiene la semilla negra, la flor casi purpúrea y es espinoso; la especie vulgar, otra, una tercera (aureus) es semejante a la del Irion.

Una cuarta especie es blanda, lanuginosa, más crasa que las otras, y crece en los lugares marítimos. Esta planta tiene, como el vino, la pro-

(0) El kif es un término árabe que sirve para designar una mezcla de hojas y flores de cáñamo macho indio o egipcio que se fuma en pequeñas pipas de tierra

(2) Plinio, Hist. Nat., XXV.

(3) Estos dos términos son dados por Grovonius y las ediciones de Plinio, antes de Hardouin.

piedad de subir a la cabeza y de turbar el espíritu.

Se emplea la semilla en natura, o bien aún se extrae de ella un aceite que es emoliente, pero contrario a los nervios; tomada en bebida, turba el cerebro.

VI. — El Datura stramonium de Linneo o estramonio es conocido con el nombre de Manzana espinosa, Manzanita, Manzana del Diablo, porque su fruto está encerrado en una cápsula espinosa, como la castaña de Indias; se denomina aún el Datura Hierba del diablo, Hierba de los brujos, Hierba del topo, Trompeta del juicio, etc.

El Datura, originario de las Indias, era utilizado por las cortesanas de baja estofa de la Antigüedad para sumir a sus amantes de una noche en un sueño letárgico que les permitía desvalijarlos. Les servían de beber un excelente licor en el que habían hecho infusionar polvo hecho con semillas de Datura.

Bandidos conocidos con el nombre de Endormeurs, continuando la tradición de las cortesanas, empleaban el estramonio para desvalijar a los viajeros y violar a las mujeres. Para lograr su objetivo, les hacían absorber una infusión de esta planta en cualquier brebaje,

o bien aún ofrecían a los viajeros tabaco que contenía polvo de Datura.

VII. — El opio no es sino el jugo espesado de la adormidera blanca (Papaver somniferum album, L.). Esta planta crece en Oriente, en la India y en varias otras comarcas de Asia, así como bajo nuestro clima europeo. Pero solo se la cultiva en grande en Asia, a fin de preparar el opio, que se consume en el lugar, en la India, en el Japón, en China y en Ceilán.

Europa, que no lo emplea como estupefaciente, solo lo utiliza en terapéutica; el comercio vende tres variedades principales: el opio de Constantinopla, el de Egipto y el de Esmirna.

El opio de Constantinopla se vende bajo dos formas principales: ya en panes voluminosos, ya en pequeños panes de 5 a 6 centímetros de anchura, de forma orbicular, ligeramente aplanada; están entonces envueltos en hojas de adormidera.

El opio de Egipto se presenta en panes regulares, igualmente de forma orbicular y aplanada, pero más anchos que los panes de Constantinopla; miden 7 a 8 centímetros de anchura.

En fin, el opio de Esmirna, el más estimado, a causa de sus principios más activos, se presenta

en masa de diferentes grosores, de formas irregulares generalmente aplanadas; estos panes están recubiertos de semillas de rumex.

Extracción del Opio

He aquí cómo se procede para extraer el opio de la adormidera. Cuando las cabezas de esta planta están maduras, a punto de pasar al rubio rojizo, se practican en su parte inferior pequeñas incisiones que dejan fluir un jugo blanco, lechoso, bastante espeso, de sabor amargo y viroso, que se colorea en tonos cada vez más oscuros, a consecuencia de su contacto más o menos prolongado con el aire. Este jugo se espesa también cada vez más, y, al cabo de doce a catorce horas, está completamente solidificado. Se retira entonces esta cosecha, y se procede a nuevas incisiones poco profundas que se recogen doce a catorce horas después. Se reúne esta recolección a la primera. Estas dos cosechas proporcionan el opio de la mejor calidad.

Pero queda todavía en la planta materia utilizable; se la extrae cortando los tallos y las cabezas, que se machacan para retirarles el jugo, que, puesto aparte, será utilizado como vamos a ver.

Se hace infusionar el marc en poca agua para obtener una decocción, que se evapora al baño maría: cuando esta decocción ha disminuido en dos tercios de su volumen primitivo, se introduce en ella el jugo obtenido por la expresión de los tallos y de las cabezas de adormideras machacadas; se hace entonces evaporar de nuevo hasta que el líquido haya llegado a una consistencia siruposa, se incorpora en él una cierta cantidad del primer extracto obtenido por incisión, a fin de comunicar al producto el olor viroso que caracteriza al opio de buena calidad. Se fabrican en fin con este extracto pequeños panes, que se espolvorean con polvo hecho de adormideras machacadas o proveniente de semillas de rumex.

La desecación definitiva de estos panes se opera por su exposición a los rayos solares.

El Opio en Plinio

Después de lo que precede, nos ha parecido curioso e interesante a la vez acercar a nuestro estudio lo que el célebre naturalista romano dice de la adormidera y del opio en el Libro XX de su Historia natural; he aquí lo que escribió:

«Hemos dicho que hay tres especies de adormideras

cultivados, y hemos prometido hablar de las especies silvestres. Para las adormideras cultivadas, se machaca el cáliz de la adormidera blanca, y se toma en vino como soporífero. Las semillas curan la elefantiasis. La adormidera negra (Papaver nigra) es un poderoso soporífero, por el jugo que proporciona la incisión del tallo, en el momento en que la planta muestra sus primeras flores, al menos según Diágoras. Iolas, por el contrario, nos dice que, cuando la flor ha pasado, con buen tiempo a la tercera hora (i), es decir, cuando ya no hay rocío sobre la adormidera, hay que practicar incisiones por encima de la cabeza y del cáliz.

«Es, por lo demás, la única variedad que se incide en la cabeza. Este jugo, como el de toda planta, se recibe sobre lana, o, si solo hay una escasa cantidad, uno se contenta con rasparlo con la uña del pulgar, como se hace con las lechugas.

Es al día siguiente cuando se recoge la parte del jugo secada. Obtenido en gran cantidad, este jugo se espesa; se le amasa entonces en forma de pequeñas tortas, que se hacen secar a la sombra. Tiene en ese momento, no solo una fuerza soporífera, sino además, si se toma a dosis alta,

(i) Es decir, tres horas después de la salida del sol.

puede provocar la muerte durante el sueño.

Así murió en España, en Bavilum, el padre del personaje pretoriano Publio Licinio Cecina: se suicidó, no pudiendo soportar la vida que una enfermedad le había hecho odiosa.

Bien otras personas se han dado muerte de la misma manera. Es por este motivo por lo que el opio ha sido muy discutido. Diágoras y Erasístrato lo condenaron completamente, prohibiendo incluso instilarlo por ser un veneno mortal y, además, porque dañaba la vista.

Andrés añadió que no causaba una ceguera inmediata, porque, en Alejandría, estaba sofisticado. Pero más tarde, se condenó su uso en una preparación célebre llamada Diacode (de otoc de, y x« Siwv adormideras).

«Con la semilla machacada, se hacen también pastillas, que se toman en leche, como soporíferas. Con aceite rosado, se utiliza el opio contra los dolores de cabeza; se inyecta de este mismo aceite en el oído para calmar sus dolores. Con leche de mujer, se aplica el opio sobre las partes del cuerpo afectadas de gota; las hojas de la adormidera se utilizan con el mismo fin.

«Por mi parte, no apruebo la adición del opio a los colirios, apruebo aún menos las preparaciones denominadas lexipiréticas (febrífugas) así como otras preparaciones llamadas digestivas y celíacas. Sin embargo se da la adormidera negra infusionada en vino contra las afecciones celíacas. Todas las adormideras cultivadas son más grandes y tienen la cabeza redonda. La adormidera silvestre la tiene larga, pequeña y dotada de propiedades más activas. Se la hace hervir, y se bebe su decocción contra el insomnio: con esta agua, se hace gárgaras en la boca. La mejor adormidera viene en los lugares secos, y allí donde rara vez llueve.

Si se hacen hervir las cabezas y las hojas, el producto de esta decocción se llama Meconio; esta composición es más débil que el opio.

El primer carácter por el que se reconoce la bondad del opio es el olor; no se podría resistir al del opio puro. El segundo carácter es que, encendido a una lámpara, da una llama brillante y que, después de haber sido apagado, esparce olor, lo que no ocurre en el opio falsificado, que también se enciende con más dificultad y se apaga por sí mismo luego muy a menudo.

«La prueba por el agua sirve también para reconocer el opio puro: sobrenada; falsificado, se reúne en grumos. Pero, lo que es asombroso, es que el sol estival proporciona también un carácter: el opio puro suda y se funde bajo la acción de este sol, y vuelve a hacerse líquido como el jugo primitivo. Mnésides piensa que el mejor medio de conservar el opio es mezclarlo con semilla de beleño; otras personas recomiendan ponerlo con habas.»

Plinio pasa luego revista a otras adormideras y describe sus propiedades; estas adormideras son en gran número, y sus propiedades siempre calmantes.

Por la cita que precede, se ve que en suma Plinio conocía el opio, su preparación y sus propiedades tan bien como nuestros sabios modernos.

Los Efectos del Opio

El opio, y la morfina, que de él deriva, y de la que hablaremos pronto, tienen sobre nuestro organismo la misma acción que el hachís, pero con menos intensidad, sin embargo. He aquí, según el Dr. Zambaco (i), datos preciosos sobre el

(i) Memoria comunicada al Congreso médico de Atenas, el 18 de abril de 1882.

«asunto que nos ocupa: «Varios de mis clientes musulmanes habían contraído desde hacía tiempo la costumbre de tomar cada día una dosis de opio bruto, progresivamente creciente, en forma pilar. Es esta, en efecto, la preparación a la que los musulmanes de Turquía se dirigen de preferencia y casi exclusivamente. Las gentes que pertenecen a la clase elevada de la sociedad hacen en grueso su provisión anual, que reciben directamente de Kara-Hissar, cerca de Esmirna, cuyo opio es ciertamente uno de los más ricos que se encuentran en el comercio. Estos teriáquis (i) ponen el mayor cuidado, diré incluso que experimentan el mayor placer en preparar ellos mismos, cada dos o tres días, para que no se endurezcan en exceso, sus píldoras, cuya confección no consentirían confiar a nadie.

«A este efecto, asocian al opio algunas sustancias aromáticas, tales como el ámbar gris, la canela y el azafrán. La adición de estas sustancias aromáticas tiene por razón esencial su acción afrodisíaca. Pues los orientales tienen

(i) Se escribe igualmente Theriakis.

recurso por tradición, a veces incluso de una manera regular, a los estimulantes de las funciones genésicas. Las pequeñas cajas a veces ricas y bonitas, especie de bomboneras, destinadas a contener estas píldoras doblemente preciosas no abandonan jamás a estos teriáquis que se tragan, según su grado de opiofagia, dos y tres veces al día, un número más o menos considerable.

«Cada una de ellas contiene una cantidad más o menos grande de un opio muy activo. Así he visto personas pertenecientes sobre todo a la clase de los ulemas, es decir, de los eruditos en teología o miembros del clero, que toman regularmente cada día de 1 a 3 gramos de opio. ¡Un anciano de ochenta y cinco años, al que encontraba a menudo en casa del príncipe Mustafá Fazil, había alcanzado la espantosa dosis de 9 y 10 dracmas por semana! Es evidente que el opio empleado sobre todo a dosis tan elevadas, produce una anorexia completa y un estreñimiento obstinado.»

He aquí algunas recetas opiáceas muy en uso, están extraídas de diversas farmacopeas.

Farmacopea de Edimburgo Elixir paregórico.


Teinture de opio anisada, tintura de opio amoniacal:

Opio, 8; azafrán, 12; ácido benzoico, 12; aceite volátil de anís, 2; amoniaco líquido, 1 5o; alcohol a 88°, 1 5o.

Después de ocho días de maceración, fíltrese.

Farmacopea de los Estados Unidos o de Nueva York

Opio, 3,88; alcanfor, 2,58; ácido benzoico, 388; esencia de anís, 3; miel, 62; alcohol diluido, 946.

Este elixir se emplea contra la histeria y las enfermedades convulsivas: 2 a 8 gramos en una poción; o contra la migraña, se utiliza en fricciones.

Es la preparación opiácea más usada entre los ingleses.

Como se ve, los hijos de Albión no consumen el opio sino a pequeña dosis, pero llevan su consumo a lo grande entre los:

Chinos sus amigos.

Solo que en China y en la Malasia, no se come el opio, se fuma en tabaquerías especiales ante cuya puerta se encuentran los mercaderes de opios. Es sobre todo desde la llegada de los ingleses a la India cuando se hace un tráfico considerable de opio. Hace unos doscientos cincuenta años, solo los mandarines podían permitirse el muy gran lujo de fumar esta droga. Estaba incluso prohibido a sus administrados fumar el opio. Hoy la noble Inglaterra, que cultiva en sus posesiones indias cantidades enormes de opio, ha forzado a China mediante tratados draconianos a aceptar la entrada del opio inglés en su territorio y a pagarlo en lingotes de oro y de plata, pero ya no en mercancías, como antaño.

Podrá formarse una idea de la importancia del comercio inglés del opio cuando hayamos dicho que entran anualmente en China ochenta mil cajas que valen al menos 35o.ooo millones de francos; es decir, que los chinos se insurgen por derecho de guerra trescientos cincuenta millones de veneno; pero los grandes exportadores ingleses van todos los domingos a sus Churchs, con su familia; son negociantes del todo respetables y que no causarían ningún daño, ningún perjuicio a su prójimo.

Se ve por las cifras que preceden que los chinos son grandes aficionados al opio.

Los turcos no lo son menos, y no se contentan con comer opio, lo dan incluso a sus caballos, así como nos lo dice un viajero inglés:

«Venía, dice Burns, de viajar toda la noche con un jinete del país. Después de una marcha fatigosa de unas treinta millas, me vi obligado a aceptar la proposición que me hizo de detenernos algunos minutos. Empleó este tiempo en compartir con su caballo agotado una dosis de opio de dos gramos. Los efectos de esta dosis fueron pronto evidentes para ambos; el caballo terminó con facilidad una jornada de cuarenta millas, el jinete se volvió más activo y más animado.»

Para entregarse a su vicio favorito, a su pecado mimado, los Thériakis (así se llama en Turquía a los fumadores de opio), se reúnen, la gente del pueblo en tabernas especiales, la gente de la alta sociedad, en sus casas.

Landgiorgio nos describe uno de esos tugurios de opio; doce turcos, nos dice, estaban sentados en un diván; después de la cena, se sirvió el café, luego se tomó el opio. Pronto los efectos de esta

LAS PLANTAS NARCÓTICAS Y SEDANTES I Og

sustancia se declararon. Unos, entre los jóvenes, parecieron más vivos y más alegres que de costumbre: se pusieron a cantar y a reír.

Los otros se levantaron con furor de su canapé, sacaron su sable y se pusieron en guardia sin por ello golpear ni herir a nadie. Habiendo sobrevenido los soldados de policía, se dejaron desarmar, pero continuaron gritando. Otros en fin, más ancianos, cayeron en la estupidez y la somnolencia. Uno de ellos, septuagenario, que era embajador, permaneció insensible a los gritos y al choque de los sables; no se movió más que si hubiera sido de mármol; sus ojos estaban entreabiertos; veía, sentía, pero era incapaz de moverse.»

¡Y decir que para entrar en este estado hay que absorber tan poco humo!

He aquí cómo se procede:

El fumador se sienta en su diván; ante él tiene una pequeña mesa que sostiene una pipa con un hornillo muy pequeño, su caja de opio y una lámpara muy pequeña: un mozo de café pincha con una larga aguja caliente una pequeña bola de opio del tamaño de un guisante, la calienta a la llama de la lámpara, la malaxa, la amasa entre el pulgar y el índice; cuando la

resina está suficientemente reblandecida, la introduce en el hornillo de la pipa y, después de haberla encendido, la presenta al fumador, que no aspira más que algunas bocanadas, cinco o seis, y, después de haber absorbido dos o tres pipas a lo sumo, el Tériaki está en el estado de embriaguez que desea, que busca ávidamente. Se ve cuán estúpido es semejante acto, así contado en frío, y sin embargo los fumadores de opio, una vez que han contraído la costumbre, no pueden pasarse de su ración más que el borracho de su alcohol, el bebedor de ajenjo de su veneno y el morfinómano de su morfina, como vamos a verlo en el capítulo siguiente, pero después de haber dicho qué es la Theriaca.

De la Theriaca

Este término deriva de la palabra terriac, uno de los nombres del opio en Oriente, pues se llama Thériakis a los opiófagos o comedores de opio.

Estos comienzan generalmente por absorber theriaca antes de entregarse a su pasión por el opio. La theriaca es de uso frecuente en todo Oriente. Las madres mismas la utilizan para dormir a sus niños pequeños y

obtener la tranquilidad de los que son demasiado turbulentos.

Desde los primeros tiempos del imperio romano, se daba el nombre de theriaca a electuarios cuya receta nos ha conservado Plinio, por ejemplo el que el rey Antíoco usaba contra el veneno de los animales. Por lo demás, la fórmula de este estaba grabada en versos sobre una tabla de piedra depositada en el templo de Esculapio en Cos, isla de la Turquía de Asia (i).

He aquí otras informaciones proporcionadas por el mismo naturalista: «Se da el nombre de theriaca, dice, a una composición que el lujo ha imaginado; se la prepara con sustancias extranjeras. El antídoto de Mitridates está hecho con cincuenta y cuatro ingredientes de los cuales ninguno está a la misma dosis.»

Había numerosas variedades de theriacas, pero la más empleada de todas ha sido siempre la de Andrómaco, que comprende según la Farmacopea de Lémery sesenta y seis sustancias y, entre ellas, los trociscos de hedícoron, que ellos mismos no contienen menos de dieciocho

sustancias divididas por el código en doce

(i) Cf. Plinio, Historia natural, XX, 100.

secciones particulares, que pueden referirse a cinco divisiones principales, a saber: astringentes, tónicas, excitantes, narcóticas y amiláceas o azucaradas (sustancias alimenticias).

He aquí la enumeración de las diversas sustancias que entran en la theriaca: trociscos de escila, de víboras y de hedícoron; pimienta larga, opio, iris de Florencia, rosas rojas de Provins; jugo de regaliz, semilla de banias; scordium, opobálsamo, canela, agarico, espicanardo, dictamo de Creta; raíz de cincoenrama, de jengibre, de costo, de rapóntico, marrubio blanco, stœchos arábigo, junco odorante, semilla de perejil, de macedonia, calamento de montaña, casia o cassia odorante, azafrán, pimienta blanca, pimienta negra, mirra de los Trogloditas, olíbano, trementina de Quío; amomo en racimos, raíz de genciana, de ácoro verdadero, de meum atamántico, de valeriana, de nardo céltico, chamœpilis, sumidades de hipericón, semillas de ammi, de thalaspic, de anís, de hinojo, de seseli, de cardamomo pequeño, de hoja índica (malabathrum), sumidades de poleo de montaña, chamœdrys, carpobálsamo, jugos de hypocristia, de acacia verdadera, goma arábiga, estoraque, calamita, tierra de Lemnos, chalcitis verdadera, sagapeno; raíz de aristoloquia pequeña, sumidades de centaura menor, semilla de dauco de Creta, opopónaco, betún de Judea, gálbano, castóreo, miel y vino de muy buena calidad.

He ahí una composición compleja, y que supera ciertamente la fórmula del té de la madre Gibou. La theriaca de Andrómaco era la de los ricos, mientras que la theriaca de los pobres o diatessaron no estaba compuesta apenas más que de cuatro sustancias incorporadas con el extracto de enebro en miel. Había un gran número de theriacas, acabamos de decir; en efecto, en cierta época era una panacea universal; pero digamos que en todas las fórmulas modernas entra en las theriacas el opio, lo que las hace calmantes o astringentes a débil dosis, 2 a 4 gramos a lo sumo, mientras que son violentos venenos si se absorben las theriacas de base opiácea a la dosis de 20 o 3o gramos (1).

(1) Aquellos de nuestros lectores que quisieran estudiar la Theriaca podrían consultar:

J. Camerarius, De Theriacis et Mithridatis commentariolus, in-8º. Núremberg, 1534. — C. Bagard, Discours sur l'histoire de la thériaque, avec le poème d'Andromaque sur la thériaque, in-4º. Nancy, 1725.

Antaño se concedía una grandísima importancia a la theriaca; se la utilizaba hasta el abuso. La Escuela de medicina de Montpellier ordenaba indistintamente un bolo todas las noches a los enfermos del hospital. — No había una casa algo acomodada que no poseyera en ella theriaca, como tenemos hoy té; era un objeto de primera necesidad.

Actualmente apenas se la emplea ya; si su uso se ha ido abandonando poco a poco, es porque se ha reconocido que debía su eficacia solo al opio; por eso se lo da directamente. Contiene en efecto 5 centigramos por 4 gramos.

En la antigüedad se la consideraba sobre todo como antídoto; neutralizaba, se dice, los venenos, tales como la sangre de toro, el veneno de las salamandras, etc.

Sumario. — La Morfina. — El descubrimiento. — Inyecciones morfínicas. — Médicos y morfina. — Morfinómanos o Morfeómanos. — Dos casos de Morfinismo o de Morfeísmo. — El Mitridatismo. — Dificultad de curarse de esta pasión. — Solo la hipnosis es eficaz. — Otras perversiones humanas: Éter, cloral, etc.

La Morfina es un alcaloide que fue simultáneamente descubierto en Francia por Séguin y en Alemania por Sertuerner.

Esta sustancia, estudiada por un gran número de sabios, se presenta en estado de pureza perfecta en prismas rectangulares blancos transparentes, a veces incluso translúcidos. Esta sal es insípida e inodora, pero sus diversas soluciones tienen un sabor amargo bastante pronunciado. Se utiliza esta sal en medicina con el nombre de acetato de morfina; posee bajo esta forma todas las propiedades del opio, sin tener sus inconvenientes.

Los morfinómanos consumen la sal de morfina por inyecciones subdérmicas (subcutáneas) con ayuda de una aguja o pequeña jeringa especial.

Desde hace más de veinte años, el empleo abusivo de las inyecciones subcutáneas de morfina ha producido los resultados más funestos, y debemos confesar que los médicos no están a salvo de todo reproche en la propaganda de un vicio que no tememos calificar de verdadero azote; es más, en la estadística de los morfinómanos se cuenta un gran número de médicos.

Aunque el peligro del morfinismo (i) parezca a primera vista poco creíble, el lector se verá bien obligado a admitirlo como una verdad estricta cuando hayamos dicho que el dolor es el elemento que domina en un gran número de afecciones; se comprende desde entonces que enfermos y médicos, no sabiendo cómo combatir vivos dolores, se alegren de suprimirlos, tanto más cuanto que el dolor es un fac-

(i) Digamos de una vez por todas que empleamos este término así como morfinomanía porque son vulgarmente usados, aunque contrarios a la etimología griega de la palabra, que es morpheus; habría pues que decir morfeomanía, morfeísmo, morfeómano.

tor muy funesto en patología. Hay pues que proceder a su supresión, y para ello basta una sola inyección morfinada; en algunos segundos, algunos minutos a lo sumo, los dolores más vivos quedan adormecidos, si no totalmente suprimidos, y se da así a los enfermos la calma de un bienestar profundo.

También el enfermo, cuyos dolores han desaparecido como por encanto a consecuencia de una simple picadura, la reitera con demasiada frecuencia; esta benéfica picadura no sólo es indolora, sino que además es calmante hasta tal punto, que el enfermo e incluso el sano acaban por contraer la funesta costumbre de pincharse a propósito de todo y a cada momento, para calmar primero su dolor y más tarde para procurarse un simple goce, pues tal es la fuerza de la costumbre, que una vez que se ha probado las sustancias psíquicas, ya no se sabe pasar sin ellas.

Los enfermos son, por decirlo así, alentados por los médicos en esta vía funesta; éstos son sus verdaderos iniciadores en morfinismo, puesto que a menudo ponen a su disposición una cantidad de morfina que permite a los enfermos pincharse sin su concurso. Éstos

se practican picaduras dos, tres y cuatro veces al día, y la acción de esta picadura es para ellos tan indispensable que, cuando llega la hora de practicarla, el enfermo no puede esperar una hora, media hora, un cuarto de hora; necesita al instante su picadura; se convierte entonces en un morfinómano. De suerte que, de una cosa excelente, la pasión del hombre hace un veneno peligroso. Diremos sin embargo que sería preciso estar bien loco para no utilizar la morfina, so pretexto de que se podría acabar por abusar de ella. Hay que saber detenerse a tiempo, y por lo demás la larga costumbre de las inyecciones demasiado repetidas acaba por volver insensible al enfermo; su sensación se embota cada vez más, y, para beneficiarse del uso, el enfermo se ve obligado a aumentar cada día la dosis. Dos medios tiene entonces a su disposición para elevar progresivamente esta dosis: la solución cada vez más concentrada y la frecuencia de las inyecciones,

El mal ha cedido, el mal está vencido, pero la pasión permanece, porque los enfermos se han acostumbrado de tal modo a las inyecciones, que ya no sabrían pasar sin ellas. Las picaduras les son tan necesarias como el aire respirable.

No se nace morfinómano, se llega a serlo

DE LA MORFINA Y DE LA MORFEOMANÍA

insensiblemente, casi sin sospecharlo, como se llega a ser borracho. ¿Y cómo? La respuesta es simple.

He aquí, en efecto, lo que dice un práctico distinguido:

«Interrogad a los morfinómanos, dice Notta (i), y preguntadles cómo han contraído esta funesta costumbre. Ocho veces de cada diez, la respuesta es la misma, es ésta: tenían una neuralgia rebelde, una enfermedad cualquiera..., cuyos dolores sólo se calmaban con una inyección de morfina. Al principio los médicos la hacían, después han continuado ellos mismos. Ahora ya no pueden pasar sin sus inyecciones; son morfinómanos.»

Es decir, verdaderos desequilibrados, pues sin su picadura el morfinómano vaga como un alma en pena; no puede hacer nada, no puede ni beber, ni comer, ni dormir.

Ciertos morfinómanos absorben hasta 6 ó 7 centigramos de morfina, ciertos doctores incluso pretenden mucho más.

Cuando el hombre ha llegado a este grado de agudeza en la pasión, está absolutamente perdido.

Hemos conocido en el Hôtel de Ville de París,

(i) Archives de méd., p. 395, año 1884, y en la Union médicale, 1884.

cuando éramos dibujante adscrito a la dirección de las obras de arquitectura de Bellas Artes y de fiestas, hemos conocido, decimos, a un empleado, el señor X., que tenía una enfermedad de intestinos. Para aportar algún alivio a sus dolores, su médico le prescribió algunas inyecciones de morfina. El enfermo se hacía él mismo sus picaduras, y así contrajo la funesta costumbre de pincharse a cada momento. Había llegado a hacerse hasta 28 ó 30 picaduras al día, cada una de 10 centigramos de clorhidrato de morfina, en total 3 gramos. Ahora bien, 10 centigramos constituyen una dosis tóxica; pero, como la acostumbramiento a este veneno se hace bastante rápido, el mitridatismo se establece pronto, y los efectos del veneno se atenúan hasta tal punto que desaparecen. Mientras que un hombre que absorbiera de golpe 10 centigramos moriría en el acto, el pobre empleado gastaba cerca de 3.000 francos al año para satisfacer su pasión, y apenas ganaba 1.800 a 2.000 francos.

Esta cifra de consumo, que puede parecer enorme, es sin embargo exacta; cada cual podrá verificarlo cuando hayamos dicho que el precio de la morfina es de unos 2 francos por la solución de 1 gramo.

Una señora que hemos conocido en Niza, la señora V., se había pinchado tanto el brazo izquierdo de morfina, que las picaduras se confundían entre sí. Habían dado lugar a flemones, luego a abscesos que habían dejado tras de sí cicatrices espantosas; estas cicatrices habían sobrevenido a consecuencia de úlceras repugnantes y de un olor infecto. A las cicatrices se mezclaban

indturaciones, como avellanas; en cuanto a la piel de este brazo, que habíamos visto tan hermoso algunos años antes, esta piel recordaba la de un reptil, de un inmundo sapo.

En fin, un día el brazo se secó hasta tal punto, que se hubiera dicho un brazo de momia: nada más que la piel sobre el hueso.

Esta señora, abandonada por todos los médicos y no pudiendo pasar sin su veneno favorito, no pudo ser curada sino por el hipnotismo. Un fuerte magnetizador amigo nuestro le sugirió sin que ella lo supiera (la había dormido) que detestara la picadura de morfina, que le haría mucho mal.

Es lo que ocurrió. Pero los primeros días de esta operación, había que ver a la pobre enferma.

Se levantaba de su sillón para ir a su botella; caminaba, tropezaba; tenía los ojos extraviados, luego del todo vagos, caía

en una especie de torpor, de embotamiento; permanecía allí bajo nuestros ojos embrutecida horas enteras.

Quienes hubieran visto a esta pobre criatura en tal estado ciertamente nunca habrían sido tentados, no digo ya de abusar, sino de usar siquiera la morfina.

Esta persona, al cabo de quince días, estaba casi curada de su funesta pasión; pero ¡cuántos en su lugar habrían sucumbido!

Es un caso muy raro, pensamos, la curación de una morfinómana llegada a tal grado de perversión.

No insistiremos más sobre la morfinomanía; lo que precede bastará, pensamos, para disgustar de ella a aquellos de nuestros lectores que se sintieran tentados de abusar de este peligroso veneno, y pasaremos inmediatamente al estudio de otras perversiones humanas.

Otra manía que desde hace veinticinco a treinta años ha hecho muy grandes progresos en Francia es la de absorber éter; es sobre todo la mujer la que ha contraído esta funesta pasión.

El éter, en efecto, tiene la propiedad de aliviar el enervamiento femenino y da a la más bella mitad del género humano una embriaguez llena de encanto,

embriaguez de poca duración, que no es penosa de soportar, que presenta por el contrario alicientes muy apreciados del sexo débil y que es lícito gustar varias veces al día.

El pueblo irlandés, embrutecido por la miseria negra, ahoga sus penas y sus cuidados en el éter.

Esta embriaguez no es mala como la del alcohol; no cuesta mucho dinero y, como se disipa bastante rápido, como acabamos de decir, el irlandés y sobre todo la irlandesa prefieren el éter a la ginebra y reiteran a menudo su pecado favorito, a veces hasta quince veces al día.

Sin embargo, este ejercicio a la larga no deja de presentar peligros; así, bajo la impregnación permanente del éter, nuestros tejidos se vuelven adiposos; puede comprobarse en los músculos, el corazón, etc. Ciertos órganos se vuelven así impropios para la acción, para su función, en una palabra, para el movimiento necesario a la vida, y el eterizado no tarda en sucumbir, en perecer de una manera miserable.

Muchas personas también han usado y abusado del cloral; sin embargo debemos reconocer que la cloromanía no es tan frecuente como

las otras pasiones antedichas, porque el cloral está lejos de dar los mismos goces deleitosos del hachís, de la morfina y del éter.

Otras personas han ensayado la cocaína y la antipirina; esta última sustancia tiene la propiedad de suprimir la jaqueca, pero excita hasta tal punto ciertas naturalezas que a menudo determina la fiebre en las personas que han abusado de ella.

En fin, muchas personas han abusado igualmente del café y sobre todo de la cafeína.

«La acción psíquica del café, dice Papus (i), parece en resumen recaer sobre todo en la sensibilidad. Así, el café constituye, en manos del estudiante de Magia, el medio de desarrollar a voluntad la receptividad artística de un individuo.

En efecto, se comprueba que la facultad de ser impresionado por el arte depende generalmente del estado nervioso del individuo, y sabemos por otra parte que el café permite desarrollar e incluso exagerar este estado nervioso.»

Los efectos del café sobre la economía se hacen sentir tanto mejor cuanto menos

(i) Traité élémentaire de magie pratique, 1 vol. in-8 jesús. París, 1893, p. 136.

tiempo transcurre entre su tostado y su preparación.

Sus efectos son numerosos. Independientemente de su acción excitante sobre el sistema nervioso, se sabe que el café aumenta la secreción urinaria; es esta propiedad la que lo ha hecho clasificar entre las sustancias hipostenizantes; es por ello que se puede oponer con éxito a las congestiones cerebrales determinadas por el opio, así como a los accidentes producidos por la embriaguez; en fin, el café es eminentemente útil en los envenenamientos por el beleño, el estramonio (Datura stramonium), la belladona, las setas y en la asfixia por el ácido carbónico.

Muchos médicos administran el café verde (es decir, no tostado) contra las fiebres intermitentes; y, mientras que ciertos doctores (Hahneman entre otros) consideran el café como un veneno verdadero, otros, y es el mayor número, encuentran que el café caliente tomado después de la comida facilita la digestión, que es un estimulante enérgico, que posee en una palabra todas las ventajas de los licores espirituosos sin tener sin embargo los inconvenientes, pues el café no produce la embriaguez ni los accidentes que acompañan o siguen a ésta. El café determina en el estómago un sentimiento de verdadero bienestar; estimula no sólo toda la economía animal, sino también las facultades morales e intelectuales, las facultades psíquicas; por tanto, por todos estos títulos, debe recomendarse a los trabajadores intelectuales.

Voltaire, Balzac, Gérard de Nerval, etc., cantidad de escritores, eran grandes consumidores de café.

Nuestros lectores conocen también sin duda la receta dada por H. de Balzac para obtener del café el máximo de su acción excitante.

Digamos, al terminar este capítulo, que el té actúa más insidiosamente que el café y que la excitación que proporciona al cerebro ocupa el término medio entre la del alcohol y la del café.

Sumario. — Papel de las hierbas mágicas en la Antigüedad. — Su empleo. — Pitias y brujas de la Edad Media. — Correspondencias planetarias. — Cita de Plinio. — I. La verbena. El druidismo. La hierba de pichón. Diversas especies de verbena. Los galos. Los magos. Elysiaur's hudal. La hierba sagrada. Sus propiedades. El muérdago del roble. — II. La celidonia. — III. La centaura. Diversas especies de centauras. — IV. La mandrágora. — V. El eléboro. El blanco y el negro. — VI. El heliotropo. — VII. La ortiga. — VIII. La pervinca. — IX. El lirio. — X. El henna.

Las hierbas mágicas han desempeñado un gran papel en la Antigüedad; se las utilizaba en las grutas y en las cavernas para rendir oráculos; los magos, los brujos, los sacerdotes, las empleaban igualmente. Los adivinos y las pitias hacían uso de ellas, lo mismo que las brujas de la Edad Media.

En la Antigüedad, las diversas partes de la planta correspondían a planetas diversos; así la raíz estaba en correspondencia con

Saturno, el tallo herbáceo o leñoso con Marte, las hojas con la Luna, las flores con Venus, la corteza y las semillas con Mercurio, y el fruto con Júpiter.

Acerca de estas hierbas, he aquí lo que nos dice Plinio (1): «Habiendo tratado de las hierbas maravillosas, soy llevado a hablar también de las hierbas mágicas. ¿Dónde encontrar en efecto hierbas más maravillosas?

«Los primeros que, después de los Magos, las celebraron en nuestra Europa son Pitágoras y Demócrito. Según el primero, la Cof'acesia (2) y la Callicia congelan el agua. No encuentro ningún otro autor que haga mención de estas plantas.»

No se debían coger las hierbas mágicas sino del vigésimo tercero al vigésimo noveno día de la Luna; muy numerosas, no mencionaremos o describiremos aquí sino las principales; son: la verbena, el heliotropo, el beleño, el nepte, la ortiga, la vara de pastor, la celidonia, la pervinca, la lengua de perro, el lirio, el muérdago del roble, tan reverenciado por los Druidas, la centaura, la salvia, la melisa, la mandrágora, la serpentina.

(1) Hist. nat. XXIV, 99. 1; Ed. Nisard.

(2) Ignoramos cuáles son esas plantas denominadas por Plinio Coracesia y Callicia.

Se trata largamente de casi todas estas plantas en la Historia Natural de Plinio, como vamos a ver.

I. — La verbena, la planta cara a los druidas y a las druidesas, desempeñaba un gran papel en la Antigüedad, notablemente en los ritos sagrados del druidismo, así como entre los Romanos; he aquí lo que Plinio nos dice acerca de esta planta (1):

«Pero ninguna planta tiene entre los Romanos más renombre que la hierba santa (Hiérabo-ta ne).

«Algunos la llaman hierba de paloma (péristéros); los latinos verbena (verbena). Es la hierba que llevaban en sus manos los embajadores enviados al enemigo. Es con ella con la que se barre la mesa de Júpiter, con la que se hacen las expiaciones y las purificaciones para las casas.

Hay dos especies: una muy frondosa, que se cree que es la hembra (Verbena supina); la otra, la verbena macho (Verbena officinalis) de hojas más ralas. Ambas tienen ramas numerosas, delgadas, de sección angulosa; tienen un codo de longitud.

Las hojas son más pequeñas que las del

(1) Plinio, Hist. nat., XXV, lix.

roble, más estrechas y más profundamente divididas. La flor de esta planta es de un verde glauco y la raíz es larga y delgada. La verbena crece por doquier en los lugares húmedos. Algunos botánicos no admiten entre ellas ninguna distinción y de las dos no hacen sino una especie, en vista de que producen los mismos efectos.

«Los Galos emplean la una y la otra para echar las suertes y predecir el porvenir. Pero los magos se muestran, acerca de esta planta, verdaderamente insensatos; dicen por ejemplo que, si uno se frota con ella, obtiene todo lo que desea: con ella se ahuyentan las fiebres, se concilian las amistades, se curan todas las enfermedades. Pero, para obtener estos resultados, es preciso cogerla hacia el levantar del Can, de manera que no sea vista ni de la luna ni del sol, y después de haber ofrecido a la Tierra como expiación unos panales de miel.

Añaden que es preciso circundarla con el hierro, arrancarla con la mano izquierda y elevarla en el aire.

«Es preciso hacerla secar a la sombra, y por separado las hojas, el tallo y la raíz. Los Galos dicen que si se rocía de agua con un tallo de verbena una sala de comer, los banquetes que en ella se hacen son muy alegres. Machacada y puesta en vino,

constituye una bebida buena contra la mordedura de las serpientes.»

La verbena ha venido a ser entre los descendientes de los druidas, entre los Galos, entre nuestros Bretones modernos, la planta de los encantadores (Elysiaurs hudal) y la aversión del diablo (ccis gan gythrciul).

La hierba sagrada de los Griegos y de los Galos que los druidas veneraban a imitación del muérdago curaba, según estos últimos, todas las enfermedades. La verbena formaba igualmente parte de los filtros (de donde su nombre de Veneris vena, vena de Venus) de los encantamientos y de los misterios de la Kabbalah.

Reencendía los fuegos apagados del amor, reconciliaba a los enemigos y ahuyentaba a los malos espíritus. — Y hoy la verbena apenas se emplea sino en cataplasma, contra los dolores de costado, la migraña y los reumatismos.

Después de la verbena, somos llevados a hablar del muérdago del roble, parásito que era igualmente caro a los druidas y que las druidesas cogían con una hoz de oro; Plinio nos hará conocer el motivo. Este autor (i) nos dice que el mejor Muérdago es el del roble; algu-

(i) Plinio, Hist. nat:, XXIV, 6, i. Ed. Nisard.

nos piensan que el muérdago es más eficaz cogido sobre un roble sin haber sentido el golpe del hierro. Cura la epilepsia si no ha tocado la tierra; hace concebir a las mujeres que lo llevan siempre consigo; masticado y aplicado sobre las úlceras, es soberano para su curación.»

II. — La Celidonia es también una hierba mágica. Plinio (i) nos habla igualmente de ella. Nos enseña que algunos animales han descubierto esta planta, que es con la ayuda de esta con la que las golondrinas restablecen la vista de sus pequeñuelos en el nido, que hay dos especies de Celidonia, «que florecen a la llegada de las golondrinas y que se marchitan a su partida. Se exprime el jugo de esta planta cuando está en flor, y se le hace cocer lentamente en un vaso de cobre con miel ática sobre ceniza caliente. Es un remedio soberano para las nubes de los ojos. Se emplea también este jugo muy puro en los colirios llamados, por el nombre de la planta, celidonios.»

La celidonia, llevada consigo con un corazón de topo, es útil contra nuestros enemigos; hace ganar los pleitos y dinero a los comerciantes

(i) Ibidem, XXV, 5o, i.

o a los hombres de negocios. Colocada sobre la cabeza de un enfermo, le hace cantar si debe morir, y llorar si debe vivir.

III. — La centaura es igualmente conocida de Plinio, que distingue varias variedades: una que llama Leucacantha, que tiene, dice, la raíz del cyperus (juncia); esta raíz masticada calma los dolores de dientes. La llamamos hoy centaura dálmata (Cenlaurea Dalmatica).

Según Hicésius, nos dice aún Plinio, la semilla o el jugo tomado a la dosis de 8 dracmas cura los dolores de costado y de los lomos; esta planta se emplea en las rupturas y en los espasmos. Denomina esta misma planta Hyoseris y añade que se parece a la achicoria, pero que es más pequeña y más áspera al tacto; machacada, es para las heridas un excelente tópico.

El Hippophœston (Centaurea spmosa) es una de esas espinas que emplean los bataneros, nos dice el naturalista romano. Si en verano se exprime el jugo de sus raíces, a la dosis de 3 óbolos, mueve el vientre; se emplea también en la epilepsia, los temblores nerviosos, la hidropesía, los vértigos, la ortopnea y las parálisis incipientes.

Hay otra centaura apodada Lepton, nos dice Plinio, de hojas menudas, llamada por algunos Libadion, porque crece en las orillas de las fuentes.

En Italia se la llama Hiel de la tierra a causa de su extremada amargura. Los Galos la llaman Exacon, porque, tomada en brebaje, hace evacuar por abajo todas las sustancias venenosas. Este lepton es nuestra Erythræa centurium.

Otra centaura se llama Triochis, porque, nos dice el gran naturalista, una especie de gavilán de este nombre impide que se la arranque.

Hoy apenas distinguimos sino la grande y la pequeña centaura. Es incluso esta última la más empleada en terapéutica; ha sido apodada hierba de Chiron, hierba del Centauro, hierba de la fiebre, Centaurella y aun Achicoria, porque es amarga en todas sus partes, principalmente en su raíz; por ello es tónica y febrífuga. Si la raíz se emplea en decocción, las sumidades floridas se utilizan en infusión. Tonifica los órganos, y por eso se la ordena a los convalecientes. Utilizada como tisana por la mañana en ayunas,

es muy buena en los embaraços gástricos y activa el apetito y por consiguiente la digestión de los alimentos.

En cuanto a sus propiedades mágicas, se pretende que, puesta bajo la nariz de una persona, le da miedo, la angustia incluso; mezclada con sangre de abubilla hembra y puesta en una lámpara con aceite, provoca la alucinación de las personas alumbradas por esta lámpara.

IV. Acerca de la Mandrágora, he aquí lo que nos dice el naturalista romano (i): algunos empleaban antaño la mandrágora para el tratamiento del œgilops, luego se ha renunciado a ello; pero, lo que es muy cierto, es que la raíz machacada con aceite rosado y vino cura las fluxiones y los males de ojos; por lo demás, se incorpora el jugo en diversas composiciones oftálmicas.

La mandrágora es aún llamada Circœum.

Hay dos especies (Atropa mandragora verûalis et autumnalis): la mandrágora macho, que es blanca; la mandrágora hembra, que es negra de hojas más estrechas que las de la lechuga, de tallo velludo y rojizo, blanca interior-

(i) Plinio, Hist. nat., XXV, 94.

mente, carnosa y blanda, larga de cerca de un codo. Las dos variedades poseen un fruto del grosor de una avellana, que contiene una semilla semejante a las pepitas de la pera. Se da a la mandrágora blanca el nombre de cirse r, de morion, de hippophalmos; las hojas son blancas, más anchas que las de la otra variedad y semejantes a las del lapathum cultivado (paciencia). Los que la cogen se guardan bien de tener el viento de cara, y, antes de toda recolección, describen alrededor de la planta con una espada tres círculos concéntricos; luego la arrancan volviéndose hacia el poniente. Se extrae el jugo del fruto y del tallo, después de haberla descabezado, o bien de la raíz que se pica por todas partes y se hace hervir. Por lo demás, la raíz se emplea incluso en ramitas; antaño se la corta en rodajas y se la conserva en vino. La mandrágora no da jugo en todo tiempo; es hacia la época de la vendimia cuando hay que recogerlo.

Este jugo, sobre todo el de la raíz y del fruto, tiene un olor fuerte y viroso. Cuando los frutos de la mandrágora blanca están maduros, se les hace secar a la sombra, mientras que se hace espesar el jugo exponiéndolo a los rayos del sol. Se conservan las hojas de la mandrágora en la salmuera. El jugo que rinden frescas es un veneno verdadero; y aun la salmuera no destruye completamente sus propiedades maléficas. Solo el olor marea, y, si en algunas comarcas se comen los frutos, la violencia del olor aturde a las personas que no están habituadas a él; una dosis demasiado fuerte del jugo da la muerte. Según que se hace variar la dosis con la fuerza del sujeto, el mismo jugo no es sino soporífero: se debe tomar en promedio un ciatos (o lit., 045). Se administra la mandrágora contra las mordeduras de las serpientes, y se la emplea como anestésico para las incisiones o las punciones practicadas sobre el hombre. Muy a menudo, para obtener la insensibilidad, basta con haber sido dormido respirando el olor que el jugo exhala. Se bebe aún este jugo, en lugar de eléboro, a la dosis de dos óbolos en vino melado; pero el eléboro es más eficaz como vomitivo y para evacuar la bilis negra.

V. El Eléboro. — Hay dos especies principales de eléboro, el blanco y el negro; ambas son narcóticas, y el negro es considerado hierba mágica. Si hemos de creer a Plinio (1), el eléboro negro llevaba el nombre de Mé-

(1) Hist. nat., XXV, 2 1.

lampodion, porque era empleado por Melampo, que tenía una gran reputación en el arte adivinatorio.

El eléboro negro (Veratrum nigrum), nos dice Plinio, es llamado por algunos Ectomon, por otros Polyrhi^on; purga por abajo, el blanco por arriba, y se lleva por esta vía la causa de las enfermedades. Este remedio tan temible antaño ha venido a ser tan común hoy que muchos hombres estudiosos han hecho de él un frecuente uso para darse más sagacidad en sus trabajos literarios. Carnéades lo tomó para responder a los escritos de Zenón.

El eléboro negro se administra en la parálisis, la locura, la hidropesía, con tal que no haya fiebre; se emplea también para la gota inveterada y las enfermedades articulares. Se da en agua, para relajar el vientre, una dracma a lo sumo y 4 óbolos (3 gramos) como dosis media. Algunos le añaden escamonea, pero el coadyuvante más seguro es la sal marina. En un vehículo dulce, por poco que se exceda la dosis, es peligroso. En fumigaciones, disipa la telilla de los ojos: también algunos lo han pilado para hacer con él un colirio.

Añadamos que el eléboro negro libra a los demoníacos y a los melancólicos que llevan sobre sí, en un lienzo blanco, la raíz cocida de esta planta; en fin, la hierba misma ahuyenta de las casas los malos espíritus. En los Alpes se encuentra mucho eléboro negro; hemos visto en particular en Saint-Martin de Vésubie gran cantidad en el camino de Venanson y sobre un pico elevado llamado el Tournaret.

VI. — Acerca del Heliotropo, esto es lo que nos dice Plinio en cuanto a sus propiedades medicinales. «El jugo se recoge en verano, a la sexta hora (mediodía); se mezcla con vino, y se conserva mejor. Mezclado con aceite rosado, calma los males de cabeza. El jugo, exprimido de la hoja con sal, quita las verrugas, lo que ha hecho sobrenombrar la planta por los autores latinos verrucana. Es aún un antídoto contra el veneno de las serpientes y de los escorpiones tomada en vino o en agua melada, según el decir de Apolófanes y de Apolodoro... En bebida, expulsa los gusanos y las arenillas; si se añade comino, rompe los cálculos. De la planta cocida con la raíz y las hojas, se hace, incorporándole sebo de macho cabrío, un buen tópico para la gota.»

VII. — La ortiga es una hierba mágica que tiene muchas propiedades; nos limitamos a decir aquí que la semilla, según Micandro (alexiph), es un antídoto contra la cicuta, las setas y el mercurio. Apolodoro la prescribe cocida con caldo de tortuga contra las salamandras, las serpientes y los escorpiones, dice que es un antídoto contra el beleño. Tenida en la mano con el milenrama, esta planta quita el miedo a los fantasmas; su jugo mezclado con el de la serpentina sirve para tomar los peces con la mano, que ha sido frotada con este líquido.

VIII. — Las hojas de pervinca reducidas a polvo con lombrices de tierra piladas dan amor a quienes comen este polvo en un plato de carne. Cuando se arroja de este polvo mezclado con azufre en un estanque, hace morir todos los peces que contiene.

IX. — El polvo del lirio mezclado con el jugo del laurel da fiebre e impide dormir; pero, para ello, es preciso esperar que la planta esté casi seca; es en agosto cuando se la coge.

Existen bien otras plantas mágicas; ya hemos hablado de ellas en las plantas narcóticas: véase en particular: Acónito, Belladona, Cicuta, Datura, Digital. Beleño, Adormidera (opio).

Morfina, etc.

X. El Henné. — El Henné es una planta de la familia de las Litráceas, que Linneo había dividido en dos especies: spinata e inermis. Pero los botánicos modernos han reconocido con razón que no existía más que una sola especie, el Lawsonia inermis. — Esta planta tiene cualidades afrodisíacas casi ignoradas de los occidentales; pero es objeto de un gran cultivo en Oriente, donde crece sobre una zona de varios grados de latitud y que abarca el mundo africano y oriental desde Marruecos hasta las Indias. Según su edad o el país en el que vegeta, el Henné puede ser cogido dos o tres veces en el año. Se le corta, se hacen con él pequeños manojos que, una vez secos, son batidos para separar las hojas, que solas son empleadas en la terapéutica o como cosmético.

Estas hojas son trituradas, reducidas a polvo y conservadas en pequeños sacos; luego, cuando se quiere utilizarlas, se las deslíe en agua y se deja secar esta mixtura al sol hasta que haya adquirido la consistencia de una pasta blanda. No es más que en este estado cuando el Lawsonia es denominado Henné en Oriente.

Es empleado para combatir la impotencia genésica.

«Teñíos con el Henné, dice Anas, pues rejuvenece, embellece, y excita al amor.»

Otro personaje, Abou-Rafi, estando un día en casa del santo Profeta, se quejaba de estar absolutamente álgido. «Haced uso del maestro cosmético, le dijo éste: el Henné afirma la piel y excita al amor.»

Con el agua destilada del Henné, se hacen unturas sobre las partes genitales para curar la impotencia.

Con el Henné, se tiñe la planta de los pies, la palma de las manos, los cabellos y las uñas. Aplicada sobre la piel durante algunas horas, la pasta de Henné determina sobre ésta una coloración de un rojo anaranjado muy brillante.

Si se quiere oscurecer los cabellos, lo que nunca hacen las mujeres de Oriente, se debe verter el jugo de un limón en el agua que debe servir para hacer la pasta.

Las orientales se sirven del Henné para teñir las mejillas, la frente, el reverso de las manos, los dedos de los pies, los labios y las encías.

Dibujan sobre su cuerpo arabescos, festones y enrollamientos sobre las partes del cuerpo que presentan amplias superficies. Bien de poetas orientales han cantado el encanto y la belleza de los cuerpos así decorados; en su lirismo, han comparado incluso las uñas teñidas con Henné a los frutos del Azufaifo.

Las egipcias del antiguo Egipto, que rabiaban por las cabelleras rojas, utilizaban con este fin el Henné, que denominaban a error cyperus. Hacían cocer la hoja del Lawsonia en aceite, que se exprimía después, lo que proporcionaba el perfume denominado papyrus; el precio era de 5 denarios (4 fr. 10 aproximadamente) la libra. El mejor venía de Canopo, situada en la orilla del Nilo, la segunda calidad de Ascalón en Judea, y la tercera de Chipre.

«Algunos, nos dice Plinio (1), pretenden que es el árbol llamado Ligustrum en Italia (Alheña). Los hombres incluso hoy en Oriente no desdeñan adornar sus uñas o sus manos con algunos trazos, imitando en esto a los antiguos árabes, que pintaban su barba con este cosmético.

Los médicos árabes utilizan esta planta en terapéutica, sea para el uso interno, sea para el uso externo, y esto muy frecuentemente.

Al interior, se la administra en forma de bebidas en todas las enfermedades graves de las mucosas: al exterior, se la opone a todas las enfermedades de la piel; en efecto el Henné sirve para vendar las contusiones, las heridas, los abscesos; cicatriza, fortifica la sangre, etc., etc. Lo que explica su acción sobre las cicatrices, es que el Henné es un astringente muy poderoso; debe esta cualidad al principio tánico, que tiene mucha intensidad; así curte por decirlo así el tejido cutáneo, y, fortificando éste, previene las grietas, las rajas y otras alteraciones mórbidas que son generalmente determinadas por las variaciones excesivas de la atmósfera; a este título, el Henné podría ser utilizado con ventajas bajo los climas septentrionales.

La importancia del hachís, como medio terapéutico, es bien reconocida, pero su uso no está generalizado. De todas las sustancias psíquicas, el hachís es la más considerable y la más inofensiva, si se sabe servirse de él.

Sus propiedades eran conocidas de Homero; hemos visto que la Bella Helena no había podido sino utilizar el cannabis para disipar el pesar y el dolor del hijo de Ulises y de su joven compañero.

Hemos visto igualmente el partido que había sacado de él durante largos años el Viejo de la Montaña; pero habría lugar aquí de hacer bien comprender cómo el jefe de los Asesinos operaba para fanatizar a sus Fedavi (sacrificados).

Ya hemos mencionado a Marco Polo en el primer capítulo de este tratado; consignaremos aquí otro pasaje del libro del sabio veneciano.

«En el centro del territorio de los Asesinos, dice, en Persia, en Alamont y en Siria, en Marziat, había lugares rodeados de muros, jardines deliciosos, en los cuales se encontraba todo lo que podía satisfacer las necesidades del cuerpo y los caprichos de la más exigente sensualidad; cuadros de flores, matas de árboles frutales, entrecortados de canales, céspedes sombreados y praderas verdes, sobre las cuales fuentes de agua viva murmuraban bajo los pasos. Bosquecillos de rosales y parrales de vid adornaban con sus follajes ricos salones o kioscos de porcelana, guarnecidos de tapices de Persia y de telas griegas.

«Bebidas deliciosas eran servidas en vasos de oro, de plata y de cristal por jóvenes muchachos o por jóvenes muchachas de ojos negros y profundos, semejantes a las huríes, divinidades de este paraíso que el profeta había prometido a los creyentes.

«El son de las arpas se mezclaba allí al canto de los pájaros, y voces melodiosas unían sus acordes a los murmullos de los arroyos. Todo allí era placer, voluptuosidad, encantamiento.

«Cuando se encontraba un joven dotado de bastante fuerza y resolución para formar parte de esta legión de asesinos, el Gran Maestre le invitaba a su mesa, le embriagaba con la planta llamada Haschich, y le hacía transportar a los jardines. A su despertar, creía en el Paraíso de Mahoma. Las mujeres, las huríes, contribuían aún a aumentar la ilusión. — Cuando había gustado a saciedad todas las alegrías que el Profeta promete a los elegidos después de su muerte, cuando embriagado por estas dulces voluptuosidades y por los vapores de un vino chispeante y generoso, caía de nuevo en una especie de letargo, se le transportaba fuera de estos jardines encantadores, y al cabo de algunos minutos se hallaba junto a su superior, que se esforzaba en persuadirle de que acababa de tener una visión celeste, que era bien el Paraíso el que se había ofrecido a sus miradas y que había tenido un anticipo de los inefables goces reservados a los fieles, que habrán sacrificado su vida por el Profeta y su santa Ley.»

Hammer (1) y Silvestre de Sacy (2) han confirmado el relato del sabio veneciano con detalles bastante curiosos.

Así el primero de estos autores nos enseña que «el embajador del emperador de Alemania estaba de visita en Alamont. El Gran Maestre quiso darle una idea de su poder. Se paseaba uno sobre la terraza que domina la fortaleza; con una palabra, el Viejo de la Montaña ordena a un fedavi que se precipite desde lo alto de la torre; el desdichado se lanza y se rompe el cráneo sobre las rocas. Algunos hombres se inclinan sobre las almenas para contemplar los restos mutilados de la víctima. El Viejo de la Montaña echa una mirada sobre uno de ellos, hace una señal, y un nuevo cuerpo cae en el abismo.»

Por las líneas que preceden, se ve la obediencia pasiva a las órdenes de uno solo llevada al extremo; es la elevación del homicidio, del asesinato, al rango de instrumento de Gobierno. Es preciso leer a los cronistas árabes para ver cuán justificadas están nuestras palabras, pues se encuentra en estos escritores mil rasgos de devoción tan ciegos como los que acabamos de mencionar, al Viejo de la Montaña.

Se explica esta devoción, como Pasquier nos lo ha dicho (véase arriba p. 24), porque estos jóvenes «esperaban conquistar y poseer durante la eternidad entera las inefables delicias que habían gustado.

Hemos mencionado después un gran número de autores, que han dado recetas o indicado procedimientos para crearse ilusiones, entrar en comunicación con espíritus o desvelar el porvenir; luego hemos visto al gran químico Davy respirar como anestésico el protóxido de azoe; el hachís ha conducido pues al opio, al éter, ha dado en fin la idea de utilizar cantidad de anestésicos.

Después del protóxido de azoe o gas hilarante, que en nuestros días ha sido empleado sin ser demasiado conocido, principalmente entre los dentistas, lo que ha hecho que se abandonara, diremos que se utiliza también como anestésico el bromuro de etilo, reconocido como menos peligroso que el éter y el cloroformo; este anestésico es muy empleado por los cirujanos ingleses.

Un doctor francés, el señor Lébert, corresponsal de la Academia de medicina, ha escrito incluso un opúsculo titulado: Des Accouchements sans douleurs par l'emploi du bromure d'étyle trichloré.

El empleo del cloroformo está también bastante generalizado; en efecto, cuando se sabe manejar esta sustancia, se puede evitar con algunas precauciones todo peligro serio; a pesar de ello, muchos médicos prefieren emplear el éter sulfúrico

porque lo consideran menos peligroso, siendo su acción menos pronta, pero es preciso, siendo su manejo bastante difícil, administrarlo con ayuda de un aparato especial.

Volvamos al cloroformo. Debemos añadir que no se debe emplear sino el que es químicamente puro, y vigilar durante la operación, con el mayor cuidado, la respiración del cloroformizado; se debe incluso redoblar la atención si se tiene que habérselas con personas que padecen enfermedades del corazón o del pulmón; en fin, y esto es elemental, no se debe cloroformizar a las personas sino en ayunas y hacerlas acostar sobre la espalda.

A pesar de las más prudentes precauciones, pueden sobrevenir todavía accidentes: se podría remediar estos utilizando prontamente la respiración artificial y ejerciendo las tracciones rítmicas de la lengua.

Estudiemos ahora el mejor modo de administración del cloroformo. No aconsejaremos emplear un aparato especial que existe para este uso; los verdaderos prácticos apenas lo emplean; prefieren con mucho utilizar el procedimiento siguiente, que es el más simple y el más usual también, porque se es absolutamente dueño de dirigir la operación a su gusto.

Se vierten algunas gotas de cloroformo sobre un pañuelo que se mantiene delante de la nariz y de la boca del enfermo. El líquido se evapora, se volatiliza fácilmente, y el paciente respira los vapores que penetran insensiblemente en la economía por las vías respiratorias. Se renueva el líquido a medida de su evaporación: se necesitan generalmente de quince a dieciocho minutos para dormir al paciente, pero se puede sin inconveniente prolongar la anestesia una hora, hora y media, y hasta dos horas y más. Debemos observar bien, sin embargo, que siempre es peligroso sobrepasar este lapso de tiempo; no se debe prolongar demasiado una operación, vale más en todos los casos operar rápidamente. Por lo demás, apenas es sino en los partos laboriosos, excepcionales, cuando se prolonga la anestesia, aunque esta estorba considerablemente el trabajo regular, el trabajo normal de la parturienta, paralizando muy a menudo esfuerzos dolorosos, lo queremos bien, pero indispensables.

No se debe, pues, en los partos, usar sino muy sobriamente de los anestésicos, cualesquiera que sean, y sobre todo del cloroformo.

Presentamos aquí esta observación, porque desde hace algunos años se ha abusado en muchas circunstancias de este anestésico.

Después de su empleo como anestésico, hemos visto que se utiliza el hachís como estupefaciente para embrutecer e idiotizar a príncipes de la sangre. Se les hacía absorber con este fin un licor en el que entraba hachís, nuez vómica. En Monte-Carlo se vaporizan en el aire de las salas de juego estupefacientes, se hacen beber a los jugadores imprudentes que, teniendo la garganta seca, piden un vaso de agua (1).

Cuando el estupor es llevado demasiado lejos, se llega entonces a lo que los árabes llaman Aïe y Kifou fantasia: es una especie de estupefacción voluptuosa, que no tiene ninguna relación con la embriaguez causada por el vino y deja muy atrás la causada por el opio.

Por extensión, este término Kif designa en árabe una mezcla de flores y hojas de cáñamo, véase más arriba nota 1, página 95.

Con el capítulo 11, estudiamos la preciosa planta, señalamos el peligro de dormir

(1) Cf. a este respecto Histoire des crimes de Monte-Carlo por J. Marcus de Vèze, un volumen en 12.º, París, Vanier, editor.

junto a un campo de cáñamo. Esto nos recuerda un hecho que leemos en La Baguette divinatoire (1). «Lennert (2) cuenta que los aprendices de boticario, que no están hechos a los olores de las drogas, no dejan de caer en un profundo sueño todas las veces que los vapores que se desprenden (desprenden) de los licores que destilan para hacer el opio y las composiciones dormitivas les suben al cerebro por las narices.»

Los vapores estupefacientes del hachís eran conocidos por Heródoto, como hemos visto.

En el mismo capítulo, hemos dicho que se absorbía el hachís bajo diversas formas.

La planta en estado natural, aunque menos utilizada que sus preparaciones, es sin embargo usada en algunas comarcas, en Argelia, en Egipto, en Túnez y en Turquía; se la fuma y se la masca como el tabaco, ya sola, ya mezclada con este último o con otras sustancias.

Hemos visto que el hachís, conocido en Turquía y en Anatolia con el nombre de Esrar, se consumía en estos países en forma de

(1) La Baguette divinitoire del abate de L. L. Vallemont, pp. 83 y 84.

(2) Lennertus, lib. VII, part. VII, cap. 1.

jarabes, añadidos a menudo a sustancias aromáticas y afrodisíacas; en las mismas comarcas, se le fuma en pastillas del peso de 4 gramos aproximadamente, hechas con una pasta de Esrar ligeramente tostada y de una fuerte infusión de café.

Sabemos que el café y el té apresuran y desarrollan el efecto del hachís, cualquiera que sea por lo demás la preparación absorbida.

Parece que los fumadores de hachís están exentos de dolores reumáticos.

Después del consumo del hachís como tabaco, hemos relatado las diversas preparaciones conocidas con el nombre de Bang, Bhang, Bangie, Mojusck, Benghie, Madjoun o Madjoon (1), Mapouchari, Assyonni, Teriaki, en fin Dawamesch, Dawamesc o Daw-mesk (droga almizclada que no es sino un extracto graso), una preparación en forma de ungüento, tenaz, de color amarillo verdoso, de sabor y olor nauseabundos de mantequilla y de hachís, todo a la vez; se toma el Dawamesch ya en bolita, ya en café negro, a la dosis de 2 a 4 decigramos.

El Dawasmesch tiene la consistencia de elec-

(1) El Madjoun de los árabes de Argel es una mezcla de miel y de polvo de hachís ligeramente tostado.


tuaire; existen dos marcas principales: la de Constantinopla y la de Alejandría, ambas de color parduzco, de olor y sabor que no son desagradables en absoluto. El Dawamesch, acabamos de verlo, es un extracto graso al que se han añadido azúcar, pistachos, almendras, aromas, entre los cuales el almizcle, lo que hace que dé su nombre a la preparación. En fin, para hacerlo afrodisíaco, los orientales le añaden cantárida.

Se toma a la dosis de 2 o 3 decigramos o más, ya en forma de bolos, ya diluido en café negro; y, según el temperamento, la acción se manifiesta al cabo de media hora, de una hora y a veces incluso de un lapso de tiempo más considerable.

Acabamos de decir que el Dawamesch contiene a veces sustancias afrodisíacas.

Hay que confesar que en Oriente se usan y se abusan de estas, porque se abusa de los placeres del amor.

¿Qué sería un Oriente sin mujeres? Para el rico oriental, ya no sería el Oriente: y el abuso de unas trae necesariamente el abuso de las otras, es decir, de las sustancias afrodisíacas.

Confesemos, por lo demás, que nuestro Occidente, en estos últimos años, ha buscado igualmente toda clase de afrodisíacos. El espíritu mercantil ha intentado inventar una droga para dar músculo a quienes, por cualquier causa, carecen de él. Pero había que paliarlo, si no con el buen motivo, al menos con el motivo, presentando una droga destinada a alargar la vida humana.

Había que inventar un Elixir de larga vida.

¡Qué mina de oro, rica, inagotable, si se pudiera alcanzar tal fin!

En efecto, el hombre, que no sabe qué es la vida del más allá, siempre ha buscado alargar su miserable vida, que algunos tratan de guiñapo; a lo que otros responden: guiñapo cuanto queráis, pero mi guiñapo me es querido, muy querido incluso: sé lo que tengo aquí sobre esta pobre tierra, e ignoro absolutamente lo que tendré en eso que llamáis el más allá, en el otro mundo.

Tal es el razonamiento de los materialistas.

Y los buenos doctores, siempre al acecho de clientes que a menudo se hacen esperar, que a veces no vienen en absoluto, se han ingeniado para encontrar algo que pudiera alargar el hilo

de la vida, como dice François Bacon, y añade:

«Alejar la muerte que viene a pasos lentos y que tiene por causa la simple disolución y la atrofia de la vejez, es un tema que ningún médico ha tratado de una manera que responda a su importancia.»

Pero ¡cuántos han buscado remedios, polvos, bolos, opiatos, elixires de larga vida «para alargar ese hilo» tan corto de la vida!

Por eso todos los días vemos surgir un nuevo descubrimiento mirífico, y eso viene de antiguo. Sin remontarnos a los más antiguos de Roma, diremos que los viejos bribones de patricios que ya no podían gozar de la vida, que no podían entregarse al libertinaje, tomaban, siguiendo los consejos de sus médicos, baños de sangre humana, de sangre extraída a jóvenes y vigorosos esclavos, a fin de reconfortarse el temperamento.

Es este un ejemplo del más vergonzoso cinismo que haya registrado la civilización; pero también, ¡qué bella civilización, la civilización romana!

No hablemos más de esos famosos romanos y

lleguemos inmediatamente al siglo XVII, en el que un gran número de enfermos y de ancianos buscan el rejuvenecimiento y el fortalecimiento de sus órganos en la transfusión de sangre.

Denys, el célebre médico de la facultad de Montpellier, vino a París en 1667 para practicar allí, con la ayuda de Emmeretz, la transfusión como panacea universal.

Se concebían entonces esperanzas fabulosas sobre este procedimiento. Es el Dr. Pellagat quien nos lo enseña en sus notas sobre la Macrobiótica de Hufeland; pero pronto se hizo la calma, y en nuestros días la transfusión ha caído en el más completo olvido; está clasificada entre las grandes e innumerables utopías médicas que han tenido cierto éxito de moda y nada más.

Por lo demás, ¿por qué está debilitado el hombre?

Porque su sistema nervioso está debilitado: ahora bien, es el aparato nervioso y no la sangre, que no es más que el intermediario, quien hace la vida; es él la pieza esencial de la máquina de transmisión y de cambio entre el ser viviente y su medio ambiente: el fluido astral.

El aparato nervioso es bien, como lo llama

Claude Bernard, el Gran Regulador Fisiológico; es el movimiento, el resorte del reloj humano; así, cuando se detiene o está a punto de detenerse, no hay más que un medio de mantenerlo tenso y en marcha.

Para devolverle su tensión normal, no hay más que el magnetismo, el influjo nervioso, es decir, la transfusión nerviosa, de otro modo poderosa que la transfusión sanguínea, la cual no presenta más que inconvenientes y ni una sola ventaja.

Así los inventores, los Magos negros, para dar cuerda al aparato nervioso, han imaginado una multitud de ingredientes más o menos sucios, pero que actúan todos como afrodisíacos.

El Dr. Paul Constantin ha inventado la cerebrina; por lo demás, no ha encontrado su procedimiento sino gracias a los trabajos de Paracelso, exactamente como los metaloterapeutas modernos, que no hacen sino reproducir en parte las ideas y los datos del gran alquimista.

El Dr. Baraduc, autor de un libro sobre el fluido vital, no ha hecho sino reeditar, por así decirlo, el espíritu de vida de Paracelso. Este médico ha logrado medir con ayuda de un instrumento el aspir y el respir de este espíritu de Vida de Paracelso, de la

fuerza néurica, del fluido vital de nuestros modernos fisiólogos.

Los Dres. Barth de Montpellier y Chauffeur han estudiado igualmente este fluido vital, cuyo dinamismo, o mejor la dinámica, el Dr. Baraduc ha logrado cifrar.

Brown-Séquard, que acaba de morir, con su inyección de líquidos testiculares, orquídicos, en fin, nerviosos (3.ª edición), no ha hecho sino reproducir un experimento de Paracelso; solo que este trabajaba en interés de la ciencia pura, mientras que Brown-Séquard no trabajaba sino con un fin de lucro y no especulaba sino con una mala pasión del hombre; así hacía, quizá sin sospecharlo, Magia Negra (1).

Este fisiólogo industrial o este industrial fisiólogo, como se le quiera llamar (2), ha

(1) Cf. a este respecto lo que decimos en el capítulo VIII, página 119 y siguiente, en la Psicología ante la ciencia y los sabios, 1 vol. in-18. París, 1894.

(2) El ejemplo de Pasteur ha sido de los más funestos. He aquí un verdadero industrial que vende por el mundo entero sus cultivos de virus más o menos atenuados, pero que se procura con ellos considerables rentas, ¡y aún se vota al director de esa fábrica pensiones vitalicias reversibles sobre la cabeza de su mujer y de sus hijos! — Véase a este respecto nuestro volumen sobre la Vivisección, cap. IX, X.

París, Chamuel, editor, 1894.

podido en vano cambiar el nombre de sus drogas para no espantar a los espíritus pudibundos, ha podido en vano, en tercera edición, revisada y corregida, llamarlos líquidos nerviosos, esos líquidos no por ello dejan de estar sacados del lugar de donde se sacan.

Es, pues, por asimilación de las fuerzas generatrices como el Dr. Brown-Séquard pretende dar y da en efecto (pero durante cierto tiempo) fuerzas a ancianos decrépitos.

Y por lo demás Brown-Séquard no ha inventado nada: se encuentra en antiguos grimorios de magia negra la descripción de este procedimiento, se precisa incluso en ellos la manera de procurarse los líquidos y el lugar preciso donde se deben captar.

La Montespan, esta encantadora dama, mucho más conocida de lo que lo es una honesta dama, hizo absorber de estos líquidos orquídicos a Luis XIV (1) a fin de fijar sobre ella los amores de este rey voluble. El procedimiento era, según se dice, del abate Lesage, de la Voisin y de la Brinvilliers. Era la buena época en la que se rejuvenecía a los amantes y en la que también uno se desembarazaba de los maridos que carecían... de complacencia.

En estos últimos años, se ha abusado de las in-

(1) Véase a este respecto, las Crónicas del Ojo de buey de Touchard-Lafosse, 4 vol. in-12, París, 1842.

yecciones hipodérmicas, llamadas reconstituyentes; se pretendía así dar cuerda a la máquina humana y sobre todo batir moneda sobre la necedad del prójimo.

En todo ello se ha visado sobre todo este fin: hacer suponer a los ancianos que se les podía dar músculo, el resorte de que carecían.

Era absolutamente un señuelo, pues, antes de dar músculo, habría que dar juventud para permitir los excesos y las fatigas que pueden hacer soportar momentáneamente las inyecciones hipodérmicas.

Los ancianos tienen o no tienen músculo; si lo tienen, tanto mejor para ellos, pueden obrar como los jóvenes; si no lo tienen, peor para ellos, no tienen más que quedarse tranquilos; no se puede ser y haber sido.

Así pues (y esta es nuestra conclusión para todo lo que concierne a los afrodisíacos en general), así pues las inyecciones testiculares, orquídicas, nerviosas, hipodérmicas y otras son malsanas y, además, peligrosas desde el punto de vista físico y psíquico; así pues, deberían ser prohibidas, como una cosa funesta, como una calamidad pública que envilece la especie.

Después del Dawamesch, que es el gran excipiente de los afrodisíacos, hemos visto que algunos haschicheros beben igualmente agua procedente de la destilación del hachís, pero esto es, lo hemos dicho, de poca monta, pues el agua de cáñamo destilada no tiene acción estupefaciente, y sin embargo se preparan con la planta infusiones, decocciones y bebidas muy diversas.

Con el capítulo III, hemos estudiado los efectos del hachís sobre el organismo, hemos mencionado las opiniones de diversos escritores sobre la cuestión, hemos visto a Théophile Gautier contarnos las sensaciones que experimentó en uno de sus experimentos haschichescos; en fin, el Sr. Giraud nos ha iniciado en el arte de hacer variar los efectos del hachís.

Después de lo que precede, no nos quedaba sino estudiar la hierba de los fakires desde el doble punto de vista fisiológico y patológico; es lo que hemos hecho en el capítulo IV. Pero añadiremos aquí que desde el punto de vista terapéutico, encontramos que la medicina no ha sacado todo el partido que podía sacar del hachís en el arte de curar, principalmente de su principio activo, la haschichina; y sin embargo

el Dr. Aubert-Roche fue el primero, hace ya mucho tiempo, hace más de cincuenta años, en llamar la atención de sus colegas sobre la aplicación terapéutica de este producto; así leemos en su obra sobre la peste o tifus de Oriente las líneas siguientes: «Señalo esta sustancia que puede llegar a ser muy útil en medicina; creo que no es un medicamento que deba descuidarse.

Aquellos de mis colegas que la experimenten reconocerán muy pronto su valor en terapéutica, ya en la peste, ya en otras enfermedades.»

Por medio de la tintura de haschichina, se cura el cólera asiático. Un médico francés, el Dr. Willemin, atacado de cólera en El Cairo en 1848, se hallaba en un estado desesperado; habría sido arrancado a la muerte por la haschichina. Hizo una comunicación a este respecto a la academia de medicina, y he aquí cómo la Union médicale del 17 de octubre de 1848 da cuenta de ello: «El Sr. Wilmin ha llamado particularmente la atención de la Academia sobre un medicamento que ha experimentado, y del que ha obtenido felices resultados, aunque lo haya administrado en las circunstancias más graves. Este remedio es el extracto de cáñamo indio (Cannabis Indica), no obstante

el hachís bruto, producto más o menos concentrado e impuro, sino el principio activo de la planta aislado por un farmacéutico francés de El Cairo (1). El Sr. Willemin lo ha administrado en solución en alcohol a la dosis de 5 gramos por 10 gotas (2). Ha dado primero 12 a 15 gotas de esta tintura, que representan 0,06 a 0,07 de principio activo, a cuatro sujetos cuyo estado era desesperado. Los enfermos sucumbieron; en uno de ellos, el pulso, que estaba apagado, se había sin embargo reanimado.

M. Willemin administra después dosis semejantes a tres enfermos cuyo estado era menos grave: los tres sanaron. Por último, el medicamento fue administrado a tres sujetos llegados, por decirlo así, al último extremo. Esta vez las dosis fueron aumentadas, y los enfermos sanaron los tres. El último no es otro que el propio M. Willemin, que tomó hasta 30 gotas de tintura a la vez, es decir, 0,15 del principio activo. Los miembros estaban fríos, así como la lengua, la cianosis completa (3), el

(1) El nombre de este farmacéutico es Gastinel, el inventor de la haschischina.

(2) La dosis es demasiado débil, se necesita justamente el doble.

(3) Coloración azul o incluso negruzca de la piel.

pulso muy débil; poco tiempo después de la toma del medicamento, la reacción se estableció.»

Habiendo leído lo que precede, el Dr. Moreau de Tours, en una carta que dirige a la Union médicale, el 19 de octubre de 1848, dice que conviene ensayar el hachís en el cólera, y da los cinco motivos siguientes:

«1.º Porque es, más que ningún otro medicamento, propio para prevenir la postración de las fuerzas, para reavivar el principio de la vida, cuando parece que arroja sus últimos destellos;

«2.º Porque ya, en una afección que no carece de analogía con el cólera, ha parecido gozar de una eficacia real;

«3.º (Es esta la mejor de todas las razones) porque la experiencia misma ha dicho ya algunas palabras en favor de su acción bienhechora;

«4.º Porque su uso, incluso elevando las dosis mucho más allá de lo que es necesario, no podría ser peligroso;

«5.º En fin..., pero me atendría a las cuatro razones que acabo de enumerar, sin añadir una quinta que bien tiene su valor, y que consistiría en decir que no tenemos nada mejor que oponer a la terrible epidemia.»

En resumen, el hachís o su principio activo la haschischina han prestado grandes servicios a la terapéutica contra la peste, contra el tétanos traumático (1), aun cuando esta afección había resistido muy a menudo a toda clase de medicaciones; estas mismas sustancias han sido muy útiles en el tratamiento de muy grandes neurosis, en fin, contra el cólera asiático, como acabamos de ver, y, a pesar de todas estas ventajas, el hachís no es aún utilizado por la farmacopea más que para preparar drogas que, por el abuso que de ellas se hace, se vuelven malsanas, ya como afrodisíacos, ya como excitantes del sistema nervioso.

Después del estudio del hachís, que constituye el objeto principal de nuestro Tratado, hemos dado en un capítulo un rápido bosquejo de las plantas narcóticas y sedativas: cicuta, acónito, belladona, digital, hasta los datura y adormidera; luego hemos estudiado la Morfeomanía y la Opiofagia con toda la importancia que merecen estas dos grandes y peligrosas pasiones.

Hemos hecho aproximaciones indirectas entre los morfinómanos y los opiófagos; estas

(1) Cf. Journal des connaissances médicales et chirurgicales, de diciembre de 1847.

aproximaciones tenían tanto más razón de ser cuanto que unos y otros se hallan en situaciones análogas, si no idénticas; estos dos vencidos caen uno y otro en un agotamiento moral y físico; al cabo de algunos años, no son más que Sombras humanas, y sucumben de una manera miserable.

En fin, en el último capítulo de nuestra obra, hemos abordado el estudio de las Hierbas mágicas, que tan gran papel desempeñaron en la Antigüedad. Estas hierbas son extremadamente numerosas; hemos debido ocuparnos sólo de las principales, que son: la hierba santa, la verbena tan cara a los Druidas, la Elysian's budal de nuestros modernos Bretones: la celidonia, la centaura, el eléboro, el heliotropo, la ortiga, la pervinca, el henna, la mandrágora, acerca de la cual añadiremos lo siguiente:

«Quienes han escrito de la mandrágora dicen que su raíz o su jugo, tomado en bebida, causa un sueño letárgico. Y Levinus Lemnius (1) escribe que, mientras hubo en su gabinete una manzana de mandrágora, nunca pudo estudiar, porque caía

(1) Levinus Lemnius, in Explicatione herbarum biblicar., cap. II.

al instante en un adormecimiento del que no podía librarse más que quitando la manzana: después de lo cual la serenidad y la alegría de su espíritu volvían como antes (1)».

Hétenos aquí al final de nuestra tarea, y pensamos haber demostrado el peligro que hay en abusar de todas las sustancias sedativas o Psíquicas en general; así pues, no nos queda más que formular algunos axiomas que resumirán bajo una forma llamativa todo lo que contiene nuestro opúsculo.

I. — El Hachís a pequeña dosis es estimulante y embriagador; a fuerte dosis, es sedativo y narcótico: por lo demás, sus efectos, según los temperamentos, son muy diversos.

II. — Los haschicheanos orientales de profesión están constantemente en un estado de marasmo y de imbecilidad.

III. — Existe un arte de hacer variar los efectos del hachís.

IV. — El uso inmoderado del hachís conduce a la locura ordinariamente dulce, pero a veces a la locura furiosa.

(1) L.-L. de Vallemont, la Baguette divinatoire.

V. Los carnívoros y los peces experimentan rápidamente la acción del hachís; mientras que los herbívoros parecen indiferentes a ella.

VI. — Los Opiofagos y los Morfinómanos se hallan absolutamente en el mismo caso que el haschicheano; pero tienen además el cuerpo cubierto de úlceras repugnantes y de tumores horribles: son para sus semejantes un objeto de profundo asco.

VII. El abuso del opio, de la morfina, de la cocaína, del éter, del agua de Colonia y otras sustancias análogas, este abuso constituye un lento envenenamiento, que trae fatalmente tras de sí un agotamiento gradual del ser humano, sobre todo de su inteligencia.

VIII. — Las sustancias psíquicas no son afrodisíacos, como generalmente se cree; después de algunos meses de uso, constituyen por el contrario antiafrodisíacos.

Pensamos haber demostrado el peligro que hay, para el hombre, en desviar de su verdadero objeto los productos que nos entrega la naturaleza de una manera tan liberal; utilicemos sus productos para aliviar nuestros sufrimientos y nuestros males, pero no los empleemos para satisfacer nuestras

pasiones, pues tarde o temprano la naturaleza recobra siempre sus derechos.

Las casas de locos, gracias a excesos de trabajo de todo género, se pueblan cada vez más; la ampliación de los asilos de alienados ya no es suficiente; son nuevos asilos los que se construyen cada día. Evitemos, pues, por todos los medios la propaganda del abuso de las sustancias psíquicas, que en Inglaterra, en Alemania y en América producen estragos inauditos; que no ocurra lo mismo en nuestro hermoso país de Francia.

Lo que contribuye sobre todo a la extensión de este verdadero azote es la lectura de los malos libros, de las novelas; es esta una verdadera contagión y de las más peligrosas, pues la mayoría de las novelas en que se trata de morfina y de morfinomanía están llenas de errores, y tienen esto de particularmente peligroso, que el autor muy a menudo parece tratar la cuestión desde el punto de vista científico.

Evidentemente estas obras presentan a ciertos espíritus muchos atractivos, al menos en la forma; así también muchas mujeres desequilibradas, a quienes su estado enfermizo mantiene sin cesar en vela ante nuevas sensaciones deseadas, buscan

en su lectura la posibilidad de realizar sus deseos. Son sobre todo mujeres ociosas, hastiadas de la vida, porque a menudo han abusado de todos los placeres; son estas mujeres, principalmente las demi-mondaines, las que se dejan arrastrar a este vicio del morfinismo. Se ve, pues, aquí la perniciosa influencia que puede tener sobre espíritus débiles o desocupados la literatura contemporánea.

Pero, aparte de esta literatura, que sólo se dirige a lectores de cierto rango, a lo que se ha convenido en llamar gentes del mundo, existen otros libros de otro modo peligrosos porque se dirigen a la muchedumbre, a los obreros, a las gentes poco letradas, sobre las cuales ejercen muy funestas influencias; entre estas últimas obras, unas son perfectamente deshonestas: no ocultan en absoluto el fin que persiguen: halagar la imaginación con un propósito de lucro, y ello a riesgo de hacer nacer en sus lectores las malas pasiones que describen con brillantes colores, olvidando intencionadamente abrir los ojos de sus lectores sobre los peligros que estas terribles pasiones pueden hacerles correr. La mayoría de estos libros emanan de escritores que no tienen ninguna tintura, no diremos de medicina, pero ni siquiera de ciencia.

Al escribir el presente opúsculo, hemos tenido sobre todo en vista poner en guardia al lector contra estas nuevas pasiones que ejercen tan crueles estragos en todas las clases de la sociedad.

Tal ha sido el verdadero fin que hemos perseguido al publicar el presente opúsculo: nunca hemos tenido otros.

Si nos expresamos de este modo, es porque muchos de nuestros lectores habituales se han equivocado sobre el móvil que nos había guiado en nuestro nuevo trabajo. — Lo habíamos dado, en efecto, a una Revista amiga: pero, habiendo recibido el director reclamaciones acerca de nuestro estudio, hemos debido retirarlo; hoy que nuestra obra no está troceada en pedazos, sino que está completa, diremos: ¡que aquel que encuentre que hemos publicado un trabajo malsano, nos arroje la primera piedra!

Estamos convencidos de no ser lapidados, del mismo modo que al invitar a nuestros lectores a no dar fe a los llamados Elixires de larga vida; pero les diremos con Louis Dramard:

«La Paz del Espíritu, unida al alejamiento de los pretendidos placeres mundanos y de las causas de contrariedades y de turbación, constituye el verdadero Elixir de vida de los Alquimistas.»

Tal es también nuestra humilde opinión.

Prefacio 5

Capítulo primero. — Histórico 17

Importancia del hachís entre las sustancias psíquicas. — Hierba de los fakires. — El Nepentes de Homero. — La bella Helena maga. — El Cannabis Indica. — Diodoro de Sicilia. — Marco Polo y el Viejo de la Montaña. — Los Haschicheanos o Asesinos. — El Viejo de la Montaña y Eusèbe Salverte. — Parafrosinia mágica de Sauvagnes. — Las brujas de la Edad Media y sus fumigaciones.

— Opinión de Cornelio Agripa. — Cardano.

— Porta. — Davy y el gas hilarante. — Spartmann. — Sylvestre de Sacy. — Aubert-Roche.

— De Courtives. — Moreau de Tours. — El Doctor Delens.

Capítulo II. — Descripción de la planta..... 31 Hachís. — La hierba por excelencia. — Tomar de la hierba, sinónimo de haschichizarse. —

Hachís o Esrar. Peligros de dormir cerca de un campo de cáñamo. — Los vapores estupefacientes conocidos de Heródoto. — Los Escitas.

— Cáñamo de Europa y de Asia. — Aclimatación del Cannabis Indica. — Opinión de Aubert-Roche y de De Courtives. — Moreau de Tours y Baillarger. — Sus ensayos de cultivo en Francia. — Se fuma, se bebe, se come el hachís. — Se respira su humo. — Preparaciones diversas. — ¿A qué atribuir sus propiedades?

— Productos orientales superiores a los de Europa. — Estos últimos están adulterados. — Se los transforma en afrodisíacos. — Cannabeno y Cannabina. — Recetas y dosificaciones.

— Dawamesc. — Madjoun. — Machoupouri.

— Pastillas, píldoras, opiato, electuarios a base de hachís. — Gunjah, bang, hafiou, charris, etc.

Capítulo III. — Los efectos del hachís sobre el organismo. 45

Diversas pociones, diversos efectos. — Papus y el hachís. — Théophile Gautier y el hachís.

Estado del haschicheano. — Alucinación. — Bonzos, Fakires, Derviches, Kalenders, Sanniasis, Santones. — Opiato de Persia. — Piripiri.

— El práctico varía los efectos. — Experiencias.

— El arte de hacer variar los efectos del hachís.

— Consejos y recetas prácticas.

Capítulo IV. — Efectos fisiológicos y patológicos 71

Efectos generales y particulares del hachís. — La pasión del fumador y del comedor de hachís.

— Anomalías psíquicas. — Embrutecimiento por el abuso. — Características. — Aire del haschicheano. — Hachís y Alcohol.

Capítulo V. — Las plantas narcóticas y sedativas 86

Cicutas diversas. — Su acción. — Acónito. —

Sus nombres diversos. — Belladona. — Digital. — Beleño. — Su origen oriental. — Sus

Variedades. — Datura stramonium. — Adormidera. — Morfina. — Extracción. — El opio en Plinio. — Forma de los panes de opio. — Meconio. — Diversas preparaciones opiáceas. — Los teriáquicos. — Opio, China, ingleses. — El turco y el opio. — Acción sobre el caballo. — Las tabernas de opio. — Por algunas bocanadas de pipa. — La Teriaca. — Los ingredientes que contiene.

Capítulo VL — De la morfina y de la morfeo-

La Morfina. — El descubrimiento. — Inyecciones morfínicas. — Médicos y morfina. — Morfinómanos o Morfeómanos. — Dos

casos de Morfinismo o de Morfeísmo. —

El Mitridatismo. — Dificultad de curarse de esta pasión. — Sólo la hipnotismo es eficaz. — Otras perversiones humanas: Éter, cloral, etc.

Capítulo VIL — Las hierbas mágicas...... 127

Papel de las hierbas mágicas en la Antigüedad. —

Su empleo. — Pitias y brujas de la Edad Media. — Correspondencias planetarias. — Cita de Plinio. — I. La verbena. El druidismo. La Hierba de paloma. Diversas especies de verbena. Los galos. Los magos. Elysiaur's hudal. La hierba sagrada. Sus propiedades. El muérdago del roble. — IL La celidonia. — III. La centaura. Diversas especies de centauras. —

IV. La mandrágora. — V. El eléboro. El blanco y el negro. — VI. El heliotropo. — VII. La ortiga.

— VIII. La pervinca. — IX. El lirio. —

X. El Henna.

Conclusiones generales 145

Tabla sumaria de los capítulos 173

OBRAS DEL MISMO AUTOR

Diccionario razonado de arquitectura y de las ciencias y artes que a ella se refieren. — 4 vol. gr. in-8" jesús, de unos 5 5o a 600 páginas cada uno, y que contiene unos 4.000 grabados en el texto, 60 láminas aparte y 40 cromolitografías. — París, Firmin Didot y Cía, editores, 1879-1880; 2.ª edición, 1882-1883.

Diccionario del Arte, de la Curiosidad y del Bibelot.

— 1 vol. gr. in-8” jesús ilustrado con 709 grabados intercalados en el texto, 3 5 lám. en negro y 4 en color, en rústica (agotado).

Tratado de las construcciones rurales. — 1 vol. gr. in-8° jesús, de xiii- 5 09 páginas, acompañado de 576 figuras intercaladas en el texto o fuera de él.

París, Vve A. Morel y Cía, editores, 1875.

De los Concursos para los monumentos públicos. — Folleto in-8”. — París, Jouaust.

Los Marfiles. — Folleto in- 16 ilustrado con 2 3 grabados en el texto. — París, Librería del Arte.

Diccionario general de la Arqueología y de las Antigüedades entre los diversos pueblos. — 1 vol. in-8” de viii-5 7 6 páginas, ilustrado con 450 grabados en madera.

— París, Firmin Didot y Cía, editores, 1881.

Tratado completo de la Turba. — 1 vol. in-8” con

figuras. — París, J. Baudry, editor, 1870.

Tratado completo teórico y práctico de la Calefacción y de la Ventilación de las habitaciones privadas y de los edificios públicos. — 1 vol. in-8” jesús, de 262 páginas, con a5o figuras intercaladas en el texto. — París, Vve A. Morel y Cía, editores, 1875.

Estudios sobre las Calzadas en las grandes ciudades. — Folleto in-8”. — París, J. Baudry, editor, 1 874 (agotado).

De la Calefacción en general y más particularmente de la Calefacción al Vapor y al gas hidrógeno.

Conferencia pronunciada en la Sociedad central de Arquitectos franceses, el 20 de enero de 1875. Folleto in-8”. — París, Vve A. Morel y C‘", editores, 1875 {agotado).

Estudios sobre los Hospitales y las Ambulancias. — Folleto in-8” con figuras. — París, Vve A. Morel y Ck', editores, 1876. [Agotado).

Historia nacional de los Galos bajo Vercingétorix.

— 1 vol. in-8° ilustrado con numerosas viñetas.

— París, Firmin Didot y Cía, editores.

Compendio histórico de la intolerancia religiosa a través de los siglos {en preparación).

Isis desvelada o la Egiptología sagrada. — 1 vol.in-12

de vi-3o4 páginas con un retrato del autor.

— París, Chamuel, editor.

Addha-Nari, o el Ocultismo en la India antigua. — 1 vol. in-12 de xiv-3 59 páginas con una lámina en color y 2 viñetas. — París, Chamuel, editor,.8g3.

Bilsama o el Ocultismo celta en las Galias.

— 1 vol. in-12 {en preparación).

Estos tres volúmenes forman la trilogía del Ocul- tismo Egipcio, Hindú, Celta.

Diccionario de Orientalismo, de Ocultismo y de Psicología, o Diccionario de la ciencia oculta {en preparación).

La Quiromancia medicinal y el tratado de la Fisonomía, por Philippe May de Franconie, traducción francesa y comentario. — París. Chamuel, 1 8g5.

La Doctrina secreta, o el Esoterismo a través de los siglos (en curso de publicación en la Curiosité).

Estas seis obras forman parte de la Enciclopedia de la ciencia oculta, publicada por el Sr. Ernest Bosc.

Tours, imp. E. Arrault y C'% 6, rue de la Préfecture.

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