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Dominio público · Español

Hachís: relatos

Oscar A. H. Schmitz · 1902

Edición de Biblioteca Pevgrow. Licencia CC BY 4.0. Fuente: Project Gutenberg #37763.

Para máquinas: markdown · datos e índice

Hachís: relatos

Oscar A. H. Schmitz

Project Gutenberg, 1902.

Traducción al español. Obra en dominio público o de acceso abierto. Edición Pevgrow, 2026.


Relatos de hachís

de Oscar A. H. Schmitz

Con trece dibujos de Alfred Kubin

Múnich y Leipzig, en casa de Georg Müller

MCMXIII

Impreso en Imberg & Lefson G. m. b. H. en Berlín SW. 68.

Índice

Hachís El club del hachís La amante del diablo Una noche del siglo dieciocho Carnaval El pecado contra el Espíritu Santo El mensaje La senda de los contrabandistas Hachís

¡Oh! ¡là là! ¡qué de amores espléndidos he soñado! (Arthure Rimbaud).

Prefacio a la cuarta edición

YO no escribiría ni podría escribir hoy este libro, concebido en 1897 y 1900 y aparecido por primera vez en 1902 —es decir, mucho antes de que el satanismo y el género «grotesco» estuvieran de moda en Alemania—, tal vez porque mi fantasía florece con una abundancia menos traviesa, tal vez porque una consideración del mundo más universal frena un tanto el puro aleteo estético de estímulo en estímulo. Sin embargo, me alegro de haber escrito este libro a los veinticuatro años. Se me ha sugerido la necesidad de poner su nueva aparición en armonía con las opiniones que recientemente he expresado en alguna ocasión, y que han sido atacadas con vehemencia, sobre los límites entre el arte, la moralidad y la religión. Ahora bien, una obra de arte no puede, como hoy se predica hasta el hastío, ser en sí misma ni inmoral ni irreligiosa. Antes bien, como obra de arte no tiene nada que ver en absoluto con la moralidad y la religión. Bien es verdad que puede hacerse de ella un uso inmoral, y las mentes limitadas pueden escandalizarse en su fe por causa de ella. En este libro, pues, no me atrevo a socavar los fundamentos de la familia y del matrimonio, aunque como artista me tomo la libertad de buscar mis temas entre las singularidades que quedan fuera de la familia. Tampoco expreso desprecio alguno hacia la religión —lo que contradiría por completo mi propia disposición religiosa— cuando muestro cómo una banda blasfema de jóvenes depravados, en el momento en que cree cometer el pecado contra el Espíritu Santo, se hinca de rodillas adorando ante la omnipotencia de Dios. Un monseñor en Roma me aseguró una vez que mi representación, aunque retrata al diablo con bastante detenimiento, no contraviene en nada los dogmas católicos.

Un creyente se edificará incluso con el pensamiento de que Dios apenas permite el mayor de los pecados, el que se comete contra el Espíritu Santo. Con todo, el libro está escrito sólo para adultos cultos. Su aspecto exterior lo mantendrá lejos de la nursery, su precio debe hacerlo inaccesible para la juventud medio crecida, y su estilo difícilmente despertará el interés de los semicultos. Con ello queda satisfecho lo bastante las justas exigencias de la moralidad social.

Me dirijo en primer lugar a hombres experimentados. Si a ellos les parece el librito digno de tal honor, que lo depositen en la tocador de sus amantes, que en este mundo cristiano-moral, al fin y al cabo, existen, y cuya suerte es florecer en salvaje gracia fuera de los límites de la moral social. Darlo a jóvenes hermanas e hijas, que han de construir su destino dentro de estos límites, sería reprobable. Regalarlo a la propia esposa es las más de las veces superfluo, a menudo peligroso, aunque naturalmente todo depende siempre de la mujer.

Y a ti, bella ociosa, a quien casualmente este prefacio acaba de atraer a la lectura, te digo esto: si no puedes hacer otra cosa, léelo a escondidas, como alguna vez te escabulles a un baile no del todo irreprochable, adonde no perteneces. Mientras tú misma sepas que no cometes más que una escapada de la que no se debe presumir, para no dar mal ejemplo, puedes leerlo en nombre del diablo. Pero si te sitúas en el punto de vista de la liviandad hipócrita, cuya tercera palabra es: «no hay nada de malo en ello», o bien perteneces a esas gansas charlatanas que una y otra vez insisten en que la mujer es en primer lugar persona y de la misma naturaleza moral que el hombre, entonces ambos no tenemos nada que decirnos.

Tras la representación de una obra mía que trata el problema de «Don Juan», se me acercó una madre moderna y me contó cuán encantada había salido del espectáculo su hijita de dieciocho años y cuán excitadamente se habían discutido en la mesa familiar las cuestiones que yo había tocado. Me quedé bastante asustado, tanto más cuanto que ahora se me acercaba la propia niña, y advertí sinceramente a la buena señora que no diera mis obras a muchachas jóvenes. «Oh, nosotros no tenemos prejuicios», replicó ella. «Pero yo sí», dije en penosa turbación, «por favor, impida que su hijita hable conmigo sobre mi obra. No sabría de ningún tema que no pudiera tratar con una mujer, pero a la ilustración sexual no me siento llamado.» ¿Por qué se confunden hoy tan lamentablemente estas simples cuestiones? También en una sociedad que funciona sanamente hay una multitud de legisladores y filósofos morales que presuponen cosas imprevistas. Precisamente ellos, por su abigarrada aventura, atraerán de modo particular al artista. Prohibirlos es hipócrita, filisteo y además inútil. Por eso no deben ser pregonados públicamente por mucho tiempo. Del artista, por tanto, ha de exigirse que la forma en que trata tales temas, y del editor, que la manera en que los lanza al mercado, guarden las distancias con la moralidad imperante. No se cuenta en la mesa familiar que ayer se cenó con una dama «interesante». Así habrá que impedir que los libros que tratan temas delicados caigan en manos equivocadas. Completamente equivocado, porque mata el arte, es el sistema inglés, que simplemente prohíbe al artista la representación de tales cosas y permite a la muchacha joven leerlo y verlo todo, en lugar de dejar al artista la libertad de la representación, pero vedar a veces el acceso a las muchachas jóvenes. La sociedad francesa era tan libre y espiritual porque las muchachas jóvenes quedaban estrictamente excluidas; la inglesa es tan aburrida y monótona porque las «spinsters» han de estar presentes en todo.

El autor que se adentra por senderos arriesgados debe esmerarse en un estilo particularmente cuidado, y con ello ha cumplido los deberes de la moralidad y del tacto. Lo demás es incumbencia de editores, libreros, padres y tutores.

Así pues, vosotras, cortesanas risueñas, os encomiendo de corazón este librito de mi juventud, y a vosotras, damas seguras de sí mismas e inteligentes, os lo deslizo quizá a escondidas bajo la almohada.

El club del hachís

UNA noche del invierno de 189* me hallaba en un restaurante parisino poco concurrido. Mientras, sin prestar atención a mi entorno, estaba exclusivamente ocupado con la comida, oí junto a mí una voz a media voz que se dirigía al camarero. La manera de expresarse, hábil a pesar del acento extranjero, que delataba familiaridad con los bulevares, cautivó mi atención, y reconocí en el dandi esbelto, discretamente rubio, ya algo envejecido, al conde Vittorio Alta-Carrara. Observé, mientras él, sin verme, componía su menú, que la tendencia vertical de sus líneas se había acentuado aún más desde nuestro último encuentro, y que un arte insuperable del vestir hacía plena justicia a esta disposición; dejaba desembocar sus piernas largas y estrechas en las botas más esbeltas, mientras los dedos casi descarnados terminaban en uñas en forma de arco apuntado. Sus labios delgados, que no dejaban traslucir sensualidad alguna, habían adoptado junto al «ennui» cierta amargura que hacía su personalidad fría casi más humana y algo más accesible.

«Ah, está usted en París», dijo el conde, y se mostró asombrado sólo por amabilidad, aunque entre nuestro último encuentro y esta noche en París mediaban varios años y países.

Nos habíamos conocido una vez en un salón romano, donde una noche, según la costumbre del país, cada uno con una taza de té en la mano, estuvimos una hora de pie el uno junto al otro entre estatuas raras. Más tarde supe que tenía un padre calabrés que lo había engendrado, en una misteriosa devoción por las grandes mujeres rubias del Norte, con una noruega bastante inferior, que sin embargo era lo bastante rubia y esbelta para hacer presentir al fantástico meridional, al menos de lejos, el aroma de las manzanas de Freia. — Otra vez vi al conde en un museo neerlandés apartado, donde buscaba los fragmentos de un grabador desconocido, Allaert van Assen. Este maestro —así lo aseguraba— había representado en escenas infernales torturas muy ingeniosas, que debían demostrar que el dolor es un placer intensificado, que sólo los hombres necios no pueden anhelar los goces de una condenación eterna. La Inquisición quemó a este satanista, que se extravió hacia España, con compresas de nieve sobre el corazón y el cerebro, prudentemente y despacio, y destruyó o desfiguró sus obras. — La última vez había visto al conde en el gabinete de manuscritos de una pequeña ciudad alemana, donde extraía un códice árabe que, según juraba, hacía superflua toda la literatura erótica de los europeos.

Esta noche Alta-Carrara estaba poco comunicativo. Toda su atención parecía estar cautivada por los manjares, que, preparados según su particular indicación, parecían satisfacerlo por completo. De pronto se interrumpió ante una sopa de castañas que parecía despertarle un recuerdo:

«¿No ha compuesto usted una vez un verso —algo así como...

... y un placer, cogido en mil lanzas, del que el alma se acuerda como de un ser anterior, transfigura con resplandor matinal amarillo las profundidades que el vivir circunda de negro...?

¿Ve usted? Representar este placer de mil primaveras, este paraíso del hachís, eso sería gran arte, pero todos nosotros sólo hablamos de ello, no lo creamos. El arte nuevo tendría que destronar el hachís, el opio...!» Yo estaba sorprendido. Nunca había oído hablar a este hombre pálido con tono tan penetrante de inconfundible sinceridad. Y eso ocurría por una estrofa que lo dejaba insatisfecho. Hasta entonces me había inclinado a tenerlo sólo por un dandi estético y culto.

Ahora, en cambio, casi me parecía oír de él un grito hacia lo infinito, nacido de aquel extraño dolor que hoy confunde a algunos espíritus que antes hallaban satisfacción en ciertas direcciones más finas del cristianismo, y quizá aún hoy la hallarían si no estuvieran cerradas determinadas capillas (quién sabe por cuánto tiempo). — Aquella noche aún no había tenido ocasión de encontrar la mirada de Alta-Carrara, y sólo ahora observaba aquel mirar casi forzado que se esfuerza por tocar horizontes sobrehumanos, que busca vistas hacia paraísos artificiales, a los que sólo las drogas satánicas que el conde ya había nombrado permiten el tránsito.

— Habíamos terminado la comida casi al mismo tiempo, mientras Alta-Carrara había vuelto a entrar en la consabida reserva de un hombre solitario que cree haber sido muy cortés porque ha pronunciado unas cuantas palabras.

«Pasaré esta noche con amigos», dijo de pronto.

«Quizá tenga usted ganas y tiempo de participar en nuestra sociedad?» De nuevo me sorprendí. Alta-Carrara apenas me conocía. Con seguridad no podía juzgar de mí mucho más que las cualidades de mi sastre. Una cortesía irreflexiva no era de suponer en este hombre siempre consciente. Debía, pues, suponer una relación entre aquella estrofa, que quizá tenía por un pantáculo de mi personalidad, y el carácter de la sociedad a la que quería introducirme.

Fuimos al barrio de Batignolles. Por el camino esperaba oír algunas observaciones preparatorias sobre el círculo de amigos de Alta-Carrara. Él, entretanto, hablaba con superficial, casi graciosa ligereza sobre las cosas más diversas, sin decir precisamente necedades. Sentí que sólo le importaba evitar un nuevo silencio. — Después de subir las seis escaleras de una casa de alquiler moderna, se nos condujo a un amplio espacio a modo de taller. En la luz crepuscular de velas cubiertas de rojo distinguí a varios hombres que yacían sobre cojines bajos con cómodos vestidos, según me pareció, orientales. Entre los lechos había taburetes con narguiles y cuencos humeantes de perfume.

Un suave olor de resinas ardientes se mezclaba con el humo de ligeros cigarrillos ingleses. En las paredes de rojo oscuro colgaban aguafuertes y grabados de negro profundo, cuyas representaciones apenas reconocibles nos miraban fijamente como las visiones de una pesadilla. En los rincones distinguía, entre plantas extrañas, instrumentos musicales anticuados como extraños reptiles. Apenas se movió nadie al entrar nosotros.

Se intercambiaron ligeros saludos. Alta-Carrara hizo en silencio un movimiento de mano, como si me presentara. Luego nos dejamos caer sobre los cojines. De una mesita que estaba entre nosotros tomó el conde algunas píldoras de hachís y me ofreció sonriendo la copa.

«Los que yacen en derredor —explicó a media voz— se hallan en un estado de excitación que no puede llamarse embriaguez. No han ingerido sino dosis muy pequeñas de hachís. Los oirá usted hablar en secuencias lógicas, sólo que verán relaciones más múltiples y extrañas de las que suelen reconocerse. Si tenemos suerte, podremos encontrarnos como en una reunión de artistas súbitamente iluminados, a quienes fluyen de los labios palabras fabulosas de cuyo brillo apenas si mañana sospecharán ellos mismos algo. Otros renuncian al goce del hachís y admiran el efecto que produce en los demás. Quien sea capaz de ello, procurará dar mediante música o relatos singulares direcciones particulares a las representaciones de los otros. Eche una mirada por esta puerta abierta a las habitaciones contiguas; allí están los que quieren sumergirse por completo en los abismos de la inconsciencia.» Vi en la penumbra a personas dormidas tendidas ante espejos venecianos.

«A través de las flores de vidrio coloreado de los espejos creen sumergirse en fabulosos estanques —dijo el conde—. Los dos hombres que andan de puntillas son criados hábiles que los protegen del frío y de la sed, pues en su parálisis de la voluntad preferirían dejar que se les quemen los labios antes que llevarse a la boca la bebida que tienen delante.» Decidí en seguida afinar los sentidos de mi vecino con una ligera dosis de hachís, eliminar las representaciones inhibitorias del intelecto que tantas veces actúa sin ser llamado, en suma, gozar de una vida intensificada.

Reinaba gran quietud en la sala. De cuando en cuando caían palabras francesas sueltas cuya pronunciación me revelaba que algunos de los presentes eran extranjeros. Había esperado quizá media hora soñando, cuando en un rincón se tocó en un clavicordio y una viola da gamba un divertimento italiano a la antigua. Sentí con particular complacencia cómo esta música me penetraba, me corría por la sangre, me encendía, a mí y a los objetos de alrededor. Me parecía del todo natural que ahora todo resplandeciera. Ése era el verdadero color de la vida. Antes las cosas habían dormido. Todo en torno era leve y, sobre todo, muy bondadoso. La opacidad de los objetos parecía suprimida; todo era vidrio coloreado tras el cual nada se ocultaba ya; las secuencias de palabras que oía eran determinadas y simples como proposiciones matemáticas, parecían resolubles en números. Con una mirada abarcaba relaciones que de ordinario son resultado de una reflexión penosa; las palabras centelleaban en los distintos colores de todas las lenguas. Las sílabas «Kirche» sonaban a la vez grandes y claras como «église», desconfiadas y puritanas como «church». Las letras de «Wort» contenían simultáneamente el «logos» talismánico, el «waurd» rúnico, el «mot» puntiagudo y volador, la «parole» un poco pesadamente acicalada. En todas las sílabas resonaban como tonos fundamentales rimas medio desvanecidas; yo olía, veía, saboreaba cada palabra, la palpaba como seda o mármol; ya no veía sólo superficies, sino cuerpos enteros por todos lados a la vez. Y esta súbita riqueza de la realidad, de la que en modo alguno salía, me hacía rebosar de felicidad y gratitud, de modo que de buena gana habría hecho bien a otras personas, supuesto que pudiera quedarme tendido en el otomán. Por lo demás, era perfectamente consciente de dónde me hallaba. Me parecía llevar puestas unas gafas de color. Pero si quería, podía también mirar de soslayo por encima de los cristales y ver cuán indeterminada, confusa y polvorienta es en realidad la vida. Era dueño de mi voluntad y podía considerar las cosas a mi antojo, reales y coloreadas.

Mientras los papeles pintados de rojo oscuro resplandecían como paredes de vidrio tras las cuales se hundían fabulosos soles en locos estallidos de ardor, se alzó de pronto ante este fondo deslumbrante una cabeza que se dilataba de modo tan descomunal que ocupaba todo mi campo visual. Entre la abundante barba rojiza advertí unos labios firmes y delgados. El pálido rostro estaba casi rígido, y en el recuerdo me parece que había adoptado a veces reflejos verde y violeta, como de cadáver. Este hombre dijo que había nacido en Alemania, y que se le perdonara por ello la imperfecta pronunciación del francés. Sus palabras claras e inteligibles despertaron mi curiosidad.

Conscientemente me aferré de nuevo a la realidad y decidí escuchar con atención al hombre, en quien reconocí al mismo que antes había tocado un clavicordio. Por fácil que me resultara seguir sus palabras con el pensamiento, me alegraba tanto de no tener que mover el cuerpo. Contó una historia de la que me han quedado en la memoria imágenes y conversaciones con una nitidez que rara vez conservan las propias vivencias. He logrado reencontrar la conexión de estos detalles:

La amante del diablo

HACE quince años la necesidad me impulsó a aceptar un puesto de maestro de capilla en una ciudad provinciana británica. La maldad relativamente escasa de los hombres de mi ciudad natal me había permitido unir a una vida bastante desenvuelta la frecuentación de los salones; es más, podía permitirme llevar allí un leve aroma de afuera y reclamar ciertos privilegios de niño mimado y travieso. De esto hace ya media vida de hombre. De aquel entorno me vi de pronto trasladado a la atmósfera más burguesa de Inglaterra, cuyo carácter designa por completo la palabra «respectability». Figúrese usted una ciudad cuyas casas están pintadas de un negro rojizo ahumado e iluminadas por ventanillas de una gótica miserable. Para abrirlas se deslizan los cristales hacia arriba, de modo que la cabeza que se asoma queda en cierto modo bajo una guillotina; imagínese calles de una limpieza insana, por así decirlo desinfectada, que recuerda la palidez enfermiza de ciertas pieles que nunca segregan sudor, cuyos poros están cerrados a la exhalación. Por estas calles se mueve una población silenciosa.

Todos van vestidos con una corrección penosa. Los hombres llevan trajes del color de los caminos rurales sucios o reblandecidos por la lluvia. Los rostros deben de haberse quedado detenidos en un instante de desesperada estupidez anímica, horrorizados por un acontecimiento terrible. Por doquier cree uno ver petrificaciones. Ningún café ni casa de comidas anima las calles, sólo tabernas de whisky de olor violento. Mis días transcurrían por ello en una boarding-house en cuya mesa se reunía una sociedad de hombres escasamente rubios y linfáticos; las pústulas rojas en los rostros acuosos e imberbes, los miembros largos y, sobre todo, las voces sin calor, como producidas por una máquina, no despertaban en mí al principio sino un frío estupor. Casi todo el día se llevaban por los pasillos y comedores, que en su lobreguez parecían interminables, fuentes y bandejas cubiertas por criados taciturnos, con asados gigantescos y sangrantes. Ya a las nueve de la mañana se habían consumido espesos ragús y pasteles pesados, de modo que pronto me hallaba en aquel estado turbio que sobrecoge tras una comida demasiado abundante.

Una cerveza negra y amarga, espesa como papilla, atrae al espíritu que quiere pensar en línea recta a un pantano. La sangre se espesa hasta el estancamiento, se siente el cerebro pesar en la cabeza como una masa cálida y pesada en la que se aloja fijo una cosa puntiaguda y maligna: el spleen.

Mi actividad consistía en la dirección de un club musical fundado según el modelo alemán, en el que la sociedad de H. se reunía, según decían, para el cultivo de los compositores clásicos. La verdadera causa de las reuniones era aquel flirt sin espíritu que la burguesía provinciana inglesa ama por encima de todo, en el que volatiliza constantemente sus instintos sin anhelar descargas más fuertes. La obstinada negativa a participar por lo demás en la sociabilidad, mis corbatas y chalecos bastante extravagantes, pusieron pronto en circulación los rumores más dudosos sobre mí. Aunque al interesante extranjero que yo era le estaban abiertas todas las casas de esta ciudad que se consumía de curiosidad y aburrimiento, sólo me sentí un poco atraído hacia un círculo que no existía en absoluto para la sociedad, pues lo formaban las gentes más despreciadas. En un sótano del peor arrabal se reunían de noche los miembros de una pequeña y hambrienta compañía de actores, cuyas costumbres grotescas y a menudo bastante insípidas me atraían todavía más que las mesuradas de aquella sociedad sin sangre. Estos actores, en parte talentos venidos a menos, se habían entregado a la única panacea que existe contra la miseria de la vida inglesa: el whisky. Con ellos pasé, las más de las veces más sobrio que ellos, en el sótano turbio y lleno de humo una serie de noches de invierno que quizá me habrían llevado de otro modo al suicidio, y no abandonaba a los flacos y patéticos bebedores hasta que los oía gritar confusamente, con rostros desfigurados, en la énfasis de la embriaguez, sus papeles favoritos. Cuando luego, vencido por el cansancio, ya no soportaba aquellas voces, subía a la limpia noche invernal y distinguía aún, en el aullido sordo y lejano bajo la dura nieve, versos de Hamlet y del Rey Lear. A menudo me reprochaba yo mismo estos excesos, que me hacían dormir medio día. Pero una y otra vez huía hacia los actores; pues cuando llegaba la tarde, aquella tarde húmeda y neblinosa, con sus escalofríos de frío y de espanto, entraba en mi cuarto el más necio de los fantasmas, cuyo nombre nos avergonzamos de confesar, el que parece habérselas tomado en particular con las razas germánicas: la sentimentalidad. ¡Cuántas veces había pasado las tardes sobre un libro que me alejaba de la realidad, pero quedamente, cuando llegaba el crepúsculo, sentía cómo las manos húmedas y frías del fantasma, que parecen querer acariciar, se posaban en mi frente, sobre los ojos, y me impedían seguir leyendo. Una palabra había despertado quizá en mí débiles deseos, y ya estaba yo entregado para la tarde al poder cruel. O entre mi tocar del piano sonaba desde el vestíbulo una voz indiferente, o aspiraba el aroma del té, de un cigarrillo, y era esclavo de la fuerza que nunca se nombra en su horror, pues ante ella uno se contenta con sonreír como ante una dulce necedad. Pero yo sostengo que este enemigo insidioso nos empuja a la embriaguez cuando quisiéramos permanecer sobrios, que despierta el miedo a nosotros mismos, a la soledad, pues sabemos que allí está tendido sobre los muebles, que despierta aromas de horas felizmente olvidadas, que arranca del piano melodías necias y hace mecerse sobre las flores del papel pintado figuras que nos llaman, y con compasión, diciéndonos que hemos dejado pasar la vida. No lo soportamos, huimos y todo lo que el azar nos pone por delante nos viene bien para pasar unas horas. Y este ser insensato que llevamos dentro se muestra entonces ofendido, como si hiriéramos lo mejor de nosotros, y por contradicción contra este fantasma de solterona que es la sentimentalidad nos envilecemos cuanto podemos.

Cada día aguardaba un cambio en mi vida, pues no podía imaginarme que estas serias y cautelosas familias de comerciantes fueran a satisfacer durante mucho tiempo sus necesidades musicales mediante un ser tan dudoso como yo era.

Una mañana un acontecimiento extraordinario interrumpió aquel invierno. Recibí una carta con el matasellos de la ciudad. La escritura estaba evidentemente disfrazada. Bajo la habitual corrección rígida de la caligrafía inglesa observé una llamativa movilidad de los trazos, mayúsculas de trazo fantástico que me sorprendieron. Busqué en vano una firma. La carta decía:

«Sin duda, señor mío, es usted el hombre más notable de H., lo que por lo demás no quiere decir mucho. Desde la semana pasada estoy de vuelta de un viaje y observo por doquier que la imaginación de esta ciudad se ocupa casi exclusivamente de usted. No le he visto, pero me dicen que es usted feo como un muerto. Deseo conocerle. Como el aspecto de un ser humano —sobre todo el de las razas no anglosajonas— me intimida con mucha facilidad, quisiera conversar con usted sin verle; cómo, déjelo de mi cuenta.

Por ahora escríbame sólo si le parece que vale la pena trabar conocimiento con una personalidad que no le revela otra cosa sino que es una dama.» «Me parece que vale la pena», escribí sin vacilar, pues incluso una mala broma habría traído variedad a mi vida. No tuve que buscar mucho el hueco del árbol en James Park donde debía depositar mi respuesta.

«Le considero a usted lo bastante inteligente —así terminaba la carta— como para no estropear el encanto de esta aventura espiando al que ha de recogerme. Si usted echara a perder el asunto con alguna imprudencia, tendría yo que lamentar una diversión malograda.» Al día siguiente recibí la siguiente invitación: «El lunes por la tarde, a las seis, le esperará a usted en la esquina de Pier Road con King Street un cupé que el cochero le abrirá al oír la contraseña >Miramare<.» En efecto, allí encontré aquel día señalado, en la oscuridad del temprano anochecer invernal, bajo un brazo de gas, un cupé. El cochero miraba fijamente ante sí, inmóvil, semejante a una divinidad egipcia de basalto. Al oír el grito de «Miramare», le vi hacer un breve movimiento automático de la mano. El coche se abrió por sí solo. El interior, alumbrado eléctricamente, estaba tapizado en color de reseda y exhalaba un leve olor a verbena.

Al instante se cerró tras de mí la portezuela y el coche se puso en marcha. Sobre una tabla angular encontré cigarrillos. Quise observar el camino, mas al descorrer las cortinillas advertí que en lugar de ventanas había unas planchas de madera pulida y brillante encajadas en las portezuelas. Para abrir las puertas no había asidero alguno. Era, pues, un prisionero hasta que al cochero basáltico le diera por apretar el botón. Solo un aparato de ventilación opaco en el techo me unía al mundo exterior. El movimiento casi silencioso de las ruedas de goma me impedía distinguir si rodaba sobre el empedrado o si habíamos salido ya de la ciudad. El trayecto duró bastante más que un simple recorrido en la pequeña ciudad; pero bien podía tener el cochero el encargo de desorientar mis conjeturas dando rodeos. Mi estancia en la claridad perfumada de este boudoir rodante era, entre tanto, del todo soportable. Probé los cigarrillos, cuya exquisita calidad comprobé. De pronto se detuvo el coche. Mientras oía voces fuera, se apagó la bombilla eléctrica. Se abrió la portezuela. Vi un bosquecillo nevado, un trozo de cielo nocturno y otro cupé. En pocos segundos se deslizó dentro, flexible como un animal extranjero, una figura vestida de negro, tan densamente velada que no pude reconocer ni su edad ni su talle. Al punto se cerró tras ella la portezuela y el coche siguió adelante. La criatura se había sentado junto a mí en la oscuridad. Resolví dejar que hablara ella primero. Por el momento nada se percibía sino el crujido y el perfume de la seda pesada. Luego dijo una voz femenina, segura y bastante grave:

«Deme usted sus cerillas, se lo ruego.» Sentí su mano en mi brazo. Escondió mis fósforos, según me pareció, en su vestido.

«Deme usted su revólver», dijo luego, breve y resuelta.

«Su revólver», insistió.

Le aseguré que nunca llevo revólver encima, pues con mi excitabilidad me causaría más daño que protección.

«Excepto hoy», observó ella con media ironía.

«En el peor de los casos tenía yo que esperar una broma maligna», declaré, «para eso me habría bastado este bastón; con gusto se lo entrego.»

«Gracias, a un bastón no le tengo miedo.»

«¿Pero a un revólver?»

«Semejante instrumento», replicó ella con presteza, «da tan fácilmente a una aventura el aire de un fait divers para el diario de la mañana.»

En aquel instante advertí que dejaba algo duro sobre la tabla de la pared. Levanté la mano con sigilo para palpar el objeto y, al hacerlo, produje imprudentemente un ruido.

«¿Qué hace usted?», preguntó ella.

«Busco mis guantes.» Al punto me arrepentí de esta necia evasiva.

«Tendría ganas de hacer luz», exclamó ella riendo, «para ver si se pone usted colorado.» Me sentí como un colegial.

«Confieso que me he descubierto», dije, «pero ¿no revela también una debilidad el que usted haya creído necesario traer un revólver, mientras yo venía sin armas?»

«En ese sentido tiene usted ya una victoria que anotar», respondió ella, «pues posee mi confianza. Le creo, en efecto, que está usted sin armas.»

«¿Puedo estrecharle la mano?»

«¿Para que me calara de una vez? Bueno, llevo guantes de piel. Aquí tiene usted una mano enmascarada, cuya forma nada revela.»

Pude advertir ya que no me las había con ninguna Bovary, sino con una mujer que obraba con plena conciencia y de refinada sutileza. A veces callaba yo minutos enteros; eso la ponía nerviosa.

«¿Tiene usted hoy, por lo visto, un mal día?», preguntó.

«Al contrario, el mejor desde que vivo en H. ¿Y usted?»

«Me aburro un poco.»

«Para su regocijo le revelaré que en este instante experimenta usted exactamente lo mismo que el hombre siente tan a menudo ante las mujeres. Por temor a la banalidad, no se atreve usted a pronunciar las necesarias primeras palabras. Sé que a las mujeres les divierte mucho este miedo de los hombres, pues notan que se las toma demasiado en serio. Usted no se pondría a reflexionar si es banal hablar del tiempo. Yo quiero ahora, una vez, ser también acrítico, como una mujer. Pregúnteme usted sencillamente si me gusta H., si es en Alemania igualmente hermoso...»

«Pero usted puede decir todo eso también sin que se lo pregunten», replicó ella atónita, casi ofendida.

«Es que a mí no me importa hablar», dije riendo. «No me aburre lo más mínimo rodar en silencio con una desconocida, bajo la cual puedo imaginar a mi antojo a una Semíramis o a la Otéro, por regiones desconocidas, y dejar a su cargo el procurarme las más extraordinarias sorpresas. Pero si usted quiere hablar, estoy gustosamente a su disposición.»

«¿Es esto propiamente una descortesía?», preguntó ella con ingenuidad.

«Como aún no la conozco a usted misma, encuentro más interesante pensar en Cleopatra que en una institutriz de las novelas de la señora Bradford.»

«Ahora quiero darle voluntariamente la mano», dijo ella de pronto, «creo que puedo prometerme algo de esta aventura.»

Lentamente se deslizaron unos dedos fríos y secos sobre los míos. Sentí una de esas manos esbeltas, casi algo demasiado huesudas, de dedos largos, un poco abultados en las articulaciones, cuya movilidad temblorosa parece producir siempre otras formas.

«¿Cree usted que soy hermosa?», preguntó mientras yo jugaba en la oscuridad con su mano, que lentamente se iba entibiando en la mía.

«No», respondí, «pero su mano revela un alma que hace superfluo el ser hermosa.»

«Ah», exclamó ella, al parecer, indignada, sorprendida y turbada a la vez.

Se apartó. Como yo me recostara en silencio en el rincón igual que ella, comenzó de nuevo, nerviosa:

«¿Por qué cree usted que he urdido toda esta historia?»

«¿Presumiblemente por curiosidad?»

«¿Presumiblemente? ¿Me tiene usted, pues, por del todo falta de temperamento?»

En lugar de una respuesta, ceñí con vehemencia los brazos en torno a ella; mientras se defendía, me abrí camino hasta su rostro velado y apreté mis labios contra los suyos. La resistencia fue debilitándose cada vez más bajo un beso, durante el cual aspiré el olor a polvo de unos carrillos que ya no florecían en la primera juventud. Su boca, delgada y fina, tenía, sin embargo, algo tan ingenuamente adherido, que recibí la impresión —quizá errónea— de que descubría por primera vez las delicias de un beso. De pronto me apartó de sí, como si la hubiese herido con algo.

«Ya no me gusta usted», dijo secamente.

«¿Porque su curiosidad no se deja satisfacer tan pronto como usted creía?»

«¿Y usted? ¿Está usted, pues, satisfecho?»

«¡Ni mucho menos!», respondí con frialdad.

«¿Y lo dice usted con tanta calma?»

«Sin duda, porque estoy seguro de la satisfacción.»

«Eso es fuerte.»

«¿Le parece?» La estreché de nuevo entre mis brazos. Ella procuró soltarse.

«Suélteme o llamo al cochero.»

«¡Llame usted!»

Sin que yo advirtiera movimiento alguno de su parte, se detuvo el coche. En el mismo instante se abrió la portezuela para dejarla salir y se cerró de nuevo. La bombilla eléctrica se encendió, el coche se puso en rápido movimiento. Me hallaba otra vez, prisionero solitario, en la claridad perfumada del boudoir. ¿Me habría echado a perder la aventura por haber avanzado demasiado deprisa, mientras quizá abrazaba al ídolo de mis sueños o a una cortesana antigua descendida hasta mí? Lo que más me inclinaba, sin embargo, era a imaginarme a una perversa de ojos verdes con dientecillos de gata. De pronto, la detención del coche interrumpió mis pensamientos. Se abrió la portezuela, bajé y me encontré en la conocida esquina. Antes de que hubiera tenido tiempo de dar una moneda al cochero, el coche se alejó. Quedéme en el camino como un mendigo que, despertado de un sueño de hadas, no sabe aún orientarse en la realidad.

Una semana entera debí de haber cavilado sobre la aventura, cuando una mañana me fue traída de nuevo una carta de la desconocida. En un barrio de la ciudad muy apartado del anterior me esperaría su cupé la tarde siguiente a la misma hora.

De nuevo fui durante media hora un prisionero en el claro boudoir rodante. Cuando se detuvo el coche, esperaba una repetición de los sucesos del último encuentro. En lugar de ello me hallé en el patio de un edificio semejante a un palacio. Ante mí subía una escalinata exterior, iluminada por dos candelabros, hasta el entresuelo. Arriba me esperaban dos criados, que abrieron en silencio una puerta vidriera por la que entré en una escalera clara y bien caldeada. Se me empujó, por así decirlo, a través de una puerta de dos hojas a una habitación oscura. Mis pies sintieron una alfombra espesa. Respiré aquel singular perfume de madera fina y de pesadas telas de seda que reina en las estancias suntuosas y poco frecuentadas. Avancé lentamente a tientas hasta un sillón. Luego oí cómo en una pared lejana se abría y se cerraba una puerta.

«¿Dónde está usted, amigo mío?», preguntó la voz grave que ya me era conocida, con un tono de familiaridad que debía sorprenderme después de nuestra última despedida. «Quédese, yo le encontraré.» Oí cómo se acercaba sobre la alfombra, luego sentí sus manos en mi cabello.

«¡Sígame!», susurró.

De nuevo estreché aquella mano enjuta que me guiaba. Respiré la atmósfera tibia y familiar que exhalan las mujeres que han pasado inviernos enteros bajo ligeros ropajes en sus cálidas estancias perfumadas. Entramos en una habitación contigua, muy caliente, en la que debían de vivir plantas tropicales húmedas. Me atrajo hacia un diván. La oscuridad era tan impenetrable que ni siquiera podía suponer de qué lado se hallaban las ventanas.

«Ahora le he visto a usted», comenzó ella, «me lo han mostrado.»

«Eso es un cumplido», respondí.

«¿Cómo así?»

«Que a pesar de ello prosiga usted la aventura.»

«En efecto, le encuentro a usted feo como un muerto. Pero esa es su baza conmigo.»

«Entonces es usted viciosa.»

«Y el vicio de amarle a usted se llama satanismo», dijo ella riendo quedo.

«Me temo que su viciosidad de usted sea solo literaria», respondí de pronto, escéptico.

«No la entiendo.»

«Quizá haya usted vivido en Londres o en París en círculos literarios, donde hasta hace poco se tenía por muy elegante entregarse a vicios raros.»

«Jamás. Solo gentes de finanzas y, a lo sumo, oficiales de marina se han acercado a mí. Una parte de mi vida la he pasado en América. En París no he estado nunca, ni ganas que tengo de ir; me lo figuro demasiado necio; en Londres solo me detuve de paso. Mi fortuna me ha permitido algunas excentricidades, pero hasta ahora no he sabido aún qué es la viciosidad literaria.»

«Tanto mejor», respondí, «pero ¿de dónde sabe usted algo del satanismo? Esa palabra no pertenece al vocabulario de los salones americanos.»

«Me divierte contárselo a usted», comenzó ella con comodidad. «Ya de niña me tentaba la fantasía del catolicismo, pero créame usted, no es para mí más que un deporte —en el fondo no doy un penique por él—; soy protestante, y por convicción; más tarde compré a la ventura escritos católicos de títulos muy prometedores, casi indecentes, que luego, sin embargo, me decepcionaron casi siempre. Eso me tentaba tanto más. Me irritaba que estos autores parecieran guardarse para sí los secretos que pretenden conocer, de los cuales nada dice el protestantismo. Probablemente todo eso son habladurías, me decía yo a menudo, pero quería a toda costa descubrir las artimañas de esta gente. Así cayó en mis manos un libro sobre demonialidad del padre Sinistrari d'Ameno...»

«¿Le conoce usted?», le interrumpí sorprendido.

»Encontré entonces la descripción de reuniones secretas de mujeres con seres de muy poderosa sensualidad, llamados íncubos; jamás había oído nada que inflamara más mi imaginación. Tener en algún lugar, fuera de la sociedad, un trato suprasensible que no se mide con ninguna medida humana, que por ello tampoco puede violar ninguna ley moral humana ni comprometer socialmente a una dama —pues lo que el autor católico dice allí del pecado mortal no vale ciertamente para nosotros los protestantes—, eso me parecía una idea tan extraordinariamente genial, digna de un Dios verdaderamente perfecto, para recompensar especialmente a los creyentes inteligentes que gustan de ocultar sus acciones ante la publicidad. Mi vida no tuvo desde entonces más que un propósito: gustar esa dicha extraterrestre. Durante años estuve atenta a todo lo extraordinario que llegaba a mis círculos, hasta que hace algún tiempo una quiromántica me vaticinó que el acontecimiento más extraordinario de mi vida ocurriría en este año. Emprendí viajes para salir al encuentro de lo maravilloso. Agotada y decepcionada regresé hace poco.« »¡Cuántas cosas no habrá usted tramado en ese viaje!« interrumpí divertido.

»No me interrumpa.« Con agitación prosiguió: »Cuando aparecí aquí en H., oí hablar de usted. Era inquietante, su nombre me perseguía cuando estaba sola. Estaba convencida de que usted debía estar en relación con el acontecimiento esperado. En toda circunstancia debía usted darme cuenta de sí. Quizá estuviera usted destinado a ser mi instrumento; quizá el padre Sinistrari hablaba sólo simbólicamente. Bien podría entablarse una relación casi suprasensible también con un ser vivo, con sólo cerrar los ojos para escapar a las decepciones y peligros del mundo de los sentidos. ¿No le parece?« Yo no estaba en absoluto en la disposición de ánimo de quien ha llegado a una hora de pastoreo. Esa mezcla de fría lascivia calculadora con especulación casuística y estrechez protestante-burguesa podía realmente sacar a uno de quicio; a ello se añadía el desagradable sentimiento de servir de instrumento, de haber sido, por así decirlo, convocado. Para evitar un silencio penoso, dije:

»Desgraciadamente se ha usted arrebatado a sí misma toda posibilidad de satisfacer su fantasía al buscar mi vista.« »¿Cómo habría podido yo dejarle entrar en mi casa,« exclamó toda asombrada, »sin saber que usted es un gentleman?« Apenas pude contener la risa. Hasta la cuarta dimensión llevaba esta anglosajona los prejuicios de su clase.

»¿Y ahora ha adquirido usted esa convicción?« »No sólo esa,« susurró ella, de pronto de nuevo excitada; sentí que en la oscuridad estaba muy cerca de mí. »Sé ahora también que usted es realmente el elegido para mi experiencia. He apagado las luces para que pueda usted imaginarse abrazar a su ídolo —no a una mujer a la que mil pequeñeces le molestarían; y estas caricias primigenias, que no se gastan con ninguna realidad, quiero robármelas— ¡un robo! Le he visto a usted tal como es, ¡así me he figurado yo a Satán!« Estaba sin aliento. Eché violentamente los brazos en torno a ella y de pronto me sentí invadido por un deseo sin nombre de precipitarme con los ojos cerrados en el abismo que se abría ante mí.

»Silencio... ni una palabra más...« gemí como en oscuro miedo a despertar — »¡no lo destruyas...!« Y le apreté los labios. Sin resistencia, en silencio, me perteneció. Me sentí en una noche impenetrable, tras la cual podía sospechar fantásticos paisajes de sueño. Por primera vez tenía en brazos a la mujer, ese oscuro, grande, lejano eterno que una mujer jamás puede encarnar del todo. Todo se encendió cuanto de otro modo sueños impotentes y realidades decepcionantes habían sepultado en mí. Nunca me he derrochado tan sin sentido hasta el sentimiento de disolución como en este cuerpo delgado, flexible, extraño, que para mí no contenía ninguna personalidad, que era realmente el ídolo. Según afirmó ella después, al parecer yo debí de gritar a veces en voz alta palabras extrañas y bárbaras, semejantes a los sonidos naturales que ella había oído a pueblos salvajes en sus danzas sagradas inconscientes, un hacerse sonido involuntario de las más altas excitaciones del alma que tantea en lo más misterioso. Ella había olvidado esos sonidos; pero, según decía, debían de volvérsele a ocurrir cuando sentía en la lengua el sabor de ciertos venenos, así como algunos recuerdos están ligados a melodías u olores. Yo mismo sólo puedo comparar mis sentimientos con los que tuve una vez cuando en los Alpes pendía con las puntas de los dedos sobre un abismo y, ante la faz de la muerte, vi pasar ante mí toda mi vida, comenzando por el final, en un instante. Así desfilaron en este abrazo todas las mujeres que había conocido, y tuve el sentimiento de poseerlas a todas, a todas. Abrazos vividos se repetían en uniones más perfectas, aventuras malogradas tomaban nueva forma; reinas antaño inaccesibles y anheladas se hundían en mis brazos y al final venían mujeres maravillosas, veladas, oníricas. Eran las amantes de mis sueños de muchacho, a las que antes y con más ardor había rendido homenaje que a aquellas vivientes. Sólo quien ha conocido en la infancia tales anhelos fantásticos puede medir las realizaciones de esta hora por la fuerza de sus deseos de entonces, que superaban todo anhelo amoroso real.

No sé cómo ni en qué momentos me dormí en brazos de esta mujer; de pronto desperté; acababa de percibir cálidos y elevados perfumes; ahora oía un rumor de vestidos, el deslizarse de una puerta; en torno a mí ardían innumerables lámparas. Me asusté al encontrarme de pronto en un espacio estrecho, vivamente iluminado, donde por todos lados me sonreían máscaras horribles que sacaban sus rostros morenos y velludos entre arcos gigantescos, penachos de colores y otros fantásticos utensilios de pueblos salvajes. Era el boudoir de mi amiga. Volví a la habitación contigua y me encontré en un salón claro, poco singular, estilo Luis XV, color fresa. Entró un criado y dijo:

»Madame está indispuesta. Siente no poder recibir hoy.« Le seguí al patio, donde me esperaba el cupé. El cochero me llevó de nuevo a la esquina de la calle.

Cada cuatro o cinco días recibía ahora invitaciones semejantes en los más diversos barrios, pero siempre me llevaba el cupé al mismo destino. Hablábamos cada vez menos. ¿Qué habrían de decirse además dos personas que sólo se servían de sus cuerpos mutuos como pretexto para las orgías de la fantasía? No a mí, sino a Satán amaba esta mujer. Y cuando en la oscuridad yacía ante mí y sufría en silencio, mientras yo buscaba sus líneas con la mano, cuando me parecía haber encontrado en la hierba del jardín una estatua derribada que cobraba vida bajo mi contacto, entonces amaba a Lais, entonces ardían ciudades en torno a mí, a las que a una señal de esta mujer habían volado teas incendiarias, como a mi alma, y nada me era más ajeno que el deseo de poseerla a ella misma alguna vez.

Sobre todo, ella me procuró por primera vez en la vida la satisfacción de mi atormentadora imaginación. Los arrobamientos amorosos del pasado y de la poesía, que siempre me habían parecido más inauditos, más misteriosos que los míos, ya no necesitaba envidiarlos como un débil nacido tarde, sabía vivirlos de nuevo. »Espera a esta noche,« me decía, cuando la fantasía se derrochaba en imágenes ociosas, y llegaban noches en que oía el Adriático batir contra los palacios de mármol, en que sentía junto a su piel terciopelo espeso, terciopelo suntuoso bajo el cual parecían henchirse sus miembros; una dogaresa bella y malvada jugaba conmigo y se complacía en que por ella despreciara la muerte que su amor puede costar. — O de su cabello subía el aroma de los bosques de Francia, sus líneas se volvían suaves como las canciones que antaño cantaban las muchachas alemanas por la noche junto a la fuente... Muchachas que han de mendigar tímidamente su amor a la Madre de Dios, para luego poder olvidarlo todo una vez, incluso la capilla secreta de sus oraciones infantiles, y que sin embargo se alegran de saber que allí sonríe la Madonna, también entonces, cuando vuelvan tarde a ella, cuando él esté fuera en tierras extrañas y ame a mujeres más deslumbrantes.

— Y llegaban horas caprichosas; entonces la risita aguda y pequeña de mi amada hacía surgir audaces duquesas de la Régence; un polvo de aroma casi acre daba a su piel una enfermiza lisura. Y me parecía que la estancia en torno a nosotros era clara y estrecha, una nuez en la que nadábamos sobre algún mar no del todo auténtico, en todo caso muy poco salvaje. Y nuestro abrazo estaba como atravesado por finos hilos de oro y envuelto en pequeños arabescos que tenían forma de almendras. Y en tales días mi amada era muy cosquillosa.

Estas vivencias no habrían sido posibles si ella no hubiera poseído una cualidad que de otro modo no se perdona fácilmente a una mujer. En realidad, ella misma no era en absoluto perceptible; ningún capricho, ninguna broma, ninguna ocurrencia, ningún deseo, nada imprevisto. Lo que necesitaba parecía encontrarlo sin intervención mía. Algo, sin embargo, tenía que disgustarme: aunque yo la consideraba mi instrumento, era yo aún más el suyo. Si ella hacía una señal, yo venía; si estaba cansada de mí, me despedía. Si una vez no aparecía por capricho, no perdía por ello palabra alguna. Al cabo de algunos días llegaba siempre una nueva invitación. Esta ecuanimidad me irritaba; me propuse provocarla, hacerla rabiar inventando motivos absurdos para mi ausencia. Pero cuando luego su cabello olía como si debiera brillar rojo al sol, cuando sus formas delgadas me aferraban con nerviosa prisa, de modo que no sabía si sentía suprema tortura o placer, si me amaba o quería castigarme, entonces olvidaba todo enfado, todo propósito; entonces me sentía como el confesor que entra en la celda de una joven bruja que ha de arder mañana y que hoy todavía quiere devorar en sí una vez más cuanto la voluptuosidad aún puede abarcar, que aún ansía absorber rápidamente tanta fuerza ajena, destruirla, cuanto le sea posible. — Mi fatuidad de superioridad enmudecía cuando la encontraba indolente e inmóvil, como una bayadera que se ha revolcado una mañana calurosa a la sombra de plantas bizarras y ha devorado sin pensar demasiados frutos empalagosos. Entonces olía a flores indias, sabía extraños movimientos del vientre, de modo que casi me parecía demasiado exuberante. Así olvidaba gustoso que quizá una dama insignificante se estaba burlando de mí. Es que no existía en absoluto. A veces se me ocurría adiestrarla en ciertas palabras excitantes en lenguas que le eran extrañas o en lenguas muertas. Pero advertí a tiempo que con ello la vivacidad de mis ídolos se habría vuelto literatura, teatro, una pequeña broma que cualquier ramera habría podido aprender. — Naturalmente me formé una determinada representación de ella, pero no puedo decir en absoluto si la imaginaba más bella o más fea que las mujeres que me salían al paso, tras las cuales a veces la sospechaba. La extraordinariedad de mis goces no podía medirse en absoluto con un nivel real.

Aunque, pues, todo contacto con lo cotidiano quedaba lejos, en lo que yacen los gérmenes mortales de las relaciones humanas, esta más extraordinaria de todas las historias de amor tuvo un final tan tonto y trivial como un amorío de sargento. La dama se puso celosa, aunque de mis ídolos. Un día me preguntó como una costurerita si la amaba. Y con esto está propiamente terminada la historia. Había descubierto que mis goces eran aún más ardientes y variados que los suyos. Por su curiosidad prematura, sus sentidos estaban ya ligados a mi figura. Estaba cansada de besar siempre al mismo ser, aunque en la luna de miel lo hubiera llamado Satán. Fui lo bastante malvado para hacerle notar que, sin su >ladylike< prudencia y curiosidad, podría disponer como yo de un serrallo, que entonces habría abrazado hoy a un delicado Georges Brummel, mañana a un gladiador romano. Tales palabras la llevaban a una rabia impotente.

»Ahora ha de conocerme también a mí,« dijo una vez indignada, »y veremos si entonces sigue usted prefiriendo sus ídolos.« Adiviné que quería encender la luz.

»¡Por favor, no!« exclamé, »me escapo.« »¿No quiere usted verme?« »Es imposible que sea usted tan bella como yo quisiera creer.« »Eso es inaudito.« »Usted quería recibir el incienso de un ídolo.« Ahora sí que debió de tener miedo de decepcionarme. Sin hablar me dejó.

No recibí ya más invitación. Transcurrieron semanas y sentí un gran vacío en mi vida, que proseguía en una desolación ininterrumpida. Estaba triste como si se me hubiera muerto una buena amante; pero en cuanto pensaba en aquella mujer, se me pasaba todo anhelo. Sentía algo así como una leve burla, una especie de desprecio hacia una inferioridad demasiado grande, en la que apenas vale la pena pensar.

Una noche estaba yo solo en el único restaurante de la ciudad donde se podía cenar después del teatro. En una mesa detrás de mí había gente que no estaba allí cuando yo llegué: dos caballeros con correcto atuendo negro de etiqueta; uno tenía una barba casi blanca con el mentón afeitado, el otro era un joven rubio con un rostro fresco, muy inglés, de muchacho. Entre ellos estaba sentada una mujer pálida de unos treinta y cinco años. Tenía el cabello oscuro, que cerraba la frente en línea recta con rizos regulares, un rostro delgado de tipo celta con unos ojos castaños tranquilos, casi fijos. Sobre ella flotaba una extraordinaria distinción. La boca estrecha, casi demasiado larga, estaba adornada por unos dientes muy blancos y llamativamente pequeños -- un rostro del que se podría pensar que alguna vez fue hermoso; pues algo le falta y eso se atribuye a los años; probablemente, sin embargo, siempre le faltó. Las manos eran grandes, pero esbeltas y adornadas con varios ópalos. Estas tres personas tenían una señoría natural, sin pretensiones, sin singularidad importuna, como gusta tenerla en los vecinos del teatro o de la mesa redonda, que no molestan en nada, que ni siquiera despiertan interés. No obstante, sentí la obligación de volverme hacia ellos. Creí notar que la dama también me observaba. «Quizá sea la desconocida», pensé con indiferencia, pero este pensamiento me venía naturalmente con muchísimas mujeres.

Pedí café y aproveché la ocasión, mientras el camarero retiraba el servicio, para cambiar de sitio, de modo que tenía a los desconocidos ante mis ojos. Noté cómo la dama se inquietaba y hablaba con repentino afán al caballero anciano. Este pagó la cuenta y los tres abandonaron el restaurante.

Al día siguiente recibí dos cartas. «La comedia ha terminado», decía una con la escritura acostumbrada, «me siento reconocida, dejemos caer las máscaras». La otra tenía rasgos semejantes, pero más naturales, evidentemente sin disfraz. Contenía una invitación formal a un baile en casa de una dama para mí completamente desconocida. Parecía que esta mujer estaba dispuesta a poner un inevitable flirteo, o quizá realmente incluso un amorío, sobre nuestras orgías fantásticas. Yo, sin embargo, preferí no despertar a mi fantástica amante de la tumba. Helena había vuelto a la inmaterialidad. Para aceptar el sustituto ofrecido, estaba yo en aquel momento demasiado malcriado. Pronto abandoné H. Nunca he vuelto a ver a la dama.

      • El narrador calló. Yo tenía la desoladora sensación de que ahora algo había terminado, irrevocablemente pasado. Una vida cesaba sin que yo estuviera muerto. Los demás parecían sentir algo semejante.

«¡Una nueva historia», exclamó alguien, «este vacío es insoportable!» Yacíamos como ciegos en una cueva oscura, hambrientos de la voz humana. Nuestra vida, nuestra voluntad estaba paralizada. Solo la imaginación velaba y exigía -- ella misma infecunda -- que otro, más fuerte, más sobrio, la llenara de representaciones.

Una noche del siglo dieciocho Y alguien vino y dejó pasar sobre nosotros una música clara y alegre, jovial como una gavota o una passacaglia del siglo dieciocho.

En torno a nosotros surgió una iglesia luminosa, por todas partes flotaban amorcillos bien alimentados que llevaban guirnaldas de frutos de palco en palco: columnas retorcidas adornadas de oro rodeaban un retablo azul y rosa. ¡Y qué alegremente se arrodillaban ante él las duquesas! Cómo olía a polvo; y todos se reían del famoso sacerdote que las entretenía con verdaderos trucos de prestidigitador. Pregunté al sacristán, que pasaba junto a mí, que me lo explicara. Amable como un jesuita mundano, me dijo los nombres de todos los presentes. El sacerdote era el famoso conde de Saint-Germain, la dama más ricamente vestida la duquesa de Chartres. ¿Cómo había llegado yo hasta aquí y qué debía hacer en un lugar donde no conocía a nadie? (aunque recordaba claramente haber visto ya una vez al conde en un grabado). Entonces se me ocurrió que precisamente hoy había comido con él, que quería llevarme a algún sitio, a casa de amigos.

Me irrité de que ahora me dejara solo.

«¡Alta-Carrara!», exclamé con irritación.

«Pst, pst», susurró el sacristán apaciguador, «no lo delate usted, ¿por qué siempre nombrar nombres de inmediato? Aquí se llama conde de Saint-Germain. Usted debe de haberlo encontrado en el siglo diecinueve.

Allí se llama Alta-Carrara. Hace poco estuvo aquí una dama del siglo catorce que lo llamaba Buonaccorso Pitti. Ya ve, todo es relativo», dijo con astucia.

«Y tú, charlatán insufrible», pregunté, «¿a qué siglo te imaginas que perteneces?» «¿Yo?», preguntó orgulloso, «naturalmente al dieciocho; usted, en cambio, es tan descortés que solo encaja en el diecinueve. Hoy escribo -- con su permiso -- el 15 de septiembre de 1768». Con un movimiento sumamente amanerado me dejó. Yo tenía una rabia invencible contra Alta-Carrara, que seguía haciendo sus trucos ante el altar. Decidí aguardar un momento favorable para pedirle cuentas. Entretanto arranqué de una columna un largo y retorcido ornamento, hice con él un lazo y me aposté en la puerta de la iglesia. No tardó mucho el conde en indicar con una reverencia a sus espectadoras que la función había terminado. Con sonrisa satisfecha de sí mismo atravesó la iglesia, seguido por las miradas admirativas de las duquesas. Justo cuando iba a salir a la calle, le eché el lazo sobre la cabeza. No sabía bien qué le sucedía, pero como hombre de mundo sonrió y dijo con ironía:

«Por su bonito atavío debe de ser usted del siglo diecinueve. ¿Puedo servirle en algo?» «No finja que no me conoce», replicó yo con irritación, «usted me prometió...» «Oh, disculpe, estas damas me retuvieron un poco. Ahora soy de nuevo todo suyo. Por lo demás, aún tenemos mucho tiempo por delante» -- al decir esto sacó su reloj del bolsillo -- «faltan más de veinte años para la Revolución. Podemos seguir conversando largo rato». Mi irritación fue sustituida de pronto por una necesidad furiosa de la más desenfrenada alegría.

«Quiero reír, gritar, tener visiones purpúreas», observé excitado. El conde se asustó un poco.

«Ya veremos», me apaciguó.

Subimos a un cabriolé para ir al Marais. Era de noche, pero había una animación extraordinaria en las calles. Debía de ser carnaval. Nos salían al paso máscaras abigarradas y arrojaban flores al carruaje. Por todas partes reinaba un griterío desenfrenado y ebrio.

«La gente sabe que solo faltan veinte años», dijo Saint-Germain. «Pero se lo imaginan peor de lo que realmente será. Pues les he hecho creer que los jacobinos incendiarán todo París y matarán a todos los que quieran huir». Saint-Germain apenas podía contener la risa ante esta broma.

«¿Y por qué ha hecho usted eso?», pregunté sin comprender.

«Muy sencillo, para exaltar su alegría hasta lo desmedido. Tales pequeños espectáculos de la historia universal son el único entretenimiento de mi vida.

¿Cree usted que quiero aburrirme como el pequeño burgués Ahasver?»


Lo más bonito que me permití fue, sin duda, la historia de los albigenses. Les hice creer que debían curar el pecado con el pecado. En el siglo XIX llaman a eso —creo— homeopatía, similia similibus. Las buenas gentes se imaginaban, en efecto, que debían pecarse fuera de sí todo mal por la fuerza. Pues bien, puede usted figurarse las escenas que aquello produjo. Pero no quiero cansarle con descripciones, pues hoy ha de ver usted algo semejante en la realidad.» «¡Cumpla al menos su palabra!», respondí algo incrédulo.

«He invitado, en efecto, a una pequeña y selecta sociedad a una fiesta en casa del conde Gilles de Laval, a quien en Alemania —según creo— llaman el caballero Barba Azul, pero los invitados mismos no saben dónde se encuentran. Solo se barrunta que habrá un gran regocijo; no revele usted nada, pues mi amigo Gilles desea permanecer desconocido, disfrazado de fraile capuchino. No aprecia mucho el siglo XVIII.» Entre semejantes conversaciones llegamos a la Place des Vosges. Nos movimos algún tiempo bajo las arcadas sin llamar la atención y luego nos hicimos llevar en una silla de manos al palacio de los Guisa, en el Marais.

Después de asegurarnos de que los portadores estaban lejos, nos deslizamos en un callejón al cabo del cual había una portezuela de madera muy miserable. El conde llamó a la puerta. Una vieja repugnante abrió. Estábamos en un vestíbulo oscuro, frío y húmedo: seguí a Saint-Germain por algunos pasillos mal iluminados y desagradables, hasta que se detuvo, se quitó el manto y quedó vestido con un rico traje cortesano. Se compuso el cabello empolvado, contempló su rostro a la luz de una vela en un espejo de mano, rostro que parecía plegar y desplegar como un paño de seda hasta que le agradó una disposición.

La impaciencia me puso nervioso. Por fin abrió una puerta. Entramos en un vestíbulo amarillo y plata. Ante enormes espejos inundados de luz de velas se movían damas y caballeros ricamente ataviados. Una ancha escalera subía hasta una puerta de dos hojas que llegaba al techo; todos miraban ansiosos hacia esa puerta. Mi necesidad de alegría cedió ante un mirar fascinado hacia las inundaciones de luz que me rodeaban, hacia los abigarrados y preciosos ropajes y los intensos aromas de flores. Arrobado, dejé que todo pasara por mis sentidos. De pronto salió un auvernés por la puerta.

«Ah, Castel-Bajac», exclamaron.

«Todo está dispuesto», dijo Castel-Bajac con el rostro astuto de un cocinero que ha inventado un nuevo manjar. Abrió las dos hojas hacia la galería de una gran sala. En la mayor excitación subieron entonces todas aquellas gentes elegantes la escalera y pasaron por la puerta.

Me mezclé entre ellos. Tomamos asiento en la galería y miramos hacia la sala vacía. Mientras arriba todo en torno nuestro se mantenía en el claro y fastuoso gusto dorado y de espejos del siglo XVIII, al que correspondían también los alegres y ricos ropajes, la sala misma parecía ofrecer una vista a un pasado ajeno y sombrío, a un gótico desenfrenado y absurdo, lleno de temblorosas y salvajes plantas trepadoras y serpientes en torno a las ventanas ojivales, a la fantasía oscura e indómita de la Edad Media moribunda, llena de una alegría desolada y de verdugo. La sala, en la que innumerables y largos cirios de iglesia difundían una luz amarilla e incierta, estaba completamente vacía de gente. En el centro había una larga y rica mesa, cuya vajilla de oro parecía sacada de la iglesia. Las más asombrosas formas de vasos se alzaban entre raras plantas de ensueño. Me asombró que mi ilustre entorno no tomara asiento abajo junto a la mesa, sino que la contemplara solo desde la clara galería.

De pronto se oyeron fuera voces que parecían acercarse a la sala. Dos anchas puertas se abrieron y una tropa de campesinos auverneses con tiesos trajes domingueros entró tímida y asombrada bajo la guía de Castel-Bajac. Se dejaron asignar asientos con sus mujeres en torno a las espléndidas mesas y apenas se atrevían a hablar, mientras de vez en cuando lanzaban miradas tímidas hacia la galería, donde se les hacía señas con agitación, confidenciales y alentadoras. Parecía esperarse de ellos un gran placer. Era en efecto muy entretenido ver cómo estas gentes tiesas, en parte figuras graves y dignas, en parte rústicos y torpes patanes, se volvían poco a poco más desenvueltas y audaces a medida que ingerían alimento. Criados les servían en silencio y con dignidad los manjares y pronto pareció ya no resultarles extraño encontrarse allí. Cada uno se tenía en su interior, por derecho propio, destinado a la vida de un grandseigneur.

«Son encantadores, estas gentes...», dijo una pequeña marquesa.

«Si se piensa que sus hijos nos matarán a todos dentro de veinte años», añadió Saint-Germain.

«Demain donnons au diable un monde turbulent», canturreó la marquesa con nerviosismo. Las gentes de la galería se impacientaron.

Parecía esperarse algo que tardaba demasiado. Los campesinos se abandonaban entretanto a una ruda pero contenida y astuta alegría. Entonces entraron seis criados en la sala y trajeron en estrechas y muy largas garrafas un vino oscuro, anunciado como bebida favorita del sibarítico rey Carlos VII. En aquel instante enmudecieron todas las observaciones nerviosas, impacientes y chistosas de la galería. Se apoderó de todos una excitación sin límites. Se miraron como en secreto acuerdo. Los ojos, sobre todo los de las mujeres, parecían brillar extáticamente. Era como si todos quedaran deslumbrados por una visión invisible para mí. Por doquier en torno mío, una muda excitación ondulante. Si estas gentes, que debían haber convenido algo horrible, se hubieran echado ahora unos sobre otros con puñales, no lo habría tenido aún por lo peor. Debían prepararse cosas mucho más terribles. Estas gentes embotadas por el placer parecían saber que ahora llegaría algo inaudito incluso para sus sentidos. Solo el conde de Saint-Germain había conservado su calma.

Sonriendo se acercó a mí.

«¿Qué ocurre aquí?», pregunté, «¿adónde me ha llevado? ¿Es ya la Revolución?» «Aún falta mucho», dijo con dulzura, «solo se da a beber a las buenas gentes un poco de aroph.» Entretanto, abajo en la sala, la negra bebida había sido vertida en vasos.

Algunos de los campesinos habían bebido ya. Sus ojos comenzaron a centellear.

Se miraron al principio algo inseguros, como si no creyeran sus propias sensaciones. Luego parecieron animarse mutuamente a algo. Se vacilaba todavía, pero en cualquier momento podía estallar la furia.

«¡Esto es la Revolución!», grité horrorizado. «Estos campesinos nos matarán. Saint-Germain se burla de nosotros, quiere vernos a todos en la guillotina.» Indignados y con indecible desprecio se volvieron a mirarme, como hacia uno que turba la excitante representación de una tragedia cascando nueces.

«¡Esto es la Revolución!», grité de nuevo.

«Y aunque lo sea», dijo la marquesa, a quien mi griterío resultaba ya excesivo.

«Así no les asusta usted», observó el conde, «por lo demás, no es la Revolución.» De pronto uno de los campesinos agarró del brazo a su vecino, que prorrumpió en una ruidosa y sensual carcajada. Parecía que todos habían esperado esta señal. Las cautas y torpes gentes rompieron en una risa bramante y aullante. Parecían advertir que hasta entonces cada uno se había tenido en secreto, para sí solo, por la más baja bestia, y ahora se alegraban sorprendidos de encontrar a los otros exactamente igual. Cada uno llevaba de pronto, para el mayor asombro de sus vecinos, los bien conocidos deseos prohibidos por la Iglesia escritos en la frente. Parecieron descubrirse de repente unos a otros en su animalidad. Uno se apretaba codiciosamente contra otro, sin que por el momento el sexo desempeñara papel alguno.

«¡Tú, grandísimo bribón.... Tú, muy ruin....!», gritaban y se golpeaban mutuamente la barriga.

«Ya ve que esto es del todo inofensivo para nosotros», me susurró el conde sonriendo.

«Tengo que desnudarme», gritó una joven campesina.

Muchas manos de hombres se tendieron hacia ella y le arrancaron las ropas.

«¡Yo también... yo también!», gritaban confusamente.

Todos abandonaron sus sitios, las sillas cayeron, la vajilla voló por los aires, un griterío demente se alzó del hormiguero humano. En la galería ya no podían contenerse de deleite. Las damas llamaban excitadas a los hombres desde abajo, como se suele animar a los toreros en la arena. Algunos de los caballeros de la galería habían desenvainado sus espadas y las arrojaban abajo con el grito «Sangre... sangre». En medio de esta excitación general de la galería se abrió paso de pronto, sin aliento, hasta la balaustrada un fraile capuchino de barba negra.

«¡Oh, la vida, la espléndida vida!», exclamó como extasiado, «¡quiero bañarme en la vida!» Con estas palabras se arrancó el sayal pardo de estameña. Por un instante se vio sobre la balaustrada su desnuda y nervuda figura, que con rápido impulso se lanzó abajo, al hormiguero. Una furia sin nombre se había apoderado de los campesinos. Solo jirones de ropas colgaban en torno a los cuerpos sangrantes; las venas de los hombres estaban tensas, las mujeres, que sucumbían al embate, clavaban insaciables los dedos en los cuerpos yacentes junto a ellas. Algunos aullaban por la muerte, que debía curarlos de su furia insaciable; echaban mano a los fragmentos de vidrio y porcelana para cegarse o matarse a sí mismos o a otros con risa demente. En la galería ya no sabían, de puro placer, qué inventar: arrojaban abajo cuanto estaba a su alcance, espejos de pared, copas de champán, sillas, incluso arrancaban cortinajes, lanzaban velas encendidas. Solo el conde de Saint-Germain permanecía entre ellos, sonriente y sereno. A veces quería hablar:

«En Londres he visto en el siglo XIV cosas mucho más divertidas.» Pero nadie le escuchaba.

«¿Quién tiene valor para arrojarme abajo?», gritó la pequeña marquesa, «¡mi amor a quien se atreva!» Ninguno de los caballeros pareció tomarlo en serio. De pronto se alzaron del oleaje de la sala los brazos del capuchino.

«Venga, pequeña marquesa, su antepasada fue mi primera amante...» «Gilles de Laval», gritó la marquesa fuera de sí. «Te reconozco... exactamente el retrato abominable...» Se arrancó las ropas, saltó abajo y desapareció con Gilles de Laval como bajo las olas del mar.

¡Gilles de Laval...! El nombre ejercía una fascinación sobre las mujeres.

De pronto todas quisieron imitar a la marquesa y gritaron que se las arrojara abajo. Como impulsado por una fuerza ajena, uno tras otro tomó casi solemnemente a su vecina y la lanzó por encima de la balaustrada; durante unos segundos pudieron verse duquesas y marquesas, portadoras de los más hermosos nombres de Francia, volar desnudas por el aire.

Con los miembros destrozados llegaron abajo las damas. Mareadas, intentaban levantarse y cojeaban un poco de un lado a otro. Entretanto, en torno parecía haberse extinguido el fuego. Un poco avergonzadas miraban los montones de miembros y de utensilios destrozados. No sabían qué hacer con ello. Y precisamente poco antes habían tenido un sentimiento tan valeroso. Algo completamente loco ocurría, hacia lo cual se habían querido precipitar; y ahora, al llegar abajo, todo había terminado. ¡Con qué gusto habrían gozado estas damas de algunos pequeños placeres de la crueldad! Pero el valor les había llegado demasiado tarde. A veces aún una mano se aferraba o se clavaba en el espasmo de la muerte hacia estos cuerpos delicados y blancos, que como valquirias en miniatura caminaban por el campo de batalla. A veces incluso un dedo les causaba aún una herida mediocre y entonces proferían bonitos y pequeños gritos extasiados, como niños bien educados a quienes se lava con agua fría y que, tiritando, exclaman: «Uy... qué caliente.» Las damas reconocieron con tristeza que habían llegado demasiado tarde, y ahora entraban ya incluso criados con palas en la sala. Las marquesas desnudas se apretujaban avergonzadas en los rincones y se cubrían el pecho y el regazo con las manos. Los criados abrieron las ventanas y palearon fuera los restos de esta solemnidad. Abajo, en el patio, se veían a la primera luz del alba pálidos huesos humanos, que atestiguaban anteriores horas desenfrenadas del conde Gilles de Laval. Las marquesas, en cambio, se escabulleron tristes y avergonzadas por una portezuela lateral. Se arrepentían de haberse comportado torpemente.

Las pobres damas se habían desnudado en vano.

En la galería, los que se habían quedado rezagados yacían sumidos en un silencio extenuado. Se volvía poco a poco a respirar. Algunos instaban a partir y se levantaban, se cruzaban apretones de manos, se hacían citas para el día siguiente. Algunos infatigables querían ir todavía a cenar. El conde de Saint-Germain, a quien de ningún modo se quería soltar, se excusó sonriendo. Tenía que irse a casa, pues aún en aquella noche quería traducir algunos capítulos del Akshara Para Brahma Yog. Contra tales razones del docto conde no solía hacerse nunca objeción alguna, y así nos despedimos de aquellas gentes corteses.

—¿Ha observado usted algo? —me preguntó el conde cuando estuvimos en la calle.

—Muchísimo —respondí.

—Quiero decir, ¿ha observado usted que yo mismo soy Gilles de Laval? Así me llamo en el siglo XV. —Triunfante me miró.

—Imposible; usted estuvo todo el tiempo en la galería, habló de Londres...

—Un momento, ciertamente; pero ¿puede usted recordar habernos visto a Gilles y a mí al mismo tiempo ni siquiera un segundo?

—Eso no, pero...

—Pues ya ve. En otra ocasión le invito a usted a una procesión de flagelantes en Italia. —Me ayudó a subir a un carruaje, donde al punto me dormí.


Cuando desperté de nuevo —creí haber dormido más de lo que antes había durado toda mi vida—, había ante mí una copa con frutas que deseé con extremada vehemencia, sin hallar la fuerza para alargar la mano hacia ellas. Las lágrimas me asomaron a los ojos. Sentí repugnancia de mi propia vida, de cuyo torbellino desconsolado e irreflexivo había creído escapar como por milagro. Aquellas frutas inalcanzables me devolverían la salud, deseos puros y fáciles de cumplir en lugar de apetitos febriles. Alguien me había arrancado, bienintencionadamente pero con cierta brusquedad, de un abismo ante el que me hallaba sin sospechar nada.

—¿Sabe usted ahora dónde está? —preguntó sonriendo Alta-Carrara, que yacía frente a mí en un diván lo mismo que yo.

En la habitación conversaban varios caballeros. Algunos preguntaron por mi estado y me dieron consejos.

—Usted estaba presente —pensé— cuando yo malgastaba mi vida sin objeto en sensaciones artificiales. —No obstante, me alegraba de descubrir en mí sentimientos por completo desconocidos, algo como remordimiento. Sentía un sabor amargo cuando pensaba en mi vida, que se había fundado en una imaginación ardiente y en un entendimiento que todo lo descomponía febrilmente.

Alguien debió de haber adivinado mi deseo, pues sentí la fresca acidez de una manzana junto a mis labios. Mordí en ella y me pareció percibir a mi alrededor vientos juveniles de la mañana. Reconocí la necesidad de una vida nueva, sin la odiada embriaguez que aún había en mí. Anhelaba tareas pesadas; tendría que soportar sufrimientos, exigírselos sin rodeos al destino, que por ello me había defraudado en lo mejor de la vida, por no haberme enviado sufrimientos. Casi me avergonzaba. Y sin embargo me alegraba de la rareza de semejante sentimiento en un alma como la mía.

Alta-Carrara, empero, comenzó a contar con voz a media voz:

Carnaval Hace treinta años, cuando aún recibía las primeras lecciones en la escuela del placer, intentaron una vez algunos nobili venecianos refrescar una bella costumbre carnavalesca del siglo XVIII.

Se reunía uno en la última hora de la noche, cuando ya aparecían los primeros resplandores claros sobre las lagunas, en la Erberia, y se tenía por muy elegante parecer lo más devastado posible. Se llegaba con el disfraz de máscara desgarrado, flores marchitas pendían del cabello suelto de las mujeres; las mejillas pálidas, los ojos vacilantes debían contar a los demás de fantásticas embriagueces gozadas aún un cuarto de hora antes.

Se amaba despertar los celos y las conjeturas de los otros y mostrarles que uno sabía reírse de ello. Apenas hace falta subrayar al conocedor del corazón humano que muchos de los que llegaban no venían ni del salón de baile, ni de la mesa de juego, ni de discretos gabinetes pequeños, sino que acababan de levantarse de la cama, habían preparado cuidadosamente su negligente tocado y sacrificaban a la moda su sueño matinal. Yo había pasado la noche en la Sala del Ridotto, había bailado, jugado y bebido mucho. Mis homenajes se dirigían especialmente a una máscara de seda amarilla. Su voz tenía un maravilloso y cálido tono de susurro, sabía acurrucarse blandamente y dejaba brillar bajo la punta de la máscara unos dientes grandes y blancos. Yo tenía dieciocho años y la tenía por lo menos por una duquesa disfrazada.

—Llévame a la Erberia —me rogó hacia la mañana, y crucé con ella la vacía y oscura Piazza. Nos mezclamos entre las parejas risueñas que paseaban arriba y abajo a la orilla del canal, junto a la Erberia.

—Marchesina, te conozco —gritó al pasar una máscara a mi dama—. Pero solo una Marchesina —pensé yo.

—¿Dónde está Ersilia? —preguntó al rozarnos una Pierrette.

—Enferma, muy enferma —respondió mi acompañante.

Muchas barcas atracaban en la Erberia, trayendo víveres para el mercado. Una cortesana risueña compró a una campesina de Chioggia por una moneda de oro su humeante sopa de col matinal, cuyo aroma todos los circunstantes aspiraban con codicia.

—Tengo frío —dijo mi amiga Dolcisa—, ¡ven conmigo a casa! Me gustas.

—¿Quién eres? —pregunté casi sin voz de asombro, pues hasta entonces había tenido todo motivo para sospechar en mi acompañante a una dama de la sociedad algo desenfadada.

—Eres tonto —dijo ella. Sus oscuros ojos centelleaban bajo la máscara. Me atrajo a una calleja lateral.

—¿Eres de verdad una Marchesina? —pregunté turbado.

—Ridículo, un apodo.

—¿Quién es Ersilia? —indagué tras una pausa.

—Ay, la pobre hermana Ersilia —suspiró ella, aunque no muy conmovida—; tiene que morir, susurra con su santa y no ve lo que hacemos. —Me asusté, sin pensar por qué.

—Soy una buena chica —prosiguió—; no doy mi amor a todos, pero soy pobre. —Entonces creí saber a qué atenerme. Su dulce, abierta e inocente franqueza me encantaba.

Fresco y húmedo aire matinal nos envolvía. Íbamos en silencio por las sombrías callejas y cruzábamos innumerables canales estrechos. Dolcisa no quería tomar una góndola por nada del mundo. Nadie nos salía al encuentro.

Finalmente salimos como a un claro a una pequeña plaza. En el rincón se alzaba, hosco, un viejo palazzo. Dolcisa abrió una portezuela lateral de salvajes volutas y me empujó dentro. A nuestro alrededor había una oscuridad sofocante. Subimos muchos escalones gastados y crujientes. Ante una puerta nos detuvimos.

—Espérame aquí —susurró—; déjame entrar primero en la cámara y cambiar de vestido. —Me besó en la oscuridad y entró por la puerta. Me acerqué a una ventana enrejada por la que penetraba el primer alba en el estrecho espacio de la escalera. Mi mirada cayó en un patio de palacio en ruinas, antaño sin duda muy suntuoso. ¿Sería ella, después de todo, una dama que quería tener en secreto una aventura de carnaval? Pero estos viejos palacios en ruinas se alquilan a menudo a precios ínfimos a todo el mundo. Dolcisa me hizo esperar largo tiempo. «Quizá no tiene valor para llamarme», pensé, y entré quedo en la estancia. Estaba oscura como fuera. Desde el rincón oí un leve suspirar, y me pareció que alguien se revolvía en un lecho.

—Ella me espera —me dije—; es galante hacerle la situación lo más fácil posible. —Avancé hasta tocar el borde del lecho donde yacía la mujer.

Bajo mis besos gimió, se aferró a mí y llamó a la Madonna. Me asustó aquella terrible excitación.

—Quizá es de Nápoles —me compuse—; ya sabía que las mujeres de Venecia aman de otro modo, sorbiendo los besos con calma.

Como sucede tan a menudo en estas rápidas aventuras, me sobrevino —no quiero decir repugnancia—, sino una completa saciedad en el instante después del goce. Un impulso invencible de soledad, de estar en mis propias habitaciones, se apoderó de mí, y me pareció que este sentimiento por completo vulgar se hallaba hoy desmesuradamente acrecentado, como en un criminal que siente horror ante el escenario de su crimen. Salté, ella no me retuvo. Por la índole de nuestro encuentro creí tener derecho a deslizarle en la mano unas monedas de oro, que se cerró convulsivamente. Luego me precipité fuera. En la escalera oí pasos tras de mí.

—¡Ven, querido mío —llamó Dolcisa—, ¿por qué te vas? —Dos brazos desnudos me rodearon. Una mejilla blanda se apoyó en la oscuridad contra la mía; joven y cálido aliento me envolvió el rostro.

Sin voluntad me dejé subir de nuevo las escaleras. Dolcisa me condujo a través de la estancia donde antes había estado, a una pequeña cámara contigua. Por un tragaluz del techo fluía una claridad muy tenue. En una silla colgaban negros vestidos y sobre ellos yacían dos gruesas velas de color pajizo.

—Eso es para Ersilia, cuando esté muerta —explicó Dolcisa; su camisa blanca goteaba de una claridad espectral.

—Enciende luz —dije un poco oprimido.

—No, no; todo es tan sencillo y pobre. Tenemos que vivir aquí arriba, pues las grandes salas son tan frías en invierno; además aún han de ser arregladas. Pero hemos perdido nuestro dinero.

—¿Eres una Marchesina? —pregunté de nuevo asombrado.

—Eso puede darte igual. Aún eres un verdadero niño. —¿La había herido? Se acercó a la pared, donde colgaba una imagen de cera policromada de la Madre de Dios. Ante ella llameaba tras un vidrio rojo una lamparilla de aceite cuya luz bañaba de rosa la imagen. Dolcisa sopló hacia la llama.

—¿Qué haces? —pregunté inquieto.

—Así la Madonna no ve lo que hacemos. —Luego vino hacia mí; nos hundimos en un lecho y esta vez gocé del abrazo suave, pesado, casi algo indolente de una veneciana.

Dolcisa se levantó primero. Desnuda pasó a la otra estancia, en la que ahora penetraba también el alba. Se acercó al lecho donde yo antes había yacido y deslizó la mano bajo las sábanas.

—¡Muerta! —exclamó de pronto con leve espanto. Sin voluntad cayó de rodillas ante la cama. La mujer desnuda rezaba en la luz del alba.

Sobresaltado salté; encendí una de las velas pajizas. Sosteniendo en alto la luz, entré en la habitación contigua. Como petrificado me quedé en la puerta cuando el vacilante resplandor iluminó el lecho. Allí yacía, con los ojos de mirada vidriosa, una maravillosa mujer joven, a cuyo alrededor ondeaba como una nube misteriosa una rica cabellera oscura. Estaba por completo pálida, de una belleza inaccesible y consagrada, como una antigua estatua de diosa.

Dolcisa se arrodillaba ante ella con apresuradas oraciones que se atropellaban.

—¡Está muerta! —exclamó volviéndose, y algo como un dolor verdadero había en su voz ahogada por las lágrimas—. Ella no era una pecadora como yo; ha muerto como virgen. —Temblando me acerqué. Dolcisa dejó resbalar la mirada sobre el cadáver, cuyas espléndidas formas blancas yacían medio desnudas ante nosotros.

—Era mucho más bella que yo —suspiró, y parecía que con esta súbita confesión quisiera reparar ante la muerta algo que hubiese descuidado en vida. Cerró los ojos a la hermana y quiso colocar los brazos ya rígidos junto al cuerpo. Entonces advirtió cómo centelleaba entre los dedos contraídos. Descubrió las monedas de oro. Apenas podía tenerme en pie; pero Dolcisa lanzó un grito de alegría:

—La Madonna ha sido clemente —exclamó—; ha escuchado mi plegaria, ahora puedo procurar a la hermana un entierro digno. —Agradecida volvió a caer en su oración.

Se había hecho de día. Desconcertado me hallaba ante el grupo. Pregunté a Dolcisa si podía servirle de algún modo. Pero ella lo negó y al punto volvió a hundirse en fervorosa oración. La dejé.

Dos días anduve como fuera de mí. Ni en mi vivienda ni en las calles hallé reposo ante el pensamiento de que había abrazado a la muerte. Al tercer día me dominó una curiosidad invencible. Busqué de nuevo el barrio para averiguar algo sobre las habitantes del viejo palazzo.

Al entrar en la pequeña plaza, vi una multitud apiñada en torno al portal principal del palacio, abierto de par en par. Un sacerdote con dos monaguillos salió a la calle. Luego sacaron un ataúd negro que, adornado con flores de plata recargadas, debía producir una impresión de magnificencia. Lo cargaron en una góndola alquilada y extendieron sobre él, lo mejor que pudieron, las pocas coronas. Dolcisa siguió sollozando con un mísero aunque acicalado luto. Subió a una segunda góndola, acompañada de un anciano decrépito y antiquísimo, de elegancia pasada de moda, que parecía sentirse muy incómodo.

Algunas personas subieron a una tercera góndola y en silencio se deslizó el cortejo fúnebre por las lagunas. Yo había mirado casi sin sentido.

El murmullo de los circunstantes se elevó ahora a animada charla.

«Las pobres marquesinas», dijo una vieja..., «y antes qué vida tan espléndida en el palazzo, cuando aún vivía el viejo marqués...». «Eran unas libertinas», dijo una panadera gorda, «ya nadie quería tratar con ellas...». «Contra Ersilia nadie puede decir nada», opinó un joven, «era virtuosa». Luego se cruzaron muchas voces: «... tisis, lento extinguirse... la pobre Dolcisa solitaria... aún tan joven... pero tiene al viejo tío... se buscará un destino más brillante que cuidarlo hasta la muerte...».


El relato de Alta-Carrara había terminado. A mi alrededor veía y olía madera vieja tallada y carcomida; oía cómo se desmoronaban lentamente palacios de mármol de siglos, cubiertos de musgo. Por doquier yacía un aroma de moho; era para asfixiarse. A través del tiempo se oía pudrirse las obras de los hombres. En torno ascendían los siglos en turbios vapores. Todo parecía tocado por el beso de la muerte y destinado a la decadencia. Tenía la sorda sensación de que yo mismo cargaba con parte de la culpa de que el mundo hubiera de morir. Ay, había empleado mal mis días. Podría haber sido de otro modo, si yo hubiera querido. Cómo me alegraba del castigo que me era dado. Los sufrimientos que había esperado comenzaban. Me parecía que en medio del mundo que se desmoronaba algo se derrumbaba con estrépito, algo que me concernía en alto grado. Cierto que, al mirar, solo parecía una barraca de feria, una de esas tapizadas de rojo púrpura con espejos dorados ante los que arden lámparas; pero dentro se podían ver, por unos agujeros, las acciones principales de mi vida. Y me resultaba sumamente fatal que tantas gentes hubieran mirado dentro. Eso me asombraba a mí mismo, pues antes había estado orgulloso de mi vida rica y abigarrada.

«Sigue... sigue...», exclamé, «más de esta sabiduría agridulce». Y como desde un abismo emergió un hombre vigoroso. Tenía una barba azulnegra recortada en cuadro, como un mago asirio, y estaba envuelto en terciopelo violeta, que acariciaba como a una gata amada. Hablaba con indiferencia, en tono casi despectivo, que luego, sin embargo, se elevó a violenta excitación. Contó:

El pecado contra el Espíritu Santo

EN España hubo una vez unos jóvenes que querían darse un verdadero gusto. Todo lo que recordara la locura o el hospital les quedaba lejos. Desdeñaban también tomar drogas embriagadoras. Estos auxilios sumamente endebles no cuadraban a la época. Tampoco se sabía nada del espiritismo, esa cloaca de la mística, ni de la hipnosis, con la que en nuestra época sin prodigios viene cojeando tras de sí la ciencia exacta. Sencillamente, desde la fuerza de la voluntad, con ayuda del ingenio, la fantasía, el valor y la destreza, debían provocarse en otras personas insólitos espectáculos anímicos.

Espectáculos que acaso arrojarían sus sombras hasta el más allá -- una especie de burla con perspectivas hacia la eternidad. La serie de los pecados capitales se agota, por desgracia, casi a diario en nuestra cercanía. Aquí uno mata en arrebato de ira a la amada, a otro una ciencia lastimosa le despierta la soberbia de la semejanza con Dios, un tercero se hartaza y como quiera que se llamen las fechorías de gentes sin imaginación. Solo hay un crimen al que la Iglesia ya por ello asigna una posición singular, al declarar que jamás puede ser perdonado; los sacerdotes afirman incluso que Dios apenas lo permite: el pecado contra el Espíritu Santo. Los jóvenes de quienes quería contar no podían, pues, imaginar nada más misterioso, nada más digno de verse, que la consumación de este insólito pecado. Querían saber ante todo si era siquiera posible, cómo se cumpliría, si Dios se interpondría, si el curso del mundo se detendría, o si quizá no ocurriría nada en absoluto.

El pecado contra el Espíritu Santo consiste simplemente en ofenderlo, en blasfemar de lo más sagrado. Para ello se requieren tres condiciones: la voluntad, la conciencia y la fuerza del blasfemo. Debe querer cometer el crimen máximo posible, debe saber a quién ofende y qué arriesga con ello, tener, pues, la fe, debe ser capaz, por la fuerza de su voluntad, de sus obras, de alcanzar a Dios mismo. Sus injurias no deben rebotar como el ladrido de un perrillo malo. Aparte de Satanás mismo, que, como se sabe, fue antes el más hermoso de los ángeles y ahora se halla en constante rebelión contra el Espíritu Santo, el pecado en rigor solo puede cometerlo un santo que de pronto vuelve contra Dios mismo la fuerza de la oración, de la fe que mueve montañas, adquirida en el servicio de Dios.

Se buscó primero una víctima adecuada. Se hallarían varias doncellas cuya pureza obraba incluso prodigios. Pero se demostró que su virtud, su fe, no eran mucho más que la falta de ocasión para caer. Aunque sintieran a Dios vivo en sí, las artimañas y astucias de Satanás les eran casi por completo desconocidas.

Finalmente se pensó en Teresa Alicocca, de catorce años, hija de una cortesana. Su madre no había tenido desde el nacimiento de la niña preocupación más atormentadora que la de que siguiera un camino semejante al suyo, y aunque en ella misma ya nada había que echar a perder, entregó sin embargo a la hija a la educación más severa en un convento de carmelitas. No se habría sabido de ella más que de las otras pupilas, si ya a tan temprana edad no hubiera sido alabada constantemente por los sacerdotes como ejemplo radiante del milagro de la sustitución, en el que también, como se sabe, se distinguió la santa patrona homónima de Teresa. Pues con oraciones y mortificaciones había logrado -- por mediación de santa Teresa -- colocarse frente al mal en lugar de su madre, sustituirse a ella: salía voluntariamente al encuentro de los demonios de la lujuria y de la codicia, que en realidad la habían tomado con la madre.

Mientras esta seguía sucumbiendo, pese a su fe, a las corrientes satánicas y se dejaba arrastrar, Teresa supo desde entonces atraer hacia sí tales efluvios del infierno y vencerlos. La consecuencia fue que la madre -- para su propio asombro -- se halló de pronto en condiciones de cumplir las promesas que una y otra vez hacía en el confesionario. Comenzó a llevar una vida penitente y dio gracias al cielo, que hasta de la fruta de su pecado le había hecho llegar la gracia.

Nadie podía parecer a los jóvenes más adecuado para su propósito que Teresa Alicocca. No solo sentía y veía a Dios, sino que también las trampas de Satanás le eran conocidas a ella, que nunca había pecado. La fuerza para el gran pecado la poseía sin duda; si se la podía llevar a ello sin embriaguez, tendría también la conciencia. Se trataba, pues, de crear en ella la tercera condición, la voluntad de blasfemar contra el Espíritu Santo.

No les resultó muy difícil a los jóvenes acercarse a Teresa, pues entre ellos había un sacerdote, Fray Tomàs de Leon, entregado en secreto al satanismo. Por él habían sabido en general detalles más precisos sobre Teresa. El aroma de piedad en que se hallaba, unido a una perspicacia extraordinaria para el alma humana, había movido a las carmelitas a elegirlo por su confesor.

Sabía que gentes como Teresa nunca están satisfechas consigo mismas, que una y otra vez se abren pliegues de su conciencia en los que yacen pequeños reproches, dudas, admoniciones por lo omitido. Los sacerdotes prudentes y benévolos suelen por ello prohibir temporalmente a tales penitentes el examen de conciencia minucioso. Fray Tomàs, en cambio, reforzaba estas voces autoatormentadoras preguntando si Teresa se sentía también por completo libre del pecado capital de la soberbia, si no se tenía a veces por una santa, puesto que hasta tomaba sobre sí las fechorías ajenas. La sustitución era ciertamente una de las obras más gratas a Dios; pero ¿era Teresa realmente pura y humilde lo bastante? Metiendo el sacerdote cada día el dedo en la herida al principio leve, logró crear en Teresa una confusión indecible.

¿No podía acaso tenerse la conversión de la madre por prueba de la pureza de sus oraciones?, se atrevió ella a objetar tímidamente. Podía ser obra del diablo. ¿Qué le importaba al mal que una ramera de la que estaba seguro viviera algún tiempo castamente, si a cambio podía atrapar a una virgen por el pecado capital de la soberbia?

Teresa se volvió entonces tan insegura que durante días no osó la sustitución; rogó incluso a Dios que no dejara venir sobre ella más tentaciones que las que en su justa ira le tenía destinadas. Cuando el sacerdote vio así quebrantada su fuerza, le preguntó si no había caído ahora en el defecto contrario. Si ella, que quizá era una elegida, no renunciaba por pusilanimidad e indolencia al milagro, ella, que ya por mero amor filial debía hacerlo todo para salvar el alma de la madre. Teresa quiso intentar de nuevo la sustitución, pero cuando se arrodillaba ante el Salvador, sentía que sus oraciones angustiadas y desgarradas ya no tenían fuerza. Un pánico loco al diablo se apoderó de ella y, atormentada por sus propios pecados, ya no fue capaz de cumplir el milagro. Su impureza se le hacía cada vez más consciente. ¿No había a veces exultado de ser mujer, porque así podía amar al Salvador mucho más íntimamente? Era una ramera peor que la madre, que sucumbía a la flaqueza de la carne y luego huía arrepentida a la Madonna; ella, en cambio, llevaba la bajeza de su sexo al altar, mezclaba su lujuria con las oraciones.

Sus éxtasis, que había tenido por un presentimiento de la bienaventuranza eterna, se revelaron profanaciones de Dios; las voces de los santos que creía oír eran los halagos de los sentidos que se deleitaban. Había pecado contra el Espíritu Santo. Este estado de alma lo confesó al sacerdote, quien, sin embargo, no se daba aún ni mucho menos por satisfecho con el éxito. Veía que el pecado contra el Espíritu Santo consistía por el momento solo en la atormentada imaginación de Teresa. Primero la confirmó en su error.

«Esas oraciones defectuosas y mancilladas», explicó él, «son sin duda peores que la impiedad confesada. La incredulidad abierta es estéril, necia, impotente. Pero tales oraciones febriles reciben, sin embargo, de la mente ardientemente excitada cierto poder. No son ciertamente lo bastante puras y potentes —como la pura súplica de los corazones inmaculados— para unirse a la corriente de oración de la cristiandad, que asciende eternamente, y encadenar así incesantemente al orante con la iglesia invisible universal, que lo sostiene y protege, en cuyo seno las asechanzas de Satanás lo dejan tranquilo. Mas tales oraciones tienen ciertamente el poder de crear corrientes particulares que, rechazadas de la corriente principal de oración, retornan al orante, lo envuelven con su impureza como con manos ardientes, oscurecen su celda como con telarañas, lo oprimen bajo las larvas de sus propios pensamientos impíos, hasta que se asfixia en su pecaminosidad». Fray Tomàs logró con esta explicación que Teresa no soportara ya la soledad de su celda. En el aire parecían zumbar los fugaces reflejos de sus pecados. Le parecía que la trama que el Maligno había urdido en torno a ella era ya tan densa que sus oraciones más sinceras no lograban ya salir. Se sentía como separada de la iglesia invisible universal. De este estado se valió el sacerdote para determinar a Teresa a abandonar su celda. Satanás la había tomado muy especialmente con los conventos, y sobre todo aquellos en que se practicaba la sustitución eran verdaderos imanes para la irradiación satánica. Una naturaleza débil como Teresa estaba, por tanto, mejor en cualquier parte que en una celda conventual solitaria. Como confesor supo hacerle comprender que era su deber ocultar un caso tan extraordinario e inquietante como el suyo al ánimo suave y sereno de la superiora, que sólo caería por ello en la mayor confusión.

Una noche Teresa Alicocca abandonó el convento por una portezuela del jardín. Fray Tomàs la llevó en una barca hasta el sacristán medio ciego, medio sordo de una iglesia apartada y poco frecuentada. Allí debía sustituir por algún tiempo la peligrosa vida contemplativa que había llevado hasta entonces por los humildes menesteres de una casa pobre.

Nada le parecía más evidente que dejar que su alma confusa volviera poco a poco a la calma mediante un trabajo fatigoso y humilde. Fray Tomàs la visitaba a diario. Le contaba que la madre de Teresa había recaído en su antigua vida de pecado. Las tentaciones anteriores, de las que la hija la había protegido, se le presentaban ahora de nuevo, y sobre todo, cediendo a la desesperación por la desaparición de la hija, se había dejado arrastrar a las más infames blasfemias.

A diario traía Fray Tomàs noticias semejantes. Teresa habría corrido de buena gana al instante junto a su madre, pero el sacerdote supo retenerla. La descubrirían y la devolverían al convento.

¿Qué provecho podía reportarle además a la madre con su presencia? Mejor sería que recobrara su antigua pureza mediante la mortificación y la oración y —supuesta la debida humildad— intentara de nuevo el milagro de la sustitución. Una vez exclamó:

«Si al menos ha de caer una víctima de Satanás, ¿por qué no puedo serlo yo? Soy mucho peor que la madre». El sacerdote la miró largamente, escrutador. El pensamiento que quería infundirle poco a poco había despertado por sí mismo en ella.

«Lo que pides, hija mía», dijo con calma, «es posible. Si quieres entregarte al Maligno como prenda para salvar a la madre, él lo acepta». «Quiero», respondió ella sin voz; y Fray Tomàs de Leon cayó de rodillas ante ella y besó el suelo.

«Bendita entre las mujeres», exclamó. «Hija de Dios, hermana del Salvador. Ay de mí, ciego, que te tuve por pecadora, cuando voluntariamente tomaste sobre ti la apariencia del mayor crimen; pero ¿no dudó también Nicodemo al principio de la divinidad del Señor porque llevaba cuerpo terrenal? He aquí que soy el primero que se postra ante ti, indigno de desatar las correas de tus sandalias. Perdóname si no te reconocí». En la mayor confusión había escuchado Teresa Alicocca.

«Levántate», exclamó temblando, «¿qué exiges de mí? ¿Quieres tentarme, quieres despertar de nuevo en mí el demonio de la soberbia?». Fray Tomàs se levantó:

«He aquí que estoy llamado a revelarte una última y estremecedora profecía que la Iglesia ha guardado hasta ahora como el más profundo secreto[*]. Jesucristo se hizo hombre; hasta el purgatorio alcanzó su brazo salvador, pero su divinidad se detuvo ante las puertas de la condenación; sin redimir quedaron los hijos del infierno; pues sólo conduce allí el pecado contra el Espíritu Santo, que el Hijo de Dios no puede cometer.

Pero en los tiempos postreros —así se dice— nacerá una mujer. Voluntariamente atravesará las puertas del infierno. A su humanidad pecadora no se cerrarán. Por libre elección cometerá el mayor pecado para desatar las cadenas de aquellos que creyeron en la eternidad de su tormento. Ésa es la última consumación de la bondad del Señor. Pero entonces se volverá y ascenderá al cielo; deberá hacer saltar la Trinidad, que queda así cumplida, y reinará a la cabeza de Dios, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, cabalgando sobre la paloma, en eterna cuaternidad». De nuevo cayó Fray Tomàs de rodillas.

«Levántate, levántate», exclamó Teresa, «no debo creerte —tiemblo de ser una elegida— otra vendrá; sólo dime —te conjuro— ¿qué puedo hacer para proteger a la madre de la condenación?». El sacerdote se levantó.

«Así como Cristo anduvo un breve tiempo sobre la tierra, así cumplirás tú en el infierno un plazo de condenación y con los pecadores más empedernidos te redimirás a ti y a la madre». «¿Qué puedo hacer para ello?», preguntó Teresa temblando.

E implacable prosiguió Fray Tomàs:

«Sólo quien nace de mujer puede alcanzar un cuerpo terrenal; sólo quien comete el gran pecado que nunca puede ser perdonado irá al infierno». «¿El pecado contra...?», balbuceó Teresa.

«Así es, el pecado que Cristo no pudo cometer, ante cuya divinidad por eso se cerró el infierno. ¿Crees que reflexionó cuando se hizo hombre sobre si debía perder su divinidad?

Y tú sólo pones en juego tu humanidad. Así como la impureza de la concepción fue quitada de María, así también tú no serás mancillada por tu pecado voluntario». Sin esperar respuesta, Fray Tomàs se marchó. Teresa yació toda la noche en lágrimas sobre las losas de la iglesia e imploró la iluminación. ¿Era falta de humildad que a veces quisiera exultar de alegría pensando que quizá era ella la elegida?

Al día siguiente trajo Fray Tomàs la noticia de que la madre de Teresa había sido inducida mediante oro por una sociedad de jóvenes disolutos a danzar ante ellos, en una de las próximas noches, desnuda, cubierta sólo de desmesurado adorno, como Salomé. Querían mandarle hacer una cabeza de Juan de cera; pero ella misma, que desde hacía una semana no sabía contenerse de blasfemias, había dado en secreto la orden de que no se fundiera en cera el rostro de Juan, sino los bien conocidos rasgos del Cristo coronado de espinas en la capilla de santa Ignacia. ¿Por qué le había arrebatado Dios a la hija con sus poderosas oraciones?, dicen que había exclamado; ahora era culpa suya si se entregaba a Satanás.

—Sin duda —opinó el sacerdote—, tramaba una espantosa profanación de la cabeza de Jesús, el pecado contra el Espíritu Santo.

Teresa cayó al suelo sin fuerzas.

«¿Reconoces el dedo de Dios, hija mía?», dijo Fray Tomàs;

«¿no te advierte él mismo que ha llegado ahora la hora en que debes tomar voluntariamente sobre ti el pecado de la madre, que sólo a ti te abre el infierno, para que nunca más se cierre, después de que hayas redimido a todos los condenados?». «No te comprendo». «¿Crees que Dios permite a menudo este pecado? Hoy, en el instante en que debes cumplir tu vocación, ¿quiere permitirlo en tu cercanía inmediata, en tu madre, a la que de todos modos estás acostumbrada a representar ante el Maligno? ¿Deben concurrir más hilos en un solo nudo? El vicio de la madre, tu anhelo de salvarla, no eran sino indicios de tu alta obra. Rara vez se revela tan claramente la voluntad de Dios. Con una bebida sumiré a tu madre en el sueño aquella noche peligrosa. Tú, en cambio, ataviada con el adorno que los jóvenes más ricos de la ciudad reunirán, ejecutarás la danza. Danzarás los pecados de la condenación: la soberbia, la embriaguez, la lujuria por la criatura, tú, que eres humilde, sobria y casta. Voluntariamente maldecirás a Dios, escupirás sobre la cabeza de Cristo e implorarás a Satanás, con ardiente risa, la voluptuosidad de la eterna condenación, para que se abran ante ti las puertas del infierno y conduzcas al cielo a todos los condenados —entre ellos, sin embargo, a tu madre—». Teresa se retorcía desesperada por el suelo, mientras el presentimiento de este espectáculo excitaba al sacerdote hasta el vértigo.

«Así anticipas todos los pecados del futuro mediante el mayor que jamás pueda cometerse. Pero en el instante en que Satanás extienda lascivo el brazo hacia ti para elevarte a reina del infierno, será derrotado en su propio campo, cautivo en su propia red; pues mediante tu cuerpo humano habrá entonces Dios tenido a bien servirse del engaño cuya encarnación es Satanás; así —¡como último misterio!— el diablo será aniquilado por sí mismo, el embaucador embaucado, el pecado estará muerto para siempre. Mas ésa será la obra de santa Teresa Alicocca, y las huestes celestiales que la eleven cantarán:

»Gloria patri et filiae!». Fray Tomàs se santiguó y la dejó sola. Sabía que la tenía ya bastante preparada para poder sorprenderla en el último instante.

En una de las noches siguientes yacía Teresa Alicocca, según su costumbre, postrada en súplica ante el altar de la pequeña iglesia oscura. Su sollozo sonoro en la tiniebla fue interrumpido de pronto, cuando el órgano comenzó a sonar quedamente como bajo manos de espíritus, y dos voces infantiles y frágiles cantaron clara y delicadamente:

«Gloria patri et filiae». Un violento temblor se apoderó de Teresa. Creyó en un milagro de iluminación y ardientes acciones de gracias brotaron de sus labios. Entonces salió de detrás del altar Fray Tomàs de Leon con una vela en la mano. Iba vestido de blanco plateado. Bajo el brazo llevaba un cofrecillo.

«¡Levántate, bendita!», le gritó, «¡deja que el más humilde de los siervos adorne tu cuerpo para el sacrificio!». Y las claras voces infantiles resonaban luminosas y como transparentes por la bóveda.

«¡Levántate, hija de Dios, hermana de Jesús!». Sin voluntad, deslumbrada por el resplandor que envolvía al sacerdote, se levantó. Con manos suaves y diestras la ayudó a abrir el mísero hábito conventual. Cayó en torno a ella como la envoltura terrenal de una transfigurada.

Los ojos fijos con vehemencia en el crucifijo, procuraba morderse la vergüenza como un dolor. Las últimas vestiduras cayeron; suavemente le quitó el sacerdote la áspera camisa y puso bendiciendo las manos sobre la mujer desnuda. Luego abrió el cofrecillo y sacó joyas centelleantes...

«¡Lleva la sofocante pesadez de los días de nubes grises y apagadas, la carga de nuestro anhelo engañoso!». Puso a su cuello pálidos collares de perlas séptuples.

«¡Déjate ceñir por el azul del cielo atravesado de oro, por el júbilo de la criatura que excita al hombre a la danza multicolor de Baal de su arte idólatra!». El sacerdote enrolló bajo sus pechos, que sobresalían puntiagudos y rígidos, una cinta de raso azul claro con desmesurados topacios soleados.

«¡Déjate rozar lascivamente por los tibios bosques, guaridas de la lujuria, por las aguas fermentadas en el brillo del arco iris, donde dormitan las bestias, hermanas de los más ardientes deseos!». Como hojas de la fronda del bosque esparció esmeralda de verde abeto profundo, suave berilo, crisoprasa pálida como el abedul; nefrita musgosa y ópalos de tornasol engañoso yacían en torno a sus caderas.

«¡Inclínate ante el fuego devorador que hace estallar el vientre de la tierra, que enciende la sublevación en el seno de los pueblos!». Con ansia de prodigalidad sin freno la rodeó con brazaletes de rubí ardiente y carneola de rojo suave; granates, almandinas y corales cayeron como gotas de sangre sobre el regazo de la virgen.

»¡Agita sobre tus rizos el océano, la erupción fragante del deseo confuso, lleva en ellos el fuego fatuo del conocimiento, que se mece sobre los pantanos de los sentidos, la lámpara eterna de la soberbia de los sabios!» Fray Tomàs soltó con salvaje arrebato la cabellera ondulante y le hundió en ella una corona de diamantes. Ebrio ante su obra centelleante, dijo:

»¡Desnuda, haz gala, resplandece, canta tu cuerpo entre el esplendor y los pecados, para que Satán pueda marcarte!» Mas, como en una súbita y desesperada renuncia, prosiguió: «¡Grava tus pasos la sombría maldición de nuestras púrpuras noches agitadas, en que los hálitos del infierno nos resoplan ardientes en el rostro, el cual resplandece en perpetua rebelión y lujuria, en el grito por la luz final!» Y Fray Tomàs de Leon le puso amatista turbia, zafiro nocturno y aguamarina en oscuras y azuladas sartas desde el cinturón de los lomos hasta los tobillos, como transparentes envolturas orientales para las piernas.

Cargada con toda la magnificencia, con todas las profanaciones de la tierra, la muchacha de catorce años miraba fijamente al Cristo sobre el altar y no sabía qué le sucedía. En una bandeja de oro le ofreció Fray Tomàs la cabeza de cera de Jesús, de un brillo verdoso. Luego la tomó de la mano y la volvió hacia la iglesia, que entretanto resplandecía en una claridad de velas sobremanera intensa.

Sobre las losas yacía extendida una alfombra blanca, en cuyas esquinas ardían antorchas y humeaban pebeteros de mirra. Fray Tomàs condujo a la vacilante hasta el centro de la alfombra.

»¡Danza, hija del cielo, danza la danza de la redención y cumple, en ostentosa fornicación, en esta única hora, todas las profanaciones que Satán aún ha de exigir de la humanidad!» De pronto irrumpió el órgano en salvajes ritmos. En los rincones semioscuros de la iglesia, hombres encapuchados golpeaban unos contra otros vasos sagrados como címbalos y platillos. En espantosa mezcla con la solemnidad resonaba el bárbaro estruendo de las panderetas; ebrios gritos de mujeres brotaban tras las cortinas hinchadas de los confesonarios.

»¡Danza, danza!» gritó el sacerdote lleno de impaciencia, y parecía querer animar con pasos saltarines a la vacilante, que apenas osaba moverse bajo el peso de las joyas. Y con paso lento y tímido, cargada con las profanaciones del mundo, se movió Teresa Alicocca por la alfombra, llevando sobre una bandeja la cabeza del Salvador. De los rincones, donde hombres y mujeres se apiñaban curiosos, saltaron de pronto los jóvenes, amigos del sacerdote; con antorchas y espadas desnudas en el brazo danzaban jubilosos en torno a la alfombra.

»¡Más salvaje, más loca!» gritaban a la temerosa. «¡Tú has de redimirnos a todos; pero nuestros pecados son aún más ardientes, más sublevantes, más rapaces que tu danza. ¡Has de danzar más infame de lo que son nuestras maldades, que claman al cielo. ¡Sólo así podrás sernos de salvación!» Mientras la furia del órgano retumbaba, Teresa se dejó arrastrar a una danza cada vez más salvaje. Arrojó lejos de sí la bandeja con la cabeza y halló en súbita iluminación las más meditabundas contorsiones de miembros de las danzarinas asiáticas. Ofreció su regazo abierto a la claridad de las velas y se arrancó con gesto violento la flor de su virginidad, de modo que su blanco cuerpo sangró sobre los rojos rubíes.

»¡Una hostia sangrante de Satán!» exclamó Fray Tomàs extasiado. Ella, en cambio, aulló de dolor y se abalanzó sobre la cabeza de cera ante sus pies, la estrechó como la cabeza de un danzarín, clavó en ella los dientes para morderse su tormento.

¡Y danzó los pecados del infierno! «Bésalo», le gritó el sacerdote; sin voluntad propia hizo entonces todo cuanto él ordenaba. «Búrlate de él, escúpele, arrójalo, danza por encima de él, pisotéalo, tritúralo... blasfema contra la Trinidad... ¡invoca a Satán!» Y doblegada por el peso de los pecados de la condenación, gritó Teresa Alicocca:

»¡Satán, Lucifer, Adonai!» «¿Qué quieres?» gritó una voz sorda desde la cripta.

»¡Tómame en la eterna tortura!» gimió Teresa.

»¿Y Dios?... ¿Crees en él?» «Creo en él, siento su majestad, pero aun así me desgajo de él a gritos... ¡tuyo quiero ser...!» «¿Estás dispuesta a ultrajar al Espíritu Santo?» «¿No lo he hecho ya?» exclamó sin aliento.

»¿Quieres ser la concubina de Lucifer, que conoce a Dios y por ello le odia?» «¡Veo a Dios», exclamó Teresa en éxtasis, «y sin embargo quiero ser tu ramera, Satán!» En aquel instante saltaron los jóvenes a la alfombra armados con puñales.

»¡Pronto... pronto...!» gritó Fray Tomàs, «¡antes de que pueda arrepentirse, antes de que destruya la gran obra!» Y en un instante se precipitaron sobre la mujer que, extasiada, seguía danzando. Seis puñales se clavaron en el cuerpo de Teresa... en el corazón, en la nuca, en el vientre, en los lomos, en el sexo... pero ninguno parecía poder herirla. Insensible siguió danzando, como una sonámbula. Seis puñales la rodeaban rígidos, como si pertenecieran a su desmesurado adorno.

»Ya no siente nada», exclamó uno, espantado. Con un cuchillo cortó en el brazo de la danzarina, sin que brotara sangre. Lentamente fueron cayendo de ella los puñales como frutos maduros.

La vida pareció detenerse en el instante de más desenfrenada descarga.

La plenitud de la embriaguez se había precipitado de pronto fuera de las almas. Vacíos... frágiles... estaban allí los desengañados y apenas sabían retener en el espíritu súbitamente yerto los rasgos del fantasma huido que les había parecido vida. Se avergonzaban de hablar; sentían cuán lastimeras debían de sonar ahora sus voces.

Gemidos, aullidos los arrancaron de su rigidez. Espantados vieron cómo Fray Tomàs de Leon se retorcía en el suelo. Clavaba las miradas, aferraba las manos a un crucifijo y gritaba. Le conjuraron a que se explicara. Mas él no osaba alzar la vista, apartar los ojos del Crucificado. Señalando con la mano hacia la bóveda, bramó como una res derribada en tierra:

»¡Dios... Dios...!» Ladró el nombre de Dios a través de la bóveda.

«¡Dios no permite que se consume el pecado contra el Espíritu Santo! Mientras su cuerpo era el vaso de nuestra inmundicia, el Eterno retuvo su alma y tornó su vida invulnerable...!» A los jóvenes les pareció que alguien les azotaba la corva y los forzaba a postrarse. Yacentes en el suelo, gimieron lastimeras oraciones. Teresa se tambaleaba cada vez más despacio, la cabeza se le fue hacia delante, los brazos se le aflojaron y se desplomó como las llamas de las velas que en derredor se habían consumido. Mas de los rincones de la oscura iglesia, tras las cortinas de los confesonarios, de la blanca alfombra se elevaban gemidos desesperados y plegarias de arrepentimiento.

      • El abismo de mi vida se había abierto tanto que me era posible mirar hasta el fondo. Vi un límite donde había supuesto la infinitud. La imaginación humana, el juego del entendimiento, se mostraba agotada, no podía llevarse más lejos. Me parecía haber chocado en el camino del conocimiento con la frente contra un muro oscuro que no quería ceder por mucho que me empeñara en ello. ¿Podía exigir una prueba más clara de que iba por el camino extraviado, de que me había perdido? Y di media vuelta.

[Nota *: ¿Es necesario explicar que la Iglesia jamás reconoció nada semejante?] El mensaje YO iba por las calles de la ciudad donde yo vivía. Era consciente de que me acercaba a mi vivienda... Sí, es cierto, había tomado hachís.

¿Adónde había ido a parar, pues, en realidad, mi embriaguez? Me sentía tranquilo y satisfecho. Ahora me iba a casa. Allí no disfrutaría jamás de hachís ni de opio; bien es verdad que no puede saberse qué de las fantasías queda adherido a los muebles. Mis habitaciones tenían que estar limpias. Allí recibía a una mujer a la que amaba, allí trabajaba, a veces venían amigos; todo estaba allí a mi gusto; cada objeto lo había comprado yo con conciencia en algún lugar... o era un regalo... o una herencia... toda mi historia vital pendía de estos muebles, mis viajes... una especie de diario: con una cuna empezaba, en ella yacían antaño mis juguetes, luego venía un viejo sillón en el que antes se sentaba mi padre por las tardes y contaba... así seguía. Había una lámpara a cuya luz me había preparado para un examen, ¡y ahora hasta las fotografías y los cuadros! Luego un viejo tintero chino que mi primera amante había roto en deliciosa furia y que más tarde un muchacho hábil había vuelto a componer. Todo estaba vivo en esta vivienda. ¿Y allí había de dejar penetrar las desordenadas fantasías del hachís? A menudo me había negado a celebrar en ella sesiones espiritistas. ¡Nada extraño sobre mi umbral! En realidad era bastante feliz de tener semejante asilo en medio de la impura vida del siglo.


A punto estaba de cruzar una calle cuando me sentí empujado de un modo casi brutal por una ramera. Parecía vieja y gorda. Sus labios estaban petrificados en aquella sonrisa que parece la fosilización de un sentimiento fingido desde el principio. Mientras otras de su calaña distinguen al punto, con cierta mirada de conocedora, al que no es apto para sus propósitos y lo dejan seguir su camino, esta no quería soltarme de ninguna manera. Se me acercaba una y otra vez a pesar de mi violenta repulsa y me hablaba insistentemente. Sus mejillas fláccidas estaban literalmente sobrecargadas de colorete. Me llamó la atención que la larga miseria no fuera capaz de prestar a este rostro de muñeca el menor matiz de expresión, ni siquiera uno particularmente malvado o vicioso. Sin responder, seguí andando, pero mis pensamientos no podían desprenderse de ella. ¿Qué clase de hombres la seguirán?

Aquel nada no tenía ni siquiera el atractivo de la suciedad, de la bajeza. ¡Qué sinsentido ofrecerle a uno eso! ¿De qué modo podría alguien llegar a ocuparse de ella? Por casualidad debía de haberse hecho ramera, sin repugnancia, sin inclinación, como la mayoría de los hombres eligen su oficio, una burguesa filistea del medio mundo, un cuerpo que funcionaba mecánicamente como mujer.

«Esto es la muerte», pensé, y sin querer aceleré el paso para llegar a casa. El ser había desaparecido, o más bien me pareció que se había disuelto en el aire y que ahora llenaba todas las calles, yacía sobre las casas, sobre los árboles, sobre las pocas personas que me salieron al encuentro en el primer alba. Las calles de París, cuya elegancia natural y sencilla me había gustado tanto, me parecieron de pronto tan indiferentes, tan necias. Las personas que me salían al encuentro parecían casi sin sentido: todas pálidas y agotadas; ¿por qué? ¿acaso por un placer? No tenían ese aspecto. Es que se acuestan por la mañana, tienen amantes a las que no aman y pagan por todo más de lo que vale, enferman, enloquecen, se empobrecen. ¿Por qué?

Nadie lo sabe, ellos mismos lo saben menos que nadie. Muchas rameras pasaron furtivamente junto a mí, tristes. Trasnochadas, apenas miraban en torno. Entonces me acordé de nuevo de la primera, la que me había abordado. Era la inutilidad personificada, la estupidez de toda esta necia vida urbana. Yo al menos estaba cansado y me alegraba de dormir. Así llegué ante mi casa. En el momento en que quería cerrar de golpe la puerta, alguien se coló tras de mí.

«Íncubo», murmuró una voz. Desde aquel instante ya no me sentí dueño de mis actos. Fui empujado desde fuera. Una parálisis, como la que nos sobrecoge en sueños, me impedía echar al intruso o llamar al portero. Desde atrás fui empujado escaleras arriba hasta que me encontré ante la puerta de mi gabinete de trabajo. Como cada noche, encendí mecánicamente la lámpara. Luego me dejé caer agotado sobre la chaise longue. El ser se sentó frente a mí. Reconocí a la misma ramera que primero me había cortado el paso en la calle. La miseria sin sentido que fuera se me había echado encima de los nervios había entrado en mi cuarto.

Ella trató de convencerme con muchas razones de que debía quedarse y de que yo debía hacerle un buen regalo. No sé si respondí siquiera. Me reprendió, no muy excitada, mi baja manera de pensar y buscó luego de nuevo mi inclinación con necios halagos.

«... no te portes como un niño», dijo, «bien sabes que todos los hombres deben mantener tales relaciones con la muerte. El que no tiene voluntad tiene allí un señor violento, el ambicioso rivales envidiosos, el egoísta hijos malvados. Solo debes tener una amante a la que debes calentar con tu sangre. Cada uno según su temperamento o según sus pecados, si se me permite expresarme un poco a la antigua. Piensa en los amigos con quienes has pasado la velada. ¿Crees que no encontrarán en casa ningún huésped no invitado que les exija cuentas, promesas, renuncias — sabe el diablo qué—.

A ti se te había olvidado hasta ahora de un modo incomprensible. Ahora vengo yo a reclamar el tributo de sufrimientos internos que debes a la muerte por dejarte aún vivir. Para no asustarte, me acerqué a ti allá fuera. Ya ves cómo te endulzo la píldora. Si yo hubiera querido, también podrías haberme encontrado sentada en tu cama. Figúrate una vez cómo te habrías sorprendido entonces.» Se rio con voz ronca. «Ya ves, soy bastante fácil de soportar; también la envidia me es ajena.

Sabes, en realidad eres todavía un niño, pues hoy por primera vez recibes conscientemente semejante visita. Mañana ya no serás un niño; fíjate bien en cuánto más distintos, cuánto más cercanos te parecerán mañana los hombres. La mitad de tu soberbia habrá desaparecido. Y te tendrán más confianza, pues hasta ahora han sentido que no sabías nada de la muerte. ¿No es así? Eso cambiará ahora. Ahora tienes al menos algo en común con ellos.» Miró en torno por el cuarto. «Por lo demás, sin que tú las reconocieras, ya deben de haber pasado por aquí muchos mensajeros de la muerte como yo, para provocar este penetrante olor a cadáver.» «¡Ninguna, maldita bestia!», le grité. «Tú eres la primera que mancilla estos aposentos.» Pero la voz metálica siguió tintineando sin cesar. Mi única esperanza era que todo fuera solo un sueño.

«Tus crímenes son en realidad bastante inocentes, no hace falta que te los nombre... ¡niñerías! Por eso también te ahorras las visitas mucho más terribles que de noche atormentan al burgués hipócrita, al hombre saciado de profesión y de dinero. Lo que esos viven de noche te lo contaré alguna vez. En general, ¿sabes?, podemos charlar muy cómodamente juntos. Los de tu clase son realmente la manera más divertida que le ha tocado en suerte de relacionarse con la muerte. Por lo demás, una cosa más, para que no la olvide: no por eso necesitas morirte todavía, mi visita no tiene con ello lo más mínimo que ver. Solo traigo el mensaje de que la primerísima juventud irreflexiva ha pasado para ti.» Su voz se había ido entibiando poco a poco. Parecía compadecerse de mí.

«... ¿Todavía me tienes miedo? ¿Sabes acaso quiénes eran las otras de las que no sabías lo más mínimo, a las que antaño, a medianoche, metías en tu casa y ponías junto a ti, como a una buena amante antigua? ¿Sabías quizá de dónde venían y adónde iban? ¿Sabías qué ataúd era su morada durante el día, antes de que vinieran a ti y después de que te dejaran? ¿Las seguiste alguna vez por la mañana? Nada sabías de ellas y, sin embargo, no tenías miedo.

¿Y ahora te asustas ante mí? ¿En qué soy distinta de aquellas? ¿Sabes de mí menos bien o más mal?» «Te digo que ninguna ha pisado aún este umbral.» Prorrumpió en una risa horrible, de madera, ni siquiera muy fuerte.

«Eres un casuista, amigo mío, bien sabes que no hablo de carne y sangre... piensa un poco en tus fantasías, en tus pensamientos más secretos; como telarañas cuelgan aquí de todos los muebles. Es ridículo querer mentirme. Sé con quién te acuestas, con quién conversas aquí tardes enteras.

¿Acaso quieres darte el gusto de dejarte seducir por mí como un muchacho? Para eso eres demasiado viejo y yo demasiado lista. Creo que preferimos hacerlo como buenos amigos antiguos, sin mentirnos mutuamente.» Vi cómo se levantó y puso leña en la chimenea, como si fuera su propio hogar. Junto al fuego se desnudó y arrojó sus ropas desgarradas al suelo. Cerré los ojos al ver el cuerpo esponjoso y fláccido. Luego debo de haberme quedado dormido.

Cuando desperté, la pálida mañana de invierno brillaba en mi cuarto. Me sorprendió encontrarme vestido sobre la chaise longue de mi gabinete de trabajo. Las sucias ropas de mujer esparcidas por el suelo me trajeron de pronto a la memoria lo ocurrido durante la noche. Salté y corrí a la puerta del dormitorio contiguo. Allí yacía la mujer gorda, cenicienta, en mi cama. Un brazo desnudo colgaba como muerto hasta el suelo, la boca abierta roncaba. Una rabia indecible se alzó en mí. La arranqué del sueño. Medio dormida me gritó una palabra de la calle y refunfuñó porque la despertaba ya.

«¡Fuera... vete...!», grité.

Medio furiosa, medio asombrada, se vistió con perezosa maldad, respondiendo sin cesar a mi insistencia con expresiones groseras e irritadas.

Casi me sentí bien al oírla insultar así; eso al menos era comprensible: la arrancaba del sueño e insultaba; bien, eso se aceptaba, era lógico; pero lo demás, lo otro era del todo incomprensible, que estuviera aquí, que yaciera en mi cama.

Por último quise empujarla fuera de la puerta; pero entonces habría que haberlo visto: herida en lo más hondo y casi sin alma por un estupor petrificante, exclamó:

«¿Y los veinte francos... cómo?... ¿No me habías prometido?

... cerdo... ¿te crees acaso que me ha gustado tanto tu cara...?» Apenas tuvo la moneda en la mano, cuando ya cedía zalamera:

«No te enfades, lobito mío, si yo no sabía...» Se fue. Medio desmayado caí al suelo.

Me pregunté dónde y en qué tiempo me encontraba en realidad.

Me puse ante el gran espejo sobre la chimenea; todo el cuarto se reflejaba en él, pero yo no me veía. Golpeé el cristal, me palpé la cabeza, los miembros, se sentían como siempre. Pero su apariencia sensible había desaparecido.

«La mujer se lo ha llevado, me ha robado», exclamé, «esto es para volverse loco. ¡Por qué agujeros me arrastrará ahora de acá para allá!» De pronto me calmé, pues se me ocurrió que este espejo era aún del año 189*, desde entonces bien debían de haber pasado ya muchos años. ¡Cuánto había vivido entretanto! No era de extrañar que no me viera en él. Pero entonces me asaltó un nuevo pensamiento torturante. No conocía a nadie en la nueva época. De pronto se me ocurrió el conde de Saint-Germain, que vivía en todas las épocas a la vez. Él tenía la culpa de todo, además. Por lo demás, había dicho que yo debía visitarlo. Desde la ventana silbé a un cochero para ir a casa del conde. Bajé corriendo la escalera.

Fui y fui, sin detenerme, días, semanas, años.

En el bois de Boulogne me apeé. Como si tuviera que ser así, me dirigí a un banco en el que antaño había descansado a menudo en horas tranquilas, que a veces interrumpían brevemente mi inquieta existencia. Un suave sol de invierno brillaba a través del bosque desnudo. No sé cuánto tiempo estuve allí sentado soñando. Poco a poco me había tranquilizado respecto a la visita nocturna. Era explicable que hubiera dejado entrar a aquel ser en el delirio del hachís.

Pero sentía una violenta repugnancia ante el pensamiento de tener que volver a entrar en mi vivienda. Había allí algo con lo que ya no quería tener absolutamente nada que ver. En aquella noche se me habían revelado extraños conocimientos. ¿Adónde debía ir ahora? Lejos de París, preferiblemente lejos de Europa, a alguna granja en suelo virgen. Luego me pareció extraño que yo —precisamente yo— sintiera algo semejante. Casi me parecía que todo aquello no había sido en absoluto un delirio; la amante incorpórea que no es mujer, sino el pretexto de nuestros sueños —el bachanal de la más furiosa autodestrucción— el abrazo de la muerte — el lascivo palpar y acechar de lo sagrado — ¿lo había realmente solo soñado? En algún lugar había yo mismo vivido algo semejante, lo había hecho yo mismo. ¿Pero dónde? ¿Cuándo ocurrió?

Sentí que sobre ello tendría que seguir meditando largo tiempo. Una sola cosa tenía por cierta: me había repuesto de una enfermedad terrible que ya me había hecho mirar a la muerte a la cara. ¿Pero qué hacer ahora con la nueva salud?

La senda de los contrabandistas. Un suceso de la época anterior a marzo, tomado de los apuntes privados de un periodista.

He callado sobre mí mismo durante medio siglo; fui un portavoz de los demás. Hoy tengo setenta y cinco años. Es, por tanto, sumamente hora de referir una vivencia, si es que aún ha de referirse.

Dos veces he dado la vuelta al mundo, tres veces he visto el sol de medianoche, en América he navegado cuatro veces en veleros, dieciséis en vapores, los ferrocarriles me han llevado gratis desde el cabo Finisterre hasta el mar Amarillo, he comido con dos emperadores, once reyes, cuatro caudillos, un hetman, un begler-beg, un gran kan y 214 ministros, el bey de Túnez me ha concedido su orden del Sol, pero mi soberano no me permitió lucirla, pues con sus estrellas y cintas cubre más de las tres cuartas partes de una persona de mediana estatura, y por ello fascina a los ignorantes más que la Orden del Águila Negra, y eso no está bien; Heinrich Heine en persona me ha dicho groserías divinas, Fanny Elsler casi me amó, Napoleón III escuchó con benévola sonrisa mis planes financieros para salvar Francia; en 113 ejecuciones fui testigo (la última fue eléctrica); a más de 200 madres necesitadas de recursos he atestiguado públicamente la doble cabeza, la vellosidad desmesurada o la importancia científica de sus monstruos; he conocido reyes ebrios, rameras honradas y tenores modestos, en Luisiana debían escalparme, en el Tíbet desollarme, pero mi porte hábil me salvó; no sé ninguna lengua por completo, treinta y seis y tres cuartos o media, en todas tengo una pronunciación excelente. En una palabra, me asemejo al dios nórdico Heimdall, que nació de nueve madres (y por tanto debía tener nueve veces la agudeza materna), necesitaba menos sueño que un pájaro, de noche veía cien millas de lejos como de día, y oía crecer la hierba sobre la tierra y la lana sobre las ovejas.

Pero de todo esto no quiero contar nada hoy, damas de provincias que me tenéis por un hombre interesante. Quiero más bien referir lo que me aconteció en la última noche, antes de que comenzara este agitado medio siglo, y hojeo para ello hacia atrás las hojas de papel de madera del libro de mi vida.

Poseía la mísera renta mensual de cincuenta gulden (más tarde hubo meses en que, Dios mediante, supe colocar 5000). Esto y un siniestro rumor en mi cabeza me determinaron a ser poeta. Como corresponde a tal oficio, habitaba una buhardilla con vistas a un patio antiquísimo y a innumerables tejados a dos aguas, sobre los que a la luz de la luna danzaban gatos y gatas, mientras en los rincones oscuros del edificio carcomido las muchachas de la casa sostenían conversaciones comprometedoras con sus amados. Mas los rayos de la luna estaban tendidos como cuerdas en el marco de mi ventana, y mi corazón desbordante tañía su añoranza hacia el cielo. De vez en cuando me visitaba una muchacha. No era hermosa (las amadas de los poetas nunca son hermosas, pues quien forja coronas de oro con cabello rubio ha de pasar por alto tanta realidad, que no importan unas cuantas fealdades adicionales, como por ejemplo el desaliño, y quien da el salto de los ojos a las estrellas no necesita saltar mucho más, estén los ojos bizcos o no).

Ay, Manolita, que se llamaba Marie, tenía algo de cabello desaliñado, sin que yo lo notara, y sus ojos bizqueaban un poco. Pero también ella era mujer, sus caracteres corporales eran feminini generis, como en Venus y María.

Mi fantasía poseía en ella un trampolín hacia el misterio de las mitades del mundo, siempre en pugna y siempre complementarias, de lo eternamente masculino y lo eternamente femenino. Para ello bastaba Manolita, como mi buhardilla para mi poesía. La pobre criatura no sabía qué le ocurría.

Debía de pensar: así son los hombres.

La ciudad en que yo vivía estaba no lejos de la frontera. El camino de roca que asciende sobre un lago —en la última casa servía Manolita— conducía al país vecino. En una noche de luna —me parece que en aquel tiempo todas las noches fueron noches de luna— había llevado a Manolita hasta su puerta. Estaba yo solo, muy por encima del lago. A lo lejos centelleaban las luces de la ciudad. A lo largo del camino se extendía la pared de roca, agrietada y a menudo desgarrada por ruidosos torrentes. Sobre el lago, iluminado casi como de día, erraban informes sombras oscuras de nubes. Aquí y allá flotaba en la superficie una barca de pescador, cuyo ocupante ejercía junto a un farol su silencioso oficio. En mis labios ardían aún los besos de la amada, que ahora en el recuerdo me parece realmente un poco demasiado escasa. (¡Por Heimdall, el dios de los periodistas, más tarde he amado de verdad a otras mujeres!) Me apresuraba hacia adelante por el camino de roca, hacia adelante hacia la lejanía, hacia el sur, en sordo impulso, fuera de los brazos de plata de esta noche de juventud, para recibir el pensamiento, la palabra, que debía hacerme inmortal.

Medio ebrio caminaba cada vez más lejos. Al poco tiempo el camino de roca torcía a la derecha hacia el peñascal. Sólo un sendero de apenas un pie de ancho estaba tallado en la pared que se alzaba sobre el lago: la senda de los contrabandistas. Me parecía estar ante una decisión importante de mi vida. A la derecha se entraba en la noche de abetos, cercada de rocas, de las misteriosas cascadas, a la izquierda conducía el vertiginoso sendero, a la luz de la luna, muy por encima de la inundación extendida abajo. Decidí tomarlo, y como sobre una cuerda delgada creí caminar libremente hacia la luz, mientras que, burlándome del peligro, me arrastraba penosamente sobre el abismo. Me divertía el pensamiento de que pudiera salirme al encuentro un contrabandista muy cargado en el estrecho sendero, y sentía curiosidad por lo que entonces habría de ocurrir. Uno habría tenido que volver o precipitarse al vacío. Me parecía que el sendero se alargaba hasta el infinito. Como a causa de las curvaturas hacía mucho que no veía el punto de partida, y tras cada saliente de roca que se me extendía delante esperaba alguna meta, seguí adelante con aquella pedantería casi siniestra que a menudo nos fuerza a avanzar, sólo para no tener que volver por el mismo camino, aunque fuera hacia la muerte.

Poco acostumbrado a los esfuerzos corporales, sentí pronto una fatiga apenas soportable, las manos me dolían a cada contacto con la roca, sentía decaer mi dominio de mí mismo, un temblor en las pantorrillas anunciaba un vértigo inminente. Casi blanco yacía el lago bajo mí, una luz artificial inverosímil estremecía el aire... Del período de tiempo siguiente no logro acordarme en absoluto. ¿Me he precipitado al vacío y he ido a parar bajo la inundación a un reino de hadas, donde, como en una mascarada, se imita nuestra mundo por diversión, y me encuentro hoy todavía en este mascarada? ¿O he seguido adelante con una tensión sobrenatural de mis fuerzas, de modo que nada quedó ya para la actividad de la conciencia? En suma, siento mis recuerdos en este punto como quebrados en dos vidas, un vacío, un agujero separa el más acá y el más allá. Me figuro que muchos hombres tienen semejante laguna en su existencia, que en vano procuran colmar. O toman en serio esta falta, no la sueltan en el pensamiento y se vuelven locos, o se aturden, como yo, con trabajo, placer y otros medios narcóticos semejantes, es decir, dan un rodeo en torno a su propia vida.

Mi recuerdo comienza de nuevo en la siguiente situación: estoy sentado en el suelo en un espacio cerrado por todos lados, cubierto de pieles y paños, ante mí arde un fuego de ramas que arroja su resplandor sobre un círculo de hombres de barbas salvajes. En sus cinturones veo centellear dagas ricamente guarnecidas, sus miembros ásperos y descuidados están medio envueltos en harapos, medio en costosas mantas orientales. Evidentemente son contrabandistas. — Cuando levanté la vista, vi el cielo estrellado sobre mí. Nos hallábamos en una estancia sin techo, cuyas paredes formaban las rocas. En los rincones parecían desembocar oscuros túneles en el espacio cuadrangular. Ante cada uno, también ante mí, había puestos platos y vasos preciosos, pero en parte rotos, con manjares y bebidas que tenían un aspecto más apetitoso de lo que el lugar permitía esperar. Evidentemente se había aguardado mi despertar para comenzar la comida. Yo tenía mucha hambre y eché mano. Me animaron especialmente a beber, en general eran muy corteses y atentos.

Una vieja, a la que no se llamaba de otro modo que «Esqueleto», nos servía con lo que ella misma parecía haber cocinado. Mucho me hubiera gustado saber cómo había llegado yo aquí y quiénes eran estas gentes, pero temía ponerme en evidencia si preguntaba. (Para no dar por lo demás al lector ninguna esperanza injustificada, advierto en seguida que jamás lo supe.) Procuré ocultar mi larga ausencia espiritual con todas mis fuerzas. Después de que hubimos comido, y de que yo me hallaba, sin estar ebrio, en aquel elevado estado de ánimo del postre, mis anfitriones propusieron mostrarme su vivienda, en la que, según decían, estaba amontonado lo mejor y más curioso de los tesoros de la tierra. Entramos con antorchas en uno de los túneles, cuyas dos paredes estaban perforadas por puertas de hierro.

«No podemos mostrarle todo, es imposible», dijo uno, «pero podrá usted hacerse al menos una idea de nuestras colecciones.» Se abrió la primera puerta. No quiero fatigar con la descripción de las cosas preciosas y extrañas de las cámaras de roca. Los artículos que en los siguientes cincuenta años envié desde todas partes del mundo al periódico *** dan claro testimonio de ello. Sólo brevemente algo general: vi el esplendor vespertino del desierto, la rígida existencia del trance de los esquimales, vi Bayreuth con los dioses nórdicos vueltos a la vida, en torno a los cuales se agrupa la riqueza de ambos mundos. (Debo advertir que esto ocurría en los años cuarenta, cuando ningún hombre pensaba aún en Bayreuth). Vi los campos de batalla de la guerra franco-prusiana, pero descubrí aún más: pensamientos corpóreos, que, puestos en retiro temporal o vitalicio, yacían sobre costosos cojines, ideas que hacen feliz a la humanidad y ideas que destruyen el mundo; sistemas comunistas se sentaban amablemente en torno a mesas de té, revoluciones rodaban gruñendo en la cadena; sueños de poetas andaban en fabulosa desnudez —debo confesar que algo osadamente— entre manías burocráticas decentemente, aunque pobremente, vestidas; esperanzas, que siempre estaban en esperanza, gritaban por parturientas que se les negaba; algunos vicios nuevos se hacían agradablemente perceptibles de lejos, pero cerca olían mal, por lo que no llegué a grabar bien su figura. Lues, una bella, se afligía porque no se la dejaba pasar a los reyes asiáticos del vicio, pero el destino, ante el que los contrabandistas parecían tener un respeto enorme, no lo quería así, según me aseguraron. También las ideas fijas se acercaban descaradamente. Sólo frente a éstas tuve que servirme de palabras descorteses, de una que llevaba una corona de laurel incluso de mis puños; por lo demás, hasta las pasiones y los pecados capitales se portaban bastante bien, aunque algo cohibidos, como gentes rudas que por una vez se someten a la coacción de un salón para desquitarse después en otra parte.

Puede uno imaginarse con qué asombro andaba yo entre todas estas curiosidades, pero mi admiración creció cuando uno de mis acompañantes, halagado por el gusto que yo encontraba en las colecciones, me invitó cortésmente a escoger de lo visto algunas cosas que me gustaran especialmente. Entonces dejé vagar mis miradas indecisas. De nuevo se acercaron importunamente las ideas fijas. Pero me abrí camino hacia una estancia rojiza medio abierta, en la que —aunque no era nada grande— yacían quinientas (así me dijeron) maravillosas mujeres desnudas, que sonreían quedamente para sí, como si quisieran decir: no necesitamos adelantarnos, vienen a nosotras. Estaba yo deslumbrado por el blanco resplandor de los cuerpos; tales formas sólo las había visto hasta entonces en yeso, me parecía que las mujeres reales eran siempre feas, pero quien es un verdadero poeta se pone por encima de ello. Los contrabandistas se alegraban evidentemente de mi confusión, en la que me sumió especialmente la más cercana con sus ardientes miradas.

«A ésa la quiero... las 500», exclamé codicioso, y en seguida me puse muy violento.

Nada más fácil que eso, me respondieron complacidos, escogiera otra vez. Se abrió ante mí otra puerta, por la que salía una violenta luz amarilla que me hacía daño en los ojos. Cuando me hube acostumbrado a ella, vi que las paredes, el suelo y el techo de la estancia abierta estaban pavimentados con monedas de oro acuñadas. Quise seguir adelante.

«Es alrededor de un millón», me dijeron.

»¿Así?», replicó indiferente, y ora miraba con codicia hacia el interior de la estancia, hacia las quinientas mujeres, ora vagaba mi mirada en busca de otras preciosidades.

»Es un millón», repitió el contrabandista asombrado, «¿no quiere usted...?». «Ah, no, deme más bien el desierto con los camellos y los oasis o cualquier otra cosa romántica...». «Usted es un necio, señor mío. Primero se deja regalar quinientas mujeres y ahora desdeña el mísero milloncejo. ¿Qué piensa hacer sin dinero con sus mujeres? ¿Cree usted que le dejarán en paz?

Esa gente quiere que se la obsequie con joyas y vestidos...». «Pero desnudas me gustan mucho más». «Eso da igual a las mujeres; si usted no les da nada, ya se dejarán regalar por otros». Me asusté mucho ante estas palabras y me dejé prometer tranquilamente el millón. Los contrabandistas quedaron muy satisfechos y dijeron que ahora podía elegir una última vez. Esta vez no querían influir en mí, pero antes tenían que mostrarme aún algo que sin duda me gustaría muy especialmente. Corrieron una puerta secreta que podía abrirse sin llave, mientras que todas las demás puertas eran de hierro y tenían pesadas cerraduras. En cambio, esta puerta estaba oculta con tal artificio que solo un iniciado podía encontrarla. Entramos en una habitación en la que evidentemente jamás se había ordenado nada. Un montón de metáforas, anáforas, símbolos, alegorías, frases hechas, citas, refranes, chistes en estado de putrefacción yacían revueltos como berzas en una cesta. En las paredes colgaban sin orden imágenes poéticas y comparaciones en marcos fijos, tropos y metonimias asomaban confusamente entre ellas. Alrededor de las cuatro paredes de la habitación, cerca del techo, corría un estante sobre el que, entre hornillos, alambiques, retortas y otros aparatos de la magia negra, había altos vasos llenos de líquido; en ellos yacían, como animales en alcohol, pensamientos, pensamientos bastante buenos, que se hallaban en estado de lenta disolución; algunos eran aún claramente reconocibles y solo habían teñido levemente el líquido circundante, otros se habían vuelto ya informes, gelatinosos, mientras el líquido parecía cada vez más turbio; en algunos vasos no había más que una papilla informe y descolorida.

A mi pregunta sobre qué significaba aquella dilución de pensamientos, los contrabandistas no quisieron darme una respuesta clara; ya lo comprendería algún día; si no, tanto mejor para mí. Debo confesar que aquello me pareció sospechoso. Involuntariamente me acordé de la cocina de la posada, donde de un par de libras de carne puede sacarse tanto caldo como... agua hay. Evidentemente se hacían allí falsificaciones. ¿Y de dónde sacaba esa gente los pensamientos empleados para la dilución? Me juré no presentarles jamás ninguno de mis versos, cosa que por lo demás podía ocurrirme con facilidad. Quizá cocinarían con ellos una sopa de agua. — Entretanto, mis ojos volvieron a vagar sobre las curiosidades del suelo y de las paredes; mi corazón se ensanchó cuando vi brillar entre mucha inmundicia palabras puras de poetas, símbolos profundos, sublimes sentencias de sabiduría.

«¡Quien pusiera orden ahí dentro!», exclamé entusiasmado, «¡encontraría material para la más maravillosa poesía; regaladme ese trasto, que la fatiga no me ha de pesar!». Los contrabandistas se declararon gustosos.

Entretanto, habíamos vuelto a tener hambre. Comimos juntos en el cuadrángulo de roca. Durante la comida supe detalles notables sobre la existencia de esta gente. Vivían del trueque. Habían empezado con poco; algunas de sus preciosidades decían haberlas encontrado en el camino.

Aumentaban su haber mediante ventajosos negocios de trueque. Cada vez cobraba más fuerza en mí la impresión de que todo aquello no siempre debía de ir por vías honradas.

«¿Nos dejará usted también algo en pago de nuestros dones?», me preguntaron.

Me asusté, pues no llevaba conmigo más que un bastante miserable cigarro de poeta alemán.

«No se inquiete; nos deja usted tres de sus sueños y quedamos satisfechos». «¿Sueños?», exclamé respirando, «de esos tengo bastantes; si ustedes conocen un medio de librarme de algunos sin dolor...». Pasamos luego a otros temas de conversación, a la política, al descontento que por entonces reinaba entre los pueblos respecto de sus gobernantes. Los contrabandistas fingían tener de algún modo la mano en ello.

«No, no», exclamó uno, «la auténtica revolución no la devolvemos tan pronto. Solo con dificultad la hemos recuperado frente a la hipocresía, que por lo demás estaba tan cotizada. De Francia recibimos casi a diario cartas en las que se nos pide que la devolvamos, y a cambio quieren entregarnos intacta la gloria de Bonaparte. Pero no lo hacemos. A lo sumo obtendrán unos cuantos combates de barricadas». (Advierto que el año 48 estaba a las puertas.) Una risa seca, repugnante sobre toda medida, resonó desde el rincón. Era un arrebato de hilaridad del esqueleto.

«Fanfarrones sois», exclamó la vieja, «tendréis que devolverla cuando venga la dama Suerte y lo exija. Ji... ji... Bien que os vigila un poco, si no pondríais el mundo entero patas arriba.

Ji... ji...». El contrabandista que había hablado antes agarró en silencio a la vieja por una cuerda que ella llevaba siempre alrededor del tobillo izquierdo y con ella la colgó, cabeza abajo, de un clavo que sobresalía alto en la pared de roca. Gimió un poco, pero parecía acostumbrada a este merecido castigo. Las quinientas mujeres, para las que la puerta seguía abierta, prorrumpieron en júbilo; la más cercana dijo con cierto acento extranjero que ella no se dejaría hacer una cosa así. Aunque con ella difícilmente lo habría intentado nadie. Tenía formas regias.

Mi mala opinión de esta gente se confirmaba cada vez más. Parecían ser conocedores de lo auténtico, de cuya posesión sabían apoderarse para envilecerlo. Naturalmente hacían magníficos negocios al trocear la gran revolución en innumerables combates de barricadas que ofrecían por separado. Podía imaginarme cuántos pensamientos juiciosos y sentimientos venerables se hacían pagar por semejantes naderías, y empezaba a vislumbrar en qué artimañas ilícitas se basaba el negocio de esta gente. Un pensamiento siniestro me asaltó: si seguían traficando así algún tiempo, acabarían por extraer del mundo todo lo valioso y haber introducido de contrabando sus valores aparentes y sus diluciones. Me estremecí ante la cobardía, la hipocresía, la falsedad, la opresión que entonces llegarían a dominar, mientras la libertad, la belleza, el conocimiento se enmohecían en cámaras de roca como curiosidades o se desfiguraban alquímicamente. Menos mal que al menos temían al Destino, quizá porque es lo único en el mundo con lo que no se puede comerciar.

Debieron de haberme echado algo soporífero en la bebida, pues solo con esfuerzo advertí todavía cómo el esqueleto era descolgado de nuevo, cómo tenía que ir a buscar un caldero que hervía desbordándose de una galería y colocarlo en el centro, y cómo entre un estruendo infernal de toda la banda de contrabandistas lo removía; me arrojaron dentro objetos irreconocibles, se volcaron botellas sobre él; cuando el caldero estaba demasiado lleno, lo inclinaban simplemente hasta que parte del líquido se derramaba, el cual se repartía silenciosa y espesamente por las galerías como reptante gusanera. Luego se siguió aguando.

Por último, la vieja pegó en una etiqueta la fecha del día siguiente al caldero, que varios contrabandistas cerraron. Lo empujaron hasta una puerta de hierro. Por la hoja abierta no vi más que el cielo estrellado. Advertí que debíamos de hallarnos muy alto. El caldero fue empujado hasta el umbral, el esqueleto le dio una patada y rodó por una especie de tobogán hacia el valle. Toda la banda de contrabandistas le gritó las expresiones más groseras, escupió hacia abajo y ensució el tobogán de la manera más inmunda.

«Ha reventado», exclamó uno entusiasmado, y yo me representé vivamente cómo aquel miserable brebaje inundaría el mundo a la mañana siguiente.

Evidentemente había cada día una porción semejante.

Ahora parecía haberse alcanzado el propósito; se cerró la puerta. Yo, en cambio, hice como si durmiera, pues no me ocultaba que había ido a parar a un círculo insólito, cuyas obras y quehaceres quería seguir observando. Pero pronto caí, por mucho que luché contra ello, en un duermevela. Soñé vivamente, pero sabía que eran sueños.

Primero vi a Manolitha, de divina hermosura, tal como vivía en mi fantasía, con su corona de cabellos de oro y las estrellas en el rostro. Sabía que era una imagen onírica, pero me complacía en ella; mas entonces vino uno de los contrabandistas, buscó con las manos algo sobre la cabeza de Manolitha, enrolló con cuidado toda la imagen y se la entregó a la vieja, que la llevó a una de las galerías. En lugar de la imagen vi una extraña puerta de casa con persianas verdes. Sobre ella colgaba un número de casa iluminado por transparencia, del tamaño de un cristal de ventana. Al lado, entre dos amorcillos ordinarios, había un rótulo:

Timbre nocturno para Mlle Rose, Modes.

Tuve la osadía de pulsar el timbre; entonces vi detrás de las persianas dos ojos acechantes. Se abrió una rendija de la puerta y una muchacha bastante decentemente vestida, con el rostro algo picado de viruelas, susurró:

»Usted viene recomendado... por el doctor M., ¿no?... Ya sabe, solo admitimos con recomendación...». Me limité a asentir y entré. Al fondo del corredor volví a ver la estancia roja entreabierta, en la que acampaban las quinientas mujeres desnudas, que ahora me pertenecían. Pero la puerta se cerró de golpe.

La muchacha decente me empujó hacia una ancha escalera de madera con volutas, como las hay en las antiguas casas burguesas. Subí. Olía a limpieza de sábado. En el cuarto piso había una puerta de cristal, ante la cual figuraba mi nombre en una plaquita. Abrí con mi llave de casa, que encajaba exactamente en la cerradura. En la habitación había una mesa de café puesta; a la luz de una lámpara de petróleo estampada, Manolitha hacía calceta. Detrás de la mesa había un sofá de cuero con un cojín de ganchillo en forma de corona; encima colgaban retratos de familia en marcos ovalados. Manolitha se levantó; como ama de casa tenía muy buen aspecto.

»Viejo», dijo, «qué bien que vengas; ya ha venido tres veces el carnicero con la cuenta...». Quise ir hacia ella y besarle el cabello liso con raya en medio, pero entonces vino de nuevo el contrabandista, se puso a manipular sobre la cabeza de Manolitha y enrolló toda la imagen onírica, que la vieja volvió a llevarse a la galería. En lugar de hallarme en la habitación anticuada con olor a café, me encontraba en una pequeña estancia llena de alfombras orientales en el suelo y en las paredes. Un criado me esperaba con té. Junto a mi taza había un montón de cartas y telegramas acumulados, que tomé mientras el criado me quitaba las botas. En la habitación contigua ardían innumerables velas ante espejos. En el centro había una mesa puesta con rica plata y porcelana, flores raras exhalaban su aroma en jarrones de colores. El criado observó modestamente que todo estaba dispuesto para la cena, tal como yo lo había ordenado.

En aquel momento sonó la campanilla; me llamaron al teléfono.

Pero cuando me llevé el auricular al oído, advertí que tenía ante mí un cosmorama. Vi en él una imagen maravillosa. En el profundo abismo serpenteaba un río entre orillas de exuberante vegetación meridional, en las que un bosque de laureles casi negro destacaba entre el verde más claro.

De aquel bosque se alzaba una figura que flotaba cada vez más alto, hasta hallarse muy cerca de mí. Reconocí los rasgos de Manolitha, hermosos como vivían en mí. Llevaba un atavío antiguo. Avanzó hacia mí con paso mesurado, alzó ambos brazos y quiso ceñir mis sienes con una corona de laurel, pero por tercera vez apareció el contrabandista, enrolló la imagen, se la dio al esqueleto, que con ella desapareció en la galería. En el cosmorama, en cambio, percibí otro espectáculo. Un caballero que se parecía a mi padre, solo que parecía mucho más distinguido, hablaba desde una tribuna a una concurrida asamblea. Lo aclamaban, parecía haber terminado justamente su discurso. Oí aún cómo pronunciaba las palabras:

»Y por este folleto, en el que he descrito vuestro país con los colores más verdaderos y brillantes a la vez, Su Alteza el Bey de Túnez se dignó concederme su orden del Sol. Mi soberano —Dios lo conserve— no pudo permitirme, por secretas razones de razón de Estado, llevar esta condecoración, y así me veo obligado a devolver esta prueba de su favor al alto Bey —también a él lo conserve Dios—. Pero antes no puedo negarme la satisfacción de mostraros, venerables oyentes, y —como bien puedo lisonjearme— amigos, esta joya.» Con estas palabras el noble caballero abrió una caja que le trajo el mismo criado que antes me había servido el té y me había quitado las botas, y de ella sacó estrellas de oro y cintas de seda, que mostró a la multitud que prorrumpía en júbilo; es más, no pudo contenerse y se las puso un instante.

En aquel momento volvió a sonar el teléfono. Alguien llamó:

»¡Corten!« Colgué el auricular y, cuando miré en torno, era ya plena mañana. Los contrabandistas estaban sentados a la mesa en su estancia de la roca.

Me desearon un buen día, y el esqueleto me llevó a mi lecho un café matutino bastante aceptable. Supe que los contrabandistas pensaban, tras el desayuno, ir a su tarea, es decir, hacer algunas correrías por los alrededores, porque hoy debía pasar el príncipe Metternich, que se hallaba de viaje por Italia, y querían endilgarle algunas ideas liberales. Esperaban que con semejantes manipulaciones no tendrían que renunciar a la revolución. Se emprendió la marcha, y no me quedó más remedio que ir con ellos. Los contrabandistas advirtieron mi semblante decepcionado.

»Ah, ya, los regalos —dijo uno—; ha de saber que no lo recibirá todo de una vez, se irá distribuyendo a lo largo de toda su vida. Pero hoy mismo notará que cumplimos nuestra palabra.« Naturalmente, yo no creía ni una palabra y estaba convencido de que me habían engañado.

Pasamos por un túnel que parecía interminable y que finalmente nos llevó a un punto del lago donde no había sendero entre el agua y las rocas.

Una ancha barca de mercancías, como las que usan los barqueros, estaba en una pequeña ensenada natural. Me llevaron remando media hora y luego me dejaron en la orilla de la carretera que yo conocía. Los contrabandistas no se detuvieron ni un minuto entero, sino que regresaron con una velocidad incomprensible.

Sin hallar la menor claridad sobre lo ocurrido, me dirigí hacia la ciudad. A lo lejos vi a Manolitha, que venía del mercado, donde había comprado pescado. Lo llevaba en un cesto. ¡Puah! ¡Qué fea era! Me pareció enfermizamente delgada, y ¡cómo debían olerle las manos a pescado!

Por fortuna, el camino pasaba por un puente, bajo el cual podía llegar fácilmente por una zanja junto a la carretera. Allí me oculté hasta que Manolitha hubo pasado. Nunca volví a verla.

Cuando llegué a la plaza del mercado de la ciudad, encontré ante el más distinguido mesón una gran aglomeración, contenida por criados con galones. Creí distinguir entre los que salían de la casa a uno de los contrabandistas, que al punto desapareció entre la multitud. Al preguntar, supe por mi vecino que había llegado una alta personalidad de paso hacia Italia, pero que no se sabía quién, pues la personnage quería permanecer desconocida. Comprendí al instante que no podía ser otro que el príncipe Metternich. Con una habilidad que por lo demás no me era en absoluto propia, supe deslizarme por el jardín hasta la parte trasera de la casa. Ante una puerta tapizada del primer piso me detuve, yo que por lo general era más bien tímido, con tal desenfado que cuantos pasaban debían de pensar que yo pertenecía a aquel lugar. A través de la puerta, sin embargo, oí la voz del príncipe conversando con el burgomaestre de la ciudad. Solo entendí frases entrecortadas. Ante todo, deseaba pasar completamente desconocido, pues estaba indispuesto; por lo demás, era muy afecto a la ciudad; no tenía nada que objetar al nombramiento del popular X. como director general de correos, aunque el hombre tenía fama de liberal; en general, no debía tenérsele (al príncipe) por un lobo rapaz, pues también se proponía con los años manejar algo más benignamente la censura y las leyes de imprenta, incluso en los distritos fronterizos, etc., etc.

Cuando oí que el burgomaestre se despedía, me apresuré a marcharme para no ser descubierto. Mi camino me llevó directamente a la redacción del primer periódico, donde revelé toda mi ciencia.

»¿Metternich aquí? —exclamó el redactor—. ¡Si no se engaña usted...!« »Pero señor redactor —repliqué—, ¿qué cree usted de mí? Conozco la voz del príncipe Metternich como la de mi padre.« Me asusté de esta desfachatez que yo mismo no comprendía, pues nunca había visto a Metternich ni le había oído hablar antes.

»Bien, escriba de una vez todo lo que sabe —respondió el redactor, convencido por mi seguridad—. Aquí tiene un pupitre, tinta y pluma...« Mientras escribía, acudían a mí —no sabía cómo— imágenes y giros lingüísticos que había advertido en la estancia de los contrabandistas. En un cuarto de hora estaban escritas dos columnas en un estilo, según yo mismo hallé, sumamente brillante. Con gran seguridad en mí mismo entregué las hojas al redactor, que las recorrió por encima y exclamó asombrado:

»Usted es el periodista nato, joven... Su perspicacia no es nada frente a su estilo, y ambas cosas desaparecen a su vez ante su rapidez. ¿Desde cuándo está usted en la prensa?« »Es mi primer ensayo«, respondí algo tímidamente.

»¿Qué era usted antes? Todo periodista fue antes algo distinto.« »Poeta«, dije avergonzado.

»Vaya, pues se le ha quitado a usted de encima felizmente. Tengo ocupación para usted. Esta noche canta la Rubini la Cenerontola. Vaya a la ópera y tráigame de noche todavía la crítica.« »Pero señor redactor, si yo soy del todo inmusical.« »Tonterías —respondió bruscamente—; desacostúmbrese usted de semejantes escrúpulos; con su estilo se es musical, agronómico, geográfico, teosófico... lo que se exija... ¿entiende? Por lo demás, veo que para ir a la ópera tendrá usted que completar un poco su atavío. Aquí tiene cien gulden de anticipo y firme este pliego.« Me tendió un papel que firmé sin reparar en lo que decía. Me despedí y fui a las tiendas de moda, donde me equipé por completo. Como un petimetre llegué a casa. Ante la puerta de mi cuarto estaba una dama pomposa, vestida con excesiva elegancia.

»Oh... por fin llega usted...«, exclamó en un alemán quebrado.

»Soy la Rubini..., Carlotta Rubini...; oigo que esta noche escribe usted la crítica.« Yo me quedé algo turbado.

»Perdone... signora...«, balbuceé..., »solo vivo temporalmente en esta cueva... hasta que encuentre una vivienda a mi gusto.« »Oh, comprendo... comprendo...«, dijo la Rubini, y entró.

Se quitó el velo y reconocí en ella a una de las quinientas mujeres que más cerca de mí habían estado en la caverna de los contrabandistas.

»Ay... estoy tan cansada...«, dijo..., »¿puedo descansar un poco...? Llevo media hora de pie en la escalera.« »Por supuesto... por supuesto... signora, si pudiera ofrecerle algo...« »Ay, sí, caballero... ofrézcame algo... mande traer algo.« Salí y di a un muchacho que trabajaba al lado en casa de un zapatero el resto de mi dinero, y le encargué que subiera champán de la cafetería. ¡Cuánta razón daba ahora a los contrabandistas, que cumplían su promesa y habían de hacerme llegar poco a poco, junto a las quinientas mujeres, el millón tan indispensable!

Cuando volví a entrar en la cámara, la Rubini se había acomodado muy a gusto. Tenía tanto calor. Y cuando llegó el champán, ya le sostenía yo la mano con inquietud, pues tenía un pulso excesivamente fuerte. Pero no fue más que un precedente. Podría contar aún 499 historias, si el alto nacimiento, el nombre europeo y la riqueza de mis heroínas no obligaran a una discreción especial. Pero por puro interés psicológico quizá sea alguna vez indiscreto; solo que antes he de aguardar la extinción de algunas casas reinantes.

Este libro fue fabricado por encargo de Georg Müller Verlag en Múnich en una tirada de 800 ejemplares en la imprenta Buchdruckerei Imberg & Lefson en Berlín y encuadernado según los diseños de Paul Renner en Hübel & Denck en Leipzig.

Además se tiraron 50 ejemplares sobre van Geldern y se encuadernaron en piel entera.

Este ejemplar lleva el n.º 551

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