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Dominio público · Español

Investigaciones sobre el uso del cáñamo en la Antigüedad

Antoine Mongez · 1800

Edición de Biblioteca Pevgrow. Licencia CC BY 4.0. Fuente: Internet Archive.

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Investigaciones sobre el uso del cáñamo en la Antigüedad

Antoine Mongez

Internet Archive, 1800.

Traducción al español. Obra en dominio público o de acceso abierto. Edición Pevgrow, 2026.


Investigaciones sobre el empleo del cáñamo en la Antigüedad y en

la Edad Media,

por el ciudadano Antoine Mongez.

En París, agosto de 1868.

Leído en fructidor del año 9.

Parece que el cáñamo no era conocido de los griegos, o al menos que lo empleaban poco en la época en que Homero escribía. No se encuentra el nombre de este vegetal en ninguno de los poemas de Hesíodo ni en los del cantor de Aquiles.

Este, por el contrario, habla a menudo del lino y de corazas de lino. Era en una tela de lino donde Ulises dormía envuelto cuando los feacios le depositaron en las orillas de Ítaca, junto a la gruta de las ninfas. (Odyss. lib. 13, v. 117.)

Ipéitov Oôvooa YAapupñs Èx VOS dEtpav, ADT6 oùv te AVE, x) PhYEl OLYAAEOVU, Kad’ Ô' d6 Ent bauddw Édeoav, dedunuévoy Ürve.

Heródoto, que escribía en el siglo cuarto antes de la era vulgar, es, a mi entender, el más antiguo autor que haya hablado del cáñamo. (Lib. 4, sect. 74, p. 314, edit. Wesseling.) «Crece en Escitia el cáñamo (traducción de nuestro colega Larcher, París, 1786); se parece mucho al lino, excepto que es más grueso y más grande. En esto le es con mucho superior. Esta planta nace por sí misma y de semilla. Los tracios se hacen con ella vestidos que tanto se parecen a los de lino que es preciso conocerlos bien para distinguirlos, y quien nunca hubiera visto cáñamo los tomaría por telas de lino…» «Eott 6 ot xdvvafiis puouévn Év tTf xopn, TAÀV rayxÜTntos Xh MEYAEOS, TG Alvw ÉUpEpEOTÉTN * TAUTN DÈ noAÀG Uneppépet À xävvafils QÜTN * XŸ AUTOUÈTN X OTELPOUÉVN pUETOL © XM ÉË aÛThc Oprixec UÈV x Eluata rouæbvto toïot Avéotot ouotétata * OÙD Gv, Doris UN xdpta TpiBowv Ën aûthc, diayvoin Mvou À xavvdBloc Eott: OS dE UM Ed Tv xavvdBida, AlvEOV DoxNoet Eivot TO Elu.

Era preciso que Heródoto no hubiera visto nunca cáñamo para anunciar tan positivamente en su relato algún parecido con el del lino, independientemente del grosor y de la altura. En efecto, la diferencia de estos dos vegetales no resulta únicamente de caracteres difíciles de aprehender, tales como pueden presentarlos los estambres, la forma del cáliz, etc.; sino que es fácil establecerla por el porte entero de la una y de la otra planta. El tallo del lino es liso, el del cáñamo es velloso; las hojas del lino son simples, las del cáñamo son digitadas, es decir, compuestas de folíolos reunidos, a menudo en número de cinco, como los dedos de la mano. El lino es un subarbusto en algunas especies, y el cáñamo es siempre hierba. La flor del lino, flor que encierra los dos sexos, se parece a la de las cariofileas en general o a la del clavel en particular, y su color es variable.

El cáñamo es dioico, es decir, que tiene sus dos sexos colocados en individuos separados, y sus flores masculinas son constantemente de color amarillo verdoso, mientras que las femeninas son siempre de un blanco sucio. He aquí caracteres

diferenciales muy aparentes que habrían llamado la atención de Heródoto si hubiera visto los dos vegetales.

Teofrasto, que vivía un siglo después de Heródoto, probablemente no lo conocía; pues no hace mención alguna de él en los libros que escribió sobre los vegetales, y en los cuales habla del lino y del lino-esparto. Tres siglos después de Teofrasto, Dioscórides fue el primero de los escritores griegos llegados hasta nosotros que, desde Heródoto, habló del cáñamo. Lo describe en su libro 3 (cap. 165), pero sin designar las comarcas donde se cultivaba, y refiere sus usos medicinales, después de haber dicho que se emplea en hacer las cuerdas más fuertes… IIbdc Tic tév ÉUtTovoTatTuv oyotviwv rAoxdc… En el capítulo siguiente nos instruye más: nos enseña que era con su corteza como se fabricaban esas cuerdas… Kai à 4nû tauthc GE pholdc, eUDETOC ei TAOX NV OYotviwv.

Pausanias, describiendo la Élide cien años después de la época en que escribía Dioscórides, dice que «El cáñamo, el lino y el algodón eran cultivados por aquellos de sus habitantes que ocupaban un terreno favorable a estos cultivos…» Tv uèv 6 xavvaPiôa xai Mvoy, x Thy Boocov orelpouotiv Üooic À Yh ToÉpELv ÉoTLV Émitdetoc… Es la primera vez que se hace mención de cáñamo cultivado en Grecia.

Cuando los griegos hubieron conocido el cáñamo, no parece que lo hayan empleado en hacer tela, como lo practicaban los tracios desde el tiempo de Heródoto; al menos ningún escritor de esa nación habla de tejidos de cáñamo. Solamente fabricaban con él cuerdas, o lo empleaban en estopa, si se cree a Varrón, citado por Aulo Gelio (lib. 17, cap. 3). «Los liburnios, dice, unían las más de las veces las bordas de sus naves con correas de cuero. Los griegos empleaban de preferencia para este uso el cáñamo y la estopa, y otros vegetales que designaban con la palabra orapta…» Liburni plerasque naves loris suebant. Græci magis cannabo et stupä, cæterisque sativis rebus, à quibus orapra appellabant.

Ateneo describe (liv. 5, cap. 18) la nave que Hierón había hecho construir para un rey de Egipto en el siglo tercero antes de la era vulgar, nave célebre en la antigüedad por su grandeza y su magnificencia; dice que el rey de Siracusa había sacado las maderas de Sicilia y de Italia; de Iberia las cordas, que eran probablemente de esparto; «El cáñamo y la hiedra, de las orillas del Ródano…» Kdvvafiiv GE xoù xitrtov ëx toÙ Podavod, rotauod… Eustacio, el escoliasta de Homero, cita el pasaje de Ateneo en otros términos. (Casaub.

AnimadWv. in lib. 5, cap. 1© Athenæi): Kévvafiv © Ex toù Hpidavo rotauoù «el cáñamo de las orillas del Erídano.» Aquí solo se hace mención del cáñamo; pero es de las orillas del Erídano de donde se saca, y no de las Galias.

Estas diferencias no afectan al resultado que quiero obtener del texto de Ateneo; en él veo solamente una nueva prueba de que los griegos empleaban el cáñamo para calafatear las juntas de las naves, pues en él se encuentra la materia de las cordas enunciada en la frase precedente: lo que parece restringir el uso del cáñamo al calafateo.

El nombre del río que había visto crecer el cáñamo empleado por Hierón, el Erídano, ha dado lugar a tantas fábulas y contradicciones, que no se me podrá saber mal que haya referido lo que sobre este particular escribía en 1768 el señor de la Nauze, en las Memorias de la Academia de bellas letras (t. 36, p. 66). «Heródoto dice (es el sabio académico quien habla) que, a pesar de todas sus investigaciones en Asia y en Grecia, no pudo encontrar a nadie que hubiera visto las islas Casitérides de donde venía el estaño, ni el Erídano de donde venía el ámbar. Se sabe desde hace mucho tiempo que las islas Casitérides son las islas Británicas, y se presume que el Erídano es aquí el Rodaune, río de Prusia. Al parecer, los mercaderes fenicios hacían misterio de la posición de las islas y del río; en consecuencia Heródoto se niega a reconocer su existencia: era ir demasiado lejos. Plinio, tomando este Erídano por el Po, cayó en otro error. Es muy asombroso, dice, lo que sin embargo creemos bajo la palabra de Heródoto, que Asia, Grecia, Heródoto mismo, no conocieran a nadie que hubiera visto el Po, etc. etc.»

Nuestro colega Larcher adoptó la misma opinión: piensa que Heródoto, al nombrar el Erídano, en cuyas orillas se encontraba el ámbar, quería hablar del Rodaune o Rhoden, que desemboca en el Vístula, y cerca del cual, en el mar Báltico, se pesca en efecto ámbar, sustancia que por lo demás nunca se ha encontrado en las regiones regadas por el Po.

Al reencontrar el Erídano de Heródoto y de Ateneo, al ver la ignorancia del historiador griego sobre los rasgos característicos más aparentes del cáñamo, al saber por él que los escitas, es decir, los europeos septentrionales, suministraban, en el siglo quinto antes de nuestra era, este vegetal a los tracios, que hacían con él tejidos; al leer finalmente que Hierón, en el siglo tercero, lo sacaba todavía de las orillas del Báltico, hacia la desembocadura del Vístula, no puede uno negarse a las conclusiones siguientes. Los griegos estuvieron mucho tiempo sin cultivar el cáñamo: lo sacaban entonces de las regiones septentrionales, regiones tan favorables a este cultivo que todavía es en Rusia y en Livonia donde Europa se aprovisiona de cáñamo; en fin, los primeros testimonios de su cultivo en Grecia no se remontan más allá del comienzo de la era vulgar.

Podría objetarse que Aristófanes habló de telas de cáñamo, si se tomara la palabra oturretonAnc de que se sirve en la comedia de los Caballeros (vers. 129) por el que vende vestidos hechos de cáñamo o de lino, y no por un mercader de estopa. El antiguo escoliasta del cómico explica esta palabra con la frase siguiente: …. O +ù orunrela nwGiv: Toutéort, xavvdfiva, Av… «Que vende estopas, es decir, estopas sacadas del cáñamo y del lino.»

Algunos lexicógrafos la han traducido así: «Aquel que vende vestidos hechos de cáñamo o de lino.» Sin embargo, Pólux (lib. 7, segm. 196) pone a continuación de los oturretonéAoa los éptorésAu, palabra que siempre se ha traducido por mercaderes de lana, y no por mercaderes de paños. El mismo escritor (lib. 16, segm. 176) da bien evidentemente a entender que otunreiov designaba estopas y

no tejidos, cuando dice que con ellas se formaba la guarnición de las ruecas… Koù Alvov Ô' @v Eros, x oTUTREOv, x Xdvvabov, xoi xdvvabiv, xoi TOV loto tv Tata ÉpyaTCouévoy yépoyta… «Nombraréis después el lino, la estopa, el cáñamo, y la rueca que sirve para trabajarlos.»

Ya había dicho lo mismo (lib. 7, segm. 72), pero de una manera más difusa. Este pasaje está sacado del capítulo que trata de los vestidos hechos de lino en general, y en particular de los que se fabricaban en Amorgos, una de las Cícladas, y que se teñían de púrpura… «El cáñamo, dice, es de la misma naturaleza que el lino; Heródoto lo mencionó en estos términos:

Del lino o del cáñamo: las estopas se hacen de ellos; el que las emplea es llamado oturretonwAnc y otÜûrroë. El instrumento alrededor del cual se fijan las estopas se llama rueca…» Koï ñ xdvvafis Gë, Guo1év Éott Mivu * Léuyntou Ô aûthc Hp6botos, eirwv, Mvou À xavvdBeuwc * x TaûTnc dE, xoù Tù oTUTnES:

XAÙ Ô TEXVITNS, OTURTELOTHANC, XP OTUTROË * TO DE ÉpyakElov, xaÿ” où ÉXAWTOY ÉCAPTÜVTES TÙ OTUOTTEÏ, YÉPUV ÉXAAEÏTO.

Pienso, pues, que Aristófanes solo quiso hablar de un mercader de estopas, y no de un mercader de telas de cáñamo, o quizá también del obrero que llenaba de estopas las hendiduras de las bordas. Debía de ser una clase numerosa en Atenas, donde se construía tan gran cantidad de naves.

Si se creyera a Festo (letra S), la acepción de la palabra otûrn, estopa, habría sido aún más restringida. «Los griegos dorios, dice, llaman otûrn al lino no trabajado.» Stupam linum impolitum appellant Græci Dorii. Pero Isidoro, que escribía después de él, dice (Orïg. lib. 29, cap. 27): «La estopa se hace de cáñamo o de lino: se escribe stuppa siguiendo la ortografía antigua, porque con la estopa (stipantur) se tapaban las hendiduras de las naves…»

Stupa verû cannabi est sive lini: hæc, secundüm antiquam orthographiam, stupa dicitur, quèd ex ea rimæ navium stipentur.

Aunque los romanos hicieron más uso del cáñamo que los griegos, no parece sin embargo que hayan fabricado telas con él, a juzgar por el silencio de sus escritores. Columela (lib. 6, cap. 2, segm. 3.) y Plinio (lib. 19, cap. 56) hablan de las cuerdas que se hacían con el cáñamo, utilissima funibus cannabis; Varrón, describiendo una gran pajarera (De re rustica, lib. 2, cap. 5, segm. 11), dice que se empleaba este vegetal para hacer las redes, tecta sit porticus rete cannabinä; y Plinio (ibid.) cita el de Alabanda en Caria como el más apreciado para este uso: Optima Alabandica plagarum præcipuè usibus. Graciano ya lo había cantado (Cyneget. v. 46); y la expresión, bosques de cáñamo, de la que se sirve, anuncia la vasta extensión de estos cultivos:

At pauper rigui custos Alabandicus horti Cannabias nutrit silvas, quàm commoda nostro Armamenta operi …

También se fabricaban esteras con el cáñamo, cannabinæ tegeticulæ, dice Varrón (De re rustica, lib. 3, cap. 8, segm. 2); en fin, su estopa servía para rellenar los huecos de las tablas del forro, como hemos dicho más arriba. Así vemos también que el Glosario griego latino de Filóxeno traduce xavvdfis por la sola palabra stupa: lo que muestra que la estopa no se hacía las más veces sino de cáñamo. Tales son los únicos usos a los que los romanos lo emplearon, a juzgar por los de sus escritores que nos han llegado.

A decir verdad, el silencio de los autores griegos y romanos sobre la existencia de las telas de cáñamo no sería más que una prueba negativa, si no hubieran tenido ocasión de hacer mención expresa de ellas; pero Polux e Isidoro trataron de diversos objetos que necesariamente debían conducirlos a ello. Polux, que vivía en el segundo siglo de la era vulgar, escribió capítulos enteros sobre los nombres de los diferentes vestidos, sobre las diferentes clases de vestidos, sobre los trajes hechos con pieles, sobre los de lino en general, y en particular sobre los de amorgos, sobre los vestidos hechos con el bissus, y sobre los vestidos que tenían alguna relación con aquellos, etc. En fin, uno de estos capítulos describe con el mayor detalle todo lo que compone una cama: colchón, almohada, sábanas, manta, etc. Jamás, sin embargo, habló Polux de las telas de cáñamo.

Un siglo antes que él, Plinio y Dioscórides describían el cáñamo, hablaban de su utilidad para la cordería, de las propiedades medicinales de sus semillas: ninguna mención de telas hechas con este vegetal. En el siglo séptimo, Isidoro de Sevilla escribe sus libros de las Orígenes; habla del cáñamo en el 17, que trata de la agricultura. En el 19 consagra catorce capítulos a las investigaciones sobre los trajes de las diferentes naciones, sobre las diversas materias de que estaban hechos; pero guarda un silencio absoluto sobre las telas de cáñamo.

Creo poder concluir que este vegetal era a la verdad cultivado en toda la Europa septentrional en el siglo séptimo, pero que en la Europa meridional no se le empleaba sino para hacer cuerdas y estopa.

Se encontraría en fin en el siglo noveno una prueba de que ya se hacían tejidos de cáñamo, si se explicara un capitular de Carlomagno en el sentido que le dan los editores del Glosario de la baja latinidad.

El año 868, trigésimo segundo de su reinado, Carlomagno publicó un capitular titulado De villis, en el que regulaba la administración de sus bienes rurales.

Dice en él (num. 62) que sus oficiales harán dar cuenta a los cultivadores, entre otras producciones, de lana, lino et canaba. Los glosadores explican aquí canaba por «tela de cáñamo, nuestro canevas»: tela cannabina, nostris canevas. Confieso que no sabría ser de su opinión, porque en este capitular no se trata sino de los productos brutos del suelo y de los animales que alimentaba, es decir, de la lana, del lino y del cáñamo. ¿Por qué los glosadores no tradujeron también las palabras de lana, lino, por paños, telas de lino, como han traducido canaba por canevas? Es pues aquí del cáñamo, sea en granos, sea en tallos dispuestos para ser trabajados, sea en fin en estopas, y me inclino por este último sentido. En una palabra, no creo

que el capitular de Carlomagno pueda ser de ninguna utilidad para el objeto que me ocupa.

Me veo pues forzado a descender hasta hacia mediados del siglo duodécimo para encontrar un texto (¡quizá el primero!) en el que se haga mención de telas de cáñamo. Aëlredo, abad de Rievaulx en Inglaterra, escribió en esta época un libro sobre la vida eremítica, que ha sido insertado a destiempo en las primeras ediciones del obispo de Hipona como una obra de este pontífice (edit. Benedict. 1679, t. 1, suppl. p. 45, cap. 29). Prescribe a sus seguidores «vestirse durante el invierno con pellizas comunes y pieles; durante el verano, con una simple túnica; pero tener para ambas estaciones dos camisas de estopa o de estameña…» Grossioribus pelliciis utatur, et pellibus propter hyemem; propter æstatem autem unam habeat tunicam: utroque verò tempore duas de stupacio camisias vel staminas, es decir, «dos camisas de cáñamo o de lana». He determinado anteriormente el sentido ordinario de la palabra stupa, sobre todo en el Bajo Imperio, y se ha visto que designaba particularmente el cáñamo; añadiré que en algunos de nuestros departamentos meridionales se llama todavía al cáñamo estopa, sin añadir el nombre del vegetal.

Los testimonios se vuelven numerosos en el siglo trece, y abundantes en el siglo catorce. No haré mención de ellos; citaré solamente uno de estos últimos, porque sirve para probar la verdadera acepción de la palabra stupacium, que me ha proporcionado la primera época de los tejidos de cáñamo. El papa Clemente 6 canonizó, hacia mediados del siglo catorce, a Yves, muerto en Tréguier en 1303. El acta de esta canonización, escrita en latín (como todos los actos de la corte de Roma), presenta las deposiciones de las personas que, habiendo visto a este Yves, o que, habiendo vivido con él, contaban sus austeridades. Dicen unánimemente que llevaba sobre la carne un tejido de pelo, y sobre este cilicio una camisa. Uno de los testigos lo describió en estos términos… Camisiam de telâ grossissimä appellatä reparo… Los glosadores de la baja latinidad explican reparo por la palabra francesa grossier, y citan un reglamento para los panaderos, en el que esta palabra se opone a brin, es decir, al pan delicado. El reparo no debe pues entenderse aquí del lino, que proporcionaba las telas finas; sino del cáñamo, llamado generalmente estopa. Un segundo testigo lo dice expresamente… Camisiam suam grossam de stuppis… En fin, un tercero dice que su lecho consistía en «trozos de madera puestos sobre la tierra, cargados de algunas briznas de paja, y en una especie de manta de cáñamo de poco valor…» Frusta lignorum super terram et aliquantulùm de paleis desuper, cum quodam coopertorio parvi valoris de canapio… No puede desconocerse aquí un tejido de cáñamo. Las expresiones que anuncian la vileza de esta manta son las mismas para la camisa de estopa; lo que prueba identidad en ambos tejidos.

Para resumir lo que acabo de referir, diré que no parece que los griegos hayan cultivado el cáñamo desde la más remota antigüedad, como lo

hicieron los europeos septentrionales; que los dos siglos que precedieron inmediatamente a la era vulgar dan la época de este cultivo en Grecia y en las comarcas orientales de Europa; que los pueblos del Norte fabricaron telas de cáñamo desde los primeros siglos históricos; que los griegos y los romanos no los imitaron, y que no lo emplearon sino para la cordería y para calafatear las juntas de las naves; que el siglo duodécimo proporciona el primer ejemplo conocido de tejidos de cáñamo, y que se le encuentra entre los europeos septentrionales, en Inglaterra; que en fin el trece y el catorce vieron esta industria propagarse en Francia y en la Europa meridional.

He dicho que el uso de las telas de cáñamo se extendió mucho en el siglo trece: es también a este mismo siglo al que se fija el uso del papel hecho con trapos o con chiffes. Esta invención hizo menos caro el material empleado por los copistas. Estos habían ya abandonado desde algún tiempo el uso del papiro, a causa de la dificultad que se experimentaba en Occidente para procurarse este junco de Egipto. Ya en el siglo duodécimo decía Eustacio, en su Comentario sobre el vigésimo primero libro de la Odisea, «que el arte mismo de la fábrica estaba perdido… à téyvn äptt arnheirtor… El pergamino, que, después de haber sido empleado en competencia con el papiro, había sido generalmente sustituido a este, costaba mucho. Puede concluirse del uso que se estableció en Grecia hacia el siglo undécimo: se borraba por diversas lociones la escritura de los antiguos manuscritos en pergamino, o se raspaban, a fin de servirse de ellos para escribir otras obras, pero sobre todo libros de iglesia.

Se practicaba a veces este procedimiento bárbaro con tanta negligencia que se puede todavía hoy, con paciencia, distinguir entre la nueva escritura líneas e incluso frases enteras. Si no se hubieran borrado sino escritos de ningún interés, habría menos que lamentar sobre las pérdidas ocasionadas por estas raspaduras; pero cuando se piensa que han causado probablemente la pérdida de escritores antiguos que lamentamos en su integridad, o al menos una parte de las obras de Tito Livio y de Tácito, etc., no puede uno impedirse concebir aversión por los que los primeros se entregaron a esta fatal práctica. Los emperadores quisieron impedirlo, y para ello las provisiones por las cuales conferían la dignidad de conde, con poder de crear notarios imperiales, llevaban comúnmente esta cláusula: «a condición de que estos no emplearán ni papiro ni pergamino viejo y raspado, sino que no emplearán sino pergamino virgen y enteramente nuevo.» (Maffei, Istor. diplom. p. 69)… Non in papyro nec chartâ veteri et abrasä, sed in membranä mundä et novä.

Estas prohibiciones fueron inútiles: la pobreza de los copistas y la necesidad de libros hicieron sacrificar obras cuya escritura ya no se sabía leer, o que se creían de ningún interés. Se rasparon los viejos pergaminos generalmente en Grecia durante los siglos undécimo, duodécimo, decimotercero y decimocuarto

siglos; se hizo otro tanto entre los latinos, y no puede asegurarse que hubiera quedado un solo autor antiguo, si la invención del papel hecho con vegetales no hubiera presentado a los copistas una materia menos cara que el pergamino.

Desde tiempo inmemorial, los pueblos asiáticos situados más acá del Ganges han fabricado papel con los viejos harapos de algodón que los visten; pero es pesado y grosero. Sin embargo, las relaciones más íntimas de los griegos del Bajo Imperio con los habitantes de Asia les hicieron conocer este papel de algodón.

Entrevieron la gran ventaja que podían sacar de él; lo adoptaron y perfeccionaron su fabricación. El papel de algodón fue llamado unas veces charta bombicina o bombacina, otras cuthunea, sobrenombres relativos a su materia; otras en fin damascena, sobrenombre que recordaba su origen asiático.

Se introdujo en Grecia y en las comarcas de Italia donde se hablaba griego y donde se estaba en relación habitual con Grecia: quiero hablar de Sicilia, del reino de Nápoles y del estado de Venecia.

Las cruzadas, que parecieron traernos las artes de Oriente en compensación de los millones de hombres que habían engullido, hicieron más común en Occidente el uso del papel de algodón. Mas las comarcas que no conocían este vegetal, y que no podían procurarse sus productos por la vía del comercio, tales como España y Francia, buscaron en sus vegetales una materia que pudiera fornecer un papel análogo. Los españoles, a quienes los árabes habían hecho conocer el papel de algodón, después de haber establecido su uso en África, le substituyeron el papel de lino, vegetal muy común en el reino de Valencia. Así también el más antiguo papel de lino o de trapos es el de Xativa, en el reino de Valencia, y el de Cataluña. Francia lo conoció desde el siglo trece; pues se conservaba en ella, en tiempo de Mabillon, una carta de Joinville a Luis 9, que murió en 1276, escrita sobre este papel.

Los franceses, al imitar el papel de algodón con los productos de una planta indígena, los trapos de lino, debieron pronto advertir que el cáñamo del que hacían telas desde más de un siglo fornecería para el papel una materia menos cara. Aunque no tenemos ningún medio químico ni mecánico para distinguir en el papel el cáñamo del lino, no podría dudarse que los despojos de las telas de cáñamo no hayan sido empleados en concurrencia con los de la otra tela.

Pienso, pues, que se debe a la introducción de los despojos del cáñamo en el papel el bajo precio del de trapos, y, por una consecuencia necesaria, la conservación de un gran número de autores antiguos cuyos escritos habrían sido borrados para fornecer pergamino a los copistas.

Por lo demás, el empleo del cáñamo para el papel había sido hecho mucho antes por los chinos, según du Halde. Aunque no haya ninguna prueba de que los españoles y los franceses hayan tenido conocimiento de este trabajo, debo sin embargo citarlo para dar a mis investigaciones sobre el cáñamo toda la extensión de que me han parecido susceptibles. Este escritor dice (t. 2, p. 248) «que en el año 95

de la era cristiana un viejo mandarín del palacio … puso en obra … viejos trozos de piezas … de cáñamo ya usado … de los que formó papel.» Nos enseña también que, según el autor del libro titulado Soug kien tchi pou, se hace todavía el papel con el cáñamo en la provincia de Se-tchu-en. Sabemos en fin por el mismo misionero que Kao-Tsong, tercer emperador de la gran dinastía de los Tang, hizo fabricar un excelente papel con el cáñamo.

He hecho, pues, ver que, a pesar del cultivo habitual del cáñamo, a pesar de su empleo casi general para la cordelería y el calafateo en las partes meridionales de Europa, no parece que se hayan fabricado en ella telas antes del siglo doce, y puede conjeturarse que su adopción para el papel ha preservado de la destrucción un gran número de autores antiguos.

Los antiguos no han empleado solamente la corteza del cáñamo; las semillas de este vegetal les han servido para un uso tan extraordinario que no puedo pasarlo en silencio, aunque me he vedado la exposición de los usos medicinales, porque son relativos a propiedades a veces mal conocidas o incluso contestadas. Heródoto, en el pasaje que concierne al cáñamo, atestigua este empleo de las semillas: «Cuando, dice, los escitas habían dado sepultura a un muerto, se purificaban de la manera siguiente: después de haberse frotado la cabeza con algo detersivo, y de habérsela lavado, observan respecto del resto del cuerpo lo que voy a decir. Inclinan tres pértigas una hacia otra, y sobre estas pértigas extienden telas de lana batida, que tensan cuanto pueden; colocan luego en medio de estas pértigas y de estas telas un vaso en el que ponen piedras enrojecidas al fuego.» Aquí Heródoto describe el cáñamo y los tejidos que los tracios sabían formar con él para sus vestidos. Dice después: «Los escitas toman semilla de cáñamo, y habiéndose deslizado bajo estas tiendas de lana batida, ponen de esta semilla sobre piedras enrojecidas al fuego. Cuando comienza a arder esparce un vapor tan grande que no hay en Grecia estufa que tenga más fuerza. Los escitas, aturdidos por este vapor, lanzan gritos confusos.»

Heródoto había ya hablado en su primer libro (§. 202) de una costumbre semejante de los masagetas, uno de los pueblos designados bajo la denominación general de escitas. «Se dice también que han descubierto un árbol cuyo fruto arrojan a un fuego en torno al cual se reúnen por tropas; que aspiran su vapor por la nariz, y que este olor los embriaga como el vino embriaga a los griegos; que cuanto más de este fruto arrojan al fuego, más se embriagan, hasta que en fin se levantan y se ponen todos a cantar y a danzar.»

En fin, Dion Crisóstomo, que escribía en el primer siglo de la era vulgar, cerca de cuatro siglos después de Heródoto, habla (orat. 32, p. 378) de una especie de embriaguez que unos bárbaros que no nombra se procuraban con ayuda de un vapor cuya causa ni naturaleza no da a conocer … Ilupù évioic tüiv BapBdpov, nv paot Yiveodar rogetav, xoi di aTuoD DUUEOUÉVOY Tuv6V * ÉTeuTa

Xaloovot, xh avioravton YEAGIVTES, XOÙ TAVTO notoÜoLV, Oo ÀV où TERWHÔTES, OÙ uv tot xaxov oOÙdÈV dAAhoUS Épydovru … «Se dice que unos bárbaros se procuran una dulce embriaguez por medio del vapor que exhalan ciertas substancias cuando se las quema; se regocijan después y se levantan riendo. Hacen entonces todo lo que se ve hacer a hombres que han bebido copiosamente; mas no resulta entre ellos de esta embriaguez ninguna consecuencia funesta.»

Aunque toda la planta de nuestro cáñamo cultivado sea muy odorante, y se le reconozca una virtud narcótica, no se ha asegurado quizá por experiencias si produciría los efectos descritos por Heródoto y probablemente indicados por Dion Crisóstomo; mas se sabía por las relaciones de los viajeros (Amænit. exoticæ, fascic. 3, p. 645: Thunberg, etc.), y en particular por las de nuestros compatriotas que han vuelto de Egipto, que el cáñamo de las Indias, cannabis indica, los produce con mucha energía.

Esta especie asiática difiere de la nuestra en que sus hojas son alternas, mientras que las de la planta de Europa son opuestas. Nuestro colega Lamarck describe así las virtudes de este vegetal exótico (Encyclop. méthodique, Dict. botanique): «Su olor es fuerte, y en cierto modo semejante al del tabaco. Su principal virtud consiste en subir a la cabeza, en desarreglar el cerebro, en procurarle una especie de embriaguez que hace olvidar la pena y da una suerte de alegría. Para procurarse esta alegría los indios exprimen el jugo de sus hojas y de sus semillas, y hacen con la corteza una bebida que agita mucho los sentidos. Cuando quieren aumentar la fuerza de esta bebida para procurarse la embriaguez, chupan de sus hojas secas con tabaco, o bien fuman una pipa de ellas. En fin, para experimentar sueños agradables o para entregarse a un profundo sueño, basta añadir al jugo de que se trata un poco de nuez moscada, de clavo, de alcanfor y de opio, para hacer de él esta composición que los indios llaman majuh, y que, según Clusius, es la misma cosa que el malach de los turcos.»

Las semillas de cáñamo que mascan los egipcios para sumirse en una embriaguez voluntaria, parecen adquirir por la preparación que les dan propiedades diferentes. En efecto, esta masticación los vuelve pendencieros, furiosos y sanguinarios: así también el general Menou había creído deber proscribirla bajo las penas más severas. Un botánico que ha formado parte de la expedición nos enseñará a su regreso si el cáñamo que los egipcios emplean en esta ocasión pertenece a nuestra especie o a la de la India, si las sumidades de la planta son empleadas de preferencia a las semillas, o concurrentemente; en fin, si la furia, que parece no ser un efecto necesario de la masticación del cáñamo ni de su inspiración, puesto que no producía sino alegría en los bárbaros citados por Heródoto y Dion Crisóstomo, no tendría por causa la adición de una dosis bastante fuerte de opio.

Creo que hay que suspender el juicio, y no he hecho mención de la preparación de los egipcios sino para acercarle los efectos de los que el padre de la historia atribuyó al vapor de las semillas del cáñamo tostadas.

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