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Dominio público · Español

Del hachís y de la alienación mental

Jacques-Joseph Moreau de Tours · 1845

Edición de Biblioteca Pevgrow. Licencia CC BY 4.0. Fuente: Internet Archive.

Para máquinas: markdown · datos e índice

Del hachís y de la alienación mental

Jacques-Joseph Moreau de Tours

Internet Archive, 1845.

Traducción al español. Obra en dominio público o de acceso abierto. Edición Pevgrow, 2026.


Como lo indica suficientemente el título de esta obra, es con ocasión del hachís, o al menos de la influencia que ejerce esta sustancia sobre las facultades intelectuales, como ha sido compuesto el trabajo que entrego al público.

A lo sumo, el hachís es conocido, incluso de nombre, en el mundo médico. M. Aubert-Roche, en su libro: De la Peste, ou Typhus d'Orient (iS/Jo), ya había llamado seriamente la atención sobre el hachís. En 1841, en mi memoria sobre el tratamiento de las alucinaciones por el datura stramonium, me dediqué a dar a conocer sumariamente los efectos fisiológicos de esta sustancia. Fue por mí mismo, y no solamente por el relato ajeno, como aprendí a conocer los efectos del hachís. Por lo demás, no hay dos maneras de estudiarlos: la observación, en tal caso, cuando se ejerce sobre otros que nosotros mismos, no alcanza sino apariencias que no enseñan absolutamente nada, o pueden hacer caer en los más groseros errores.

De una vez por todas, y desde el comienzo, quería hacer esta observación, cuya exactitud nadie contestará. La experiencia personal es aquí el criterio de la verdad. Niego a cualquiera el derecho de hablar de los efectos del hachís si no habla en su propio nombre, y si no ha estado en condiciones de apreciarlos por un uso suficientemente repetido.

Que no se extrañe nadie de oírme hablar así. Desde mi viaje a Oriente, los efectos del hachís han sido para mí objeto de un estudio serio y perseverante. En cuanto he podido, y de todas las maneras (un gran número de colegas, a quienes podría nombrar aquí, me darán este testimonio), me he esforzado por difundir su conocimiento en el público médico. Mis palabras han sido a menudo acogidas con incredulidad; pero esta incredulidad ha cesado todas las veces que, superando ciertos temores, por lo demás muy naturales, se ha seguido mi ejemplo, y se ha tenido el valor de ver por sí mismo.

Todos los que han visitado Oriente saben cuánto

el uso del hachís está extendido, sobre todo entre los árabes, entre los cuales se ha convertido en una necesidad no menos imperiosa que el opio entre los turcos, los chinos, y los licores alcohólicos entre los pueblos de Europa.

Hachís es el nombre de la planta cuyo principio activo forma la base de las diversas preparaciones embriagadoras usadas en Egipto, en Siria y generalmente en casi todas las comarcas orientales. Esta planta es común en la India y en el Asia meridional, donde crece sin cultivo.

Es una especie de cáñamo que difiere muy poco de nuestro cáñamo de Europa. Los botánicos lo han nombrado Cannabis indica. « Si se examinan, » dice M. Aubert, que, como nosotros, ha estudiado el hachís sobre el terreno;

« si se examinan las hojas, las flores y las semillas de esta planta, se creerá reconocer un cáñamo venido en alguna tierra magra. El hachís es de la misma familia y del mismo género.... Las hojas son opuestas, pecioladas, de cinco divisiones profundas y agudas. Las flores son poco aparentes. Los machos y las hembras existen como en el cáñamo ordinario. El fruto es una pequeña cápsula que contiene una sola semilla. El cáliz de los machos es de cinco divisiones, de cinco estambres; el de las hembras es de una sola pieza. La raíz es pivotante. La diferencia que existe entre el cáñamo y el hachís está en el tallo: este último tiene solamente una altura de dos a tres pies a lo sumo. Su tallo no es único, sino ramoso desde el pie. Las ramas

son alternas; no se encuentran en el tallo estos filamentos que se hallan en el cáñamo. El olor que despide el hachís es menos fuerte que el del cáñamo; tiene algo particular (i). »

Añadamos que la hilaza del hachís es demasiado basta para ser fácilmente empleada por los cordeleros.

Todo hace creer que la especie de cáñamo naturalizada en Europa ha sido importada de China. El cáñamo se encuentra en la Rusia asiática, hasta las fronteras de los dos imperios, en el gobierno de Irkutsk. La planta no ha degenerado al pasar al norte del Altái. Los veranos de Siberia le convienen muy bien, y bastan para llevar su semilla a una completa madurez. Como no difiere de la que cultivamos en Europa, no puede desconocerse que una y otra vienen de la misma tierra natal, y esta tierra no puede ser sino China o alguna otra comarca meridional.

La preparación del hachís más común, y que sirve en cierto modo de condimento principal a casi todas las demás, es el extracto graso. La manera de obtenerlo es muy sencilla: se hacen hervir las hojas y las flores de la planta con agua a la que se ha añadido cierta cantidad de manteca fresca; luego, habiéndose reducido el todo, por eva-

(1) De la Peste, p. 217.

poración, a la consistencia de un jarabe, se pasa por un lienzo. Se obtiene así la manteca cargada del principio activo e impregnada de un color verdoso bastante pronunciado. Este extracto, que nunca se toma solo, a causa de su sabor viroso y nauseabundo, sirve para la confección de diferentes electuarios, de pastas, de especies de turrones, que se cuida de aromatizar con esencia de rosa o de jazmín, a fin de enmascarar el olor poco agradable del extracto puro. El electuario más generalmente empleado es el que los árabes llaman Dawamesc. Su color y su consistencia le dan un aspecto poco agradable, y que siempre inspira alguna repugnancia, al menos a nosotros los europeos, a quienes el talento de nuestros confiteros hace necesariamente muy difíciles. Sin embargo, es agradable al gusto, sobre todo cuando está recién preparado; con el tiempo, tiene el inconveniente de volverse un poco rancio.

Sin embargo, no pierde ninguna de sus propiedades: poseo uno que fue preparado hace bien unos diez años, y que ha conservado toda su energía. Con el fin de obtener los efectos que los árabes buscan con ardor, a causa de los excesos a que se entregan, se mezclan con este electuario diferentes sustancias afrodisíacas, tales como la canela, el jengibre, el clavo, quizá también, como M. Aubert-Roche parece inclinado a creerlo, el polvo de cantáridas. He oído decir a varias personas que habían viajado por la India que allí nunca se encontraba hachís puro, sino

siempre mezclado con las sustancias que acabamos de nombrar, o incluso con opio, extracto de datura y otras sustancias narcóticas. Se concibe que la mezcla de estas diferentes sustancias con el hachís varíe singularmente sus efectos.

Las hojas del hachís pueden fumarse con el tabaco; cuando están recién cogidas, tienen una acción rápida y enérgica: parecen perder todas o casi todas sus propiedades al secarse. Sirven aún para la preparación de una especie de cerveza cuyos efectos son demasiado violentos para no ser peligrosos.

M. Aubert la ha visto producir accesos de furor.

He dicho que el dawamesc era la preparación más usada, y cuyos efectos eran más seguros. Es también la que es más fácil de procurarse, y la que menos se ha de temer ver alterada al hacerla venir de Oriente. Es del dawamesc de lo que más a menudo he hecho uso.

Su acción está lejos de ser la misma para todos los individuos. A dosis igual, puede producir efectos extremadamente variados, al menos en lo que respecta a su intensidad, según los individuos. No puedo decir precisamente qué temperamentos, qué constituciones sienten más vivamente su influencia. En general, los individuos de temperamento bilioso-sanguíneo me han parecido los más impresionables. Nada me hace creer que el hachís tenga una acción más pronunciada sobre las mujeres que sobre

los hombres. He encontrado algunas personas sobre las cuales el hachís parecía no tener ninguna acción. Siempre es cierto que resistían a dosis que, en otras, habrían producido efectos muy intensos. He adquirido la certeza de que con cierta energía de voluntad se podía detener o al menos disminuir considerablemente estos efectos, como se domina un movimiento de cólera. Veremos, por lo demás, cuánto pueden ser modificados por las circunstancias exteriores, por las impresiones que nos vienen de fuera, por la disposición de espíritu en que uno se encuentra.

Hay que tomar el hachís en ayunas, o al menos varias horas después de haber comido; sin ello, sus efectos son muy inciertos, o del todo nulos. El café parece ayudar a su desarrollo, como abrevia su duración, haciéndolos momentáneamente más intensos.

En general, no se necesita menos del tamaño de una nuez de dawamesc, es decir, alrededor de 3o gramos, para obtener algunos resultados.

Con la mitad o solamente la cuarta parte de esta dosis, se experimentará una alegría más o menos viva, o incluso un poco de risa loca; pero no es sino con una dosis mucho más elevada como se obtendrán los efectos que se designan generalmente en el Levante con la denominación italiana de fantasia.

No se podría dudar que los efectos del hachís no hayan sido conocidos en la más alta antigüedad.

M. Virey, en una memoria llena de una juiciosa

erudición, inserta en el Bulletin de Pharmacie (año ] 8o3), ha probado que el Cannabis indica era verdaderamente el népentés de Homero. Diodoro de Sicilia (i) nos enseña que los egipcios alegan diferentes testimonios de la estancia de Homero entre ellos, pero particularmente la bebida que hace dar por Helena a Telémaco, en casa de Menelao, para hacerle olvidar sus males; pues este népentés que el poeta finge que Helena ha recibido de Polimneste, mujer de Toón, en Tebas, en Egipto, no es otra cosa que este famoso remedio usado entre las mujeres de Dióspolis, y que ha hecho decir de ellas que tenían solas el secreto de disipar la cólera y el pesar.

En la Edad Media, el partido que ciertos príncipes del Líbano supieron sacar de las propiedades del hachís raya verdaderamente en lo maravilloso.

El viajero Marco Polo, dice el señor Sylvestre de Sacy, nos enseña que el Viejo de la montaña hacía educar a jóvenes escogidos entre los habitantes más robustos de los lugares de su dominación, para hacer de ellos los ejecutores de sus bárbaros decretos. Toda su educación tenía por objeto convencerlos de que, obedeciendo ciegamente las órdenes de su jefe, se aseguraban tras su muerte el goce de todos los placeres que pueden halagar los sentidos. Para alcanzar este fin, este príncipe había hecho construir junto a su palacio deliciosos jardines. Allí, en pabellones decorados

(i) Libro I, sección 2.

de todo cuanto el lujo asiático puede imaginar de más rico y de más brillante, habitaban jóvenes bellezas consagradas únicamente a los placeres de aquellos a quienes estaban destinados estos lugares encantadores. Era allí donde los príncipes ismaelitas (i) hacían transportar de tiempo en tiempo a los jóvenes de quienes querían hacer los ministros ciegos de sus voluntades. Después de haberles hecho tragar una bebida que los sumía en un profundo sueño y los privaba por algún tiempo del uso de todas sus facultades, los hacían introducir en estos pabellones, dignos de los jardines de Armida. Al despertar, todo cuanto hería sus oídos y sus ojos los arrojaba en un arrobamiento que no dejaba a la razón imperio alguno en su alma....» Esta bebida maravillosa no era otra, dice Jourdain, que el hachís, cuyas virtudes conocía el jefe de la secta, y cuyo uso no se difundió sino en los siglos posteriores.

El señor Sylvestre de Sacy ha demostrado, apoyándose en diferentes textos árabes, que la palabra asesino era la corrupción de la palabra hachischin, y que se había dado a los ismaelitas porque hacían uso de un licor embriagador llamado hachís.

«La embriaguez por el hachís, dice Michaud, arroja en una especie de éxtasis parecido al que los orientales experimentan por el uso del opio; y según

(1) Según Jourdain, los ismaelitas se llamaban aún batemitas, nazzaríes, molaheds y hachischins.

el testimonio de un gran número de viajeros, puede asegurarse que los hombres caídos en este estado de delirio se imaginan gozar de los objetos ordinarios de sus deseos, y saborear una felicidad cuya adquisición les cuesta poco, pero cuyo uso demasiado a menudo repetido altera la organización animal y conduce al marasmo y a la muerte... Los que se entregan a este uso son todavía hoy llamados hachischins o hachaschins; y estas dos expresiones muestran por qué los ismaelitas fueron nombrados por los historiadores latinos de las cruzadas unas veces assissini, otras assassini.

Se conoce el fanático devotamiento que los príncipes ismaelitas sabían inspirar a sus súbditos por medio de las ilusiones con que los rodeaban.

Este devotamiento no retrocedía ante obstáculo alguno, ante sacrificio alguno. A una señal de la voluntad del amo, los hachischins se precipitaban desde lo alto de una torre, se arrojaban a las llamas, se hundían un puñal en el corazón, o bien iban a través de todos los peligros, de los obstáculos de toda especie, a herir en medio de sus palacios, en su diván, y rodeados de sus guardias, a los jefes enemigos que el amo había designado a sus golpes.

Sauvages (i) describe de la manera siguiente los efectos producidos por una especie de electuario usado en la India, y en cuya composición entra el cáñamo indio. Se cuentan, dice, varias

(1) Nosología. — Parafrosinia mágica. Delirium magicum.

cosas fabulosas sobre la virtud de este filtro: se pretende, por ejemplo, que su efecto es cegar a un marido cuando un adúltero está presto a entrar en su lecho para seducir a su mujer. Pero Kempfer ha visto varios de estos hechos; tales son los siguientes: En el Malabar, muchas vírgenes, bellas, bien ataviadas, y sacadas del templo de los brahmanes, vienen en público para apaciguar al dios que preside la abundancia y el buen tiempo; cuando el sacerdote lee la fórmula de las plegarias contenidas en los libros sagrados, estas doncellas comienzan a danzar, a saltar lanzando gritos, a fatigar su cuerpo, a revolver sus miembros y sus ojos, a echar espuma y a hacer acciones horribles... Se conducen luego estas brahmanes fatigadas al templo; se las hace acostar, y, habiéndoles dado otra poción para embotar la fuerza de la primera, se las muestra una hora después al pueblo, sanas de espíritu, para que la turba de los gentiles sepa que están libres de los genios y crea que el ídolo (Wistnu) está apaciguado.

Kempfer mismo recibió, en una comida de sus amigos que lo aceptaron del mismo modo, un bol de un electuario que les había sido dado por los de Bengala. Cuando lo hubieron tragado, se alegraron singularmente; se pusieron a reír y a abrazarse; cuando vino la noche, montaron a caballo, y les parecía que volaban por los aires, sobre las alas de Pegaso, y que estaban rodeados de los colores de varios arcos iris. Llegados a su casa,

comieron con un apetito devorador lo que se les daba, y al día siguiente se encontraron sanos de cuerpo y de espíritu.»

En 1841, cuando publiqué mi memoria sobre las alucinaciones, no había podido aún estudiar los efectos del hachís sino de una manera imperfecta.

Desde entonces, me he entregado a un gran número de experimentos sobre mí mismo y sobre algunas personas (entre otras varios médicos) a quienes he logrado, lo que no siempre es fácil, decidir a que lo tomaran. En el curso de esta obra, tendré ocasión de dar a conocer los resultados principales. Sin embargo, puedo desde ahora dar aquí el relato de dos fantasías, las más completas que he podido observar en otros. Para la primera, transcribiré, palabra por palabra, las notas que me han sido entregadas por la persona que es su sujeto. En ellas se advertirá cierto desorden de redacción que no he querido corregir; fueron escritas poco después del acceso, del que aún se resienten un poco.

«Jueves 5 de diciembre. Había tomado hachís; conocía sus efectos, no por experiencia, sino por lo que una persona que había visitado el Oriente me había dicho, y esperaba, tranquila, el dichoso delirio que debía apoderarse de mí. Me puse a la mesa, no diré, como algunas personas, después de haber saboreado esta pasta deliciosa, pues me pareció detestable, sino después de haberla tragado con algunos esfuerzos. Comiendo ostras, me

tomó un acceso de risa loca que se calmó pronto cuando volví mi atención sobre otras dos personas que, como yo, habían querido probar la sustancia oriental, y que veían ya una cabeza de león en su plato. Estuve bastante tranquila hasta el fin de la comida; entonces tomé una cuchara y me puse en guardia contra un compotero de frutas confitadas con el cual me suponía un duelo, y salí del comedor prorrumpiendo en carcajadas. Pronto experimenté la necesidad de oír, de hacer música; me puse al piano, y comencé a tocar un aire del Domino negro; me interrumpí al cabo de algunos compases, pues un espectáculo verdaderamente diabólico se ofreció a mis ojos: creí ver el retrato de mi hermano, que estaba encima del piano, animarse y presentarme una cola bifurcada, toda negra, y terminada por tres linternas, una roja, una verde y una blanca. Esta aparición se presentó varias veces a mi espíritu en el curso de la velada.

Estaba sentada en un canapé: «¿Por qué, exclamé de pronto, me claváis los miembros? Siento que me vuelvo de plomo. ¡Ah! ¡qué pesada estoy!» Me tomaron las manos para hacerme levantar, y caí pesadamente al suelo; me posterné a la manera de los musulmanes, diciendo: Padre mío, me acuso, etc., como si comenzara una confesión. Me levantaron, e hízose en mí un cambio súbito. Tomé un calentador por una polca para bailar; imité con el gesto y la voz a algunos actores, y entre otros a Ravel y Grasset, a quienes

había visto pocos días antes en El Estornino. Del teatro, mi pensamiento me transportó al baile de la Ópera; el mundo, el ruido, las luces, me exaltaron en el más alto grado; tras mil discursos incoherentes, gesticulando, gritando como todas las máscaras que creía ver, me dirigí hacia la puerta de una habitación vecina que no estaba iluminada.

» Entonces se pasó en mí algo horrible: me ahogaba, me sofocaba, caía en un pozo inmenso, sin fin, el pozo de Bicêtre. Como un ahogado que busca su salvación en una débil caña que ve escapársele, así quería yo asirme a las piedras que rodeaban el pozo; pero ellas caían conmigo en este abismo sin fondo.

Esta sensación fue penosa; pero duró poco, pues grité: Me caigo en un pozo, y me llevaron de vuelta a la pieza que había dejado. Mi primera palabra fue esta: ¡Qué tonta soy! tomo esto por un pozo, y estoy en el baile de la Ópera. Me choqué contra un taburete; me pareció que era una máscara que, echada por tierra, bailaba de una manera inconveniente, y rogué a un guardia municipal que la detuviera. Pedí de beber; se hizo buscar un limón para hacer limonada, y recomendé a la criada que no lo tomara tan amarillo como su cara, que me parecía color naranja.

» Pasé súbitamente mis manos por mis cabellos; sentía millones de insectos devorarme la cabeza; envié a buscar a mi comadrón, que estaba

en aquel momento junto a la señora B***, para librar a la hembra de uno de estos insectos que estaba de parto y había escogido por lecho de dolor el tercer cabello a la izquierda de mi frente: tras un trabajo penoso, el animal dio a luz siete pequeñas criaturas. Hablé de personas a quienes no había visto desde hacía varios años, recordé una comida a la que asistí, hace cinco años, en Champaña; veía a los personajes: el general H*** servía un pescado rodeado de flores; tenía a su izquierda al señor K***; estaban ante mis ojos, y, cosa inaudita, sentía que estaba en mi casa, que todo cuanto veía había pasado en un tiempo lejano; sin embargo, ellos me parecían allí. ¿Qué experimentaba yo, pues?

» Pero fue una dicha embriagadora, un delirio que solo el corazón de una madre puede comprender, cuando vi a mi hijo, a mi amado hijo en un cielo azul y plata. Tenía alas blancas ribeteadas de rosa; me sonreía y me mostraba dos lindos dientes blancos cuyo nacimiento yo acechaba con tanta solicitud; estaba rodeado de muchos niños que como él tenían alas y revoloteaban en este hermoso cielo azul; pero mi hijo era el más hermoso; ciertamente, nunca hubo una embriaguez más pura; me sonreía y tendía sus pequeños brazos como para llamarme a él. Sin embargo, esta dulce visión se desvaneció como las otras, y caí de lo alto del cielo que el hachís me había hecho entrever al país de las linternas. Era un país donde los

hombres, las casas, los árboles, las calles eran

linternas exactamente parecidas a los vidrios de color que iluminaban los Campos Elíseos el 29 de julio último. Esto me recordaba también el ballet de Chao-Kang que había visto en el teatro náutico, siendo niña. Estas linternas marchaban, danzaban, se agitaban sin cesar, y en medio aparecían más brillantes que las otras las tres linternas que terminaban la pretendida cola de mi hermano; veía sobre todo una luz que danzaba sin cesar ante mis ojos (era causada por la llama del carbón de piedra que ardía en la chimenea). Se cubrió el fuego con ceniza. ¡Oh! dije, queréis apagar mi linterna, pero ella volverá. En efecto, la llama vaciló de nuevo, y vi danzar mi luz, que se volvió verde, de blanca que era.

» Mis ojos seguían cerrados por una especie de contracción nerviosa; me escocían mucho; busqué la causa, y no tardé en descubrir que mi criado me había encerado los ojos con encáustica y me los frotaba con un cepillo; era motivo más que suficiente para explicar el malestar que sentía en aquella parte.

» Bebía un vaso de limonada, y de pronto, no sabría decir a propósito de qué, la imaginación, mi graciosa hada, me transportó en plena Sena a los baños Ouarnier. Quise nadar y experimenté todavía un momento de cruel emoción al sentirme hundirse bajo el agua; cuanto más quería gritar, más agua tragaba, cuando una amiga vino en mi auxilio y me devolvió a la superficie; entreveo por las telas

del baño a mi hermano, que se paseaba por el puente de las Artes.

» Veinte veces estuve a punto de cometer indiscreciones; pero me detenía diciendo: — Iba a hablar, pero es preciso que me calle. — No puedo describir las mil ideas fantásticas que atravesaron mi cerebro durante las tres horas que estuve bajo la influencia del hachís; — parecerían demasiado extrañas para que se las creyera sinceras; las personas presentes dudaban a veces, y me preguntaban si me burlaba de ellas; pues conservaba mi razón en medio de aquella extraña locura. Mis gritos, mis cantos, despertaron a mi niño, que dormía sobre las rodillas de mi madre. Su vocecita, que oí llorar, me volvió a mí mismo, y me acerqué a él: lo besé como si me hallara en mi estado natural. Temiendo alguna crisis, me alejaron de él, y dije entonces que no me pertenecía, que era el hijo de una señora que conozco, que no lo tiene y que siempre me lo envidia. Luego iba a hacer visitas; conversaba, hacía las preguntas y las respuestas; iba al café, pedía un helado, encontraba que los mozos tenían aire de corderos, etc.

Después de muchos paseos, en los cuales había encontrado a M. tal o cual, cuya nariz se alargaba desmesuradamente, aunque ya era razonablemente grande, entré en mi casa diciendo: ¡Oh! ved, pues, esa rata gorda que corre en la cabeza de B**. En el mismo

instante, la rata se hincha y se vuelve tan enorme como la rata que figura en la comedia de los Siete Castillos del Diablo. La veía, habría jurado que aquella rata se paseaba sobre la cabeza donde yo la había colocado de manera tan singular, y miraba el gorro de una señora presente; sabía que ella estaba allí realmente, mientras que B** no era más que un ser imaginario; pero, sin embargo, puedo afirmar que lo he visto. »

Uno de nuestros escritores más distinguidos, M. Théophile Gautier, había oído hablar de los efectos del hachís. Me manifestó un vivo deseo de poder juzgarlos por sí mismo, aun confesando que estaba poco dispuesto a creer en ellos. Me apresuré a satisfacerle, bien convencido de que bastarían algunos gramos de dawamesc para hacer buena y pronta justicia de sus prevenciones. En efecto, la acción del hachís fue viva y sorprendente, tanto más cuanto que quien la experimentaba la temía menos y fue, por así decirlo, tomado de improviso.

M. Th. Gautier dio cuenta en un periódico [la Presse] de los principales episodios de la fantasía a la que había tomado parte. El hachís no podía encontrar un intérprete más digno que la poética imaginación de M. Gautier; sus efectos no podían ser pintados con colores más brillantes, y me atrevería a decir más locales. ¿Es necesario añadir que el esplendor del estilo, y quizá también un poco de exageración en la forma, no deben en modo alguno poner en desconfianza contra la veracidad del escritor,

que, en definitiva, no hace más que expresar sensaciones familiares a quienes tienen alguna experiencia del hachís?

« En todo tiempo, dice M. Th. G**, los orientales, a quienes su religión prohíbe el uso del vino, han procurado satisfacer, mediante diversas preparaciones, esa necesidad de excitación intelectual común a todos los pueblos, y que las naciones de Occidente contentan por medio de espirituosos y de bebidas fermentadas. El deseo de lo ideal es tan fuerte en el hombre, que procura, en cuanto está en su mano, aflojar los lazos que retienen el alma al cuerpo; y como el éxtasis no está al alcance de todas las naturalezas, bebe alegría, fuma olvido y come locura, bajo la forma del vino, del tabaco y del hachís. — ¡Qué extraño problema! un poco de licor rojo, una bocanada de humo, una cucharada de una pasta verdosa, y el alma, esa esencia impalpable, queda modificada al instante. Las gentes graves hacen mil extravagancias; las palabras brotan involuntariamente de la boca de los silenciosos: Heráclito ríe a carcajadas, y Demócrito

llora.

... Al cabo de algunos minutos, un entorpecimiento general me invade. Me pareció que mi cuerpo se disolvía y se volvía transparente. Veía muy claramente en mi pecho (1)

(1) Un joven médico creía ver el fluido nervioso circular por las ramificaciones del plexo solar.

el hachís que había comido, bajo la forma de una esmeralda de la que se escapaban millones de pequeñas chispas. Las pestañas de mis ojos se alargaban indefinidamente, enroscándose como hilos de oro sobre pequeños carretes de marfil que giraban solos con deslumbrante rapidez. En torno a mí, eran correntadas y derrumbamientos de pedrerías de todos colores, follajes sin cesar renovados, que no sabría comparar mejor que con los juegos del calidoscopio; veía todavía a mis camaradas en ciertos instantes, pero desfigurados, mitad hombres, mitad plantas, con aires pensativos de ibis, de pie sobre una pata de avestruz, batiendo las alas, tan extraños que me retorcía de risa en mi rincón, y que, para asociarme a la bufonada del espectáculo, me puse a lanzar mis cojines al aire, atrapándolos y haciéndolos girar con la rapidez de un juglar indio. Uno de estos señores me dirigió en italiano un discurso que el hachís, por su omnipotencia, me transpuso al español. Las preguntas y las respuestas eran casi razonables, y versaban sobre cosas indiferentes, noticias de teatro o de literatura.

» El primer acceso tocaba a su fin. Al cabo de algunos minutos, me encontré de nuevo con toda mi sangre fría, sin dolor de cabeza, sin ninguno de los síntomas que acompañan a la embriaguez del vino, y muy asombrado de lo que acababa de pasar. — Apenas había transcurrido media hora cuando volví a caer bajo el

imperio del hachís. Esta vez, la visión fue más complicada y más extraordinaria. En un aire confusamente luminoso revoloteaban, con un hormigueo perpetuo, miles de millones de mariposas cuyas alas susurraban como abanicos.

Gigantescas flores de cáliz de cristal, enormes alhelíes, lechos de oro y de plata subían y se abrían en torno a mí, con un crepitar semejante al de los ramilletes de fuegos artificiales. Mi oído se había desarrollado prodigiosamente: oía el ruido de los colores. Sonidos verdes, rojos, azules, amarillos, me llegaban en ondas perfectamente distintas. Un vaso volcado, un crujido de sillón, una palabra pronunciada en voz baja, vibraban y resonaban en mí como retumbos de trueno; mi propia voz me parecía tan fuerte que no osaba hablar, por miedo de derribar las murallas o de estallar como una bomba. Más de quinientos relojes me cantaban la hora con sus voces aflautadas, cobrizas, argentinas. Cada objeto rozado daba una nota de armónica o de arpa eólica. Nadaba en un océano de sonoridad, donde flotaban, como islotes de luz, algunos motivos de Lucía y del Barbero. Jamás beatitud semejante me inundó con sus efluvios; estaba tan fundido en lo vago, tan ausente de mí mismo, tan desembarazado del yo, ese odioso testigo que os acompaña por doquier, que comprendí por primera vez cuál podía ser la existencia de los espíritus elementales, de los ángeles

o de las almas separadas del cuerpo. Era como una esponja en medio del mar: a cada minuto, oleadas de felicidad me atravesaban, entrando y saliendo por mis poros; pues me había vuelto permeable, y hasta el menor vaso capilar, todo mi ser se inyectaba del color del medio fantástico en que estaba sumergido. Los sonidos, los perfumes, la luz, me llegaban por multitudes de tubos delgados como cabellos, en los cuales oía silbar corrientes magnéticas. — Según mi cálculo, aquel estado duró unos trescientos años, pues las sensaciones se sucedían allí tan numerosas y apremiantes que la apreciación real del tiempo era imposible.

— Pasado el acceso, vi que había durado un cuarto de hora.

» Lo que hay de particular en la embriaguez del hachís es que no es continua; os toma y os deja, os sube al cielo y os devuelve a la tierra, sin transición. — Como en la locura, se tienen momentos lúcidos. — Un tercer acceso, el último y el más extraño, terminó mi velada oriental: en éste, mi vista se desdobló. — Dos imágenes de cada objeto se reflejaban en mi retina y producían una simetría completa; pero pronto la pasta mágica, del todo digerida, obrando con más fuerza sobre mi cerebro, me volví completamente loco durante una hora. Todos los sueños pantagruélicos me pasaron por la fantasía: caprimulgos, coquesigrues, ansarones embridados, unicornios, grifos, cocos, toda la

menagerie de los monstruos (revoloteaba, saltaba, volaba, gañía por la habitación. Las visiones

se volvieron tan barrocas que me entraron ganas de dibujarlas, e hice en menos de cinco minutos el retrato del doctor **, tal como se me aparecía, sentado al piano, vestido de turco, un sol en la espalda de su chaqueta. Las notas están representadas escapándose del teclado, en forma de cohetes y de espirales caprichosamente enroscadas (1). Otro croquis que lleva esta leyenda, — un animal del porvenir, — representa una locomotora viviente con un cuello de cisne terminado en un hocico de serpiente, de donde brotan oleadas de humo, con patas monstruosas, compuestas de ruedas y de poleas; cada par de patas va acompañado de un par de alas, y, sobre la cola del animal, se ve al Mercurio antiguo que se declara vencido a pesar de sus taloneras.

Gracias al hachís, he podido hacer del natural el retrato de un duende. Hasta ahora, sólo los oía gemir y moverse de noche, en mi viejo aparador.

» Pero ya basta de locuras. Para contar por entero una alucinación del hachís, haría falta un grueso volumen, y un simple folletinista no puede permitirse recomenzar el Apocalipsis.»

(1) ¡En efecto, es notable hasta qué punto, en el hachís, el espíritu se ve llevado a transformar todas sus sensaciones, a revestirlas de formas palpables, tangibles, a materializarlas, por así decirlo!

SEGUNDA PARTE.

La curiosidad sola me había llevado al principio a experimentar por mí mismo los efectos del hachís. Un poco más tarde, no tengo dificultad alguna en confesarlo, me defendía mal contra el recuerdo irritante de las sensaciones a que le había sido deudor; pero séame permitido añadir que, desde el principio, estaba movido, además, por motivos de otro orden. He aquí estos motivos:

Había visto en el hachís, o más bien en su acción sobre las facultades morales, un medio poderoso, único, de exploración en materia de patogenia mental; me había persuadido de que por él se debía poder ser iniciado en los misterios de la enajenación, remontar a la fuente oculta de esos desórdenes tan

numerosos, tan variados, tan extraños que se tiene la costumbre de designar con el nombre colectivo de locura.

Puede ser que se encuentre que hay una temeridad presuntuosa en expresarme con esta seguridad sobre un tema que, en general, los hombres llamados positivos evitan incluso abordar, relegándolo al dominio de una nebulosa metafísica.

Esta temeridad, que confieso, las investigaciones concienzudas a las que este trabajo está consagrado la legitimarán, espero, pues se verá que se funda, no en razonamientos, en inducciones de las que siempre es permitido desconfiar, sino en hechos que ninguna duda, ninguna incertidumbre podría alcanzar, en hechos simples y evidentes de observación interior.

Así como podrá juzgarse por lo que sigue, no he tenido necesidad más que de calcar, en cierto modo, los principales fenómenos del delirio (i) sobre los desarrollados por el hachís, aplicando a aquellos

(1) Empleo indistintamente las palabras delirio, locura, enajenación mental, para designar los desórdenes del espíritu. No desconozco las numerosas diferencias que distinguen, desde el punto de vista sintomatológico y terapéutico, el delirio propiamente dicho y la locura; pero, desde el punto de vista psíquico, debemos reconocer que esas diferencias no existen. Las causas, los síntomas o signos exteriores pueden variar; la naturaleza psíquica intrínseca es esencialmente la misma, bajo cualquier forma, aguda o crónica, parcial o general, que los trastornos del alma se presenten.

el modo de explicación que el examen de lo que pasaba en mí me proporcionaba para estos.

De esta manera, y guiado exclusivamente por la observación, pero por ese género de observación que sólo depende de la conciencia o del sentido íntimo, he creído poder remontarme a la fuente primitiva de todo fenómeno fundamental del delirio.

Hay uno que me ha parecido ser el hecho primitivo y generador de todos los demás:

Lo he llamado hecho primordial.

En segundo lugar, he debido admitir, para el delirio en general, una naturaleza psicológica, no sólo análoga, sino absolutamente idéntica a la del estado de sueño.

Esta identidad de naturaleza que escapa a la observación exterior, es decir, que no se ejerce más que sobre otro, está claramente comprobada, puedo decir percibida por la observación íntima.

Esperamos evitar a las investigaciones que vamos a emprender la sequedad y la esterilidad que podría temerse, quizá, puesto que se trata de psicología.

Graves y numerosas lagunas existen todavía en la historia de los síntomas de la enajenación mental.

Muchos alienistas han interrogado, con su escalpelo investigador, las causas materiales de la locura, han buscado en la profundidad de los órganos el descubrimiento del grano de arena que trababa la máquina intelectual, han pedido finalmente a la disposición de las moléculas del cerebro la explicación de los desórdenes del pensamiento.

La mayoría ha descrito con cuidado los síntomas variados hasta el infinito que les habían ofrecido los numerosos enfermos en medio de los cuales habían vivido largo tiempo; pero no sé que ninguno, al hablar de la locura, nos haya transmitido el resultado de su experiencia personal, la haya descrito según sus percepciones y sensaciones propias.

Podía, pues, quedar algo por hacer a este respecto.

Además, se conoce toda la incertidumbre que reina en la terapéutica de las enfermedades mentales. Al desvelar el hecho primitivo, la lesión funcional primordial de la que dimanan como otros tantos arroyos de una misma fuente todas las formas de la locura, espero hacer resaltar algunas enseñanzas útiles relativas al mejor modo de tratamiento de esta enfermedad.

Terminaré este trabajo con la reseña de algunos ensayos terapéuticos intentados por medio del hachís.

Entre las facultades intelectuales, hay una con cuya ayuda podemos estudiar en nosotros mismos el mecanismo de esas facultades en estado fisiológico; es la reflexión, ese poder que tiene el espíritu de replegarse, en cierto modo, sobre sí mismo, esa especie de espejo en el que puede contemplarse a voluntad, y que le da fiel cuenta de sus movimientos más íntimos.

Ese poder nos falta cuando nuestras facultades están turbadas, cuando la anarquía está en su seno, cuando hay locura, en una palabra. Sabemos que podría indicarse alguna excepción a esta regla; pero los alienados que pueden reflexionar sobre lo que pasa en su fuero interno son raros, y por lo demás no se encuentran más que en ciertos casos determinados de locura.

Además, ¿es bien seguro que estemos en estado de comprender a esos enfermos cuando nos hacen partícipes de sus observaciones? ¿No nos hablan, por el contrario, un lenguaje que nos es necesariamente extraño? ¿Cómo verterían en nuestro seno los sentimientos que los agitan?

¿Qué hemos aprendido cuando nos han dicho que un instinto irresistible los arrastra, que tal idea extravagante los domina sin que puedan darse cuenta de ello, y hagan lo que hagan para librarse de ella, que sus pensamientos se suceden, se mezclan, se confunden con una rapidez incoercible, que ven objetos, oyen ruidos, voces, que no existen, como vulgarmente se dice, más que en su imaginación? No vemos ahí, evidentemente, más que la superficie de las cosas; no sabríamos penetrar más adelante, sondear las causas, el encadenamiento de las anomalías mentales de que se nos habla. ¿No ocurre con los actos del intelecto, con los afectos sobre todo, como con las sensaciones, que es imposible conocer y juzgar de otro modo que por uno mismo? Para hacerse idea de un dolor cualquiera, es preciso haberlo sentido; para saber cómo desvaría un loco, es preciso haber desvariado uno mismo; pero haber desvariado sin perder la conciencia de su delirio, sin dejar de poder juzgar las modificaciones psíquicas sobrevenidas en nuestras facultades.

§ II.

Por su modo de acción sobre las facultades mentales, el hachís deja a aquel que se somete a su extraña influencia el poder de estudiar en sí mismo los desórdenes morales que caracterizan la locura, o al menos las principales modificaciones intelectuales que son el punto de partida de todos los géneros de enajenación mental.

Es que al herir, al desorganizar los diversos poderes intelectuales, hay uno que no alcanza, que deja subsistir en medio de los trastornos más alarmantes, es la conciencia de sí mismo, el sentimiento íntimo de su individualidad. Por incoherentes que sean vuestras ideas, convertidas en juguete de las asociaciones más bizarras, más extrañas, por profundamente modificados que estén vuestros afectos, vuestros instintos, extraviado que estéis por ilusiones y alucinaciones de toda especie en medio de un mundo fantástico, como aquel al que os conducen a veces vuestros sueños más desordenados, seguís siendo dueño de vosotros mismos. Colocado fuera de sus alcances, el yo domina y juzga los desórdenes que el agente perturbador provoca en las regiones inferiores de la inteligencia.

§ III.

No hay ningún hecho elemental o constitutivo de la locura que no se encuentre en las modificaciones intelectuales desarrolladas por el hachís, desde la más simple excitación maníaca hasta el delirio más furioso, desde la impulsión morbosa más débil, la idea fija menos complicada, la lesión de las sensaciones más restringida hasta el arrastre más irresistible, el delirio parcial más extenso, los desórdenes de la sensibilidad más variados.

Pasando sucesivamente revista a estos diversos fenómenos, escrutaremos su origen, estudiaremos su encadenamiento, su filiación; luego, acercándolos a los observados en los alienados, examinaremos hasta qué punto la observación exterior y sobre todo las confesiones de los enfermos concuerdan con nuestras propias observaciones.

Por estos dos modos de exploración combinados seremos llevados a las conclusiones siguientes:

1° — Toda forma, todo accidente del delirio o de la locura propiamente dicha, ideas fijas, alucinaciones, irresistibilidad de las impulsiones, etc., etc., sacan su origen de una modificación intelectual primitiva, siempre idéntica a sí misma, que es evidentemente la condición esencial de su existencia.

Es la excitación maníaca.

Usamos de esta expresión únicamente para conformarnos al lenguaje recibido, pues, de otro modo, está lejos de expresar fielmente nuestro pensamiento.

¿Cómo designar con justeza ese estado simple y complejo a la vez, de vago, de incertidumbre, de oscilación y de movilidad de las ideas que se traduce a menudo por una profunda incoherencia? Es una desagregación, una verdadera disolución del compuesto intelectual que se llama facultades morales; pues se siente, en ese estado, que pasa en el espíritu algo análogo a lo que ocurre cuando un cuerpo cualquiera sufre la acción disolvente de otro cuerpo. El resultado es el mismo en el orden espiritual y en el orden material: la separación, el aislamiento de las ideas y de las moléculas cuya unión formaba un todo armonioso y completo.

Nada es comparable a la variedad casi infinita de los matices del delirio, si no es la actividad misma del pensamiento. De ahí viene la hesitación que la mayoría de los autores ha mostrado en vincularlo a una lesión orgánica, cualquiera que sea, por otra parte, la idea que se hayan hecho de la naturaleza de esa lesión. Al reducir todos esos matices a una forma primitiva, originaria, a la excitación intelectual, que se adapta, por decirlo así, tan fácilmente al movimiento molecular exagerado que se concibe sin pena en la irritación nerviosa, ¿no quitamos todo pretexto a la hesitación que señalábamos hace un momento?

2° — A medida que, bajo la influencia del hachís, se desarrolla el hecho psíquico que acabo de señalar, una profunda modificación se opera en todo el ser pensante. Sobreviene insensiblemente, sin que lo sepáis y a pesar de todos vuestros esfuerzos por no ser tomados desprevenidos, sobreviene, digo, un verdadero estado de sueño, ¡pero de sueño sin dormir! pues el sueño y la vigilia están entonces tan confundidos, séame permitida la palabra, amalgamados juntos, que la conciencia más despierta, más clarividente, no puede hacer entre esos dos estados ninguna distinción, como tampoco entre las diversas operaciones del espíritu que dependen exclusivamente de uno o de otro.

De este hecho, cuya importancia no escapa a nadie, y cuyas pruebas se hallan consignadas en cada página de este libro, hemos deducido la naturaleza real de la locura, de la que abarca y explica todos los fenómenos, sin excepción.

Cualquiera que sea la idea que se haga de la naturaleza de los sueños, de las causas fisiológicas que los producen, si examinamos el papel que desempeña la inteligencia en el estado de sueño, vemos que se muestra allí, por decirlo así, por entero; que no hay una sola de sus facultades que no pueda entrar en acción, absolutamente como en el estado de vigilia, aunque en condiciones diferentes. En sueños experimentamos las mismas sensaciones que durante la vigilia; percibimos, juzgamos, tenemos convicciones, sentimos deseos, somos agitados por pasiones, etc., etc. Con razón se ha atribuido a la sola imaginación lo que pasa en los sueños. Ella actúa allí por su cuenta particular, y eso es todo; pero no es ella la que razona, percibe, palpa, siente, actúa, conversa, sostiene discusiones, se apasiona, etc. Su acción nos parece incluso infinitamente más restringida que en la vigilia, pues se imagina poco en sueños, y el mundo de sensaciones, de recuerdos, en cuyo seno el alma se agita y que es absolutamente extraño a la imaginación propiamente dicha, absorbe casi por entero su actividad (i).

Es una existencia puramente ideal, sin duda, la que constituye el estado de sueño. Pero esto sólo es verdad en el sentido relativo, pues para el que sueña no tiene nada más que de real; lo que vemos, lo que oímos, lo que sentimos en sueños, lo vemos, lo oímos, lo

(1) Imaginar implica necesariamente un trabajo del espíritu, un esfuerzo de la voluntad. ¿Cómo, pues, atribuir a la facultad de imaginar la producción de esas imágenes, de esos cuadros, que, en los sueños, se presentan inopinadamente, pasan y se juegan ante nuestros ojos, se forman, se desvanecen sin que la voluntad tenga nada que ver?

¡Que se intente, durante la vigilia, imaginar la milésima parte de esas producciones fantásticas del sueño, y se verá si se logra!

Sentimos realmente, tan realmente como si estuviéramos despiertos; no hay más diferencia que en el origen de las impresiones que percibe y elabora el entendimiento. No nos creemos por ello autorizados a admitir con uno de los psicólogos más recomendables de nuestra época (1) que la vida no podría ser sino una ilusión. Las funciones, de cualquier orden que sean, suponen órganos; fuera del organismo no concibo ya lo que se llama la vida; si tienen lugar sensaciones durante el sueño, es que han tenido lugar primero durante la vigilia, y no podría suponerse que un cerebro que hubiera estado cerrado a toda impresión exterior pudiera crearlas de todas piezas, pudiera soñar, lo que viene a ser lo mismo. No sabríamos llegar hasta ahí, pero repito de buen grado la frase del doctor Virey, porque pinta maravillosamente el modo de acción de las facultades morales en el estado de sueño.

Lo más a menudo, un desorden extremo, una confusión extraña que no perdona ni a las cosas, ni a las personas, ni al tiempo, ni a los lugares, presiden la asociación de las ideas durante los sueños, y dan así lugar a las producciones más bizarras, a los ayuntamientos más monstruosos. «El sueño, dice aún, con su elegancia de estilo acostumbrada, el autor que acabamos de citar, puede ser definido:

(4) J.-J. Virey, De la physiologie dans ses rapports avec la philosophie.

un drama defectuoso sin unidad de tiempo y de lugar, comparable a esas piezas de teatro que Horacio dice ser velut ægri somnia».

Pero no siempre es así: algunas veces las asociaciones de ideas son perfectamente regulares, una lógica severa encadena nuestros razonamientos, por falso, por imposible que sea el punto de partida; un objeto cualquiera ha levantado nuestras pasiones, excitado nuestra cólera, conmovido nuestra compasión, nos ha herido de miedo, y obedecemos al impulso que estas diferentes pasiones nos comunican, atendemos a los medios de satisfacerlas.

Más aún, y este hecho es de una alta importancia relativamente al asunto que nos ocupa, las operaciones del alma presentan a veces, en sueño, una regularidad que no se encuentra siempre durante la vigilia. «Puede parecer extraordinario, dice Nodier, pero es cierto que el sueño es no sólo el estado más poderoso, sino aún el más lúcido del pensamiento, si no en las ilusiones pasajeras con que lo envuelve, al menos en las percepciones que de él derivan, y que hace brotar a su antojo de la trama confusa de los sueños. Los antiguos, que tenían, creo, poca cosa que envidiarnos en filosofía experimental, figuraban espiritualmente este misterio bajo el emblema de la puerta transparente que da entrada a los sueños de la mañana, y la sabiduría unánime de los pueblos lo ha expresado de una manera más viva aún en esas locuciones significativas de todas las lenguas: J'y rêverai; j'y songerai; il faut que je dorme là-dessus; la nuit porte conseil. Parece que el espíritu ofuscado por las tinieblas de la vida exterior no se libera jamás de ellas con más facilidad que bajo el dulce imperio de esta muerte intermitente, en que le es permitido reposar en su propia esencia, y al abrigo de las influencias de la personalidad de convención que la sociedad nos ha hecho. La primera percepción que se abre paso a través del vago inexplicable del sueño, es límpida como el primer rayo del sol que disipa una nube, y la inteligencia, un momento suspendida entre los dos estados que reparten nuestra vida, se ilumina rápidamente como el relámpago que corre deslumbrante de las tempestades del cielo a las tempestades de la tierra. Es allí donde Hesíodo se despierta, los labios perfumados de la miel de las musas; Homero, los ojos despejados por las ninfas del Meles; y Milton, el corazón arrebatado por la última mirada de una belleza que jamás ha vuelto a encontrar. ¡Ay! ¿dónde volver a encontrar los amores y las bellezas del sueño? — Quitad al genio las visiones del mundo maravilloso, y le quitáis sus alas. El mapa del universo imaginable no está trazado sino en los sueños; el universo sensible es infinitamente pequeño.»

Parece, pues, que dos modos de existencia moral, dos vidas han sido repartidas al hombre. La primera de estas dos existencias resulta de nuestras relaciones con el mundo exterior, con ese gran todo que se llama el universo; nos es común con los seres que se nos asemejan. La segunda no es sino el reflejo de la primera, no se alimenta, en cierto modo, sino de los materiales que ésta le proporciona, pero es sin embargo perfectamente distinta.

El sueño es como una barrera elevada entre las dos, el punto fisiológico en que termina la vida exterior, y en que comienza la vida interior.

Mientras las cosas están en este estado, hay salud moral perfecta, es decir, regularidad de las funciones intelectuales en la extensión de los límites que han sido trazados para cada uno de nosotros. Pero ocurre que bajo la influencia de causas variadas, físicas y morales, estas dos vidas tienden a confundirse, los fenómenos propios de la una y de la otra, a acercarse, a unirse en el acto simple e indivisible de la conciencia íntima o del yo. Una fusión imperfecta se opera, y el individuo, sin haber abandonado totalmente la vida real, pertenece, en varias relaciones, por diversos puntos intelectuales, por falsas sensaciones, creencias erróneas, etc., al mundo ideal.

Este individuo es el alienado, el monomaníaco sobre todo, que presenta una amalgama tan extraña de locura y de razón, y que, como se ha repetido tantas veces, sueña despierto, sin dar de otro modo importancia a esta frase, que, a nuestros ojos, sin embargo, traduce con una justeza absoluta el hecho psicológico mismo de la enajenación mental.

Según Bichat (1), los sueños no son sino un sueño parcial, «una porción de la vida animal escapada al entorpecimiento en que la otra porción está sumida.» La imaginación, la memoria, el juicio, quedan en ejercicio, mientras que las sensaciones, la percepción, la locomoción, la voz, están suspendidas.

No podría repugnar admitir que las condiciones orgánicas en las cuales el sueño coloca, en ciertos aspectos, la imaginación, la memoria, el juicio, puedan encontrarse cuando los sentidos están despiertos, cuando la locomoción, la voz, están en ejercicio; aun cuando el juicio, la memoria, la imaginación, se ejercen regularmente, es decir, de su manera habitual, fuera del círculo y de los límites del sueño.

Esto es inadmisible, lo sabemos, en el sueño natural; el sueño cesa desde que el espíritu puede aplicarse a las cosas exteriores. Pero ¿por qué sería esto imposible, sufriendo el órgano del pensamiento la influencia de una causa distinta de la del sueño, de una causa análoga, pero más fuerte, más persistente que esa ley de la vida animal «que encadena, en sus funciones, tiempos de intermitencia a los períodos de actividad?»

Sentadas estas generalidades, vamos a pasar sucesivamente revista a los fenómenos principales, y, en cierto modo, fundamentales del delirio.


En el estudio que nos proponemos hacer de ella, no hemos tenido en cuenta ninguna de las diversas clasificaciones que, hasta aquí, han sido intentadas con mayor o menor éxito por algunos autores. No es que contestemos absolutamente su utilidad: desde el doble punto de vista de la sintomatología y, en parte también, del tratamiento, son indispensables. Para bien aprehender, estudiar y comprender un conjunto de fenómenos tan complejo como el de los desórdenes intelectuales, es de toda necesidad agrupar entre sí esos fenómenos, según las analogías, las afinidades más o menos numerosas que presentan. En este punto, todo el mundo está de acuerdo. Solo se difiere en cuanto a la naturaleza de los grupos, en cuanto a las causas que deben presidir su formación.

Por otra parte, tampoco puede haber más que una opinión sobre la legitimidad de las clasificaciones; hablamos, al menos, de aquellas que son generalmente recibidas. Existen entre los alienados diferencias tan marcadas, tan netas, tan llamativas, que es imposible confundirlas. ¡En cuántos aspectos no difieren entre sí los maníacos y los monomaníacos! Unos y otros, al caer en la demencia, conservando aún caracteres que recordarán su estado primitivo, ¿no ofrecerán nuevos síntomas que serán los indicios ciertos de una nueva modificación mental demasiado grave, demasiado profunda para que no se esté forzado a relegarlos, en adelante, a una clase aparte (1)?

Sin embargo, admitiendo la utilidad de las clasificaciones, guardémonos de exagerarla, y no olvidemos que, a confesión misma de los autores, las distinciones que establecen versan mucho más sobre la forma que sobre el fondo del delirio, sobre su naturaleza

(1) La clasificación trazada por Pinel y adoptada por Esquirol es, a nuestros ojos, la menos incompleta de todas las que se han propuesto hasta aquí. Se le han aportado diversas modificaciones, pero sin ningún resultado práctico; y, hágase lo que se haga, nadie ha podido sustituir, ni en el lenguaje científico ni en el lenguaje vulgar, ninguna expresión nueva a las ya consagradas de manía, monomanía, demencia.

Muy recientemente, el señor doctor de Lassiauve, mi colega en el hospicio de Bicêtre, ha emitido sobre este tema una opinión que merece ser mencionada. Según él, «toda locura implica el desarreglo de las facultades intelectuales; pero ese desarreglo es muy diverso, según, si se nos permite expresarlo así, que sea idiopático o sintomático, que tome su origen en una modificación morbosa de la inteligencia misma, o sea provocado por los cambios sobrevenidos en las demás facultades: cambios de los cuales es uno de los testimonios». En el primer caso, la sede del mal está en el intelecto propiamente dicho: es la locura intelectual. En el segundo, el foco del delirio está fuera de la inteligencia; está exclusivamente en las facultades secundarias. De ahí las cuatro categorías siguientes: 1.ª locura perceptiva; 2.ª locura moral; 3.ª locura afectiva; 4.ª locura instintiva.

No entra en mi tema discutir el valor de ese sistema de clasificación de las enfermedades mentales que acabo de dar a conocer. Ello, sin embargo, no me dispensa de rendir homenaje al talento distinguido con el que han sido desarrolladas las ideas teóricas en que se funda.

exterior y aparente, que sobre su naturaleza esencial e intrínseca. No olvidemos que, en la práctica, multitud de enfermos presentan reunidos y como fundidos los unos en los otros todos los caracteres propios de los diversos géneros de alienación mental. Las diversas formas que expresan el carácter genérico de la locura «siendo comunes, dice Esquirol, a muchas afecciones mentales de origen, de naturaleza, de tratamiento, de terminación muy diferentes, no pueden caracterizar las especies y las variedades que se reproducen con matices infinitos. La alienación puede afectar sucesiva y alternativamente todas esas formas; la monomanía, la manía, la demencia, se alternan, se reemplazan, se complican en el curso de una misma enfermedad en un solo individuo. Es incluso lo que ha movido a algunos médicos a rechazar toda distinción y a no admitir en la locura más que una sola y misma enfermedad que se enmascara bajo formas variadas».

Queriendo sustraernos al peligro de las ideas preconcebidas, hemos apartado de nuestras meditaciones todo cuanto nos han enseñado los autores relativamente a las diversas formas del delirio. Hemos procedido analíticamente y estudiado por separado los fenómenos fundamentales cuya existencia es evidente y reconocida por todos. No nos hemos preocupado ni de la extensión, ni de la cantidad, ni del color de los desórdenes del entendimiento, ni tampoco de su origen puramente intelectual, afectivo, moral o instintivo. No hemos querido escindir la acción esencialmente una e indivisible de las facultades morales. En todas sus manifestaciones anormales, desde la más simple hasta la más complicada, no hemos cesado de ver la inteligencia entera.

Fenómenos psicológicos.

§ I. — Modificaciones físicas.

Debo, ante todo, llamar la atención sobre las modificaciones puramente físicas que, de ordinario, preceden o acompañan los trastornos intelectuales causados por el hachís.

1.º — A una dosis todavía débil, pero sin embargo capaz de modificar profundamente el moral, los efectos físicos son nulos, o al menos tan poco sensibles que, ciertamente, pasarían inadvertidos si aquel que debe experimentarlos no estuviera sobre aviso y no acechara, por así decirlo, su llegada.

Podrá, quizá, formarse una idea de ello, recordando el sentimiento de bienestar, de dulce expansión que procura una taza de café o de té tomada en ayunas.

2.º — Por la elevación de la dosis, ese sentimiento se vuelve cada vez más vivo, os penetra y os conmueve más, como si se volviera superabundante y fuera a desbordarse. Una ligera compresión se hace sentir en las sienes y en la parte superior del cráneo. La respiración se lentifica, el pulso se acelera, pero débilmente. Un dulce y tibio calor comparable al que se experimenta al meterse en el baño, durante el invierno, se difunde por todo el cuerpo, a excepción de los pies, que de ordinario se enfrían. Las muñecas y los antebrazos parecen entumecerse y volverse más pesados; llega incluso a sacudírselos maquinalmente, como para librarlos del peso que los oprime. Entonces también nacen, principalmente en las extremidades inferiores, esas sensaciones vagas e indefinidas que caracteriza tan bien el nombre que se les ha dado, las inquietudes. Es una especie de estremecimiento muscular sobre el cual la voluntad no tiene ningún poder.

3.º — En fin, si la dosis ha sido considerable, no es raro ver sobrevenir fenómenos nerviosos que, en muchos aspectos, se parecen bastante a accidentes coreicos. Oleadas de calor os suben a la cabeza, bruscamente, en chorros rápidos, como los del vapor que se escapa del tubo de una locomotora. Así como lo he oído decir varias veces, el cerebro hierve y parece levantar la calota del cráneo para escaparse. Esta sensación, que siempre causa un poco de espanto, por aguerrido que se esté, tiene su análogo en el ruido que se oye cuando se tiene la cabeza sumergida en el agua. Los deslumbramientos son raros; nunca los he experimentado. Los zumbidos de oídos, por el contrario, son frecuentes. — Se experimenta a veces ansiedad, una especie de angustia, un sentimiento de constricción en el epigastrio. Después del cerebro, es hacia esa región hacia donde los efectos del hachís parecen tener mayor repercusión. Un joven médico decía que creía ver circular el fluido nervioso por las ramas del plexo solar. Los latidos del corazón parecen tener una amplitud y una sonoridad desacostumbradas. Pero si se lleva la mano a la región precordial, se comprueba fácilmente que el corazón no late ni más rápido ni más fuerte que de ordinario. — Los espasmos de los miembros adquieren a veces una gran energía sin llegar nunca a ser verdaderas convulsiones. Predomina la acción de los músculos flexores. Si uno se acuesta, como casi siempre se siente la necesidad, involuntariamente las piernas se flexionan sobre los muslos, los antebrazos sobre los brazos; estos se aproximan a las partes laterales del pecho; la cabeza, al inclinarse, se hunde entre los hombros; la enérgica contracción de los pectorales se opone a la dilatación del tórax y detiene la respiración. Estos síntomas no tienen más que una duración pasajera. Cesan bruscamente para reaparecer de repente, tras intervalos de una calma perfecta de algunos segundos primero, luego de algunos minutos, de media hora, de una hora..., según que uno se aleje más del momento de su aparición. Los músculos de la cara, los de la mandíbula sobre todo, pueden ser también presa de movimientos espasmódicos; he experimentado, una vez, un verdadero trismus, o al menos algo análogo; — las manos parecen contraerse por sí mismas para asir y apretar fuertemente los objetos.

Tales son, o poco más o menos, los desórdenes físicos causados por el hachís, desde los más débiles hasta los más intensos. Se ve que todos se refieren al sistema nervioso. Ya lo hemos dicho, se desarrollan mucho más tardíamente que los trastornos intelectuales (1); y estas facultades pueden ser profundamente modificadas sin que el despertar haya sido aún, por así decirlo, dado a la sensibilidad orgánica. Diríase que el agente modificador, a la manera de las afecciones morales, se dirige directamente, y sin la intermediación de los órganos, a las facultades del alma.

¿No es así como, las más de las veces, estalla la locura, sin que los que de ella son atacados hayan sido advertidos por ningún desarreglo apreciable del organismo; sin que el médico pueda ligarla a ningún trastorno material? Es este un primer punto de similitud de los efectos del hachís con la alienación mental. La causa es evidente, pero el origen permanece desconocido. ¿No es, por lo demás, lo que sucede las más de las veces, cuando esa causa, cualquiera que sea, actúa directa, inmediatamente, sobre el órgano intelectual? Veremos aún, por lo demás, que cuando la acción del hachís se revela por trastornos orgánicos como los que señalábamos hace un momento, se materializa, por así decirlo, veremos, digo, que sus efectos tienen la más completa analogía con aquellos de que dan cuenta los alienados que han podido estudiar y seguir, desde el origen, el desarrollo de su enfermedad. Alienados y comedores de hachís se expresan del mismo modo cuando quieren hacer comprender lo que han experimentado; diríase que unos y otros han estado bajo la influencia de la misma causa morbosa.

§ II. — Primer fenómeno: Sentimiento de felicidad.

Decía en la memoria que ya he citado:

«En cierto período de la intoxicación, cuando una efervescencia increíble se apodera de todas las facultades morales, se manifiesta un fenómeno psíquico, el más curioso de todos, quizá, y que desespero de poder caracterizar convenientemente: es un sentimiento de bienestar físico y moral, de contento interior, de alegría íntima, bienestar, contento, alegría indefinible que en vano buscáis comprender, analizar, cuya causa no podéis aprehender. Os sentís feliz, lo decís, lo proclamáis con exaltación, buscáis expresarlo por todos los medios que están en vuestro poder, lo repetís hasta la saciedad; pero para decir cómo, en qué sois feliz, las palabras os faltan para expresarlo, para daros cuenta de ello a vosotros mismos. Hallándome un día en esta situación, y desesperando de poder hacerme comprender con palabras, profería gritos, o más bien verdaderos aullidos. Insensiblemente, a esa felicidad tan agitada, nerviosa, que conmueve convulsivamente toda vuestra sensibilidad, sucede un dulce sentimiento de lasitud física y moral, una especie de apatía, de despreocupación, una calma completa, absoluta, a la que vuestro espíritu se abandona con delicias.

Parece que nada podría atentar contra esa tranquilidad de alma, que sois inaccesible a toda aflicción triste. Dudo que la noticia más desagradable pueda sacaros de ese estado de beatitud imaginaria, del que es verdaderamente imposible formarse una idea si no se ha experimentado.»

Acabo de intentar dar una idea de los goces que procura el hachís. Me apresuro a advertir que no los he presentado aquí sino en estado bruto, por decirlo así, y en su más simple

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expresión. Dependerá de las circunstancias exteriores, dirigiéndolos hacia un fin determinado y concentrándolos en un foco único, el darles todavía más intensidad. Concíbese todo lo que la realidad puede añadirles, y qué poderoso alimento encontrarán en las impresiones venidas de fuera, en la excitación directa de los sentidos o en la exaltación de las pasiones por causas naturales. Es entonces cuando, tomando un cuerpo, una forma, llegarán hasta el delirio. Esta disposición de ánimo, unida a otra de la que hablaremos en seguida, tal era, según nosotros, la fuente fecunda donde los fanáticos habitantes del Líbano sacaban esa felicidad, esas inefables delicias, en cambio de las cuales daban tan fácilmente su vida.

Una advertencia es aquí necesaria para hacer bien comprender lo que acabamos de decir. Es realmente la felicidad lo que da el hachís, y entiendo por ello goces todos morales y en modo alguno sensuales, como quizá se sentiría uno tentado a creerlo. ¡Esto es muy curioso, ciertamente! y podrían sacarse de ello consecuencias bien singulares; ésta, entre otras: que toda alegría, todo contento, aun cuando la causa sea exclusivamente moral, que nuestros goces más desprendidos de la materia, más espiritualizados, más ideales, podrían muy bien no ser en realidad sino sensaciones puramente físicas, desarrolladas en el seno de los órganos, exactamente como las que procura el hachís. Al menos,

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si uno se atiene a lo que siente interiormente, no hay distinción alguna que hacer entre estos dos órdenes de sensaciones, a pesar de la diversidad de las causas a que se enlazan; pues el comedor de hachís es feliz, no a la manera del goloso, del hombre hambriento que satisface su apetito, o bien del voluptuoso que contenta sus deseos, sino a la del que recibe una noticia que le colma de alegría, del avaro que cuenta sus tesoros, del jugador a quien favorece la suerte, del ambicioso a quien embriaga el éxito, etc.

Por lo demás, si hemos hecho las observaciones que preceden, no es con el propósito de suscitar una cuestión psicológica. Referimos, sencillamente, y no tenemos otra pretensión que la de ser el historiador fiel y exacto de nuestras sensaciones. En segundo lugar, es que hemos visto en los fenómenos que describíamos hace un momento, un cuadro sorprendente de lo que pasa tan frecuentemente al comienzo de la locura: queremos hablar de esas impresiones de felicidad, de alegría íntima (no sabría emplear expresiones más convenientes que las que me he servido para caracterizar los efectos del hachís), en las cuales los enfermos sacan tanta esperanza, tanta confianza en el porvenir, y que no son, ¡ay!, sino los síntomas precursores del más violento delirio. — La pérdida de una brillante fortuna, pesares sin número, sumen a la señora de.... en un estado de hipocondría profundo. Este estado duraba desde hacía varios años,

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cuando la enferma fue colocada en nuestro establecimiento. Salvo algunas mejorías pasajeras, había permanecido siempre igual, cuando, hace algunos días, la señora llega a sentir en todo su ser moral una modificación profunda que le inspira un vivo contento y le hace ver en adelante el porvenir bajo los más risueños colores. Sus esperanzas igualan al abatimiento de que apenas sale y en el que estaba sumida desde años atrás. Su rostro está radiante, un ligero tinte rosado ha reemplazado su palidez habitual, la alegría de su alma parece escaparse a relámpagos de sus ojos vivos y animados: «No sé lo que pasa en mí, me decía esta señora, pero debo dar gracias a Dios y a usted, señor doctor, pues siento íntimamente que he llegado al término de mi enfermedad y de todos mis males. Heme aquí por fin libre de esos sufrimientos atroces, increíbles, de que tan a menudo le he hablado. No más temores, no más terrores, no más condenaciones, no más infierno; me encuentro por fin como era antes, puedo aún ser feliz, sabré hacerme a mi situación; ya ve que me he vuelto razonable, y que

he sabido aprovechar sus buenos consejos». Algunos

días apenas han transcurrido, y esta interesante enferma era presa de un delirio maníaco extremadamente intenso.

He aquí todavía lo que me decía, muy recientemente, otra joven mujer de espíritu fino y observador, convaleciente de una manía, consecutiva a un parto:

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«Diez días después de mi alumbramiento, que, por lo demás, fue de lo más feliz, experimenté algo muy extraordinario: me parecía que mi cabeza era agitada por un movimiento de rotación sobre sí misma y, al mismo tiempo, que mi cerebro se dilataba. Sabía perfectamente que era una ilusión; sin embargo, no podía impedirme mirar en un espejo para asegurarme bien de si mi rostro no estaba como al revés. Experimentaba también, y esto era bien real, ligeras sacudidas en la cabeza, y en el cuello algo semejante al tortícolis. Por la noche, me desperté con un sentimiento de bienestar indecible. Me sentía feliz como jamás lo había sido. Mi felicidad, mi alegría, me desbordaban, por decirlo así, y tenía necesidad de derramar una parte sobre todo lo que me rodeaba. Esperé el día con impaciencia para anunciar esta buena nueva. Estaba de una alegría loca; quería abrazar a todo el mundo, hasta a mis criados, etc., etc.» Tendré ocasión de volver

sobre el estado de esta enferma, de quien poseo un curioso manuscrito en que están detalladas todas las sensaciones que experimentó en el curso de su enfermedad.

«Un comerciante, dice Esquirol, de cuarenta y cinco años, experimenta una bancarrota que le incomoda momentáneamente, sin alterar su fortuna; el mismo día su carácter cambia; está más alegre que de ordinario, se ríe de este contratiempo, felicitándose de haber aprendido a conocer mejor a los hombres; forma proyectos

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incompatibles con su fortuna y sus negocios. Ocho días transcurren en un estado de alegría, de satisfacción, de actividad que hace temer una enfermedad grave, de la que M... mismo tiene el presentimiento. Después de esta época, acontecimientos políticos, que son perfectamente ajenos a sus intereses, pero que hieren las opiniones de M..., le sumen en un delirio melancólico del que nada ha podido sacarle.»

El fenómeno de que se trata se hace notar principalmente al comienzo de la locura que se complica con una lesión general de los movimientos.

Buscando darnos cuenta de las ideas de grandeza, de riqueza, que caracterizan, como se sabe, este género de enfermedad, nos expresábamos así en otro trabajo publicado en 1840, en el periódico l'Esculape (De la locura razonante):

«Al mismo tiempo que el juego de las facultades parece volverse más fácil, la sensibilidad más excitable, el juicio más audaz y más pronto, que las ideas, más abundantes y más nuevas, parecen manar de su fuente, es manifiesto que el individuo experimenta un bienestar interior que hace que su alma se despliegue y la dispone eminentemente a recibir, a abrazar con ardor las ideas propias para acariciar sus pasiones vanidosas, para aguijonear sus deseos ya vueltos más irritables por el solo hecho de la excitación.»

Los hechos que acabamos de citar bastarán, pienso, para recordar una multitud de otros semejantes a aquellos de nuestros lectores que han visto alienados, y nos dispensan de referir un mayor

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número. Sin embargo, juzgamos útil hacer todavía una reflexión.

Estos hechos, de una importancia muy alta desde nuestro punto de vista, apenas han fijado, o más bien nunca han fijado la atención de los observadores. No tienen valor sino por su frecuencia, he estado casi por decir su generalidad, y apenas si han sido notados en algunos casos de delirio maníaco. Sin embargo, tenemos la convicción (y esta convicción se apoya en la confesión precisa de un gran número de enfermos interrogados por nosotros) de que el fenómeno en cuestión marca casi siempre la invasión del delirio, general o parcial, alegre o triste; no exceptuamos sino los casos en que esta invasión es tan brusca que escapa a toda conciencia. Dista mucho, ciertamente, de que sea siempre fácil descubrirlo. Si pocos enfermos están en estado de dar bien cuenta de lo que experimentan, de remontarse por el recuerdo a los primeros síntomas insidiosos, más hechos por lo demás para adormecer que para despertar su atención, encuéntranse, sin embargo, algunos, y ésos rara vez dejan de confirmar con su dicho lo que avanzábamos hace un momento.

No añadiremos más que una palabra al cerrar este párrafo:

Uno de los efectos del hachís que generalmente encuentra más incrédulos es precisamente aquel sobre el que acabamos de insistir con algunos detalles; es ese estado de beatitud, de felicidad ima-

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ginaria, cuya realidad más seductora no es ni siquiera la sombra.

¡Y sin embargo lo vemos reproducirse bajo la influencia de las causas tan numerosas y tan variadas que traen el desorden de nuestras facultades morales!

A este respecto, loco y comedor de hachís, o hachache, como dicen los árabes, tienen una perfecta semejanza.

§ III. — Segundo fenómeno: Excitación, disociación de las ideas, etc.

Cuando un escritor asiste a la representación de un drama o de cualquier otra pieza escénica de la que es autor, sus inquietudes, su espera ansiosa, se concentran en cierta parte de su obra, a la que está unido el éxito, porque es la piedra angular del edificio. Tal es el caso en que nos encontramos al momento de dar cuenta del fenómeno psicológico que hace el asunto de este párrafo. Todos sabemos qué talento haría falta para describirlo; pero tampoco podemos disimularnos que, haga lo que haga, estaremos siempre por debajo de la alta importancia que a él se vincula. Este fenómeno, en efecto, es como el punto culminante o central al que se enlazan casi todas las partes de este trabajo.

Es el hecho primordial que hemos anunciado al

— ()() —

comenzar, y que es la fuente necesaria, esencial, de todo desorden del intelecto.

La causa más ligera puede turbar el ejercicio de nuestras facultades intelectuales; y Pascal ha dicho en algún lugar que el vuelo de una mosca basta para perturbar las más profundas combinaciones del genio.

En el estado regular o normal, cuando queremos pensar en algo, meditar sobre un tema, es decir, considerarlo bajo sus diversos puntos de vista, casi siempre sucede que somos distraídos de él por alguna idea extraña. Pero esta idea no hace sino atravesar nuestro espíritu, sin dejar huella, o bien nos es fácil apartarla, y la serie de nuestros pensamientos no queda interrumpida.

Uno de los primeros efectos apreciables de la acción del hachís es el debilitamiento gradual, cada vez más sensible, del poder que tenemos de dirigir nuestros pensamientos a nuestro antojo, allí donde queremos y como queremos. Insensiblemente nos sentimos desbordados por ideas ajenas al tema sobre el que queremos fijar nuestra atención. Estas ideas, que la voluntad no ha evocado, que surgen en vuestro espíritu, no se sabe ni por qué ni cómo, que vienen no se sabe de dónde, se vuelven cada vez más numerosas, más vivas, más arrebatadoras. Pronto se les presta más atención; se las sigue en sus asociaciones más extrañas, en sus creaciones más imposibles y más fantásticas. Si, por un esfuerzo de vuestra voluntad,

retomáis el hilo interrumpido de vuestras ideas, las

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que acabáis de apartar resonarán todavía en vuestro espíritu, pero como en un pasado ya lejano, con la forma fugitiva, vaporosa, de los sueños de una noche agitada.

Prosiguiendo nuestras investigaciones, a cada instante tendré ocasión de volver la atención del lector sobre el hecho psicológico que acabo de señalar.

Debo contentarme con insistir sobre las expresiones de que me he servido para caracterizarlo.

Estas ideas, en efecto, o más bien estas series de ideas a las que os abandonáis por momentos, son bien sueños, verdaderos sueños, si al menos creéis al sentido íntimo, que no sabría absolutamente establecer la menor distinción entre éstos y los que procura el sueño natural. Unos y otros os llegan de la misma manera y, por decirlo así, por la misma puerta, la del sueño.

A este propósito, y en apoyo de esta opinión, recordaré que Cabanis no hacía ninguna diferencia entre el sueño artificial y el sueño natural; que, para él, adormecimiento y sueño eran sinónimos. Es, decía, el reflujo de las potencias nerviosas hacia su fuente, o la concentración de los principios vitales más activos lo que los constituye y caracteriza; sea que lleguen por la necesidad del reposo en las extremidades sensibles y en los órganos motores, por la simple acción periódica del cerebro, que llama espontáneamente a su seno el mayor número de las causas de movimiento...,

sea por la aplicación del aire fresco, la audición de un ruido monótono, el silencio, la oscuridad, los baños tibios, las bebidas refrescantes, sea en fin por la ingestión de «bebidas fermentadas, cuyo efecto es excitar primero la actividad del órgano pensante, y turbar poco después sus funciones, llamando a su seno la mayor parte de las fuerzas sensitivas destinadas a las extremidades nerviosas; de narcóticos, que paralizan inmediatamente estas fuerzas, y que arrojan además al mismo tiempo una nube más o menos espesa sobre los resultados intelectuales, por el aflujo extraordinario de la sangre que determinan a dirigirse hacia el cerebro —»

Las inducciones de la fisiología concuerdan, pues, con la observación íntima para reconocer que el sueño natural y el sueño provocado artificialmente representan una modificación orgánica análoga, y cuyos resultados intelectuales, para servirme de la expresión de Cabanis, son idénticos.

Para volver la cuestión sobre los que son particulares al hachís, haremos notar que las ideas o series de ideas que se constituyen en el espíritu en estado de sueño, mezclando así de modo extraño lo ideal y la realidad, se refieren mucho más al pasado que al presente. Olvidáis las cosas que, actualmente, excitan más vuestro interés, y aun remueven más vivamente vuestras pasiones, absorben toda vuestra atención cuando estáis en vuestro estado ordinario, para no pensar sino en aquellas para las cuales hay, en cierto modo, prescripción en vuestro espíritu. La memoria es la fuente en la que se alimentan las nuevas ideas, y la vivacidad, el brillo, la multiplicidad de las imágenes y de los cuadros excitan poderosamente la imaginación que las asocia, y a su vez engendra nuevos productos.

Vivimos en el presente por un acto de la voluntad que dirige nuestra atención hacia objetos que tienen para nosotros un interés actual.

Por la memoria, vivimos en el pasado; por ella podemos, en cierto modo, recomenzar nuestra existencia desde el punto preciso en que comenzó con la conciencia de nosotros mismos.

Por la imaginación, vivimos en el porvenir; por ella podemos crearnos un mundo nuevo y, si osara emplear una expresión cuya exactitud excusará quizá la barbarie, una nueva exterioridad. Por ella, reaccionando sobre sí mismo, el yo parece poder transformarse, como ella modifica, cambia a su antojo las cosas, las personas, los tiempos y los lugares.

Viniendo la acción del hachís a debilitar la voluntad, la potencia intelectual que domina las ideas, las asocia, las enlaza entre sí, la memoria y la imaginación predominan, las cosas presentes nos resultan extrañas, somos todo entero de las cosas del pasado y del porvenir.

La conciencia aprecia diversamente estos efectos, según el grado de violencia del trastorno intelectual suscitado por el agente modificador.

Mientras el desorden no ha pasado ciertos límites, se reconoce fácilmente el error en que momentáneamente se es arrastrado, no en el momento mismo en que os domina, lo que implicaría contradicción, al menos en cuanto a los errores del intelecto o falsa convicción, sino inmediatamente después de que, rápida como el relámpago, ha atravesado el espíritu. Resulta entonces una sucesión no interrumpida de ideas falsas y de ideas verdaderas, de sueños y de realidades, que constituye una especie de estado mixto de locura y de razón, y hace que un individuo pueda ser, si no hablando absolutamente, al menos en cuanto a las apariencias más especiosas, loco y razonable a la vez.

A medida que el desorden de las facultades aumenta, que la tempestad que las agita y las remueve se ensaña con más violencia, la conciencia se siente ella misma arrastrada por el torbellino, y se convierte en juguete de los sueños. Los momentos lúcidos son cada vez más cortos. La actividad intelectual parece replegarse y concentrarse toda entera en el cerebro; nos abandonamos sin reserva a nuestras sensaciones interiores; nuestros ojos, nuestros oídos no han cesado de estar abiertos, pero para no admitir ya sino las impresiones suministradas por la memoria o la imaginación; en fin, para expresar breve y fielmente mi pensamiento, nos dormimos soñando.

Pero entonces, como si la conciencia no pudiera nunca extinguirse por completo, he aquí lo que sucede... Me haré comprender mejor recordando un hecho bien conocido de los que sueñan mucho. Sin dejar de dormir, tenemos algunas veces conciencia de nosotros mismos, sabemos que soñamos; mejor que eso, cuando el sueño nos place, tememos despertar, nos esforzamos por prolongar el sueño, y cuando sentimos que va a terminar, nos decimos a nosotros mismos:

¿Por qué todo esto no es más que un sueño?... Es absolutamente el estado en que se encuentra aquel que experimenta la influencia del hachís, en su más alto grado de intensidad.

Sin embargo, la analogía que acabamos de constatar entre los sueños que son resultado del sueño natural, y las modificaciones intelectuales que determina el hachís, no deben hacernos olvidar que estas últimas se distinguen por ciertos caracteres que les son exclusivamente propios. Y en primer lugar, están lejos de tener nunca el descosido, la incoherencia de los sueños ordinarios. El resto de conciencia y de voluntad que, como decíamos hace un momento, sobrevive a los más graves desórdenes, parece moderar el ímpetu de la imaginación, y le impide apartarse demasiado de la realidad.

En segundo lugar (nunca sabríamos fijar bastante la atención sobre este hecho), se limitan las más de las veces, es decir, cuando la acción del hachís es moderada, sea a errores de los sentidos o de la sensibilidad general, sea a falsas convicciones, a una o varias ideas extravagantes, etc., sin que las facultades queden de otro modo alteradas. Además, estas convicciones, estas ideas no se refieren siempre a objetos imaginarios; las más de las veces sacan su origen de impresiones venidas de fuera, impresiones reales, pero mal interpretadas, de apariencias más o menos especiosas, verdaderos productos de la imaginación, cuya fuente primitiva está en la vida real.

Antes de sustraerlas completamente al mundo exterior, a las impresiones que reciben de fuera, la acción del hachís, ejerciéndose sobre todas las facultades a la vez, se señala, así como decíamos en la memoria ya citada, por un exceso de energía intelectual, la vivacidad de los recuerdos, una concepción más rápida, etc. Insensiblemente llega a producir en la voluntad, en los instintos, tal relajamiento, que nos convertimos en juguete de las impresiones más diversas. El curso de nuestras ideas puede ser roto por la causa más ligera; sufrimos las influencias más opuestas: giramos, como vulgarmente se dice, a todos los vientos. Por una palabra, por un gesto, nuestros pensamientos pueden ser dirigidos sucesivamente sobre una multitud de asuntos diversos con una rapidez, y, a pesar de ello, una lucidez que raya en prodigio...

Un sentimiento íntimo de orgullo os invade, en relación con la exaltación creciente de vuestras facultades, cuya energía y potencia sentís crecer.

Dependerá de las circunstancias en que nos hallemos colocados, de los objetos que hieran nuestros ojos, de las palabras que lleguen a nuestro oído, el hacer nacer en nosotros los más vivos sentimientos de alegría o de tristeza, el excitar en nosotros las pasiones más opuestas y algunas veces con una violencia desacostumbrada; pues de la irritación se puede pasar rápidamente a la furia, del descontento al odio y a deseos de venganza, del amor más tranquilo a la pasión más arrebatada. El miedo se convierte en terror, el valor en un arrebato que nada detiene y que parece no ver el peligro; la duda, la sospecha menos fundada puede convertirse en una certeza. El espíritu está en la pendiente de la exageración en todas las cosas; el más ligero impulso rara vez deja de arrastrarlo. Los que hacen uso del hachís, en Oriente, cuando quieren abandonarse a la embriaguez de la fantasia, tienen un cuidado extremo en apartar de sí todo lo que podría volver su delirio hacia la melancolía, excitar en ellos otra cosa que sentimientos dulces y afectuosos. Aprovechan todos los medios que las costumbres disolutas de Oriente ponen a su disposición. Es en el fondo de su harén, rodeados de sus mujeres, bajo el encanto de la música y de las danzas lascivas ejecutadas por amadas, donde saborean el embriagador datoamesc, y, ayudando la superstición, he aquí bastante para que sean transportados al seno de las maravillas sin número que el Profeta ha reunido en su paraíso.

Por ahora, no haremos aplicación de lo que acaba de decirse a la enajenación mental.

Esta aplicación hallará su lugar cuando entremos en los detalles relativos a los diversos fenómenos que dimanan del hecho primordial del que acabamos de trazar un sucinto cuadro. Debo limitarme, por el momento, a hacer notar cuánto este cuadro recuerda los síntomas del delirio maníaco en todos sus matices. No me he observado solamente a mí mismo; he visto a varias personas que habían tomado hachís en el estado de excitación que he descrito, y afirmo que era imposible establecer la menor diferencia entre ellas y los enfermos que cuidamos en nuestras casas de salud.

§ IV. — Tercer fenómeno: Error sobre el tiempo y el espacio.

Bajo la influencia del hachís, el espíritu puede caer en las más extrañas ilusiones relativas al tiempo y al espacio. El tiempo parece al principio arrastrarse con una lentitud que desespera. Los minutos se convierten en horas, las horas en jornadas; pronto, de exageración en exageración, toda idea precisa de duración se nos escapa, el pasado y el presente se confunden. La rapidez con que se suceden nuestros pensamientos, el estado de ensoñación que de ello resulta, explican este fenómeno; pues si el tiempo parece más largo que si estuviera medido por relojes terrestres, son las acciones o los hechos encerrados en este intervalo los que retroceden sus límites por su amplitud.

«Mahoma, dice A. Delrieu, arrebatado súbitamente por las fantasías de una visión, vuelca una jarra de agua que se hallaba cerca de él; la caída había casi vaciado el vaso desde el comienzo del sonambulismo del Profeta; éste percibió todas las maravillas del cielo y de la tierra, y cuando se halló de nuevo en la vida mundana, el agua de la jarra no se había aún derramado por completo.»

El tiempo y el espacio se miden por puntos intermedios que son como otros tantos jalones que la reflexión coloca entre dos límites extremos, entre el punto de partida y el punto de llegada. El intervalo se agranda y puede adquirir proporciones indefinidas, en razón del número de estos jalones. Es preciso que la atención pueda fijarse primero en un punto, luego en otro para considerarlos, después en ambos a la vez.

Estaba yo todavía bastante poco familiarizado con los efectos del hachís, cuando una tarde, atravesando el pasaje de la Ópera, me sorprendió la longitud del tiempo que empleaba en llegar hasta el final. Había dado algunos pasos, a lo sumo, cuando me parecía que bien dos o tres horas hacía que estaba allí. Fijé mi atención en las personas, que eran numerosas, como de costumbre; noté muy bien que unas me adelantaban, mientras que yo dejaba otras detrás de mí. En vano hice,

No podía desengañarme. En vano apresuraba el paso, el tiempo no marchaba más deprisa.

Me parecía, además, que el trayecto era de una longitud interminable, y que el extremo hacia el que me dirigía se alejaba a medida que avanzaba. Experimenté varias veces este género de ilusión al recorrer los bulevares. Vistos a cierta distancia, las personas y las cosas se me aparecen como si las hubiese contemplado por el extremo grueso de un anteojo de larga vista.

Recordamos que el señor Th. Gautier, tratando de apreciar la duración de un acceso de hachís, «calculaba que había sido de unos trescientos años.

Las sensaciones se sucedían en él tan numerosas y apremiantes que la apreciación real del tiempo era imposible. —Pasado el acceso —dice—, vi que había durado un cuarto de hora.»

Del fenómeno que acabamos de describir podemos acercar ciertas ideas extravagantes que se encuentran, a veces, en los alienados. Se sabe que algunos se creen de cien, de mil años de edad. Hay incluso quienes se dicen eternos.

La joven dama de la que he hablado, página 14, en los primeros días de su exaltación maníaca, ya no creía tener edad. Se imaginaba haber vivido en todas las épocas históricas hacia las cuales la llevaba su memoria. —«Tuve una medida colosal (copio textualmente); junto a Dios y a mí, todo me pareció pequeño, mezquino y feo. Reproché a

los viejos que me rodeaban haberme robado la medida del tiempo; para mí, ya no existe, les decía; mis días y mis noches transcurren como instantes, demasiado rápidos para que yo pueda poner en ejecución las vastas concepciones de que está lleno mi cerebro. Renegué de mi madre, por esta razón: porque no podía tener una madre más joven que yo, etc.»

La acción del hachís no sabría determinar convicciones tan erróneas como las que acabamos de señalar. Con la conciencia de uno mismo, se aprecia fácilmente la ilusión de la que los alienados son necesariamente víctimas, y se evita sacar de ella, como ellos, conclusiones más o menos extravagantes. Sin embargo, no olvidemos que la fuente de esta ilusión es la misma en todos los casos, y que no es otra que la excitación cerebral.

§ V. — Cuarto fenómeno: Desarrollo de la sensibilidad del oído; influencia de la música.

El sentido del oído, como todos los demás sentidos, se vuelve extraordinariamente impresionable por la acción del hachís. No sabría hacer nada mejor, para dar idea de ello, que citar las palabras de que el señor Th.

G*** se sirve para caracterizar este fenómeno, a pesar de la poética exageración de que están impregnadas y que es inútil señalar; cedo al placer de

citarlas una segunda vez. «Mi oído —dice—

se había desarrollado prodigiosamente; oía el ruido de los colores; sonidos verdes, rojos, azules, amarillos, me llegaban en ondas perfectamente distintas. Un vaso volcado, un crujido de butaca, una palabra pronunciada en voz baja, vibraban y resonaban en mí como retumbos de trueno; mi propia voz me parecía tan fuerte que no osaba hablar por miedo de derribar las murallas o de estallar como una bomba; más de quinientos relojes me cantaban la hora con sus voces aflautadas, cobrizas, argentinas. Cada objeto rozado daba una nota de armónica o de arpa eólica.

Nadaba en un océano de sonoridad donde flotaban, como islotes de luz, algunos motivos de Lucía o del Barbero. Jamás beatitud semejante me inundó con sus efluvios, etc....»

Hay que atribuir, al menos en parte, a este desarrollo excesivo de la sensibilidad del oído, la poderosa influencia que ejerce la música sobre quienes han tomado hachís. Es aquí verdaderamente donde faltan las expresiones para pintar las emociones de todo género que puede hacer nacer la armonía.

La música más grosera, las simples vibraciones de las cuerdas de un arpa o de una guitarra os exaltan hasta el delirio o os sumen en una dulce melancolía. Según incluso la disposición de ánimo en que uno se encuentra, la conmoción moral se comunica al organismo, las fibras musculares y las fibras del alma vibran al unísono, y sobrevienen verdaderos movimientos coreicos o histeriformes.

He comprobado estos efectos en varias personas.

He sido testigo de sus gritos de alegría, de sus cantos

y también de sus lágrimas y de sus lamentaciones, de su profundo abatimiento o de su loca alegría, según el modo armónico con que se herían sus oídos. Hace varios meses, la Experiencia publicó un artículo en el que el señor doctor Carrière describe con el ingenio y la finura de observación que le distinguen, el estado de exaltación en que había visto a varios estudiantes de medicina a los que yo había hecho tomar hachís.—«Un colega, el señor doctor..., deseoso de conocer por sí mismo los efectos del hachís, ingirió algunos gramos de dawamesc. La dosis era mínima, así que transcurrió bastante tiempo sin que M... hubiese experimentado todavía nada extraordinario.

Sin embargo, una voz de mujer llega a dejarse oír. Era la de una criada ocupada en ordenar efectos en una habitación vecina a aquella en que nos encontrábamos. Esta voz no tenía nada de desagradable, pero es todo el elogio que de ella podía hacerse. No obstante, nuestro colega le presta viva atención; pronto se acerca a la puerta de la habitación de donde venían los cantos, pega su oreja contra el ojo de la cerradura, para no perder ni una sola nota. Permanece así bajo el encanto durante cerca de media hora, y no se retira hasta que su sirena con cofia y zuecos hubo cesado de dejarse oír. M.... experimentaba sin saberlo la influencia del hachís, y aun confesando que jamás música alguna había producido sobre él semejante impresión, no podía persuadirse de que el hachís tuviera algo que ver en ello. No cambió de opinión hasta mucho

más tarde, cuando toda acción tóxica se hubo extinguido.

Por lo que a mí respecta, en vano intentaría hacer comprender hasta qué punto me impresiona la música en las circunstancias que acabamos de decir. Agradables o desagradables, alegres o tristes, las emociones que hace nacer no son comparables sino a las que se experimentan en estado de sueño. No basta con decir que son más vivas que en el estado ordinario; su naturaleza está, por así decirlo, transformada, y no es sino pasando al estado de alucinación cuando alcanzan toda su energía y pueden determinar verdaderos paroxismos de placer o de dolor. Es que entonces, a la acción inmediata y directa de la armonía, a las sensaciones propias del oído, se unen las emociones mucho más vivas y mucho más variadas, resultantes de las asociaciones de ideas que hace nacer la combinación de los sonidos.

Un día había tomado una dosis bastante fuerte de hachís. Estaba rodeado de amigos íntimos cuya benevolencia me era conocida. Les había rogado que me observaran con escrupulosa atención, que llevaran fielmente cuenta de mis palabras, de mis gestos, de la expresión de mi fisonomía, etc. No estaba aún bien seguro de mí mismo en aquella época, y quería, por el control ajeno, asegurarme de la exactitud de mis propias observaciones. Llegado a un grado bastante alto de excitación, y con el fin de moderar el ímpetu de las ideas y de las sensaciones dándoles una dirección única, rogué a una

joven dama, artista de gran distinción, que se pusiera al piano y tocara algún aire triste y melancólico. Fue el vals de Weber el que eligió. Desde las primeras notas de aquel aire tan profundamente impregnado de dolor, sentí como un escalofrío que me recorría todo el cuerpo; mi excitación cayó de pronto, o más bien cambió bruscamente de naturaleza. Enteramente concentrada en mí, como un fuego interior, ya no se alimentaba sino de ideas tristes, de recuerdos afligentes, de cuadros unos más lúgubres que otros.

Las fisonomías de algunas de las personas que me rodeaban reflejaban la tinta siniestra de mi imaginación.... Estas personas no eran sino serias; otras, que reían mirándome, me parecían hacer muecas y amenazarme; me inspiraban espanto, y estaba muy cerca de suponerles designios hostiles respecto a mí.

Cerré los ojos para no ver ya a nadie, me tendí sobre un diván, me recogí lo mejor que pude para estar todo entero entregado a mis impresiones interiores; pero entonces la tristeza, una sombría melancolía, no sé qué penosa ansiedad, me ganaron de tal modo que sentía mi pecho oprimido hasta el punto de suspender mi respiración: mis lágrimas corrieron en abundancia, y si hubiese estado solo, habría proferido gritos. No pude resistirlo más tiempo, y experimenté la necesidad de sacudir todo aquello como una horrible pesadilla... La plegaria de Moisés, de la ópera de este nombre, devolvió poco a poco la calma

a mi alma. Me parecía que mi pecho estaba libre del peso que lo oprimía. Experimentaba ese bienestar físico y moral que da el despertar al salir de un mal sueño, o que se saborea a continuación de un acceso de fiebre. No había sido, sin embargo, engañado ni un solo instante por mis ilusiones; pero estas ilusiones habían tenido sobre mí el imperio de la realidad misma. Escuché con arrobamiento aquellos acentos religiosos que despertaban en mí recuerdos que creía extinguidos desde hacía años, dulces emociones, de esas que conoce solo la primera edad, y que tan pronto ahogan la duda y el escepticismo, desde nuestros primeros pasos en la vida real. Luego me vino la idea de ir a arrodillarme ante el piano, y allí, en actitud de profundo recogimiento, con los ojos cerrados y las manos juntas, aguardé a que la música cesara de dejarse oír. —Un instante después, me levanté como despertado de un sobresalto; mis oídos habían sido, de pronto, golpeados por aires de vals y de contradanza; echando una mirada en torno mío, me asombré un instante de ver a todo el mundo tranquilamente sentado: —¡No bailáis! ¡Podéis escuchar semejante música y permanecer en vuestro sitio, inmóviles como estatuas!.... La expresión era exacta; es justamente el efecto que producían sobre mí todas las personas que me rodeaban, y algunas de las cuales, por su rigidez y la fijeza de su mirada, me recordaban aquel bello y espantoso autómata que imaginó Hoffmann, tal como Nathanaël lo entrevió, un día, desocupado, las

manos posadas sobre una mesita, y los ojos invariablemente dirigidos hacia él. No era yo víctima de esta singular ilusión, la atribuía al estado de agitación al que me sentía cada vez más arrastrado, y al contraste que de ello resultaba. Me parecía que corrientes eléctricas me pasaban por todos los miembros, y los forzaban a moverse a compás. Era como si me hubieran picado la tarántula. Rogué a una dama que bailara un vals conmigo (era la dueña de la casa). Bailé durante más de un cuarto de hora, en un estado de semisomnolencia del que difícilmente daría cuenta, sentía el entarimado sustraerse a cada instante bajo mis pasos, durante un espacio de tiempo que no podía medir. Me parecía que mi voluntad no era nada en el rápido girar que me arrastraba, y que mi cuerpo obedecía irresistiblemente a las impulsiones sonoras que partían del piano, como el juguete del niño se mueve bajo los golpes de correa con que es golpeado. No perdí, sin embargo, ni un compás, e intercambié algunas palabras con la persona que bailaba conmigo.

Este ejercicio algo violento no me causó, sin embargo, el más ligero sentimiento de fatiga; no obstante, provocó una transpiración abundante, y trajo así más rápidamente el fin del acceso, cuya duración en total fue de cuatro horas o cuatro horas y media.

Para explicar los fenómenos que acabamos de describir, evidentemente no bastaría con decir

que el hachís excita, aviva la sensibilidad de todo.

Las causas son mucho más complicadas, y merecen ser examinadas cada una en particular.

La acción de la música sobre las facultades morales en estado sano, y desprendidas de toda influencia extraña, puede considerarse de dos maneras distintas: 1.º desde el punto de vista puramente físico, o, si se quiere, orgánico; 2.º desde el punto de vista intelectual.

Tendremos aún que considerarla bajo un tercer punto de vista cuando tengamos en cuenta las modificaciones aportadas por el hachís.

1.º «La potencia, en cierto modo general, de la música sobre la naturaleza viviente, dice Cabanis, prueba que las emociones propias del oído están lejos de poder reducirse todas a sensaciones percibidas y comparadas por el órgano pensante; hay en esas emociones algo más directo. Los hombres desprovistos de toda cultura no son menos ávidos de cantos que aquellos cuya vida social ha hecho los órganos más sensibles y el gusto más fino. Sin hablar de ese cantor alado, cuya brillante garganta es sin duda, a este respecto, la obra maestra de la naturaleza, un gran número de especies de aves llenan el aire de una agradable armonía; varios animales domésticos y algunas razas aún indómitas parecen escuchar con placer los cantos del hombre y las voces artificiales de los instrumentos que resuenan bajo sus manos. Hay asociaciones particulares de sonidos y aun simples acentos que se apoderan de todas las facultades sensibles; que, por la acción más inmediata, hacen nacer al instante en el alma ciertos sentimientos a los que las leyes primitivas de la organización parecen haberlos subordinado.»

Es esta acción la que hemos llamado orgánica, porque, en efecto, parece enteramente concentrada en el órgano al que los sonidos se dirigen directamente. Es una sensación, y nada más, y esta sensación no tiene resonancia ni en el intelecto propiamente dicho, ni en la memoria, ni en la imaginación. Los órganos son más o menos aptos para experimentarla, según una disposición originaria, o bien adquirida y desarrollada accidentalmente. Esta disposición puede encontrarse incluso en los idiotas. Se conoce el gusto que algunos de estos pobres seres manifiestan por la música. Ciertamente no es tan frecuente como se ha imaginado y como se ha complacido en repetirlo en estos últimos tiempos, en que la música, para la cura radical de las enfermedades mentales, ha sido puesta de moda; pero, en fin, se ve algunas veces. Por lo demás, el solo ejercicio de una facultad cualquiera va siempre acompañado de bienestar y de un goce al que acabamos, es verdad, por no prestar ya atención, a causa de la costumbre, pero que no por ello es menos real y vivo cuando ha habido una detención momentánea en esa sensación y esta vuelve a reanudarse. Se sabe que el sordo de nacimiento, Honoré Trézel, los primeros días que siguieron al desarrollo de su oído fueron para él días de arrobamiento. Todos los sonidos, los ruidos mismos, le causaban un placer inefable, y los buscaba con avidez (Magendie).

La sobreexcitación que el hachís causa a todo el sistema nervioso en general parece hacerse sentir más particularmente en la porción de este sistema encargada de la percepción de los sonidos. Lo hemos hecho notar anteriormente: el oído adquiere una delicadeza, una sensibilidad increíbles. Los sonidos resuenan hasta en el centro epigástrico; dilatan o comprimen el pecho, aceleran o retardan los latidos del corazón, conmueven convulsivamente todo el sistema muscular, o lo sumen en el entorpecimiento.

2.º Hay otro modo de acción de la armonía al que principalmente hay que referir la influencia que ejerce sobre la economía viviente. Los sonidos tienen el poder de despertar nuestros recuerdos, de provocar ciertas asociaciones de ideas que, a su vez, ponen en juego nuestros afectos. En este caso, se dirigen mucho más a nuestro entendimiento, a nuestra imaginación, que a nuestra sensibilidad. Para sentir la música, es preciso comprenderla. ¿No es esto decir que los sonidos no deben ser para nosotros letra muerta; que a cada uno de ellos, o al menos a las diferentes combinaciones razonadas en que entran, es preciso asociar ideas? Ahí está todo el secreto de la potencia de la armonía. Por hermosa que sea la música de una ópera que escuchamos por primera vez, si las palabras no llegan hasta nosotros, si no las comprendemos, si al menos no captamos las situaciones, la intención, el pensamiento de los actores, no podremos sino quedar mediocremente impresionados.

Lo mismo sucede con la música instrumental, que nunca llegará a excitar nuestro entusiasmo si no podemos seguir el pensamiento del compositor en sus diversas transformaciones armoniosas. En vano haréis oír las obras más notables de nuestros grandes artistas a individuos cuyas costumbres, cuyas costumbres políticas y religiosas difieren esencialmente de las nuestras; los encontraréis indiferentes, porque esas obras les hablarán una lengua que les es extraña y que no comprenden. He sido testigo de algunas tentativas de este género en Oriente, en El Cairo, en Constantinopla, donde nuestra música militar había sido introducida desde hacía varios años. Nada igualaba la perfecta indiferencia con que era escuchada por los turcos y los árabes, si no es el placer extremo, la avidez que los mismos individuos mostraban al oír los sonidos discordantes de una mala flauta y de una especie de tambor de basca en uso entre ellos. Según ciertas circunstancias relativas a los tiempos, a los lugares, a la disposición de nuestro espíritu, las más simples melodías, la música más vulgar, pueden ejercer sobre nosotros una influencia que raya en lo maravilloso, y de la que la imaginación corre con todos los gastos. Es preciso haber pasado algunos años lejos del propio país, en comarcas donde nada recordaba la imagen de las personas o de las cosas entre las que se había vivido, para darse bien cuenta de la naturaleza de las impresiones que puede hacer nacer la armonía. Es entonces cuando el más mísero músico ambulante, ejecutando aires de la patria ausente, puede elevarse a toda la altura de un Paganini.

Evidentemente la armonía no tiene más que una parte bien mínima en las emociones que os embargan; los recuerdos, el trabajo de la imaginación, lo hacen todo.


Ahora, si se quiere recordar lo que hemos dicho de la exaltación de la memoria y de la imaginación por el hachís, la influencia de la música quedará ya en parte explicada. Se concebirá que ideas, recuerdos de duelo y de muerte se alíen al punto con aires tristes y melancólicos, pensamientos de felicidad con aires alegres, recuerdos religiosos con aires religiosos, etc., y que estos pensamientos, estos recuerdos ejercen sobre el entendimiento una influencia casi sin límites. Al quedar aniquilada la reflexión, o poco menos, el alma se abandona por entero y sin reserva a impresiones que ya no tienen contrapeso y que todo, por el contrario, empuja a la exageración.

3.º — De la sobreexcitación de la memoria y de la imaginación, sobreexcitación bastante viva para no dejar sino muy poco lugar a las impresiones exteriores, unida a la excitación general del entendimiento, al desorden de las ideas, nace un estado mental particular sobre el cual ya he llamado la atención, y que no es otro que el estado de sueño. Este estado modifica las sensaciones producidas por la armonía, de tal suerte que, aunque venidas del exterior y teniendo su origen, su punto de partida en el mundo real, se asemejan a esas creaciones imaginarias que desarrolla el estado de sueño. Toman, en una palabra, todos los caracteres de los hechos psicológicos que se ha convenido en llamar alucinación. Veremos más tarde que un estado patológico de los órganos del entendimiento puede ser la fuente de fenómenos de este género.

De esta manera se explica la energía de las sensaciones, el arrobamiento, la especie de éxtasis que hace experimentar la música a quienes han tomado hachís.

La sobreexcitación de la sensibilidad especial del oído, de la memoria y de la imaginación, sobre la cual hemos dicho algunas palabras al comenzar este artículo, sería impotente para dar cuenta de ello, si no estuviera, en cierto modo, secundada por la modificación mental de que se ha tratado en último lugar. Es este un hecho de observación interior que, por lo demás, se comprenderá fácilmente si se recuerda que las sensaciones y las emociones propias del estado de sueño llegan a veces a un grado tan alto de intensidad y de potencia que nada en la vida real podría comparárseles.

La extraña influencia que ejerce la música sobre las facultades mentales cuando han sido previamente modificadas por la acción del hachís, llama naturalmente nuestra atención sobre una cuestión que, bien a menudo, ha preocupado a los médicos de alienados.

En todas las épocas se ha intentado obrar sobre el moral de los locos por medio de la música. Se ha fracasado; pero los fracasos nunca han aprovechado sino a quienes habían intentado los experimentos. Se han hecho nuevos ensayos, prometiéndose siempre montes y maravillas de un medio terapéutico que se quiere encontrar bueno a toda costa, y que parece hallarse fuera del alcance de toda especie de descrédito (1).

La música, para el hombre sano de espíritu, es una fuente fecunda de emociones; esto es incontestable.

Pero ¿ocurre así cuando nuestras facultades morales están lesionadas? ¡Es esta una cuestión que importaba zanjar ante todo, y a la cual, sin embargo, nadie parece haber pensado!... Hay otra igualmente importante, y que no ha sido mucho menos descuidada que la precedente, que nadie se ha planteado, a saber: si se encuentran alienados susceptibles de ser impresionados por la música, ¿de qué género de delirio están atacados? ¿a qué clase de enfermos pertenecen?... Proceder de una manera tan poco racional era, a nuestro entender, aplicar un remedio antes de conocer su modo de acción, o incluso antes de saber si estaba dotado de acción alguna. Obrando así, en la inmensa mayoría de los casos, según nosotros, se ha hablado a sordos. El sentido y la longitud de los discursos, las formas oratorias han podido variar, pero no por ello se ha dejado de dirigirse a individuos que no os comprendían, por la razón de que la naturaleza les ha privado de la facultad de oíros.

Además, en un pequeño número de casos, no se ha hecho sino proporcionar un nuevo alimento a la excitación que se quería calmar. He aquí los hechos en que apoyamos estas dos proposiciones:

1.º Los alienados sobre los cuales ejerce la música una influencia real (buena o mala, la cuestión no está ahí por el momento) son excesivamente raros. No entiendo hablar aquí sino de los alienados curables, desde aquellos que ofrecen más probabilidades de curación hasta los que ofrecen menos.

Hago abstracción de los dementes, que, desgraciadamente, son en todas partes tan enormemente mayoritarios. Quedan los alienados atacados de delirio parcial y los maníacos.

En vano buscaremos, entre los primeros, individuos accesibles a las impresiones musicales.

No los encontraremos sino entre los maníacos, y aún entre aquellos solamente cuyo delirio no pasa de la simple excitación.

Para dar a nuestro pensamiento todo el alcance que debe tener, añadiremos que no entendemos hablar solamente de la excitación propia del estado de manía, sino también de la que sobreviene a veces en el curso de una enfermedad mental de forma parcial, e incluso también, aunque mucho más raramente, en la demencia; pero este caso dista mucho de ser común, y no lo menciono sino por temor de ser inexacto.

Es una observación que debe hacerse: entre los alienados, solo aquellos son susceptibles de ser impresionados más o menos vivamente por la música que, por el estado de su espíritu, tienen mayor semejanza con los individuos que han tomado hachís.

Desde hace algunos años, como cada cual sabe, se hace mucha música en el hospicio de Bicêtre.

Varias veces por semana, quinientos o seiscientos alienados asisten a grandes conciertos, en los cuales algunos de ellos, cuando tienen la dicha de haber recobrado la salud, toman a veces parte, y cuyos principales actores se reclutan entre los epilépticos no alienados, y entre los ancianos llamados reposantes, que, ellos, están encargados de la parte instrumental.

Gracias a la juiciosa elección de las piezas que componen el repertorio, y, por encima de todo, al celo infatigable de un joven profesor (el señor F. Ronger, antiguo alumno de Wilhem) cuyo distinguido talento merecería brillar en otro teatro, estos conciertos distan mucho de ser tan defectuosos como podría pensarse, y la música que en ellos se ejecuta está hecha para impresionar vivamente al género de oyentes a cuyos oídos se dirige.

Veamos, pues, el resultado, y, para juzgarlo por nuestros propios ojos, entremos en la sala destinada a los conciertos, y en la que resuenan en este momento aires de Gluck y de Lully, con acompañamiento de órgano expresivo, de violines, violonchelos, flautas, etc.

La concurrencia está dividida en dos partes, que importa no confundir. La primera, la más numerosa, se compone de los simples oyentes; la segunda, a cuya cabeza veis el órgano expresivo sostenido por el profesor de canto y la doble fila de instrumentistas, no cuenta en sus filas sino a ejecutantes. Ahora fijemos nuestra atención en todas esas fisonomías, cuya edad, cuya naturaleza de la enfermedad, cuyo color de las ideas dominantes varían tan asombrosamente los caracteres. Solo que pasemos las dos o tres primeras filas de los ejecutantes; no hay allí sino epilépticos, no tenemos que habérnoslas con esos enfermos. ¿No quedáis impresionados por la inmovilidad de todos esos rostros, por la impasibilidad evidente, por la completa indiferencia con que todos esos individuos que tenéis ante los ojos escuchan, debería decir más bien oyen la música que se hace con su intención, y cuyos modos hábilmente variados se dirigen, sin embargo, a las diferentes situaciones de su espíritu? ¡Cómo! ¡Ni siquiera el canto mismo de la Parisienne y los redobles de los tambores sabrían conmoverlos! No los perdáis de vista un solo instante y decidme, en conciencia, si podéis sorprender, por pasajero que sea, el menor signo que revele la potencia de la armonía sobre esos pobres cerebros desorganizados; si os apercibís de que ese lipemaníaco que veis allá abajo en ese rincón oscuro, los ojos fijos hacia el suelo, el codo apoyado sobre sus piernas cruzadas y la mitad del rostro oculto en la palma de la mano, semejante al pensieroso de Miguel Ángel, si ese lipemaníaco, digo, ha hecho tregua un solo minuto a las ideas negras que le preocupan; si ese otro, todo henchido de orgullo y lleno de ideas de grandeza, ha cesado de mantener la cabeza alta y de lanzar en torno suyo miradas de desdén y de desprecio; si ese joven maníaco cuya estado inclina hacia la cronicidad, ha cesado un solo instante de mascullar entre dientes, llevando a derecha e izquierda sus miradas inciertas, y gesticulando sin cesar de manera que importuna a sus vecinos. No llamo vuestra atención sobre esa multitud de rostros sin expresión, máscaras de carne, cuya inteligencia se ha retirado.

Son pobres enfermos en demencia, y no están ahí sino para hacer número. Hay, sin embargo, algunos entre ellos que escuchan con cierta atención; los veis incluso sonreír cuando la música estalla con fuerza, y cuando el rinforzando está en su más alto grado. Pero ¿qué prueba eso? que individuos en demencia son todavía susceptibles de emociones: ¿quién lo ha dudado jamás? ¿Tenéis por eso la pretensión de curarlos con música? Nunca habéis pensado en ello. Que un pobre demente escuche vuestra música con placer, con pasión, si queréis; que la haga por sí mismo, y bastante buena, como se ve con bastante frecuencia; tanto mejor para él, sin duda; son otras tantas dulces distracciones que aligeran su infortunio, pero que no sabrían, en fin, arrancarle de su incurabilidad. Ninguna armonía, ningún maestro, llámese Mozart, Beethoven o Rossini, sabrían devolver la inteligencia a quien la ha perdido. Concebiría todavía la posibilidad de utilizar la influencia de la armonía, mientras las facultades no están debilitadas, degradadas, para restablecer, como era la opinión de los pitagóricos y del filósofo de Ginebra, «la armonía intelectual por la armonía sensual»; pero hemos hecho ver que los alienados que se encontraban en este caso, los locos de ideas fijas, estaban, por la naturaleza del delirio a que son presa, completamente sustraídos a esta influencia.

Hay, sin embargo, otra clase de alienados que se encuentran en el mismo caso, es decir, cuyas facultades, lejos de estar debilitadas, están por el contrario más o menos exaltadas, y algunos de los cuales pueden ser impresionados de la manera más enérgica por el mismo medio que hemos visto fracasar en los enfermos entregados a ideas fijas; son los maníacos en estado de simple excitación.

Ya hemos expresado esta opinión, y no la recuerdo aquí sino para llegar a los hechos en que se funda. Estos hechos son en muy pequeño número.

Dos solamente, en el espacio de cuatro años, han podido ser observados por nosotros. Se refieren a dos maníacos del servicio del señor doctor Voisin, mi honorable colega. Uno de ellos estaba atacado de parálisis general, con ideas de grandeza, de fuerza, de poder, etc. Su estado habitual era una viva excitación, que nunca llegaba hasta la furia, y una alegría inalterable. El otro, cuya observación hemos referido al final de este trabajo, estaba igualmente en un estado de excitación habitual, con ideas ambiciosas, pero sin parálisis. En estos dos enfermos, el primero sobre todo, hemos podido comprobar, en diversas ocasiones, una impresionabilidad verdaderamente extraordinaria, y de la cual la acción del hachís nos ha proporcionado solos algunos ejemplos.

Apenas los primeros cantos empezaban a herir su oído, cuando L*** se levantaba precipitadamente del banco en que estaba sentado, avanzaba al centro de la sala y allí se entregaba a una mímica en relación con la naturaleza de la música que se ejecutaba. Su rostro extremadamente móvil, los ojos ya animados, ya abatidos o llenos de lágrimas, los gestos, las actitudes variadas de su cuerpo parecían expresar vivamente las emociones de su alma. Nada podría pintar la energía de su pantomima cuando un canto guerrero se dejaba oír. Era un soldado intrépido que marchaba al ataque de una columna enemiga, la bayoneta por delante, o bien un jinete montado sobre un caballo fogoso, batiéndose a derecha e izquierda, rechazando con su sable a los enemigos que lo rodeaban. Todo aquel ardor, todo aquel ímpetu caía inmediatamente cuando los cantos cesaban, y si volvían a empezar en un modo melancólico, una expresión indecible de tristeza, de desaliento, de dolor ensombrecía su mirada, parecía encadenar todos sus movimientos.

Los efectos que hemos observado en el segundo enfermo diferían poco de los que acabamos de describir. Eran menos intensos, lo que sin duda provenía de un grado menor de excitación.

No poseemos, como hemos dicho hace un momento, más que estos dos ejemplos de la influencia de la armonía en el caso de excitación maníaca. Serían mucho más numerosos, no lo dudamos, si, en lugar de hacer terapéutica musical sobre los alienados en masa, de ensayar la potencia de los sonidos y de los ritmos indistintamente sobre todos, cualquiera que sea el género de su delirio, así como se ha practicado hasta el día, se hubiera sometido a esta medicación mixta que parece gozar de una acción a la vez física y moral, precisamente a aquellos de entre los alienados a quienes se ha tenido cuidado de prohibir la entrada a las salas de concierto, a causa del desorden que su turbulencia introduciría allí infaliblemente.

De lo que acabamos de decir, todo el mundo, pienso, concluirá con nosotros que sería legítimo esperar algún éxito en el caso particular que señalamos. Del método seguido hasta aquí, no hay que esperar nada bueno; la excitación del maníaco no puede sino acrecentarse y su estado empeorar.

§ VI. — Octavo fenómeno: Ideas fijas; convicciones delirantes.

Este género de lesión intelectual, tan frecuente en la enajenación mental, y que constituye por sí solo la clase de alienados más numerosa, la de los monomaníacos, se encuentra igualmente en el hachís, pero entonces solamente cuando el delirio es llevado a un grado muy elevado, y al que se entrega uno rara vez de propósito deliberado.

No he tenido más que una vez la ocasión de observarlo en mí mismo, y esta ocasión, lo confieso, no la había buscado; la dosis de hachís había sido un poco forzada. Era en la época en que me entregaba a mis primeras experiencias, en 184'. Todavía mal aguerrido, me dejé espantar por los efectos que experimentaba. La idea me vino de que estaba envenenado. Éramos tres los que habíamos tomado dawamesc, el señor *** y el doctor Aubert Roche. Al principio, no acusaba a nadie; notaba bien que mis dos comensales estaban infinitamente menos agitados que yo; no sacaba de ello, sin embargo, ninguna conclusión que les fuera desfavorable. Insensiblemente, en mi exaltación creciente, me persuadí de que el colega que había traído el hachís me había dado a mí uno de una calidad diferente y mucho más activa, que lo había mezclado con el extracto puro.

—Es una prueba —me decía— que ha querido hacer; ¡es una grave imprudencia!... Pero ¿quién me responde que no ha querido envenenarme?... Ha querido envenenarme; y exclamar con fuerza:

«¡Aubert, sois un asesino, me habéis envenenado!» El aire jovial con que éste escucha mis lamentaciones, las palabras de consuelo que me da, no hacen sino acrecentar mi convicción. Luché algún tiempo contra este pensamiento, cuya absurdidad no desconocía en modo alguno. Pero como se representaba incesantemente a mi espíritu a través de las mil y una otras ideas que lo asediaban, acabaron por dominarme de la manera más absoluta. —Pronto una ilusión, de la que daré cuenta más tarde, hizo surgir otro pensamiento loco, que parecía ser una consecuencia del primero, pero que era mucho más extravagante: yo estaba muerto, se estaba a punto de enterrarme, es decir, mi cuerpo estaba muerto; mi alma había salido de él. —Sin duda la conciencia oscura que me había quedado, si no de mi personalidad, al menos de mi existencia, me hacía establecer esta importante distinción. —Era difícil llevar más lejos la extravagancia. Pueden encontrarse semejantes ideas en los alienados; pero distan mucho de ser comunes. En algunos minutos, había recorrido todos los grados del delirio parcial mejor caracterizado. —Un joven que había tomado hachís fue presa del terror y se persuadió de que iba a morir. Se burlaron de él. A alguien se le ocurrió suspender un travesaño en la pared, y mostrándoselo: —Sois vos, dijo, a quien se ha ahorcado así; ya no sois de este mundo.

—Bien lo sabía yo, exclama el pobre diablo; es horrible, ¿no es cierto, morir tan joven, y de esta manera!

Cuando la excitación producida por el hachís es poco intensa, las convicciones fijas, erróneas, se presentan todavía, e incluso en muy gran número; pero son fugaces, no hacen sino aparecer y desaparecer. Sólo difícilmente y únicamente a favor de un grave desorden penetran profundamente en el espíritu y permanecen en él más o menos tiempo. Es que, durante largo tiempo, son combatidas por el sentimiento íntimo, por la conciencia que sabemos tan vivaz en medio de los trastornos causados por el hachís. En el caso de delirio espontáneo o de locura, las ideas fijas, cualquiera que sea su naturaleza, tienen por carácter esencial dominar la inteligencia de una manera exclusiva, absoluta, absorber en ellas la personalidad del individuo. No podría ser de otro modo con las ideas fijas desarrolladas por el hachís, las cuales no podrían existir con sus caracteres distintivos sino en tanto que la conciencia, el yo, están falseados y participan del desorden general.

Veamos ahora lo que nos enseña la observación íntima sobre la manera en que se forman estas ideas.

Volvamos a lo que pasa en nuestro espíritu, en este estado de ensueño, en estos momentos en que dejamos nuestras ideas ir, por así decirlo, adonde bien les parece, libres de toda coacción.

Se agitan en tropel en nuestro espíritu; pero distan mucho de sernos todas indiferentes, pues despiertan más o menos vivamente nuestra atención según se vinculen a alguna pasión dominante, a algún instinto de nuestra naturaleza, secreto o confesado. Soldado ambicioso, soñaréis batallas, grados, honores; seréis coronel, mariscal de Francia.... Fanático religioso, pensaréis en el infierno, en los tormentos que esperan a los condenados; y vos mismo, si no tenéis la dicha de ser del pequeño número de los elegidos, os representaréis al demonio apoderándose de su presa, antes incluso de que vuestra alma haya sido desligada de sus lazos mortales. O bien el paraíso y sus alegrías inefables cautivarán vuestros pensamientos, entraréis en relación con la divinidad, le dirigiréis la palabra, y ella os responderá.... Enamorado, seréis el dueño, el esposo de aquella a quien adoráis; todos vuestros deseos se realizarán; su imagen estará sin cesar ante vuestros ojos, embellecida por vuestra imaginación. Lleno de odio y de sentimientos de venganza, perseguiréis a vuestro enemigo con invectivas y palabras de maldición...., etc.

En el estado normal, es decir, en nuestro estado de potencia reflexiva y de perfecta independencia, de self-power, según la enérgica expresión inglesa, vemos estas ideas agitarse en nuestro espíritu, como si nos fueran en cierto modo extrañas; el menor impulso partido de nuestra voluntad las hace variar hasta el infinito, como las imágenes del calidoscopio que nuestra mano agita; nos desembarazamos de ellas sin pena.

Pero, así como ocurre por la acción del hachís o por causas de una naturaleza diferente, que esta potencia intelectual, de la que hablábamos hace un momento, llegue a debilitarse, a aniquilarse, incluso completamente, pasajera o permanentemente, y al punto este pensamiento, este sueño, que no hacía sino atravesar vuestro espíritu, se transforma en convicción, en creencia fija, porque la reflexión guiada por la conciencia íntima no viene a combatirla, a acusarla de impostura y a hacerla rechazar. En el hachís, a menos, como hemos dicho, que la excitación sea excesiva, las ideas fijas son muy efímeras. Uno se sorprende, a veces, imaginando las cosas más increíbles, las más monstruosas extravagancias a las que uno se abandona en cuerpo y alma; luego de repente, como por relámpagos, la reflexión os vuelve, recobráis vuestro poder sobre vosotros mismos, reconocéis el error al que os dejabais ir; estabais loco, en una palabra, y os habéis vuelto razonable. Pero quedáis convencido de que, llevando las cosas un poco más lejos, la idea fija tenía gran probabilidad de dominaros completamente y por un espacio de tiempo cuyo término no podría fijarse.

Como se ve, es un punto sobre el que no se equivocará nadie, espero, no es teoría en materia de psicología lo que hacemos aquí; señalamos simplemente hechos de observación íntima; describimos fenómenos que cada cual está en condiciones de verificar tan bien como nosotros, y que, a nuestros ojos, tienen la misma garantía de certeza que las operaciones normales de nuestro espíritu que son más fáciles de apreciar y sobre las cuales nadie ha elevado jamás duda alguna.

Locke ha dicho en algún lugar, hablando de las convicciones delirantes de los alienados: «No me parece que los locos hayan perdido la facultad de razonar; pero habiendo unido inoportunamente ciertas ideas, las toman por verdades.» Y en otro lugar: «Después de haber convertido sus propias fantasías en realidades, por la fuerza de su imaginación, sacan de ellas conclusiones muy razonables.»

Hasta aquí, no se ha ido más allá de esta explicación dada por el filósofo inglés. ¿Es necesario demostrar su insuficiencia? Locke se limita evidentemente a expresar el hecho fundamental de la locura con estas palabras: habiendo unido inoportunamente ciertas ideas. No dice, no intenta siquiera decir por qué esta asociación viciosa ha tenido lugar, y sobre todo cómo ocurre que aquellos en quienes se ha operado se dejan imponer por sus ideas falsas, se adhieren a ellas irresistiblemente, de tal suerte que ningún razonamiento, ninguna potencia moral pueda apartarlos de ellas. ¿Acaso todos los días, a cada instante, si nos examinamos atentamente, no se forman en nuestro espíritu semejantes asociaciones, sin que nos dejemos inducir en error por ellas? Locke parece tomarla con la imaginación; pero no indica la fuente donde la imaginación saca esta fuerza enteramente nueva, extraordinaria. Lo que acabamos de decir prueba que reside esencialmente en la excitación, hecho primitivo generador de todos los fenómenos del delirio.

En efecto, si me he hecho comprender bien, si no se ha olvidado en el seno de qué circunstancias, de qué condiciones intelectuales las ideas o convicciones delirantes han nacido y se han fijado en el espíritu, se reconocerá desde luego este fenómeno de la excitación del que tan grande sería mi dicha dar una idea exacta, y que llamaría de buen grado una disolución, una desagregación molecular de la inteligencia, si osara expresarlo como lo siento. La idea fija es el resultado de esta descomposición intelectual, resultado que persiste aun cuando en muchos aspectos esta descomposición ha cesado y la inteligencia se ha, en cierto modo, recompuesto: es la idea principal de un sueño que sobrevive al sueño que la ha engendrado.

El modo de generación que acabamos de reconocer para las ideas fijas nacidas bajo la influencia del hachís, la inducción más legítima nos autoriza, según me parece, a admitirlo para aquellas que caracterizan los diversos géneros de enajenación mental comprendidos bajo el nombre genérico de delirio parcial.

Veamos todavía si la observación ordinaria no nos proporciona nuevas pruebas de ello.

Digamos primero, o más bien repitamos lo que se ha dicho en nuestros prolegómenos: se trata aquí de un hecho todo de conciencia, de observación íntima, que nada revela al exterior, si no es algunos síntomas, demasiado fugaces las más de las veces para poder ser advertidos. La exploración, en este caso, debe pues dirigirse directamente a los enfermos mismos.

A ellos toca decirnos lo que han experimentado, lo que han sentido; y en una palabra, de su propia boca debemos aprender lo que buscamos saber. Por nuestra parte, precisando bien nuestras preguntas, hagamos de modo que los pongamos sobre la pista; ellos no entrarían jamás en ella por sí mismos.

Examinemos primero en qué circunstancias se desarrollan las convicciones delirantes en los alienados.

Físicas o morales, las causas morbosas tienen por resultado inmediato conmover de una manera más o menos brusca las facultades intelectuales exagerando su acción, dicho de otro modo, sobreexcitándolas. Antes de toda idea fija, ha existido ese estado de excitación general de las facultades intelectuales, esa agitación confusa, rápida de las ideas, esa especie de movimiento oscilatorio de la acción nerviosa, que caracterizan el hecho psicológico que hemos nombrado: hecho primordial.

Tomemos por ejemplo las afecciones tristes, que son incomparablemente la causa más frecuente de las ideas lipemaníacas. Su acción es tanto más temible cuanto que es brusca e instantánea.

Ahora bien, que se examine de cerca esta acción, y se le encontrará una completa analogía con los resultados inmediatos de una conmoción más o menos fuerte impresa al cerebro, de una congestión de este órgano, de un síncope o de un desvanecimiento, etc., es decir, turbación, oscurecimiento más o menos rápido y completo de la facultad de pensar, disociación de las ideas, pérdida más o menos completa, pero poco duradera, de la conciencia íntima.

Las cosas no pasan jamás de otro modo, sea cual fuere la naturaleza de las causas que se haga intervenir en la producción de las ideas fijas.

No podemos invocar en apoyo de lo que acabamos de decir el testimonio de los autores que han escrito sobre la enajenación mental. He aquí la razón.

Las investigaciones que se emprenden acerca de las causas de la locura, los primeros síntomas que han señalado su invasión, etc., se limitan exclusivamente a los accidentes físicos y morales que han parecido tener las relaciones más inmediatas con la manifestación del delirio, o incluso, si se quiere, con los cambios más insignificantes que han podido sobrevenir en el carácter, las costumbres, las afecciones del enfermo; no se va más allá. — M..., tras haber sufrido vivos pesares, o bien a consecuencia de un violento acceso de cólera, o bien aún por efecto de la supresión de un flujo hemorroidal, se vuelve taciturno, extravagante; se persuade de que atentan contra sus días. Sus costumbres han cambiado por completo. Era ordenado, económico; se ha vuelto disipador y pródigo, etc.

Tal es la fórmula invariablemente seguida para la descripción de los diferentes casos de enajenación. Pero se advierte que desde el punto de vista psicológico hay ahí profundas lagunas, y que las cosas no han sido vistas más que por su lado superficial.

Para penetrar más adelante en la enfermedad naciente, seguirla paso a paso en su desarrollo, no sólo exterior y sensible, sino interior, en el fondo mismo de la conciencia, es sobre sí mismo sobre lo que hay que poder estudiarla; o bien aún, aunque sea infinitamente menos seguro, hacérsela dar cuenta a los enfermos mismos.

Se encuentran, en efecto, a veces, demasiado raramente por desgracia, enfermos colocados en circunstancias excepcionales de educación que, sea después de una buena y completa curación, sea en los intervalos de salud que les dejan ciertas intermitencias, son perfectamente capaces de proporcionarnos los más preciosos informes, si se llega a dirigir su pensamiento hacia el asunto que nos ocupa.

Entre los alienados con delirio parcial, se encuentra, como se sabe, cierto número en los cuales esta forma de delirio ha sido precedida por la que resume en su más alta expresión, al comienzo y en el curso de la enfermedad, la modificación primitiva a la que vinculamos todas las lesiones intelectuales, el desorden maníaco. En este caso, al menos, es incontestable que, siguiendo las expresiones de que Esquirol se sirve para caracterizar especialmente la manía, «la multiplicidad, la rapidez, la incoherencia de las ideas, en una palabra, el trastorno de todos los elementos de la inteligencia» han precedido a las ideas fijas.

Estas palabras del maestro, estamos en derecho de reivindicarlas para toda especie de delirio parcial.

Apelaré al recuerdo de los médicos que tienen alguna costumbre de los alienados, que han vivido entre ellos; cuando estos enfermos estaban en estado de comprenderlos, les han dirigido a menudo esta pregunta u otras semejantes: «— ¿Cómo comenzó vuestra enfermedad? ¿Cómo habéis podido meteros en la cabeza ideas tan absurdas, tan extravagantes? — Esto me causó tanto pesar, me sentí tan vivamente conmovido que me sentí todo trastornado; ya no estaba en mí en absoluto; había perdido la cabeza; mis ideas estaban patas arriba; ya no sabía lo que decía ni lo que hacía, y entonces me imaginé que» Es la idea fija, la idea que, en lo sucesivo, dominará la inteligencia y sobrevivirá a la turbación general, al trastorno de las facultades, que, por su parte, habrá pasado con la rapidez del relámpago.

Las ideas fijas no toman siempre así la inteligencia por asalto; tienen, a veces, cierta lucha que sostener con la conciencia íntima. Es el momento de las incertidumbres, de la irresolución, de la ansiedad, de la movilidad extrema de los pensamientos, en una palabra; es todavía excitación, menos intensa si se quiere, y, permítaseme la expresión, más diluida que en el primer caso; pero es siempre el mismo fenómeno psicológico, es el hecho primordial.

Una vez declarado el delirio parcial, una vez que las convicciones delirantes han, por así decirlo, tomado carta de naturaleza en la inteligencia, es extremadamente raro que permanezcan en ella en un estado estacionario. Su intensidad, el grado de influencia que ejercen sobre el conjunto de las facultades morales, las determinaciones del individuo, distan mucho de ser siempre las mismas. A veces incluso desaparecen por completo, para reaparecer después, casi siempre con una energía nueva y una autoridad más absoluta. En otros términos, sufren fases de remitencia y de intermitencia.

Que se estudien con un cuidado escrupuloso y perseverante las modificaciones que acabamos de señalar, las circunstancias en que se desarrollan; que se interrogue minuciosamente a los enfermos sobre lo que experimentan en el momento mismo en que sus ideas fijas los apremian más — para recorrer de seguida los dos puntos extremos, en unos serán simplemente los signos exteriores de una ligera excitación que contrastará con la calma de que gozaban anteriormente; en otros, aparecerán de repente, o en una progresión rápida, todos los síntomas que caracterizan la manía intensa. El mayor número ofrecerá síntomas intermedios tales como, durante el sueño, agitación, ensueño, pesadilla, despertar sobresaltado, etc.; durante la vigilia, irresolución, movilidad de las ideas, ensimismamientos, distracciones de toda especie, temor vago, presentimientos, sentimiento de presión en la región precordial. Luego, en el seno de estos desórdenes siempre crecientes, reaparición de las ideas fijas, primero fugaces, pasajeras, y pronto por fin recobrando todo su imperio. Nadie ignora que, en los hospicios y en nuestras casas de salud, hay que redoblar la vigilancia respecto de los monomaníacos a quienes sus ideas fijas hacen peligrosos para los demás o para sí mismos, cuando aparecen algunos signos de excitación.

Lo que prueba todavía de una manera que no deja réplica que las modificaciones intelectuales que acabamos de señalar son bien la fuente primera de toda idea fija, es que frecuentemente los enfermos en quienes se las observa olvidan, dejan, por así decirlo, de lado sus ideas fijas habituales, para adoptar otras nuevas, las más de las veces en el sentido de su preocupación actual.

¿No es éste el estado particular del cerebro que Esquirol ha nombrado con esa pintoresca y a la vez esa verdad de expresión que le son familiares, un estado cataléptico? De ello citaré dentro de un momento un ejemplo notable. He aquí dos que tomo de Esquirol:

«Una dama cree que su marido quiere matarla de un escopetazo, se escapa de su castillo y va a arrojarse a un pozo; se le dice que si se la quisiera hacer perecer, el veneno es un medio más fácil: al punto teme el veneno y rechaza toda especie de alimento.

»Un melancólico se cree deshonrado; después de haber buscado vanamente tranquilizarlo, se le dan consuelos tomados de la religión, y pronto se persuade de que está condenado.»

Roto una vez el lazo de la asociación regular de las ideas, los pensamientos más extraños, más extravagantes, las combinaciones de ideas más singulares se forman y se instalan, por así decirlo, por autoridad, en el espíritu. La causa más insignificante puede darles nacimiento, exactamente como en el estado de sueño. «La ciudad de Die está dominada por una roca que se llama el F; un joven se aviene a añadir la letra v a la palabra Die, hace de ella la palabra Dieu, y todos los habitantes de Die son dioses para él. Pronto reconoce la absurdidad de este politeísmo, y concentra entonces la divinidad en la persona de su padre, como siendo el individuo más respetable de aquella comarca.» (Esquirol.) En la manía, o simplemente en la excitación maníaca, estas asociaciones viciosas se hacen y se deshacen con la misma rapidez; el enfermo es el juguete de las convicciones más variadas. En el delirio parcial, sólo algunas de estas combinaciones que, por la reacción probable de alguna pasión enérgica, han sobrenadado, por así decirlo, en medio de esta confusión, de este caos de ideas, ocupan exclusivamente el espíritu.

El señor X..., negociante retirado de los negocios desde algunos años, se preocupaba mucho por el matrimonio de una hija única sobre la cual había concentrado todos sus afectos. Aportaba a este importante asunto la irresolución, la incertidumbre, la prudencia meticulosa y temerosa que constituían el fondo de su carácter, y que, esta vez, estaban acrecentadas por toda la vivacidad de su amor paternal.

Esta irresolución había sido causa de que diversos partidos muy convenientes hubieran sido rechazados. De ello se habían seguido ensueños, y el señor X... se hacía a sí mismo amargos reproches, temiendo haber comprometido la felicidad de su hija. Habiendo ésta por fin alcanzado una edad que ya no permitía apenas diferir, el señor X... aprobó las pretensiones de una persona que le parecía reunir las condiciones de fortuna y de posición social que deseaba. Ya las cosas estaban muy adelantadas, cuando el señor X..., recayendo en su estado de indecisión, creyó deber pedir nuevas prórrogas.

Poco después, su razón pareció evidentemente alterada. El señor X... temía haber faltado a las más simples exigencias de la probidad y de la lealtad, obrando con una prudencia injuriosa respecto de su futuro yerno. Éste no podía dejar de querer vengarse atacándolo en calumnia ante los tribunales. Desde entonces, era un hombre perdido, deshonrado; su vergüenza repercutiría sobre toda su familia.

No vio ya más que un medio de prevenir todas estas desgracias: era matarse. Afortunadamente, sus funestos designios no escaparon a la vigilancia de su familia, que supo desbaratar todas sus tentativas.

El señor X... fue traído a nuestro establecimiento.

Tales son los síntomas de la enfermedad, descritos según los informes proporcionados por los parientes.

Pero no sabríamos atenernos a este examen superficial, que no nos enseña absolutamente nada del estado psicológico del enfermo. Es el señor X... mismo quien suplirá esto.

Algunas semanas después de su llegada al establecimiento, el señor X... recobró la razón. Estuvo en estado, no sólo de dar cuenta exacta de lo que había pasado en el último tiempo, sino también de remontarse a la época en que comenzó a estar enfermo. Transcribiré fielmente sus propias palabras.

Habiéndole preguntado cómo había podido meterse en la cabeza ideas tan absurdas como aquellas de que

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tan a menudo nos había entretenido; si le era posible darse cuenta de ello: —Eso, dijo, no es cosa fácil; todo ello está muy confuso en mi espíritu. Lo que sé es que pocos días antes, sin que pueda explicarme por qué, estaba como aturdido; por momentos, apenas sabía lo que hacía. Tenía distracciones increíbles; me sorprendía pensando en cualquier otra cosa que la que hubiera querido. Lo que nunca me había ocurrido, hablaba a solas, o más bien murmuraba algunas palabras sin ilación. Sentía bien que mi cabeza fermentaba, pero no experimentaba en ella ningún mal, y no habría pensado en pedir consejo a mi médico, si, fatigado de no tener ya sueño desde algún tiempo, y atormentado por no sé qué funestos presentimientos, no hubiera temido por fin caer enfermo.

Estos presentimientos no eran sino demasiado fundados; pues pocos días después, habiendo empeorado mi estado, experimentando en la cabeza una especie de vacío inmenso, al mismo tiempo que sentía sobre el estómago como un peso que me impedía respirar, de repente me vino a la idea que M...., descontento de mis procederes, podría entablarme un proceso, perseguirme por difamación. Desde entonces, ese maldito pensamiento no me ha abandonado más...

—En vuestros momentos de insomnio, ¿no estabais atormentado siempre por las mismas ideas, el temor de haber ofendido a M....?

—Dios mío, no; en mis crisis, en mis

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accesos de fiebre moral, como yo decía, no pensaba en nada a fuerza de pensar en demasiadas cosas a la vez. Sólo cuando recobraba un poco de calma me preocupaba de todas esas necedades.

Los primeros días de su llegada a Ivry, el señor X... parece algo quebrantado en sus falsas convicciones, por la medida que se acababa de tomar respecto a él. Habla de ello continuamente, pero con una especie de contención; es incluso fácil llamar su atención sobre temas ajenos. Algún tiempo después, una mañana, al salir de su lecho, el señor X... es presa de una excitación bastante viva. Una profunda inquietud está pintada en su fisonomía. Los ojos están animados; la lengua está cubierta de un baño amarillento; el aliento es fuerte y fétido; la piel seca; el pulso varía de 72 a 76. El señor X... está siempre en movimiento; va y viene como si no supiera qué hacer, ni a qué agarrarse. Ya no espera sino que se le dirija la palabra, para hablar de sus pesares, de sus temores. Es una verdadera excitación maníaca injertada sobre el delirio parcial, pues todos sus pensamientos conservan la impronta de sus falsas convicciones; pero entonces estas convicciones han adquirido una potencia de arrastre extraordinaria que exige la más activa vigilancia. Por primera vez, el señor X... ha tenido una alucinación.

Ha sido, dice, despertado sobresaltado por una voz que le ha dicho en diversas ocasiones y de una manera perfectamente inteligible: «No podrás du-

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darlo, habrá proceso; estás perdido, tú, la mujer, ¡y tu hija!...» En pocos días, el mal ha adquirido toda la violencia de un acceso de manía, pero sin incoherencia en las ideas: es la pasión maníaca unida a la fijeza de las ideas lo que caracteriza el delirio parcial. Como cada cual sabe, los principales caracteres del delirio maníaco son: 1.º el desenfreno, la incoherencia de los pensamientos; 2.º una especie de irritación, de cólera, de furor siempre inminentes y prontos a hacer explosión; en el señor X..., son las pasiones puestas en juego por sus ideas fijas las que parecen rugir en su seno, oscurecen su sentido íntimo, arrastran su voluntad, demasiado debilitada por la conmoción cerebral para resistir al menor impulso. Bien evidentemente, las ideas fijas no han cambiado de naturaleza y han permanecido lo que eran antes; pero la excitación maníaca (no se ha olvidado lo que entendemos por ello: movilidad de las ideas, rapidez de concepción, vivacidad de sensaciones íntimas, ensueño, etc.) les ha comunicado una energía, una violencia que no les es habitual. Este estado ha durado cuatro o cinco días; tras lo cual, bajo la influencia de una medicación derivativa muy enérgica, el señor X... recobró poco a poco su calma habitual y acabó incluso por restablecerse completamente.

Aquí comienza un nuevo y corto período de síntomas que parecen ser la contraprueba del que acabo de dar cuenta.

Así como hemos visto las ideas fijas vol-

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verse más intensas a consecuencia del agravamiento del desorden general, así las veremos debilitarse a medida que el desorden disminuya. Fue fácil, en efecto, seguir por así decir paso a paso estos dos órdenes de síntomas en su decrecimiento progresivo. Vuelto más calmoso, el señor X... era más accesible a nuestros consejos, que comprendía mejor, y que incluso le llevaban a reflexionar; se ponía cada vez más en relación con las cosas exteriores. Antes casi enteramente concentrada en sí mismo, su existencia moral comenzaba a expandirse hacia fuera. Daba más asidero a los razonamientos con que se combatían sus ideas dominantes.

Así, insistamos en este punto, pues es importante, con el cese gradual de la excitación, desaparecían, no las ideas fijas, sino la convicción, la tenacidad inquebrantable sobre la que se apoyaban. De absolutas, de irresistibles, de fatales que eran, mientras duraba la modificación psico-cerebral que les había dado nacimiento, se vuelven cada vez más semejantes a las simples ideas erróneas a las que nadie escapa en el estado de salud moral más perfecto.

Llegado a este período, el señor X..., que por mil razones, unas plausibles, al menos en apariencia, las otras evidentemente absurdas, no había querido hacer hasta aquí ninguna concesión, y se había entregado a todo el arrastre de sus ideas dominantes, sosteniéndolas aún, declaró sin embargo que si

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una persona en quien tenía toda confianza y que estaba bien al corriente de sus asuntos, su hermano, venía a asegurarle que estaba en el error, le creería. Su hermano fue admitido a visitarle, y el señor X..., tras algunas horas de conversación con él, nos anunció que ya no creía nada de todo cuanto nos había dicho, trató todo aquello de quimeras, etc.: estaba curado.

Quien no hubiera seguido, como yo lo he hecho, el delirio en todas sus transformaciones, día por día, hora por hora, habría podido sin duda alguna equivocarse sobre los caracteres de semejante curación y atribuirla a una influencia enteramente moral. (Los autores han consignado más de un hecho de esta naturaleza, y estos hechos han sido tan mal interpretados, al menos a mi entender, como éste habría podido serlo.)

Pero ello no ha sido sino aparente; pues cuando el enfermo pudo conversar con su hermano, ya los caminos estaban preparados; la causa orgánica de la enfermedad había casi enteramente desaparecido; el enfermo había dejado de ser juguete de una idea fija, para caer bajo el yugo de un simple error; y este error, nada tiene de extraño que se disipara ante la afirmación de una persona en quien el señor X... tenía confianza.

Como he dicho anteriormente, la mejoría que he señalado en el estado del señor X... no ha durado sino muy poco tiempo, cuarenta y ocho horas a lo sumo.

Desde entonces, la enfermedad ha perseverado conservando su tipo remitente, con los síntomas señalados

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más arriba, salvo, sin embargo, algunas modificaciones en la naturaleza de las ideas fijas, sobre las cuales importa detener un momento nuestra atención.

Casi en cada acceso, estas ideas se han dirigido a temas diferentes. En un principio, debe recordarse, eran relativas a un pretendido proceso del que el señor X... se creía amenazado por su futuro yerno. Más tarde, perfectamente tranquilizado sobre este punto, el señor X... se persuadió de que una persona con quien, ya hace muchos años, tuvo algunas diferencias relativas a asuntos de comercio, renovando querellas extinguidas, y dando curso a rencores disimulados hasta el día, iba a ponerlo todo en obra para perderle, quitarle su fortuna adquirida por veinte años de trabajo.

Otra vez, es sobre su salud sobre lo que se vuelven sus temores. Tantos emociones, tantas irregularidades de régimen ocasionadas por sus extravagancias le habían, decía, arrojado a un estado de quebranto del que no podía levantarse; su existencia era en adelante imposible. En fin, en último lugar, creyéndose culpable de toda suerte de malas acciones, la policía, que hasta allí se había mostrado tolerante a causa de su estado de enajenación mental, no esperaba sino su entero restablecimiento para apoderarse de su persona.

Estas variaciones tan numerosas y tan fáciles de las ideas fijas, ¿no son un indicio cierto de que, fuera de estas mismas ideas, existe un estado parti-

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cular del entendimiento, que es su fuente primitiva y necesaria?

Entre algunas otras observaciones del mismo género, la que acabamos de referir ocupa el primer rango, por sus caracteres fuertemente acusados y capaces de fijar la atención. No es común encontrar enfermos que puedan analizar con alguna exactitud sus sensaciones íntimas, aun cuando la conciencia está, por así decir, pronta a escapárseles. Lo más a menudo el observador queda reducido a los signos exteriores, y sabemos que hay ahí numerosas probabilidades de error, dado que estos signos pueden faltar aun cuando el desorden psíquico primitivo es bastante intenso. Es precisamente lo que ha ocurrido en el señor X... al comienzo de su enfermedad. Ya, en efecto, sus ideas estaban, así como él mismo lo dice, del todo embrolladas; al menos por momentos, su cabeza ya no estaba allí; no se veía aún en él sino irresolución, una debilidad de carácter que no sabía tomar ninguna determinación.

Citaré aún uno o dos hechos más que, si son menos completos en algunos aspectos que el precedente, pueden no obstante contribuir a despertar la atención de los observadores sobre el tema que nos ocupa.

La señora... está atormentada desde algunos años por ideas fijas y alucinaciones de la vista, del oído, del gusto y del olfato. No diré

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nada por el momento de las alucinaciones, de las que se tratará en un capítulo especial. La señora... está persuadida de que ciertos miembros de su familia han querido envenenarla para apropiarse de su fortuna; está igualmente convencida de que muchos otros medios aún han sido puestos en uso para hacerla perecer.

Estas ideas no la abandonan nunca; pero están lejos de tener siempre la misma intensidad, es decir, de ejercer la misma influencia sobre la enferma. De ordinario la señora... parece apenas preocuparse de ellas, habla raramente, incluso cuando se la pone sobre la pista.

Se conduce muy convenientemente, y nada absolutamente traiciona el trastorno de sus facultades.

A intervalos bastante alejados, sobreviene la excitación. La fisonomía se anima, las mejillas se colorean vivamente, la señora... se vuelve irritable, busca querella a aquellos a quienes reprocha su aislamiento, es de una extremada locuacidad. Sus discursos son interminables y se refieren exclusivamente a sus ideas dominantes. Quiere entretener a todo el mundo de las persecuciones de que es objeto; recibe con desdén y a menudo con cólera los consejos que le damos. No se cansa de solicitar su libertad; inventa mil astucias para recobrarla, contra la voluntad de los jefes del establecimiento.

Algunas veces esta excitación alcanza la violencia de un acceso de manía, sin que jamás las ideas se vuelvan incoherentes y salgan del círculo de las ideas fijas.

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M. N... no cuenta en su familia, que es muy numerosa, con ningún miembro que haya sido atacado de afección cerebral o de cualquier otra enfermedad nerviosa; tiene 48 años. En 1831 fue presa de un violento reumatismo articular que duró seis semanas, y contra el cual se emplearon las sangrías locales y sin duda los opiáceos. En 1832, poco después de la desaparición del cólera, M. N..., a quien la epidemia había asustado mucho, fue atacado de una gastritis que resistió a toda especie de tratamiento. «Al cabo de unos quince meses, mis nervios, dice el enfermo, comenzaron a resentirse, a excepción de los de la cabeza; es decir, que tenía en los brazos, en las piernas, inquietudes, escalofríos o más bien estremecimientos que me eran muy penosos. Mis sufrimientos de estómago disminuyeron sensiblemente, y durante los tres años siguientes fueron muy soportables.

Desde esa época hasta 1841, no los he sentido más que de vez en cuando.

»Desde hace muchos años estoy sujeto a dolores de cabeza. Hacia fines de 1841, estos dolores de cabeza se volvieron de repente extremadamente violentos, al mismo tiempo que mis males de estómago desaparecían por completo. De ese momento data mi enfermedad moral...»

Antes de ir más lejos, ruego a M. N... que precise, en cuanto le sea posible, lo que sintió en esa época. — ¿Qué experimentaba en la cabeza? ¿Dónde le dolía? — Llevándose ambas manos a cada lado de la frente: «Me parecía, dijo, que me la comprimían de este modo; sentía allí calores y, como a menudo se lo he dicho a mi mujer, habría creído que mi cráneo iba a levantarse. — ¿Fue entonces cuando sus ideas se desordenaban? — Estaba todo aturdido, tenía deslumbramientos, ya no podía pensar: me habría usted dirigido la más simple pregunta, que no le habría comprendido. Me veía obligado a cesar toda especie de ocupaciones; no era bastante dueño de mis ideas para continuarlas. Así es como he caído en el estado en que me ve ahora.» — He aquí cuál es ese estado: el pensamiento está verdaderamente en un estado cataléptico; las ideas más indiferentes pueden revestir de repente los caracteres de las ideas fijas. En vano M. N... se esfuerza por rechazarlas, por olvidarlas, llevando su atención a asuntos que le interesan vivamente; estas ideas permanecen, se representan sin cesar a su espíritu: es su pesadilla perpetua, «les sucede a estas ideas, me decía, como a esas arias que repetimos involuntariamente, si no en voz alta, al menos mentalmente, y eso durante horas enteras, e incluso jornadas, sin que podamos impedirlo.»

Es digno de notarse que, en este caso, la fijeza de las ideas es del todo independiente de las afecciones. Son, como hemos dicho, completamente indiferentes; no son ni siquiera de naturaleza capaz de excitar su curiosidad. Así, por ejemplo, M. N... da un día un largo paseo fuera del establecimiento, con su criado. Invita a este último a refrescarse tomando un poco de agua y de vino como él mismo hace. Se dice: ¡Este hombre ha aceptado mi ofrecimiento, será que quizá le gusta el vino!... Y esta idea no le abandonará durante algunos días; le atormentará sin cesar. M. N... se dice y se repite mil y mil veces: Pero ¿qué me importa que a este hombre le guste el vino (si le gusta)? ¿Qué tengo yo que ver con eso? ¿Por qué inquietarme por ello? ¿De dónde viene que esta idea descabellada se encarnice tras de mí y, lo que es peor, que me afecte tan vivamente como el pensamiento más triste? M. N... viene a participarme de esta nueva rareza. Se persuade de que un medio de desembarazarse de ella es hacerle la confidencia a su criado; pero, al mismo tiempo, teme que otra idea más extravagante no la reemplace en seguida. Le aconsejo que no hable de ello, y durante más de treinta y seis horas no ha tenido otra, pero ha sido muy atormentado por ella.

En fin, ha debido ceder el puesto a esta idea de otro género: una noche, al ponerse a la mesa, M. N... observa que una señora con la que cena ordinariamente ha puesto, aquel día, contra su costumbre, una camiseta de botones de oro: «Pero ¿por qué, pues, ha puesto esta señora una camiseta hoy?» se pregunta M. N... Desde entonces, ya no hay lugar en su espíritu más que para este pensamiento; la imagen de la señora de la camiseta no sale ya de su recuerdo; despierta ideas eróticas que le hacen mucho mal.

M. N... es más particularmente atormentado por sus fijezas, como él las llama, por la noche, cuando no duerme. Es entonces también cuando experimenta más vivamente una sensación de una naturaleza particular, y que le anuncia infaliblemente la llegada de sus ideas extravagantes. M. N... la describe así: «Es como una sábana de fluido eléctrico que me envuelve de repente de pies a cabeza, una especie de escalofrío general; tengo deslumbramientos, estoy aturdido, la cabeza me da vueltas. Hay momentos en que podría comparar mi individuo a una cuerda de arpa que se ha pulsado fuertemente...» Todo esto es característico; no necesitamos insistir.

La enfermedad sigue una marcha bastante francamente remitente, al menos desde que la observamos.

Las recaídas son invariablemente anunciadas por una excitación más o menos viva. Los rasgos del enfermo, en los que reina habitualmente la calma más perfecta, se vuelven móviles, inquietos; los ojos se animan, el rostro palidece. M. N... no puede quedarse en su sitio, se agita en su silla; sus palabras son precipitadas; no están siempre, según el enfermo, en armonía con su pensamiento, pero tampoco son incoherentes. Las fijezas son numerosas entonces. M. N... desespera cada vez más de su curación; se lamenta, se irrita contra sí mismo, etc.

Limitaremos aquí nuestras citas para resumir en algunas palabras lo que acabamos de decir.


Antes de los hechos que hemos referido, y cuyo número habría sido fácil, pero quizá también fastidioso, aumentar, la observación interior, la observación por la conciencia íntima, nos había permitido establecer como principio que la desasociación de las ideas y el estado de sueño que es su consecuencia natural eran la fuente primera, el hecho psíquico primordial de las ideas fijas.

2.º Hemos comprobado para estas mismas ideas una fuente absolutamente idéntica en los alienados, ya se las considere en su punto de partida, ya en otros períodos de la enfermedad.

Réstanos hablar de un hecho de patología mental de alta importancia y que viene en apoyo de la tesis que acabo de desarrollar.

Sabido es que, en la inmensa mayoría de los casos, por poco que el delirio parcial se prolongue, los individuos que lo padecen acaban por caer en la demencia.

Ahora bien, desde el punto de vista psíquico, hay poca diferencia entre el delirio de los dementes y el de los maníacos. En unos como en otros, la lesión intelectual pesa igualmente sobre el conjunto de las facultades morales. No desconozco la diferencia de naturaleza de esta lesión en la manía y en la demencia; no confundo ciertamente la superabundancia de las ideas, la actividad excesiva, la energía de los recuerdos y de la imaginación que se encuentra

en una parte con el debilitamiento del intelecto, de la memoria y de la imaginación que se observa en la otra; mas, en ambos casos, el resultado psíquico es esencialmente el mismo, es decir, la incoherencia, la desasociación de las ideas, la imposibilidad de formar juicios, etc., etc.

¿No se desprende de estas consideraciones que las ideas fijas o convicciones delirantes que constituyen lo que se ha convenido en llamar el delirio parcial o la monomanía no tienen una existencia absoluta, sino que, como todos los demás fenómenos fundamentales del delirio, dependen esencialmente de una lesión general de las facultades? La prueba de que así es, es que, por el solo hecho de la duración del mal, esta misma lesión no deja nunca de reproducirse, después de haber estado algún tiempo más o menos disimulada por el predominio de ciertas ideas extravagantes en las que el trastorno general ha parecido concentrarse momentáneamente.

Al terminar estas consideraciones sobre el delirio parcial, diremos algunas palabras sobre la naturaleza psíquica de las ideas fijas.

Hasta aquí, según nosotros, como todos los fenómenos primitivos del delirio, las ideas fijas no han sido consideradas sino de una manera superficial, en su expresión exterior más bien que en su naturaleza íntima. Al decir: hay enfermos que se persuaden, que afirman tal o cual cosa, se ha creído expresar el fenómeno por entero, sin

buscar de qué combinaciones mentales era producto ese mismo fenómeno.

A nuestros ojos, por simple que se la suponga, por más apariencias de razón que la envuelvan, la idea fija no puede ser sino el resultado de una modificación profunda, radical, de la inteligencia, de un trastorno general de nuestras facultades.

Es el indicio de una transformación total del ser pensante, al menos dentro de los límites de cierta serie de ideas.

Se la ha confundido algunas veces, sobre todo en estos últimos tiempos, con el error. Es una falta contra todas las nociones psicológicas.

Un loco no se engaña. Actúa intelectualmente en una esfera esencialmente diferente de la nuestra, de aquella «en quâ movemur et sumus». Como alienado, tiene una convicción contra la cual ni la razón ajena ni la propia sabrían prevalecer; así como ningún razonamiento, ningún pensamiento del estado de vigilia, sabrían enderezar los razonamientos y los pensamientos del estado de sueño.

La misma diferencia existe entre el hombre alienado y el hombre razonable (entiendo siempre hablar del mismo individuo), que entre el hombre que sueña y el hombre que está despierto.

Las ideas fijas no son, por decirlo así, sino partes desprendidas, verdaderos fenómenos episódicos de un estado de sueño que, dentro de los límites de estas ideas, se continúa durante la vigilia.

De todo tiempo, el lenguaje vulgar ha consagrado

esta verdad, aplicando particularmente a los alienados dominados por ideas fijas la denominación de soñadores.

¡Y cosa digna de nota! Estos mismos enfermos no creen nunca caracterizar mejor sus ideas extravagantes que llamándolas sueños; cuando llegan a recobrar la salud, no las recuerdan sino como los accidentes de un sueño más o menos extraño, más o menos prolongado.

No ignoro que no se sabría resolver fácilmente a admitir que un individuo cuyas ideas, palabras y conducta son las de un hombre que tiene conciencia de su situación respecto de las personas y de las cosas en medio de las cuales vive, que este individuo, decimos, esté realmente en estado de sueño cuando expresa ideas extrañas, en oposición con el sentido común.

Sin embargo, nada más real que este estado de sueño parcial y circunscrito dentro de los límites de algunas ideas. Es sumamente fácil asegurarse de ello sometiéndose, por algunos instantes solamente, a la influencia del hachís. Se convencerá uno perfectamente de que se puede ser a la vez juguete de los sueños más extravagantes y conservar la conciencia de sus relaciones exteriores, la libertad de su juicio, etc.

§ VII. — Sexto fenómeno: Lesión de los afectos.

En el hachís, las facultades afectivas parecen experimentar el mismo grado de sobreexcitación que las facultades del intelecto. Tienen la movilidad y, a la vez, el despotismo de las ideas. A medida que uno se siente más incapaz de dirigir sus pensamientos, pierde el poder de resistir a los afectos que ellos ponen en juego y cuya violencia no conoce ya límites, cuando el desorden del intelecto ha llegado hasta la incoherencia.

Para estudiarlos mejor, los examinaremos separadamente, según:

1.º Que se refieran a cosas pasadas, pero cuyo recuerdo hemos conservado;

2.º Que se refieran a cosas presentes, o que nos impresionan en el instante mismo y por primera vez.

En esta segunda categoría colocaremos esa viva irascibilidad que nos lleva a aprovechar con premura toda causa capaz de excitar nuestra cólera, nuestro odio y todos nuestros peores instintos; esa sensibilidad exagerada que nos hace exagerar nuestros sentimientos de amistad, de gratitud; nuestra alegría, nuestra tristeza, nuestras esperanzas, nuestros temores, nuestros terrores, etc. Con semejantes disposiciones, tal causa que, en el estado ordinario, habría excitado a lo sumo nuestro descontento, nos pone inmediatamente en furor; y este furor que se siente

rugir en el pecho, pero que se comprime fácilmente por la conciencia que se tiene de la situación en que uno se encuentra, es a los medios más extremos a los que se piensa desde luego para satisfacerlo. Si algo viene a asustarnos, pronto somos asaltados por temores, por angustias inexpresables que arrojan como un velo sombrío sobre todo lo que nos rodea. Un día, en medio de un acceso de hachís bastante intenso y del que ya he dado cuenta en otro trabajo, mis oídos son de pronto heridos por un ruido de campanas. No era una alucinación; pero, estando mal dispuesto, ligo a este ruido, al que ciertamente no habría prestado atención en cualquier otra circunstancia, la idea de un doble o de unas exequias que se tocaban. Caigo inmediatamente en un verdadero estado de panofobia. Me siento de pronto presa de un terror que no puedo explicarme, y del que en vano busco librarme. Pido encarecidamente que se cierre una ventana de la habitación en que me encontraba, no porque experimente el deseo de precipitarme por esa ventana, sino porque temo que me venga la fantasía de hacerlo. No veo ya sino con espanto diferentes armas antiguas colgadas de la pared, y que apenas había advertido hasta entonces; me pregunto si no estarán destinadas a hacerme daño, a matarme, quizá. La presencia de algunos amigos dista mucho de tranquilizarme. A excepción de uno solo, sentía por ellos una viva desconfianza;

los detestaba sin saber por qué. Hallaba medio de ridiculizar todo cuanto decían; en una palabra, todas las malas pasiones fermentaban en mi alma. (Memoria sobre el tratamiento de las alucinaciones, etc.)

Como las ideas a que se enlazan, los afectos tienen sobre la inteligencia un imperio absoluto, precisamente porque su acción se ejerce aisladamente, sin el contrapeso que, en el estado normal, la reflexión les opone siempre. Son impulsos instintivos, ciegos, en los que la conciencia no toma parte alguna.

Quisiera ser bien comprendido: no creo en una lesión esencial de lo que se ha convenido en llamar facultades afectivas. Esta lesión no es sino aparente y consecutiva a la del intelecto; se deriva del estado patológico que hemos señalado, es decir, de la excitación; mientras la asociación de las ideas es regular, mientras la rapidez incoercible de las percepciones no turba el intelecto, los afectos, cualesquiera que sean, alegres o tristes, odiosos o benévolos, no experimentan, por decirlo así, fermentación alguna, permanecen bajo la mano de la voluntad. El estado de irreflexión que es la consecuencia necesaria de la excitación hace toda su potencia.

He aquí, al menos, lo que nos enseña la conciencia íntima y, añadiremos, lo que confirma la observación exacta de las enfermedades mentales.

Nada, como se sabe, iguala el ímpetu, la violencia

de las pasiones del maníaco, si no es la extrema incoherencia de sus ideas. Y si se observa de cerca a los monomaníacos, si sobre todo se ilustra uno con las observaciones que algunos han podido hacer sobre sí mismos, se asegurará uno de que todas las veces que sus pasiones se han traducido al exterior por actos que atestiguaban una gran potencia de arrastre, era a un estado de excitación más o menos aparente al que había que atribuirlo. Tenemos en este momento ante los ojos a una señora que, desde hace varios meses, es presa de ideas fijas y de terrores imaginarios; estaba bastante tranquila desde hacía aproximadamente un mes que está en la casa; era preciso interrogarla mucho para obtener de ella algunas palabras, algunas semiconfidencias relativas a sus ideas dominantes.

Bajo la influencia de un frío riguroso, sobrevino un estado de excitación bastante vivo. Las ideas de la Sra. de..., las más de las veces en relación con el objeto de su delirio, son a veces inconexas; las concepciones son rápidas, los movimientos son bruscos, entrecortados, una especie de temblor nervioso agita

todos los miembros. Los temores, los terrores

imaginarios de la enferma están llevados al último grado: es el espanto y el pavor personificados, es el estado prolongado de un individuo que de pronto, sin aviso, es presa del más vivo terror, y que, en su turbación, no sabe lo que dice ni lo que hace y, como se dice tan enérgicamente, no sabe dónde meterse.

Todos los autores han admitido la existencia de una lesión esencial de las facultades afectivas en ciertos casos de locura.

Pinel, el primero, admitió la existencia de un delirio especial que versaba exclusivamente sobre los afectos.

«Se puede, dice, tener una justa admiración por los escritos de Locke, y convenir sin embargo en que las nociones que da sobre la manía son muy incompletas, cuando la considera inseparable del delirio. Yo pensaba lo mismo que este autor cuando reanudé en Bicêtre mis investigaciones sobre esta enfermedad, y no quedé poco sorprendido al ver a varios alienados que no ofrecían en ninguna época lesión alguna del entendimiento, y que estaban dominados por una especie de instinto de furor, como si las facultades afectivas solas hubieran sido lesionadas.»

Esquirol comparte la opinión de Pinel; no lo hace sin embargo sino con cierta reserva; no excluye absolutamente toda lesión intelectual. «Los signos de la monomanía razonante, dice este autor, son el cambio, la perversión de las costumbres, del carácter, de los afectos. En la monomanía (ordinaria) es evidente que la inteligencia está lesionada, y que esta lesión arrastra el desorden de los afectos y de las acciones. En la monomanía razonante, la inteligencia no está esencialmente lesionada, puesto que asiste a los actos del alienado, puesto que el enfermo está siempre dispuesto a justificar sus sentimientos y sus acciones.»

M. Calmeil es todavía menos afirmativo que su

maestro, pues reconoce «que, en la monomanía moral, la enajenación del intelecto era difícil de aprehender y de caracterizar; afectando la enajenación sobre todo a los sentimientos, a las inclinaciones y a los instintos, no siempre es igualmente fácil apreciar en su justo valor la anomalía que se manifiesta en las funciones del encéfalo.» (Dict. en 26 vol., art. Mono-

MANÍA.)

En fin, un autor inglés recomendable por excelentes trabajos sobre la enajenación mental, el doctor Prichard, admite una locura moral que define: «Morbid perversion of the feelings, affections and active powers, without any illusion or erroneous convictions impressed upon the understanding.»

Lamento ciertamente hallarme en oposición con los autores que acabamos de citar; pero creemos que, a falta de poder apoyarse en la observación íntima, han dado un valor mucho mayor del debido a simples apariencias; sólo el intelecto está esencialmente lesionado en la locura moral; el desorden de los afectos es consecutivo al desorden de los pensamientos. El trastorno del entendimiento, la desasociación de las ideas es la fuente primera de toda lesión afectiva; signos ciertos, evidentes, lo revelan siempre al comienzo de la llamada locura moral o afectiva; puede borrarse más o menos en el curso de esta enfermedad, pero también es raro que no reaparezca de tiempo en tiempo, reavivando siempre la lesión afectiva; su cesación definitiva hace desaparecer más o menos rápidamente todos los demás síntomas; es la curación.

Añadamos aquí una observación ya hecha por Esquirol, y es que la variedad de delirio de que se trata pasa frecuentemente a la exaltación maníaca y termina frecuentemente por la demencia.

La acción sobreexcitante del hachís recae igualmente sobre afecciones cuyas causas han pasado, desde más o menos tiempo, al estado de simples reminiscencias, y que no han dejado en el alma sino ligeros vestigios. Acontece aún que tal afecto, que se creía completamente extinguido, se reaviva de repente, o bien que tal otro, que hasta entonces había permanecido como sepultado en el fondo del alma, que apenas se confesaba uno a sí mismo, y que de este modo escapaba a la propia conciencia, alcanza bruscamente tal desarrollo que uno se sentiría tentado a creerse bajo el influjo de algún encantamiento. Esto es verdad sobre todo en los sentimientos amorosos, probablemente a causa de esa tendencia, de esa especie de aspiración hacia la felicidad que determina el hachís. La vivacidad de los recuerdos, que da una especie de actualidad a las cosas pasadas, la imaginación que se complace en adornar el objeto de nuestros afectos con todo lo que puede realzar su precio, explican el fenómeno de que hablamos.

El hachís, en este caso, puede tener la potencia de un verdadero filtro, en el sentido, al menos, de que, si no hace nacer el amor, imprime a

este sentimiento una energía y una actividad inesperadas, y de las que es difícil que no quede algo, aun cuando todos los demás efectos del filtro hayan desaparecido.

Podría contar, a este propósito, más de una anécdota que vendría en apoyo de lo que acabamos de decir. Sin duda es más conveniente que me abstenga. Los relatos de esta naturaleza presentan siempre un lado un tanto ligero, digámoslo, escandaloso, que mal sentaría a un trabajo tan serio como es éste.

Me apresuraré a añadir todavía, a riesgo, o más bien a pesar de la certeza de decepcionar a ciertas gentes, a muchas gentes quizá, que los efectos de que acabamos de hablar son exclusivamente intelectuales. La imaginación corre con todos los gastos, los sentidos no tienen parte en ello. Platón mismo no habría soñado fuegos más puros e inmateriales que los que enciende el hachís.

§ VIII. — Séptimo fenómeno: Impulsos irresistibles.

Los impulsos, esas especies de movimientos instintivos que se producen en nosotros casi sin conocimiento de la conciencia, adquieren, por influjo del hachís, una potencia de arrastre extraordinaria, e incluso del todo irresistible si la acción tóxica es muy intensa.

Ocurre con los impulsos como con las pasiones afectivas; extraen toda su energía de la excitación, es decir, del sacudimiento intelectual que pone obstáculo a la asociación regular y libre de las ideas.

Como las ideas, dominan tanto más completamente la inteligencia cuanto más pronunciada es la incoherencia y cuanto, por eso mismo, su acción es más aislada y más independiente.

Siempre móviles y fugaces cuando la acción tóxica empieza a hacerse sentir, pueden tener, como las ideas que los hacen nacer, su período de fijeza.

Pero no son realmente irresistibles sino cuando reaparece la excitación primitiva.

Recordaré, con esta ocasión, un hecho del que ya he hablado: al ver una ventana abierta en la habitación en que me hallaba, me vino la idea de que podría, si quería, precipitarme por aquella ventana. Pedí que la cerraran. No pensaba en ejecutar tan mal designio; pero temía que me viniera la idea; en el fondo de este temor sentía ya como un impulso naciente, y tengo la íntima convicción de que habría cedido a él con un grado más de excitación.

Como se sabe, la acción del hachís no es perfectamente continua. Durante el corto período de remisión, el mismo pensamiento estaba aún presente en mi espíritu, pero ya no el temor de ceder al absurdo deseo de arrojarme por la ventana. Apenas acertaba, incluso, a explicarme cómo semejante temor

había podido venirme. Y sin embargo este mismo temor no tardaba en reaparecer con la excitación.

Ahora bien, tomando por guía los hechos que acabamos de exponer, si estudiamos las impresiones morbosas en los alienados, veremos que las cosas ocurren exactamente de la misma manera.

Una variedad del delirio que, en estos últimos tiempos, ha sido objeto de estudio particular y de discusiones médico-legales del más alto interés, es aquella en que los enfermos parecen arrastrados por impulsos irresistibles, sin que su entendimiento esté en modo alguno lesionado.

Todos los autores han repetido tras Pinel y Esquirol que había casos de locura en que la voluntad, los instintos estaban exclusivamente lesionados; que un individuo podía ser arrastrado a los actos más extravagantes, más monstruosos, más antipáticos a nuestra constitución moral, sin que su entendimiento, en ninguna época, en ningún respecto, presentara alteración alguna.

Aquí, como en muchos otros casos, la observación ha sido superficial y, por tanto, incompleta.

Se atendió, para juzgar de la alteración cuya existencia se sospechaba, a signos exteriores que no podían revelarla sino imperfectamente. Y si los enfermos a veces hablaron, no se tuvo bastante en cuenta lo que dijeron, no se atendió sino a los síntomas más salientes y más exteriores.

La lesión de la voluntad, la irresistibilidad de las determinaciones instintivas sin una lesión del intelecto es una quimera.

Todos los filósofos, y no sólo Locke, han admitido esta verdad a priori; nosotros la hemos confirmado por la observación íntima que nos ha enseñado que los impulsos no se volvían irresistibles, que la voluntad no era arrastrada sino en cuanto sobrevenía excitación en el entendimiento, es decir, que los elementos mismos de nuestra naturaleza moral eran trastornados, que el principio de toda acción regular, la unidad del yo, era aniquilado. Mientras esta unidad se conserva, mientras la conciencia íntima no se extingue, uno se siente perfectamente dueño de los movimientos instintivos, cualesquiera que sean. Y si acontece que uno es arrastrado, nunca es sino en un momento en que toda conciencia estaba, si no extinguida, al menos pervertida, por corto que haya sido ese momento, por débiles que sean las huellas de su paso en nuestro espíritu.

Escuchemos a los enfermos que Esquirol interrogaba sobre este punto: «Estos enfermos deploraban las determinaciones hacia las cuales eran fuertemente arrastrados, pero todos confesaban que sentían algo en su interior de lo que no podían darse cuenta, que su cerebro estaba embarazado, que experimentaban un trastorno inexpresable en el ejercicio de su razón.»

Las determinaciones de un alienado no son siempre irresistibles, aunque en ningún caso pueda hacérsele responsable de ellas.

No son a menudo sino la consecuencia paralelamente lógica de sus falsas convicciones. Otras veces, y es el caso de que se trata, dependen de una disposición particular de su inteligencia, que lo entrega, sin medios de resistencia posible, a todos sus impulsos, que lo hace obrar sin saber lo que hace, sin que le sea posible darse cuenta de ello, maquinalmente, como si, en fin, obedeciera a una fuerza, según la expresión generalmente usada entre los enfermos.

Este último hecho tiene una importancia que todo el mundo comprenderá, sobre todo si se le examina desde el punto de vista de la responsabilidad moral que la sociedad hace pesar sobre cada uno de sus miembros. Sin entrar en la cuestión médico-legal, que requeriría desarrollos aquí fuera de propósito, creemos deber insistir sobre el hecho mismo.

Repitamos, pues, que ni la voluntad ni las determinaciones instintivas se vuelven irresistibles en virtud de una lesión que les fuera propia. Existe una lesión primitiva del entendimiento, lesión profunda, pero que, en ciertos casos, es tan pasajera que los enfermos mismos apenas se la explican y sólo difícilmente dan cuenta de ella. Y sin embargo esta lesión es esencialmente la misma que aquella de la que dimanan todos los fenómenos de la enajenación mental más evidente y mejor caracterizada; es el hecho primordial de la locura, es la excitación. Pueden encontrarse individuos que, después de haber luchado largo tiempo y

con éxito contra ciertos impulsos, cedan de repente a ellos y cedan irresistiblemente. ¡Y sin embargo, ni antes ni después, ninguna alteración sensible de las facultades se ha manifestado! Pero al atravesarlas con la rapidez del relámpago, y sin dejar huellas tras de sí, la excitación ha sacudido violentamente su inteligencia, ha aniquilado momentáneamente todo libre albedrío. En muchos aspectos, este hecho patológico es comparable a las fijaciones de los epilépticos; menos asombroso quizá, pues, no teniendo sino una duración mucho más pasajera, las fijaciones desorganizan aún más profundamente las facultades que lo hace la excitación.

No necesito pasar revista a las mil y una causas que pueden provocar esta excitación; sería entrar en detalles etiológicos que todo el mundo conoce. Pero hablaré, con esta ocasión, de un hecho perfectamente análogo al que nos ocupa, que ocurre cada día ante nuestros ojos, y del que nunca se ha pensado en sacar consecuencia alguna relativamente a los impulsos morbosos. Uno de los efectos más ordinarios de la embriaguez, ¿no es acaso hacernos ceder, con extrema facilidad, con un arrastre a menudo irresistible, a los impulsos que hasta entonces se habían dominado y a los que se había resistido? ¿No tiene la justicia, demasiado a menudo, ocasión de castigar a individuos que, no sintiéndose con fuerzas para cometer alguna mala acción en frío, para perpetrar el crimen al que les empujan su codicia o su

venganza, quieren extraer de las bebidas alcohólicas la energía que les falta? En Oriente, el extracto de cáñamo, el opio, la manzana espinosa y otras sustancias aún, capaces de producir la excitación intelectual, se emplean con un fin semejante.

Esta excitación, que podemos producir a voluntad con ayuda de agentes exteriores, la experiencia más vulgar ha probado, desde hace mucho tiempo, que causas morbosas, desarrolladas en el seno mismo y en las profundidades del organismo, pueden producirla igualmente, con una intensidad mucho mayor y con modificaciones cuyo secreto sólo la naturaleza posee.

Resulta de esto que el hecho de patología mental que ha encontrado más incrédulos, la irresistibilidad de los impulsos, sin lesión intelectual (aparente), es tan simple, iba a decir tan normal, como cualquier otro hecho de enajenación; pues tiene el mismo punto de partida, el mismo origen, es decir, la excitación. Presentada así, con los caracteres que le son propios y, por decirlo así, bajo su verdadera luz, la afección mental llamada monomanía razonante pierde todos sus caracteres de extrañeza, cortemos la palabra, de absurdidad, que sublevaban hasta a aquellos mismos que de ella tenían todos los días ejemplos ante sus ojos, y entra en la clase de las vesanias ordinarias y mejor conocidas.

Citemos algunos hechos en apoyo de lo que acabamos de decir:

Un honrado obrero zapatero, padre de familia, se presenta por sí mismo en el hospicio de Bicètre. Viene a reclamar los auxilios de la medicina contra una enfermedad cuya origen hace remontar a más de veinte años.

No sabría atribuirla a ninguna causa probable.

No tiene alienados en su familia; ninguno de sus parientes se ha entregado a la bebida ni está afectado de afección nerviosa alguna. Es padre de dos hijos que, ambos, gozan de la mejor salud; no recuerda haber estado nunca seriamente enfermo. Su estatura es pequeña, endeble, pero bien formada; su rostro fresco y ligeramente animado, su fisonomía franca y abierta, están lejos de delatar el carácter de las terribles ideas de que es presa desde hace tanto tiempo.

—Puesto que es de vuestro pleno agrado que venís al hospicio, debéis conocer vuestra enfermedad. ¿De qué os quejáis?

—Tengo malas ideas. He oído decir que había casas donde se curaban; he aquí por qué he venido aquí.

—¿Cuáles son, pues, esas ideas?

—¡Oh! es bien sencillo: soy zapatero de oficio; trabajo duro algunas veces, porque es preciso que haga vivir a toda mi gente. En esos momentos, cuando tengo la cabeza inclinada sobre mi obra, me sucede pensar en matar a mi mujer, en matar a mis hijos; a menudo incluso ese deseo me domina tan fuertemente que tengo miedo de sucumbir a él; entonces arrojo lejos de mí mi tranchete, mi martillo, y salgo de la habitación.

—¿No sois advertido por nada, por ninguna sensación particular, de la llegada de esas malas ideas?

—¡Dios mío, no! me viene así, solo, sin que yo lo espere.

—En esos momentos, ¿estáis, pues, del todo como de costumbre, no sentís nada en la cabeza?

—¡Ah! sí; siento algo ahí, en el hueco del estómago; y luego me ahogo, no puedo respirar más, tengo calor en la cabeza, tengo como carne de gallina, estoy todo aturdido, mis ideas se enredan, no veo más; pero todo eso no dura mucho tiempo. Algunas veces también tengo hormigueos en las manos, en los brazos...

Siempre he dicho que era la sangre la que me atormentaba.

—Y vuestras ideas, ¿cuánto duran?

—Según: algunas veces, cuando me he levantado de mi silla y he tomado un poco el fresco en la ventana, se acaba en seguida; pero otras veces también no se van tan aprisa.

—¿Es siempre así, cuando os toman vuestras ideas?

—Sí, pero no siempre es tan fuerte.

Desde hace unos seis meses, he ido de fiebre en mal caliente; estoy muy atormentado, bien quisiera verme libre de ello.

—¿No oís ningún ruido en vuestros oídos?

—No, no ahora. Pero, hace bien unos diez años, recuerdo haber sentido como un viento, un frío de este lado de la cabeza (a la derecha), así es como empezó. Estaba haciendo la siega, con la cabeza descubierta, con un fuerte calor; estando agachado, sentí como un fuerte golpe de viento de ese lado.

—¿No podríais comparar lo que habéis experimentado con otra cosa que con un golpe de viento? esto no me parece muy claro; ¿sufríais?

—No, pero estaba todo no sé cómo.

—¿Os habéis visto forzado a dejar allí vuestra obra?

—¡Ah! ¡bien sí! me sacudí, y luego ya no se notaba más.

—¿Habéis pensado entonces en matar a vuestros hijos?

—No, es cuando volví a casa; pero casi no era nada en aquel tiempo, y apenas me inquietaba.

—Estáis mucho más atormentado hoy; ¿conocéis el motivo?

He aquí otro hecho no menos curioso que el precedente, no menos concluyente. Ha sido comunicado, por el señor Ségalas, a la Sociedad de medicina del Temple, en su sesión del 2 de abril de 1844.

El llamado N... había experimentado, ya varias veces, el deseo de darse la muerte. El trabajo manual al que estaba obligado a entregarse para vivir (era obrero guantero) le era una carga. Se encontraba desdichado en la condición en que la suerte y su nacimiento le habían colocado. Había tomado poco a poco la existencia en disgusto, y, si aún no había acabado con la vida, es porque quería encontrar un medio de desembarazarse de ella sin pasar por demasiados vivos sufrimientos. Intentó una vez ahogarse, pero fue salvado a pesar suyo y vuelto a la vida.

Este hombre, por lo demás, ha sido siempre de una conducta irreprochable, y nunca ha pasado por extravagante.

He aquí cómo cuenta su último intento de suicidio; copio textualmente su manuscrito:

«Habiendo resuelto por fin asfixiarme, cerré las puertas de la habitación en que estaba, y me puse a la obra de cerrar todas las aberturas con papel. Mientras pegaba mi papel, lo que era el primer acto de mi suicidio, me sorprendí a mí mismo canturreando; no era por bravata ni por despreocupación, sino que aquello llevaba tiempo, y siempre me ha sido imposible pensar mucho tiempo en la misma cosa, sin distraerme. Había instantes en que olvidaba lo que hacía, y por qué lo hacía... Esto es una cosa extraña y particular de mi carácter, etc.»

Así, es en el momento mismo en que sus funestas impulsiones le dominan y le arrastran, en que se ocupa fríamente de los preparativos necesarios para darse la muerte, es en ese momento, digo, cuando N... se sorprende (esta locución es de una maravillosa energía) canturreando sin saber por qué, cuando está distraído, cuando piensa en cualquier otra cosa.

Aunque habitual, este estado, sin embargo, tiene algo tan extraño que no puede por menos de hacer la observación y de extrañarse de ello.

¿No es esto excitación? ¿no es este hecho de desasociación de las ideas, de conmoción intelectual que, efímera o duradera, nos priva de todo imperio sobre nosotros mismos, nos entrega, por así decirlo, pies y manos atados, a todas nuestras impulsiones?

Como se ha visto, N... está algo sorprendido de este estado tan grave a nuestros ojos, y que, a los suyos, es cosa casi indiferente. Está lejos de temerlo como un síntoma de locura; tanto más cuanto que ello no le impide obrar según su voluntad bien sentida, y la resolución que ha tomado de darse la muerte.

Hemos dicho que N... había experimentado ya varias veces el deseo de suicidarse; que incluso había hecho un intento. Pero notemos también que dice expresamente que este estado de distracción (como él lo llama) era particular de su carácter, que siempre le había sido imposible pensar mucho tiempo en la misma cosa, etc. (1).

(1) Permítasenos, con ocasión de la observación que se acaba de leer, decir dos palabras relativas a una cuestión largo tiempo debatida, y de la que hasta aquí no se ha podido dar ninguna solución satisfactoria.

He aquí esta cuestión, que tendremos cuidado de precisar de la manera más rigurosa:

¿No es el suicidio, en la mayoría de los casos, el resultado del delirio, un acto de locura pura y simple, que nada distingue, al menos en cuanto a su origen y a su naturaleza, de los actos extravagantes a que se entregan los alienados en general? El señor Esquirol era de la afirmativa, y se fundaba en una multitud de hechos de los que su larga experiencia le había hecho testigo. De ellos sacaba inducciones relativas a los otros hechos que ciertas apariencias tendían a hacer interpretar de otro modo; ¡había visto a tantos individuos hacer intentos de suicidio, en un verdadero estado de locura que hasta entonces ni siquiera había sido sospechado!... Y por locura el señor Esquirol entendía hablar de locura bien dibujada, las más de las veces de forma lipemaníaca. Es más explícito aún cuando, al hablar del suicidio agudo, declara que toda pasión llegada a cierto grado constituyendo a sus ojos un verdadero delirio, los actos que de ella emanan no podrían ser de una naturaleza diferente. «¿El delirio de las pasiones permite reflexionar? ¿No absuelven todas las leyes a quien ha cometido, en el primer arrebato de una pasión vehemente, una acción que habría sido criminal sin esta circunstancia?

Las acciones de un hombre arrastrado por una pasión viva son miradas como hechas sin libertad moral, y son juzgadas como el efecto de un delirio pasajero.»

La verdad está en el fondo de estas palabras, que, por lo demás, expresan la idea que generalmente se tiene de lo que se llama el delirio de las pasiones; pero estas mismas palabras, por alta que sea la autoridad de que emanan, están aún lejos de haber recibido el asentimiento común, de haber levantado todos los escrúpulos que hace nacer la opinión que ponen por delante. La exaltación de las pasiones no es siempre un título de locura y una razón suficiente para declarar irresponsables de sus acciones a aquellos a quienes han arrastrado.

Esto nos parece deberse a dos causas:

1.º Prueban el hecho por el hecho mismo; exponen como principio (con razón, sin duda; pero, sin embargo, eso pedía ser probado primero) lo que justamente hace el objeto de la contestación, a saber: que las pasiones, cuando tienen cierta intensidad, y la locura, son una sola y misma cosa.

No basta ciertamente decir que «el alma es fuertemente conmovida por una afección violenta e imprevista, que las funciones orgánicas son trastornadas, que la razón es turbada, que el hombre pierde la convicción del yo, que está en un verdadero delirio, etc.»

No hay nada tan absoluto en este hecho, nada que sea de una evidencia tan perfecta, que uno se vea forzado a admitirlo sobre su simple enunciado: las exigencias de la precisión científica van más lejos. No podrían quedar satisfechas sino en cuanto se haya previamente establecido, probado experimentalmente la modificación psicológica en virtud de la cual ese hecho tiene lugar; es decir, que es preciso disecar el mal, poner al desnudo la llaga, antes de afirmar que ese mal existe.

2.º Hay que confesar bien que una masa de hechos, entre otros el que hemos citado, no podrían entrar en la categoría de aquellos que se enlazan de una manera más o menos evidente al sobreexcitamiento de las pasiones.

¡Cuántos suicidios no se ven que nada autoriza a poner en cuenta de pasiones exaltadas! No hablo solamente de los suicidios que tienen ideas fijas por punto de partida, sino aún de los cumplidos por individuos en los cuales, ni después ni antes del intento, en ninguna época, las facultades mentales habían sido alteradas; que en su vida no se habían apasionado por nada, ni siquiera por el objeto que parece haber sido la ocasión, no quiero decir la causa de su funesta determinación.

Volvamos a nuestra primera proposición.

§ IX. — Octavo fenómeno: Ilusiones; alucinaciones.

Pido perdón al lector, a quien debería temer fatigar volviendo tan a menudo su atención sobre el mismo asunto; pero, al abordar la importante cuestión de las ilusiones y de las alucinaciones, no puedo defenderme de repetir lo que ya he dicho en el curso de este trabajo.

No hago aquí teoría a la manera de los observadores que, colocados en un punto de vista exterior, no han podido examinar los fenómenos de la alienación mental sino de una forma superficial, no deben sino a una inducción siempre más o menos falaz lo que han aprendido del origen, de la filiación, del encadenamiento de estos fenómenos.

Digo simplemente lo que he observado en mí mismo, y lo digo con la misma seguridad, la misma certeza de no engañarme que cada uno de nosotros puede tener al afirmar que piensa, que razona, que imagina, se acuerda, etc.

La mayor parte de los suicidios, sin exceptuar los ejecutados por individuos hasta entonces reputados de perfectamente sanos de espíritu, incluso aquellos que eran la consecuencia lógica de una situación crítica, difícil y, si se quiere, desesperada, los que parecían más naturales, son verdaderos actos de locura.

La verdad de esta proposición, si se la considera desde el punto de vista de la tesis que hemos sostenido sobre las impulsiones irresistibles, apoyándonos principalmente en documentos proporcionados por la observación íntima, esta verdad, digo, encontrará pocos contradictores.

En efecto, ¿qué se necesita para que el simple deseo, menos aún, el pensamiento puro y simple de buscar en la muerte el fin de sus males, se conviertan de repente en impulsión irresistible, y ésta en acto?

Acabamos de verlo, nada más que un poco de excitación, es decir,

A quienes, después de haberme leído, conservaran algunas dudas, no puedo sino repetirles: Comprendo vuestras dudas porque, en materia de cosas psicológicas, siento la imposibilidad de haceros comprender bien lo que vosotros mismos no habéis experimentado. Para las ilusiones y las alucinaciones, como para los fenómenos de que nos hemos ocupado anteriormente, no puedo daros más que un consejo, y quedaréis convencidos si lo seguís: haced como yo, tomad hachís, experimentad sobre vosotros mismos, ved por vosotros mismos.

Ahora bien, el fenómeno que nos queda por estudiar no escapa a la ley común que enlaza todos los

de esta modificación intelectual tan grave en realidad, y en apariencia tan mínima, que quienes la experimentan creen tener simplemente distracciones; fenómeno cuyos caracteres exteriores son tan poco marcados, y cuya aparición es las más de las veces tan brusca y tan rápida, que puede escapar al observador más escrupuloso.

Ahora bien, cuando se piensa en la multitud de causas que pueden producir la excitación; cuando se conoce bien toda la importancia y, por decirlo así, el inmenso valor etiológico de las predisposiciones hereditarias o adquiridas; cuando se sabe que en los individuos predispuestos basta una preocupación un poco viva, una impresión brusca e inesperada, una ligera emoción, un desarreglo cualquiera de las funciones, un poco de retraso en una evacuación habitual (es imposible, en la mayoría de los casos, asignar otras causas que éstas a la locura mejor declarada), etc., para desarrollar la excitación;

¿No es evidente que el número de casos en que podrá afirmarse sin temor a error que tal individuo, al darse la muerte, no estaba alienado, es decir, obró en toda la plenitud de su conciencia y de su libre albedrío, será excesivamente restringido?

fenómenos principales del delirio a la excitación, esta modificación mental primitiva, hecho primordial y generador de toda alienación que en ella está contenida como en su germen, como el tronco del árbol, sus ramas, sus hojas, sus flores, en

la semilla.

Antes de Esquirol, las ilusiones y las alucinaciones habían sido confundidas en un mismo fenómeno. La distinción establecida por el maestro ha sido adoptada por todos los médicos de alienados; teniendo que hablar de unas y de otras, estudiaremos por separado las ilusiones primero, después las alucinaciones.

Sección primera. — De las ilusiones.

A medida que crece la excitación, que nuestro espíritu se cierra a las impresiones venidas de fuera para concentrarse cada vez más en sus impresiones interiores, en una palabra, que se opera esa especie de metamorfosis que nos arranca de la vida real para arrojarnos a un mundo donde no hay de real sino los seres creados por nuestros recuerdos y nuestra imaginación, a medida también, uno empieza a ser juguete primero de simples ilusiones, luego pronto de verdaderas alucinaciones que son como los ruidos lejanos, los primeros resplandores que nos llegan del mundo imaginario y fantástico.

Un objeto cualquiera, vivo o inanimado, viene

a herir nuestra vista; un ruido, un sonido, cualesquiera que sean, tales como el canto de los pájaros, la explosión de un arma de fuego, el tañido de las campanas, vienen a herir nuestro oído, cuando la excitación es todavía poco intensa;

Se siente muy positivamente que dos fenómenos distintos se producen en nuestro entendimiento:

1.º Se ha visto, se ha oído, neta y distintamente, como ocurre en el estado ordinario; 2.º Luego, al punto, por ciertos puntos de analogía que nos son conocidos o que se nos escapan, la imagen de otro objeto, la sensación de otro ruido o de otro sonido se despiertan en nosotros; es en estas impresiones intracerebrales, debidas a la acción de la memoria o de la imaginación, donde el espíritu se detiene, confundiendo pronto las dos sensaciones en una sola, cubriendo, por decirlo así, la sensación real con la sensación imaginaria, y proyectando ésta sobre el objeto exterior.

Así, pues, 1.º impresión sensorial, 2.º inmediatamente después, y con ocasión de ella, sensación puramente cerebral debida a la sola acción de la imaginación; son éstos los dos elementos constitutivos de la ilusión, ésta es su naturaleza psíquica, esencial.

En cuanto a sus caracteres exteriores, a las formas excesivamente variadas que es susceptible de revestir, los tomará necesariamente de la naturaleza particular de las cosas que son objeto de la preocupación y de los pensamientos habituales del individuo.

Se concibe, en efecto, que las imágenes o las ideas que han dejado en el espíritu una huella más profunda sean las primeras en despertarse, o, como habría dicho Bonnet, que las fibras cerebrales que con más frecuencia son puestas en vibración sean más fácilmente sacudidas que todas las demás (1).

Ayudémonos, para hacernos bien comprender, con algunos ejemplos.

Empecemos por las Ilusiones de la vista.

El rostro de una persona que nos es completamente desconocida viene a atraer nuestras miradas; por poco, y esto naturalmente debe ocurrir con frecuencia, que este rostro tenga algún punto de semejanza con el de otra persona cuyos rasgos nos son familiares, esta semejanza, por mínima que sea, basta para despertar al punto el recuerdo de esta persona, y este recuerdo, es decir, la imagen que de él es inseparable, tiene toda la vivacidad de la impresión sensorial, pues el alma la percibe de la misma manera que percibe en estado de sueño.

Desde entonces, lo que hemos visto con los ojos de

(1) Los autores han confundido generalmente estas dos condiciones esenciales, pero perfectamente distintas, de las ilusiones; han visto el origen de la ilusión en la naturaleza misma de las sensaciones mórbidas bajo las cuales se presenta. Los caracteres de la ilusión son variables, infinitos como nuestros recuerdos y las creaciones de nuestra imaginación; su causa primera, que es la de todos los desórdenes intelectuales, es esencialmente invariable.

Volveremos más tarde sobre este asunto.

el espíritu, se pone en lugar de lo que hemos visto con los ojos del cuerpo. Las creaciones de nuestra imaginación han ocupado el lugar de la realidad; y si toda

reflexión nos está vedada por la violencia de

la excitación, las dos sensaciones se funden en una sola, y el error es invencible, necesario.

Es así como, atravesando una tarde el pasaje de la Ópera, creí reconocer, entre los paseantes, a cinco o seis personas de mi conocimiento, una entre otras que está ausente desde hace muchos años, pero con quien tenía en aquella época frecuente ocasión de conversar.

La ilusión era completa, pues me volvía vivamente, sin pensar lo más mínimo que pudiera estar en el error; pero apenas había fijado mi atención en la persona que creía reconocer, cuando la imagen fantástica se desvanecía al punto.

He experimentado aún ilusiones que diferían de las precedentes en muchos aspectos. Me ha ocurrido varias veces, estando en un estado de excitación bastante viva, y considerando con atención sostenida el retrato de algún personaje, ver este retrato animarse de repente; la cabeza se agitaba ligeramente y parecía querer desprenderse de la tela; toda la fisonomía tomaba una expresión que sólo la vida puede dar; los ojos sobre todo eran parlantes, los veía rodar en su órbita para seguir todos mis movimientos. Cuando este fenómeno se me ofreció por primera vez, sin que

yo lo esperase y de una manera del todo imprevista, no pude contener un grito de espanto, retrocedí algunos pasos exclamando: ¡Pero esto raya en prodigio! ¡Este retrato está animado! ¡Esto es magia!...

He renovado la prueba dos o tres veces, a fin de darme bien cuenta del fenómeno y analizarlo con sangre fría.

Entonces sentía que poco a poco dejaba de ver la imagen que tenía ante los ojos; insensiblemente ya no la veía sino como flotando en las nubes de un sueño indeciso. Pronto, en fin, era a la persona misma de quien esta imagen era la representación a la que veía en sueños y que, como todas las creaciones de la imaginación, me impresionaba más vivamente de lo que lo habría hecho la realidad.

He aquí la extraña ilusión que experimenté en una fantasía de la que ya he referido algunos incidentes.

Antes de que la acción del hachís se hiciera sentir, había considerado mucho un muy bello grabado que representaba, hasta donde puedo recordarlo, un combate de caballería. Íbamos a ponernos a la mesa; al tomar asiento me encontré precisamente con la espalda vuelta hacia aquel grabado. Después de haber comprimido algún tiempo la excitación que poco a poco se apoderaba de mí, me levanté de repente, y llevando la mano a la parte posterior de mi cabeza, exclamé:

«No me gustan los caballos que cocean, ni siquiera en pintura; me ha parecido que éste (indicando con el dedo uno de los caballos del cuadro) me había lanzado

una coz.» Estas palabras, como se piensa bien, fueron acogidas con una gran carcajada; reí como los demás; luego, volviendo sobre mí mismo, encontré dentro de mí la imagen de un caballo fogoso y encabritado, pero pálida y borrosa como las impresiones de un sueño al momento del despertar. Mi ilusión no era, pues, otra cosa que un sueño, pero este sueño había sido rápido como el pensamiento, y una causa exterior, una impresión sensorial, lo había provocado; última circunstancia que, sin diferenciarlo esencialmente de los sueños ordinarios, lo convierte en un verdadero acto de alienación mental.

Podría multiplicar estas citas relativas a las ilusiones de la vista; ofrecerían todas el mismo carácter. Siempre encontraremos la excitación como hecho primitivo y generador de la ilusión, cuya naturaleza será luego modificada por el carácter particular y, por decirlo así, el color de las ideas habituales o dominantes. Insisto en este hecho para que sea bien comprendido. Cualquiera que sea la situación de nuestro espíritu, por muchas emociones que nos agiten, mientras no sobrevenga excitación, no podremos tener ilusiones de ninguna especie; pero viniendo a desarrollarse la excitación, las ilusiones que de ella nazcan reflejarán inevitablemente, al menos desde el principio, la naturaleza de las ideas y de las pasiones que, por el momento, ejercerán sobre nosotros el mayor imperio. Se ve, por lo demás, que es con razón que, sea desde el punto de vista etiológico,

sea desde el punto de vista terapéutico, se atribuiría una gran importancia a la naturaleza de las ilusiones, que puede, todo lo más, poner sobre la vía de la causa real del mal.

Cuando, bajo los rasgos de una vieja, veía el más fresco y el más encantador rostro, sentía perfectamente que una imagen interior, creación fantástica que mi imaginación exaltada me había hecho ver en sueños, venía a sustituirse a la imagen real. Me explicaba de dos maneras la naturaleza de esta ilusión: 1.º Al tomar hachís, tenía el pensamiento de que todas mis sensaciones debían ser agradables, que debía verlo todo bello; 2.º la imagen de una mujer bonita, por la admiración que hace nacer, la emoción que nos causa, se graba por sí misma y profundamente en nuestro espíritu, y por consiguiente debe poder reproducirse con una gran facilidad.

Cuando, más tarde, creí ver a mi lado a un hombrecillo contrahecho, me acordé de que en aquella época mantenía desde algún tiempo relaciones habituales con una persona de mi conocimiento cuyas formas físicas, sin ser absolutamente irregulares, distan mucho, sin embargo, de responder a las excelentes cualidades de corazón y de espíritu de que está dotada. Era su imagen, bastante imperfecta por lo demás, la que parecían evocar las ropas colocadas junto a mí (1).

(1) Esta ilusión (permítaseme hacer desde ahora una observación que será desarrollada ulteriormente) participaba, en muchos aspectos, de la alucinación, pues la imagen desaparecía casi en el acto en cuanto mi atención se detenía, aunque muy pasajeramente, sobre el objeto exterior; era viva, por el contrario, perfectamente nítida, cuando se ofrecía sola a mi espíritu, mientras mis ojos estaban vueltos hacia otro lado. Así, pues, esta imagen tenía, por momentos, una existencia del todo aislada e independiente de la causa que la había trazado primero en el cerebro. Y desde entonces, ¿no se convertía la ilusión en una verdadera alucinación?

He referido, más arriba, como ejemplo de convicción delirante, la ilusión de aquel individuo que se veía colgado de la pared de su cuarto. El carácter de esta ilusión se explica por el temor que imprudentemente se le había inspirado de morir envenenado. Digo el carácter, y no el hecho mismo de la ilusión, que es tan completamente independiente de las ideas y afecciones dominantes, que para cambiar totalmente su naturaleza, y hacer ver al hachisado, en su almohada, cualquier otra cosa que su propio cuerpo, un inmenso polichinela por ejemplo, habría bastado con ahuyentar las ideas de muerte que lo asediaban y llevar sus pensamientos a otra parte.

Varios jóvenes europeos regresaban, una noche, a su morada, al término de una fantasía que había tenido lugar en casa de uno de ellos. La acción del hachís duraba todavía. La calle larga y tortuosa que seguían estaba, como todas las calles de El Cairo, cuando ha caído la noche, desierta y muy mal alumbrada. Sin embargo, nuestros comedores de hachís creyeron asistir a una espléndida fiesta nocturna y ver una magnífica iluminación. Unas luces brillaban a través de la celosía de madera de los balcones, una multitud de individuos con traje de gala iban y venían, haciendo un ruido espantoso.

¿Cuál era la fuente de esta fantasmagoría, de todas estas ilusiones?... Malos faroles o linternas de papel de color, colgados en las tiendas, o que sostenían en la mano algunos árabes rezagados que regresaban lenta y silenciosamente a su morada.

Pero también la fantasía había sido alegre; había sido animada sobre todo por los recuerdos de la patria, de sus fiestas tan brillantes donde reina una alegría desconocida en cualquier otra parte.

Estos recuerdos, modificados por las impresiones exteriores, habían revestido un color local.

Como todos los demás fenómenos morbosos intelectuales (convicciones delirantes, impulsiones irresistibles, etc., etc.), las ilusiones están, por decirlo así, en estado latente en un cerebro excitado. Todas están allí virtualmente, y las causas más variadas pueden hacerlas salir.

Entregado a sí mismo, el hachisado sufrirá la influencia de todo lo que hiera sus ojos, sus oídos, lo impresione de cualquier manera. Una palabra, un gesto, una mirada, un sonido, el menor ruido, al llamar su atención hacia un fin determinado, imprimirá a todas sus ilusiones un sello particular.

Ya he dicho que algunas palabras habían bastado para hacerme pasar de la alegría, de la felicidad más exaltada, a la más sombría tristeza; y esta tristeza desfiguraba, al reflejarse en ellos, todos los objetos que me rodeaban. Es una boina escocesa la que me ofrece los rasgos de una figura ensangrentada; es un brasero lleno de carbones ardientes el que veo en un vaso de limonada que me presenta uno de mis amigos. Es el rostro de todos los que están junto a mí, en el cual leo la compasión y la más negra congoja; es, en fin, una luz que se multiplica en diez o doce más, las cuales se hallan colocadas alrededor de un ataúd en el que me imagino yacer.

— Una joven dama, tras uno o dos accesos de risa loca, examina atentamente la figura de un caballero colocado a su lado. «Vaya, vaya —exclama—, aún no había hecho yo esta observación; vuestros ojos son rasgados en almendra y levantados por fuera como los de los chinos.» — Se ríe de la observación que acaba de hacer; luego, de pronto: — «¡Oh! Dios mío —dice—, ¿qué es esto? Vuestra nariz es desmesuradamente grande. ¡Pero es monstruoso! Veo sobre ella pequeñas pagodas.» — Pocos instantes después, la señora parecía muy dispuesta a cantar.

Yendo siempre en aumento la excitación, quise llevar sus ideas hacia un asunto propio para calmarla.

Le recordé las primeras palabras de un romance pastoril que ella conocía. Continuó con una expresión y un sentimiento que es imposible reproducir; pero pronto, deteniéndose bruscamente, exclamó, en un verdadero transporte de admiración:

— «¡Corderitos, corderitos! ¿No los veis ahí, delante de mí?... ¡Oh! ¡pero no! solo yo puedo verlos; ¿no me habéis vuelto loca?» — M^^^ *** señalaba con el dedo una estera de junco con cuadros rojos y blancos, extendida delante del diván sobre el que estaba sentada.

Las ilusiones del oído son poco frecuentes en el hachís. Rara vez los sonidos se hallan desfigurados o transformados en otros sonidos que difieran de ellos de una manera notable. Las alucinaciones del mismo sentido son, por el contrario, numerosas, pero no se desarrollan sino a un grado muy elevado de excitación.

Ya hemos dicho que el sentido del oído adquiría una sensibilidad extrema, hasta el punto de que el menor ruido parecía a veces ensordecedor y causaba una impresión desagradable. Un día, deseando asegurarme hasta qué punto se puede seguir siendo dueño de sí mismo, aun cuando las facultades están fuertemente quebrantadas, me dirigí a un salón donde, es verdad, tenía, como se dice, mis codos francos, pero donde, sin embargo, por varios motivos, debía mantenerme convenientemente. Allí fui, desde luego, asediado por numerosas ilusiones de la vista; me inquieté muy poco por ellas; pero me pareció que todo el mundo hablaba o, más bien, gritaba a voz en cuello. Me sentí horriblemente irritado: tras media hora o tres cuartos de hora aproximadamente, que me parecieron un siglo (no es aquí una metáfora), encontré un pretexto y me retiré.

Algunas veces los sonidos no solo son exagerados; se multiplican como si fueran repetidos por un eco que tuviera la propiedad de amplificarlos.


Estando en un jardín, una calurosa tarde de verano del año 1842, me parecía oír, o más bien oía muy distintamente los cantos de una muchedumbre innumerable de pájaros. El jardín era pequeño, un solo pájaro había en él; era un ruiseñor cuyos cantos no se dejaban oír sino por intervalos. Sin embargo, yo oía un gorjeo continuo. Me tapé los oídos; seguí oyéndolo, pero menos distintamente.

Esa misma tarde, oí como un vivo tiroteo al que sucedieron ruidos confusos y el zumbido particular de las grandes reuniones de individuos. Momentáneamente dominado por esta ilusión, exclamé: «¡Escuchad! Disparan fusiles, hay un motín en la calle.» Pero reconociendo pronto mi error, busqué saber la causa, y supe que un criado había dejado caer algo al ordenar en una habitación cuya ventana daba al jardín donde estábamos.

Otro día, oyendo sonar las campanas de una iglesia vecina, pregunto qué puede ser; me responden: «Sin duda hay alguien muerto.» Y, al punto, esta última palabra resonó cinco o seis veces en mis oídos, como si todas las personas que estaban en la misma habitación que yo la hubiesen repetido cada una a su vez, y con una entonación cada vez más lúgubre. En esa época, no estaba aún perfectamente tranquilizado sobre la inocuidad del hachís. Temía haber tomado una dosis demasiado fuerte; esto explica la naturaleza de la ilusión de que acabo de hablar. Esta ilusión, por ilusión que fuese, me fue excesivamente penosa; y debo dar aquí, de paso, el consejo a quienes quieran experimentar el hachís de tomar bien todas sus medidas para no experimentar otras semejantes.

Lo que acabamos de decir respecto a las ilusiones del oído nos muestra el fenómeno psíquico en su mayor simplicidad. Nunca he experimentado por mí mismo, ni observado en otros, de esas ilusiones comparables a las que presentan a veces, aunque muy raramente, los alienados. Habría que, para ello, llevar la excitación a un grado de intensidad capaz de aniquilar toda especie de conciencia; y confieso que aún no me he atrevido a llegar hasta ahí.

Sea como fuere, en el fenómeno tal como lo hemos experimentado y descrito, se encuentran, analizándolo, los mismos elementos que para las ilusiones visuales:

1.º Impresión sensorial, o sensación propiamente dicha;

2.º Una segunda sensación que sigue inmediatamente a la primera, sensación toda de cabeza y puramente interior;

3.º Error pasajero del espíritu, que confunde las dos sensaciones, o más bien olvida la primera para no atenerse sino a la segunda, de donde resulta la percepción delirante.

Estas tres fases, por así decirlo, de la ilusión, cualquiera que sea la rapidez con que se suceden, el espíritu las percibe distintamente y sin confusión, no en el momento mismo en que el fenómeno se produce, sino inmediatamente después; y entonces es la impresión de un sueño lo que le queda, que viene a traerse de nuevo a él, y, si quisiéramos expresar fielmente esta impresión, no sabríamos expresarnos mejor que diciendo: he soñado oír... locución verdadera que un loco convierte en esta otra: he oído; porque estando privado de conciencia (sencillamente, no lo olvidemos, porque una excitación más viva habrá aniquilado en él toda reflexión), confundirá necesariamente el estado de sueño y el estado de vigilia, o más bien los fenómenos pertenecientes exclusivamente al uno y al otro.

Ilusiones de la sensibilidad general. — He referido algunos ejemplos en mi memoria sobre el tratamiento de las alucinaciones. He hablado de un individuo que se creía transformado en un pistón de máquina de vapor; de un joven artista que sentía su cuerpo de una elasticidad tal, que se imaginaba poder entrar en una botella y caber en ella muy holgadamente.

Yo mismo, habiendo tomado una dosis muy ligera de hachís, me sentí ligero hasta el punto de rozar apenas el suelo al caminar. Otra vez, bajo la influencia de una dosis mucho más considerable, me pareció que todo mi cuerpo se hinchaba como un globo, que me expandía en el aire. Me comparaba a esas imágenes fantasmagóricas que se ven, muy pequeñas al principio, crecer, crecer con rapidez, y luego desvanecerse bruscamente. He hablado anteriormente de un alumno de mi servicio en Bicêtre, hoy doctor en medicina, que sentía y decía ver el fluido nervioso circular en su pecho a través de las ramificaciones del plexo solar; que, examinando sus manos con atención, veía la piel surcada por arrugas profundas, y seca como la de ciertos cadáveres.

Las ilusiones llamadas de sensibilidad general parecen rehusarse al examen analítico al que hemos sometido los fenómenos análogos relativos a los sentidos de la vista y del oído. La especie de mecanismo, o, si se quiere, la razón psicológica sobre la que reposan tan manifiestamente estos últimos fenómenos (el despertar simultáneo de dos sensaciones, una exterior, otra toda interior; una verdadera y perteneciente al mundo real, la otra imaginaria y nacida en un estado de sueño), no nos creemos suficientemente autorizados a admitirla para las ilusiones de la sensibilidad general.

Cuando sentía mi cuerpo aumentar de volumen, hincharse como un odre que se insufla (1), esta sensación, por extraordinaria que fuese, no tenía absolutamente nada que la distinguiera de las sensaciones ordinarias. Imposible descomponerla, hacer, como para las ilusiones de los sentidos, la parte de la sensibilidad propiamente dicha y de la imaginación. Hay, pues, motivo para creer que las ilusiones llamadas de la sensibilidad general son el resultado de modificaciones particulares, o, si se quiere, de alteraciones especiales de la sensibilidad, tan reales como las que tienen lugar en las sensaciones más normales. Solo el origen de estas modificaciones difiere.

Sin embargo, apresurémonos a señalar un fenómeno psíquico de los más interesantes de estudiar, y que destruye, en parte, el carácter excepcional bajo el cual las ilusiones de la sensibilidad general acaban de mostrarse.

Contrariamente a lo que sucede en la sensación ordinaria o normal, no es a la periferia de los órganos o a las extremidades de los cordones nerviosos, en cualquier parte del cuerpo adonde se dirijan, sea al interior, sea al exterior, adonde se es llevado, primero e instintivamente, a colocar el asiento de la sensación anormal que constituye la ilusión. Esta sensación parece haberse concentrado toda entera en el cerebro. Es en los centros nerviosos donde se ha desarrollado para irradiarse luego en los órganos.

Así, cuando sentía mi cuerpo hincharse, mis manos, que llevaba rápidamente sobre mí, en todas direcciones, no confirmaban sino de una manera muy incierta la verdad de esta sensación; me decían que mi cuerpo había conservado su volumen ordinario, en el momento mismo en que yo sentía ese volumen acrecentarse desmesuradamente. De esta oposición del tacto con la percepción interior, de estos dos testimonios contradictorios resultaba una sensación mixta de las más extrañas, y que no se sabría expresar sin ser absurdo en los términos de que se haría uso.

Cuando me sentía ligero hasta el punto de rozar apenas el suelo al caminar, por un contraste que no podía dejar de despertar mi atención, oía resonar en mi cabeza de una manera distinta, penosa incluso, el ruido de mis pasos sobre la tierra, como otros tantos golpes sonoros. Además, experimentaba, pero en un débil grado, una sensación bien conocida de la mayoría de quienes han tomado hachís: bocanadas de un dulce calor me subían a la cabeza; mi cerebro parecía ensancharse, y creía dejar la tierra. No es raro, por lo demás, ver individuos sujetos, durante sus sueños, a sensaciones análogas a la que acabo de referir.

Tal es la idea que me he formado de las ilusiones de la sensibilidad general, según el testimonio de mis propias impresiones.

Si se presentan, en los alienados, con formas diferentes y en cierto modo más completas, no es que su naturaleza difiera; esto se debe únicamente a circunstancias psicológicas secundarias que, por lo demás, habría dependido de mí hacer nacer aumentando la dosis de hachís.

En efecto, suponiendo un grado de perturbación intelectual bastante intenso para aniquilar en mí toda conciencia, así como ello tiene lugar en los alienados, se concibe sin pena que mis ilusiones se hubiesen convertido en el punto de partida de convicciones delirantes, semejantes a las que se observan en los locos más dignos de este nombre. Habría podido creerme metamorfoseado en pájaro, en globo, presa del temor de ser arrebatado por un golpe de viento, o reventado por el menor choque, incendiado por una chispa; atribuirme el poder de elevarme en los aires, de franquear el espacio a vuelo de alas, etc., etc.; en una palabra, abandonarme a todas las ideas extravagantes que se enlazan, mediata o inmediatamente, de cerca o de lejos, a la ilusión dominante.

Es precisamente lo que le ocurrió al joven que se creía transformado en pistón de máquina de vapor. Una sensación morbosa y la consecuencia natural, aunque extravagante, que de ella sacaba, tales son los dos términos elementales de su ilusión.

He oído decir a varias personas que habían tomado hachís, que les parecía que su cerebro entraba en ebullición y que la calota de su cráneo se elevaba y se bajaba alternativamente, como levantada por chorros de vapor. Yo mismo he experimentado algo análogo. Es, por lo demás, una de las sensaciones que más asustan a quienes aún no tienen la costumbre del hachís.

Un joven médico, presa de terror, comprimía su cabeza con las dos manos, como para impedirle estallar, exclamando: «Estoy perdido; mi cabeza se va, ¡me vuelvo loco!...» Afortunadamente sus temores dieron pronto paso a la más loca alegría.

No se sabría, pues, confundir las ideas fijas o convicciones erróneas con la sensación anormal que constituye, propiamente hablando, el hecho mismo de la ilusión. Las unas no son sino la consecuencia de la otra, consecuencia, por lo demás, tan poco necesaria, que pueden encontrarse ligadas a sensaciones perfectamente anormales. Era el caso, por ejemplo, por citar uno entre mil, de esa mujer que, presa de los dolores que le ocasionaba un cáncer de estómago, se había persuadido de que había encerrado en ella no sé ya qué animal que le desgarraba las entrañas.

Es bien a torto, evidentemente, que semejantes hechos han sido clasificados entre las ilusiones de la sensibilidad general. Son convicciones delirantes; no son ilusiones.

No se puede aportar demasiada severidad de análisis en el examen de un hecho psíquico cualquiera. ¡Los hechos de este orden son tan fáciles de confundir entre sí! ¡Sus caracteres distintivos son tan poco marcados!

En materia de ilusiones de la sensibilidad, no hay que salir del orden de las sensaciones; pues no son sino sensaciones anormales y nada más.

Ahora bien, que estas sensaciones puedan dar lugar a las ideas, a las creencias más absurdas, entre otras y para comprenderlas todas en algunas, a las relativas a los brujos, a los íncubos y a los súcubos, etc.; esto no ocurre sino ocasionalmente; estas ideas, estas creencias dependen esencialmente del estado general del cerebro que hemos llamado excitación, así como lo hemos demostrado suficientemente desde el comienzo de este trabajo.

Limitaremos aquí nuestras observaciones concernientes a las ilusiones.

En el capítulo siguiente, en que trataremos de las alucinaciones, tendremos de nuevo ocasión de apreciar la naturaleza de este fenómeno patológico. Lo distinguiremos mejor desde el punto de vista en que nos hallaremos situados; una luz más viva lo iluminará.

  • Veremos que, en resumen, las ilusiones pueden ser consideradas como verdaderas alucinaciones debidas a la acción de los objetos exteriores sobre nuestros sentidos; alucinaciones que no se desarrollan sino con ocasión de una impresión sensorial.

En la ilusión (tomamos aquí esta palabra en sentido abstracto), el alma no está, por decirlo así, todavía sino en los confines del estado de sueño; la imaginación no ha sacudido aún toda dependencia de los objetos exteriores; tiene todavía necesidad de su concurso para obrar con la energía que le es propia, cuando el estado de sueño domina exclusivamente.

Este estado es completo en la alucinación. El alma ha entrado de golpe, por decirlo así, en la vida interior. La alucinación no es sino un fenómeno, un accidente de esta vida nueva, como las ideas fijas y los demás fenómenos de que se ha tratado anteriormente.

Existe todavía entre las ilusiones y las alucinaciones una diferencia que debemos señalar antes de entrar en los detalles relativos a este último fenómeno.

La ilusión está necesariamente limitada, como la acción de los sentidos a que se refiere. Se ve, se oye en sueños, con ocasión de impresiones hechas sobre los sentidos de la vista, del oído; la imaginación obra dentro de los límites de la actividad sensorial; ahí se detiene el fenómeno.

La alucinación, según la idea que de ella nos formamos al menos, y como lo veremos en seguida, comprende todas las facultades del alma, no tiene otros límites que los que la naturaleza ha puesto a la actividad de estas facultades; en otros términos, todas las potencias intelectuales pueden estar alucinadas, y no solamente tal o cual de estas potencias, aquellas, por ejemplo, relativas a la percepción de los sonidos, de las imágenes, etc.

Así, pues, no existe para nosotros, hablando con propiedad, sino un estado alucinatorio, y no alucinaciones. Nos serviremos de esta última expresión, sin embargo, como lo han hecho todos los autores; pero no indicará otra cosa que fenómenos puramente accidentales de una modificación general de las facultades intelectuales.

El estado alucinatorio dimana del hecho primordial que es la fuente común de todas las anomalías del espíritu. Es un fenómeno de existencia interior, de vida intracerebral o, lo que viene a ser lo mismo, de estado de sueño.

El alucinado oye sus propios pensamientos, como ve, oye las creaciones de su imaginación, como se conmueve bajo las impresiones que encuentra en su memoria.

No queremos decir con esto que los pensamientos, los recuerdos del alucinado se transformen en sensaciones. Estas expresiones, en el sentido en que el sabio autor a quien las tomamos las empleaba, significan que, estando por lo demás todas nuestras facultades morales en su estado ordinario, en su estado normal, acontece que nuestros pensamientos resuenan en nuestro cerebro de manera que los oímos como si nuestros oídos fueran realmente impresionados por sonidos.

Para nosotros, no hay otra transformación que la de la vida exterior o real en la vida interior o imaginaria, del estado de vigilia en el estado de sueño. Es esto esencialmente una modificación general, que envuelve todas las facultades; y esta especie de transformación solamente explica todos los fenómenos del estado alucinatorio.

No comprendemos ni sabríamos admitir un estado particular del órgano del pensamiento, en virtud del cual no se sabría decir ni por qué ni cómo tal o cual acto del entendimiento, de los recuerdos, de las reminiscencias y aun, lo que es mucho más extraordinario, de las combinaciones, de los puros actos del intelecto, de los pensamientos, en una palabra, se transformarían en impresiones sensoriales, es decir, estarían dotados de la propiedad enteramente física de obrar sobre nuestros sentidos a la manera de los objetos exteriores.

¿Y en qué se funda uno para admitir semejante modificación cerebral, semejante trastorno de todas las leyes constitutivas de nuestro ser moral y físico?... En la manera como se expresan los enfermos cuando dan cuenta de sus alucinaciones; en que dicen he visto, he oído, sentido, etc.

Es, según nosotros, apoyarse o bien en una falsa interpretación dada a estas palabras, o bien (lo que es lo más frecuente) en el error de los enfermos mismos, que dicen y creen, en efecto, haber visto, sentido, etc., mientras que en realidad no han visto sino por los ojos de la imaginación, pero como se ve en sueños; es decir, tan realmente, al menos en ciertos aspectos, como en estado de vigilia.

Desconociendo su estado, incapaces de comprender bien y de analizar su situación mental, transportan a la vida real lo que es de la vida imaginaria, creen haber experimentado en perfecto estado de vigilia lo que no han experimentado sino en estado de sueño, y se expresan conforme a esta falsa convicción.

Sección segunda. — De las alucinaciones.

Esquirol fue el primero que hizo de las alucinaciones un estudio serio y profundo y derramó a profusión la luz sobre este fenómeno, el más interesante, quizá, de todos los que presenta la enajenación mental.

Entrando en la vía que este maestro les había trazado, algunos médicos, la mayor parte sus discípulos, dirigieron su atención hacia el mismo fin. El campo de las alucinaciones ha sido removido en todos sentidos. He sido del número de los trabajadores, y ya en 1840 abordé la cuestión del tratamiento de la lesión mental que nos ocupa.

Actualmente, nos proponemos estudiar las alucinaciones desde un punto de vista que no ha sido, añadamos, que no ha podido ser el de ninguno de los que nos han precedido. Esto no prejuzga seguramente nada contra el talento y la habilidad de que la mayor parte ha dado pruebas esclarecedoras en las obras que han publicado, pero carecían de los medios de investigación necesarios.

Este punto de vista que, por lo demás, es el mismo bajo el cual hemos considerado anteriormente los principales fenómenos del delirio, es la patogenia de las alucinaciones, es decir, las condiciones psicocerebrales, el mecanismo en virtud del cual este fenómeno se produce.

En este tiempo de observación pura, se ha contentado uno con el hecho exterior, aparente, y por decirlo así, con el hecho patológico material, sin remontarse más allá, sin inquietarse por el hecho patogénico, sin duda porque se le creía inaccesible (como lo era en efecto) a toda especie de observación directa, positiva. Apenas se aventuraban algunas conjeturas, a las cuales, por lo demás, se guardaban bien de conceder la menor importancia.

Frente al fenómeno, se han colocado las circunstancias físicas o morales en las cuales o con las cuales se ha desarrollado, o al menos se ha mostrado por primera vez. Se ha hecho de estas circunstancias la fuente variada de las alucinaciones, cuyas causas se han encontrado así multiplicadas hasta el infinito como los mil incidentes que sólo el azar, las más de las veces, ha aproximado.

El origen primero, la causa esencial de las alucinaciones es una, invariable, siempre idéntica a sí misma. Reside en un estado particular del órgano intelectual; desarrollando este estado, una multitud de agentes interiores y exteriores, físicos y morales, pueden devenir la causa, pero la causa puramente fortuita, indirecta de las alucinaciones; sin esto, estos agentes, cualesquiera que sean, están radicalmente heridos de impotencia.

Esta causa esencial, ¿es necesario que la nombremos? Es la de todo fenómeno morboso del entendimiento, es la excitación.

Examinemos primero las alucinaciones según los datos que nos proporciona la observación íntima.

A medida que la acción del hachís se hace sentir más vivamente, se pasa insensiblemente del mundo real a un mundo ficticio, imaginario, sin perder, sin embargo, la conciencia de sí mismo; de suerte que puede decirse que se opera una especie de fusión entre el estado de sueño y el estado de vigilia; se sueña despierto. Tomamos estas palabras en su acepción más rigurosa, pues están calcadas, por decirlo así, sobre el hecho mismo que expresan.

Ya hemos, y aun en diversas ocasiones, hablado de esta fusión de dos estados que parecen excluirse el uno al otro. Hemos tenido cuidado de decir cómo había que entenderla, y qué era en realidad, según lo que de ella nos enseña el sentido íntimo; es decir, más aparente que real, pero tal sin embargo, que, a menos, a menudo, de una extremada sagacidad desarrollada por la costumbre, de una atención fuerte e inteligente, no puede uno evitar creerla completa, absoluta, y confundir entre sí los fenómenos propios de la vida real y los de la vida imaginaria.

No tememos volver con demasiada insistencia sobre este fenómeno psicológico, porque, verdaderamente, toda la cuestión está ahí, porque es el hecho dominante de toda la patología mental, porque resume todos los matices, todas las variedades del delirio, entre otras la de que debemos ocuparnos.

Por lo demás, no sería difícil encontrar numerosas huellas de este fenómeno en el estado fisiológico. ¿No se revela, por ejemplo, y aun de una manera bastante clara, en ese estado de sueño incompleto en que conservamos bastante la conciencia de nosotros mismos para saber que soñamos, en que sufrimos la influencia de las creaciones de nuestra imaginación, bien que no nos engañemos sobre su naturaleza real, absolutamente como esos locos que tienen una conciencia perfecta de su delirio, cuando ceden a sus arrastres más fantásticos y más caprichosos?

Hace algunos días, debí sin duda a mis preocupaciones habituales la ocasión de estudiar en mí mismo un fenómeno de este género. Había trabajado muy avanzada la noche. Después de algunas horas de un sueño calmo y profundo, me desperté experimentando un poco de fatiga. Habiéndome asegurado de la hora que era, me dispuse a dormir de nuevo. Mis pensamientos, entonces, se dirigieron por sí mismos, es decir, por lazos de asociación de que no tenía conciencia, hacia uno de mis amigos cuya visita había recibido en el día. No podía defenderme de una multitud de prevenciones absurdas que me venían sobre su cuenta, de sospechas que no tenían ninguna especie de fundamento.

Busqué combatirlas: imposible. Me sumía cada vez más en mis prevenciones.

Me pregunté si estaba bien despierto, si no soñaba. Para asegurarme de ello, me incorporé, me froté los ojos, pronuncié algunas palabras en voz alta. Todo esto fue inútil, no pude desembarazarme completamente, y ello durante cerca de una hora, de las ideas extravagantes de que era juguete. Cuando vino el día, y después de haber dormido aún una o dos horas, no podía concebir cómo había podido tomar así en serio lo que, actualmente, me parecía tan claramente un juego de mi imaginación.

Una dama de mi conocimiento me decía que le acontece frecuentemente encontrarse en un estado particular que participa a la vez del sueño y de la vigilia. Una mañana, es sorprendida en medio de un sueño por la entrada de dos criadas en su habitación; su sueño le placía, y tenía empeño en no interrumpirlo. Tuvo el pensamiento de despedir a sus domésticas; pero no lo hizo, persuadida de que, si hablaba, su sueño cesaría al instante. Acabó, pues, su sueño, bien que oyera perfectamente lo que decían las domésticas, y a pesar del ruido que hacían al abrir las contraventanas y al arreglar los muebles.

Las causas a que son debidos los fenómenos de que acabamos de citar dos ejemplos son poco persistentes por su naturaleza; pues bien poca cosa, como se sabe, basta para destruir su efecto. La más ligera impresión venida del exterior basta para hacer cesar el estado de semisueño, y poner en fuga todos los vanos fantasmas engendrados por él.

Pero admitamos que estas mismas causas sean más enérgicas, que estén dotadas de una acción más durable y más inaccesible a las influencias exteriores; ¿no es evidente que los fenómenos que de ellas resultan tendrán igualmente una más larga duración, y que los dos estados de sueño y de vigilia se encontrarán así existiendo simultáneamente?

Es lo que sucede en el hachís, y, en el más eminente grado, por la acción de las causas ordinarias de la locura.

Una tarde me hallaba en un salón, en medio de una reunión de amigos íntimos. Se había hecho música, lo que había contribuido poderosamente a exaltar todas mis facultades. Llegó un momento en que, no sé muy bien por qué, todas mis ideas, todos mis recuerdos

me transportaron hacia el Oriente. Hablaba con entusiasmo de las comarcas que había recorrido; refería con una increíble volubilidad de palabras algunos episodios del viaje que más impresión me habían causado. Dando cuenta de mi partida del Cairo para la Alta Egipto..., me detengo de pronto, y exclamo: — «Tened, tened, he aquí que oigo todavía la canción de los marineros que reman sobre el Nilo: Al bédaouïj, al bédaouï! y luego repetía este estribillo, como lo hacía antiguamente.

Era una alucinación en toda la acepción de la palabra, pues oía real y distintamente (1) los cantos que, antaño, habían herido tan a menudo mi oído.

Era la primera vez que experimentaba este fenómeno de una manera tan neta, tan tajante; y, a pesar del trastorno de mis ideas que parecían arremolinarse en mi cabeza, me apliqué a estudiarlo con la mayor exactitud que pudiera.

Quise primero provocar nuevas alucinaciones fijando mi atención en otras ideas, evocando otros recuerdos. Me fue imposible; era llevado constantemente, y como a pesar mío, hacia el mismo asunto; pero la alucinación

(1) No me sirvo de estas expresiones, nótese bien, sino para expresar mi pensamiento en el sentido de la opinión generalmente admitida, y en un lenguaje familiar a los alucinados; conforme a mi opinión particular, es: «Creía oír, soñaba oír», lo que debería decir.

había cesado, bien que la cadena de recuerdos a los cuales se hallaba ligada hubiese sido anudada de nuevo.

No había dejado en mi espíritu sino la reminiscencia fugitiva de un sueño; y, entre esta reminiscencia y la impresión misma, no percibía diferencia sino en el grado de intensidad. —He soñado oír; he soñado que oía; he creído que oía, pero con esa convicción plena y entera que se tiene al soñar... — Tal es la invariable respuesta que me daba a mí mismo, cuando, escrutando el fondo de mi pensamiento, procuraba darme cuenta de lo que había experimentado.

Soñaba, pues: esto resulta del testimonio más claro, más preciso de mi conciencia íntima; pero al mismo tiempo, —es aún un hecho garantizado por la misma autoridad—, conservaba mis relaciones naturales con todo lo que me rodeaba; la mejor prueba es que respondía con la más entera presencia de ánimo a las preguntas que se me dirigían acerca mismo de los cantos que decía oír.

He tenido varias veces ocasión de cerciorarme de que eran bien impresiones de esta naturaleza las que experimentaban otros alucinados, ya a causa del sentimiento de su estado que nunca los abandonaba, o al menos nunca lo bastante completamente para que se pudiera despertarlo al punto, ya según la manera en que invariablemente dan cuenta de esas mismas impresiones: «Soñaba que veía; soñaba que oía; y, sin embargo, sabía perfectamente dónde estaba, quién estaba junto a mí, etc... ¡Es increíble; es incomprensible!»

La idea que me he formado de la patogenia de las alucinaciones no se me presentó, de buenas a primeras, tan neta y tan precisa como acabo de expresarla hace un momento. Numerosas experiencias han sido necesarias para hacer cesar incertidumbres y disipar errores semejantes a aquellos en que caen los alienados que han perdido toda conciencia de su situación o que son incapaces de analizar su estado mental.

Varias veces, cuando la excitación no era muy viva, el ruido, las voces que había oído me habían parecido resonar en mi cabeza; pero no era esto sino una impresión extremadamente vaga. Otras veces, me persuadía, o más bien era llevado a creer que era yo mismo quien hablaba y que oía hablar; este error se disipaba al punto, cuando me ponía a hablar realmente. Así es, en verdad, como suceden las cosas en el estado de sueño: son nuestros propios pensamientos los que expresamos y a los que respondemos, cuando en nuestros sueños trabamos conversación con otras personas; son diversas impresiones recibidas anteriormente las que se reproducen, que asociamos, que combinamos de todas las maneras; pero todos estos fenómenos derivan esencialmente del estado de sueño, y no se sabría confundirlos con aquel que consistiría en oír voces, un ruido cualquiera, sin que las facultades intelectuales hayan sufrido ninguna especie de modificación, si no idéntica, al menos del todo análoga a la que engendra los sueños. Hay entre estas dos especies de fenómenos toda la distancia de la vigilia al sueño.

Un día había pasado nueve o diez horas en un estado de excitación bastante viva. Las ilusiones y las alucinaciones habían sido numerosas; pero estaba fuera de estado de apreciarlas bien a causa de secretos terrores (era la segunda o tercera vez que lo experimentaba) que me quitaban en parte la libertad de mi juicio. El acceso tocaba a su fin, y había llegado a ese período de semi-excitación, de calma acompañada de lasitud que sigue a toda excitación un poco intensa. Estaba tranquilo y no experimentaba ya, como antes, la necesidad de verter en un flujo de palabras las ideas que bullían en mi cerebro. Estaba, por lo demás, perfectamente despierto, y nada de lo que se hacía en la habitación en que me hallaba se me escapaba. Un momento, me sorprendí escuchando como un ruido confuso de voces que hablaban todas a la vez y en el mismo tono. Creí primero que este ruido provenía de la habitación vecina; habiéndome asegurado de que no era así, y de que estaba bien solo en aquel momento, me tendí de nuevo sobre mi diván. El ruido recomenzó casi al punto.

Esta vez no fui ya tan completamente engañado, y adquirí la convicción de que había soñado, pero soñado despierto.

Por lo demás, es este un fenómeno que se presenta bastante frecuentemente en el estado ordinario. ¿No sucede, en efecto, que seamos despertados de pronto por voces que oíamos en sueños? ¿Y no nos han impresionado estas voces tan vivamente como si hubieran sido reales, hasta el punto de que estamos obligados a reflexionar algunos instantes para asegurarnos bien de que soñábamos?

Supongamos ahora que este fenómeno se renueve a intervalos más o menos próximos, y que gocemos durante estos intervalos de una perfecta lucidez; tendremos idea de lo que sucede en el hachís y en los otros trastornos intelectuales en que se muestran las alucinaciones.

No hemos hablado hasta aquí sino de las alucinaciones relativas al sentido del oído; nuestras reflexiones se aplican igualmente a las de la vista. Son dos fenómenos de naturaleza idéntica, es decir, simples accidentes de un estado de sueño.

Un joven francés, entrado desde poco tiempo antes al servicio del pachá de Egipto, echaba vivamente de menos su país y manifestaba cierta tendencia a la nostalgia. Tomó hachís, que le habían dicho ser un remedio todopoderoso contra el aburrimiento que lo dominaba. Fue lo contrario lo que sucedió: tuvo alucinaciones más bien hechas para acrecentar que para disminuir sus pesares. Con los ojos fijos en la pared blanca y perfectamente desnuda de su habitación, veía la casa que habitaba en el campo, los patios, los jardines; su madre, su hermana, se paseaban por allí, lo invitaban a venir a reunirse con ellas y le reprochaban su ausencia, etc. (Hecho comunicado por Aubert-Roche.)

Junto a este hecho se coloca naturalmente el que hemos referido, página 15. Las alucinaciones de la vista no tienen nunca un carácter más tajante.

Condiciones fisiológicas y patológicas favorables al desarrollo de las alucinaciones.

Resulta de las consideraciones a las que acabamos de entregarnos, que las alucinaciones, como todos los fenómenos del delirio, sin excepción, sacan esencialmente su origen de la excitación, modificación cerebral que desde el punto de vista psicológico debe mirarse como idéntica al estado de sueño ordinario.

Estos datos, suministrados por la observación íntima, nos han colocado en un punto de vista enteramente nuevo, desde el cual hemos resuelto examinar el fenómeno de las alucinaciones en su más completo desarrollo.

Sin dar por lo demás importancia a sus caracteres exteriores, a las denominaciones que los prejuicios, la superstición o la imaginación de algunos escritores sistemáticos le han impuesto a veces, hemos estudiado con cuidado las diversas circunstancias fisiológicas o patológicas en las que se muestra más particularmente.

El resultado de estas investigaciones ha sido la confirmación más completa de la opinión que hemos emitido anteriormente tocante a la naturaleza psíquica de las alucinaciones.

Es este resultado el que consignamos en las páginas siguientes. Hemos estudiado las alucinaciones en condiciones de origen en apariencia cada vez más alejadas de aquellas particulares al hachís, más cercanas, por el contrario, a las causas ordinarias de la locura.

Ningún autor, que sepamos, ha hecho del sujeto que nos ocupa el objeto de investigaciones especiales; sin embargo, pasando revista a las opiniones de los principales alienistas tocante a las alucinaciones en general, descubriremos en ellas nuevas pruebas en apoyo de la que sostenemos.

Estas investigaciones nos ocuparán en último lugar.

Estudiemos primero el modo de acción de ciertas causas que parecen tener la mayor analogía con el género de influencia ejercido por el extracto de cáñamo indio sobre nuestras facultades morales; nos convenceremos de que los resultados psicológicos son esencialmente los mismos.

I. — Acción de diversas sustancias tóxicas.

Se sabe que varias sustancias pertenecientes a los diferentes reinos de la naturaleza están dotadas de una acción más o menos marcada sobre el cerebro, y por consiguiente sobre las funciones intelectuales. La enajenación mental mejor caracterizada puede ser su resultado inmediato, transitorio lo más ordinariamente, a veces duradero y permanente.

Las ilusiones y las alucinaciones son uno de sus síntomas más frecuentes.

Una multitud de autores, de toxicólogos entre otros, han señalado estos efectos; pero las descripciones que de ellos han dejado son incompletas, porque no ponen de relieve sino los fenómenos principales, sin tener en cuenta los matices intermedios. Estos matices tienen, sin embargo, una gran importancia; pues son los eslabones que unen entre sí esos mismos fenómenos, y permiten reducirlos a un origen común, por alejados que se hallen, en apariencia, de su punto de partida.

Las experiencias que hemos hecho sobre nosotros mismos han dirigido nuestra atención hacia un orden de síntomas que, hasta aquí, había pasado inadvertido.

He interrogado con cuidado a un gran número de individuos que habían hecho uso de sustancias tóxicas capaces de turbar las facultades mentales: siempre hemos encontrado la modificación intelectual que hemos designado como hecho primordial y generador de los desórdenes del espíritu; siempre la misma filiación, el mismo encadenamiento de estos desórdenes.

Sin duda esta modificación no se presenta constantemente con las formas netas y precisas que le hemos asignado según nuestra propia observación; sus caracteres son tales, no obstante, que es imposible no reconocerla y rehusar su presencia.

A. Protóxido de azoe. — Escuchemos a sir Humphry Davy refiriendo los efectos maravillosos que sintió cuando respiró por primera vez protóxido de azoe. «Sentí, dice el gran químico, aflojarse y romperse todos los lazos que me unían al mundo exterior. Bocanadas de imágenes distintas y vivas (trains of vivid, visible images) atravesaron rápidamente mi espíritu... Otra vez, sentí con un placer indecible acrecentarse el sentido del tacto en mis pies y en mis manos; perspectivas deslumbradoras fascinaban mi vista.

Oía distintamente los más imperceptibles ruidos que se elevaban en la campana, y ningún fenómeno de mi estado podía escapárseme. Poco a poco, volviéndose intensa la crisis, fui absolutamente arrebatado al sentimiento ordinario de nuestras percepciones naturales. Experimentaba como un desprendimiento físico e involuntario que me arrancaba de los nudos tertres, y me hacía pasar, por transiciones llenas de voluptuosidad, a un medio de sensaciones desligadas que me eran, humanamente hablando, del todo desconocidas... Parecía que, en mi inteligencia privilegiada, todo se ejecutaba por instinto y espontáneamente. El tiempo, en una palabra, no existía para mi memoria, y las tradiciones más remotas se perpetuaban en ella de un solo golpe con el esplendor y la instantaneidad de un relámpago.»

Llamo la atención sobre los pasajes que hemos subrayado. Indican suficientemente las fases sucesivas que ha seguido la modificación intelectual; cuál ha sido el punto de partida, el origen de la especie de escena fantástica que se representaba en el cerebro de Davy y a la cual parecía asistir como un espectador extranjero.

En esta ruptura de las relaciones naturales con las cosas exteriores, esta pérdida gradual del sentimiento ordinario de nuestras percepciones, este desprendimiento físico e involuntario de los nudos terrestres, esta rapidez, esta instantaneidad de concepción, en fin, estas imágenes vivientes que surcan su espíritu, es imposible no reconocer el hecho primordial. Pensamos que en vano se intentaría caracterizarlo mejor.

Davy no perdió un solo instante la conciencia de su estado. Sin embargo, queriendo dar cuenta de lo que había experimentado, después de que «su imaginación hubo vuelto poco más o menos, como un mar apaciguado (¡estas expresiones son de una verdad increíble!), a su estado normal, experimenta la misma ansiedad melancólica que el hombre que despierta tras un sueño encantador (el estado de sueño tras la excitación), y que busca reunir los rasgos borrados de esta ilusión fugitiva.»

Por las sensaciones que sacaba de su imaginación exaltada, y, por otra parte, por la integridad de su sentido íntimo, por el sentimiento que había conservado de su individualidad, Davy parecía, pues, pertenecer a dos modos de existencia bien distintos y, sin embargo, fundidos el uno en el otro: estaba loco, con la conciencia de su locura, absolutamente como si hubiera tomado hachís.

B. Opio. — El opio parece gozar en alto grado de la facultad de desarrollar esta suerte de estado mixto en el que la imaginación y la razón aportan un contingente igual. La observación que vamos a transcribir nos ha parecido ofrecer, a este respecto, un vivo interés. Permítaseme interrumpir el relato hecho por el autor mismo e intercalar en él las reflexiones que juzgue convenientes. Los encantos de la narración podrán sufrir con ello, pero la verdad científica no saldrá sino mejor; habrá más que compensación.

Un inglés residente en la India, que, durante un gran número de años, se había embriagado todos los días con opio, ha descrito las sensaciones que le hacía experimentar este funesto hábito.

«El primer cambio que advertí en mí, dice, se manifestó por visiones. Fue hacia mediados del año 1817 cuando la facultad de pintarme en la oscuridad toda suerte de fantasmas vino decididamente a adherirse a mí. En el momento en que se aumentaba en mis ojos la facultad de crear, una especie de simpatía se establecía entre el estado de sueño y el estado de vigilia en que me encontraba. Todos los objetos que me ocurría llamar y trazar voluntariamente en la oscuridad eran al punto transformados en aparición, de suerte que tenía miedo de ejercer esta facultad temible; pues no podía pensar en una cosa en las tinieblas sin que al punto se me apareciera como un fantasma.»

¡Tales eran, pues, los resultados de la «simpatía establecida entre el estado de sueño y el estado de vigilia» en nuestro comedor de opio! Las imágenes que le placía evocar tenían toda la veracidad y, si puedo expresarme así, toda la exterioridad de las percibidas por el concurso del centro cerebral y de los sentidos especiales. La fusión o, si se quiere, la simpatía establecida entre el estado de sueño y el estado de vigilia es tan completa, que quien la experimenta apenas tiene conciencia de ella, y que, para dar cuenta de sus visiones, no se expresa de otro modo que como lo haría si se tratara de sensaciones ordinarias. Con sus ojos creía ver los fantasmas cuya presencia temía y que no evocaba sino temblando.

¿Qué diferencia, no digo esencial, sino por pequeña que sea, podría encontrarse entre este hombre y un loco ordinario; entre su lenguaje, las expresiones de que se sirve, y el lenguaje, las expresiones familiares a los locos alucinados? ¿Tenía conciencia de los desórdenes de su espíritu? Pero ¡cuántos alucinados se encuentran en el mismo caso, y dan cuenta de su estado con la misma nitidez, la misma precisión que sir X...! Percibía confusamente la modificación psicológica, fuente primera de sus aberraciones; ¿habla de simpatía que se establece entre el estado de sueño y el estado de vigilia? Pero ¿no salen esas mismas expresiones u otras análogas a cada instante de la boca de los alienados, cuando quieren dar a conocer lo que experimentan durante el curso de la enfermedad, y sobre todo cuando quieren hacer comprender en qué estado se hallaban, después que una franca curación ha venido a poner orden en sus ideas?

Entre las visiones de que sir X... se complace en dar cuenta, hay una sobre la cual se expresa así:

«Siempre había amado mucho la historia romana; por otra parte, me había familiarizado con un período de la historia de Inglaterra, el de la guerra del parlamento. Estas dos ramas principales de mis conocimientos, que, en salud, eran el tema ordinario de mis reflexiones, se convirtieron en el tema de mis sueños.» (Se sabe que esta palabra: sueños es empleada por sir X... para designar el estado de alucinación que le procuraba el opio.) «A menudo, después de haberme representado involuntariamente, en las tinieblas, una especie de asamblea, un círculo de damas, una fiesta y unas danzas, oía decir o me decía: Son damas inglesas de los desgraciados tiempos de Carlos V. Son las mujeres y las hijas de los que se han encontrado en la paz, se han sentado a la misma mesa, aliados por el matrimonio o la sangre. Las damas danzaban y sonreían como en la corte de Jorge IV. Sin embargo, yo sabía que habían muerto hacía cerca de dos siglos.

De pronto se batían palmas, oía pronunciar la formidable palabra Consul romanus, y venían inmediatamente Paulus o Marius, rodeados por una compañía de centuriones, de túnica escarlata, y seguidos de los alabarderos de las legiones romanas.»

Como sucede casi siempre, son los objetos que, en diversas épocas de su existencia, habían fijado más habitualmente su atención, cuyas imágenes se habían trazado más a menudo en su espíritu, los que se encuentran bajo la forma alucinatoria, y que el prisma de la excitación y del estado de sueño colorea de una especie de actualidad.

«Oía decir, o me decía...» Estas palabras que nuestro alucinado arroja como al pasar y sin darles importancia, merecen ser advertidas.

Sucede, en efecto, que la alucinación sea lo bastante poco marcada para carecer de su principal carácter, la exterioridad. Entonces se presenta con su naturaleza primitiva, y permanece, por así decirlo, en el cerebro donde ha nacido y de donde no sale sino cuando el estado de sueño es más completo. De ahí la incertidumbre sobre si uno ve en su cabeza o fuera, si uno oye hablar o si se habla a sí mismo, si oye decir o si se dice.

Hemos tenido anteriormente ocasión de señalar este fenómeno, según la observación que de él habíamos hecho sobre nosotros mismos.

C. Licores alcohólicos. — El abuso de los licores alcohólicos es, como cada cual sabe, una causa frecuente de locura. El delirio que de él resulta afecta las formas más variadas. Las ilusiones y las alucinaciones figuran entre los síntomas más constantes y mejor caracterizados.

Un hecho interesante en la cuestión que nos ocupa es que no es raro ver a la embriaguez (el hábito de la ebriedad) desarrollar esas modificaciones especiales de la inteligencia que se mantienen como a medio camino entre el estado de locura y el estado de razón, ese estado crepuscular del espíritu que tanto importa y tan difícil es comprender bien. A menudo tenemos ocasión de citar ejemplos de ello en la Revue médico-légale que publicamos en los Annales médico-psychologiques.

En general, en la locura consecutiva a la embriaguez, como en todos los casos de delirio provocado artificialmente, la invasión de los desórdenes intelectuales no es tan brusca que la razón no pueda luchar durante más o menos tiempo. Mientras dura esta lucha, el individuo está loco y razonable alternativamente, hasta que la locura o la razón toma del todo las riendas, según que los excesos se renueven o cesen por completo.

En este caso se ha visto a individuos ser juguete de las más extrañas alucinaciones, sin que por lo demás la integridad de sus facultades morales pareciera haber recibido otro ataque. He aquí dos ejemplos notables entre muchos otros que cada cual puede tener presentes en el espíritu. Cito aquellos de preferencia, porque, en una época aún poco lejana, han servido para alimentar ciertas discusiones relativas a las apariciones. Difícilmente se encontrarían ejemplos más marcados de locura alucinada sin delirio.

«El señor Cassio Burroughs era uno de los hombres más hermosos de Londres, de un valor brillante, pero singularmente altivo y un poco pendenciero. Se hizo amante de una encantadora italiana que se encontraba en Inglaterra, donde murió. Una noche, algún tiempo después de la muerte de su amante, el señor Burroughs, hallándose en una taberna, se jactó públicamente de su antigua relación: era violar una promesa que había hecho en el lecho de muerte de la dama, cuyo desmayo había jurado no revelar jamás. La indiscreción apenas había sido cometida cuando la sombra de la bella italiana se le apareció, y este fenómeno se reprodujo en adelante en sus orgías de taberna.

El señor Burroughs declaró que la vista del fantasma era precedida de un escalofrío terrible que le sorprendía en medio de las nieblas del vino, y hacía vibrar como cuerdas todas las partes óseas o blandas de su cuerpo. Más tarde se batió en duelo; la alucinación se mostró a su amante la misma mañana de la catástrofe.»

«La conversión del coronel Gardiner, acaecida en 1719, contada por el piadoso Doddridge, está viva todavía en la memoria de todos los iluminados de Escocia; pasaba a sus ojos por una revelación que habría sido profano explicar por las ciencias naturales. — Se sabe que el coronel Gardiner, habiendo cenado con una alegre compañía el día del sábado, dejó a sus convidados hacia las once de la noche para prepararse a una cita galante donde le esperaba a medianoche una mujer casada, y que, para recogerse en una amorosa impaciencia, durante los últimos minutos que precedían a este dulce instante, sacó un libro cualquiera de su portamanteo: era el Soldado de Cristo, o los dos conquistados de asalto, de Thomas Watson; la buena tía del coronel había, por descuido, o más bien a propósito, deslizado esta obra divina en el equipaje de su sobrino. Algunas frases sobre la profesión militar atrajeron primero la atención de Gardiner, que pronto recorrió las páginas del volumen con entusiasmo. De pronto un ligero tizón de fuego, una especie de llama errante viene a caer sobre el libro abierto. El coronel se imagina ver una chispa desprendida de la mecha de su lámpara; pero al levantar los ojos percibe, con su gran sorpresa, y como suspendido en el aire en medio de su cuarto, el cuadro del suplicio de Jesús y la cruz rodeada de una aureola; una voz, o algo que se parecía a una voz, dice el reverendo Doddridge (something equivalent to a voice), le dirigió incluso un discurso bastante patético y que fue conservado, etc.»

En el caso siguiente, que tomamos de W. Scott, encontramos las dos condiciones psicológicas más favorables al desarrollo de las alucinaciones: 1.º un estado habitual de excitación resultante del abuso de licores fuertes, y una predisposición natural a la cólera y al arrebato; 2.º una viva impresión moral que parece concentrar de pronto el trastorno intelectual sobre una serie de ideas, con exclusión de toda otra.

El capitán de un buque negrero era un hombre muy variable, a veces dulce y afable con los marineros de su tripulación, pero más a menudo presa de accesos de cólera, de violencia y de aversión durante los cuales rugía como un tigre sobre la cubierta. El sol de África parecía haber pasado a sus venas como un licor de fuego, y sus pupilas se volvían tan rojas como la espalda de los negros cuando su piel volaba bajo el látigo. A bordo no se le hablaba sino con la pistola en la mano.

» Este capitán había concebido un odio particular contra un marinero, un viejo que no tenía ya sobre el cráneo más que un mechón de pelos blancos, y cuyo nombre era Bill Jones, o algún nombre semejante. La tripulación respetaba a este viejo marinero, que jamás había dormido fuera del navío; pero, sin duda a causa de este respeto, nuestra bestia feroz no le dirigía sino amenazas e injurias. El viejo, con la licencia que se permiten los marineros en los buques mercantes, le replicaba en el mismo tono.

Un día Bill Jones tardó en subir a la verga para aferrar una vela. Estaba tan quebrantado. En aquel momento el capitán apareció, un poco ebrio, a la puerta de la cámara. — ¡Ohé!, gritó, ¡viejo tiburón, maldita carroña, vejiga hinchada de ron! ¡aferra o revienta!

» La respuesta del marinero exasperó al capitán, que entró en la cámara y salió pronto de ella con una espingarda cargada en la mano. Apuntó al pretendido amotinado, hizo fuego. La metralla golpeó en las vergas con el ruido del granizo. Bill Jones permaneció un momento en medio del humo, como suspendido de través sobre el vientre. Luego se desplomó pesadamente al pie del palo mayor, sujetándose los intestinos que se le salían. Lo tendieron sobre la cubierta, evidentemente moribundo. Levantó los ojos hacia el capitán y le dijo: — Me habéis dado mi cuenta, señor; ¡pero jamás os dejaré!

» El capitán, encogiéndose de hombros, se contentó con responderle que lo haría arrojar a la caldera donde se preparaba la comida de los esclavos, a fin de ver cuánto había engordado. El desdichado murió; su cuerpo fue realmente arrojado a la caldera.

  1. El capitán ordenó, con terribles juramentos, que se guardara el más profundo silencio sobre lo que había pasado. Sin embargo, los marineros estaban todos poseídos de la idea de que Bill Jones no había abandonado el navío; creían que su espíritu trabajaba con la tripulación en la maniobra, sobre todo cuando se trataba de aferrar una vela; en cuyo caso el espectro no dejaba de ser el primero en montar a horcajadas sobre la verga. Acabé, dice el pasajero en cuya boca coloca Walter Scott este relato, por verlo yo mismo, como los demás, y tan distintamente, una noche de tempestad, cerca de las Azores, que lo llamé en voz baja: ¡Jones! pero no me respondió, y trepó a la cofa, donde desapareció.

Sólo el capitán parecía no prestar ninguna atención a esta cosa extraña, y como se temía la violencia de su carácter, nadie le hablaba de ello. La tripulación, sombría e inquieta, devoraba con los ojos el espacio que nos separaba aún de las costas de Inglaterra. Cierta noche (habíamos pasado el golfo de Vizcaya), el capitán me invitó a bajar a su cámara para tomar allí un vaso de grog con él. Su rostro estaba preocupado; por fin, se abrió a mí con una voz un poco conmovida.

»— No necesito deciros, Jack, qué especie de compañero tenemos a bordo con nosotros.

» — Capitán, dije yo afectando una gran indiferencia, todo eso es una broma...

» — No, no, no es una broma; me ha dicho que jamás me dejaría, y ha cumplido su palabra.

» — ¡Cómo!, exclamé con un gesto de sorpresa.

» — Vos no lo veis sino de tiempo en tiempo; pero él está siempre a mi lado: jamás está fuera de mi vista... ¡Mirad, Jack!... en este mismo momento, ¡lo veo ahí, detrás de vos!...

» El capitán se puso muy pálido; sus miradas tomaron una expresión indefinible. Se levantó muy agitado.

» — No soportaré su presencia por más tiempo, es preciso que os deje.

» A estas palabras incoherentes, a estos ir y venir que el capitán hacía en la cámara, como para evitar al espectro, le respondí tranquilamente, a fin de calmarlo con mi incredulidad aparente, que podía volver a sentarse; que no había medio de abandonar el navío, puesto que la tierra no se mostraba aún, y que el único partido razonable que tomar era navegar hacia el oeste de Francia o hacia Irlanda, desembarcar allí secretamente, y dejarme el cuidado de conducir el buque a Liverpool. Pero sacudió la cabeza con aire sombrío, y me repitió, como si no me hubiera escuchado:

» — ¡Es preciso que os deje, Jack!

» Hablando así, el capitán se detuvo de pronto, con la inquietud de un hombre que escucha un rumor lejano, y me preguntó si no oía ruido sobre la cubierta. En la situación extraordinaria en que se hallaba el navío, se estaba siempre sobre aviso. Subo rápidamente la escala de popa; mis pies apenas habían franqueado el último peldaño cuando el ruido de un cuerpo pesado que caía al agua me hizo estremecer. Asomé la cabeza por el borde del buque, y me di cuenta de que el capitán se había arrojado al mar, mientras nosotros corríamos seis nudos por hora. En el instante en que el desdichado se hundía, pareció hacer un esfuerzo desesperado, se elevó a medias sobre el agua, y me tendió la mano, exclamando:

» — ¡My God! ¡Bill está todavía conmigo!

» Dicho esto, el mar se cerró, y caí de rodillas, sobrecogido de terror, detrás de la borda.»

Los efectos de la embriaguez han sido descritos demasiadas veces para que nos limitemos aquí a recordarlos.


Con un poco de atención, se advertirá fácilmente que no son otra cosa que la modificación vital y primordial que tantas influencias diversas pueden desarrollar, y que se encuentra inevitablemente en todas partes donde se ve surgir algunos síntomas de delirio. Cualquiera que haya sido su causa, ocasional o determinante, todas las alienaciones mentales se resumen en una modificación idéntica en su comienzo. La locura por excesos alcohólicos confirma esa ley de patogenia mental que

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hemos sentado al comienzo de este trabajo.

Recuérdese ese sentimiento de bienestar que marca los primeros efectos de la intoxicación, esa facilidad de concepción, esos pensamientos, esas percepciones vueltas más rápidas, más instantáneas, esas emociones fáciles, esa impresionabilidad desacostumbrada... ¿Podrían ser más acentuados los signos de la excitación? ¿Y no es entonces cuando esa excitación ha adquirido cierta intensidad, cuando la inteligencia es arrastrada en un torbellino de pensamientos, de recuerdos y, como se dice tan bien, de imaginaciones de toda suerte, cuando surgen y se alzan ante la razón conmovida las ilusiones, las alucinaciones, las ideas fijas, los instintos desordenados e irresistibles, en una palabra, todo el fantástico cortejo del delirio más completo?

En este grado de turbación y de trastorno de las facultades morales, la observación se detiene; pues, poco después, el borracho cae en un estado de torpor y de somnolencia que lo hace casi totalmente extraño al mundo exterior. Si se muestra aún accesible a las impresiones venidas de fuera, las ideas que esas impresiones despiertan en él están, por decirlo así, marcadas con el sello de sus preocupaciones interiores y de sus falsas convicciones.

Pertenece por entero al mundo de su imaginación. La realidad ya no lo impresiona con bastante viveza para penetrar en el fondo de su conciencia.

Está en el caso del soñador que, aportando a sus sueños recuerdos de la vida real y teniendo con-

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ciencia de su sueño, procura rectificar, con ayuda de esos mismos recuerdos, los productos más o menos extraños de su imaginación.

«En el primer grado de la embriaguez, dice Hoffbauer, los pensamientos se suceden con demasiada rapidez para que se tenga tiempo de ordenarlos en el orden que exige el relato. Acrecentándose cada vez más esa rapidez, pronto los sentidos pierden su delicadeza ordinaria, y la imaginación gana a medida que ellos pierden.» En el lenguaje más severo y el único exacto de la observación íntima, esas palabras del médico alemán significan que, bajo la influencia creciente de la excitación alcohólica, el borracho pasa del mundo real a un mundo imaginario, del estado de vigilia al estado de sueño. Y es cuando una especie de fusión se ha operado entre los dos estados, cuando el individuo ya no sabe distinguir los fenómenos que son exclusivamente propios del uno o del otro, cuando debe ser considerado como alienado.

D. Sustancias narcóticas. — Las sustancias narcóticas gozan en muy alto grado de la facultad de desarrollar el estado alucinatorio. El opio sobre todo parece estar en este caso, como lo prueba el hecho notable que hemos referido anteriormente. Algunas sustancias análogas nos han parecido deber ser objeto de reflexiones particulares, a causa del partido que los hechiceros sabían sacar de ellas antaño para hacer nacer alucinaciones,

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Son la manzana espinosa, la belladona, el beleño, el acónito, etc.

La acción de estas sustancias sobre las facultades morales ha sido estudiada con cuidado; pero uno se ha detenido constantemente en los síntomas exteriores, en los signos sensibles por los cuales esa acción se revelaba al exterior. Se han notado los cambios sobrevenidos en el estado moral, sea bajo el aspecto intelectual, sea bajo el aspecto afectivo, pero no se ha ido más allá. Los fenómenos íntimos no podían ser revelados sino por un modo de observación al que se entrega poco en general, la observación directa o sacada de experiencias personales.

He ensayado sobre mí mismo la mayor parte de las sustancias que acabamos de nombrar; además, guiado por mis propias sensaciones, he interrogado a un gran número de individuos, de alucinados principalmente, cuya afección mental había sido combatida por el uso de esas sustancias. Invariablemente, al menos al comienzo, los resultados de su acción son idénticos a los del hachís; desasociación de las ideas, ensueños que parecen ser el preludio de un estado de sueño más completo y durante el cual se formarán nuevas asociaciones de ideas más o menos extrañas, percepciones sin excitante exterior, etc.; asociaciones y percepciones que, transportadas a la vida real, formarán ideas fijas, convicciones delirantes, alucinaciones, etc.

Antes de experimentar el adormecimiento o el estado de

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estupor, que parece ser el término más avanzado de la acción de los narcóticos, se siente muy netamente que no se hace sino pasar de un modo de existencia intelectual a otro; se cesa poco a poco en toda relación con las cosas exteriores para ponerse exclusivamente en relación con los elementos de sus recuerdos o las creaciones de su imaginación.

Los narcóticos no hacen, pues, excepción entre los agentes modificadores del órgano intelectual. Si la locura, con todos los caracteres que le son propios, puede ser la consecuencia de su acción más o menos lenta, más o menos prolongada, ello se debe únicamente a la propiedad de que gozan de producir la excitación, de disolver —permítaseme expresarme así— el compuesto intelectual y de dar nacimiento al estado de sueño, que, en sí mismo, es la más alta expresión posible de los desórdenes del espíritu, y cuyas locuras diversas no son sino reflejos mezclados al estado de vigilia.

En una época ya lejana de nosotros, ciertos individuos, que hoy se conviene en clasificar entre los locos alucinados, se imaginaban, por medio de ciertas prácticas, poder entrar en relación con las potencias infernales. Para ir al sabbat y ser admitido a la corte de Satán, era preciso someterse primero a la unción mágica. Los hechiceros eméritos podían dispensarse de ella, pero esa práctica era de absoluta necesidad para los aprendices de hechicero. Comúnmente se está de acuerdo

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en que el opio, el beleño, el datura, la belladona u otras sustancias narcóticas formaban la base de la receta según la cual se componía el ungüento infernal con el que se practicaba la unción.

Desde el punto de vista psicológico, la acción de los vegetales de que los hechiceros hacían uso debe ser considerada bajo el doble aspecto de sus efectos inmediatos y de sus efectos secundarios.

La modificación intelectual que señalábamos hace un momento, esa conmoción general de las facultades, en una palabra, la excitación, constituye los efectos inmediatos. La excitación es, como lo hemos dicho tantas veces, el hecho primordial o generador de todo desorden del espíritu, pero es esencialmente extraña a las formas particulares que esos desórdenes pueden revestir.

Los efectos secundarios sacan su origen del género de preocupación en que se encontraban los individuos en el momento en que hicieron uso de los narcóticos, de las ideas particulares que ocupaban en ese momento el lugar más amplio en su espíritu, excitaban más su atención y sus afecciones. La pasión, los deseos, la curiosidad, las creencias generalmente recibidas imprimían a las ideas de aquellos que debían ser iniciados en los misterios del sabbat una dirección particular y, por decirlo así, un color local que reflejaba necesariamente su delirio. La acción narcótica obraba de la misma manera que la causa fisiológica del sueño, que convierte en sueño las preocupaciones del estado de vigilia.

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En nuestros días, las sustancias narcóticas pueden aún ocasionar los más graves desórdenes de nuestras facultades, hacer nacer visiones, alucinaciones, convicciones delirantes; pero ya no tienen el poder de hacernos ir al sabbat. En Turquía (1), en Egipto, no es raro encontrar individuos vueltos alienados a consecuencia del abuso que habían hecho de los narcóticos; nada, en su delirio, recuerda las visiones fantásticas de los hechiceros de antaño.

Por lo demás, aun en los tiempos de la hechicería, esas sustancias no eran siempre empleadas con miras diabólicas. «Era sobre todo el amor contrariado o el amor traicionado el que empleaba su auxilio.

En presa de su pasión, que una mujer hiciera uso de ellas; preocupada por sus deseos y por la esperanza de satisfacerlos, se dormía; era natural que su único objeto ocupara sus sueños, y que pronto atribuyera a las caricias del ser adorado las emociones voluptuosas que le prodigaba el sueño mágico.

Al despertar, ¿podía dudar que un encanto tan poderoso como delicioso no la hubiera transportado a los brazos de su amante, o no hubiera devuelto a sus votos a un infiel (2)?»

Otras ideas, otras convicciones daban lugar a alucinaciones de otra especie. «Dos pretendidas hechiceras, dormidas por la unción má-

(1) Véanse nuestras Recherches sur les aliénés en Orient (primer número de los Annales médico-psychologiques). (2) E. Salverte, Des sciences occultes.

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gica, habían anunciado que irían al sabbat y que volverían volando con alas.

Ambas creyeron que las cosas habían pasado así, y se asombraron de que se les sostuviera lo contrario. Una de ellas incluso, durmiendo, había ejecutado movimientos, y se había lanzado, como si hubiera querido tomar su vuelo (1).»

Somos completamente del parecer del autor que acabamos de citar. «Para explicar los hechos principales consignados en los archivos sangrientos de los tribunales civiles y religiosos y en los voluminosos repertorios de demonología; para explicar las confesiones de esa multitud de insensatos de ambos sexos que han creído firmemente ser hechiceros y haber asistido al sabbat, basta con combinar con el empleo de la unción mágica la impresión profunda producida por descripciones anteriormente oídas de las ceremonias de que se sería testigo y de los divertimentos en que se tomaría parte en las asambleas del sabbat.» Se sabe que Gassendi, con el fin de desengañar a unos pobres campesinos, se ingenió en hacerlos frotar con drogas estupefacientes.

Los campesinos cayeron en un profundo adormecimiento. Al despertar, declararon que en efecto habían ido al sabbat, e hicieron el relato detallado de todo lo que habían visto, de las sensaciones que habían experimentado, etc.

Los hechiceros eran verdaderos locos alucinados.

(1) E. Salverte, Des sciences occultes.

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Esta verdad ya no necesita ser probada, hoy que la antorcha de la ciencia permite considerar bajo su verdadera luz las visiones de toda especie, cualquiera que sea la esfera en la cual transportaran a los individuos, a los lugares infernales o a las regiones celestes, a la corte de Satán o a la de Jehová.

Sin embargo, creemos que se ha olvidado señalar entre los hechiceros de antaño y los endemoniados de nuestros días diferencias psicológicas fundamentales. Esas diferencias dependen de la causa primitiva de las alucinaciones y de las convicciones erróneas que se apoderaban de su espíritu.

Los primeros, la mayor parte de ellos al menos, no estaban alucinados sino en cuanto se hallaban bajo la influencia tóxica de las unciones estupefacientes.

Era por la noche principalmente cuando se ejecutaban sus peregrinaciones y sus danzas fantásticas, y cuando el infierno celebraba sus orgías. Cuando cesaban de tener ante los ojos los espectáculos y las escenas maravillosas a que habían asistido, las convicciones erróneas que a ellos se referían no persistían menos, porque esas convicciones tenían como un eco en su fe y en sus creencias religiosas, y porque sus impresiones delirantes habían sido tan vivas que no podían dejar de creer en ellas como en la realidad misma.

Se conoce la energía de esas convicciones, inmutables como el hecho patológico de donde sacaban su origen, que hacían arrostrar a unos pobres fa-

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náticos las hogueras y los tormentos más atroces.

Por lo demás, fuera del círculo trazado por las impresiones delirantes, los hechiceros, verdaderos monomaníacos como eran, conservaban la integridad de sus facultades; y se concibe, desde luego, cuán fácil le era a la multitud equivocarse sobre el verdadero estado de su razón, tan perfecta en todo cuanto no tocaba a sus visiones y a sus imaginaciones de la noche. Se concibe aún la influencia que semejantes hombres debían ejercer sobre sus semejantes, cuyos instintos supersticiosos removían y cuyas pasiones más arrebatadoras agitaban, el miedo, el terror. Los prejuicios que entonces reinaban casi justificaban a los demás hombres para creer en sus sueños con la misma ingenuidad y la misma buena fe que ellos mismos. Había como dos hombres distintos en ellos: el hombre razonable que se hacía defensor y tomaba sobre sí la responsabilidad de las simplezas y excentricidades del hombre alienado.

Aquellos de los alienados de nuestra época que más se asemejan a los hechiceros de los tiempos pasados han recibido el nombre de demonomaníacos a causa de las relaciones que pretenden tener con el diablo. En éstos, el delirio es mucho más extenso, la locura más completa. Jamás se observan en ellos esos intervalos de lucidez absoluta que eran consecuencia del cese de la acción de los narcóticos en sus predecesores. El delirio de los demonomaníacos es continuo, incesante, como la causa que lo ha hecho nacer, causa cuya origen se oculta en las profundidades del organismo, y que, por su espontaneidad, su persistencia, difiere esencialmente de la acción efímera de sustancias introducidas en la economía.

No es sólo en las ensoñaciones de un adormecimiento más o menos prolongado, en circunstancias determinadas, preparadas voluntariamente por medio de ciertas prácticas, donde el demonomaníaco entra en relación con los espíritus infernales; es en todo tiempo, en todo lugar, a toda hora de la noche y del día; es de mil maneras como el diablo actúa sobre él, lo empuja a acciones extravagantes, hace germinar en él ideas, instintos depravados, lo abruma de golpes o lo mancilla con las más sucias caricias.

Puede añadirse todavía que el demonomaníaco es siempre irracional en una multitud de puntos que tienen poco o ningún relación con su idea dominante; que su delirio nunca se encierra exclusivamente en el círculo de sus ideas fijas y de sus alucinaciones.

Sin embargo, se encuentran a veces casos de alienación que ofrecen notables similitudes con el delirio de los hechiceros. Son: 1.º aquellos en que la locura no existe realmente sino durante el sueño. Estos casos, de los cuales referiré más tarde un ejemplo notable, se han vuelto excesivamente raros en nuestros días, en que los sueños han perdido el valor que tenían a los ojos del vulgo en los siglos pasados. Las visiones, en los casos de que se trata, se refieren a asuntos religiosos, y dejan tras de sí, en el estado de vigilia, falsas convicciones que son la continuación del delirio nocturno. 2.º En algunos casos aún se ve el delirio comenzar durante el sueño y continuarse después. Tal individuo que se había dormido en perfecta salud se despierta enfermo, y, en su locura, es exacto decir que no ha hecho sino proseguir su sueño.

3.º En fin, si sucede que el delirio, nacido de causas cuyo secreto sólo nuestra constitución posee, ofrece sorprendentes analogías con el delirio causado por agentes exteriores, podríamos añadir que, por otra parte, este último, por sus caracteres propios, se confunde a veces enteramente con la locura ordinaria. Se sabe, en efecto, que la alienación mental mejor caracterizada, la que Esquirol define: un delirio crónico y sin fiebre, puede resultar de un envenenamiento por los narcóticos.

Es que, en efecto, no nos cansemos de repetirlo cada vez que la ocasión se presenta, la modificación psico-cerebral, de la cual depende esencialmente el delirio, es necesariamente la misma en todos los casos, en todas las circunstancias, y cualesquiera que sean las causas físicas o morales que parezcan haberle dado nacimiento.

Dondequiera que se muestra una anomalía intelectual, allí se encuentra, como hecho primordial y generalizador, la desagregación de las ideas, o, si se quiere, la excitación. La locura que se debe a la acción de los narcóticos acaba de darnos una nueva prueba.

II. — Alucinaciones sin desorden intelectual (aparente).

Se ha dicho que las alucinaciones podían mostrarse en el estado más normal de las facultades intelectuales. Los autores han consignado en sus libros un gran número de hechos de este género.

Las alucinaciones son ciertamente uno de los fenómenos morbosos que más se apartan del orden natural. ¡Oír, ver, sentir incluso, sin que ninguna impresión exterior haya puesto en juego esas facultades, cuya importancia es tal, sin embargo, a los ojos de cierta escuela filosófica, que ha hecho de ellas el fundamento mismo de nuestras facultades morales!

Que un semejante fenómeno pueda producirse sin que nuestra inteligencia sea de otro modo turbada, sin que haya recibido ningún otro ataque, es un hecho psicológico que, a primera vista, se encuentra al menos muy extraordinario; digamos más, al cual se es llevado instintivamente a no dar crédito.

Añadiré aún que parece prestarse maravillosamente a las ideas de quienes no quieren ver en la alienación sino un trastorno funcional, una modificación puramente psíquica que nada tiene que ver con las lesiones del órgano intelectual. En efecto, ¿no repugna hacer intervenir esas lesiones, cuando se ve uno de los principales y más graves síntomas de la locura manifestarse sin entrañar necesariamente la pérdida de la razón? El alienado, ¿no es simplemente un individuo que tiene una manera de ver particular, pensamientos propios, que difieren bien, por la forma, de los pensamientos que se encuentran en los demás hombres, pero que, en sí mismos, no difieren de los que pertenecen al estado normal? ¿Por qué querer explicar esos pensamientos por no importa qué desórdenes orgánicos? ¿Se le ocurre a uno buscar a qué modificación de la materia cerebral hay que referir los errores sin número que germinan a veces en los cerebros mejor organizados? Más de un hombre de genio ha puesto en circulación ideas que tienen más de un punto de contacto con las que engendra el delirio; y sin duda jamás habéis pensado en pedir a la sustancia gris o blanca de su cerebro razón de sus opiniones...

Los partidarios del trastorno dinámico o funcional no sabrían, creo, apoyar su manera de ver en razones más especiosas que las que acabamos de indicar, sin repetir hasta la saciedad: No creeré en vuestras lesiones orgánicas mientras no me las hayáis hecho ver. Se sentirá, sin embargo, la debilidad de esas razones cuando demostremos que las alucinaciones, incluso en el caso en que la integridad de las facultades morales parece más evidentemente haber sido conservada, son, como en cualquier otra circunstancia, el resultado de un trastorno general, pero rápido e instantáneo, de esas facultades.

Las alucinaciones que parecen aliarse a un estado de salud moral irreprochable, bajo la relación patogénica, deben ser clasificadas en la misma línea que los demás fenómenos de la alienación mental.

Antes de apoyar esta proposición en pruebas directas o tomadas de la observación íntima, podríamos primero recurrir a la inducción. Las alucinaciones, cualquiera que sea por lo demás la situación moral del individuo en quien se las observa, constituyen en todos los casos un desorden mental, poco extenso si se quiere, pero real. Podría compararse al alucinado que tiene conciencia de sus alucinaciones con el epiléptico que no experimenta sino vértigos, nunca grandes accesos. El vértigo pasa, la salud general no queda turbada ni física ni moralmente. Ahora bien, así como no se establece ninguna distinción entre la causa que produce los vértigos y aquella a la que se deben esos ataques espantosos que todo el mundo conoce, así debe admitirse un origen común para las alucinaciones llamadas del estado sano y para la locura sensorial más completa.

En efecto, la modificación primordial es la misma en los dos casos, pero es fácilmente desconocida cuando las alucinaciones son aisladas, sea porque no ha tenido sino una duración efímera, sea porque ha sido poco intensa, sea en fin porque, no apreciando su importancia, se ha descuidado tenerla en cuenta, preocupado como se estaba exclusivamente de los fenómenos más aparentes y exteriores, la alucinación por una parte, y por otra el juicio que de ella formaba el alucinado mismo.

Pero del hecho de que el alucinado no pierda la conciencia de su situación, ¿se está en derecho de pensar que ningún desarreglo, fuera de las alucinaciones, ha sobrevenido en sus facultades? De ninguna manera; pues hemos visto que en el hachís se pueden tener alucinaciones y conservar la facultad de juzgar sanamente la posición en que uno se encuentra, y además estudiar su causa psicológica, es decir, remontarse a la modificación intelectual donde tiene su fuente; ¿por qué no habría de ser lo mismo en la locura alucinada sin delirio? Hemos tenido ocasión, desde que nuestra atención está fija en este punto de patología mental, de interrogar en este sentido a varios alucinados que estaban en estado de dar cuenta, con cierta precisión, de sus sensaciones; no habría empleado, para hacer comprender lo que yo mismo he experimentado a menudo, otras expresiones que las que ellos usaban. Citaré más tarde algunos de los casos más notables que he recogido.

Por lo demás, si reflexionamos un instante sobre la naturaleza de las causas ocasionales de las alucinaciones, no nos sorprenderemos de ver desarrollarse bajo su influencia el hecho psíquico que miramos como la fuente inmediata de todas las anomalías de la inteligencia.

Esas causas son, entre las más activas, las emociones vivas del alma, esas pasiones bruscas cuya súbita explosión entorpece de repente, suspende momentáneamente, pero de una manera absoluta, el juego regular de las facultades intelectuales, exactamente a la manera de las congestiones cerebrales o de un vértigo epiléptico. Bajo su terrible abrazo, se queda uno como aturdido, ya no se sabe lo que se hace, se pierde momentáneamente la conciencia de sí mismo, ya no se conoce uno, se obra maquinalmente, a contrasentido, al revés de su voluntad y de sus ideas, se es juguete del impulso que domina, por absurdo que sea...

Todas esas locuciones consagradas por el lenguaje vulgar traducen con verdad el estado en que se encuentra la máquina intelectual cuando es poderosamente sacudida por las pasiones, estado de trastorno, de desorganización rápida, de aniquilamiento momentáneo de la facultad de asociación.

Y ¿no son éstos, en su más alta intensidad, los efectos desarrollados por el hachís, por el opio y por los demás narcóticos? ¿Presenta la excitación maníaca en su máximo de violencia otros caracteres?

Las alucinaciones de la naturaleza de aquellas de que nos ocupamos aquí no llevan consigo la idea de enfermedad o de desorden intelectual: así, a menos que no acaben por inspirar inquietud, por su retorno frecuente y su persistencia, nunca se piensa en recurrir a un tratamiento regular para desembarazarse de ellas. Estos hechos se pierden, pues, para la ciencia; o, si los autores, en su mayoría ajenos a la medicina, han consignado algunos, los detalles en que entran no sabrían satisfacer todas las exigencias de la ciencia. Si se quiere, sin embargo, estudiarlos con algún cuidado, no se dejarán de encontrar en ellos pruebas no dudosas en apoyo de nuestra manera de ver sobre la teoría de las alucinaciones.

Permítaseme, primero, referir un hecho extremadamente curioso de estado alucinatorio sin delirio. Poseo sobre este hecho documentos completos y no menos precisos que si me fuera personal.

Es una joven dama de mis más cercanas parientes la que es su sujeto.

En 182.., esta dama, cuya salud ha sido siempre perfecta y que está dotada de una viva imaginación, experimentó violentos pesares que, por lo demás, no aportaron ningún cambio aparente en su estado físico o moral habitual. Una noche, al regresar a su casa en compañía de una hermana joven, de pronto, en el momento de posar el pie sobre el primer peldaño de la escalera que conducía a su habitación, en el primer piso, vio esta escalera toda en llamas. Tras un instante de vacilación, no pudiendo dudar de que era juguete de alguna ilusión, avanzó valerosamente, y todo desapareció. Llegada a su aposento, y estando sin luz, buscó a tientas el encendedor fosfórico. Aún temblaba toda ella del miedo que

había tenido, y deja caer el encendedor. Se agacha para recogerlo; pero se incorpora al punto lanzando un grito de espanto: había percibido un cadáver tendido a sus pies. Su hermana, que no comprendía nada de sus terrores y de sus gritos, busca el encendedor y enciende ella misma la bujía.

Toda ilusión se desvaneció.

He transcrito fielmente la observación que acaba de leerse de notas redactadas por mí, en la época de mi primer año de internado en Charenton (1826). He interrogado después en diversas ocasiones a la persona a quien concierne, poniéndola, en cierto modo, sobre la vía de detalles más íntimos.

Madame*** está perfectamente segura de no haber sido víctima de su primera visión; pero no osaría decir otro tanto de la segunda. «Había —dice— estado demasiado asustada para recordar bien lo que experimentaba entonces. Bien vi un cadáver, y esta vez no se me ocurrió en absoluto que fuera todavía una ilusión como el incendio de la escalera.»

(— ¿Está usted segura igualmente de que gozaba bien de todas sus facultades cuando le pareció que la escalera ardía? — Sin duda: sólo que, en aquel momento, experimentaba más pesar que el que había tenido aún; sentía la cabeza pesada; tenía como fiebre: tenía frío, tenía calor, y además, no sé por qué, cuando hablaba, me embrollaba en mis ideas. Por lo demás, no es extraño, ¡estaba tan preocupada y tenía tanto pesar! En momentos semejantes, se pierde fácilmente la cabeza. Le aseguro bien, sin embargo, que no estaba loca en absoluto, etc., etc.—)

¿Es necesario señalar lo que hay, en este lenguaje, de característico del hecho primordial? Esos pesos de cabeza, ese estado febril o algo análogo, y sobre todo ese desorden de las ideas que madame*** ya no puede dirigir, que hace, como ella dice tan enérgicamente, que se embrolle cuando habla, que incluso llega hasta hacerle perder la cabeza! Y esto habría sucedido indudablemente si, a consecuencia de alguna predisposición hereditaria, constitucional o de otro género, el estado de que habla madame*** se hubiera prolongado algún tiempo en lugar de pasar con la rapidez de ciertos ataques nerviosos. Desde el punto de vista psíquico, semejante estado no sabría distinguirse, de otro modo que por la duración, de la excitación maníaca o de la estupidez.

He aquí algunos otros hechos que creemos poder asimilar al que precede.

«Una mujer —dice E. Salverte— lloraba a un hermano que acababa de perder; de pronto cree oír su voz, que, por una decepción condenable, se contrefacía cerca de ella. Extraviada por el espanto, afirma que la sombra de su hermano se le ha aparecido resplandeciente de luz...»

«Jarvis Matcham era sargento pagador de un regimiento. Este hombre gozaba de tal estima en sus funciones de contable, que no le fue difícil sustraer de la caja del cuerpo una fuerte suma de dinero. Se le había enviado a una

ciudad vecina, a algunas leguas de la guarnición, para hacer allí unas reclutas. Jarvis se dolió de que aquella ausencia se hubiera preparado para visitar sus papeles. Creyó tocar el instante en que su conducta sería descubierta, tanto más cuanto que su coronel le había dado un pequeño tambor, como compañía, en su gira campestre.

»El sargento vio un espía en este tambor. La cabeza de este desdichado se exalta; quiere desertar, y, para aniquilar al único testigo de su fuga, mata al niño.

»Muerto el tambor, Jarvis, aunque muy turbado, se apartó prudentemente del camino de la guarnición, cambió de ropas y marchó largo tiempo a través de los campos con gran velocidad, pues creía siempre oír los reproches, los lloros y el ruido de los zapatos del pobre niño, que, al debatirse contra el asesino, pisoteaba los guijarros del camino. El sargento llega por fin a una posada, se detiene en ella y se acuesta, encargando que le despierten al paso de la diligencia. El mozo de la posada no faltó a ello, y, cuando entró en la habitación del viajero, sacudiéndole por el hombro sobre la cama, sorprendió en la boca del sargento estas singulares palabras:

»— ¡Dios mío, Dios mío, no le he matado!

»Jarvis, despierto, se acordó de su posición y se apresuró a ganar Portsmouth por la diligencia pública. Allí se embarcó en un navío de guerra, sirvió como marinero durante varios años, y

siempre con esas costumbres probas y esas maneras dóciles que habían hecho su reputación en la infantería. Por fin el navío regresó al puerto. Jarvis y uno de los marineros licenciados de a bordo convienen en dirigirse a Salisbury, y toman la ruta.

Era la primera vez que Matcham, desde su partida de Inglaterra, se hallaba de nuevo en tierra firme.

»Ambos no estaban ya más que a tres millas de esta capital, cuando fueron sorprendidos por una violenta tempestad, acompañada de relámpagos tan terribles y de truenos tan espantosos que la conciencia de Jarvis se alarmó, a pesar de un reposo bien largo. Mostró un exceso de terror que no era natural en un hombre familiarizado con los peligros de la guerra y de los elementos; comenzó incluso a hablar de una manera tan extraña que el marinero, su compañero de viaje, adivinó fácilmente que se pasaba en el alma de Matcham algo de extraordinario. Al menor fuego que brillaba en las nubes, se veía tiritar al antiguo sargento, como si hubiera tenido frío, y los reflejos del relámpago mostraban sus miradas que erraban a derecha e izquierda, pero no osaban volverse del todo hacia atrás. Por fin, dijo a su camarada:

»— Los adoquines se desprenden y corren tras de mí.

»Involuntariamente, y sin reflexionar sobre la cuestión, el marinero en efecto se volvió para ver los adoquines; pero al punto la idea de Jarvis le pareció tan cómica que, a pesar de la tempestad, prorrumpió en una carcajada. El

sargento lanzó un movimiento horrible de miedo, como si el rayo le hubiera golpeado la cabeza.

»— ¡No se ría! ¡No se ría! Vamos, le ruego que camine por el otro lado de la calzada; veremos si las piedras me persiguen todavía cuando esté solo.

»El marinero, que ya no tenía ganas de reír, no se hizo rogar para separarse de un hombre cuya razón parecía extraviada; pasó al otro lado del camino y se puso a silbar. Se marchó así algún tiempo. Los relámpagos se habían vuelto más vivos.

»— ¡Mire! —exclamó Jarvis—, ¡los adoquines corren tras de mí y a usted le dejan tranquilo!... ¡Es a mí a quien quieren!... Esta vez, el marinero se encogió de hombros; cantaba, las manos en los bolsillos, una vieja endecha célebre sobre la muerte de Nelson.

»— Pero hay algo más fuerte —añadió Matcham, atravesando la calzada y hablando a media voz al oído de su camarada (el tono del sargento estaba alarmado y misterioso)—: ¿conoce usted a ese pequeño tambor?

»— ¿Qué tambor?

»— Allí... ese niño que nos sigue tan de cerca. — No veo a nadie —dijo el marinero, alcanzado definitivamente por el contagio del espanto supersticioso de Jarvis.

»— ¡Cómo!... ¿no ve usted a ese muchachito, con su chaqueta ensangrentada?... ¡Cómo se arrastra sobre los guijarros!... ¿Oye usted los guijarros?

»La voz del asesino era tan desgarradora que el

marinero, sospechando por fin la verdad, conjuró a Matcham a aliviar su conciencia confesándole su crimen.

Entonces el sargento, llevado al extremo, exhaló un suspiro profundo y declaró que estaba fuera de estado de sufrir por más tiempo las angustias que había sufrido desde varios años. Una confidencia entera siguió a este primer impulso del remordimiento, y como la justicia había puesto su cabeza a precio, suplicó a su camarada que le entregara en manos de los magistrados de Salisbury. Tras un combate de generosidad bastante penoso, el marinero obedeció. Jarvis Matcham, al aproximarse el suplicio, retractó bien sus confesiones; pero convencido por la deposición del mozo de la posada, que había oído las palabras escapadas al asesino durante el sueño, fue juzgado, condenado y ahorcado.»

«El señor conde Plater, ese ilustre despojo de la Polonia sublevada de 1831, cuenta que, en una iglesia situada a algunas leguas de Varsovia, y en medio de una fiesta nacional, un joven, vivamente conmovido de pronto por el carácter de los cantos religiosos, se lanzó de su banco hacia la entrada del coro, se detuvo inmóvil, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada en aquel lugar, y permaneció largo tiempo contemplando el pavimento desnudo del templo, en una actitud que turbaba el servicio divino, con gran ansiedad de los fieles. Era precisamente un año antes de la muerte del gran duque Constantino; la insurrección no había estallado aún. Se rodea al joven, se le interroga sobre su meditación; los cantos cesan. Sale por fin de este sueño sonambúlico.

»— Veo —dice— a mis pies el ataúd abierto del gran duque Constantino.

»Transcurre el año, la revolución expulsa a los rusos de Varsovia; Constantino muere, se celebran sus funerales en esta iglesia, y su ataúd es colocado en medio del coro, en el lugar mismo donde el extático había tenido la visión (1).»

«Un químico de París —dice Webster (2)—, hombre muy hábil llamado Lapierre, y alojado cerca del Temple, recibió de manos de un sacerdote, hacia el fin del siglo XVI, un poco de sangre en un frasco con la misión de descomponerla. El operador se puso a la obra un sábado, y continuó su tarea durante la semana que siguió a este día. Hizo pasar sucesivamente el líquido contenido en el frasco por todos los grados de calor disolvente.

»El viernes siguiente, seis días después de la instalación de su trabajo, y en medio de la noche, el químico, que dormía en una habitación situada cerca de su laboratorio, fue despertado en el momento en que cerraba los ojos por un horrible ruido semejante al mugido de una vaca o al rugido de un león. Cuando el ruido hubo cesado, el químico intentó dormirse de nuevo. En aquel instante, la luna estaba en su plenitud, y sus rayos iluminaban perfectamente la habitación. Los ojos del químico percibieron distintamente una nube espesa que se deslizaba como una

(1) André Deirieu.

(2) Webster, De la sorcellerie (On Witchcraft), citado por A. Deirieu.

sombra entre su vista y la ventana. Creyó reconocer la figura de un hombre, y lanzó un largo grito de terror: la nube se desvaneció...»

«Un médico inglés se había procurado el cuerpo de un ahorcado para hacer de él objeto de una disección sabia.

Se llevó el cadáver a su laboratorio. Comenzó por disecar los miembros y el tronco, lo que duró algunos días, y cuando la autopsia de estos diversos despojos estuvo agotada, pasó a la cabeza, y ordenó a un joven cirujano, que le servía de ayuda para sus trabajos anatómicos, que redujera a polvo cierta parte del cráneo, a fin de componer con ella un remedio famoso en las farmacias de la antigua escuela. — Esta polvo se llamaba Usnée (1).

»El joven cirujano, para obedecer a su maestro,

(1) La Usnée, dice el señor A. Delrieu, a quien tomamos el hecho arriba citado, es una especie de liquen humano que en cierta época se imaginaba crecer en la cima del cráneo de los ahorcados, y que se consideraba como un musgo engendrado por los jugos anímicos del cerebro del supliciado, como una orcilla súbitamente desarrollada en el sincipucio por el reactivo de la estrangulación. Según los neumatologistas, la quintaesencia del alma, violentamente rechazada fuera de la caja encefálica, abandonaba al escapar un precipitado o residuo, mientras que, en las muertes lentas u ordinarias, conservaba el tiempo y el poder de arrastrar hacia las regiones superiores todos sus más mínimos átomos. Se creía que la llama vital accidentalmente retenida, concentrada en una vegetación particular, se mantenía en la cima del cráneo, como una chispa cristalizada, a disposición de los primeros manipuladores que robaban a Dios el secreto de amasar un hombre.

arañó el musgo del ahorcado, no sin repugnancia y temblando. Resultó de esta operación un polvo que el ayudante dejó caer supersticiosamente sobre un papel que cubría la mesa del laboratorio, guardándose bien de tocarlo. Hecho esto, dispuso su lecho en el propio laboratorio, pues los ahorcados en aquella época eran tan raros y tan caros, y por consiguiente la Usnée tan preciosa, que se velaba sobre el cráneo y sobre el musgo como sobre un tesoro. El pobre inglés se acuesta, intenta dormir, lo consigue... Una lámpara ardía en el laboratorio día y noche por precaución

» Pero apenas cerraba los ojos, cuando un ruido singular le obliga a abrirlos de nuevo; evidentemente había alguien en el laboratorio. Más muerto que vivo, el aprendiz se levanta.

» — ¡Vienen a robar la Usnée! se dice buscando un arma para defender su cosecha: tomó la cabeza del ahorcado.

»... Entretanto el ruido continuaba, y su causa permanecía invisible. Con el cráneo en una mano y la lámpara en la otra, el joven miró tímidamente alrededor de la habitación; la blancura del papel extendido sobre la mesa, perforando la sombra, atrae su atención...

A esta vista, sus cabellos se erizan de horror; no puede ni hablar ni huir; va a dejar caer la lámpara que sus dedos, distendidos por el miedo, agitan convulsivamente ante el más espantoso espectáculo...

»... Sobre el papel, en medio del polvo, se agitaba una pequeña cabeza con los ojos abiertos, y que

le miraban osadamente. A ambos lados de la cabeza se prolongaban dos apéndices que crecían a ojos vistas y que parecían hacer las veces de brazos al fantasma progresivamente formado. Pronto el aprendiz pudo contar exactamente el número de las costillas del esqueleto, las vio cubrirse poco a poco de su envoltura muscular. Cuando este trabajo hubo terminado, los miembros extremos se mostraron en el mismo orden de resurrección; el brote era completo, la vegetación llegada a término. En fin, el hombre así germinado, grande como un niño de seis meses, se levantó sobre sus pies, descendió de la mesa muy ligeramente, y dio un paseo por el laboratorio; sus vestidos de supliciado, que estaban colgados en la pared, se desprendieron de su clavo y le vistieron cuidadosamente, como si fueran colocados sobre su cuerpo por una atracción misteriosa, transformada en ayuda de cámara. En algunos segundos, el ahorcado apareció al cirujano con el traje y con la fisonomía que tenía poco antes al caminar hacia la horca (1). »

III. — Estado intermedio entre la vigilia y el sueño.

Entre la vigilia y el sueño, hay un estado intermedio que, sin ser precisamente ni el uno ni el otro, participa de ambos por igual y constituye un verdadero estado mixto, que, en la cuestión que se agita, es de un alto interés apreciar bien.

Toda vida intelectual no cesa por el hecho del sueño. Los ensueños, los sueños ¿no revelan acaso una especie de existencia interior, de vida intracerebral que se alimenta, por decirlo así, de impresiones recibidas anteriormente durante el estado de vigilia, como la vida real de impresiones venidas de fuera, enviadas por el mundo exterior?

En el estado intermedio de que hablábamos hace un momento, somos igualmente accesibles a estas dos clases de impresiones; incapaces de distinguirlas entre sí, las confundimos unas con otras, de donde resultan las combinaciones intelectuales más extravagantes, las asociaciones de ideas más heterogéneas, en una palabra, un verdadero delirio.

Que si se estudia este estado con cuidado, si se le observa en sus detalles íntimos, se encontrarán en él todos los caracteres que distinguen la modificación primordial que aquí es el precursor del sueño completo, como lo es, en otros casos, del estado alucinatorio y de todos los fenómenos del delirio.

En efecto, es siempre el mismo aflojamiento de los lazos intelectuales, la misma desagregación de las ideas que, cada vez más vagas, dispares, se asocian de una manera extraña, modifican las convicciones, los afectos, los instintos, dejan, por decirlo así, el campo libre a las impulsiones más diversas.

A medida también que la excitación (1) se

(1) Empleo a propósito esta palabra, de la que hemos hecho uso anteriormente, a fin de que se comprenda bien que no le damos otro sentido que el de disociación de las ideas, sin prejuzgar nada sobre la naturaleza de la causa de esta disociación.

pronuncia, uno se deja llevar a un estado de ensoñación en el que nos volvemos juguete de nuestra imaginación; pronto no existimos ya más que en un mundo puramente ideal. Y allí, todo es nuevo, extraño, fuera de nuestras concepciones habituales: es el sueño con todas sus rarezas, sus caprichos, sus monstruosidades, sus imposibilidades de toda especie. Pero a menudo también encontramos allí los asuntos de la vigilia, las mismas preocupaciones. Y entonces, ¡cosa notable! nuestras percepciones son a menudo más vivas, más lúcidas, nuestra inteligencia más esclarecida, nuestra imaginación más audaz, nuestra memoria más segura, nuestro juicio más espontáneo, más pronto. Parece que, entregado a sí mismo, sin sentir ya el peso de los lazos exteriores de la vida real, el espíritu liberado se lanza entonces libremente a las altas regiones de la inteligencia y del mundo moral; o, para hablar más fisiológicamente, las facultades intelectuales, no estando ya estorbadas, en cierto modo, por la conciencia íntima, son más instintivas en su acción, y por tanto más seguras, más ciertas del resultado. ¡Cuántos sabios han soñado la solución del problema que buscaron en vano! ¡Cuántos poetas, artistas de toda clase han encontrado en el sueño la idea, la inspiración que les huía durante la vigilia!

Efectos análogos son producidos por la acción del hachís, del opio, etc., con esta diferencia,

insignificante por lo demás, en cuanto a la cosa en sí, que, en el hachís, el estado crepuscular o primordial es tenaz, persistente, hágase lo que se haga para destruirlo; mientras que puede bastar la más ligera impresión exterior para hacer cesar el que está determinado por la invasión progresiva del sueño.

Perdiendo insensiblemente la conciencia de nosotros mismos, o mejor, viniendo esta conciencia a sufrir una especie de transformación, damos realidad a los productos de nuestra imaginación. De ahí alucinaciones de toda especie, las voces que hemos oído (no digo que creemos haber oído, porque, en sueños, se oye, no se cree oír: solamente, se oye de otra manera que en el estado de vigilia), las personas que hemos visto. Estas voces, no las hemos oído, estas personas, no las hemos visto más que en sueños; pero estamos persuadidos de haberlas oído y visto en estado de vigilia, a causa precisamente de la especie de fusión, de acercamiento íntimo de estos dos estados.

Cuanto más profundizo este singular estado de semisueño, más me inclino a considerarlo como el tipo del que se ha convenido en llamar delirio, enajenación mental, etc. En el estado de semisueño, una causa puramente fisiológica, y que no es otra que la ley orgánica a la que se vinculan los fenómenos del sueño, es el origen de las mismas modificaciones intelectuales que, en otras

circunstancias, son producidas por agentes morbosos de diversa naturaleza.

Los fenómenos de alucinación a que da lugar el estado de semisueño se presentan con caracteres variables que importa estudiar por separado; tanto más cuanto que nos ofrecerán una notable analogía con el estado alucinatorio tal como se le observa en los alienados.

Dividiremos lo que tenemos que decir sobre este tema en cuatro secciones:

  1. La invasión del sueño rara vez es lo bastante brusca para que no se pueda apreciar primero con más o menos lucidez el estado en que uno se encuentra, para que uno se engañe sobre la naturaleza de las asociaciones de ideas más o menos extrañas que de él resultan, de las visiones que atraviesan el espíritu. Tenemos conciencia de nuestros sueños; juzgamos, por decirlo así, las producciones del sueño con la razón del estado de vigilia; es una verdadera fiebre sin delirio, como la que se observa tan frecuentemente en soñadores de otra especie, en los alienados.

«He experimentado yo mismo, dice Opoix, en su Tratado del alma en la vigilia y en el sueño, dos veces especies de sueños en pleno día, y paseando después de la comida por el campo. Veía objetos extraños y animados; razonaba sobre el singular estado en que me encontraba. Estaba asombrado, pero creía firmemente que lo que veía era real...

« Algún tiempo después, comiendo, estaba ocupado en recordar una conversación que acababa de tener, según creía; me repuse tras algunos momentos, y reconocí que no había hablado con nadie. »

He referido más arriba el hecho de aquella dama que, en medio de un sueño que le agradaba y que deseaba continuar, tenía conciencia de todo lo que se hacía a su alrededor.

Una joven embarazada de varios meses, de temperamento sanguíneo y sujeta a dolores de cabeza que parecían vincularse a su estado de gravidez, volvía, una tarde, en su coche, cuyo fondo ocupaba con un señor de su conocimiento. Frente a ella estaba sentado su marido, que había tomado sitio al lado del cochero. Mientras pensaba en mil cosas diversas, le viene al espíritu no sé qué historia de un cochero que había precipitado a su amo bajo las ruedas de su coche. Pronto se persuade de que semejante desgracia acaba de ocurrir a su marido. Ya no es él quien está sentado frente a ella; es alguna otra persona cómplice del cochero, que ha tomado su lugar. La señora... se afecta hasta tal punto que se echa a verter lágrimas abundantes; y esta penosa ilusión no cesa hasta el momento en que, por casualidad, su marido se dirige a ella.

La señora... me hacía a mí mismo este relato. Quise persuadirla de que había sido juguete de un sueño. — «Es posible, me respondió; pero

en todo caso, es un sueño muy singular: pues mientras duró, no cesé de ver lo que pasaba en la carretera, absolutamente como si hubiera estado despierta; se puede, pues, soñar sin estar dormido; pero yo no soñaba, y lo que he experimentado no se parece en nada a mis sueños ordinarios. La mejor prueba es que el señor M... me dirigió una o dos veces la palabra y que le respondí perfectamente. »

Ahora bien, yo pregunto, para convertir en un estado de locura real las convicciones erróneas de la señora..., ¿no bastaría suponer al estado de semisueño que era la fuente de sus convicciones una causa más duradera, más fija y capaz de resistir, al menos hasta cierto punto, a las impresiones exteriores? Por el solo hecho de prolongarse, ¿no habrían constituido estas convicciones una verdadera enajenación mental?

Uno de mis antiguos condiscípulos, hoy profesor de filosofía en un colegio de provincias, había asistido a los últimos momentos de su padre, a quien quería entrañablemente. Ese mismo día, por la tarde, cayendo de cansancio, pero sin experimentar la necesidad de dormir, aunque había pasado varias noches sin tomar un momento de reposo, se arroja sobre su lecho completamente vestido. Apenas llevaba allí cinco o seis minutos, todo entero en el pesar de haber perdido a su padre, cuando este se le aparece, pálido y demacrado, tal como una larga enfermedad lo había dejado. —«Bien persuadido —me dice mi amigo— de que esta triste aparición era el resultado y como el eco de algún mal sueño, no sentí al principio ningún espanto, y procuré llevar mis ideas a otra parte.

Sin embargo, la imagen de mi padre estaba siempre delante de mí; me aseguré de que no dormía, pero tenía la cabeza extremadamente pesada; era poco dueño de mis ideas, absolutamente como sucede cuando se lucha contra la invasión del sueño.

Pronto, en fin, dejé de ser dueño de mi terror, aunque no dudaba de que era juguete de una visión. Salté de mi lecho, subí a un granero, siempre perseguido por el fantasma, que desapareció poco tiempo después.»

Esta alucinación, nacida según toda apariencia en el seno del sueño, continuada, con toda su vivacidad primitiva, en el estado de semisueño, e incluso, por algunos instantes, en el estado de vigilia más completo, esta alucinación, digo, mucho más que la precedente, se aproxima a las que se observan en los alienados. Bien evidentemente, habría habido identidad perfecta si se hubiera prolongado, y mi amigo habría estado en un estado de alucinación con o sin delirio.

Para completar nuestros informes etiológicos, no debo olvidar añadir que mi amigo estaba eminentemente predispuesto a las congestiones cerebrales. He sido testigo de dos ataques que fueron bastante fuertes para privarle casi totalmente del conocimiento durante varios minutos. Abundantes emisiones sanguíneas, sinapismos aplicados a las extremidades inferiores pusieron fin a estos accidentes.

Esta predisposición, el pesar ocasionado por la muerte de su padre, la privación de sueño y la fatiga explican suficientemente la alucinación de que el señor *** ha sido juguete; estas tres causas diferentes, cada una en particular, tendiendo todas a un resultado idéntico: la disolución del compuesto intelectual, la desagregación de las ideas, en una palabra, al hecho primordial y generador de todas las anomalías del espíritu.

Se sabe que las hemorragias, las sustracciones sanguíneas pueden dar lugar a accidentes nerviosos análogos a los producidos por las congestiones cerebrales. Desarrollan aún ese estado de semisueño favorable a las ilusiones y a las alucinaciones. El señor doctor Leuret estaba, según nosotros, en ese estado, cuando experimentó la ilusión que refiere en sus Fragments psychologiques.

Se le había practicado una sangría de tres paletas aproximadamente para combatir la gripe de que estaba atacado. «Un cuarto de hora después de la operación —dice el señor doctor Leuret—, caí en desfallecimiento, sin perder enteramente el conocimiento, y este desfallecimiento duró más de ocho horas.

En el momento en que se me administraban los primeros auxilios, oí muy claramente posar un frasco sobre una mesa que se encontraba cerca de mi lecho, e inmediatamente después, una crepitación semejante a la que resulta de la acción de un ácido concentrado sobre un carbonato. Creí que se había dejado derramar un ácido sobre el mármol de la mesa, y advertí de su imprevisión a las personas que me rodeaban. Se creyó primero que soñaba, luego que estaba delirando. Entonces se intentó desengañarme, y se me aseguró que no había ni frasco sobre la mesa ni ácido derramado...»

II. No se podría dudar, según lo que acaba de decirse, que el estado de semisueño sea una fuente fecunda de ilusiones y de alucinaciones de toda clase.

Los hechos del género de los que acabamos de citar distan mucho de ser raros. Pocas personas hay sin duda que no puedan encontrar análogos en sus propios recuerdos. Sin embargo, siempre han sido considerados con indiferencia; no se ha pensado en sacar de ellos ninguna inducción relativa a los desórdenes de la inteligencia; no se ha hecho cuenta alguna de ellos, como tampoco de los sueños, de los que difieren, sin embargo, por más de un carácter esencial.

Pero hay una clase de hechos análogos a los precedentes, o mejor, del todo idénticos, que más de una vez, en todas las épocas, han excitado en el más alto grado la curiosidad del vulgo, y de los que los sabios mismos no han desdeñado ocuparse.

Esto se debe a que han ocurrido en circunstancias diferentes, es decir, que las personas a quienes concernían se encontraban en otras condiciones intelectuales: no tenían conciencia de lo que experimentaban, de sus visiones; no sospechaban, en manera alguna, que pudiera haber la menor relación entre estas visiones y el estado en que se encontraban.

De ahí su creencia inquebrantable en las apariciones de que habían sido juguete. «No estoy loco; no lo estaba más en el momento en que veía el fantasma que lo estoy ahora mismo; además, tengo la certeza de que no soñaba, puesto que aún no estaba dormido; he visto, pues, bien, oído, sentido lo que afirmo haber visto, oído y sentido, etc.»

No puedo dudar que se deba buscar la fuente de la creencia tan generalmente difundida en una época que aún no está muy lejana, en las apariciones y en los aparecidos, en los fenómenos particulares al estado de semisueño. En efecto, si las apariciones no hubieran tenido por testigos y por historiadores más que a locos o a soñadores ordinarios, es dudoso que hubieran sido acogidas con la misma confianza; las excentricidades, las extravagancias de los locos alucinados habrían inevitablemente excitado la desconfianza; y, por otro lado, lo que manifiestamente pertenece al estado de sueño es fácil de reconocer, y, en general, apenas se toman por realidades las imaginaciones del sueño. No sucede así con las visiones que tienen lugar en el estado intermedio entre la vigilia y el sueño. Quienes las experimentan están sanos de inteligencia; engañados ellos mismos sobre la naturaleza del fenómeno, debieron imponerse a los demás por su razón permanecida intacta y por el tono de profunda convicción de que su relato estaba impregnado. Añadamos que, entre estas personas, se han encontrado individuos de un orden superior, sabios, y desde entonces ya no ha sido posible rechazar las apariciones; ha sido preciso creer en los aparecidos en el sentido que les atribuye el vulgo, dejarles su forma, su sustancia misma, su exterioridad, si así puedo decirlo, admitir que su origen estaba en otra parte que en el cerebro de quienes decían haber sido sus testigos; por ejemplo, en un mundo que no es el nuestro, en un mundo etéreo, por emplear una expresión consagrada. Se han considerado las apariciones como almas liberadas de las cadenas de la organización, que pueden, en ciertas circunstancias, hacerse sensibles a los vivos.

Tales son, o poco más o menos, las creencias que han sobrevivido a las discusiones científicas que han suscitado, en diferentes épocas, en el mundo sabio, en Alemania, en Escocia, en Francia, las apariciones y los aparecidos.

Esta gran cuestión de los aparecidos dista mucho de estar decidida, incluso en nuestros días, como resulta de las sabias e interesantes investigaciones a que se ha entregado el señor A. Delrieu, escritor recomendable y a quien distinguen profundos conocimientos psicológicos.

Según él, bien se han podido vincular ciertas apariciones a una alteración de la composición de la sangre, a las enfermedades que provienen de las exacerbaciones cerebrales, desde la locura pura y simple hasta el iluminismo y el delirio tremens; bien se ha establecido que cierta influencia de la sangre concurrría a los accidentes de las afecciones mentales que engendran lo que vulgarmente se llaman apariciones; pero (debemos citar textualmente) «el resto de estas enfermedades, por confesión misma de los fisiólogos, se mantenía fuera de los fenómenos: así, no pudiendo poner sus caracteres impenetrables a cuenta del fluido sanguíneo, se detuvieron ante esta barrera con una especie de estremecimiento... Tales hechos auténticos, populares, tradicionales, no admitían discusión; inexplicables por causas físicas, irrecusables como documentos, era preciso chocar con ellos con la panoplia del siglo, lo que los fisiólogos de Edimburgo han hecho ya, y morir sin morderlo, lo que harán sin duda. Ciertos acontecimientos, dígase lo que se diga, no son del dominio de las posibilidades actuales (i).»

¿No es curioso ver que un fenómeno de patología mental, de todos el más simple y el menos complejo, del que tan fácil nos es dar cuenta observando lo que pasa en nosotros cuando caemos en el adormecimiento, no es curioso, digo, ver que este fenómeno haya sido el punto de partida de tantos errores y prejuicios difundidos entre el pueblo, y aun haya

(I) Revue de Paris, 1839.

completamente impuesto a los sabios? ¿Cómo un semejante fenómeno ha podido merecer los honores de las teorías más trascendentes, teorías no menos vaporosas y efímeras que las sombras, fantasmas, apariciones, etc., que pretenden desvelar?

He aquí dos hechos que tomo del escritor que acabamos de citar, que han dado lugar a interminables controversias, y que han permanecido inexplicables, si no es por la teoría de las existencias transmondanas. Según nosotros, y no puedo dudarlo, según aquellos de nuestros lectores que están familiarizados con el fenómeno de las alucinaciones, estos hechos tienen su origen en el estado de semisueño.

He consignado a continuación del primero las reflexiones que ha sugerido a M. A. D.; estas reflexiones, creo, expresan la opinión más avanzada de los sabios sobre la naturaleza de las apariciones.

«Me encontraba en 1667, refiere un filósofo sincero (1), en un condado del oeste de Inglaterra, con algunos honorables gentlemen, en casa de un rico propietario cuyo castillo era un antiguo convento.

Los criados y las personas que frecuentaban habitualmente la casa me habían hablado de ruidos misteriosos y de apariciones singulares como de circunstancias locales que no se podían evitar allí, durante incluso la más breve estancia. Habiendo invitado nuestro huésped a mucha gente, me tocó dormir

(1) Bovet's Pandœmonium.

con el mayordomo, M. C..., en una pieza verdaderamente admirable y que llamaban la cámara de milady.

Hicimos en ella un gran fuego antes de meternos en la cama, y pasamos primero algunas horas de la velada con una dulce quietud, leyendo en viejos volúmenes; luego entramos en el lecho soplando la mecha del candelabro para apagarla. Al momento de dormirnos, advertimos agradablemente que los rayos de la luna iluminaban con tanta esplendidez nuestra vasta cámara, que era posible descifrar un manuscrito en el mismo lugar donde estábamos acostados juntos. M. C. apostó que no; sostuve la apuesta, y, habiendo sacado del bolsillo de mi traje un papel escrito a mano, gané muy fácilmente la apuesta. Apenas habíamos cambiado algunas palabras sobre este asunto, cuando por casualidad, echando los ojos hacia la puerta de la cámara, que estaba frente a mí y bien cerrada, vi distintamente entrar cinco mujeres, del todo bellas y graciosas, que me parecían de una talla encantadora, pero cuyos rostros estaban cubiertos de largos velos blancos, los cuales arrastraban por el suelo y al reflejo de la luna, en pliegues ondulantes.

Entraron a la vez, con paso mesurado, una tras otra, y dieron la vuelta a la pieza, siguiendo la pared, hasta que la primera llegó y se detuvo al borde del lecho donde yo estaba acostado; mi mano izquierda se hallaba también allí por encima de las mantas, y, a pesar de la aproximación del primer fantasma, resolví no cambiar de postura. La figura

velada, al detenerse, tocó esta mano con un roce dulce y ligero, pero no sabría decir si estaba frío o caliente. Entonces pregunté a estas mujeres, en nombre de la Trinidad bendita, con qué objeto habían venido: no me respondieron.

» — Señor, dije al mayordomo, ¿no veis la bella compañía que nos hace visita?

»... Pero antes de que una palabra hubiera salido de mi boca, y al solo movimiento de mis labios, todo había desaparecido. El mayordomo estaba agazapado detrás de mí, casi muerto de miedo, y me vi obligado a sacudirlo largo tiempo con mi mano derecha, que había quedado bajo las mantas, para arrancarle una respuesta. En fin, el pobre C... me confesó que había visto los fantasmas, y me había oído hablarles, y que si no había satisfecho primero mi justa impaciencia y mi pregunta, es que estaba él mismo violentamente aterrado por el aspecto de un monstruo, mitad león, mitad oso, que quería trepar al pie del lecho...»

La noche siguiente, el mayordomo no osó ya dormir en la cámara de milady, donde reapareció el único héroe de la aventura, el intrépido Bovet.

«...Hice llevar al aposento una Biblia y varios otros libros, determinado a desafiar el momento fatal de la visión, leyendo junto al fuego, y esperando que el sueño viniera él mismo a sorprenderme. Después de haber deseado las buenas noches a mis huéspedes, me instalé ante la chimenea, contando bien no meterme en la cama hasta que fuera la una

de la mañana sonada. A esta hora me acosté sin haber visto nada.

»Poco tiempo hacía que estaba en el lecho, cuando oí algo pasearse alrededor de la cámara, como una mujer cuya falda barrierá el suelo. Este algo era bastante ruidoso, pero no divisé nada, aunque la noche era suficientemente clara. Pasó al pie del lecho, levantó incluso un poco las mantas, y entró en un gabinete vecino, cuya puerta, sin embargo, estaba cerrada con llave. Allí se puso a gemir y a remover un gran sillón en el cual, hasta donde mis oídos han podido seguir todos sus movimientos, pareció sentarse y hojear las páginas de un viejo in folio que conocéis (i) y que es muy chillón.

El fantasma continuó de esta manera, gimiendo, removiendo el sillón y volviendo las hojas del libro hasta el alba.»

He aquí las reflexiones de M. Delrieu:

«...Los espíritus intermedios de las monjas eran solicitados a reaparecer en una cámara que habían habitado largo tiempo, y donde huellas odorantes de su estancia subsistían probablemente todavía, por la presencia de un ser vivo que comunicaba a estos vestigios, a la vez materiales e invisibles, una fuerza de adherencia momentánea, una necesidad de condensación pasajera, pero bastante obstinada para que la nada de la muerte fuese vagamente

(1) Bovet refería su aventura, por carta, a un amigo.

colmada. Las irradiaciones vitales del huésped llamaban simpáticamente en estos despojos las sustancias más nobles, más etéreas que habían seguido a las almas de las religiosas a la hora de la disolución del cuerpo; en fin, las apariencias terrestres de las antiguas habitantes del aposento del castillo así reformadas, consistentes, opacas y tangibles, se destacaban sobre el mundo inasible que nos rodea, para los ojos de la persona acostada en el lecho, por un efecto de concordancia magnética y de armonía superior cuyo poder envolvía, en un encanto único e instantáneo, al huésped, a las monjas y a sus sombras.

» Las monjas reanimadas, condensándose

en la penumbra de la cámara, seguían la pared y parecían huir del centro del aposento, dirigiéndose hacia el lecho; es que sus apariencias mundanas, formándose poco a poco de los elementos diseminados de sus cuerpos terrestres, animándose gradualmente de las efluvios magnéticos del huésped, debían buscar unos y otros, a lo largo de las paredes de la pieza donde estos átomos sutiles se habían impregnado en su evaporación, y, por medio de etapas insensiblemente más atractivas, ganar el foco mismo de su irradiación, es decir, el lecho, que los dos seres vivos transformaban en polo para las religiosas imantadas. Que los claustros fuesen ordinariamente el teatro de semejantes fenómenos, nada era más simple; pues los monasterios, en consecuencia del retiro habitual y de la

longevidad relativa de sus habitantes, de la perpetuidad de los votos y de la energía de las plegarias, ofrecían estancias donde las emanaciones de la vitalidad humana debieron necesariamente complacerse y recogerse.

..... Ferriar y Hibbert, añade el autor que citamos, convinieron en que la fisiología era impotente para dar la clave de estos últimos fenómenos. El primero declaró que Bovet no dormía, el segundo se inclinaba por el sueño; pero el uno y el otro acaban en una vacilación desesperante. «Ni el uno ni el otro de estos fisiólogos estaba en lo cierto, sino en los límites opuestos entre los cuales se hallaba lo cierto. Desconocieron este estado intermedio en el cual Bovet y su compañero sacaban sus alucinaciones.

En efecto, es al momento de dormirse cuando la visión tiene lugar, la primera vez; la segunda vez, es poco tiempo después de haberse metido en la cama, en una cámara caldeada por un gran fuego, última circunstancia tan propia para producir este estado de adormecimiento que participa de la vigilia y del sueño a la vez, y al cual debieron dejarse llevar, el espíritu lleno de los relatos que les habían sido hechos sobre la visita nocturna de los aparecidos.

El hecho siguiente es referido por Beaumont (i). Se remonta a fines del siglo XVIII, y el obispo de Glocester recibió de ello la confidencia solemne del padre de la joven víctima.

(1) Baumont, World of spirits.

«En 1665, sir Charles Lee, uno de los antepasados de M. Charles Lee, poeta, general, empleado en la guerra de América, y amigo de Burgoyne, había tenido de su primera mujer un solo hijo, una hija, que mató a su madre al nacer. A la muerte de la mujer de sir Charles, lady Everard, su hermana, emprendió la crianza de la pequeña huérfana, hasta el momento en que el padre la prometió a sir Williams Perkins; pero una circunstancia extraordinaria interrumpió todo proyecto definitivo de matrimonio.

»Una tarde, la joven, después de haberse metido en la cama, creyó ver una luz en su cámara; llamó al punto a su criada y le dijo: ¿Por qué dejáis un candelabro encendido en la cámara?

— No hay otro candelabro aquí, respondió la criada, que el que tengo en la mano. — ¿Es entonces el fuego? repuso la joven asombrada. — Tampoco, dijo la criada; habéis soñado. — Es posible, respondió miss Lee, y se volvió a dormir.

Pero después de dos horas aproximadamente de sueño, fue despertada de nuevo por la luz, y divisó en su mismo lecho, entre la almohada y la manta, y a sus lados, a una mujer bastante pequeña, que dijo a la joven, con una voz perfectamente articulada, que era su madre, y que, dentro de cuarenta horas, estarían la una y la otra reunidas.

Con lo cual miss Lee llamó de nuevo a su criada, se hizo vestir y se encerró en un gabinete. Permaneció allí hasta las nueve de la mañana; luego salió con una carta lacrada. Habiendo venido lady Everard, le contó tranquilamente lo que había pasado, y rogó a su tía que, tan pronto como la hora fatal hubiera sonado, enviase esta carta a su padre.

Lady Everard se imaginó que estaba loca; se fue en busca de un médico y un cirujano a Chelmsford; el médico no reconoció ningún síntoma de enfermedad cerebral en la joven, y sin embargo, para conformarse con los deseos de su tía, hizo practicar una sangría a la señorita Lee, que tendió su brazo sonriendo. Dada esta satisfacción a lady Everard, la joven pidió un capellán, recitó las oraciones de los agonizantes con el ministro espantado, y cantó después, con acompañamiento de guitarra, los pasajes más conmovedores de su libro de salmos, de una manera tan admirable, que su maestro de música, presente en todos estos preludios siniestros, se deshizo en lágrimas. Cuando la cuadragésima hora estaba a punto de sonar, se colocó en un sillón cómodo, arregló sus vestidos, y, lanzando uno tras otro dos largos suspiros, entregó el alma. «

Para completar lo que acabamos de decir relativamente al estado de semisueño y a las alucinaciones que de él son consecuencia, creemos deber recordar aquí y apoyar con algunos detalles una observación que ha sido hecha por los médicos de alienados, y es que las ilusiones y las alucinaciones se muestran más particularmente en el momento en que el enfermo se duerme y en que se despierta.

Un alucinado, del que hablo en mi memoria sobre el Tratamiento de las alucinaciones, página 29, estando

acostado en la misma habitación que varios de sus camaradas, oye de repente voces que le parecían partir de todos los rincones de la sala. Le acusan de crímenes imaginarios, le anuncian que será ahorcado, que se le cortará la muñeca derecha como a un parricida. Louis, helado de espanto, se asombra de ver a todo el mundo a su alrededor en el más profundo sueño. Se vuelve a acostar, convencido de que es víctima de algún sueño funesto. Apenas ha posado su cabeza sobre la almohada cuando experimenta fuertes zumbidos de oído, y las voces se hacen oír con más fuerza que la primera vez. Despierta a sus camaradas, etc. En el curso del tratamiento, L... ha oído aún sus voces: era por la tarde, en el momento de dormirse. Dos días más tarde, zumbidos, voces confusas han inquietado todavía al enfermo, siempre inmediatamente antes de dormirse.» »

Otro alucinado (obs. viii) daba así cuenta de su estado: «Experimento terrores que no sabría explicarme; oigo, principalmente de noche, voces que me colman de injurias, me amenazan, me anuncian desgracias; me parece a veces que mi cabeza resuena como una campana, o bien como si la tuviera sumergida en un cubo de agua.»

Tras algunos días de tratamiento, el mal pareció disminuir. Luego sobrevienen nuevas alucinaciones, «poco duraderas y sólo algunos minutos antes de dormirse. Más tarde, inmediatamente antes

de dormirse, el enfermo oye algunas voces en tres o cuatro ocasiones...»

Se encuentran varios hechos de este género dispersos en los autores, que, por lo demás, habían señalado esta particularidad del delirio, sin añadirle la importancia que se le debe reconocer, hoy que el señor doctor Baillarger ha llamado sobre ella una atención especial.

El señor Baillarger leyó, el 14 de mayo de 1842, en la Academia de medicina una memoria llena de interés en la que da a este hecho todos los desarrollos de que es susceptible. Lamento no poder analizar los hechos que contiene, habiéndose publicado e impreso únicamente las conclusiones en el n.º de 21 de mayo del mismo año de la Gazette médicale. Son en número de catorce. Citaré textualmente las que me han parecido tener más relación con el asunto que nos ocupa, añadiéndoles los comentarios que hemos juzgado necesarios.

1.ª conclusión: «El paso de la vigilia al sueño y del sueño a la vigilia tiene una influencia positiva sobre la producción de las alucinaciones en los sujetos predispuestos a la locura, en el pródromo, al comienzo y en el curso de esta enfermedad.»

Los hechos consignados en los dos artículos precedentes prueban que esta influencia se extiende mucho más lejos y hasta en los individuos que, bajo ningún respecto, podría decirse que están predispuestos a la locura.

Los efectos de esta influencia se hacen sentir en el

estado de salud más perfecto; pero son transitorios como la condición fisiológica en la que tienen su origen. No son menos, desde el punto de vista psicológico, verdaderas alucinaciones.

2.ª conclusión: «El simple descenso de los párpados basta, en algunos enfermos, y durante la vigilia, para producir alucinaciones de la vista.»

El descenso de los párpados no produce sólo alucinaciones de la vista, sino también alucinaciones del oído. Esta observación, cuya importancia se siente desde el punto de vista en que nos hallamos, la apoyaré con un hecho muy curioso que he recogido en el servicio del señor doctor Voisin, en Bicêtre.

El descenso de los párpados parece tener por objeto sustraer el órgano de la vista a la acción de los objetos exteriores. A este título, debe ser considerado como uno de los primeros fenómenos del sueño; de ahí su influencia sobre la producción de las alucinaciones. Tal es, sin duda, el pensamiento contenido en la proposición del señor Baillarger.

Hay otra manera de explicar esta influencia que, según nosotros, reúne en su favor muchas más probabilidades. Helo aquí:

He hecho y repetido numerosas veces sobre mí mismo una experiencia muy sencilla y que está en poder de todo el mundo renovar. Cuando se experimenta un comienzo de intoxicación narcótica, alcohólica u otra, si uno llega a cerrar los ojos dulcemente, sin esfuerzo, al punto siente que su cabeza se va, para servirme de una expresión vulgar pero enérgica, siente que va a perder el conocimiento; es pronto una especie de vértigo, de aturdimiento que le hace temer caer de espaldas y le fuerza pronto a abrir los ojos para hacer cesar un estado que se vuelve insoportable.

Estos síntomas son tanto más intensos cuanto con más esfuerzo se cierran los ojos; se experimenta entonces un malestar, una ansiedad indecibles.

Es imposible no reconocer la mayor analogía entre estos accidentes, quiero decir la sensación que producen y la que se experimenta cuando, durmiéndose, se está a punto de perder el conocimiento, o mejor aún cuando se está bajo la influencia de una congestión cerebral ligera o de un síncope. El sentido íntimo no sabría ver en ello ninguna diferencia. Se concibe que el descenso de los párpados, determinando efectos que, así como se ha establecido precedentemente, reúnen en el más alto grado todos los caracteres del hecho primordial, predispone eminentemente a las alucinaciones.

3.ª conclusión: «Las alucinaciones que sobrevienen en el estado intermedio a la vigilia y al sueño, por poco que persistan, se vuelven las más de las veces continuas y arrastran el delirio.»

A nuestros ojos, la persistencia de las alucinaciones no es más que un indicio, no una causa de la agravación del desorden psíquico general en el que toman

su origen como todos los hechos fundamentales del delirio. En otros términos, puede concluirse de esta persistencia que el mal se acrecienta, pero no que el acrecentamiento del mal sea el efecto de esta persistencia. Las alucinaciones no son más que uno de los síntomas, o accidentes de la modificación primordial.

Se dibujan con más viveza y adquieren tanto más energía cuanto esta modificación se extiende más (1).

4.ª conclusión: «La locura, en los sujetos ya atacados de alucinaciones, en el momento del sueño, está principalmente, y desde el comienzo, caracterizada por alucinaciones.»

El estado alucinatorio que llega a manifestarse en la locura declarada no es otro que el que ya se había mostrado durante el sueño. La mo-

(1) Hay un modo defectuoso de razonamiento que se usa frecuentemente cuando se ha de escribir las fases que sufren de ordinario las alienaciones mentales. Apoyándose en una pretendida reciprocidad de acción de los principales fenómenos del delirio, muy a menudo, de que tal de estos fenómenos haya sido precedido de tal otro, se concluye que aquél no es más que el efecto, la consecuencia de éste, mientras que, en realidad, la aparición o la agravación de unos y otros depende de una sola y misma causa, la agravación de la modificación primordial; de lo que uno se convencerá fácilmente examinando más de cerca el estado general del enfermo, los trastornos funcionales que lo han anunciado y que todos se refieren a la excitación maníaca. Permítaseme una comparación: esta excitación es como una fuente de la que habitualmente no se escapan más que uno o dos arroyos. Si llega a hincharse, no serán uno o dos, sino diez, cien arroyos los que de ella se escaparán.

dificación psicológica a la que se enlaza el fenómeno de las alucinaciones, en las dos circunstancias, es esencialmente la misma, aunque acompañada de accidentes nuevos y diversos; así también las alucinaciones se muestran desde el comienzo del delirio. Nacidas en el estado de semisueño, se continúan durante la vigilia.

5.ª conclusión: «Es a menudo después de la supresión de una hemorragia que ha determinado signos de congestión hacia la cabeza, cuando se producen las alucinaciones en el momento del sueño.»

Veremos pronto, en efecto, que la disposición a las congestiones y, con mayor razón, un estado congestivo del cerebro, son condiciones patológicas eminentemente propias para la producción de las alucinaciones y de los demás fenómenos del delirio. Desde el punto de vista psicológico, los efectos de las congestiones cerebrales tienen la más completa analogía con los del sueño.

6.ª conclusión: «Las alucinaciones no deben ser comparadas con los sueños en general, sino sólo con los sueños con alucinaciones.»

No sabríamos admitir ninguna distinción entre los sueños en general y los sueños con alucinaciones. En todas las circunstancias, las alucinaciones, cualesquiera que sean, son uno de los fenómenos del estado de sueño. En otros términos, todo individuo que tiene alucinaciones está, por el solo hecho de estas alucinaciones, en estado de sueño, es decir, en un estado psíquico que, por

haber sido provocado por causas que no son el estado de sueño, no es menos idéntico a este último estado. La causa primitiva de las alucinaciones es siempre la misma, se la llame sueño o alienación mental.

Si insistimos tanto en este punto, es que la identidad, permítaseme el término, la homogeneidad de la causa primera de los trastornos del espíritu, cualesquiera formas que revistan, es una de las verdades que la mayor parte de este trabajo está destinada a poner en plena luz.

12.ª conclusión: «La influencia del paso de la vigilia al sueño sobre la producción de las alucinaciones prueba que, en ciertos casos al menos, es un fenómeno puramente físico y que reclama sobre todo el empleo de los medios físicos.»

La causa remota o aparente de las alucinaciones puede ser o física o moral; pero cualquiera que sea, no llega a determinar el fenómeno de las alucinaciones sino produciendo primero una modificación fisiológica o psico-cerebral, que, a buen seguro, ella no tiene nada que no sea orgánico; esta modificación, la conocemos con el nombre de hecho primordial.

Cualquiera que sea la idea que uno se haga de la causa y, por así decir, del mecanismo de las alucinaciones, no pensamos que se pueda, en ningún caso y bajo ningún respecto, considerarlas de otro modo que como un fenómeno puramente físico o mejor orgánico.

Las impresiones del sueño pueden ser bastante vivas para determinar actos físicos, hacernos verter lágrimas, para que imprimamos a nuestro cuerpo movimientos variados, etc.; pero, en general, cualquiera que haya sido su energía, se borran en el momento del despertar, dejando apenas algunas huellas en nuestro espíritu.

No obstante, puede ocurrir que esas mismas impresiones resuenen hasta en el estado de vigilia y que los pensamientos y las emociones de nuestros sueños, las mismas alegrías, los mismos temores, nos asedien estando despiertos. Sufrimos entonces la influencia de ideas fijas y de alucinaciones cuyo origen se remonta al estado de sueño y que, en un principio, no eran sino simples fenómenos debidos al sueño. En este caso, es rigurosamente cierto decir que el delirio es un sueño continuado; esto es verdad sobre todo respecto de las impresiones sensoriales. Lo que se veía, lo que se oía en sueños, nos ha causado tal impresión, que creemos verlo y oírlo todavía, cuando la cesación incompleta del sueño ha restablecido casi todas nuestras relaciones con el mundo exterior; se conserva su recuerdo, no como el de una cosa soñada, sino como el de la realidad misma.

¿Por qué buscar fuera de este simple hecho la explicación del fenómeno de las alucinaciones?

¿No encontramos en él el sentido de su naturaleza íntima? La alucinación es el sueño de los sentidos exteriores, como las ideas fijas, las convicciones delirantes son el sueño del intelecto.

Ya se le considere en el estado de sueño natural o artificial, es decir, provocado por agentes modificadores del sistema nervioso, ya en el estado de delirio, este fenómeno, desde el punto de vista psíquico, es esencialmente el mismo en todos los casos. Las únicas causas que producen la modificación intelectual en que tiene su origen son variables y se distinguen y diferencian principalmente por el grado de persistencia de su acción.

Uno de los filósofos más ingeniosos, más profundos de esta época, contaba a Ch. Nodier, poco tiempo antes de su muerte, que habiendo soñado varias noches seguidas, en su juventud, que había adquirido la maravillosa propiedad de sostenerse y moverse en el aire, nunca pudo desengañarse de esta impresión sin hacer el ensayo al paso de un arroyo o de un foso.

¿No es evidente, o al menos infinitamente probable, que con un grado más de energía, esta impresión habría acabado por vencer toda resistencia y que el sabio se habría persuadido de que podía sostenerse en el aire, lo que evidentemente le habría constituido en estado de locura parcial, es decir, transformado de soñador en alienado?

Tenemos ahí un ejemplo sorprendente de la prolongación de las percepciones del sueño durante la vigilia.

El fenómeno opuesto tiene lugar con más frecuencia. En algunos casos, las impresiones de la vida real se reproducen durante el sueño con una persistencia notable. Se repiten cada noche, siempre las mismas, con las mismas circunstancias aisladas, y no en medio de esa fantasmagoría, de esa mezcolanza de ideas que se encuentra en los sueños.

Los vampiros son ejemplos sorprendentes de este hecho psicológico tan curioso, sobre el cual llamo la atención de una manera particular, porque prueba que en ciertas organizaciones, con ciertas predisposiciones, la modificación del sueño puede convertir una percepción de la vigilia en una verdadera idea fija, un pensamiento delirante.

«Veinticuatro años hace, dice Nodier, que viajaba yo por Baviera con un joven pintor italiano a quien había conocido en Múnich. Su compañía convenía a mi carácter y a mi imaginación de entonces, porque se hallaba una dolorosa conformidad entre nuestros sentimientos y nuestras desgracias.

Había perdido, algún tiempo antes, a una mujer a quien amaba, y las circunstancias de este acontecimiento, que a menudo me contó, eran de naturaleza que le dejaran una impresión indeleble. Esta joven, que se había obstinado en seguirle en las miserias de una cruel proscripción, y en ocultarle la alteración de sus fuerzas, acabó por ceder, en una de las paradas de sus noches vagabundas, al exceso de una fatiga llegada a ese punto en que solo se aspira al reposo de la muerte.

El pan les faltaba desde hacía dos días, cuando descubrieron un hueco de roca donde esconderse.

Ella se arrojó sobre su corazón cuando se hubieron sentado, y pareció que le decía: «Cómeme, si tienes hambre.» — Pero él había perdido el conocimiento, y cuando le volvieron fuerzas bastantes para estrecharla en sus brazos, halló que estaba muerta. Entonces se levantó, la cargó sobre sus hombros y la llevó hasta el cementerio del primer pueblo, donde le cavó una fosa, que cubrió de tierra y de hierbas, y sobre la cual plantó una cruz compuesta de su bastón, que había atravesado con su espada. Después de esto, no fue difícil de prender, pues ya no se movía. — Alguno de esos acontecimientos tan comunes entonces le devolvió la libertad: la felicidad, se había acabado.

Mi compañero de viaje, que a los veintidós años no conservaba más que los lineamientos de una bella y noble figura, estaba de una extrema delgadez, quizá porque apenas comía para sostenerse.

Estaba pálido, y bajo su epidermis algo morena, la palidez del italiano es lívida. La actividad de su vida moral parecía haberse refugiado por entero en dos ojos de un azul transparente y extraño, que centelleaban con una potencia inexpresable entre dos párpados rojos, cuyas lágrimas habían, según toda apariencia, devorado las pestañas; pues sus cejas eran, por lo demás, muy hermosas.

Como nos habíamos confesado el uno al otro que éramos muy propensos a la pesadilla, habíamos tomado la costumbre de acostarnos en dos cuartos vecinos, para poder despertarnos recíprocamente al ruido de uno de esos gritos lastimeros que participan más de la fiera que del hombre.

Solo que siempre había exigido que yo cerrara la puerta por mi lado, y yo atribuía esta precaución a la costumbre inquieta y recelosa de un desgraciado que ha sido largo tiempo amenazado en su libertad, y que poco goza de la felicidad de ponerse bajo la guarda de un amigo.

Una noche, no tuvimos más que un cuarto y una cama para dos. La hostería estaba llena. Recibió esta nueva con un semblante más preocupado que de costumbre. Dividió los colchones de manera que hicieran dos camas, delicadeza de la que quizá yo me habría advertido y que no me chocó. Después, se lanzó sobre la suya y arrojándome un paquete de cuerdas de que se había provisto: «Ven a atarme los pies y las manos, me dijo con la expresión de una desesperación muda, o vuélame los sesos.»

Cuento, no hago un episodio de novela fantástica. No referiré mi respuesta y los detalles de una conversación de esta naturaleza: se adivinarán.

— ¡La infortunada que me dijo que la comiera para sostener mi vida! exclamó echándose hacia atrás con horror y cubriéndose los ojos con las manos... No hay una noche en que no la desentierre y no la devore en mis sueños... ni una noche en que los accesos de mi execrable sonambulismo no me hagan buscar el lugar donde la dejé, cuando el demonio que me atormenta no me entrega su cadáver. Juzga ahora si puedes acostarte cerca de mí, ¡cerca de un vampiro!...

Sería más cruel para mí, continúa Ch. Nodier, que para el lector detener su atención en este relato. Lo que puedo hacer es atestiguar sobre el honor que todo lo que tiene de esencial es exactamente verdadero; que no hay siquiera aquí ese bordado del prosista que acrecienta las dimensiones de la idea cubriéndola de palabras...

He aquí otro hecho que Nodier toma de Fortis (Viaje a Dalmacia), y que cuarenta años más tarde, en el mismo país, encontró bastante diferente en algunos puntos de detalle para que debiera imaginar que se había reproducido más de una vez.

La creencia en los vampiros está muy extendida en el país de los morlaques. «Apenas hay aldeas donde no se cuenten varios vukodlacks, y las hay ciertas donde el vukodlak se encuentra en todas las familias, como el sano o el cretino de los valles alpinos. Aquí la enfermedad no está complicada por una infirmidad degradante que altera el principio mismo de la razón en sus facultades más vulgares. El vukodlack sufre todo el horror de su percepción; la teme y la detesta como mi pintor italiano; se debate contra ella con furor; recurre, para sustraerse a ella, a los remedios de la medicina, a las plegarias de la religión, a la sección de un músculo, a la amputación de una pierna, al suicidio a veces; exige que a su muerte sus hijos atraviesen su corazón con una estaca y lo claven a la tabla del ataúd para librar su cadáver, en el sueño de la muerte, del instinto criminal del sueño del hombre vivo. El vukodlack es por lo demás un hombre de bien, a menudo el ejemplo y el consejo de la tribu, a menudo su juez y su poeta. A través de la sombría tristeza que le impone la percepción de recuerdo y de presentimiento de su vida nocturna, adivináis un alma tierna, hospitalaria, generosa, que no pide más que amar. Es preciso que el sol se ponga, es preciso que la noche imprima un sello de plomo sobre los párpados del pobre vukodlack para que vaya a rasgar con sus uñas la fosa de un muerto, o a inquietar las vigilias de la nodriza que duerme al lado de la cuna de un recién nacido; pues el vukodlack es vampiro, y los esfuerzos de la ciencia y las ceremonias de la Iglesia nada pueden contra su mal.

La muerte no le cura de él, mientras ha conservado en el ataúd algún síntoma de vida. Y, como su conciencia, torturada por la ilusión de un crimen involuntario, reposa entonces por primera vez, no es extraño que se le haya encontrado fresco y sonriente bajo la tumba: ¡el infortunado nunca había dormido sin soñar!...

En Dalmacia, las brujas o las ujestize del país, más refinadas que los vukodlacks, en sus abominables festines, buscan saciarse del corazón de los jóvenes que empiezan a amar, y comerlo asado sobre una brasa ardiente.

Un prometido de veinte años a quien ellas rodeaban con sus asechanzas, y que se había despertado a menudo a tiempo, en el momento en que comenzaban a sondear su pecho con la mirada y con la mano, se avisó, para escapar de ellas, de asistir su sueño con la compañía de un viejo sacerdote que nunca había oído hablar de estos temibles misterios, y no pensaba que Dios permitiera semejantes crímenes a los enemigos del hombre. Este se durmió, pues, apaciblemente, tras algunos exorcismos en el cuarto del enfermo que tenía misión de defender contra el demonio. Pero el sueño apenas había descendido sobre sus párpados cuando creyó ver a las ujestize planear sobre el lecho de su amigo, revolotear y agazaparse en torno suyo con una risa feroz, hurgar en su seno desgarrado, arrancar su presa y devorarla con avidez, después de haberse disputado sus jirones, sobre braseros llameantes. En cuanto a él, lazos imposibles de romper le retenían inmóvil sobre su lecho, y se esforzaba en vano por lanzar gritos de horror que expiraban en sus labios, mientras las brujas continuaban fascinándole con un ojo horrible, enjugando con sus cabellos blancos sus bocas ensangrentadas. Cuando se despertó, no vio más que a su compañero, que descendió del lecho, vacilante, intentó algunos pasos mal seguros, y vino a caer frío, pálido y muerto a sus pies, porque ya no tenía corazón.

Estos dos hombres, añade Nodier, habían hecho el mismo sueño, a consecuencia de una percepción prolongada en sus conversaciones, y lo que mataba a uno, el otro lo había visto. ¡He aquí lo que es de nuestra razón, abandonada a las ideas del sueño!

4.º Las alucinaciones del sueño se presentan a veces con tales caracteres de verdad que fuerzan la convicción y arrastran, por decirlo así, en su órbita de excentricidad el juicio, los afectos, en una palabra, todas las facultades del entendimiento, que, sin embargo, en otros aspectos, conservan su integridad.

Este fenómeno psicológico tiene de notable que parece, en cierto modo, tender un puente sobre el abismo que separa las dos vidas del sueño y de la vigilia y operar entre ellas un acercamiento que equivale a una verdadera fusión.

Por lo demás, es este un fenómeno que sabemos propio de la acción del hachís, y que hemos señalado en diversas ocasiones según los datos y sobre la fe del sentido íntimo; no ignoramos, por otra parte, que se observa frecuentemente en la locura propiamente dicha.

Así como las alucinaciones desarrolladas por el hachís o por cualquier otra causa más o menos apreciable, o incluso de origen del todo desconocido, si bien falsean el juego del entendimiento dentro de ciertos límites, toman, por decirlo así, lugar en la vida ordinaria, del mismo modo las alucinaciones del sueño pueden falsear la inteligencia en el círculo solamente de su acción, dejándola intacta en todos los demás puntos.

Así pues, desde el punto de vista de la influencia que ejercen sobre el conjunto de las facultades morales, no hay distinción alguna que hacer entre las alucinaciones, ya tengan por origen el estado de sueño, ya la acción de los tóxicos, o bien las causas ordinarias del delirio agudo o crónico. ¿No es esta una prueba más que añadir a las que hemos desarrollado anteriormente, de que su condición psíquica es la misma en estos diferentes casos, y de que sólo las causas que desarrollan esta condición son variables?

Los hechos en que se apoyan las reflexiones que preceden, si no faltan en la ciencia, son poco numerosos sin embargo, lo que nos parece deberse a la manera en que se observa, en general.

Involuntariamente y sin saberlo, nos dejamos guiar, en nuestras costumbres de observación, por las teorías y los sistemas en boga. Estas teorías nos presentan ya trazado un marco en el que encerramos nuestra atención; sólo por casualidad, las más de las veces, llevamos nuestras miradas fuera de ese marco, tan propio, por lo demás, para servir a la indolencia natural de nuestro espíritu.

En medicina mental, tenemos ante nosotros predecesores de una autoridad más o menos importante, que han abierto la ruta en direcciones variadas. Nos es difícil apartarnos de ella, no queriendo correr el riesgo de perdernos irrevocablemente en el caos de los hechos que emprendemos explorar. Pero una vez empeñados en tal o cual vía, semejantes a vulgares turistas, no exploramos sino lugares veinte veces visitados antes que nosotros, ¡dichosos si algún accidente del terreno aún inadvertido llega a herir nuestras miradas!

Que si el azar nos arroja a una nueva vía de observación, si algún hecho aún no observado se nos presenta y nos parece deber servir de base a nuevas concepciones teóricas, nos encontramos reducidos a nuestros solos recursos y difícilmente hallamos con qué apuntalar ese hecho con otros hechos análogos.

No es ciertamente que los hechos de enajenación mental recogidos por los autores no sobreabunden; pero estos hechos, elocuentes sobre multitud de puntos, son mudos sobre muchos otros. Cada observador los ha aceptado desde su punto de vista particular; sólo ha visto bien de ellos el lado iluminado por sus ideas teóricas; los demás hechos se le han escapado por completo o han quedado, para él, en una semioscuridad impenetrable y estéril. Los ha descrito como los ha visto, incompletamente; y la huella, el sello de sus convicciones se encuentra a cada línea. Comparad las observaciones que nos han transmitido los partidarios de la predominancia de las causas morales, de la naturaleza puramente dinámica o funcional de las alteraciones del espíritu, con las de los partidarios de las causas físicas, de la naturaleza exclusivamente orgánica de las lesiones intelectuales: todo lo que viene en apoyo de la idea dominante es relatado con detalle y precisión; el resto apenas o nada se indica.

Pido perdón por esta digresión, y vuelvo al hecho particular que la ha ocasionado.

No sabríamos dudar que el delirio, y en particular el estado alucinatorio, en gran número de alienados, no tenga su punto de partida, su fuente primera y constante, en el estado de sueño.

Este hecho debió observarse frecuentemente en una época en que las sociedades estaban aún lejos del estado de civilización actual, y en que los sueños ejercían la mayor influencia sobre seres débiles y crédulos. La brujería y la licantropía, que en nuestros días apenas existen sino en los libros, sin duda no tienen otro origen; esto debió ser, al menos en muchos casos.

A este propósito, tengo gran placer en citar este pasaje de Nodier, quien, así como lo dice con tanta modestia y tanto ingenio, «sin subir a las alturas a las que la Sociedad real de medicina no le perdonaría haberse elevado», desarrolla admirablemente la tesis que aquí sostenemos.

«El célibe, aislado del mundo entero, cuyo pensamiento todo sube, baja y vuelve a subir sin cesar, del rebaño de sus ovejas al rebaño innumerable de sus estrellas;

»La vieja mujer inútil y rechazada, que no sostiene su pobre vida sino recogiendo en los bosques raíces insípidas para alimentarse, y ramas secas para preservarse del frío del invierno;

»La joven enamorada y sufriente, que no ha encontrado un alma de hombre para comprender un alma de joven...

»Veréis que aquellos están más sujetos que los otros a esas aberraciones contemplativas que el sueño elabora, transforma en realidades hiperbólicas, y en medio de las cuales arroja a su paciente como un actor de mil rostros y mil voces, para representarse a solas, sin saberlo, un drama extraordinario que deja muy lejos tras de sí todos los caprichos de la imaginación y del genio.

»Helo ahí a ese ser ignorante, crédulo, impresionable, pensativo, helo ahí que camina y que obra, porque es sonámbulo, y que ve cosas desconocidas para el resto de sus semejantes, caminando y hablando porque tiene la pesadilla. Helo ahí que se despierta a los frescores de un rocío penetrante, a los primeros rayos del sol que atraviesan la niebla, a dos leguas del lugar donde se acostó para dormir; es, si queréis, en un claro del bosque que oprimen entre sus ramas tres grandes árboles a menudo heridos por el rayo, y que aún balancean los huesos sonoros de algunos malhechores, en el momento en que abre los ojos, la percepción que huye deja resonar en su oído algunas risas espantosas, un surco de llama o de humo que sólo poco a poco se borra, marca a su vista aterrada la huella del carro del demonio; la hierba pisoteada en redondo en torno suyo conserva la impronta de sus danzas nocturnas. ¿Dónde queréis que haya pasado esa noche de terror, sino en el sabbat?

Se le sorprende, el rostro vuelto hacia arriba, los dientes castañeteando, los miembros transidos de frío y molidos de agujetas; se le arrastra ante el juez; se le interroga: viene del sabbat, ha visto allí a sus vecinos, a sus amigos, si los tiene; el diablo asistía en persona, bajo la forma de un macho cabrío, pero de un macho cabrío gigante, de ojos de fuego, cuyos cuernos irradian relámpagos, y que habla una lengua humana, porque así están hechos los animales de la pesadilla. El tribunal pronuncia, la llama consume al infortunado que ha confesado su crimen sin comprenderlo, y se arroja su ceniza al viento.

»¿Qué hombre acostumbrado a las horribles visitas de la pesadilla no comprenderá, desde el primer aspecto, que todos los ídolos de la China y de la India han sido soñados? A menudo el pastor, preocupado por el temor de los lobos, sueña que se vuelve lobo a su vez, y el sueño le apropiará esos instintos sangrientos tan funestos para sus rebaños. Tiene hambre de carnes palpitantes, tiene sed de sangre, se arrastra a cuatro patas en torno al establo, lanzando esa especie de aullido salvaje que es propio de la pesadilla, y que recuerda tan horriblemente el de las hienas hambrientas. Y si algún funesto azar le hace encontrar un pobre animal extraviado, demasiado joven aún para huir, acaso lo hallaréis con las manos enredadas en su vellón, y amenazando ya con un diente inocente al más querido de sus corderos. — La licantropía es uno de los fenómenos del sueño; y esa horrible percepción, más sujeta a prolongarse que el gran número de las ilusiones ordinarias de la pesadilla, ha pasado a la vida positiva bajo el nombre de una enfermedad conocida de los médicos...»

A los detalles que acaban de leerse, y en los que se encuentran, revestidas de formas tan seductoras y tan poéticas, las verdades fisiológicas que Nodier había entrevisto, permítaseme hacer suceder algunos hechos cuyo valor intrínseco no será atenuado, espero, por la árida simplicidad de su exposición.

En 183... hice el viaje de Italia con un enfermo que me había confiado mi venerado maestro el señor Esquirol. Durante todo un año que duró este viaje, no perdí de vista a mi enfermo un solo día, diría casi el espacio de algunas horas.

El señor *** estaba atacado desde varios años de un delirio intermitente cuyos principales síntomas formaban una excitación maníaca, a veces bastante viva, ideas fijas con carácter religioso, pensamientos de condenación, temor del infierno, etc. Los accesos volvían irregularmente todos los días, cada dos o tres días, y duraban desde cinco o seis horas hasta veinticuatro o treinta y seis horas.

Era siempre e invariablemente al momento del despertar cuando estallaban. Y eran tanto más violentos y duraderos cuanto más prolongado había sido el sueño.

En los días de intermitencia, ocurría frecuentemente que el señor ***, sufriendo la influencia de una alta temperatura y fatigado por la ruta, se adormecía a mi lado, en el coche en que viajábamos. Después de haberse dormido en un perfecto estado de razón, el señor *** se despertaba delirando; pero entonces estaba menos enfermo que en las épocas marcadas por la intermitencia.

Bien evidentemente, el delirio comenzaba durante el sueño. Del sueño más profundo, el señor *** pasaba a un estado de somnolencia al que sucedía, más o menos rápidamente, una especie de ensueño vago.

Le ocurría a menudo entonces proferir algunas palabras en voz baja y casi ininteligibles, siempre en su lengua natural (el señor *** era irlandés), jamás en francés. Eran los preludios del despertar. Pronto una multitud de palabras incoherentes se sucedían con rapidez; entre ellas, estas se dejaban oír a menudo: «My God! my God! the devil here!»

Repito que, en los momentos de intermitencia, estos accesos eran, en general, de corta duración; ocurría incluso que no iban más allá de algunas palabras que se habría dicho eran el último retemblor y como un eco debilitado del delirio nocturno.

El señor..., que apreciaba su posición, nunca pudo darme cuenta, de manera satisfactoria, de este fenómeno tan digno de ser estudiado. No le quedaba sino un oscuro recuerdo, una reminiscencia muy imperfecta. Tenía costumbre, sin embargo, de servirse de expresiones muy propias, según nosotros, para poner sobre la vía de la manera en que se cumplía el fenómeno. «Continuaba, decía, soñando, mientras duraba el acceso.» Si yo le objetaba que me respondía cuando le dirigía la palabra, que él mismo, por su propio movimiento, hacía observaciones sobre lo que veía, que en consecuencia debía creerle perfectamente despierto, etc. — «Es posible, me respondía, pero me parece no obstante que sueño, excepto quizá en el momento mismo en que respondo a vuestras preguntas y en que yo mismo os dirijo la palabra. ¿No me creéis sonámbulo? Mi hermano mayor lo es bien...»

Nada más curioso, ciertamente, que ese acercamiento del estado de sueño y del delirio, acercamiento tan íntimo que toda diferencia entre estos dos estados se borra por completo; el sueño del hombre despierto es manifiestamente la continuación del sueño del hombre dormido, y entre ellos no difieren más que por la denominación que se les ha aplicado; el delirio es todavía el sueño, pero el individuo que lo experimenta ha pasado del estado de sueño al estado de vigilia. M... deliraba como había soñado, y, si le hubiera sido posible no dormirse nunca, nunca habría delirado.

Esta conclusión del todo natural, intenté varias veces verificar su exactitud por la experiencia, al menos en cuanto ello podía concordar con las leyes del organismo. La ocasión se presentó más

de una vez en el curso de nuestro viaje. Todas las veces que pude, por medio de distracciones forzadas, retrasar la hora del sueño, prolongué el ejercicio normal de las facultades intelectuales, y, con el momento del despertar, retrasé el de la explosión del delirio.

M..., que juzgaba su situación tan bien como yo mismo, me secundaba, en estas pruebas, con toda la potencia de su voluntad.

Un día, estando en Roma, fuimos invitados a pasar la velada en casa del cardenal W..., que conocía a M... desde hacía mucho tiempo, y estaba perfectamente al corriente de su enfermedad. M... se negó al principio, por temor de un accidente. Sin embargo, yo no ignoraba su vivo deseo de asistir a aquella velada, y sabía las poderosas distracciones que no podía dejar de encontrar en ella.

Fundándome en estos motivos, y un poco tranquilizado por las antiguas relaciones de mi enfermo con el jefe de la casa, le insté a aceptar la invitación, y, a fuerza de insistir, obtuve que nos dirigiéramos juntos a ella. Como mayor precaución, le permití apartarse de sus costumbres tomando una taza de café muy ligero después de su cena; dimos luego un paseo en coche por el Pincio, y, hacia las nueve, poco más o menos, fuimos a casa del cardenal. Debí primero prestar un poco de ayuda a su timidez, algo alarmada de encontrarse, por primera vez desde hacía muchos años, en medio de una sociedad numerosa, compuesta de hombres graves y serios, tales como príncipes de la Iglesia, prelados, oficiales generales, embajadores extranjeros, etc.

Después de una hora o dos de música, cuyo efecto temí para mi enfermo, no porque no fuese exquisita y ejecutada por aficionados de gran distinción, a cuya cabeza se hallaba el propio cardenal, que tocaba admirablemente el corno de armonía, sino a causa de la necesidad en que estábamos de permanecer tranquilos y mudos; se formaron diferentes grupos, y M... tomó parte en la conversación. El cardenal, a quien había puesto a medias en el secreto, fue perfecto con él y le colmó de benévolas atenciones.

Así, feliz y prudentemente circunvenido, M... luchó victoriosamente contra el sueño hasta cerca de las dos de la madrugada. Eran al menos cuatro buenas horas ganadas, pues M... se acostaba habitualmente de nueve a diez.

No obstante, juzgué prudente no llevar más lejos la prueba, tanto más cuanto que un profundo sentimiento de lasitud me advertía que era tiempo de batirse en retirada.

En efecto, apenas estábamos en el coche cuando M... se durmió, a pesar de todos mis esfuerzos por impedírselo, y cuando hubo que despertarle para entrar en el hotel, el delirio hizo una explosión terrible, que, lo confieso, me quitó, por algún tiempo, las ganas de hacer nuevos ensayos.

Un joven aún en el hospicio de Bicêtre (Q4fév.), donde entró el... de enero de 1845, por cuarta o quinta vez, de una familia que cuenta con varios miembros alienados, habiendo recibido una

cierta educación, experimenta un vivo disgusto por no poder obtener la mano de una joven de la que estaba perdidamente enamorado. Se vuelve huraño, taciturno, huye la sociedad. La estancia en su país natal le resulta insoportable; se dirige a París, con la esperanza de encontrar allí distracciones.

De imaginación viva, y deseoso de instruirse, acude a las lecciones públicas de los magnetizadores y de los frenólogos más en boga en aquella época.

Sin embargo, B'** no puede sobreponerse a las penas que le asedian; sus noches se vuelven cada vez más agitadas; es atormentado por sueños que insensiblemente toman sobre su espíritu un imperio absoluto.

Creyó ver en estos sueños avisos secretos y providenciales, el lenguaje cierto de un espíritu superior encargado particularmente de velar por él.

Dejaré hablar a B*** mismo, y transcribiré literalmente ciertas partes del voluminoso manuscrito que me entregó estando convaleciente. «Creí», dice, en el hado, en una estrella, en el destino que gobierna el mundo, y fuerza a todos los seres animados, hombres, animales, aves e insectos a obrar de tal manera antes que de tal otra. Después, había leído en las obras de Fourrier (que ya han vuelto locos a muchos hombres, según mi conocimiento, que se han volado la tela del seso), de Gall, de Mesmer, de Lavater y de Spurzheim, cosas que me confortaban en mis desdichadas locuras. El curso de magnetismo que había

seguido en casa del doctor F.... acumulativamente con un curso de frenología, me había confortado el primero en mis desdichados errores. Había leído también, en el memorial de Santa Elena, notas escritas bajo el dictado de Napoleón, por el señor Lascases, que se sentía muy a menudo invadido por un dulce calor, a cuya consecuencia su espíritu se hallaba en comunicación con un espíritu invencible que le hacía caer en éxtasis, y le hacía ver en aquellos momentos cosas sobrenaturales que cambiaban a menudo sus determinaciones en sus grandes operaciones. Había visto, no sé dónde todavía, que Luis XVI, algunos días antes de su decapitación, había tenido visiones extraordinarias, en las que había visto monstruos desgarrarle el rostro, en su palacio, y luego a todos sus soldados, la cabeza hacia abajo, los pies en el aire y la punta de la bayoneta al extremo del fusil hincada en tierra. En fin, de todo ello resultaba que yo creía que la suerte de todos estaba gobernada por un espíritu invisible que yo llamaba providencia o Dios; que lo que la pluma de este Dios o destino había trazado, todo el arte del hombre no podía borrarlo; que nuestros reveses, nuestras grandezas no eran obra nuestra; que era él quien conducía a su antojo nuestro ciego valor; que la duración de nuestras pasiones no dependía más de nosotros que la duración de nuestra vida; que Dios, en fin, o el genio superior precitado era dueño de todo y lo conducía todo por la inspiración, los sueños, las visiones y los augurios. En consecuencia, creyéndome también yo, como todos los seres animados,

los hombres y sobre todo los grandes personajes, tener un destino particular y un papel importante que representar en el gran drama de la humanidad, creía que el espíritu superior o genio del que ya he hablado más arriba me guiaba y me conducía en esta ruta por los medios precitados y en las condiciones que siguen, en las que todo para mí era un signo de buen o mal augurio.

Todas estas manifestaciones, supuestas de mi parte ser objeto de la dirección del genio en cuestión, se dividían en varias clases:

1.º Los pequeños sueños,

2.º Los grandes sueños,

3.º Las pequeñas visiones,

4.º Las grandes visiones, » 5.º Los signos de buen y mal augurio, que consistían en el encuentro de las cosas, de los objetos, de los hombres, de los animales y de las aves que veía a mi paso y me hacían avanzar o retroceder, continuar o cambiar mi dirección según su significación.

» Con esta suerte de medios, sin pasaporte, sin papeles, he viajado largo tiempo, en mi enfermedad, sin ser detenido, y hacía rutas de una longitud enorme, lo que me había valido el sobrenombre de Monsieur La Providence.

» Los pequeños sueños se manifestaban a veces a la vista, en pleno sueño, de un objeto o dos que significaban lo que yo creía tener que hacer en el día siguiente. Así, ora veía una mano que escribía cuando era urgente que yo escribiese en aquel día; ora veía un león o un tigre, o un cisne, o una bandada de palomas, o cuervos, o una o varias serpientes, o un águila, o urracas, o una columna, o un camino roto, o un laberinto, o una barra de hierro rota, o en fin otros millares de objetos cuya significación parecía tener, según yo creía, una relación directa con lo que pensaba y debía hacer en el curso del día.

» 2.º Los grandes sueños me obsesionaban en un sueño profundo y tranquilo. Eran historias extraordinarias, comedias complicadas de las que procuraba, apenas despierto, recordar todas las partes; y entonces creía tener que hacer siete u ocho cosas diferentes, según las significaciones de todo lo que había visto... (siguen numerosos detalles que suprimimos).

» Los pequeños sueños y los grandes sueños tenían mucha relación con las pequeñas y las grandes visiones, en lo que tocaba a la significación; pero estas últimas diferían mucho por la manera en que se manifestaban, sobre todo por el género de lucidez, la impresión fuerte y el estado de malestar y de sufrimiento que me dejaban a la postre después de su paso.

» 3.º Las pequeñas visiones se manifestaban en un estado de vigilia completo, a consecuencia de algunas fatigas (1), ya caminando, ya sentado, ya de pie, por la comunicación de un fluido magnético que me turbaba la vista en el momento en que venía a manifestarse; entonces, allí, veía formarse ante mis ojos seres de todas las especies, hombres excesivamente pequeños, otros excesivamente grandes, otros estropeados; perros, leones, tigres, osos, elefantes, soldados, bodas, músicos cuya música oía muy bien, en fin, una infinidad de cosas como en los pequeños sueños, pero que no aparecían sino en estado de vigilia, y el tiempo necesario para producir en mi espíritu una impresión excesivamente fuerte, a consecuencia de la cual me creía obligado a obrar en seguida, según su significación.

» 4.º Las grandes visiones se manifestaban poco más o menos de la misma manera que las pequeñas, a excepción de un calor dulce que se unía al fluido magnético y se apoderaba de todos mis miembros, me quitaba completamente la libertad de poder servirme de ellos a mi gusto, me quitaba igualmente la libertad de mi espíritu, de suerte que ya no era dueño de la dirección de mi inteligencia, de mi persona y de mis miembros... »

Limitaré aquí las citas y el relato prolijo de extravagancias cuya monotonía acabaría por fastidiar. Básteme decir que es casi siempre a consecuencia «de un dolor de cabeza más o menos violento del que quedaba todo aturdido», después de haber sentido aquellos calores, preludio infalible de sus visiones, aquel sentimiento de fatiga que le quebraba los miembros, etc., cuando las alucinaciones se manifestaban.

La persona que amaba se le aparecía con frecuencia. «Un día, dice, estando acostado, hacia las cuatro de la mañana y bien despierto, fui acometido de repente del dulce calor que determina mis grandes visiones...» Y en otra parte: «Un día, a consecuencia de algunas fatigas, eran las siete u ocho de la mañana, entré, para leer el periódico, en un gabinete de lectura. Apenas había comenzado a leer, cuando he aquí que llega una gran visión por el calor que no puedo explicar, que me paraliza, por el instante, todos los miembros. Me encuentro al punto de viaje en unas montañas, perseguido por una infinidad de personas y sobre todo por mis parientes, que querían hacerme detener como loco. Franqueaba todas las dificultades con una ligereza asombrosa, y, después de haberme sustraído a sus pesquisas, me oculté en una especie de agujero en la cima de una montaña, y sentí, una vez entrado, una piedra ancha y pesada caer con estrépito sobre aquel agujero y cerrarlo. Me encontré en una especie de sepulcro de cuatro metros cuadrados, donde hallé una piedra para sentarme. Apenas sentado, vi fantasmas, espectros que tenían fisonomías semejantes a las máscaras que se ven en las tiendas de los sastres de disfraces en la época del carnaval; luego vi pasar una nube de humo y de llama que hizo desaparecer todo. Esta visión me presagiaba que mi libertad estaba en peligro, y, ¡cosa de un azar muy incomprensible!, en aquel día, habiendo ido a dormir a los Campos Elíseos sobre los céspedes, fui despertado por un agente de policía que me interrogó, y, sobre mis respuestas, me hizo conducir a la Prefectura y de allí a Bicêtre, etc., etc.»

El punto de partida de la locura de B... y de las extravagancias a que se entregaba residía únicamente en las visiones de que era asaltado, principalmente durante su sueño.

Estas visiones, por la sucesión regular de los mismos objetos, la especie de orden que reinaba en medio de los mayores desórdenes de la imaginación, tenían algo de extraño. Dudo que semejantes visiones puedan nacer en otra parte que en un cerebro predispuesto hereditariamente a la locura, como lo estaba el de B...

B... soñaba como solo un loco puede soñar.

Después de haber estallado en su sueño, el delirio debía más tarde continuarse durante la vigilia.

Así como se ha podido ver por ciertos pasajes que hemos tenido cuidado de subrayar, muchas visiones tenían lugar en un estado de semisueño, de somnolencia, determinado por la fatiga y anunciado por dulces calores, un entorpecimiento general; y estas visiones eran absolutamente de la misma naturaleza que las que tan a menudo turbaban el sueño más profundo.

Estas mismas visiones volvían aún, pero menos numerosas, menos extraordinarias, en un estado que el enfermo llama un estado de vigilia completo.

Así pues, y en último análisis, el fenómeno alucinatorio era el mismo, ya estuviese B... completamente dormido, ya se hallase en estado de semisueño, ya en fin estuviese despierto.

El señor Sauvet (de Marsella), alumno de mi servicio en Bicêtre, ha publicado en los Annales médico-psychologiques (cuaderno de marzo de 1844) una observación extremadamente curiosa que ofrece más de un rasgo de semejanza con la que se acaba de leer.

Son primero simples sueños a los que el enfermo no concede otra importancia que la que nosotros mismos les concedemos. Poco a poco estos sueños adquieren tal vivacidad, vuelven tan constantemente, que A... los acepta como visiones a las que se esfuerza por encontrar un sentido misterioso. Pronto ya no son sueños. A... se había engañado sobre la naturaleza real de los fenómenos extraños que se producen, desde algún tiempo, en su sueño; son avisos del cielo. Lo que ve, lo que oye es real, no (son las expresiones del enfermo) «de una realidad ordinaria, natural, sino de una realidad querida por Dios». Lo que veía u oía estaba fuera de las cosas comunes y del poder de los hombres; pero ello acontecía por orden de la divinidad.

Sus sentidos no estaban, pues, en el error. Eran, si se quiere, visiones, pero estas visiones no implicaban en modo alguno que estuviese alienado. Semejantes visiones (es siempre el enfermo quien habla), ¿no son acaso una de las bases de los libros santos que han sido inspirados por Dios, y que son la verdad misma?, etc., etc.

Así pues, el desorden mental primitivo, en el caso de que se trata, residía únicamente en visiones o alucinaciones del sueño. En el estado de vigilia, el enfermo no experimentaba ningún fenómeno de este género; pero los desórdenes del sueño tenían una repercusión marcada y se continuaban, en ciertos aspectos, en la creencia que A... tenía en sus alucinaciones, en la persuasión en que estaba de que debía conformar sus pensamientos, sus acciones a las órdenes que le venían de lo alto. De puramente sensorial, la locura se volvía intelectual, por el paso del sueño al estado de vigilia.

«A..., pintor sobre vidrio, nació en París en 1808, de padres sanos de cuerpo y de espíritu, de una fortuna mediana, pero cuya profesión bastaba a las necesidades. Su educación no fue nada menos que religiosa, y su padre se aplicaba sobre todo a darle conocimientos generales que pudiesen, más tarde, ponerle en situación de abrazar la profesión que le pluguiese. Desde la edad más tierna, A... se hacía notar por una extremada vivacidad, acompañada de una sensibilidad exagerada, y ya se mostraban en él aquel ardor de la imaginación, aquel entusiasmo por lo bello, que debían acrecentarse con la edad y traer tan funestos resultados. Apenas tiene doce años cuando, a la vista de una hermosa mujer, queda herido de admiración, y sin comprender nada de ello, adivinando, en cierto modo, el amor, se enamora de ella y se apasiona de tal modo que está a punto de dejar a su familia para vivir con la que había visto una sola vez.

» Notemos, de paso, este entusiasmo precoz, esta exaltación de la imaginación en un niño, casi siempre precursores infalibles del genio, o bien, lo que es más común, de la locura.

» Pronto A... queda huérfano, y, sintiendo la necesidad de una profesión, entra en un taller de pintura; pero sus camaradas se ríen, entre ellos, y delante de él, de sus ideas; le chancean sobre la rigidez de sus costumbres; pues, enamorado de la belleza moral, A... ignora los placeres de los sentidos, y no es sino tras muy vivas solicitaciones cuando un día se deja llevar junto a una mujer de mala vida. La brutalidad del placer le causa repugnancia, y permanece tres años enteros sin experimentar el menor deseo. En esta época, se enamora de una mujer a la que no cesa de hablar el lenguaje del corazón. Pronto la deja, pues, dice, ella no comprendía. Desde este momento, ya no está solo; experimenta una necesidad de amar irresistible, y ofrece a cada una de sus amantes compartir este amor. Pero todas se ríen de él y le abandonan por turno. «Mi sentimentalismo las aburría, dice.» «Sin embargo, se le ofrece una mujer casada, que por fin le comprende; y a esta la ama todavía más que a las otras, pues es de un amor compartido.

» Una noche, mientras duerme, oye una voz que le dice: «No tomarás la mujer de tu prójimo.» Varias veces oye lo mismo, y, a pesar de la pena que de ello experimenta, pronto renuncia a aquella mujer.

»En 1840, sin haberse ocupado nunca de política, pero quizá alentado por las circunstancias, suspende en su ventana un cartel en el que había escrito cuatro versos cuyas palabras se nos escapan, pero cuyo sentido era la expresión de su desprecio por el gobierno y de su admiración por Napoleón.

»En esa época, A... empieza a sentir remordimientos por la vida que llevaba, y pronto los ve sancionados, en cierto modo, por apariciones que se le mostraban durante el sueño.

»Una noche, cree ser transportado al Pont-Neuf; ve allí a Moisés en las nubes, sosteniendo en sus manos la tabla de la ley; detrás de él pasan san Juan, y luego el Cristo llevando su cruz.

»Otra vez, se siente sostenido en los aires por una sombra de la que solo percibe un brazo, el cual sostenía una lámpara; y cada vez que la sombra soplaba sobre la lámpara, se desprendían de ella chispas que, al caer, incendiaban todo cuanto tocaban. A... cree encontrar en este fenómeno las causas ocultas, apreciables solo para él, de los incendios que se han manifestado más numerosos desde hace algunos años.

»Otra noche, y con un tiempo horrible, A... se encuentra en el atrio de Notre-Dame; divisa la luna atravesando el espacio y, a su paso, lanzando con una voz sepulcral las palabras ¡muerte!... ¡muerte!... ¡muerte!... Y por doquier, en torno suyo, veía las casas derrumbarse, a los hombres y a los animales morir de espanto; y pronto el río, reuniendo sus dos brazos, barría, arrastraba todo en su curso. A... solo permanecía en pie, presidiendo aquel cataclismo universal.

»Aproximadamente y solo en esa época, A..., impresionado por todo cuanto ha visto y buscando explicaciones por doquier, se le ocurre, por primera vez, abrir los Evangelios; ¡cuál no es su asombro al encontrar en ellos las pinturas de los cuadros que ha visto, e incluso las interpretaciones que él mismo se había hecho de ellos! Ya no hay duda, está protegido por el cielo; sus visiones son otros tantos avisos celestiales.

Desde entonces, helo aquí abrevarse en la lectura de los libros santos, comentándolos a su manera: así las visiones llegan más numerosas y más explícitas que antes; y en primer lugar, una primera aparición le ordena desposar a la mujer que tenía entonces, y de la que había tenido un hijo. Al punto se apresura a obedecer y, pocos días después, se casa con ella. Pronto vuelve a ver, durante el sueño, al Ser supremo; esta vez tiene la figura de un anciano venerable; está rodeado de una multitud de ángeles resplandecientes de alegría y de belleza; luego, por debajo, una innumerable cantidad de hombres, de niños, de mujeres de toda edad, que se entregan al baile y parecen muy dichosos. A... ve en este cuadro la imagen de la felicidad de la que gozarán los mortales cuando les haya anunciado la verdad. «Los encontraba tan hermosos, tan dichosos, que, si no hubiera temido cometer un crimen, me habría suicidado para ir en seguida a compartir su felicidad.

»Entretanto, el pobre A... participaba a su mujer y a sus parientes todo cuanto veía; y, lejos de tratarlo de visionario, todo nos lleva a creer que se le miraba como a un hombre favorecido por Dios e inspirado por él; de tal suerte que sus ideas, así acariciadas, lo perseguían por doquier, y solo le faltaba la ocasión para hacer públicamente acto de locura.

»Una noche, divisa en los aires el libro de los Evangelios, que, volando con alas de fuego, se acercaba a diversas personas y las quemaba con su contacto; todos huían y querían preservarse de sus golpes, y a medida que se debatían, se desprendían del libro hojas abrasadas que revoloteaban y quemaban igualmente todo cuanto tocaban. A... solo, echándose a perseguirlas, las recogía y no era quemado por ellas.

»En fin, llega una última visión, la más significativa para A... En medio de su sueño, oye una voz que le grita: «Levántate; deja tu blusa, toma tu levita.» Luego, tras un momento de reposo, oye distintamente esta palabra:

«Trabaja», repetida por dos veces.

»El desdichado se despierta sobresaltado; cree, más que nunca, que es enviado del cielo para predicar a los hombres; por lo demás, ¿no acaba de recibir la orden formal de trabajar, es decir, para él, de dar a conocer a los hombres la verdad? Se levanta, se viste y se prepara a salir. No sabe cómo se las arreglará para difundir la luz; ¿qué importa?... Va a salir para repetir lo que ha visto; comprende bien que probablemente será detenido, quizá encarcelado, y entonces ¿qué será de su mujer y de su hijo, a quienes ve dormir apaciblemente ante él? Un instante vacila...; pero la voz ha hablado, es preciso obedecer... Lanza una última mirada de amor sobre aquellos dos seres que ama tiernamente, y sale de su casa. Aguarda paseándose a que la noche haya desaparecido y pronto, divisando un lugar propicio, escribe en un muro la visión que acaba de tener. Pocos instantes después, es detenido y conducido a Bicêtre.

»Fuera de sus ideas, A... es un joven instruido, inteligente, que se expresa con facilidad y de una conversación muy agradable; su religión y su moral son las del más perfecto hombre de bien posible; sin exagerar nada en sus prácticas religiosas y mostrándose razonable en todos los puntos.

En una palabra, y por una parte: creencia ciega, fe inquebrantable en la verdad de sus apariciones; por otra: reunión de casi todas las buenas cualidades morales e intelectuales, fuera de lo que atañe a sus visiones: tal es el conjunto extraño que ofrece el carácter del enfermo cuya historia acabamos de referir.»

IV. — Congestiones cerebrales.

No puede tratarse aquí de aquellas cuya acción desastrosa y rápida fulmina al individuo, o bien abole, en todo o en parte, las facultades intelectuales, al mismo tiempo que causa un daño más o menos grave a la motilidad. Estos casos, por lo demás, son bastante poco frecuentes; en general, las congestiones cerebrales no acarrean accidentes tan funestos; se limitan a simples mareos, a la suspensión casi siempre incompleta de la actividad cerebral, y sus efectos rara vez van seguidos de consecuencias funestas.

La congestión simple es un caso patológico extremadamente común; pocas son las personas que no hayan tenido ocasión de observarlo. Pero se le concede tan poca importancia que los patólogos no han creído deber examinarlo de cerca, ni han pensado en analizarlo, por así decirlo, intelectualmente, es decir, en darse cuenta con detalle de lo que ocurre entonces en las facultades morales.

«Los mareos, dice el señor Andral (Clínica médica), tienen una intensidad más o menos grande; los enfermos pueden tener al mismo tiempo cefalalgia, deslumbramientos, zumbidos de oídos, aberraciones pasajeras de la vista, un embarazo momentáneo del habla, hormigueos en los miembros y a veces en el rostro; los ojos están inyectados; el pulso es ordinariamente poco frecuente y de fuerza variable.»

Según informes precisos recogidos de diversos individuos sujetos a mareos, según mi propia experiencia, pues tengo en común con algunos miembros de mi familia el estar yo mismo expuesto a ellos, añadiré:

Cuando los mareos, así como ocurre bastante ordinariamente, no sobrevienen de repente, a quemarropa, es por oleadas de calor hacia la cabeza, una sensación de compresión en las sienes, de incertidumbre, de vaguedad en las ideas, la imposibilidad de fijar la atención, distracciones insólitas, como se anuncian habitualmente los accidentes. A veces parece que una nube pasa ante los ojos, pero tan rápidamente que apenas se pierde la conciencia de uno mismo, que la secuencia lógica, el encadenamiento de las ideas no se interrumpe sensiblemente. A menudo, también, ha habido suspensión, diría casi, aparente abolición del pensamiento, hasta el punto de que parece que la existencia ha tenido un tiempo de pausa, así como ocurriría por la invasión brusca e instantánea de un sueño profundo y de corta duración.

Observemos que fenómenos absolutamente análogos se desarrollan, en forma intermitente, por la acción de los narcóticos y, en particular, por la del hachís a alta dosis. Esas oleadas de calor, ese levantamiento de la calota del cráneo, ese ensanchamiento de la caja ósea, ese florecimiento del cerebro, etc., etc., son otras tantas sensaciones, en cierto modo, congestivas. Un joven médico que había tomado hachís, el señor doctor D..., buscando explicarse la naturaleza de esas sensaciones, decía: «Estoy bajo la influencia de una rápida sucesión de congestiones.»

Encontramos, pues, en las congestiones cerebrales, como en los casos precedentes, la modificación psíquica primordial a la que hemos vinculado, como a su fuente necesaria, todas las aberraciones del espíritu, en particular las alucinaciones, o mejor el estado alucinatorio.

Desde entonces no sabríamos asombrarnos de que las congestiones cerebrales constituyan, en un gran número de casos, los pródromos ordinarios, inevitables, de la locura en general, y que, algunas veces aún, den lugar inmediatamente al delirio maníaco, es decir, a la incoherencia absoluta de las concepciones intelectuales.

Pronto veremos que, en ciertos individuos, las alucinaciones nunca se muestran sin ir precedidas de síntomas que tienen la mayor analogía con las congestiones cerebrales.

Los hechos en que las congestiones cerebrales han sido evidentemente el punto de partida, la condición de desarrollo del estado alucinatorio, no son raros en la ciencia. Me contentaré con citar los siguientes:

J. M... es un hombre de elevada estatura, de temperamento eminentemente sanguíneo. En su juventud, estuvo sujeto a mareos (es la expresión de la que se sirve) que lo obligaron varias veces a recurrir a la sangría. Varias veces le ocurrió perder el conocimiento, y solo evitó caer apoyándose contra los muebles o contra una pared. Según su decir, era golpeado súbitamente y experimentaba como una sensación «de agua hirviendo que le hubieran inyectado en la cabeza».

Una tarde, en la calle de Fossés-Saint-Victor, es recogido privado de conocimiento, con todas las apariencias de un hombre ebrio. Se le condujo al cuerpo de guardia de la plaza Maubert.

Cuando J. M.... hubo recobrado el sentido, parecía estar todavía bajo la influencia de un vivo terror; contó, no sin algún desorden en las ideas, que acababa de ser víctima de una horrible celada; que había sido asaltado de repente por cuatro hombres vestidos de blanco, con el rostro embadurnado de blanco, que, abalanzándose sobre él, le asestaron violentos golpes de bastón en el cráneo.

Ninguna duda de que J. M.... había sido golpeado por uno de esos accidentes a los que estaba sujeto, y que, esta vez, había causado daño a sus facultades intelectuales.

Fue imposible disuadirlo de las ideas que su alucinación había hecho germinar en su espíritu; y esas ideas son todavía las mismas hoy, después de varios años de estancia en el hospicio (Bicêtre).

Encuentro en la obra del señor Lélut, El demonio de Sócrates, una observación que tiene la mayor analogía con la que acabo de referir. El estado alucinatorio se liga en ella de la manera menos dudosa a una disposición habitual a las congestiones.

«G.. es un anciano de 65 años, de fisonomía y costumbres dulces, de una inteligencia ordinaria, que ejerce el oficio de zapatero. Fue admitido en la división de los alienados el 1.º de mayo de 1828...

... Trajo del servicio militar unos enfriamientos que inmediatamente lo pusieron muy enfermo, y de los que le queda un lumbago que lo hace caminar encorvado y como doblado en dos.

»En 1820, G.. volvía de Montsouris: estaba, dice, bien de salud, no había bebido. Ve a ocho o diez hombres que lo seguían; los oye cantar y se aparta para dejarlos pasar. Cae, y se encuentra en un cuerpo de guardia, con una herida profunda por encima de la ceja izquierda, cuya cicatriz aún se ve. Se le transporta a su casa.

Unos días después, le dijeron que indudablemente había sido golpeado por los hombres que vio seguirle en la llanura de Montsouris. Lo cree tanto mejor cuanto que uno de sus amigos y su mujer han sido últimamente atacados y heridos, pero en otro lugar. Todavía actualmente, G.... está persuadido de que ha sido seguido y golpeado por individuos que formaban parte de una banda de ladrones, de la que un gran número de acciones semejantes han quedado impunes.

A consecuencia de su caída y de su herida, conservó durante mucho tiempo un dolor en el lado derecho de la cabeza. Añade que desde hacía dos o tres años le ocurría a menudo «ver los bordes de los arroyos» junto a los cuales pasaba «verdes o rojos», y que esto coincidía con «violentos aturdimientos».

En el mes de agosto de 1827, al entrar en su casa, una noche, empieza «bruscamente, y por primera vez, a oír ruido, voces» que le amenazan con la desgracia, y le asustan hasta el punto de que llama a un vecino, le insta a hacer con él un registro en los desvanes, para buscar en ellos a los individuos que cree haber oído. El registro es infructuoso. G... insta a su compañero a acostarse con él. Durante la noche, «oye todavía las mismas voces»; pero su compañero no oye nada. Los días, las noches siguientes, G..... fue presa de las mismas percepciones. Esto dura así durante cuatro meses. Al cabo de este tiempo, no solamente «oye voces, sino que ve, ya sea del todo, ya en parte, a los individuos que le hablaban..., etc.».

Debe aún, según nosotros, referirse a un estado congestivo del cerebro el delirio con alucinaciones que experimentan a veces los árabes en el ejercicio de la plegaria.

La manera en que los musulmanes cumplen este deber, el más importante de su religión, no puede menos de tener sobre las facultades morales una funesta influencia. Debe resultar de ello, como he dicho en otra parte, una afluencia de sangre hacia el cerebro, cuyo efecto inmediato es producir el estupor, las convulsiones, al mismo tiempo que la imaginación exaltada fuera de medida es lanzada fuera de sus quicios y se abandona a un verdadero delirio maníaco momentáneo.

A este propósito, cito los hechos siguientes, que pido permiso para transcribir:

«Pedí, una tarde, a los marineros que conducían la barca en la que remontaba el Nilo, que me hicieran oír un coro en honor del profeta. Eran siete, incluido el reís o capitán. Habiéndose acercado unos a otros, sentados y con las piernas cruzadas, comenzaron por repetir simplemente el estribillo del himno que recitaba uno de ellos. Insensiblemente, vi sus cabezas agitarse de derecha a izquierda, de delante hacia atrás. Este movimiento se hizo cada vez más rápido, y el resto del cuerpo no tardó en tomar parte en él. Allah, la, la, lahl... Esta invocación, al principio pronunciada con una voz clara y firme, degenera pronto en una especie de gruñido, de gritos sordos y entrecortados que hacen daño oír. En fin, después de más de media hora, pasada en esta agitación cada vez más violenta y desordenada, uno de ellos, joven de veintitrés a veinticinco años, más exaltado que sus compañeros, se golpea la cabeza contra las tablas de la barca con tal fuerza, que temía que acabara por rompérsela. Otros dos marineros se disponen a contenerle. El fanático se yergue entonces bruscamente sobre sus piernas, como si hubiera sido movido por un resorte. Ligeros movimientos convulsivos se manifiestan, luego cae agotado. Su rostro está rojo y encendido; las venas del cuello, hinchadas y azuladas, parecen a punto de romperse; el aire embrutecido, la cabeza fuertemente inclinada hacia atrás, mantiene los ojos constantemente vueltos hacia el cielo. ¡Este estado ha durado cerca de dos horas!... He tomado informes sobre este hombre.

Era dulce, activo, nada irritable. Nunca había tenido convulsiones, no se entregaba a ningún exceso.

» Al día siguiente, un niño de diez a doce años, pariente del reís, tomó parte en la plegaria. En pocos instantes, su exaltación fue llevada a un grado extraordinario.

Fue necesario contenerle, por miedo de que se arrojara al Nilo o se rompiera la cabeza contra la barca. Se agitaba en todos los sentidos, lanzando especies de aullidos, y soltando, con una volubilidad extrema, palabras cuyo sentido nadie comprendía, que no eran ni palabras árabes, ni palabras turcas, y no pertenecían, me decía mi dragomán, a ninguna lengua conocida. Al cabo de un cuarto de hora aproximadamente, acabó por caer como inanimado en medio de sus camaradas, que formaban círculo a su alrededor. Estos últimos tienen por este niño una especie de veneración, y aseguran que «será santo» algún día.

Cuando el futuro santo se hubo calmado un poco, le pregunté si podía darme cuenta de lo que pasaba en él cuando oraba con tanto fervor. «He visto el cielo entreabrirse, me respondió, y he oído palabras de las que ya no tengo recuerdo. Luego he visto a un santo que me llamaba hacia él y me tendía los brazos. He visto también una cabeza humana que planeaba por encima de mí y me causaba un gran espanto. No sé qué significa esto;

¡Dios es grande! ¡Allah! ¡Allah!...»

Hace poco tiempo, se ha visto en el municipio de Kucnheim, a tres leguas de Colmar, una secta de convulsionarios entregarse a prácticas religiosas que tienen cierta analogía con las de los musulmanes, y a las que se aplican las reflexiones que hacíamos a propósito de estos últimos.

«El jefe era un campesino que siempre se había hecho notar por una piedad exaltada. En la habitación donde se reunía la secta, compuesta de treinta a cuarenta miembros, hombres, mujeres y niños, sobre una mesa, se encontraba una Biblia abierta de la que el jefe leía en voz alta a los sectarios sentados en bancos o de pie a su alrededor. Esta lectura se hacía en un tono solemne, primero en alemán, única lengua que comprendían los asistentes.

Luego llegaba una jerga incomprensible para todos, y aun para el orador mismo. Si, después de la sesión, preguntabais al jefe qué lengua había hablado, respondía que unas veces latín, otras hebreo; que no conoce ni el latín ni el hebreo, pero que, en aquellos momentos, estaba inspirado por Dios, que le hacía hablar la lengua que quería.

A medida que la jerga del orador se hacía más fuerte, más rápida, más ininteligible, la asamblea murmuraba, se agitaba, hablaba alto, y por fin todos se ponían a rugir, a aullar de una manera tan terrible que se les oía en el bosque vecino, a más de un cuarto de legua de allí.

En medio de esta agitación, las mujeres se levantaban (eran casi siempre las más jóvenes), agitaban los brazos por encima de su cabeza, giraban sobre los talones lanzando gritos penetrantes que dominaban aquel ruido salvaje; luego un movimiento convulsivo se apoderaba de todo su cuerpo, y caían como agotadas por la fatiga. Cuando se levantaban, al cabo de unos diez minutos, se ponían a danzar, a cantar y a reír, pero con una risa nerviosa, como la de la embriaguez o de la locura; la danza y el canto eran incoherentes, desvergonzados, los ojos brillantes, y las lágrimas corrían por las mejillas de aquellas desdichadas.

Durante este horrible vocerío, el orador conservaba la calma de un jefe inspirado. Se adelantaba en medio de sus discípulos en el momento en que la agitación parecía calmarse. Entonces los que estaban un poco atenuados por la fatiga se acercaban a él. Unos se inclinan hacia delante, y le tocan el cuerpo, con la cabeza, otros con la mano; algunos logran solamente tocarle con la punta del dedo. Así rodeado, el jefe comenzaba su jerga y sus gesticulaciones enfáticas, girando sobre sí mismo y haciendo girar a su alrededor a todos sus adeptos. Al cabo de cinco minutos, el paroxismo se redoblaba; nuevas convulsiones se apoderaban de las mujeres, etc...»

La disposición a las congestiones cerebrales puede aún dar lugar a alucinaciones, sin ocasionar por lo demás ninguna especie de trastorno en las facultades mentales.

Es, según toda apariencia, a una causa de esta naturaleza a la que hay que referir un hecho que ha conmovido a los sabios psicólogos de Alemania, en

En febrero de 1791, un rico librero de Berlín, el señor Nicolaï, hombre vigoroso de cuerpo y sano de espíritu, habiendo descuidado, a consecuencia de pesares domésticos, hacerse sangrar en primavera, como era su costumbre, fue presa de una enfermedad extraña: diariamente, el bibliopola recibía la visita de uno o de varios fantasmas, que llevaban todos los rasgos de las personas muertas y queridas, que entraban sin ceremonia en la tienda del enfermo, subían a su cama, e incluso le perseguían por la calle y en casa de sus amigos.

» A pesar de la enormidad de semejante crisis, el señor Nicolaï tuvo la sangre fría de estudiar los fantasmas con la cortesía del hombre de mundo, la imaginación del poeta y la curiosidad del sabio. Al cabo de algunas semanas, gracias a las lancetas, los espectros se mostraron al librero bajo una forma menos distinta; sus colores palidecieron a los ojos del enfermo, que recobraba, por el contrario, los suyos con una perfecta salud; y cuando el señor Nicolaï estuvo restablecido completamente, habían desaparecido.

» El bibliopola tuvo el valor moral de someter el cuadro de sus sufrimientos a la Sociedad filosófica de Berlín, en una época en que la aparición del espectro de Maupertuis a M. Gleditsch, famoso botánico prusiano, en el propio gabinete de historia natural, predisponía singularmente a los miembros de aquel cuerpo erudito a las reflexiones serias sobre la alucinación.

» Obtenemos del relato del librero los siguientes detalles:

» Los fantasmas, en sus visitas, semejaban de la talla ordinaria de un hombre vivo. Las partes descubiertas de sus cuerpos, como el rostro y las manos, dejaban ver los matices de la carnación de las personas animadas; sus vestidos tenían el color de las telas usadas para el tocado; pero brillaban generalmente en ellos tonos más pálidos que en el mundo real. Estas figuras no eran ni terribles, ni cómicas, ni repugnantes; su aspecto respiraba la más benevolente cortesía, pero unida a una gran insignificancia. Les oía hablar muy bien; unas veces conversaban sin mí, otras me admitían en la conversación.

Sus discursos eran breves, rápidos, un poco secos, pero constantemente de un giro agradable. Los fantasmas de mis amigos se preocupaban evidentemente de mis pesares; sus expresiones consoladoras me buscaban sobre todo cuando estaba solo. Me ha ocurrido, sin embargo, oírles, en medio de la multitud, en un salón, incluso en el instante en que personas reales me dirigían la palabra; y, como estaba muy embarazado, por no parecer loco o ridículo, de responder a la vez al fantasma y a la compañía, permanecía en un silencio inactivo y en una vacilación muda, que acababan, por el contrario, de hacerme parecer lo que quería evitar.

» Algunos meses habían transcurrido desde la curación del librero, un día, como hojeaba, en su escritorio, un fajo de papeles relativos a las circunstancias de su enfermedad, los fantasmas intentaron aparecer. Se dio cuenta por una sensación particular que invadía toda su persona; pero se apresuró a volver a poner los papeles en el cajón, cerró el escritorio, se escabulló lleno de terror, y la tentación no tuvo continuación.»

La Sociedad filosófica de Berlín, añade M. D., incrédula, pero circunspecta, ordenó el depósito de la memoria del librero en la oficina de informaciones.

Sería difícil, lo confesamos, precisar

en qué estado se encontraba Nicolai cuando era visitado por los fantasmas. Pero añado que las consecuencias de la omisión de las evacuaciones sanguíneas habituales, las penas domésticas que las habían precedido, y por último la desaparición de los fantasmas por el restablecimiento de las emisiones de sangre, etc., hacen infinitamente probable la existencia de un estado cerebral análogo, si no idéntico, al que es resultado de las congestiones.

V. — Excitación febril.

Todo movimiento febril, cualquiera que sea su origen, a cualquier lesión o trastorno local orgánico que se halle ligado, cuando adquiere cierta violencia, o simplemente en virtud de la especificidad de su naturaleza (1), es susceptible de determinar en las facultades intelectuales modificaciones o incluso desórdenes más o menos graves.

Estos desórdenes pueden presentarse al comienzo mismo de la fiebre, al término del período de incubación, cuando el individuo que se halla amenazado apenas se da cuenta de lo que experimenta. Lo mismo sucede en el declinar de la enfermedad, cuando comienza la convalecencia.

Entre otros síntomas que abren, por decirlo así, la escena, cuando sobre todo el sistema nervioso parece deber ser el más expuesto a los embates de la enfermedad que se declara, hay que señalar el sentimiento de pesadez en la cabeza, el apretamiento de las sienes, los sofocos de calor, los vértigos, lo vago, la incertidumbre de las percepciones, de las ideas, la propensión a la ensoñación, la privación absoluta o incompleta del sueño, que reemplazan ya una actividad exhuberante de las ideas que vagan errantes e incoercibles de un asunto a otro, ya son incesante e irresistiblemente atraídas hacia un asunto particular, ya sueños continuos, extraños, extravagantes.

Los mismos síntomas, al menos los que se refieren a las facultades morales, pueden reproducirse en el declinar de las fiebres graves; son como los últimos destellos del delirio intenso que ha precedido.

Se los observa principalmente cuando el mal ha exigido abundantes emisiones sanguíneas y de ello ha resultado un estado de anemia.

Se ha dicho y se sabe desde hace mucho tiempo que las sustracciones de sangre exageradas, que la ausencia en este líquido de principios suficientemente animalizados, de ciertos principios tónicos excitantes, tales como el hierro, pueden dar lugar a los mismos accidentes nerviosos, a las mismas anomalías intelectuales que los raptos congestivos o que la introducción de principios deletéreos en el torrente circulatorio.

De lo que precede hay que concluir que la excitación febril reproduce las mismas modificaciones psico-cerebrales de que se ha tratado tan a menudo hasta aquí, modificaciones que se encuentran inevitablemente todas las veces que la razón debe sufrir alguna alteración, al comienzo de todo desorden parcial o general de las facultades intelectuales, y que son como los prolegómenos naturales y necesarios del delirio, bajo cualquier forma y bajo cualquier tipo que se presente.

He aquí algunos ejemplos de alucinaciones que se desarrollaron en las circunstancias que acabamos de mencionar.

f... Lliauidc l\oss îiiuiilait dans sa cliambre; au iHoMKMil on il i|niUaii les dernières rnarrhos do 1 «'s- '•aln'i jMjnr cnlrcr dnns celt*' }>iè('<', il s<' N')it«'t seni endji'asst' par nnc IV-nniH' vèhie de hbiiic: vaineunnit se récriait-il contre celte uiarque de tendresse, ou ne lui répond pas. Ne voyant plus et ne sentant plus le fantôme dont les caresses avaient été rapides et instantanées comme l'éclair, il s'aperçoit d'un malaise dans tous ses membres; il se couche, la fièvre le prend, et, dix jours après, il meurt (1).

«... Al término de una fiebre nerviosa, decía Nicolaï (2), cuando la convalecencia era aún débil, uno de mis amigos, hallándose acostado y despierto tan perfectamente como es posible, advirtió que la puerta de su habitación se abría y, al mismo tiempo, la figura o la apariencia de una mujer avanzó hacia el pie de su lecho. Miró al fantasma durante algunos minutos, y, como sus ojos al fin estaban fatigados de contemplar esta perspectiva, se volvió sobre sí mismo en su lecho y despertó a su mujer; pero, cuando de nuevo dirigió la vista hacia la habitación, el fantasma ya no existía.»

«El marqués de Rambouillet, hermano mayor de la señora duquesa de Montausier, y el marqués de Précy, mayor de la casa de Nantouillet, ambos jóvenes de veinticinco a treinta años, eran íntimos amigos, e iban a la guerra como a ella van en Francia todas las personas de calidad. Como conversaran un día juntos sobre las cosas del otro mundo, tras varios discursos que testimoniaban que no estaban demasiado persuadidos de lo que de él se dice, se prometieron el uno al otro que el primero que muriera vendría a traer noticias a su compañero. Al cabo de tres meses, el marqués de Rambouillet partió para Flandes, donde estaba la guerra, y de Précy, detenido por una fuerte fiebre, permaneció en París. Seis semanas después, de Précy, convaleciente, oyó, hacia las cinco de la mañana, correr las cortinas de su lecho, y, volviéndose para ver quién era, divisó al marqués de Rambouillet, con coleto y botas. Salió de su lecho y quiso echarse a su cuello para testimoniarle la alegría que tenía por su regreso; pero Rambouillet, retrocediendo algunos pasos, le dijo que sus caricias ya no eran de sazón; que no venía sino para cumplir la palabra que le había dado; que había sido muerto la víspera en la trinchera; que todo cuanto se decía del otro mundo era muy cierto; que debía pensar en vivir de otra manera, y que no tenía tiempo que perder, porque sería muerto en la primera ocasión en que se hallara.

» No puede expresarse la sorpresa que tuvo el marqués de Précy ante este discurso. No pudiendo creer lo que oía, hizo nuevos esfuerzos por abrazar a su amigo, a quien creía querer abusar de él; pero no abrazó sino viento, y Rambouillet, viendo que era incrédulo, le mostró el lugar donde había recibido el golpe, que era en los riñones, de donde la sangre parecía aún correr.

» Después de esto, el fantasma desapareció, dejando a de Précy en un espanto más fácil de comprender que de describir... Contó a toda su casa lo que acababa de ver; pero se atribuyó esta visión al ardor de la fiebre, que podía alterar su imaginación (1).»

«En el estado de abatimiento que siguió a una enfermedad inflamatoria, un hombre, igualmente distinguido por su ingenio y por sus talentos militares, fue asaltado de visiones tanto más extrañas cuanto que gozaba, al mismo tiempo, de la plenitud de su razón; ninguno de sus sentidos estaba alterado, y sin embargo los objetos fantásticos que lo obsesionaban, y que bien sabía que no existían, herían su vista con tanta fuerza y le eran tan fáciles de enumerar y describir como los objetos reales de que estaba rodeado (2).»

VI. — Afecciones convulsivas.

Se sabe que estas suertes de afecciones, la epilepsia, la histeria, por no mencionar sino las principales entre ellas, se acompañan frecuentemente de alucinaciones de uno o varios sentidos, es decir, de un estado alucinatorio general o parcial. Digamos incluso que, en ningún caso, el fenómeno alucinatorio, en tanto principalmente que se refiere a la sensibilidad general, se muestra ni más variado ni más extraño.

Estos hechos han sido señalados por todos los autores con mayor o menor exactitud. No podría decirse otro tanto de los síntomas o accidentes psico-cerebrales en medio de los cuales el estado alucinatorio toma nacimiento, y que no son otra cosa que el hecho primordial.

Si se interroga con cuidado a los enfermos; si, mediante preguntas apropiadas, se viene en ayuda de su juicio o de su conciencia íntima, naturalmente incierta y poco clarividente en semejante materia, será fácil tener una idea clara y precisa de los fenómenos que se cumplen en el caso de que se trata.

Muchos enfermos no son heridos con esa prontitud que les quita todo medio de reconocerse. Son advertidos de la proximidad del mal; ciertos accidentes físicos y morales les previenen y les hacen ponerse en guardia.

Algún tiempo antes, varios días o solamente algunas horas, algunos minutos incluso, experimentan en la cabeza una sensación particular; sensación que ordinariamente comparan con vértigos, con vahídos pasajeros. Tienen ausencias de espíritu, distracciones involuntarias; nubes les pasan ante los ojos; se sorprenden teniendo las ideas más extrañas, más incoherentes, e incluso articulando palabras que no se enlazan con ninguna idea libremente concebida y de las que tengan conciencia.

En algunos, principalmente los histéricos, a los desórdenes intelectuales que acabamos de señalar se unen pronto otros que se refieren exclusivamente a las facultades afectivas; son terrores pánicos, temores sin fundamento, una viva ansiedad, etc.

Cuando las alucinaciones se muestran, el acceso está próximo y no tarda en estallar.

He tenido, durante varios meses, en mi servicio, en Bicêtre, un epiléptico cuyos accesos estaban casi siempre precedidos de alucinaciones. Al mismo tiempo que ciertos dolores se hacían sentir en las articulaciones, que sus dedos se volvían fríos y rígidos, este hombre, que era de ordinario muy tranquilo, laborioso y de una gran dulzura de carácter, se volvía poco a poco turbulento, hablador, indócil. Continuaba su trabajo, pero de una manera distraída, y, como él mismo lo decía, «por más que hiciera, ya no estaba en su asunto, su cabeza ya no estaba allí...».

Insensiblemente se volvía sombrío, taciturno, evitaba a sus camaradas, manifestaba temores de envenenamiento, una viva desconfianza respecto de todos aquellos que vivían cerca de él. En fin, oía voces amenazantes, injuriosas; se creía seguido por espías. Una tarde, deja la casa donde habitaba, en el faubourg Saint-Antoine, gritando ¡al asesino!; huye a todo correr a lo largo del canal Saint-Martin, creyéndose perseguido por tres hombres armados que atentaban contra su vida. No volvió a su casa sino al día siguiente, al amanecer. Había pasado la noche acurrucado detrás de los montones de leña que se encuentran a lo largo del muelle.

Hace unos tres meses, fui consultado por un joven que me dio sobre su enfermedad los detalles que siguen: «No sé lo que experimento; pero como he vivido largo tiempo con S..., a quien habéis tratado por ataques de epilepsia, temo haber contraído su mal. Desempeño funciones religiosas en un templo hebreo. Cuando mi mal me toma, ya no sé lo que hago, me veo obligado a detenerme a cada instante. Estoy distraído más allá de todo lo que puedo decir; pienso en cualquier otra cosa que en aquello de que debo ocuparme; incluso me viene a la idea pronunciar otras palabras que las que quiero decir; me cuesta gran trabajo impedírmelo. Soy un poco duro de oído, naturalmente, y esto desde que me conozco; en mis crisis, creo que ya no oigo nada en absoluto, oigo muy mal; la cabeza me da vueltas; en fin, me vuelvo como idiota, y no tengo nada mejor que hacer que cesar toda ocupación, so pena, bien lo sé, de hacerlo todo al revés. — Nunca tengo dolor de cabeza; no siento en ella calor extraordinario; mi vista nunca se turba.

Algunas veces, sin tener frío, sin experimentar ningún malestar, me recorren escalofríos todo el cuerpo, y, en el mismo momento, parpadeo a mi pesar; me parece que el escalofrío ha pasado también a

mi cerebro, etc.»

Un joven israelita, aquel de quien se hablaba hace un momento, S..., estaba afectado, desde hacía varios años, de una afección convulsiva en la que predominaban los caracteres más acentuados de la histeria. S... no perdía nunca la conciencia de su estado, ni en el punto más álgido de sus accesos, que, a veces, tenían una intensidad espantosa. Durante cerca de dos años que pasó en mi sala de enfermería, pude, muy a menudo, pedirle cuenta de lo que experimentaba al comienzo del acceso.

Eran, poco más o menos, en cuanto a lo moral,

los mismos desórdenes que los que describía en la observación precedente. Sin embargo, duraban menos tiempo, y, por otro lado, tenían mucha más gravedad. S... comparaba el estado en que entonces se encontraba con una embriaguez pasajera.

«Es absolutamente, me dijo varias veces, como si me hubiera bebido de un golpe una botella de vino fuerte; siento algo que me sube a la cabeza, los oídos me zumban, mis ideas se pierden, algunas veces querría hablar y no puedo; otras veces, hablo a mi pesar; me parece que me voy al otro mundo...»

En este período del mal, algunas veces antes, sobrevienen las convulsiones; S... se arroja sobre su cama, después de haber advertido a los enfermeros o a algunos de sus camaradas de sala, y espera que el acceso haya terminado. A menudo podía todavía responder por señas a las preguntas que se le dirigían; otras veces parecía ajeno a todo lo que se decía en torno suyo; no era así, sin embargo, pues, terminado el acceso, S... nos contaba todo lo que se había dicho o hecho durante «su letargo».

Fácil me sería multiplicar estas observaciones; pero las que preceden bastarán para llamar la atención sobre el hecho de psicología mórbida que tenemos a la vista y establecer que los desórdenes del espíritu, y en particular el estado alucinatorio, que acompañan a ciertas neurosis, dimanan de la misma modificación psíquica o, si se quiere, comienzan por esta misma modificación psíquica

que intentamos poner de manifiesto en cada división de este trabajo.

VII. — Causas debilitantes. Privaciones: el hambre, la sed. El frío.

Hay una condición fisiológica, de todas la más indispensable para el juego regular de los diferentes engranajes de la organización: es la nutrición, o el acto por el cual se introducen en la economía sustancias sólidas o líquidas para contribuir al crecimiento de los órganos y reemplazar los materiales que han sido expulsados a consecuencia del movimiento excrementicio.

Faltando esta condición, el sistema de órganos al que han sido deparadas las funciones intelectuales manifiesta su estado de sufrimiento por síntomas cuya extrañeza, cuya rareza, cuyo singular contraste presentan con la situación del individuo han excitado en todo tiempo la sorpresa de los observadores.

Veremos pronto que, estudiados desde nuestro punto de vista, estos síntomas, lejos de parecer extraordinarios, habría más bien motivo para asombrarse si se mostraran diferentes de lo que son, en otros términos, si las modificaciones intelectuales no presentaran los caracteres que les conocemos.

No he de ocuparme del modo de acción de las causas enumeradas al frente de este artículo, de la manera en que la privación de alimentos sólidos o líquidos actúa sobre el sistema cerebral, introduce el desorden en su organización más íntima y, por una consecuencia necesaria, en las funciones de que está encargado. No investigaré si hay reacción simpática del estómago o, como habría dicho Broussais, repercusión de la excitación gástrica sobre el sistema cerebral; o bien todavía, si la impresión mórbida sentida por el cerebro no es el resultado del vicio de los líquidos, de la sangre en particular, causado por la ausencia de las moléculas reparadoras. La solución de estas cuestiones no tiene aquí ningún interés. Importa que llevemos nuestra atención a la naturaleza de los desórdenes intelectuales que se observan en las circunstancias de que se trata.

Aquí, como siempre, la escena se abre por todos los indicios más acentuados de la excitación maníaca, o de la disociación gradual de las ideas, de la transformación de la vida positiva, real, que se alimenta de sensaciones venidas de fuera, en una existencia toda de imaginación, nutrida de sensaciones internas o, para hablar con más exactitud, de la mezcla, de la fusión de estas dos existencias.

Si señalo estos fenómenos con una seguridad que quizá sorprenda (¡la observación, en tal caso, es tan restringida, tan difícil!), es porque me fundo en mi experiencia personal y porque hablo según mis propias sensaciones.

En julio de 1887, atravesaba aquella parte del desierto africano que se extiende a lo largo del litoral mediterráneo, de Damieta, o más bien del lago Menzalé a El-Arich. Un criado francés, un dragomán turco y tres conductores de camellos formaban el personal de la caravana. Después de ocho días de marcha por las arenas, con una temperatura de 36 a 38°, estando nuestra provisión de agua enteramente agotada, tuvimos que recurrir al agua salobre que puede procurarse cavando la arena a cierta profundidad. Esta detestable bebida nos repugnaba tanto, que no nos decidíamos sino con extrema pena a tragarnos algunos sorbos para apagar la sed ardiente que nos devoraba.

J... (el criado), hombre de unos cincuenta años, lleno de salud, y que, un poco más tarde, había de morir de disentería, fue el primero en resentir los inconvenientes de la privación de un líquido potable; su actividad, su vigor, que las fatigas del viaje, la elevación de la temperatura, las ráfagas de hamsin no habían podido abatir, parecieron abandonarle insensiblemente. Se había vuelto singularmente indolente, y yo necesitaba estimular su valor, lo que nunca había sido necesario antes. Mientras caminaba sobre su dromedario, experimentaba una tendencia invencible al sueño. No dormía; sin embargo, estaba absorto en pensamientos, en recuerdos que todos le llevaban hacia su país. — «Es asombroso, me decía, por más que hago, no puedo quitarme todo eso de la idea.

No duermo, sin embargo. Pues bien, a pesar de eso, creía estar allí; es absolutamente como si allí hubiera verano. — ¿Dónde creíais, pues, estar? — Pero ¡si estaba en mi tierra, en Caillhat, en Auvernia! — Soñabais. — No, no más que ahora (que hablo con el señor; veía nuestras montañas cubiertas de verdura, arroyos, manantiales de agua clara como el cristal... ¡Qué desgracia que todo aquello no sea más verdadero que esa agua y esos árboles que están ahí abajo delante de nosotros y que se alejan a medida que creemos acercarnos a ellos! (J... quería hablar de los efectos del espejismo.)

Una vez lanzado a hablar, J... no se cansaba sobre este tema. Imposible llevar su pensamiento a otra parte.

Hacia el final del undécimo día de marcha, llegamos a El-Arich, donde encontramos agua dulce en abundancia. Ya era tiempo para el pobre J..., pues su excitación no habría tardado, creo, en degenerar en una verdadera manía.

Había experimentado, poco más o menos, los mismos accidentes que mi criado, y pude estudiarlos en mí mismo. Por lo demás, siempre había logrado tragar de vez en cuando algunos sorbos de agua; sin duda a eso debí no haber sentido más que ligeros males de estómago y un poco de sequedad en la garganta.

Sin embargo, me había sentido poco a poco dominado por una invencible inclinación al sueño. La deslumbrante luz que inundaba el espacio y era reflejada por las arenas ardientes me fatigaba la vista. Cansado de la monotonía del desierto y del eterno aspecto de vastas

llanuras de arena, limitadas en el horizonte por fantásticos ríos, había tomado la costumbre de leer caminando. Me encontraba tan distraído que me costaba trabajo indecible seguir una idea.

Mi atención, cada vez más incierta, vacilante, parecía debilitarse. Cuanto más esfuerzos hacía por engañar el tiempo, como se dice, y sobre todo la sed, que se hacía a cada instante más acuciante, más sentía mi impotencia. Pronto no pensé ya más que en el momento en que, llegados a El-Arich, tendríamos agua a discreción, en la dicha extrema que experimentaría al refrescarme, y en beber tanto como quisiera y cuando quisiera. Me esforcé por combatir estas ideas, llevando a otra parte mi atención, llamando por así decir en mi auxilio el recuerdo de sensaciones pasadas, evocando en mi imaginación los cuadros más a propósito para conmoverme... ¡Imposible! El goce, la felicidad sin igual que me obsesionaba sin cesar, me absorbía por entero, era el de apagar mi sed, y habría dado todos los placeres del mundo por el inefable goce de un vaso de agua. No soñaba más que con hielos, sorbetes; me representaba sobre todo con delicias, y con tal viveza de recuerdo que casi se asemejaba a una alucinación, cierto café de la plaza del Castello, en Nápoles, adonde tenía costumbre de ir por la noche, durante los calores del mes de agosto, a tomar deliciosas granizadas. Era una verdadera monomanía de mi imaginación encadenada en el círculo de las ideas de los recuerdos que se vinculaban al

apetito, a la necesidad instintiva que estaba padeciendo.

El hecho primordial, las consecuencias psíquicas que arrastra, no resultan menos evidentemente de lo que acaba de decirse que de las consideraciones a las que nos hemos entregado en los artículos precedentes.

La asociación normal de las ideas escapa poco a poco a la voluntad. Ciertas ideas, las que estaban presentes en el espíritu en el momento mismo en que este perdía su libertad y su espontaneidad de acción, se vuelven cada vez más preponderantes a medida que el desorden general se acrecienta y que la conmoción intelectual es más considerable.

Por los mismos motivos, los lazos que nos unen al mundo exterior se aflojan, se rompen; la conciencia de nosotros mismos se debilita, y pasamos de la vida real a la de la imaginación; insensiblemente, los objetos que no existen sino por esta última facultad nos impresionan como la realidad misma, como sucede en un sueño; repitámoslo aún, soñamos despiertos; confundimos juntamente las percepciones de la vida real con las percepciones de la vida imaginaria.

Cuando la sed se hace sentir, es natural que pensemos en los medios más propios para calmarla. Este pensamiento, que debe presentarse el primero al espíritu, se convierte en el punto de partida de una multitud de otros que tienen con él relaciones más o menos lejanas, y ello en virtud de la ley de asociación de las ideas, asociación que, en el caso

de que se trata, como en la excitación maníaca y en los sueños, se ejerce con toda su energía nativa y, por así decir, orgánica, sin ser refrenada por la voluntad libre y reflexiva.

Así, presa de los tormentos de una sed ardiente, en medio de las arenas ardientes del desierto, es al recuerdo de aguas límpidas, de lugares que una poderosa vegetación inunda de frescura y de sombra, a lo que se adhiere de preferencia nuestra imaginación. Se sabe que las desdichadas víctimas de un célebre naufragio, entregadas a todos los tormentos del hambre y de la sed, a todas las angustias de la desesperación, a cada instante prontas a descender al abismo, experimentaban visiones cuyo encanto contrastaba horriblemente con su situación.

El frío intenso y prolongado puede arrojar al delirio y desarrollar el estado alucinatorio. ¿Deben atribuirse estos efectos, como se ha pretendido, a una especie de entorpecimiento, de torpor de la sensibilidad y de las funciones nerviosas? Por nuestra parte, creemos que se deben más bien a la repulsión de la sangre de la periferia del cuerpo al centro, repulsión que produciría una especie de estado congestivo de los órganos interiores, y en particular del cerebro.

Sea como fuere, encontramos en estos efectos, como en todas las demás condiciones del delirio que hemos pasado sucesivamente en revista, los síntomas más acentuados de la excitación intelectual, de ese estado de semisueño, de sueño que coincide con el estado de vigilia, que revelan el estado primordial.

El señor doctor Prus, que todo el mundo sabe que es tan buen juez en materia de accidentes nerviosos, experimentó sobre sí mismo la influencia de un frío extremo, cuando, en 1814, dejó el cuerpo de ejército al que estaba agregado para ir a dos leguas de allí a ver a su familia.

«Apenas había hecho una legua con el frío más riguroso, cuando me di cuenta, dice el señor Prus, de que no me hallaba en una disposición normal. Caminaba por costumbre más bien que por la fuerza de mi voluntad; todo mi cuerpo me parecía de una ligereza extrema. Conociendo la causa y el peligro de este estado, quise, pero en vano, apresurar mi marcha; lo que más me estorbaba era que mis ojos a cada instante se cerraban a pesar mío. Entonces me asediaba una multitud de imágenes graciosas; me creía transportado a jardines deliciosos; veía, por el pensamiento, árboles, praderas, arroyos (1).»

CAPÍTULO III

Alucinaciones en los alienados.

En los capítulos precedentes, hemos demostrado experimentalmente que todas las veces que

(1) Informe presentado a la Sociedad de Medicina (noviembre de 1843).

el fenómeno tan curioso de las alucinaciones se ofrecía a nuestra observación, que dondequiera que este fenómeno se mezclaba a los actos de la vida real, encontrábamos infaliblemente las condiciones psíquicas, las modificaciones intelectuales, en otros términos, la lesión dinámica nerviosa que la acción del extracto de cáñamo indio nos ha enseñado a conocer, y nos había señalado ya como la fuente primitiva, el hecho primordial y generador de todos los demás fenómenos patológicos de las facultades morales.

La hemos constatado, esta lesión: 1.º en el estado alucinatorio producido por la acción de las sustancias tóxicas; 2.º en el que se desarrolla bajo la influencia de circunstancias fisiológicas tales que ninguna facultad mental parece estar coincidentemente lesionada, y que, en la imposibilidad en que uno se hallaba de vincularlo a ningún hecho mórbido, se limitó uno a hacer notar esta bizarra y curiosa coincidencia de las alucinaciones y del estado sano; 3.º en el estado intermedio entre la vigilia y el sueño y en el sueño completo; 4.º en ciertos estados patológicos distintos del estado de locura, susceptibles de hacer nacer el estado alucinatorio, tales como:

a — las congestiones cerebrales,

b — el estado febril, en su época de invasión y en su declive,

c — las neurosis,

d — en fin, la privación de alimentos y de bebidas, el frío intenso y prolongado.

La continuación de las investigaciones a las que acabamos de entregarnos, y cuyos resultados exponíamos hace un momento, nos lleva naturalmente a hacer aplicación de la opinión que la observación íntima nos ha sugerido acerca de la naturaleza psíquica del delirio, a la enajenación mental, al estado de locura caracterizada, de la que, como se sabe, el estado alucinatorio es uno de los síntomas más frecuentes, uno de los hechos fundamentales.

Y en primer lugar, según todo lo que se ha dicho, nos inclinamos a concluir a priori que la excitación intelectual, la desasociación brusca o gradual de las ideas, el debilitamiento o la ruptura completa del equilibrio entre los diversos poderes intelectuales, en una palabra, lo que hemos designado bajo la denominación colectiva de hecho primordial, es la fuente de los fenómenos de alucinación propios del estado de locura.

Veamos ahora los hechos y sometamos a su control las enseñanzas del hachís acerca de la naturaleza psicológica del estado alucinatorio.

A fin de esclarecer nuestra marcha, fijaremos primero nuestra atención en los hechos mejor conocidos, los más evidentes, para llegar después a aquellos que, por su naturaleza, son menos accesibles a la investigación. Donde no podamos penetrar por la observación directa, inmediata, la inducción nos mostrará el camino; la inducción, esa guía preciosa a la que hay que recurrir necesariamente todas las veces que el estudio de los hechos sobre los que se necesita apoyarse ha sido incompleto, lo que sucede frecuentemente, pues ¿de qué hechos podría decirse que han sido examinados bajo todas sus faces, agotados, si puedo expresarme así, en toda su fecundidad?

Examinaremos, pues, los casos de locura en los que se ve el estado alucinatorio alcanzar su más alto grado de desarrollo, sin detenernos en los de menor importancia. Aunque la locura por embriaguez es ciertamente una de las enajenaciones mentales en las que las alucinaciones se producen bajo las formas más variadas, no hablaremos de ella aquí, primero porque, en uno de nuestros artículos precedentes, hemos señalado los fenómenos patológicos que le son propios, y en los que hemos vuelto a encontrar el hecho primordial; en segundo lugar porque, por la naturaleza de su causa determinante, se confunde hasta cierto punto con los desórdenes intelectuales causados por el hachís.

No hay forma de enajenación mental en la que el estado alucinatorio se encuentre en un grado tan elevado como en la estupidez.

Es también en la estupidez donde el hecho primordial o generador aparece con mayor evidencia.

El señor Baillarger, en un excelente memoria inserta en el primer número de los Annales médico-psychologiques, llamó la atención sobre la naturaleza real (desde el punto de vista sintomatológico) del delirio de ciertos alienados, confundidos hasta aquí con aquellos a los

que los autores han dado el nombre de estúpidos, y cuyo estado había recibido de Esquirol la denominación de demencia aguda.

Léanse atentamente las observaciones referidas por el señor Baillarger, y se verá que los alienados llamados estúpidos viven en medio de ilusiones y alucinaciones de toda especie; que en ellos, para servirme de las expresiones de este médico, las impresiones externas han sufrido una especie de transformación, hasta tal punto que parecen no existir ya más que en un mundo imaginario.

Agrupando los principales caracteres del delirio observado en los estúpidos, el señor B... los resume como sigue: «...El alienado estúpido no cesó de ser presa de ilusiones y de alucinaciones terribles. Estaba en un desierto o en las galeras, en una casa de prostitución, en un país extranjero y en prisión; una sala de baños era para él el infierno. Tomaba las bañeras por barcas, un vesicatorio por la marca de los forzados, a los alienados por muertos resucitados, por hijas públicas, por soldados disfrazados. Las figuras que veía eran horribles y amenazadoras; le parecía que todo el mundo estaba ebrio. Percibía a su alrededor carros cargados de ataúdes, a su hermano en medio de los suplicios, una sombra al pie de su cama, cráteres de volcanes, abismos sin fondo que iban a engullirlo, las trampas de un subterráneo.

De todo lo que oía, no resultaban para él sino estas palabras: Hay que matarlo, quemarlo, etc. Se

le leían injurias, su cabeza estaba llena de ruidos de campanas; detonaciones de armas de fuego estallaban a su alrededor; sus parientes, en lucha con asesinos, imploraban su socorro. Se le interrogaba sobre todas las acciones de su vida, y respondía; oía una máquina con la que se torturaba a sus hijos; su cuerpo era atravesado por balas, su sangre corría por la tierra; tenía sobre el pecho a alguien que lo ahogaba; se acusaba de todas

las desgracias, etc.

... Lo más a menudo, comprendía las preguntas que se le hacían; pero no puede decir por qué no respondía, por qué no gritaba en medio de los peligros imaginarios que lo amenazaban. ¿Qué era lo que retenía su voluntad? ¿Qué era lo que paralizaba su voz y sus miembros? No sabe nada de ello; algunas veces habría querido gritar, levantarse, y no podía. Cuando este estado ha cesado, el enfermo ha parecido salir de un largo adormecimiento; ha preguntado dónde estaba y desde cuándo. No puede, dice, comparar mejor lo que ha experimentado que con un mal sueño.»

Los puntos de contacto que presenta el estado de los alienados estúpidos con el estado de sueño son numerosos y no podían escapar al espíritu observador del señor Baillarger, que hace notar que «el hombre que sueña, como el alienado afectado de estupidez, ha perdido la conciencia del tiempo, de los lugares, de las personas; que tiene alucinaciones numerosas, y que si percibe algunas impresiones externas, éstas se

convierten en fuente de otras tantas ilusiones... La voluntad está suspendida, y el espíritu deja errar las ideas, como ocurre durante la vigilia, en el estado de ensoñación...»

Una de las enfermas que había observado y que le había dado cuenta muy exactamente de su estado, le dijo que no podía comparar mejor lo que había experimentado que con un mal sueño.

Quiérase recordar lo que hemos dicho del estado de sueño en particular, de ese estado que precede o sigue al dormir, estado mixto que parece participar igualmente de la vigilia y del sueño; cuánto hemos insistido sobre la analogía o mejor la identidad de ese estado con el que comprendemos bajo el nombre de hecho primordial; ¿no tendremos la prueba de que a ese mismo hecho se enlaza, como a una fuente esencial, el estado de los alienados estúpidos?

El señor Baillarger señala en los alienados estúpidos «la pérdida de la conciencia del tiempo, de los lugares...», y son precisamente los síntomas fundamentales de la modificación intelectual producida por el hachís: es lo que hemos hecho observar al comienzo de este trabajo, como lo habíamos, por lo demás, ya hecho, hace cuatro años, en nuestra memoria sobre el tratamiento de las alucinaciones; nueva prueba aportada por la observación, nuevo hecho que establece el parentesco de los desórdenes intelectuales en los alienados estúpidos, y de los que son debidos a la acción del hachís, y por consiguiente

enlaza a unos y otros, desde el punto de vista de su origen psíquico, con el hecho primordial.

La similitud que se advierte entre la estupidez y el estado de sueño no revela por sí sola la existencia del hecho primordial.

Ciertos síntomas que han aparecido durante la invasión de la enfermedad, ciertas circunstancias en las que ésta hizo explosión, o, si se quiere, los accidentes contemporáneos del nacimiento del delirio, etc., llevan una huella indudable de ello.

Así, de las seis observaciones recogidas por el señor Baillarger (una sola exceptuada, la segunda, que es nula en cuanto a los antecedentes de la enfermedad), no hay una sola en la que no se encuentre alguna de las causas más activas del hecho primordial, tales como cefalalgia intensa, fiebre cerebral, convulsión (obs. 1.ª), migrañas habituales, amenorrea, pérdidas uterinas, uso desacostumbrado del café negro (obs. 3.ª), dolores supraorbitarios, vértigos, supresión de hemorragias habituales (obs. 4.ª), consecuencias de parto (obs. 5.ª), detención súbita de un flujo hemorroidal abundante (obs. 6.ª).

Estos datos, por incompletos que sean, no nos permiten dudar de que, convenientemente interrogados (entendemos desde nuestro punto de vista) y puestos en el camino de darse cuenta de lo que experimentaban, de analizar sus sensaciones íntimas, los enfermos no hubieran señalado y precisado claramente el debilitamiento de su voluntad, la desagregación de sus ideas, cuya conciencia

ilustrada, la voluntad refleja no regulaba ya la asociación normal, fuente primera de los desórdenes intelectuales que estallaron más tarde. Vemos incluso que una de las enfermas había declarado que creía volverse como imbécil; otra se persuadía de que todo el mundo estaba ebrio, etc.

Generalmente, al describir un hecho cualquiera, uno se atiene sólo a los lados más salientes, o bien aún a las facetas que las ideas preconcebidas y sistemáticas ponen más de relieve, iluminan con una luz que falta a las demás; de ahí viene que, en las descripciones que los autores nos han dejado de los casos de alucinación, encontremos raramente y apenas indicado el hecho primordial, que, aunque capital desde el doble punto de vista etiológico y del tratamiento, escapa fácilmente, en razón de sus caracteres poco marcados y esencialmente transitorios, a la observación.

Al estudiar el punto de partida fisiológico del fenómeno alucinatorio, raramente encontraremos en qué apoyarnos en la observación de nuestros predecesores. Afortunadamente, seremos bastante ricos con nuestro propio fondo para que nos sea fácil demostrar que, en los casos en que se pueden procurar informes claros y precisos sobre el comienzo de la enfermedad; en que el alucinado, en estado de apreciar el juego de sus facultades intelectuales, de analizar el desorden que las invadía, ha podido advertir lo que pasó en su espíritu cuando el mal hizo explosión, darse cuenta de ello, o al menos

guardar su recuerdo, etc., que en esos casos, decíamos, la lesión primordial ha ofrecido invariablemente los caracteres que nos hemos aplicado a dar a conocer.

La señora *** cree haberse hecho culpable de una multitud de crímenes que la han vuelto abominable a los ojos de Dios. Está condenada, y, por causa de ella, todas las criaturas de Dios van a ser aniquiladas. En noviembre de 1841, sobreviene una ligera excitación maníaca; el rostro se agita y se colorea; los ojos brillan con un resplandor desacostumbrado; los labios se secan; el pulso es pequeño y acelerado... La señora *** nunca ha estado más atormentada, sus angustias nunca han sido más vivas. No ha tenido ya un instante de sueño; ha concebido ideas de suicidio, y pone todo en obra para ejecutarlas. No comprende

que se deje vivir a un monstruo de su especie.

Como las ideas fijas, las alucinaciones se multiplican bajo la influencia de la excitación maníaca.

Cuando por la mañana se entreabren las contraventanas de su cuarto y la luz penetra en él, la señora *** exclama que es un rayo de los fuegos del infierno; los demonios van a aparecer y apoderarse de su cuerpo.

Por la noche, ha oído la voz de su madre que la llamaba hacia ella; su madre le advertía que dos demonios la esperaban a la puerta de su cuarto para llevarla al infierno. Le decía aún: «Todas las veces que sientas calor subirte al cerebro, deberás esperar morir, tu última hora habrá sonado, etc.»

Le pregunté si efectivamente sentía esos calores: «Siempre, cuando mi madre o mi hijo me hablan: es la señal que me avisa de su llegada.»

Una joven señora hace un aborto. Sobreviene una metro-peritonitis que se acompaña de delirio general en medio del cual aparecen algunas ideas fijas, y a veces ilusiones y alucinaciones. Después de cierto tiempo, los accidentes físicos desaparecen casi completamente; el desorden de las facultades morales persiste, menos intenso y modificado en su forma. La incoherencia de las ideas ha cesado, pero quedan convicciones delirantes y alucinaciones. Estas anomalías intelectuales afectan el tipo intermitente, irregular, y se envuelven, por decirlo así, de formas extrañas e insólitas. La emoción más ligera, una simple observación hecha con dulzura, bastan para hacerlas nacer. La señora *** pasa de repente, y sin transición alguna, del estado de salud al estado de enfermedad, absolutamente como se pasa de la vigilia al sueño. La señora *** se siente aturdida; sus ideas se turban, se extravían; insensiblemente pierde la conciencia de sí misma, es arrastrada a un mundo imaginario... No hay más que una manera de expresar la idea que hacen nacer estos accidentes: la señora *** se duerme con los ojos abiertos. En efecto, su mirada se vuelve vaga, inmóvil; la atención se ha retirado de ella; ningún rayo intelectual brota ya de ella.

Los movimientos del cuerpo son inciertos, rápidos, desordenados; las manos buscan, cogen al azar los diversos objetos que se encuentran a su alcance: es una especie de carfología semejante a la de los febricitantes. La señora *** habla sola, murmura palabras las más de las veces ininteligibles.

Estos accidentes (¡que la señora *** llama sus aturdimientos!) tienen una duración extremadamente variable.

A menudo pasan con tal rapidez, que la enferma es la única en advertirlos. Cuando se prolongan, no hay más que un medio de hacerlos cesar, y es tocar a la enferma, que se despierta entonces de repente, como golpeada por una conmoción eléctrica.

El tacto parece ser el único sentido que es entonces susceptible de sentir las impresiones exteriores; nada parece poder sacar de su entorpecimiento los sentidos de la vista, del oído o del olfato.

Hasta aquí, los accidentes que acabamos de describir tienen, como se ve, una gran semejanza con los que son propios del sonambulismo o más bien del éxtasis, pero están lejos de caracterizar por sí solos la enfermedad de la señora ***.

Se podría decir, en cierto modo, que no son sino el cañamazo sobre el que vienen a dibujarse otros desórdenes intelectuales, que parecen participar igualmente del estado de sueño y de la locura ordinaria. Raramente ocurre ver el estado de vigilia y el estado de sueño más distintos a la vez y más íntimamente confundidos. He aquí algunos ejemplos:

Le ha ocurrido a la señora *** (de ella misma tenemos estos detalles) recorrer la calle Saint-Denis en casi toda su longitud, sola y sumida en ese estado mixto de que hablamos. Aunque absorbida por entero por sus sensaciones interiores, conservaba sin embargo bastante la conciencia de los objetos exteriores para evitar ser golpeada ya por los carruajes, ya por los individuos que se encontraban a su paso. Cuando se despertó, la señora *** advirtió que había hecho mucho más camino del que debía, y volvió sobre sus pasos.

Otra vez, encontrándose con su marido y conmigo en un cuarto donde había un piano, le vino el antojo de hacer música. Después de haber ensayado algunas arias, la vimos inclinarse ligeramente a la derecha y prestar atentamente el oído; luego, sin dejar de tocar el piano, entrar en conversación con un ser imaginario, conversación a retazos que entremezclaba con tiradas armónicas.

Lo más frecuentemente, la señora *** desconoce a las personas que la rodean y hasta a su marido, a quien ama perdidamente. Teme por él toda suerte de peligros; quieren arrebatárselo; quieren asesinarlo, etc. Está persuadida de que ha tenido un hijo, y de que ese hijo le ha sido quitado. Una de sus alucinaciones más frecuentes consiste en ver a un hombre de figura siniestra que sostiene entre sus brazos a ese niño magullado y sangriento. Cuando su marido se ausenta, unas voces le repiten sin cesar que está perdido para ella, que no volverá a verlo, o bien aún que le ha sido infiel.

Esta interesante enferma aprecia perfectamente su situación.

Tenemos en este momento, en nuestro establecimiento de Ivry, a una joven cuya enfermedad guarda alguna relación con el caso precedente, pero que se aproxima mucho más a la locura ordinaria (delirio parcial con alucinaciones).

La señorita *** experimenta ilusiones y alucinaciones del oído, y principalmente de la sensibilidad general, las cuales arrastran las más de las veces convicciones extravagantes. Su conducta exterior, sin ser irreprochable, no traduce sino imperfectamente los pensamientos extraños que la dominan. La señorita *** aprecia bastante bien, al menos en los momentos apiréticos, la naturaleza de sus ideas y de sus falsas sensaciones; da cuenta de ellas a veces con una lucidez notable.

Se produce un ruido extraño en su cabeza; oye la voz de diversas personas de su conocimiento; a menudo también las voces le son del todo desconocidas. Todo el mundo ejerce una influencia cualquiera sobre su espíritu o sobre su cuerpo. Le hacen salir protuberancias, la hacen mirar de través; se imagina tener una figura monstruosa, toda hinchada; se queja de que tal señora de la casa «ha tomado posesión de su ser, ha entrado en su cuerpo y habla por su boca, profiriendo a menudo palabras inconvenientes, lanzando gritos a la manera de los locos». (La señorita *** experimenta a veces una especie de excitación maníaca de corta duración.) Se persuade aún de que una señora que ocupa una habitación vecina a la suya viene a tirarle de los pies durante su sueño, «y contrafabla voz de las personas de su conocimiento para hacerle miedo, etc.»

Un día en que la señorita *** se hallaba en un momento de lucidez casi completa, aproveché para dirigirle algunas preguntas. Después de haberle recordado las extravagancias que desbarró algunos días antes: —Ahora aprecia usted, le dije, como conviene, todas esas locuras?

—Perfectamente; pero no por eso dejo de sentir que me dominan por completo: tengo una tendencia extrema a creer en ellas; es decir, que aún creo en ellas, pero más por instinto que por razón.

—Tenga usted a bien recordar sus recuerdos. Cuando experimenta esas ilusiones, esas sensaciones extrañas de las que me ha hablado algunas veces, ¿está su espíritu bien en su estado acostumbrado, en su calma habitual, en el estado en que, pienso, se encuentra ahora, por ejemplo; en una palabra, no experimenta usted nada extraordinario?

—Oh! sí, realmente; siento bien que pierdo la cabeza; me parece que me desvanezco; ya no sé dónde estoy, tengo miedo y siento mi corazón que late; siento en mi cerebro como unos vapores que lo hacen hincharse; creo incluso que es por eso por lo que me imagino que mi figura está desfigurada y monstruosa; algo semejante me pasa también en los miembros. Entonces me vienen al espíritu una multitud de ideas de las que no puedo desembarazarme y ante las cuales es preciso que me detenga a pesar mío. Me parece evidente que se influye en mi pensamiento, que se me hace pensar e incluso hablar a pesar mío. Todo eso es muy singular y sufro mucho con ello.

No haré aquí sino una observación cuya importancia se apreciará fácilmente: la señorita *** habría tomado hachís, que no se expresaría de otro modo para dar cuenta de lo que habría experimentado.

La señorita *** asegura que es principalmente en el momento en que va a dormirse, y a veces también en el momento del despertar, cuando oye las voces.

Un día en que la señorita *** tomaba un baño, entré en la sala donde se hallaba. Acababa de adormecerse; me senté junto a ella, evitando hacer el menor ruido. Algunos minutos después, la señorita *** abrió los ojos, los paseó en torno suyo, sin parecer reparar en mí. Evidentemente estaba aún bajo la influencia de algún sueño, pues murmuraba palabras que yo no podía comprender. Sus ojos se detuvieron por fin en mí...

«Esta vez, me dijo, usted las ha oído tan bien como yo; gritaban bastante fuerte. —¿De qué habla usted? Ha hablado usted tan bajo, que no he oído absolutamente nada. —No se trata de mí; son las voces las que han hablado. —Le repito que no he oído nada; usted misma, ¿las oye aún? —No, ya no las oigo. —Escuche bien.» La señorita *** cierra los ojos, parece prestar atentamente el oído: «Ahora las oigo; es la voz de M. d'H..... que se pone colérico; ¿no la oye usted?

—M. d'H no está aquí; ¿cómo quiere usted que yo lo oiga? —Bien sé que no está aquí; su voz está en mi cabeza; pero me parece que el ruido que hace sale por mi oreja derecha y que usted debe oírlo tan bien como yo.»

La fusión del estado de sueño y del estado de vigilia no podría ser más evidente, y el fenómeno alucinatorio mostrarse, por así decirlo, más al desnudo.

Escuchemos ahora a un monomaníaco alucinado que ha venido por sí mismo a buscar en Bicêtre un remedio contra la enfermedad de que está aquejado desde hace algunos años.

Es un antiguo institutor cuya instrucción le pone en condiciones de apreciar el estado en que se encuentra, y que lo describe de la manera siguiente. Copio textualmente una parte del manuscrito que me ha entregado.

«1.º Alucinación de la vista. —Cuando estoy en un acceso, percibo delante de mí a hombres que me hacen horribles muecas o gestos amenazadores. Los veo dondequiera que me encuentre, solo o en compañía. Los veo tan distintamente como podría ocurrirme en el estado normal. Me causan espanto, porque no puedo impedirme creer en su existencia. Cuando el acceso toca a su fin, tengo a veces el valor de ir hacia el lugar donde los veo: entonces la visión desaparece, y reconozco mi error. Si me veo obligado a guardar la habitación, veo personas por todas partes, sobre las sillas, en los ángulos de las paredes, en mi cama, y toda suerte de figuras en los espejos, sobre todo a la luz de la vela. Si quiero leer o escribir, no lo hago sino con una pena extrema, pues mis ojos se oscurecen, y mi mano, como todos mis demás miembros, es agitada por movimientos nerviosos. Veo a alguien a mi lado (la visión está siempre a mi derecha). Oigo su respiración. A menudo, temblando de espanto, me quedo horas enteras sin osar moverme; algunas veces, no pudiendo más, alargo vivamente el brazo hacia el lugar, como para alcanzar al fantasma, que desaparece al punto.

»Durante siete u ocho noches consecutivas, no gusto un instante de sueño. Cuando el acceso está en su declive, tengo un poco de sueño, casi siempre turbado por una penosa pesadilla de la que salgo por un efecto extraordinario; se diría un resorte que estalla, que se rompe en mi cabeza con un ruido violento. No puedo comparar mejor ese ruido que con la explosión de una pistola; experimento sin embargo alivio con ello. La noche siguiente, duermo mejor; pero me veo asediado por sueños extremadamente penosos, que me impresionan tanto como la realidad. Rara vez me despierto sin encontrarme inundado en lágrimas o bien riendo a carcajadas. En fin, mi sueño acaba por no ser turbado por nada... El acceso ha pasado.

»2.º Alucinación del oído. —Son más frecuentes que las de la vista: tienen lugar principalmente durante la noche. Son injurias, burlas. Se burlan de mí, de la manera miserable en que estoy vestido; se compara lo que yo era, lo que habría podido ser, con la posición en que me encuentro actualmente. No oigo siempre palabras aflictivas; se me dirigen también consuelos, se me compadece, se procura reanimar mi esperanza; por encima de todas esas voces, oigo una grave, imponente, que no cesa de predecirme, y eso en todos mis accesos, que un día por fin estaré en mi lugar en la sociedad, que llegaré a ser muy rico y poderoso.

»Esta voz me hace tanta impresión que, aun gozando de toda mi razón, de la plenitud de mi salud, no puedo impedirme creer todavía en todas esas riquezas y en ese poder que se me promete.

»A menudo también unas voces responden a mis pensamientos. No es raro que tenga conversación, yo hablando en voz alta, respondiendo o preguntando según lo que oigo.

»Cuando estoy en la calle, me creo el objeto de la atención de todos los transeúntes. Si veo a dos o tres personas conversar juntas, es de mí de quien hablan; se conciertan sobre los medios de hacerme daño, etc. Temo ser asaltado, asesinado...»

Acababa de recorrer rápidamente el manuscrito que acabo de transcribir: —Según lo que acabo de leer, parece, dije a R..., que usted aprecia el estado en que se encuentra? —Perfectamente; es el resultado de mi imaginación vivamente excitada. —Pero usted dice que ve y que oye tan distintamente como si los objetos fueran reales; ahora bien, entre las impresiones de los sentidos, sea de la vista, sea del oído, y ese acto mental que consiste en imaginar ver u oír, hay, convendrá usted, una diferencia fundamental. Son dos hechos psicológicos que usted no sabría confundir.

—Tampoco los confundo. Eso es, en efecto, en el estado ordinario; pero digo que, a consecuencia de la enfermedad, del desorden sobrevenido en mi espíritu, mi imaginación adquiere la facultad de representarse los objetos al natural, como si esos objetos existieran realmente. Veo y oigo de la misma manera que vemos y que oímos en los sueños: así me ocurre algunas veces adelantar la mano para asir los objetos; pero se desvanecen de repente, como ocurre aún en los sueños, cuando se es despertado sobresaltado.

Me parece que sueño despierto; no puedo expresarme mejor para hacer bien comprender lo que experimento.

Por lo demás, esta potencia de la imaginación, que parece sorprenderle tanto, es un hecho mucho menos asombroso para mí, tanto estoy, por así decirlo, acostumbrado a ella. Así, puedo darme a voluntad una multitud de alucinaciones. En el silencio de la noche, los ojos cerrados, la cabeza entre las manos, concentro toda mi potencia imaginativa hacia el objeto que quiero representarme; este objeto no me aparece, desde luego, bien distinto, tal como lo quiero; pero, al fin, lo veo tan claramente, tan llamativo como los objetos reales que están bajo mis ojos en pleno día. Así, pues, a mi voluntad, evoco la representación de una persona que conozco, de un paisaje cualquiera, que lo haya visto o no; de un ejército ordenado en batalla, etc., etc.

—¿No pasa nada en usted mismo cuando tiene sus visiones? ¿Está su cabeza en su estado ordinario?

—¡Oh! verdaderamente no. Tengo grandes calores; mi cerebro está en ebullición. Vea lo que digo en mi manuscrito: «Además de la exaltación de la imaginación representativa, tengo una superabundancia de ideas que se apremian, se chocan en mi cerebro; lo que proviene, según yo, de la exaltación de la imaginación de pensamientos.» De tiempo en tiempo, todos los meses poco más o menos, así es como empieza mi acceso. Me siento dispuesto a hablar, a cantar, a decir una multitud de cosas que me pasan por la cabeza; pero siento que eso sería ridículo, y me contengo. Mas lo que no puedo absolutamente impedir son las visiones, que entonces me atormentan horriblemente.

—Es decir que, esta vez, sus visiones son del todo involuntarias?

—Sin duda.

—Pero, cuando usted no está bajo la influencia de esa excitación, ¿no tiene, pues, nunca visiones?

—No, a menos, como se lo decía a usted hace un momento, que haga esfuerzos para ello.

—Inténtelo ahora.

R... va a sentarse junto a su lecho, oculta a medias su cabeza bajo su almohada, y luego, después de algunos minutos: Hoy me es imposible, dice; no podré sino de aquí a algunos días, cuando mi acceso se aproxime.

—Pero entonces ¿volverá su ebullición de cerebro?

—Es posible; sin embargo, no me doy cuenta de ello tan pronto.

B..., al entrar en el hospicio de Bicêtre, fue primeramente colocado en el servicio del señor doctor Voisin.

No le he observado en los primeros días que siguieron a su llegada. He sabido que había tenido una ligera excitación maníaca complicada de ideas fijas y de alucinaciones.

Cuando entró en mi servicio particular, la excitación había cesado enteramente; quedaban las ideas fijas y las alucinaciones.

B... está persuadido de que se halla bajo el poder de un ser que no puede definir de otro modo sino diciendo que es una soberana.

Esta soberana ejerce sobre él el imperio más absoluto. No sólo es la causa primera de todo lo que le ha sucedido, sino que rige hasta sus menores acciones, hasta sus pensamientos más íntimos. B... no es nada por sí mismo; no es nada sino por su soberana. Cuando ésta le hace visita, lo que acontece principalmente de noche, la oye hablar; siente muy distintamente su presencia en su cuerpo, la reconoce, dice, por ciertos dolores, por ciertas sensaciones que experimenta, ya en una parte, ya en otra. Nunca la ha visto. Tiene continuamente la palabra soberana en la boca; sus camaradas, en el hospicio, le han apodado la Soberana.

Hacia los comienzos de diciembre de 1843 hasta el 7 de febrero de 1844, B... pareció renunciar a sus falsas convicciones, y le miramos como curado.

Era el primero en burlarse de sus ideas de soberana; pretendía que le habían venido en sueño, y que no sabe por qué ni cómo había sido bastante simple para creer en ellas.

El 7 de febrero, al entrar en la sala, sé que B... ha recaído. En efecto, aunque se mantiene tranquilo al pie de su lecho, se advierte, a primera vista, que han sobrevenido cambios en su moral. Su figura está más animada que de costumbre; sus ojos están brillantes y húmedos; la nariz, en particular, ha tomado ese color rojo carmesí que es propio de los borrachos. El pulso es normal; las funciones del vientre son regulares; sin embargo, la lengua está blanquecina, un poco saburrosa.

Apenas he dirigido la palabra a B..., cuando se pone a hablar con volubilidad para quejarse de los enfermeros, de sus vecinos, de todo el mundo. Sus palabras son a menudo incoherentes, descosidas; sus labios, los músculos de una parte de la cara están agitados por un pequeño temblor convulsivo; la excitación maníaca es evidente. Sin embargo, basta una ligera amonestación para que B... se vuelva reservado, escuche lo que le digo y responda con mucha exactitud a mis preguntas.

—¿He aquí, pues, que ha vuelto usted a sus antiguas extravagancias, mi pobre B...? ¿Ha recibido de nuevo la visita de la soberana?

—Señor doctor Moreau, verdaderamente no son extravagancias. Bien cierto es que no la había sentido más desde mucho tiempo; pero ha vuelto esta noche. Yo estaba dormido, me ha despertado; me forzaba a hablar, a decir un montón de cosas que no comprendía en absoluto; me hacía incluso silbar y cantar.

—Todo lo que usted dice ahí es absurdo; ha soñado, eso es todo. ¿Cómo quiere usted que lo que llama su soberana le fuerce a hablar, a cantar a pesar suyo? Es imposible.

—Señor doctor Moreau, es moviendo mi lengua como me hace hablar.

—¿No ha olvidado usted que le hice callar, que incluso la expulsé de su cuerpo amenazando con hacerle una abertura en el costado con un bisturí, y arrancarla de él?

—Señor doctor Moreau, la soberana me ha dicho que eso le era igual, y que, esta vez, no se iría por eso.

—¿Dónde está ella en este momento?

—Señor doctor Moreau, está en mi cabeza.

—¿Le habla ella? Escuche bien.

B... sonríe mirándome. Bien siente, dice, que está en su cabeza, pero ella no quiere hablar.

—Escuche aún; quizá se decida a hablar.

B... sonríe de nuevo. —Señor doctor Moreau, la soberana dice que no quiere hablar.

Es evidente para todo el mundo, pienso, que el trastorno general de las facultades, la desasociación de las ideas ha precedido a las falsas convicciones y a las alucinaciones. No lo es menos, según nosotros, que estos últimos fenómenos proceden inmediatamente de los primeros. En efecto, es porque B... se siente irresistiblemente arrastrado a hablar, a cantar, a hacer acciones que querría no hacer, por lo que cree estar bajo la influencia de un ser invisible y misterioso; de ahí su idea fija de soberana.

Además, ya convencido de que le hacen hablar a pesar suyo, llega sin pena a creer que el ser misterioso que está en él habla por su propia cuenta; y, desde entonces, le atribuye sus propios pensamientos; habla alto mentalmente, y toma sus pensamientos hablados por las palabras de otro ser que él.

¿No son éstos esencialmente los fenómenos del sueño; y la locura de B..., que hemos visto comenzar durante el sueño, es otra cosa que un sueño continuado durante el estado de vigilia?

Referiré una última observación en la cual el hecho primordial y su consecuencia inmediata, el estado de sueño, no son menos evidentes que en los casos que preceden. Esta observación es aún excesivamente curiosa, a causa de la perfecta analogía que presentan los síntomas de la enfermedad con los que se desarrollan ordinariamente bajo la influencia del hachís.

Desde hace ocho o diez años, M*** experimentaba en los órganos genitales un estado de eretismo que se manifestaba por calores y erecciones frecuentes.

Raramente, apenas una o dos veces cada cinco o seis semanas, estas erecciones producían poluciones nocturnas. M***, sin embargo, estaba lejos de abusar de los placeres venéreos, para los cuales nunca ha tenido inclinación bien pronunciada. Es todo lo más si, en el curso de un año, le ocurría una veintena de veces tener relaciones con una mujer.

Jamás, al menos hasta donde puede recordarlo, se ha entregado a placeres solitarios.

Sin tomar mucho cuidado de su estado, M*** ha pedido sin embargo varias veces consejo a médicos. Temía que los accidentes de que se quejaba, y sobre todo (esto es digno de nota) que la exigüidad de sus órganos, no fuesen para él causa de impotencia.

Por lo demás, la salud general siempre ha sido buena: sólo que M*** cree haber oído decir a su madre que había tenido algunas convulsiones en su infancia, determinadas por la presencia de gusanos intestinales.

Desde hace unos dos meses, M*** advirtió que sus erecciones eran menos frecuentes. Además, sentía como una sensación desacostumbrada de calor en la región epigástrica.

En fin, hace ocho o diez días, hallándose en un salón donde se hacía música, M*** se sintió impresionado de una manera extraordinaria. Jamás la música había producido sobre él tal efecto.

Le dejo hablar: «Todas las fibras de mi ser estaban estremecidas; me retiré a un rincón de la sala, cubriéndome el rostro con las dos manos, a fin de gozar con recogimiento de todas las emociones que venían a asaltarme. De vuelta en mi casa y a punto de meterme en la cama, me encontré en un estado muy singular. Experimentaba un sentimiento de bienestar, de felicidad inexpresable. Todo aquello era más físico que moral. Me persuadí de que era un efecto de la música que acababa de oír. De repente me parece que mi cerebro se agranda, se dilata; un instante después, es todo mi cuerpo el que creo sentir crecer y empequeñecerse alternativamente y en todos los sentidos... A partir de ese momento, ceso, a decir verdad, de ser yo. No me queda sino un recuerdo vago de lo que ha pasado desde entonces. Me acuerdo, sin embargo, de haber hecho un viaje en coche, en compañía de tres personas de mi conocimiento. Estas personas hablaban mucho, gritaban muy fuerte, y todo lo que decían me concernía; al menos, así lo creía yo.

He creído varias veces que querían sofocarme en mi manteo, o servirse de mi corbata para estrangularme. He tenido la idea de arrojarme por la ventanilla del coche, pero no tenía los medios para ello.

Cuando estaba solo en mi cuarto o en mi cama (no creo haber dormido desde hace cinco o seis días), oía voces que me injuriaban, se burlaban de mí, me entretenían de asuntos lúbricos...»

La manera en que M*** da cuenta de su estado pasado indica, como se ve, que una gran mejoría ha sobrevenido ya en su situación.

Está lejos de ser completa, sin embargo, y quedan todavía bastantes síntomas graves para hacernos temer la demencia próxima, quizá la parálisis general.

M*** dice ser perseguido por un fuerte olor de esperma que se escapaba por toda la superficie de su cuerpo, principalmente por los dedos y los cabellos (1).

Conversando con alguien que fija fuertemente su atención, le refrena con numerosas preguntas, se posee bastante bien; pero su memoria es excesivamente perezosa. «Creo que tal cosa me ha sucedido. —Es posible que eso sea así. —Me parece...

(1) Como toda ilusión, ésta debe tener y tiene en efecto manifiestamente su fuente en una idea fija. He aquí cuál es esta idea, de la que hemos olvidado hablar anteriormente. M*** había oído decir que el exceso de continencia había vuelto locos a algunos individuos, lo mismo que los abusos del mercurio que se emplea ordinariamente contra las afecciones venéreas. Se le había dicho igualmente que el esperma y el mercurio, después de haber circulado largo tiempo en las venas, acababan por tomar el aire rojo a través de los poros de la piel.

parece que..., etc., tales son las expresiones que emplea, por así decirlo, a cada frase. Es un hombre que da cuenta de un sueño del que solo ha conservado un recuerdo confuso. Por lo demás, esta expresión de sueño reaparece igualmente a cada instante en sus discursos. — «He visto en mi sueño. — Mi sueño me decía que, etc...» — ¿Sueña todavía? le he preguntado. — Ahora que conversamos, no; pero cuando esté solo. — Y hace un instante, cuando estaba en la sala de billar, con todos esos señores, ¿soñaba? — No lo sé; bien puede ser; pues me parecía que esos señores, a quienes no conozco y que no me conocen, hablaban de mí, estaban perfectamente al corriente de lo que acaba de sucederme, y lo comentaban. — Pero eso es imposible; las conversaciones de que usted habla se desarrollaban en su cabeza y no en otra parte. — Sin duda es verdad; entonces soñaba; y sin embargo es bien extraordinario, pues al fin y al cabo no dormía más de lo que duermo ahora.

En medio de mi conversación con M**, me distraigo, por apenas medio minuto, por otro enfermo que viene a dirigirme la palabra.

Habiéndome vuelto hacia él, ya no era el mismo; comenzó por balbucir algunas palabras sin ilación; luego me dijo que jamás había temido la muerte, pero que después de todo era bueno tomar sus precauciones, que podía morir de un instante a otro, que deseaba ver a un sacerdote.

Desde que cayó enfermo, los órganos genitales no han experimentado la más ligera excitación; se hallan actualmente en un estado de flacidez completa (5 de enero).

Fácil me sería multiplicar las observaciones que acaban de leerse; pero sería aumentar inútilmente este trabajo; bastarán para despertar la atención y poner a cada cual en la vía de constatar lo que gustosos llamaríamos la ley etiológica o de generación del delirio en general, ley cuya aplicación hemos encontrado que hacer a las alucinaciones, como a todas las demás lesiones parciales de la inteligencia.

Por lo demás, sin pedir a las observaciones de nuestros predecesores un apoyo que no sabríamos encontrar en ellas, puesto que son necesariamente incompletas desde el punto de vista que nos ocupa, sería equivocado que considerásemos esas observaciones como del todo estériles.

Con un poco de atención, rara vez dejaremos de descubrir en ellas signos no dudosos del hecho primordial. Sin embargo, desconocido bajo su forma más simple, inasible para el observador, si el enfermo mismo no está en estado de darle cuenta de él, ese hecho no se nos ofrecerá sino bajo sus caracteres más marcados, los de la simple excitación o de la agitación maníaca.

Que se eche una ojeada, por ejemplo, al artículo Hallucinations, debido al más ilustre de los alienistas modernos, y se verá que todas o casi todas las observaciones que allí se hallan consignadas, y que han sido escogidas entre muchas otras porque «muestran las alucinaciones tan aisladas como sea posible de los otros síntomas de la locura», señalan, al comienzo, un desorden general de la excitación o de la agitación maníaca, o al menos algunos de los signos que sabemos propios del hecho primordial.

Para abreviar, no citaré de los antecedentes sino lo que se refiere a lo que acabamos de decir.

1.ª observación. — M. N..., temperamento bilioso-sanguíneo, cuello corto y rostro coloreado, se cree acusado de alta traición y deshonrado. Se corta la garganta con una navaja. Apenas ha recobrado el conocimiento, oye voces que lo acusan..., etc.

La predisposición del enfermo a las congestiones cerebrales, el delirio agudo, la impulsión irresistible que lo llevó a cortarse la garganta, la aparición de las alucinaciones inmediatamente después de una hemorragia y un desvanecimiento, etc., son otros tantos signos ciertos de la existencia del hecho primordial, en el caso de que se trata. Aunque poco numerosos, tienen cierto valor, porque es claro que el autor de la observación tenía en vista cosa muy distinta que hacer resaltar esa modificación psicológica en la que ni siquiera pensaba.

Esta observación, por lo demás, halla su aplicación en todos los casos que siguen.

1.ª observación. — M. P... experimenta primero, en distintas épocas, tres accesos de delirio (cuya naturaleza no está especificada); el cuarto se complica con ideas religiosas. M. P... emprende el viaje a Roma. «Apenas ha puesto el pie en el suelo de Italia, cuando un día, agotado por la fatiga, se sienta sobre una roca, experimenta algo extraordinario; Dios se le aparece, etc...»

Una sola observación, y es relativa a ese algo extraordinario que experimenta M. P... en el momento de tener visiones. Es, en general, la manera en que se expresan los enfermos cuando quieren dar cuenta de ese trastorno intelectual, de esa sacudida moral, de esa conmoción nerviosa, rápida, a veces, como una conmoción eléctrica, que precede inmediatamente a la explosión de sus ideas delirantes, de sus alucinaciones. Esta locución era familiar, debemos recordarlo, a uno de los más curiosos alucinados cuya observación hemos referido (página 271). Lo era para la señorita *** (página 328) y para R... (página 331), quien, por su parte, añadía, a modo de comentario, que su cerebro entraba en ebullición. ¡Cuántas veces he oído a los comedores de hachís caracterizar así lo que experimentaban al comienzo de su acceso! 3.ª observación. — He conocido mucho al enfermo de quien se trata en la tercera observación.

He sido varias veces testigo de los accesos de agitación que, por lo común, anunciaban un recrudecimiento en sus ideas delirantes y sus alucinaciones. M. H..., bien lo recuerdo, se volvía, en esos momentos, tan absoluto, intolerante, impaciente de toda contradicción, como era dulce y fácil en cualquier otra época.

4.ª observación. — La señora S..., en un período de diez años, había manifestado algunas rarezas de carácter, algunas excentricidades de poca importancia. Habiendo perdido a su hija mayor, quedó vivamente afectada, manifestó ideas religiosas exageradas. Habiendo asistido al servicio por el aniversario de esa hija, regresó triste, taciturna, sin apetito, sin sueño. «De pronto, algunos días después, gritos, quejas, convulsiones, locuacidad.

La señora S... habla sin cesar de Dios, que le anuncia grandes acontecimientos. El cielo se le ha abierto; ha visto en él a su hija, etc...»

5.ª observación. — Treinta años: la señora R..., siendo nodriza, se enzarza en una disputa, tiene un acceso de cólera; la leche se suprime. Delirio tranquilo, que persiste durante dieciocho meses. Desde entonces, buena salud. — Cuarenta años: disputa, acceso de cólera, desde la tarde agitación, delirio..., violencia, locuacidad, gritos, cantos, danzas, manía aguda que dura cinco meses... «Ha visto a Jesucristo; tiene un bello rostro, una linda boca; su voz es dulce así como su palabra. La tomaba por el brazo y la conducía a la capilla que estaba al fondo del jardín, etc., etc...»

Permítaseme citar aún aquí de paso algunos rasgos del delirio de la señora R..., por la analogía que presenta con el estado de sueño:

«Estando en la Salpêtrière, J.-C. visitaba todas las noches a la señora R.; ha prometido que habría una cosecha abundante; le dará rentas; le ha dirigido varias cartas (ella posee las cartas, pero no quiere mostrarlas a nadie); envía a su celda los más suaves olores de jazmín y de azahar. Sobre las paredes de esa celda, ha hecho pintar paisajes y lejanías; la ilumina todas las noches con las más brillantes estrellas; solo ella tiene derecho a ver u oír esas bellas cosas.»


6.ª observación. — La señorita C... A los dieciséis años: pesares de amor; melancolía, negativa a alimentarse, cefalalgia; convulsiones y síncopes por la menor contrariedad. — A los dieciocho años, la señorita C... pierde a sus padres; retorno de la melancolía y del deseo de morir; delirio bien pronunciado durante cinco a siete horas todos los días..., fiebre intermitente con delirio durante los accesos. La enferma ve a su lado a sus padres muertos (primera alucinación nacida en el delirio febril). Más tarde, estando en la iglesia, la Santísima Virgen se le apareció, sentada al lado de Dios, consolándola y asegurándole que la toma bajo su protección; la misma aparición tiene lugar todos los días, durante el delirio de la fiebre intermitente, que persiste más de un año. — A los veintitrés años: nuevos pesares, nueva melancolía.

Después de quince días de abstinencia, se dirige a la iglesia, y allí, «en un estado que no puede expresar, a pesar del tumulto de sus pasiones y de sus ideas, Dios se le aparece, y...» — De los veinticinco a los veintinueve años: la señorita G. viene a París; se entrega al libertinaje con todo su temperamento (un temperamento y una imaginación de fuego), y queda encinta dos veces. Cae en una gran miseria y en el desaliento. Es presa de la fiebre y pasa varios días sin comer; entonces ve, como la primera vez, a Dios que se le aparece a las ocho de la mañana; es transportada al sexto cielo, etc. La señorita C. tiene las mismas visiones durante tres semanas. Por fin estalla un acceso de manía furiosa que dura varios meses, y durante el cual tiene numerosas visiones.

¿Es necesario hacer notar cuán estrechamente se ha ligado el estado alucinatorio, en todo el curso de la enfermedad de la señorita C..., a una excitación primitiva, febril o de otra índole? ¡Los pesares, la miseria, la desesperación, pueden bien engendrar la melancolía, empujar el mal mismo hasta los excesos del suicidio; luego, para desarrollarse, las alucinaciones aguardan a que la excitación venga, en cierto modo, a fecundarlas!

7.ª observación. — El señor D... doctor-médico, tras una viva disputa, que tuvo lugar en una consulta, experimenta de repente delirio y agitación. Incoherencia de las ideas, alucinaciones. A su llegada a Charenton, la agitación es muy grande.

El señor D... tiene alucinaciones del oído y de la vista, etc.

Limitaremos aquí nuestras citas. El nombre del escritor que nos las ha proporcionado puede dispensarnos de nuevos préstamos, que por lo demás sería fácil tomar de los autores cuyas observaciones han sido recogidas con alguna exactitud.

§ II. — Resumen de los capítulos segundo y tercero.

Según lo que acabamos de decir acerca de las alucinaciones, de su origen, de las condiciones necesarias para su desarrollo, etc., he aquí, según nosotros, la idea que debe formarse de su naturaleza psicológica, tan diversamente juzgada por los autores.

A nuestros ojos, la enajenación mental constituye un modo de existencia aparte, una especie de vida interior cuyos elementos, cuyos materiales han sido necesariamente tomados de la vida real o positiva, de la cual no es sino el reflejo y como un eco interior.

El estado de sueño es su expresión más completa; podría decirse que es su tipo normal o fisiológico. En cierto modo, el hombre en estado de sueño experimenta en grado sumo todos los síntomas de la locura: convicciones delirantes, incoherencia de las ideas, falsos juicios, alucinaciones de todos los sentidos, terrores pánicos, arrebatos, impulsiones irresistibles, etc., etc. En este estado, la conciencia de nosotros mismos, de nuestra individualidad real, de nuestras relaciones con el mundo exterior, la espontaneidad, la libertad de nuestra actividad intelectual están suspendidas, o, si se quiere, se ejercen en condiciones esencialmente diferentes del estado de vigilia. Una sola facultad sobrevive y adquiere una energía, una potencia que ya no tiene límites. De vasalla que era en el estado normal o de vigilia, la imaginación se vuelve soberana, absorbe, por así decirlo, y resume en sí toda la actividad cerebral; la loca de la casa se ha convertido en su dueña.

De estos datos generales resulta: 1.º que no existen, como hemos dicho anteriormente, hablando con propiedad, alucinaciones, sino un estado alucinatorio.

2.º Es preciso ver en las alucinaciones un fenómeno psicológico muy complejo que no es, por así decirlo, sino un lado, una faz de la actividad del alma que vive de la sola vida intracerebral.

3.º El estado alucinatorio comprende necesariamente todo lo que, en el ejercicio de las facultades morales, se refiere a los sentidos especiales, a la sensibilidad general externa e interna. En este estado, idéntico (desde el punto de vista psíquico) al estado de sueño, el alma, entregada por entero a la vida interior, diversamente impresionada en sus facultades auditivas, visuales, táctiles, transporta a la vida real o exterior los productos o creaciones de su imaginación, y se persuade de haber oído, visto, tocado, como en el estado ordinario, mientras que, en realidad, no ha hecho sino imaginar ver, oír y tocar.

En el estado ordinario o normal, imaginarse estar impresionado de tal o cual manera difiere esencialmente de estar impresionado realmente. Pero no sucede así cuando estamos en estado de sueño; pues entonces ya no hay diferencia alguna, y el soñador está tan realmente impresionado como el hombre que está en estado de vigilia.

Lo que es verdad del estado de sueño lo es igualmente del estado de locura alucinada, en el que las sensaciones son tan vivas, he estado casi por decir tan reales como en el estado sano.

Como el soñador, el alucinado no sólo oirá sonidos que en otro tiempo hirieron su oído, sino que oirá discursos más o menos seguidos. En el estado normal, pensar es hablar interiormente; en el caso en que se encuentra el alucinado, es hablar en voz alta: pues el alma no puede entonces hablar su pensamiento sin oírlo, en virtud del estado particular en que se halla, estado en el cual todas las creaciones de la facultad imaginativa toman necesariamente formas sensibles (1). La alucinación, o más bien el error del alucinado, se referirá, pues, a sus propios pensamientos, a aquellos principalmente que más le preocuparán, sobre los que su atención se habrá concentrado.

Pensará, es decir, juzgará, comparará, razonará en lugar y en vez de seres imaginarios cuyas palabras oirá; en otros términos, atribuirá, transportará a seres ficticios, creados por su imaginación, sus propios pensamientos, que llegarán a su oído como si vinieran realmente de otros que él mismo.

Es Tartini componiendo su famosa sonata por intermedio del diablo; es santa Cecilia ejecutando en el clavecín la sublime armonía que una tropa de espíritus celestiales hacía oír en lo alto de los aires; es una multitud de monomaniacos alucinados escribiendo bajo el dictado de voces interiores, etc.

Un enfermo de Bicêtre es perseguido, desde hace más de tres años, por una voz cuyo lenguaje varía poco y que no cesa de llamarle por su nombre: Jacques. Muy a menudo me ha ocurrido, al pasar cerca de él, interpelarle bruscamente:

—¿Oye usted la voz? —Siempre. —Ahora, en el mismo momento en que le hablo? —¡Oh! no. —¡Pues bien! escuche entonces. B... (es el nombre del enfermo) se recoge en sí mismo, entorna los ojos, o bien los mantiene fijos e inmóviles; se le ve mover sensiblemente los labios, como hablándose a sí mismo, o como alguien que reflexiona hablando en voz baja o sólo con la punta de los labios; luego refiere lo que la voz le ha dicho. —Pero es usted mismo quien ha dicho eso, y usted cree que es otro. —¡Oh! no, no soy yo, es esa voz. —Le tomo los labios entre el pulgar y el índice de cada mano; luego le digo que escuche todavía. Siento muy distintamente el movimiento de los labios que una presión bastante fuerte no puede impedir completamente... La respuesta es siempre la misma.

No le basta a B..., para que oiga su pensamiento, con hablarlo interiormente; es preciso además que ejecute los movimientos de la lengua y de los labios de donde resulta la articulación de los sonidos. Puede decirse verdaderamente que aquí la naturaleza es sorprendida en flagrante. Es evidente que en él el fenómeno de la alucinación auditiva no es otra cosa que el pensamiento hablado, pensamiento que oye como si estuviera, si puedo expresarme así, revestido del signo sensible de los sonidos articulados.

Un joven de unos treinta años, de un temperamento linfático sanguíneo, eminentemente predispuesto a las congestiones cerebrales, había llegado a Bicêtre en un estado de estupor completo, pero que no duró más que ocho o diez días. Poco después, sin querer decir los motivos, se negó a tomar alimento y se obstinó en guardar silencio cuando le dirigíamos la palabra. Sin embargo, por la noche hablaba solo y a veces reía a carcajadas.

Habiendo mejorado su estado, pronto reconocimos que era juguete de numerosas alucinaciones exclusivamente del oído. Se le habían dicho primero injurias; se le había amenazado, puesto en ridículo; «se le había dicho un montón de tonterías de las que no comprendía nada en absoluto». Por lo demás, dijo una vez C..., ¿a qué interrogarme? usted sabe eso tan bien como yo.

—Pero ¿cómo podría saberlo, si usted no me lo dice? No soy adivino.

—¡Bah! ¿acaso no oye usted todo lo que se dice en mí? ¿no oye usted todo lo que pienso?

—Le oigo a usted cuando habla; pero sólo se oye la voz y no el pensamiento.

—Usted mismo, ¿acaso oye lo que pienso?

—¡Oh! el caso es muy diferente; sus pensamientos no salen por su oreja, como me ocurre a mí.

—Es una broma. ¿Acaso habla usted por la oreja?

—Verdaderamente, me parece que oigo una voz salir por ahí (indica su oreja izquierda), y dice justamente lo que pienso. Mire, más bien, acérquese y escuche bien.

—No oigo nada.

—¡Es asombroso! ponga su oreja contra la mía.

—No oigo más.

—¿Cómo, no ha oído? La voz ha dicho sin embargo bastante alto: Buenos días, señor Moreau, ¿cómo se encuentra usted?

—¿Sale la voz por las dos orejas indistintamente?

—Sí, tan pronto por una como por otra.

—¿Y por las dos a la vez?

—¡Oh! no, jamás.

—¿Se le dicen siempre injurias, se le hacen todavía amenazas?

—Ciertamente, pero menos a menudo.

—¿Es la misma voz que la que sale por sus orejas?

—No, pero bien veo que se busca contrahacerla; no soy su víctima.

—¿Víctima de quién?

—Pues de los que me hablan.

C... acabó por recobrar la salud, y ha dejado el hospicio. Nunca pudo darme cuenta claramente de lo que había experimentado durante su enfermedad.

Su memoria le faltaba. No podía explicarse lo que le había ocurrido. «No comprendo cómo he podido creer semejantes cosas; era preciso que estuviese muy enfermo; no tenía la cabeza en su sitio; tenía miedo de morir de un derrame cerebral, y la voz me decía que eso acabaría por sucederme». Ahí se limitaban sus explicaciones. Por lo demás, G... tenía la inteligencia poco desarrollada y nunca había sido más que un mal obrero.

Opiniones de los autores que pueden relacionarse con las ideas expuestas anteriormente.

Cuando se ha hecho de un punto científico cualquiera el objeto de un estudio particular y nuevos e inesperados vislumbres han demostrado su importancia, uno se inclina a inquirir si nadie se había ocupado de ello antes que nosotros; si, al menos, algunas ideas dispersas aquí y allá en las obras de los maestros de la ciencia no son de naturaleza a confirmar los resultados que hemos anunciado.

Creemos que el hecho primordial cuyos caracteres hemos trazado suficientemente en diversas ocasiones a lo largo de este trabajo, que esa fuente primitiva, necesaria, de los fenómenos fundamentales o constitutivos del delirio, escapó por completo a la observación de nuestros predecesores.

En cuanto a la naturaleza psicológica del delirio, todos admitieron cierta analogía o semejanza entre los fenómenos que le son propios y el estado de sueño; de identidad, no se trata en ninguna parte.

Careciendo de las luces de la observación íntima o de la conciencia, retrocedieron ante la aparente imposibilidad de fundir juntos, de amalgamar, si se nos permite la expresión, el estado de sueño con el estado de vigilia, de adosar, por así decirlo, los fenómenos propios de uno y otro de estos estados.

§ I. — PINEL.

Cuando Pinel emprendió la tarea de poner algún orden en el estudio de las enfermedades mentales y trazó esa clasificación amplia y luminosa que fue adoptada por sus sucesores, debió de considerar las cosas desde demasiado alto, bajo un punto de vista demasiado general para no descuidar detalles sintomatológicos que, aunque de la mayor importancia, son de naturaleza a sustraerse fácilmente a la observación.

Pinel quería que, en el estudio de la locura, uno se atuviera «a sus caracteres distintivos manifestados por signos exteriores. ¿Quiérase, dice, darse razón de los fenómenos observados?, se ha de temer otro escollo, el de mezclar discusiones metafísicas y ciertas divagaciones del ideologismo con una ciencia de hechos».

Habría quizá que tachar estas ideas de exageración, si no vinieran de un hombre tal como Pinel. ¿De qué se trata, después de todo? De funciones mentales desordenadas, pervertidas. Un examen superficial no puede bastar; solo por el análisis cabe esperar penetrar en esos trastornos tan variados, reconocer las lesiones ya parciales, ya generales de las facultades. Ahora bien, esto es todavía observación, pero observación psicológica, y, en medicina mental, no sabría separarse de la que versa sobre los fenómenos puramente orgánicos.

Sin embargo, si el punto de vista desde el cual Pinel se había situado para arrojar las brillantes luces de su genio sobre el caos de las alienaciones mentales le hizo descuidar los detalles, no por ello se encuentran menos en su inmortal obra numerosos pasajes que tenemos derecho a invocar en favor de la opinión que sostenemos.

Así, por citar solo algunos ejemplos, ¿quiere dar una idea de los desórdenes que caracterizan la excitación maníaca que, como se sabe, es la expresión más completa del hecho primordial? Los términos de que se sirve no son sino la envoltura transparente de ideas relativas a la vida imaginaria o intracerebral análoga al estado de sueño. «El sentimiento interior de su propia existencia está enteramente destruido, dice (en el maníaco). Incapaz de cualquier retorno sobre sí mismo, ignora todas sus relaciones con los objetos exteriores. Se observa en él, por sus gestos y sus palabras, otro orden de ideas que las que podrían hacer nacer las impresiones sobre los órganos de los sentidos, etc. Un joven, dice aún algunas líneas más abajo, caído en este estado (el estado de manía), por excesos de estudio, parecía conservar toda su sagacidad y hacer de ella el uso más feliz para profundizar la fuente de sus ilusiones. Las ideas antiguas se renovaban entonces con una extremada vivacidad, hasta el punto de tornar muy oscuras las impresiones de los objetos presentes; parecía habitar un mundo diferente del de los otros hombres; y añadía que le sería imposible hacerse entender de ellos mientras permaneciera sometido, por una consecuencia de su enfermedad, a este nuevo orden de cosas.»

Es evidente que este joven se habría encontrado bajo la influencia del hachís, que no se habría expresado de otro modo. Sus palabras, ¿no nos recuerdan el lenguaje que empleaba Davy o el comedor de opio, de quien se ha tratado más arriba, intentando dar cuenta de las sensaciones producidas por los agentes somníferos de que había hecho uso?

Pinel cita las palabras del joven maníaco como la expresión verdadera de lo que experimentaba durante sus accesos; y no sabríamos caracterizar mejor el estado real del alienado, tal como la observación interior nos lo ha hecho conocer, que repitiendo con él «que parece habitar un mundo diferente del de los otros hombres». En fin, la analogía entre el estado de manía y el estado de sueño le impresiona tan vivamente, con ocasión de cierta enferma, que termina su observación diciendo «que a la cesación de su acceso de manía, que no había durado menos de veintisiete años, ella pareció salir como de un sueño profundo».

El fenómeno tan curioso de las alucinaciones no parece haber fijado la atención de Pinel sino accidentalmente, y simplemente como uno de los signos exteriores del delirio maníaco principalmente. Con todo, lo que de ello dice no permite dudar que no haga remontar su origen a la imaginación, es decir, a los errores o extravíos de esa facultad que considera como «el complemento de todas las otras, puesto que parece disponer, a su antojo, de las percepciones anteriores, de la memoria, del juicio y de los afectos morales, para componer con ellos cuadros más o menos regulares, etc. (1)».

Con esta manera de considerar la imaginación, Pinel estaba bien cerca de comprender el estado alucinatorio en toda su realidad. Evidentemente, si sus antipatías contra las discusiones ideológicas no se hubieran opuesto a ello, pronto se habría apercibido de que las lesiones de esta facultad que tan bien define se extienden mucho más allá de las percepciones recibidas anteriormente, y pueden alcanzar aún al juicio, es decir, al pensamiento, al acto intelectual entero, en una palabra, que el estado alucinatorio no es sino uno de los hechos aislados de esa vida moral interior cuya fuente es la imaginación.

Entre los algunos ejemplos de alucinación que cita Pinel, se encuentra uno que viene maravillosamente en apoyo de esta manera de considerar el estado alucinatorio. «Nada es más ordinario, dice este escritor, en el hospicio, que las visiones nocturnas y diurnas que experimentan ciertas mujeres atacadas de melancolía religiosa. Una de ellas cree ver, durante la noche, a la santa Virgen descender a su celda, bajo la forma de lengua de fuego. Pide que se le construya un altar para recibir dignamente a la soberana de los cielos, que viene a conversar con ella y a consolarla en sus penas.»

Bien evidentemente, aquí no se trata solo de impresiones sensoriales. El acto intelectual entero está, por así decirlo, interesado y toma parte en la escena. Hay intercambio de pensamientos, de razonamiento de la alucinada con un ser imaginario. Estos pensamientos se refieren a la situación de espíritu en que ella se encuentra; está afligida y son consuelos los que la santa Virgen le trae. Aquí, pues, en este hecho tan brevemente relatado, ¿no encontramos la imaginación delirante disponiendo a su antojo de las percepciones, del juicio, de los afectos?

El estado de sueño, ¿es otra cosa?

§ II. — ESQUIROL.

Pinel había elevado, en su Tratado filosófico, el monumento imperecedero de la clasificación de las enfermedades mentales. Pero este bello edificio, asentado sobre los sólidos fundamentos de la observación, y cuyas líneas arquitectónicas tienen a la vez tanta grandeza y simplicidad, estaba lejos de ser completo en todas sus partes. Una multitud de detalles habían sido omitidos. Trabajos importantes, necesarios, quedaban por ejecutar y reclamaban un nuevo arquitecto cuyo genio supiera comprender el de Pinel, sustituirle en muchos casos y completar su obra.

Esta tarea estaba reservada a Etienne Esquirol.

Situándose en el mismo punto de vista que su maestro, adoptando, salvo algunas restricciones, las grandes divisiones trazadas por él, dotado de un genio quizá más investigador, y complaciéndose más en los detalles, Esquirol no fue siempre rigurosamente fiel a la marcha que declara haberse trazado desde el comienzo de su libro, y faltó, felizmente según nosotros, a la resolución que decía haber tomado, a ejemplo de su ilustre predecesor, de no apartarse jamás de la simple y severa observación de los caracteres distintivos de las enfermedades y de sus signos exteriores.

Osó hacer frecuentes y felices excursiones al dominio de la psicología.

En presencia de los numerosos hechos que su perspicacia, su profundo conocimiento del hombre moral, le hacían tan fácilmente considerar bajo todas sus faces, el observador no siempre resistió a la tentación de darse razón de esos fenómenos que Pinel había señalado, sin buscar siquiera levantar un ángulo del velo que oculta su naturaleza psicológica. Digamos también que Esquirol se encontró colocado en las circunstancias más favorables para juzgar y profundizar este lado de la patología del hombre. Desde el comienzo de su carrera, había fundado un establecimiento para el tratamiento de las enfermedades mentales. En este establecimiento se encontraban reunidos enfermos pertenecientes a las primeras clases de la sociedad, y cuya instrucción y educación moral habían tenido todo el desarrollo posible. Era este un campo nuevo de observación, que ofrecía al hombre del arte una rica mies de detalles psicológicos, de informes, de hechos de observación íntima que en vano se buscarían en las numerosas reuniones de alienados que de ordinario pueblan los hospicios. Todos los médicos de alienados saben que hay infinitamente más que aprender con los enfermos cuya educación ha sido cuidada que con aquellos cuya inteligencia ha permanecido inculta. No temería yo avanzar incluso que el estudio, el conocimiento exacto de las enfermedades mentales no sabría ser extraído sino de esta fuente. Se trata aquí del desorden de las funciones intelectuales.

El ejercicio, la actividad de estas funciones, difiere inmensamente según los individuos. Solo una parte de los trastornos del espíritu es apreciable por la observación ordinaria o exterior. Su mecanismo nos permanecerá desconocido mientras los propios enfermos no nos hayan iniciado en lo que pasa en el fondo de su alma; y solo aquellos son capaces de ello que, por una instrucción sólida y filosófica, hayan sido puestos en condiciones de darse cuenta, al menos hasta cierto punto, del juego de las facultades mentales, de descomponer y analizar su acción.

Esquirol supo aprovechar la posición en que se encontraba, y casi todos sus estudios psicológicos sobre la alienación mental fueron hechos sobre enfermos de su establecimiento. Permítaseme echar una rápida ojeada sobre los principales resultados que obtuvo, y ver hasta qué punto confirman los que nos son propios.

Partidario de las doctrinas filosóficas del célebre Laromiguière, de quien era amigo, Esquirol quiso hacer la aplicación de sus doctrinas a los trastornos de las facultades mentales. Dejando a la atención el papel soberano que le había asignado el profesor del Colegio de Francia, admitió que esta facultad estaba esencialmente lesionada en la locura, y que «todas las lesiones del entendimiento podían ser reducidas a la de la atención».

En la manía, arrebatada, distraída por impresiones fugitivas y numerosas, la atención es incapaz de detenerse suficientemente en ninguna idea.

El debilitamiento de los órganos produce un resultado semejante en los dementes.

En fin, su concentración exclusiva en una o varias ideas, en el delirio parcial, es la causa de las convicciones delirantes o ideas fijas.

No recordaré lo que he dicho del estado maníaco. He hecho ver que podía ser considerado como tipo de la modificación primordial.

Debe uno asombrarse de que Esquirol, que tan admirablemente ha descrito este estado, no haya constatado su existencia en los otros fenómenos principales del delirio, las convicciones delirantes (delirio parcial), las ilusiones y las alucinaciones.

Según él, en efecto, si la atención está lesionada en la monomanía, lo está de una manera diametralmente opuesta a lo que ocurre en el delirio maníaco. Pero la fijeza de las ideas, la concentración de la atención, son fenómenos secundarios que se enlazan a una lesión primitiva, siempre la misma, y que no es otra que la excitación intelectual. De estos dos órdenes de síntomas o accidentes psicológicos, Esquirol no reconoció sino los primeros, que, en efecto, acaban por predominar en los monomaníacos; los otros se le escaparon por completo. Así, declara positivamente que considera los diversos géneros de vesania «como demasiado distintos para poder ser jamás confundidos».

En cuanto a la identidad psíquica en la que creemos que deben confundirse la locura y el estado de sueño, Esquirol alude tan frecuentemente a las numerosas analogías que se observan entre estos dos estados, recurre tan a menudo a uno para explicar el otro, que casi nos creeríamos con derecho a apoyarnos en su autoridad e invocar en nuestro favor sus dudas, sus sospechas, como afirmaciones positivas. Así se complace en repetir con los lipemaníacos, que, dice, «están fuera de la razón, porque perciben mal las impresiones», que un abismo los separa del mundo exterior. —Oigo, decía uno de estos enfermos, veo; pero no oigo, no veo como antes; los objetos no vienen a mí; no se identifican con mi ser; una nube espesa, un velo

cliaiige la teinle y el aspecto de los cuerpos; los cuerpos más pulidos me parecen erizados de asperezas, etc.

«En las alucinaciones, dice en otro lugar, no hay ni sensación ni percepción, no más que en los sueños y el sonambulismo, puesto que los objetos exteriores no actúan ya sobre los sentidos. — El que delira, el que sueña, no pudiendo mandar a su atención, no puede dirigirla ni apartarla de esos objetos fantásticos; queda entregado a sus alucinaciones,

a sus sueños Él sueña despierto. En

aquel que sueña, las ideas del día anterior continúan durante el sueño; mientras que el que está en el delirio acaba, por así decirlo, su sueño, aunque del todo despierto. Los sueños, como las alucinaciones, reproducen siempre sensaciones, ideas antiguas. Como en el sueño, la serie de las imágenes es a veces regular; más a menudo, las imágenes y las ideas se reproducen en la mayor confusión y ofrecen las asociaciones más extrañas. Como en el sueño, los que tienen alucinaciones tienen a veces la conciencia de que están en el delirio, sin poder desprender de él su espíritu Se observa, en los alucinados, una especie de aparte, como en los hombres más razonables, que están absortos en alguna profunda meditación.»

Ilusiones. — Si se recuerda lo que hemos dicho de las ilusiones provocadas por el hachís, se comprenderá que no compartamos la opinión de Esquirol, que piensa que, «en las ilusiones, la sensibilidad de las extremidades nerviosas está alterada, exaltada, debilitada o pervertida.»

Según nosotros, no hay desorden sino en el entendimiento, y este desorden se produce con ocasión del ejercicio de la sensibilidad o de la acción de los sentidos especiales.

No tengo excepción que hacer para los casos tan curiosos y en apariencia tan inexplicables, referidos por Reil y Esquirol (i).

Que la acción de los sentidos sea irregular, no importa; no hay error, equivocación, en una palabra, ilusión, sino por el desorden del entendimiento que ya no está en estado de juzgar, de apreciar el producto de los sentidos. No

(4) «Una dama alienada tenía accesos de agitación y aun de furor. La doncella de esta dama, queriendo un día contener a la enferma, puso la mano sobre sus ojos; al instante la enferma, vuelta en sí, quedó perfectamente tranquila, diciendo que ya no veía nada.» (Reil.)

«He cuidado, dice Esquirol, a un joven militar emparentado con la familia de Bonaparte. Tras muchos excesos de régimen y reveses de fortuna, se volvió maníaco, y me fue confiado. Veía en todas las personas que lo rodeaban a miembros de la familia imperial; se irritaba y montaba en cólera en cuanto veía a los criados cumplir algún deber servil; se postraba a los pies de uno de ellos, al que tomaba por el emperador; pedía gracia y protección. Se me ocurrió un día vendarle los ojos con un pañuelo; desde ese momento, el enfermo quedó calmado y tranquilo, y habló él mismo razonablemente de sus ilusiones. He repetido varias veces el mismo experimento con el mismo éxito. Una vez, entre otras, mantuve durante doce horas la venda sobre los ojos del enfermo, que no desvarió en todo ese tiempo; pero, en cuanto pudo ver, el delirio recomenzó.»

no hay ilusión (en el sentido patológico de esta palabra), porque una afección de los ojos o de los órganos de la audición desfigure las imágenes y los sonidos, pero se tendrá verdaderamente una ilusión cuando, a consecuencia del trastorno intelectual, se emita un juicio erróneo.

La excitación maníaca no es siempre ni esencialmente delirio, es decir, no implica ni incoherencia de las ideas ni convicciones delirantes.

Sin duda hay modificación intelectual, y esta modificación puede incluso considerarse como un verdadero período de incubación, pero no es todavía la enfermedad declarada, no es delirio.

Sin embargo, que no se olvide, bajo el golpe de esta incubación, de esta influencia mórbida cuyos síntomas no son todavía desrazón, la inteligencia puede de pronto caer en el desorden más completo, y ello, por la causa más fútil, más insignificante.

Es el caso de que se trata. Aquí es la acción de los sentidos o de uno de los sentidos especiales la que es la causa determinante del delirio; es la chispa que prende fuego a la pólvora. Hay reacción del efecto sobre la causa y, por consiguiente, aumento de la intensidad de esta última. La excitación maníaca es causa de la ilusión, y la ilusión, reaccionando sobre el entendimiento, lleva hasta el delirio furioso esta simple excitación.

Así ocurre en la modificación mental producida por el hachís. Mientras los sentidos no son

impresionados por ningún objeto, al menos de una manera particular, el trastorno del entendimiento se limita a la movilidad, a la rapidez a veces excesiva de las ideas y de las concepciones. Que una impresión cualquiera venga a arrojar sobre este incendio aún mal encendido una ilusión, esta ilusión se convertirá en el punto de partida de ideas extravagantes, de falsas convicciones, de alegrías locas o de temores exagerados.

Es el caso en que me he encontrado, cuando, al multiplicarse la bujía que iluminaba mi cuarto y transformarse en cirios funerarios, tuve, un instante, la idea de que había dejado de vivir y de que ya se hacían los preparativos de mi entierro. Se llevaron la bujía, la ilusión desapareció y, con ella, el terror que empezaba a apoderarse de mí.

Haré aún una observación concerniente a las ilusiones entre las que se han comprendido ciertos hechos patológicos que, según nosotros, les son ajenos.

Si la observación interior no nos engaña, la ilusión no difiere de la alucinación sino en cuanto es provocada por una impresión sensorial. La imaginación meta en lugar de la sensación causada por los sentidos de la vista o del oído otra sensación puramente interior, nacida en el sensorium commune con ocasión de la sensación real y normal.

Esto es verdad para los dos sentidos que acabo de nombrar, sentidos intelectuales por excelencia, pues son los que proporcionan al intelecto las nociones más

extensas y más complejas. Pero no osaría afirmar que así sea de los sentidos del gusto, del olfato y del tacto.

Estos sentidos son frecuentemente modificados en los alienados, sobre todo al comienzo de la enfermedad. Esta modificación puede dar lugar a ideas, a convicciones extravagantes. El mal gusto que proviene del estado saburral de la lengua puede hacer creer a un enfermo que han puesto veneno en sus alimentos; este otro puede tomar por gases pestilenciales los malos olores esparcidos en el aire, encolerizarse contra los miserables que atentan contra sus

días, etc. Son éstas ideas absurdas, convicciones infundadas que una impresión sensorial ha hecho nacer; pero no veo en ello ilusión.

El acto sensorial no tenía nada de irregular; no podía ser de otro modo que como ha sido en virtud de las leyes del organismo. Sólo el intelecto está en falta, ha concluido ilógicamente.

Estas reflexiones encuentran una justa aplicación en los fenómenos mórbidos clasificados por los autores, después de Esquirol, entre las ilusiones internas.

—Un general, presa de dolores de dientes, acusa al sol de ser la causa de ellos y amenaza con ir a exterminarlo con su división; si experimenta dolores en la rodilla, cree que un ladrón se ha alojado allí y lo golpea con el puño exclamando: «¡Bribón, no te irás!» —Rocída por un horrible cáncer de estómago, una desdichada mujer asegura que tiene perros en el vientre y que los oye

ladrar. —Una joven dama, a la que he conocido mucho en Charenton, atormentada por vivos deseos eróticos, se imagina que hombres, incluso monos, vienen a acostarse con ella todas las noches y la repugnan con sus arrebatos lúbricos. —No puedo ver en ello sino falsos juicios emitidos con ocasión de sensaciones internas positivas y verdaderas, y que son tan independientes de los errores del juicio que no es raro ver estos errores modificarse, cambiar de carácter como ocurre en los hipocondríacos, principalmente, que se forman sucesivamente las convicciones más opuestas.

Así como lo he hecho notar más arriba, hay casos, sin embargo, en que la sensibilidad interna sufre una modificación tal que podría decirse con razón que está ilusionada, que hay verdaderamente ilusión.

Hay verdaderas ilusiones de la sensibilidad general; las únicas dignas de esta denominación, pues, por esta palabra, se pretende, sin duda, designar una enfermedad, una lesión, y esta lesión no puede residir en otra parte que en la función misma a la que se aplica.

Se oye a ciertos enfermos acusar extrañas modificaciones de la sensibilidad general. He hablado de una joven actualmente en nuestro establecimiento de Ivry, que asegura que su cabeza, su rostro están horriblemente hinchados, que su espalda se ha torcido y que está toda contrahecha. —Un joven que, por momentos, aprecia bastante bien su enfermedad,

me decía el otro día que experimentaba una sensación muy singular: le parecía que su cerebro se le escurría hacia los talones. —Juzgando las sensaciones ajenas por lo que yo mismo he experimentado, no sabría dudar que estas sensaciones no sean tales, en efecto, como los enfermos las describen. La sensibilidad está, pues, positivamente lesionada; es decir, que, en estos casos singulares, la impresión que llega al sensorium commune es esencialmente falsa con respecto a lo que realmente ocurre en los órganos; es tal que un error invencible, una idea falsa relativamente al estado real de los órganos de donde parte y hacia los centros nerviosos irradia, es su resultado necesario; ningún medio, ningún poder intelectual de juicio o de reflexión puede rectificar este error.

§ III. — M. Leuret.

En sus Fragmentos psicológicos, el doctor Leuret combate la opinión de los autores que han atribuido el fenómeno de las alucinaciones ora a la memoria, ora a la imaginación. A ejemplo de su maestro Esquirol, hace de él un fenómeno puramente cerebral, una verdadera sensación producida sin la presencia de un cuerpo exterior que impresione uno u otro de los sentidos especiales o todos a la vez. En la alucinación hay, para servirme de las expresiones del señor Leuret, «un elemento nuevo llegado al espíritu del alucinado, un elemento extraño a los demás hombres».

Esta manera de ver es la de Esquirol. Si la he recordado, es únicamente a causa de las consecuencias que el autor se creyó con derecho a sacar de ella y que no sabríamos admitir.

Según M. Leuret, el elemento alucinación no puede constituir por sí solo la locura; pues se le encuentra en individuos que lo aprecian y lo juzgan sanamente. No puede haber disidencia sobre este punto. Pero M. Leuret añade: Haced entrar esos mismos hechos (las alucinaciones) en la cabeza de un hombre grosero e ignorante, y tratad de disuadirlo, creerá más bien lo que ha oído y visto que lo que vosotros le diréis: será un loco; luego la locura puede depender únicamente de la condición intelectual (por lo demás normal) en que se encuentre un individuo; pues el mismo fenómeno, la alucinación, que arrastra a la locura a un hombre simple e ignorante, dejará intacta la razón de un hombre instruido.

Se ve en seguida adónde puede conducir semejante teoría: a admitir que la locura mejor caracterizada puede no ser, en realidad, en su naturaleza psicológica, más que un simple error, un juicio falso relativamente, pero verdadero en sí mismo, y proveniente únicamente, al menos en ciertos casos, de una falta de instrucción.

Así se encuentra reproducida la teoría de la locura moral, de la locura sin lesión orgánica y de su tratamiento por medios morales, los mismos que los que se emplean para enderezar el error de los seres razonables.

No sabríamos compartir la opinión de M. Leuret.

Que un individuo, cualquiera que sea, crea en las alucinaciones que le persiguen, es un hecho de patología mental cuya origen hay que buscar en otra parte que en su ignorancia o en su incapacidad de apreciar el fenómeno al que su espíritu había permanecido hasta entonces extraño. Porque el hombre de quien habla M. Leuret «se confiará más en su sensación que en la palabra de los demás», no por eso estará loco, al menos mientras se quiera conservar a esta expresión su acepción ordinaria. En efecto, habiendo conservado su juicio y su libre albedrío, ¿por qué no habría de creer a quienes, con la autoridad de la ciencia y de la instrucción, vendrán a decirle que el ruido, las voces que ha oído son un fenómeno mórbido, semejante a los de los sueños o del delirio? Al menos no podéis negar que eso sea posible y que no se pueda esperar inculcarle las mismas ideas sanas que vos debéis, vos, a vuestra instrucción. Desde entonces ese hombre no está loco; pues quien dice locura dice irresistibilidad, necesidad en los actos intelectuales; un loco cree porque cree, del mismo modo que tiene miedo porque tiene miedo: no hay otra razón que dar de los actos de locura que su hecho mismo. Con un grado más de fiebre, M. Leuret no puede negar que él mismo no hubiera creído en la alucinación que experimentó un día, a pesar de sus conocimientos en química; no habría dado fe a lo que se le decía para tranquilizarlo.

En segundo lugar, ¿qué importa que el sabio cuya historia refiere M. Leuret según Bonnet, aprecie las falsas sensaciones de las que es juguete?

¿No se encuentran en nuestras casas de salud hombres instruidos que son completamente, incurablemente, víctimas de sus alucinaciones? Y sin embargo su instrucción bastaría cien veces para abrirles los ojos, para ponerlos en estado de juzgar sanamente las sensaciones cuya falsedad se esfuerzan en demostrarles.

En cambio, ¿no vemos todos los días en nuestros hospicios a los más simples, a los más groseros de los hombres, tener una conciencia perfecta de sus alucinaciones, aun cuando ese fenómeno extraño sea el más complicado, se presente bajo las apariencias de verdad más especiosas, más hechas para forzar su convicción?

Sucede a menudo que los alucinados, en el curso de su enfermedad, estén, en diversas ocasiones, tan pronto en estado, tan pronto fuera de estado de apreciar sus falsas sensaciones. ¿No ha oído nunca M. Leuret a alucinados decirle: Ahora, en este momento de calma, oigo muy bien las voces, pero no me inquieto en absoluto por ellas; las tomo por lo que son y por lo que valen; pero quizá mañana, quizá esta noche, ya no podré, seré arrastrado, creeré lo que me digan; entonces no sé lo que pasa en mí, no sé lo que experimento.

Si la teoría que combatimos fuera verdadera, nada sería más fácil que curar a un alucinado. Con tal que el enfermo no sea un idiota, por una multitud de razonamientos convincentes, le haréis pronto sentir que esas sensaciones a las que da fe no son otra cosa que un fenómeno morboso, un hecho nuevo llegado a su espíritu. Le diréis: no contesto que oigáis, que veáis lo que decís ver y oír; pero, en cambio, concededme que eso ocurre de una manera desacostumbrada, que hay ahí otra cosa que una sensación ordinaria; esperad pacientemente a que ese trastorno de vuestro espíritu, esa especie de neuralgia intelectual se disipe, pero no seáis voluntariamente víctima de ella, y sobre todo no reguléis vuestras acciones en consecuencia.

Y sin embargo, ¿podría citarse un solo hecho de alucinación curada por el razonamiento? Que si fracasáis frente a gentes sin educación, de un espíritu poco cultivado, al menos lo lograréis cuando os dirijáis a hombres instruidos, versados en las cosas psicológicas, a filósofos, por ejemplo, a médicos... Tampoco, y ello por la misma razón que ha hecho que hayan creído en sus sensaciones imaginarias con el mismo abandono, el mismo arrastre, digamos mejor, la misma fatalidad que un hombre ignorante y desprovisto de todas las luces.

Por lo demás, no hay aquí nada excepcional; ocurre con las falsas sensaciones como con las ideas fijas, con las convicciones erróneas. Ahora bien, ¿no se encuentran esas ideas, esas convicciones más extravagantes, más necias, en individuos cuyas facultades intelectuales son por lo demás extremadamente distinguidas? Por ejemplo, ese hombre de espíritu tan superior, que se cree el dueño del mundo, que posee todas las riquezas de la tierra, cuya razón sin embargo no está lesionada más que en ese solo punto, ¿por qué, si, como decís, está simplemente en el error, no se sirve de su razón, de la que por lo demás hace tan buen uso, para enderezar ese error? ¿Por qué ciertos enfermos llegan incluso a responder a quienes buscan desengañarlos: «Lo que me decís es muy sensato, lo siento, pero no puedo creeros; no persisto menos en mis ideas»?

En vuestra hipótesis, no podría haber delirio parcial; toda monomanía sería una quimera, una imposibilidad; pues la mayoría de los que la padecen tienen cien veces más espíritu y juicio del que haría falta para enderezar sus ideas fijas si no fueran más que errores.

Hay, pues, en el alucinado, otra cosa que lo que decís; hay más que un hecho nuevo en el espíritu, hecho que sería bien o mal apreciado, según las condiciones de inteligencia de cada individuo. Hay, además del fenómeno nuevo, otro hecho morboso psico-cerebral primitivo, que es el origen necesario de ese mismo fenómeno, y al mismo tiempo de la fe irresistible que a él se adhiere, contra el cual todo razonamiento debe fracasar, porque está fuera del libre albedrío, de la razón y del sentido común. Es ese mismo hecho el que se revela oscuramente al individuo que, al comienzo de un acceso de manía, se da cuenta de que pronuncia palabras sin ilación, frases inconexas, que, expresando vivos terrores, temores de envenenamiento, de asesinato, siente en el fondo de su alma que esos terrores y esos temores son absurdos y quiméricos; es ese mismo hecho el que cambia y modifica todas las condiciones de la inteligencia, arranca al individuo de sí mismo, como rompe todas las relaciones con las personas y las cosas que lo rodean. ¿Es necesario nombrar el hecho primordial?

§ IV. — M. LÉLUT.

El doctor Lélut dice, hablando del melancólico: «Sus sentimientos, sus ideas se transforman en verdaderas sensaciones externas, tan distintas, casi diría tan físicas como los objetos mismos. Es el pensamiento que parece materializarse, que se convierte en una imagen visual, un sonido, un olor, un sabor, una sensación táctil; son alucinaciones.»

Una primera observación sobre estas palabras del sabio psicólogo que acabamos de citar. Al expresarse así, el estado de sueño no estaba ciertamente en su pensamiento, y sin embargo, sus palabras son tales, que es de toda necesidad aplicarlas a ese estado, o bien carecen de sentido, incluso en su acepción metafórica.

Sea como fuere, aun desconociendo la naturaleza real del estado alucinatorio, el doctor Lélut lo ha definido mucho más exactamente de lo que se había hecho antes que él. Se ha acercado a la verdad tanto como podía hacerlo, no estando guiado por la observación interior.

Todos los autores han señalado la relación que existía generalmente entre los pensamientos, los sentimientos afectivos habituales a los enfermos y sus alucinaciones. M. Lélut creyó ver, en un cierto orden de alucinaciones, la transformación del pensamiento mismo, es decir, del acto cerebral más elevado, y que parece el más desprendido de la materia.

Era llamar la atención sobre un lado, hasta entonces inadvertido, del fenómeno de las alucinaciones, pero usando expresiones que prueban que la naturaleza psíquica de ese fenómeno era desconocida. No existe otra transformación del pensamiento que la que tiene lugar en el estado de sueño, que es, propiamente hablando, una transformación del conjunto de las funciones intelectuales. Tomada en otro sentido, la palabra transformación es completamente errónea. En efecto, ¿cómo admitir que las voces, las palabras, las frases, los discursos que oye el alucinado no son más que su pensamiento transformado, es decir, revestido de sonidos, hablado en voz alta, apreciable para él solo, como lo serían sonidos venidos de fuera, si esas voces, al enseñarle cosas que ignora, al resolver afirmativa o negativamente cuestiones sobre las cuales él mismo no sabría pronunciarse, y finalmente al hablarle de cosas en las que no pensaba, parecen expresar el pensamiento de seres extraños a él? M. X..., por ejemplo, de quien hemos hablado, pág. 106, duda si sus enemigos le suscitarán un proceso, y una voz le hace oír estas propias palabras:

«Tendrás un proceso.» — M. Lélut dice a un enfermo «que se ocupe de los medios de librarlo de los importunos que lo atormentan.» El enfermo tiene toda confianza; ¿qué le dicen sus voces, sin embargo?

«Que hará en vano, que no llegará a término de su designio, que tendrá que venir a someterse a la obediencia del diablo.»

Evidentemente, en estos dos casos, la alucinación va en el sentido de las preocupaciones habituales de los enfermos; expresa, pero no traduce su pensamiento, por así decirlo, palabra por palabra, literalmente, como lo implicaría la palabra transformación; ellos dudan, ¡y las voces pronuncian! Tal lipemaníaco se cree blanco de persecuciones; se le amenaza, se le injuria, se le reprochan fechorías, crímenes que no ha cometido, que nunca ha pensado; se le empuja a la desesperación, al suicidio, al asesinato de otro, etc., y esas amenazas, esos reproches, esos consejos homicidas, no son como esos pensamientos vagos, pasajeros, que juegan en un espíritu desatento; no, todo eso es preciso, distinto, tiene un sentido perfectamente determinado, está netamente formulado: «Serás ahorcado, eres un malvado, mátate, mata a ese otro, o él te matará, etc.»

No podría desconocerse, hay aquí otra cosa que el pensamiento transformado o hablado en voz alta, pues entonces sería necesario que los signos sensibles de que se reviste, que los sonidos, las percepciones auditivas estuvieran calcados rigurosamente, y, como ya hemos dicho, palabra por palabra, frase por frase, sobre ese pensamiento mismo.

M. Baillarger, en una memoria titulada: Fragmentos para servir a la historia de las alucinaciones, adoptando la opinión de M. Lélut, la apoya con nuevas observaciones.

Hay casos, muy raros, a decir verdad, en que la alucinación auditiva parece ser la reproducción exacta del pensamiento; pero no hay que perder de vista que ese pensamiento, transformado en sensación, es extraño a la personalidad del individuo, escapa a su conciencia, a su sentido íntimo; por eso lo refiere él a otro ser distinto de sí mismo; y entonces no hay solamente transformación, sino verdadera enajenación del pensamiento.

Por necesidad absoluta, hay que vincular ese pensamiento transformado, que ya no tiene conciencia de sí mismo, que ya no se conoce, que ya no se sabe en virtud de las nuevas condiciones psico-cerebrales en que se ha desarrollado, hay que vincularlo, digo, como todos los demás modos de acción del cerebro, a otra existencia intelectual, a otra vida moral, vida toda interior, toda de recuerdos, toda de imaginación, vida del sueño en fin, que es también la de la locura.

Ya hemos hecho esta observación: el estado alucinatorio no es solamente, como se ha dicho, un hecho anormal de la sensibilidad perceptiva. Comprende la inteligencia entera que reflexiona, comprende, juzga, expresa sus temores, sus deseos, sus esperanzas, su desesperación, sin tener ya conciencia de sus propios actos, privada de su yo, desdoblándose, por decirlo así, de tal suerte que una parte de ella misma pueda entrar en relación de ideas, en conversación con la otra parte.

Admitid la identidad psicológica de la locura y del estado de sueño, y admiraréis la facilidad con que el estado alucinatorio, considerado en todas sus formas, bajo todas sus faces, en sus más mínimos detalles, se explica y se comprende; cuán justa es todavía en este caso aquella locución vulgar:

«¡Es un loco; tiene visiones; toma sus sueños por realidades!» No hay sueño en el que no se encuentren todos los fenómenos del estado alucinatorio.

En estado de sueño, ¿qué hay más común que oír las conversaciones de seres imaginarios, de conversar con ellos, las más veces sobre temas que nos han preocupado durante la vigilia, con frecuencia también sobre temas indiferentes que se enlazan entre sí, sin saberlo nosotros, por las leyes ordinarias de la asociación de ideas, leyes que, como se sabe, se fundan en afinidades, analogías, de tiempo, de lugar, etc.?

Como en el delirio, tengamos o no conciencia del estado en que nos encontramos, la presencia de nuestros interlocutores es un hecho real, positivo, digámoslo así, material. Es bien su pensamiento, y no el nuestro, el que expresan; pues sus palabras son las de seres enteramente distintos de nosotros mismos.

Así, pues, puede decirse que la teoría, fundada en la misma observación exterior más avanzada que se haya formulado hasta hoy, confirma el hecho que nos revela la observación íntima, en el sentido de que toda explicación del fenómeno de las alucinaciones fracasa si no se apoya en la identidad de este fenómeno con el estado de sueño.

§ V. — M. Baillarger.

Así como ciertas ideas, antes de revestir caracteres de fijeza, habían preexistido en el cerebro de los individuos a quienes el delirio hirió más tarde; así como ciertas impulsiones malsanas son las mismas, salvo la irresistibilidad, que las que se hacían sentir durante el estado sano; así también «una sensación viva, anterior, puede reproducirse espontáneamente y siempre la misma, formando así una alucinación aislada y de una naturaleza particular.»

Después de haber sido producida por una causa exterior, real, la sensación se reproduce espontáneamente, es decir, fuera de la acción de la causa primitiva; el hecho sensorial ha sido transformado en hecho puramente cerebral. Esta proposición ha sido desarrollada por M. Baillarger en una memoria de la que ya hemos tenido ocasión de hablar, y apoyada con hechos interesantes.

Nos proponemos examinar estos hechos desde el punto de vista de la opinión que hemos emitido relativamente a la causa inmediata y primordial de las alucinaciones en general.

Hemos dicho que, con anterioridad a todo fenómeno de enajenación mental, existía una modificación psico-cerebral que los engendraba a todos y sin la cual no podían desarrollarse. Esta modificación se encuentra todavía (fácil nos será demostrarlo), aun cuando el fenómeno alucinatorio, reducido, por decirlo así, a su más simple expresión, «no sea más que la sensación repetida, reproducida espontáneamente.»

No podría haber alucinación, es decir, transformación de una impresión exterior en sensación intracerebral, por el solo hecho de que esa impresión haya sido viva, impresionante como todas aquellas de que se trata en los hechos relatados por M. Baillarger. La vivacidad de la impresión tuvo por resultado inmediato determinar el hecho primordial, el cual a su vez, de efecto convertido en causa, transformó la impresión recibida por intermediación de los sentidos en sensación interior.

En efecto, estudiemos esas sensaciones que se convierten en alucinaciones, analicémoslas: advertiremos desde luego que deben su energía a pasiones vivas, perturbadoras, a violentas emociones; el terror ha desempeñado siempre un papel en los casos a que aludimos. Por lo demás, puede decirse, en tesis general, que desde el punto de vista moral, las sensaciones del oído y de la vista son indiferentes en sí mismas; no impresionan, no conmueven sino en virtud de las ideas que se les asocian y de las pasiones que suscitan.

Ahora bien, hemos establecido suficientemente, en las páginas que preceden, que el resultado inmediato de las emociones bruscas, instantáneas, era, en muchos casos, o al menos podía ser, una conmoción, una sacudida más o menos duradera del órgano del pensamiento, un estado de estupor cuyo rápido paso apenas dejaba huellas en la conciencia, y en fin, la disociación y la incoherencia absoluta de las ideas.

La confirmación práctica de lo que avanzamos, no queremos buscarla en otra parte que en los hechos mismos que contiene la memoria de nuestro colega, donde encontraremos siempre el hecho primordial, ya aislado, ya dependiente de vivas emociones causadas por una impresión sensorial.

La enferma que es objeto de la primera observación había tenido ya cuatro accesos de enajenación mental; había contraído desde algunos años el hábito de la embriaguez, y en fin, había permanecido algunos días sumida en un estado de estupor, cuando experimentó alucinaciones (1).

(1) Al atravesar una calle del arrabal de Saint-Antoine, recibe en la cabeza una maceta de flores caída de una ventana. Después de algunos días de estupor, se imagina por momentos ser alcanzada por el mismo accidente. «El dolor le arranca un grito, y apenas ella ha Estos antecedentes establecen una triste predisposición a las alucinaciones que, como se sabe, no son, las más de las veces, sino un incidente, un epifenómeno del trastorno intelectual. Existía, pues, independientemente de la conmoción cerebral producida por la caída del tiesto, mucho tiempo antes de que el síntoma se manifestara, una causa latente y primordial. El accidente no fue sino causa ocasional.

La segunda observación es de gran valor en la cuestión que nos ocupa. «En una de las asonadas que ensangrentaron París en 1831, la mujer de un obrero, encinta de ocho meses, que intentaba regresar a su casa, ve caer a su marido herido de muerte por una bala. Un mes más tarde da a luz felizmente; pero al décimo día después del parto, estalla el delirio.

Desde el comienzo, la enferma oye el ruido del cañón, las descargas de fusilería, el silbido de las balas. Huye al campo, etc.»

Así, pues, ¿en qué época se ve manifestarse las alucinaciones? ¿Es en el momento en que la mujer en cuestión ve caer a su marido, cuando queda aturdida por el ruido del cañón y el silbido de las balas que vienen a matar a su marido ante sus ojos? En ese momento terrible, las sensaciones están en su apogeo de intensidad; no es entonces, sin embargo, cuando se

han convertido en alucinaciones: es cuarenta días más tarde, cuando la vivacidad de las sensaciones ha tenido tiempo de atenuarse considerablemente.

Pero también, en esa época, se había producido una modificación psicocerebral que sabemos ser eminentemente favorable al desarrollo de las alucinaciones; hablamos del delirio que trae consigo el trabajo del parto, estado mental que, como ya hemos dicho, es la expresión más completa y absoluta del hecho primordial.

Pensamos que sería superfluo analizar, con el mismo detalle, los demás hechos consignados en la memoria de nuestro colega de la Salpêtrière.

Baste hacer observar que todos presentan, más o menos, las circunstancias psicológicas que, así como lo hemos probado tantas veces, desarrollan la causa primitiva, necesaria, de los fenómenos fundamentales del delirio, tales como un profundo sobrecogimiento, el espanto, o sencillamente la modificación intelectual particular que forma el estado intermedio entre la vigilia y el sueño.

§ P^ — Consideraciones generales.

No podemos dispensarnos, al terminar este trabajo, de añadir algunas consideraciones relativas, 1.º a las consecuencias terapéuticas que derivan de los vislumbres fisiológicos que acabamos de exponer; 2.º a los recursos que puede ofrecer el extracto de cáñamo indio, a título de medicamento.

Nos hemos asegurado de que no existía ningún desorden de las facultades morales que no debiera su origen a una modificación primordial esencialmente la misma en todos los casos. Es este un hecho de patología mental que nunca deberá perderse de vista en el tratamiento de la locura.

Poco importa que los desórdenes del espíritu sean

más o menos profundos, comprendan un mayor o menor número de facultades, bajo las formas variadas hasta el infinito de la manía, de la monomanía, etc.; ya sabíamos que estas diferencias versan exclusivamente sobre los signos exteriores de la enfermedad y no tienen ninguna relación con su grado de gravedad; sabemos, además, ahora, que con anterioridad a estos desórdenes, y como punto de partida, existe una modificación psicocerebral, una lesión dinámica del órgano intelectual, variable solamente en su intensidad.

Hay que decir otro tanto de las diferentes causas de la locura, que todas no llegan a turbar el espíritu, a determinar lesión funcional, incluso la más restringida, la más delimitada, sin trastornar primero toda la economía intelectual, sea de una manera instantánea y que participa de la conmoción eléctrica, sea lenta y graduada.

Una cuestión llena de oportunidad, desde el punto de vista actual, es la relativa a la naturaleza de la lesión primordial. Sea cual fuere la causa de que provenga esta lesión, no podría desconocerse sus caracteres puramente orgánicos. Ténganse bien presentes los síntomas que le hemos asignado, según los datos más claros y precisos de la observación interior; ¿quién no vería en esa desasociación rápida o lenta de las ideas, en esa verdadera disolución del pensamiento, fenómenos esencialmente ligados a un trastorno orgánico cualquiera? Que no se tema

ilustrarse y ver por sí mismo. Con un poco de extracto de cáñamo indio, puede uno darse un espectáculo bien hecho, ciertamente, para interesar. Se asiste, por decirlo así, a la disolución más o menos rápida del propio ser pensante; se sienten las ideas, toda la actividad intelectual arrastradas por el mismo torbellino que agita las moléculas cerebrales sometidas a la acción tóxica del hachís.

Dudo que a quienquiera que haya intentado esta prueba y se haya así colocado momentáneamente en la condición de un alienado, le venga alguna vez al pensamiento creer que puedan darse tales casos en que el organismo no fuera nada en el trastorno de la inteligencia. Por instinto, por una especie de apercepción interior, el espíritu tiende a identificarse con los órganos, permítaseme la palabra, a materializarse.

Que si, penetrando más allá de los límites naturales de la observación interior, buscamos formarnos una idea de la especie de lesión de órgano a la que hay que vincular el hecho primordial de la desasociación de las ideas, todo nos lleva a creer que resulta de algún trastorno, de una modificación cualquiera de la circulación (1).

(1) No podría ponerse en duda la extrema importancia del papel que desempeña la circulación sanguínea en la producción de los fenómenos nerviosos de todo orden. «Ningún órgano, dice el señor Rochoux (Du ramollissement du cerveau et de sa curabilité), a excepción del pulmón, está atravesado por tanta sangre como el cerebro; ninguno conserva tan poca en su tejido y ninguno es más verdaderamente sanguíneo que él. Así, aquellos de los antiguos que habían entreviso esta

Es este, al menos, el fenómeno patológico más inmediatamente apreciable, como lo indican los síntomas que estallan al comienzo del delirio. Cuando la excitación se hace sentir, cuando se oye en la cabeza ese murmullo o mejor ese borboteo que coincide con los desórdenes del espíritu, no puede uno defenderse de vincular todos estos fenómenos al trastorno sobrevenido en la circulación. Además, no debemos olvidar que en todas las circunstancias en que hemos visto producirse el hecho primordial, se han encontrado indicios casi ciertos de algún desorden sobrevenido en el curso de la sangre, por

importante particularidad la situaban, a ejemplo del autor del libro de las glándulas, entre los órganos de parénquima húmedo.

Evidentemente, la circulación tan abundante y tan activa de la que es incesantemente sede tiene por objeto y por resultado producir esa excitación sin la cual las funciones del sistema nervioso se detienen instantáneamente. Todo ha sido, pues, maravillosamente dispuesto para asegurar su cumplimiento. Los vasos sanguíneos, tanto más numerosos cuanto que el animal pertenece a una clase más elevada en la escala, ya divididos en capilares en las meninges, y antes de penetrar en el encéfalo, se distribuyen allí de una manera muy igual. Una porción de los que atraviesan la sustancia cortical se cruzan con otros, venidos de la sustancia medular, de manera que establecen corrientes en sentido opuesto, como muy bien ha visto el señor Guillot. Así es como la circulación se opera en el encéfalo, con una regularidad de la que ningún órgano ofrece ejemplo.»

  • Guillot, Exposition anal. de l'organ. du centre nerveux.

** Op. cit. — El señor Guillot no se ha limitado a esta observación; ha comprobado además que, en los idiotas, los vasos sanguíneos del cerebro son mucho menos numerosos que en los demás hombres.

a consecuencia de raptus congestivo, de golpes o caídas sobre la cabeza, de hemorragias, de evacuaciones sanguíneas habituales suprimidas, de la acción de ciertos excitantes nerviosos tales como los alcohólicos, el cáñamo indio, el opio, y en general todos los narcóticos, o bien bajo la influencia de las causas morales, influencia que, como se sabe, se revela tan enérgicamente por la aceleración o el retardo de los latidos del corazón, por escalofríos, calores hacia la cabeza, deslumbramientos, vértigos, desfallecimientos, etc., etc.

Se ha agitado a menudo y se agita todavía todos los días una cuestión bien fácil de resolver, según nosotros, y que, sin embargo, se ha logrado enredar de tal modo que hoy es mirada como poco menos que insoluble. Es que hasta aquí no se la había examinado desde el único punto de vista desde el cual pudiera percibirse bajo su verdadera luz: la observación íntima.

La locura, como toda otra enfermedad, ¿depende de lesiones orgánicas, o bien no es sino un trastorno puramente funcional de la inteligencia?...

Los partidarios de las lesiones físicas, en la imposibilidad absoluta en que se hallan de mostrar estas lesiones, como se practica para los depósitos tuberculosos en la tisis pulmonar, el abultamiento de las glándulas de Peyer y Brunner, en la dotinenteria, etc., y achacándolo a la imperfección de nuestros medios de investigación, recurren al razonamiento para establecer la existencia de esas mismas lesiones: no hay trastorno funcional sin

lesión de los órganos encargados de estas funciones. —Es claro, no tiene réplica; pero ¿qué dicen los que no admiten sino desórdenes funcionales? — Mientras no se nos haya mostrado lesión en los órganos, se nos permitirá al menos permanecer en la duda. Además, si se considera atentamente a qué especie de desórdenes funcionales se tiene que habérselas; si se considera que en bien de los casos la locura consiste, sencillamente, en una manera de ver que difiere de la del común de los hombres, en algunas ideas excéntricas, aisladas, cuyo contacto no tiene absolutamente nada de contagioso para el conjunto de las facultades morales; cuando se ve ciertos delirios disiparse, como por encanto, bajo la influencia de una emoción moral, desaparecer con la misma rapidez con que se habían mostrado; entonces se hace del todo imposible admitir ninguna alteración material a propósito de semejantes desórdenes. Es a lo moral solo a lo que hay que pedir cuenta de los desórdenes de lo moral. ¿Ha venido alguna vez a la idea inquirir a qué lesión del cerebro, a qué disposición de molécula cerebral podían vincularse las convicciones falsas, las ideas erróneas de que todos somos susceptibles, desde los más instruidos hasta los más ignorantes?...

De ambos lados, como se ve, se tienen excelentes razones que dar para sostener la propia opinión.

Abordada de esta manera, la cuestión, necesariamente, permanecerá insoluble.

Hay que atacarla por otro lado, el que ilumina la observación interior.

Sí, incontestablemente, modificaciones (no osamos servirnos del término de lesión) existen en el órgano encargado de las funciones intelectuales, pero estas modificaciones no son lo que generalmente se quiere que sean; y, bajo la forma que se imaginan y que se les presta, escaparán siempre a las investigaciones de los investigadores.

No es en tal o cual disposición particular, anormal, de las diversas partes del órgano del pensamiento, disposición molecular, fija, en la que la textura del órgano se hallaría alterada, donde hay que buscarlas, sino en una alteración de la sensibilidad, es decir, la acción irregular, exaltada, disminuida, pervertida, de esas propiedades especiales de las que depende el cumplimiento de las funciones intelectuales. Decíamos hace un momento qué parte parecía tener la circulación en estas anomalías.

Es esta la única modificación, el único desarreglo de órgano que conviene admitir.

Se ve, según esto, que también nosotros admitimos una lesión funcional, no independiente de los órganos, como creen los partidarios de no sé qué dinamismo moral, sino esencialmente ligada a una modificación del todo material y molecular, aunque inasequible por su naturaleza, inasequible como lo son, por ejemplo, los cambios que sobrevienen en la íntima textura de una cuerda a la que se imprimen movimientos vibratorios de intensidad variable.

Esta modificación, la observación interior nos

Se descubre la existencia de una manera casi cierta; pero ¿cómo encontrar sus huellas, cuando la vida se ha retirado de los órganos, aun suponiendo que pueda dejar huellas? Desmontad, pieza por pieza, el teclado que otrora resonaba de una manera tan discordante bajo una mano inexperta, buscaréis en vano en él la causa de la desarmonía que hería vuestro oído; del mismo modo interrogaréis en vano, con el fin de daros cuenta del delirio, la textura íntima del órgano cuyas funciones alguna causa habrá turbado durante más o menos tiempo.

Ahora bien, si buscamos cuáles serían los medios más eficaces que emplear para combatir esa modificación de órganos de la que hacemos depender todos los desórdenes intelectuales, siendo esa modificación misma sólo un efecto, sería racional dirigirse primero a las diversas causas que la producen.

Desgraciadamente, si un muy pequeño número de sus causas nos es conocido, nos hallamos en la más completa ignorancia relativamente al mayor número, a aquellas, por ejemplo, que se ocultan y se elaboran en la profundidad íntima de nuestros tejidos, que se vierten, por decirlo así, de un organismo en otro, y se transmiten por vía hereditaria (1).

Con esta ocasión, haremos aquí una observación. Según nosotros, las causas morales que se muestran tan frecuentes en el desarro-

No pudiendo hacer mejor, es, pues, contra la modificación primordial misma contra la que conviene dirigir nuestros medios terapéuticos, sin tener ya más en cuenta las causas que la producen.

No estamos en modo alguno preparados para tratar aquí incidentalmente una cuestión de terapéutica general, cuyo desarrollo exigiría un volumen entero; contamos con volver a ella más tarde, en un trabajo para el cual habremos pronto, así lo espero, reunido suficientes materiales.

llo de la locura no tienen, las más de las veces, sino un valor, por decirlo así, ocasional; quiero decir que no encierran en sí mismas la potencia necesaria para engendrar el mal de todas piezas. Casi siempre hay predisposición orgánica más o menos pronunciada, patente; así se ve a las causas morales más insignificantes, verdaderamente sin ninguna eficacia real, determinar la explosión de los más violentos desórdenes. Esto nos explica quizá también por qué, cuando vemos a las causas morales ocasionar tan fácilmente los trastornos del espíritu, los medios de la misma naturaleza son tan radicalmente impotentes para curarlos, excepto en algunas circunstancias en que encontramos aún la confirmación de lo que avanzamos: pues si la influencia moral ha parecido en estos casos poco menos que incontestable, es que: 1.º o bien existía ya una modificación cerebral que predisponía a la curación, así como lo he demostrado anteriormente al referir la observación del señor *** (página 112), modificación a la que casi nunca se ha prestado atención, y que se constatará fácilmente siempre que se repare en ella; 2.º o bien (aquellos son los más raros) estos medios podían ser asimilados, por su modo de acción, a los agentes físicos; tales son las emociones vivas, las impresiones capaces de cambiar por un violento sacudimiento el curso de las ideas.

No queremos decir ahora sino lo que concierne a la substancia cuya acción fisiológica ha sido el sujeto principal de este trabajo.

§ II. — Ensayos terapéuticos. — Observaciones.

Si se recuerdan los detalles en que hemos entrado relativamente al género de influencia que ejerce el extracto de cáñamo indio sobre las funciones cerebrales, tendremos motivo para asombrarnos de que una substancia tan enérgica, que desde hace siglos está en uso en los países orientales, haya permanecido poco menos que desconocida en Europa, y que no se haya pensado en sacar partido de ella para la terapéutica (1).

(1) Apresurémonos a hacer aquí una excepción en favor del señor doctor Aubert-Roche, que el primero en nuestro país llamó la atención sobre el hachís, cuyos efectos había aprendido a conocer durante su larga estancia en medio de los árabes. «Señalo, dice (véase su libro De la peste ou typhus d'Orient, 1840), esta substancia, que puede llegar a ser muy útil en medicina; creo que no es un medicamento que deba descuidarse. Quienes la experimenten reconocerán muy pronto su valor en terapéutica, ya en la peste, ya en otras enfermedades.» El señor Aubert, en el libro del que extraemos este pasaje, ha consignado los resultados que había obtenido del uso del hachís contra la peste. ¡De once casos graves de peste, siete han sido curados! Estos resultados son por cierto de naturaleza a inspirar una cierta confianza, y, como el señor Aubert, deseamos que sirvan de punto de partida a nuevos experimentos, que, para ser concluyentes, necesitan ser más numerosos.

Creo recordar aún haber leído en un periódico de medicina, la Gazette médicale, que un médico inglés en la India había

hecho uso del hachís contra algunas afecciones convulsivas, y había obtenido de él bastante buenos resultados. Sin embargo, debemos permanecer en la duda en cuanto a la naturaleza de estos resultados, pues sabemos que en la India el extracto de cáñamo no se emplea sino mezclado con otras substancias, afrodisíacas las más, susceptibles de modificar sus efectos propios.

No supongo que el hachís, cuya acción sobre las funciones cerebrales puede ser llevada hasta la exaltación más extrema, esté dotado por lo demás de una influencia tóxica bien marcada.

En 1841, hice tragar a palomas y a dos conejos, uno de tres meses y otro de siete, muy fuertes dosis de extracto puro, sin determinar otros efectos que una ligera excitación seguida de una aparente somnolencia de poca duración. Sería interesante repetir estos experimentos, pero sobre animales de un orden más elevado en la escala, tales como el gato, el perro, sobre todo en monos.

En esa misma época, deseoso de saber si nuestro cáñamo de Europa no poseía al menos algunas de las propiedades del cáñamo indio, hice traer de los alrededores de Tours, y recogí en los campos que rodean Bicêtre. El señor Cloës, alumno en farmacia del hospicio, preparó con mucho cuidado extractos; tomamos él y yo dosis elevadas (de 1 a 30 y 40 gramos), sin experimentar ningún efecto sensible. Lo mismo sucedió con un extracto graso, que preparé exactamente a la manera de los árabes.

¿Cuántas substancias merecerían menos que ésta ser colocadas en las inmensas colecciones que obstruyen los arsenales farmacológicos? Cualesquiera que sean los efectos del hachís, ¿no es evidente que, al menos, debería estar, por decirlo así, al alcance de todos los hombres del arte que podrían, en una multitud de casos, y no lo dudo, utilizar en gran ventaja de la ciencia la poderosa acción de este medicamento?

Por lo que a mí respecta, desde que estuve en condiciones de apreciar sus efectos, no por el relato de quienes había visto hacer uso de él, sino por mí mismo, pensé en las ventajas que sería posible sacar de él en el estudio de la locura primero, quizá también en el tratamiento que conviene dirigir contra esta enfermedad.

Uno de los efectos del hachís que más me habían impresionado, y que es, en efecto, aquel al que generalmente se presta más atención, es esa especie de excitación maníaca siempre acompañada de un sentimiento de alegría y de felicidad del que nada sabría dar idea a quienes no lo han experimentado.

Vi en ello un medio de combatir eficazmente las ideas fijas de los melancólicos, de romper la cadena de esas ideas, de quebrar la tensión exclusiva de su atención sobre tal o cual sujeto; era quizá también otro no menos propio para despertar la inteligencia adormecida de los alienados estúpidos, o bien aún, para devolver un poco de energía, de brío a la de los dementes.

¿Me engañaba en mis conjeturas? Me inclino a creerlo, sin considerar por ello la cuestión como juzgada. He hecho tomar el hachís, ya en forma de dawamesc, ya de extracto en manteca, a dosis sucesivamente más elevadas, a dementes, a melancólicos, a un alienado estúpido.

En los dementes, los resultados (no entiendo hablar

aquí sino de la acción fisiológica) han sido poco menos que nulos, a pesar de la elevación de la dosis. Lo mismo ha sucedido con el estúpido. Dos melancólicos, al cabo de cinco a seis horas, experimentaron una excitación bastante viva con todos los caracteres de alegría y de locuacidad que le conocemos. Uno de ellos sobre todo, a quien desde hacía más de nueve meses no le había quizá ocurrido proferir más de diez palabras en un día, atormentado como estaba constantemente por terrores imaginarios e ideas fijas, no cesó de conversar, de reír, de hacer, como se dice, locuras, durante toda una velada.

¡Cosa digna de nota! Rara vez encontré en sus palabras alguna relación con las ideas que le preocupan habitualmente. Sea como fuere, pasada la excitación, uno y otro volvieron pronto a caer en su estado anterior.

Virey (Bulletin de pharmacie, 1803) refiere el hecho siguiente: «El botánico Guillandin había traído de Egipto una raíz que dio a Bernardin Peirella, profesor de lógica en Pavía. Teniendo éste a un joven estudiante sumido en la melancolía, le hizo tomar un poco de esa raíz en vino.

En un cuarto de hora el alumno experimentó una alegría tan viva, que salió ebrio de alborozo, y se puso a correr por las calles.»

¿Debe concluirse de lo que acaba de decirse que nada hay que esperar del hachís, en los géneros de delirio de que acaba de tratarse? Sería evidentemente un error. Tales ensayos terapéuticos

son demasiado imperfectos. No es sobre resultados tan restringidos, tras algunas pruebas solamente, como puede juzgarse la acción de un medicamento cualquiera. No poseyendo sino una pequeña cantidad de hachís, he debido ser avaro con él; tanto más cuanto que los lipemaníacos y los dementes sobre todo parecen ser de los más rebeldes a su acción, y que dosis muy fuertes no bastan siempre para excitarlos. No puedo, pues, saber si, volviendo más a menudo a la carga, no se acabaría por triunfar de la fijeza de sus ideas, si, arrancándolos así, de tiempo en tiempo, a sus ensoñaciones, no se llegaría a romper la cadena de sus pensamientos.

Sea como fuere, habiendo fracasado por este lado, me volví hacia un modo de medicación por el cual confieso una preferencia bien decidida, porque me parece dirigirse directamente a los efectos más inmediatos de las causas morbosas, sin prejuzgar nada de su naturaleza; quiero hablar del método substitutivo. Pensamos en dirigir nuestros esfuerzos contra la excitación maníaca, forma de delirio con la cual habíamos reconocido, desde hacía tiempo, que los efectos propios del hachís tenían la más sorprendente analogía. Por la naturaleza de estos efectos, el hachís parecía deber satisfacer todas las exigencias de la medicación substitutiva.

Otros motivos aún nos impulsaron en esta dirección: 1.º Podría considerarse como un axioma de medicina mental que mientras el delirio (en

fuera de la demencia) conserva alguna acuidad, no debe desesperarse de la curación.

2.º Pinel, y con él todos los médicos de alienados, han visto la enajenación mental juzgarse por accesos de agitación; y esto ocurre precisamente en casos en que la duración del mal, la postración, el aparente debilitamiento de las fuerzas intelectuales eran todo esperanza.

3.º Las curaciones coinciden lo más ordinariamente con la renovación de las estaciones, y no es raro en modo alguno verlas precedidas de un retorno de excitación.

4.º La estupidez, en particular, parece afectar esta forma de terminación.

5.º He observado varias veces que, cuando sobreviene excitación en los alienados paralíticos, se les encuentra a menudo más razonables.

De estas diversas consideraciones resultaba para nosotros una indicación precisa que podríamos formular así: — Conservar al delirio que tiende al estado crónico su acuidad primera, o bien recordar esa acuidad, reavivarla cuando amenaza apagarse.

El extracto de cáñamo indio era, de todos los medicamentos conocidos, el más eminentemente propio para llenar esta indicación.

El delirio de forma general es, como se sabe, el que presenta más probabilidades de curación.

En las reuniones de alienados que no se someten a ningún tratamiento, los maníacos se curan a veces, los enfermos de ideas fijas rara vez. Debía, pues, guardarme de hacerme ilusión y poner el mayor cuidado en distinguir bien los efectos propios del remedio, la influencia (si es que influencia había) de la medicación, de la marcha natural de la enfermedad. ¡Cuántos remedios han debido al error que tan fácil es cometer, en semejante caso, los honores de un éxito usurpado! Se verá, por los detalles que siguen, que hemos escogido a propósito casos que, por no ser incurables, al menos no ofrecían ya, a causa de los antecedentes de los individuos, de la duración del mal, de su resistencia obstinada a todo tratamiento, sino pocas probabilidades de curación. Exceptúo, sin embargo, los dos primeros.

Los enfermos se hallaban en excelentes condiciones; pero la rapidez con que la curación pareció seguir a la acción del remedio no nos ha permitido pasarlos en silencio.

Desgraciadamente, no tengo sino un número muy mínimo de hechos que presentar, y estoy lejos de creer que estos hechos puedan fundar opinión alguna sobre la eficacia del extracto de cáñamo indio en una forma determinada de enajenación mental. Creo conocer tan bien como cualquiera todas las buenas razones que impiden sacar de ellos conclusión precisa alguna. No los consigno, pues, aquí, en cierto modo, sino para memoria, y como propios para llamar la atención sobre la acción profiláctica de una sustancia que podría ofrecer preciosos recursos a la terapéutica.

Para evitar prolijidades, me contentaré con enumerar los principales síntomas, los que caracterizan más netamente el delirio y presentan más valor relativamente al pronóstico.

D*** (Éléonore-Louis). Nacido en París, de veintidós años de edad, mozo de ultramarinos. — Entrado en Bicêtre el 23 de diciembre de 1840.

Desde hace cerca de seis meses, este joven se halla en un estado de excitación maníaca que ha acabado por hacer necesario su aislamiento. A decir de los parientes, este estado, cuyo verdadero comienzo nos pareció remontarse a una época mucho más lejana, habría sido provocado por penas de corazón. D*** se había enamorado de la mujer de su patrón, aunque esta casi le doblaba la edad y por lo demás nada tenía de atrayente. De carácter vivo, inconstante, excesivamente irritable, dio muestras, en su juventud, de una notable facilidad para instruirse. Su madre, al darle a luz, fue presa de un delirio agudo que duró cerca de dos meses.

A su llegada al hospicio, D*** presenta los síntomas de una excitación maníaca franca y exenta de toda complicación. Ninguna incoherencia en las ideas; una gran movilidad de pensamientos, de palabras, de actos. D*** habla sin cesar, pasando fácilmente de un asunto a otro, pero sin embargo con cierto orden y a menudo con sentido.

Su cautividad, las causas que la han provocado, el error que se comete al tenerle por alienado, parecen preocuparle principalmente. De una susceptibilidad extrema, una palabra, un gesto equívoco le irritan y le ponen colérico. Se complace en fastidiar a los otros enfermos, en decirles palabras desagradables. Los sirvientes son particularmente objeto de sus sarcasmos, de sus burlas injuriosas. Es indócil y se niega a trabajar, así como sus compañeros de infortunio le dan ejemplo de ello. Por el más leve motivo, ríe a carcajadas o vierte abundantes lágrimas.

La salud física parece excelente. «Es muy singular, me decía un día el enfermo, se empeñan en que estoy enfermo y jamás me he sentido mejor, engordo a ojos vistas. Dicen incluso que estoy loco y jamás me he sentido más lucidez en el espíritu, más imaginación; ¡me sentiría tentado de creer, a veces, que soy un genio!»

El 29 de mayo, D*** tragó unos 16 gramos de dawamesc, que hice preceder de una taza de café al agua. Le hice almorzar conmigo, a fin de no perderle de vista un solo instante. D*** estaba en ayunas, y la víspera, siguiendo mi recomendación, no había tomado sino una ligera sopa en la cena. La acción del hachís fue rápida, sin ser muy enérgica. Apenas había transcurrido un cuarto de hora cuando D*** es presa de una risa inmoderada, que sin embargo reprimo sin dificultad fingiendo hallarla inconveniente. D*** se excusa diciendo que jamás se ha sentido tan alegre, tan dichoso. Me cuenta una multitud de historias sobre las que a veces borda con ingenio; le envío a reunirse con sus compañeros, y D*** les cuenta que acababa de almorzar con el doctor; que yo le había tratado con una magnificencia extraordinaria; que la mesa estaba cubierta de los manjares más exquisitos y más rebuscados, servidos en vajilla de oro y plata; que había bebido champaña a vaso lleno, y una multitud de otras extravagancias.

Sus sueños de felicidad fueron de corta duración; al cabo de una hora, su exaltación cayó bruscamente y el resto del día transcurrió en un estado de calma desacostumbrada. Observo incluso cierta disposición a la melancolía. Por la noche, al meterse en la cama, un poco de humedad en la piel, ligera sensación de agujetas; durante la noche, sueño profundo, sin ensueños.

Al día siguiente D*** recuerda todo lo que ha pasado la víspera, es el primero en reírse de las ideas extravagantes de que había sido víctima. Sin embargo, la excitación primera tiende a reaparecer. Por la noche, había adquirido cierta intensidad, pero queda muy por debajo, aún, de lo que era anteriormente.

Lamento no poder administrarle más hachís para combatir este retorno de la enfermedad. No me quedaba más a mi disposición por el momento.

Procuro distraer al enfermo, y a pesar de su mala voluntad, le fuerzo a trabajar. La excitación queda estacionaria aún dieciocho o veinte días, luego desaparece por completo, y D***, vuelto a un estado de salud del todo normal, es devuelto a su familia.

Cierta predisposición hereditaria, la duración y la naturaleza del delirio que parece no ser sino una exageración del carácter habitual del enfermo, en el caso de que se trata, daban alguna gravedad al pronóstico.

Por poco que se prolongue, es de temer que la excitación maníaca no se cure, sobre todo cuando se oculta bajo apariencias de razón más especiosas.

La administración del hachís, después de haber dado a las ideas del enfermo un curso desacostumbrado y causado una ligera sobreexcitación, va seguida de calma y de algunas horas de lucidez durante las cuales el enfermo juzga sanamente su situación.

Todo induce a creer que, combatida con más energía y de manera más sostenida, la excitación habría cedido más pronto y que la curación se habría hecho esperar menos.

R... (Mathias). De veintidós años de edad, profesión de periodista, nacido en... (Mosela). — Entrado en Bicêtre el 20 de mayo de 1842.

R... había dejado su tierra (la Lorena) con la esperanza de encontrar más fácilmente trabajo en París. Tuvo que sufrir mucho por la fatiga del camino. El calor era grande y viajaba a pie. Llegado a París, no sabe a quién dirigirse para tener trabajo; se inquieta, su cabeza se pierde, y un delirio general estalla de repente. Un primo, a quien había acabado por encontrar en París, le hace admitir en Bicêtre.

Ninguna herencia. Ninguna enfermedad anterior.

Mucha dulzura y alegría en el carácter.

R... era buen trabajador, ordenado, de una sobriedad rara.

— A su llegada al hospicio (20 de mayo), delirio general, gritos, vociferaciones, extrema incoherencia de las palabras, turbulencia incoercible; predominio de ciertas ideas; las palabras de aduaneros, de contrabandistas vuelven a menudo y son pronunciadas con sentimientos de cólera, a veces de terror.

El 2 de julio, el señor doctor Voisin, en cuyo servicio se hallaba, aprovechó algunos momentos de calma para enviarle a la granja de Santa Ana. De allí es traído de vuelta en un estado de agitación peor, quizá, que antes, el 5 de julio. — Al día siguiente, 6, le hago tomar ocho gramos de hachís (extracto puro) en una taza de café. Media hora después, una risa inextinguible se apodera de él y parece hacer diversión a su flujo de palabras habitual. Por lo demás, la excitación es la misma y, en general, el delirio no sufre modificación bien sensible alguna; sin embargo, el rostro se ha coloreado vivamente, los ojos están más animados y lagrimosos como al comienzo de un acceso de fiebre. Ruego a uno de los enfermos de la sala que toque la flauta. R... no le presta atención alguna; pero ríe hasta retorcerse, al ver a otro enfermo sometido al mismo tratamiento que él, danzar, cantar y hacer mil cabriolas. Le hago bajar al patio. Se pasea por él durante hora y media aproximadamente, marchando muy deprisa, divirtiéndose en mirar a los otros enfermos a la cara y sin cesar de reír a carcajadas. Le pierdo de vista veinte minutos y le encuentro profundamente dormido al pie de un árbol. Por la tarde, R..., cuya risa loca ha cesado por completo, experimenta aún un poco de excitación, habla solo, pero a media voz, sin gritos, sin gestos desordenados. Parece fatigado, se queja de tener de vez en cuando como escalofríos por todo el cuerpo; tiene la boca seca, pastosa.

Prescribo un vaso de limonada. Por la noche, el enfermero de su sala no le oye hacer su «alboroto» acostumbrado. R... me asegura que ha dormido al menos tres horas, lo que no le había ocurrido desde algún tiempo.

A la mañana siguiente (7 de julio) le encuentro bastante bien para juzgar oportuno enviarle de nuevo a Santa Ana.

Allí, la convalecencia hace rápidos progresos. R... trabaja con ardor; juzga su estado y piensa en su salida. El delirio general ha cesado por completo, pero queda aún una especie de predisposición a las ilusiones; así, algunos días después, R... se persuade de que ha visto a su hermano entre los otros enfermos.

Le hago observar que eso no puede ser, y reconoce sin dificultad que ha sido juguete de una ilusión. Durante los días que transcurrieron hasta la salida, no he observado la menor traza de delirio.

B... (Jacques). De veinticuatro años de edad, profesión de... (israelita). — Entrado en Bicêtre el 16 de agosto de 1841.

No es un caso de curación el que consigno aquí, puesto que el enfermo está todavía en el hospicio, a la hora presente. Sin embargo, habiéndome parecido la observación propia para hacer resaltar el modo particular, o, si se quiere, la especificidad de acción del hachís, creo deber decir algunas palabras sobre ella.

Desde hacía más de nueve o diez meses, B... estaba atormentado por alucinaciones del oído. La inquietud, a veces bastante viva, que le ocasionaban, no le hizo sin embargo interrumpir sus trabajos. En fin, sobrevino de repente y sin causa apreciable una viva agitación que, en pocos días, adquirió toda la intensidad de una manía furiosa.

Esta agitación se calma pocos días después de la entrada del enfermo en Bicêtre.

(10 de octubre) B... está aún vivamente excitado. Alucinaciones del oído. Son, por lo demás, siempre las mismas y se limitan exclusivamente a la audición de una voz que repite sin cesar el nombre del enfermo: ¡Jacques, Jacques!

El 10 de octubre, B... toma por la mañana en ayunas, en una taza de café negro, 16 gramos de extracto puro de hachís. Media hora después, en lugar de la sobreexcitación que yo esperaba, se manifiesta un estado muy particular. B... se deja ir insensiblemente a una dulce quietud, a una especie de ensoñación que se asemeja al recogimiento del éxtasis.

Siente la necesidad de reposar sus miembros. Acostado en su lecho, los ojos entreabiertos, algunas palabras, cuyo sentido no puedo captar, vagan por sus labios entreabiertos por una perpetua sonrisa. Permanece cerca de 20 minutos sin responder a nuestras preguntas. Por fin exclama que divisa las ventanas de las Tullerías; en ellas se da un baile magnífico; mujeres resplandecientes de diamantes están en las ventanas, etc.

Dos horas después, aproximadamente, B* se duerme profundamente. Lo dejo para no volver a verlo hasta la mañana siguiente. La excitación maníaca es menor. La voz que lo persigue desde hace tanto tiempo se ha hecho oír todavía. Durante la noche, poco tiempo después de haberse acostado, W se despierta sobresaltado.

Se ha oído llamar: ¡Jacques, Jacques! Desde ese momento, la voz continúa sus importunidades.

B* ha permanecido en el estado que acabo de describir.

Se irrita a veces vivamente contra la voz; le responde, la interpela, la amenaza. Un día lanzó su zueco a través de una ventana por la que le había parecido que venía, etc. Pero nunca ha vuelto a caer en el delirio maníaco primitivo.

F... De cuarenta años de edad, nacido en Falaise, comerciante. — Entrado en Bicêtre el 7 de julio de 1842; salido curado el 1.º de septiembre de 1843.

F... está en su tercer acceso de locura, o más bien es la tercera vez que se le somete a un tratamiento; pues, según los informes más precisos dados por su mujer, F..., desde su primer acceso, que se remonta a 1826, nunca ha recobrado completamente la razón. Sus antecedentes de familia, los que le conciernen personalmente, son de lo más malo. Su madre está loca desde hace largos años; su padre fue atacado de congestión y herido de hemiplejía, sin que, no obstante, la parte moral haya parecido sensiblemente alterada. La infancia de F... estuvo exenta de enfermedades graves. F... recibió educación; mostraba una gran aptitud para el trabajo, pero su carácter era extraño, irresoluto, inquieto. Entregado desde temprano a los negocios, halló en ellos muchos desengaños, queriendo abarcar demasiado a la vez o faltándole perseverancia en sus empresas. F... nunca quería hacer sino a su antojo y no tomaba en cuenta ningún consejo.

En 1836, habiendo hecho malos negocios, se vuelve triste, preocupado, melancólico, y hace una tentativa de suicidio. Es enviado a Bicêtre, permanece allí tres meses, tras los cuales su mujer reclamó su salida, aunque el médico declaró que no estaba completamente restablecido. Poco tiempo después, F..., con la esperanza de restablecer su fortuna, y aunque se había hecho todo para disuadirlo, parte para Nueva Orleans, llevando consigo a su mujer y a dos hijos aún de corta edad. Apenas han transcurrido algunos meses cuando su tristeza, su taciturnidad habituales dejan lugar primero a una gran indiferencia por todo lo que concernía a sus negocios, luego a una alegría que nada justificaba. Pronto, en fin, estalla un violento delirio maníaco, con furor, ideas ambiciosas, etc. Colocado en un hospicio, la agitación se calma al cabo de cinco o seis meses. Vuelve a París a comienzos de 1842. Hacia el mes de marzo del mismo año, nuevo acceso en todo semejante al precedente. Cuando F... nos es traído a Bicêtre, la agitación no es muy viva. El delirio es general; ideas ambiciosas, F... es príncipe, emperador; manda sobre toda la tierra, ha descendido del cielo; es hijo de Dios, es Dios, etc. Al cabo de mes y medio de estancia, después de haber sido sangrado varias veces, después de haber tenido ventosas escarificadas en la nuca, vejigatorios en las piernas, la excitación desaparece casi por entero; pero sus ideas extravagantes no lo han abandonado, y son tanto más salientes cuanto que hay menos incoherencia en sus palabras. F... no cuida en absoluto de su persona, está sucio, inmundo, rasga sus vestidos, los deja en medio del patio, o bien los arroja a las letrinas. Se atavía a veces de la manera más extraña, se cubre de cintas o de jirones de telas de colores, da a su sombrero de paja una forma original. Vaga acá y allá por los patios recogiendo toda clase de inmundicias; se le sorprende a veces con los brazos cruzados, fijando el sol. Salvo algunas modificaciones, tal ha sido la situación del enfermo hasta el mes de julio de 1843, época en que le hice tomar doce gramos de hachís (extracto puro) en una taza de café, por la mañana en ayunas. Más de hora y media después, F... no experimentaba ningún efecto, si no era un vivo apetito; así es que reclamaba con insistencia su desayuno. Prescribí una taza de café concentrado, con la esperanza de acelerar el efecto del medicamento. Una buena media hora después, lo diviso sentado junto a su lecho, la cabeza oculta entre sus dos manos, y riendo de todo corazón, pero sin ruido y sin llamar la atención de sus vecinos. Le pregunto qué le hace reír; no responde, nos señala con el dedo a un enfermo colocado a su lado, y luego se echa a reír con más ganas. Hago acercarse al flautista del que ya he tenido ocasión de hablar. Apenas ha ensayado algunos aires viejos de contradanza vivos y animados, cuando F..., dejando de reír, parece escuchar con mucha atención; luego de repente se lanza en medio de la sala y se pone a bailar, repitiendo con la voz los aires tocados por el instrumento. A mi ruego, el músico ejecuta algo así como una marcha guerrera. F... se pone al punto a marchar al paso, sus ojos se animan, agita los brazos como si hubiera tenido un sable o un fusil, golpea la tierra con el pie. La excitación crece rápidamente, y en algunos minutos alcanza el grado de agudeza que se observaba al comienzo de la enfermedad. No me asusté por ello; sabía un medio seguro de calmar esta gran efervescencia. La música había causado el mal, ella debía curarlo. En efecto, la calma reapareció desde las primeras notas de un aire impregnado de tristeza y de melancolía. El enfermo, cuyo semblante se había de repente ensombrecido, fue a ocupar de nuevo su sitio al pie de su lecho, y pronto se le vio derramar abundantes lágrimas; lo dejé bajo esta última impresión. Por la tarde, quejándose de estar muy fatigado, quiso acostarse más temprano que de costumbre; durante la noche no se le oyó decir palabra. Al día siguiente, el estado del enfermo no parecía haber sido sensiblemente modificado, las ideas extravagantes eran las mismas; la incoherencia de las ideas, la excitación general, la irritabilidad, eran incluso un poco más pronunciadas.

El 9 del mismo mes, administré de nuevo el hachís a la misma dosis que la primera vez.

Como la primera vez también, excitación general, risas inextinguibles, charla inagotable, etc., seguidos de fatiga, de una sensación de quebrantamiento en todo el cuerpo, y, en definitiva, de un sueño prolongado y profundo.

No fue sino hacia fines de agosto cuando F... pareció entrar francamente en convalecencia. Sus ideas extravagantes no lo habían abandonado completamente, pero ya casi no hablaba de ellas, incluso las negaba delante de nosotros. Volvió a Sainte-Anne, donde se puso con ardor a los trabajos que se le exigieron. Lo volví a ver cinco o seis días después; desde entonces F... podía ser considerado como curado.

Estaba a punto de dejar el hospicio, cuando fue atacado de una oftalmía intensa del lado derecho que retrasó su salida.

Q... (Adolphe). De treinta y cinco años de edad, nacido en París, que se dice sastre, batidor de oro, etc.

Desde hace unos diez años, la existencia de Q* ha estado sometida a extrañas vicisitudes y propias para excitar la compasión. Las prisiones y las casas de locos se la han disputado por turno. Q* está sujeto a accesos de manía intermitente. Los accesos no estallan de manera brusca e instantánea, alcanzando en pocas horas o días su summum de intensidad. Es primero, por una excitación extremadamente ligera, apenas sensible para quienes mejor conocen al enfermo, por una notable inestabilidad de ideas y de proyectos, una necesidad invencible de cambiar de lugar, de pasar de una ocupación a otra, como la afección comienza. Poco a poco, se ve a Q*, de dulce, de pacífico, de sobrio y ordenado que era, volverse arrebatado, irritable, pendenciero, huésped asiduo de los lugares de prostitución y de las tabernas. En esta situación de ánimo, en que apenas se pertenecía a sí mismo, Q* debía ceder fácilmente, o mejor, irresistiblemente a todas las influencias; toda voluntad un poco fuerte debía poder sustituirse a la suya.

Así, por dos veces, a pesar de la educación que había recibido, a pesar de las honorables tradiciones de su familia, a pesar de sus propios antecedentes, que eran irreprochables, Q*, cediendo a los consejos de algunos miserables que su mala estrella le había hecho encontrar, se dejó arrastrar a cometer varios robos.

En 1833, es condenado a siete años de reclusión y encerrado en Poissy. Desde el primer mes, experimenta un acceso de delirio maníaco poco intenso del que sana rápidamente. Desde entonces, lleva en la prisión una conducta ejemplar. Al expirar su pena, nuevo acceso de locura mucho más violento que el primero, para el cual su madre obtiene su admisión en el hospicio de Bicêtre. Sale de él curado al cabo de cuatro o cinco meses. Apenas devuelto a la libertad, se apodera de un cabriolé que estacionaba en una plaza pública. Detenido casi al punto, es enviado a Gaillon por cinco años.

En este intervalo, es atacado dos veces de accesos de manía. Salido de prisión, Q* recayó en el estado de excitación del que he hablado más arriba. Estaba colocado bajo la vigilancia de la policía; fue enviado a Ste-Pélagie por haber quebrantado su destierro. De esta prisión es de donde se le trae por segunda vez a Bicêtre.

Predisposiciones hereditarias (su padre había sido maníaco a consecuencia de congestiones cerebrales), convulsiones epileptiformes en su infancia, más tarde hábitos de masturbación llevados al exceso, tales son las principales causas que parecen haber falseado, de manera tan deplorable, la organización del enfermo que es objeto de esta observación.

A su entrada en el hospicio, Q* ofrece todos los síntomas de una agitación maníaca viva. Incoherencia de las ideas, gestos desordenados, cólera incesante, arrebatos contra la gente de servicio, etc. Al cabo de algunos días, la agitación cesa, pero el desorden de las ideas continúa. Q* no pronuncia quizá dos frases que tengan alguna relación entre sí. Es perfectamente inofensivo respecto de los otros enfermos; sin embargo, no se le puede dejar sin camisa de fuerza, dado que reduce a jirones todos sus vestidos. Julio de 1842, el estado del enfermo no ha hecho sino agravarse. El delirio parece haber perdido toda su agudeza primitiva; apenas queda una ligera excitación. Q* pasa días enteros sentado junto a su lecho o sobre un peldaño de la escalera. Se le oye mascullar una multitud de palabras incoherentes. Ríe como un estúpido cuando se le dirige alguna pregunta. A poco que se le pierda de vista, corre a recoger toda clase de inmundicias, comprendidos incluso excrementos, y se embadurna con ellos el rostro. La salud física es excelente y el enfermo engorda a ojos vistas. En una palabra, todo presagia y hace temer un estado crónico y, por tanto, la incurabilidad. El 17 de septiembre, Q* toma unos 15 gramos de extracto puro de hachís. Son las once, y el enfermo no ha comido desde las cuatro de la víspera. La acción del medicamento es pronta y enérgica. Como siempre, comienza por una risa loca que dura diez a doce minutos. Poco a poco el enfermo se anima y entra en una viva agitación. Por momentos, parece soñador

y como absorto en sí mismo. Si se le interpela, vuelve la cabeza bruscamente hacia su lado, como si se le hubiese impreso una fuerte sacudida, responde al principio con bastante acierto, y luego suelta con volubilidad, pero no a veces sin vacilación, y con un poco de tartamudeo, una multitud de palabras incoherentes. Pronto se le ve entregarse a una pantomima de las más activas y que no permite dudar de que no sea juguete de numerosas alucinaciones, de la vista y del oído en particular. Parece afectar ciertas posturas extrañas y que exigen un gran despliegue de fuerzas musculares. Tan pronto se queda completamente inmóvil, los ojos fijos hacia el techo, prestando atentamente el oído, y pareciendo indicar algo con el dedo. Tras una brusca carcajada, se pone a saltar, a retozar, a correr por la sala. El rostro está bastante animado; el pulso da 80 a 85 pulsaciones. Hacia las dos, la agitación empieza a calmarse;

Q* se sienta en su cama, visiblemente fatigado. Sus ideas parecen tomar una dirección nueva, pues, de tiempo en tiempo, interrumpe sus risas para derramar lágrimas.

Por la noche, el enfermo no parece haber reposado más de dos o tres horas. Hacia las tres de la mañana, la agitación ha vuelto a hacerse más viva. Ha sido preciso mantener al enfermo sobre su cama, para impedirle levantarse. Por lo demás, era poco ruidoso. — A la hora de la visita, encontramos a Q' en el patio, agitándose mucho y declamando con fuerza. Es

imposible fijar su atención y obtener que permanezca tranquilo un momento.

Misma situación hasta fines de noviembre, en que el enfermo vuelve insensiblemente a estar más calmado, menos turbulento, empieza a cuidar un poco más de sí mismo y a poner algún orden en sus discursos. Pocos días después, entraba francamente en convalecencia.

Su madre, temiendo, con razón, que al salir del hospicio su hijo no se encontrase de nuevo expuesto a los malos consejos de antiguas relaciones que no dejaría de encontrar en París, obtuvo que se quedara en Bicêtre en calidad de mozo de servicio. Q* mismo solicitó vivamente este favor, desconfiando de sí mismo y temiendo, como decía, volver a caer bajo el imperio de las malas inclinaciones que le habían ocasionado tantos pesares.

Desde hace cerca de once meses, vemos todos los días a nuestro antiguo enfermo. Su razón es tan lúcida como su conducta en el establecimiento es buena y, en todos los aspectos, irreprochable.

D... (Louis). De treinta y tres años de edad, nacido en Soissons, peluquero, residente en París.

Uno de sus primos (por parte de madre) está en Bicêtre desde hace varios años, por causa de enajenación mental. D... ha pasado cinco años en el servicio militar. Fue licenciado a consecuencia de un acceso de locura (manía con furor) de algunos días solamente de duración. Salud general ordinariamente buena; vida sobria, conducta regular; mucha alegría y jovialidad. Desde algún tiempo, se ha vuelto sujeto a violentos dolores de cabeza, a zumbidos de oídos. Su carácter cambia hasta el punto de que su mujer no lo reconoce ya y empieza a temer alguna desgracia. En fin, en diciembre de 1841, habiendo hecho una pequeña especulación bastante ventajosa, D... se vuelve de una alegría extravagante; su cabeza se exalta; sus esperanzas, sus pretensiones, su vanidad, no conocen ya límites. Se cree rico, o al menos seguro de llegar a serlo; compra objetos de lujo, perros de caza, fusiles, etc. Se cree un genio, un poeta de primer orden; se dice el peluquero-poeta. «No temas nada, repite a menudo a su mujer, se hablará de mí.» Embadurna sobre las paredes de su cuarto palabras, frases truncadas, incoherentes, que dice ser poesía capaz de hacer reventar de despecho, según su expresión, a Racine y a Corneille, si estuvieran todavía en este mundo.

D... es llevado a Bicêtre el 16 de febrero de 18[Q.

Su estado varía poco hasta fines de marzo.

Sin embargo, la excitación se había poco a poco calmado.

D... garabateaba todo el día, y lo que escribía, no menos que su charla continua, delataba todo el desorden de su espíritu. Los sirvientes estaban sin cesar amonestándolo para impedirle disfrazarse de la manera más extravagante, o bien forzarle a guardar sus vestidos. Los baños prolongados, las ventosas escarificadas en la nuca, los purgantes, etc., fueron empleados sin éxito.

El 5 de junio, hice tomar a D..., al mismo tiempo que a otro enfermo cuya observación he consignado más abajo, unos treinta gramos de dawamesc.

Los efectos no se manifestaron antes de una hora y cuarto. Alegría excesiva, risa inmoderada. D... parece estar evidentemente bajo la influencia de ilusiones y de alucinaciones cuya naturaleza nos es imposible conocer, no prestando el enfermo ninguna atención a lo que le decimos, completamente absorto por las ideas que le preocupan. Lo hago conducir a la sala de canto. Los sonidos de un órgano expresivo y de otros instrumentos ejercen sobre él una influencia inmensa. D... se agita, danza, patalea, o bien se detiene en seco, se acuesta, se pone de rodillas, las manos juntas y los ojos vueltos hacia el cielo, derrama lágrimas, gime, según que la música, que lo penetra, lo domina enteramente, se vuelve sucesivamente grave, alegre, religiosa o melancólica. Con la música, toda agitación cesa;

D... va tranquilamente a sentarse en un banco y parece querer adormecerse. Pero no hay allí más que apariencias de sueño, pues basta tocarlo con el dedo, hablarle bajo al oído, para que sacuda bruscamente la cabeza, llevando sus miradas de un lado a otro; sus ojos a medio abrir, la agitación de sus labios, sus gestos, el juego extremadamente

enérgico de su fisonomía, dicen bastante que su espíritu está lejos de estar inactivo como ocurre en un sueño profundo, sino que, sumido en una especie de sonambulismo, está enteramente entregado a la contemplación de objetos fantásticos.

Hacia la tarde, no quedaba ya rastro de los síntomas que acabamos de describir. D... ha cenado con el mismo apetito que de ordinario. Hasta el momento de acostarse, ha permanecido perfectamente calmado, sin charlar ya como antes, pero desvariando siempre, y sin querer dar cuenta de lo que había experimentado después de haber comido las confituras que le había dado. Afirmaba no recordar nada, salvo haber experimentado un gran contento y haber reído mucho. — La noche ha sido tranquila, casi enteramente exenta de sueño. — Al día siguiente, el estado del enfermo en general está bien evidentemente mejorado. Hay menos incoherencia en sus discursos; las noches son generalmente más tranquilas. El orgullo, la vanidad están todavía en el fondo de todo lo que dice; pero muestra más contención, menos seguridad, no se irrita ya cuando se le contradice. Algunos días después, es enviado a la granja Sainte-Anne, donde los trabajos manuales contribuyen prontamente a su restablecimiento.

D... L... de treinta y nueve años de edad, nacido en... (Inglaterra), doctor

en cirugía.


No poseemos más que vagos informes sobre los antecedentes del enfermo. Su padre y su madre viven todavía y gozan de buena salud. Él mismo nos ha contado que su juventud había sido muy disipada; que había abusado de los placeres venéreos, había contraído varias gonorreas, pero nunca había seguido un tratamiento mercurial. Hace cinco o seis años, penas de corazón le hacen perder la cabeza y le ocasionan una viva agitación maníaca por la cual pasa dos meses en Bedlam. Habiéndose calmado la agitación y habiendo sido reemplazada por una simple excitación, D. L..., a fuerza de súplicas, obtuvo su salida del hospital. Sin embargo, como no estaba más que imperfectamente curado y su conducta inspiraba las más vivas inquietudes, pronto se habló de devolverlo a Bedlam. D. L..., asustado, resolvió marcharse al continente; vino a París, sin siquiera pensar en asegurarse medios de existencia, al menos para los primeros meses de su estancia. Afortunadamente encontró hospitalidad en casa de un farmacéutico conocido suyo, que le hizo el más benévolo recibimiento, a pesar del estado de excitación demasiado evidente en que se encontraba.

D. L... se quejaba amargamente de su familia, de su madre en particular, que, «so pretexto de locura», le había hecho encerrar en un hospital. Poco tiempo después, la excitación se había acrecentado hasta el punto de que se hizo indispensable provocar su aislamiento.

Cuando D. L... fue llevado a Bicêtre (19 de enero de 1842), la excitación maníaca había dejado súbitamente el lugar a una melancolía profunda, o más bien a una taciturnidad de la que ninguna pregunta, ninguna solicitud podía hacerle salir. La fisonomía del enfermo, la manera en que se plantaba en cierto modo frente a nosotros, sus aires de altura y de desdén, indicaban suficientemente que estaba dominado no por penas o temores quiméricos, sino por prevenciones, desconfianza, instintos de cólera. Tras vanas exhortaciones, intenté vencer con la ducha su mutismo obstinado. Hubo que renunciar a ello. La dieta tuvo más éxito. Fingiendo considerarlo muy enfermo, había prohibido que se le diera otro alimento que un caldo por la mañana y por la noche y dos tazas de tisana. Al día siguiente, D. L... me interpela vivamente en el momento en que paso delante de su cama, preguntándome por qué le ponía a dieta; luego se queja de que le hayan encerrado en un hospicio como a un mendigo: «si estaba enfermo, como parece creerse, deberían haberle colocado en una casa de salud; era bastante rico para ello». — 23 de enero. Un estado de viva excitación se manifiesta súbitamente: ventosas escarificadas en la nuca; vejigatorio en la pierna, limonada emetizada; baños. — Febrero, mismo estado: excitación cada vez más viva; extrema volubilidad de palabras; poca o ninguna incoherencia en las ideas; movilidad extrema. Siempre activo, siempre afanado, el enfermo no cesa de ir y venir, entabla conversación con uno y con otro, etc. Pronto sobreviene una violenta exaltación maníaca: ideas incoherentes, gritos, vociferaciones, arrebatos; D... hace jirones sus vestidos; hay que sujetarle con una camisa de fuerza. Este estado dura hasta mediados de marzo; luego la excitación que habíamos constatado en la época de su llegada reaparece insensiblemente, pero con notables modificaciones. D. L... reconoce, entre los demás enfermos y los enfermeros, a diferentes personajes de su conocimiento. Testimonia a unos viva amistad, a otros aversión. Saluda con el título de majestad al enfermero jefe de su sala, pretendiendo que es Luis Felipe disfrazado.

Se muestra muy solícito con un joven enfermo que dice ser su hijo; en una palabra, no está rodeado más que de parientes, de amigos, de ilustres personajes, de espías, de agentes de policía, etc. D... parece estar todavía bajo la influencia de instintos eróticos que a menudo se traducen en palabras obscenas, en gestos obscenos.

5 de junio. — La situación del enfermo no ha cambiado en absoluto.

Prescripción de unos 30 gramos de dawamesc.

Inmediatamente después, una taza fuerte de café. — Los efectos ordinarios del hachís son lentos en manifestarse. Transcurren cerca de dos horas sin otra modificación del estado habitual del enfermo que un poco de ansiedad, de inquietud vaga y sin motivo. D... ha cesado de hablar tanto. Parece, sin embargo, que no le falta la gana; pero no sabe expresar lo que quiere decir; nunca termina sus frases, y lleva su pensamiento a mil asuntos a la vez. Vacila en la pronunciación de ciertas palabras, a causa de un ligero temblor de los labios, apenas sensible, pero fácil de notar.

Insensiblemente el enfermo se deja llevar a una especie de ensimismamiento y de semisueño, interrumpido sólo, de vez en cuando, por ruidosas carcajadas. D... considera, a veces, con una especie de estupefacción que se refleja enérgicamente en su fisonomía, sus manos, sus pies que agita vivamente sacudiéndolos como si quisiera desprender de ellos algo que le da miedo. Le hago conducir a una sala donde se hacía música; parece no prestarle ninguna atención, y continúa, aún, durante cerca de una hora, su silenciosa pantomima. — La noche siguiente transcurre en una calma profunda. Contra su costumbre, el enfermo no dice palabra, hasta las cinco de la mañana en que reaparece su excitación primera.

16 de julio. — Hasta aquí, ninguna mejoría bien sensible. El enfermo parece incluso contraer hábitos de suciedad. Se vuelve despreocupado y apático. — 2 de julio. Nueva prescripción de dawamesc (30 gramos). Dos tazas de café, una antes, otra después. — Esta vez, la acción del medicamento es más franca y más enérgica, más duradera también; hubo incluso, durante cinco o seis horas, una verdadera agitación maníaca que recordaba, bajo casi todas sus formas, la agitación primitiva. Noche calma, sueño profundo. — Desde el 3 de julio, hacia las 7 y media, la excitación disminuye sensiblemente, el enfermo se cuida más y marcha evidentemente hacia la curación. El 14 de septiembre siguiente, abandonaba el hospicio en perfecta salud.

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