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Dominio público · Español

Disertación médica inaugural sobre la virtud medicinal del cannabis

Michael Jacob Seidenschnur · 1803

Edición de Biblioteca Pevgrow. Licencia CC BY 4.0. Fuente: Internet Archive.

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Disertación médica inaugural sobre la virtud medicinal del cannabis

Michael Jacob Seidenschnur

Internet Archive, 1803.

Traducción al español. Obra en dominio público o de acceso abierto. Edición Pevgrow, 2026.


CANNABIS VI MEDICE

Domeyer anunció recientemente en el diario que los señores Hufeland, Schreger y Harles publican, cierto remedio mauritano, con el nombre de haschisch, como nuevo y antes inaudito, así como también eficacísimo, pareciendo arrebatarle la palma al opio. Cuanto aquel médico londinense prescribió acerca de la eficacia de este remedio, parecía admirable y esclarecedor a cualquier lector; pues se decía que engendraba alegría e insomnios placenteros y un sueño tranquilísimo, y que recreaba el cuerpo sin daño alguno, y que fortificaba el estómago con el hambre aumentada, y que ni atacaba la cabeza ni provocaba náuseas ni estriñía el vientre. Una dracma, en cambio, de hojas secas de la planta reducidas a polvo por los moros, y las hojas mismas, la sustituí por hojas de nicociana. Me admiró que este polvo fuera enviado por el clarísimo Banks desde África, pero que fuera tenido por varios como hojas de cannabis sativa reducidas a polvo, aunque los moros niegan que sea la misma planta de la que se hacen las cuerdas.

Estas son las cosas que Domeyer narra sobre aquel nuevo remedio.

En seguida, sin embargo, a cualquiera que haya leído el celebérrimo libro de Russell, le vendrá a la mente que tan lejos está de ser nuevo este remedio, que más bien fue empleado desde toda la antigüedad por todo el Oriente con el nombre de haschisch, ya para promover la alegría y los sueños suaves, ya para provocar un sueño plácido.

Pues Russell refiere que con el nombre árabe haschisch, y con el índico er binufch, se comprende el polvo de las hojas de la cannabis femenina, envuelto en papel húmedo, sumergido en cenizas calientes, hasta que de ahí se forme una pasta, que cortada en bocados secan los pueblos orientales. Unos pocos granos de este polvo, mezclados con dulces, máxime con higos, embriagan y entorpecen; media dracma, en cambio, fumada con hojas de nicociana, de modo semejante embriaga y produce delirios.

Confirma esto el celebérrimo viajero del siglo decimosexto, Próspero Alpino. «El assís (haschisch) no es otra cosa que polvo preparado de hojas de cannabis, el cual, mezclado con agua dulce, reducen a una masa, de la cual devoran cinco bocados del tamaño de una castaña, o más, por los cuales, tras una hora, los hombres que los tomaron, como si se hubieran embriagado, manifiestan sus locuras, y permaneciendo largo tiempo en éxtasis, se deleitan con sus visiones deseadas, y esta clase de medicamento la frecuenta la plebe porque allí se vende a precio más vil». Por esta admirable facultad suya, esta hierba entre ellos, como se ha dicho, obtuvo el nombre de assís, que por excelencia significa hierba. Cosas semejantes narran Hasselquist y Niebuhr.

Con mayor amplitud y elocuencia ilustró esta sustancia, tan celebrada en Oriente, Engelberto Kämpfer, que a finales del siglo decimoséptimo recorrió Persia. Tiene la cannabis que proporciona aquel remedio embriagante, semejante en todo a la nuestra como un huevo a otro huevo, ni debe considerarse como especie una variedad levísima, que los indios llaman banguie. Que su virtud, en cambio, no la adquiere en cualquier suelo y bajo cualquier cielo, pues solamente en el campo de la ciudad de Ispahán y en la Luristana y entre los caserunas cría su eficacia genuina. «La semilla —dice— obtiene una virtud más débil; se cuece en los alimentos y entra en las emulsiones que han de disponerse para inducir la crápula de la alegría. Otros condimentan la semilla con azúcar o sal, para comerla a fin de inducir también a los cónyuges a los goces. Las gachas, mientras en Cracovia fui auditor, hechas de harina de semilla de cannabis, las comimos a menudo en los ayunos, de las cuales, en verdad, no recuerdo haber quedado crapuloso ni entregado a los goces». También del polen de las flores, cribado por un lienzo, se prepara la sustancia más aprobada de aquellos pueblos, cuando se reduce a trociscos; hay casi tres especies de ella; la primera y más excelente, cuyos trociscos rotos brillan con chispas, recomendada para uso interno; la segunda más vil, mezclada con estiércol humano, se une al tabaco; la tercera destinada a un uso más vil. Además describe el modo de preparar el haschisch, que aprendió de los derviches de Persia: echaban agua sobre las hojas de cannabis y las agitaban asiduamente, luego, exprimidas ligeramente las hojas, arrojaban el agua; echada agua nueva, la agitaban varias veces con el polvo y de nuevo la arrojaban. El polvo, lavado dos veces y exprimido, lo sometían a un mortero obeso de madera, y en un vaso de barro no vidriado lo molían muy acremente, hasta que quedara reducido a una papilla. A esta le echaban poco a poco agua nueva, la hacían girar continuamente, y finalmente la pasaban por un lienzo, pasando toda la sustancia excepto los residuos; el licor así colado se volvía verdoso. Del licor, el que lo había preparado, medía para cada uno de los compañeros un vaso capaz de media libra, que debía vaciarse abundantemente, girando de vez en cuando el vaso para que la harina no se asentara. Empapados con este licor, como con vino puro, y dispuestos a la alegría, se ponían de nuevo en camino. Hay quienes mezclan el polvo con jarabe, para formar tortas y bocados, que han de tragarse para el mismo uso. De las hojas de cannabis, como de la especie más potente de embriagantes, los hombres ebrios en Persia y la India son llamados vulgarmente bengi.

Por toda Persia, testifica el viajero Chardin, está a punto en las tabernas el licor hecho con hojas infundidas en agua, con el que los viajeros se recrean admirablemente. En la India, narra Rumphius, los hombres por el uso excesivo de cannabis se vuelven furiosos, pugnaces; a veces lloran continuamente, a veces ríen sin cesar. Incluso en la misma África austral refieren Sparrman y Thunberg que se cultiva una cantidad insigne de cannabis, cuyas hojas usan los hotentotes y los cafres para embriagarse.

De la India a la Tartaria oriental parece haber emigrado el uso de la cannabis. Refiere, en efecto, Falk que los bucaros impregnan de agua los manojos de flores de cannabis, y también preparan bocados de alegría con estos manojos, cuando los hacen sudar entre hojas de col en cenizas calientes y, teñidos con crema de leche y asados, los reducen a bocados.

Que en Malabar se hacen varios condimentos con hojas de cannabis con almizcle, ámbar, alcanfor, areca y clavos, refieren García de Orta y Cristóbal de Acosta.

Que la semilla misma de cannabis es considerada por los persas como afrodisíaco, del cual, sin embargo, se produce la esterilidad, narra Olearius.

Expuestas estas cosas, queda claro cuánto ha sido celebrado el haschisch por todo el Oriente. Permítasenos, en cambio, extendernos por las antigüedades, para que resplandezca con claridad cuánto repugna a la verdad la novedad de este remedio. Casi el primero que pregona las virtudes medicinales de la cannabis es Plinio. Este afirma que con la semilla de cannabis se extingue la generación de los varones, que el jugo de ella mata los gusanillos de los oídos y cualquier animal que haya entrado, pero con dolor de cabeza. Que tan grande es su fuerza, que se dice que echado en agua la coagula. Que la raíz cocida en agua resuelve las articulaciones contraídas, igualmente las podagras y acometidas semejantes. Que quemada cruda se aplica a las quemaduras, pero que más a menudo se cambia antes de que se seque. Dioscórides confirma lo que Plinio narra sobre la esterilidad producida por la semilla. Distingue, en cambio, la cannabis silvestre de la sativa; aquella resuelve, cuando se unta en cataplasma, los edemas y las flegmasías y los callos. Galeno tiene casi las mismas cosas sobre la disminución de la semilla viril y su uso contra las otalgias. En otro lugar, en cambio, refiere que mezclada con arquyvipata (manjares), la cannabis produce eutimia y anapafsis y catalepsis y cardiomalacia y somnolencia. Repiten casi estas cosas Aecio y Pablo de Egina.

Las repiten también los árabes, pero distinguen diligentemente kannab, la planta misma, de schehedanedfch, las semillas, y de haschisch, o sea el jugo narcótico. Así Serapión, bajo el nombre de schehedanedfch, copia de los griegos las virtudes de la cannabis; así Mesué bajo el nombre de kannab; Avicena igualmente. En otro lugar, en cambio, hablando del haschisch, afirma que es remedio más fuerte que el mismo euforbio, que mata la dosis superior a una dracma, que abrasa el estómago y provoca vómito.

Pesadas todas estas cosas en la balanza de la razón, queda claro: a. Que aquel remedio, el haschisch, no es nuevo, sino que fue preconizado desde los tiempos de los médicos árabes.

b. Que es verdaderamente la cannabis sativa de la que, de varios modos, preparan los pueblos orientales los fármacos embriagantes y exhilarantes. Pues ningún carácter específico se ofreció, ni siquiera a los botánicos más sagaces, entre la cannabis oriental y la nuestra.

c. Que la cannabis nuestra goza de virtud narcótica en varias de sus partes, lo cual se esclarece por el hecho de que Lindestolpe afirma que por la permanencia más prolongada o por el sueño tomado en los campos en que se siembra la cannabis, la vista se debilita, e incluso sobrevienen vértigo y embriaguez.

d. Que, sin embargo, se elige en Oriente una variedad singular para confeccionar los manjares de los mahometanos, que se llaman haschisch, ya que el mismo Kämpfer sostiene que no en cualquier suelo producen las mismas virtudes, sino que es más excelente que las demás la que crece cerca de Ispahán. Esta misma eficacia por el solo cultivo también la hemos observado muchas veces en nuestras plantas hortenses. La col nabina, única especie, muestra por la variedad del suelo infinitas vicisitudes, a lo cual pertenecen sobre todo las nabas de la Marca, que degeneran en cualquier otro suelo fuera de la Marca.

Sabemos también que la adormidera, única especie, produce en Oriente el opio, distinto del jugo de las cabezas de nuestra adormidera. El ruibarbo ondulado y el palmeado producen en Germania raíces de ningún modo dotadas de aquellas virtudes que observamos en el ruibarbo tártaro y mongólico.

e. Son contrarias entre sí las cosas que los antiguos y los modernos proponen sobre la dosis del haschisch. Pues Avicena dice que mata al que tomó más de una dracma; Domeyer y antes que él Próspero Alpino afirmaron que se administra una dracma en cada ocasión. Opino que estas relaciones opuestas entre sí pueden conciliarse así, si tenemos en cuenta la razón de los varios modos de prepararlo. Pues Kämpfer y Próspero Alpino y Russell refieren que ora con opio, ora con aromas, ora con azúcar solo o con otros condimentos se mezcla, por los cuales la virtud y eficacia de este remedio debe mudar admirablemente.

Por lo demás, deben añadirse algunas cosas sobre la virtud medicinal que se dice que las semillas de cannabis ejercen contra la ictericia. Desde hace varios siglos fue celebrado por Bélgica un euporisto preparado con semillas de cannabis, que trituradas con agua proporcionan una emulsión. El modo por el que las semillas de cannabis pueden a veces obrar útilmente en esta enfermedad podemos conjeturarlo a partir de la observación de Sylvius, quien narra que vio a muchos ictéricos curados por la plebe con semillas de cannabis cocidas en leche en fomentos. Se cuece para este fin un manojo de semillas de cannabis en una medida de leche de vaca, hasta que las semillas se hayan reventado; el decocto colado se toma dos o tres veces al día hasta cinco o seis onzas. Por el efecto más rápido queda claro que estas semillas obraron con su virtud narcótica contra el espasmo, causa verosímil de esta ictericia. Así también Herlitz refiere que en la ictericia epidémica de Gotinga ayudaron muy prontamente las semillas de cannabis cocidas de este modo.

Finalmente, para uso externo se recomienda el óleo suave de las semillas de cannabis, ciertamente dotado de las mismas virtudes que el óleo de adormidera. De ahí se inyecta en la uretra cuando se padece blenorragia; suelen también en esta enfermedad recomendar la infusión de semillas de cannabis a la manera del té, para que se mitiguen el ardor y los dolores, en lo cual coinciden Tod y Murray.

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