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Dominio público · Español

Las tierras del sarraceno

Bayard Taylor · 1855

Edición de Biblioteca Pevgrow. Licencia CC BY 4.0. Fuente: Project Gutenberg.

Para máquinas: markdown · datos e índice

Las tierras del sarraceno

Bayard Taylor

Internet Archive, 1855.

Traducción al español. Obra en dominio público o de acceso abierto. Edición Pevgrow, 2026.


LAS MANOS DEL SARACENO

POR

EL AUTOR DE «VIDA Y PAISAJES DE EGIPTO», ETC.

SAMPSON LOW, SON, & CO., 47, LUDGATE HILL, Libreros y Editores ingleses y americanos.

Este libro —la crónica de mis viajes por tierras que en otro tiempo ocuparon los sarracenos— se dedica naturalmente a vos, que, más que ningún otro autor americano, habéis revivido las tradiciones, restaurado la historia e ilustrado el carácter de aquel pueblo valiente y heroico. Vuestro cordial estímulo me confirmó en mi designio de visitar el Oriente y familiarizarme con la vida oriental; y aunque ahora os traigo tan sólo imperfectos frutos, puedo al menos unirme a vos en la admiración de un campo tan rico en interés romántico, y abrigar la esperanza de que algún día logre yo recoger espigas donde vos habéis cosechado, si no fuera por la creencia de que los rápidos bocetos que he trazado no harán sino realzar, por el contraste, el encanto de vuestro acabado cuadro.

BAYARD TAYLOR.

PREFACIO

Este volumen comprende la segunda parte de una serie de viajes, de la cual el «Viaje a la América Central», ya publicado, es la primera. Salí de mi casa con la intención de pasar un invierno en África y regresar durante el verano siguiente; pero posteriormente ocurrieron circunstancias que prolongaron mis andanzas hasta cerca de dos años y medio, y me llevaron a visitar muchas regiones remotas e inexploradas del globo.

Describir este viaje en una sola obra abarcaría demasiados elementos incongruentes, por no hablar de su gran extensión; y como se divide naturalmente en tres partes, o episodios, de carácter muy distinto, he juzgado conveniente agrupar mis experiencias bajo tres encabezados separados, indicando tan sólo los vínculos que los unen. Esta obra comprende mis viajes por Palestina, Siria, Asia Menor, Sicilia y España, y será seguida de un tercer y último volumen, que contendrá mis aventuras en la India, China, las islas Loo-Choo y el Japón. Aunque muchas de las cartas contenidas en este volumen describen caminos trillados por los viajeros, siempre he dado mis propias impresiones individuales, y puedo reclamar para ellas el mérito de una entera sinceridad. El viaje de Alepo a Constantinopla, por el corazón de Asia Menor, ilustra regiones raramente recorridas por los turistas, y será sin duda nuevo para la mayoría de mis lectores. Mi propósito, a lo largo de toda la obra, ha sido dar cuadros fieles de la vida y los paisajes orientales, dejando la investigación anticuaria y la especulación a manos más hábiles.

El erudito, o el hombre de ciencia, podrá quejarse con razón de que he desaprovechado valiosas oportunidades de añadir algo al acervo del conocimiento humano; pero si unos pocos de los muchos miles que sólo pueden viajar junto a su hogar hallan en mis páginas el efecto de una serie de vistas cosmorámicas —si en ellas contemplan con más claro ojo interior las colinas de Palestina, los alminares dorados por el sol de Damasco, o los solitarios bosques de pinos de Frigia—, si sienten por turnos algo de la inspiración y de la indolencia del Oriente, habré logrado todo lo que me propuse, y más de lo que justamente puedo esperar.

Nueva York, octubre de 1854.

CAPÍTULO I

Viaje de Alejandría a Beyrout — Desembarco en la cuarentena — El guardián — Nuestros aposentos — Nuestros compañeros — Hambre y festín — La mañana — El santo varón de Tombuctú — Domingo en la cuarentena — Islamismo — Se nos registra — Amor a través de una reja — Trompetas — El misterio explicado — Delicias de la cuarentena — Exageración oriental.

CAPÍTULO II

Exageración americana — Una discusión de política — Nuestro rescate — Beyrout — Preparativos para la peregrinación.

CAPÍTULO III

Comienza la peregrinación — Los arrieros — Las mulas — El asno — Viaje a Sidón — El pie del Líbano — Pinturas — Las ruinas de Tiro — Una mañana salvaje — Las olas tirias — Subiendo la escala de Tiro — Panorama de la bahía de Acre — La llanura de Esdraelón — Campamento en un jardín — Acre — La orilla de la bahía — Haifa — El monte Carmelo y su monasterio — Una costa desierta — Las ruinas de Cesarea — El paisaje de Palestina — Nos convertimos en ladrones — El Haram — Naufragios — El puerto y la ciudad de...

CAPÍTULO IV

El jardín de Jaffa — Desayuno en una fuente — La llanura de Sarón — La mezquita en ruinas de Ramleh — Un paisaje de Judea — Las calles de Ramleh — ¿Estoy en Palestina? — Una mañana celestial — La tierra de leche y miel — Entrando en la región montañosa — El desayuno del peregrino — El padre de la mentira — Una iglesia de los cruzados — La agricultura de las colinas — El valle de Elah — Ensueños — El desierto — La aproximación — Vemos la Ciudad Santa.

CAPÍTULO V

Regateo por un guardia — Partida de Jerusalén — El monte del Escándalo — Betania — La gruta de Lázaro — El valle de Fuego — Paisaje del desierto — Las colinas de Engaddi — La orilla del mar Muerto — Un baño bituminoso — Galope al Jordán — Vigilancia contra ladrones — El Jordán — Bautismo — Las llanuras de Jericó — La fuente de Eliseo — El monte de la Tentación — Regreso a Jerusalén.

CAPÍTULO VI

La Jerusalén moderna — El emplazamiento de la ciudad — El monte Sión — El monte Moriah — El Templo — El valle de Josafat — Los olivos de Getsemaní — El monte de los Olivos — Tradición musulmana — Panorama desde la cumbre — El interior de la ciudad — La población — Misiones y misioneros — El cristianismo en Jerusalén — Intolerancia — Los judíos de Jerusalén — El rostro de Cristo — La iglesia del Santo Sepulcro — El Santo de los Santos — Las localidades sagradas — Visiones de Cristo — La mezquita de Omar — El santo varón de Tombuctú — Preparativos para la partida.

CAPÍTULO VII

Salida de Jerusalén — Las tumbas de los Reyes — El Bireh — La región montañosa — Primera vista del monte Hermón — La tumba de José — Ebal y Gerizim — Los jardines de Nablous — Los samaritanos — El libro sagrado — Una escena en la sinagoga — Mentor y Telémaco — Cabalgata a Samaria — Las ruinas de Sebaste — Paisajes escriturarios — Alto en Genin — La llanura de Esdraelón — Palestina y California — Las colinas de Nazaret — Accidente — Fray Joaquín — La iglesia de la Virgen — El santuario de la Anunciación — Los lugares santos.

CAPÍTULO VIII

Partida de Nazaret — Un guía cristiano — Ascenso del monte Tabor — Ermitaño valaco — El panorama del Tabor — Cabalgata a Tiberíades — Un baño en Genesaret — Las flores de Galilea — El monte de las Bienaventuranzas — Magdala — El pozo de José — Encuentro con un turco — La fuente de las salinas — El alto valle del Jordán — Paisaje de verano — Los ríos del Líbano — Tell el-Kadi — Una región arcádica — Las fuentes de Banias.

CAPÍTULO IX

El guardia inofensivo — Cesarea de Filipo — El valle de los drusos — Las faldas del monte Hermón — Una alarma — Recorriendo un desfiladero — Vista lejana del Djebel Hauaran — Otra alarma — Campamento en Katana — Entramos a caballo en Damasco.

CAPÍTULO X

Damasco desde el Antilíbano — Entrando en la ciudad — Un diorama de bazares — Un hotel oriental — Nuestra cámara — Los bazares — Pipas y café — Los ríos de Damasco — Palacios de los judíos — Damas judías — Un caballero cristiano — Las localidades sagradas — Las hojas de Damasco — La espada de Haroun Al-Raschid — Una llegada de Palmira.

LAS VISIONES DEL HACHÍS

UNA DISERTACIÓN SOBRE EL BAÑO Y LOS CUERPOS

CAPÍTULO XI

Partida de Damasco — Las fuentes del Pharpar — Paso del Antilíbano — Aventura con los drusos — La cordillera del Líbano — El demonio del hachís se marcha — Impresiones de Baalbec — El templo del Sol — Albañilería titánica — La mezquita en ruinas — Campamento en el Líbano — Canallada del guía — La cumbre del Líbano — Los cedros sagrados — Los cristianos del Líbano — Una tarde en el Edén — Viaje áspero — Llegamos a la costa — Regreso a Beyrout.

CAPÍTULO XII

PIPAS Y CAFÉ

Cambio de planes — Rutas a Bagdad — Asia Menor — Zarpamos de Beyrout — Navegación en el litoral sirio — Tartus y Latakiyeh — Las costas de Siria — La bahía de Suediah — La desembocadura del Orontes — Desembarco — El jardín de Siria — Cabalgata a Antioquía — La ciudad moderna — Las llanuras del Orontes — Restos del imperio griego — El camino antiguo — La llanura de Koftin — Aproximación a Alepo.

CAPÍTULO XIII

Nuestra entrada en Alepo — Se nos conduce a una casa — Nuestra inesperada bienvenida — El misterio explicado — Alepo — Su nombre — Su situación — El comercio de Alepo — Los cristianos — La revuelta de 1850 — Aspecto actual de la ciudad — Visita a Osman Pasha — La ciudadela — Vista desde las almenas — La sociedad de Alepo — Etiqueta e indumentaria — Festejos de boda judíos — Una procesión nupcial cristiana — Cabalgata alrededor de la ciudad — Ruiseñores — El botón de Alepo — Un hospital para gatos — Ferhat.

CAPÍTULO XIV

Una partida poco auspiciosa — La iglesia en ruinas de San Simón — La llanura de Antioquía — Un campamento turcomano — Ascenso del Akma Dagh — Las Puertas Sirias — Scanderoon — Un capitán americano — Revuelta de los kurdos — Tomamos un guardia — El campo de Issus — El jefe bandolero Kutchuk Ali — Una ciudad desierta — Una tierra de jardines.

CAPÍTULO XV

La Puerta Negra — La llanura de Cilicia — Un pueblo kurdo — Missis — Paisaje ciliciano — Llegada a Adana — Tres días en cuarentena — Recibimos plática — Un paisaje — La llanura de Tarso — El río Cidno — Una visión de Cleopatra — Tarso y sus alrededores — El Dunikiash — La luna de Ramazán.

CAPÍTULO XVI

Entramos en el Tauro — Turcomanos — Paisaje forestal — El palacio de Pan — Khan Mezarluk — Mañana entre las montañas — La garganta del Cidno — El peñasco de la fortaleza — La Puerta Ciliciana — Fuertes desiertos — Un paisaje sublime — La garganta del Sihoon — La segunda puerta — Campamento en el desfiladero — Amanecer — Jornada río arriba por el Sihoon — Un cambio de paisaje — Un valle pastoral — Kolti Kushla — Un khan desierto — Un huésped en Ramazán — Flores — La llanura de Karamania — Colinas áridas — El pueblo de Eregli — El Hadjiagain.

CAPÍTULO XVII

Las llanuras de Karamania — Calor de la tarde — Un pozo — Fenómenos volcánicos — Karamania — Un gran khan en ruinas — Estampa a la luz de la luna — Un paisaje de las llanuras — Espejismos — Una breve entrevista — El pueblo de Ismil — Tercer día en las llanuras — Aproximación a Konia.

CAPÍTULO XVIII

Aproximación a Konia — Tumba de Hazret Meviana — Alojamiento en un khan — Un lujo americano — Una escena nocturna en Ramazán — Oraciones en la mezquita — Restos de la ciudad antigua — Vista desde la mezquita — El interior — Un alminar inclinado — La divertida historia de los arrieros.

CAPÍTULO XIX

Paisaje de las colinas — Ladik, la antigua Laodicea — La plaga de los tábanos — Campamento en Iigiin — Un baño caliente natural — Los tábanos de nuevo — Un paisaje de verano — Ak-Sheher — La base del Sultan Dagh — La fuente de Midas — Una jornada soñolienta — El pueblo de Bolawadiin.

CAPÍTULO XX

La frontera de Frigia — Canteras y tumbas antiguas — Entramos en los bosques de pinos — Una casa de guardia — Campamentos de los turcomanos — Paisaje pastoral — Una aldea de verano — El valle de las Tumbas — Sepulcros rupestres de los reyes frigios — El campamento del Titán — El valle de Kiimbeh — Una tierra de flores — Hospitalidad turcomana — Los efendis desterrados — El viejo turcomano — Un vislumbre de Arcadia — Un paisaje — Amistad interesada — El valle del Pursek — Llegada a Kiutahya.

CAPÍTULO XXI

KIUTAHYA Y LAS RUINAS DE GZANI

Entrada en Kiutahya — El nuevo khan — Un descubrimiento desagradable — Kiutahya — La ciudadela — Panorama desde las murallas — La garganta de las montañas — Campamento en un prado — El valle del Rhyndacus — Chavdtir — Las ruinas de Gzani — La acrópolis y el templo — El teatro y el estadio — Cabalgata valle abajo — Campamento en Daghj-Koi.

CAPÍTULO XXII

Jornada valle abajo — La plaga de langostas — Un desfiladero — El pueblo de Taushanlii — El campamento del hambre — Dejamos el Rhyndacus — La base del Olimpo — Bosques primigenios — La casa de guardia — Paisaje de la cumbre — Bosques de hayas — Aserraderos — Descenso de la montaña — La vista del Olimpo — Mañana — La tierra de la cosecha — Aineghisi — Una cabalgata lluviosa — La llanura de Brousa — La estructura del Olimpo — Llegamos a Brousa — Se recogen las tiendas.

CAPÍTULO XXIII

La ciudad de Brousa — Regreso a la civilización — Tormenta — El Kalputcha Hammam — Un baño caliente — Un anticipo del paraíso — Las calles y bazares de Brousa — La mezquita — Las tumbas de los sultanes otomanos — Desaparición de los katurgees — Partimos hacia Moudania — El mar de Mármara — Moudania — Dificultades con el pasaporte — Un desayuno griego de calque con los pescadores — Una travesía tórrida — Las islas de los Príncipes — Prinkipo — Vista lejana de Constantinopla — Entramos en el Cuerno de Oro.

CAPÍTULO XXIV

Constantinopla en Ramazán — El origen del ayuno — Iluminaciones nocturnas — La noche del Destino — El Cuerno de Oro de noche — Iluminación de las orillas — El cañón de Constantinopla — Un panorama de fuego — El calque del Sultán — Fin de la celebración — Una turba turca — Los derviches danzantes.

CAPÍTULO XXV

La aparición de la luna nueva — La fiesta del Bairam — El interior del Serrallo — La pompa de la corte del Sultán — Reschid Pasha — El enano del Sultán — Sementales árabes — La guardia imperial — Aspecto del Sultán — El patio interior — Regreso de la procesión — El Sultán en su trono — El homenaje de los pashas — Un cuadro oriental — Besar la bufanda — El Shekh el-Islam — El descendiente de los califas — Comienza el Bairam.

CAPÍTULO XXVI

Estancia en Constantinopla — Carácter semieuropeo de la ciudad — La mezquita — Obtención de un firman — El Serrallo — La biblioteca — La antigua sala del trono — Admisión a Santa Sofía — Magnificencia del interior — La cúpula maravillosa — La mezquita del Sultán Achmed — La Sulemanye — Grandes conflagraciones — Significado político de los incendios — Progreso turco — Decadencia del poder otomano.

CAPÍTULO XXVII

ADIÓS AL ORIENTE — MALTA

Embarque — Adiós al Oriente — Salida de Constantinopla — Un naufragio — Los Dardanelos — Paisaje homérico — Esmirna revisitada — Las islas griegas — Viaje a Malta — Detención — La Valetta — Los malteses — El clima — Un barco para Sicilia.

CAPÍTULO XXVIII

Partida de Malta — La speronara — Nuestros compañeros de pasaje — La primera noche a bordo — Sicilia — Escasez de provisiones — Batallando en el canal de Calabria — La cuarta mañana — El golfo de Catania — Un paisaje siciliano — El fondeadero — La lista de sospechosos — Las calles de Catania — Biografía de Santa Ágata — Las iluminaciones — La procesión del Velo — El palacio Biscari — Las antigüedades de Catania — El convento de San Nicolás.

CAPÍTULO XXIX

La montaña amenaza — Las señales aumentan — Dejamos Catania — Jardines entre la lava — El Etna trabaja — Aci Reale — Los gemidos del Etna — La erupción — Gigantesco árbol de humo — Formación del nuevo cráter — Perdemos de vista la montaña — Llegada a Mesina — El Etna queda oculto — Partida.

CAPÍTULO XXX

Eslabones no escritos del viaje — Partida de Southampton — El golfo de Vizcaya — Cintra — Trafalgar — Gibraltar a medianoche — Desembarco — Búsqueda de una palmera — Una mañana brillante — La convexidad de la tierra — Culto al sol — La Roca.

Viaje a Cádiz—Desembarco—La ciudad—Sus calles—Las mujeres de Cádiz—Embarque para Sevilla—Paisaje del Guadalquivir—Registro en la Aduana—El guía—Las calles de Sevilla—La Giralda—La catedral de Sevilla—El Alcázar—Arquitectura morisca—La casa de Pilatos—Vista matinal desde la Giralda—Vino viejo—Murillos—Mi última noche en Sevilla

Líneas de diligencias españolas—Salida de Sevilla—Un comienzo desafortunado—Alcalá de los Panaderos—Comida en Carmona—Una dehesa—El mayoral y su tiro—Écija—Viaje nocturno—Córdoba—La mezquita-catedral—Arquitectura morisca—Sierra Morena—Un viaje lluvioso—Un capítulo de accidentes—Bailén—La fascinación de España—Jaén—La vega de Granada

Mateo Ximénez, el Joven—La catedral de Granada—Un milagro monacal—Santuarios católicos—Querubines militares—La Capilla Real—Las tumbas de Fernando e Isabel—Capilla de San Juan de Dios—El Albaicín—Vista de la vega—El Generalife—La Alhambra—Torre de la Vela—Las murallas y torres—Visita al viejo Mateo—El Patio del Estanque—Las salas de la Alhambra—Carácter de la arquitectura—Sala de los Abencerrajes—Sala de las Dos Hermanas—La dinastía morisca en España

Cambio de tiempo—Napoleón y sus caballos—Salida de Granada—Mi guía, José García—Sus penas domésticas—La tragedia del paraguas—El voto contra el aguardiente—Travesía de la vega—La Sierra Nevada—Los baños de Alhama—¡Ay de mí, Alhama!—El valle del río Vélez—Vélez Málaga—El camino de la costa—El pescador y su burro—Málaga—Paisaje estival—La historia de don Pedro, sin miedo y sin cuidado—El campo de Monda—Una venta solitaria

Valles de naranjos—Ascenso a las montañas—La hospitalidad de José—El Burgo—La Puerta del Viento—El desfiladero y las cascadas de Ronda—La región montañosa—Huellas de los moros—Guaridas de ladrones—Una cabalgata tormentosa—La posada de Gaucín—Malas noticias—Un auxiliar infantil—Descenso de las montañas—El vado del Guadiaro—Nuestros temores disipados—Los alcornoques—Cabalgata de San Roque a Gibraltar—Despedida de José—Viajar por España—Conclusión

Viaje de Alejandría a Beirut—Desembarco en la cuarentena—El guardiano—Nuestras habitaciones—Nuestros compañeros—Hambre y festín—La mañana—El hombre santo de Tombuctú—Domingo en la cuarentena—Islamismo—Quedamos registrados—Amor a través de una reja—Trompetas—El misterio aclarado—Delicias de la cuarentena—Oriental versus

Exageración americana—Una discusión política—Nuestra liberación—Beirut—Preparativos para la peregrinación.

«Las montañas miran a la cuarentena, y la cuarentena mira al mar.»

EN CUARENTENA, BEIRUT, sábado 17 de abril de 18—.

Todo el mundo ha oído hablar de la cuarentena, pero en nuestro favorecido país hay muchas personas que no han viajado y que no saben con precisión qué es, y que sin duda se preguntan por qué ha de ser semejante espantajo para los viajeros de Oriente. Confieso que yo mismo me hallo todavía algo en el mismo aprieto, aunque llevo ya veinticuatro horas en cuarentena.

Pero, como una peculiaridad del lugar es que uno no puede hacer nada, por mucha voluntad que tenga, me propongo consignar mis experiencias cada día, con la esperanza de que yo y mis lectores obtengamos alguna idea de la naturaleza de la cuarentena antes de que termine el plazo de mi prueba.

Salí de Alejandría en la tarde del 14 del corriente, en compañía del señor Carter Harrison, compatriota mío, que se me había reunido en El Cairo para el viaje por Palestina. Tuvimos viento contrario y mar agitado, y permanecí en un estado de torpor durante la mayor parte de la travesía. Llovió la segunda noche; pero, cuando las nubes se disiparon ayer por la mañana, nos alegró la vista del Líbano, cuyas cumbres centelleaban con franjas de nieve. Las laderas inferiores de las montañas estaban verdes de campos y bosques, y Beirut, cuando nos acercamos a ella, parecía sepultada casi fuera de la vista entre el follaje de sus moreras. La ciudad está construida a lo largo del lado septentrional de una península que se proyecta unas dos millas desde la línea principal de la costa, formando una rada para las naves. A la media hora de nuestra llegada, varias lanchas grandes se arrimaron al costado, y se nos dijo que pusiéramos en orden nuestro equipaje y embarcáramos para la cuarentena. El tiempo necesario para purificar a un viajero que llega de Egipto de toda sospecha de peste es de cinco días, pero se cuentan los días de llegada y de salida, de modo que la cuarentena se reduce a tres días completos. El capitán del Osiris reunió a los pasajeros y les informó que cada uno debería pagar seis piastras por el transporte de su persona y su equipaje. Dos pesadas gabarras se hallan ahora arrimadas al pie de la escala, pero en cuanto la primera caja cae en ellas, los hombres saltan fuera.

Amarran las embarcaciones con cables a dos botes más pequeños, en los que se sientan, para remolcar las cargas infectadas. Se nos hace descender a todos juntos, judíos, turcos y cristianos—un montón confuso de hombres, mujeres, niños y mercancías. Un botecillo de la ciudad, en el que hay representantes de los dos hoteles, revolotea en torno nuestro, y se nos arrojan tarjetas. Los celosos agentes desean proveernos de inmediato de mesas, camas y todos los demás enseres domésticos; pero declinamos su ayuda hasta llegar al misterioso lugar. Por fin zarpamos—dos gabarras llenas de material infectado, aunque respetable, remolcadas por remeros de aspecto muy escrofuloso, pero libres de toda sospecha de contagio.

El mar sigue agitado, el sol es ardiente, y una judía gorda se marea. Un judío italiano increpa a los barqueros de delante, en el patois napolitano, pues la distancia es larga, hallándose la cuarentena del lado de tierra de Beirut. Vemos las hileras de casitas amarillas sobre el acantilado, y con gran riesgo aparente de ser barridos contra las rompientes, somos remolcados a una pequeña cala donde hay un desembarcadero. Nadie hay allí para recibirnos; los barqueros saltan al agua y empujan las gabarras contra las escaleras de piedra, mientras nosotros descargamos nuestro propio equipaje. Se coloca ante nosotros una taza de estaño llena de agua de mar, y cada uno de nosotros deja caer en ella seis piastras—pues el dinero, por extraño que parezca, es infeccioso. Para entonces, los guardianos han tenido aviso de nuestra llegada, y subimos con ellos a elegir nuestras habitaciones.

Hay varias hileras de casas de un solo piso que dan al mar, cada una con dos cuartos vacíos, que se obtienen por cien piastras; pero una vivienda cuadrada de dos pisos se alza aparte de ellas, y puede obtenerse entera por el triple de esa suma. Hay siete prisioneros francos, y la tomamos para nosotros.

Pero los cuartos están desnudos, la cocina vacía, y aprendemos el importante hecho de que la cuarentena es dura prisión, sin siquiera pan y agua. El guardiano dice que los agentes del hotel están en la puerta, y que podemos pedirles cuanto queramos. Ciertamente; pero a su precio, pues estamos enteramente a su merced. Sin embargo, bajamos las escaleras, y el oficial principal, que nos acompaña, se mete en un rincón a nuestro paso y sostiene un bastón delante de sí para mantenernos a distancia. Él está ahora limpio, pero si sus vestidos rozaran los nuestros, estaría perdido. Las personas que encontramos en los terrenos se apartan con gran respeto para dejarnos pasar, pero si les ofreciéramos nuestras manos, nadie se atrevería a tocar la punta de un dedo.

He aquí la puerta: una doble mampara de alambre, con un intervalo entre ambas, de modo que el contacto es imposible. Hay fuera una multitud de individuos, todos ansiosos de ejecutar encargos. Entre ellos está el agente del hotel, que propone llenar nuestros cuartos desnudos de muebles, enviarnos un criado y un cocinero, y cobrarnos lo mismo que si nos alojáramos con él. El trato se cierra al punto, y él se apresura a hacer los arreglos. Son ahora las cuatro, y el aire vigorizante del promontorio da un apetito terrible a aquellos de nosotros que, como yo, hemos estado mareados y en ayunas durante cuarenta y ocho horas. Pero no hay alimento dentro de la cuarentena, salvo un retazo de trigo verde y un pozo en la roca caliza. Nosotros dos americanos nos reunimos con nuestro compañero de cuarto, un alejandrino de padres italianos, que ha venido a Beirut para casarse, y recorremos nuestro territorio. Hay un sendero a lo largo de los acantilados que dominan el mar, con gloriosas vistas del Líbano, hasta su cima nevada, los pinares de su base, y el largo cabo sobre el que yace la ciudad a lo largo, reposando junto a las olas. Los mahometanos y los judíos, en compañías de diez (para ahorrar gastos), se alojan en las viviendas más pequeñas, donde ya han despertado millones de pulgas de su estado de torpe expectativa. Volvemos y echamos un vistazo a nuestros compañeros del pabellón:

una mujer francesa, con dos niños feos y malhumorados (uno de pecho), en el cuarto contiguo, y tres caballeros franceses en el otro—un comerciante, un joven de cabello de extraordinaria longitud, y un filateur, o fabricante de seda, de mediana edad y cínico. El primero es un caballero en todo el sentido de la palabra, el último soportable, pero el joven Absalón es mi aversión. Estoy sujeto a simpatías y antipatías involuntarias, de las que no puedo dar razón, y aunque el hombre sea en todo amable, su presencia me es muy desagradable.

Fumamos una pipa de consuelo, pero solo aguza nuestros apetitos. Renunciamos al paseo, pues el ejercicio es aún peor; y al fin se pone el sol, y todavía ninguna señal de cena. Nuestro pabellón se convierte en una Torre del Hambre, y el italiano recita a Dante. Finalmente aparece un rostro extraño en la puerta. ¡Por Apicio! es un criado del hotel, con camas de hierro, mesas de campaña y algunos cofres grandes, que exhalan un olor del Departamento de Intendencia. Bajamos furtivamente a la cocina y observamos el desembalaje. Nuestra cena está allí, en efecto, pero ¡ay! aún no está cocinada. La paciencia se acabó: mi compañero logra hurtar una cebolla cruda y un mendrugo de pan, que compartimos, y nos los pasamos bajo la lengua como un bocado dulce, y nos da fuerzas para otra hora. El dragomán griego y el cocinero, enviados a la cuarentena por nosotros, se compadecen de nosotros; se encienden los fuegos en los hornos fríos; sabrosos vapores se deslizan por las escaleras; aumentan los preparativos, y culminan por fin en el arrebatador anuncio:

«Señores, la cena está lista.» La sopa es dicha licuada; las cotelettes d'agneau son cotelettes de bonheur; y en cuanto a ese amplio plato de alondras sirias—¡que el Cielo nos perdone el pesar de que no se hayan acallado más canciones por nosotros! La comida es toda néctar y ambrosía, y ahora, saciados y contentos, nos hundimos en el sueño sobre cómodos lechos. Así termina el primer día de nuestro encierro.

Esta mañana amaneció clara y hermosa. El Líbano, salvo su cresta nevada, estaba envuelto en las sombras tempranas, pero el Mediterráneo brillaba como un escudo de zafiro, y Beirut, esculpida contra el fondo de sus moreras, estaba glorificada por encima de todas las demás ciudades. El césped en torno a nuestro pabellón ardía de esplendor con las margaritas amarillas y las amapolas carmesíes que lo salpicaban. Estaba satisfecho con lo que veía, y no sentía deseo alguno de abandonar hoy la cuarentena. Nuestro amigo italiano, sin embargo, está más impaciente. Su prometida vino temprano a verlo, y nos edificó la gran presteza con que se apresuró a la reja para renovar sus votos a dos varas de distancia de ella. Mientras tanto, bajé a las casas turcas para cultivar el conocimiento de un singular personaje que conocí a bordo del vapor. Es un negro de seis pies y cuatro pulgadas, vestido con una larga túnica escarlata. Se llama Mahommed Senoosee, y es un faquir, o hombre santo, de Tombuctú.

Lleva dos años ausente de su hogar, en peregrinación a La Meca y Medina, y ahora va camino de Jerusalén y Damasco. Ha viajado extensamente por todas las partes del África Central, desde Dar-Fur hasta Ashantee, y presume de estar en buenos términos con los sultanes de Houssa y Bornou. Ha estado incluso en el gran reino de Waday, que nunca ha sido explorado por europeos, y tan al sur como Iola, la capital de Adamowa. De la exactitud de sus narraciones —no tengo la menor duda, pues concuerdan geográficamente con todo lo que sabemos del interior de África. En respuesta a mi pregunta de si un europeo podría hacer con seguridad el mismo viaje,

replica que no habría dificultad alguna, siempre que lo acompañara un nativo, y se ofreció a llevarme incluso a Timbuctoo, si yo regresaba con él. Sentía mucha curiosidad por obtener información sobre América, y tomaba notas de todo lo que le decía, en el pintoresco carácter que usan los mughrebbins, o árabes de Occidente, que tiene considerable semejanza con el antiguo cúfico. Desea unirse a mí para el viaje a Jerusalén, y quizá lo acepte. Domingo, 18 de abril.

Como la cuarentena es una especie de limbo, fuera del ámbito de la sociedad civilizada, hoy no tenemos oficio religioso. Hemos hecho lo que hemos podido, sin embargo, enviando a uno de los dragomanes de fuera a comprar una Biblia; en lo cual tuvimos éxito. Nos trajo un ejemplar muy hermoso, impreso por la Sociedad Bíblica Americana en Nueva York. En vano intenté en El Cairo y Alejandría encontrar un misionero que supliera mi pagana carencia de las Sagradas Escrituras; pues había llegado a Oriente a través de Austria, donde están prohibidas, y viajar por Palestina sin ellas sería como navegar sin piloto ni brújula. Da una realidad impresionantísima a la «casa del bosque del Líbano» de Salomón el poder alzar la vista de la página a esos mismos bosques y esas grandiosas montañas, «excelentes con los cedros». Viendo al santo varón de Timbuctoo orar con el rostro vuelto hacia La Meca, bajé hacia él, y conversamos largo rato sobre asuntos religiosos. Está tolerablemente bien informado, habiendo leído los Libros de Moisés y los Salmos de David, pero, como todos los mahometanos, sus ideas de la religión consisten principalmente en formas, y su recompensa es un paraíso sensual. Los más inteligentes de los musulmanes dan una interpretación espiritual a la naturaleza del Cielo prometido por el Profeta, y he oído a varios confesar abiertamente su incredulidad en las setenta huríes y los palacios de perla y esmeralda.

El shekh Mahommed Senoosee apenas pronuncia una frase en la que no esté la palabra «Alá», y «La illah il' Allah» se repite al menos cada cinco minutos. Los de su clase consideran que hay un mérito peculiar en la repetición de los nombres y atributos de Dios. Rechazan por completo la doctrina de la Trinidad, que creen implica una especie de sociedad, o compañía de Dios (por usar sus propias palabras), y declaran que todos los que la aceptan están irremediablemente condenados. Negar el profetismo de Mahoma excitaría una violenta antagonismo, y me contento con hacerles reconocer que Dios es mayor que todos los Profetas o Apóstoles, y que no hay más que un Dios para todo el género humano. Todavía no he encontrado ese amargo espíritu de fanatismo que tan frecuentemente se les atribuye; sino, por el contrario, una tolerancia tan grande por lo menos como la que ellos encontrarían exhibida hacia ellos por la mayoría de las sectas cristianas.

Esta mañana se nos envió un papel, en el que se nos pedía escribir nuestros nombres, edades, profesiones y lugares de nacimiento. Conjeturamos que se nos sometía a la sospecha de contaminación política además de física, pero felizmente este no era el caso. Me registré como voyageur, los franceses como negocians, y cuando llegó el turno de la mujer, Absalom, que es partidario del progreso femenino, quiso darle la misma profesión que a su marido —la de maquinista. Pero ella declaró que su única profesión era la de «mujer casada», y así fue inscrita. Su malhumorado niño se regocijó con el título de «pleuricheur», o llorón, y el infante fue inscrito como «tibeuse», o mamón. Mientras esto ocurría, el guardián,

uno de nuestra habitación, entró muy misteriosamente, y hizo señas a mi compañero, diciendo que «Mademoiselle estaba en la puerta». Pero era el italiano el que era requerido, y de nuevo, desde la pequeña ventana de nuestro pabellón, observamos su apresurado avance por el césped. Apenas ella se hubo marchado, tomó su catalejo de bolsillo, recorriendo lentamente el circuito de la bahía mientras ella se acercaba más y más a Beyrout. Ha logrado distinguir, entre la masa de edificios, la parte superior de la casa en que ella vive, pero ¡ay! está un piso demasiado baja, y su paciente acecho solo se ha visto recompensado por la vista de algunos gatos paseándose por el tejado.

He logrado obtener algunos detalles más en relación con la cuarentena. La noche de nuestra llegada, cuando estábamos a punto de meternos en la cama, un súbito y horrible chorro de vapor de azufre subió por las escaleras, y todos nos echamos a toser como pacientes en un hospital pulmonar. El olor aumentó hasta que nos vimos obligados a abrir las ventanas y sentarnos junto a ellas para respirar con comodidad. Esta era la fumigación preparatoria, para eliminar las semillas más rancias de la peste, tras lo cual los síntomas más leves desaparecerán por sí solos en el aire puro del lugar. Varias veces al día nos aturden y abruman con los roncos rebuznos de tres trompetas discordantes, tan chirriantes y lastimeros como los últimos estertores de un asno moribundo. Al principio supuse que el objeto de esto era dar mayor agitación al aire, y separar y sacudir las exhalaciones nocivas que emitimos; pero desde que me informaron de que los soldados de fuera nos dispararían en caso de que intentáramos escapar, he concluido que el sonido está destinado a alarmarnos, y evitar que nos acerquemos demasiado a las murallas. Al preguntar a nuestro guardián si el trigo que crece dentro de los terrenos estaba sujeto a la cuarentena, me informó que no transmitía infección, y que tres gansos viejos, que salían más allá del guardia con impunidad, eran libres de ir y venir, pues nunca se había sabido que tuvieran la peste. Ayer por la tarde el médico asistente, un físico polaco, entró a inspeccionarnos, pero hizo un repaso muy apresurado, mirándonos desde lo alto de un alto caballo.

Lunes, 19 de abril.

¡Eureka! todo el asunto está explicado. Hablando hoy con el guardián, mencionó casualmente que había estado tres años en cuarentena, vigilando a viajeros infectados.

«¡Cómo!», dije yo, «¿habéis estado enfermo tres años?». «Oh, no», respondió; «nunca he estado enfermo en absoluto». «Pero ¿no hay gente enferma en la cuarentena?». «¡Stafferillah!», exclamó; «siempre están en mejor salud que la gente de fuera».

«¿Para qué sirve la cuarentena, entonces?», insistí. «¿Para qué sirve?», repitió, con una pausa de absoluto asombro ante mi ignorancia, «¡pues para sacar dinero a los viajeros!». ¡Guardián indiscreto! Mejor sería suponernos bajo sospecha de la peste, que tener tal explicación del misterio.

Sin embargo, a pesar del desagradable conocimiento, casi lamento que este sea nuestro último día en el establecimiento. El aire es tan puro y vigorizante, las vistas desde nuestras ventanas tan magníficas, la sucursal colonizada del Hotel de Beyrout tan cómoda, que me contento con disfrutar de esta agradable holganza —más agradable aún, puesto que, siendo involuntaria, no pesa sobre la conciencia. Miro hacia las aldeas maronitas, encaramadas en las laderas del Líbano, con apenas un deseo de subir a ellas, o volviéndome hacia el centelleante Mediterráneo, contemplo

«la vela de la speronara, de nívea blancura, blanqueando y brillando en aquel campo de azul»,

y no tengo nada de esa inquietud que sugiere la vista de una nave en movimiento.

Hoy mi amigo de Timbuctoo subió a tener otra charla. Sentía curiosidad por saber el objeto de mis viajes, y como no habría comprendido la verdad exacta, me vi obligado a transmitírsela por medio de la ficción. Le informé que había sido despachado por el Sultán de mi país para obtener información de los países de África; que escribía en un libro los relatos de todo lo que veía, y que a mi regreso presentaría este libro al Sultán, quien me recompensaría con un alto rango —quizá incluso el de Gran Visir.

Los orientales emplean largamente la hipérbole, y esparcen números y valores con la más temeraria profusión. El árabe, como el hebreo, su lengua hermana, y otras antiguas lenguas originales del hombre, es una lengua de raíces, y abunda en las más audaces metáforas. Ahora bien, la exageración no es sino la forma imperfecta de la metáfora. La expresión es siempre una espléndida amplificación del simple hecho. Como diestros arqueros, para dar en el blanco, apuntan por encima de él. Una vez que se ha aprendido su patrón de verdad, se puede calibrar fácilmente las expresiones de un árabe, y regular las propias en consecuencia. Pero siempre que he intentado dar yo mismo la nota, generalmente he encontrado que estaba por debajo, más bien que por encima, del tono oriental.

El shekh ya me había informado que el Rey de Ashantee, a quien había visitado, poseía veinticuatro casas llenas de oro, y que el Sultán de Houssa tenía setenta mil caballos siempre ensillados ante su palacio, para que pudiera elegir cuando quisiera salir a caballo. Con esto no quería decir que los hechos fueran precisamente así, sino solo que el Rey era muy rico, y el Sultán tenía muchísimos caballos. Para dar al shekh una idea de la gran riqueza y poder de la Nación Americana, me vi obligado a adoptar el mismo plan. Le dije, por tanto, que nuestro país tenía dos años de viaje de extensión, que el Tesoro consistía en cuatro mil casas llenas hasta el techo de oro, y que doscientos mil soldados a caballo montaban guardia continua alrededor del palacio del Sultán Fillmore. Recibió estas tremendas afirmaciones con la mayor serenidad y satisfacción, escribiéndolas cuidadosamente en su libro, junto con el nombre del Sultán Fillmore, cuya fama ha llegado ya a las remotas regiones de Timbuctoo. El shekh, además, tenía el deseo de visitar Inglaterra, y quería que le diera una carta para el Sultán inglés. Esto excedía un tanto mis facultades, pero le escribí un simple certificado explicando quién era y de dónde venía, que sellé con una inmensa profusión de lacre, y le di. En cambio, él escribió su nombre en mi libro, en caracteres mughrebbins, añadiendo la frase: «No hay más Dios que Dios».

Esta tarde el tema prohibido de la política se deslizó en nuestra tranquila comunidad, y el resultado fue una contienda explosiva que ahogó incluso los rebuznos de las agonizantes trompetas de fuera. El caballeroso francés es un republicano sensato y consecuente, el viejo jilatewr un violento monárquico, mientras que Absalom, como podría haber previsto, es un rojo, de las escuelas de Proudhon y Considerant. El primero predijo una República en Francia, el segundo una Monarquía en América, y el último era partidario de una demolición general y total de todos los sistemas existentes. Por supuesto, con tales elementos, cualquier cosa parecida a una discusión seria era imposible; y, como en la mayoría de los debates franceses,

terminó en una confusión desconcertante de gritos y gesticulaciones.

En medio de ella, me sorprendió la cordialidad con que el monárquico y el socialista se unían en sus denuestos contra Inglaterra y las leyes inglesas. Mientras estaban sentados uno al lado del otro, vertiendo anatemas contra la «pérfida Albión», no pude menos de exclamar: «¡Veda, comme les extrémes se rencontrent!».

Esto volvió toda la corriente de su ira contra mí, y me alegré de batirme en rápida retirada.

El médico volvió a visitarnos esta noche para prometernos la liberación para mañana por la mañana. Nos miró a todos a la cara para cerciorarse de que no había señales de pestilencia, y lamentó cortésmente no poder ofrecernos su mano. El marido de la «mujer casada» vino también, y relevó a los demás caballeros en el cuidado de la «llorona». Era un provenzal robusto y rubicundo, con blusa blanca, y lo compadecí sinceramente por tener una esposa tan desagradable.

Hoy, que es el último de nuestro encierro, hemos recibido muchas muestras de atención de dragomanes, que nos han enviado sus papeles por la reja, para que se los devolvamos mañana tras nuestra liberación. No son especímenes muy atractivos de su clase, con excepción de Yusef Badra, que trae una recomendación de mi amigo Ross Browne. Yusef es un tipo apuesto y desenvuelto, con algo de dandi en el vestir y en el aire, pero tiene un ojo fino, claro y chispeante, con justo el suficiente diablo dentro para hacerlo atractivo. Creo, sin embargo, que el dragomán griego, que ha sido nuestro compañero en la cuarentena, se llevará la palma. Es beocio de nacimiento, pero ahora ciudadano de Atenas, y se llama a sí mismo François Vitalis. Habla francés, alemán e italiano, además de árabe y turco, y como lleva doce o quince años vibrando

entre Europa y el Oriente, debe de haber acumulado ya experiencia suficiente para responder a las necesidades de viajeros improvisados como nosotros. No nos ha pedido el puesto, lo que demuestra tanta penetración por su parte, que acabaremos por ofrecérselo. Quizá se contente con fundar sus pretensiones en el recuerdo de nuestra primera cena de cuarentena. Si es así, los aromas de las chuletas y las alondras —incluso el de la cebolla cruda, que recordamos con lágrimas— no abogarán en vano por su causa.

Beyrout (fuera de la cuarentena), miércoles 21 de mayo.

El apuesto griego Diamanti, uno de los propietarios del «Hotel de Belle Vue», estaba disponible muy temprano ayer por la mañana para recibirnos a la salida de la cuarentena. Las puertas se abrieron de par en par, y salimos entre dos filas de soldados, regocijándonos en nuestra purificación. Caminamos entre huertos de moreras hasta la ciudad, y por sus calles empinadas y tortuosas hasta el hotel, que se alza más allá, cerca del extremo del cabo, o Ras Beyrout. La ciudad es pequeña, pero tiene una población activa y un comercio mayor que cualquier otro puerto de Siria. El fondeadero, sin embargo, es una rada abierta, y en tiempo de tormenta es imposible que una barca tome tierra. Hay dos pintorescos castillos antiguos sobre unas rocas cerca de la orilla, pero quedaron casi destruidos por el bombardeo inglés de 1841. Advertí dos o tres columnas de granito, usadas ahora como dinteles de algunos de los arcos de las calles, y otros fragmentos de vieja mampostería, únicos restos de la antigua Berytus.

Nuestro tiempo, desde la liberación, ha estado ocupado en los preparativos del viaje a Jerusalén. Hemos tomado a François como dragomán, y nuestros mukkairee, o muleros, están contratados para

estar listos mañana por la mañana. Me entero de que los drusos están en revuelta en Djebel Hauaran y en partes del Antilíbano, lo que me impedirá formar ningún plan fijo para el recorrido por Palestina y Siria. Hasta ahora, el país se ha considerado bastante seguro, y el único robo de este invierno ha sido el de la partida del señor Degen, de Nueva York, que fue saqueada cerca de Tiberíades. El doctor Robinson partió de aquí hace dos semanas hacia Jerusalén, en compañía del doctor Eli Smith, de la misión americana de este lugar.

Comienza la peregrinación — Los muleros — Las mulas — El burro — Viaje a Sidón — El pie del Líbano — Pinturas — Las ruinas de Tiro — Una mañana salvaje — Las oleadas tirias — Subiendo la escala de Tiro — Panorama de la bahía de Acre — La llanura de Esdraelón — Campamento en un jardín — Acre — la orilla de la bahía — Haifa — El monte Carmelo y su monasterio — Una costa desierta — Las ruinas de Cesarea — El paisaje de Palestina — Nos volvemos ladrones — El Haram — Naufragios — el puerto y la ciudad de

«A lo largo de la línea de espuma, la cadena enjoyada, la largueza del mar que siempre da.»

R. H. Stoddard.

Ramleh, 27 de abril de 1852.

Beyrout en la mañana del 22. Nuestra caravana se componía de tres caballos, tres mulas y un burro, al cuidado de dos hombres: Dervish, un musulmán erguido, de barba negra y sumamente impasible, y Mustapha, que es la viva imagen de la paciencia y la bondad. Nació con una sonrisa en el rostro y nunca ha podido cambiar la expresión.

Ambos son maestros de su arte, y saben cargar una mula con una rapidez y una destreza que desafiaría a cualquier traficante de Santa Fe a superar. Los animales no son menos interesantes que sus amos.

Nuestros caballos, a decir verdad, son bestias lentas y laboriosas, con considerable resistencia pero poco brío; pero las dos mulas de equipaje merecen medallas de oro de la Sociedad para el Fomento

de la Industria. Puedo pasar por alto cualquier cantidad de caprichos en las criaturas, en consideración a la energía constante y perseverante, la alegría y hasta el entusiasmo con que cumplen sus deberes. Parecen ser conscientes de que lo hacen bien, y deleitarse en esa conciencia. Una de ellas lleva una banda de conchas blancas alrededor del cuello, sujetas con una borla y dos grandes cuentas azules; y basta mirarla para ver que es consciente de lo bien que le sienta. Cree que se la dieron por buena conducta, y hace lo posible por merecer otra. El burrito es un animal aún más original. Es un humorista práctico, lleno de travesuras perversas, pero todas destinadas a causar efecto, y sin una pizca de malicia.

Generalmente camina detrás, escapándose a un lado o al otro para arrancar un bocado de hierba, pero apenas intenta Degsjsh montarlo, cuando parte a galope tendido y toma la delantera de la caravana. Después de haber ejecutado una de sus hazañas, se vuelve con una mirada cómica hacia nosotros, como diciendo: «¿Han visto eso?». Si no hubiéramos estado presentes, con toda seguridad nunca lo habría hecho. Puedo imaginármelo, tras su regreso a Beyrout, contando sus aventuras a una compañía de burros compañeros, que de vez en cuando prorrumpen en tremendos rebuznos ante algunos de sus irresistibles dichos secos.

Persuadí al señor Harrison de que adoptara el traje oriental, que, tras cinco meses de uso en África, prefería yo en mucho al franco. Salimos, pues, de Beyrout como un par de beys sirios, mientras François, con su cinturón, sable y pistolas, tenía mucho aspecto de bandido griego. El camino cruza la colina detrás de la ciudad, entre el bosque de pinos y una larga extensión de colinas de arena roja junto al mar. Era una mañana encantadora,

no demasiado brillante ni calurosa, pues ligeros vapores lanudos colgaban a lo largo de las

laderas del Líbano. Más allá de los huertos de moreras, entramos en terrenos salvajes, medio cultivados, cubiertos de un laberinto desconcertante de flores. La ladera y los pedregosos bancales de tierra que dominan el mar ardían literalmente con los brillantes puntos de color que llovían sobre ellos. La adelfa, la retama, la amapola, la verónica, el altramuz, esa hermosa variedad del ciclamen,

llamada por los sirios «deek e-djebel» (gallo de la montaña), y varias plantas desconocidas deslumbraban la vista con su profusión, y cargaban el aire de una fragancia tan rara como incesante. Aquí y allá, claros y veloces arroyuelos descendían del Líbano, abriéndose camino entre matorrales de adelfas en flor. Justo antes de cruzar el pequeño río Damoor, François señaló, en una de las alturas distantes, la residencia de la difunta lady Hester Stanhope. Durante la tarde cruzamos varios ramales del Líbano, por senderos increíblemente empinados y pedregosos, y hacia el anochecer llegamos a Saida, la antigua Sidón, donde obtuvimos permiso para plantar nuestra tienda en un jardín. La ciudad está construida sobre una estrecha punta de tierra que se adentra desde el centro de una bahía, o curva de la costa, y contiene unos cinco mil habitantes. Es un lugar tranquilo y soñoliento, y no conserva nada de la antigua Sidón excepto unas pocas piedras y los fragmentos de un muelle que se adentra en el mar.

La fortaleza en el agua y la Ciudadela son restos del dominio veneciano. Las nubes se acumularon al caer la noche, y de vez en cuando caía un golpe de lluvia sobre nuestra tienda. Pero lo oía con la misma feliz tranquilidad que cuando, en la infancia, durmiendo bajo las vigas, oía la lluvia golpeando toda la noche

sobre el tejado. Respiré el dulce aliento de las hierbas sobre las que estaba extendida mi alfombra, y la vieja Madre Tierra, recibiéndome de nuevo en su seno, me acunó en un sueño calmo y

reparador. No hay descanso más grato que el que tomamos sobre el césped o la arena, salvo el descanso bajo ellos.

Nos levantamos en una mañana oscura y nublada, y continuamos nuestro camino entre campos de cebada, completamente teñidos del tinte sangriento de la amapola, y praderas convertidas en mosaico dorado por una brillante margarita amarilla. Hasta el mediodía nuestro camino discurrió por una región de alternancia de praderas y suaves aunque pedregosas elevaciones, que se desprenden del Líbano. Encontramos continuamente indicios de antiguo poder y prosperidad. El suelo estaba sembrado de bloques labrados, y en muchos lugares quedan los cimientos de edificios. Sarcófagos rotos yacen medio enterrados en la hierba, y las grises rocas de las colinas están perforadas por tumbas.

El suelo, aunque pedregoso, parecía naturalmente fértil, y las cosechas de trigo, cebada y lentejas estaban muy lozanas.

Tras doblar el promontorio que forma el límite meridional del golfo de Sidón, cabalgamos una o dos horas por una llanura cercana al mar, y luego descendimos a un valle que se adentraba entre las colinas, terminando en un anfiteatro natural. Un antiguo túmulo, o túmulo funerario, de quién nadie sabe, se alza cerca del mar. Durante el día advertí dos pequeñas y encantadoras pinturas. Una, una fuente que brotaba en una amplia pila cuadrada de mampostería, a la sombra de tres cipreses ramificados. Dos turcos se sentaban en su borde, comiendo su pan y leche cuajada, mientras sus caballos bebían del abrevadero de piedra de abajo. La otra, un viejo mahometano, con turbante verde y túnica blanca, sentado al pie de un majestuoso sicómoro, sobre la alta orilla de un arroyo que se precipitaba por su lecho de roca de mármol blanco hasta el mar.

La llanura detrás del estrecho y arenoso promontorio sobre el que

El moderno Soor está construido sobre una tierra negra y rica, que un poco de cultivo adecuado convertiría en un verdadero jardín. Esto me ayudó a explicarme la riqueza de la antigua Tiro. La aproximación a la ciudad, a lo largo de una playa en la que el oleaje rompía con un rugido continuo, con el pecio de una nave griega en primer término y un cielo tempestuoso al fondo, era muy impresionante. Era un cuadro salvaje y desolado, con los blancos minaretes de la ciudad destacándose espectralmente contra las nubes. Cabalgamos por las dunas, a espaldas de la ciudad, y elegimos un buen lugar para acampar entre las ruinas de Tiro. Cerca de nosotros había un antiguo edificio cuadrado, hoy usado como cisterna y lleno de agua fresca excelente.

El oleaje rugía tremendamente contra las rocas, a uno y otro lado, y el estruendo de los rompientes más lejanos llegaba a mi oído como el viento en un pinar. Los restos del antiguo malecón aún pueden rastrearse en todo el perímetro de la ciudad, y el pesado oleaje rompe sobre montones de columnas de granito destrozadas.

A lo largo de una especie de espigón que protege un puerto interior en el lado norte hay gran número de estas columnas. Conté quince en un solo grupo, algunas de fino granito rojo y otras del mármol del Líbano. Los restos del faro y de las fortalezas que reforzaban el malecón fueron señalados por el sirio que nos acompañaba como guía, pero su fe era un poco más fuerte que la mía. Nos mostró incluso las ruinas del dique construido por Alejandro, mediante el cual se tomó la antigua ciudad, entonces aislada por el mar. Los restos de la calzada formaron gradualmente el promontorio por el que el lugar queda ahora unido a tierra firme. Estas son las principales indicaciones de Tiro sobre el suelo, pero el guía nos informó de que los árabes, al cavar entre las dunas en busca de las piedras de los antiguos edificios, que extraen y embarcan para Beyrout, encuentran cámaras, pilares, arcos y otros objetos.

La púrpura tiria la sigue proporcionando un músculo que se encuentra en la costa, pero Tiro solo es ahora famosa por su tabaco y sus piedras de molino. Vi muchas de estas últimas tiradas en las calles de la ciudad, y un árabe vendía una cantidad en subasta en la plaza cuando pasamos. Las extraen de una especie de roca volcánica oscura los beduinos de las montañas. Había media docena de pequeños barcos de cabotaje fondeados en la rada, pero los antiguos puertos están completamente destruidos. La profecía de Isaías se cumple literalmente: «Aullad, naves de Tarsis; porque ha sido asolada, de modo que no hay casa, no hay entrada».

Al regresar de nuestro paseo pasamos por la casa del gobernador, Daood Agha, que administraba justicia en relación con un pleito que tenía ante sí. Nos pidió que nos detuviéramos a tomar café y nos recibió con mucha gracia y dignidad. Cuando nos levantamos para marcharnos, un esclavo me trajo un gran ramo de flores escogidas de su jardín.

Partimos de Tiro a una hora temprana y cabalgamos por la playa alrededor de la cabecera de la bahía hasta el Ras-el-Abiad, el antiguo Promontorium Album. La mañana era salvaje y nublada, con destellos de sol que brotaban sobre la oscura penumbra violeta del mar. El oleaje era magnífico, alzándose en grandes olas que rompían y se formaban de nuevo, hasta que el último de los largos flecos descendentes de nieve se deslizaba hirviendo por la arena.

Algo del poder antiguo había en su choque y su rugido, y cada gran ola que se precipitaba y se retiraba de nuevo llamaba con su grave bajo: «¿Dónde están las naves de Tiro? ¿Dónde están las naves de Tiro?». Miré atrás hacia la ciudad, que se adentraba mucho en el mar, con los pies bañados en espuma atronadora.

Poco a poco las nubes se despejaron, el sol salió audaz y brillante, y nuestro camino dejó la playa por una llanura de praderas, cruzada por arroyos frescos y sembrada de una riqueza inagotable de flores. A través de espesuras de mirto y lentisco, en torno a las cuales crecían la ruda y la lavanda en densos racimos, llegamos al pie de la montaña y comenzamos a ascender la célebre Escalera de Tiro. El camino es tan empinado que parece una escalera, y trepa por el flanco del promontorio, colgando sobre precipicios de roca blanca desnuda, en algunos lugares de trescientos pies de altura. La montaña es una masa de caliza magnesiana, con lechos ocasionales de mármol. El oleaje ha excavado su pie en cavernas huecas, en las que el mar se precipita con un retumbo sordo y pesado, como un trueno lejano. Los flancos están cubiertos de espesuras de retama, mirto, madroño, acebo, lentisco y laurel, cubiertas de madreselva e intercaladas con manchas de salvia, lavanda, hisopo, tomillo silvestre y ruda. Toda la montaña es un montón de bálsamo; un haz de especias dulces.

Los cascos de nuestros caballos repiqueteaban subiendo y bajando los peldaños de la escalera, y dimos el último adiós a Tiro, que se desvanecía tras el blanco dobladillo de los rompientes, al doblar la punta del promontorio. Siguió otra ensenada de la costa montañosa, terminada por el cabo de Nakhura, el punto septentrional de la bahía de Acre. Cabalgamos por un camino pedregoso entre campos de trigo y cebada, casi borrados de la vista por lluvias de amapolas escarlata y crisantemos amarillos. Había frecuentes ruinas: fragmentos de sarcófagos, cimientos de casas y, hacia la mitad del camino entre los dos cabos, los túmulos de Alexandro-Scheenz. Nos detuvimos en un khan y desayunamos bajo un magnífico olivo, mientras dos muchachos cuidaban de nuestros caballos para que solo comieran los bordes del campo de trigo. Debajo de nosotros había dos grandes cipreses y, en una pequeña lengua de tierra, las ruinas de una de esas torres cuadradas de los corsarios que bordean toda esta costa. El azul intenso del mar, visto de cerca sobre un ancho campo de trigo que se doraba, formaba un contraste de color deslumbrante y soberbio. A primera hora de la tarde subimos el Ras Nakhura, no tan audaz y grandioso, aunque tan florido y escarpado como el Promontorium Album.

Llevábamos media hora avanzando trabajosamente por su cumbre desigual cuando el flanco cayó de pronto bajo nosotros y vimos todo el gran golfo y la llanura de Acre, respaldados por la larga cresta del monte Carmelo. Detrás del mar, que forma una profunda indentación en la línea de la costa, se extendía la llanura, limitada al este, a dos leguas de distancia, por una cadena de colinas cubiertas de lujuriantes olivares y, más arriba aún, por las lejanas montañas de Galilea. Las fortificaciones de Acre eran visibles en un ligero promontorio cerca del centro del golfo. Desde nuestros pies, la línea de espuma se extendía por millas a lo largo de la playa de arena roja, hasta que finalmente se volvía como una marca de tiza en el borde del campo de azul.


Descendimos de la montaña y continuamos nuestro viaje por la llanura de Esdraelón, un cuadro de lozanía y floración estivales. Las olas de trigo y cebada se alejaban de nuestro camino hacia los distantes olivares; aquí el agua brotaba de una fuente de piedra y fluía a un estanque ceñido de césped, en torno al cual las mujeres sirias lavaban sus vestidos; allá, un jardín de naranjos, limoneros, higueras y granados en flor era un manantial de dulces aromas que se desbordaba por toda la tierra. Penetramos en algunos de estos bosques, pues no eran otra cosa, y finalmente plantamos nuestra tienda en uno de ellos, perteneciente al palacio del antiguo Abdallah Pasha, a una milla de Acre. El viejo acueducto sarraceno, que aún conduce el agua a

la ciudad, se alzaba sobre nuestra tienda. Durante una hora antes de llegar a nuestro destino, lo habíamos visto a la izquierda, salvando las hondonadas sobre ligeros arcos de piedra. En un lugar conté cincuenta y ocho, y en otro ciento tres de estos arcos, algunos de los cuales tenían cincuenta pies de altura. Nuestro campamento era un lugar encantador: un nido de hierba profunda, bajo dos enormes higueras, y rodeado por una fragante arboleda de naranjos y cidros. Era doblemente hermoso cuando la larga línea del acueducto se iluminaba con la luna, y los naranjos se convertían en montones de ambrosía oscura.

Por la mañana cabalgamos hasta Acre, cuyas fortificaciones han sido restauradas por el lado de tierra. Una pesada puerta doble de piedra nos dio entrada a la ciudad, a través de lo que antaño fue, al parecer, el patio de una fortaleza. Las calles de la villa son estrechas, terriblemente ásperas y muy sucias, pero los bazares son extensos y están bien surtidos. La mezquita principal, cuya pesada cúpula es visible a cierta distancia de la ciudad, está rodeada por un jardín, cercado por un corredor de columnas pavimentado de mármol. Todas las casas de la ciudad están construidas en el estilo más macizo, de dura caliza gris o mármol, y esta circunstancia por sí sola impidió su completa destrucción durante el bombardeo inglés de 1841. Las marcas de las bombas se ven por doquier, y las partes superiores de los elevados edificios están completamente acribilladas por balas de cañón, algunas de las cuales permanecen incrustadas en la piedra. Dimos un rápido paseo por la ciudad a caballo, seguidos por las curiosas miradas de la gente, que dudaba si tomarnos por turcos o por francos. Había una docena de naves en el puerto, que está considerado el mejor de Siria.

Las mulas de equipaje habían seguido adelante, así que galopamos tras ellas a lo largo de la dura playa, rodeando la cabecera de la bahía. Era una

mañana brillante; una deliciosa brisa del sudeste nos llegaba sobre la florida llanura de Esdraelón; el mar a nuestra derecha brillaba azul, y purpúreo, y verde violáceo, y negro, según las sombras o el sol lo cruzaban, y solo las largas líneas de espuma rugiente, que cambian eternamente de forma, no variaban de matiz. Un pescador estaba de pie en la playa en actitud escultórica, sus hermosas piernas desnudas bañadas por las hinchadas espumosas, un saco de peces colgado del hombro, y la gran red cuadrada, con sus plomos en la mano derecha, dispuesta para un lance. Tenía buena fortuna, pues las olas traían abundantes peces grandes y los arrojaban a nuestros pies, dejándolos luchar por volver a la traicionera salmuera.

Entre Acre y Haifa pasamos junto a seis u ocho naufragios, en su mayoría de pequeños barcos mercantes. Algunos estaban medio sepultados en la arena, otros tan viejos y cubiertos de musgo que se desmoronaban rápidamente, mientras que unos pocos habían sido arrojados allí recientemente. Al rodear la profunda curva de la bahía y acercarnos a la línea de palmeras que ciñe el pie del monte Carmelo, Haifa, con su muralla y su ciudad sarracena en ruinas sobre la colina, se volvía más clara y brillante al sol, mientras Acre se hundía en el azul del Mediterráneo.

La villa de Haifa, la antigua Caiapha, es pequeña, sucia y de aspecto mendicante; pero tiene algún comercio, compartiendo el tráfico de Acre en los productos de Siria. Era domingo, y todas las banderas consulares ondeaban. Fue un placer inesperado encontrar los colores americanos en esta pequeña villa siria, ondeando desde uno de los mástiles más altos. La gente nos miraba al pasar, y noté entre ellos muchos rostros francos y radiantes, con ojos demasiado claros y grises para Siria. ¡Oh, bondadosos hermanos del monasterio del Carmelo! perdonadme si me dirijo a vosotros en busca de una explicación de este fenómeno.

Ascendimos al monte Carmelo. El sendero conducía a través de una

arboleda de algarrobos, de los cuales se producen las vainas conocidas en Alemania como pan de San Juan. Después de esto llegamos a un olivar al pie de la montaña, desde el cual largos campos de trigo, que exhalaban un maduro aroma veraniego, descendían hasta la orilla de la bahía. Los olivos eran de tamaño inmenso, y bien puedo creer, como nos informó fray Carlo, que probablemente fueron plantados por los colonos romanos establecidos allí por Tito. Los nudosos y veteranos troncos aún emiten ramas vigorosas y florecientes. Había toda suerte de luces y sombras encantadoras moteando el césped y el sendero sinuoso que recorríamos. Por fin llegamos al pie de una cuesta, más empinada que la Escalera de Tiro. Mientras nuestros caballos subían lentamente hacia el Convento de San Elías, desde donde ya veíamos la bandera francesa ondear sobre el hombro de la montaña, la vista se abrió grandiosamente hacia el norte y el este, revelando la bahía y la llanura de Acre, y la costa hasta Ras Nakhura, desde donde vimos por primera vez el monte Carmelo el día anterior. Las dos vistas son muy similares en carácter, siendo una el reverso de la otra. Llegamos al Convento —Dayr Mar Elias, como lo llaman los árabes— al mediodía, justo a tiempo de participar de un abundante almuerzo, que los monjes se habían preparado: fray Carlo, el buen franciscano que recibe a los extranjeros, nos mostró el edificio y la Gruta de Elías, que está bajo el altar de la iglesia del Convento, una estructura pequeña pero muy hermosa de mármol italiano.

La santidad de la Gruta depende enteramente de la tradición, pues no hay mención en la Biblia de que Elías haya residido en el Carmelo, aunque fue desde esta montaña que vio la nube, «como la mano de un hombre», alzarse del mar. El Convento,

que es bastante nuevo —de hecho, aún no terminado—, es un edificio grande y

macizo, y tiene aspecto de fortaleza.

Como debíamos dormir en Tantura, a cinco horas de distancia, nos vimos obligados a hacer una breve visita, a pesar de la invitación del hospitalario fray Carlo a pasar allí la noche. Por la tarde pasamos junto a las ruinas de Athlit, una villa de la Edad Media, y el Castel Pellegrino de los cruzados. Nuestro camino seguía ahora la playa, casi toda la distancia hasta Jaffa, y era en muchos lugares, por leguas de extensión, una sólida capa de conchas blancas, pardas, purpúreas y rosadas, que crujían y traqueteaban bajo los cascos de nuestros caballos. Tantura es una pobre aldea árabe, y tuvimos alguna dificultad en procurarnos provisiones. La gente vivía en pequeñas chozas de barro y piedras, cerca del mar. El lugar tenía un aspecto de ladrones, y consideramos lo mejor ser cuidadosos en la disposición de nuestro equipaje para la noche.

Por la mañana tomamos de nuevo la costa, cabalgando sobre millones

de conchas. Una línea de colinas arenosas, cubiertas de matorrales de mirto y lentisco, ocultaba la vista de la llanura y los prados entre el mar y las colinas de Samaria. Tras tres horas de marcha vimos las ruinas de la antigua Cesarea, cerca de un pequeño promontorio. El camino se apartaba del mar y tomaba la salvaje llanura detrás, completamente cubierta de manzanilla, crisantemo y arbustos silvestres. Las ruinas de la villa son visibles a considerable distancia a lo largo de la costa. Los principales restos consisten en una muralla maciza, flanqueada por bastiones piramidales a intervalos regulares, y con vestigios de puertas, puentes levadizos y torres. Antiguamente estaba rodeada por un profundo foso. Dentro de este espacio, que puede ser de un cuarto de milla cuadrada, hay algunos fragmentos de edificios, y hacia el mar, algunos arcos altos y masas de mampostería. La llanura circundante abunda en vestigios de casas, calles y patios.

Cesarea fue una de las colonias romanas, pero debió su prosperidad

principalmente a Herodes. San Pablo pasó por ella en su camino de Macedonia a Jerusalén, por el mismo camino que nosotros recorríamos.

Durante el día el sendero se internaba tierra adentro por una vasta llanura ondulada, cubierta de salvia, lavanda y otros arbustos de dulce aroma, y habitada por manadas de gacelas y bandadas de grandes cigüeñas. A medida que avanzábamos, el paisaje se volvía singularmente hermoso. Era un valle amplio y poco profundo, que se extendía hacia el este en suaves colinas onduladas, muy al fondo de las cuales se alzaba la línea azul de las montañas: la región montañosa de Judea.

El suelo, donde estaba arado, era la más rica tierra vegetal.

Donde yacía en barbecho estaba completamente oculto por un lecho de hierba y manzanilla. Aquí y allá grandes rebaños de ovejas y cabras pastaban en la hierba. Había un aire pastoral y tranquilo en el paisaje, una suave serenidad en sus formas y colores, como si los patriarcas hebreos aún lo hicieran su morada. El distrito es famoso por los ladrones, y manteníamos las armas dispuestas, sin dejar nunca el equipaje fuera de nuestra vista.

Hacia el atardecer, cuando el señor H. y yo, con François, cabalgábamos por delante de las mulas de equipaje, el primero con su fusil en la mano, yo con un par de pistolas metidas entre los pliegues de mi chal, y François con su largo sable turco, nos topamos de repente con un inglés solitario, cuyos compañeros estaban en algún lugar de la retaguardia. Pareció quedar presa del terror al vernos avanzar hacia él, y, volviendo la cabeza de su caballo, intentó huir. El animal, sin embargo, era reacio, y tras algunos corcovos se negó a moverse. El viajero se dio por perdido; sus brazos cayeron a sus costados; nos miró fijamente, con el rostro pálido y los ojos muy abiertos con una expresión de espanto impotente. Conteniendo

con dificultad una carcajada, le dije: «¿Ha salido usted hoy de Jaffa?», pero tan completamente era su oído esclavo de su imaginación, que creyó que yo hablaba árabe, e hizo un débil intento de pronunciar la única o dos palabras de ese idioma que conocía. Repetí entonces, con toda la claridad que pude: «¿Ha—salido—usted—hoy—de—Jaffa?». Balbuceó mecánicamente, entre dientes castañeteantes: «¡S-s-sí!», y en seguida partimos al galope entre los arbustos. Cuando lo vimos por última vez, seguía de pie como lo habíamos dejado, al parecer aún no repuesto del susto.

En la pequeña aldea de El Haram, donde pasamos la noche, visité la tumba del sultán Ali ebn-Aleym, que ahora es venerado como santo. Está encerrada en una mezquita que corona la cima de una colina. Me admitieron en el patio sin vacilación, aunque, por llamarme el portero «Effendi», probablemente me tomó por turco. A la entrada del patio interior, me quité las zapatillas y caminé hasta la tumba del sultán, un montón cuadrado de mármol blanco, en un pequeño recinto de mármol. En una de las hornacinas de la pared, cerca de la tumba, hay una caja de hierro muy vieja, con una ranura en la parte superior. El portero me informó que contenía un amuleto perteneciente al sultán Ali, que era de gran utilidad para producir lluvia en tiempos de sequía.

Por la mañana enviamos nuestro equipaje por un camino corto a través del campo hasta este lugar, y luego cabalgamos por la playa hacia Jaffa. El sol salió brillante y caluroso mientras avanzábamos a lo largo de la línea de espuma, hundiéndose las patas de nuestros caballos por encima de los menudillos en conchas rosadas y purpúreas, mientras los graciosos cangrejos de mar huían escabulléndose de nuestro camino, y las azules anémonas gelatinosas de mar eran arrojadas ante nosotros por el oleaje. Nuestra vista quedaba limitada a las dunas de arena —a veces cubiertas por una inundación de amapolas escarlata— por un lado; y al mar azul, orlado de resaca, por el otro. La terrible costa estaba todavía sembrada de restos de naufragios, y justo antes de llegar a la ciudad pasamos junto a una nave de unas doscientas toneladas, recientemente arrojada a la orilla, con su fuerte casco aún intacto. Vadeamos el rápido arroyo de El Anjeh, que desciende de la llanura de Sarón, subiéndonos el agua hasta las sillas. El bajo promontorio que teníamos delante se deshacía ahora en torres y blancas cúpulas, y en grandes masas de pesados muros. El aspecto de Jaffa es sobremanera pintoresco. Está construida sobre una colina, y siendo la tierra a muchas millas en derredor baja y llana, sus casas más altas dominan todos los campos de Sarón. El viejo puerto, protegido por un arrecife de rocas, está en el lado norte de la ciudad, pero ahora está tan obstruido por la arena que las naves grandes no pueden entrar. Varias embarcaciones pequeñas yacían cerca de la orilla.

El puerto presentaba una escena distinta cuando las naves de Hiram, rey de Tiro, llegaban con los materiales para el Templo de Salomón. No hay más que una puerta por el lado de tierra, que está bastante fuertemente fortificada. Fuera de ella hay un espacio abierto, que encontramos lleno de vendedores de naranjas y verduras, camelleros y gentes por el estilo, algunos vociferando en ruidosa disputa, otros entregados al silencio y al humo, a la sombra de los sicomoros.

Pasamos bajo la portada fuertemente arqueada y torreada, y entramos en el bazar. La calle estaba atestada, y había tal confusión de camellos, asnos y hombres, que nos abrimos camino con dificultad a lo largo de la única calle practicable de la ciudad, hasta el lado del mar, donde François nos señaló un agujero en la muralla como el lugar verdadero donde Jonás fue arrojado a la orilla por la ballena. Esta parte del puerto es el receptáculo de todas las inmundicias de la ciudad; y no me extraña que el estómago de la ballena se hubiera revuelto al aproximarse a él. La calle del mar estaba llena de mercaderes y tratantes, y nos vimos obligados a abrirnos paso entre barras de hierro, pellejos de aceite, montones de naranjas y pilas de madera de construcción. Por fin llegamos al final, y, como no había otra vía de tránsito, volvimos por el mismo camino que habíamos ido, salimos por la puerta y tomamos el camino de Ramleh y Jerusalén.

Pero oigo la voz de François, que anuncia: «Messieurs, le dîner est prêt.» Estamos acampados justo al lado del estanque de Ramleh, y los chiquillos mestizos de la villa hacen un gran ruido en el prado que hay debajo. Nuestros caballos disfrutan de su cebada; y Mustafá está en la puerta de la tienda, atando sus sacos. Perros ladran y asnos rebuznan a lo largo de los confines de la villa, cuya inmundicia y ruina quedan felizmente ocultas por los jardines de higueras y olivos que la rodean. No tengo curiosidad bastante para visitar los conventos griego y latino incrustados en su inmundo pórtico, sino que me contento con contemplar desde mi puerta las azules colinas de Palestina, que hemos de cruzar mañana, camino de Jerusalén.

DE JAFFA A JERUSALÉN.

El jardín de Jaffa —Desayuno en una fuente—La llanura de Sarón—La mezquita en ruinas de Ramleh—Un paisaje de Judea—Las calles de Ramleh—¿Estoy en Palestina?—Una mañana celestial—La tierra de leche y miel—Entrando en la región montañosa—El desayuno del peregrino—El padre de la mentira—Una iglesia de los cruzados—La agricultura de las colinas—El valle de Elah—Ensoñaciones—El desierto—La aproximación—Vemos la Ciudad Santa.

———«Por el aire sublime, sobre el desierto y por la llanura;

hasta que bajo ellos la hermosa Jerusalén,

la Ciudad Santa, alzó sus torres en alto.»

JERUSALÉN, jueves, 29 de abril de 1852.

Dejando la puerta de Jaffa, cabalgamos hacia el este entre deliciosos jardines de higueras, cidros, naranjos, granados y palmeras. El país a varias millas en derredor de la ciudad es una completa llanura —parte de la gran llanura de Sarón— y la gris masa de edificios que corona el pequeño promontorio es el único punto de referencia que se ve por encima de la verde tierra de jardines, al mirar hacia el mar.

El camino estaba orlado de setos de cacto gigante, ahora en flor, y sombreado de vez en cuando por sicomoros de anchas ramas. Los naranjos estaban en flor y al mismo tiempo cargados de fruto maduro. Las naranjas de Jaffa son las mejores de Siria, y gran número de ellas se envían a Beyrout y otros puertos más al norte. El oscuro follaje del granado ardía literalmente con sus pesadas flores escarlata, y aquí y allá un racimo de rosas hacía honor a la fama escrituraria de las de Sarón. El camino estaba lleno de gente que iba y venía, y varias familias de judíos de Jaffa celebraban una especie de picnic en los escogidos lugares sombreados.

Al poco rato llegamos a una fuente, en un punto donde se encontraban dos caminos. Era una gran estructura cuadrada de piedra caliza y mármol, con un pilón de piedra delante y una deliciosa cámara abierta al lado. El espacio de enfrente estaba sombreado por inmensos sicomoros, a los que atamos nuestros caballos, y luego tomamos asiento en la ventana sobre la fuente, donde el griego nos trajo el desayuno. El agua era fresca y deliciosa, como lo eran nuestras naranjas de Jaffa. Era un lugar encantador, pues sentados podíamos mirar bajo las ramas de los grandes árboles, y hacia abajo, entre los jardines, hasta Jaffa y el Mediterráneo. Después de dejar los jardines, salimos a la gran llanura de Sarón, en la que podíamos ver a los labradores trabajando de cerca y de lejos, arando y sembrando su grano. En algunos casos, las dos operaciones se hacían simultáneamente, por medio de una especie de embudo sujeto al mango del arado, que desembocaba en un tubo que entraba en la tierra justo detrás de la reja. El hombre sostenía el arado con una mano, mientras con la otra dejaba caer la cantidad necesaria de semilla por el tubo al surco. La gente ara ahora para sus cosechas de verano, y el trigo y la cebada que sembraron el invierno pasado ya están en plena espiga. En otras partes de la llanura había grandes rebaños de ovejas y cabras, con sus pastores. Así corría el rico paisaje, interrumpido sólo por franjas de olivos, hasta las lejanas colinas de Judea.

Cabalgando sobre las largas y bajas ondulaciones, fragantes de tomillo silvestre y manzanilla, vimos por fin la torre de Ramleh, y valle abajo, a una hora de camino hacia el nordeste, el alminar de Ludd, la antigua Lydda. Aún más lejos, podía ver las casas de la aldea de Sarón, arrulladas entre olivos. Ramleh está construida a lo largo de la cresta y en la ladera oriental de una colina baja, y a distancia parece un lugar suntuoso, pero esta impresión se disipa de inmediato al entrar en ella. Al oeste de la villa hay una gran torre cuadrada, de entre ochenta y noventa pies de altura. Cabalgamos hasta ella a través de un huerto de antiguos olivos y por un campo de habas. La torre es evidentemente un alminar, pues está construida en el más puro estilo sarraceno, y está rodeada por las ruinas de una mezquita. Rara vez he visto nada más gracioso que los arcos ornamentales de las partes superiores. Sobre la puerta hay un dintel de mármol blanco, con una inscripción árabe. La mezquita a la que está unida la torre está casi enteramente destruida, y sólo queda parte de los arcos de un corredor alrededor de tres lados de un patio, con la fuente en el centro. Las cisternas subterráneas, bajo el patio, me asombraron por su extensión y magnitud. Tienen nada menos que veinticuatro pies de profundidad, y están cubiertas por veinticuatro bóvedas, cada una de doce pies cuadrados, y descansan sobre macizos pilares. La mezquita, cuando estaba entera, debió de ser una de las más hermosas de Siria.

Treparamos sobre las piedras rotas que obstruían la entrada, y subimos los escalones hasta la misma cumbre. La vista alcanzaba desde Jaffa y el mar hasta las montañas cercanas a Jerusalén, y hacia el sur hasta la llanura de Ascalón —una gran extensión de trigo y tierra de pastoreo, toda florecida como la rosa, y salpicada, especialmente cerca de las montañas, de oscuros y lozanos olivares. El paisaje tenía algo de la belleza verde y pastoral de Inglaterra, excepto las montañas, que eran del todo de Palestina. Las sombras de las nubes lanudas, que se deslizaban lentamente de este a oeste, se movían por el paisaje, que se volvía a cada momento más suave y hermoso a la luz del sol declinante.

No me detuve en Ramleh. Las calles son estrechas, torcidas e inmundas como sólo puede serlo una villa oriental. Las casas tienen techos planos o cúpulas, de cuyas grietas brota una abundante cosecha de malas hierbas. Algunos perros amarillos nos ladraron al pasar, niños con vestidos andrajosos nos miraron fijamente, y viejas cabezas tocadas con el turbante se alzaron de la pipa para adivinar quiénes podrían ser los dos individuos morenos, y por qué los acompañaba un cawass tan feroz. Pasando por la puerta oriental, nos alegró la vista de nuestras tiendas, ya plantadas en el prado junto al estanque. Dervish había llegado una hora antes que nosotros, y tenía todo dispuesto para el dulce reposo de una hora, que nos concedemos después de un día de cabalgata. Contemplé cómo se desvanecía la tarde sobre las azules colinas que teníamos delante, y traté de convencerme de que al día siguiente llegaría a Jerusalén. La razón decía: «¡Sin duda lo harás!» —pero para la fe la Ciudad Santa estaba tan lejos como siempre. ¿Era posible que estuviera en Judea? ¿Era ésta la Tierra Santa de las cruzadas, el suelo santificado por los pies de Cristo y sus apóstoles? Debía creerlo. Sin embargo, en otro tiempo me parecía que si alguna vez pisaba aquella tierra, entonces bajo mis pies habría desde ese momento una consagración en mi vida, una esencia santa, una inspiración más pura en los labios, una fe más segura en el corazón. Y porque no era distinto de lo que había sido, dudaba a medias si era la Palestina de mis sueños.

Un número de camelleros árabes, que habían venido con viajeros a través del desierto desde Egipto, estaban acampados cerca de nosotros. François sospechaba de algunos de ellos, y por eso dividió la noche en tres guardias, que fueron montadas por él mismo y nuestros dos hombres. Mustafá fue el último, y nos mantuvo despiertos no sólo a sí mismo, sino a mí, con sus dolientes cantos de amor y religión. Me quedé profundamente dormido al alba, pero François me despertó antes del amanecer, pues deseaba partir temprano, a causa del áspero camino que teníamos que recorrer. La mañana era templada, clara y balsámica, y pronto estuvimos empaquetados y en marcha. Dejando el equipaje para que siguiera, cabalgamos por delante sobre los fértiles campos. El trigo y las amapolas brillaban con el rocío, los pájaros cantaban entre las higueras, una brisa fresca descendía de las hondonadas de las colinas, y mi sangre saltaba tan ágil y gozosamente como un joven ciervo en los montes de Bether.

Entre Ramleh y la región montañosa, a una distancia de unas ocho millas, se extiende la ondulante llanura de Arimatea, y ésta, así como la mayor parte de la llanura de Sarón, es uno de los distritos más ricos del mundo. El suelo es un marga de color pardo oscuro y, sin abono, produce anualmente soberbias cosechas de trigo y cebada. Cabalgamos durante millas a través de un mar de trigo que ondulaba a lo ancho y a lo largo sobre las lomas del terreno. El tabaco en los campos alrededor de Ramleh era el más lozano que jamás he visto, y el olivo y la higuera alcanzan un tamaño y una robustez vigorosa del todo desconocidos en Italia. ¡Judea, maldita de Dios! ¡Qué concepto tan equivocado, no sólo de la misericordia y la beneficencia de Dios, sino del hecho mismo!

Entregad Palestina a manos cristianas, y volverá a manar leche y miel. Excepto algunas partes del Asia Menor, ninguna porción del Levante es capaz de rendir tal cosecha de grano, seda, lana, frutos, aceite y vino. La gran desventaja

  • bajo la cual labora el país, son sus frecuentes sequías; pero si el suelo se cultivara más generalmente y se replantaran los antiguos huertos, éstas no serían ni tan frecuentes ni tan severas. |

Ascendimos gradualmente las colinas, pasando uno o dos pueblos, incrustados en arboledas de olivos. En los pequeños valles, que se deslizaban hacia las llanuras, los árabes seguían aún arando y sembrando, — cantando entre tanto una vieja canción de amor, con su estribillo de «¡ya, ghazalee! ¡ya, ghazalee!» (¡oh, gacela! ¡oh, gacela!). El valle se estrechó, las tierras bajas a nuestra espalda se extendieron más amplias, y en media hora más estábamos atravesando un angosto desfiladero, entre colinas pedregosas, cubiertas de ilex, mirto y roble enano. La rosa silvestre purpúrea de Palestina florecía por todas partes, y una fragante madreselva blanca pendía en algunos lugares de las rocas.

El camino era terriblemente áspero, y apenas lo bastante ancho para que dos personas a caballo se cruzaran. Encontramos a algunos peregrinos que regresaban de Jerusalén, y a una dispersa compañía de turcos armados, que tenían un aire tan pirático que, sin la solemne aseveración de François de que el camino era del todo seguro, me habría sentido inquieto por nuestro equipaje. La mayoría de las personas que pasamos eran musulmanes, pocos de los cuales daban el acostumbrado «¡La paz sea con vosotros!», pero una vez un cristiano sirio me saludó con «¡Dios vaya con vosotros, oh Peregrino!». Durante dos horas después de entrar en las montañas, apenas había

señal de cultivo. La roca era caliza, o mármol, yacente en estratos horizontales, cuyos bordes rotos se alzaban como terrazas hasta las cumbres. Estas repisas estaban tan cubiertas de arbustos silvestres —en algunos lugares incluso con hileras de olivos— que a mí no me presentaban el menor aspecto de esa desolación

que tan generalmente se les atribuye. “omg! Se.

  1. s,s THE LANDS OF THE SARACEN.

En una pequeña hondonada entre las colinas hay una pequeña mezquita o capilla en ruinas (no pude decidir cuál), sombreada por un grupo de magníficos terebintos. Varios árabes descansaban a su sombra, y esperábamos encontrar allí el agua que buscábamos para hacer el desayuno. Pero no se hallaba, y subimos casi hasta la cumbre de la primera cadena de colinas, donde en un pequeño huerto de olivos había una cisterna, llena por las lluvias recientes. Pertenecía a dos muchachos andrajosos, que nos trajeron un vaso de barro con el agua, y luego preguntaron: «¿Os traemos leche, oh Peregrinos?». Asentí, y recibí una pequeña jarra de suero de mantequilla espeso, no notablemente limpio, pero muy refrescante. Mi compañero, que no se había repuesto de su horror al descubrir que los habitantes de Ramleh se lavaban en el estanque que nos abastecía a nosotros y a ellos, se negó a tocarlo. Hicimos apenas un breve descanso, pues era ya casi mediodía, y aún quedaban muchas millas ásperas entre nosotros y Jerusalén. Cruzamos la primera cadena de montañas, cabalgamos una corta distancia por un altiplano pedregoso, y luego descendimos a un largo valle cultivado, que corría hacia el este. En el extremo más cercano a nosotros aparecía el pueblo de Aboo ’l Ghosh (el Padre de las Mentiras), que toma su nombre de un notable jeque beduino que se distinguió hace algunos años por imponer contribuciones a los viajeros. Obtuvo así una gran suma de dinero, pero como añadió el asesinato al robo y se lanzó sobre turcos lo mismo que sobre cristianos, fue finalmente capturado, y ahora expía sus delitos en alguna mina de la costa del Mar Negro.

Cerca del extremo del pueblo hay un gran edificio en ruinas, usado ahora como establo por los habitantes. El interior está dividido en una nave y dos naves laterales por hileras de pilares

cuadrados, de los que arrancan arcos apuntados. La entrada está al lado, y es gótica, con un toque sarraceno en las molduras ornamentales que la coronan. La gran ventana en el extremo de la nave es notable por tener arcos de medio punto, circunstancia que, junto con los vestigios de ornamentos pintados arabescos en las columnas, me llevó a pensar que podría haber sido una mezquita; pero el Dr. Robinson, que ahora está aquí, la considera una iglesia cristiana, de la época de los Cruzados. Se dice que el pueblo de Aboo ’l Ghosh es el lugar del nacimiento del profeta Jeremías, y bien puedo imaginarlo así.

El aspecto de la región montañosa hacia el este y el nordeste explicaría la salvaje desolación de sus lamentaciones. Todo el valle en que se asienta el pueblo, así como otro que se le une por el este, está cultivado con el mayor esmero. Las laderas pedregosas de las montañas están labradas en terrazas, donde, a pesar de un suelo que se parece a un camino de peaje estadounidense, crecen lozanos rodales de trigo, y olivos de siglos se aferran a las rocas con un puño tan duro y descarnado como la mano de la Muerte. En el lecho del valle prospera la higuera, y a veces la vid y la higuera crecen juntas, formando el patriarcal emparrado de sombra que todos conocemos. Los brotes del árbol son aún jóvenes y verdes, pero las flores de la uva no exhalan todavía su grato aroma. No oí la voz de la tórtola, pero un ruiseñor cantó en los zarzales junto al arroyo mientras pasábamos.

Saliendo de este valle, descendimos por una escalera pedregosa, tan escabrosa como la Escalera de Tiro, al Wady Beit.

Hanineh. Aquí había jardines de naranjos en flor, con huertos de membrillo y manzano, cubiertos de vides, y el fragante espino, nevado con su flor. Un puente

-§6 & | THE LANDS OF THE SARACEN.

de piedra, el único en el camino, cruza el lecho seco de un arroyo invernal, y, mirando valle arriba, vi el pueblo árabe de Kulonieh, a la entrada del valle de Elah, glorioso con los recuerdos del pastorcillo David. Nuestro camino torció a la derecha y comenzó a ascender por un largo y seco desfiladero entre montañas que se volvían más estériles cuanto más avanzábamos. Eran casi las dos de la tarde, el sol ferozmente caliente, y nuestros caballos estaban casi agotados por el áspero camino y nuestras impacientes espuelas. Empecé a figurarme que podíamos ver Jerusalén desde lo alto del paso, y traté de pensar en los días antiguos de Judea. Pero fue en vano. Una imagen más reciente los eclipsaba, y desterraba incluso las más divinas imágenes de Nuestro Salvador y Sus Discípulos. Pagano que era yo, sólo podía pensar en Godofredo y los Cruzados, subiendo fatigosamente por el mismo sendero, y los vibrantes versos de Tasso resonaban constantemente en mi oído:

«Ecco apparir Gierusalemm’ si vede;

Ecco additar Gierusalemm’ si scorge;

Ecco da mille voci unitamente, Gierusalemme salutar si sente!»

La Palestina de la Biblia —la Tierra Prometida a los israelitas, la tierra del Milagro y el Sacrificio para los Apóstoles y sus seguidores— dormía aún en la distancia inalcanzable, bajo un cielo de una hermosura más azul y más tranquila que aquel a cuya bóveda sin nubes alzaba yo la vista. Yacía tan lejana y hermosa como antaño se apareciera a los ojos de la infancia, y las espadas de los Serafines guardaban de pies profanos sus sagradas colinas. Pero estas rocas ásperas a mi alrededor, estas hondonadas secas y ardientes, estos matorrales de roble antiguo e ilex, habían oído las trompetas de la Edad

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THE APPROACH T0 THE HOLY CITY,.€ “5°

Media, y el estruendo y el choque de las armas europeas —i podía sentir y creer aquello. Entré en las filas; seguí las trompetas y los himnos sagrados, y aguardé sin aliento el momento en que toda rodilla con malla cayera en el polvo, y toda mejilla barbada y curtida por el sol se humedeciera con lágrimas de devoción.

Pero cuando subí la última cresta y miré adelante con una especie de penosa suspensión, Jerusalén no apareció. Estábamos a dos mil pies sobre el Mediterráneo, cuyo azul podíamos distinguir débilmente muy al oeste, a través de las muescas de la cadena de colinas. Al norte, las montañas eran grises, desoladas y espantosas. Ni un arbusto ni un árbol aliviaban su espantosa esterilidad. Ante nosotros yacía una extensión de altiplano, cubierta de roca volcánica blanca. Encontramos campesinos con asnos, que parecían (a mis ojos) como si acabaran de dejar Jerusalén. Adelante espoleamos nuestros caballos, y llegamos a un jardín en ruinas, rodeado de setos de cactus, sobre los cuales vi a lo lejos cúpulas y murallas. Respiré hondo y miré a François. Él avanzaba al trote sin volver la cabeza; no habría podido estar tan indiferente si aquélla fuera realmente la ciudad. Poco después llegamos a otra ligera elevación en la llanura pedregosa. Él comenzó a urgir a su jadeante caballo, y en el mismo instante ambos azotamos el brío en los nuestros, nos lanzamos a un galope de romperse la crisma, doblamos la esquina de un viejo muro en lo alto de la colina, y ¡he aquí la Ciudad Santa! Nuestro griego arrancó ambas pistolas de sus fundas y las disparó al aire mientras refrenábamos en la cuesta.

Por las descripciones de los viajeros, había esperado ver en Jerusalén una ordinaria ciudad turca moderna; pero aquella ante mí, con sus murallas, fortalezas y cúpulas, ¿no era aún la

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Ciudad de David? Vi la Jerusalén del Nuevo Testamento, tal como la había imaginado. Largas líneas de murallas coronadas por un parapeto almenado y reforzadas por torres; unas pocas cúpulas y agujas por encima de ellas; grupos de cipreses aquí y allá; esto era todo lo visible de la ciudad. A uno y otro lado la colina descendía hacia los dos profundos valles sobre los que pende. Al este, el Monte de los Olivos, coronado por una capilla y una mezquita, se alzaba alto y escarpado, pero al frente la vista pasaba directamente sobre la ciudad, para reposar muy lejos en las elevadas montañas de Moab, más allá del Mar Muerto. La escena era grandiosa en su sencillez. Los colores predominantes eran el púrpura de aquellas montañas distantes y el gris canoso de las colinas más cercanas. Las murallas eran del amarillo apagado del mármol desgastado por la intemperie, y los únicos árboles, el ciprés oscuro y el olivo bañado por la luna. Ahora, en verdad, por un breve momento, supe que estaba en Palestina; que veía el Monte Olivete y el Monte Sion; y —no sé cómo, la vista se debilitó, y todos los objetos temblaron y ondearon como una película acuosa. Desde que llegué, he contemplado la ciudad desde el Monte de los Olivos, y la he mirado desde abajo desde el Valle de Josafat; pero no puedo restaurar la ilusión de aquella primera vista.

‘Dejamos que nuestros caballos avanzaran lentamente por la media milla restante hasta la puerta de Jaffa. Un inglés, con un chal de seda roja sobre la cabeza, bosquejaba la ciudad, mientras un árabe sostenía un paraguas sobre él. Dentro de la puerta topamos con una tienda italiana con letrero italiano, y tras recorrer una serie de intrincados pasadizos bajo oscuros arcos, y ser rechazados de un hotel, atestado de viajeros, llegamos a otro, regentado por un judío alemán converso, donde encontramos al Dr. Robinson y al Dr. Ely Smith, que ambos habían llegado el día anterior.

EL VALLE DE FUEGO.

con manchas de trigo ralo, que apenas comenzaba a madurar. Las montañas se volvían más desoladas y yermas a medida que avanzábamos, y como hay un descenso regular en las distintas sierras que es preciso atravesar, las colinas distantes de las tierras de Moab y Amón estaban siempre a la vista, alzándose como un alto muro azul contra el cielo. El mar Muerto está 4.000 pies por debajo de Jerusalén, pero la pendiente general del distrito intermedio es tan regular que desde las torres de la ciudad y el monte de los Olivos se puede mirar directamente hacia abajo, sobre sus aguas. Esto me engañó en cuanto a la distancia real, y apenas podía dar crédito a la afirmación de nuestra escolta árabe de que se necesitarían seis horas para llegar. Después de haber cabalgado cerca de dos horas, dejamos el camino de Jericó, enviando a Mustafá y a un viejo y leal árabe directamente a nuestro lugar de descanso para la noche, en el valle del Jordán. Los dos beduinos montados nos acompañaron a través de las escabrosas montañas que se extendían entre nosotros y el mar Muerto.

Al principio tomamos el camino del convento de Mar Saba, siguiendo el curso del arroyo Cedrón por el Wady en-Nar (Valle de Fuego). En media hora más llegamos a dos grandes cisternas, excavadas bajo la base de un acantilado de caliza, y casi llenas de agua de lluvia. La superficie estaba cubierta de una espuma vegetal verdosa, y tres árabes monteses, sucios y salvajes, se lavaban en la principal de ellas.

Nuestros beduinos desmontaron en seguida y siguieron su ejemplo, y después de haber tomado algún refrigerio, tuvimos la satisfacción de llenar nuestro jarro de agua en la misma dulce poza. Después de esto, dejamos el camino de San Saba y subimos a la altura al este del valle. Desde aquel punto desapareció toda señal de cultivo y de habitación. Las montañas eran sombrías, peladas y espantosamente escabrosas. La escasa hierba, animada a vivir por las lluvias invernales, estaba ya abrasada de todo verdor; algunos manojos de salvia silvestre, gnaphalium y otras resistentes hierbas aromáticas salpicaban el suelo amarillo, y en los lugares abrigados las amapolas escarlata ardían como brasas de fuego entre las grietas de la gris roca caliza. Nuestra senda seguía por las crestas y cumbres más altas de las colinas, entre las cañadas y gargantas que se hundían a uno y otro lado hasta una profundidad vertiginosa, y eran tan escarpadas que resultaban casi inaccesibles. La región está tan surcada, tajada y desgarrada, que ninguna obra de mano humana puede salvarla de una perpetua desolación. Es un yermo más desesperanzado que el Desierto. Si me dejaran solo en medio de él, me tendería y aguardaría la muerte, sin pensamiento ni esperanza de rescate.

El carácter del día era peculiarmente adecuado para realzar la impresión de tal paisaje. Aunque no había nubes, el sol era invisible: hasta donde alcanzábamos a ver, más allá del Jordán, y hacia el sur hasta las montañas de Moab y los acantilados de Engaddi, todo el país estaba cubierto como por el humo de un horno; y el furioso siroco, que amenazaba con precipitarnos en los abismos que se abrían a uno y otro lado, no tenía frescura en sus alas. Los caballos eran de pie firme, pero de vez en cuando venía una ráfaga que nos hacía forcejear contra ella a ellos y a nosotros, para no ser estrellados contra la roca de un lado o lanzados desde el borde del otro. La atmósfera era penosamente opresiva, y poco a poco un obstinado silencio se apoderó de nuestra partida. Después de pasar un alto pico que François llamaba Djebel Nuttar, la Montaña de la Lluvia, llegamos a un gran edificio musulmán, situado en una eminencia desolada, que dominaba parte del valle del Jordán.

Éste es el sepulcro llamado Nebbee Moussa por los árabes, y que ellos creen erigido sobre el lugar donde murió Moisés. Nos detuvimos ante la puerta, pero nadie vino a admitirnos, aunque mi compañero creyó ver una cabeza de hombre en una de las aberturas del muro. La tradición árabe yerra aquí tanto como la tradición cristiana en muchos otros lugares. El verdadero Nebo está en algún punto de la cadena del Pisga; y aunque probablemente yo lo vi, y lo ven todos los que descienden al Jordán, sin embargo, «ningún hombre conoce su lugar hasta el día de hoy». Más allá de Nebbee Moussa salimos a las últimas alturas que dominan el mar Muerto, aunque aún quedaban por pasar varias millas de colinas bajas. La cabecera del mar era visible hasta el Ras-el-Feshka al oeste, y las fuentes calientes de Callirhoé en la orilla oriental. Más allá de esto todo era vapor y oscuridad. El agua era de un suave y profundo matiz purpúreo, que se aclaraba hasta volverse azul. Nuestro camino descendía por lo que parecía una vasta calzada en pendiente desde las montañas, entre dos barrancos amurallados por acantilados de varios cientos de pies de altura. Poco a poco se allanaba en una llanura, cubierta de una incrustación blanca y salina, y poblada de matas de sauce amargo, tamarisco y otros arbustos, entre los cuales busqué en vano el osher, o manzana del mar Muerto. Las plantas parecían heridas de lepra; pero había algunas flores que crecían casi hasta el mismo borde del mar. Llegamos a la orilla hacia las 2 de la tarde.

El calor a esta hora era extremadísimo, y el aire tan denso que me ocasionaba dolores en los oídos. El mar Muerto está 1.300 pies por debajo del Mediterráneo, y sin duda es la parte más baja de la superficie terrestre. Atribuyo la opresión que sentí a este hecho y a la bochornosa pesadez del día, más que a cualquier exhalación del mar mismo. François observó, sin embargo, que si el viento —que a esta hora giraba hacia el nordeste— hubiera soplado del sur, apenas lo habríamos podido soportar. El mar parece un gran caldero, hundido entre montañas de tres a cuatro mil pies de altura; y probablemente no experimentamos más que una décima parte del calor del verano.

Propuse un baño, a modo de experimento, pero François trató de disuadirnos. Él lo había probado, y nada podía ser más desagradable; corríamos el riesgo de contraer una fiebre y, además, aún nos quedaban cuatro horas de peligroso viaje. Pero a esta hora estábamos medio desnudos, y pronto flotábamos sobre las claras ondas bituminosas. La playa era de grava fina y descendía gradualmente. Mantuve el turbante sobre la cabeza y tuve cuidado de no tocar el agua con el rostro. El mar estaba moderadamente tibio y era agradablemente suave y calmante para la piel. Era imposible hundirse; e incluso nadando, el cuerpo sobresalía medio del agua. Creo que sería posible zambullirse a corta distancia, pero preferiría que otro hiciera el experimento.

Con un leño por almohada, uno podría dormir como en uno de esos colchones patentados. El sabor del agua es salado y picante, y escuece la lengua como el salitre. Nos vimos obligados a vestirnos a toda prisa, sin siquiera secarnos el detestable líquido; sin embargo, experimenté muy poco de aquel malestar que la mayoría de los viajeros ha señalado. Donde la piel había estado previamente magullada, había una ligera sensación de escozor, y mi cuerpo estaba pegajoso y glutinoso, pero el baño fue más bien refrescante que lo contrario.

Volvimos las cabezas de nuestros caballos hacia el Jordán y seguimos por una llanura seca y estéril. Los dos beduinos al principio galoparon a toda brida, lanzando gritos y blandiendo sus largos fusiles en el aire. El polvo que levantaban volaba en nuestros rostros, y contenía tanta sal que mis ojos comenzaron a escocer dolorosamente. Entonces los seguí a igual velocidad, y dejamos tras nosotros una larga nube del maldito suelo girando en remolino. Pronto, sin embargo, se quedaron atrás y siguieron manteniéndose a cierta distancia de nosotros. La razón de esto pronto se explicó. El sendero torcía hacia el este, y ya veíamos una línea de verde oscuro serpenteando por el yermo. Éste era el Jordán, y las montañas de más allá, hogar de los árabes ladrones, estaban cerca. Aquellos ladrones cruzan con frecuencia el río y se ocultan detrás de las dunas de este lado. Nuestra valiente escolta se inclinaba, por tanto, a ponernos por delante como avanzada perdida, y asegurar su propia retirada en caso de ataque. Pero como todos estábamos bien armados, y nunca habíamos considerado su compañía más que como una manera distinguida de comprarlos para que no nos robaran, les permitimos rezagarse cuanto quisieran. Por fin, al acercarnos al Vado de los Peregrinos, uno de ellos tomó posición a cierta distancia del río, sobre la cima de un montículo, mientras el otro se puso detrás de unos árboles cercanos; para, según dijeron, vigilar las colinas de enfrente y avisarnos siempre que vieran a alguno de los Beni Sukr, o de los Beni Adwam, o de los Tyakh, cayendo sobre nosotros.

El Jordán en este punto no tendrá por término medio más de diez yardas de anchura. Corre al fondo de una hondonada de unos quince pies de profundidad, que atraviesa el ancho valle en un curso sumamente tortuoso. El agua tiene un matiz blanquecino y arcilloso, y es muy rápida. Los cambios de la corriente han formado islas y bancos de tierra aquí y allá, cubiertos de una densa vegetación de fresnos, álamos, sauces y tamariscos. Las orillas del río están bordeadas de matorrales, ahora cubiertos de vides silvestres y fragantes de plantas en flor. Los pájaros cantan continuamente en los frescos y oscuros sotos de los árboles. Encontré un singular encanto en las salvajes, solitarias y exuberantes orillas, en la maleza enmarañada y en el rápido y murmurante curso del sagrado arroyo, al deslizarse a la vista y fuera de la vista entre los árboles.

Es casi imposible llegar al agua en cualquier otro punto que el Vado de los Peregrinos, la supuesta localidad del paso de los israelitas y del bautismo de Cristo. La llanura cercana está todavía ennegrecida por los fuegos de campamento de los diez mil peregrinos que bajaron de Jerusalén hace tres semanas para bañarse. Atamos nuestros caballos a los árboles y nos preparamos para seguir su ejemplo, lo cual era necesario, aunque sólo fuera para lavarnos la inicua viscosidad del mar Muerto. François, entretanto, llenó dos frascos de estaño del arroyo y los guardó en las alforjas. La corriente era tan rápida que uno no podía aventurarse lejos sin riesgo de ser arrastrado; pero logré una inmersión completa y sumamente refrescante.

La mancha de Gomorra no quedó del todo lavada, pero me alejé cabalgando con una sensación de alivio tan grande como si el bautismo hubiera sido también moral y me hubiera purificado del pecado.

Cabalgamos cerca de dos horas, en dirección noroeste, hasta la aldea beduina de Rihah, cerca del emplazamiento de la antigua Jericó.

Antes de llegar a él, la llanura salina gris desaparece, y el suelo se cubre de hierba y de plantas. El carácter estéril de la primera región se debe evidentemente a los depósitos de los vapores del mar Muerto, que el viento del sur arrastra sobre la llanura. Los cauces de los arroyos que rodean a Jericó están llenos de árboles nebbuk, cuyo fruto está justamente madurando. Es al parecer indígena, y crece con mayor lozanía que en el

Nilo Blanco. Es una variedad del rhamnus, y los botánicos lo señalan como la Spina Christi, de la cual se hizo la burlona corona de espinas del Salvador. No veo razón para dudarlo, pues las ramillas son largas y flexibles, y están armadas de pequeñas, aunque cruelísimas, espinas. Tuve que pagar el haber cogido algunos de los frutos con un vestido desgarrado y los dedos ensangrentados. Las pequeñas manzanas que produce son ligeramente ácidas y excelentes para mitigar la sed. Noté también en la llanura una variedad de la belladona, con grandes bayas de color dorado. Las flores primaverales, tan abundantes ahora en todas las demás partes de Palestina, han desaparecido ya del valle del Jordán.

Ribah es una vil aldea de tiendas y chozas de barro, y la única reliquia de la antigüedad que hay cerca de ella es una torre cuadrada, que posiblemente sea de la época de Herodes. Hay algunos jardines en el lugar, y una arboleda de soberbios higueras. Encontramos nuestra tienda ya levantada junto a un arroyuelo que brota de la Fuente de Eliseo. La tarde era muy bochornosa, y los mosquitos no nos dejaron descansar. Compramos algo de leche a un anciano que vino a la tienda, pero tal era su desconfianza hacia nosotros que se negó a dejarnos conservar la vasija de barro que la contenía hasta la mañana. Como ya habíamos pagado el dinero a su hijo, no quisimos permitirle llevarse la leche hasta que hubiera devuelto la moneda. Tomó entonces un puñal de su cintura y lo arrojó delante de nosotros como garantía, mientras se llevaba la vasija y devolvía el precio. He visto con frecuencia el mismo espíritu desconfiado en Egipto. Nuestros dos beduinos, a quienes di tabaco por la noche, manifestaron su gratitud robando el resto de nuestra provisión durante la noche.

Esta mañana seguimos el arroyo hasta su origen, la

Fuente de Eliseo, llamada así por ser probablemente la que sanó el Profeta. Si es así, la curación apenas fue completa. El agua, que brota fuerte y libre al pie de un montículo rocoso, es tibia y ligeramente salobre. Se extiende en un estanque poco profundo, a la sombra de una hermosa higuera sicómoro. Justo debajo hay algunos restos de viejos muros a ambos lados, y el arroyo se aleja rugiendo por una jungla lozana de cañas de quince pies de altura. El sitio preciso de Jericó, creo, no ha sido fijado, pero «la ciudad de las palmeras», como se la llamaba, estaba probablemente en la llanura, cerca de unos montículos que se alzan detrás de la Fuente. Aquí hay rastros ocasionales de muros de cimentación, pero tan arruinados que no dan pista alguna sobre la fecha de su erección. Más hacia la montaña hay algunos arcos, que parecen ser sarracenos. Al ascender de nuevo a la región montañosa, observé varios rastros de cisternas en el fondo de las barrancas, que recogen las lluvias. Herodes, como es bien sabido, construyó muchas de esas cisternas cerca de Jericó, donde tenía un palacio. En la primera cresta a la que subimos hay aún en pie parte de una torre romana. La vista, mirando atrás sobre el valle del Jordán, es magnífica, y se extiende desde el mar Muerto hasta las montañas de Galaad, más allá del país de Amón. Creí poder distinguir el punto en que el río Yabbok desciende de Mizpeh de Galaad para unirse al Jordán.

El desierto en que ahora entrábamos era tan estéril como el que atravesamos ayer, pero menos escabroso. El sendero ascendía por el borde de un desfiladero profundo, en cuyo fondo un pequeño arroyo espumeaba sobre las rocas. Las altas y desoladas cumbres hacia las que subíamos son consideradas por algunos geógrafos bíblicos como el monte Quarantana, escenario del ayuno y la tentación de Cristo. Tras dos horas

REGRESO A JERUSALÉN.

llegamos a las ruinas de un gran khan u hospedería, bajo uno de los

picos, que François afirmaba ser el verdadero «alto monte» desde donde el Diablo mostró los reinos de la tierra. Hay una cueva en la roca que los supersticiosos consideran el orificio por el que

salió Su Majestad Satánica. Encontramos gran número de familias árabes, con sus rebaños, descendiendo de las montañas para establecer su residencia de verano cerca del Jordán. Iban todos a pie, excepto los niños pequeños y las cabras, que iban apiñados juntos sobre los lomos de los asnos. Los hombres iban armados, y parecían ser de la misma tribu que nuestra escolta, con la que tenían buen entendimiento.

La mañana era fría y nublada, y nos apresuramos por las colinas hasta una fuente en el valle del torrente Cedrón, donde desayunamos. Antes de que hubiéramos llegado a Betania cayó una lluvia, y el cielo se cernía oscuro y amenazador sobre Jerusalén cuando pasamos la cresta del monte de los Olivos. Sigue lloviendo, y el estado inmundo de la ciudad supera cuanto he visto, incluso en Oriente.

La Jerusalén moderna.—El sitio de la ciudad.—El monte Sion.—El monte Moriah.—El Templo.— El valle de Josafat.—Los olivos de Getsemaní.—El monte de los Olivos.—Tradición musulmana.—Panorama desde la cumbre.—El interior de la ciudad.—La población.— Misiones y misioneros.—El cristianismo en Jerusalén.—Intolerancia.—Los judíos de Jerusalén.—El rostro de Cristo.—La iglesia del Santo Sepulcro.—El Santo de los Santos.—Las localidades sagradas.—Visiones de Cristo.—La mezquita de Omar.—El hombre santo de Tombuctú.—Preparativos de partida.

«Corta tu cabello, oh Jerusalén, y arrójalo, y entona una lamentación en las alturas; porque el Señor ha rechazado y abandonado a la generación de su ira.»—JEREMÍAS vii. 29.

«Aquí vagan los peregrinos, que erraron tan lejos para buscar en el Gólgota al muerto, que vive en el Cielo.»

—MILTON.

Jerusalén, lunes 8 de mayo de 1852.


Como los viajes van convirtiéndose en parte necesaria de la educación, y un viaje por el Este ya no entraña riesgo personal, Jerusalén será pronto una estación del gran tour tan familiar como París o Nápoles. La tarea de describirla raya ya en lo superfluo, tan a fondo ha sido trazada la topografía de la ciudad por los estudios de Robinson y los dibujos de Roberts. Poco más queda por hacer a la investigación bíblica. Los pocos lugares que pueden ser —son hoy generalmente aceptados, y los muchos dudosos habrán de ser siempre materia de especulación y conjetura. No hay nueva luz que disipe la nube de incertidumbres en que uno continuamente vaga. Mas, aun rechazando todo esto con el espíritu más escéptico, queda todavía bastante para hacer sagrado el lugar a los ojos de todo seguidor de Cristo. La ciudad se alza sobre el solar antiguo; el Monte de los Olivos la mira desde lo alto; los cimientos del Templo de Salomón están sobre el Monte Moriah; la Piscina de Siloé tiene aún una copa de agua para quienes al mediodía descienden al Valle de Josafat; la puerta antigua mira todavía hacia Damasco, y del Palacio de Herodes queda una torre que el Tiempo, el Turco y el Cruzado han respetado.

Jerusalén está edificada sobre la cresta culminante de la región montañosa de Palestina, justo donde esta empieza a inclinarse hacia el este. A menos de media milla de la Puerta de Jaffa, las aguas corren hacia el Mediterráneo. Se halla a unos 2.700 pies sobre este, y a 4.000 pies sobre el Mar Muerto, hacia el cual el descenso es mucho más abrupto. El monte, o más bien grupo de pequeños montes, sobre el que se asienta Jerusalén, se inclina hacia el este hasta el borde del Valle de Josafat, y el Monte de los Olivos se alza enfrente, desde cuyos flancos y cumbre se ve toda la ciudad extendida como un mapa ante uno. El Valle de Hinnom, cuyo lecho está a un nivel mucho más alto que el de Josafat, bordea la parte sudoccidental y meridional de las murallas, y desemboca en este último valle al pie del Monte Sion, el más meridional de los montes. La pendiente escarpada en la confluencia de los dos valles es el solar de la ciudad de los jebuseos, la parte más antigua de Jerusalén. Está ahora cubierta de terrazas de jardín, cruzando la muralla actual desde el Monte Sion al sur hasta el Monte Moriah al este.

Una pequeña cañada, llamada antiguamente el Tiropoeón, divide los montes y serpentea hasta la Puerta de Damasco, al norte, si bien, por la altura de las murallas y la posición de la ciudad, la depresión que causa en la masa de edificios no es muy perceptible, excepto desde este último punto.

Moriah es el más bajo de los montes, y pende directamente sobre el Valle de Josafat. Su cumbre fue edificada por Salomón de modo que formara una terraza cuadrangular de quinientas por trescientas yardas de dimensión. Los cursos inferiores del grandioso muro, compuestos de enormes bloques de caliza conglomerada gris, subsisten todavía, y no parece haber duda de que son del tiempo de Salomón. Algunas de las piedras son de tamaño enorme; advertí varias de quince, y una de veintidós pies de longitud. La parte superior del muro fue restaurada por el sultán Selim, el conquistador de Egipto, y el nivel de la terraza sostiene ahora la gran Mezquita de Omar, que se alza sobre el mismísimo solar del templo. Excepto estos muros de cimentación, la Puerta de Damasco y la Torre de Hipico, nada queda de la ciudad antigua. La longitud del perímetro de la muralla actual es de unas dos millas, pero el circuito de Jerusalén en tiempo de Herodes era probablemente del doble de esa distancia.

Las mejores vistas de la ciudad son desde el Monte de los Olivos y la colina al norte de este, desde donde Tito dirigió el sitio que resultó en su total destrucción. Los cruzados a las órdenes de Godofredo de Bouillon acamparon en la misma colina. Mi primer paseo después de llegar aquí fue a la cumbre del Monte de los Olivos. No lejos del hotel dimos con la Vía Dolorosa, por la que, según la tradición católica, Cristo subió penosamente con la cruz sobre sus hombros. Me resultó del todo imposible imaginar que caminaba por el mismo sendero, y preferí dudar de la tradición. Un arco se alza sobre la calle en el punto donde dicen que fue mostrado al pueblo. (Ecce Homo.) El pasaje es empinado y áspero, y desciende hasta la Puerta de San Esteban por el Palacio del Gobernador, que se alza sobre el solar de la casa de Poncio Pilato. Aquí, en el muro que forma la parte septentrional de los cimientos del templo, hay algunos muy bellos restos de antigua labranza.

Desde la muralla de la ciudad, el terreno desciende abruptamente al Valle de Josafat. Los residentes turcos tienen sus tumbas del lado de la ciudad, justo bajo el pórtico de la mezquita, mientras que miles de judíos hallan una beatitud peculiar en hacerse enterrar en la ladera opuesta del Monte de los Olivos, la cual está en algunos lugares bastante cubierta de sus desmoronadas lápidas. El lecho del Torrente Cedrón está ahora seco y pedregoso. Una especie de capilla, construida en el fondo del valle, es supuesta por los griegos que cubre el sepulcro de la Virgen —pretensión que los latinos consideran absurda. Cerca de aquí, al pie mismo del Monte de los Olivos, esta última secta ha construido últimamente un alto muro de piedra en torno al Huerto de Getsemaní, al parecer con el propósito de proteger los cinco ancianos olivos. Ignoro los fundamentos por los que se sitúa aquí Getsemaní. La mayoría de los viajeros han dado su fe al lugar, pero el doctor Robinson, que es más fidedigno que cualquier cantidad de mera tradición, no coincide con ellos. Los árboles no parecen tan antiguos como algunos de los que hay al pie del Monte Carmelo, que se supone datan de la colonia romana establecida por Tito. Es más, bien sabido es que al tiempo de la toma de Jerusalén por aquel emperador, todos los árboles, por muchas millas a la redonda, fueron destruidos. Los olivos, por tanto, no pueden ser aquellos bajo los cuales Cristo descansó, aun suponiendo que este sea el verdadero sitio de Getsemaní.

El Monte de los Olivos es una colina escarpada y rugosa, que domina la ciudad y las alturas circundantes. Está todavía cubierto de olivares, y plantado de parcelas de grano, que no medran bien en el pedregoso suelo. En la cumbre hay una mezquita, con un alminar anejo, que ofrece una grandiosa vista panorámica. Cuando llegamos a ella, el Jefe del Colegio de Derviches, en el patio de la Mezquita de Omar, salió con varios acompañantes. Nos saludó cortésmente, lo que no habría sido el caso de haber sido el Superior del Convento latino, y nosotros monjes griegos. Había algunas damas turcas en el interior de la mezquita, de modo que no pudimos entrar, y por tanto no vimos la roca que contiene las huellas de los pies de Cristo, quien, según la tradición musulmana, ascendió al cielo desde este lugar. Los mahometanos, acaso no sea generalmente sabido, aceptan la historia de Cristo, excepto su crucifixión, creyendo que pasó al cielo sin morir, siendo otra persona crucificada en su lugar. Le llaman el Roh-Allah, o Espíritu de Dios, y le consideran, después de Mahoma, como el más santo de los Profetas.

Subimos a la galería del alminar. La ciudad yacía enfrente, tan claramente extendida a nuestra vista que casi cada casa podía distinguirse por separado. Es una masa de edificios grises, con techos de cúpula, y a no ser por las mezquitas de Omar y El Aksa, con sus patios y galerías en torno, sería en extremo insulsa de aspecto. Los únicos otros puntos prominentes son las torres del Santo Sepulcro, la ciudadela, que encierra la Torre de Herodes, y la mezquita sobre el monte Sion. La muralla turca, con sus ángulos agudos, sus bastiones cuadrados y las largas líneas aspilleradas de su parapeto, es el rasgo más llamativo de la vista. Colinas pedregosas se extienden desde la ciudad por todos lados, alegradas al presente por extensiones de trigo que brota, pero más tarde en la estación, pardas y desoladas. Al sur se divisa el convento de San Elías, y parte de la pequeña villa de Belén. Pasé al lado oriental de la galería, y mirando desde allí, muy abajo entre los estériles montes, contemplé una larga sábana de agua azul, cuyo extremo meridional se desvanecía en una calina caliente y sulfurosa. Los montes de Amón y Moab, que formaban el fondo de mi primera vista de Jerusalén, se alzaban como un vasto muro contra el cielo, más allá del misterioso mar y del ancho valle del Jordán. La gran depresión de este valle bajo el nivel del Mediterráneo le da un carácter muy notable. Parece incluso más profundo de lo que en realidad es, y semeja un enorme abismo o foso que separara dos regiones distintas de la tierra. El khamseen soplaba desde el sur, desde los desiertos de Edom, y arrojaba su velo de vapor ardiente sobre el paisaje. El muecín me señaló la ubicación de Jericó, de Kerak en Moab y de Es-Salt en el país de Amón. Al poco rato la sombra del alminar denotó el mediodía, y, poniendo las manos a ambos lados de la boca, gritó primero hacia el lado Sur, hacia La Meca, y luego al Oeste, al Norte y al Este: «¡Dios es grande: no hay más Dios que Dios, Mahoma es su Profeta! ¡Postrémonos ante Él: y a Él solo sea la gloria!»

Jerusalén, interiormente, no da otra impresión que la de inmundicia, ruina, pobreza y degradación. Hay dos o tres calles en la parte occidental o más alta de la ciudad que están tolerablemente limpias, pero todas las demás, hasta las mismas puertas del Santo Sepulcro, son canales de pestilencia. El Barrio Judío, que es el más grande, me enfermó y repugnó de tal modo, que preferiría recorrer entero el circuito de las murallas antes que atravesarlo por segunda vez. Los bazares son pobres, comparados con los de otras ciudades orientales del mismo tamaño, y el comercio principal parece ser en rosarios, tanto turcos como cristianos, cruces, sellos, amuletos y piezas del Santo Sepulcro.

La población, que posiblemente llegue a 20.000 almas, es al parecer judía en su mayor parte; al menos, en mis paseos me ha impresionado principalmente el rostro hebreo. El número de judíos ha aumentado considerablemente en pocos años, y hay también bastantes que, convertidos al protestantismo, fueron traídos aquí a expensas de sociedades misioneras inglesas con el propósito de formar una comunidad protestante. Dos de los hoteles están regentados por familias de esta clase. Se calcula que cada miembro de la comunidad ha costado a la Misión unos 4.500 libras: suma que habría cristianizado diez veces el número de paganos ingleses. La Misión, sin embargo, se mantiene por sus patronos como una especie de lujo religioso. Los ingleses han construido últimamente una muy hermosa iglesia dentro de las murallas, y el reverendo doctor Gobat, bien conocido por sus labores misioneras en Abisinia, tiene ahora el título de Obispo de Jerusalén. Un amigo suyo en el África Central me dio una carta de presentación para él, y quedo bastante decepinted in finding him absent. El Dr. Barclay, de Virginia, hombre dignísimo en todo sentido, está al frente de la Misión Americana aquí. Existe, además, lo que se llama la «Colonia Americana», en la aldea de Artos, cerca de Belén: una pequeña comunidad de entusiastas religiosos, cuyos experimentos

CRISTIANISMO EN JERUSALÉN. 401

en el cultivo han alcanzado un éxito notable, y de los que mucho se habla al presente. | Cualquiera que sea el bien que las diversas misiones aquí puedan, con el tiempo, realizar (al presente no equivale a mucho), Jerusalén es el último lugar del mundo donde un pagano inteligente se convertiría al cristianismo. Si yo fuera arrojado aquí, ignorante de toda religión, y hubiera de comparar las vidas y prácticas de las distintas sectas como medio para hacer mi elección —en suma, para juzgar de cada fe por el proceder de sus profesores—, me volvería al punto musulmán. Cuando consideráis que en el Santo Sepulcro hay varias capillas, cada una perteneciente a una secta diferente que se llama a sí misma cristiana, y que una policía turca está siempre apostada allí para impedir las sangrientas riñas que a menudo estallan entre ellas, podéis juzgar cómo practican la fe pura que él procuró establecer quienes se llaman seguidores del Príncipe de la Paz.

Entre las iglesias griega y latina, especialmente, hay una enemistad mortal, y sus contiendas son un escándalo, no sólo para los pocos cristianos de aquí, sino para los mismos musulmanes. Creo que al presente hay una especie de tregua, debido al arreglo de algunas de las disputas —como, por ejemplo, la restitución de la estrella de plata que los griegos robaron del santuario de la Natividad, en Belén. Los latinos, sin embargo, no ha mucho, demolieron, vi et armis, una capilla que los griegos comenzaron a construir en el Monte Sion. Pero, si el empleo de armas materiales se ha abandonado por el momento, no por ello deja de proseguir una guerra de palabras y de sonidos. Entrad en el Santo Sepulcro cuando se celebra la misa, y apenas podréis soportar el estruendo. Apenas comienza el coro griego su agudo canto, cuando los latinos se lanzan al asalto.

Tienen un órgano, y terriblemente forcejea ese órgano con sus fuelles y se afana en sus tubos por ahogar el canto rival. Creéis que los latinos se llevarán la palma, cuando de pronto los címbalos de los abisinios irrumpen con áspero estrépito de bronce, y por el momento triunfan. Luego están los coptos, y los maronitas, y los armenios, y no sé cuántas otras sectas más, que han de tener su parte; y el oficio que debiera ser una armonía de muchas voces, penetrada por un solo gran espíritu de devoción, se convierte en una orgía discordante, digna de los ritos de Belial.

Hace mucho tiempo —no sé el número preciso de años— el Sultán otorgó un firman, en respuesta a la solicitud de judíos y cristianos por igual, permitiendo a los miembros de cada secta dar muerte a cualquier persona perteneciente a la otra secta que fuese hallada dentro de sus iglesias o sinagogas. El firman nunca ha sido revocado, aunque en todo lugar salvo Jerusalén sigue siendo letra muerta. Aquí, si bien los judíos permiten libremente a los cristianos entrar en su sinagoga, un judío que entrara en el Santo Sepulcro tendría suerte si escapara con vida. No ha mucho, un caballero inglés, a quien los monjes tomaron por judío, fue golpeado tan severamente que estuvo postrado en cama dos meses. ¡Qué escándalo peor, qué abominación, que el lugar tenido por tantos cristianos como el más terriblemente sagrado de la tierra sea escenario de tan brutal intolerancia! Nunca paso junto al grupo de oficiales turcos, que fuman tranquilamente sus largas pipas y sorben su café dentro del vestíbulo de la Iglesia, sin un sentimiento de humillación. Peores que los cambistas a quienes Cristo expulsó a latigazos del Templo, los guardianes de este edificio hacen de Su crucifixión y resurrección un medio de lucro. Podéis comprar un trozo de la

LOS JUDÍOS DE JERUSALÉN. 481

piedra que cubre el Santo Sepulcro, debidamente certificado por el Patriarca Griego de Jerusalén, por unos 7 dólares. En Belén, que visité esta mañana, el monje latino que nos mostró el pesebre, la fosa donde fueron sepultados 12.000 inocentes, y otras cosas, tenía mucho menos que decir de la santidad o autenticidad del lugar que de la injusticia de permitir a los griegos una parte en su posesión.

Las familias judías nativas de Jerusalén, así como las de otras partes de Palestina, presentan una marcada diferencia respecto de los judíos de Europa y América. Poseen las mismas características físicas —el ojo oscuro y oblongo, la nariz prominente, la mejilla y la mandíbula fuertemente marcadas—, pero en estos últimos tales rasgos se han vuelto duros y toscos. Siglos dedicados a las formas más bajas y degradantes del tráfico, con la tolerancia de la persecución y el oprobio, han cambiado y vulgarizado grandemente el aspecto de la raza. Pero los judíos de la Ciudad Santa conservan todavía una noble belleza, que probaba a mi entender su descendencia de las antiguas casas principescas de Israel.

La frente es más elevada, el ojo más grande y más franco en su expresión, la nariz más delicada en su prominencia, y el rostro de un óvalo más puro. He advertido la misma distinción en los semblantes de aquellas familias judías de Europa cuyos miembros se han consagrado al Arte o a la Literatura.

El de Mendelssohn era un rostro que bien pudiera haber pertenecido a la Casa de David.

La tarde de mi llegada a la ciudad, cuando salí a caminar por los bazares, me topé con un judío nativo cuyo rostro me ha de perseguir por el resto de mi vida. Iba yo vagando despacio, preguntándome «¿Es ésta Jerusalén?», cuando, al alzar los ojos, se encontraron con los de Cristo. Era el mismísimo

rostro que ha pintado Rafael —los rasgos tradicionales del Salvador, tal como los reconoce y acepta toda la cristiandad. El ondulado cabello castaño, en parte oculto por un gorro judío, caía en racimos sobre las orejas; el rostro era del óvalo más perfecto, y casi femenino en la pureza de su contorno; la serena boca, infantil, estaba sombreada por un ligero bigote, y una sedosa barba castaña cubría la barbilla; pero los ojos —¿volveré alguna vez a mirar en tales orbes?—, grandes, oscuros, insondables, resplandecían con una expresión de divino amor y divino dolor, cual nunca antes vi en rostro humano.

El hombre acababa de salir de un oscuro arco, y el áureo resplandor del ocaso, reflejado en un muro blanco por encima, cayó sobre su rostro. Acaso fue esta transfiguración la que hizo su belleza tan sobrenatural; pero, durante el momento en que le vi, fue para mí una revelación del Salvador. Todavía hay milagros en la Tierra de Judá. Al irse juntando la penumbra en las hondas calles, no podía ver sino la inefable dulzura y benignidad de aquel semblante, y mi amigo no poco se asombró, si no se escandalizó, cuando le dije, con la seriedad de la convicción, a mi regreso: «Acabo de ver a Cristo».

Hice el recorrido del Santo Sepulcro el domingo, mientras los monjes celebraban la fiesta de la Invención de la Cruz, en la capilla de la Emperatriz Elena. Como el hallazgo de la cruz por la Emperatriz es casi la única autoridad para los lugares encerrados dentro del Santo Sepulcro, fui allí inclinado a dudar de su autenticidad, y salí con mi duda enormemente fortalecida. El edificio es un confuso laberinto de capillas, coros, santuarios, escaleras y bóvedas —sin plan definido ni belleza arquitectónica alguna, aunque muy rico

en partes y lleno de efectos pintorescos. Lámparas de oro arden continuamente ante los lugares sagrados, y rara vez visitaréis la iglesia sin ver alguna procesión de monjes, con cruces, incensarios y cirios, que recorren los pasadizos sombríos, de santuario en santuario. Es asombroso cuántas localidades se reúnen bajo un solo techo. Al principio os muestran la piedra en que Cristo descansó del peso de la cruz; luego, el lugar donde los soldados echaron suertes sobre Sus vestiduras, ambos contiguos al Sepulcro. Después de ver esto, os llevan a la Columna de la Flagelación; al cepo; al lugar de la coronación de espinas; al sitio donde Él encontró a Su madre; a la cueva donde la Emperatriz Elena halló la cruz; y, por último, a la cumbre del Monte Calvario. El Sepulcro es un pequeño edificio de mármol en el centro de la iglesia. Nos descalzamos en la entrada, y un monje griego nos llevó, primero, a una especie de antecámara, alumbrada con lámparas de oro, y que tiene en el centro, encerrada en una caja de mármol, la piedra sobre la que se sentó el ángel. Agachándonos por una puerta baja, entramos en el Sepulcro mismo. Cuarenta lámparas de oro arden sin cesar sobre la losa de mármol blanco que, según dicen los monjes, protege la piedra donde fue depositado el cuerpo de Cristo.

Cuando de nuevo salimos, nuestro guía nos condujo por una escalera a un segundo piso, en el que se alzaba un santuario literalmente llameante de oro. Arrodillándose en el suelo de mármol, retiró un escudo dorado y nos mostró el agujero en la roca del Calvario donde fue plantada la cruz. Cerca de él estaba la grieta producida por el terremoto que siguió a la Crucifixión. Pero, a mis ojos, ayudados por la luz del mortecino cirio de cera, no era una ruptura violenta, como la que produciría un terremoto, y la roca no parecía ser la misma de que está construida Jerusalén.

Cuando nos volvíamos para salir, apareció un monje con una jofaina de agua de rosas sagrada, que roció sobre nuestras manos, otorgando doble porción a un rosario de sándalo que yo llevaba.

Pero era un rosario mahometano, traído de La Meca, y que contenía el número sagrado de noventa y nueve cuentas.

No tengo espacio aquí para exponer todos los argumentos en pro y en contra de las localidades del Santo Sepulcro. Llegué a la conclusión de que ninguna de ellas era auténtica, y me alegra contar con el concurso de autoridad tan distinguida como el Dr. Robinson. Lejos de ser esto motivo de pesar, yo, por mi parte, me regocijo de que esos lugares sagrados estén perdidos para el mundo.

El cristianismo no los necesita, y se les ahorra una profanación diaria en nombre de la religión. Sabemos que Cristo ha caminado por el Monte de los Olivos, y ha descendido a la Piscina de Siloé, y se ha detenido en Betania; sabemos que aquí, dentro del circuito de nuestra visión, ha sufrido agonía y muerte, y que desde este pequeño punto salió toda la luz que ha hecho

el mundo más grande y más feliz y mejor en sus días posteriores que en los anteriores.

Sin embargo, debo confesar francamente que, al vagar por esta ciudad —venerada por igual por cristianos, judíos y turcos como una de las más santas del mundo—, me he sentido recordado de Cristo, el Hombre, más bien que de Cristo, el Dios. En la gloria que se cierne sobre Palestina a lo lejos, imaginamos emociones que nunca llegan cuando pisamos el suelo y recorremos los sitios consagrados. Mientras subía penosamente el Monte de los Olivos, sobre las mismas huellas de Cristo, jadeante por el calor y la difícil ascensión,

hallé del todo imposible concebir que la Deidad, en forma humana, hubiera caminado allí antes que yo. Y aun de noche, cuando camino sobre la azotea escalonada, mientras la luna, «la balsámica

«luna del bendito Israel», me devuelve a la imaginación la Jerusalén de los tiempos antiguos; el Salvador que entonces ronda mis pensamientos es el Hombre Jesús, en aquellos momentos de prueba en que sintió las flaquezas de nuestra común humanidad; en aquella agonía de lucha en el huerto de Getsemaní, en aquel grito aún más amargo de duda humana y de apelación humana desde la cruz: «¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!». Sin embargo, no hay reproche por esta concepción del carácter de Cristo. Mejor el Hombre divinamente inspirado, el más puro y perfecto de su raza, el modelo y tipo de todo lo bueno y santo en la Humanidad, que la Deidad cuya intercesión imploramos mientras pisoteamos sus enseñanzas bajo nuestros pies. Bien les estaría a muchas sectas cristianas mantener más constantemente ante sus ojos la sublime humanidad de Cristo. ¡Cuánta intolerancia amarga y cuánta persecución se ahorrarían al mundo si, en lugar de adorarle simplemente como Divino Mediador, se esforzaran por andar los caminos que Él recorrió en la tierra! Pero el cristianismo está aún sin desarrollar, y todavía no hay secta que represente su espíritu pleno y perfecto.

Es mi desgracia si ofendo con estas observaciones. No puedo asumir emociones que no siento, y debo describir Jerusalén tal como la encontré. Desde que estoy aquí, he leído los relatos de varios viajeros, y en muchos casos los raptos devotos —los éxtasis de sobrecogimiento y reverencia— a que se abandonan me parecen forzados y afectados. Los piadosos escritores han descrito lo que de ellos se esperaba, no lo que encontraron. En parte por la lectura de tales relatos se elevaron demasiado mis anticipaciones, pues la vista de la ciudad desde el camino de Jaffa y el panorama desde el Monte de los Olivos son las únicas cosas en que me he sentido gratamente defraudado.

Con mucho, la reliquia más interesante que queda a la ciudad es el muro de cimientos del Templo de Salomón. La Mezquita de Omar, según los relatos de los turcos y el examen del señor Catherwood, descansa sobre inmensas bóvedas, que se cree son las substrucciones del Templo mismo. Bajo la cúpula de la mezquita hay una gran masa de roca natural, venerada por los musulmanes como aquella desde la cual Mahoma montó en la bestia Borak cuando visitó los Siete Cielos, y que el señor Catherwood cree que sirvió de parte de los cimientos del Santo de los Santos. No se permite a ningún cristiano entrar en la mezquita, ni siquiera en su recinto, so pena de muerte, y ni aun el firman del Sultán ha logrado la admisión de un franco. Me he sentido fuertemente tentado a hacer el intento con mi traje egipcio, que casualmente se asemeja al de un mollah o sacerdote musulmán, pero los derviches del colegio contiguo tienen ojos agudos, y mi pronunciación del árabe me delataría en caso de que me dirigieran la palabra. Llegué incluso a comprar un rosario de las cuentas grandes que suele llevar un mollah, pero desgraciadamente no sé la forma musulmana de oración, o podría llevar a cabo el plan bajo la apariencia de abstracción religiosa. Esta mañana logramos obtener una vista más cercana de la mezquita desde el techo del palacio del Gobernador.

François, asumiendo el carácter de un cawass turco, nos consiguió la entrada. El techo domina todo el recinto del Haram y ofrece una vista completa del exterior de la mezquita y del patio pavimentado que la rodea. No hay regularidad en el estilo de los edificios del recinto, pero el efecto general es sumamente pintoresco. La gran cúpula de la mezquita es la más grandiosa de todo el Oriente, pero el cuerpo del edificio, hecho para asemejarse a una tienda octogonal y cubierto de azulejos azules y blancos, no es lo bastante alto para hacerle justicia. El primer patio está pavimentado de mármol y tiene cuatro pórticos, cada uno de cinco ligeros arcos sarracenos, que se abren al parque verde que ocupa el resto de la terraza. Este parque está salpicado de cipreses e higueras y sembrado por doquier de tumbas de shekhs. Mientras mirábamos desde lo alto el espacioso recinto, he aquí que quién había de pasar sino el Shekh Mohammed Senoosee, el hombre santo de Tombuctú, que se había quitado su túnica escarlata y se había puesto una verde. Le llamé desde lo alto, a lo que él alzó la vista y nos reconoció. Por esta razón lamento nuestra partida de Jerusalén, pues estoy seguro de que un poco de persuasión induciría al hombre santo a acompañarme dentro de la mezquita.

Mañana partimos para Damasco, por vía de Nazaret y Tiberíades. Mi plan original era haber ido a Djerash, la antigua Geraza, en la tierra de Galaad, y de allí a Bozrah, en el Djebel Hauaran. Pero el Djebel Adjeloun, como se llama la comarca en torno a Djerash, está bajo un poderoso shekh beduino llamado Abd-el Azeez, y sin una escolta suya, lo que implica considerable demora y un estipendio de 150 dólares, sería imposible hacer el viaje. Nos vemos, por tanto, restringidos a la ruta ordinaria, y en caso de que encontremos alguna dificultad en el camino, el señor Smith, el Cónsul americano, que ahora está aquí, nos ha procurado amablemente un firman del Pachá de Jerusalén. Todos los viajeros que aquí se hallan hacen preparativos para partir, pero todavía hay dos partidas en el Desierto.

Salida de Jerusalén—Las Tumbas de los Reyes—El Bireh—La Comarca de las Colinas—Primera Vista del Monte Hermón—La Tumba de José—Ebal y Gerizim—Los Jardines de Nablús—Los Samaritanos—El Libro Sagrado—Una Escena en la Sinagoga—Mentor y Telémaco—Cabalgata a Samaria—Las Ruinas de Sebaste—Paisajes Escriturales—Alto en Genin—La Llanura de Esdrelón—Palestina y California—Las Colinas de Nazaret—Accidente—Fray Joaquín—La Iglesia de la Virgen—El Santuario de la Anunciación—Los Santos Lugares.

¡Tierra bendita de Judea! tres veces consagrada por el canto, donde las memorias más santas acuden como peregrinas: a la sombra de tus palmas, por las orillas de tu mar, en las colinas de tu hermosura, contigo está mi corazón.

J. G. Whittier.

Convento Latino, Nazaret, viernes, 7 de mayo de 1852.

Salimos de Jerusalén por la Puerta de Jaffa, porque desde hace algunos meses no se permite pasar la Puerta de Damasco ni a los viajeros ni al equipaje, a causa de haberse llevado a cabo allí operaciones de contrabando. No lejos de la muralla de la ciudad hay un soberbio terebinto, ahora en toda la gloria de sus brillantes hojas verdes. Parece bañado en un rocío perpetuo; las redondeadas masas de follaje centellean y relucen a la luz, y las grandes ramas extendidas inundan el césped de abajo con un diluvio de deliciosa sombra. Varias personas reposaban sobre la hierba bajo él, y una de ellas, un muy hermoso muchacho cristiano, nos habló en italiano e inglés. Apenas recuerdo

un día más brillante y más puro que el de nuestra partida. El cielo era una sábana de azul inmaculado; cada grieta y cicatriz de las colinas distantes estaba retocada con un lápiz más firme, y todos los contornos, desdibujados por la bruma de los pocos días anteriores, se restauraban con maravillosa nitidez. La temperatura era calurosa, pero no sofocante, y el aire que respirábamos era un elixir de inmortalidad.

A través de un lozano olivar llegamos a las Tumbas de los Reyes, situadas en un pequeño valle al norte de la ciudad.

Parte del valle, si no todo él, ha sido formado por la extracción de las peñas de mármol y de caliza conglomerada para edificar la ciudad. Cerca del borde de los bajos acantilados que lo dominan hay algunos ejemplos del antiguo modo de cortar la piedra, que, así como la costumbre de excavar tumbas en la roca, fue evidentemente tomado de Egipto. La superficie superior de las rocas se alisaba primero, tras lo cual los bloques se trazaban y separaban por medio de surcos cincelados entre ellos. Visité cuatro o cinco tumbas, cada una de las cuales tenía una especie de vestíbulo o pórtico abierto al frente. La puerta era baja, y las cámaras en que entré, pequeñas y negras, sin escultura de ninguna clase. Las tumbas guardan cierta semejanza en su planta general con las de Tebas, salvo que carecen de ornamentos, ya esculpidos, ya pintados.

Hay fragmentos de sarcófagos en algunas de ellas. En el lado meridional del valle hay una gran cantera, evidentemente explotada para mármol, pues los bloques han sido cortados por debajo, dejando una gran masa voladiza, parte de la cual se ha desprendido y caído. Algunos trozos que recogí eran de un blanquísimo mármol muy fino, algo semejante al de Carrara.

La boca de la cantera producía un efecto sorprendente, pues el suave

tinte rosado de la roca desgastada por la intemperie contrastaba exquisitamente con el vivo verde de las vides que festoneaban la entrada.

Desde la larga colina más allá de las Tumbas, tomamos nuestra última vista de Jerusalén, mucho más allá de cuyos muros vi la Iglesia de la Natividad, en Belén. La sinagoga judía en la cima del monte llamado Nebbee Samwil, el pico más alto de Palestina, era visible a alguna distancia hacia el oeste. A pesar de su santidad, sentí poco pesar al dejar Jerusalén, y tomé alegremente el áspero camino hacia el norte, por las colinas pedregosas.

Pocas habitaciones había a la vista, pero las laderas estaban cultivadas dondequiera que fuera posible que creciera algo.

El trigo empezaba apenas a espigar, y la gente estaba trabajando, sembrando maíz. Tras cuatro horas de cabalgata, llegamos a El Bireh, una pequeña aldea sobre una colina, con las ruinas de un convento y un gran khan. El lugar toma su nombre de una fuente de agua excelente, junto a la cual encontramos ya plantadas nuestras tiendas. Por la tarde llegaron dos ingleses, un anciano Mentor con un salvaje y joven Telémaco a su cargo, y acamparon cerca de nosotros. La noche era tranquila y fresca, y la luna llena derramaba un torrente de luz sobre las desnudas y silenciosas colinas.

Nos levantamos mucho antes del amanecer y partimos en la brillante mañana, el cielo sin una mancha de vapor. En el valle, más allá de El Bireh, los labradores estaban ya en sus arados, y los muchachos de la aldea iban camino de las partes incultas de las colinas con sus rebaños de ovejas y cabras.

El valle terminaba en una garganta profunda, con paredes perpendiculares de roca a uno y otro lado. Nuestro camino subía la colina por el lado oriental y seguía el borde del precipicio a través del paso, donde se abrió ante nosotros un paisaje encantador. La aldea de Yebrood coronaba una colina que se alzaba enfrente,

y las laderas de la montaña que hacia ella se inclinaban por todos lados estaban cubiertas de huertos de higueras, y ya susurrantes de trigo, ya limpiamente aradas para el maíz. El suelo era un mantillo de color pardo oscuro, y muy rico. Las piedras habían sido laboriosamente dispuestas en terrazas; y aun donde pesados peñascos casi ocultaban la tierra, jóvenes higueras y olivos estaban plantados en las grietas entre ellos. Nunca he visto cultivo más minucioso y paciente. En la cristalina claridad del aire matinal, las mismas colinas reían de abundancia, y todo el paisaje resplandecía con las señales de la alegría en su semblante.

El sitio de la antigua Betel no estaba lejos a la derecha de nuestro camino. Por colinas cargadas de olivo, higuera y vid, pasamos a Ain el-Haramiyeh, o la Fuente de los Ladrones. Aquí hay tumbas excavadas en la roca a ambos lados del valle.

Salvando otra cresta, descendimos a un amplio valle en forma de cuenco, enteramente cubierto de trigo y abierto hacia el este en dirección al Jordán. De allí a Nablous (el Siquem del Antiguo y Sicar del Nuevo Testamento) hay cuatro horas por una garganta sinuosa de la más rica tierra de labor. «En el camino divisamos por primera vez la cima nevada del monte Hermón, a al menos ochenta millas de distancia en línea recta. Antes de llegar a Nablods, me detuve a beber en una fuente de agua clara y dulce, junto a un macizo cuadrado de mampostería sobre el que se sentaban dos derviches musulmanes. Nos dijeron que aquel era el Sepulcro de José, cuyo cuerpo, tras haber acompañado a los israelitas en todas sus peregrinaciones, fue depositado por fin cerca de Siquem.

Hay menos motivo para dudar de este lugar que de la mayoría de los sitios sagrados de Palestina, por la razón de que no se apoya en la tradición cristiana, sino en la judía. La admirable tenacidad con que los judíos se aferran a todo registro o recuerdo de su temprana

historia, y el hecho de que desde los tiempos de José una parte de ellos haya morado siempre cerca del lugar, hacen sumamente probable que la localidad de un sitio tan sagrado se haya conservado de generación en generación hasta el presente.

Recientemente se ha propuesto abrir este sepulcro, cavando por debajo desde el lado. Si el cuerpo de José fue realmente depositado aquí, no hay duda de que quedan algunos vestigios de él.

Debió de ser embalsamado según la costumbre egipcia y colocado en un ataúd de sicómoro de la India, cuya madera es tan poco corruptible que treinta y cinco siglos no bastarían para su descomposición. El singular interés de tal descubrimiento justificaría ciertamente el experimento.

No lejos del sepulcro está el Pozo de Jacob, donde Cristo se encontró con la mujer de Samaria. Este lugar se considera también auténtico, por las mismas razones. Si no del todo convincentes para todos, hay en ellas al menos tanta probabilidad que uno se ve libre de aquella penosa frialdad e incredulidad con que contempla las sagradas maravillas de Jerusalén.

Dejando el Sepulcro de José, el camino torció hacia el oeste y entró en el estrecho desfiladero entre los montes Ebal y Gerizim. El primero es una cumbre escarpada y estéril, revestida de terrazas de cactus, que se alza en el lado septentrional del desfiladero. El monte Gerizim está cultivado casi hasta la cima y es verdaderamente un monte de bendición comparado con su vecino. A través de un huerto de viejos y grandiosos olivos llegamos a Nablous, que presentaba un cuadro encantador, con su larga masa de casas de piedra blancas de cúpulas, extendiéndose a lo largo del pie del Gerizim entre un mar de frondosos huertos. El fondo del valle parece algún viejo jardín abandonado. Abundantes arroyos, vertidos desde el generoso corazón del Monte de la Bendición, saltan

y murmullan con agradables ruidos entre espesuras de naranjos, higueras y granados, entre bóvedas de rosas y enmarañadas masas de zarzas y vides silvestres. Nos detuvimos en un olivar y, después de plantar nuestra tienda, subimos por los huertos hasta el Ras-el-Ain (Promontorio de la Fuente), en la ladera del monte Gerizim. Una multitud de mendigos se sentaba a la puerta de la ciudad; y como seguían clamando después de que yo hubiera dado suficiente limosna, les pagué con «¡Allah deelek!» —(¡Dios te lo dé!)—, la respuesta del musulmán a tal importunidad, y cesaron en un instante. Esta exclamación, al parecer, les quita el poder de pedir por segunda vez.

De debajo del Ras-el-Ain brota la Fuente de la Miel, así llamada por la dulzura y pureza del agua.

Bebimos de ella, y el sabor me pareció muy agradable, pero mi compañero declaró que tenía un desagradable sabor lanudo.

Cuando subimos un poco más, descubrimos que la verdadera fuente de la que se surte el manantial estaba más arriba, ¡y que un árabe estaba lavando en ella un rebaño de ovejas! Continuamos nuestro paseo por la ladera de la montaña hasta el otro extremo de la ciudad, entre jardines de almendros, albaricoques, ciruelos y nogales, unidos unos a otros por grandes vides, cuyos pesados brazos parecían apenas poder sostener. El interior de la villa es oscuro y sucio; pero tiene un largo y bullicioso bazar que se extiende a todo lo largo, y un café donde conseguimos el mejor café de Siria.

Nablous es célebre por la existencia de un pequeño resto de los antiguos samaritanos. El linaje ha ido menguando poco a poco y asciende solo a cuarenta familias, que contienen poco más de ciento cincuenta individuos. Viven en un barrio

de la ciudad y se distinguen fácilmente de los demás habitantes por el corte de sus facciones. Después de que nuestro guía, natural de Nablous, nos hubo señalado tres o cuatro, no tuve dificultad en reconocer a todos los demás que encontramos. Tienen narices largas pero no prominentes, como los judíos; ojos pequeños y oblongos, labios estrechos y tez clara, y la mayoría de ellos cabello castaño. Parece que los musulmanes los tienen en considerable oprobio. Nuestro acompañante, que era de la clase baja de los árabes, tomaba a los muchachos que encontrábamos muy sin ceremonia por la cabeza, gritando: «¡Aquí hay otro samaritano!». Luego nos condujo a su sinagoga, para ver el célebre Pentateuco que allí se conserva. Nos llevaron a un pequeño patio abierto, sombreado por un albaricoquero, donde el sacerdote, un anciano con túnica verde y turbante blanco, estaba sentado en meditación. Tenía una larga barba gris y unos ojos negros que se encendieron con una súbita expresión de ávida codicia cuando le prometimos backsheesh por ver el libro sagrado. Se levantó y nos llevó a una especie de capilla, seguido de varios muchachos samaritanos. Arrodillándose ante un nicho en la pared, sacó de detrás de una caja de madera un trozo de pergamino desgarrado, escrito con caracteres hebreos. Pero el guía conocía bien este engaño y le reprendió tan severamente que, tras un poco de vacilación, guardó el fragmento y sacó un gran cilindro de estaño, cubierto con un trozo de raso verde bordado en oro. Los muchachos se inclinaron y besaron reverentemente la cubierta blasonada antes de que fuera retirada. El cilindro, que se abría deslizándose por dos hileras de bisagras, abría al mismo tiempo el rollo de pergamino, enrollado por ambos extremos. Era, en efecto, un manuscrito muy antiguo y en notable estado de conservación. Los desgarros han sido cuidadosamente reparados y el rollo

primorosamente cosido sobre otro trozo de pergamino, cubierto por fuera con raso violeta. El sacerdote me informó que fue escrito por el hijo de Aarón; pero esto no concuerda con el hecho de que el Pentateuco samaritano difiere del de los judíos. Es, sin embargo, sin duda uno de los registros en pergamino más antiguos del mundo, y los samaritanos lo miran con ilimitada fe y reverencia. El Pentateuco, según su versión, contiene su única forma de religión.

Rechazan todo lo demás que contiene el Antiguo Testamento.

Hace tres o cuatro días fue su gran fiesta del sacrificio, cuando ofrecieron un holocausto de un cordero en la cima del monte Gerizim. Se dice que en poco tiempo han mostrado cierta curiosidad por conocer el Nuevo Testamento, y el Sumo Sacerdote envió a Jerusalén a procurarse copias en árabe. Pregunté a uno de los muchachos de ojos salvajes si sabía leer el libro sagrado. «Oh, sí —dijo el sacerdote—, todos estos muchachos saben leerlo»; y el que yo había interpelado sacó inmediatamente un volumen de su pecho y comenzó a leer en fluido hebreo. Parecía ser parte de su servicio religioso, pues tanto el sacerdote como el boab, o portero, mantenían una serie corrida de respuestas, y de vez en cuando toda la concurrencia gritaba a coro alguna palabra de profunda resonancia. El anciano se inclinaba hacia delante con una expresión tan fija e intensa como si el texto se hubiera encarnado en él, siguiendo con los labios el sonido de la voz del muchacho. Era un extraño cuadro de entusiasmo religioso, y bastaba por sí solo para convencerme de la legitimidad del linaje del samaritano. Cuando me levanté para marcharme le di la retribución prometida, y otra menor al muchacho que leyó el oficio. Esta fue la señal para un ataque general del

portero y de todos los muchachos que estaban presentes. Me rodearon con los ojos chispeantes del deseo de ganancia, besaron el borde de mi chaqueta, me acariciaron la barba con las manos, que luego besaron, y, apiñándose con una ruidosa muestra de afecto, estaban a punto de caerme sobre el cuello en montón, a la vieja usanza hebrea. El sacerdote, clamoroso por más, seguía con el rostro encendido, y todo el grupo tenía un carácter tumultuoso y bacanal que jamás habría imaginado que pudiera brotar de una pasión como la avaricia.

Al regresar a nuestro campamento, encontramos que habían llegado Mentor y Telémaco, pero no en términos tan amistosos como sus prototipos griegos. Aquella noche nos mantuvieron despiertos largo rato con sus altas palabras, y el primer sonido que oí a la mañana siguiente vino de su tienda. Telémaco, sospecho, había encontrado alguna isla de Calipso y no le agradaba el frío choque del salto al mar con que Mentor le había obligado a marcharse.

Insistía en volver a Jerusalén, pero como Mentor no le permitía un caballo, no tuvo valor para intentarlo a pie.

Tras una serie de altercados, en los que tomó una pistola para disparar al dragomán y aplicó términos muy profanos a todos los de la compañía, su ira se deshizo en lágrimas, y cuando nos marchamos, Mentor había decidido descansar un día en Nablous y dejar que se repusiera de los efectos de la tormenta.

Cabalgamos por el hermoso valle, tomando el camino de Sebaste (Samaria), mientras nuestras mulas de equipaje seguían directamente por las montañas hacia Jenin. Nuestro sendero siguió al principio el curso del arroyo, entre orillas cubiertas de césped y a través de lujuriantes

huertos. Todo el país que dominábamos estaba plantado de

olivos y, salvo las cumbres mismas de las montañas, cubierto de campos de trigo. Durante dos horas nuestro rumbo fue

nordeste, llevándonos por las colinas y sumergiéndonos de vez en cuando en hermosas hondonadas. En una de ellas un gran arroyo brota de la tierra en una fuente caudalosa, al pie de un gran olivo.

La ladera que se alzaba sobre él era una masa completa de follaje, coronada por los muros blancos de una aldea siria. Descendiendo el valle, que es muy profundo, llegamos a la vista de Samaria, situada en la cumbre de una colina aislada. El santuario de la antigua iglesia cristiana de San Juan se alza muy por encima de los muros de barro de la aldea moderna. Cabalgando entre olivares y campos de trigo de gloriosa riqueza y belleza, pasamos junto a los restos de un acueducto y ascendimos la colina.

Las ruinas de la iglesia ocupan la cumbre oriental. Parte de ellas han sido convertidas en mezquita, que al pie cristiano no le está permitido profanar. La iglesia, de estilo bizantino, es al parecer de la época de los cruzados.

Tenía originalmente una nave central y dos laterales, cubiertas con bóvedas góticas de arista. El santuario es semicircular, con una hilera de pequeños arcos sostenidos por columnas dobles. La iglesia se asienta sobre los cimientos de algún edificio mucho más antiguo, probablemente un templo perteneciente a la ciudad romana.

Detrás del moderno pueblo, la colina termina en un largo montículo elíptico, de aproximadamente un tercio de milla de longitud. «Recorrimos su perímetro y quedamos sorprendidos al encontrar un gran número de columnas, cada una de una sola pieza de mármol. Habían formado en otro tiempo una doble columnata, que se extendía desde la iglesia hasta una puerta en el lado occidental de la cumbre. El guía nativo decía que habían estado cubiertas por un tejado y que constituían un largo mercado o bazar —suposición en la que bien puede estar en lo cierto—. Desde la puerta, que aún se distingue claramente, dominábamos varios valles profundos hacia el oeste, y

sobre todos ellos, el azul horizonte del Mediterráneo, al sur de Cesarea. En el lado septentrional de la colina hay más de veinte pilares en pie, además de un buen número derribados, y los restos de una columnata cuadrangular, en la ladera de la colina más abajo. El número total de pilares en la cumbre no puede ser inferior a cien, de entre doce y dieciocho pies de altura. La colina está sembrada, hasta su misma base, de grandes bloques labrados y fragmentos de piedra esculpida.

El nombre actual de la ciudad se lo dio Herodes, y debió de ser en aquella época un lugar de lo más suntuoso y

Descendimos a un valle por el este, subimos una larga cuesta y, tras cruzar el ancho hombro de una montaña más allá, vimos bajo nosotros un paisaje aún más magnífico que el de Nablous. Era un gran valle sinuoso, cuyo fondo ondulaba en olas de trigo y cebada, mientras cada ladera, hasta la roca desnuda, estaba cubierta de olivares. Los mismísimos collados que miraban a este jardín de Israel estaban verdes de plantas fragantes: tomillo y salvia silvestres, gnaphalium y manzanilla. A lo lejos, hacia el oeste, estaba el mar, y al noroeste la cadena montañosa del Carmelo. Bajamos a los jardines y los pastizales, y nos detuvimos a descansar en la aldea de Geba, que se asoma a la ladera de la montaña. Un manantial de agua blanquecina pero deliciosa brotaba del suelo, en medio de un huerto de higueras. Las mujeres pasaban junto a nosotros, yendo y viniendo con altos cántaros de agua sobre la cabeza. Unos muchachos pastores trajeron un rebaño de cabras negras, y a todas se les dio de beber en una gran vasija de madera. Eran animales hermosos, de gruesos cuernos curvos, ojos blancos y orejas de un pie. Era un cuadro verdaderamente bíblico en cada rasgo.

Más allá de este valle pasamos junto a una cuenca circular, que no tiene salida, de modo que en invierno su fondo debe de ser un lago.

Tras serpentear entre las colinas una hora más, salimos a la vista del pueblo de Jenin, una aldea turca, con un alto alminar blanco, a la cabeza de la gran llanura de Esdrelón. Se supone que es la antigua Jezreel, donde la furibunda Jezabel fue arrojada por la ventana. Plantamos nuestra tienda en un jardín cerca del pueblo, bajo una hermosa morera y, como el lugar tiene muy mala fama, contratamos a un hombre para que hiciera guardia de noche. Una familia inglesa fue robada allí hace dos o tres semanas. Nuestro guardia cumplió bien su cometido, yendo y viniendo, y de vez en cuando apoyando el mosquete en el suelo para darse ánimo con el ruido. Por la tarde, François atrapó un camaleón, una graciosa criatura de andares cómicos, que cambiaba de color de manera asombrosa.

—Nuestro camino, al día siguiente, atravesaba directamente la llanura de Esdrelón, uno de los distritos más ricos del mundo. Es ahora un mar verde, cubierto de campos de trigo y cebada, o de grandes dehesas por las que vagan multitudes de ovejas y cabras. En algunos aspectos me recordó el valle de San José, y si hubiera de comparar Palestina con cualquier otro país que haya visto, sería con California. El clima y la sucesión de las estaciones son los mismos, el suelo es muy similar en calidad, y los paisajes presentan los mismos rasgos generales. Aquí, en primavera, las llanuras se cubren con aquel diluvio de floración que hace que California parezca un paraíso.

Aquí están los mismos bosquecillos pintorescos, los mismos campos lozanos de avena silvestre que visten las laderas, las mismas hierbas aromáticas que impregnan el aire de bálsamo y, sobre todo, los mismos días azules y sin nubes y las mismas noches sin rocío. Mientras

viajo por aquí, me acuerdo constantemente de nuestra nueva Siria en el Pacífico.

Hacia el mediodía, el monte Tabor se separó de la cadena de colinas que teníamos delante y se alzó solitario, en el extremo de la llanura. Abrevamos nuestros caballos en un manantial de un pantano, donde se habían reunido algunas mujeres, golpeando con palos los juncos que habían recogido para hacer esteras. Tras llegar a las montañas del lado septentrional de la llanura, una subida de hora y media, por una garganta estrecha, nos llevó a Nazaret, que está situada en un callejón sin salida, bajo las cumbres más altas de la sierra. Cuando pasábamos por un tramo pedregoso del camino, el caballo del señor Harrison cayó con él y le lesionó gravemente la pierna. Por fortuna estábamos cerca de nuestro destino y, al llegar al convento latino, fray Joachim, de cuyas habilidades quirúrgicas daba testimonio el libro de viajeros, se hizo cargo de él. Muchos otros además de nosotros han tenido motivo para estar agradecidos por los buenos oficios de los monjes latinos en Palestina. Nunca he encontrado una clase más amable, cordial y afable. Todos los conventos están obligados a acoger y agasajar a cuantos solicitan alojamiento —sea cual sea su credo o nación— por espacio de tres días.

Por la tarde, fray Joachim me acompañó a la iglesia de la Virgen, que está encerrada dentro de los muros del convento. Está construida sobre el supuesto emplazamiento de la casa en que vivía la madre de Cristo en el momento de la anunciación angélica. Bajo el altar mayor, una escalinata desciende al santuario de la Virgen, en el umbral de la casa, donde se posó el pie del ángel Gabriel cuando, con un lirio en la mano, anunció la concepción milagrosa. El santuario, de mármol blanco y oro, que brilla a la luz de las lámparas doradas, se alza bajo un tosco arco de roca natural, desde cuyo lado pende un pesado fragmento de una columna de granito, suspendido, según creen los devotos, por poder divino. Fray Joachim me informó que, cuando los musulmanes intentaron borrar todo vestigio del lugar santo, esta columna fue preservada por un milagro, para que la localidad no se perdiera para los cristianos. Al mismo tiempo, dijo, los ángeles de Dios se llevaron la casa de madera que estaba a la entrada del erotto; y, después de dejarla caer en Marsella, mientras descansaban, la recogieron de nuevo y la depositaron en Loreto, donde aún permanece. Al decir esto, había tal fe entera y absoluta en los ojos del buen monje, y tal felicidad en esa fe, que ni por diez veces el oro del santuario habría yo expresado una duda sobre la historia. Me ordenó entonces que me arrodillara, para que pudiera ver el lugar donde el ángel se detuvo, y devotamente repitió un padrenuestro mientras yo contemplaba la pura losa de mármol nevado, rodeada de vasos de fragantes flores, entre los cuales pendían lámparas de oro, en las que ardían aceites perfumados. Todas las decoraciones del lugar transmitían la idea de una pureza y dulzura trascendentes; y, por primera vez en Palestina, deseé tener una fe perfecta en aquel lugar. Detrás del santuario, hay dos o tres cámaras en la roca, que servían de habitación a la familia de la Virgen.

Un joven cristiano nazareno me condujo después a la Casa de José, el Carpintero, que ahora está encerrada en una pequeña capilla. No es más que un fragmento de muro, sin duda tan antiguo como la época de Cristo, y me sentí dispuesto a considerarlo una reliquia genuina. Había una honesta aspereza en las grandes piedras, que encerraban una pequeña habitación llamada el taller del carpintero, que no pude hallar en mi corazón el dudar de ella. Además, en una tranquila ciudad de provincias como Nazaret, que nunca ha conocido

tales vicisitudes como Jerusalén, mucha más confianza puede depositarse en la tradición popular. Por la misma razón, miré con reverencia la Mesa de Cristo, también encerrada dentro de una capilla. Es una gran roca natural, de unos nueve pies por doce, casi cuadrada, y bastante plana en la parte superior. Se dice que una vez sirvió de mesa a Cristo y sus discípulos. El edificio llamado la Escuela de Cristo, donde él iba con otros niños de su edad, es ahora una iglesia de los cristianos sirios, que estaban celebrando una lúgubre misa, en árabe, en el momento de mi visita. Es un aposento abovedado, de unos cuarenta pies de largo, y sólo la parte inferior del muro es antigua. En cada uno de estos lugares, el nazareno puso en mi mano un pedazo de cartón, en el que estaba impresa una oración en latín, italiano y árabe, con la información de que quien visitara el lugar e hiciera la oración, tendría derecho a siete años de indulgencia.

Leí debidamente todas las oraciones y, en consecuencia, mi conciencia debería estar tranquila por veintiún años.

Salida de Nazaret—Un guía cristiano—Ascensión al Monte Tabor—Ermitaños valacos—El panorama del Tabor—Cabalgata a Tiberíades—Un baño en Genesaret—Las flores de Galilea—El Monte de las Bienaventuranzas—Magdala—El Pozo de José—Encuentro con un turco—La Fuente de las Salinas—El alto valle del Jordán—Paisaje veraniego—Los ríos del Líbano—Tell el-Kadi—Una región arcádica—Las fuentes de Banias.

«Más allá están las montañas verdes de Betulia, y las desoladas colinas del salvaje gadareno; y me detengo en los riscos de cabras del Tabor para ver el destello de tus aguas, ¡oh oscuro Galilea!»—Wairtier.

Banus (Cesarea de Filipo), 10 de mayo de 1852.

Partimos de Nazaret en la mañana del día 8 del corriente. Mi compañero se había recuperado tan bien bajo el cuidado de fray Joachim que podía cabalgar, y nuestro viaje no se retrasó por su accidente. Las bendiciones de los buenos franciscanos nos acompañaron mientras nos alejábamos del convento, pasando junto a la Fuente de la Virgen, y saliendo del agradable y pequeño valle donde el niño Jesús vagó durante muchos años pacíficos. El guía cristiano que contratamos para el Monte Tabor se había adelantado, y no lo encontramos hasta haber viajado más de dos horas entre las colinas. A medida que nos acercábamos a la montaña sagrada, llegamos a la región de los robles—el primer roble que había visto desde que dejé Europa el otoño pasado. Hay tres o cuatro variedades, algunas con follaje perenne, y en su salvaje

lozanía y en la pintoresquedad de sus formas y agrupaciones, se asemejan a los de California. El mar de hierba y flores en el que se alzaban estaba salpicado de espesos manojos de avena silvestre—otro punto de semejanza con el último país.

Pero aquí no hay oro; allí, no hay recuerdos sagrados.

El guía nos esperaba junto a un manantial, entre los árboles. Era un joven alto de unos veinte años, con un rostro dulce y sumiso, y llevaba el turbante azul oscuro, que parece ser la insignia de un cristiano sirio nativo. Me encontré involuntariamente compadeciéndolo por pertenecer a una secta despreciada.

No hay forma de disimular el hecho de que uno siente mucho más respeto por los gobernantes musulmanes de Oriente, que por sus súbditos oprimidos que profesan su propia fe. La manera más segura de hacer despreciable a un hombre es tratarlo con desprecio, y los cristianos orientales, que han sido despreciados durante siglos, son, con algunas pocas excepciones, bastante despreciables. Ahora, sin embargo, desde que Oriente se ha convertido en un campo favorito de viaje, y el franco posee una dignidad igual a la del musulmán, los cristianos nativos comienzan a levantar la cabeza, y el retorno del respeto propio los hará, con el tiempo,

respetables.

El Monte Tabor se alza un poco por delante de la región montañosa, con la que sólo está conectado por un espolón o hombro bajo, siendo su base la Llanura de Esdrelón. Esta es probablemente la razón por la que ha sido fijado como el lugar de la Transfiguración, ya que no se menciona por su nombre en el Nuevo Testamento. Las palabras son: «un monte alto aparte», que algunos suponen se refieren a la posición de la montaña, y no a la lejanía de Cristo y los tres discípulos respecto de los hombres.

Las laderas de la montaña están cubiertas de grupos de robles, espinos y otros árboles, en muchos lugares invadidos por la madreselva blanca, cuyos dedos destilan aroma de nuez moscada y clavo. La ascensión, por un sendero empinado y sinuoso, ocupó una hora. La cumbre es casi llana, y se asemeja a algún campo americano invadido por la vegetación, o a un «claro de robles». La hierba tiene más de rodilla de altura; los árboles crecen altos y fuertes, y hay matorrales enmarañados y glorietas de viñas sin fin.

El extremo oriental y más alto de la montaña está cubierto con los restos de un antiguo convento-fortaleza, en otro tiempo un lugar de gran fuerza, a juzgar por el grosor de sus muros. En una especie de celda formada entre las ruinas encontramos a dos monjes ermitaños. Me dirigí a ellos en todos los idiomas de los que sé un saludo, sin efecto, pero al fin averigüé que eran valacos. Eran hombres de treinta y cinco años, con rostros estúpidos, vestimentas sucias, barbas descuidadas y gorros de piel. Su celda era una mera choza, sin muebles, excepto una horrible caricatura de la Virgen con el Niño, y cuatro libros de oraciones en caracteres búlgaros. Uno de ellos caminaba de un lado a otro, tejiendo un calcetín, y no nos prestó atención; pero el otro, después de darnos un agua deliciosamente fría, se subió a un montón de escombros y se quedó mirándonos con la boca abierta mientras desayunábamos.

Lejos de ser esto motivo de molestia, me alegré realmente de que nuestra presencia hubiera agitado las aguas estancadas de su mente. El día estaba brumoso y bochornoso, pero la vista panorámica desde la cima del Monte Tabor era aún muy hermosa. La gran Llanura de Esdrelón yacía abajo, como un vasto mosaico de verde y oro y verdor artificial. Al oeste, el Monte Carmelo se alzaba alto por encima de la línea azul del horizonte del Mediterráneo. Volviéndose hacia

el otro lado, una franja del Mar de Galilea se veía, profunda,

abajo entre las colinas, y el Ghor, o el Valle del Jordán, se extendía como un amplio tajo a través de ellas. Más allá, el país de Djebel Adjeloun, la antigua Decápolis, que aún conserva los muros de Gadara y los templos y teatros de Djerash, se desvanecía en vapor, y, aún más al sur, las desoladas colinas de Galaad, el hogar de Jefté.

El Monte Hermón es visible cuando el aire está claro,

pero no pudimos verlo.

Desde la cima del Monte Tabor hasta Tiberíades, en el Mar de Galilea, hay un viaje de cinco horas, a través de un país salvaje, con sólo una única aldea miserable en el camino. Al principio cabalgamos por valles solitarios, cubiertos de robles y brillantes de flores, especialmente la gran malva púrpura, y luego por amplias extensiones onduladas sin árboles, pero parcialmente cultivadas.

El calor era muy grande; no tenía termómetro, pero juzgaría que la temperatura era de al menos 95° a la sombra. Desde el borde de la extensión de tierras altas, miramos hacia abajo al Mar de Galilea—una hermosa sábana de agua hundida entre las montañas, y a más de 300 pies por debajo del nivel del Mediterráneo. Yacía sin rizos en el fondo de la cuenca, reflejando las cumbres de las montañas rojas y desnudas que hay más allá.

Tiberíades estaba a nuestros mismos pies, unas pocas palmeras solas aliviaban la desnudez de sus sombríos muros. Después de tomar un trago bienvenido en la Fuente de las Higueras, descendimos a la ciudad, que tiene un aire desolado y abandonado. Sus muros han sido en parte derribados por los terremotos, y nunca reparados. Encontramos nuestras tiendas ya plantadas en la orilla sobre el lago, y

junto a una de las torres tambaleantes. No corría ni un soplo de aire; las colinas rojas ardían en el calor, y las aguas de Genesaret a nuestros pies brillaban.

UN BAÑO EN GENESARET.

mezclado con una suavidad aceitosa, sin romperse por una ondulación. Deshicimos nuestros turbantes, nos quitamos los holgados pantalones y, liberándonos rápidamente de las bárbaras ataduras del vestido, nos sumergimos en el tibio mar y flotamos perezosamente hacia fuera hasta sentir la exquisita frialdad de los manantiales vivos que alzaban sus chorros desde el fondo. Yacía yo boca arriba, moviendo las aletas apenas lo suficiente para mantenerme a flote, y contemplaba soñadoramente, entre párpados entornados, las desoladas palmeras de Tiberíades, cuando una voz estridente me saludó con: «¡Oh, Howadji, apártate de nuestro camino!». Allí, en la vieja puerta de piedra bajo nuestra tienda, estaban dos doncellas galileas con pesados cántaros de barro sobre la cabeza. «¡Idos vosotras, oh doncellas!», respondí, «si queréis que salgamos del agua». «Pero hemos de llenar nuestros cántaros», replicó una de ellas. «Entonces llenadlos de una vez y no temáis; o dejadlos, y os los llenaremos nosotros». Con esto pusieron los cántaros en el suelo, pero se quedaron mirándonos muy complacidas mientras hundíamos las vasijas hasta el fondo del lago y las dejábamos llenarse de la corriente más fría y pura de los manantiales. Al traerlas de vuelta por el agua hasta la puerta, la que yo empujaba delante de mí dio casualmente contra una piedra, y su hermosa dueña, al recibirla, señaló al punto una grieta en el costado, que declaró haber sido hecha por mí, y se marchó lamentándose. Después de haber vuelto a ponernos nuestras ropas y de estar disfrutando de la pipa de la indolencia y el café del contento, regresó e hizo tal clamor, que me vi obligado a comprar la paz al precio de un cántaro nuevo. Pasé las primeras horas de la noche mirando por la puerta de mi tienda, mientras yacía, las estrellas que centelleaban en el seno de Galilea, como el brillo de las lanzas asirias y el resplandor de los grandes fuegos encendidos en la orilla opuesta.

Al día siguiente viajamos hacia el norte a lo largo del lago, pasando por continuas espesuras de adelfas, fragantes con sus pesadas flores rosadas. Los cardos eran más abundantes y hermosos que nunca. Noté, en particular, uno con una soberbia flor globular de un vivo color azul, que haría un adorno selecto para nuestros jardines en casa. En el extremo noroeste del lago, las montañas retroceden y se extiende una gran comarca de la más rica tierra de pradera, que se estrecha en un profundo valle, dominado por altos cabos montañosos, revestidos de desnudos acantilados de roca roja. Los rasgos del paisaje son magníficos. Valle arriba, vi claramente el Monte de las Bienaventuranzas, más allá del cual se halla la aldea de Caná de Galilea.

Al subir por la pradera, pasamos por una miserable aldea de chozas de barro con techos de paja, casi oculta por las lozanas malas hierbas que crecían en torno. Una vieja arrugada estaba sentada a una de las puertas, tomando el sol. «¿Cómo se llama esta aldea?», pregunté. «Es Mejdel», fue su respuesta. Esta era la antigua Magdala, patria de aquella hermosa pero pecadora Magdalena, cuyo arrepentimiento la ha hecho una de las más brillantes de las Santas. Las cristalinas aguas del lago bañan aquí una orilla de los más limpios guijarros. El sendero serpentea entre adelfas, nebbuks, rodales de malva real, anís, hinojo y otras plantas aromáticas, mientras que, al oeste, grandes campos de cebada están maduros para la siega. En algunos lugares, los fellahs, hombres y mujeres, estaban trabajando, segando y atando los haces.

Después de atravesar esta comarca, llegamos a la colina, al pie de la cual había un khan en ruinas, y en la cumbre, otras ruinas indistinguibles, que algunos suponen ser las de Cafarnaúm. El emplazamiento de aquella exaltada ciudad es, sin embargo, todavía materia de discusión.

Viajamos en una atmósfera sofocante por las colinas ascendentes, con el valle del Alto Jordán profundo a nuestra derecha. En una hondonada poco profunda, bajo uno de los picos más altos, se alza un gran khan desierto, sobre un pozo de agua muy fría y dulce, llamado Bir Youssuf por los árabes. En algún lugar cercano, según la tradición, está el campo donde José fue vendido por sus hermanos; y el pozo es, sin duda, considerado por muchos como la mismísima cisterna en que fue arrojado. Un apuesto turco de Damasco, con cuatro sirvientes detrás, llegó cabalgando mientras descansábamos en la puerta del khan y, en respuesta a mi pregunta, me informó que el pozo recibía tal nombre por Nebbee Youssuf (el Profeta José), y no por el sultán José Saladino. Nos tomó por sus compatriotas, dirigiéndose a mí primero en turco, y aun después de haber hablado con él algún tiempo en mal árabe, me preguntó si había estado peregrinando a las tumbas de ciertos santos musulmanes en las cercanías de Jaffa. Se unió a nosotros, sin embargo, y compartió su pipa conmigo mientras continuábamos nuestro viaje.

Cabalgamos dos horas más por colinas desprovistas de árboles, pero cubiertas espesamente de hierba y hierbas, y finalmente perdimos el camino. François se adelantó, irrumpiendo por los campos de cebada y lentejas, y volvimos a dar con el sendero cuando aparecieron a la vista las Aguas de Merom. Descendimos entonces al valle del Alto Jordán y acampamos frente al lago, en Ain el-Mellaha (la Fuente de las Salinas), la primera fuente del río sagrado. Un caudal de agua, suficiente para mover media docena de molinos, brota y murmura al pie de la montaña. Quedan los restos de una antigua presa, mediante la cual se formaba un gran estanque para el riego del valle. Todavía abastece a un pequeño molino árabe bajo la fuente. Este es un puesto fronterizo entre las jurisdicciones de los pachás de Jerusalén y Damasco, y el mukkairee del caloyer griego, que nos dejó en Tiberíades, se vio obligado a pagar un derecho de siete piastras y media sobre quince esteras, que había comprado en Jerusalén a piastra y media cada una. El pobre hombre ganará quizá una docena de piastras (cerca de medio dólar) con esas esteras en Damasco, después de llevarlas en su mula más de doscientas millas. Plantamos nuestras tiendas en la pradera herbosa bajo el molino —un lugar encantador, con Tell el-Khanzir (la colina de los jabalíes) justo enfrente, sobre las Aguas de Merom, y la cumbre nevada del Djebel esh-Shekh —el gran Monte Hermón— alzándose muy por encima del valle. Este es el pico más alto del Antilíbano, y tiene 10.000 pies sobre el nivel del mar.

A la mañana siguiente cabalgamos durante tres horas antes de alcanzar la segunda fuente del Jordán, en un lugar que François llamaba Tell el-Kadi, pero que no correspondía en absoluto a la descripción que me había dado el doctor Robinson en Jerusalén. La parte superior del ancho valle, de donde el Jordán toma sus aguas, es llana, húmeda y poco cultivada. Inmensos rebaños de ovejas, cabras y búfalos vagan por ella. La gente es una oscura tribu árabe, y vive en tiendas y miserables chozas de barro. Donde el valle empieza a elevarse hacia las colinas, plantan trigo, cebada y lentejas. El suelo es la más grasa marga parda, y las cosechas son asombrosamente ricas. Vi muchas extensiones de trigo, de media milla a una milla de extensión, que darían un promedio de cuarenta fanegas por acre. Y, sin embargo, la tierra nunca se abona, y el arado árabe apenas araña unas pocas pulgadas de la superficie. ¡Qué paraíso podría hacerse de este país, si estuviera en mejores manos!

La segunda fuente no es tan grande como Ain el-Mellaha; pero, como ella, vierte un fuerte caudal desde un solo manantial. El estanque estaba lleno de mujeres, lavando los pesados vellones de sus ovejas y sacudiendo la suciedad de sus abas de pelo de camello a rayas con largas pértigas. Lo dejamos y entramos en una pendiente de terreno pedregoso, que forma la cabecera del valle. La vista se extendía hacia el sur, hasta las montañas que cierran la ensenada septentrional del Mar de Galilea. Era un paisaje grandioso y rico —tan rico que su desolación parece forzada y antinatural. En lo alto de la cumbre de una montaña al oeste, las ruinas de una gran fortaleza cruzada nos miraban desde lo alto. El suelo, que asciende lentamente por un largo valle entre el Líbano y el Antilíbano, está cortado por profundas gargantas. El sendero es muy difícil de encontrar; y mientras avanzábamos al azar, mirando en todas direcciones en busca de nuestras mulas de equipaje, levantamos una hermosa gacela. Por fin, hacia el mediodía, calurosos, hambrientos y sedientos, llegamos a un arroyo rápido, que rugía en el fondo de una profunda garganta, entre un lecho de magnífico follaje. El olor de las flores silvestres de la vid, que nos llegaba mientras cabalgábamos por el borde, era abrumador en su dulzura. Un viejo puente de dos arcos cruzaba el arroyo. Había un montón de rocas contra el pilar central, y allí nos sentamos y desayunamos a la sombra de los arces, mientras las frías aguas verdes espumeaban a nuestros pies. ¡Por todas las Náyades y Tritones, qué alegría hay en contemplar un arroyo que corre! Los ríos del Líbano son para mí milagros, después de mi conocimiento del Desierto. Una compañía de árabes, siete en total, se había reunido bajo el puente; y, por una flauta que uno de ellos tocaba, juzgué que estaban tomando un día de asueto pastoril. Mantuvimos nuestras pistolas a nuestro lado, pues no nos gustaban sus semblantes. Antes de partir, nos dijeron que el país estaba lleno de ladrones y nos aconsejaron estar alerta. Cabalgamos con más cuidado, después de esto, y nos mantuvimos con nuestro equipaje al alcanzarlo. Una hora después de dejar el puente, llegamos a un gran montículo circular, o más bien anular, cubierto de hierba hasta la rodilla y de grupos de robles. Un gran arroyo, de un vivo color azul, se precipitaba por el lado norte y, tras abrazar a medias el montículo, se extendía por las praderas hacia las Aguas de Merom. No podía haber duda de que este era Tell el-Kadi, el emplazamiento de Dan, la ciudad más septentrional del antiguo Israel. El montículo sobre el que fue construida es el cráter de un volcán extinto. La palabra hebrea Dan significa «juez», y Tell el-Kadi, en árabe, es «La Colina del Juez».

El Antilíbano se alzaba ahora cerca de nosotros, sus laderas septentrional y occidental verdes de árboles y hierba. La primera cordillera, de quizá 5.000 pies de altura, ocultaba la cima nevada del Hermón; pero aun así la vista era sublime en sus amplios y armoniosos contornos. Nuestro camino discurría por un país que parecía la Arcadia —la tierra oculta por un denso lecho de hierba y flores; espesuras de arbustos en flor; viejos, viejísimos robles, con los más nudosos de los troncos, las más pintorescas de las ramas y las más lustrosas de las hojas verdes; olivos de asombrosa antigüedad; y, enhebrando y animándolo todo, las claras y frías inundaciones del Líbano. Este era el verdadero refugio de Pan, cuyos altares tengo ahora ante mí, grabados en las rocas marmóreas del Hermón.

Mirando aquellos altares, y el paisaje, amable como un sueño griego, olvido que hace mucho tiempo se ha cantado el lamento:

«¡Pan, Pan ha muerto!».

En otra hora llegamos a este lugar, la antigua Cesarea de Filipo, ahora una pobre aldea, rodeada de magníficos árboles,

y bañada por aguas gloriosas. Abundan los restos de la antigua ciudad: fragmentos de murallas inmensas; columnas de granito rotas; vestigios de pavimentos; grandes bloques de piedra labrada; pedestales de mármol y cosas semejantes. En la roca al pie de la montaña hay varios nichos elegantes, con inscripciones griegas, además de una gran gruta natural. Debajo de ellos, el agua brota a través de las piedras, en cien arroyos, formando una inundación de considerable tamaño. Hemos levantado nuestro campamento en un olivar cerca del final de la aldea, junto a un inmenso terebinto, que está cercado en un patio abierto, pavimentado con piedra. Es esta la casa consistorial de Banias, donde el Shekh administra justicia y, al mismo tiempo, el punto de reunión de todos los holgazanes del lugar. Subimos entre ellos poco después de nuestra llegada, y nos dieron asientos de honor cerca del Shekh, que conversó conmigo largo rato acerca de América. La gente muestra una curiosidad muy sensata, deseando conocer la extensión de nuestro país, el número de habitantes, el monto de los impuestos, el precio del grano y otras informaciones sólidas.

El Shekh y los hombres del lugar nos informan que los drusos infestan el camino a Damasco. Esta tribu está en rebelión en el Djebel Hauaran, a causa de la conscripción, y algunos de ellos, al parecer, se han refugiado en los desfiladeros del Hermón, donde empiezan a saquear a los viajeros. Mientras yo hablaba con el Shekh, un druso bajó de las montañas y se sentó durante media hora entre los aldeanos, bajo el terebinto, y acabamos de saber que ha vuelto por donde vino. Este hecho nos ha causado alguna inquietud, pues puede haber sido un espía enviado a recoger noticias; y, si así fuera, es casi seguro que nos tiendan una emboscada. Si estuviéramos

bien armados, no temeríamos a una docena, pero todas nuestras armas se reducen a un sable y cuatro pistolas. Después de consultarlo entre nosotros, decidimos solicitar del Shekh dos hombres armados que nos acompañaran. Fui, por consiguiente, de nuevo a verlo y le mostré el firman del Pachá de Jerusalén, que leyó, declarando que, aun sin él, habría considerado su deber acceder a nuestra petición. Esta es la graciosa manera en que los orientales se someten a una orden perentoria. Piensa que un solo hombre bastará, pues probablemente no encontraremos con ninguna partida numerosa.

El día ha sido, y sigue siendo, excesivamente caluroso. La atmósfera es sofocante, y en torno nuestro, sobre los espesos manchones de malva y mostaza silvestre, las abejas zumban con un continuo sonido bochornoso. El Shekh, con varios aldeanos perezosos, sigue sentado bajo el terebinto, en una tienda de sombra impenetrable al sol. Puedo oír el murmullo de las fuentes de Banias —las sagradas fuentes del Hermón, de donde nace el Jordán.

Pero ¿qué es esto? El aroma de la hierba aterciopelada de Shiraz llega a mis narices; un hijo de Pan de oscuros ojos coloca el narghileh a mis pies; y, borboteando más dulcemente que los arroyos del Jordán, el incienso más caro al dios empaña el incensario de cristal y flota desde mis labios en eyaculaciones rítmicas. ¡También yo estoy en la Arcadia!

El guardián inofensivo—Cesarea de Filipo—El valle de los drusos—Las laderas del monte Hermón—Una alarma—Atravesando un desfiladero—Vista lejana del Djebel Hauaran—Otra alarma—Campamento en Katana—Entramos a caballo en Damasco.

Damasco, 12 de mayo de 1852.

Nos levantamos temprano, para estar listos para una larga marcha. El guardián vino —un árabe de aspecto apacible— sin armas; pero al negarnos nosotros a tomarlo así, trajo un mosquete turco, terrible de contemplar, pero del todo inocente de cualquier intención homicida. Nos entregamos al destino, con verdadera resignación árabe, y comenzamos a ascender el Antilíbano. Arriba y arriba, por senderos pedregosos, bajo las encinas, junto a los arroyos y entre los campos de trigo, subimos durante dos horas, y al fin alcanzamos una cresta o cordillera divisoria, desde donde podíamos mirar un valle al otro lado, o más bien encerrado entre la cadena principal y el ramal llamado Djebel Heish, que se extiende hacia el sudeste. Aproximadamente a mitad de la subida, pasamos junto a la ruina de la acrópolis de Cesarea de Filipo, que corona la cumbre de una cima más baja. Las murallas y bastiones cubren una gran extensión de terreno, y evidentemente fueron usados como fortaleza en la Edad Media.

El valle al que descendimos yacía directamente bajo una de las cumbres del Hermón, y los arroyuelos que lo regaban se alimentaban de sus campos de nieve. Estaba habitado por drusos, pero no se veían hombres, salvo algunos pobres labradores que araban en las laderas de la montaña. Las mujeres, que llevan esos enormes cuernos en la cabeza que las distingue de las mujeres mahometanas, lavaban en un estanque más abajo. Cruzamos el valle y ascendimos lentamente la altura del lado opuesto, cuidando de mantenernos junto a las mulas de equipaje. Hasta este momento habíamos encontrado muy pocas personas; y olvidamos los peligros previstos contemplando el escabroso paisaje del Antilíbano. Las laderas de la montaña estaban brillantes de flores, y muchos ejemplares nuevos y hermosos atrajeron nuestra atención. El asfódelo crecía en manojos junto a los arroyos, y la gran anémona escarlata eclipsaba incluso a la amapola, cuyo color aquí es la quintaesencia de la llama. Cinco horas después de dejar Banias, alcanzamos la parte más alta de la región del paso, cubierta de fragmentos de lava. Justo en este lugar, un anciano árabe nos salió al encuentro y, tras escudriñarnos atentamente, se detuvo y abordó a Dervish. Este vino inmediatamente corriendo hacia adelante, muy excitado con la noticia de que el anciano había visto una compañía de unos cincuenta drusos descender de las laderas del monte Hermón hacia el camino que íbamos a recorrer. Inmediatamente ordenamos detener el equipaje, y el señor Harrison, François y yo cabalgamos adelante para reconocer el terreno. Nuestro guardián, el valiente hombre de Banias, cuyos dientes ya castañeteaban de miedo, se quedó prudentemente con el equipaje. Cruzamos la cresta y observamos las pedregosas laderas de la montaña durante algún tiempo; pero no pudimos ver ninguna lanza ni ninguna arma reluciente. Luego encontramos una segunda compañía de árabes, que nos informaron que el camino estaba libre.

Dejando las alturas, descendimos cautelosamente a un barranco con paredes de roca volcánica escabrosa a cada lado. Era un paso donde tres hombres podrían haber resistido a cien; y no nos sentimos del todo convencidos de nuestra seguridad hasta que hubimos recorrido sus muchos recodos y salido a un valle estrecho. Una aldea llamada Beit Jenn se acurrucaba bajo las rocas; y más abajo, una arboleda de álamos daba sombra a las orillas de un arroyo rápido. Habíamos cruzado ya del todo el Antilíbano. Las deslumbrantes nieves del monte Hermón nos colgaban por el oeste; y, desde la abertura del valle, mirábamos a través de un país salvaje y desierto hacia la lejana cordillera del Djebel Hauaran, sede de la rebelión actual y una de las regiones más interesantes de Siria. Lamenté más que nunca no poder llegar a ella. Las ruinas de Bozrah, Ezra y otras ciudades antiguas bien recompensarían el carácter arduo del viaje, mientras que el viajero podría lograr alguna idea de la vida y las costumbres de ese singular pueblo, los drusos. Pero ahora, y quizá por algún tiempo venidero, no hay posibilidad de entrar en el Hauaran.

Hacia la mitad de la tarde, llegamos a una aldea grande, que suele ser el final de la primera jornada desde Banias. Nuestros hombres querían detenerse aquí, pero consideramos que detenernos entonces sería aumentar el riesgo, y decidimos seguir hasta Katana, a cuatro horas de camino de Damasco. Cedieron de mala gana; y seguimos avanzando por el pedregoso camino, cruzando las largas colinas que forman la base oriental de la cordillera. Antes de mucho, otro árabe nos salió al encuentro con la noticia de que había un campamento de drusos en la llanura entre nosotros y Katana. Ante esto, nuestro guardián, que había recobrado suficiente ánimo para cabalgar unos pasos por delante, retrocedió, y el impasible Dervish se agitó sobremanera. Donde hay un peligro incierto, siempre es mejor seguir adelante que volver atrás; y así lo hicimos. Pero el guardián detuvo su caballo en la cima de la primera cresta, temblando mientras señalaba una colina distante y gritaba: «¡Ahd, ahd henak!» (¡Allí están!). Había, en efecto, las sombras de unas rocas, que tenían un leve parecido con tiendas. Antes del atardecer, alcanzamos la última pendiente de las montañas, y vimos a lo lejos, en la oscura llanura, la larga faja verde de los jardines de Damasco, y aquí y allá el indistinto resplandor de un minarete. Katana, nuestro lugar de descanso para la noche, yacía bajo nosotros, sepultada en huertos de olivo y naranjo. Plantamos nuestras tiendas a orillas de un hermoso arroyo, disfrutamos de la pipa de la tranquilidad, tras nuestra larga marcha, y pronto olvidamos a los drusos en un sueño que duró sin interrupción hasta el alba.

Por la mañana devolvimos al hombre de Banias, dejamos el equipaje a su cuidado y seguimos a caballo hacia Damasco, tan rápido como nuestros cansados caballos pudieron llevarnos. La llanura, al principio estéril y pedregosa, se animaba con viñedos y campos de trigo a medida que avanzábamos. Los árabes trabajaban por todas partes, arando y dirigiendo los cursos de agua. La faja de verde vivo, la flor en que la gran ciudad, la Reina del Oriente, esconde su belleza, se acercaba cada vez más, extendiendo un creciente de follaje por millas a uno y otro lado, que gradualmente se estrechaba y nos recibía en su corazón fresco y fragante. Nos hundimos en un mar de olivos, granados, naranjos, ciruelos, albaricoques, nogales y plátanos, y nos perdimos. El sol centelleaba en la superficie ondulante por encima; los rayos se filtraban a través de las verdes profundidades, fuera de su alcance, y así, arrastrados a través de millas de sombra, entramos en la ciudad.

Desde nuestra llegada, me entero de que otras dos partidas de viajeros, una de las cuales cruzó el Antilíbano por el lado norte del monte Hermón, se vieron obligadas a tomar guardias, y vieron a varios espías drusos apostados en las alturas cuando pasaban. Un caballero ruso que viajaba de aquí a Tiberíades fue detenido tres veces en el camino, y solo escapó de ser saqueado por el hecho de llevar un dragomán druso. Los disturbios son más graves de lo que yo había previsto. Ayer salieron de aquí cuatro regimientos, enviados en auxilio de una compañía de caballería que está rodeada por los rebeldes en un valle del Djebel Hauaran, e incapaz de salir.

Damasco desde el Antilíbano—Entrada en la ciudad—Un diorama de bazares—Un hotel oriental—Nuestra cámara—Los bazares—Pipas y café—Los ríos de Damasco—Palacios de los judíos—Damasquinas—La espada de Harún al-Rashid—Una llegada desde Palmira.

«¿No son Abana y Pharpar, ríos de Damasco, mejores que todas las aguas de Israel?»—2 Reyes, v. 12.

Damasco, miércoles 19 de mayo de 1852.

Damasco es considerado por muchos viajeros como el mejor tipo restante de ciudad oriental. Constantinopla es semieuropea; El Cairo lo está siendo rápidamente; pero Damasco, lejos de las grandes rutas del comercio, asentado solo entre el Líbano y el desierto sirio, conserva todavía, en su aspecto exterior y en el carácter de sus habitantes, todo el orgullo, la fantasía y el fanatismo de los tiempos de los califas. Con este juicio, en términos generales, estoy de acuerdo; pero no con su supremacía, en todos los aspectos, sobre El Cairo. Cierto es que, cuando se contempla Damasco desde la Salahiyeh, la última pendiente del Antilíbano, es la realización de todo lo que se ha soñado del esplendor oriental; el mundo no tiene un cuadro más deslumbrante. Es la Belleza llevada a lo Sublime, como lo he sentido al contemplar algún bosque ilimitado de palmeras dentro de los trópicos. Desde la colina, que

Se elevan crestas detrás de vosotros hasta que, en el sur, ascienden a la nevada cima del monte Hermón; la gran llanura siria se extiende hasta el Éufrates, interrumpida a distancias de diez y quince millas por dos cadenas de montañas aisladas. En una garganta terrible, a vuestro lado, el río Barrada, el antiguo Farfar, se abre paso hacia la llanura, y sus aguas, divididas en doce canales diferentes, hacen de todo lo que media entre vosotros y aquellas colinas azules e insulares del desierto un solo y gran jardín, cuyos límites apenas si alcanza a distinguir la vista. Su diámetro mayor no puede ser inferior a veinte millas. Contempláis un mundo de follaje, frutos y flores, cuyo color, por contraste con las montañas yermas y el ribete amarillo del desierto que lo cercan, parece más brillante que el de todos los demás jardines del mundo. Por su centro, siguiendo el curso del río, yace Damasco; una línea de muros blancos, coronados de cúpulas, torres y esbeltos minaretes, que serpentea a lo largo de millas a través del mar verde. Nada menos que una ciudad de palacios, cuyos muros fueran de mármol y cuyas puertas de marfil y perla, podría mantener el encanto de aquella vista lejana.

Cabalgamos durante una hora por los jardines antes de entrar por la puerta. Los árboles frutales, de cualquier variedad —nogal, olivo, albaricoque o higuera—, eran los más nobles de su especie. Rosas y granados en flor salpicaban el follaje oscuro, y el jazmín perfumado se descolgaba por encima de los muros. Pero a medida que nos acercábamos a la ciudad, la vista quedaba oscurecida por altos muros de barro a ambos lados del camino, y solo de vez en cuando atisbábamos el fragante yermo. La primera calle en que entramos era baja y mezquina, con casas de arcilla. Siguiendo esta, llegamos a un bazar descubierto, con tiendas toscas a uno y otro lado, protegidas por esteras tendidas delante y sostenidas por postes. Aquí se vendían toda clase de géneros y utensilios comunes, y la calle estaba llena de muchedumbres de fellahs y árabes del desierto.

Dos grandes sicomoros le daban sombra, y el Serrallo del Pachá de Damasco, un sencillo edificio de dos pisos, hacía frente a la entrada del bazar principal, que se ramificaba hacia la ciudad. Torcimos hacia este y, tras pasar por varios bazares pequeños abastecidos de frutas secas, pipas y hornillos de pipa, comestibles y todas las mercancías primitivas del Este, llegamos a un gran pasaje cubierto con un empinado techo de madera y enteramente ocupado por vendedores de telas de seda. De este pasamos a otro, dedicado a sillas y bridas; luego a otro, lleno de especias, y por fin llegamos al gran bazar, donde se exhibían en las tiendas las más ricas telas de Europa y del Oriente.

Cabalgamos despacio por la fresca penumbra, cruzada aquí y allá por largos lápices de luz blanca que caían por aberturas del techo e iluminaban los alegres turbantes y los caftanes de seda de los perezosos mercaderes. Pero de este bazar se abrían, a intervalos, la gran puerta de un khan, que nos mostraba su patio de mármol, sus fuentes y los arcos oscuros de sus almacenes; o la puerta de una mezquita, con su suelo de mosaico y su corredor de columnas. Las interminables hileras de bazares, con su atmósfera de especias, fruta y tabaco fragante; el pisar callado de la muchedumbre en zapatillas; el chapoteo de las fuentes que caen y el borboteo de innumerables narghilehs; los pintorescos mercaderes y sus clientes, ya no con los anchos pantalones de Egipto, sino con los largos caftanes y abas de Siria; la ausencia de rostros y trajes francos: en todo ello había el verdadero espíritu del Oriente, y hasta aquí quedamos encantados con Damasco.

En el hotel del Soog el-Harab, o barrio franco, no se disipó la ilusión. Había sido en otro tiempo la casa de algún rico mercader. El patio al que nos condujeron está pavimentado de mármol, con una gran pila de piedra, rodeada de vasijas de plantas floridas, en el centro. Dos grandes limoneros dan sombra a la entrada, y una vid, que trepa hasta lo alto de la casa, forma un emparrado frondoso sobre el techo plano. Los muros de la casa están estampados en franjas horizontales de azul, blanco, naranja y blanco: una alegre grotesca de estilo que no ofende la vista bajo un sol oriental. En el lado meridional del patio está el Jiwan, una disposición por la que son célebres las casas de Damasco. Es una estancia abovedada, de veinte pies de altura, enteramente abierta hacia el patio, salvo un fino arco apuntado en lo alto, decorado con ornamentos encáusticos de los colores más brillantes. Enfrente, un pavimento de mármol teselado conduce a las puertas de las cámaras a cada lado.

Más allá hay un suelo elevado cubierto de esteras y, a lo largo del extremo más lejano, un diván cuyos apilados cojines son la trampa más tentadora que jamás se tendiera para atrapar a un hombre perezoso. Aunque no soy naturalmente indolente, me resulta imposible resistir el hechizo de este lecho. Recostado de espaldas, con las piernas cruzadas, contra los cojines, con la pipa inseparable en la mano, la vista del patio, la pila de agua, las flores y los limoneros, los criados y el dragomán que van y vienen, o fuman sus narghilehs a la sombra, todo enmarcado en la hermosa entrada arqueada, es tan perfectamente oriental, un cuadro tan fiel de los tiempos del buen Harún Al-Raschid, que uno se sorprende al descubrir cuántas horas se le han escapado mientras lo disfrutaba en silencio.

Frente al diván hay una gran sala pavimentada de mármol, con una hermosa fuente en el centro. Es la más suntuosa del hotel y ahora la ocupan Lord Dalkeith y sus amigos.

Nuestra propia habitación está en el piso superior y es tan rica en decoraciones que aún no he terminado de estudiarlas. A lo largo del lado que da al patio, tenemos un suelo de mosaico de mármol blanco, rojo, negro y amarillo. Sobre este se eleva un segundo suelo, alfombrado y amueblado al estilo europeo. Los muros, hasta una altura de diez pies, están cubiertos de paneles de madera pintados con motivos arabescos de los colores más alegres, y a lo largo de lo alto hay una serie de inscripciones árabes en oro.

Hay en los muros cierto número de nichos o armarios abiertos, cuyas cúspides arqueadas están adornadas con ornamentos de madera colgantes, semejantes a estalactitas, y en los ángulos de la habitación la pesada cornisa dorada y pintada desciende en incrustaciones grotescas semejantes. Un espacio de blanco muro desnudo media entre esta cornisa y el techo, que está formado por delgados troncos de álamo colocados uno junto a otro, y tan cubiertos de pintura y de escamas, rayas y labores de red en oro y plata, que uno los tomaría por revestidos de las pieles de las serpientes mágicas que guardan el Valle de los Diamantes. Mi más grato recuerdo de Damasco será esta habitación.

Mis paseos por la ciudad se han limitado casi por completo a los bazares, que son de inmensa extensión. Se puede caminar muchas millas sin salir de bajo la cubierta de sus techos de madera apuntados, y en todo este recorrido no se hallarán dos exactamente iguales. Uno está dedicado por entero al jabón; otro al tabaco, por el que se avanza tosiendo y estornudando hasta el bazar de las especias, para inhalar con deleite su aire perfumado. Luego está el bazar de los dulces; el de las verduras; el de las zapatillas rojas; el de los chales; el de los caftanes; el de los panaderos y hornos; el de la loza de madera; el de las joyas —un gran edificio de piedra, cubierto de pasajes abovedados—; el de las sedas de Alepo; el de las alfombras de Bagdad; el de los géneros de la India; el del café; y así sucesivamente, a través de una variedad al parecer interminable. Como ya he observado, a lo largo de la línea de los bazares hay muchos khans, punto de reunión de mercaderes de todas partes de Turquía y Persia, e incluso de la India. Son edificios grandes y suntuosos, y algunos tienen soberbias portadas de mármol esculpido.

Los patios interiores están pavimentados de piedra, con fuentes en el centro, y muchos de ellos están cubiertos de cúpulas que descansan sobre macizas columnas. El mayor tiene un techo de nueve cúpulas, sostenidas por cuatro grandes columnas, que cercan una fuente. Las mezquitas, en las que no se permite entrar a ningún cristiano, son en general inferiores a las de El Cairo, pero sus patios exteriores están siempre pavimentados de mármol, adornados con fuentes y rodeados de corredores ligeros y elegantes. La gran mezquita es un edificio imponente, y se dice que ocupa el solar de una antigua iglesia cristiana.

Otro rasgo agradable de la ciudad son sus cafés, que abundan en los bazares y en las afueras de los jardines, junto a las corrientes que corren. Los de los bazares son espaciosas salas con techos abovedados, divanes que recorren las cuatro paredes y fuentes en el centro. Durante la tarde están casi siempre llenos de turcos, armenios y persas, que fuman el narghileh, o pipa de agua, que es la costumbre universal en Damasco. El tabaco persa, traído aquí por las caravanas desde Bagdad, es célebre para esta clase de fumar. El café más popular está cerca de la ciudadela, a orillas y sobre la superficie del Farfar. Es un tosco edificio de madera, con techo de esteras de paja, pero la vista y el sonido de las aguas impetuosas, que se precipitan con rapidez bajo vuestros pies, la sombra de los árboles que bordean las orillas y la brisa fresca que siempre visita el lugar, os inducen a una segunda pipa antes de que os deis cuenta. «El ma, wa ed khodra, wa e wid; el hassan —agua, verdura y un rostro hermoso—», dice un viejo proverbio árabe, «son tres cosas que deleitan el corazón», y los sirios afirman que las tres se hallan en Damasco. No solo en los tres domingos de cada semana, sino todos los días, en los jardines que rodean la ciudad, podéis ver familias enteras (y si son judíos o cristianos, muchos grupos de familias) pasando el día a la sombra, junto a las hermosas aguas. Hay varios jardines dispuestos a propósito para estos meriendas campestres, con kioscos, fuentes y agradables asientos bajo los árboles. Uno lleva sus pipas, sus provisiones y cosas semejantes, pero hay criados a la espera para proporcionar fuego, agua y café, por lo que, al partir, se les da una pequeña gratificación. De todos los damascenos que he visto hasta ahora, no hay uno que no declare que su ciudad es el Jardín del Mundo, la Perla del Oriente, y que no dé gracias a Dios y al Profeta por haberle permitido nacer y vivir en ella.

Pero, salvo los bazares, los khans y los baños, de los que hay varios establecimientos muy lujosos, la ciudad misma no es ni tan rica ni tan puramente sarracena en su arquitectura como El Cairo. Las calles son estrechas y sucias, y las casas, que nunca tienen más de dos bajos pisos de altura, están construidas de ladrillos secados al sol, revestidos de yeso. Echo de menos los macizos bloques de piedra, las elegantes portadas y, sobre todo, los exquisitos balcones colgantes de madera tallada que se encuentran en las viejas calles de El Cairo. Damasco es el representante de todo lo que hay de alegre, brillante y pintoresco en la vida oriental; pero en cuanto a magnificencia suntuosa, El Cairo, y sospecho que Bagdad, le son superiores.

Visitamos el otro día las casas de algunos de los judíos y cristianos más ricos. El viejo Abou-Ibrahim, el criado judío del hotel, nos acompañó y nos introdujo. Es costumbre que los viajeros hagan estas visitas, y las familias, lejos de molestarse, se sienten halagadas por ello. Los exteriores de las casas son mezquinos; pero tras recorrer un estrecho pasadizo, entramos en un patio que rivaliza en profusión de ornamentos y en riqueza. Los suelos y las fuentes son todos de mosaico de mármol; los arcos de las paredes centellean de oro, y los muros deslumbran la vista con la intrincada labor de sus adornos. En la primera casa nos recibió la familia en una sala de mármoles preciosos, con nichos en las paredes que parecían grutas de estalactitas de plata. Los cojines del diván eran de la más rica seda, y del techo pendía una lámpara de cristal de Bohemia.

Nos trajeron narghilehs de plata y se sirvió café en pesados zevfs de plata. La señora de la casa era una mujer bastante corpulenta, de unos treinta y cinco años, y vestía una túnica semi-europea de seda bordada y encaje, con anchos pantalones recogidos en los tobillos y zapatillas amarillas. Su cabello negro estaba trenzado y sujeto en las puntas con adornos de oro, y el ligero pañuelo enrollado en torno a su cabeza resplandecía de diamantes. Los párpados de sus grandes ojos estaban teñidos con kohl, y sus cejas habían sido depiladas y afeitadas hasta dejar solo una fina línea arqueada, como trazada a lápiz, sobre cada ojo. Su hija, una muchacha de quince años que llevaba el genuino nombre hebreo de Rachel, tenía ojos aún más grandes y más negros que su madre; pero su frente era baja, su boca grande, y la expresión de su rostro sumamente estúpida. El padre de la familia era un hombre de mediana edad, de aire distinguido, y hablaba con una

cortesía oriental que resultaba muy refrescante. Una dama inglesa que formaba parte de nuestro grupo le dijo, por mi mediación, que si poseyera una casa así estaría dispuesta a quedarse en Damasco. «¿Por qué se marcha, entonces?», respondió él al instante: «esta es su casa, y todo cuanto hay en ella». Hablando de visitar Jerusalén, me preguntó si no era una ciudad más hermosa que Damasco. «No es más hermosa», dije, «pero es más santa», expresión que toda la concurrencia recibió con gran satisfacción.

La segunda casa que visitamos era aún más grande y más rica que la primera, pero tenía un aire de abandono y decadencia. Las losas de rico mármol estaban sueltas y rotas en los bordes de las fuentes; la rica pintura de la carpintería comenzaba a desvanecerse; y las balaustradas que conducían a las cámaras superiores estaban rotas en algunos puntos. Nos hicieron pasar a una sala cuyas paredes y techos se componían enteramente de armazón de arabescos dorados, guarnecidos de pequeños espejos. Cuando era nueva, debió de producir un efecto magnífico; pero el oro está ahora deslustrado y los cristales empañados. La señora de la casa estaba sentada sobre los cojines, repartiendo su tiempo entre la pipa y la labor de aguja. Apenas inclinó ligeramente la cabeza cuando entramos, y prosiguió su ocupación. Presente se presentaron sus dos hijas y una esclava abisinia, y tomaron sus lugares sobre los cojines a sus pies, formando el conjunto un grupo encantador que lamenté que algunos de mis amigos artistas de mi tierra no pudieran ver. La señora era tan sumamente digna que nos dedicó muy pocas palabras.

Parecía resentirse de nuestra admiración por la esclava, que era una criatura graciosísima; sin embargo, sus celos, según se vio después, se referían a su propio marido, pues apenas habíamos salido

cuando un criado vino a informar a la dama inglesa de que, si estaba dispuesta a comprar a la abisinia, la señora la vendería en el acto por dos mil piastras.

La última visita que hicimos fue a la morada de un maronita, el cristiano más rico de Damasco. La casa se parecía a las que ya habíamos visto, salvo que, por haber sido construida recientemente, estaba en mejor estado y mostraba mejor gusto en los ornamentos. A nadie sino a la señora se permitió entrar en

los aposentos de las mujeres; a los demás nos agasajó el propietario, un hombre de cincuenta años y, sin excepción, la persona más apuesta y más digna de esa edad que jamás he visto.

Era un rey sin trono, y me fascinó por completo con la noble elegancia de sus modales. En cualquier país que no fuera el Oriente, lo habría declarado incapaz de un pensamiento indigno; aquí, puede ser exactamente lo contrario.

Aunque Damasco es considerada la ciudad más antigua del mundo, y la fecha de su fundación va más allá de la tradición, hay muy pocos vestigios de antigüedad en ella o cerca de ella. En el bazar hay tres grandes columnas que sostienen la mitad del frontón, de las cuales se dice que pertenecieron a la iglesia cristiana de San Juan, pero, si es así, esa iglesia debió de ser originalmente un templo romano. Parte de las murallas romanas y una de las puertas de la ciudad se conservan; y vimos el lugar donde, según la tradición, Saulo fue descolgado de la muralla en un cesto. Hay dos localidades señaladas como escenario de su conversión, que, según su propio relato, ocurrió cerca de la ciudad. Visité una capilla subterránea que los monjes latinos pretenden que es la bodega de la casa de Ananías, en la que el Apóstol estuvo

oculto. La bodega es, sin duda, de gran antigüedad; pero

como todo el barrio estuvo durante muchos siglos habitado enteramente

por turcos, sería curioso saber cómo averiguaron los monjes cuál era la casa de Ananías. En cuanto a la «calle llamada Recta», sería difícil en la actualidad encontrar en Damasco alguna que corresponda a tal epíteto.

Las famosas hojas de Damasco, tan renombradas en tiempos de los cruzados, ya no se fabrican aquí. El arte se ha perdido desde hace tres o cuatro siglos. Sin embargo, de vez en cuando se encuentran auténticas espadas antiguas, del verdadero acero. Se distinguen fácilmente de las imitaciones modernas por su claro y argentino tañido cuando se las golpea, y por el finamente

aguado aspecto de la hoja, producido por haber sido hecha primero de alambre tejido y luego trabajada una y otra vez hasta alcanzar el temple requerido. Un gracioso turco, que es el shekh ed-dellal, o

Jefe de los Subastadores, y apodado Abou-Anteeka (el Padre de las Antigüedades), tiene una gran colección de sables, dagas, piezas de malla, escudos, pipas, anillos, sellos y otros artículos antiguos. Pide precios enormes, pero generalmente acepta alrededor de un tercio de lo que pide al principio. He pasado varias horas en su tienda de curiosidades, regateando anillos de turquesa, carbúnculos, amuletos persas y dagas circasianas. Mientras examinaba unas espadas viejas el otro día, advertí una de temple exquisito, pero con la hoja más corta de lo habitual. La punta había sido al parecer quebrada en combate, pero debido a la excelencia de la espada, o al afecto del dueño por ella, el acero había sido cuidadosamente labrado en una nueva punta. Abou-Anteeka pidió quinientas piastras, y yo, que me había encaprichado particularmente con poseerla, le ofrecí doscientas con aire indiferente, y luego la dejé a un lado para examinar otros artículos. Tras su negativa a aceptar mi oferta, no dije nada más, y me disponía a salir de la tienda, cuando el viejo me llamó

LA ESPADA DE HAROUN. 131

diciendo: «Ha olvidado usted su espada»,—la cual tomé acto seguido al precio que yo había ofrecido. Se la he mostrado al señor

Wood, el cónsul británico, que la declaró un ejemplar extremadamente fino de acero de Damasco; y, al leer la inscripción esmaltada en la hoja, comprobó que fue fabricada en el año de la Hégira 181, que corresponde a 798 d. C.

Esto fue durante el califato de Haroun Al-Raschid, y quién sabe si la espada no habrá centelleado alguna vez en presencia de aquel grande y glorioso soberano—más aún, si no habrá sido desenvainada por su propia mano. Quién sabe si la armadura de Milán de los cruzados no habrá hecho saltar su punta en el campo de Ascalón. Beso el azul veteado de tu hoja, ¡oh Espada de Haroun! Cuelgo del hombro los cordones carmesíes de tu vaina, y en adelante has de tintinear con música de plata a mi lado, cantándome al oído, y solo a mí, tus cantos de batalla, tus jubilosos himnos de matanza.


Ayer por la tarde llegaron tres caballeros de la comitiva de Lord Dalkeith de un viaje a Palmira. El camino hasta allí atraviesa una parte del desierto sirio perteneciente a la tribu de los Aneyzeh, de la que se supone ahora que está aliada con los drusos contra el Gobierno. Incluyendo a esta comitiva, solo seis personas han logrado llegar a Palmira en el plazo de un año, y dos de ellas, los señores Noel y Cathcart, fueron encarcelados cuatro días por los árabes, y solo escaparon por la salida accidental de una caravana para Damasco. La presente comitiva se vio obligada a viajar casi enteramente de noche, corriendo el riesgo de atravesar una docena de campamentos árabes, y solo se le permitió una estancia de un día en Palmira. Iban todos disfrazados de beduinos, y no llevaban consigo más que las provisiones necesarias.

Se presentaron aquí anoche, con largas abas blancas, con el keffie beduino ceñido sobre sus cabezas, los rostros quemados, los ojos inflamados y los cuerpos febriles por siete días y noches de viaje. El jeque que los condujo no era un Aneyzeh, y habría perdido la vida si se hubieran topado con alguno de esa tribu.

«Poseído más allá de la pintura de la Musa.»

Collins.

Durante mi estancia en Damasco, esa curiosidad insaciable que me lleva a preferir la adquisición de todo conocimiento lícito por los canales de mi propia experiencia personal, antes que por vías menos satisfactorias y menos laboriosas, me indujo a hacer una prueba del célebre hachís —esa droga notable que proporciona al sirio voluptuoso sueños más seductores y más espléndidos que los que el chino extrae de su querida pipa de opio. El uso del hachís —que es una preparación de las hojas secas de la Cannabis indica— es familiar a Oriente desde hace muchos siglos. Durante las Cruzadas, fue usado con frecuencia por los guerreros sarracenos para estimularles a la obra de la matanza, y del término árabe «Hashasheén», o Aborrecedores del hachís, aplicado a ellos, se ha derivado naturalmente la palabra «asesino». Una infusión de la misma planta comunica a la bebida llamada «bhang», de uso común en toda la India y Malasia, sus peculiares propiedades.

Así preparado, es un estimulante más fiero y fatal que la pasta de azúcar y especias a la que recurre el turco como alimento de sus voluptuosas ensoñaciones vespertinas. Aunque sus efectos inmediatos parecen más potentes que los del opio, su uso habitual, si bien conlleva un daño último y permanente al organismo, rara vez resulta en ese completo naufragio de mente y cuerpo al que los devotos de la última droga se condenan inevitablemente a sí mismos.

Una experiencia previa de los efectos del hachís —que tomé una vez, y en forma muy suave, mientras estaba en Egipto— fue tan peculiar en su carácter, que mi curiosidad, en lugar de quedar satisfecha, solo me incitó más a entregarme, por una vez, enteramente a su influencia. Las sensaciones que entonces produjo fueron, físicamente, de una ligereza y etérea sutileza exquisitas; mentalmente, de una percepción maravillosamente aguda de lo ridículo en los objetos más simples y familiares. Durante la media hora que duró, no estuve en ningún momento tan sometido a su control que no pudiera, con la más clara percepción, estudiar los cambios por los que pasaba. Noté, con cuidadosa atención, las finas sensaciones que se extendían por todo el tejido de mi fibra nerviosa, cada estremecimiento ayudando a despojar mi cuerpo de su naturaleza terrena y material, hasta que mi sustancia me pareció no más grosera que los vapores de la atmósfera, y mientras estaba sentado en la calma del crepúsculo egipcio, esperaba ser levantado y llevado por la primera brisa que rizara el Nilo. Mientras este proceso seguía su curso, los objetos que me rodeaban asumieron una expresión extraña y caprichosa. Mi pipa, los remos que manejaban mis barqueros, el turbante que llevaba el capitán, los cántaros de agua y los utensilios de cocina, se volvieron en sí mismos tan inexpresablemente absurdos y cómicos, que fui provocado a una larga carcajada. La alucinación se desvaneció tan gradualmente como había venido, dejándome dominado por una suave y placentera somnolencia, de la que caí en un sueño profundo y reparador.

Mi compañero, y un caballero inglés que, con su esposa, residía también en el agradable caravasar de Antonio, acordaron unirse a mí en el experimento. El dragomán de este último fue encargado de procurar una cantidad suficiente de la droga.

Era un egipcio moreno, que hablaba solo la lingua franca de Oriente, y me preguntó, al tomar el dinero y partir en su misión, si debía conseguir hachís «per ridere, o per dormire?». «Oh, per ridere, por supuesto», respondí; «y procura que sea fuerte y fresco». Es costumbre entre los sirios tomar una pequeña porción inmediatamente antes de la comida vespertina, pues así se difunde por el estómago y actúa más gradual y también más suavemente sobre el organismo. Como nuestra hora de cenar era al ponerse el sol, propuse tomar hachís a esa hora, pero mis amigos, temiendo que su operación fuera más rápida en sujetos frescos, y así los traicionara con alguna absurdidad en presencia de los otros viajeros, prefirieron esperar hasta después de la comida. Se acordó entonces que nos retiráramos a nuestra habitación, la cual, como se elevaba como una torre un piso más alta que el resto del edificio, estaba en cierto modo aislada, y nos preservaría de ser observados.

Comenzamos tomando cada uno una cucharadita de la mezcla que Abdallah había procurado. Esta era aproximadamente la cantidad que había tomado en Egipto, y como el efecto entonces había sido tan leve, juzgué que no corríamos riesgo de tomar una sobredosis. La fuerza de la droga, sin embargo, debió de haber sido mucho mayor en esta ocasión, pues mientras que en el primer caso no podía distinguir otro sabor que el de azúcar y hojas de rosa, ahora encontraba el gusto intensamente amargo y repulsivo al paladar. Dejamos que la pasta se disolviera lentamente en nuestras lenguas, y nos sentamos un tiempo, esperando tranquilamente el resultado. Pero, habiendo sido tomada con el estómago lleno, su operación se vio entorpecida, y tras el transcurso de casi una hora, no podíamos detectar el menor cambio en nuestras sensaciones. Mis amigos expresaron en voz alta su convencimiento de la patraña del hachís, pero yo, reacio a abandonar el experimento en este punto, propuse que tomáramos media cucharadita adicional, y la siguiéramos con una taza de té caliente, que, si realmente había alguna virtud en la preparación, no podría dejar de ponerla en acción. Así se hizo, aunque no sin algunas aprensiones, pues todos ignorábamos la cantidad precisa que constituía una dosis, y los límites dentro de los cuales la droga podía tomarse con seguridad. Eran ahora las diez; las calles de Damasco se iban quedando gradualmente en silencio, y la hermosa ciudad estaba bañada en el lustre amarillo de la luna siria.

Solo en el patio de mármol debajo de nosotros, algunos dragomanes y mukkatrees se demoraban bajo los limoneros, y junto a la fuente en el centro.

Estaba yo sentado solo, casi en el medio de la habitación, hablando con mis amigos, que estaban recostados en un sofá colocado en una especie de alcoba, en el extremo más lejano, cuando el mismo fino estremecimiento nervioso del que he hablado me recorrió de repente.

Pero esta vez iba acompañado de una sensación ardiente en la boca del estómago; y, en lugar de crecer en mí con el paso gradual del sueño saludable, y resolviéndome, como antes, en aire, vino con la intensidad de una punzada, y se extendió palpitando por los nervios hasta las extremidades de mi cuerpo. El sentido de limitación —del confinamiento de nuestros sentidos dentro de los límites de nuestra propia carne y sangre— cayó al instante.

Las paredes de mi armazón fueron rotas hacia afuera y derrumbadas en ruina; y, sin pensar qué forma vestía —perdiendo incluso de vista toda idea de forma—, sentí que existía a través de una vasta extensión de espacio. La sangre, impulsada desde mi corazón, corría a través de incontables leguas antes de alcanzar mis extremidades; el aire aspirado a mis pulmones se expandía en mares de éter límpido, y el arco de mi cráneo era más ancho que la bóveda del cielo. Dentro de la concavidad que contenía mi cerebro, estaban las insondables profundidades del azul; las nubes flotaban allí, y los vientos del cielo las arremolinaban, y allí brillaba el orbe del sol. Era —aunque no pensé en ello en ese momento— como una revelación del misterio de la omnipresencia. Es difícil describir esta sensación, o la rapidez con que me dominó. En el estado de exaltación mental en que entonces me hallaba sumido, todas las sensaciones, al surgir, sugerían imágenes más o menos coherentes. Se me presentaban en doble forma: una física, y por tanto hasta cierto punto tangible; la otra espiritual, y revelándose en una sucesión de espléndidas metáforas. La sensación física de ser extendido iba acompañada de la imagen de un meteoro que estalla, no hundiéndose en la oscuridad, sino continuando disparando desde su centro o núcleo —que correspondía al punto ardiente en la boca de mi estómago— incesantes adumbraciones de luz que finalmente se perdían en la infinitud del espacio. Para mi mente, incluso ahora, esta imagen sigue siendo la mejor ilustración de mis sensaciones, tal como las recuerdo; pero dudo mucho que el lector la encuentre igualmente clara.

Mi curiosidad estaba ahora en vías de ser satisfecha; el Espíritu (¿demonio, no debería más bien decir?) del hachís se había apoderado enteramente de mí. Fui arrojado a la inundación de sus ilusiones, y arrastrado impotente adondequiera que ellas eligieran llevarme.

Los estremecimientos que recorrían mi sistema nervioso se volvieron más rápidos y fieros, acompañados de sensaciones que sumergían todo mi ser en un arrebato indecible. Estaba rodeado por un mar de luz, a través del cual jugueteaban los colores puros y armoniosos que nacen de la luz. Mientras me esforzaba, en expresiones entrecortadas, por describir mis sentimientos a mis amigos, que me miraban incrédulos —sin haber sido aún afectados por la droga—, me encontré de repente al pie de la gran Pirámide de Keops. Las afiladas hileras de caliza amarilla relucían como oro al sol, y la mole se elevaba tan alto que parecía apoyarse en el arco azul del cielo. Deseé ascenderla, y el solo deseo me colocó inmediatamente sobre su cúspide, elevado miles de pies por encima de los campos de trigo y los palmerales de Egipto. Bajé la mirada, y, para mi asombro, vi que estaba construida, no de caliza, sino de enormes y cuadrados bloques de tabaco Cavendish. Las palabras no pueden pintar la abrumadora sensación de lo ridículo que entonces experimenté. Me retorcí en mi silla en una agonía de risa, que solo se alivió cuando la visión se desvaneció como una vista disolvente; hasta que, de mi confusión de imágenes indistintas y fragmentos de imágenes, surgió otra Visión más maravillosa.

Cuanto más vívidamente recuerdo la escena que siguió, cuanto más cuidadosamente restauro sus distintos rasgos, y separo los muchos hilos de sensación que tejieron en una sola tela magnífica, tanto más desespero de representar su gloria extraordinaria. Me movía sobre el Desierto, no sobre el dromedario que se balancea, sino sentado en una barca hecha de nácar, y tachonada de joyas de lustre sobrepasante. La arena era de granos de oro, y mi quilla se deslizaba entre ellos sin sacudida ni sonido. El aire estaba radiante de exceso de luz, aunque no se veía sol.

Inhalaba los más deliciosos perfumes; y armonías, tales como

Beethoven puede que haya escuchado en sueños, pero nunca escribió, flotaban a mi alrededor. La atmósfera misma era luz, olor, música; y cada una y todas sublimadas más allá de cualquier cosa que los sobrios sentidos sean capaces de recibir. Ante mí —pues mil leguas, según parecía— se extendía una vista de arcos iris, cuyos colores relucían con el esplendor de las gemas: arcos de amatista viva, zafiro, esmeralda, topacio y rubí. Por miles y decenas de miles, volaban a mi lado, mientras mi deslumbrante barca se deslizaba por la magnífica arcada; sin embargo, la vista aún se extendía tan lejos como siempre ante mí. Me deleitaba en un elíseo sensual, que era perfecto, porque ningún sentido quedaba sin gratificar. Pero más allá de todo, mi mente estaba llena de un sentimiento ilimitado de triunfo.

Mi viaje era el de un conquistador —no de un conquistador que subyuga a su raza, ya sea por el Amor o por la Voluntad, pues olvidé que el Hombre existía—, sino uno victorioso sobre las fuerzas más grandiosas así como las más sutiles de la Naturaleza. Los espíritus de la Luz, el Color, el Olor, el Sonido y el Movimiento eran mis esclavos; y, teniendo estos, era dueño del universo.

Aquellos que están dotados en cualquier medida con la facultad imaginativa, deben haber experimentado al menos una vez en sus vidas sentimientos que pueden darles una pista de los exaltados raptos sensuales de mi marcha triunfal. La vista de un sublime paisaje montañoso, la audición de una grandiosa sinfonía orquestal, o de un coro sostenido por el «órgano de plena voz», o incluso la belleza y el lujo de un día de verano sin nubes, sugiere emociones similares en especie, si menos intensas. Tomaban un calor y un resplandor de esa pura alegría animal que no degrada, sino que espiritualiza y ennoblece nuestra parte material, y que difiere del frío, abstracto y intelectual goce, como el diamante llameante del Oriente difiere del carámbano del Norte. Esos sentidos más finos, que ocupan un terreno intermedio entre nuestros apetitos animales e intelectuales, se desarrollaron repentinamente hasta un punto más allá de lo que jamás había soñado, y siendo así gratificados al mismo tiempo en la medida más plena de su capacidad preternatural, el resultado fue una única sensación armoniosa, para describir la cual el lenguaje humano no tiene epíteto. El Paraíso de Mahoma, con sus palacios de rubí y esmeralda, sus aires de almizcle y casia, y sus ríos más fríos que la nieve y más dulces que la miel, habría sido un término pobre y mezquino para mi arcada de arcos iris. Sin embargo, en el carácter de este paraíso, en las fastuosas fantasías de las Mil y una noches, en el resplandor y el lujo de toda la poesía oriental, reconozco ahora más o menos la agencia del hachís.

La plenitud de mi rapto expandió el sentido del tiempo; y aunque toda la visión probablemente no pasó por mi mente en más de cinco minutos, parecían haber transcurrido años mientras me deslizaba bajo las deslumbrantes miríadas de arcos de arco iris. Poco a poco, los arcos iris, la barca de perlas y joyas, y el desierto de arena dorada, se desvanecieron; y, aún bañado en luz y perfume, me encontré en una tierra de verdes y floridos céspedes, divididos por colinas de contorno suavemente ondulado. Pero, aunque la vegetación era la más rica de la tierra, no había ni arroyos ni fuentes que se vieran; y las gentes que venían de las colinas, con brillantes vestiduras que resplandecían al sol, me suplicaban que les diera la bendición del agua. Sus manos estaban llenas de ramas de madreselva coralina, en flor. Estas tomé; y, arrancando las flores una por una, las planté en la tierra. Los delgados tubos, semejantes a trompetas, se convirtieron inmediatamente en fustes de mampostería, y se hundieron profundamente en la tierra; el labio de la flor se transformó en una circular boca de mármol color de rosa, y las gentes, inclinándose sobre su borde, bajaron sus cántaros hasta el fondo con cuerdas, y los subieron de nuevo, llenos hasta el borde, y goteando miel.

El rasgo más notable de estas ilusiones era que, en el momento en que estaba más completamente bajo su influencia, sabía que estaba sentado en la torre del hotel de Antonio en Damasco, sabía que había tomado hachís, y que las extrañas, fastuosas y ridículas fantasías que me poseían eran el efecto de ello. En el mismo instante en que contemplaba el Valle del Nilo desde la pirámide, me deslizaba sobre el Desierto, o creaba mis maravillosos pozos en aquel hermoso país pastoral, veía los muebles de mi habitación, su pavimento de mosaico, los pintorescos nichos sarracenos en las paredes, las vigas pintadas y doradas del techo, y el lecho en el hueco ante mí, con mis dos compañeros observándome. Ambas sensaciones eran simultáneas e igualmente palpables. Mientras más entregado estaba a la magnífica ilusión, veía su causa y sentía su absurdidad con mayor claridad. Los metafísicos dicen que la mente es incapaz de realizar dos operaciones al mismo tiempo, y pueden intentar explicar este fenómeno suponiendo una rápida e incesante vibración de las percepciones entre los dos estados. Esta explicación, sin embargo, no me satisface; pues no con mayor claridad un músico hábil con el mismo aliento hace sonar dos notas musicales distintas de un clarín, que yo era consciente de dos condiciones distintas de ser en el mismo momento. Sin embargo, por singular que parezca, ninguna entraba en conflicto con la otra. Mi disfrute de las visiones era completo y absoluto, sin perturbar por la más leve duda de su realidad; mientras que, en alguna otra cámara de mi cerebro, la Razón se sentaba fríamente a observarlas; y acumulaba el más vivo ridículo sobre sus fantásticos rasgos. Un conjunto de nervios se estremecía con la dicha de los dioses, mientras otro se convulsionaba con risa inextinguible ante esa misma dicha. Mis más altos éxtasis no podían derribar ni silenciar el peso de mi ridículo, que, a su vez, era impotente para impedirme correr hacia otras y más fastuosas absurdidades. Era doble, no «sombra y sustancia», sino más bien, como la Esfinge, humano y bestia. Una verdadera Esfinge, era un enigma y un misterio para mí mismo.

La droga, que se había retrasado en su operación por haber sido tomada después de una comida, comenzó ahora a hacerse sentir más poderosamente. Las visiones eran más grotescas que nunca, pero menos agradables; y había una dolorosa tensión en todo mi sistema nervioso —el efecto del sobreestímulo. Era una masa de gelatina transparente, y un confitero me vertió en un molde retorcido. Arrojé mi silla a un lado, y me retorcí y atormenté durante algún tiempo para forzar mi sustancia suelta dentro del molde. Por fin, cuando había logrado tanto que solo un pie quedaba fuera, fue levantado, y otro molde, de forma aún más torcida e intrincada, sustituido. No dudo que las contorsiones por las que pasé, para lograr el fin de mi destino gelatinoso, habrían sido extremadamente ridículas para un espectador, pero para mí eran dolorosas y desagradables. La mitad sobria de mí se echó a reír a carcajadas por ellas, y a través de esa risa, mi visión cambió a otra escena. Había reído hasta que mis ojos se desbordaron profusamente. Cada gota que caía se convertía inmediatamente en un gran pan de pan, y caía sobre la tabla de un panadero en el bazar de Damasco. Cuanto más reía, más rápido caían los panes, hasta que se levantó tal montón alrededor del panadero, que apenas podía ver la parte superior de su cabeza. «El hombre se asfixiará», grité, «pero si muriera, ¡no puedo parar!».

Mis percepciones se volvieron ahora más tenues y confusas. Sentí que estaba en el agarre de alguna fuerza gigantesca; y, en el resplandor de mi razón que se desvanecía, me alarmé seriamente, pues el terrible esfuerzo bajo el cual mi cuerpo trabajaba aumentaba cada momento. Un calor feroz y furioso irradiaba de mi estómago a través de todo mi sistema; mi boca y garganta estaban tan secas y duras como si fueran de latón, y mi lengua, me parecía, era una barra de hierro oxidado. Agarré una jarra de agua, y bebí larga y profundamente; pero bien podría haber bebido tanto aire, pues no solo no impartía humedad, sino que mi paladar y garganta no me daban ninguna información de haber bebido en absoluto. Me paré en el centro de la habitación, blandiendo mis brazos convulsivamente, y exhalando suspiros que parecían destrozar todo mi ser. «¿No habrá nadie», grité angustiado, «que expulse a este demonio que se ha apoderado de mí?». Ya no veía la habitación ni a mis amigos, pero oí a uno de ellos decir: «Debe ser real; no podría fingir una expresión como esa. Pero no se parece mucho al placer». Inmediatamente después hubo un grito de la más salvaje risa, y mi compatriota saltó al suelo, exclamando: «¡Oh, dioses! ¡Soy una locomotora!».

Esta era su alucinación dominante; y, por espacio de dos o tres horas, continuó yendo y viniendo con un paso medido, exhalando su aliento en violentos chorros, y cuando hablaba, dividía sus palabras en sílabas, cada una de las cuales pronunciaba con una sacudida, al mismo tiempo girando sus manos a los costados, como si fueran las manivelas de ruedas imaginarias. El inglés, tan pronto como sintió que la dosis comenzaba a surtir efecto, prudentemente se retiró a su propia habitación, y cuál fue la naturaleza de sus «visiones», nunca lo supimos, pues se negó a decirlo, y, además, impuso el más estricto silencio a su esposa.

Para entonces era casi medianoche. Había pasado por el Paraíso del Hachís, y me había sumergido de golpe en su más feroz Infierno. En mi ignorancia había tomado lo que, he sabido después, habría sido una porción suficiente para seis hombres, y ahora pagaba una espantosa penalidad por mi curiosidad. La sangre excitada corría por mi cuerpo con un sonido como el rugido de aguas poderosas. Se proyectaba en mis ojos hasta que ya no podía ver; latía espesamente en mis oídos, y palpitaba tanto en mi corazón, que temía que las costillas cedieran bajo sus golpes. Rasgué mi chaleco, puse mi mano sobre el lugar, y traté de contar las pulsaciones; pero había dos corazones, uno latiendo a razón de mil latidos por minuto, y el otro con un movimiento lento y apagado. Mi garganta, pensé, estaba llena hasta el borde de sangre, y arroyos de sangre brotaban de mis oídos. Los sentía fluir calientes por mis mejillas y cuello. Con un sentimiento enloquecido y desesperado, huí de la habitación, y caminé sobre el techo plano y aterrazado de la casa. Mi cuerpo parecía encogerse y volverse rígido mientras luchaba con el demonio, y mi rostro volverse salvaje, delgado y demacrado. Unos versos que me habían impresionado, años antes, al leer «La rima de la duquesa May» de la señora Browning, destellaron en mi mente:

«Y el caballo, en total desesperación, con sus cascos delanteros suspendidos en el aire, en el último borde, se alza de repente; y se cierne, se balancea entre —y sus narices se cuajan— y tiembla, cabeza y casco, y las escamas de espuma caen; y su rostro se vuelve feroz y delgado.»

Aquella imagen de terror y agonía animales era la mía. Yo era el caballo, suspendido en el borde de la torre vertiginosa, para ser precipitado al instante siguiente de cabeza a la destrucción. Involuntariamente, levanté la mano para palpar la delgadez y la agudeza de mi rostro. ¡Oh horror! la carne se había desprendido de mis huesos, y era una cabeza de esqueleto la que llevaba sobre mis hombros. De un salto me lancé al parapeto y miré al silencioso patio, lleno entonces de las sombras que en él arrojaba la luna que se hundía. ¿Me arrojaré de cabeza? fue la pregunta que me hice; pero aunque el horror de aquella alucinación de esqueleto era mayor que mi miedo a la muerte, había una mano invisible en mi pecho que me apartaba del borde.

Volví a la habitación en un estado de sufrimiento agudísimo. Mi compañero seguía siendo una locomotora, que corría de un lado a otro y soltaba sus sílabas con el acento desarticulado propio de una máquina de vapor. Su boca se había vuelto de latón, como la mía, y levantó el jarro a sus labios en el intento de humedecerla, pero antes de haber tomado un sorbo, dejó de nuevo el jarro con un aullido de risa, gritando: «¿Cómo puedo echar agua a mi caldera mientras estoy soltando vapor?».

Pero yo estaba ya demasiado perdido para sentir lo absurdo de esto o de sus otras exclamaciones. Me hundía cada vez más en un pozo de indecible agonía y desesperación. Pues, aunque no tenía conciencia de dolor real en parte alguna de mi cuerpo, la cruel tensión a que habían sido sometidos mis nervios me llenaba de parte a parte de una sensación de angustia mucho más severa que el dolor mismo. Además de esto, el resto de voluntad con que luchaba contra el demonio se iba debilitando gradualmente, y sentía que pronto sería impotente en sus manos. Todo esfuerzo por conservar mi razón iba acompañado de un punzada de mortal temor, no fuera que lo que ahora experimentaba fuese locura y hubiera de dominarme para siempre. El pensamiento de la muerte, que también me perseguía, era mucho menos amargo que este pavor. Sabía que en la lucha que se libraba en mi organismo era arrastrado terriblemente cerca del oscuro abismo, y el pensamiento de que, en tal momento, tanto la razón como la voluntad abandonaban mi cerebro, me llenaba de una agonía cuya profundidad y negrura en vano intentaría yo retratar. Me arrojé sobre mi lecho, con la sangre excitada rugiendo aún salvajemente en mis oídos, mi corazón palpitando con una fuerza que parecía consumir rápidamente mi vida, mi garganta seca como un tiesto, y mi lengua entumecida pegada al paladar, sin resistir ya más, sino aguardando mi destino con la apatía de la desesperación.

Mi compañero se acercaba ya a la misma condición, pero como el efecto de la droga había sido en él menos violento, su etapa de sufrimiento era más clamorosa. Me gritó que se moría, me imploró que le ayudara y me reprochó con vehemencia que yo yaciera allí silencioso, inmóvil y al parecer indiferente a su peligro. «¿Por qué ha de perturbarme?», pensé; «cree que se muere, pero ¿qué es la muerte comparada con la locura? Déjale morir; mil muertes se soportarían más fácilmente que los tormentos que yo sufro». Mientras estuve lo bastante consciente para oír sus exclamaciones, no hacían sino provocar mi viva ira; pero al cabo de un tiempo mis sentidos se enturbiaron y caí en un estupor. Según puedo juzgar, debían de ser las tres de la mañana, poco más de cinco horas después de que el hachís comenzara a surtir efecto. Yací así todo el día y la noche siguientes, en un estado de gris y vacío olvido, roto solo por un único y errante destello de conciencia. Recuerdo haber oído la voz de François. Me contó después que me levanté, intenté vestirme, bebí dos tazas de café y luego recaí en el mismo estupor semejante a la muerte; pero de todo esto no retuve el menor conocimiento. En la mañana del segundo día, tras un sueño de treinta horas, desperté de nuevo al mundo, con un organismo completamente postrado y desmadejado, y un cerebro nublado por las imágenes persistentes de mis visiones. Sabía dónde estaba y qué me había ocurrido, pero todo cuanto veía seguía siendo irreal y espectral. No había sabor en lo que comía, ni refrigerio en lo que bebía, y se requería un penoso esfuerzo para comprender lo que se me decía y dar una respuesta coherente. La voluntad y la razón habían vuelto, pero aún se sentaban inseguras en sus tronos.

Mi amigo, que estaba mucho más adelantado en su recuperación, me acompañó al baño contiguo, que yo esperaba contribuiría a restaurarme. Fue con gran dificultad que preservé la apariencia exterior de conciencia. A pesar de mí mismo, un velo caía de vez en cuando sobre mi mente, y tras vagar durante años, según parecía, por algún mundo remoto, despertaba con un sobresalto para encontrarme en las salas vaporosas del baño, con un sirio moreno puliendo mis miembros. Sospecho que mi lenguaje debía de ser desvariado e incoherente, y que los sirvientes que me tenían a su cargo comprendían mi estado, pues en cuanto me hube tendido en el lecho que sigue al baño, se me presentó un vaso de sorbete muy ácido, y tras beberlo experimenté al instante alivio.

Aun así, el hechizo no se había roto del todo, y durante dos o tres días seguí sujeto a frecuentes accesos involuntarios de ausencia, que me hacían insensible, por el momento, a todo cuanto pasaba a mi alrededor. Recorría las calles de Damasco con la extraña conciencia de estar al mismo tiempo en algún otro lugar, y con un esfuerzo constante por reunir mis percepciones divididas.

Antes del experimento, habíamos decidido hacer un trato con el shekh para el viaje a Palmira. El estado, sin embargo, en que ahora nos encontrábamos nos obligó a renunciar al plan. Quizá la excitación de una marcha forzada a través del desierto, y un conflicto con los árabes hostiles, que bien podía ocurrir, nos habría ayudado a sacudirnos los funestos efectos de la droga; pero todo el encanto que residía en el nombre de Palmira y el interés romántico de la excursión habían desaparecido. Estaba sin valor y sin energía, y no me quedaba sino abandonar Damasco.

Sin embargo, por temible que mi precipitado experimento me resultara, no me arrepentí de haberlo hecho. Me reveló profundidades de éxtasis y de sufrimiento que mis facultades naturales jamás habrían podido sondear. Me ha enseñado la majestad de la razón y de la voluntad humanas, incluso en el más débil, y el terrible peligro de jugar con lo que atenta contra su integridad. He escrito aquí fiel y plenamente mi experiencia, en razón de la lección que pueda transmitir a otros. Si por desgracia he fracasado en mi propósito, y no he hecho sino despertar esa inquieta curiosidad que me esforzaba por prevenir, ruego a todos los que por ello se vean movidos a repetir el experimento sobre sí mismos, que se contenten con tomar la porción de hachís que se considera suficiente para un hombre, y no, como yo, tragar bastante para seis.

«Ninguna mujer blanda como un cisne, frotada con aceites límpidos, / don de un dios enamorado, más hermosa.»

No partiremos de Damasco —no dejaremos que la Perla del Oriente centellee a través de los mares de follaje en que yace sepultada— sin consagrar un día al Baño, ese agente material de paz y buena voluntad para con los hombres.

Nos hemos bañado en el Jordán, como Naamán, y hemos quedado limpios; veamos ahora si el Abana y el Farfar, ríos de Damasco, son mejores que las aguas de Israel.

El Baño es la «institución peculiar» del Oriente. El café se ha colonizado en Francia y América; la Pipa es cosmopolita, y su aliento azul y gozoso se congela bajo el Círculo Ártico o se funde lánguidamente en los suaves aires de las Islas Polinesias; pero el Baño, ese paraíso sensual que meció los sueños de Platón, las visiones de Zoroastro y las solemnes meditaciones de Mahoma, solo se encuentra bajo un cielo oriental. Los desnudos naturales de la Zona Tórrida son anfibios; no se bañan, viven. El europeo y el angloamericano se lavan y creen haberse bañado; se estremecen bajo las duchas frías y ejecutan laboriosas cabriolas con toallas ásperas. En cuanto al hidrópata, el Genio del Baño, cuya morada está en Damasco, se retorcería de escarnio y risa si pudiera contemplar a aquel Diógenes acuoso sentado en su tinaja, o tendido en sus envolturas húmedas, como una momia empapada, en una catacumba de mantas y colchones de pluma. Así como la rosa en el Oriente tiene un perfume más raro que en otras tierras, así también el Baño otorga una purificación superior e infunde un goce más profundo.

No escuchéis las lamentaciones de los viajeros que se quejan del calor, del vapor y de las dislocaciones de sus articulaciones. Pertenecen a la generación de dura cerviz que resiste los procedimientos a los que el oriental se entrega en cuerpo y alma. Quien se baña en Damasco debe ser como el barro en manos del alfarero. Los sirios se maravillan de cómo pueden andar los francos, tan difícil les es doblar sus articulaciones. Es más, conocen la diferencia entre quien viene al Baño por mera curiosidad ociosa y quien ha gustado su deleite y lo tiene en el debido honor. Solo a este último se le permite conocer todos sus misterios. Al primero se le lleva apresuradamente y sin cuidado por las formas ordinarias del baño, y, si le queda algún rastro de cursilería, es muy probable que quede tan disgustado como complacido. Además, hay muchos baños de segunda y tercera categoría, adonde los dragomanes tramposos conducen a sus víctimas, en consideración a un reparto del botín con el bañero. De ahí que el Baño no haya recibido sino justicia parcial de manos de los turistas en el Oriente. Si alguien lo duda, que se vista de pasividad y resignación orientales, vaya al Hamman el-Khyateén, en Damasco, o al Baño de Mahmoud Pasha, en Constantinopla, y exija que se le bañe perfectamente.

Venid conmigo y os mostraré los misterios del baño perfecto. Aquí está la entrada, un pesado arco sarraceno que se abre al abigarrado bazar. Descendemos unos escalones hasta el pavimento de mármol de una elevada sala octagonal, iluminada por una cúpula. Hay un chorro de agua centelleante en el centro, que cae en una pesada pila de piedra. Una plataforma de unos cinco pies de altura recorre la sala, y sobre ella se alinean una serie de lechos estrechos, con las cabezas hacia la pared, como las camillas de una sala de hospital. La plataforma está cubierta de esteras de paja, y de la galería de madera que se alza sobre ella cuelgan toallas con bordes azules y carmesíes. El maestro del baño nos recibe cortésmente y nos conduce a uno de los lechos vacíos. Nos quitamos las rojas zapatillas abajo y subimos los escalones a la plataforma. Aquel viajero, vestido a la francesa, que acaba de entrar, sube con las botas puestas, y por ese hecho sabemos qué clase de baño va a recibir.

A medida que avanza la obra de desvestirse, aparece un muchacho de ojos oscuros con una servilleta, que sostiene ante nosotros, dispuesto a ceñírnosla a la cintura tan pronto como recobremos nuestra forma primitiva. Otro sirviente nos echa una servilleta sobre los hombros y envuelve una tercera alrededor de la cabeza, a manera de turbante. Nos calza luego un par de zuecos de madera y, tomándonos del brazo, sostiene nuestros pasos vacilantes y ruidosos mientras atravesamos una puerta baja y una antecámara cálida para entrar en la primera sala del baño. La luz, que cae tenue a través de un racimo de claraboyas en la cúpula del techo, muestra, primero, un hilo de plata de agua que juega en una atmósfera de vapor; después, algunos objetos oscuros e inmóviles, tendidos sobre una plataforma central baja de mármol. El sirviente extiende una sábana de lino en uno de los lugares vacíos, coloca un almohadón en uno de los extremos, nos quita los zuecos y nos deposita suavemente sobre la espalda, y nos deja. El pavimento está cálido bajo nosotros, y el primer aliento que respiramos nos produce una sensación de sofocación. Pero acaban de pasar por la sala un poco de leña de áloe encendida, y el vapor está impregnado de fragancia. Aparece el muchacho de ojos oscuros con un narghileh, que coloca junto a nosotros, ofreciendo la boquilla de ámbar a nuestros sumisos labios. El humo que inhalamos tiene un olor a rosas; y mientras la pipa borbotea con nuestra respiración, sentimos que los rocíos del sudor se acumulan pesadamente sobre nosotros. El sirviente reaparece ahora, se arrodilla junto a nosotros y nos amasa suavemente con manos diestras. Aunque no es anatomista, conoce cada músculo y tendón cuya flexibilidad da soltura al cuerpo, y de tal modo los moldea y manipula que perdemos la rigidez de nuestra mecánica y nos volvemos plásticos en sus manos. Nos vuelve boca abajo, repite el mismo proceso sobre la espalda y nos deja un poco más de tiempo allí, pasivamente, relucientes en nuestro propio rocío.

Nos saca de un ensueño sobre nada una figura de color moreno oscuro, que nos calza de nuevo los zuecos, nos rodea la cintura con el brazo y nos conduce a una sala interior, con una pila humeante en el centro. Aquí nos desliza desde el borde, y nos hundimos de cabeza y orejas en el fluido ardiente. Una vez, dos veces, nos sumergimos en el delicioso calor, y luego nos conducen a un nicho de mármol y nos sientan planos sobre el suelo. El sirviente se coloca detrás de nosotros, y advertimos ahora que sus manos están envueltas en guantes oscuros de crin. Se lanza sobre un brazo, que frota hasta que, como una serpiente, mudamos la piel gastada y recobramos nuestra suavidad y blancura infantiles. Ningún hombre puede llamarse limpio hasta que se ha bañado en Oriente. Que vaya directamente desde su baño acostumbrado y su fricción con paños al Hammam el-Khyateén, y el sirviente exclamará, mientras sacude sus guantes de crin: «¡Oh, franco! Mucho tiempo hace que no se bañaba». Sigue el otro brazo, la espalda, las piernas, hasta que la obra queda completa, y sabemos precisamente lo que siente un caballo después de haber sido almohazado. Ahora el sirviente abre dos grifos en el fondo del nicho y, sosteniendo una palangana alternativamente bajo el chorro frío y el caliente, nos inunda primero con un chorro ardiente que envía un delicioso escalofrío cálido por cada nervio; luego, con aplicaciones más suaves, disminuyendo la temperatura del agua por semitonos, hasta que, desde la nota más alta de calor que podemos soportar, descendemos arrobados por la escala hasta alcanzar el bajo más profundo de la frescura. La piel ha alcanzado para entonces una sensibilidad exquisita, y responde a estos cambios de temperatura con estremecimientos del más puro placer físico. En verdad, todo el cuerpo parece purgado de su naturaleza terrena y transformado en algo de textura más fina y delicada.

Tras una pausa, el sirviente hace su aparición con una gran palangana de madera, un trozo de jabón y un manojo de fibras de palma. Se acuclilla junto a la palangana y crea rápidamente una masa de espuma nevada, que crece hasta formar una pirámide y se desborda por el borde. Agarrándonos por el mechón de la coronilla sobre nuestra cabeza rapada, nos planta el espumoso manojo de fibras de lleno en la cara. El mundo desaparece; la vista, el oído, el olfato, el gusto (a menos que abramos la boca) y la respiración quedan cortados; nos hemos vuelto nebulosos. Aunque tenemos los ojos cerrados, parece que viéramos una blancura vacía; y, sin sentir más que una suavidad lanuda, dudamos si no seremos la nube olímpica que visitó a Io. Pero la nube se disipa antes de que empiece la estrangulación, y la masa aterciopelada desciende sobre el cuerpo.

Dos veces somos así «enjabonados» de pies a cabeza y quedamos más resbaladizos que los luchadores ungidos de los juegos griegos. Luego la palangana vuelve a entrar en juego, y nos deslizamos una vez más, musicalmente, por la escala de temperaturas.

El moreno escultor ha casi completado ahora su tarea. La figura de barro que entró en el baño se ha transformado en mármol pulido. Vuelve el cuerpo de un lado a otro y levanta los miembros para ver si la hechura está a la altura de su concepción. Su mirada satisfecha proclama su éxito. Un hábil sirviente de baño siente cierto placer estético en su ocupación. Los cuerpos que pule se convierten en cierta medida en obra suya, y se siente responsable de su simetría o deformidad. Experimenta cierto triunfo al contemplar una forma hermosa, que se ha vuelto más aérea, ligera y bella bajo sus manos. Es un gran conocedor de cuerpos, y sabría señalarle los ejemplares más finos con ojo tan presto como un artista.

Envidio a aquellos antiguos bañistas griegos, en cuyas manos fueron entregados Pericles, Alcibíades y los perfectos modelos de Fidias. Tenían diariamente ante sus ojos los más altos tipos de Belleza que el mundo ha producido jamás; pues de todas las cosas bellas, el cuerpo humano es la corona. Ahora, puesto que el engaño de los artistas ha sido derribado, y sabemos que el Arte griego no es sino el simple reflejo de la Naturaleza —que las antiguas obras maestras de la escultura no fueron milagrosas encarnaciones de un ideal, sino copias de formas vivas—, debemos admitir que en ninguna otra edad del mundo se ha desarrollado tan perfectamente el Hombre físico. La aproximación más cercana que he visto jamás a la simetría de la escultura antigua fue entre las tribus árabes de Etiopía. Nuestra raza sajona puede producir el atleta, pero no el Apolo.

La vida oriental está demasiado llena de reposo, y la raza otomana se ha vuelto demasiado degenerada por la molicie para exhibir muchos ejemplares notables de belleza física. El rostro es generalmente fino, pero el cuerpo suele ser flaco y de imperfecto desarrollo muscular. Las mejores formas que vi en los baños fueron las de los trabajadores, que, con bastante fuerza ruda, mostraban cierta gracia y armonía de proporciones. Puede aceptarse como regla general que el desarrollo físico del europeo es superior al del oriental, con excepción de los circasianos y georgianos, cuya belleza bien los hace acreedores a la distinción de dar su nombre a nuestra raza.

Por lo que respecta a la belleza femenina, las mujeres circasianas no tienen superiores. Han conservado en su hogar montañoso la pureza de los modelos griegos, y aún muestran la perfecta hermosura física cuyo tipo ha descendido hasta nosotros en la Venus de Médici. El franco aficionado a vagar por las calles de las ciudades orientales difícilmente dejará de verse favorecido con la vista del rostro de estas bellezas. Más de una vez me ha ocurrido, al encontrarme con una dama velada que navegaba en su feridjee como un globo, que ella ha dejado caer el velo con un hábil accidente al pasar, y me ha sobresaltado con la visión de su belleza, recordándome el verso del poeta persa: «¡Asombro! ¿Es este el alba del glorioso sol, o es la luna llena?». El rostro circasiano es un óvalo puro; la frente es baja y clara, «cosa excelente en la mujer», y la piel de una blancura de marfil, salvo el leve rosado de las mejillas y la madura mancha rosada de los labios. El cabello es oscuro, lustroso y abundante, exquisitamente dibujado en las sienes; las cejas ligeramente arqueadas y trazadas con lápiz delicado; mientras que las pestañas, como «rayos de oscuridad», sombrean los grandes orbes oscuros y húmedos que hay bajo ellas. El alabastro del rostro, tan puro que apenas deja ver la ramificación azul de las venas en las sienes, está iluminado por aquellos soberbios ojos —

«Ojos brillantes, como joyas antiguas engastadas en piedra de estatua de Paros»,

— cuyos pozos son tan oscuros y profundos que uno se engaña hasta creer que un alma gloriosa se asoma por ellos.

Una vez, por un azar imprevisto, contemplé la forma circasiana en su más perfecto desarrollo. Estaba yo a bordo de un vapor austriaco en el puerto de Esmirna, cuando el harén de un pachá turco salió en un bote para embarcar hacia Alejandría. El mar estaba bastante agitado, y casi todos los oficiales del vapor estaban en tierra. Había seis mujeres veladas y embozadas, con un eunuco negro como guardián, en el bote, que permaneció balanceándose algún tiempo al pie de la escala de la pasarela antes de que los asustados pasajeros reunieran valor para subir. Por fin, la más joven de ellas —una muchacha circasiana de no más de quince o dieciséis años— se aventuró en la escala, agarrando el pasamanos con una mano mientras con la otra sujetaba los pliegues de su voluminoso feridjee. Yo estaba de pie en la pasarela, observándola, cuando un leve balanceo del vapor hizo que soltara la prenda, la cual, sujeta al cuello, se le voló de los hombros, dejando su cuerpo cubierto tan solo por una única túnica de seda ligera y diáfana. A través de ella, la blancura marmórea de su piel, la redondez, la gloriosa simetría de su forma, me deslumbraron como una visión de Afrodita, vista

«a través de leguas de agua ondulante, como una estrella».

Fue solo un instante fugaz; pero aquel momento me convenció de que en los valles del Cáucaso se crían todavía formas de perfección fidiaca.

El necesario disfraz del vestido nos oculta gran parte de la belleza y dignidad de la Humanidad. He visto hombres que parecían heroicos en la libertad de la desnudez empequeñecerse casi hasta la vulgaridad absoluta cuando estaban vestidos. El alma no solo se asoma a las ventanas de los ojos y pende del portal de los labios; habla también en las líneas intrincadas y sin embargo armoniosas del cuerpo, y en el juego siempre variado de los miembros. Mirad el torso de Tioneo, el hijo de Níobe, y ved qué agonía de terror y súplica grita desde aquel tronco sin cabeza y sin miembros. Decapitad al Laocoonte, y sus músculos anudados expresarán todavía el mismo espantoso sufrimiento y resistencia.

Nadie lo sabía mejor que los antiguos escultores; y de ahí que encontremos muchas de sus estatuas de hombres ilustres total o parcialmente desnudas. Tal concepción del Arte sería considerada trascendental hoy en día, cuando nuestro vestido, nuestros trajes y nuestros modos de hablar o bien ignoran la existencia de nuestros cuerpos, o bien los tratan con poco de aquella reverencia que les es debida.

Pero, mientras nos entregamos a estos pensamientos, el sirviente ha estado esperando para darnos un último chapuzón en la cuba hirviente. De nuevo nos deslizamos hasta los ojos en el calor gigantesco, que nos envuelve estrechamente hasta que hormigueamos con exquisitos escalofríos ardientes. Ahora llega el grácil muchacho, con servilletas limpias, frescas y perfumadas con lavanda, que pliega alrededor de nuestra cintura y envuelve suavemente en torno a la cabeza. Nos calzan los zuecos y el brazo moreno nos guía con suavidad a través de la sala de sudor y la antecámara hasta el vestíbulo exterior, donde subimos

a nuestro lecho. Nos hundimos con suavidad sobre el lino fresco, y el muchacho nos cubre con una sábana perfumada. Luego, arrodillándose junto al lecho, aprieta los pliegues de la sábana en torno a nosotros, para que absorba la humedad persistente y el límpido sudor que exhala el calor que se disipa. Tan pronto como el lino se humedece, lo reemplaza con otro fresco, apretando los pliegues en torno a nosotros con tanta ternura como una madre dispone el ropaje de su niño dormido; pues nosotros, aunque de estatura de hombre, somos ahora infantiles en nuestra desvalida felicidad. Luego toma nuestra mano pasiva y calienta su palma con la suave fricción de la suya; tras lo cual, pasando al extremo del lecho, levanta nuestros pies sobre su regazo y repite la fricción sobre las plantas, hasta que la sangre vuelve a la superficie del cuerpo con un resplandor brumoso, semejante al que baña las nubes de una tarde de verano.

No nos queda más que un proceso por sufrir, y el sirviente ya está de pie a la cabecera de nuestro lecho. Es el curso de gimnasia pasiva, que tanto alarma y resistencia suscita en los ignorantes francos. Solo la resistencia es peligrosa, pues neutraliza por completo el disfrute del proceso. Entrégate con ciega sumisión en brazos del moreno Hado, y él te conducirá a nuevas cámaras de deleite. Nos incorpora a la posición sedente, se coloca detrás y enlaza sus brazos en torno a nuestro cuerpo, apretando y aflojando alternativamente su abrazo, como si probara la elasticidad de las costillas.

Luego, asiendo un brazo, lo lleva a través del hombro opuesto, hasta que la articulación restalla como un fulminante. Los omóplatos, los codos, las muñecas y las articulaciones de los dedos son todos obligados a disparar sus sordas salvas; y entonces, colocando una rodilla entre nuestros hombros y juntando ambas manos sobre nuestra frente, echa nuestra cabeza hacia atrás hasta que sentimos un gran crujido de la columna vertebral. Ahora desciende a las articulaciones de la cadera, las rodillas, los tobillos y los pies, forzando a cada una y a todas a descargar una salva de golpe. La leve lasitud que dejara el baño se ha ido, y un aireado y delicado regocijo, digno del alado Mercurio, ocupa su lugar.

El muchacho, arrodillado, nos presenta un finjan de café espumoso, seguido de un vaso de sorbete enfriado con las nieves del Líbano. Al poco regresa con un narghileh, que fumamos con la inhalación sin esfuerzo de los pulmones. Así yacemos en perfecto reposo, arrullados por la fragante hierba, y observando ociosamente a los silenciosos orientales, que se desvisten para el baño o reposan como nosotros. A través de la entrada arqueada, vemos un cuadro de los bazares: una pintura sombría de mercaderes sentados entre sus sedas y especias, salpicada aquí y allá de gotas doradas y manchas de sol, que se han filtrado por el techo.

La escena se pinta en nuestros ojos, pero no despierta el más leve movimiento del pensamiento. El cerebro es un mar en calma, sin una onda en sus orillas. Mente y cuerpo están ahogados en deliciosa paz; y ya no recordamos lo que somos. Solo sabemos que hay una Existencia en algún lugar del aire, y que dondequiera que esté, y sea lo que fuere, es feliz.

Más y más tenue se vuelve el cuadro. Los colores se desvanecen y se funden unos con otros, y finalmente se disuelven en un lecho de nubes rosadas, inundado por el resplandor de algún sol invisible. Más suave que «los párpados cansados sobre los ojos cansados», el sueño se posa sobre nuestros sentidos: un sueño semiconsciente, en el que sabemos que contemplamos la luz y aspiramos la fragancia. Con igual suavidad, las nubes se disipan en el aire, y nacemos de nuevo al mundo. El baño ha terminado. Nos levantamos, nos vestimos y salimos

a las soleadas calles de Damasco. Pero al volver a casa, miramos involuntariamente hacia abajo para ver si realmente pisamos la tierra, preguntándonos, quizá, por qué habríamos de contentarnos con hacerlo, cuando tan fácil sería remontarnos sobre los tejados.

Partida de Damasco—Las fuentes del Pharpar—Paso del Antilíbano—Aventura con los drusos—La cordillera del Líbano—El demonio del hachís se marcha—Impresiones de Baalbec—El Templo del Sol—Masonería titánica—La mezquita en ruinas—Campamento en el Líbano—Canallería del guía—La cumbre del Líbano—Los cedros sagrados—Los cristianos del Líbano—Una tarde en el Edén—Viaje áspero—Alcanzamos la costa—Regreso a Beyrout.

«Peor y Baalim abandonan sus templos oscuros.»

MILTON.

«Los cedros ondean en el Líbano, pero las doncellas más esbeltas de Judá se han ido.»

Beyrout, jueves, 27 de mayo de 1852.

Tras una estancia de ocho días en Damasco, llamamos de nuevo a nuestros hombres, Dervish y Mustapha, cargamos nuestras entusiastas mulas y montamos nuestros desesperados caballos. Había otras dos partidas en camino a Baalbec—un caballero y una dama ingleses, y un inglés solitario—, de modo que nuestras fuerzas reunidas formaban una imponente caravana. Siempre hay un registro de aduana, no al entrar, sino al salir de una ciudad oriental, pero los viajeros pueden evitarlo procurándose la compañía de un jenízaro consular hasta la puerta. El señor Wood, el [cónsul] británico, nos prestó para la ocasión a uno de sus oficiales, a quien encontramos esperando fuera de la muralla, para recibir su honorario privado por el servicio. Subimos la larga y estéril

[cuesta] al oeste de la llanura, y en la cumbre, cerca de la tumba de un jeque musulmán, nos volvimos para echar un último y largo vistazo a la frondosa llanura y a los minaretes de la ciudad, entrevistos a través del azul vapor matinal.

A pocos pasos más por el pedregoso camino, se nos presentó una escena distinta. Yacía hacia el oeste una larga extensión de montañas amarillas y desnudas, bañadas en el ardiente resplandor del sol, y por el centro, en lo profundo del corazón del árido paisaje, una línea serpenteante de verde vivo mostraba el curso del Barrada. Seguimos el río hasta que el sendero alcanzó una garganta infranqueable, que obligó a un rodeo de dos o tres horas. Descendimos entonces al lecho del valle, donde la vegetación, merced al calor irradiado por las montañas y al estímulo fertilizante del agua de abajo, era aún más rica que en la llanura de Damasco. Los árboles estaban pletóricos de un exceso de vida. Las ramas de las moreras se hallaban agobiadas bajo el peso de las hojas; las granadas estaban en una violenta erupción de flores; y el follaje de la higuera y del álamo era de un matiz tan profundo que brillaba negro bajo el sol.

Pasando por una puerta de roca, tan estrecha que a menudo nos veíamos obligados a cabalgar por el lecho del arroyo, llegamos a una pequeña pradera, más allá de la cual había una aldea diminuta, casi oculta entre las hojas. Aquí las montañas volvían a aproximarse, y del costado de la de la derecha, el caudal principal

del Barrada, o Pharpar, brotaba en un solo y pleno

arroyo. La fuente tiene casi el doble del caudal de la del Jordán en Banias, y es mucho más hermosa. Los cimientos de un edificio antiguo, probablemente un templo, la dominan por encima, y altos álamos y sicomoros la cubren con sombra impenetrable. Desde la baja abertura por donde irrumpe a la luz, sus aguas, blancas de espuma, saltan centelleando bajo los ocasionales rayos de sol, hasta perderse de vista entre el follaje denso y oscuro. Nos sentamos una hora sobre las ruinas de los muros, escuchando el rugido y el ímpetu de la corriente, y disfrutando de la sombra de los nogales y los sicomoros. Poco después de partir, nuestro camino cruzó un pequeño arroyo que desciende al Barrada desde los valles superiores del Antilíbano, y entró en un paso salvaje, flanqueado por acantilados de roca perpendicular. Un viejo puente de un solo arco salvaba el abismo, desde el cual trepamos a una extensión de altas praderas. En el paso había algunos fragmentos de columnas antiguas, vestigios de un acueducto e inscripciones en las rocas, entre las cuales el señor H. encontró el nombre de Antonino. El lugar no se menciona en ningún libro de viajes que yo haya visto, pues no está en la ruta habitual de Damasco a Baalbec.

Cuando salíamos del paso, vimos una compañía de doce hombres armados sentados en la hierba, junto al borde del camino.

Eran personajes de aspecto salvaje, y nos miraron con cierta agudeza al pasar. Los saludamos con el acostumbrado «¡salaam aleikoom!», que no nos devolvieron. Esa misma tarde, cuando acampábamos en la aldea de Zebdeni, a unas tres horas más arriba por el valle, nos sobresaltó un gran ruido —y griterío, con disparos de pistolas. Ocurrió, según supimos al indagar la causa de toda esta confusión, que los hombres que vimos en el paso eran drusos rebeldes, que entonces acechaban al jeque de Zebdeni, a quien, con su séquito, habían hecho cautivo poco después de que pasáramos. La noticia había llegado de algún modo a la aldea, y una compañía

de unos doscientos hombres marchaba entonces a su rescate. El ruido que hacían era probablemente para dar a los drusos aviso de su llegada y evitar así un combate. No creo que ninguno de los montañeses del Líbano tomara parte de buen grado contra los drusos, quienes, en realidad, no luchan tanto contra la institución de la ley de conscripción como contra su abuso. La ley ordena que el conscripto sirva durante cinco años; pero desde su establecimiento, según me han informado, no ha habido un solo caso de licenciamiento. Equivale, por tanto, a una servidumbre de por vida, y poco tiene de extraño que estos independientes hijos de las montañas, así como las tribus que habitan el desierto sirio, se rebelen antes que someterse.

Al día siguiente cruzamos un paso en el Antilíbano más allá de Zebdeni, descendimos un hermoso valle por el lado occidental, bajo una cresta aún salpicada de manchas de nieve, y tras viajar algunas horas por una amplia y estéril altura, la última de la cordillera, vimos ante nosotros la llanura de Baalbec. La grandiosa cadena del Líbano enfrente, coronada de relucientes campos de nieve, resplandecía con claridad a través del aire puro, y la canosa cabeza del Hermón, muy al sur, perdía algo de su grandeza por la comparación. Aunque hay una «divisoria», o línea de vertientes, entre Husbeiya, al pie del monte Hermón, y Baalbec, cuyos manantiales se unen al Orontes, que fluye hacia el norte hasta Antioquía, la gran separación natural de las dos cadenas continúa sin interrupción hasta el golfo de Akaba, en el mar Rojo. Un poco más allá de Baalbec, el Antilíbano termina, hundiéndose en la llanura siria, mientras que el Líbano, aunque su nombre y sus rasgos generales se pierden, unas veinte millas más al norte es sucedido por otras cordilleras que, aunque

rotas a intervalos, forman una serie regular, que enlaza con el Tauro, en Asia Menor.

Al partir de Damasco, el Demonio del Hachís aún mantenía un control parcial sobre mí. Estaba débil de cuerpo y a veces confuso en mis percepciones, alejándome de las escenas que me rodeaban hacia alguna esfera desconocida más allá de la luna.

Pero el bálsamo curativo de mi sueño en Zebdeni, y la pureza del aire matinal entre las montañas, completaron mi cura. Mientras cabalgaba por el valle, con la imponente cresta salpicada de nieve del Antilíbano a mi derecha, un cielo sin nubes sobre mi cabeza, y praderas esmaltadas de asfódelos y anémonas escarlatas extendiéndose ante mí, sentí que la última sombra se había desvanecido de mi cerebro. Mi mente estaba ahora tan clara como ese cielo —mi corazón tan libre y alegre como el elástico aire matinal. El sol nunca brilló con tanta intensidad a mis ojos; las hermosas formas de la Naturaleza nunca estuvieron penetradas de un espíritu de belleza tan perfecto. Era de nuevo dueño de mí mismo, y el mundo resplandecía como si recién creado a la luz de mi alegría y gratitud. Di gracias a Dios, que me había sacado de una oscuridad más terrible que la del Valle de la Sombra de la Muerte, y mientras mis pies vagaban entre las floridas praderas del Líbano, mi corazón caminaba por las Deleitosas Colinas de Su Misericordia.

A media tarde llegamos a Baalbec. La vista lejana del templo, al descender la última pendiente del Antilíbano, no está calculada para elevar las expectativas.

En la verde llanura al pie de la montaña, se ve una gran plataforma cuadrada de mampostería, sobre la cual se alzan seis columnas, el cuerpo del templo y una cantidad de muros en ruinas. Como rasgo del paisaje, produce un bello efecto, pero uno se sorprende pronunciando el rápido juicio de que «Baalbec, sin el

Líbano, sería más bien una pobre exhibición». Llegado a

esta conclusión, uno desciende la colina con cómodos sentimientos de indiferencia. Hay varias canteras a la

izquierda; uno las mira de pasada con una expresión que apenas

dice: «¡Ah! Supongo que de aquí sacaron las piedras», y así uno

sigue vagando, cruza un pequeño arroyo que desciende de la aldea moderna, pasa un molino, devuelve la mirada al pintoresco

molinero árabe que sale a la puerta a verlo, y el caballo trepa por un sendero difícil entre las columnas y

frisos rotos, antes de que uno considere digno levantar los ojos al montón que se alza sobre él. ¡Ahora reafirme su juicio, si se atreve!

Esto es Baalbec: ¿qué tiene que decir? Nada; pero uno mide con asombro los torsos de las grandes columnas que yacen amontonadas unas sobre otras en magnífico naufragio; vastos bloques que se han desprendido del entablamento, bellos capiteles corintios, privados de las últimas y gráciles curvas de sus hojas de acanto, y bloques cuyos bordes están tan desgastados que parecen enormes peñascos naturales dejados por el Diluvio, hasta que por fin uno alza la vista a las seis gloriosas columnas, que se elevan casi cien pies sobre su cabeza, y hay una sensación en el cerebro que sería un grito, si uno pudiera darle expresión, de simetría y majestad sin defecto, tales que ninguna concepción suya ni ninguna otra creación del arte puede superar.

No conozco nada tan hermoso en todos los restos del arte antiguo como estas seis columnas, salvo la columnata del Memnonio, en Tebas, que es de proporciones mucho menores. Desde cualquier posición, y con todas las luces del día o de la noche, son igualmente perfectas, y apartan continuamente los ojos de uno de las cumbres del

templo, que es mejor contemplar por separado.

Los dos templos de Baalbec se alzan sobre una plataforma artificial de mampostería, de mil pies de longitud y de quince a treinta pies de altura (según la depresión del suelo).

El mayor, que se supone fue un Panteón, ocupa toda la longitud de esta plataforma. La entrada estaba al norte, por una grandiosa escalinata, hoy derruida, entre dos elevados y elegantes pabellones que aún se conservan casi enteros. Seguía luego un espacioso patio hexagonal, y tres grandes salas, partes de las cuales, con nichos para estatuas, adornadas con cornisas y frontones de elaborado diseño, aún se conservan enteras hasta el techo. Esta magnífica serie de cámaras terminaba en el extremo meridional de la plataforma con el templo principal, que originalmente tenía veinte columnas por lado, semejantes a las seis que hoy se alzan.

El Templo del Sol se alza sobre una plataforma menor y más baja, que parece haber sido añadida posteriormente a la mayor. La cella, o cuerpo del templo, está completa excepto el techo, y de la columnata que lo rodea, casi la mitad de sus pilares siguen en pie, sosteniendo el friso, el entablamento y la cornisa, que en conjunto forman probablemente el espécimen más ornamentado del orden corintio de arquitectura que hoy existe. Solo cuatro pilares del soberbio pórtico quedan, y los sarracenos casi los han arruinado al construir una especie de torre de vigilancia sobre el arquitrabe. La misma raza sin escrúpulos cerró por completo el portal del templo con un muro liso, formado con los fragmentos que habían derribado, y uno se ve obligado a arrastrarse por un estrecho agujero para llegar

al interior. Aquí la puerta original queda frente a uno —y no sé cómo describir el maravilloso diseño de sus elaboradas

molduras y cornisas cinceladas. El genio de

parece haberse agotado inventando ornamentos que, a la vez que debían realzar el magnífico efecto de la obra, habrían de armonizar con el grandioso designio del templo. La enorme clave sobre la entrada se ha deslizado, sin duda por el impacto de un terremoto, y cuelga a seis pulgadas del fondo de los dos bloques que la sostienen a cada lado. Cuando caiga, todo el entablamento del portal quedará destruido. En su cara inferior hay un águila con las alas extendidas, y en las piedras laterales un genio con guirnaldas de flores, exquisitamente esculpido en bajorrelieve. Ocultas entre los festones de vid que adornan las jambas están las cabezas risueñas de los faunos. Este portal fue para mí un estudio continuo, y cada visita revelaba nuevos refinamientos de ornamento que antes no había observado. El interior del templo, con sus ricos pilastrones corintios, sus nichos para estatuas, rematados por frontones de elegante diseño, y su elaborada cornisa, necesita poca ayuda de la imaginación para ser restaurado a su perfección original. Como el de Dendera, en Egipto, el Templo del Sol deja en la mente una impresión de plenitud que hace olvidar restos mucho más grandiosos.

Pero lo más maravilloso de Baalbec es la plataforma de cimientos sobre la que se alzan los templos. Incluso las colosales fábricas del Egipto antiguo palidecen ante esta masonería sobrehumana. La plataforma misma, de mil pies de largo y una altura media de veinte pies, sugiere una vasta masa de piedras, pero cuando uno se pone a examinar los bloques individuales que la componen, queda aplastado por su increíble volumen. En el lado occidental hay una hilera de once piedras de cimiento, cada una de las cuales mide treinta y dos pies de longitud, doce de altura y diez de espesor, formando una pared de trescientos cincuenta y dos pies de largo. Pero mientras uno va caminando, pensando en el arte que cortó y elevó estos enormes bloques, dobla la esquina meridional y se topa con tres piedras cuya longitud conjunta es de ciento ochenta y siete pies —dos de ellas de sesenta y dos y la otra de sesenta y tres pies de largo. Ahí están; cortadas con exactitud impecable y unidas entre sí con tal precisión que no se puede forzar una aguja de cambray en la grieta. Hay una junta tan perfecta que solo puede discernirse con la más minuciosa búsqueda; ni siquiera es tan perceptible como la unión de dos pedazos de papel que se han pegado juntos. En la cantera yace todavía un bloque terminado, listo para el transporte, que mide sesenta y siete pies de longitud. El peso de una de estas masas se ha calculado en cerca de nueve mil toneladas; y sin embargo, no forman la base del cimiento, sino que se alzan sobre otras hiladas, a quince pies del suelo. Algunos anticuarios consideran que son de una fecha muy anterior a la de los templos, y que fueron destinadas como basamento de un edificio distinto.

En la aldea de Baalbec hay un pequeño templo circular corintio de diseño muy elegante. No tiene más de treinta pies de diámetro, y puede haber sido destinado a tumba. Una espaciosa mezquita, ahora sin techo y desierta, fue construida casi enteramente con los restos de los templos. Contiguos al patio y a la fuente hay cinco hileras de antiguas columnas, cuarenta en total (el número sagrado), que sostienen ligeros arcos sarracenos. Algunas son de mármol, con capiteles corintios, y dieciocho son fustes únicos de granito rojo egipcio. Junto a la fuente yace una pequeña columna rota de pórfido, de un tono violeta oscuro y de grano tan fino que la piedra tiene la suave y rica pasta del terciopelo. Este fragmento es lo único que me llevaría si tuviera el poder.

Tras un día de estancia, partimos de Baalbec al mediodía y tomamos el camino de los Cedros, que se hallan al otro lado del Líbano, en dirección a Trípoli. Nuestros compañeros de viaje ingleses eligieron el camino directo a Beyrout. Cruzamos la llanura en tres horas hasta la aldea de Dayr el-Ahmar, y luego comenzamos a ascender las pendientes más bajas de la gran cordillera, cuya cresta más alta, un deslumbrante parapeto de nieve, se alzaba muy por encima de nosotros. Durante varias horas, nuestro camino subió y bajó por crestas pedregosas, cubiertas de matorrales de roble y acebo, y de cerezos silvestres, perales y olivos. Justo cuando el sol arrojaba las sombras del alto Líbano sobre nosotros, llegamos a un estrecho y rocoso desfiladero al pie mismo de la montaña. Arroyos que aún conservaban el color y el frescor de los neveros de donde manaban, espumaban sobre las piedras hacia el abismo del fondo. El desfiladero descendía a una cuenca montañosa en la que yacía el lago de Yemouni, frío y verde bajo las sombras del atardecer. Pero justo frente a nosotros, en una pequeña repisa de tierra, había un tosco molino y un grupo de soberbios nogales que se asomaban al borde del torrente más caudaloso. Habíamos enviado por delante nuestro equipaje, y los hombres, con un ojo para lo pintoresco que no habría sospechado en los árabes, habían plantado nuestras tiendas bajo aquellos árboles, donde el arroyo vertía sus copas de nieve fría junto a nosotros, y la puerta de la tienda miraba hacia la llanura de Baalbec y al otro lado, hacia el Antilíbano. El molinero y dos o tres campesinos que vivían en este solitario paraje eran cristianos.

A la mañana siguiente comenzamos a ascender el Líbano. Habíamos dormido justo por debajo de la línea de las nieves, pues las largas hondonadas que surcan la cresta estaban llenas hasta poca distancia del desfiladero del que salimos. El sendero era muy empinado, ascendiendo continuamente, ora en torno al hombro yermo de la montaña, ora por alguna barranca donde el acebo y el olivo aún florecían, y la planta silvestre del ruibarbo extendía sus grandes hojas suculentas sobre el suelo. Habíamos tomado un guía el día anterior, en la aldea de Dayr el-Ahmar, pero como el camino era claro ante nosotros y él exigía una suma exorbitante, lo despedimos. No habíamos subido mucho, sin embargo, cuando regresó, profesando estar contento con lo que quisiéramos darle, y nos llevó por otro camino, diciendo que el primero era impracticable. Subimos y subimos afanosamente, y las largas hondonadas de nieve yacían bajo nosotros, y el viento soplaba frío desde las cumbres más altas, que comenzaban a mostrarse cerca. Pero entonces el camino, como habíamos conjeturado, giró hacia el que habíamos tomado primero, y al llegar a la siguiente altura vimos este último a corta distancia de nosotros. No solo era mejor, sino más corto, pues el bribón del guía nos había desviado de él para dar mayor efecto a sus servicios. Para volver a él, como era necesario, había que pasar varios campos de nieve peligrosos. El ángulo de su descenso era tan grande que un solo paso en falso habría precipitado a nuestras cabalgaduras, equipaje y todo, muchos cientos de pies más abajo. La nieve se estaba derritiendo, y la costra helada sobre los arroyos de abajo era tan delgada en algunos puntos que los animales la rompían y se hundían hasta el vientre. Huelga decir el número y la índole de los anatemas prodigados al guía. El impasible derviche desvariaba; Mustapha bramaba; François estalló en una espantosa erupción de juramentos griegos y turcos, y los dos viajeros, aunque no (según espero y creo) de inclinación profana, no pudieron evitar emplear algunas concisas expresiones sajonas. Cuando la indignación general hubo encontrado salida, los hombres se pusieron a la obra y, tomando cada animal por separado, lograron, con inminente riesgo, pasar todos por la nieve. Despedimos entonces al guía, quien, lejos de quedar avergonzado por el descubrimiento de su astucia, tuvo la desfachatez de seguirnos algún tiempo reclamando su paga. Unas cuantas subidas empinadas más, por hondos lechos de nieve y trechos de piedra yerma, y por fin la cresta de la cumbre —un muro blanco y afilado que brillaba contra el intenso azul negro del cenit— se alzó ante nosotros. Trepamos por un penoso zigzag a través de la nieve, pasamos a toda prisa sobre las piedras que abarrotaban la cima, y de repente las montañas se desplomaron, cresta tras cresta, surcadas por tremendos abismos cuyos fondos se perdían en vapor azul, hasta que las últimas alturas, coronadas de blancos conventos maronitas, pendían sobre el mar, cuya brumosa redondez ponía límite a la visión. He visto muchas vistas de montaña más grandiosas, pero pocas de rasgos tan sublimes, escarpados y quebrados. Las laderas de las crestas caían en todas direcciones en precipicios verticales, y las pocas aldeas que podíamos ver estaban construidas como nidos de águilas al borde de los abismos. En una pequeña hondonada a nuestros pies estaba el sagrado Bosque de Cedros, que parecía un manchón de enebros raquíticos.

Es el punto más alto de vegetación del Líbano, y en invierno no puede visitarse a causa de la nieve. La cumbre en que nos hallábamos estaba a unos nueve mil pies sobre el mar, pero había picos a cada lado al menos mil pies más altos.

Descendimos por un sendero muy empinado, sobre lechos de nieve ocasionales, y llegamos a los Cedros en hora y media. No fue hasta que estuvimos a menos de cien yardas de los árboles, y por debajo de su nivel, cuando quedé impresionado por su tamaño y su venerable aspecto. Pero una vez dentro del corazón del pequeño bosque, caminando por sus colinas y valles en miniatura y respirando las puras exhalaciones balsámicas de los árboles, toda la decepción que se alzaba en mi ánimo quedó desvanecida en un instante.

Hay unos trescientos árboles en total, muchos de los cuales son del crecimiento del siglo pasado, pero al menos cincuenta de ellos serían considerados grandiosos en cualquier bosque. Los patriarcas son cinco, y sin duda son tan antiguos como la era cristiana, si no como la época de Salomón. Los cipreses del jardín de Moctezuma, en Chapultepec, son árboles aún más antiguos y grandiosos, pero están tan enteros y bien formados como siempre, mientras que estos están nudosos y retorcidos en formas maravillosas por las tormentas de veinte siglos, y astillados en algunos puntos por el rayo. El canoso padre de todos ellos, de nueve pies de diámetro, se alza en el centro de la arboleda, sobre un pequeño montículo, y extiende sus pesados brazos, cada uno un árbol en sí mismo, sobre las cabezas de las muchas generaciones que han crecido debajo, como si diera su última bendición antes de la decadencia. Está marcado menos por la tormenta y el rayo que por los cuchillos de los viajeros, y las rocas marmóreas del Líbano no conservan sus inscripciones con más firmeza que su tronco pétreo. Las fechas del siglo pasado abundan, y recuerdo una tablilla inscrita: «Souard, 1670», en torno a la cual la madera más nueva ha crecido hasta la altura de tres o cuatro pulgadas. El recogimiento de la arboleda, encerrada por picos de nieve yerma, es completo. Solo la voz del ruiseñor, que canta aquí a la luz del día en las solemnes sombras, rompe el silencio. El monje maronita, que tiene a su cargo una pequeña capilla de piedra que se alza en medio, se mueve como una sombra y, no antes de que uno esté listo para partir, trae su libro para que uno registre en él su nombre. Me sorprendió descubrir cuán pocos de la multitud que anualmente recorre Siria llegan a los Cedros, que, después de Baalbec, son los restos más hermosos de la antigüedad en todo el país.

Tras una estancia de tres horas, seguimos a caballo hasta Edén, adonde nuestros hombres habían ido ya con el equipaje. Nuestro camino discurría por el borde de una tremenda garganta, de mil pies de profundidad, cuyo fondo solo era accesible aquí y allá por senderos peligrosos. A cada lado, una larga repisa de tierra cultivada descendía hasta la cima, y los arroyos de montaña, tras regar multitud de huertos y campos de grano, se precipitaban por los acantilados en largas cascadas centelleantes para unirse a la inundación rugiente de abajo. Esta es la región cristiana del Líbano, habitada casi por completo por maronitas, que aún conservan una parte de su antigua independencia y son el pueblo más próspero, industrioso, honesto y feliz de Siria. Sus aldeas no son masas compactas de pintoresca suciedad, como las de los musulmanes, sino que están diseminadas holgadamente entre huertos de morera, álamo y vid, bañadas por frescos arroyuelos, y tienen un aire de relativa pulcritud y comodidad. Cada una tiene sus dos o tres capillas, con sus pequeños campanarios, que tañen las horas de oración. Por triste y poética que sea la llamada desde el minarete, nunca me conmovió como cuando oí las dulces lenguas de aquellas campanas cristianas, tañendo vísperas de cerca y de lejos en las laderas del Líbano.

Edén merece su nombre. Es un paraíso montañoso, habitado por gentes tan bondadosas y sencillas de corazón, que sin duda ningún ángel vengador los expulsará jamás con su espada flamígera. Se alza sobre la garganta, que aquí tiene casi dos mil pies de profundidad, y domina una grandiosa inmensidad de montañas apiñadas, unas sobre otras y por encima de otras, desde el mar que brilla abajo hasta las cumbres altísimas que detienen el sol de la mañana.

Las casas son todas de piedra, y se agrupan en racimos bajo la sombra de grandes nogales. Al caminar entre ellas, recibimos saludos por doquier, y cuantos estaban sentados se levantaban y permanecían de pie a nuestro paso.

Las mujeres son hermosas, de rostros vivos e inteligentes, muy distintos de las estúpidas mujeres mahometanas.

Los niños eran criaturas encantadoras, y algunas de las muchachas de diez o doce años eran tan bellas como ángeles. Se acercaban tímidamente a nuestra tienda (que los hombres habían levantado como antes, bajo dos soberbios árboles, junto a una fuente) y nos ofrecían rosas y ramas de fragante jazmín blanco. Esperaban alguna recompensa, por supuesto, pero no la pedían, y la delicada gracia con que hacían la ofrenda era superior a todo pago. Era domingo, y los hombres y los muchachos, no teniendo nada mejor que hacer, vinieron todos a vernos y a conversar con nosotros. No olvidaré pronto el círculo de alegres y risueños aldeanos en que nos sentamos aquella tarde, mientras las sombras de un púrpura oscuro iban llenando poco a poco las gargantas, y anchas luces doradas se derramaban sobre las laderas de las colinas.

Los hombres se divertían mucho haciendo que los muchachos más pequeños se acercaran a saludarnos. Había uno al que llamaban «el Cónsul», que los eludió durante algún tiempo, pero al fin fue atrapado y colocado en el círculo ante nosotros. «La paz sea contigo, oh Cónsul», le dije, haciéndole una profunda reverencia, «¡sean propicios tus días! ¡auméntese tu sombra!»; pero entonces vi, por la expresión vacía del rostro del muchacho, que era una de esas criaturas inofensivas y sin entendimiento a las que, sin embargo, no se puede llamar del todo idiotas. «Es un desdichado; nada sabe; no tiene más protector que Dios», dijeron los hombres, santiguándose devotamente. El muchacho se quitó la gorra, se acercó arrastrándose y me besó la mano, mientras yo le daba algún dinero, que apenas hubo agarrado, cuando saltó como una gacela asustada y desapareció en un instante.

Al descender de Edén hacia la costa del mar, nos vimos obligados a cruzar la gran garganta de que hablé. Más abajo, sus lados son menos escarpados y están cubiertos hasta el mismo fondo de magníficos huertos de moreras, higueras, olivos, naranjos y granados. Tardamos tres horas en alcanzar el lado opuesto, aunque la anchura en la parte superior no es de más de una milla. El sendero era sumamente peligroso; descendimos a pie, llevando nuestros caballos, y una vez tuvimos que descargar nuestras mulas para hacerlas pasar junto a un árbol, que las habría empujado al borde de un abismo de varios cientos de pies de profundidad.

La vista desde el fondo era maravillosa. Estábamos encerrados por escarpes de follaje y flores de dos a tres mil pies de altura, rotos por peñascos de mármol blanco, y elevándose casi a pico hasta las mismas nubes. Dudo que Melville viera algo más grandioso en las gargantas tropicales de Typee. Después de alcanzar el otro lado, nos quedaba aún un viaje de ocho horas hasta el mar, a través de un país salvaje y quebrado, aunque muy cultivado.

Beyrout estaba ahora a trece horas de distancia, pero haciendo una marcha forzada lo alcanzamos en un día, viajando a lo largo de la costa, pasando por las ciudades de Jebeil, la antigua Byblus, y Joonieh. Las colinas alrededor de Jebeil producen el célebre tabaco conocido en Egipto como el Jebelee, o tabaco «de montaña», que es incluso superior al Latakiyeh.

Cerca de Beyrout, la morera y el olivo predominan.

Este último árbol da la mejor fruta de todo el Levante, y podría desplazar a todos los demás aceites del mercado, si alguien tuviera suficiente iniciativa para erigir manufacturas adecuadas. En lugar de esto, el aceite del país se prepara mal, rancio por las pieles en que se guarda, y los nativos acaudalados lo importan de Francia e Italia en preferencia a usarlo. En los bajos cerca del mar, vi varios campos de la planta del taro, cuyo cultivo había supuesto yo exclusivamente confinado a las islas del Pacífico. No tendría fin la riqueza de Siria si el país estuviera en manos apropiadas.

«la amable ninfa nacida para Baco de la hija de Morfeo, la que parece dotada en la mañana de su natalicio por él con fuego, por ella con sueños— Nicotia, más querida a la Musa que todo el embriagador jugo de la uva.» Lowell.

Al pintar el retrato de un oriental, la pipa y la taza de café son accesorios indispensables. Apenas hay un turco, o árabe, o persa —a menos que sea un derviche de peculiar santidad— que no respire su incienso diario al más suave Baco de los modernos. La costumbre se ha naturalizado tan por completo en Oriente, que somos propensos a olvidar su introducción relativamente reciente, y a asombrarnos de que no se haga mención de la pipa en las Mil y una noches. La práctica de fumar armoniza tan plenamente con el carácter de la vida oriental, que nos es difícil imaginar una época en que no existiera. Se ha convertido en parte de esa suprema paciencia, de ese maravilloso reposo, que forma un contraste tan fuerte con la vida sobreexcitada del Nuevo Mundo —cuyo disfrute no puede saborear quien no esté familiarizado con la pipa. ¡Aullad, reformadores!, pero os declaro solemnemente que quien viaja por Oriente sin fumar no conoce Oriente.

Es extraño que nuestro Continente, donde el significado del Reposo es desconocido, haya dado al mundo este gran agente del Reposo. Nada hay más notable en la historia que la colonización del Tabaco sobre toda la Tierra. No han transcurrido tres siglos desde que el caballeresco Raleigh arrojó sus humos a los asombrados ojos de Spenser y Shakespeare; y ahora, encontradme cualquier rincón del mundo, desde Nova Zembla hasta las Montañas de la Luna, donde el uso de la planta sea desconocido.

Tarshish (si la India fue Tarshish) es menos distinguida por sus «monos, marfil y pavos reales» que por sus hookahs; los valles de Luzón, más allá de Ternate y Tidore, nos envían más cheroots que especias; los Jardines de Shiraz producen más aterciopelado toombek que rosas, y las únicas fuentes que borbotean en Samarcanda son las de los narghilehs; el Líbano ya no es «excelente con los Cedros», como en los días de Salomón, sino excelentísimo con sus campos de Jebelee y Latakiyeh. En las llanuras no visitadas del África Central, en las mesetas de Tartaria y en los valles del Japón, la maravillosa planta ha encontrado un hogar. El negro desnudo, «jadeando en la Línea», la inhala bajo las palmeras, y el lapón y el samoyedo en las orillas del Mar Helado.

Es vano que quienes objetan al uso del Tabaco atribuyan estos fenómenos por entero a un gusto pervertido. El hecho de que la costumbre fuera adoptada de inmediato por todas las razas de hombres, cualquiera que sea su posición geográfica y grado de civilización, prueba que debe haber una razón para ello en la constitución física del hombre. Su efecto, cuando se usa habitualmente, es ligeramente narcótico y sedante, no estimulante —o si lo es, a veces, estimula solo la imaginación y las facultades sociales. Adormece las propensiones combativa y destructiva, y por ello —en cuanto un agente material puede operar— ejerce una influencia humanizadora y refinadora. Un profundo estudioso del Hombre, cuyo nombre es bien conocido del mundo, me informó una vez que veía en la avidez con que las tribus salvajes adoptan el uso del Tabaco un movimiento espontáneo de la Naturaleza hacia la Civilización.

No seguiré más estas especulaciones, pues el narghileh (que borbotea suavemente junto a mi codo, mientras escribo) es el promotor del reposo y el engendrador de agradable ensoñación. Al inhalar su aliento fresco y fragante, y entregarme en parte a la sensación de sano descanso que envuelve mis miembros como con un manto de terciopelo, me maravillo de cómo los poetas y artistas y sabios de tiempos antiguos alimentaban esos sueños que el mundo llama indolencia, pero que son las semillas que germinan en grandes logros. ¿Cómo filosofaba Platón sin la pipa? ¿Cómo el canoso Homero, sentado en las gradas del templo en los crepúsculos griegos, expulsaba de su corazón la amargura de la mendicidad y la ceguera? ¿Cómo encantaba Fidias al Cerbero de su naturaleza animal para que durmiera, mientras su alma entraba en los Campos Elíseos y contemplaba las formas de los héroes? Pues, en el mundo superior del Arte, Cuerpo y Alma son enemigos jurados, y la pipa contiene un opiáceo más potente que todos los jarabes soporíferos de Oriente, para adormecer al primero hasta la sumisión. Milton lo sabía, cuando fumaba su pipa vespertina en Chalfont, vagando, entre tanto, entre las palmeras del Paraíso.

Pero también es nuestra pérdida, que el Tabaco fuera desconocido para los griegos. De lo contrario nos habrían dado, en verso y en mármol, otra divinidad en su glorioso Panteón —un dios menos soporífero que Morfeo y Somno, menos bullicioso que Baco, menos radiante que Apolo, pero con algo del espíritu de cada uno: una figura, bella con la juventud, cada músculo en perfecto reposo, y la vaga expresión de los sueños en sus ojos entornados. Su templo habría sido construido en una arboleda de pinos meridionales, en las orillas de un golfo cerrado, resguardado de las olas que golpean fuera, donde se le habría rendido culto en las horas tardías de la tarde, o en el crepúsculo vespertino. Desde su trípode oracular se habrían pronunciado palabras de sabiduría, y los santuarios de Delfos y Dodona habrían quedado desiertos por el suyo.

Oh, amigos no fumadores, que leéis estas líneas con pena e incredulidad —y vosotras, damas, que palidecéis ante la idea de una pipa—, dejadme deciros que solo conocéis la forma vulgar del tabaco, y que nunca habéis pasado entre el viento y su gentileza. La palabra no os evoca más idea que la de «long nines», y pig-tail, y cavendish. Olvidad estos por un momento, y mirad este pastel de color marrón oscuro de hojas y flores secas, que exhala un odor de flores prensadas. Estas son las tiernas puntas del Jebelee, arrancadas cuando los brotes comienzan a abrirse, y cuidadosamente secadas a la sombra. Para usarse, se humedece con agua perfumada con rosas, y se corta al grado necesario de finura. La prueba del verdadero Jebelee es que arde con un fuego lento y oculto, como la yesca, y no causa irritación al ojo cuando se sostiene debajo de él. El humo, aspirado por una larga pipa de cerezo y boquilla de ámbar, es puro, frío y dulce, con un sabor aromático que es muy agradable al paladar. No excita salivación, y no deja tras de sí ningún olor desagradable y rancio.

El narghileh (que aún borbotea junto a mí) es una institución conocida solo en Oriente. Requiere una clase peculiar de tabaco, que crece hasta la perfección en las provincias meridionales de Persia. El humo, tras pasar por el agua (aromatizada con rosas, si se quiere), se inhala por un largo y flexible tubo directamente a los pulmones. No ocasiona la más leve irritación u opresión, sino que en pocos minutos produce una deliciosa sensación de reposo, que se siente hasta en las puntas de los dedos.

La pura seriación física del reposo es también una de las fuerzas y del perfecto contentamiento. Muchos pensamientos impacientes, muchas palabras airadas, he evitado recurriendo a la pipa. Entre nuestros aborígenes la pipa era el emblema de la Paz, y recomiendo encarecidamente a la Sociedad de la Paz que imprima sus tratados en papeles de tabaco de fumar (turco, si es posible), y que distribuya pipas con ellos.

No conozco nada más reconfortante, después de la fatiga de un largo día de viaje, que un narghileh bien preparado. Esa ligera sensación febril y excitable que es resultado de la fatiga cede al punto ante su potencia. La sangre pierde su calor y el pulso su rapidez; los músculos se relajan, los nervios se apaciguan hasta el sosiego, y el cuerpo pasa a una condición semejante al sueño, salvo que la mente está despierta y activa. Para cuando uno ha terminado su pipa, está repuesto para el resto del día, y su sueño nocturno es sano y profundo. Tales son algunos de los efectos físicos de la pipa en las tierras de Oriente.

Moral y psicológicamente, obra transformaciones aún mayores; pero describirlas ahora, con la boquilla en mi boca, requeriría una autoconciencia activa que el hábito no permite.

Un sirviente entra con una humeante taza de café, asentada en un zerf, o portataza, de plata. Su pulgar y su índice se aprietan firmemente sobre el fondo del zerf, que yo rodeo cerca de la parte superior con mi propio pulgar y dedo, de modo que la transferencia se realiza sin que su mano haya tocado la mía.

CAFÉ.

Después de apurar el espeso líquido moreno, lo que debe hacerse con la debida deliberación y una pausa de satisfacción entre sorbo y sorbo, devuelvo el zerf, sosteniéndolo por el medio, mientras el criado coloca la palma de cada mano sobre la parte superior e inferior y se lo lleva sin contacto. La bebida se hace con los granos de Mocha, ligeramente tostados, pulverizados en un mortero y calentados hasta formar espuma, sin añadidura de crema ni azúcar.

A veces, sin embargo, se la aromatiza con extracto de rosas o de violetas. Cuando se prepara con destreza, cada taza se hace por separado, y la cantidad de agua y de café se mide cuidadosamente.

El café es un verdadero hijo del Oriente, y su hogar original estuvo entre las colinas del Yemen, la Arabia Feliz de los antiguos.

Afortunadamente para los musulmanes, su uso era desconocido en los días de Mahoma, o probablemente habría caído bajo la misma prohibición que el vino. La palabra Kahweh (de donde café) es un antiguo término árabe para el vino. El descubrimiento de las propiedades del café se atribuye a un derviche que, por alguna falta, fue llevado a las montañas del Yemen por sus hermanos y allí dejado para perecer de inanición. A fin de aplacar los retortijones del hambre, recogió las bayas maduras de los cafetos silvestres, las tostó y se las comió. El sustento que contenían, junto con el agua de los manantiales, sostuvo su vida, y al cabo de dos o tres meses regresó en buen estado a donde sus hermanos, quienes consideraron su preservación un milagro y desde entonces lo miraron como modelo de santidad. Él enseñó el uso del fruto milagroso, y la demanda de él pronto se hizo tan grande que hizo necesario el cultivo del árbol. Pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que el café se introdujera en Europa. Todavía a principios del siglo XVII, Sandys, el pintoresco viejo viajero, describe el aspecto de la bebida, que llama «Coffa», y pregunta con sagacidad: «¿Por qué no aquel caldo negro que usaban los lacedemonios?».

Por la excelencia de la materia y la hábil manera de prepararlo, el Café de Oriente es el mejor del mundo. Lo he hallado bebida tan grata y reconfortante, que puedo perdonar de buen grado la agradable exageración del poeta árabe Abd-el Kader Anazari Djezeri Hanbali, hijo de Mahomet, que así celebra sus virtudes. Después de tan exaltado elogio, mis propias alabanzas sonarían apagadas y tibias; y por eso retomo mi pipa, encomendando a Abd-el Kader al lector.

«¡Oh Café! Tú disipas los cuidados de los grandes; tú haces volver a los que se extravían de los caminos del saber.

El café es la bebida del pueblo de Dios, y el cordial de sus siervos que tienen sed de sabiduría. Cuando el café se infunde en la taza, exhala el olor del almizcle y es del color de la tinta. La verdad no es conocida sino de los sabios, que lo beben en la espumante taza de café. Dios ha privado del café a los necios, que con invencible obstinación lo condenan como nocivo.

El café es nuestro oro; y en lugar de sus libaciones gozamos de la mejor y más noble sociedad. El café es una bebida tan inocente como la leche más pura, de la que solo se distingue por su color. Mora con tu café en el lugar de su preparación, y el buen Dios se cernirá sobre ti y participará de su festín. Allí las gracias del salón, el lujo de la vida, la sociedad de los amigos, todo compone un cuadro de la morada de la felicidad.

Todo cuidado se desvanece cuando el copero presenta el delicioso cáliz. Circulará veloz por tus venas y no se enconará allí: si de ello dudas, contempla la juventud y la belleza de quienes lo beben. La aflicción no puede existir donde él crece; el pesar se humilla en obediencia ante sus poderes.

El café es la bebida del pueblo de Dios; en él está la salud. Sea esta la respuesta a quienes dudan de sus cualidades. En él ahogaremos nuestras adversidades, y en su fuego consumiremos nuestras tristezas.

Quien una vez ha visto el bienaventurado cáliz, despreciará la copa de vino. ¡Gloriosa bebida! Tu color es el sello de la pureza, y la razón lo proclama genuino. Bebe con confianza, y no atiendas a la cháchara de los necios, que condenan sin fundamento.»

Cambio de planes—Rutas a Bagdad—Asia Menor—Zarpamos de Beyrout—Navegación a vela por la costa siria—Tartus y Latakiyeh—Las costas de Siria—La bahía de Suediah—La desembocadura del Orontes—Desembarco—El jardín de Siria—Cabalgata a Antioquía—La ciudad moderna—Las llanuras del Orontes—Restos del Imperio griego—El camino antiguo—La llanura de Keftin—Aproximación a Alepo.

«Suelta la cadena, desplegadas las velas, el hálito viviente está fresco detrás, mientras, alimentado de rocío y de salida del sol, llega el viento matinal que ríe.»

Alepo, viernes, 4 de junio de 1852.

Un viajero en Oriente que no tiene tiempo ilimitado ni una fortuna extensa a su disposición nunca está seguro de adónde ni hasta dónde irá, hasta que su viaje ha terminado. Con solo una limitada porción de estos medios, me he visto obligado a hacer un cambio material de ruta. Mi más lejano Este está aquí, en Alepo. En Damasco todos me decían que era demasiado avanzada la estación para visitar Bagdad o Mosul, y que, a causa de los terribles calores del verano y de las fiebres que prevalecen a lo largo del Tigris, sería imprudente emprenderlo. A pesar de esto, probablemente habría ido (estando ya tan aclimatado que nada tengo que temer del calor), si no hubiera encontrado a un amigo del coronel Rawlinson, el compañero de Layard y partícipe de sus descubrimientos en Nínive. Este caballero, que no hacía mucho se había encontrado con el coronel R. en Constantinopla, camino de Bagdad (donde reside como cónsul británico), me informó que desde la partida del señor Layard de Mosul, las excavaciones más interesantes han sido rellenadas, a fin de preservar las esculturas. A menos que uno pudiera hacer una nueva exhumación, no sería en modo alguno recompensado por un viaje tan largo y penoso. Las ruinas de Nínive están todas bajo la superficie de la tierra, y el poco de ellas que ahora queda expuesto es menos completo e interesante que los ejemplares del Museo Británico.

Hay una ruta de Damasco a Bagdad, a través del Desierto, por vía de Palmira, pero rara vez se recorre, ni siquiera por los naturales, salvo cuando las caravanas son lo bastante fuertes para resistir los ataques de los beduinos. El viajero se ve obligado a ir con traje árabe, a dejar atrás su equipaje, salvo una magra alforja para el viaje, y a pagar de 300 a 500 dólares por los camellos y la escolta. La ruta más usual es venir hacia el norte hasta esta ciudad, luego cruzar a Mosul y descender el Tigris: un viaje de cuatro o cinco semanas. Después de pesar todas las ventajas y desventajas de emprender un recorrido de la longitud que sería necesario hacer antes de llegar a Constantinopla, decidí en Beyrout renunciar a los fascinantes campos de viaje en Media, Asiria y Armenia, y tomar una ruta algo más corta y quizá igualmente interesante desde Alepo a Constantinopla, por vía de Tarso, Konia (Iconio) y los antiguos países de Frigia, Bitinia y Misia.

El interior de Asia Menor es para nosotros aún menos conocido que el lado persa de la Turquía asiática, que de un tiempo a esta parte ha recibido más atención de los viajeros; y, como lo atravesaré en toda su longitud, desde Siria hasta el Bósforo, bien puedo hallarlo colmado de «verdes campos y pastos nuevos», que me compensen por renunciar a la primera y más ambiciosa empresa.

Al menos, tengo tantas razones para estar agradecido por la ininterrumpida buena salud y buena fortuna de que he gozado durante siete meses en África y el Oriente, que no puedo sino estar contento con el prospecto que tengo ante mí.

Partí de Beyrout la noche del 28 de mayo, con el señor Harrison, que ha decidido hacerme compañía hasta Constantinopla. François, nuestro clásico dragomán, cuyo gran deleite es recitar a Homero a la orilla del mar, queda retenido para todo el recorrido, pues no hemos hallado motivo para dudar de su honradez ni de su habilidad. Nuestro primer pensamiento fue ir a Alepo por tierra, por vía de Homs y Hamah, de donde podría haber alguna posibilidad de llegar a Palmira; pero como encontramos ocasión de fletar un yate americano para el viaje por la costa, se juzgó preferible tomarlo y ahorrar tiempo. Era una pulcra embarcación pequeña, llamada el «American Eagle», traída por el señor Smith, nuestro cónsul en Beyrout. Así, una hermosa noche de luna, salimos lentamente del puerto, y después de devolver una salva de saludos a nuestros amigos del Hotel de Demetri, dimos en el corazón de una tempestad, que derramó más lluvia que toda la que había visto en ocho meses antes. Pero nuestro rais, Assad (el León), era digno de su nombre, y tenía a su mando dos buenos marineros cristianos, así que yacíamos en el estrecho camarote y oíamos las aguas lavar nuestra cubierta, sin temor.

Por la mañana estábamos frente a Trípoli, que está aún más profundamente sepultada que Beyrout entre sus naranjales y morerales, y, llevados lentamente a lo largo de la escarpada costa montañosa, llegamos por la tarde a Tartus, la antigua Tortosa. A una milla de la orilla está la isla rocosa de Aradus, enteramente cubierta por una ciudad.

Había una docena de embarcaciones fondeadas en el puerto. Los restos de una gran fortaleza y de un antiguo muelle prueban que fue en otro tiempo un lugar de considerable importancia. Tartus es un pequeño y viejo lugar en la orilla del mar, ni tan grande ni tan importante en apariencia como su puerto isleño. La comarca que se extiende a su espalda es verde y montuosa, aunque solo parcialmente cultivada, y se eleva hasta el Djebel Ansairiyeh, que divide el valle del Orontes del mar. Es una costa encantadora, especialmente bajo las luces y sombras fugaces de un día tan ventoso como el que tuvimos. El viento cayó al ponerse el sol; pero a la mañana siguiente habíamos pasado los campos de tabaco de Latakiyeh y divisábamos el cabo meridional de la bahía de Suediah. Las montañas que forman este cabo culminan en una grandiosa cumbre cónica, de unos 5.000 pies de altura, llamada Djebel Okrab.

A las diez, llevados por un viento lento, doblamos el punto y entramos en la bahía de Suediah, formada por la desembocadura del río Orontes. El promontorio montañoso de Akma Dagh, que forma el portal del golfo de Scanderoon, se alzaba grandioso frente a nosotros al otro lado de la bahía; y mucho más allá apenas podíamos distinguir la costa de Karamania, la salvaje cordillera del Tauro.

Las costas de Siria podrían dividirse, como las de Guinea, según la naturaleza de sus producciones. La división septentrional es escarpada y desnuda, aunque rebaños de ovejas pacen en las faldas de sus montañas; y las llanuras interiores que se extienden tras ellas están cubiertas de huertos de pistacheros. La seda se cultiva en las cercanías de Suediah, pero constituye solo una pequeña parte de las exportaciones. Esta región podría llamarse la costa de la lana y el pistacho. Hacia el sur, desde Latakiyeh hasta Tartus y el límite septentrional del Líbano, se extiende la costa del tabaco, cuyas ondulantes colinas se visten ahora con las hojas de color verde pálido de la renombrada planta. Desde Trípoli hasta Tiro, abarcando toda la vertiente occidental del Líbano y los hondos y ricos valles que yacen entre sus rodillas, predomina la morera, y la tierra está cubierta de casas de paja y estera que cobijan a los afanosos gusanos. Esta es la costa de la seda. Las palmeras llanuras de Jaffa, y más allá, hasta que Siria se encuentra con las arenas africanas entre Gaza y El-Arish, constituyen la costa de la naranja. La vid, el olivo y la higuera florecen por doquier.

Empleamos todo el día en remontar la bahía, y parecía que nunca habríamos de pasar el Djebel Okrab, cuya puntiaguda cima se alzaba muy por encima de una larga faja de nubes lanudas que le ceñía la cintura. Al ponerse el sol alcanzamos la boca del Orontes. Nuestro capitán, todo un león, intentó internarse en el río, pero el canal era muy estrecho, y cuando nos hallábamos a trescientas yardas de la orilla, el yate encalló. Llevábamos todas las velas desplegadas, y si el viento hubiera soplado un poco más fuerte, habríamos zozobrado en un instante. El león se puso manos a la obra con brío, y a fuerza de empujar con las pértigas nos desencalló y fondeó en aguas profundas. No fue hasta pasado el peligro cuando abrió sus baterías contra el desdichado timonel, y entonces la explosión de juramentos árabes equivalió a una andanada de cañones de a veinticuatro. Yacimos toda la noche meciéndonos sobre las olas, y a la mañana siguiente, disparando varias salvas de señales, hicimos salir una barca que nos recogió. Entramos en la boca del Orontes y navegamos casi una milla entre ricas praderas de trigo antes de llegar al desembarcadero de Suediah: dos o tres chozas de piedra deshabitadas, con tres o cuatro pequeñas embarcaciones turcas y un oficial de sanidad. La población queda una o dos millas tierra adentro, diseminada por la ladera entre jardines tan exuberantes que casi la ocultan a la vista.

Esta parte de la costa no conoce a los viajeros, y tuvimos que esperar medio día antes de poder encontrar un número suficiente de caballos que nos llevaran a Antioquía, a veinte millas de distancia.

Cuando llegaron, eran sólidos caballos de labrador, con los arreos más toscos imaginables. Me vi obligado a montar a horcajadas sobre una ancha silla de carga, con las piernas suspendidas entre rollos de cuerda.

Dejando las praderas, entramos en un sendero de la más salvaje, rica y hermosa floración y fronda. Nuestro camino estaba cubierto por setos de granado, mirto, adelfa y rosa blanca en flor, y de vez en cuando por árboles de membrillo, higuera y algarrobo, entrelazados con vides en fragante floración. A veces esta selva de color y aroma se encontraba sobre nuestras cabezas y creaba un crepúsculo; luego se abría en largas y deslumbrantes perspectivas bañadas de sol, donde los matices de la adelfa, el granado y la rosa blanca hacían parpadear los ojos con su fastuosa profusión. Las montañas que cruzamos estaban cubiertas de matorrales de mirto, lentisco, dafne y madroño, y todos los valles y praderas en pendiente ondulaban con higueras, moreras y olivos. Mirando hacia el mar, el valle se ensanchaba entre cordilleras cuyas cumbres se perdían en las nubes. Aunque el suelo no era tan rico como en Palestina, el aspecto general del país era mucho más salvaje y exuberante.

Así, por este glorioso sendero, sobre las colinas cubiertas de mirtos y bajando a valles cuyo lecho era de un solo tono de rosa por las adelfas en flor, viajamos durante cinco horas, cruzando las bajas estribaciones por las que el Orontes se abre paso hasta el mar. Por fin alcanzamos una altura que dominaba el valle del río, y vimos hacia el este, al pie de la cadena montañosa, las largas hileras de cuarteles construidos por Ibrahim Pasha para la defensa de Antioquía. Detrás de ellos, la antigua muralla de la ciudad trepaba por las montañas, siguiendo su cresta hasta el último pico de la cadena. Desde la colina siguiente vimos la ciudad: una gran extensión de casas de un solo piso con tejados de teja, rodeadas de jardines y medio sepultadas entre el follaje de los sicomoros. Se extiende desde el río Orontes, que baña sus murallas, por la ladera de la montaña hasta los peñascos de roca gris que la dominan. Cruzamos el río por un macizo puente antiguo y entramos en la población. Cabalgando junto a los arroyuelos de inmundicia que recorren las calles formando sus avenidas centrales, pasamos por varias hileras de bazares hasta un gran khan de aspecto lúgubre, cuyo guardián nos dio la mejor cámara vacía: un lugar estrecho, lleno de pulgas.

Antioquía no presenta ni siquiera una sombra de su antiguo esplendor. Salvo las grandes murallas, de diez a quince millas de circuito, que los turcos han hecho todo lo posible por destruir, todo vestigio de la antigua ciudad ha desaparecido. Las casas son todas de un solo piso, a causa de los terremotos, de los que Antioquía ha sufrido más que cualquier otra ciudad del mundo. En una ocasión, durante la Edad Media, perdió 120.000 habitantes en un solo día. Su situación es magnífica, y la población moderna, a pesar de su inmundicia, presenta un aspecto alegre y activo. Situada al pie de una alta montaña, domina hacia el este una llanura de treinta o cuarenta millas de longitud, que produce las más abundantes cosechas.

Gran número de los habitantes son trabajadores de la madera y el cuero, y muy laboriosos y alegres parece que son.

Permanecimos allí hasta el mediodía siguiente, para cuando un bribón de barba gris, jefe de los mukkatrees o arrieros, había conseguido procurarnos cinco miserables bestias para el viaje a Alepo. Al salir de la ciudad, viajamos a lo largo de un antiguo de la calle de Antioquía, de la que aún se conserva parte del antiguo pavimento, y tras dos millas llegamos a la vieja muralla de circunvalación, que pasamos por una maciza puerta de época romana. Hoy se llama Bab Boulos, o Puerta de San Pablo. El cristianismo, recordémoslo, fue plantado en Antioquía por Pablo y Bernabé, y el apóstol Pedro fue el primer obispo de la ciudad.

Entramos entonces en la gran llanura del Orontes: un mar llano, que se solazaba en la riqueza de sus sazonadas cosechas. El río, orlado de lozanos matorrales, serpenteaba por el centro de este glorioso cuadro. Lo cruzamos durante la tarde y, siguiendo nuestro rumbo hacia el este, acampamos de noche en una pradera junto a las tiendas de unos turcomanos errantes, que nos proveyeron de manteca y leche de sus rebaños.

Dejando la llanura a la mañana siguiente, viajamos todo el día rumbo al este, por largas y pedregosas sierras de montañas que encerraban un solo valle, el cual daba muestras de gran fertilidad. Era circular, de unas diez millas en su mayor diámetro, y limitaba al norte con el ancho pico del Djebel Saman, o Monte de San

Beón. Por la mañana pasamos un castillo en ruinas, situado en una hondonada sin árboles, entre los calurosos collados. Los arrieros lo llamaban el Palacio de la Doncella, y decían que lo había construido hace mucho tiempo un poderoso sultán como prisión para su hija. Durante varias horas después, nuestro camino estuvo flanqueado por restos de edificios que, al parecer, databan de la época del Imperio griego. Había tumbas, templos de maciza mampostería, aunque de mal estilo arquitectónico, y largas hileras de cámaras abovedadas que semejaban almacenes. Todas estaban más o menos destrozadas por los terremotos, pero en un lugar advertí veinte de tales arcos, cada uno de al menos veinte pies de luz. Todas las colinas, a uno y otro

lado, hasta donde alcanzábamos a ver, estaban cubiertas de restos de edificios. En la llanura de San Simón vi dos soberbias columnas, al parecer parte de un pórtico o de una puerta, y la aldea de Dana está formada casi por entero de iglesias y conventos del Bajo Imperio. Había pocas inscripciones, y estas no pude leerlas; pero toda esta región recompensaría sin duda espléndidamente una investigación anticuaria. Me dicen aquí que toda la cadena de colinas que se extiende hacia el sur por más de cien millas abunda en restos semejantes, y que, en muchos lugares, ciudades enteras se conservan casi íntegras, como si recientemente hubieran sido abandonadas por sus habitantes.

Durante la tarde dimos con una porción del antiguo camino de Antioquía a Alepo, que aún está tan perfecto como cuando se construyó. Cruzaba una cresta muy pedregosa y es, con mucho, el más fino ejemplo de construcción de caminos que jamás he visto, dejando bastante en vergüenza las Vías Apia y Flaminia en Roma. Tiene veinte pies de ancho y está pavimentado con bloques de mármol blanco, de dos a cuatro pies en cuadro. Al parecer estaba levantado sobre un camino más antiguo, que se desvía aquí y allá de la línea, mostrando las huellas profundamente marcadas de las ruedas de los carros romanos. En las áridas profundidades de las montañas encontramos cisternas excavadas en la roca y llenas del agua que dejaron las lluvias del invierno. Muchas de ellas, sin embargo, se están secando rápidamente, y un mes más tarde este será un camino desierto.

Hacia la noche descendimos de las colinas a la llanura de Keftin, que se extiende hacia el sudoeste desde Alepo, hasta que los arroyos de montaña que la fertilizan se secan, y entonces se funde en el desierto de Siria. Su borde septentrional, a lo largo del cual viajamos, está cubierto de campos de trigo, algodón y

habas de ricino. Nos detuvimos toda la noche en una aldea llamada Taireb,

situada al pie de un túmulo más antiguo que la tradición. La gente temía mucho a los árabes Aneyzeh, que vienen del desierto para destruir sus cosechas y llevarse su ganado. Querían que tomáramos una guardia, pero tras nuestra experiencia en el Anti-Líbano, nos sentimos más seguros sin ella.

Ayer viajamos durante siete horas por un país amplio y ondulado, ahora yermo y estéril, pero antiguamente cubierto de riqueza y que sustentaba una abundante población, de lo cual se hallan pruebas en los edificios esparcidos por doquier sobre las colinas. Siguieron y siguieron nuestras fatigas bajo el calor, por este inhóspito desierto, y aunque sabíamos que Alepo debía de estar muy cerca, no podíamos ver ni señal de cultivo ni de habitantes. Por fin, hacia las tres, la cima de una línea de muralla desmoronada y las puntas de algunos minaretes surgieron de la tierra, varias millas delante de nosotros, y al subir a una deslumbrante cresta calcárea, la renombrada ciudad estalló de pronto ante nuestra vista. Llenaba una amplia hondonada o cuenca entre las blancas colinas, contra las cuales sus aún más blancas casas y cúpulas centelleaban a lo largo de millas, en el muerto y lúgubre calor de la tarde, apenas aliviado por la estrecha faja de jardines del lado más cercano, o por los huertos de pistachos más allá. En el centro de la ciudad se alzaba un montículo abrupto y escarpado, coronado por los restos de la antigua ciudadela, y brillantes minaretes se erguían, solos o en grupos, alrededor de su base. El tono dominante del paisaje era un gris blanquecino, y la larga y majestuosa ciudad y las largas y monótonas colinas resplandecían con igual brillo bajo un cielo de azul intenso y sin nubes. Esta singular monotonía de coloración daba un efecto maravilloso a la vista, que es una de las más notables de todo el Oriente.

Nuestra entrada en Alepo. Nos conducen a una casa. Nuestra inesperada bienvenida. Se explica el misterio. Alepo. Su nombre. Su situación. El comercio de Alepo. Los cristianos. La revuelta de 1850. Aspecto actual de la ciudad. Visita a Osman Pasha. La ciudadela. Vista desde las almenas. La sociedad en Alepo. Etiqueta e indumentaria. Fiestas de boda judías. Una procesión nupcial cristiana. Paseo alrededor de la ciudad. Ruiseñores. El botón de Alepo. Un hospital para gatos. Ferhat Pasha.

Alepo, martes 8 de junio de 1852.

Nuestra entrada en Alepo fue un preliminar adecuado a las experiencias que hemos tenido durante los cinco días que hemos pasado aquí. Tras pasar

junto a un negro que hacía de guardia avanzada de la Aduana,

en una tienda harapienta a las afueras de la ciudad, y sobornarlo

con dos piastras, cruzamos la estrecha línea de jardines del

lado occidental y entramos en las calles. Había muchas casas de café, llenas de fumadores, casi todos los cuales nos dirigieron la palabra en turco, aunque el árabe es aquí la lengua predominante.

La ignorancia nos hizo descorteses, y desdeñamos todo intento

de entablar conversación. De las estrechas calles de los

suburbios avanzamos a los bazares, para encontrar un khan donde obtener alojamiento. Todos los mejores khans, sin embargo, estaban llenos, y estábamos a punto de tomar una habitación muy inferior, cuando un individuo respetable se acercó a François y dijo:

«La casa está lista para los viajeros, y les mostraré el

camino.» Nos sorprendió un poco este discurso, pero lo seguimos a una calle limpia, tranquila y agradable cerca de los bazares, donde nos introdujeron en un espacioso patio, con una hilera de aposentos que daban a él, y nos dijeron que nos pusiéramos cómodos.

El lugar había sido evidentemente habitado recientemente, pues las habitaciones estaban bien amuebladas, no solo con divanes, sino con camas al estilo franco. Un flaco gatito arañaba en una de las ventanas, con gran peligro de volcar un par de narghilehs, una gaviota mansa paseaba por el patio, y dos ovejas balaban en un establo del extremo más lejano. En la cocina

no solo encontramos una variedad de utensilios, sino huevos, sal, pimienta

y otros condimentos. Nuestro guía se había marchado, y la única información que pudimos obtener, de un establecimiento de tintorería de al lado, fue que los ocupantes se habían ido al campo. «Toma el bien que los dioses te ofrecen», es mi regla en tales casos, y como teníamos mucha hambre, pusimos a François a preparar la cena. Arreglamos un diván al aire libre, hicimos traer una mesa y, con la ayuda de los panaderos del bazar y las provisiones que la cocina suministraba, pronto nos regocijamos con una comida muy apetitosa. El romántico carácter de nuestra recepción hizo que la cena fuera alegre. Era un capítulo de las Mil y una noches, y fuese genio o afrit, califa o mercader de Bassora aquel en cuyas manos habíamos caído, resolvimos dejar que la aventura siguiera su curso. Estábamos justamente terminando un pastel

indescriptible que François encontró en casa de un panadero, y que, a falta de mejor nombre, llamó méringues a la Khorassan, cuando se oyó un fuerte golpe en la puerta de la calle. Sentimos al principio cierto temor, pero determinamos mantener nuestros puestos e invitar gravemente al verdadero amo a que se nos uniera.

Fue, sin embargo, una criada la que, para nuestro gran asombro, hizo una profunda reverencia y pareció encantada de vernos. «Mi amo no esperaba hoy a sus Excelencias; se ha ido a los jardines, pero pronto volverá. ¿Tomarán sus Excelencias café después de la cena?»; y el café fue servido en el acto. La anciana era incansable en sus atenciones; y su hijo, un muchacho de ocho años, y el niño más venerable que jamás he visto, nos entretuvo con la descripción de un caballo que su amo acababa de comprar, un caballo que había costado dos mil piastras y tenía noventa años.

«Bueno, este Alepo es un lugar extraordinario», fue mi primera impresión, «y sus habitantes son gente notable»; pero aguardé la llegada del amo, como único medio de resolver el misterio. Hacia el anochecer se oyó otro golpe en la puerta. Llegó una señora vestida de blanco, con un pañuelo indio atado sobre su negro cabello. «Dispénsennos», dijo; «creíamos que no llegarían aquí antes de mañana; pero mi hermano vendrá en seguida.» En efecto, el hermano llegó poco después y nos saludó con una bienvenida aún más calurosa.

«Antes de dejar los jardines», dijo, «supe de su llegada, y he venido a todo galope todo el camino.» Para poner fin a esta comedia de errores, declaré en el acto que se equivocaba; nadie en Alepo podía saber de nuestra llegada, y estábamos quizá transgrediendo su hospitalidad. Pero no: no quiso convencerse. Era dragomán del Consulado inglés; su amo le había dicho que estaríamos aquí al día siguiente, y debía estar preparado para recibirnos. Además, el jenízaro del Consulado nos había mostrado el camino a su casa. Dejamos, pues, el asunto en suspenso hasta la mañana siguiente, cuando visitamos al señor Very, el cónsul,

quien nos informó que el jenízaro nos había confundido con dos caballeros que habíamos conocido en Damasco, los compañeros de viaje de Lord Dalkeith. Como no habían llegado, nos rogó que permaneciéramos en los aposentos que habían sido preparados para ellos.

Tenemos toda razón para alegrarnos de este error, pues nos ha hecho conocer a uno de los caballeros más corteses y hospitalarios del Oriente.

Alepo queda tan lejos de las rutas habituales de viaje, que rara vez es visitado por los europeos. Uno no está, por tanto, como en el caso de Damasco, preparado de antemano por volúmenes de descripciones que excluyen toda posibilidad de error o sorpresa. Por mi parte, solo sabía que Alepo había sido en otro tiempo la mayor ciudad comercial del Oriente, aunque su poder había pasado hacía mucho a otras manos. Pero ciertas asociaciones majestuosas se demoraban en torno al nombre, que me atraían hacia ella y me obligaban a incluirla, a todo trance, en mi viaje por Asia.

La escasa descripción de los capitanes Irby y Mangles, la única que había leído, no me dio una idea distinta de su posición o apariencia; y cuando, el otro día, la vi por primera vez alzarse grandiosa y gris entre las grises colinas, más semejante a una vasta cristalización natural que al producto del arte humano, me deleité en la novedad de aquella sorprendente primera impresión.

La tradición del nombre de la ciudad es curiosa y digna de referirse. Se llama, en árabe, Haleb el-Shahba —Alepo, la Gris—, que la mayoría de las personas supone referido al color predominante del suelo. La leyenda, sin embargo, va mucho más lejos.

Haleb, que los venecianos y genoveses suavizaron en Aléppo, significa literalmente: «ha ordeñado». Según la tradición árabe, el patriarca Abraham vivió aquí en otro tiempo: su tienda estaba plantada cerca del montículo que hoy ocupa la ciudadela... Tenía una cierta vaca gris (e-shuhda) que era ordeñada cada mañana para beneficio de los pobres. Cuando, por tanto, se proclamaba:

«Ibraham haleb el-shahba» (Abraham ha ordeñado la vaca gris), todos los pobres de la tribu acudían a recibir su parte.

La repetición de este pregón matinal se adhirió al lugar y se convirtió en el nombre de la ciudad que después se fundó. Alepo está construida sobre la pendiente oriental de una cuenca alta poco profunda, por la que fluye el pequeño río Koweik. Hay colinas bajas al norte y al sur, entre las cuales el país desciende a una llanura amplia y monótona, que se extiende sin interrupción hasta el Éufrates. La ciudad tiene de ocho a diez millas de circuito; y, aunque no tan densamente poblada, cubre una mayor extensión de espacio que Damasco. La población se estima en 100.000 habitantes. En la excelencia (no la elegancia) de su arquitectura, supera a cualquier ciudad oriental que haya visto hasta ahora. Las casas son todas de piedra labrada, con frecuencia de tres e incluso cuatro pisos de altura, y construidas en un estilo muy macizo y duradero, a causa de la frecuencia de los terremotos. Las calles están bien pavimentadas, limpias, con aceras estrechas, y menos tortuosas e intrincadas que los desconcertantes callejones de Damasco. Gran parte de la ciudad está ocupada por bazares, que atestiguan el esplendor de su antiguo comercio. Estos establecimientos están cubiertos con elevadas bóvedas de piedra, iluminadas desde lo alto; y uno puede caminar millas bajo sus espaciosas techumbres. Las tiendas exhiben todas las telas de Oriente, especialmente de Persia y la India. Hay también una extensa muestra de tejidos europeos, pues las provincias orientales de la Turquía asiática, hasta Bagdad, se abastecen enteramente desde Alepo y Trebisonda.

«En diez años —en realidad, desde que las Potencias Aliadas expulsaron

a Ibrahim Pasha de Siria—, el comercio de Alepo ha aumentado, a expensas de Damasco. Las tribus del Desierto, que fueron contenidas durante la ocupación egipcia, son ahora tan indisciplinadas que gran parte del comercio entre esta última plaza y Bagdad va hacia el norte hasta Mosul, y de allí por un camino más seguro hasta esta ciudad. Los khans, de los que hay un gran número, construidos a una escala acorde con la antigua magnificencia de Alepo, están casi todos llenos, y los mercaderes persas, georgianos y armenios vuelven a hacer su aparición en los bazares.

Las principales manufacturas que se llevan a cabo son la fabricación de zapatos (que, en efecto, es una rama prominente en toda ciudad turca), y el tejido de seda y tisúes de oro. Dos largos bazares están enteramente ocupados por zapaterías, y hay cerca de un cuarto de milla de confiterías, que abarcan más variedades de las que jamás vi o imaginé posibles. Ayer vi la operación de tejer seda y oro, que es un proceso muy lento. La urdimbre y el cuerpo de la trama eran de seda púrpura.

El telar solo se diferenciaba de los viejos telares manuales de uso general en tener unos treinta o cuarenta artificios para levantar los hilos de la urdimbre, de modo que, por variación, formaran ciertos patrones. Los hilos de oro con que se labraba el patrón estaban contenidos en veinte pequeños sitios, pasados a mano bajo los distintos haces de la urdimbre, a medida que eran levantados por un muchacho adiestrado para ese propósito, que se sentaba en lo alto del telar. El tejido era muy brillante en su apariencia, y se vende, según me informaron los tejedores, a 100 piastras por pik —unos 7 dólares por yarda.

Teníamos cartas para el señor Ford, un misionero Aeneas establecido aquí, y para el signor di Picciotto, que actúa como vicecónsul americano. Ambos caballeros han sido muy cordiales en sus

ofrecimientos de servicio, y con su ayuda hemos podido ver algo de la vida y la sociedad de Alepo. El señor Ford, que lleva aquí cuatro años, tiene una agradable residencia en Jedaida, un suburbio cristiano de la ciudad. Su congregación cuenta con unos cincuenta o sesenta prosélitos, que son en su mayoría de las sectas cismáticas de

los armenios. El doctor Smith, que estableció la misión en Ain-tab (dos días de viaje al norte de aquí), donde murió el año pasado, tuvo mucho éxito entre estas sectas, y la congregación allí asciende a novecientos. El Sultán, hace un año, emitió un firman que permitía a sus súbditos cristianos erigir casas de culto; pero, aunque esto fue proclamado en Constantinopla y muy aplaudido en Europa como un acto de gran generosidad y tolerancia, no ha habido aquí promulgación oficial alguna. Lo mismo cabe decir de la ayuda que se decía que el Gobierno turco había prestado a sus indigentes súbditos cristianos, cuyas casas fueron saqueadas durante la rebelión fanática de 1850.

El mundo alabó la caridad y el amor a la justicia del Sultán, mientras los que sufrieron, hasta el día de hoy, carecen de la primera experiencia de ello.

Pero a no ser por el socorro espontáneo contribuido en Europa y entre las comunidades cristianas del Levante, la cantidad de miseria habría sido espantosa.

Al Feridj Pasha, que es actualmente el comandante de las fuerzas aquí, se debe principalmente el mérito de haber sometido a los rebeldes con mano firme. Había pocas tropas en la ciudad en el momento del estallido, y como los insurgentes, que estaban compuestos por la población turca y árabe, estaban en liga con los Aneyzehs del Desierto, la menor vacilación o demora habría conducido a una matanza universal de los cristianos.

Afortunadamente, las tropas estaban divididas en dos porciones, una que ocupaba los cuarteles en una colina al norte de la ciudad, y la

otra, una mera guardia de cabo de una docena de hombres, apostada en la ciudadela. Los cabecillas del estallido fueron a ver a este último y le ofrecieron una gran suma de dinero (el botín de las casas cristianas) para que entregara la fortaleza. Con una lealtad a su deber verdaderamente milagrosa entre los turcos, ordenó a sus hombres que dispararan contra ellos, y se batieron en rápida retirada. El barrio de los insurgentes se extendía precisamente entre los cuarteles y la ciudadela, y por orden de Feridj Pasha se abrió inmediatamente un cañoneo sobre él desde ambos puntos. No fue, sin embargo, hasta que muchas casas hubieron sido derribadas a cañonazos, y un número aún mayor destruido por el fuego, cuando los rebeldes fueron reducidos a la sumisión.

Sus aliados, los Aneyzehs, aparecieron en la colina al este de Alepo, en número de cinco o seis mil, pero unas pocas balas de cañón bien dirigidas les dijeron lo que podían esperar, y se retiraron rápidamente. Dos o trescientas familias cristianas perdieron casi todos sus bienes durante el saqueo, y muchas quedaron completamente desamparadas. La casa en que vive el señor Ford fue saqueada de joyas y muebles por un valor de 400.000 piastras (20.000 dólares). Los ladrones, se dice, quedaron

asombrados ante la cantidad de botín que encontraron. El Gobierno hizo algunos débiles esfuerzos por recuperarlo, pero la mayor parte ya había sido vendida y dispersada entre mil manos, y los infortunados cristianos solo han recibido cerca del siete por ciento de su pérdida.

El barrio incendiado ha sido reconstruido desde entonces, y noté a varios cristianos ocupando tiendas en diversas partes de él. Pero muchas familias, que huyeron en aquel momento, permanecen todavía en diversas partes de Siria, temerosas de regresar a sus hogares. Los Aneyzehs y otras tribus del Desierto se han vuelto últimamente más audaces que nunca. Incluso en las inmediaciones de la ciudad, los

habitantes les temen tanto que todo el grano es llevado hasta los mismos muros para ser trillado. Los cementerios de ambos lados se han convertido ahora en eras de trilla, y durante todo el día los campesinos turcos conducen sus pesados trillos entre las lápidas.

Al segundo día después de nuestra llegada, hicimos una visita a Osman Pasha, Gobernador de la Ciudad y Provincia de Alepo.

Fuimos con pompa, acompañados por el Cónsul, con dos jenízaros al frente, portando mazas de plata, y un dragomán detrás.

El serai, o palacio, es un edificio grande y llano de madera, y un grupo de soldados junto a la puerta, con un coche deslucido en el patio, eran los únicos indicios de su carácter. Fuimos introducidos de inmediato a la presencia del Pasha, que es un hombre de unos setenta años, con un rostro de buen humor, aunque astuto. Se mostró bastante cordial en sus modales, felicitándonos por nuestro traje turco, y jactándose de su habilidad en la fisonomía, que al instante le reveló que pertenecíamos a la clase más alta de la nobleza americana. En efecto, en el firman que desde entonces nos ha enviado, se nos menciona como «nobles». Nos invitó a pasar uno o dos días con él, diciendo que sacaría mucho provecho de nuestro conocimiento superior. Respondimos que tal trato solo podría beneficiarnos a nosotros mismos, ya que su mayor experiencia, y la distinguida sabiduría que había hecho su nombre familiar a nuestros oídos desde hacía mucho, excluían la esperanza de que fuéramos de utilidad alguna para él. Tras media hora de estancia, durante la cual fuimos agasajados con pipas enjoyadas, exquisito café de Moca y sorbete de los jardines de seaibie, nos despedimos.

El Pasha envió a un oficial para mostrarnos la ciudadela. Pasamos alrededor del foso hasta la entrada del lado occidental,

consistente en un puente y una doble puerta. La fortaleza, como ya he dicho, ocupa la cresta de un montículo elíptico, de unos mil pies por seiscientos, y doscientos pies de altura. Está enteramente rodeada por la ciudad y forma un rasgo prominente y pintoresco en la vista lejana de ella.

Antiguamente estaba densamente habitada, y en el momento del gran terremoto de 1822 había trescientas familias viviendo dentro de sus muros, casi todas las cuales perecieron. Las murallas exteriores quedaron muy quebrantadas en aquella ocasión, pero las enormes torres y la puerta, el más grandioso ejemplo de arquitectura sarracena en Oriente, permanecen todavía intactas. Esta puerta, por la que entramos, es colosal en sus proporciones. La entrada exterior, a través de muros de diez pies de espesor, nos admitió en un vestíbulo elevado revestido de mármol, y que contiene muchas inscripciones antiguas en mosaico. Sobre el portal principal, que está adornado con cabezas de leones esculpidas, hay una tablilla que declara que la fortaleza fue construida por El Mélek el Ashraf (el Santísimo de los Reyes), tras lo cual sigue: «¡Prosperidad a los Verdaderos Creyentes — Muerte a los Infieles!» Una segunda tablilla muestra que fue después reparada por Mohammed ebn-Berkook, que, creo, fue uno de los califas fatimíes. El shekh de la ciudadela, que nos acompañó, declaró la edad de la estructura en novecientos años, lo cual, hasta donde recuerdo la cronología sarracena, es correcto. Nos llamó la atención sobre numerosas puntas de flecha de hierro clavadas en la sólida mampostería —las marcas de antiguos asedios. Antes de partir, se nos obsequió con un haz de flechas de la armería —un lado inanimado de la guerra sarracena. La ciudadela es ahora un montón de ruinas, habiendo sido derribada desde el terremoto. La hierba crece sobre el rato, y

la planta de la alcaparra, con sus flores blancas y purpúreas, florece entre los montones de basura. Desde la última rebelión, sin embargo, se ha construido un pequeño cuartel militar, y dos compañías de soldados están acuarteladas allí. Recorrimos las murallas, que dominan una magnífica vista de la ciudad y de las extensas llanuras hacia el sur y el este. Bien merece figurar junto al panorama de El Cairo desde la ciudadela, y al de Damasco desde el Antilíbano, por su extensión, su pintoresquismo y su rico carácter oriental. Del gris anillo de la ciudad, que ciñe el montículo, se alzan las grandes cúpulas blancas y los aún más blancos minaretes de sus numerosas mezquitas, muchas de las cuales son estructuras grandiosas e imponentes. El curso del río por el centro del cuadro está marcado por una faja de la más verde verdura, más allá de la cual, hacia el oeste, se alza una cadena de colinas rojas y desnudas, y aún más lejos, desvaneciéndose en el horizonte, la cumbre azul del monte St. Simon, y la cordillera costera de Akma Dagh. Hacia el este, sobre vastos huertos de pistachos, la árida llanura del Éufrates se desvanece en un horizonte brillante y ardiente. Mirando hacia abajo, al corazón de la ciudad, me sorprendió ver una serie de extensiones abiertas y herbosas, de las cuales, aquí y allá, crecían pequeños árboles. Pero, al percibir lo que parecían ser entradas subterráneas en varios puntos, descubrí que estas extensiones estaban sobre los tejados de las casas y los bazares, lo que confirmaba lo que había oído con frecuencia: que en Alepo los habitantes visitan a sus amigos en distintas partes de la ciudad pasando por encima de los tejados de las casas. Antes del terremoto de 1822, estas vastas llanuras de tejados se cultivaban como jardines, y presentaban una extensión de aireadas glorietas tan grandes, si no tan magníficas, como los renombrados Jardines Colgantes de la antigua Babilonia.

Acompañados por el signor di Picciotto, pasamos dos o tres días visitando las casas de las principales familias judías y cristianas de Alepo. No encontramos, es verdad, el esplendor de Damasco, sino una arquitectura más sólida y duradera, y una elegancia de gusto más depurada. Los edificios son todos de piedra labrada, los patios pavimentados con mármol, y las paredes ricas en dorados y maderas talladas. Algunas de las viviendas más grandes tienen pequeños pero hermosos jardines anexos. Fuimos recibidos en todas partes con la mayor hospitalidad, y las visitas se consideraban un favor más que una intrusión.

En efecto, con frecuencia me vi obligado a correr el riesgo de ofender, declinando los refrescos que nos ofrecían.

Cada ronda de visitas era una proeza de resistencia, y nos veíamos obligados a desistir por la simple incapacidad de soportar más café, agua de rosas, pipas y dulces aromáticos. El carácter de la sociedad en Alepo es singular; su misma vida y esencia es la etiqueta. Las leyes que la gobiernan son más inviolables que las de los medos y los persas. La cuestión de precedencia entre las distintas familias se ajusta con la balanza más delicada, y se observa rigurosamente en los asuntos más nimios.

Incluso nosotros, humildes viajeros como somos, nos hemos visto obligados a regular nuestra conducta conforme a ella. Después de haber visitado ciertas familias, otras se habrían sentido profundamente mortificadas si hubiéramos dejado de visitarlas. Antiguamente, cuando un viajero llegaba aquí, se esperaba que visitara a los distintos cónsules, en el orden de su precedencia establecida: el austriaco primero, el inglés segundo, el francés tercero, etc. Después de esto, estaba obligado a quedarse en casa varios días, para dar a los cónsules la oportunidad de devolver las visitas, que hacían en el mismo orden. Había una importancia diplomática en todos sus movimientos, y la menor violación de la etiqueta, por ignorancia o negligencia, era la comidilla del pueblo.

Esta peculiaridad de la sociedad es evidentemente un vestigio de los tiempos ceremoniosos, cuando Alepo era una ciudad semi-veneciana y la opulenta sede del comercio oriental. Muchos de los habitantes descienden de los comerciantes de aquellos tiempos, y todos hablan la lingua franca, o italiano levantino. Las mujeres visten un traje en parte turco y en parte europeo, que combina las gracias de ambos; es, a mis ojos, el vestido más hermoso del mundo. Llevan en la cabeza un rico pañuelo de algún color oscuro, que, en las ocasiones festivas, queda casi oculto por sus joyas, y por las pesadas flores escarlatas del granado que adornan su cabello oscuro. Un chaleco y unas mangas turcas de seda bordada, abiertos por delante, y una falda blanca o de algún color claro, completan el traje. Las judías llevan además un corto caftán turco y pantalones amplios recogidos en los tobillos.

En un baile ofrecido por el señor Very, el cónsul inglés, al que asistimos, estuvieron presentes todas las bellezas cristianas de Alepo.

Hubo una espléndida exhibición de diamantes, y muchas de las damas llevaban varios miles de dólares en joyas sobre la cabeza. La peculiar etiqueta del lugar se ilustró de nuevo en esta ocasión. La costumbre es que la música debe oírse durante al menos una hora antes de que lleguen los invitados. La hora señalada era las ocho, pero cuando llegamos, a las nueve, no había llegado nadie.

Como se suponía generalmente que el baile se daba por nosotros, varias de las familias habían apostado criados en las cercanías para vigilar nuestra llegada; y, en consecuencia, no llevábamos cinco minutos allí cuando los invitados entraron en tropel por la puerta en gran número. Cuando se propuso el primer baile (un baile árabe, ejecutado por dos damas a la vez), las esposas de los cónsules francés y español fueron las primeras en ser llevadas, o más bien arrastradas, a la pista. Cuando se invita a una dama a bailar, invariablemente se niega.

Se le pide una segunda y una tercera vez; y si el caballero no lo solicita con la mayor insistencia, y no emplea alguna gentil violencia para llevarla a la pista, ella nunca se lo perdona.

En una de las casas judías que visitamos, se celebraban las festividades vespertinas de una de las hijas. Fuimos recibidos con gran cordialidad, e inmediatamente conducidos a la sala de estado, un elegante aposento que daba a los jardines situados bajo la muralla de la ciudad. La mitad de la sala estaba ocupada por una plataforma elevada, con un diván de cojines de seda azul. Aquí se recostaban las damas, con soberbios vestidos de azul, rosa y oro, mientras los caballeros se disponían en el suelo, más abajo. Todos se levantaron a nuestra entrada, y fuimos conducidos a asientos entre las damas. Se sirvieron pipas y bebidas perfumadas, y el pastel nupcial, hecho de veintiséis frutas distintas, fue presentado en una bandeja de oro. Nuestras hermosas vecinas, algunas de las cuales literalmente resplandecían de joyas, eran notablemente bellas. Poco después apareció la novia en la puerta, y todos nos levantamos y permanecimos de pie, mientras ella avanzaba, sostenida a cada lado por las dos shebeentyeh, o damas de honor. Tendría unos dieciséis años, esbelta y graciosa en su apariencia, aunque no decididamente hermosa, y estaba ataviada con la mayor elegancia. Su vestido era de seda azul pálido, recargado de bordados en oro; y sobre su largo cabello oscuro, su cuello, su pecho y sus muñecas, jugaban mil destellos de arcoíris procedentes de las joyas que los cubrían. Los músicos judíos, sentados al fondo de la sala, arrancaron una fuerte y alegre armonía a sus violines, guitarras y dulcémeles, y las criadas, agrupadas en la puerta, prorrumpieron en coro en su agudo y estridente grito, que acompaña a todas estas festividades en el país.

La novia se cuidó de guardar el decoro que se esperaba de ella, no pronunciando palabra alguna, ni perdiendo la triste y resignada expresión de su semblante. Subió al diván, se inclinó ante cada uno de nosotros con una reverente inclinación, y se sentó sobre los cojines. La música y los bailes duraron algún tiempo, acompañados por el zughareet, o grito de las mujeres, que se repitió con doble fuerza cuando nos levantamos para despedirnos. Toda la concurrencia nos acompañó hasta la puerta de la calle, y uno de los criados, apostado en el patio, nos gritó algunas largas frases cantarinas mientras salíamos. No pude entender las palabras, pero me dijeron que era una invocación de prosperidad sobre nosotros, en correspondencia por el honor que nuestra visita les había conferido.

Por la tarde fui a ver una procesión nupcial cristiana, que, hacia la medianoche, condujo a la novia a la casa del novio. La casa, al parecer, era demasiado pequeña para recibir a todos los amigos de la familia, y me uní a un gran número de ellos, que se dirigieron a la terraza del consulado inglés para saludar a la procesión a su paso. Las primeras personas que aparecieron fueron una compañía de bufones; tras ellos, cuatro jenízaros, portando mazas de plata; luego los amigos varones, llevando faroles de colores y antorchas perfumadas, alzadas sobre varas doradas; luego las mujeres, entre las que vi algunos hermosos rostros de Madonna a la luz de las antorchas; y finalmente la novia misma, cubierta de pies a cabeza con un velo de brocado de oro, e impulsada por dos doncellas: pues es etiqueta en tales ocasiones que la novia se resista a ser llevada, y debe ser forzada a cada paso, de modo que con frecuencia tarda tres horas en recorrer la distancia de una milla. Observamos la procesión durante largo tiempo, serpenteando por las calles —una línea de antorchas, y cantos, y un alegre y ruidoso júbilo— bajo el dulce cielo estrellado.

La otra tarde, el signor di Picciotto nos montó en su fino semental árabe, y cabalgamos alrededor de la ciudad, por fuera de los suburbios. El sol estaba bajo, y un pálido lustre amarillo tocaba los racimos de minaretes que se alzaban de las imponentes masas de edificios, y las colinas desnudas y calcáreas hacia el norte. Tras dejar los jardines a orillas del Koweik, llegamos a un triste yermo de ruinas, entre las cuales el anticuario encuentra vestigios del antiguo Alepo de los griegos, de los conquistadores mongoles de la Edad Media, y de los sarracenos que les sucedieron. Hay muchas mezquitas y tumbas, que fueron en su día imponentes ejemplos del arte sarraceno; pero ahora, agrietadas y astilladas por las guerras y los terremotos, se desmoronan lentamente hacia la ruina total.

En el lado sudoriental de la ciudad, sus cimientos calcáreos han sido excavados en vastas cavernas abovedadas, que se adentran profundamente en la tierra. Se han dejado pilares a intervalos regulares para sostener las masas superiores, y sus enormes y sombríos laberintos parecen las criptas de alguna gran catedral. Ahora se usan como cordelerías y están llenos de alegres trabajadores.

Nuestra última excursión fue a una casa de campo del signor di Picciotto, en los Jardines de Babala, a unas cuatro millas de Alepo. Partimos por la tarde en nuestros árabes, con el hijo de nuestro anfitrión en un gran asno blanco de raza de Bagdad. Tras pasar el cementerio turco, donde nos detuvimos a ver la tumba del general Bem, aflojamos las riendas y partimos a galope tendido por las calientes y blancas colinas. Al bajar a toda velocidad por una cuesta pedregosa, el ambicioso asno, que hacía lo posible por seguir el ritmo de los caballos, cayó, lanzando al joven Picciotto por encima de su cabeza. El muchacho se magulló un poco, pero apretó los dientes y no mostró señal de dolor, volvió a montar y nos siguió. Los Jardines de Babala son un laberinto de árboles frutales, como los de Damasco.

La casa de campo del signor P. está sepultada en un bosque silvestre de albaricoqueros, higueras, naranjos y granados. Un gran estanque de mármol, frente al lwan abierto y arqueado, la provee de agua. Subimos al techo plano y contemplamos cómo el crepúsculo se desvanecía sobre el hermoso paisaje. Más allá de las enramadas de deslumbrante verdor que nos rodeaban, se extendían las anchas colinas grises; los minaretes de Alepo y las murallas de su montaña fortificada brillaban rosados bajo los últimos rayos del sol; un viejo palacio de los Pachás, con los largos y bajos cuarteles de la soldadesca, coronaba la cima de una colina hacia el norte; oscuros y esbeltos cipreses delataban el lugar de las tumbas; y hacia el oeste, más allá del desnudo pico rojo del monte St. Simon, se alzaba el débil contorno azul del Giaour Dagh, cuya cadena mural separa Siria de las llanuras de Cilicia. A medida que el crepúsculo se hacía más profundo sobre la escena, llegó un largo y melodioso grito de pasión y de dolor desde el corazón de un granado de flores estrelladas en el jardín. Otras voces le respondieron desde los jardines vecinos, hasta que no uno, sino cincuenta ruiseñores encantaron el reposo de la hora. Competían entre sí en sus arrebatos de música apasionada. Cada estrofa se elevaba sobre la anterior, o se unía con las demás, cercanas y lejanas, en un coro de la más divina ternura: una expresión de dulce, inefable e inextinguible anhelo. Era un éxtasis, y a la vez un dolor, escucharlo.

«¡Oh, música!», dijo Jean Paul a la Música: «me hablas de aquello que no tengo, y que nunca podré tener; que busco eternamente y nunca encuentro».

Pero me falta espacio para describir la mitad de los incidentes de nuestra estancia en Alepo. Hay, sin embargo, dos cosas peculiares de la ciudad que no debo omitir mencionar. Una es el Botón de Alepo, una úlcera singular que ataca a toda persona nacida en la ciudad y a todo extranjero que pase allí más de un mes. No puede ni prevenirse ni curarse, y siempre dura un año. Los habitantes la tienen casi invariablemente en el rostro, ya en la mejilla, ya en la frente, ya en la punta de la nariz, donde a menudo deja una cicatriz indeleble y desfiguradora. Los extranjeros, por el contrario, la tienen en una de las articulaciones, ya el codo, ya la muñeca, ya la rodilla, ya el tobillo. Tan estrictamente está limitada su visita a la ciudad propiamente dicha, que no se la conoce en ninguna de las aldeas vecinas, ni siquiera en un suburbio distante. En vano han intentado los médicos prevenirla mediante la inoculación, y no saben a qué causa atribuirla. Estamos expuestos a contraerla incluso tras cinco días de estancia; pero espero que aplace su aparición hasta que llegue a casa.

La otra cosa notable aquí es el Hospital de Gatos. Fue fundado hace mucho tiempo por un rico musulmán amante de los gatos, y es una de las instituciones mejor dotadas de la ciudad. Una vieja mezquita está destinada a este fin, bajo la custodia de varios directores; y aquí se cuida a los gatos enfermos, encuentran refugio los gatos sin hogar, y los gatos decrépitos ronronean agradecidos sus años declinantes. La categoría entera abarca varios centenares, y es todo un espectáculo contemplar el patio, los corredores y las terrazas de la mezquita hormigueando de ellos. Aquí, uno con un miembro magullado recibe una cataplasma; allí, un paciente cataléptico es tiernamente cuidado; y así sucesivamente, a través de la larga concatenación de enfermedades felinas. Alepo, además, se regocija con un número de gatos mayor aún que el de Jerusalén. A ojo de buen cubero, así enunciaría yo la población de la ciudad: turcos y árabes, 40.000; cristianos de todas las denominaciones, 15.000; judíos, 10.000; perros, 12.000; y gatos, 8.000.

Entre otras personas que he conocido aquí está Ferhat Pasha, antiguo general Stein, ministro de la Guerra húngaro y gobernador de Transilvania. Abrazó el mahometismo con Bem y otros, y ahora se regocija en su circuncisión y en 7.000 piastras al mes. Es un hombre gordo y sociable que, por su propia confesión, nunca trabajó muy celosamente por la independencia de Hungría, siendo austriaco de nacimiento. Conversó conmigo durante varias horas sobre las escenas en que había participado, y atribuyó el fracaso de los húngaros a la falta de medios materiales. Del general Bem, que murió aquí, se habla con el mayor respeto, tanto por turcos como por cristianos. Los primeros le han honrado con una gran tumba o mausoleo, cubierto por una cúpula.

Pero debo terminar, dejando la mitad sin decir. Basta con afirmar que ninguna ciudad oriental me ha interesado tan profundamente como Alepo, y en ninguna he recibido una hospitalidad tan universal y cordial. Partimos mañana hacia Asia Menor, habiendo contratado hombres y caballos para toda la ruta hasta Constantinopla.

Una partida poco auspiciosa. La iglesia en ruinas de St. Simon. La llanura de Antioquía. Un campamento turcomano. Ascenso al Akma Dagh. Las Puertas Sirias. Scanderoon. Un capitán americano. Revuelta de los koords. Tomamos una guardia. El campo de Issus. El jefe de bandoleros, Kutchuk Ali. Una ciudad desierta. Una tierra de jardines.

Montañas, en cuyo seno estéril las laboriosas nubes suelen reposar.

EN CUARENTENA (Adana, Asia Menor), martes 15 de junio de 1852.

Partimos de Alepo en la mañana del día 9, en circunstancias no muy prometedoras para la armonía de nuestro viaje. Habíamos contratado caballos y mulas de carga con el capidji, o jefe de los muleros, y para asegurarnos de tener animales que no desfallecieran en el camino, hicimos una selección particular entre varios que nos trajeron. Al disponernos a salir de la ciudad, sin embargo, descubrimos que uno de los caballos había sido cambiado. El signor di Picciotto, que nos acompañó más allá de las barreras de la Aduana, despachó de inmediato al mulero culpable para que trajera de vuelta el caballo verdadero, y este último hizo una farsa de intentar encontrarlo, llevando al cónsul y al capidji (que, según creo, estaba en el fondo del engaño) en una vana persecución por las colinas alrededor de Alepo, donde, por supuesto, el animal no había de verse. Cuando, por fin, hubimos esperado tres horas y vagado unas cuatro millas desde la ciudad, renunciamos a la búsqueda, nos despedimos del cónsul y seguimos con el caballo nuevo. Nuestro plan apropiado habría sido levantar la tienda y negarnos a movernos hasta que el asunto quedara resuelto. El animal, según descubrimos durante la primera jornada, estaba irremediablemente cojo, y no hicimos sino añadir a la dificultad al llevarlo.

Cabalgamos hacia el oeste todo el día por colinas áridas y pedregosas, encontrando abundantes vestigios del poder y la prosperidad de esta región en tiempos de los emperadores griegos. La devastación obrada por los terremotos ha sido terrible; apenas hay muro o arco en pie que no lleve marcas de haber sido violentamente sacudido. Las paredes que cercan los higuerales junto a las aldeas contienen muchas piedras con inscripciones griegas y fragmentos de cornisas. Acampamos la primera noche en la llanura al pie del monte St. Simon, y no lejos de las ruinas de la célebre iglesia del mismo nombre. El edificio se alza en un desierto pedregoso al pie de la montaña. Tiene unos cien pies de largo y treinta de altura, con dos elevadas torres cuadradas en la fachada. El pavimento del interior está enteramente oculto por las masas de columnas, capiteles y bloques labrados que yacen amontonados sobre él. Las ventanas, de la forma alta, estrecha y arqueada común en las iglesias bizantinas, tienen una moldura común que cae como un manto sobre ellas y entre ellas. El efecto general de la iglesia es muy bello, aunque hay mucha falta de elegancia en los detalles escultóricos. En el extremo hay una media cúpula de piedra maciza sobre el lugar del altar, y justo frente a esta se alzaba antiguamente el pedestal donde, según la tradición, san Simeón Estilita comenzó su vida de columna. Encontré una excavación reciente en el lugar, pero ningún pedestal, que probablemente habrá sido llevado por los monjes griegos. Junto a la iglesia se alza un gran edificio, con un balcón superior y otro inferior, sostenidos por pilares cuadrados de piedra, en tres de sus lados. Hay también un patio pavimentado, una gran cisterna excavada en la roca y numerosas dependencias, todo lo cual confirma la suposición de que fue un monasterio. El edificio principal tiene tres pisos de altura, con aguilones apuntados, y guarda un fuerte parecido con un hotel de verano americano con verandas. Varios antiguos higueras y nogales crecen entre las ruinas y acrecientan su aspecto pintoresco.

Al día siguiente cruzamos una ancha cadena de colinas hacia la llanura de Antioquía, a la que llegamos cerca de su extremo septentrional. En uno de los valles por los que discurría el camino, vimos varias fuentes termales sulfurosas, algunas de ellas de un caudal considerable. No lejos de ellas había una hermosa fuente de agua fresca y fría que brotaba al pie de una alta roca.

Poco después de llegar a la llanura, cruzamos el arroyo del Kara Su, que alimenta el lago de Antioquía. Esta parte de la llanura es baja y pantanosa, y los arroyos están literalmente vivos de peces. Al pasar sobre el puente vi muchos centenares, de uno a dos pies de largo. Vagamos por los prados pantanosos durante dos o tres horas, y hacia el atardecer llegamos a un campamento turcomano, donde el suelo estaba lo bastante seco para levantar nuestras tiendas. La ruda tribu nos recibió hospitalariamente y nos envió leche y queso en abundancia. Visité la tienda del shekh, que fue muy cortés, pero como no conocía otra lengua que el turco, nuestra conversación quedó restringida a los signos. La tienda era de tela de pelo de camello, espaciosa y abierta por los lados. Se extendió una alfombra para mí, y la esposa del shekh me trajo una pipa de tabaco tolerable. La familia estaba sentada en el suelo, charlando amablemente entre sí, y al parecer en absoluto perturbada por mi presencia. Uno de los hijos del shekh, que era sordomudo, vino y se sentó frente a mí, y describió con signos muy expresivos el carácter del camino a Scanderoon. Me dio a entender que había ladrones en las montañas, con muchos gestos sombríos que describían apuñalamientos y disparos de mosquete.

Los mosquitos eran tan densos durante la noche que nos vimos obligados a llenar la tienda de humo para poder dormir. Cuando llegó la mañana, imaginamos que habría un alivio para nosotros, pero solo trajo una plaga peor, en forma de enjambres de jejenes negros, semejantes a los que tanto me atormentaron en Nubia. No conozco azote tan terrible como estos jejenes, que no puedes ahuyentar, y que asaltan oídos, ojos y narices en tales cantidades que uno se vuelve loco y desesperado en sus esfuerzos por expulsarlos. A través de cañadas llenas de adelfas, ascendimos las primeras pendientes del Akma Dagh, la cadena montañosa que divide el golfo de Scanderoon de la llanura de Antioquía. Luego, pasando una terraza natural cubierta de bosques de robles, nuestro camino tomó el flanco de la montaña, subiendo en la sombra de pinos y olivos silvestres, y entre ribazos de lavanda y mirto en flor. Vimos dos o tres compañías de guardias armados, apostados junto al camino, pues la montaña está infestada de ladrones, y una caravana había sido saqueada solo tres días antes. La vista, mirando hacia atrás, abarcaba toda la llanura, con el lago de Antioquía brillando en el centro, el valle del Orontes al sur y el elevado cono del Djebel Okrab muy lejos, al oeste. A medida que nos acercábamos a la cumbre, violentas ráfagas de viento soplaban por el paso con tal fuerza que casi derribaban nuestros caballos. Aquí el camino de Antioquía se une al de Alepo, y ambos conservan durante algún trecho el antiguo pavimento.

Desde el lado occidental volvimos a ver el mar y descendimos por el Pyle Syrie, o Puertas Sirias, como llamaban los romanos a este desfiladero. Es muy estrecho y escabroso, con un descenso abrupto. A una hora de la cumbre llegamos a un acueducto de triple hilera de arcos que cruza la garganta. Todavía se usa para llevar agua a la villa de Beilan, que pende sobre la boca del paso, media milla más abajo.

Este es uno de los lugares más pintorescos de Siria. Las casas se aferran a las laderas y se apiñan en las cumbres de peñascos escarpados, y cada repisa de tierra, cada grieta donde un árbol pueda hincar sus raíces, sostiene una masa de vegetación brillante.

El agua es la vida del lugar. Brota en la calle desde fuentes inagotables; gotea de las terrazas en lluvias de gotas brumosas; se precipita en la garganta en arroyos centelleantes; y por doquier nutre una vida tan luminosa y hermosa como la suya propia. Los árboles frutales son de tamaño enorme, y los peñascos están cubiertos con una magnífica cortina de vides. Esta puerta verde se abre de pronto a otra, abierta en una masa reluciente de roca micácea, desde donde se domina la villa y el golfo de Scanderoon, la costa de Karamania más allá, y las distantes nieves del Tauro. Descendimos entre bosques de pinos y robles, y en tres horas más alcanzamos la orilla.

Scanderoon es el lugar más insalubre de la costa siria, debido al paludismo de una marisma que tiene detrás. Los habitantes son una miserable turba pálida, visitada cada año por fiebres devastadoras... La marisma fue en parte desecada algunos fuerte...

cas *

un buque del gobierno, que yacía anclado en la bahía, abrió un cañoneo sobre los saqueadores, antes de que pudieran ser reducidos.

  • A causa de las advertencias de peligro que estaban en boca de todos, decidimos llevar una escolta, y por ello nos presentamos ante el comandante de las fuerzas, con el firman del Pachá de Alepo. Al punto se nos prometió un convoy de dos soldados; y al amanecer, a la mañana siguiente, tomaron la delantera de nuestra caravana.

Para parecer más formidables, en caso de encontrarnos con ladrones, nos pusimos nuestros pantalones francos, que no tuvieron otro efecto que hacer el calor más intolerable. Pero formábamos una cabalgata bastante feroz, seis hombres armados en total. Nuestro camino seguía la orilla de la bahía, teniendo entre nosotros y las montañas una llanura estrecha y deshabitada, cubierta de matorrales de mirto y lentisco. Los dos soldados, más valientes que la guardia de Banias, cabalgaban en vanguardia, y no mostraban señales de miedo al acercarnos a los lugares sospechosos. La mañana era deliciosamente clara, y la cordillera del Tauro, coronada de nieve, brillaba a través de los suaves vapores que pendían sobre el golfo. En un punto costeamos la orilla por algún trecho, al pie de un ribazo de veinte pies de altura, tan completamente cubierto de arbustos, que un pequeño ejército podría haberse ocultado en él. Había barrancos a intervalos, que se abrían de pronto en nuestro camino, y mirábamos por ellos, esperando a cada momento ver el destello de un cañón de fusil kurdo, o una lanza turcomana, por encima de las copas de los mirtos.

Cruzando un promontorio que avanza desde las montañas, llegamos a la renombrada llanura de Issus, donde Darío perdió su reino ante Alejandro. Sobre un bajo acantilado que pende sobre el mar, quedan los restos de una sola torre de piedra gris.

La gente de Scanderoon la llama «la Columna de Jonás», y dice que señala el lugar donde el ninivita fue arrojado a la orilla por la ballena. [Esto hace tres lugares en la costa siria donde Jonás fue vomitado.] La llanura de Issus tiene de dos a tres millas de largo, pero no más de media milla de ancho.

La atraviesa un pequeño río, que se supone ser el Pinarus, que desciende por una tremenda grieta en el Akma Dagh. El terreno parece demasiado pequeño para el campo de batalla de ejércitos como los que allí se enfrentaron. Está limitado al norte por una colina baja, que lo separa de la llanura de Baias, y es posible que Alejandro eligiera esta posición, dejando que las pesadas fuerzas de Darío lo atacaran desde la llanura. Su ventaja sería mayor, a causa de la forma larga y estrecha del terreno, que le impediría verse empeñado con más que una pequeña porción del ejército persa a la vez. La llanura está ahora roja de adelfas en flor, pero casi enteramente inculta. Hacia la mitad hay los restos de un antiguo muelle que avanza hacia el mar.

Poco después de dejar el campo de Issus, llegamos a la villa de Baias, que está placenteramente situada en la orilla, en la desembocadura de un río cuyo curso por la llanura está marcado por hileras de altos álamos. Las murallas de la villa, y la cúpula blanca y el minarete de su mezquita, se alzaban deslumbrantes contra el azul oscuro del mar, y la extensión purpúrea de las montañas de Karamania. Una sola palmera levantaba su copa en primer término. Desmontamos para desayunar a la sombra de un viejo puente que cruza el río. Era un lugar encantador, con las orillas arriba y abajo cubiertas de adelfa, rosa blanca, madreselva y clemátide. Los dos guardias entonces

terminaron la mitad restante de nuestro queso, y casi agotaron nuestra provisión de pan. Di a uno de ellos un cigarro, que no sabía cómo fumar, hasta que nuestro arriero se lo mostró.

Baias fue célebre hace cincuenta años como residencia del jefe de ladrones Kutchuk Ali, que durante mucho tiempo desafió la autoridad de la propia Puerta. Tenía la costumbre de imponer un tributo anual a la caravana de La Meca, y para mejor hacer valer sus pretensiones, a menudo colgaba a dos o tres de sus cautivos en las puertas de la villa, un día o dos antes de que llegara la caravana. Se enviaron varias expediciones contra él, pero siempre lograba sobornar a los comandantes, quienes, al regresar a Constantinopla, hacían tales representaciones que Kutchuk Ali, en lugar de ser castigado, recibía una dignidad tras otra, hasta alcanzar finalmente el rango de Pachá de dos colas. Esto lo envalentonó para cometer enormidades demasiado grandes para ser pasadas por alto, y en 1812 Baias fue tomada, y el atroz nido de piratas terrestres deshecho.

Sabía que la villa había sido saqueada en esa ocasión, pero no estaba preparado para encontrar un cuadro tan completo de desolación.

El lugar está rodeado por una sólida muralla, con dos portales, al norte y al sur. Un bazar, cubierto con un elevado techo abovedado de piedra, lo atraviesa directamente de puerta a puerta; y al entrar aún había un olor a especias en el aire.

Las macizas tiendas a uno y otro lado, con sus puertas abiertas, invitaban a la posesión, y podrían fácilmente hacerse habitables de nuevo.


Las grandes puertas de hierro que conducen del bazar a los khans y patios aún se balancean sobre sus goznes oxidados. Entramos a caballo en el patio de la mezquita, que está rodeado por un corredor ligero y elegante, sostenido por columnas. La hierba aún

Nadie en Scanderoon la llama «la Columna de Jonás», y dicen que señala el lugar donde el ninivita fue arrojado a la orilla por la ballena. (Esto hace tres lugares en la costa siria donde Jonás fue vomitado.) La llanura de Issus tiene de dos a tres millas de largo, pero no más de media milla de ancho.

Es atravesada por un pequeño río, que se supone es el Pinarus, el cual desciende por una tremenda grieta en el Akma Dagh. El terreno parece demasiado pequeño para el campo de batalla de ejércitos como los que se enfrentaron en la ocasión. Está limitado al norte por una colina baja, que lo separa de la llanura de Baias, y es posible que Alejandro eligiera esta posición, dejando que las pesadas fuerzas de Darío lo atacaran desde la llanura. Su ventaja sería mayor, debido a la forma larga y estrecha del terreno, que le impediría verse empeñado con más que una pequeña porción del ejército persa a la vez. La llanura está ahora rosada con adelfas en flor, pero casi enteramente inculta. Hacia la mitad hay los restos de un antiguo muelle que se adentra en el mar.

Poco después de dejar el campo de Issus, llegamos a la villa de Baias, que está agradablemente situada en la orilla, en la desembocadura de un río cuyo curso por la llanura está marcado por hileras de altos álamos. Las murallas de la villa, y la cúpula blanca y el minarete de su mezquita, se alzaban deslumbrantes contra el azul oscuro del mar y la extensión purpúrea de las montañas de Karamania. Una sola palmera levantaba su copa en primer término. Desmontamos para desayunar a la sombra de un viejo puente que cruza el río. Era un lugar encantador, con las orillas arriba y abajo cubiertas de adelfa, rosa blanca, madreselva y clemátide. Los dos guardias

EL JEFE DE LOS BANDIDOS. — 2238

terminaron la mitad restante de nuestro queso turcomano, y casi agotaron nuestra provisión de pan. Le di a uno de ellos un cigarro, que no sabía cómo fumar, hasta que nuestro mulero se lo mostró.

Baias fue célebre hace cincuenta años como residencia del jefe de los bandidos, Kutchuk Ali, quien, durante mucho tiempo, desafió la autoridad de la propia Puerta. Tenía la costumbre de imponer un tributo anual a la caravana a La Meca, y para mejor hacer valer sus pretensiones, a menudo suspendía a dos o tres de sus cautivos en las puertas de la villa, un día o dos antes de que llegara la caravana. Se enviaron varias expediciones contra él, pero siempre lograba sobornar a los comandantes, quienes, a su regreso a Constantinopla, hacían tales representaciones que Kutchuk Ali, en lugar de ser castigado, recibía una dignidad tras otra, hasta que finalmente alcanzó el rango de Pasha de dos colas. Esto lo envalentonó para cometer enormidades demasiado grandes para ser pasadas por alto, y en 1812 Baias fue tomada, y el atroz nido de piratas terrestres desmantelado.

Sabía que la villa había sido saqueada en esta ocasión, pero no estaba preparado para encontrar un cuadro tan completo de desolación.

El lugar está rodeado por una sólida muralla, con dos portones, al norte y al sur. Un bazar, cubierto con una elevada bóveda de piedra, corre directamente de puerta a puerta; y al entrar aún había un olor a especias en el aire.

Las macizas tiendas a uno y otro lado, con sus puertas abiertas, invitaban a la posesión, y podrían fácilmente hacerse habitables de nuevo.

Las grandes puertas de hierro que conducen del bazar a los khans y patios aún se balancean sobre sus goznes oxidados. Entramos a caballo en el patio de la mezquita, que está rodeado por un corredor ligero y elegante, sostenido por columnas. La hierba aún

R24 LAS TIERRAS DE LOS SARACENOS.

solo parcialmente había invadido el pavimento de mármol, y un abrevadero de piedra aún se alza en el centro. Espoleé mi caballo por las escaleras y hasta la puerta de la mezquita. Tiene la forma de una cruz griega, con una cúpula en el centro, que descansa sobre cuatro arcos apuntados muy elegantes. Hay una galería de madera elaboradamente dorada y pintada sobre la entrada, y el púlpito de enfrente está tan bien conservado como si el mollah acabara de dejarlo.

De la mezquita pasamos a un segundo patio, y luego por un estrecho puente a la fortaleza. El foso está perfecto, y las murallas tan completas como si acabaran de erigirse. Solo el fondo está seco, y ahora cubierto de una espesura de granados silvestres. Las pesadas puertas de hierro de la fortaleza se abrieron a medias, mientras entrábamos sin ser desafiados. El interior está casi intacto, y algunos de los cañones aún yacen enterrados en la hierba que brota.

El plano de la pequeña villa, que parece haber sido construida toda a la vez, es de lo más admirable. Las murallas de circunvalación, incluida la fortaleza, no pueden tener más de 300 yardas cuadradas, y sin embargo ninguna de las características de una gran ciudad oriental ha sido omitida.

Dejando Baias, viajamos hacia el norte, por una llanura desierta aunque fértil. Las montañas a nuestra derecha hacían una gran aparición, con sus faldas cubiertas de mirto y sus cumbres adornadas de pino. Se alzan desde el mar con un largo y audaz barrido, pero cada pico cae en un precipicio por el lado opuesto, como si la cadena fuera la barrera del mundo y no hubiera más que espacio allende. Por la tarde dejamos la llanura por una franja de gloriosa tierra de jardines, formada por arroyos que descendían de las montañas. Entramos en un sendero enmarcado por granados, rosas blancas, clemátides y otras enredaderas y arbustos floridos, y arqueado por soberbios

UNA TIERRA DE JARDINES. — py As)

plátanos, tilos y hayas, encadenados entre sí con vides gigantes. A uno y otro lado había campos de trigo y cebada maduros, huertos de moreras y arboledas de árboles frutales, bajo cuya sombra las familias turcas se sentaban o dormían durante las horas calurosas del día. Los pájaros cantaban en las ramas, y el murmullo del agua hacía un fresco contrapunto a su música. ¿Dónde veré jamás tan encantadoras moradas fuera del país de las hadas? Nos alegramos cuando los soldados anunciaron que era necesario acampar allí, pues no encontraríamos otras habitaciones en veinte millas.

La tienda fue plantada bajo un gran sicómoro, junto a un arroyo que casi hacía el circuito de nuestro campamento. Por encima de las copas de los olmos, hayas e higueras, veíamos las pintorescas cumbres verdes de las estribaciones inferiores del Giaour Dagh, en el nordeste, mientras que sobre los prados meridionales un resplandor dorado de sol yacía sobre el Golfo de Scanderoon. La aldea cercana era Chaya, donde hay una estación militar. Los guardias que habíamos traído de Scanderoon nos dejaron aquí; pero el oficial al mando nos aconsejó tomar otros al día siguiente, ya que el camino aún se consideraba inseguro.

826 LAS TIERRAS DE LOS SARACENOS.

La Puerta Negra — La Llanura de Cilicia — Una aldea kurda — Missis — Paisaje ciliciano — Llegada a Adana — Tres días en cuarentena — Recibimos práctica — Un paisaje — La Llanura de Tarso — El Río Cidno — Una visión de Cleopatra — Zasdims y sus alrededores — El Duniktash — La Luna de Ramazán.

«Pablo dijo: Yo soy hombre ciudadano de Tarso, en Cilicia, ciudadano de Roma.»

Kuan en el Monte Tauro, sábado 19 de junio de 1852.

Dejamos nuestro campamento en Chaya al amanecer, con una escolta de tres soldados, que tomamos prestados de la guardia estacionada en aquel lugar. El sendero bordeaba la orilla, entre matas de mirto batidas tierra adentro por el viento, y redondeadas tan suavemente como si hubieran sido recortadas por las tijeras de un jardinero. Al acercarnos a la cabecera del golfo, aparecieron en el nordeste las cumbres puntiagudas del Giaour Dagh, de 10.000 pies de altura. Los arroyos que vadeábamos pululaban de truchas inmensas. Un erizo pardo cruzó corriendo nuestro camino; pero cuando lo toqué con el extremo de mi pipa, se enrolló en una impenetrable bola de púas. Poco después de doblar la cabecera del golfo, el camino se desvió hacia el oeste y entró en un estrecho desfiladero, entre colinas cubiertas de espeso matorral. Aquí dimos con un

antiguo portón de piedra de lava negra, que lleva marcas de

LA LLANURA DE CILICIA. 98%

gran antigüedad. Ahora se llama Kara Kapu, la «Puerta Negra», y algunos suponen que fue una de las antiguas puertas de Cilicia.

Más allá, nuestro camino conducía por altas colinas herbosas, sin señal de habitación humana, hasta el khan en ruinas de Koord Koolak.

Desensillamos y descargamos nuestro equipaje en el espacioso

portal, y metimos nuestras bestias en el oscuro abovedado. El edificio estaba originalmente destinado a

provisiones, y por la mezquita en ruinas cercana, sospecho que fue antiguamente una de las estaciones de caravanas para los peregrinos de Constantinopla a La Meca. El tiempo era intensamente caluroso y bochornoso, y nuestros animales estaban casi locos por los ataques de un gran tábano amarillo. Pasado el calor del mediodía descendimos a la primera llanura ciliciana, que está limitada al oeste por la cadena del Durdun Dagh. Como habíamos pasado ya la parte más peligrosa del camino, despedimos a los tres soldados y tomamos solo un hombre con nosotros.

Toda la llanura está cubierta de hinojo silvestre, de seis a ocho pies de altura, y literalmente llameante con sus floridas cimas amarillas. Al cabalgar por ella, apenas podía mirar por encima de ellas, y a lo lejos y a lo ancho, por todos lados, se extendía un mar dorado, del que las largas colinas violetas se alzaban con el más encantador efecto. Serpientes pardas y brillantes, de cuatro a seis pies de longitud, se deslizaban frecuentemente por nuestro camino. La llanura, que debe tener sesenta millas de circunferencia, está enteramente inculta, aunque ninguna tierra podría ser más rica.

De la región del hinojo pasamos a una de trébol rojo y blanco, fleo y avena silvestre. Los cardos eran tan grandes que semejaban jóvenes palmeras, y la salsifí de nuestros jardines crecía lozana y silvestre. Por fin nos deslizamos en la

AB8. LAS TIERRAS DE LOS SARACENOS.

sombra vespertina del Durdun Dagh, y llegamos a la aldea de Koord Keui, en su falda inferior. Como no había lugar para nuestra tienda en la lozana hierba de la llanura o en la empinada ladera de las colinas, tomamos posesión por la fuerza de la era, una terraza llana construida bajo dos sicómoros, y aún cubierta con la paja de la última trilla. Los kurdos tomaron todo el asunto como cosa natural, e incluso nos trajeron

para descansar sobre ello. Vinieron y se sentaron charlando sociablemente, mientras nosotros yacíamos en la puerta de la tienda, aspirando la pipa del refresco. La vista sobre la ancha llanura dorada, y las colinas más allá, hasta los distantes picos nevados del Akma Dagh, era soberbia, mientras la sombra de la montaña detrás de nosotros se alargaba lentamente sobre ella, borrando las suaves luces del ocaso. Había muchos fragmentos de columnas y capiteles de mármol blanco empotrados en las casas, lo que muestra que ocupaban el sitio de alguna antigua aldea o templo.

A la mañana siguiente cruzamos el Durdun Dagh y entramos en la gran llanura de Cilicia. La cordillera, una vez pasado, presentaba un contorno grandioso, audaz y quebrado, azul en el vapor matinal y ceñido por cambiantes fajas de nubes. Un soberbio castillo, llamado el Palacio de las Serpientes, en la cumbre de un pico aislado hacia el norte, se alzaba claro y alto, en medio de un círculo de niebla, como una imagen fantasma del aire. El río Jyhoon, el antiguo Pyramus, que nace en las fronteras de Armenia, lame la base occidental de las montañas. Es un caudal mayor que el Orontes, con una corriente profunda y rápida, que fluye en el fondo de un lecho más bajo que el nivel de la llanura. En tres horas llegamos a Missis, la antigua Mopsuestia, en la orilla derecha del río. Hay extensas ruinas en la orilla izquierda, que probablemente fueron las de la antigua ciudad. El suelo, en cierta extensión alrededor, está sembrado de columnas rotas, capiteles y piedras labradas. El antiguo puente cruza todavía el río, pero, habiéndose desplomado el arco central, ha sido reemplazado por una plataforma de madera. La ciudad moderna es un lugar desolado, y toda la gloriosa llanura que la rodea está sin cultivar. La vista sobre esta llanura era magnífica: ilimitada hacia el mar, pero ceñida al norte por la sublime cordillera del Tauro, cuyos grandes campos de nieve relucían al sol. Por la tarde llegamos al viejo puente sobre el Jyhoon, en Adana. La orilla oriental está ocupada por las tumbas de los antiguos habitantes, y hay al menos quince acres de lápidas, tan densamente plantadas como pueden cavarse las sepulturas. Los campos de trigo y cebada a lo largo del río son muy ricos, y en este momento los naturales están afanosamente ocupados en arrastrar los haces en grandes trineos a las eras descubiertas.

La ciudad está construida sobre una baja eminencia, y sus cuatro altos minaretes, con cierto número de palmeras que se alzan de la masa de muros de ladrillo pardo, me recordaron Egipto. Al final del puente nos salió al encuentro uno de los oficiales de la cuarentena, que nos precedió, cuidando de que no tocásemos a nadie en las calles, hasta el edificio de la cuarentena. Esta cuarentena terrestre, entre Siria y Asia Menor, cuando el primero de dichos países está libre de toda epidemia, parece cosa de lo más absurdo. Nos detuvieron en Adana tres días y medio, para ser purificados, antes de proseguir más adelante. Últimamente, toda la población fue puesta en cuarentena por cinco días, porque un bey turco que vive cerca de Baias entró por las puertas sin ser advertido y fue hallado en los bazares. El edificio de la cuarentena fue en otro tiempo un palacio de los pachás de Adana, pero ahora está medio arruinado. Las habitaciones son grandes y aireadas, y hay un espacioso diván abierto, que ofrece amplia sombra y una brisa fresca durante todo el día. Por fortuna para nosotros, sólo había tres personas en cuarentena, que ocupaban una habitación distante de la nuestra. El inspector era una persona muy obsequiosa y nos procuró una mesa y dos sillas. La única mesa que había en todo el lugar —una población de 15.000 habitantes— pertenecía a un comerciante italiano, que bondadosamente la cedió para nuestro uso. Empleamos a un mensajero para comprar provisiones en los bazares; y nuestros días pasaban tranquilamente escribiendo, fumando y mirando indolentemente desde nuestras ventanas las floridas llanuras más allá de la ciudad. Nuestras noches, sin embargo, eran atormentadas por pequeños mosquitos blancos, que nos picaban sin piedad. El médico de la cuarentena, el doctor Spagnolo, es un refugiado veneciano y antiguo redactor de La Lega Italiana, periódico publicado en Venecia durante la revolución. Nos informó que, excepto la princesa Belgioioso, que pasó por Adana camino de Jerusalén, éramos los únicos viajeros que había visto en once meses.

Después de tres días y cuatro noches de grata, porque involuntaria, indolencia, el doctor Spagnolo nos dio plática, y no perdimos tiempo en ponernos de nuevo en marcha. Éramos los únicos ocupantes de la cuarentena; y al salir por el portal del viejo serai, al amanecer, nadie lo custodiaba. El inspector y Mustafá, el mensajero, recibieron sus backsheeshes con silenciosa gratitud. La llanura al oeste de la ciudad está bien cultivada; y mientras cabalgábamos hacia Tarsus, me cautivó el rico aire pastoril del paisaje. Era como uno de los paisajes del interior de Inglaterra, bañado en sol meridional. La hermosa llanura, que se extendía hasta las montañas, resplandecía dorada con los campos de trigo que los segadores estaban cortando. Ya no estaba desnuda, sino salpicada de naranjales, grupos de acebo y cierto número de magníficos terebintos, cuyas oscuras y redondeadas masas de follaje recuerdan el roble septentrional. El ganado pacía en el rastrojo, y caballos, casi sepultados bajo cargas de hierba fresca, nos salían al paso mientras se dirigían a la ciudad. Los haces eran arrastrados a la era en trineos, y podíamos ver a los labradores a lo lejos trillando y aventando el grano. Sobre estas escenas brillantes y animadas se alzaban las menores alturas del Tauro, y más allá, mezcladas en blancas nubes, las nieves de la cordillera culminante.

El camino a Tarsus, que dista ocho horas, se extiende por una llanura ininterrumpida. Hacia el mar hay dos túmulos, semejantes a los de las llanuras al este de Antioquía. Pozos de piedra, con pilas para abrevar caballos, aparecen a intervalos de tres o cuatro millas; pero hay poco cultivo después de dejar las inmediaciones de Adana. El sol derramaba un calor intenso de verano, y cientos de grandes tábanos, pululando en torno nuestro, enloquecían a los caballos con sus picaduras. Hacia el mediodía nos detuvimos en una aldea para desayunar. Nos apoderamos de una tienda que el bondadoso mercader nos ofreció, y estábamos a punto de extender nuestras provisiones sobre el mostrador, cuando las cabras y los mosquitos nos ahuyentaron del todo. Nos adelantamos en seguida en busca de un lugar mejor, lo que dio ocasión a nuestro mukkairí principal, Hadji Youssuf, para una violenta protesta.

Las condiciones del acuerdo en Alepo nos daban el control absoluto del viaje, y el hadji pretendía ahora violarlas. Protestaba contra que viajásemos más de seis horas al día, y se condujo con tal insolencia que amenazamos con llevarlo ante el pachá de Tarsus. Esto lo silenció por el momento; pero le odiamos tan cordialmente desde entonces, que preveo que tendremos más dificultades. Por la tarde, una ráfaga, que barría las faldas de las montañas, refrescó el aire y nos proporcionó algún alivio.

A las tres llegamos al río Cydnus, que está desnudo de árboles en su orilla oriental, pero fluye entre riberas cubiertas de hierba y arbustos. Todavía lo cruza el antiguo puente, y las mulas pisan ahora los surcos huecos, gastados hace mucho por las ruedas de los carros romanos y bizantinos. La corriente no tiene más de treinta yardas de ancho, pero lleva un caudal muy lleno y rápido, de color blanco azulado, a causa de las nieves que lo alimentan. Bajé a la orilla y bebí una copa del agua.

Estaba excesivamente fría, y no me extraña que un baño en ella matase al emperador Barbarroja. Desde lo alto del puente hay una vista encantadora, río abajo, donde baña una franja de sauces y pesados árboles frutales en su orilla occidental, y luego serpentea por la llanura herbosa hasta el mar. Por una vez, mi fantasía corrió pareja con la inspiración de la escena. No podía pensar en otra cosa que en la galera de Cleopatra remontando lentamente la corriente del río, sus velas de seda henchidas por la brisa marina, sus remos dorados marcando el compás de las flautas, cuyas voluptuosas melodías flotaban lejos sobre los vernales prados. Tarsus estaba probablemente casi oculta entonces, como ahora, por sus jardines, salvo justo donde tocaba el río; y la deslumbrante visión de la reina de Egipto, cuando subía conquistando y para conquistar, debió de ser tanto más desconcertante por los hermosos vergeles que atravesaba.

Desde el puente, un antiguo camino conduce todavía a la vieja puerta bizantina de Tarsus. Parte de la ciudad está rodeada por una muralla, construida por el califa Harún al-Rashid, y hay una fortaleza en ruinas, que se atribuye al sultán Bayaceto.

Pequeños arroyos, traídos del Cydnus, recorren los alrededores, y con tan fértil suelo, la exuberancia de los jardines en que la ciudad yace sepultada es casi increíble. En nuestras correrías en busca de un lugar donde plantar la tienda, entramos en un soberbio naranjal, cuyo follaje formaba un perpetuo crepúsculo.

Muchos de los troncos tenían dos pies de diámetro. Las casas son en su mayoría de un solo piso, y los materiales están casi enteramente tomados de la antigua ciudad. Abundan columnas, capiteles, fragmentos de mármol y entablamentos. Advertí aquí, como en Adana, un alto armazón de madera sobre el techo de cada casa, elevado unos peldaños por encima de la azotea y cubierto de muselina ligera, como una casa de baños portátil. Aquí la gente pone sus camas por la noche, duerme, y baja a las azoteas por la mañana: excelente plan para obtener mejor aire en estas llanuras palúdicas y escapar de las pulgas y los mosquitos. En nuestra búsqueda de la iglesia armenia, que se dice fundada por San Pablo («Saulo de Tarso»), dimos con una mezquita, que había sido originalmente una iglesia cristiana de tiempos griegos.

Desde lo alto de un montículo, sobre el cual se alzan los restos de un antiguo edificio circular, obtuvimos una hermosa vista de la ciudad y la llanura de Tarsus. Unas pocas casas o grupos de casas se alzaban aquí y allá como arrecifes entre el verde ondulante, y los minaretes —uno de ellos con un nido de cigüeñas jóvenes en su misma cumbre— se elevaban como los mástiles de naves hundidas. Algunas palmeras levantaban sus penachos desde los jardines, más allá de los cuales la gran llanura se extendía desde las montañas hasta el mar. El túmulo cerca de Mersyn, el puerto de Tarsus, era claramente visible.

A dos horas de Mersyn están las ruinas de Pompeyópolis, nombre dado por Pompeyo a la ciudad de Soli, después de su conquista de los piratas cilicios. De Soli, a causa del mal griego hablado por sus habitantes, vino la palabra «solecismo».

Las ruinas de Pompeyópolis consisten en un teatro, templos y cierto número de casas, todavía en buen estado de conservación. Se dice que toda la costa, hasta Aleya, trescientas millas al oeste de aquí, abunda en ciudades en ruinas, y lamento en extremo que el tiempo no me permita explorarla.

Mientras buscaba las antigüedades en torno a Tarsus, me dirigí a un hombre vestido a la franca, que resultó ser el cónsul. Nos dijo que lo más notable era Dvmiktash (la Piedra Redonda), y nos procuró un guía. Yace en un jardín cerca de la ciudad, y es ciertamente uno de los monumentos más notables de Oriente. Consiste en un recinto cuadrado de sólida mampostería, de 350 pies de largo por 150 de ancho, cuyos muros tienen dieciocho pies de espesor y veinte de altura. Parece haber sido originalmente una masa sólida, sin entrada, pero en un punto se ha abierto un pasadizo, y en otro hay una grieta o fisura, evidentemente producida por un terremoto. El material es piedra tosca, ladrillo y mortero.

Dentro del recinto hay dos macizas cuadradas y exentas de fábrica, de igual altura y probablemente de sesenta pies por lado, sin abertura de ningún género. Una de ellas ha sido perforada en su base, con una empinada galería que conduce a un pozo o sima, pero los lados de la galería así abiertos indican que toda la estructura es un solo cuerpo sólido. Generalmente se supone que fueron destinadas a sepulcros; pero ¿de quiénes? No hay signo alguno por el que puedan reconocerse y, lo que es más singular, ninguna tradición las concierne.

El día que llegamos a Tarsos era el primero del mes turco de ayuno del Ramazán, pues los habitantes habían visto la luna nueva la noche anterior. En Adana, donde no se lleva tan estrecha vigilancia, el ayuno no había comenzado. Durante su duración, que es de veintiocho a veintinueve días, ningún musulmán osa comer, beber ni fumar desde una hora antes de salir el sol hasta media hora después de ponerse. Los meses mahometanos son lunares, y cada mes recorre toda la vuelta de las estaciones una vez cada treinta y tres años. Cuando, por tanto, el Ramazán cae en pleno verano, como ahora, el cumplimiento de este ayuno es una dura prueba, incluso para los más fuertes y devotos.

Dieciocho horas sin comida ni bebida, y lo que es peor para un turco genuino, sin pipa, es un rígido examen de fe.

Los ricos hacen cuanto pueden por evitarlo, banqueteando toda la noche y durmiendo todo el día, pero los pobres, que deben cumplir sus diarias ocupaciones como de costumbre, sufren en extremo. Al recorrer Tarsos vi muchos rostros macilentos en los bazares, y el guía que nos acompañaba tenía un aire penosamente hambriento.

Afortunadamente el Corán permite expresamente a los enfermos, a los niños y a los viajeros no hacer caso del ayuno, de modo que, aunque comemos y bebemos cuando queremos, no por eso dejamos de ser tenidos por buenos musulmanes. Al anochecer se dispara un cañón y se lanza un cohete desde la mezquita, anunciando la terminación del ayuno del día.

Las comidas están ya preparadas, las pipas llenas, el café humea en los finjanes, y los ecos no se han apagado aún ni las últimas chispas del cohete se han extinguido, cuando la mitad de los habitantes está satisfaciendo su hambre, su sed y su afición al humo.

Esta mañana hemos dejado Tarsos y estamos ahora acampados entre los pinos del monte Tauro. El último resplandor del ocaso se desvanece en sus nieves eternas, y dejo la pluma para gozar del silencio del crepúsculo en esta soledad montañosa.

CAPÍTULO XVIII.

Entramos en el Tauro.—Turcomanos.—Escenario forestal.—El Palacio de Pan.—Khan Mezarluk.—Mañana entre las montañas.—La garganta del Cidno.—El peñasco de la fortaleza.—La puerta de Cilicia.—Fuertes desiertos.—Un paisaje sublime.—La garganta del Sihón.—La segunda puerta.—Campamento en el desfiladero.—Amanecer.—Viaje río arriba por el Sihón.—Un cambio de escenario.—Un valle pastoril.—Kolu Kushla.—Un khan desierto.—Un huésped en Ramazán.—Flores.—La llanura de Karamania.—Colinas áridas.—La villa de Hregli.—El hadji de nuevo.

«Donde el Asia expande sus pétreas fauces, la abrupta montaña se quiebra para dominar el mundo.»—Seara, Eregli, en Karamania, 22 de junio de 1832.

Levantada nuestra tienda en los jardines de Tarsos, cruzamos de nuevo el Cidno y tomamos rumbo al norte a través de la llanura. La larga línea del Tauro se alzaba ante nosotros, al parecer dividida en cuatro cordilleras sucesivas, la más alta de las cuales estaba envuelta en nubes; solo eran visibles las largas franjas de nieve que llenaban las barrancas.

Los contornos de estas cordilleras eran muy bellos, la línea ondulante de las cumbres cortada aquí y allá por gargantas escarpadas: las puertas de los ríos que descendían a la llanura. En unas dos horas entramos en las colinas más bajas. Son estériles y pedregosas, de un suelo blanco y yesoso; pero los valles estaban llenos de arrayán, adelfa y lauristino en flor, y la lavanda crecía en gran profusión en las laderas. Las flores de la adelfa exhalaban una delicada fragancia a almendra y crecían en racimos tan densos que con frecuencia ocultaban el follaje. Me divertí buscando una etimología del nombre de esta hermosa planta, que puede servir hasta que alguien descubra otra mejor.

Hero, cuando el cadáver de su amante fue arrojado a la orilla por las olas, lo sepultó bajo un arbusto de adelfa, donde solía sentarse cada día a lamentar su prematuro destino.

Ahora bien, un horticultor extranjero, que pasaba por allí cuando el arbusto estaba en flor, quedó muy prendado de su belleza y preguntó a Hero cómo se llamaba. Pero ella, absorta en su dolor y pensando solo en su amante, juntó las manos y suspiró: «¡Oh Leandro! ¡Oh Leandro!», lo que el horticultor anotó inmediatamente en su cuaderno como nombre del arbusto; y con ese nombre se le conoce hasta el día de hoy.

Durante dos o tres horas la escalera fue más bien insulsa, pues las cumbres más altas estaban oscurecidas por una nube de tormenta. Hacia el mediodía, sin embargo, pasamos la primera cadena y vimos, al otro lado de una franja de terreno ondulado que mediaba, los grandes baluartes de la segunda, perfilándose oscuros y enormes bajo las nubes. Una torre circular de vigilancia, de piedra blanca, situada en la cumbre de un promontorio a la boca de una garganta a nuestra derecha, brillaba audaz contra la tormenta. Nos detuvimos bajo una encina para tomar el desayuno; pero no había agua, y dos turcos, que descansaban mientras sus caballos pastaban en el prado, nos dijeron que encontraríamos una buena fuente media milla más adelante. Descendimos una larga pendiente cubierta de trigales, donde varios segadores turcomanos trabajaban afanosos, pasamos sus negras tiendas rodeadas de rebaños de ovejas y cabras, y llegamos a una fuente de piedra de buena agua, donde dos cuadrillas de esta gente se habían detenido a descansar camino de las montañas. Era la hora de la oración del mediodía y cumplieron sus devociones con gran solemnidad. Nos acomodamos en lo hondo de un lecho de mirtos mientras desayunábamos, pues el cielo estaba nublado y el viento soplaba fresco y vivo desde la región de lluvia que había sobre nosotros.

Algunos de los turcomanos nos pidieron pan y se mostraron muy agradecidos cuando se lo dimos.

Por la tarde llegamos a una región más alta y agreste, donde el camino conducía entre matorrales de olivo silvestre, acebo, encina y lauristino, con ocasionales bosquecillos de pinos. ¡Qué alegría sentí al oír una vez más el grandioso canto de mi árbol favorito! Nuestro camino era una senda forestal; una tormenta había pasado por la región por la mañana; la tierra estaba aún fresca y húmeda, y flotaba en el aire un aroma de hojas. Torcimos hacia el oeste hasta la entrada de un valle profundo, sobre el cual pendía un acantilado perpendicular de roca gris y roja, modelado por la naturaleza de modo que semejaba una vasta fortaleza, con ventanas, portales y bastiones salientes. François desplegó su conocimiento de la mitología declarándolo el Palacio de Pan. Mientras desarrollábamos la idea, haciendo cámaras para los faunos y las ninfas en el piso inferior del precipicio, el sendero rodeó el hombro de la montaña y la cañada se extendió ante nosotros, ramificándose hacia cordilleras más altas y descubriendo, a través de su puerta de riscos que se alzaban sobre las pendientes del bosque de pinos, una sublime vista de azules cumbres montañosas que trepaban hasta las nieves más altas. Era un magnífico paisaje alpino, más ardiente y rico que Suiza, aunque igualándola en todas las características más elevadas del paisaje de montaña. Otro precipicio mayor se cernía sobre nosotros a la derecha, y las águilas negras que habían hecho sus nidos en sus bóvedas cavernosas y llenas de nichos revoloteaban en torno a su cresta. Un ramal del Cidno espumeaba por el fondo de la garganta, y algunos muchachos turcomanos cuidaban sus rebaños en sus orillas.

Más arriba en la cañada encontramos una fuente de agua deliciosa, junto al desierto Khan de Mezarluk, y allí acampamos para pasar la noche. Nuestra tienda fue levantada en la ladera de la montaña, cerca de una fuente del agua más fresca, clara y dulce que he visto en todo el Oriente. Reinaba perfecto silencio entre las montañas, y el lugar era tan solitario como sublime.

La noche era fresca y pura; pero no pude dormir hasta cerca del amanecer. Cuando abrí mis fatigados ojos, las altas cumbres del lado opuesto de la cañada estaban ceñidas por debajo de su cintura por el torrente de un amanecer resplandeciente. El cielo era puro como el cristal, salvo un suave vellón blanco que velaba los nevados pináculos del Tauro, plegándose y desplegándose, subiendo y bajando, como para hacer su belleza aún más atractiva con el parcial ocultamiento. El aire de la mañana era casi frío, pero tan puro y vigorizante, tan aromático con el aliento saludable de los pinos, que lo aspiré en las más plenas bocanadas posibles.

Cabalgamos cañada arriba, siguiendo el curso del Cidno, entre un paisaje del carácter más agreste y romántico.

Las bases de las montañas estaban completamente envueltas en bosques de pinos, pero sus cumbres se alzaban en riscos escarpados, de muchos cientos de pies de altura, colgando sobre nuestras mismas cabezas.

Aun después de que el sol estuvo cinco horas alto, sus sombras caían sobre nosotros desde el lado opuesto de la cañada. Mezclados con el pino había ocasionales robles, una maleza de espino en flor y arbustos cubiertos de flores amarillas y blancas. Sobre ellos la vid silvestre tendía sus ricos festones, llenando el aire de exquisita fragancia.

De esta cañada pasamos a otra aún más estrecha y agreste. El camino era la antigua vía romana, y en tolerable estado, aunque evidentemente no había sido reparada en muchos siglos. En media hora se abrió el paso, descubriendo ante nosotros una enorme cumbre coronada por las ruinas de una antigua fortaleza de considerable extensión. La posición era casi inexpugnable, pues la montaña caía por un lado en un precipicio de quinientos pies de altura perpendicular. Bajo los riscos de la cresta más alta había una terraza plantada de nogales: una encantadora aldea en la soledad. Silvestres sicomoros, de blancos troncos y brillante follaje verde, daban sombra a los espumosos recodos del Cidno, que se precipitaba por su difícil lecho. El pino hundía sus raíces en los desnudos precipicios y desde sus cumbres se asomaba sobre los grandes abismos de abajo. Pensé en los de Enone:

«... altos y oscuros pinos que orlaban la escarpada cornisa muy por encima de la azul garganta, y entre la nevada cumbre y la cataratas blanca como la nieve criaban al aguilucho implume»;

y ciertamente ella no tenía en el monte Ida árboles más hermosos que estos.

Habíamos doblado el Peñasco de la Fortaleza cuando el paso se cerró ante nosotros, encerrado por dos inmensos precipicios de roca viva y desnuda, de más de mil pies de altura. Vastos fragmentos, caídos de lo alto, obstruían la entrada, de donde el Cidno, brotando en espuma, saltaba al desfiladero. La antigua calzada estaba completamente destruida, pero se veían sus vestigios en las rocas, diez pies por encima del actual lecho del torrente, y en las masas rotas que habían sido arrojadas abajo.

El sendero serpenteaba con dificultad entre estos despojos y luego se fundía con el propio torrente al entrar en la puerta. Un viento violento soplaba en nuestros rostros mientras atravesábamos el estrecho, que no tiene diez yardas de anchura, mientras sus paredes se elevan hasta la región de las nubes. En pocos minutos lo habíamos recorrido y nos detuvimos mirando atrás la enorme abertura. Había varias inscripciones griegas talladas en la roca sobre la antigua calzada, pero tan borradas que eran ilegibles. Esta es sin duda la puerta principal del Tauro, y el paso por el que los ejércitos de Ciro y Alejandro entraron en Cilicia.

Más allá de la puerta, las montañas se retiraban, y subimos por un pequeño valle, pasando junto a dos o tres casas turcomanas, hasta la cima de una colina, desde donde se abría una vista de la cordillera principal, ya cercana. Las montañas que teníamos enfrente estaban cubiertas de oscuros cedros hasta sus mismas cumbres, y los campos de nieve detrás de ellas parecían deslumbrantemente brillantes y próximos. Nuestro camino, a lo largo de varias millas, discurría ahora por un valle más abierto, drenado por las aguas superiores del Cidno. Sobre dos terrazas opuestas de las cadenas montañosas hay dos fortalezas, construidas por Ibrahim Pasha, pero ahora completamente desiertas. Son obras de piedra grandes y bien construidas, y están rodeadas de ruinas de establos, hornos y las toscas casas de la soldadesca. Pasando entre ellas, ascendimos a la plataforma que divide las aguas del Cidno y del Sihoon. Desde el punto en que la pendiente desciende hacia este último río, se abrió ante mí uno de los paisajes más gloriosos que jamás he contemplado. Me hallaba en el extremo de una larga hondonada o depresión entre las dos cadenas del Tauro —no un valle, pues estaba dividido por profundos abismos hendidos, cercado por pendientes cubiertas de cedros.

A mi derecha se alzaba una cadena sublime, que se elevaba muy por encima de la región de los árboles, y levantaba sus picudas cumbres de roca gris hacia el cielo. Otra cadena, casi tan alta, aunque no tan quebrada ni con rasgos tan grandes e imponentes, se cernía sobre mí a la izquierda; y allá en frente, llenando la magnífica perspectiva —llenando todo el espacio entre las pendientes inferiores, coronadas de pinos, y las redondas nubes blancas suspendidas en el borde del cielo—, estaban las resplandecientes nieves del Tauro. ¡Gran Dios, cómo describiré la grandeza de aquella vista! ¡Cómo trazar los maravillosos contornos de aquellas montañas! ¡Cómo pintar el tono aéreo del gris violáceo, las suaves luces blancas, los mil matices de sombra madura, la altura, la profundidad, la vastedad de aquel paisaje que se extendía a lo lejos!

En la distancia media, una gran garganta azul atravesaba transversalmente las dos cadenas y la región intermedia. Esta era, como conjeturé acertadamente, el lecho del Sihoon. Nuestro camino descendía a través de bosquecillos de fragantes cedros, y viajamos así durante dos horas antes de llegar al río. Tomando rumbo hacia el norte por sus orillas, llegamos a la segunda de las Puertas de Cilicia antes del anochecer. Es de mayor escala que la primera puerta, aunque no tan sorprendente y violenta en sus rasgos. Las paredes desnudas a ambos lados caen a plomo hasta el agua, y el camino, que cruza el Sihoon por un elevado puente de un solo arco, está cortado a lo largo de la faz de la roca. Cerca del puente, un arroyo subterráneo, casi tan caudaloso como el río, brota del sólido corazón de la montaña. A ambos lados, gigantescas masas de roca, con algún pino aquí y allá para adornar su esterilidad, se elevan hasta la altura de 6.000 pies, en algunos lugares casi perpendiculares desde la cumbre hasta la base. Están desgastadas y rotas en todas las formas fantásticas. Hay torres piramidales, bastiones, minaretes y largas agujas afiladas, astilladas y dentadas como los pináculos de un iceberg. He visto montañas más altas, pero nunca he visto ninguna que pareciera tan alta como estas. Acampamos en un estrecho terreno, en el mismo corazón del tremendo desfiladero. Un soldado, que pasaba al anochecer, nos dijo que un mercader y su criado habían sido asesinados en el mismo lugar el invierno pasado, y nos aconsejó que montáramos guardia. Pero dormimos seguros toda la noche, mientras las estrellas centelleaban sobre el abismo y jirones de nube brumosa colgaban bajos sobre los mil pináculos de roca.

Cuando desperté, el desfiladero yacía en profunda sombra; pero muy arriba, en la montaña occidental, por encima de las enormes pirámides negras que se alzaban desde el río, los pináculos más altos de roca centelleaban como plata fundida, en el pleno torrente del amanecer. La gran montaña, que bloqueaba el desfiladero detrás de nosotros, estaba bañada casi hasta su pie en los rayos, y, vista a través de tan oscura perspectiva, se glorificaba por encima de todas las demás montañas de la Tierra. El aire era penetrantemente frío y agudo, y apenas podía soportar el agua del Sihoon en mi rostro inflamado por el sol. Había un pequeño manantial no lejos, del que obtuvimos agua suficiente para beber, pues el río estaba demasiado turbio. El manantial no era más que un hilo que rezumaba del suelo; pero el Hadji lo recogía a puñados, que vaciaba en su odre de agua, y luego nos lo traía.

La luz de la mañana daba un efecto aún más fino a las múltiples formas de las montañas que la del sol de la tarde. El suave tono gris de las rocas brillaba claramente contra el cielo sin nubes, calado todo de sombras proyectadas por sus innumerables agujas y salientes, y por los arcos naturales excavados bajo los acantilados. Tras viajar menos de una hora, pasamos las hendidas paredes del poderoso portal, y cabalgamos de nuevo bajo la sombra de los bosques de pinos. La altura de las montañas disminuía ahora gradualmente, y sus laderas, cubiertas de pino y cedro, se volvían menos quebradas y abruptas. Las cumbres, sin embargo, conservaban aún la misma espina rocosa, alzándose en altas torres solitarias, o en largas líneas de paramentos uniformes. Ocasionalmente, a través de las aberturas entre ellas, vislumbrábamos los campos de nieve, deslumbrantemente altos y blancos.

Tras viajar ocho o nueve millas, salimos del paso y dejamos el Sihoon en un lugar llamado Chiftlik Khan —un edificio de piedra, con un pequeño fuerte contiguo, donde quince espléndidos cañones de bronce yacían descuidados sobre sus cureñas rotas y podridas. Al cruzar el puente de piedra sobre el río, se abrió de repente un valle a la izquierda, que mostraba toda la cadena del Tauro, que ahora veíamos por su lado norte, una vasta extensión de agujas rocosas, con campos de nieve centelleantes entre ellas, y largos barrancos llenos de nieve, que se extendían muy abajo entre los acantilados de azul oscuro y el plumaje verde oscuro de los cedros.

Inmediatamente después de pasar la cadena central del Tauro, el carácter del paisaje cambió. Las alturas eran redondeadas, apareciendo los estratos rocosos solo en los picos más altos, y las laderas de suelo suelto estaban profundamente cortadas y marcadas por las lluvias de siglos. Tanto en apariencia, especialmente en el crecimiento disperso de árboles salpicados sobre el suelo rojo oscuro, como en su formación, estas montañas se asemejan mucho a las cadenas medias de la Sierra Nevada de California. Subimos por una larga y serpenteante cañada, hasta alcanzar una altura considerable, cuando el camino llegó a una cresta divisoria, que nos dio vista de un valle profundo, más allá del cual se alzaba una cadena de montañas estériles hasta la altura de unos cinco mil pies. Mientras descendíamos por el sendero rocoso, una pequeña caravana de asnos y mulas trepaba para encontrarse con nosotros, a lo largo de los bordes de steep golfos. La estrecha franja de tierra baja a lo largo del arroyo estaba plantada de centeno, ahora en espiga, y ondulando en olas plateadas ante el viento.

Después de nuestro alto del mediodía, pasamos por las colinas hacia otro arroyo, que venía del noroeste. Su valle era más ancho y más verde que el que habíamos dejado, y las colinas que lo encerraban tenían contornos suaves y ondulados. Estaban desprovistas de árboles, pero teñidas de un verde pálido por su delgada capa de hierba y hierbas. En este valle la estación era tan tardía, debido a su altura sobre el mar, que las primeras flores de primavera aún estaban en flor. Las amapolas flameaban entre el trigo, y las orillas del arroyo estaban brillantes con manchas de una planta rastrera, con una flor de brillante púrpura. El asfódelo crecía en gran profusión, y un arbusto de hojas de hiedra, cubierto de copos de flor blanca, hacía el aire débil con su fragancia. Más arriba aún, llegamos a huertos de nogales y ciruelos, y viñedos. No había casas, pero los habitantes, que eran en su mayoría turcomanos, viven en aldeas durante el invierno, y en verano plantan sus tiendas en las montañas donde pastan sus rebaños. Directamente sobre este tranquilo valle pastoral se alzaba el Tauro, y miraba a la vez su hermosura apartada y las alturas invernales, cuyas cabezas desoladas y sublimes estaban envueltas en nubes. Desde ningún punto hay una vista más imponente de toda la cadena nevada. Cerca de la cabecera del valle pasamos un gran campamento turcomano, rodeado de rebaños de ovejas y ganado.

Nos detuvimos para la noche en un lugar llamado Kolii-Kushla —una inmensa aldea-fortaleza, que recuerda a Baias, y como ella, completamente desierta. Cerca hay un pequeño pueblo de casas muy aseadas, que también está desierto, pues los habitantes se han ido a las montañas con sus rebaños. Caminé por la fortaleza, que es un edificio macizo de piedra, de unos 500 pies cuadrados, erigido por el sultán Murad como lugar de descanso para las caravanas a La Meca. Tiene dos espaciosos portales, en los que aún cuelgan las puertas de hierro, conectados por un pasaje abovedado, de veinte pies de alto y cuarenta de ancho, con bazares a cada lado.

Portales laterales se abren a grandes patios, rodeados de cámaras abovedadas. Hay una mezquita entera, con su púlpito y galerías, y la media luna dorada aún brilla sobre su cúpula.

Detrás hay un baño, que contiene una sala de entrada y media docena de cámaras, en las que aún quedan las tuberías de agua y los tanques de piedra. Con un pequeño cambio, el edificio sería un magnífico falansterio, donde los fourieristas podrían probar su experimento sin contacto con la sociedad. No hay campo para ellos igual a Asia Menor —una región gloriosa, abundante en riqueza natural, casi despoblada, y que contiene un gran número de falansterios ya construidos.

Logramos conseguir algunos huevos, gallinas y leche de un viejo turcomano que tenía a su cargo la aldea. Un hombre que pasó montado en un asno nos vendió una bolsa de yaourt (cuajadas de leche agria), que estaba delicioso, a pesar del aspecto sospechoso de la bolsa. Estaba hecho antes de quitar la nata, y era muy rico y nutritivo. El viejo turcomano se sentó y nos observó mientras comíamos, pero no quiso unirse a nosotros, pues estas tribus nómadas son muy estrictas en guardar el Ramadán.

Cuando llegamos a nuestro postre —un plato de finas cerezas—, otro señor de barba blanca y digno porte nos visitó. Le pasamos las cerezas, esperando que tomara unas pocas y devolviera cortésmente el plato; pero nada de eso. Con toda calma sacó su pañuelo, vació todo en él y se marchó. Tampoco se aventuró a comer, aunque le señalamos el Tauro, sobre cuyas nieves superiores el último resplandor de la luz del día se estaba derritiendo.

Nos levantamos esta mañana en un amanecer oscuro y nublado. Había una pesada tormenta negra suspendida baja en el oeste, y otra estaba reuniendo sus fuerzas a lo largo de las montañas detrás de nosotros. Un viento frío soplaba por el valle, y largos truenos retumbaban grandiosamente entre las gargantas del Tauro. Una colina aislada, coronada por un peñasco destrozado que guardaba un sorprendente parecido con una fortaleza en ruinas, se destacaba negra y nítida contra los lejanos picos brumosos iluminados por el sol. Hasta donde los manantiales aún no se habían secado, la tierra estaba cubierta de flores. En un lugar vi un gran cuadro cuadrado del más brillante carmesí, ardiendo entre los verdes campos de trigo, como si algún manto tirio hubiera sido arrojado allí. Las largas y armoniosas pendientes y las redondeadas cumbres de las colinas estaban cubiertas de oleadas de un hermoso trébol púrpura, y una diminuta variedad de la aquilea, o milenrama, con brillantes flores amarillas. Las hojas tenían un agradable olor aromático, y llenaban el aire con su aliento refrescante, al ser trituradas bajo los cascos de nuestros caballos.

Habíamos alcanzado ya la cima más alta de la comarca montuosa que se extiende a lo largo de la base septentrional del Tauro, y veíamos ante nosotros, a lo lejos y a lo ancho, la gran llanura central de Karamania. Dos montañas aisladas, a cuarenta o cincuenta millas de distancia, rompían la monotonía de la llanura desértica: Kara Dagh al oeste, y las cumbres nevadas de Hassan Dagh al nordeste. Más allá de esta última, intentamos vislumbrar el famoso Mons Argeus, a cuya base se halla Kaisariyeh, la antigua Cesarea de Capadocia. Esta montaña, que tiene 13.000 pies de altura, es la cumbre más elevada del Asia Menor. Las nubes colgaban bajas sobre el

horizonte, y las lluvias caían, velándola a nuestra vista.

Nuestro camino, durante el resto del día, discurrió por colinas yermas, cubiertas de escasa hierba. El sol brillaba con un calor intenso, y el resplandor del blanco suelo era en extremo doloroso para mis ojos. La situación de Eregli se delataba, algún tiempo antes de llegar a ella, por su oscura faja verde de árboles frutales. Se alza en la boca de un estrecho valle que desciende serpenteando desde el Tauro, y está regada por un gran torrente rápido que finalmente se pierde en los lagos y pantanos de la llanura.

Se había ido formando una pesada y negra nube de tormenta, y cuando llegamos a nuestro campamento, bajo unos hermosos nogales junto al torrente, una súbita ráfaga de viento frío barrió la población, llenando el aire de polvo. Levantamos la tienda con toda premura, esperando una tempestad, pero al fin la lluvia pasó hacia el norte. Dimos entonces un paseo por la población, que es un lugar desolado. Un espacioso khan, construido al parecer para los peregrinos de la Meca, está en ruinas, pero la mezquita tiene un exquisito minarete, de ochenta pies de altura, que aún conserva vestigios de los adornos, en azulejos azules, que antaño lo cubrieran. Las tiendas estaban en su mayoría cerradas, y en las que aún permanecían abiertas, los dueños yacían tendidos cuan largos eran, boca abajo, con los rostros demacrados por el ayuno. Parecían molestos de que los importunáramos, incluso con nuestras compras. Habríase dicho que alguna peste espantosa había caído sobre la población. Sólo los zapateros, que con cierta languidez manejaban sus herramientas, parecían conservar un poco de vida. Los pocos judíos y armenios fumaban sus pipas de un modo provocador, en el mismo rostro de los pobres musulmanes. Compramos una oka de excelentes cerezas, que tuvimos la crueldad de probar en las calles, ante los ojos hambrientos de los sufridos mercaderes.

Esta tarde los asnos de la localidad fueron traídos

del pasto —cuatrocientos o quinientos en total—; y tal muestra de curiosos ejemplares asninos como jamás había contemplado. Un derviche, que estuvo con nosotros en la cuarentena, en Adana, acaba de llegar. Había perdido su ceskheré (pasaporte), y al salir purificado, fue arrojado a la prisión. Finalmente encontró a alguien que lo conocía, y consiguió su liberación. Había venido a pie hasta este lugar en cinco días, sufriendo muchas privaciones, habiendo estado cuarenta y ocho horas sin alimento. Se dirige a Konia, en peregrinación a la tumba de Hazret Mevlana, el fundador de la secta de los derviches danzantes. Le dimos de comer, en pago de lo cual me enseñó la fórmula de sus plegarias. Me dice que siempre debo pronunciar el nombre de Alá cuando mi caballo tropiece, o cuando vea a un hombre en peligro de muerte, pues la palabra tiene poder salvador. Hadji Youssuf, que acaba de venir a pedir un adelanto de veinte piastras para comprar grano para sus caballos, juró «por el perdón de Dios» que vendería el caballo cojo en Konia y conseguiría uno mejor. Hemos perdido toda confianza en las promesas del viejo bribón, pero las pobres bestias no sufrirán por sus faltas.

Nuestra tienda está en un paraje encantador y, desde fuera, forma una estampa digna de recordarse. La amarilla iluminación del interior hiere los envés de las ramas del nogal, mientras la luz de la luna las platea desde arriba. Más allá de los jardines donde cantan los ruiseñores, el alto minarete de Eregli se alza revelado en el vago resplandor. La noche es demasiado dulce y balsámica para dormir, y sin embargo debo cerrar los ojos ante ella, pues las ardientes llanuras de Karamania nos aguardan mañana.

Las llanuras de Karamania —Calor de la tarde—Un pozo—Fenómenos volcánicos—Karabounar—Un gran khan en ruinas—Estampa a la luz de la luna—Un paisaje de las llanuras—Espejismos—Una breve entrevista—La aldea de Ismil—Tercer día en las llanuras—Aproximación a Konia.

«Un yermo fatigoso, que se extiende hasta los cielos.»—GOLDSMITH.

Konia, capital de Karamania, viernes 25 de junio de 1854.

François nos despertó al despuntar el día, en Eregli, pues teníamos por delante una jornada de doce horas. Atravesando la población, recorrimos una estrecha faja de huertos y tierras de labor, y entramos en la gran llanura de Karamania. Nuestro camino se dirigía al principio hacia el norte, hacia una sierra llamada Karadja Dagh, y luego bordeaba su base hacia el oeste. Tras tres horas de marcha pasamos por una aldea de casas blancas y aseadas, que estaba enteramente desierta, pues todos los habitantes se habían marchado a las montañas. Había algunos rebaños dispersos por la llanura, cerca de la aldea. A medida que avanzaba el día, el viento, que había sido frío por la mañana, cesó, y el aire se volvió caluroso y sofocante. El resplandor del blanco suelo era tan doloroso que me vi obligado a cerrar los ojos, y corría así continuo riesgo de quedarme dormido y caer del caballo. De este modo, adormilado y

P taf inconsciente de mi paradero, seguí cabalgando bajo el calor y C

el árido silencio de la llanura hasta el mediodía, en que llegamos a un pozo.

Era un pozo, excavado a unos treinta pies de profundidad, con una larga galería en pendiente que descendía hasta la superficie. El pozo estaba casi seco, pero bajando por la galería obtuvimos suficiente provisión de agua fría y pura. Desayunamos en el umbral sombreado, compartiendo nuestras provisiones con un muchacho turcomano, que acompañaba a su padre a Eregli con una carga de sal.

Nuestro camino cruzaba ahora un largo y yermo desfiladero, entre dos partes del Karadja Dagh. Cerca del lado septentrional había un lago salado de cien yardas de diámetro, hundido en una profunda cuenca natural. El agua era intensamente salina. Al otro lado del camino, y a un cuarto de milla de distancia, hay un volcán extinto, cuyo cráter, de cerca de doscientos pies de profundidad, es un lago salado, con un cono traquítico de trescientos pies de altura que se alza desde el centro. Desde la ladera de la montaña contemplamos otra llanura algo más profunda, que se extendía hacia el norte y el oeste. Estaba limitada por picos quebrados, todos los cuales delataban un origen volcánico. Muy ante nosotros veíamos la torre sobre la colina de Kara-bounar, nuestro lugar de reposo para la noche. El camino hasta allí discurría por una llanura yerma, animada aquí y allá por manchas de una planta almohadillada, que estaba cubierta de flores rosadas. El señor Harrison levantó algunas bandadas de frankolín, ave grande semejante al faisán, y enriqueció nuestra despensa con una docena de estorninos.


Kara-bounar está construido sobre la ladera de un montículo, a cuyo pie se alza una espaciosa mezquita, visible desde muy lejos sobre la llanura. Tiene una cúpula y dos altas torres a manera de lápices, semejantes a las de la mezquita de la Ciudadela de El Cairo. Cerca de ella están los restos de una magnífica fortaleza-kan, que se dice fue construida por el eunuco de uno de los antiguos Sultanes. Como no había agua en los pozos fuera de la población, entramos en el kan y plantamos la tienda en su patio cubierto de hierba. Seis pilares cuadrados de piedra labrada formaban una nave hasta nuestra puerta, y los elevados muros sin techo del patio, de cien por ciento cincuenta pies, nos cercaban. Otro patio, de igual tamaño, se comunicaba con él por un amplio portal, y más allá yacían los restos de baños y bazares. Una hermosa fuente de piedra, con dos chorros de agua corriente, se alzaba frente al kan.

Estábamos alojados regiamente, pero casi muertos de hambre en medio de nuestro esplendor, pues solo dos o tres turcomanos quedaban de dos mil (que se habían marchado con sus rebaños a las montañas), y no podían proveernos de víveres. A no ser por nuestros francolines y estorninos, habríamos ayunado.

La mezquita era una bella construcción de caliza blanca, y las galerías de sus minaretes estaban adornadas con ricos ornamentos arabescos. Mientras el muecín lanzaba su llamada al rezo al ponerse el sol, entré en el pórtico y miré al interior, que estaba tan desnudo que parecía incompleto. Cuando nos sentamos en el patio de nuestro palacio, después de cenar, salió la luna, iluminando los nichos de los muros, los grupos de ventanas del inmenso hastial oriental y las hileras de macizas columnas. Las grandes dimensiones del edificio le daban un efecto verdaderamente grandioso, y a no ser por el aullido de un chacal a lo lejos, habría creído que estábamos sentados en las naves de una catedral gótica sin techo, en el corazón de Europa. Francois temía algo a los ladrones, pero la paz y el reposo del lugar eran tan perfectos que no quise permitir que tales aprensiones me turbaran. A los dos minutos de tocar mi lecho estaba insensible, y no moví un miembro hasta el amanecer.

Más allá de Kara-bounar hay una árida y hermosa cresta; al subirla, dominamos una inmensa llanura, inculta, al parecer estéril y sin señal de vida hasta donde alcanzaba la vista. Kara Dagh, al sur, alzaba más cerca de nosotros su grupo de oscuras cumbres; al norte, la larga cresta de Usedjik Dagh (la Montaña Pigmea) se extendía como un cabo hacia la llanura; Hassan Dagh, envuelto en una suave nube blanca, retrocedía tras nosotros, y las nieves del Tauro parecían casi tan distantes como cuando las contemplamos por primera vez desde las Puertas de Siria. Cabalgamos durante cuatro horas por el nivel muerto, siendo los únicos objetos que encontraban nuestros ojos alguna manada de camellos a lo lejos. Hacia el mediodía llegamos a un pozo, semejante al del día anterior, pero de construcción reciente. Una larga y empinada galería descendía hasta el agua, que era muy fría, pero tenía un vil sabor a cal, sal y azufre.

Tras un alto de una hora, partimos de nuevo. El sol era intensamente caluroso, y durante horas avanzamos al trote por el nivel muerto, cegándonos los ojos el resplandor del suelo blanco y desnudo. Las colinas lejanas se alzaban sobre el horizonte por un espejismo. Largas sábanas de agua azul se extendían a lo largo de sus bases, aislando los picos solitarios y convirtiendo en naves y barcos las motas negras de los camellos a lo lejos. Pero los fenómenos no eran ni con mucho de tan grandiosa escala como los que había visto en el Desierto de Nubia.

En el horizonte del sudoeste distinguimos las cumbres de la cordillera de Karaman del Tauro, cubiertas de nieve. A media tarde vimos una tienda solitaria en la llanura, de la que un individuo avanzó a nuestro encuentro. Al acercarse más, advertimos que llevaba pantalones blancos a la franca, semejantes a los de la soldadesca turca, con una chaqueta de paño pardo y un pesado sable. Cuando estuvo a conveniente distancia para hablar, gritó: «¡Deteneos! ¿Por qué huís de mí?».

«¿A qué llamáis huir?», replicó Francois; «vamos de viaje». «¿De dónde venís?», preguntó entonces. «De allí», dijo Francois, señalando detrás de nosotros. «¿Adónde vais?». «¡Allí!», y el provocador griego simplemente señaló hacia adelante. «¡No tenéis ni fe ni religión!», dijo el hombre, indignado; luego, dando media vuelta sobre su talón, se alejó a zancadas por la llanura.

Hacia las cuatro vimos una larga línea de objetos que se alzaba ante nosotros, pero tan deformada por el espejismo que era imposible saber qué eran. Al cabo de un rato, sin embargo, decidimos que eran casas entremezcladas con árboles; pero los árboles resultaron ser montones de heno y de lentejas, apilados sobre los tejados planos.

Este era Ismil, nuestro lugar de alto. Las casas eran miserables chozas de barro; pero la aldea era grande y, a diferencia de la mayoría de las que hemos visto de este lado del Tauro, habitada. La gente es turcomana, y sus posesiones parecen consistir casi enteramente en sus rebaños. Inmensas cantidades de ovejas y cabras pastaban en la llanura. Había varios pozos en el lugar, provistos de cubos sujetos a largos balancines; el agua era muy fría, pero salobre. Nuestra tienda fue plantada en la llanura, sobre una franja de suelo duro y pedregoso. Una multitud de muchachos turcomanos de cabellos salvajes se reunió enfrente para mirarnos, y los pastores reñían en los pozos sobre quién había de tomar su turno para abrevar sus rebaños. Por la tarde nos visitó un apuesto anciano turco y, al saber que nos dirigíamos a Constantinopla, rogó a Francois que llevara una carta a su hijo, que estaba establecido allí.

Francois nos despertó esta mañana antes del alba, pues teníamos por delante una jornada de treinta y cinco millas. Estaba de mal humor, pues un hombre a quien había hecho vigilar su tienda mientras iba a la aldea le había robado un tenedor y una cuchara. El viejo turco, que había vuelto en cuanto nos pusimos en movimiento, salió a buscar al ladrón, pero no logró encontrarlo. Los habitantes de la aldea estaban en pie mucho antes del amanecer y partían en sus carros de ruedas de madera hacia los prados donde cortan hierba. El viejo turco nos acompañó un trecho para mostrarnos un camino más corto, evitando un lugar pantanoso. Nuestro camino se extendía por una vasta llanura, al parecer sin límites, pues las elevadas cordilleras que la rodeaban por todos lados eran tan distantes y semejantes a nubes, y tan alzadas del horizonte por el engañoso espejismo, que el ojo no reconocía su conexión con ella. El viento soplaba con fuerza del noroeste, y era tan frío que desmonté y caminé adelante durante dos o tres horas.

Antes del mediodía pasamos dos aldeas de chozas de barro, en parte habitadas, con algunos campos de trigo alrededor. Desayunamos en otro pozo, que nos proporcionó una bebida que sabía a agua de mar helada. De allí partimos de nuevo hacia el calor, pues el viento había caído ya y el sol brillaba con gran fuerza. Había siempre el mismo nivel muerto, y cabalgábamos directamente hacia las montañas, que a mis ojos parecían casi tan distantes como siempre. Por fin hubo un oscuro resplandor a través del espejismo, al pie de ellas, y media hora de marcha mostró que era una línea de árboles. En otra hora pudimos distinguir uno o dos minaretes y, finalmente, murallas y las majestuosas cúpulas de las mezquitas. Esta era Konja, la antigua Iconium, una de las ciudades más renombradas de Asia Menor.

Aproximación a Konia — Tumba de Hazret Mevlana — Alojamiento en un kan — Un lujo americano — Una escena nocturna en Ramazán — Rezos en la mezquita — Restos de la ciudad antigua — Vista desde la mezquita — El interior — Un minarete inclinado — La divertida historia de los arrieros.

«Pero ellos sacudieron el polvo de sus pies y vinieron a Iconium». — Hechos, xiv. 51.

Konja (antigua Iconium), 27 de junio de 1852.

La vista de Konia desde la llanura no es notable hasta que uno se ha acercado a menos de una milla de los suburbios, cuando el grupo de mezquitas, con sus pesadas cúpulas centrales alzadas sobre grupos de otras más pequeñas, y sus altos, ligeros y centelleantes minaretes, que se elevan por encima del follaje de los jardines contra el fondo de colinas etéreas, produce un efecto muy agradable. Nos aproximamos por una larga línea de sucios suburbios, que parecían aún más desolados a causa del Ramazán. Algunos funcionarios turcos, con raídos trajes a la franca, nos siguieron para satisfacer su curiosidad hablando con nuestros aaturjees, o arrieros. Fuera de las murallas de la ciudad pasamos unos cuarteles muy grandes para caballería, construidos por Ibrahim Pasha. En la llanura al nordeste de la ciudad se libró la batalla entre él y las fuerzas del Sultán, que resultó en la derrota de estas últimas.

Llegamos luego a dos magníficas mezquitas, construidas de caliza blanca, con multitud de cúpulas de plomo y elevados minaretes, adornados con galerías ricas en ornamentos arabescos. A una de ellas está anexa la tumba de Hazret Mevlana, el fundador de la secta de los derviches Mevlevi, reputada como uno de los lugares más sagrados de Oriente. La tumba está coronada por una cúpula, sobre la que se alza una alta torre cilíndrica, acanalada, con canales entre cada resalto, y que termina en un largo cono afilado. Esta torre es de azulejos vidriados, del más brillante color azul marino, y centellea al sol como una vasta columna de espato helado en alguna gruta polar. Es un objeto de lo más llamativo y fantástico, rodeado de un grupo de minaretes y de varios cipreses, entre los cuales parece colocada como ornamento central y corona del conjunto.

El aspecto de la ciudad era tan inmundo y poco atractivo que preferimos plantar nuestra tienda; pero era imposible encontrar un lugar sin volver a la llanura; así que torcimos hacia el bazar y preguntamos el camino a un kan. Había una multitud tolerable en la calle, aunque muchas de las tiendas estaban cerradas.

El primer kan que visitamos era demasiado inmundo para entrar; pero el segundo, aunque de apariencia muy poco prometedora, resultó mejor de lo que parecía. El oda-bashe (amo de las habitaciones) barrió y roció a conciencia la estrecha camarita que nos dio, extendió esteras limpias sobre el suelo y, cuando nuestras alfombras y camas estuvieron colocadas dentro, sus muros de barro parecían algo confortables. Su única ventana, con una reja de hierro en lugar de vidrio, daba a un patio oblongo, en el segundo piso, rodeado por las habitaciones de mercaderes armenios. El patio principal (cuya puerta se cierra siempre al ponerse el sol) tiene dos pisos de altura, con un tosco balcón de madera que lo rodea y un pozo de agua turbia en el centro.

El oda-bashi nos prestó una mesa turca y nos proveyó de cena de su propia cocina: kibabs, habichuelas guisadas y ensalada de pepino. El señor H. y yo, olvidándonos del Ramazán, salimos a buscar un sorbete helado; pero todas las casas de café estaban cerradas hasta la puesta del sol. La gente miraba nuestros trajes egipcios, y un sujeto con traje oficial me exigió mi teskeré. Poco después de volver, apareció Francois con un espléndido trozo de hielo en una palangana y unos limones. El hielo, según dijo el khangee, se saca de un lago entre las montañas, que en invierno se hiela hasta el espesor de un pie. Detrás del lago hay una caverna natural, que la gente llena de hielo y luego cierra. En esta estación lo sacan día a día y lo bajan a la ciudad. Es muy puro y espeso, y justifica el proverbio turco referente a Konia, que es célebre por tres cosas excelentes: «dooz, booz, kiz»: sal, hielo y muchachas.

Poco después de la puesta del sol, un cañón anunció el fin del ayuno.

Esperamos una o dos horas más para dar tiempo a la gente a comer, y luego salimos a las calles. Cada minarete de la ciudad ardía con una corona de lámparas encendidas en torno a su galería superior, mientras los largos fustes de abajo y los conos afilados de arriba, rematados con medias lunas de bronce, brillaban hermosos a la luz de la luna. Era un espectáculo extraño y brillante. En la plaza frente a la mezquita principal encontramos una multitud de personas

que retozaban alrededor de la fuente, a la luz de una serie de antorchas sobre palos clavados en el suelo. Había esteras extendidas sobre las piedras, y filas de turcos de todas las clases se sentaban en ellas, fumando sus pipas. Grandes jarros de agua de barro se alzaban aquí y allá, y la gente bebía con tanta frecuencia y durante tanto tiempo que parecían decididos a proveerse contra el calor. Los muchachos se divertían luchando, gritando y disparando

buscapiés, que arrojaban a la multitud. Nos quitamos las zapatillas, nos sentamos entre los turcos, fumamos un narghileh, bebimos una taza de café y un sorbete helado de jugo de pasas, y así disfrutamos del Ramazán tan bien como el que más.

Numerosos Creyentes Verdaderos bebían y se lavaban en la pintoresca fuente, y justo cuando nos levantábamos para partir, la voz de un muecín niño, en uno de los minaretes más altos, envió desde lo alto un musical llamado a la oración. Inmediatamente los muchachos dejaron sus juegos y echaron a correr hacia la gran mezquita, y los graves turcos de barba gris se levantaron de las esteras, se calzaron las zapatillas y marcharon tras ellos. Los seguimos, vislumbrando el interior iluminado del edificio al pasar; pero el oda-bashi nos condujo aún más lejos, a una mezquita más pequeña aunque más hermosa, rodeada de un jardín. Era un cuadro verdaderamente mágico. Entramos por la puerta y avanzamos por un pavimento de mármol, bajo árboles y emparrados que casi ocultaban la luz de la luna, hasta un espacio pavimentado en cuyo centro había una hermosa fuente, del más puro estilo sarraceno. Sus pesadas cornisas salientes y su alto techo piramidal descansaban sobre un círculo de elegantes arcos, que rodeaban una estructura de mármol de donde el agua brotaba en una docena de chorros centelleantes. Por tres lados la cercaban los árboles y emparrados bañados por la luna; por el cuarto, el corredor exterior de la mezquita, cuya puerta de entrada quedaba exactamente enfrente.

Gran número de personas se lavaban las manos y los pies en la fuente, tras lo cual entraban y se arrodillaban en el suelo. Nos quedamos sin ser observados en el corredor, y miramos hacia el interior espléndidamente iluminado y la multitud en oración, todos doblando sus cuerpos hasta la tierra a intervalos regulares y murmurando el nombre de Alá. Se asemejaban a una llanura de cañas que se inclinan ante las ráfagas de viento que preceden a la tormenta.

Cuando todos hubieron entrado y estuvieron unidos en solemne oración, regresamos, pasando por la gran mezquita. Me acerqué sigilosamente a la puerta, levanté la pesada alfombra que colgaba ante ella y miré hacia dentro.

Había un derviche Mevlevi de pie en la entrada, pero sus ojos estaban alzados en celestial abstracción, y no me vio.

El interior estaba brillantemente iluminado por lámparas blancas y de colores, suspendidas de las paredes y de la gran cúpula central. Era una estructura imponente, simple en su forma, pero grandiosa por sus dimensiones. El suelo estaba cubierto de figuras arrodilladas, y una voz profunda, que venía del otro extremo de la mezquita, pronunciaba frases piadosas en una especie de canto. Satisfice mi curiosidad rápidamente, y luego regresamos al khan.

Ayer por la tarde hice un examen más minucioso de la ciudad. Pasando por los bazares, llegué al Serai, o Palacio del Pashá, que se alza sobre el sitio del de los Sultanes de Iconium. Es un largo edificio de madera, sin pretensiones de belleza arquitectónica. Cerca de él hay una mezquita grande y antigua, con un minarete de singular elegancia. Tiene unos 120 pies de altura, con dos galerías colgantes; todo construido de ladrillos azules y rojos, estos últimos sobresaliendo de modo que forman curiosos dibujos o diseños. Varios edificios antiguos cerca de esta mezquita están rematados con torres piramidales, semejantes a pagodas de la India. Siguiendo los largos y tortuosos callejones entre edificios de barro, pasamos junto a estas curiosas estructuras y llegamos a la antigua muralla de la ciudad. En una de las calles yacía un león de mármol, mal ejecutado, y al parecer de la época del Bajo Imperio. En la muralla había empotradas muchas figuras semejantes, con fragmentos de frisos y

cornisas. Esta es obra de los Reyes Seljúcidas, quienes, al construir la muralla, se tomaron grandes molestias para exhibir los fragmentos de la ciudad antigua. El número de altares que han conservado es bastante notable. En las torres cuadradas hay tablillas hundidas, que contienen largas inscripciones árabes.

Las altas murallas de un edificio en ruinas en la parte meridional de la ciudad nos atrajeron, y al ir allá encontramos que era una antigua mezquita, situada sobre una eminencia formada al parecer por los escombros de otros edificios. Parte de la muralla era también antigua, y en algunos lugares mostraba las marcas de un terremoto. Una larga escalinata conducía a la puerta de la mezquita, y al subir fuimos recompensados con la más encantadora vista de la ciudad y la grandiosa llanura. Konia yacía a nuestros pies: una extensa y dispersa serie de bajas viviendas de barro, salpicadas por doquier de manchas de verdor de jardines, mientras sus tres soberbias mezquitas, con las muchas tumbas y lugares de culto más pequeños, parecían edificios dejados de alguna capital anterior y más magnífica. Fuera de este círculo corría una franja de tierra de jardines, adornada con arboledas y largas hileras de árboles frutales; aún más allá, la llanura, un mar de verde desvaído, moteado con las más suaves sombras de nubes, y más allá de todo, los hermosos contornos y los soñadores matices de las distintas cadenas de montañas. Era en todos los aspectos un paisaje encantador, y la ciudad es indigna de tales alrededores. El cielo, que en esta región es de un azul pálido, suave y delicioso, estaba salpicado de dispersos vellones de nubes blancas, y había un exquisito juego de luz y sombra sobre las colinas.

Había media docena de hombres y muchachos junto a la puerta, entreteniéndose con hacer estallar cápsulas fulminantes sobre la piedra. Se dirigieron a nosotros como «Aadjí» (peregrinos), rogando

262° THE LANDS OF THE SARACEN.

por más cápsulas. Les dije que no era turco, sino árabe, lo cual creyeron al instante, y me pidieron que entrara en la mezquita. El interior producía un efecto notablemente fino. Era un laberinto de arcos, sostenidos por columnas de mármol negro pulido, cuarenta en número. En su forma era casi cuadrada, y estaba cubierta con un techo plano de madera. El suelo estaba cubierto con una alfombra, sobre la cual varias personas yacían tendidas a lo largo, mientras un anciano, sentado en uno de los rincones más remotos, leía en voz alta y solemne. Es una estructura peculiar, que me alegraría examinar más en detalle.

No lejos de esta eminencia hay un notable minarete inclinado, de más de cien pies de altura, mientras que en diámetro no puede tener más de quince pies. En su diseño es ligero y elegante, y el efecto no se ve perjudicado por su desviación de la perpendicular, que yo juzgaría de unos seis pies.

Desde la mezquita caminamos sobre los montículos de la antigua Iconium hasta la muralla oriental, pasando junto a otra mezquita, completamente en ruinas, pero que debió de haber sido en otro tiempo más espléndida que cualquiera de las que ahora se alzan. El portal es el más rico ejemplo de escultura sarracena que he visto jamás: un verdadero laberinto de intrincados ornamentos. El artista debió de haber visto el gran portal del Templo del Sol en Baalbec. Los minaretes se han derrumbado, el techo se ha hundido, pero las paredes aún están cubiertas de azulejos blancos y azules, de la más fina factura, semejantes a un mosaico de marfil y lapislázuli. Algunas de las cámaras parecen estar habitadas, pues dos ancianos de barbas blancas yacían a la sombra, y no poco se sobresaltaron con nuestra súbita aparición.

Regresamos a la gran mezquita, que habíamos visitado la tarde de nuestra llegada, y escuchamos durante algún tiempo la voz

de un mollah que predicaba un sermón de la tarde a una pequeña y hambrienta congregación. Entramos luego en el patio ante la tumba de Hazret Mevlana. Al parecer era terreno vedado a los cristianos, pero como los derviches no parecían sospechar de nosotros, caminamos con audacia, y estábamos a punto de entrar, cuando una indiscreción de mi compañero frustró nuestros planes. Olvidando su carácter asumido, fue a la fuente y bebió, aunque no era más tarde que el asser, o la oración de la tarde. Los derviches quedaron escandalizados y horrorizados por esta violación del ayuno, en el mismo patio de su mezquita más sagrada, y juzgamos lo mejor retirarnos poco a poco. Esta mañana enviamos a solicitar una entrevista con el Pashá, pero se había ido a pasar el día en un palacio campestre, a unas tres horas de distancia. Es una tarde tranquila, calurosa y luminosa, y el silencio de la población hambrienta nos dispone al reposo. Nuestra vista está limitada por las paredes de barro del khan, y ya anhelo la libertad de la gran llanura de Karamania. Aquí, en el corazón de Asia Menor, toda la vida parece estancarse. Hay sueño por doquier, y siento que una amplia barrera me separa del mundo viviente.

Nos hemos detenido aquí un día entero, a causa de una cadena de accidentes, todos resultantes de la bribonería de nuestros muleros al partir de Aleppo. El caballo cojo que nos endosaron no podía ir más lejos, así que les obligamos a comprar otro animal, que lograron obtener por 350 piastras. Adelantamos el dinero, aunque ellos seguían en deuda con nosotros, con la esperanza de abrirnos camino con el nuevo caballo y evitar así el riesgo de pérdida o retraso. Pero esta mañana al amanecer viene Hadji Youssuf con rostro afligido a decir que el nuevo caballo ha sido robado durante la noche, y nosotros, que estamos listos para

partir, debemos sentarnos y esperar hasta que sea recuperado. Sospeché otra treta, pero cuando, tras el transcurso de tres horas, François encontró al hadji sentado en el suelo, llorando, y a Achmet golpeándose el pecho, parecía probable que la historia fuera cierta.

Siendo vana toda búsqueda del caballo, François fue con ellos al shekh de los caballos, quien prometió, en caso de que se encontrara en lo sucesivo, colocarlo en el corral general, donde estarían seguros de obtenerlo a su regreso. El hombre que les vendió el caballo les ofreció otro por el cojo y 150 piastras, y no hubo otra alternativa que aceptarlo.

Pero debemos adelantar las 150 piastras, y así, en mitad del viaje, ya les hemos pagado hasta el final, con el riesgo de que sus caballos se desplomen, o de que ellos, con caballos y todo, se nos escabullan. Pero los bribones granujas apenas son lo bastante audaces para tal colmo de villanía.

Paisaje de las colinas—Ladik, la antigua Laodicea—La plaga de los tábanos—Campamento en Nguin—Un baño natural de aguas termales—Los tábanos de nuevo—Un paisaje veraniego—Ak-Sheher—La base del Sultan Dagh—La fuente de Midas—Un viaje somnoliento—La villa de Bolawadiin.

«Por los bosques, lagos y fuentes, a través de las montañas de muchos pliegues.» SHELLEY.

Botawapun, 1 de julio de 1852.

Los hombres habían reunido todas las bestias en el patio del khan de Konia la víspera de nuestra partida, para que no robaran más durante la noche. El oda-bashi, incansable hasta el final en su atención hacia nosotros, no solo ayudó a cargar las mulas, sino que nos acompañó un trecho en el camino. Todos los mercaderes del khan se reunieron en la galería para vernos partir, y salimos con cierta solemnidad. La mañana era clara, fresca y deliciosa. Alejándonos de las murallas de la ciudad, pronto salimos de las hileras de árboles frutales y de los interminables campos de lápidas, y llegamos a la gran llanura desnuda de Karamania. Una cabalgata de tres horas nos llevó a una larga colina en pendiente, que nos ofreció una vista de toda la llanura y de su circuito de montañas. Una línea oscura en la distancia marcaba los jardines de Konia. A la derecha, cerca del centro de la llanura, el lago, ahora contraído a límites muy estrechos, brillaba al sol. A pesar del aspecto yermo e infértil de la comarca, el cielo suave y dulce que pende sobre ella, el aire puro y transparente, la grandiosa extensión de la llanura y las variadas formas de las distintas cadenas montañosas que la rodean hacen de nuestro viaje algo inspirador. Un descenso de las colinas pronto nos ocultó la vista; y el resto de la jornada transcurrió entre ellas, bordeando la base oriental de Allah Dagh.

El país mejoraba de carácter a medida que avanzábamos. Los fondos de los valles secos estaban cubiertos de trigo, y la maleza comenzaba a aparecer en las laderas de las montañas. Por la tarde cruzamos una divisoria de aguas que separa Karamania de la gran llanura central de Asia Menor, y descendimos a una aldea llamada Ladik, que ocupa el sitio de la antigua Laodicea, al pie de Allah Dagh. La llanura a la que llegamos era más verde y floreciente que la que habíamos dejado. Había árboles dispersos en grupos aquí y allá, y los yermos herbosos, que se extendían más allá de los campos de trigo, estaban salpicados de rebaños de ganado. Emir Dagh se alzaba en el noroeste, azul y distante, mientras que hacia el norte y el nordeste la llanura se extendía hasta el horizonte —un horizonte a cincuenta millas de distancia— sin interrupción.

En esa dirección se hallaba el gran lago salado de Yüzler, y las recuas de camellos que encontrábamos en el camino, cargadas de sal, regresaban de él. Ladik está rodeada de campos de adormidera, brillantes con flores blancas y púrpuras. Cuando los pétalos han caído, los naturales recorren cuidadosamente todo el campo y practican incisiones en cada tallo, de donde exuda el opio.

Plantamos nuestra tienda bajo un gran nogal, que encontramos en un recinto abandonado. El cementerio de la aldea está sembrado de reliquias de la antigua ciudad. Hay columnas, cornisas, entablamentos, jambas, altares, parteluces, tablas esculpidas, todo de mármol blanco, y muchas de ellas en excelente estado de conservación. Parecen datar de la época temprana del Bajo Imperio, y la cruz no ha sido aún borrada de algunas que sirven de lápidas a los Creyentes. Me impresionó particularmente la abundancia de altares, algunos de los cuales contenían inscripciones completas y legibles.

En la villa hay la misma abundancia de ruinas. La tapa de un sarcófago, formada de un solo bloque de mármol, sirve ahora de abrevadero, y la fuente está construida con tablas antiguas. La villa se alza sobre un montículo que parece compuesto enteramente de los escombros del lugar anterior, y cerca de la cima hay muchos hoyos que los habitantes han cavado en busca de anillos, sellos y otras reliquias.

Al día siguiente hicimos una jornada de nueve horas por un país montuoso situado entre las sierras de Allah Dagh y Emir Dagh. Había pozos de agua excelente a lo largo del camino, a intervalos de una o dos horas. El día era excesivamente caluroso y bochornoso durante las horas del mediodía, y las moscas eran tan malas que causaban gran incomodidad a nuestros caballos. El animal que yo montaba coceaba tan incesantemente que apenas podía mantenerme en la silla. Tenía el vientre hinchado y cubierto de sangre coagulada por sus picaduras. La mula del hadji comenzó a mostrar síntomas de enfermedad, y tuvimos gran dificultad en mantenerla en pie. El señor Harrison la sangró en la boca como último recurso, y durante la tarde se recuperó en parte.

Una hora antes del atardecer llegamos a Ilgün, una villa en la llanura, al pie de uno de los espolones de Emir Dagh. Al oeste de ella hay un lago de considerable tamaño, que recibe los arroyos que fluyen por la villa y riegan sus fértiles jardines. Atravesamos la villa y plantamos nuestra tienda sobre una hermosa pradera herbosa. Nuestra acostumbrada pipa de refresco nunca fue disfrutada con más cordialidad que en este lugar.

Detrás de nosotros había una colina estéril, al pie de la cual había un baño termal natural, donde varias mujeres y niños se divertían. El calor de la tarde había pasado, el aire era calmo, dulce y templado por la frescura del atardecer que llegaba, y las largas sombras de las colinas, arrastrándose sobre las praderas, casi habían alcanzado la villa. Más allá de la línea de sicomoros, álamos e higueras que daban sombra a los jardines de Ilgün, se alzaba la distante cadena de Allah Dagh, y en el cielo azul pálido, no muy por encima de ella, el rostro tenue de la luna gibosa mostraba como el fantasma de un planeta. Nuestros caballos pastaban en la pradera verde; un viejo turco estaba sentado junto a nosotros, silencioso por el ayuno, y no había más sonido que los gritos de los niños en el baño. Horas como estas, tras una jornada hecha en el calor soñoliento de un verano oriental, son indescriptiblemente gratas.

Después de que las mujeres se retiraron del baño, se nos permitió entrar. El interior consistía en una sola cámara, de treinta pies de altura, abovedada y casi oscura. En el centro había una gran pila de agua caliente, llenada por cuatro chorros que vertían en ella. Una repisa corría alrededor de los lados, y nichos en la pared servían de lugar para nuestra ropa. El bañero nos proporcionó toallas, y nos desvestimos y nos sumergimos. El agua era agradablemente tibia (unos 90°), tenía un sabor dulce y un muy leve olor sulfuroso. La sala abovedada redoblaba el menor ruido, y un turco afeitado, que nos hacía compañía, cantaba en su deleite, para oír el eco de su propia voz.

Cuando volvimos a la tienda encontramos a nuestro visitante tendido en el suelo, tratando de contener su hambre. Fue bastante cruel de nuestra parte encender nuestras pipas, preparar un sorbete, y beber y fumar en su cara, mientras bromeábamos con él sobre el Ramazán; y al fin se levantó y se marchó, imagen de la aflicción.

A la mañana siguiente partimos temprano y cabalgamos animadamente por las colinas onduladas y herbosas. Un hermoso lago, con una isla en él, yacía al pie de Emir Dagh. Tras dos horas llegamos a una casa de guardia, donde se nos exigieron nuestros feskerés, y el perezoso guardia nos invitó a entrar a tomar café, para poder establecer un derecho al backsheesh que no podía exigir. Nos había visto de lejos, y el café humeaba en los finjanes cuando llegamos. El sol era ya terriblemente caluroso, y los grandes tábanos verdes llegaban en tal cantidad que parecía cabalgar en medio de un enjambre de abejas. Mi caballo sufría mucho, y lanzaba sus patas traseras con tal violencia, en sus esfuerzos por librarse de ellos, que me sacudía cada articulación del cuerpo. No se contentaban con chuparle la sangre, sino que, posándose en el pequeño segmento de mi pantorrilla, expuesto entre la gran bota tártara y los anchos pantalones, mordían a través de mis calcetines con furiosas trompas. Maté cientos de ellos sin propósito, y al fin, para aliviar a mi caballo, até un manojo de espino a una cuerda, con la que lo balanceaba bajo su vientre y contra el lado interior de sus ijadas. De este modo le di algún alivio —un servicio que él reconoció con un agradecido movimiento de cabeza.

Al descender hacia Ak-Sheher el país se volvió extremadamente rico y exuberante. La cadena de Sultan Dagh (la Montaña del Sultán) se alzaba a nuestra izquierda, sus laderas cubiertas de una espesa pantalla de maleza, y su pico más alto salpicado de manchas de nieve; enfrente, la cadena más baja de Emir Dagh (la Montaña del Príncipe) yacía azul y desnuda bajo el sol. La base de Sultan Dagh estaba ceñida de bosquecillos de árboles frutales, que se extendían en largas líneas por la llanura, con campos de trigo maduro entre ellos. En la distancia el gran lago de Ak-Sheher centelleaba al sol. Hacia el noroeste, la llanura se extendía por cincuenta millas antes de alcanzar las colinas.

Está evidentemente a un nivel mucho más bajo que la llanura de Konia; el calor no solo era mayor, sino que la estación estaba más avanzada. El trigo estaba casi listo para la siega, y los campos de adormidera donde, el día anterior, los hombres practicaban sus primeras incisiones para el opio, aquí habían dado su cosecha y estaban madurando rápidamente su semilla. Ak-Sheher está bellamente situada a la entrada de una garganta profunda en las montañas. Está tan sepultada en sus jardines frondosos que poco, excepto la mezquita, se ve al acercarse a ella. Es un lugar grande, y se enorgullece de una hermosa mezquita, pero no contiene nada digno de verse. El bazar, después del de Konia, era el más grande que habíamos visto desde que dejamos Tarso. La mayor parte de los tenderos yacían a todo lo largo, adormilados, durmiendo o conteniendo sus apetitos hasta el cañonazo del atardecer. Encontramos unas cerezas soberbias, y abundancia de nieve, que se trae de la montaña. Los naturales eran muy amables y de buen humor, pero parecían sorprendidos de que el señor Harrison probara las cerezas, aunque les dije que estábamos de viaje. Nuestra tienda fue plantada bajo un espléndido nogal, a las afueras de la villa. La montaña verde se alzaba entre nosotros y el sol poniente que se desvanecía, y la luna amarilla pendía en el este, cuando tomamos nuestra cena a la puerta de la tienda. Los turcos regresaban a casa en burros, con manojos de hierba que habían estado cortando en las praderas. Se disparó el cañón, y los gritos de los niños anunciaron el fin del ayuno del día, mientras la dulce y melancólica voz de un joven muecín nos llamaba a la oración del atardecer desde el minarete.

Saliendo de Ak-Sheher esta mañana, cabalgamos a lo largo de la base de Sultan Dagh. La llanura que dominábamos era magnífica. La maraña de maleza que bordeaba las laderas de la montaña daba paso a grandes huertos y jardines, intercalados con campos de grano, que se extendían lejos en la llanura, hasta los matorrales silvestres y los yermos de cañas que rodean el lago. Las laderas de Sultan Dagh estaban aterrazadas y cultivadas dondequiera que fuera practicable, y vi algunos campos de trigo en lo alto de la montaña. Había mucha gente en el camino o trabajando en los campos; y durante la mañana pasamos varias aldeas grandes. El país está más densamente habitado, y tiene un aire más próspero y floreciente que cualquier parte de Asia Menor que haya visto. La gente va mejor vestida, tiene rostros más abiertos, honestos, alegres e inteligentes, y muestra una genuina cortesía y benevolencia en su comportamiento hacia nosotros. Nunca me sentí más perfectamente seguro, ni más cierto de estar entre gentes en quienes podía confiar.

Pasamos bajo la cumbre del Sultan Dagh, que brillaba tan clara y distinta bajo el sol matinal, que apenas podía yo hacerme cargo de su altura real sobre la llanura. De una tremenda garganta, abierta entre las dos cumbres más altas, manaba un gran torrente que, dividido en cien canales, fertiliza una amplia extensión de llanura. A unas dos horas de Ak-Sheher pasamos junto a una espléndida fuente de agua cristalina, que brotaba al borde del camino. Creo que es la misma que algunos viajeros llaman la Fuente de Midas, pero ignoro por qué se le da tal nombre. Cabalgamos durante varias horas por una sucesión de grandiosos y ricos paisajes. A la laguna de Ak-Sheher sucedió otra más pequeña, el Emir Dagh se alzaba más alto en el cielo azul pálido, y el Sultan Dagh mostraba otras cumbres, rotas y rayadas de nieve; pero en torno nuestro estaban los mismos gloriosos huertos y jardines, el mismo trigo de verde dorado y las susurrantes falanges de amapolas —ejércitos de cabezas redondas vegetales, junto a los erizados y barbados caballeros. El sol era intensamente caluroso durante la tarde, mientras cruzábamos la llanura, y me invadió tal somnolencia que se requería una agonía de esfuerzo para no caerme del caballo. Dejamos aquí el gran camino de posta a Constantinopla y tomamos una senda menos frecuentada. La llanura se convirtió gradualmente en pradera, cubierta de ciprés arbustivo, juncos, cañas y plantas acuáticas silvestres. Había vastos yermos de hierba lozana, en los que se apacentaban miles de búfalos negros.

Una calzada de piedra, que contenía muchos y elegantes fragmentos de escultura antigua, se extendía a través de esta parte de la llanura, pero tomamos junto a ella un sendero de verano, entre macizos de iris en flor —una frágil flor nívea, con un labio del más claro matiz dorado. La calzada conducía a una llanura salina desnuda, más allá de la cual llegamos al pueblo de Bolawadun, y terminamos la jornada de cuarenta millas.

Bolawadin es un conjunto de casas de barro, de cerca de una milla de largo, situado sobre una eminencia en la base occidental del Emir Dagh.

Entré en el bazar, que era un lugar pequeño y no muy bien abastecido, aunque, como era cerca del ocaso, había bastante gentío, y los panaderos sacaban su pan fresco a buen ritmo. Todos me tomaban por un buen mahometano egipcio, y fui empujado de un lado a otro entre los turbantes, de una manera que ciertamente no me habría ocurrido de no llevar yo también uno. El señor H., que se había quedado rezagado del convoy, llegó después de que hubimos acampado, y podría haber vagado largo tiempo sin encontrarnos, a no ser por los bondadosos esfuerzos de los habitantes por encaminarlo. Esta noche derribó un erizo, confundiéndolo con un gato. La pobre criatura quedó gravemente herida, y sus sollozos de angustia, exactamente como los de un niño pequeño, eran tan penosos de oír, que nos vimos obligados a hacer que lo retiraran de las inmediaciones de la tienda.

La frontera de Frigia —Canteras y tumbas antiguas— Entramos en los bosques de pinos —Una casa de guardia— Campamentos de los turcomanos— Paisaje pastoril— Un pueblo de verano— El valle de las tumbas— Sepulcros rupestres de los reyes frigios— El campamento de Titán— El valle de Kimbeh— Una tierra de flores— Hospitalidad turcomana— Los efendis desterrados— El viejo turcomano— Un vislumbre de Arcadia— Un paisaje— Amistad interesada— El valle del Pursek— Llegada a Kiutahya.

Y en torno nuestro todo el matorral resonaba con muchas flautas de Arcadia. TENNYSON.

Kroranya, 5 de julio de 1852.

Habíamos atravesado ya las antiguas provincias de Cilicia, Capadocia y Licaonia, y alcanzado los confines de Frigia —una ruda región montañosa, que nunca fue del todo penetrada por la luz de la civilización griega. Es todavía relativamente un yermo, perforado tan sólo por un único camino real, y casi nunca visitado por viajeros, aunque encierra en sus profundidades muchas curiosas reliquias de la antigüedad. Dejando Bolawadin por la mañana, ascendimos una larga pendiente montañosa sin árboles, y en tres o cuatro horas alcanzamos la cresta divisoria —la línea de vertientes del Asia Menor, que separa los afluentes del Mediterráneo y de los lagos centrales de los arroyos que fluyen al mar Negro. Mirando atrás, el Sultan Dagh, a lo largo de cuya falda habíamos pasado el día anterior, yacía alto y azul, rayado de nieve resplandeciente, y muy lejos, detrás de él, se alzaba una cumbre aún más alta, canosa con el invierno que persistía. Descendimos a una llanura herbosa, encerrada por una cadena de montañas quebradas, cubiertas hasta sus cumbres de maleza verde oscura, a través de la cual los estratos de roca marmórea brillaban como manchas de nieve. Las colinas de enfrente estaban surcadas por viejas canteras, antaño explotadas por el célebre mármol frigio.

No se veía ni habitación ni ser humano, y el paisaje tenía un aire singularmente salvaje, solitario y pintoresco.

Torciendo hacia el oeste, cruzamos una alta y ondulada comarca, y entramos en un valle enteramente cubierto de robles enanos y cedros.

A pesar del camino polvoriento, del calor y de la multitud de tábanos, la jornada presentaba un agradable contraste con las grandes llanuras por las que habíamos estado viajando durante muchos días. El lado opuesto de la cañada estaba coronado por una alta cresta de roca despedazada, en la que había muchas tumbas frigias antiguas. Eran en su mayoría simples cámaras, con aberturas cuadradas. Había rastros de muchas más, pues la roca había sido volada o cortada —las tumbas, en lugar de protegerla, no hacían sino ofrecer una facilidad más para su destrucción. Tras una hora de descanso junto a una fuente, seguimos los recodos de la cañada hasta una llanura más baja, completamente encerrada por las colinas, cuyas costillas de mármol asomaban entre los bosques de roble, acebo, cedro y pino que las salpicaban. Estábamos ya plenamente internados en la comarca montañosa, y nuestro camino pasaba sobre alturas y por hondonadas cubiertas de pintorescos grupos de follaje. Se asemejaba a algunas de las salvajes colinas occidentales de América, y, a no ser por las tumbas frigias, cuyas puertas nos miraban fijamente desde cada roca, parecía tan poco familiarizada con la presencia del hombre.

Hadji Youssuf, al detenerse para arreglar parte del equipaje, perdió el asidero de su mula, y a pesar de todo esfuerzo por asegurarla, la muy provocadora bestia conservó su libertad por el resto del día. En vano la cortábamos el paso, la perseguíamos, la halagábamos, le tendíamos trampas: era demasiado astuta para dejarse atrapar, y marchaba a su gusto, metiéndose en todos los campos de trigo, deteniéndose a pacer los manojos de hierba más escogidos, o caminando recatadamente en el convoy, permitiendo que el hadji se le acercara a la distancia de un brazo antes de cocear y salir de nuevo disparada. Tuvimos una larga persecución entre los grupos de roble y acebo, pero todo fue en vano. Los grandes tábanos verdes pululaban en torno nuestro, picándome a mí tanto como a mi caballo.

Hecatombes de ellos, aplastados por mi fusta, caían muertos en el polvo, pero las filas se llenaban de inmediato desde alguna reserva invisible. El suelo ya no estaba desnudo, sino enteramente cubierto de hierba y flores. En uno de los valles vi un gran trecho de espuela de caballero carmesí, tan espeso que parecía un charco de sangre. Al cruzar una larga y calurosa colina, dimos con una pequeña glorieta de piedras, cubierta de ramas de pino. Encerraba un antiguo sarcófago de mármol, casi lleno de agua.

Junto a él había una copa cuadrada, con asa, toscamente labrada en un trozo de madera de pino. Era esta una caritativa provisión para los viajeros, y los turcomanos que vivían en las cercanías la surtían constantemente.

Las dos últimas horas de nuestra jornada de aquel día transcurrieron por un glorioso bosque de pinos. El camino yacía en una cañada serpenteante, verde y herbosa, y cubierta hasta las cumbres por ambos lados de hermosos pinos, mezclados con cedros. El aire tenía el verdadero aroma septentrional, y era más grato que el vino. Cada recodo de la cañada descubría una encantadora vista selvática. Era un valle salvaje de las colinas del norte, lleno del ardiente lustre de un sol de verano, y bajo un palio del brillante azul de un cielo estival. Había señales del hacha del leñador, y las brasas carbonizadas de los fuegos de campamento del bosque. Pensé en las hermosas cañadas de los bosques de pinos detrás de Monterey, y realmente podría haberme imaginado allí. Hacia la tarde llegamos a una solitaria casa de guardia, al borde del bosque. La cañada se abría aquí un poco, y una fuente de piedra de agua deliciosa nos proporcionó todo lo que necesitábamos para un lugar de acampada. La casa estaba habitada por tres soldados; robustos y bonachones compañeros, que de inmediato extendieron una estera a la sombra para nosotros y nos hicieron un excelente café. Un campamento turcomano en las cercanías nos proveyó de leche y huevos.

Los guardias eran buenos musulmanes, y nos tomaron por tales. Uno de ellos me pidió que le avisara cuando el sol se hubiera puesto, y yo prolongué su ayuno hasta que estuvo completamente oscuro, cuando le di permiso para comer. Todos tenían caballos tolerables para su servicio, y parecían vivir bastante placenteramente, a su salvaje manera. El sargento gordo y rechoncho, con sus enormemente anchos pantalones y sus piernas de autómata, bajó a la fuente con su mosquete, y tras tomar aliento y apuntar durante cinco minutos enteros, disparó a una paloma sin acertarle.

Después se nos unió en una pipa social, y nos sentamos sobre una alfombra a la puerta de la casa de guardia, contemplando el espléndido salir de la luna entre las ramas de los pinos. Cuando las pipas se hubieron consumido, me fui a la cama, y dormí un largo y dulce sueño hasta el alba.

Sabíamos que las tumbas de los reyes frigios no podían estar lejos, y, al informarnos del sargento, supimos que conocía el lugar. No estaba a cuatro horas de distancia, por un camino secundario, y como sería imposible llegar sin guía, nos daría uno de sus hombres, en consideración a una gratificación de veinte piastras. La dificultad era evidente, en una comarca montañosa y boscosa como aquella, recorrida por un laberinto de valles y barrancos, así que aceptamos al soldado. Cuando estábamos a punto de partir, se acercó un viejo turcomano, cuya barba estaba teñida de un rojo brillante, diciendo que sabía que el señor H. era médico, y que podía curarlo de su sordera. El aire de la mañana era dulce con el aliento del cedro y del pino, y cabalgamos por los bosques y por los claros abiertos y herbosos, con gran ánimo. Estábamos en el corazón de una comarca montañosa, vestida de bosques siempre verdes, salvo algunos trechos abiertos de las altiplanicies, que mostraban un césped espeso y verde, salpicado por doquier de grupos de árboles como de parque, y de grandes árboles solitarios. Los pinos eran troncos nobles, a menudo de sesenta a ochenta pies de altura, y con ramas dispuestas en todas las formas pintorescas posibles. El cedro mostraba con frecuencia un tronco blanco macizo, de tres pies de diámetro.

Tomamos un sendero serpenteante, a menudo apenas una huella, que cruzaba las colinas en dirección norte. Por doquier encontrábamos a los turcos de la llanura, que ahora acampan en las montañas para cuidar sus rebaños durante los meses de verano. Rebaños de ovejas y cabras estaban esparcidos por las verdes laderas de pasto, y los ociosos zagales se soleaban en el sol matinal, tocando alegres aires con una flauta de caña, semejante a la zumarra árabe. Aquí y allá había un leñador, atareado junto a un árbol recién derribado, y encontramos varios de los chirriantes carros del país, acarreando troncos. Todo lo que veíamos tenía un agradable aire rural, un dejo de vida primitiva y sencilla. Desde las crestas más altas que cruzamos, podíamos ver, muy lejos al este y al oeste, otras cadenas de montañas cubiertas de pinos, y en la distancia las líneas nebulosas de cadenas más elevadas. Los troncos de los pinos estaban casi todos carbonizados, y muchos de los árboles más pequeños muertos, a causa de los incendios que, más avanzado el año, asolan estos bosques.

Tras cuatro horas de viaje variado y muy inspirador, llegamos a un distrito cubierto en su mayor parte de bosques de robles —una región más abierta, aunque todavía montañosa. Había un pueblo veraniego de turcos disperso por la ladera más cercana —probablemente cincuenta casas en total, casi perfectas réplicas de las cabañas de troncos occidentales. Estaban construidas con troncos de pino, colocados transversalmente y cubiertas con tablas toscas. Estas, según nos dijeron, eran las viviendas de las gentes que habitan el pueblo de Khosref Pasha Khan durante el invierno. Grandes cantidades de ovejas y cabras pastaban por las colinas o yacían alrededor de las puertas de las casas. Estas últimas eran criaturas hermosas, con pesados cuernos curvos y largo pelo blanco y sedoso que les ocultaba por completo los ojos. Nos detuvimos en una casa para pedir agua, que el hombre nos sacó en un pequeño barril. Al principio propuso darnos yaourt, y su mujer sugirió havmak (cuajada dulce), que aceptamos tomar, pero resultó ser solo leche hervida.

Dejando el pueblo, tomamos un sendero que conducía hacia el oeste, subimos una larga colina y entramos de nuevo en los bosques de pinos.

Antes de mucho, llegamos a una casa de campo bien construida, algo parecida a un chalet suizo. Tenía dos pisos de altura y había un balcón superior, con divanes acolchados, que daba a un huerto próspero y a algunos árboles frutales. Tres o cuatro hombres escardaban en el jardín, y el dueño se acercó y nos dio la bienvenida. Una fuente de agua helada brotaba en una pila de piedra junto a la puerta, formando un lugar tentador para nuestro desayuno, pero estábamos decididos a llegar a las tumbas. Había cobertizos convenientes para aves, ovejas y ganado. Los rebaños estaban fuera, pastando por los bordes del bosque, y oímos las melodías agudas y alegres de las flautas que tocaban los zagales.

Llegamos ahora a una cresta, desde donde miramos a través del bosque hacia un largo valle, de casi media milla de ancho, bordeado en el lado opuesto por cordilleras de peñascos de arenisca quebrada. Este era el lugar que buscábamos: el Valle de las Tumbas Frigias. Ya podíamos distinguir las caras talladas de las rocas y las oscuras aberturas de las cámaras interiores. El fondo del valle era un lecho de hierba gloriosa, adornada de flores y fragante de todos los olores primaverales. Varios campesinos, hallando demasiado calor para segar, habían arrojado sus guadañas sobre las hileras y yacían a la sombra de un roble. Cabalgamos sobre el heno recién cortado, subimos por el lado opuesto y desmontamos frente a los peñascos. A medida que nos acercábamos a ellos, el número de cámaras excavadas en la roca, las puertas y nichos ahora abiertos al día, coronados por agujas y torreones destrozados, daban al conjunto la apariencia de una gran fortaleza en ruinas. Los peñascos, que son de una arenisca muy blanda de color gris rojizo, se elevan ciento cincuenta pies desde su base, y sus cumbres están desgastadas por la intemperie hasta las formas más notables.

El monumento principal es un amplio risco saliente, uno de cuyos lados ha sido cortado de modo que semeja la fachada de un templo. La parte esculpida mide unos sesenta pies de alto por sesenta de ancho, y representa un muro sólido con dos pilastras en los extremos, que sostienen un arquitrabe y un frontón, coronado por dos grandes volutas. Toda la superficie del muro está cubierta de ornamentos que semejan artesonado, no en cuadrados regulares, sino un laberinto de intrincados diseños. En el centro, en la parte inferior, hay un nicho cuadrado poco profundo, rodeado por una moldura elegante aunque sencilla, pero no hay apariencia de entrada a la cámara sepulcral, que puede estar oculta en el corazón de la roca. Hay una inscripción en griego que sube por uno de los lados, pero es de fecha posterior a la obra misma. En una de las tumbas hay una inscripción: «Al rey Midas». Se supone que estas reliquias datan del período de la dinastía Gordiana, unos siete siglos antes de Cristo.

Un poco frente a un promontorio, formado por los muros superiores de dos valles que se encuentran, se alza una masa de rocas de cien pies de altura, cortada en cámaras sepulcrales, piso sobre piso, con trazas de escalones entre ellas, que conducen a otras aún más altas.

Toda la roca, que puede medir ciento cincuenta pies de largo por cincuenta de ancho, ha sido excavada, dejando solo estrechas particiones para separar las cámaras de los muertos. Estas cámaras son todas sencillas, pero algunas son de proporciones muy elegantes, con techos arqueados o piramidales y nichos arqueados a los lados, que contienen sarcófagos tallados en la piedra sólida. Hay también muchos nichos para urnas cinerarias. La tumba principal tenía un pórtico sostenido por columnas, pero el frente está ahora completamente derrumbado, y solo quedan el elegante artesonado y las vigas de piedra del techo. Toda la colina era una sucesión de tumbas. No hay roca que no lleve sus huellas. Podría haber contado varios cientos a tiro de piedra. La posición de estos curiosos restos en un valle solitario, cerrado por todos lados por montañas oscuras cubiertas de pinos —dos de las cuales están coronadas por una acrópolis natural de roca, semejante a una fortaleza— aumenta el interés que inspiran al contemplador. El valle del lado occidental, con su lecho de trigo maduro en el fondo, sus altos muros, torres y pináculos de roca, y su vista distante de montaña y bosque, es el más pintoresco de Frigia.

Los segadores turcomanos, que se acercaron a vernos y hablar con nosotros, dijeron que había restos de muros en la cumbre de la acrópolis principal frente a nosotros, y que, más arriba en el valle, había una cámara con dos columnas al frente.

El señor Harrison y yo ensillamos y partimos, pasando a lo largo de una muralla de fantásticas torres de roca, a cuya base había una columna natural, de unos diez pies de alto y cinco de diámetro, casi perfectamente redonda, que sostenía una inmensa roca en forma de sombrero de tres picos. Al cruzar la pradera vimos a un turco sentado al sol junto a un manantial, afanosamente ocupado en tejer una media. Tras una cabalgata de dos millas encontramos la cámara, tallada como la fachada de un templo en una roca aislada, que dominaba dos valles de pradera salvaje. El frontón y la cornisa eran sencillos y hermosos, pero las columnas habían sido derribadas. Las cámaras eran perfectamente sencillas, pero el artesonado del techo del pórtico estaba intacto.


Después de pasar tres horas examinando estas tumbas, tomamos el sendero que nuestro guía nos señaló como el camino a Kiutahya. Cabalgamos dos horas por el bosque y salimos a una altura boscosa, desde la cual se dominaba un gran valle abierto, rico en campos de trigo y tierras de pastoreo. Mientras contemplaba esta hermosa vista, el camino dobló una esquina de la cresta y ¡he aquí! que ante mí aparecieron (según pensé), por encima de las copas de los pinos, allá en lo alto de la ladera de la montaña, una línea de tiendas enormes. Aquellos conos blancos como la nieve, que erguían sus agudas

agujas y desplegaban sus anchas bases, ¿qué podían ser sino un campamento de tiendas monstruosas? Mas no; eran pináculos de roca blanca, conos perfectos, de treinta a cien pies de altura, doce en total, y alineados uno al lado del otro a lo largo del borde del acantilado, con la precisión de un campamento militar.

Eran blancos como la nieve, perfectamente lisos y macizos, y sus bases se tocaban. Lo que hacía más singular el espectáculo era que no había ninguna otra aparición de la misma roca en la montaña.

Todo a su alrededor era el verde oscuro de los pinos, de entre los cuales se alzaban como cuernos de nieve intacta acumulada. Di a este singular fenómeno —que parece haber escapado a la atención de los viajeros— el nombre de El Campamento de los Titanes.

En otra hora llegamos a una fuente cerca de la aldea de Kumbeh, y plantamos nuestras tiendas para pasar la noche. La aldea, que tiene media milla de longitud, está construida sobre una peña singular, que se alza abruptamente desde el centro del valle, elevándose en uno de sus extremos a más de cien pies de altura. Estaba completamente desierta, pues todos los habitantes se habían marchado a las montañas con sus rebaños. El solitario muecín, que llamó al mughreb al terminar el ayuno y encendió las lámparas de su minarete, cumplió su tarea con la mayor prisa poco clerical, ahora que no había nadie que lo observara. Enviamos a Achinet, el katurgee, al campamento de los aldeanos en la montaña, para procurarse una provisión de gallinas y cebada.

Nos levantamos muy temprano ayer por la mañana, tiritando en el aire frío de las montañas, y justo cuando el sol, irrumpiendo entre los pinos, miraba hacia la pequeña hondonada donde estaban plantadas nuestras tiendas, pusimos en marcha la caravana. La cabalgata por el valle fue encantadora. La tierra era naturalmente rica y muy cultivada, lo que hacía más singular su abandono. Leguas

de trigo, centeno y amapolas se extendían a nuestro alrededor, dejadas al calor del verano para que hiciera su silenciosa labor. El rocío centelleaba en los campos mientras cabalgábamos por ellos, y el esplendor de las flores en flor era igual al de las llanuras de Palestina. Había amapolas moradas, blancas y escarlatas; la rica espuela de caballero carmesí; la anémona roja; la margarita dorada; la campanilla rosa; y una multitud de flores más pequeñas, tan intensamente brillantes y deslumbrantes en sus matices, que los prados eran más ricos que un pavimento de piedras preciosas. Mirar hacia el sol, sobre un campo de amapolas escarlatas, era como mirar un lecho de brasas vivas; la luz, al atravesar los pétalos, los hacía arder como con un fuego interior. De esta selva de colores espléndidos se alzaban las altas agujas de una planta mayor, cubierta de grandes flores amarillas, mientras que aquí y allá las nevadas flores de un grupo de espino endulzaban el aire matutino.

A poca distancia más allá de Kumbeh, pasamos otro grupo de tumbas antiguas, una de las cuales era de curioso diseño. Una roca aislada, de treinta pies de altura por veinte de diámetro, estaba cortada de modo que semejaba una torre triangular, con el ápice achaflanado.

Una cámara, que contenía un sarcófago, estaba excavada en el interior. La entrada estaba ornamentada con columnas dobles en bajorrelieve y un frontón. Había otra cámara abovedada, cortada directamente a través de la base del triángulo, con un nicho a cada lado, ahuecado en el fondo de modo que formaba un sarcófago.

Dejando estas, las últimas de las tumbas frigias, cruzamos el valle y ascendimos una alta cadena de colinas, cubiertas de pinos, hasta una región boscosa y elevada. Aquí encontramos una aldea de verano de cabañas de troncos, dispersas por una ladera herbosa.

La gente nos miraba con cierta curiosidad, y las mujeres

se cubrieron apresuradamente el rostro. El señor H. cabalgó hasta una casa grande y nueva, y miró por entre los troncos. Había varias mujeres dentro, que se levantaron sobresaltadas y se echaron sobre la cabeza cualquier prenda que tuvieran más a mano. Un anciano, con una larga barba blanca, pulcramente vestido con una chaqueta verde y un turbante de chal, salió y nos dio la bienvenida. Pedí kaimak, que me prometió, e inmediatamente sacó una alfombra y la extendió en el suelo. Luego siguió una gran vasija de kaimak, con cucharas de madera, tres hogazas de pan y un plato de queso. Nos sentamos en la alfombra y hurgamos con las cucharas, mientras el anciano se retiraba para que no se le provocara el apetito. La leche era excelente, ni eran de despreciar el pan y el queso.

Mientras comíamos, el Khowagee, o maestro de escuela de la comunidad, un hombrecillo gentil con un turbante blanco redondo, se acercó a preguntar a François quiénes éramos. «Aquel efendi del vestido azul», dijo, «es el Bey, ¿no es así?» «Sí», dijo F.

«¿Y el otro, el de la camisa a rayas y el turbante blanco, es un escritor?» [Aquí no andaba muy desencaminado.] «Pero ¿cómo es que los efendis no hablan turco?», insistió. «Porque», dijo François, «sus padres fueron desterrados por el sultán Mahmoud cuando eran niños pequeños. Se han criado en Alepo como árabes, y aún no han aprendido el turco; pero quiera Dios que el sultán no aparte de ellos su rostro, y que recuperen el rango que sus padres tuvieron antaño en Estambul.» «¡Quiera Dios!», respondió el Khowagee, muy interesado en la historia. Para entonces habíamos comido nuestra buena porción del kaimak, que fue terminado por François y los katurgees. El anciano se acercó entonces, montado en una yegua parda, diciendo que se dirigía a Kiutahya y que estaba

encantado con la perspectiva de viajar en tan buena compañía.

Di algún dinero a uno de sus hijos pequeños, ya que el kaimak se había ofrecido por pura hospitalidad, y así partimos.

Nuestro nuevo compañero iba armado hasta los dientes, con un largo fusil de pesada culata de madera y llave indefinible, y una espada de excelente metal. Era, en efecto, un arma del antiguo imperio griego, y la cruz seguía esmaltada en oro en la raíz de la hoja, a pesar de todos sus esfuerzos por borrarla. Era algo fakir, pues había hecho peregrinación a La Meca y Jerusalén. Era muy inquisitivo, y acosaba a François con preguntas sobre el gobierno. Este respondió que no teníamos relación con el gobierno, pero el viejo insinuó con astucia que sabía más: éramos personas de rango que viajaban de incógnito. Era muy atento con nosotros, ofreciéndonos agua en cada fuente, aunque nos creía buenos musulmanes. Lo encontramos de alguna utilidad como guía, acortando nuestro camino al tomar senderos por los bosques.

Durante varias horas recorrimos una región de colinas bellamente boscosa. Gráciles grupos de pinos daban sombra a las lomas herbosas, donde las ovejas y las cabras de sedoso pelo reposaban al sol, y el aire estaba lleno de un cálido olor veraniego, soplado desde las riberas de retama dorada. De vez en cuando, desde los matorrales de laurel y madroño, una aguda caña de pastor tocaba alguna alegre melodía silvestre. ¿Era un Fauno, extraviado entre las colinas? Verdes valles, abiertos al sol y hermosos como sueños de Arcadia, dividían las arboledas de pinos. El cielo sobre nosotros era puro y sin nubes, ciñendo el paisaje con su cinturón de paz y silencio. ¡Oh, aquella deliciosa región, habitada por todos los brillantes espíritus del inmortal Canto Griego! Expulsados del resto de la tierra, aquí han encontrado un hogar

—¡aquí les quedan altares secretos de los tiempos que se fueron!

De estos bosques pasamos a una llanura solitaria, cercada

por colinas de pinos que brillaban en el éter tenue y puro. A lo lejos había algunas tiendas de pastores, y musicales cencerros de cabras tintineaban a lo largo de los bordes de los bosques. Desde la cresta de una alta cima más allá de esta llanura, miramos atrás sobre las salvajes soledades por las que habíamos viajado durante dos días: largas cadenas de oscuras colinas, desvaneciéndose unas tras otras, con una perspectiva que sugería los golfos ocultos entre ellas. Desde la ladera occidental se abría ante nosotros una vista aún más extensa. Sobre cumbres cubiertas de bosques de roble y pino, vimos el valle del Pursek, el antiguo Timbrio, extendiéndose muy lejos hasta la brumosa línea del Keshish Dagh. Las montañas detrás de Kiutahya se alzaban altas y grandiosas, formando un bello rasgo en la distancia media. Solo vislumbrábamos fugazmente la vista a través de los árboles; y luego, sumergiéndonos de nuevo en el bosque, descendimos a una ladera cultivada, en la que había una pequeña aldea, ahora desierta. El cementerio junto a ella estaba sombreado por grandes cedros, y cerca había una fuente de excelente agua.

«Aquí», dijo el anciano, «podéis lavaros y orar, y luego descansar un rato bajo los árboles.» François nos excusó diciendo que, cuando estábamos de viaje, siempre nos bañábamos antes de orar; pero, para no menospreciar del todo su fe, me lavé las manos y la cara antes de sentarme a nuestro escaso desayuno de pan y agua.

Nuestro camino conducía ahora hacia abajo por largas y serpenteantes cañadas, cubiertas de robles, de los cuales caían las madreselvas amarillas silvestres en una lluvia de flores. A medida que nos acercábamos al valle, el viejo empezó a insinuar que su presencia nos había sido de gran servicio

y merecía recompensa. «Dios sabe», dijo a

François, «en qué rincón de las montañas podríais estar ahora, si yo no os hubiera acompañado.» «Oh», respondió François, «siempre hay mucha gente entre los bosques que habría sido igualmente amable que vos mostrándonos el camino.» Habló entonces de los ladrones de los alrededores, y señaló algunas tumbas junto al camino, como las de personas que habían sido asesinadas. «Pero», añadió, «todo el mundo en estos parajes me conoce, y quienquiera que vaya en mi compañía siempre está a salvo.» El griego le aseguró que nosotros siempre dependíamos de nosotros mismos para nuestra seguridad. Derrotado en estos intentos, afirmó audazmente que sus servicios merecían pago. «Pero», dijo François, «nos dijisteis en la aldea que teníais negocios en Kiutahya, y que os alegraría unírsenos por el gusto de tener compañía en el camino.» «Bien, entonces», replicó el viejo,

haciendo un último esfuerzo, «dejo el asunto a vuestra cortesía.»

«Ciertamente», respondió el imperturbable dragomán, «no podríamos ser tan descorteses como para ofrecer dinero a un hombre de vuestra riqueza y posición; no podríamos insultaros dándoos limosna.»

El viejo turcomano hizo entonces un encogimiento de hombros y un gruñido, hizo una sombría salutación de despedida y nos dejó.

Eran casi las seis cuando llegamos al Pursek.

No había señal de la ciudad, pero apenas podíamos distinguir una vieja fortaleza en el alto acantilado que domina la población. Un largo puente de piedra cruzaba el río, que aquí se divide en media docena de cauces. Las aguas son rápidas y claras, y serpentean en intrincados laberintos por los anchos prados verdes. Nos apresuramos, creyendo ver minaretes a lo lejos, pero resultaron ser álamos. El sol descendía más y más, y

finalmente se puso antes de que hubiera señal alguna de que estuviéramos en

en las inmediaciones de la ciudad. Pronto, sin embargo, apareció una línea de tejados a lo largo de la ladera de una colina a nuestra izquierda, y al doblar su base vimos la ciudad ante nosotros, llenando la boca de un profundo valle o desfiladero que se abría desde las montañas.

Pero los caballos están ensillados, y François me dice que es hora de guardar la pluma. Partimos, cruzando las montañas, hacia la antigua ciudad griega de Cizani, en el valle del Rhyndacus.

KIUTAHYA, Y LAS RUINAS DE CIZANI

Entrada en Kiutahya—El nuevo khan—Un descubrimiento desagradable—Kiutahya—La ciudadela—Panorama desde las murallas—El desfiladero de las montañas—Campamento en un prado—El valle del Rhyndacus—Chavdir—Las ruinas de Cizani—La acrópolis y el templo—El teatro y el estadio—Descenso por el valle—Campamento en Daghje Koi.

«Un templo en ruinas se alza todavía, forjado por manos largo tiempo olvidadas;

dos o tres columnas y muchas piedras, mármol y granito, cubiertas de hierba.

¡Fuera con el Tiempo! ¡No dejará más de las cosas futuras que de las pasadas!»

Daghje Koi, sobre el Rhyndacus, 6 de julio de 1852.

Al entrar en Kiutahya, pasamos junto a los cuarteles, que fueron residencia de Kossuth y sus compañeros en el exilio. Más allá llegamos a una calle ancha, por la que corría el más vil arroyo de inmundicia de que jamás pudiera jactarse ciudad turca alguna.

Las casas de ambos lados eran de dos pisos, la parte superior de madera, con balcones colgantes, sobre los cuales sobresalían los aleros de los tejados. El cañonazo de bienvenida acababa de sonar, anunciando el fin del ayuno del día. Las cafeterías estaban ya atestadas de clientes flacos y hambrientos, las pipas estaban llenas y encendidas, y el café humeaba en los finjanes. En medio minuto se alzaron tales bocanadas por todas partes, que habrían alegrado el corazón de un fumador genuino.

De estos alegres lugares pasamos a otras calles enteramente desiertas, pues los habitantes estaban cenando. Producía un efecto extraño e incómodo cabalgar por calles donde el ruido de los cascos de nuestros caballos era el único sonido de vida. Por fin llegamos a la entrada de un bazar, y cerca de ella a un khan—un khan nuevo, muy pulcramente construido, y con una habitación libre mucho mejor de lo que esperábamos, de modo que nos felicitamos cordialmente. Deshicimos el equipaje a toda prisa, y François corrió al bazar, de donde volvió velozmente con algo de cabrito asado, pepinos y cerezas. Encendimos dos lámparas, tomé prestado el narghileh del oda-bashi, y François, al enterarse de que era nuestro aniversario nacional, nos consiguió un frasco de vino griego, para que lo honrásemos. La bebida, sin embargo, se parecía a una mezcla de vinagre y cera de lacrar, y nos contentamos con beber brindis patrióticos en dos finjanes de excelente café. Pero en medio de nuestro regocijo, al posar casualmente la vista en las paredes, vi una cosa que convirtió toda nuestra miel en hiel. Decenas sobre decenas—más aún, cientos sobre cientos—de enormes chinches pululaban por el yeso, y ya descendían hacia nuestras camas y equipajes. Dormir allí era imposible, pero logramos apoderarnos de uno de los balcones exteriores, donde hicimos nuestras camas tras registrarlas a fondo.

Por la tarde se me acercó un mercader que hablaba un poco de árabe y me preguntó: «¿No es el amigo de Vuestra Excelencia el hakim pasha?» (médico jefe). No me atreví a asentir, sino que respondí: «No; es un sowakh.» Esto estaba fuera de su comprensión, y se marchó con la impresión de que el señor H. era mucho más grande que un hakim pasha. Dormí profundamente en mi cama al aire libre, pero me despertaron hacia la mañana dos tremendos truenos que retumbaron en el desfiladero, y el repiqueteo de la lluvia sobre el techo del khan.

Pasé dos o tres horas a la mañana siguiente recorriendo Kiutahya. La ciudad es mucho más grande de lo que había supuesto: juzgaría que contiene de cincuenta a sesenta mil habitantes. Su situación es notable, y da al lugar un efecto pintoresco cuando se ve desde lo alto, que hace olvidar su suciedad interior. Está construida en la boca de un desfiladero, y alrededor de las bases de las colinas a ambos lados. Las altas montañas que se alzan detrás la proveen de perpetuos manantiales de agua pura. A cada docena de pasos se topa uno con una fuente, y toda calle grande tiene un arroyo en el centro. Las casas son todas de dos y muchas de tres pisos, con balcones colgantes, que me recuerdan mucho a Suiza.

Los bazares son muy extensos, y cubren toda la base de la colina sobre la que se alza la antigua ciudadela. Los géneros expuestos eran en su mayoría tejidos de algodón europeos, guingas, botas y zapatillas, cañas de pipa y sedas. En las partes dedicadas a los productos del país, vi cerezas muy finas, pepinos y lechugas, y manojos de magnífico trébol, de tres a cuatro pies de altura.

Subimos por un sendero empinado hasta la ciudadela, que cubre la cumbre de una colina abrupta y aislada, unida por un hombro a la gran cordillera. Las murallas tienen cerca de una milla de circuito, y consisten casi por completo en inmensos contrafuertes circulares, colocados tan cerca unos de otros que casi se tocan. Los muros de unión están derruidos en el lado septentrional, de modo que desde abajo los contrafuertes tienen la apariencia de enormes columnas destrozadas. Están construidos de piedra labrada con capas regulares de ladrillo plano cocido. En lo alto está la fortaleza o alcázar, un lugar que debió de ser casi inexpugnable antes de la invención del cañón. La estructura data probablemente del siglo noveno o décimo, pero está construida sobre los cimientos de edificios más antiguos. La antigua ciudad griega de Cotysum (de donde Kiutahya) se alzaba probablemente sobre esta colina. Dentro de la ciudadela hay una ciudad alta, que contiene unas cien casas, al parecer residencia de familias pobres.

Desde el circuito de las murallas, por todos lados, hay magníficas vistas sobre la llanura, la ciudad y los desfiladeros de las montañas detrás. El valle del Pursek, refrescado por la lluvia de la noche anterior, se extendía como una sábana de vivo verde hasta las montañas cubiertas de pinos que lo limitaban por todos lados. Alrededor de la ciudad estaba adornado con arboledas y jardines, y en dirección a Brousa, blancos caminos serpenteaban hacia otros jardines y aldeas en la distancia. Las montañas de Frigia, por las que habíamos pasado, eran las más altas del círculo que encerraba el valle. La ciudad a nuestros pies presentaba una densa hilera de tejados rojos, de entre los cuales se alzaban aquí y allá el esbelto fuste de un minarete, o la cúpula de una mezquita o de un bagi. Desde el lado meridional de la ciudadela, mirábamos hacia el desfiladero que abastece de agua a Kiutahya—un paisaje salvaje y desierto de peñascos blancos y picos destrozados de roca gris, suspendidos sobre un estrecho y sinuoso lecho del más verde follaje.

En lugar de tomar el camino directo a Brousa, decidimos hacer un rodeo de dos días para visitar las ruinas de la antigua ciudad griega de Cizani, que se hallan a treinta y seis millas al sur de Kiutahya. Partiendo al mediodía, ascendimos por el desfiladero detrás de la ciudad, por senderos deliciosamente umbríos, al principio bajo los aleros de soberbios nogales, y luego entre matorrales silvestres de sauce, avellano, alheña y otros arbustos, enmarañados con la olorosa madreselva blanca. Cerca de la ciudad, las laderas de la montaña eran desnudas masas blancas de yeso y otras rocas, en muchos lugares con el más puro tinte amarillo de cromo; pero a medida que avanzábamos, estaban cubiertas hasta la cumbre de bosquecillo. Los arroyos que se despeñaban por estas alturas perennes eran conducidos a canales subterráneos, para volver a la luz en fuentes centelleantes, que vertían en pilas de piedra siempre llenas. El día era fresco y nublado, y las pesadas sombras que pendían de los grandes flancos de la puerta montañosa realzaban, por contraste, la gloria de la llanura iluminada por el sol que se veía a través de ellas.

Tras pasar la cresta culminante, probablemente a 5.000 pies sobre el mar, llegamos a una región boscosa y montuosa, que se extendía en largas líneas brumosas hasta Murad Dagh, cuya cima estaba salpicada de nieve. Había parcelas de trigo y centeno en las hondonadas, y las campanas de rebaños lejanos tintineaban de vez en cuando entre los árboles. No había aldea en el camino, y nos dirigíamos a una que veíamos a lo lejos, cuando llegamos a un prado de buena hierba, atravesado por un pequeño arroyo. Allí acampamos, enviando a Achit, el katurgee, a la aldea por leche y huevos. Acababan de ordeñar a las ovejas para las cenas de sus dueños, pero volvieron a recorrer el rebaño, vaciándoles las ubres, lo que mejoró mucho la calidad de la leche. La noche era tan fría que apenas pude dormir durante las horas de la mañana. Había un rocío frío y pesado sobre el prado; pero cuando François me despertó al amanecer, el cielo estaba espléndidamente claro y puro, y los primeros rayos tenían algo de calor. Nuestro café, antes de partir, hecho con leche de oveja, fue el más rico que jamás he bebido.

Tras cabalgar durante dos horas por anchas y salvajes crestas cubiertas de cedro, llegamos a una altura que dominaba el valle del Rhyndacus, o más bien la llanura de donde toma sus fuentes—un nivel circular, de diez o doce millas de diámetro, que se estrecha hacia el oeste en una hondonada estrecha por la que sus aguas encuentran salida; varias aldeas, cada una rodeada de jardines, estaban dispersas a lo largo de las bases de las colinas que lo encierran.

Tomamos el camino equivocado, pero un pastor nos enderezó, y tras recorrer un sendero entre prósperos campos de grano, nos alegró la vista del Templo de Cizani, alzado sobre su acrópolis por encima de los huertos de Chavdir, y destacando nítido y claro contra el púrpura de las colinas.

Nuestra aproximación a la ciudad estaba marcada por los bloques de mármol esculpido que bordeaban el camino: elegantes molduras, cornisas y entablamentos, mezclados con piedra común para hacer muros entre los campos. La aldea está construida a ambos lados del Rhyndacus; es una ordinaria aldea turca, con tejados y chimeneas, y muestra muy pocos restos de la antigua ciudad en su composición. Esto se debe, sospecho, al gran tamaño de los bloques labrados, especialmente de las columnas, cornisas y entablamentos, casi todos los cuales tienen de doce a quince pies de largo. Es por el tamaño y el número de estos bloques dispersos, más que por los edificios que aún subsisten parcialmente, como uno se forma una idea del tamaño y el esplendor de la antigua Cizani. El lugar está lleno de fragmentos, especialmente de columnas, de las que hay varios centenares, casi todas finamente acanaladas. El Rhyndacus está todavía salvado por un antiguo puente de tres arcos, y ambas orillas están bordeadas de pilares de piedra labrada. Altos álamos y macizos nogales del más rico verde dan sombra a las claras aguas, y hay muchas combinaciones pintorescas de follaje y ruina—muerte y vida—que encantarían el ojo de un pintor. Cerca del puente nos detuvimos a examinar un montón de inmensos fragmentos que los turcos han amontonado—columnas, cornisas, altares, trozos de un friso, con cabezas de toro unidas por guirnaldas colgantes, y un gran bloque cuadrado con una tablilla legible. Se asemejaba a un altar en la forma, y, por la palabra «Artemidoron», parecía haber pertenecido a algún templo de Diana.

Atravesando el pueblo llegamos a una gran plataforma artificial en su lado occidental, llamada la Acrópolis. Es de mampostería sólida, de quinientos pies en cuadro, y de una altura media de diez pies. En el lado oriental se sostiene sobre arcos rudos aunque macizos, que recuerdan la obra etrusca. En lo alto y en torno a los bordes de esta plataforma yacen gran número de columnas estriadas e inmensos fragmentos de cornisa y arquitrabe. En el centro, sobre una plataforma de cimientos de unos ocho pies de altura, se alza un hermoso templo jónico de cien pies de longitud. Al acercarnos, parecía casi perfecto, salvo el techo, y tantas columnas permanecen en pie que su estado ruinoso apenas menoscaba el efecto. Hay diecisiete columnas en el lado y ocho en el extremo, de estilo jónico, estriadas y de cincuenta pies de altura. Subsiste cerca de la mitad de la cella, con una elegante frieza y cornisa a lo largo de lo alto, y una serie de tablillas, encajadas en paneles de escultura ornamental, que corren a lo largo de los lados.

El frente de la cella comprende un pequeño peristilo abierto, con dos columnas corintias compuestas en la entrada, que, con las de la columnata exterior, hacen dieciocho columnas en pie. Las tablillas contienen inscripciones griegas, perfectamente legibles donde la piedra no ha sido destrozada. Bajo el templo hay grandes bóvedas, que encontramos llenas de cabritos, que se habían metido allí para escapar del calor del sol. El pórtico estaba

ocupado por ovejas, que al principio se negaron a hacernos sitio, y dieron fuerte testimonio olfativo de su predilección por el templo como lugar de reposo.

En la ladera de una colina, a unos trescientos yardas al norte, están los restos de un teatro. Cruzando algunos retazos de cebada y lentejas, entramos en un estadio, que formaba una prolongación del teatro; es decir, tenía la misma anchura y dirección, de modo que ambos podían considerarse como una sola obra grandiosa, de más de mil pies de largo por casi cuatrocientos de ancho.

Las murallas del estadio están derribadas, salvo una entrada de cinco arcos de mampostería maciza, en el lado occidental. Subimos a caballo por el valle artificial, entre altas colinas herbosas, completamente cubiertas de lo que a distancia parecían tablones sueltos, pero que eran en realidad los largos asientos de mármol del estadio.

Espoleando nuestros caballos sobre montones de bloques sueltos, llegamos a la base del teatro, trepamos por los fragmentos que obstruyen la entrada principal, y contemplamos la espaciosa arena y las galerías interiores. Aunque muy arruinado, los materiales de toda la estructura permanecen, y podrían volverse a ensamblar. Es una grandiosa ruina; los colosales fragmentos que se han desplomado del arco del proscenio llenan la arena, y las hileras de asientos, aunque rotas y desencajadas, conservan aún su orden original.

Es algo más de un semicírculo, siendo el radio de unos ciento ochenta pies. La altura original era de más de cincuenta pies, y había en total cincuenta hileras de asientos, cada hilera capaz de acomodar a doscientas personas, de modo que el número de espectadores que podían alojarse era de ocho mil.

Los fragmentos que obstruían la arena eran enormes, y muy interesantes por su carácter. Había ricos

bloques de cornisa, de diez pies de largo; pilares estriados y acanalados; grandes arcos de escultura fuertemente labrada, que parecían haber servido de arquitrabes de pilar a pilar, a lo largo de la fachada del proscenio, donde había todo indicio de haber existido una columnata; y otros bloques esculpidos con figuras de animales en altorrelieve. Había generalmente dos figuras en cada bloque, y entre las que podían reconocerse estaban el perro y el león. Se abrían puertas desde el proscenio a los cuartos de retiro de los actores, bajo los cuales estaban las bóvedas donde se guardaban las fieras. Un joven zorro o chacal se levantó de su siesta cuando entramos en el teatro, y se refugió bajo los bloques sueltos. Mirando hacia atrás a través del estadio desde los asientos del teatro, tuvimos una hermosa vista del templo, que se destacaba claro y brillante en medio de la llanura estival, con las cumbres nevadas del Murad Dagh a lo lejos. Era un cuadro que recordaré largo tiempo. La desolación de las magníficas ruinas se hacía aún más impresionante por el aire silencioso y solitario de la región que las rodea.

Dejando Chavdiir por la tarde, tomamos hacia el norte, bajando por el valle del Rhyndacus, sobre extensiones de tierra ondulada, salpicadas de bosquecillos de cedro y pino. Había tantos caminos secundarios y cruces que no podíamos menos de equivocarnos; y tras dos o tres horas nos encontramos en medio de un bosque, en la ancha cima de la montaña, sin camino alguno. Había algunos campesinos cuidando sus rebaños cerca, pero no pudieron darnos una dirección satisfactoria. Emprendimos entonces nuestro propio rumbo, y pronto dimos en el borde de un precipicio, que se asomaba a un valle profundo. Hacia el este divisamos un atisbo del

Rhyndacus, y el alminar de madera de un pueblecito en sus orillas. Siguiendo el borde del precipicio, llegamos por fin a una cañada, por la que corría un sendero áspero que finalmente nos condujo, por un largo camino a través de los bosques, al pueblo de Daghje Kéi, donde ahora estamos acampados.

El lugar parece estar dedicado a la fabricación de pedernales, y las calles están llenas de montones de fragmentos tallados. Nuestra tienda está plantada en la orilla del río, en un prado estéril.

La gente nos dice que toda la región circundante acaba de ser visitada por una plaga de langostas, que ha destruido sus cosechas. Nuestras bestias se han ido a las colinas en busca de hierba, y el desconsolado Hadji las anda buscando. Achmet, el katurgee, yace junto al fuego, enfermo; el señor Harrison se queja de fiebre, y François se mueve lánguidamente, con semblante abatido. Así estamos aquí, en las soledades de Bitinia, pero no hay más Dios que Dios, y lo que está destinado acontece.

Jornada valle abajo—La plaga de langostas—Un desfiladero—La villa de Taushanli—El campamento del hambre—Dejamos el Rhyndacus—La base del Olimpo—Bosques primigenios—La casa de guardia—El paisaje de la cumbre—Bosques de hayas—Aserraderos—Descenso de la montaña—La vista del Olimpo—Mañana—La tierra de la cosecha—Aineghiol—Un paseo lluvioso—La llanura de Brousa—La estructura del Olimpo—Llegamos a Brousa—Se recoge la tienda.

«Miré aún más lejos y más alto, y vi en los cielos una nube plateada que se mantenía firme e inmóvil contra la brisa; * * * * y así fue como señal y testimonio—casi como un llamamiento de los dioses desatendidos—que ahora vi y reconocí la nevada corona del misio Olimpo.» KINGLAKE.

Brousa, 9 de julio de 1852.

Desde Daghje Kéi había dos caminos a Taushanli, pero la gente nos informó que el que cruzaba las montañas era difícil de hallar y casi impracticable. Tomamos, pues, el camino del río, que encontramos pintoresco en sumo grado. La estrecha cañada del Rhyndacus serpenteaba por un laberinto de montañas, a veces girando en ángulos agudos entre contrafuertes escarpados, cubiertos de bosques, y a veces ensanchándose en un valle sinuoso, donde los aldeanos trabajaban en cuadrillas entre los campos de grano y de adormidera. Las orillas del arroyo estaban bordeadas de roble, sauce y sicómoro, y bosques de pino, que descendían de las montañas, con frecuencia se asomaban sobre el camino. Encontramos a muchos

campesinos, que iban y venían de los campos, y una vez una compañía de unas veinte mujeres, que, al vernos, se apiñaron como un rebaño de ovejas asustadas, y se echaron los mantos sobre la cabeza. Tuvieron, sin embargo, curiosidad bastante para mirarnos al pasar, y yo les hice un saludo, que devolvieron, y luego prorrumpieron en un coro de franca risa. Toda esta región estaba asolada por una plaga de langostas. La tierra estaba negra de ellas en muchos lugares, y nuestros caballos levantaban una espuma viviente al avanzar por los prados. Cada brizna de hierba estaba destruida, y los campos de trigo y centeno estaban terriblemente esquilmados. Pasamos junto a una gran peña donde miríadas de estorninos habían construido sus nidos, y cada estornino tenía una langosta en el pico.

Cruzamos el río para pasar un estrecho desfiladero, por el que se abre paso a través de las alturas rocosas del Dumanidj Dagh. Poco después de pasar la cresta, se extendió ante nosotros un ancho y hermoso valle. Tenía unas diez millas de anchura, casi llano, y rodeado de pintorescas sierras de montañas boscosas. Estaba bien cultivado, principalmente de centeno y adormideras, y más densamente poblado que casi cualquier parte de Europa. Las cimas estañadas de los alminares de Taushanlu brillaban sobre lo alto de una colina enfrente, y había una gran villa casi opuesta, en la otra orilla del Rhyndacus, y siete pequeñas aldeas esparcidas en diversas direcciones. La mayoría de estas últimas, sin embargo, eran meramente las moradas invernales de los pastores, que ahora viven en tiendas en las cumbres de las montañas. Por todo el valle, los campesinos trabajaban en los campos de la cosecha, segando y atando el grano, recogiendo el opio de las adormideras, o escardando el tabaco joven. Al sur, sobre el borde de las colinas que encierran esta soledad pastoral, se alzaban las

largas cumbres azules del Urus Dagh. Entramos a caballo en Taushanli, que es una villa larga, que llena una hondonada entre dos colinas pedregosas. Las casas son todas de piedra, de dos pisos, con tejados de teja y chimeneas, de modo que, salvo por los alminares de tablazón y teja, serviría para una aldea de la Alemania del Norte.

Las calles estaban casi desiertas, e incluso en los bazares, que son de alguna extensión, encontramos pocas personas. Esas pocas, sin embargo, mostraron una curiosidad loable respecto a nosotros, apiñándose en torno nuestro siempre que nos deteníamos, y mirándonos con importunidad provocadora. Tuvimos alguna dificultad en procurarnos información sobre el camino, siendo las indicaciones tan contradictorias que quedamos tan a oscuras como antes.

Perdimos media hora vagando entre las colinas; y tras viajar cuatro horas por altiplanicies pinosas, sin hallar la aldea de Kara Koi, acampamos en una llanura seca, en la orilla occidental del río. No había una brizna de hierba para las bestias, estando todo consumido por las langostas, y no había turcomanos cerca que pudieran proveernos de alimento.

Así que cenamos pan duro y café negro, y nuestras desamparadas bestias caminaban lánguidamente, ramoneando los tallos secos de las malas hierbas y las raíces sin savia de la hierba muerta.

Cruzamos el río a la mañana siguiente, y tomamos un camino que seguía su curso, sombreado de sauces y sicómoros. Las altas sierras boscosas del misio Olimpo se extendían ante nosotros, y la labor del día era pasarlas. Después de pasar la aldea de Kara Koi, dejamos el valle del Rhyndacus, y comenzamos a ascender uno de los largos espolones salientes que se proyectan desde la cadena principal del Olimpo. Al principio cabalgamos por matorrales de cedros raquíticos, pero pronto llegamos a magníficos bosques de pinos que crecían más altos y robustos cuanto más subíamos. Un soberbio paisaje de montaña se abrió tras nosotros. Los valles se hundían más y más, y al fin desaparecían tras las grandes crestas que se alzaban del desierto de colinas menores. Todas estas crestas estaban cubiertas de bosques; y al mirar hacia atrás desde el tremendo abismo por cuyas laderas subíamos, el paisaje era del todo salvaje e inculto. Nuestro sendero pendía del lado inminente de un precipicio tan escarpado que un resbalón habría sido la perdición del caballo y del jinete. Muy por debajo de nosotros, en el fondo del abismo, rugía un torrente invisible. El lado opuesto, vaporoso por su profundidad, se alzaba como un muro inmenso contra el cielo.

Los pinos eran aún más grandiosos que los de los bosques de Frigia. Aquí crecían más altos y más densos, colgando sus nubladas ramas sobre los abismos vertiginosos, y aferrándose con raíces desesperadas a los costados casi perpendiculares de las gargantas.

En muchos lugares eran los bosques primigenios del Olimpo, y las Hamadríades aún no habían sido ahuyentadas de sus moradas.

Así, subiendo lentamente a través de la sublime selva, respirando el aire frío y puro de aquellas regiones elevadas, llegamos por fin a un pequeño arroyo, que se deslizaba lentamente por el lecho de la garganta. Estaba sombreado, no por el pino, sino por la haya del Norte, con su tronco blanco y sus ramas cercanas y confidenciales, hechas para las conversaciones de los amantes y las meditaciones de los poetas.

Aquí nos detuvimos a desayunar, pero no había nada para que comieran las pobres bestias, y nos esperaban cabizbajas, con las cabezas juntas. Mientras estábamos sentados allí, tres camellos descendieron al arroyo, y tras ellos un guardia con un largo fusil. Era un hombre bien formado, de rostro moreno, ojo negro y penetrante, y aire pirático, y habría hecho un buen

héroe de novela moderna. Más arriba llegamos a una casa de guardia, en un pequeño espacio despejado, rodeado de bosques de hayas.

Era una choza de piedra miserable, con una bandera blanca plantada en un poste delante, y una rueda hidráulica en miniatura, que hacía funcionar una sierra en miniatura a un ritmo sumamente destructivo, junto a la puerta.

Continuando nuestro camino, entramos en una región como no tenía idea de que pudiera encontrarse en Asia. Las montañas, desde el fondo de las gargantas hasta sus cumbres más altas, estaban cubiertas con los más soberbios bosques de hayas que jamás haya visto: masas de follaje impenetrable, del verde más brillante, salpicadas aquí y allá por la copa más oscura de un pino. Nuestro camino era a través de una sombra profunda y oscura, y a ambos lados, arriba y abajo, no veíamos sino una soledad fresca y sombría, salpicada de puntos de luz esmeralda, y fragante con el olor de la tierra húmeda, el musgo y las hojas muertas. Era un bosque cuyo equivalente solo podía encontrarse en América: ¡tal magnitud primigenia de crecimiento, tal lujuria salvaje, tal completa soledad y silencio!

A través de los troncos de los pinos habíamos vislumbrado gloriosas vistas del mundo azul de las montañas debajo de nosotros; pero ahora la haya nos envolvía en sus brazos, y nos susurraba al oído las leyendas de nuestro hogar del Norte. Allí, en las crestas del Olimpo de Misia, sagrado para los brillantes dioses del canto griego, encontré la inspiración de nuestro clima y nuestra edad más oscuros y fríos.

«¡O gloriosos espíritus de los bosques!»

Apenas podía contenerme, de sorpresa y alegría.

François no encontraba adjetivos franceses suficientes para su admiración, e incluso nuestros tramposos katurgees se sintieron tocados por el espíritu de la escena. A ambos lados, siempre que se podía vislumbrar algo a través de las ramas, contemplábamos muros inclinados de árboles, cuyas altas y redondeadas copas se bañaban en el sol, mientras

sus bases estaban envueltas en las sombras proyectadas por ellos mismos.

Así, plegados unos sobre otros como escamas, o plumas en el ala de un halcón, cubrían la montaña. Los árboles eran más altos, y tenían una hoja más oscura y más lustrosa que la haya americana. Poco a poco, manchas de azul brillaron entre las ramas ante nosotros, señal de que la cumbre estaba cerca, y antes de la una estábamos sobre la estrecha cresta que forma la cima de la montaña. Aquí, aunque estábamos entre cinco y seis mil pies sobre el mar, los bosques de hayas tenían cien pies de altura, y ocultaban toda vista. En el lado norte, el paisaje forestal es aún más grandioso que en el sur. Las hayas son árboles magníficos, rectos como una flecha, y de cien a ciento cincuenta pies de altura.

Solo de vez en cuando podíamos obtener alguna vista más allá de las profundidades sombrías que se hundían bajo nosotros, y entonces era solo para ver cadenas montañosas similares, sepultadas en follaje, y rodando lejos unas tras otras hacia la distancia. Dos veces, en lo profundo de la garganta, vimos un aserradero, movido por los torrentes fríos como la nieve. Pilas de tablones de pino y de haya se amontonaban a su alrededor, y los aserradores se afanaban ocupados en su solitario oficio. El hacha del leñador resonaba pero raramente a través de los abismos, aunque muchos árboles grandes yacían talados junto al camino. La roca, que ocasionalmente asomaba del suelo, era mármol blanco, y había un brillante precipicio de él, de trescientos pies de altura, en el lado opuesto de la garganta.

Después de cuatro horas de descenso constante, durante la última de las cuales pasamos a un bosque enteramente de robles, llegamos a la primera terraza al pie de la montaña. Aquí, mientras cabalgaba a la vanguardia de la caravana, me encontré con una compañía de oficiales turcos, que me saludaron con una inclinación de la más profunda reverencia. Respondí con la debida gravedad oriental, que pareció justificar su respeto, pues cuando se encontraron con François, a quien en todas partes se considera un jenízaro turco, preguntaron: «¿No es vuestro amo un Sheth el-Islam?» «Tenéis razón: lo es», respondió el griego sin escrúpulos. Un Shekh el-Islam es una especie de sumo sacerdote, que corresponde en dignidad a un Cardenal en la Iglesia Católica Romana. Es bastante singular que generalmente me tomen por una especie de Secretario, o por un sacerdote musulmán, mientras que a mi compañero, que para este momento ha asumido la expresión oriental, se le supone médico o militar.

Apenas habíamos dejado los bosques y entrado en el matorral que seguía, cuando el bulto azul del Olimpo apareció de repente en el oeste, elevándose muy alto en el cielo. Es una montaña magnífica, con una cumbre ancha aunque quebrada, rayada de nieve. Ante nosotros, extendiéndose casi hasta su base, yacía una gran pendiente montañosa, cubierta de huertos y campos de cosecha dorados. A través de callejones de espinos y castaños en flor, que estaban cubiertos de clemátide nevada y formaban un techo sombreado sobre nuestras cabezas, llegamos a la pequeña aldea de Orta Koi, y acampamos en un bosquecillo de perales.

Había hierba para nuestras bestias, que estaban al borde de la inanición, y aves y pepinos para nosotros, que habíamos estado limitados a pan y café durante dos días. Pero así como una necesidad fue restaurada, otra desapareció. Habíamos fumado lo último de nuestro delicioso tabaco de Alepo, y el que nos dieron los aldeanos era de calidad muy inferior. Sin embargo, la pipa que fumamos con ellos en el crepúsculo, junto a la fuente de mármol, promovió esa paz mental que es el más dulce preparativo del sueño.

François estaba decidido a terminar nuestro viaje hoy. Tenía un presentimiento de que llegaríamos a Brousa, aunque yo no esperaba nada de eso. Nos llamó mucho antes de que el ameno valle pastoral en el que yacíamos tuviera sospecha del sol, pero justo a tiempo para ver los primeros rayos golpear la alta cabeza del Olimpo. Las largas líneas de nieve se sonrojaban con un resplandor opalino contra el azul oscuro del cielo matutino, y todos los bosques y campos debajo yacían quietos, frescos y cubiertos de rocío, envueltos en sueños aún no recordados por la luna que se desvanecía. Me lavé la cara en el pozo frío que perpetuamente se derramaba sobre su borde lleno, bebí el café que François ya había preparado, salté a la silla, y comencé el último día de nuestra larga peregrinación.

La tienda fue plegada, ¡ay!, por última vez; ¡y ahora adiós a la libertad de nuestra vida errante! ¿La volveré a sentir alguna vez?

El rocío brillaba en los castaños y los nogales, en las vides silvestres y las rosas silvestres, que sombreaban nuestro camino, mientras seguíamos el curso de un arroyo olímpico a través de un encantador valle, hacia la gran llanura de abajo. En todas partes el mismo suelo generoso, los mismos huertos soberbios, los mismos campos maduros de trigo y cebada, y centeno plateado. Los campesinos estaban trabajando, hombres y mujeres, cortando el grano con hoces rudas, atándolo en gavillas, y apilándolo en los campos. Mientras cabalgábamos por la llanura, los muchachos salían corriendo hacia nosotros con puñados de grano, saludándonos desde lejos, dándonos la bienvenida como peregrinos, deseándonos tantos años de prosperidad como granos había en sus gavillas, y besando las manos que les daban la cosecha.

Todo el paisaje tenía un aire de abundancia, paz y contento. La gente nos saludaba cordialmente; y una vez un Derviche Mevlevi y un apuesto turco, cabalgando en compañía, me saludaron tan

respetuosamente, deteniéndose a hablar conmigo, que lamenté bastante verme obligado a asumir un aire de reserva digna, y alejarme de ellos.

Poco después, vimos los dos minaretes blancos de Aineghiol, por encima de la línea de huertos frente a nosotros, y, tres horas después de partir, llegamos al lugar. Es un pequeño pueblo, no particularmente limpio, pero con bazares de aspecto animado. En una de las casas, vi media docena de pares de soberbias cornamentas, los despojos de los ciervos del Olimpo. El bazar está cubierto con un techo de celosía, cubierto de vides, que cuelgan enormes racimos de uvas jóvenes sobre los mostradores de las tiendas. Nos alegró la noticia de que Brousa estaba solo a ocho horas de distancia, y ahora comencé a esperar que pudiéramos llegar. Avanzamos tan rápido como pudimos instar a nuestros cansados caballos, pasamos otro cinturón de tierra de huertos, pagamos más peajes de cosecha a los segadores, y comenzamos a ascender una cadena de colinas bajas que divide la llanura de Aineghiol de la de Brousa.

En una fuente llamada el «honndk del mediodía», nos encontramos con algunos viajeros que venían de Brousa, quienes nos informaron que podríamos llegar allí para la hora de la oración de asser. Rodeando la base noreste del Olimpo, vimos ahora ante nosotros el largo promontorio que forma su extremidad suroeste. Una tormenta se estaba levantando desde el mar de Mármara, y pesadas nubes blancas se posaban sobre las cumbres más altas de la montaña. El viento comenzó a soplar fresco y frío, y cuando hubimos alcanzado una altura que dominaba el profundo valle, en cuyo fondo se encuentra el pintoresco pueblo de Ak-su, había largas líneas de chubascos que subían desde el mar, y una velada sábana de lluvia gris descendía entre nosotros y el Olimpo, arrojando su vasto bulto muy hacia el fondo. En Ak-su, el primer chubasco nos alcanzó, cayendo tan rápido y espeso que nos vimos obligados a ponernos las capotes, y detenernos bajo un nogal para refugiarnos. Pero pronto pasó, asentando el polvo, por el momento, y haciendo el aire dulce y fresco.

Seguimos avanzando por alturas cubiertas de jóvenes bosques de robles, que el gobierno protege a fin de que proporcionen madera para la construcción naval. A la derecha, contemplábamos hacia abajo magníficos valles que se abren hacia el oeste a la llanura de Brousa; pero cuando, a mediados de la tarde, alcanzamos la última altura y vimos la gran llanura misma, se llegó al colmo. Fue la corona de todo cuanto habíamos visto hasta entonces. Esta soberbia llanura o valle, de treinta millas de largo por cinco de ancho, se extendía hacia el oeste, entre la ingente masa del Olimpo por un lado y una cadena de elevadas montañas por el otro, cuyas laderas presentaban una encantadora mezcla de bosque y tierra cultivada. El Olimpo, cubierto de bosques de hayas y robles, se alzaba hasta las nubes que ocultaban su nevada cumbre; y muy adelante, bajo el último cabo que proyecta hacia el mar, los cien minaretes de Brousa se extendían en una línea blanca y reluciente, como los mástiles de una armada cuyos cascos estuvieran sepultados en el mar de hojas. No hay palabras que describan la belleza del valle, la mezcla del más rico cultivo con la más silvestre lozanía natural. Aquí había jardines y huertos; allí arboledas de soberbios castaños en flor; aquí, campos de dorado grano o verdes praderas; allí, arcadios matorrales cubiertos de clemátide y rosa silvestre; aquí, altos álamos que crecían junto a los arroyos; allí, esbeltos cipreses que miraban desde las laderas: y todo fundido en un conjunto, tan rico, tan grandioso, tan espléndido, que apenas respiraba cuando de pronto se me apareció.

Y ahora descendimos a su nivel y cabalgamos hacia el oeste a lo largo de la base del Olimpo, el más grandioso de los montes de Asia. Esta vista de después de la tormenta, aunque su cabeza estaba envuelta, era sublime.

Su base es una vasta terraza en declive, de leguas de longitud, semejante a las gradas por las que se accedía a los antiguos templos. Sobre este fundamento se alzan cuatro ingentes pirámides, de dos mil pies de altura, y completamente revestidas de bosques. Son casi regulares en su forma y tamaño, y están flanqueadas al este y al oeste por promontorios o contrafuertes cuyas laderas son más largas y graduales, como para reforzar la gran estructura. Sobre las cuatro pirámides se acumulan otras casi tan grandes, por encima de cuyas verdes cúspides aparecen aún otras más altas, desnudas y desoladas, apiñadas espesamente para sostener la gran cúpula central de nieve.

Entre las bases de las más bajas, los arroyos que drenan las gargantas de la montaña salen afuera, abriéndose camino a través de la terraza de fundamento y ensanchando sus cauces hacia la llanura, como las bocas de los clarines, donde, en las lluvias de invierno, vierten el ronco y grandioso monotono de su música olímpica. Estos anchos cauces son ahora áridos y pedregosos trechos, salpicados por doquier de matas de sicomoros enanos y surcados por los arroyos de verano, reducidos en caudal, pero aún veloces, fríos y claros como siempre.

Llegamos a la ciudad antes de la noche, y Francois se alegra de ver cumplido su presentimiento. Hemos atravesado sin contratiempo el corazón poco transitado de Asia Menor, y estamos ya casi a la vista de Europa. El fuego de campamento está apagado; la tienda está recogida. Ya no somos felices nómadas disfrazados con atuendo musulmán. Pronto nos convertiremos en cristianos prosaicos y tenderemos mansamente las muñecas para los grilletes de la Civilización.

Ah, charlemos cuanto queramos sobre el progreso de la raza, no hacemos sino forjar nuevas cadenas, a menos que conservemos ese sano desarrollo físico, esos puros placeres de la mera existencia animal, que ahora solo se encuentran entre nuestros semibárbaros hermanos. Nuestro progreso es nervioso, cuando debería ser muscular.

La ciudad de Brousa—Regreso a la civilización—Tormenta—El Kalputcha Hammam—Un baño caliente—Un anticipo del paraíso—Las calles y bazares de Brousa—La mezquita—Las tumbas de los sultanes otomanos—Desaparición de los katurgees—Partimos hacia Moudania—El mar de Mármara—Moudania—Dificultades con el pasaporte—Un caique griego—Desayuno con los pescadores—Una travesía tórrida—Las islas de los Príncipes—Prinkipo—Vista lejana de Constantinopla—Entramos en el Cuerno de Oro.

«Y planeamos veloces sobre una límpida llanura de aguas, azul con el rayo del mediodía. Etéreas montañas brillaban en torno—un templo se alzaba en medio, más allá de verdes islas que yacían sobre el profundo azul y soleado, resplandecientes a lo lejos.»

Constantinopla, lunes, 32 de julio de 1852.

Antes de entrar en Brousa, pasamos a lo largo de toda la ciudad, que está construida en la ladera del Olimpo y sobre tres barrancos o espolones que de él se proyectan. La situación es más pintoresca que la de Damasco, y por el notable número de sus blancas cúpulas y minaretes, que se elevan desde las arboledas de castaños, nogales y cipreses, la ciudad es aún más hermosa. Hay grandes mezquitas en todos los puntos más prominentes y, cerca del centro de la ciudad, las ruinas de un antiguo castillo, construido sobre un peñasco. El lugar, mientras cabalgábamos, presentaba un cambiante diorama de deliciosas vistas. El hotel está en el extremo occidental de la ciudad, no lejos de sus célebres baños calientes. Es un edificio nuevo, de estilo europeo, y, construido en lo alto de la ladera, domina una de las más gloriosas perspectivas que jamás he disfrutado desde ventanas hechas por manos humanas. ¡Qué consuelo fue subir las escaleras a una habitación limpia, luminosa y alegre; dejarse caer a lo largo sobre un amplio diván; comer una comida cristiana; fumar un narghileh del más suave tabaco persa; y, por último, lo más exquisito de todos los lujos, deslizarse entre sábanas frescas y limpias, en una cama con cortinajes, y encontrar imposible dormir a causa de la deliciosa novedad de la sensación!

Por la noche, otra tormenta vino del mar de Mármara. Tremendos truenos resonaron en las gargantas del Olimpo y agudos y anchos relámpagos nos dieron cegadores vislumbres de la gloriosa llanura de abajo. La lluvia cayó en fuertes aguaceros, pero nuestra vida de tienda acababa de cerrarse, y nos sentábamos seguros junto a nuestras ventanas y disfrutábamos de la sublime escena.

El sol, alzándose sobre las distantes montañas de Isnik, brilló de lleno en mi rostro, despertándome a una vista matinal del valle que, refrescado por la tormenta de la noche, brillaba maravillosamente luminoso y claro. Después del café, fuimos a ver los baños, que están en la ladera de la montaña, a una milla del hotel.

El más fino, llamado el Kalputcha Hamman, está al pie de la colina. La sala de entrada es muy grande y está cubierta por dos elevadas cúpulas. En el centro hay una gran fuente de mármol en forma de urna, que vierte un abundante caudal de agua fría. De aquí pasamos a una inmensa rotonda, llena de vapor y atravesada por largos haces de luz que caían de los agujeros del techo.

Una pequeña pero muy hermosa fuente de mármol lanzaba un chorro de agua dorada en el centro. Más allá había aún otra sala, del mismo tamaño, pero con una pila circular, de veinticinco pies de diámetro, en el centro. El suelo era mosaico de mármol, y la pila estaba revestida de azulejos de brillantes colores. Se mantenía constantemente llena por los manantiales calientes naturales de la montaña. Había varias personas en la pila, pero la atmósfera era tan caliente que no las perturbamos mucho con nuestra curiosidad.


Ascendimos luego al baño armenio, que es el más aseado de todos, pero estaba entregado a las mujeres y nos vimos por tanto obligados a ir a uno turco contiguo. La sala a la que nos condujeron estaba tan caliente que un sudor violento me brotó al instante por todo el cuerpo, y para cuando los delleks estuvieron dispuestos a rasparme, yo estaba tan fláccido como una toalla mojada y tan plástico como un trozo de masilla. El hombre que me tomó a su cargo estaba sudado casi hasta la nada; sus mismos huesos parecían haberse vuelto blandos y flexibles. El agua era ligeramente sulfurosa, y los cubos que me volcaba sobre la cabeza estaban tan calientes que producían el efecto de un escalofrío: un violento estremecimiento nervioso. La temperatura de los manantiales es de 180° Fahrenheit, y supongo que la pila en la que después me sumergió debía de andar casi por las mismas. Cuando, por fin, me tendieron en el diván, mi cuerpo estaba tan cocido que transpire a todos los poros durante una hora entera: una sensación demasiado cálida y desagradable al principio, pero que pronto se fundía en un estado del todo arrobador y celestial. Era como una blanda nube blanca que reposa toda una tarde de verano sobre la cumbre de una montaña lejana. No sentía el diván sobre el que yacía más de lo que la nube podría sentir los acantilados sobre los que se demora tan aérea. No veía sino visiones pacíficas y gloriosas: espacios de claro cielo azul; extensiones de quietos prados; amables valles surcados por el más suave de los arroyos; lagos azulinos, sin rizo por un soplo; palmas allá en medio del océano, y cumbres alpinas bañadas en el

rubor de un ocaso otoñal. Mi mente recorrió de nuevo todo nuestro viaje desde Alepo, y había un halo sobre cada lugar que había visitado. Me detenía con arrobamiento en las colinas piníferas de Frigia, en las gargantas del Tauro, en las soledades de hayas del Olimpo.

¡Quisiera el cielo que pudiera describir aquellas escenas tal como entonces las sentí! Todo me fue revelado: el corazón de la Naturaleza yacía desnudo, y yo leía el sentido y conocía la inspiración de cada uno de sus estados. Luego, a medida que mi cuerpo se enfriaba y las fragantes nubes del narghileh, que habían ayudado a mis sueños, disminuían, era como aquella misma nube de verano cuando siente una brisa suave y es alzada por encima de las colinas, flotando a lo largo, independiente de la Tierra, salvo por su sombra.

Brousa es un lugar muy largo y desparramado, que se extiende por tres o cuatro millas a lo largo de la falda de la montaña, pero que presenta un aspecto muy pintoresco desde cualquier punto. Las casas son casi todas de tres pisos de altura, construidas de madera y ladrillos sin cocer, y cada piso se proyecta sobre el otro, a la manera de las ciudades alemanas de la Edad Media. No tienen los balcones colgantes que me han parecido tan pintorescos y agradables en Kiutahya. Pero, especialmente en el barrio griego, muchas de ellas están revocadas y pintadas de algún color vivo, que da a las calles un aspecto alegre y jovial. Además, Brousa es la ciudad turca más limpia que he visto. Los arroyos de la montaña atraviesan la mayoría de las calles, y cada lluvia fuerte las lava a fondo. Toda la ciudad tiene un aire vivo y activo, y los artesanos parecen tanto más hábiles como más industriosos que en las otras partes del Asia Menor. Noté gran número de trabajadores en cobre, hierro y madera, y

una extensa manufactura de zapatos y sillas de montar. Brousa, sin embargo, es principalmente célebre por sus sedas, que se producen en

este valle, y otras al Sur y al Este. Las manufacturas están cerca de la ciudad. Examiné algunas de las telas en los bazares, pero las hallé casi todas imitaciones de géneros europeos, tejidas en seda y algodón mezclados, y aun más costosas que las sedas de Damasco.

Recorrimos toda la longitud de los bazares y luego, torciendo por una de las callejuelas laterales a nuestra derecha, cruzamos un profundo barranco por un alto puente de piedra. Por encima y por debajo de nosotros había otros puentes, bajo los cuales un arroyo descendía de las montañas. Desde allí subimos a la altura donde se alza la más grande y una de las más antiguas mezquitas de Brousa. La posición es notablemente hermosa, dominando una vista de casi toda la ciudad y de la llanura que se extiende bajo ella. Entramos resueltamente en el patio, tomando François la precaución de hablarme solo en árabe, pues había un turco dentro. El señor H. fue a la fuente, se lavó las manos y la cara, pero no se atrevió a tragar una gota, poniendo la más doliente expresión en el semblante, como si pereciera de sed. La mezquita era un edificio llano y cuadrado, con una gran cúpula y dos minaretes.

La puerta era un rico y curioso ejemplar del estilo estalactítico, tan frecuente en los edificios sarracenos. Nos asomamos a las ventanas y, aunque la mezquita, que no parece estar en uso común, estaba oscura, vimos lo bastante para saber que el interior era bastante llano.

Justo encima de este edificio se alza una gran tumba octagonal, coronada por una cúpula y ricamente adornada con cornisas arabescas y revestimientos de azulejos verdes y azules. Se hallaba en un pequeño recinto ajardinado, y había una especie de caseta de portero en la entrada. Cuando nos acercamos, salió un anciano de barba gris con un turbante verde y, al pedirle François que nos permitiera entrar, tomó una llave y nos condujo al edificio. No tenía la menor idea de que fuéramos cristianos. Nos quitamos las chinelas antes de tocar el dintel de la puerta, pues el lugar era particularmente sagrado. Luego, abriendo la puerta, el anciano se demoró unos momentos después de que entramos, para no turbar nuestras oraciones: una muestra de gran respeto. Avanzamos hasta el borde del parapeto, volvimos los rostros hacia La Meca e imitamos la oración mahometana habitual al entrar en una mezquita, manteniendo ambos brazos extendidos por unos momentos, juntando luego las manos e inclinando el rostro sobre ellas. Hecho esto, examinamos con calma el edificio, y el anciano estuvo bien dispuesto a satisfacer nuestra curiosidad. Era una estructura rica y elegante, iluminada desde la cúpula. Las paredes estaban revestidas de brillantes azulejos y tenían una elaborada cornisa con inscripciones árabes en oro. El suelo estaba cubierto por una alfombra, sobre la cual había ocho o diez antiguos ataúdes, rodeando uno mayor que ocupaba una plataforma elevada en el centro. Todos eran de madera, pesadamente tallados, y muchos de ellos enteramente cubiertos de inscripciones doradas. Estos, según el anciano, eran los ataúdes de los sultanes otomanos que habían reinado en Brousa antes de la toma de Constantinopla, con algunos miembros de sus familias. Había cuatro sultanes, entre ellos Mahomet I y cierto Achmet. Orchan, el fundador de la dinastía otomana, está enterrado en algún lugar de Brousa, y el gran ataúd central pudo haber sido el suyo. François y yo hablamos enteramente en árabe, y el anciano preguntó: «¿Quiénes son estos hadjis?», a lo que H. respondió al instante:

«Son efendis de Bagdad.»

Habíamos pensado hacer la ascensión del Olimpo, pero la cumbre estaba demasiado cubierta de nubes. Por la mañana

del segundo día, por tanto, determinamos emprender la marcha hacia Constantinopla. La última escena de nuestra extraña y azarosa historia con los katurgces acababa de ocurrir, al desertarnos, quedándonos a deber doscientas piastras.

Dejaron su khan la tarde siguiente a nuestra llegada, con el pretexto de llevar sus bestias a pastar, y nunca más se supo de ellos. Los dejamos ir, agradecidos de que no hubieran jugado la treta antes. Contratamos caballos frescos para Moudania, en el Mar de Mármara, y despachamos a François por delante para procurar una caique para Constantinopla, mientras esperábamos a que nos firmaran los pasaportes. Pero tras esperar una hora, como no había apariencia de los preciosos documentos, despachamos también el equipaje, bajo la custodia de un souroudjee, y nos quedamos solos. Pasó otra hora, y aún otra, y el Dey seguía ocupado en dormir su hambre. El señor Harrison, desesperado, fue a la oficina y, tras alguna demora, recibió los pasaportes con un visado, pero no, como después descubrimos, el necesario.

Eran las cuatro cuando dejamos Brousa. Nuestros caballos eran rígidas y torpes bestias de carga; pero, a fuerza de látigo y de los afilados estribos de pala, los forzamos a trotar y los hicimos mantener el trote. El camino estaba bien transitado, y preguntando a todos los que encontrábamos: «¿Bow yél Moudama yederm?» («¿Es este el camino a Moudania?»), no tuvimos dificultad en encontrarlo.

La llanura es en muchos lugares pantanosa y está atravesada por varios arroyos. Una baja cadena de colinas la cruza y casi la cierra, hallando las aguas reunidas su salida por un estrecho valle al norte. Desde lo alto de la colina tuvimos una magnífica vista, mirando atrás sobre la llanura, con la larga línea de minaretes de Brousa reluciendo entre los interminables bosquecillos al pie

de la montaña. El Olimpo mostraba ahora un contorno soberbio; las nubes se le colgaban de los hombros, pero su cabeza nevada estaba despejada. Ante nosotros yacía un amplio y rico valle, que se extendía al frente hasta las montañas de Moudania. El país estaba bien cultivado, con grandes establecimientos agrícolas aquí y allá.

El sol se ponía cuando alcanzamos la cresta del collado, donde había una pequeña garita. Al pasar a caballo por la cima, el Olimpo desapareció y el Mar de Mármara se tendió ante nosotros, extendiéndose desde el Golfo de Moudania, que era profundo y azul entre las colinas, hasta una línea abierta contra el ocaso. Más allá de aquella línea brumosa yacía Europa, que no había visto en casi nueve meses, y el golfo bajo mí era el límite de mi vida de tienda y silla. ¡Una hora más, viejo caballo! Ten paciencia con mi correa etíope y con las esquinas afiladas de mis estribos turcos: ¡una hora más, y te prometo no molestarte nunca más! Nuestro camino era cuesta abajo, y me maravillo de que el pobre bruto no se despeñara a veces conmigo. Había estado demasiado tiempo acostumbrado a la carga, sin embargo, y sus hábitos eran tan fijos como los de un turco. Pasamos una hermosa aldea en un valle a la derecha, y entramos en olivares y viñedos cuando la oscuridad iba avanzando. Era una amena comarca de huertos y jardines, con fuentes que brotaban junto al camino y casas de campo encaramadas en las cuestas. En otra hora llegamos a la orilla del mar. Estaba ya casi oscuro, pero podíamos ver la torre de Moudania a alguna distancia hacia el oeste.

Siempre al trote continuo, seguimos adelante; y cuando nos acercábamos, el señor H. disparó su arma para anunciar nuestra llegada. A la entrada de la ciudad encontramos al souroudjee esperando para conducirnos. Traqueteamos por las ásperas calles durante lo que

pareció un tiempo sin fin. El cañón del Ramazán acababa de dispararse, los minaretes estaban iluminados y las casas de café estaban llenas de gente. Finalmente, François, que había estado casi desesperado por nuestra ausencia, nos saludó con la grata noticia de que había contratado una caique y que nuestro equipaje ya estaba embarcado. Solo necesitábamos los visados de las autoridades para partir. Llevó nuestros teskerés para obtenerlos, y nosotros subimos al balcón de una casa de café que colgaba sobre el mar y fumamos un narghileh.

Pero aquí había otra historia. Los teskerés no habían sido debidamente visados en Bronsa, y el Gobernador al principio decidió devolvernos. Tomando, sin embargo, a François por un turco, y hallando que habíamos pasado regularmente la cuarentena, los firmó tras una demora de hora y media, y dejamos la orilla, cansados, impacientes y hambrientos como lobos tras doce horas de ayuno. Una copa de cerveza de Brusa y un trozo de pan nos devolvieron a mejor talante, y yo, que empezaba a sentirme enfermo por el balanceo del caique, me tendí en mi lecho, que estaba dispuesto en el fondo, y hallé una especie de sueño inquieto. Al principio se izó la vela para cruzar la boca del Golfo, pero pronto los griegos echaron mano de los remos. Callaban, sin embargo, y aunque yo solo dormía a ratos, la noche se deslizó rápidamente. Cuando el alba se hacía más profunda, entramos en una pequeña ensenada en el lado septentrional de un promontorio, donde un pintoresco pueblo griego se alzaba al pie de las montañas. Las casas eran de madera, con balcones cubiertos de vides, y había una fuente de agua fría y excelente en la misma playa.

Algunos barqueros griegos fumaban en el pórtico de un café en la orilla, y dos pescadores, que habían salido antes del alba a pescar sardinas, vaciaban sus redes de la presa. Nuestros hombres encendieron un fuego en la arena y nos asaron un plato del pescado. Algo del hambre de la noche anterior persistía, y la comida tenía bastante de ese condimento para ser deliciosa.

Después de dar a nuestros hombres una hora de descanso, partimos hacia las Islas de los Príncipes, que ahora aparecían al norte, sobre la vidriosa llanura del mar. El Golfo de Ismid, o de Nicomedia, se abría hacia el este, entre dos cabos montañosos.

La mañana era intensamente calurosa y sofocante, y a no ser por la protección de un paraguas, habríamos sufrido mucho. Había un vapor azul ardiente sobre el mar, y una nube de tormenta ocultaba las costas de Tracia. De vez en cuando venía una ligera ráfaga de viento, con lo cual los hombres izaban el pequeño mástil y desplegaban una enorme cantidad de vela. Así, navegando y remando, nos acercamos a las islas con la tormenta, pero esta avanzaba con la lentitud suficiente para permitir ver las mezquitas de Santa Sofía y del Sultán Achmed, que brillaban a lo lejos y blancas, como icebergs extraviados en un mar tórrido. Otra nube derramaba su lluvia sobre la costa asiática, y nos apresuramos a llegar al desembarcadero de Prinkipo antes de que pudiera alcanzarnos. Desde el sur, el grupo de islas no es notable por su belleza. Solo cuatro de ellas —Prinkipo, Chalki, Prote y Antígona— están habitadas, siendo las otras cinco meramente rocas estériles.

Hay un antiguo convento en la cumbre de Prinkipo, donde está enterrada la emperatriz Irene, contemporánea de Carlomagno. La villa está en el lado septentrional de la isla, y consiste mayormente en las residencias de verano de comerciantes griegos y armenios. Muchas de estas son casas grandes y señoriales, rodeadas de hermosos jardines. Las calles están sombreadas por sicomoros, y el número de cafés muestra que el lugar es muy frecuentado en los días de fiesta. Una compañía de griegos ebrios cantaba en violación de toda métrica y armonía —una discordia tanto más notable, cuanto que nada podría ser más afectuoso que su conducta mutua.

Casi todos vestían a la franca, y nuestros hábitos orientales, especialmente las botas rojas tártaras, atraían mucha observación. Empecé a sentirme torpe y absurdo, y anhelaba mostrarme cristiano una vez más.

Dejando Prinkipo, nos dirigimos a Constantinopla, cuya larga «serie de cúpulas de mármol y agujas doradas brillaba como un lejano espejismo sobre el mar sin olas». Era demasiado tenue y distante y deslumbrante para ser sustancial. Era como una de esas ciudades imaginarias que construimos en una nube fundida en la luz del sol poniente. Pero al acercarnos al cabo de Calcedonia, corriendo a lo largo de la costa asiática, aquellos aéreos montones cobraron forma y sustancia. Los pináculos del Serrallo se alzaban en medio de bosques de cipreses; fantásticos kioscos bordeaban la orilla; los minaretes de Santa Sofía y del Sultán Achmed se erguían más nítidos contra el cielo; y una flota de vapores y buques de guerra, alegres de banderas, marcaba la entrada del Cuerno de Oro. Pasamos la pequeña bahía donde fue enterrado San Crisóstomo, el cabo de Calcedonia, y ahora, mirando hacia el renombrado Bósforo, vimos la Torre de la Doncella, frente a Scutari. Una enorme mole, los cuarteles de la soldadesca de Anatolia, pende sobre la alta ribera, y, al remar a su costado, una brisa fresca sube desde el Mar de Mármara. La proa del caique se vuelve a través de la corriente, se despliega la vela, y nos deslizamos rápida y silenciosamente sobre el Bósforo y hacia el Cuerno de Oro, entre las riberas del franco y del musulmán —Pera y Estambul. ¿Dónde en la tierra hallaremos un panorama más magnífico?

El aire estaba lleno de gritos y ruidos de la gran metrópoli oriental; el agua bullía de caiques y pequeños vapores; y todo el mundo del trabajo y del comercio, que casi había llegado a ser una fábula, nos recibía de vuelta en su corazón inquieto. Hicimos nuestro camino algo peligroso sobre las populosas olas, y desembarcamos en medio de una multitud de empleados de aduana y mozos de cuerda, en el muelle de Gálata.

Constantinopla en Ramazán—El origen del ayuno—Iluminaciones nocturnas—La Noche de la Predestinación—El Cuerno de Oro de noche—Iluminación de las orillas—El cañón de Constantinopla—Un panorama de fuego—El caique del Sultán—Fin de la celebración—Una turba turca—Los derviches danzantes.

«Cielos llenos de espléndidas lunas y estrellas fugaces, y exhalaciones que brotan, fuegos de diamante.» KEATS.

Constantinopla, miércoles 14 de julio de 1852.

Constantinopla, durante el mes de Ramazán, presenta un aspecto muy distinto del de Constantinopla en otras épocas. La ciudad, es cierto, es mucho más severa y grave durante el día; no hay nada de esa vida alegre y despreocupada del Oriente que se ve en Esmirna, El Cairo y Damasco; pero una vez que ha disparado el cañón del ocaso y el penoso ayuno ha terminado, el cuadro cambia como por encanto. En todos los símbolos externos de su religión, los musulmanes muestran su alegría por verse libres de lo que consideran un deber sagrado. Durante el día, es toda una ciencia mantener dormido el apetito, y la gente no solo se abstiene de comer y beber, sino en lo posible de la vista de los alimentos. En los bazares, se ve a los mercaderes hambrientos o bien sentados, recostados contra sus cojines, con el chal sobre el estómago, apretado de modo que impida sentir tan sensiblemente el vacío debajo, o bien tendidos a lo largo en el vano intento de dormir. Se susurra aquí que muchos de los turcos comen y fuman cuando no hay posibilidad de ser descubiertos, pero nadie se atrevería a infringir el ayuno en público.

La mayoría de los artesanos y mozos de cuerda son armenios, y los barqueros son griegos.

He procurado averiguar el origen de este mes de ayuno.

Los cristianos sirios dicen que es una mera imitación de un incidente que le ocurrió a Mahoma. El Profeta, habiendo perdido sus camellos, fue día tras día buscándolos en el desierto, sin tomar alimento desde el momento de su partida por la mañana hasta su regreso al ponerse el sol. Después de haberlos buscado así diariamente, por el período de una luna entera, los encontró, y en señal de alegría, dio a la tribu un festín de tres días, ahora imitado en la fiesta del Bairam, que dura tres días tras el fin del Ramazán. Esta razón, sin embargo, parece demasiado frívola para un ayuno tan riguroso, y la tradición turca de que el Corán fue enviado del cielo durante este mes ofrece una explicación más probable. Durante el ayuno, los musulmanes, como es natural, son mucho más fanáticos que en otras épocas. Están obligados a asistir a las plegarias en la mezquita cada noche, o a hacer que un mollah les lea el Corán en sus propias casas. Todos los rasgos prominentes de su religión se mantienen constantemente ante sus ojos, y su natural aversión al Giaour, o Infiel, se multiplica por diez. He oído de varios casos recientes en que los extranjeros han estado expuestos a insultos y ultrajes.

Al anochecer se iluminan los minaretes; una salva de cañón desde el Arsenal, repetida por otras desde los fuertes a lo largo del Bósforo, alivia a los sufrientes seguidores del Profeta, y tras una hora de silencio, durante la cual todos están en sus casas, banqueteando, las calles se llenan de ruidosas multitudes, y cada café está atestado. Cada noche hay iluminaciones a lo largo del agua, que, sumadas a las coronas de luz que centellean sobre los cien minaretes y cúpulas, dan un efecto mágico a la vista nocturna de la ciudad. Hacia la medianoche hay de nuevo una temporada de relativa quietud, pues la mayoría de los habitantes se han retirado a descansar; pero, unas dos horas después, llega un vigilante con un gran tambor, que golpea vigorosamente ante las puertas de los Fieles, a fin de despertarlos a tiempo para comer otra vez antes del cañón del amanecer, que anuncia el comienzo de otro día de ayuno.

Anoche fue la noche más sagrada del islam, siendo la vigésima quinta del ayuno. Se llama Leilet-el-Kadr, o Noche de la Predestinación, el aniversario de aquella en que el Corán fue milagrosamente comunicado al Profeta. En esta noche el Sultán, acompañado de toda su comitiva, asiste al servicio en la mezquita, y a su regreso al Serrallo, la Sultana Valide, o Sultana Madre, le presenta una virgen de una de las familias nobles de Constantinopla. Antiguamente, Santa Sofía era el teatro de esta celebración, pero este año el Sultán eligió la Mezquita de Tophaneh, que se alza en la orilla —probablemente por estar más cerca de su palacio imperial en Beshiktash, sobre el Bósforo. Me considero afortunado por haber llegado a Constantinopla a tiempo de presenciar esta ceremonia, y la iluminación del Cuerno de Oro, que la acompaña.

Tras el ocaso, las mezquitas que coronan las colinas de Estambul, la mezquita de Tophaneh, de este lado del agua, y los buques de guerra y vapores turcos fondeados en la boca del Cuerno de Oro, comenzaron a arder con más que su brillo habitual. Los contornos de los minaretes y cúpulas se dibujaban en luz sobre la oscuridad creciente, y los mástiles y vergas de los navíos estaban colgados de farolillos de colores. Desde la batería frente a la mezquita y el arsenal de Tophaneh, un torrente de luz intensa se derramaba sobre el agua, iluminando las formas deslizantes de mil caiques, y los oscuros cascos de los navíos anclados. El agua es el mejor lugar desde donde contemplar la iluminación, y un grupo de nosotros descendió al desembarcadero.

Las calles de Tophaneh estaban atestadas de enjambres de turcos, griegos y armenios. La plaza alrededor de la fuente estaba brillantemente iluminada, y vendedores de sorbete y kaimak se alineaban a lo largo de las aceras. En las inmediaciones de la mezquita la multitud era tan densa que con dificultad podíamos abrirnos paso. Todo el espacio abierto junto al agua estaba ocupado por los torpes arabas, o carruajes de los turcos, en los que se sentaban las esposas de los Pachás y otros dignatarios.

Tomamos una caique y pronto nos vimos impulsados en medio de una multitud de otras caiques que pululaban por toda la superficie del Cuerno de Oro. La vista desde este punto era extraña, fantástica, e inconcebiblemente espléndida. Enfrente, tres o cuatro grandes fragatas turcas yacían en el Bósforo, con sus cascos y vergas perfilados en fuego contra las oscuras colinas y las distantes luces parpadeantes de Asia. Mirando hacia el oeste, las orillas del Cuerno de Oro estaban igualmente trazadas por la multitud de lámparas que las cubrían, y a uno y otro lado, las colinas sobre las que se asienta la ciudad se alzaban desde el agua —masas de edificios oscuros, salpicadas por doquier de fustes y cúpulas de la más brillante luz. La puerta en el Serrallo estaba iluminada, así como el muelle frente a la mezquita de Tophaneh, estando todos los cañones de la batería cubiertos de lámparas. Los objetos más comunes participaban del esplendor, incluso una gran palanca usada para izar mercancías aparecía colgada de faroles de arriba abajo.

La imagen era una masa de luz, y entre los altos minaretes que la flanqueaban, ardía la inscripción, en caracteres árabes: «¡Larga vida para ti, oh nuestro Soberano!».

El disparo de un cañón anunció la partida del Sultán de su palacio, e inmediatamente los cañones de las fragatas y las baterías de ambas orillas se sumaron a la salva, hasta que los grandes ecos, llenando la hueca garganta del Cuerno de Oro, retumbaron de un lado a otro, golpeando las colinas de Scutari y la punta de Calcedonia, y desvaneciéndose finalmente entre las cumbres de las Islas de los Príncipes, allá en el Mar de Mármara. Los cascos de las fragatas estaban ahora iluminados con intensos fuegos químicos, y una abundancia de cohetes brotaba de sus cubiertas. Una gran luz Drummond en el Serrallo, y otra en la Batería de Tophaneh, vertían sus arroyos rivales a través del Cuerno de Oro, revelando los miles de caiques que se empujaban unos a otros de orilla a orilla, y la infinita variedad de alegres atavíos con que estaban llenos. El humo de los cañones suspendido en el aire aumentaba el efecto de esta iluminación, y se convertía en un velo de auroral brillantez, a través del cual el soberbio espectáculo se perfilaba con rasgos grandes e irreales. Era un cuadro de aire —un espectáculo fantasmagórico, construido de vapor luminoso y fuegos meteóricos, y suspendido en el oscuro círculo del espacio. A pesar nuestro, nos volvimos impacientes y excitados, temiendo a medias que todo el fasto se disolviera al momento siguiente y no dejara rastro tras de sí.

Entretanto, el cañón tronaba desde una docena de baterías, y los cohetes estallaban en lluvia centelleante sobre nuestras cabezas. Descargas más grandiosas nunca oí; la tierra temblaba y se estremecía bajo los poderosos estallidos del sonido, y la reverberación que retumbaba a lo largo de la colina de Gálata, rota por los edificios dispersos en innumerables fragmentos de sonido, se asemejaba al derrumbe de mil casas que caen. Los ecos distantes de Asia y de las islas en el mar llenaban las pausas entre los estruendos más cercanos, y parecía que estábamos en medio de algún gran combate naval. Pero ahora se divisa la caique del Sultán, que se aproxima desde el Bósforo. Se da una señal, y un amanecer de intenso resplandor rosado y dorado ilumina súbitamente el largo arsenal y la majestuosa mezquita de Tophaneh, juega sobre los altos edificios de la colina de Pera, y cae con un lustre más débil sobre la torre de vigilancia genovesa que domina Gálata. Es imposible describir el efecto de esta iluminación mágica. La mezquita, con sus esbeltos minaretes, sus aéreas galerías y su gran cúpula central, está construida de llama compacta y transparente, y en el mudar de los fuegos rojos y amarillos, parece parpadear y ondear en el aire. Es tan elevada, y espléndida, e inconsistente como el palacio de nubes en el cuadro de Cole «La juventud». El largo frente blanco del arsenal está fundido en calor carmesí, y arde contra la oscuridad como si fuera una masa de carbón vivo. Y sobre todo ello pende el luminoso dosel de humo, que redobla su lustre sobre las aguas del Cuerno de Oro, y se mezcla con los destellos fosforescentes que juegan en torno a los remos de las caiques.

Una larga barca, impulsada por dieciséis remos, se desliza alrededor del oscuro ángulo de Tophaneh, y se lanza al claro y brillante espacio frente a la mezquita. No está iluminada, y pasa con gran rapidez hacia el brillante embarcadero. Hay varias personas sentadas bajo un dosel en la popa, y estamos tratando de decidir cuál es el Sultán, cuando una segunda barca, impulsada por veinticuatro remeros, aparece a la vista. Los hombres se levantan a cada palada, y la larga y afilada embarcación vuela sobre la superficie del agua, más que abrirse paso a través de ella. Una corona dorada corona la larga y curvada proa, y un dosel ligero aunque soberbio cubre la popa. Bajo este, vislumbramos al Sultán y al Gran Visir, que aparecen por un instante como negras siluetas contra el estallido de luz en la orilla.

Después de que el Sultán hubo entrado en la mezquita, los fuegos disminuyeron y el cañón cesó, aunque los mástiles, minaretes y puertas iluminados seguían arrojando un brillante destello sobre la escena. Tras más de una hora empleada en la devoción, entró de nuevo en su caique y partió veloz a saludar a su nueva esposa, entre una nueva descarga de las fragatas y las baterías de ambas orillas, y un nuevo amanecer de auroral esplendor. Nos apresuramos a alcanzar el embarcadero para evitar la multitud de caiques; pero, aunque estábamos entre los primeros, estuvimos a punto de ser precipitados al agua en la lucha por llegar a tierra.

El mercado de Tophaneh estaba tan concurrido que solo la fuerza bruta nos abrió paso, y a algunos de los nuestros les robaron los bolsillos. Varios soldados y policías turcos estaban mezclados en la refriega, y no escatimaban golpes cuando entraban en contacto con un giaour. Al abrirme camino, descubrí que una colisión con uno de los soldados era inevitable, pero me las arreglé para chocar contra él con tal fuerza que le saqué el aliento del cuerpo, y estaba fuera de su alcance antes de que se hubiera recobrado. Vi a varias mujeres turcas golpeando a diestra y siniestra en sus esfuerzos por escapar, y poniendo las manos contra los rostros de quienes se les oponían, apartándolos. Esta multitud fue urdida por ladrones con el propósito del pillaje, y, por lo que he sabido después, debió de ser considerable.

He visitado hoy el Colegio de los Derviches Mevlevi en Pera, y he presenciado sus peculiares ceremonias. Se reúnen en una gran sala, donde toman asiento en semicírculo, frente al shekh. Tras repetir varias veces la acostumbrada plegaria musulmana, se mueven en lenta marcha alrededor de la sala, mientras un coro en la galería canta frases árabes de un modo muy similar a la misa en las iglesias católicas. Pude distinguir las frases «Dios es grande», «Alabado sea Dios», y otras exclamaciones similares. El canto era acompañado con un tambor y una flauta, y no había durado mucho antes de que los Derviches se pusieran en movimiento rotatorio, girando lentamente en torno al shekh, que permanecía en el centro. Extendían ambos brazos, dejaban caer la cabeza hacia un lado, y se deslizaban en torno con un movimiento constante y regular, sus largas túnicas blancas desplegadas y flotando en el aire. Sus pasos eran muy similares a los del vals moderno, que es posible que se haya derivado de la danza de los Mevlevis. El barón Von Hammer encuentra en esta ceremonia una imitación de la danza de las esferas, en los antiguos Misterios Samotracios; pero no veo razón para remontarse tan atrás en busca de su origen. La danza duró unos veinte minutos, y los Derviches parecían muy agotados al final, pues están obligados a observar el ayuno con gran rigor.

La aparición de la luna nueva —La fiesta del Bairam—El interior del Serrallo—La pompa de la corte del Sultán—Reschid Pasha—El enano del Sultán—Sementales árabes—La guardia imperial—Aspecto del Sultán—El patio interior—Regreso de la procesión—El Sultán en su trono—El homenaje de los pashas—Un cuadro oriental—El beso de la bufanda—El shekh ül-Islam—El descendiente de los califas—Comienza el Bairam:

Constantinopla, lunes 19 de julio de 1852.

El sábado fue el último día del mes de ayuno del Ramazán, y ayer tuvo lugar la celebración de la solemne fiesta del Bairam. La luna cambió el viernes por la mañana a las 11 en punto, pero como los turcos no tienen fe en la astronomía, y no creen que la luna haya cambiado realmente hasta que la ven, los buenos musulmanes se vieron obligados a ayunar un día más. Si el sábado hubiera estado nublado, y la luna nueva invisible, no estoy seguro de que el ayuno no se hubiera prolongado aún más. Sin embargo, se mantuvo una buena vigilancia, y hacia las cuatro de la tarde del sábado algunos ojos avizores vieron el joven creciente sobre el sol. Hay una colina cerca de Gemlik, en el golfo de Moudania, a unas cincuenta millas de aquí, desde donde los turcos creen que puede verse primero la luna nueva. Las familias que viven en esta colina están exentas de impuestos, en consideración a que montan guardia para avistar la luna al final del Ramazán.

Una serie de señales, de colina en colina, está dispuesta, y la noticia se transmite a Constantinopla en muy poco tiempo.

Entonces, cuando el muecín proclama el asser, o plegaria dos horas antes del ocaso, proclama también el fin del Ramazán.

Todas las baterías disparan una salva, y los grandes cañones a lo largo del agua anuncian la gozosa nueva a todas las partes de la ciudad. Los fuertes del Bósforo retoman el relato, y ambas orillas, desde el Mar Negro hasta la Propóntide, se estremecen con el peso de su regocijo. Por la noche las mezquitas se iluminan por última vez, pues solo durante el Ramazán se iluminan o se abren para el servicio nocturno.

Tras el Ramazán viene la fiesta del Bairam, que dura tres días, y es una temporada de ilimitado regocijo. Los bazares están cerrados, ningún turco hace trabajo alguno, sino que todos, vestidos con sus mejores galas, o con un traje enteramente nuevo si pueden permitírselo, pasan el tiempo en banquetes, en hacer visitas, o en excursiones a las orillas del Bósforo u otros lugares favoritos en torno a Constantinopla. La fiesta se inaugura con una solemne ceremonia de estado, en el Serrallo y la mezquita de Sultan Achmed, adonde el Sultán acude en procesión, acompañado de todos los oficiales del Gobierno. Este es el último fasto que las rigurosas medidas reformadoras del Sultán Mahmoud han dejado a los monarcas otomanos, y despojado como está de mucho de su antiguo esplendor, probablemente supera en brillante efecto cualquier espectáculo que otra corte europea pueda presentar. Las ceremonias que tienen lugar dentro del Serrallo estuvieron, hasta hace tres o cuatro años, prohibidas a los ojos francos, y los viajeros se veían obligados a contentarse con una vista de la procesión, según pasaba a la mezquita. Gracias a la amabilidad del señor Brown, de la Embajada americana, pude presenciar toda la solemnidad, en todos sus detalles.

Al salir el cortejo del Serrallo al amanecer, nos levantamos con la primera claridad del alba, descendimos a Tophaneh y cruzamos a Punta del Serrallo, donde nos aguardaba el cavass de la Embajada. Nos condujo entre los guardias, al jardín del Serrallo, y subiendo la colina, hasta el Palacio. El Capudán Pasha, o Gran Almirante, acababa de llegar en una espléndida caique, y subía la colina delante de nosotros sobre un magnífico caballo, cuyos jaeces centelleaban de joyas y galón de oro. Los ricos uniformes de los diversos oficiales del ejército y de la marina relucían por doquiera bajo las densas sombras de los cipreses, y por las oscuras alamedas adonde no había penetrado aún el crepúsculo matutino. Se nos introdujo en el gran patio exterior del Serrallo, que conduce a la Sublime Puerta.

Doble hilera de infantes de marina, con chaquetas escarlata y pantalones blancos, se extendía de una puerta a otra, y una excelente banda de música de metal tocaba «Suone la tromba» con mucho brío. Los grupos de Pashas y otros oficiales de alto rango, con sus acompañantes, daban a la escena un brillante carácter de festividad. Los trajes, salvo los de los secretarios y criados, seguían el modelo europeo, pero cubiertos con una profusa prodigalidad de galón de oro. Los caballos eran todos de las más selectas razas orientales, y las anchas mantas de sus sillas, de paño azul, verde, púrpura y carmesí, estaban enriquecidas con galón de oro, rubíes, esmeraldas y turquesas.

El cavass nos llevó a una cámara próxima a la puerta, desde la cual se dominaba todo el patio. Allí encontramos al señor Brown y su señora, con varios oficiales del vapor norteamericano San Jacinto. En aquel momento el sol, que aparecía sobre la colina de Bulgurlu, detrás de Scutari, lanzaba sus primeros rayos sobre los pináculos dorados del Serrallo. La agitación en el largo patio de abajo aumentaba. Los infantes de marina se formaron en línea exacta, los caballos de los oficiales resonaban sobre el áspero pavimento mientras iban y venían apresurando los preparativos, la multitud se apretaba contra la línea del cortejo, y en cinco minutos la gran pompa se puso en movimiento. Cuando el primer Pasha apareció bajo el oscuro arco de la puerta interior, la banda rompió a tocar la Marsellesa (que es una melodía predilecta entre los turcos), y los soldados presentaron las armas. El patio tenía cerca de doscientos metros de largo, y la línea de Pashas, cada uno rodeado de los oficiales de su estado mayor, ofrecía un espectáculo deslumbrante. El de menor rango iba primero. No puedo recordar el orden preciso, ni los nombres de todos ellos, que, en realidad, son de poca consecuencia, siendo como son el poder y el cargo materias tan inciertas en Turquía. Cada Pasha llevaba el fez rojo en la cabeza, una levita de paño azul, cuyo pecho estaba enteramente cubierto de galón de oro, mientras una ancha banda del mismo adornaba los faldones, y pantalones blancos. Uno de los Ministros, Mehemet Ali Pasha, cuñado del Sultán, fue antiguamente aprendiz de tonelero, pero tomado, siendo niño, por el difunto Sultán Mahmoud, para ser compañero de juegos de su hijo, a causa de su extraordinaria belleza. Reschid Pasha, el Gran Visir, es un hombre de unos sesenta años de edad. Los turcos le llaman con frecuencia Giaour, o Infiel, a causa de su política liberal, que le ha granjeado muchos enemigos. La expresión de su rostro denota inteligencia, pero carece de la energía necesaria para llevar a cabo grandes reformas. Su hijo, un muchacho de unos diecisiete años, posee ya el rango de Pasha, y está prometido a la hija del Sultán, una niña de diez o doce años. Es un joven gordo y apuesto, de rostro vivaz, y desempeñó su papel en las ceremonias con una nonchalance que le hacía parecer gracioso junto a sus rígidos y dignos mayores.

Tras los Pashas venía toda la servidumbre del Sultán, incluyendo incluso a sus eunucos, cocineros y alguaciles. El Kislar Aga, o Eunuco Jefe, un alto africano de resplandeciente traje, es uno de los personajes más importantes de la Corte. El enano favorito del Sultán, un hombrecillo de unos cuarenta años y tres pies de estatura, montaba su caballo con un aire tan importante como cualquiera de ellos. Hace algunos años, este hombre concibió el capricho de casarse, y solicitó del Sultán una esposa. Este le dio permiso para entrar en su harén y tomar la que pudiera besar. El enano, como todos los hombres bajos, ambicionaba tener una esposa alta. Mientras las quinientas mujeres del Sultán, que conocían las condiciones según las cuales se permitía elegir al enano, se reían del amoroso hombrecillo, él se acercó a una de las más altas y hermosas, y le asestó un súbito golpe en el estómago. Ella se dobló con el dolor, y antes de que pudiera reponerse él la agarró por el cuello y le dio el temido beso. El Sultán cumplió su palabra, y la alta beldad es ahora madre de los hijos del enano.

El cortejo se vuelve más brillante a medida que avanza, y la profunda inclinación que hacen los soldados en el extremo más alejado del patio anuncia la aproximación del propio Sultán. Primero vienen tres caballos de mano, de la más noble sangre árabe—criaturas gloriosas, dignas de representar

«El corcel que guía el ojo dorado del cielo, y resopla la mañana por sus narices, haciendo su fogoso paso sobre los claros del bosque.»

Sus ojos eran más vivos y lustrosos que los diamantes que tachonaban sus cabezadas, y la riqueza de esmeraldas, rubíes y zafiros que relucía en sus jaeces habría comprado las posesiones de un Príncipe alemán. Tras ellos venía la guardia personal del Sultán, una compañía de hombres altos y fuertes, con túnicas carmesí y pantalones blancos, y altos penachos de plumas de pavo real en sus sombreros. Algunos de ellos llevaban crestas de plumas verdes, fijadas sobre largas astas. Estos soberbios caballos y vistosas guardias son las únicas reliquias de aquella pompa bárbara que caracterizaba todos los cortejos de Estado en tiempos de los Jenízaros. En el centro de un cuadro hueco de guardias con penachos cabalgaba el propio Abdul-Medjid, sobre un corcel blanco como la nieve.

Todos se inclinaban profundamente a su paso, pero él no miraba ni a derecha ni a izquierda, ni hacía el más leve reconocimiento de las salutaciones. La etiqueta turca exige la más rígida indiferencia por parte del Soberano, quien, en todas las ocasiones públicas, jamás saluda. Antiguamente, antes del cambio de traje, los turbantes del Sultán eran llevados delante de él en los cortejos, y los criados que los portaban los inclinaban a un lado y a otro, en respuesta a las salutaciones de la multitud.

El Sultán Abdul-Medjid es un hombre de unos treinta años, aunque aparenta más. Tiene un rostro dulce, afable y débil, ojos oscuros, nariz prominente y bigote y barba cortos de color castaño oscuro. Su rostro es delgado, y ya aparecen arrugas en las comisuras de la boca y de los ojos. A no ser por cierta vacuidad de expresión, se le llamaría un hombre apuesto. Se sienta en su caballo con mucha soltura y gracia, aunque hay una ligera inclinación en sus hombros. Sus piernas son torcidas, por cuya causa parece torpe cuando está de pie, aunque lleva un largo manto para ocultar la deformidad. La sensualidad ha debilitado una constitución no fuerte por naturaleza, y ha aumentado aquella dulzura que ahora se ha convertido en un defecto de su carácter. No es lo bastante severo para ser justo, y sus súbditos son menos afortunados bajo su blando gobierno que bajo la vara de su salvaje padre, Mahmoud. Vestía con el estilo de la mayor riqueza y elegancia. Llevaba un fez rojo turco, con una inmensa roseta de brillantes, y una larga y flotante pluma de aves del paraíso. El diamante del centro de la roseta es de tamaño desusado; fue recogido hace algunos años en el Hipódromo, y probablemente perteneció al tesoro de los Emperadores griegos. El pecho y el cuello de su levita eran una masa de diamantes, y centelleaban al sol temprano con mil destellos de arcoíris. Su manto de paño azul oscuro le llegaba a las rodillas, ocultando la deformidad de sus piernas. Llevaba pantalones blancos, guantes blancos de cabritilla y botas de charol, metidas en sus estribos dorados.

Algunos oficiales de la casa imperial seguían detrás del Sultán, y el cortejo terminaba entonces. Incluyendo a los soldados, contenía de dos a tres mil personas. Los infantes de marina flanqueaban el camino hasta la mezquita del Sultán Achmed, y una gran multitud de espectadores llenaba las calles y la plaza del Hipódromo. Se nos sirvió café, tras lo cual fuimos todos conducidos al patio interior del Serrallo, a aguardar el regreso del cortejo. Este patio no tiene más de la mitad del tamaño del exterior, pero está sombreado por grandes sicomoros, adornado con fuentes y rodeado de galerías ligeras y elegantes, de puro estilo sarraceno. El cuadro que presentaba era, por tanto, mucho más rico y más característico del Oriente que el patio exterior, donde la arquitectura sigue casi por completo modelos italianos. Los portales de uno y otro extremo descansaban sobre esbeltas columnas, sobre las cuales se proyectaban anchos aleros, decorados con elaborada labor tallada y dorada, y sobre todo se alzaba una cúpula, rematada por la Media Luna. A la derecha, las altas chimeneas de las cocinas imperiales se elevaban por encima de los muros. Los sicomoros arrojaban sus anchas y frescas sombras sobre el patio, y grupos de criados, con trajes de gala, se demoraban por los corredores.

Tras esperar cerca de media hora, el sonido de la música y la aparición de la guardia personal del Sultán anunciaron el regreso del cortejo. Venía en orden inverso, encabezado por el Sultán, a quien seguían el Gran Visir y los demás Ministros del Consejo Imperial, y los Pashas, cada uno rodeado de su estado mayor de oficiales. El Sultán desmontó a la entrada del Serrallo, y desapareció por la puerta. Estuvo ausente más de media hora, durante la cual recibió las felicitaciones de su familia, de sus esposas y de los principales personajes de su casa, todos los cuales vinieron a besarle los pies. Mientras tanto, los Pashas se colocaron en semicírculo en torno al arqueado y dorado pórtico. Los criados del Serrallo sacaron una gran alfombra persa, que extendieron sobre el pavimento de mármol. El trono, un gran asiento cuadrado, ricamente tallado y cubierto de dorado, fue colocado en el centro, y un deslumbrante paño de brocado de oro echado sobre su respaldo. Cuando el Sultán reapareció, tomó asiento en él, poniendo los pies sobre un pequeño escabel. Comenzó entonces la ceremonia de besarle los pies. El primero que tuvo este honor fue el Jefe de los Emires, un anciano con túnica verde, bordada de perlas. Avanzó hasta el trono, se arrodilló, besó la bota de charol del Sultán y se retiró hacia atrás de su presencia.

Los ministros y pachás siguieron en fila india y, después de haber hecho la salutación, tomaron sus puestos a la derecha del trono. La mayoría de ellos eran gruesos, y sus relucientes levitas estaban abotonadas con tal aprieto que parecían a punto de reventar. Necesitaban un gran esfuerzo para levantarse de rodillas. Durante todo este tiempo, la banda tocaba aires de ópera, y a medida que cada pachá se arrodillaba, un mariscal, o maestro de ceremonias, con una varita de plata, daba la señal a la Guardia Imperial, que gritaba a voz en cuello: «¡Prosperidad a nuestro Soberano! ¡Que viva mil años!». Esta parte de la ceremonia era verdaderamente grandiosa e imponente. Todos los accesorios estaban en consonancia: el pórtico, labrado con ricos diseños arabescos; las abultadas cúpulas y los crecientes iluminados por el sol por encima; los sicomoros y cipreses que daban sombra al patio; las túnicas rojas y las plumas de pavo real de la guardia; el monarca mismo, radiante de joyas, sentado en su silla de oro: todos estos rasgos se combinaban para formar un cuadro majestuoso del Oriente perdido, y por el momento Abdul-Medjid parecía el verdadero representante del califa Harún al-Raschid.

Después de que los pachás hubieron terminado, siguieron los oficiales inferiores del Ejército, la Marina y el Servicio Civil, hasta el número de al menos mil. No se los consideraba dignos de tocar la persona del Sultán, sino que besaban su bufanda dorada, que les era tendida por un pachá que estaba a la izquierda del trono.

El Gran Visir tenía su puesto a la derecha, y el Jefe de los Eunucos estaba detrás de él. El beso de la bufanda ocupó una hora. El Sultán permaneció sentado tranquilamente durante todo este tiempo, con el rostro expresando una total indiferencia hacia todo lo que ocurría.

El fisonomista más hábil no habría podido encontrar en él la sombra de una expresión. Si esta era la etiqueta prescrita para él, ciertamente la representó con maravillosa habilidad y éxito.

La larga fila de oficiales llegó por fin a su término, y me figuré que las solemnidades habían concluido ya; pero tras una pausa apareció el Sheikh-ul-Islam, o Sumo Sacerdote de la religión mahometana. Su autoridad en materias religiosas supera la del Sultán, y es final e irrevocable. Era un hombre muy venerable, de quizá setenta y cinco años de edad, y sus pasos vacilantes eran sostenidos por dos mollahs. Vestía una larga túnica verde, bordada de oro y perlas, sobre la cual su barba blanca fluía por debajo de la cintura. En su turbante de cambray blanco estaba enrollada una bufanda de tela de oro.

Besó el borde del manto del Sultán, salutación que también hicieron una larga fila de los principales sacerdotes de las mezquitas de Constantinopla, que le siguieron. Estos sacerdotes vestían largas túnicas de blanco, verde, azul y violeta, muchos de ellos con collares de perlas y bufandas doradas enrolladas en sus turbantes, cuyos ricos flecos caían sobre sus hombros. Eran hombres graves y majestuosos, de largas barbas grises, y con la sabiduría de la edad y del estudio en sus profundos ojos.

Entre la lista de los que vinieron estaba el personaje más importante de todos. Era el Gobernador de La Meca (según creo que se le llama), el descendiente más próximo del Profeta, y el sucesor del Califato, en caso de que la familia de Osmán se extinga. El sultán Mahmud, al ascender al trono, era el último descendiente de Orkhan, el fundador de la Dinastía Otomana, heredándose el trono solo por los herederos varones. Dejó dos hijos, ambos vivos, habiéndose apartado Abdul-Medjid de la práctica de sus predecesores, cada uno de los cuales mataba a sus hermanos para asegurar su propia soberanía.

Tiene un hijo, Murad, que cuenta unos diez años, de modo que ahora hay tres varones de la familia de Orkhan. En caso de su muerte, el Gobernador de La Meca se convertiría en Califa, y la soberanía quedaría establecida en su familia. Es un árabe moreno, de unos cincuenta años, de rostro audaz y fiero. Vestía un soberbio traje verde, el color sagrado, y le seguían sus dos hijos, jóvenes de veinte y veintidós años.

Cuando avanzó hacia el trono y estaba a punto de arrodillarse y besar la túnica del Sultán, este lo impidió y le preguntó cortésmente por su salud, la más alta muestra de respeto que estaba en su poder mostrar. El rostro del viejo árabe brilló con un súbito arrebato de orgullo y satisfacción, que ningún relámpago habría podido iluminar con más viveza.

Los escritores sagrados, o transcriptores del Corán, cerraron la procesión, tras lo cual el Sultán se levantó y entró en el Serrallo. La multitud se dispersó lentamente, y en pocos minutos los grandes estampidos de los cañones en el Serrallo anunciaron la partida del Sultán hacia su palacio en el Bósforo. La fiesta del Bairam quedaba ahora debidamente inaugurada, y todo Estambul se entregaba a la festividad. No había turco tan pobre que no participara de algún modo en el regocijo. Nuestro Cuatro de Julio apenas podría mostrar más banderas, disparar más cañones o enviar mayores multitudes de excursionistas que esta festividad musulmana.

Estancia en Constantinopla. Carácter semieuropeo de la ciudad. La mezquita. Obtención de un firman. El Serrallo. La biblioteca. La antigua sala del trono. Admisión en Santa Sofía. Magnificencia del interior. La maravillosa cúpula. La mezquita del sultán Achmed. La Suleymaniye. Grandes conflagraciones. Significado político de los incendios. Progreso turco. Decadencia del poder otomano.

«¿Es aquella en verdad la afamada cúpula de Sofía, donde por primera vez la Fe fue conducida en triunfo a su hogar, como una alta desposada, con estandarte y brillante enseña, y melodía, y flores?». AUBREY DE VERE.

CONSTANTINOPLA, martes, 3 de agosto de 1852.

La duración de mi estancia en Constantinopla me ha permitido visitar muchos lugares interesantes de sus alrededores, así como familiarizarme con los rasgos peculiares de la gran capital.

He visto el hermoso Bósforo desde los vapores y las caiques; he subido por el valle de Buyukdere y por los bosques de castaños de Belgrado; me he bañado en el Mar Negro, al abrigo de las Simplégades, donde el altar de mármol a Apolo aún invita a la oblación de los marineros que pasan; he caminado por los floridos prados junto a las «Aguas Celestiales de Asia»; he galopado alrededor de las murallas cubiertas de hiedra donde Dandolo y Mahomet II conquistaron, y donde cayó el último de los Paleólogos; y he pasado soñando muchas horas de la tarde bajo los cipreses funerarios de Pera, y junto al trípode délfico en el Hipódromo. El interés histórico de estos lugares es familiar a todos, ni, con una excepción, han sido exageradas sus bellezas naturales por los viajeros. Esta excepción es la aldea de Belgrado, sobre la cual Mary Montague se extasió y marcó la moda para los turistas desde entonces. Debo confesar que me llevé una decepción lamentable. La aldea es un mísero conjunto de casas endebles, sobre un terreno abierto y estéril, rodeado por los bosques, o más bien matorrales, que mantienen vivas las fuentes que abastecen de agua a Constantinopla. Llegamos allí con apetitos aguzados por la cabalgata matinal, esperando encontrar al menos un vendedor de kebab (trozos de carne frita) en lugar tan renombrado; pero lo único que había era caballa salada cruda y pan que pertenecía a la formación geológica primitiva.

Los rasgos generales de Constantinopla y el Bósforo son tan conocidos que me ahorro la peligrosa tarea de pintar escenas que han sido coloreadas por pinceles más hábiles. Von Hammer, Lamartine, Willis, la señorita Pardoe, Albert Smith y tú, ¡inimitable Thackeray!, habéis hecho de Pera y Scutari, de los bazares y los baños, del Serrallo y el Cuerno de Oro, algo tan familiar a nuestros oídos como Cornhill y Wall Street. Además, Constantinopla no es el verdadero Oriente, que se encuentra más bien en El Cairo, en Alepo y, más brillante y vital, en Damasco. Aquí pisamos suelo europeo; los francos desplazan rápidamente a los seguidores del Profeta, y Estambul misma, si se quitaran sus mezquitas y serrallos, apenas se diferenciaría en su aspecto exterior de una ciudad italiana de tercer orden. El Sultán vive en un palacio con pórtico griego; el arco apuntado sarraceno, las esculturas arabescas, los balcones con celosías, ceden el paso a torpes imitaciones de Palladio, y cada incendio que arrasa un recuerdo de los tiempos gloriosos del dominio otomano lo arrasa para siempre.


Pero la Mezquita —esa flor de la arquitectura oriental, con sus coronadas cúpulas, como campanas invertidas del loto, y sus minaretes a manera de cañas, sus fuentes y patios de mármol— solo puede perecer con la fe que simboliza. Yo, por mi parte, me regocijo de que, mientras exista la religión del Islam (y sin embargo, ¡ojalá su tiempo sea breve!), ningún modelo cristiano pueda dar forma a sus casas de oración.

El minarete debe aún alzar su aérea torre para el muecín; la cúpula debe elevarse como un cielo dorado sobre las plegarias de los Fieles, con sus lámparas estrelladas y sus frases blasonadas; la

fuente debe continuar vertiendo sus aguas de purificación. Una

formación de la fe musulmana es imposible. Cuando comienza a ceder, todo el edificio debe caer. Sus ceremonias, así como su credo, descansan enteramente en el reconocimiento de Mahoma como Profeta de Dios. Por mucho que los turcos cambien en otros aspectos, en todo lo que concierne a su religión deben continuar siendo los mismos.

Hasta hace pocos años, una visita a las mezquitas, especialmente a las más sagradas de Santa Sofía y Sultan Achmed, se veía acompañada de grandes dificultades. Miss Pardoe, según su propio relato, arriesgó su vida para ver el interior de Santa

Sofía, lo que logró disfrazada de efendi turco.

Yo logré lo mismo, hace unos días, pero sin recurrir a tan romántico expediente. El señor Brown, intérprete de la Legación, obtuvo un firmán del Gran Visir, en nombre de los oficiales del San Jacinto, y tuvo la amabilidad de invitarme, junto con otros varios viajeros americanos e ingleses, a unirme a la partida. Durante el mes de Ramazán no se conceden firmánes, y como en esta época hay pocos viajeros en Constantinopla, de otro modo nos habríamos visto sujetos a un gasto considerable. El costo de un firmán, incluido el backsheesh a los sacerdotes y porteros, es de 700 piastras (unos 33 dólares).

Cruzamos el Cuerno de Oro en caiques, y visitamos primero los jardines y palacios del Serrallo. El Sultán reside actualmente en su palacio de verano de Beshiktashe, en el Bósforo, y solo ocupa el Serai Bornou, como se le llama, durante los meses de invierno. El Serrallo cubre la extremidad del promontorio sobre el que está construida Constantinopla, y tiene casi tres millas de circuito. Los edificios dispersos erigidos por distintos Sultanes forman por sí mismos una pequeña ciudad, cuyas cúpulas y torrecillas puntiagudas se alzan entre arboledas de cipreses y pinos. La muralla del mar está flanqueada de kioscos, desde cuyas almohadilladas ventanas se contemplan las más hermosas vistas de las orillas europea y asiática. La parte más nueva del palacio, donde el Sultán recibe ahora a los embajadores de naciones extranjeras, muestra la influencia del gusto europeo en su planta y decoración. No es en modo alguno notable por su esplendor, y sufre por contraste con muchas de las casas particulares de Damasco y Alepo.

El edificio es de madera, las paredes están ornamentadas con detestables frescos de artistas griegos modernos, y excepto una pequeña pero espléndida colección de armas, y algunos admirables ejemplares de caligrafía árabe, no hay nada que interese al visitante.

Al ascender al antiguo Serrallo, que fue fundado por Mahomet II sobre el sitio del palacio de los Paleólogos, pasamos junto a la Columna de Teodosio, un sencillo fuste corintio de unos cincuenta pies de altura. El Serrallo está ahora ocupado enteramente por los sirvientes y guardias, y la mayor parte de él muestra un abandono que raya casi en la ruina. Los corredores sarracenos que rodean sus patios se apoyan en columnas de mármol, granito y pórfido, despojos de la capital cristiana.

Se nos permitió pasear a nuestro gusto e inspeccionar los distintos compartimentos, excepto la biblioteca, que por desgracia estaba cerrada. Durante mucho tiempo se supuso que esta biblioteca contenía muchos tesoros perdidos de la literatura antigua —entre otras cosas, los libros perdidos de Livio—, pero las recientes investigaciones de Tjogothetos, el Príncipe de Samos, prueban que hay poco de

valor entre sus manuscritos. Ante la puerta cuelga un madero — que se supone eficaz para neutralizar la influencia del Mal de Ojo. Hay muchos altares antiguos y fragmentos de columnas esparcidos por los patios, y los turcos han comenzado incluso a formar una colección de antigüedades, que, con excepción de dos inmensos sarcófagos de pórfido rojo, no contiene nada de valor. Muestran, sin embargo, una de las cabezas de bronce del trípode de Delfos en el Hipódromo, que, dicen, Mahomet el Conquistador cercenó de un solo golpe de su espada al entrar en Constantinopla.

La porción más interesante del Serrallo es la antigua sala del trono, hoy ya no usada, pero todavía custodiada por una compañía de eunucos blancos. El trono es un inmenso y pesado lecho, cuyos postes están densamente incrustados de rubíes, turquesas, esmeraldas y zafiros. Hay en la sala una chimenea en forma de embudo, obra maestra de Benevenuto Cellini. Allí, hace medio siglo, se presentaba a los embajadores extranjeros, después de haber sido bañados, alimentados y vestidos con un rico manto en las estancias exteriores. Se les introducía en la presencia imperial, sostenidos por un funcionario turco a cada lado, a fin de que no mostraran signos de desfallecer bajo el peso del sobrecogimiento y la reverencia que se suponía que sentían. En el patio exterior, contiguo a la Sublime Puerta, está

la Capilla de la Emperatriz Irene, hoy convertida en armería, que, para su tamaño, es la colección de armas más elegante y pintoresca que he visto jamás. Es especialmente rica en armaduras sarracenas, y contiene muchos soberbios cascos de oro damasquinado. En una gran vitrina del presbiterio se ven las llaves de unas treinta o cuarenta ciudades, con la fecha de su toma.

No es probable que jamás se añada otra a la lista.

Salimos ahora por la Sublime Puerta y dirigimos nuestros pasos a la famosa Aya Sophia —el templo dedicado por Justiniano a la Divina Sabiduría. Las reparaciones hechas en los muros exteriores por los turcos, y la adición de los cuatro minaretes, han cambiado por completo el carácter del edificio, sin dañar su efecto. Como iglesia cristiana, debió de ser menos imponente que en su forma actual. Un sacerdote nos salió al encuentro en la entrada y, tras leer el firmán con rostro muy descontento, nos informó que no podíamos entrar hasta que concluyeran las plegarias del mediodía. Tras quitarnos los zapatos, sin embargo, se nos permitió subir a las galerías, desde donde contemplamos a los fieles que se inclinaban. Aquí la majestad del renombrado edificio, despojado como está ahora, irrumpe de golpe ante la vista. La maravillosa cúpula plana, reluciente con sus mosaicos dorados, y la sagrada frase del Corán: «Dios es la Luz de los Cielos y de la Tierra», flota en el aire, a ciento ochenta pies sobre el pavimento de mármol. En los lados oriental y occidental descansa sobre dos medias cúpulas, que a su vez se alzan desde un grupo de tres pequeñas medias cúpulas o se apoyan en él, de modo que toda la techumbre de la mezquita, sin apoyo de pilar alguno, parece haber caído desde lo alto sobre los muros, más que haber sido construida sobre ellos. Alrededor del edificio corren una galería superior y otra inferior, que por sí solas conservan

las peculiaridades del estilo bizantino. Estas galerías se apoyan en las más preciosas columnas que el arte antiguo pudo procurar: entre ellas, ocho fustes de mármol verde, del Templo de Diana en Éfeso; ocho de pórfido, del Templo del Sol en Baalbek; además de granito egipcio de los santuarios de Isis y Osiris, y mármol pentélico del santuario de Palas Atenea. Casi todo el interior ha sido cubierto de dorado, pero el tiempo ha suavizado su brillo, y el rico y tenue resplandor de los muros armoniza perfectamente con la variada coloración de los antiguos mármoles.

Bajo la cúpula se ha permitido que permanezcan cuatro serafines cristianos, ejecutados en mosaico, pero debajo están inscritos los nombres de los cuatro compañeros de la fe musulmana.

Las puertas de bronce son aún las mismas, habiéndose tomado los turcos grandes molestias para borrar las cruces con que estaban adornadas. Alrededor del centro de la cúpula, como en la de Sultan Achmed, puede leerse, en letras doradas y con toda la intrincada caligrafía árabe, el hermoso versículo: «Dios es la Luz de los Cielos y de la Tierra. Su sabiduría es una luz sobre el muro, en la que arde una lámpara cubierta de vidrio. El vidrio brilla como una estrella, la lámpara se enciende con el aceite de un árbol bendito. Ni oriental ni occidental es el aceite: brilla para quien quiere». Concluidas las plegarias y tras descender al suelo de la mezquita, pasé el resto del tiempo bajo la cúpula, fascinado por su maravillosa ligereza y belleza. Los fieles presentes nos miraban con curiosidad, pero sin mala voluntad; y antes de que nos fuéramos, uno de los sacerdotes se acercó furtivamente con algunos fragmentos del antiguo mosaico dorado, que fue lo bastante pagano para vender, y nosotros para comprar.

De Santa Sofía fuimos a Sultan Achmed, que está frente

al Hipódromo, y es uno de los más soberbios conjuntos de Constantinopla. Es una imitación de Santa Sofía, y los turcos la consideran una obra más maravillosa, porque su cúpula es siete pies más alta. Tiene seis minaretes, superando en esto a todas las mezquitas de Asia. La cúpula descansa sobre cuatro inmensos pilares, cuya mole oprime bastante las ligeras galerías que corren alrededor de los muros. Esto, y el uniforme color blanco del interior, menoscaba el efecto que su audaz estilo e imponentes dimensiones producirían de otro modo. La vista exterior, con el grupo de cúpulas hinchándose grandiosamente sobre las hileras de sicomoros de amplias ramas, es mucho más satisfactoria.

En el sepulcro de Sultan Achmed, en un rincón del patio, vimos su ataúd, su turbante, su espada y su arnés enjoyado. Acababa de leer el relato del viejo Sandys sobre su visita a Constantinopla en 1610, durante el reinado de este Sultán, y no podía pensar en él sino como lo representa Sandys en la portada de su libro: un hombre gordo, de mejillas hinchadas, con una larga túnica y un gran turbante, y debajo las palabras: «Achmed, sive Tyrannus».

Las otras mezquitas notables de Constantinopla son la Yene Dyan, o Mezquita de la Sultana Valide, en la orilla del Cuerno de Oro, al final del puente de Gálata; la de Sultan Bajazet; la de Mahomet II el Conquistador, y la de su hijo, Suleymán el Magnífico, cuya soberbia mezquita bien merece este título. Lamento en extremo que nuestro tiempo no nos permitiera ver el interior, pues exteriormente no solo supera a Santa Sofía y a todas las demás mezquitas de la ciudad, sino que es sin duda uno de los más puros ejemplares de arquitectura oriental que existen. Se alza sobre una amplia terraza, en una de las siete colinas de Estambul, y sus exquisitamente proporcionadas cúpulas y minaretes brillan como cristalizados en el azul del aire. Es un tipo

de Oriente, como el Partenón lo es del arte griego y la catedral de Colonia del arte gótico. Al verlo la otra noche, iluminado por las llamas de una conflagración, destacándose rojo y nítido contra la oscuridad, me sentí inclinado a colocarlo al nivel de cualquiera de esas renombradas estructuras. Es producto de la rica fantasía del Este, espléndidamente ornamentado, y no carente de un alto grado de simetría; sin embargo, aquí la simetría es la del ornamento solo, y no la pura y absoluta proporción de las formas que hallamos en el arte griego. Se requiere cierto grado de entusiasmo —más aún, una leve ebriedad de las facultades imaginativas— para sentir el sentimiento de esta arquitectura oriental. Si expreso rectamente todo lo que me dice, rozo los límites de la rapsodia. El Este, en casi todos sus aspectos, es tan esencialmente poético, que un verdadero cuadro suyo debe ser poético en espíritu, si no en forma.

Constantinopla ha sido terriblemente devastada por incendios, no menos de quince han ocurrido durante las dos últimas semanas. Casi todas las noches el cielo se ha teñido de rojo por las casas en llamas, y los minaretes de las siete colinas se han iluminado con una iluminación más brillante que la del Bairam. Todo el espacio desde el Hipódromo hasta el Mar de Mármara ha sido arrasado; los almacenes de manteca, miel y aceite en el Cuerno de Oro, con los bazares adyacentes; varios grandes bloques en la colina de Gálata, con el Colegio de los Derviches Danzantes; una parte de Scutari, y el Colegio de los Derviches Aulladores, todo ha desaparecido; y hoy, las ruinas de 3.700 casas, que fueron destruidas anoche, humean en el barrio griego, detrás del acueducto de Valente. ¡La cantidad total de edificios consumidos en estas dos semanas se estima entre cinco y seis mil! El incendio en la colina de Gálata amenazó con

destruir gran parte del suburbio de Pera. Avanzó, barriendo la cima de la colina, hacia mi hotel, convirtiendo los altos cipreses del cementerio en columnas de furiosa llama, y devorando las crujientes moradas de hordas de infelices turcos. Estaba en cama, a causa de un repentino ataque de fiebre, pero al ver a los otros huéspedes hacer sus equipajes y prepararse para partir, me vi obligado a hacer lo mismo; y esto, en mi débil estado, me provocó tal sudoración que el mal me abandonó.

Los oficiales del vapor estadounidense San Jacinto y de la fragata francesa Charlemagne acudieron al rescate con sus hombres y bombas de incendio, y las llamas fueron finalmente sofocadas. Las operaciones de los americanos, que abrían agujeros en los tejados y desde ellos lanzaban agua sobre los fuegos internos, fueron observadas por los turcos con estúpido asombro. «¡Mashallah!», dijo un gordo Bimbashi, mientras estaba de pie sudando en el calor; «los francos son un pueblo maravilloso».

Para quienes están iniciados en los misterios de la política turca, estos incendios son más que accidentales; tienen una significación muy grave. Indican o un descontento general con el estado actual de las cosas, o bien una poderosa conspiración contra el Sultán y su Ministerio. Prender fuego a las casas es, en efecto, el método turco de celebrar una «reunión de indignación», y por el ritmo con que aumentan, la crisis política debe estar cerca. El Sultán, con su habitual bondad de corazón, ha enviado grandes cantidades de tiendas y otros suministros a los inocentes damnificados; pero ninguna cantidad de bondad puede suavizar el rencor de estas intrigas turcas. Reschid Pasha, el actual Gran Visir, y líder del partido del Progreso, es la persona contra quien se acumula ahora esta tormenta de oposición.

A pesar de todos los esfuerzos, el poder otomano se consume rápidamente. La vida del Oriente es sin nervio y agotada; la fuerza nativa de la raza se ha extinguido, y todos los intentos de resucitarla mediante la adopción de instituciones europeas producen meros espasmos galvánicos, que la dejan más exhausta que antes. Los relatos color de rosa que hemos tenido del progreso turco son en su mayor parte meras ilusiones. El Sultán es un hombre bien intencionado pero débil, y tiránico a causa de su misma debilidad. Si tuviera fuerza suficiente para romper las mallas de falsedad y venalidad que se tejen tan apretadamente en torno a él, podría lograr algún bien sólido. Pero el gobierno turco, desde sus ministros hasta el más bajo cadí, es un monstruoso sistema de engaño y corrupción. Esta gente no tiene la más remota concepción de los verdaderos fines del gobierno; solo buscan enriquecerse a sí mismos y a sus parásitos, a expensas del pueblo y del tesoro nacional. Si añadimos a esto el sistema de conscripción, que está drenando las provincias de sus mejores súbditos musulmanes, en beneficio de los cristianos y judíos, y la ceguera de las leyes fiscales, que imponen a las manufacturas domésticas el doble de los derechos que se gravan sobre los productos extranjeros, fácilmente se preverá que el próximo medio siglo, o menos, drenará por completo al Imperio turco de sus últimas energías.

Ya, en efecto, Turquía existe solo por los celos de las naciones europeas. El tratado de Unkiar-iskelessi, en 1833, la arrojó en manos de Rusia, aunque la influencia de Inglaterra ha reinado de un tiempo a esta parte casi exclusivamente en sus consejos. Estas son las dos potencias que se miran con recelo con ojos insomnes, en los Dardanelos y el Bósforo. El pueblo, y muy probablemente el gobierno,

está fuertemente predispuesto en favor de los ingleses; pero el Oso ruso tiene una pesada garra, y cuando la pone en la balanza, todos los demás pesos se van al traste. Será una larga y cautelosa lucha, y ningún hombre puede profetizar el resultado. Los turcos son un pueblo fácil de gobernar, si incluso las imperfectas leyes ahora existentes fueran administradas con justicia. Prosperarían y mejorarían bajo un mejor estado de cosas; pero no puedo evitar la convicción de que la regeneración del Este nunca se efectuará por sus manos.

EMBARQUE

DESPEDIDA DEL ORIENTE—MALTA.

Embarque—Despedida del Oriente—Salida de Constantinopla—Un naufragio—Los Dardanelos—Paisaje homérico—Esmirna revisitada—Las islas griegas—Viaje a Malta—Detención—La Valeta—Los malteses—El clima—Un barco para Sicilia.

«Adiós, montañas,

de gloria coronadas;

sagradas fuentes

de dioses renombrados;

bosques y tierras altas,

donde habitan los héroes;

mares e islas,

¡Adiós! ¡Adiós!» Sagas de Frithiof.

EN LOS DARDANELOS, sábado, 7 de agosto de 1859.

Por fin, heme aquí embarcado de verdad hacia la Europa cristiana, a la que di mi adiós en octubre pasado, ansioso por las desconocidas maravillas del Oriente. Desde entonces, casi diez meses han transcurrido, y esas maravillas son ahora familiares como experiencias cotidianas. Partí decidido a no satisfacerme con una leve probada de la vida oriental, sino a apurar hasta el fondo su copa de sol y sueño mezclados. Todo esto se ha cumplido; y si no he vagado tan lejos, ni me he enriquecido con tan variado conocimiento de los vestigios de la historia antigua como podría haberme propuesto o deseado, al menos he aprendido a conocer al turco y al árabe, he sido sosegado por la paciencia que inspira su fatalismo, y caldeado por los gorgeousos destellos de fantasía que animan su poesía y su religión.

Estos diez meses de mi vida forman un episodio que parece pertenecer a una existencia separada. Justo lo bastante refinado para ser poético, y justo lo bastante bárbaro para estar libre de todos los grilletes convencionales, es tan grato al cerebro y al alma como un baño oriental al cuerpo. Aunque miro hacia adelante, no sin placer, a las comodidades y conveniencias de Europa, renuncio con un suspiro a la refrescante indolencia de Asia.

Hemos pasado entre los Castillos de los dos Continentes, que guardan la desembocadura de los Dardanelos, y ahora entramos en el Mar Griego. Mañana tocaremos, por unas horas, en Esmirna, y luego torceremos hacia el oeste, siguiendo la estela de Ulises y San Pablo. Adiós, pues, tal vez para siempre, al brillante Oriente. Adiós a los alegres jardines, a los aromáticos bazares, al chapoteo de las fuentes y al resplandor de los minaretes de puntas doradas. Adiós a las mañanas perfectas, a los balsámicos crepúsculos, al quieto calor de los mediodías azules, al esplendor de la luna y las estrellas.

Adiós al resplandor de los blancos peñascos, a los leonados yermos de arena muerta, a los valles de adelfa, a las colinas de mirto y especias. Adiós al baño, agente de pureza y paz, y padre de deliciosos sueños; al shebook, cuyos fragantes humos se exhalan de los labios de la paciencia y el contento; al narghileh, coronado con esa planta bendita que crece en los jardines de Shiraz, mientras una fuente más deliciosa que las de Samarcanda borbotea en su seno de cristal.

Adiós al gorro rojo y a las zapatillas, al gran turbante, a los anchos pantalones y al vistoso chal; a acuclillarse en amplios divanes, a sorber café negro en tazas de bellota, a los rostros graves y a los salaam aleikooms, y a tocarse los labios y la frente. Adiós a la cena vespertina en la puerta de la tienda, al lecho sobre la tierra amiga, a los gritos de los arrieros, a las deliberadas

marchas del caballo paciente, y al incesante balanceo del dromedario que conoce a su amo. Adiós, finalmente, al fastidio sin ira, a la demora sin vejación, a la indolencia sin tedio, a la resistencia sin fatiga, al apetito sin intemperancia, al goce sin hartazgo.

La Valeta, Malta, sábado, 14 de agosto de 1852.

Mi última vista de Estambul fue la de las mezquitas de Santa Sofía y del Sultán Achmed, brillando débilmente a la luz de la luna, mientras avanzábamos a vapor por el Mar de Mármara. El Cazre partió a las nueve, cargado con la noticia de la deposición de Reschid Pasha, y no había señales de conflagración en todas las largas millas de la ciudad que quedaban detrás de nosotros. Así que no especulamos más sobre los excitantes temas del día, sino que bajamos y tomamos un baño de vapor en nuestros camarotes; pues no necesito aseguraros que las noches en el Mediterráneo en esta estación son cualquier cosa menos frías. Y aquí debo notar el hecho de que los vapores franceses, aunque más caros que los austriacos, son más estrechos en sus acomodaciones, y están llenos de un conjunto de sirvientes de lo más descortés. La mesa es buena, y esto es lo único que merece elogio. En todos los demás aspectos, prefiero los buques Lloyd.

A la mañana siguiente, temprano, pasamos el promontorio de Cícico y la isla de Mármara, cuyas canteras de mármol dan nombre al mar. Cuando nos acercábamos a la entrada de los Dardanelos, notamos un bergantín austriaco a la deriva en la corriente, cuyo pabellón a media asta indicaba peligro. Su timón había desaparecido por completo, y flotaba impotente hacia la costa tracia. Se bajó inmediatamente un bote y se llevó un cable a su proa, con el que lo remolcamos una corta distancia;

pero a nuestra máquina de vapor no le gustó este trabajo pesado, y rompió la cuerda repetidamente, de modo que al fin nos vimos obligados a dejarlo a su suerte. El impulso que le dimos, sin embargo, surtió efecto, y mediante diestra maniobra con las velas, el capitán lo llevó sano y salvo al puerto de Galípoli, donde echó anclas junto a nosotros.

Más allá de Galípoli, los Dardanelos se estrechan, y los continentes opuestos se alzan en colinas elevadas y estériles. En cuanto a belleza natural, este estrecho es muy inferior al Bósforo. Carece de los arroyos y valles boscosos que se abren sobre este último. El país está solo parcialmente cultivado, excepto alrededor de la ciudad de Dardanelos, cerca de la desembocadura del estrecho. El sitio del puente de Jerjes se reconoce fácilmente, secundando la conformación de las distintas orillas la decisión de los anticuarios. Aquí están también Sestos y Abidos, de apasionada y poética memoria. Pero cuando el sol se hundía hacia el mar, salimos por la estrecha puerta. A nuestra izquierda yacía la llanura de Troya, respaldada por la azul cadena del monte Ida. El túmulo de Patroclo coronaba un bajo acantilado que miraba al mar.

En la derecha aparecía la larga e irregular isla de Imbros, y los picos de la brumosa Samotracia por encima y más allá de ella. Tenedos yacía ante nosotros. El rojo arrebol del ocaso teñía el grandioso paisaje homérico, y se demoraba y se demoraba en la cumbre del Ida, como si reacio a marcharse. Recorrí la cubierta hasta mucho después de que estuvo demasiado oscuro para distinguirla más.

A la mañana siguiente echamos anclas en el puerto de Esmirna, donde permanecimos cinco horas. Tomé un asno y cabalgué hasta el Puente de la Caravana, donde el conductor del asno y yo fumamos narghilehs y bebimos café a la sombra de las acacias. Contrasté mis impresiones con las de mi primera visita a Esmirna el pasado octubre —mi primer atisbo de suelo oriental. Entonces, cada perro me ladraba, y toda la horda de criaturas humanas que se ceban en los inocentes viajeros corría tras mis talones; pero ahora, con mi rostro moreno y mi aspecto turco de grave indiferencia, se me dejaba pasar tan silenciosamente como al propio conductor de mi asno. Ni este, ni el solícito cafedjí que nos llenaba las pipas a orillas del Meles, intentaron cobrarme de más —señal segura de que el Oriente había dejado su sello en mi rostro. Al regresar por la ciudad, me sobrevino el mismo percance que los viajeros suelen experimentar a su primera llegada. Mi asno, mientras se lanzaba a toda velocidad entre una multitud de esmirniotas con sus trajes dominicales, resbaló en un pequeño charco de lodo negro y cayó con estrépito. Salí volando por encima de su cabeza y aterricé firmemente sobre mis pies, pero los apuestos jóvenes griegos, cuyos níveos fustanelles quedaron terriblemente salpicados, salieron mucho peor parados. El asno reculó, agachó las orejas y torció la cabeza hacia un lado, aguardando una paliza, pero sus patas sangrantes lo salvaron.

Partimos a las dos, tocamos en Quíos por la tarde, y a la mañana siguiente, al salir el sol, nos detuvimos en el puerto de Siros. El Pireo estaba a solo doce horas de distancia; pero tras mi visita de fiebre en Constantinopla, temía afrontar los pestilentes calores veraniegos de Atenas. Además, tenía razones para apresurarme con toda celeridad hacia Italia y Alemania. A las diez levamos anclas de nuevo y navegamos hacia el sur, entre los grupos de las Cícladas, bajo un cielo sin nubes y sobre un mar del más brillante azul. Los días eran soportables bajo el toldo de lona de nuestro alcázar, pero las noches en nuestros camarotes eran baños de sudor, que nos dejaban tan fláccidos y extenuados que casi estábamos para desvanecernos, como fantasmas, al despuntar el día.

Nuestro último atisbo del Morea —el cabo Matapán— se desvaneció a la luz de la luna, y durante dos días viajamos hacia el oeste sobre el mar ardiente. La tarde del 11, la larga y baja silueta de Malta se alzó gradualmente contra el último arrebol del ocaso, y dos horas después echamos anclas en el Puerto de Cuarentena. La cuarentena para los viajeros que regresan de Oriente, que antes variaba de catorce a veintiún días, se reduce ahora a un día para los que llegan de Grecia o Turquía, y a tres días para los que vienen de Egipto y Siria. En nuestro caso, se redujo a dieciséis horas, por cortesía oficial. Había pensado dirigirme directamente a Nápoles; pero por las despreciables artimañas de los agentes de los vapores franceses —una larga historia, que es innecesario recapitular— me veo aquí obligado a esperar diez días otro vapor. Basta decir que hay otros seis viajeros en el mismo hotel, algunos procedentes de Constantinopla y otros de Alejandría, en la misma situación. Porque un solo billete a Nápoles cuesta unos treinta o cuarenta francos menos que dividiendo el viaje en dos partes, los agentes de aquellas ciudades se niegan a dar billetes más allá de Malta a quienes no son lo bastante perspicaces para ver a través del engaño. Hice todos los esfuerzos por obtener un segundo billete a tiempo para partir en el vapor de enlace hacia Italia, pero en vano.

La Valeta es, a mis ojos, la más hermosa ciudad pequeña del mundo. Es una joya de lugar; no hay calle que no esté llena de efectos pintorescos, y todos los miradores, que se descubren a cada paso, dejan reposar la vista ya sobre uno de los hermosos puertos a cada lado, ya sobre el horizonte lejano del mar. Las calles están tan limpias que se podría comer la cena sobre el pavimento; los blancos balcones y cornisas de las casas, todos limpiamente tallados en la blanda piedra maltesa, resaltan con intenso relieve contra el cielo, y de las múltiples reflexiones y contrareflejos, las sombras (donde las hay) se vuelven una suerte de luz más suave.

Las empinadas laderas del promontorio sobre el que se asienta la ciudad se han convertido en escalinatas, y es un pasatiempo inagotable contemplar los grupos, compuestos de todas las naciones que habitan las riberas del Mediterráneo, que suben y bajan. Las Auberges de los antiguos Caballeros, el Palacio del Gran Maestre, la Iglesia de San Juan y otras reliquias del tiempo pasado, pero más especialmente las fortificaciones, revisten el lugar de un interés romántico, y sospecho que, después de Venecia y Granada, hay pocas ciudades donde la Edad Media haya dejado huellas más impresionantes de su historia.

Los malteses están contentos y parecen prosperar bajo la administración inglesa. Son un pueblo peculiar, que me recuerda al árabe incluso más que al italiano, mientras que cierta rudeza en su complexión y movimientos sugiere su ascendencia púnica. Su lengua es un curioso compuesto de árabe e italiano, siendo el primero la base. Hallo que puedo entender más de la mitad de lo que se dice, aplicándose las terminaciones árabes a palabras italianas. Creo que nunca se ha reducido con éxito a la escritura, y se ha propuesto la restauración del árabe puro, con mucha razón, como preferible a un intento de mejorarlo o refinarlo. El italiano es la lengua usada en los tribunales de justicia y en la sociedad culta, y se habla aquí con mucha más pureza que en Nápoles o en Sicilia.

El calor ha sido tan grande desde que desembarqué que no me he aventurado fuera de la ciudad, excepto la última noche a un teatro de aficionados, organizado por los suboficiales y soldados de la guarnición. Las representaciones fueron bastante tolerables, salvo una joven damisela enamorada que hablaba con una ronca voz masculina y daba largas zancadas por el escenario cuando se precipitaba a los brazos de su amante. Estoy perplejo para explicarme el carácter extenuante del calor. El termómetro marca 90° de día y 80° a 85° de noche —una temperatura mucho más baja que la que he encontrado bastante agradable en África y Siria. En el Desierto, 100° a la sombra es más bien tonificante que lo contrario; aquí, 90° hace imposible todo ejercicio más severo que fumar una pipa. Incluso en un estado de completa inercia, un cuello de camisa cae sin almidón en cinco minutos.

Antes que desperdiciar ocho días más en esta existencia crepuscular, he tomado pasaje en una speronara maltesa, que zarpa esta tarde hacia Catania, en Sicilia, donde la gran fiesta de Santa Ágata, que tiene lugar una vez cada cien años, se celebrará la próxima semana. El viaje promete una nueva experiencia, y probaré, aunque sea levemente, la dorada Trinacria de los antiguos. Quizá, después de todo, esta demora que tanto me irrita (téngase en cuenta que ya no estoy en el Oriente) esté destinada únicamente a mi bien. Al menos, el señor Winthrop, nuestro cónsul aquí, que ha sido extremadamente amable y cortés conmigo, considera una rara fortuna que haya de ver la fiesta catanesa.

Salida de Malta—La speronara—Nuestros compañeros de pasaje—La primera noche a bordo—Sicilia—Escasez de provisiones—Bordadas en el canal de Calabria—La cuarta mañana—El golfo de Catania—Un paisaje siciliano—El fondeadero—La lista sospechosa—Las calles de Catania—Biografía de Santa Ágata—Las iluminaciones—La procesión del velo—El palacio Biscari—Las antigüedades de Catania—El convento de San Nicolás.

«La mañana está llena de fiesta, ruidosas campanas con clamores rivales resuenan desde cada campanario; música astutamente apostada muere y crece en lugares que hacen eco; cuando los vientos respiran, ligeras banderas ondean como diáfanas lenguas de fuego.»—Keats.

Catania, Sicilia, viernes, 20 de agosto de 1852.

Subí a bordo de la speronara en el puerto de La Valeta a la hora convenida (las 5 de la tarde), y hallé ya embarcados a los dieciséis pasajeros restantes. El capitán hizo su aparición una hora más tarde, con nuestra patente de sanidad y pasaportes, y cuando el sol se puso tras las pardas colinas de la isla, pasamos las rocas desgastadas por las olas del promontorio que divide los dos puertos, y nos alejamos lentamente hacia Sicilia.

La speronara maltesa se parece a la antigua galera romana más que a cualquier nave moderna. Tiene la misma popa y proa altas y curvas, los mismos mástiles cortos y velas anchas y cuadradas. El casco es demasiado ancho para la velocidad, pero esto añade a la seguridad de la nave en una borrasca. Con viento favorable, rara vez hace más de ocho nudos por hora, y en calma, los marineros (si no son demasiado perezosos) la impulsan con seis largos remos. El casco está pintado en estilo fantástico, generalmente azul, rojo, verde y blanco, con mástiles de vivo rojo. Las amuradas son bajas, y la cubierta de tal convexidad que es del todo imposible caminar por ella con mar gruesa. Tal era la nave a la que me hallé consignado. No tenía más de cincuenta pies de eslora, y de menor capacidad que un dahabiyeh del Nilo. Había una especie de camarote de cubierta, o cuna, con dos literas, pero la mayoría de los pasajeros dormían en la bodega. Por un pasaje a Catania me vi obligado a pagar cuarenta francos, jurando el propietario que este era el precio regular; pero, como después descubrí, los malteses solo pagaban treinta y seis francos por todo el viaje. Sin embargo, el capitán trató de compensar el valor del dinero con civilities, y era incesante en sus atenciones a «vuestras señorías», como llamaba a mí y a mi compañero, César di Cagnola, un joven milanés.

Los malteses eran sastres y escribientes, que hacían una excursión de vacaciones para presenciar la gran fiesta de Santa Ágata. Con dos excepciones, eran una pandilla salvaje e insensata, aunque de buen natural, y a pesar del mareo, que los atormentó terriblemente los dos primeros días, mantenían una charla constante en su bastardo árabe de la mañana a la noche. Como es usual en tal compañía, uno de ellos hubo de servir de blanco para los demás, y el «Maestro Paolo», como lo llamaban, ponía un rostro tan profundamente serio todo el tiempo, a causa de su mareo, que la broma nunca tenía fin. Como iban a una fiesta religiosa, algunos de ellos habían traído sus breviarios consigo; pero me veo obligado a testimoniar que, después del primer día, las oraciones quedaron totalmente olvidadas. Los marineros, sin embargo, llevaban al cuello bolsas de lino estampadas con una figura de la Madonna.

El mar estaba bastante agitado, pero César y yo fortificamos nuestros estómagos con una botella de cerveza inglesa, y como a esas horas ya era de noche, buscamos nuestros lugares de descanso. Como habíamos pagado el doble, se nos aseguraron sitios en la jaula sobre cubierta, pero las camas no estaban incluidas en el trato. Los malteses, que habían traído colchones y extendido una gran cama falansateriana en la bodega, salieron mucho mejor librados. Tomé una de mis bolsas de viaje por almohada y me tumbé sobre las tablas, donde logré dormir un poco entre los gemidos de los indefensos marineros de agua dulce. Tuvimos el poniente, o viento del oeste, toda la noche, pero la speronara avanzaba con lentitud, y por la mañana cambió al greco-levante, o nordeste. No se veía tierra alguna; pero hacia el mediodía el cielo se despejó, y vimos la costa meridional de Sicilia: una osada orilla montañosa que se alzaba como un fantasma en la distancia. El cabo Passaro quedaba al este, y el resto del día se nos fue en ceñir hasta él. Al ponerse el sol, estábamos lo bastante cerca para ver las aldeas y los olivares de la hermosa costa, y, muy detrás de las montañas más próximas, a noventa millas de distancia, el solitario cono del Etna.

La segunda noche pasó como la primera, salvo que nuestros magullados miembros eran algo más sensibles a la textura de las tablas. Salimos arrastrándonos de nuestra jaula al amanecer, esperando divisar Catania en la distancia; pero allí seguía el cabo Passaro, mirándonos a la cara. Los malteses tenían paciencia, y nosotros no nos quejamos, aunque César y yo comenzamos a hacer cálculos minuciosos sobre la probable duración de nuestras dos aves frías y tres hogazas de pan. El promontorio de Siracusa apenas se divisaba a cuarenta millas por delante; pero el viento nos era contrario, y así pasó otro día en ceñir la costa oriental.

Al anochecer alcanzamos otra speronara que había salido de Malta dos horas antes que nosotros, y esto fue todo un triunfo para nuestro capitán. Se arriaron todos los remos, los marineros y algunos de los pasajeros más animosos tomaron los remos, y salimos disparados, deslizándonos rápidamente a lo largo de las oscuras costas, al son de las salvajes canciones maltesas. Por fin se ganó el promontorio, y la inquieta corriente, que baja rodando desde Escila y Caribdis, arrojó nuestra pequeña barca de ola en ola con una temeridad que habría puesto nervioso a cualquiera menos a un viejo marinero como yo.

«Mañana por la mañana», dijo el capitán, «entraremos navegando en Catania»; pero tras una tercera noche sobre las tablas, que ahora estaban un poco más blandas, nos levantamos para encontrarnos a la altura de Siracusa, con el Etna tan distante como siempre. El viento era flojo, y lo poco que avanzábamos virando lo arrastraba la corriente, de modo que, tras perder toda la mañana, mantuvimos rumbo recto a través de la boca del canal, y al ponerse el sol vimos las montañas de Calabria. Este movimiento, según resultó, no hizo sino hacernos perder más terreno. César y yo consumimos en silencio y con pesar nuestro último fragmento de carne de vaca, con las cortezas de pan secas que quedaban, y luego nos sentamos obstinadamente a fumar y ver si el capitán advertiría nuestra situación. Pero no; mientras estuvimos abastecidos, toda la nave estaba a las órdenes de sus señorías, y ahora que estábamos desprovistos, se cuidaba de no hacer ofertas precipitadas. César, por fin, con una dignidad imperial digna de su nombre, ordenó la cena. Llegó, y el cerdo y los maccaroni, humedecidos con vino rojo siciliano, nos dieron paciencia para otro día.

Amaneció la cuarta mañana y —¡loado sea el gran Neptuno!— estábamos realmente dentro del golfo de Catania. El Etna se alzaba con toda su sublime mole, sin que nube ni niebla lo empañaran, mientras un delgado chorro de humo, que se elevaba de su cráter, rizaba lentamente sus espirales en el aire claro, como si se alegrara de recibir el primer rayo del sol. Las torres de Siracusa, que nos habían escarnecido todo el día anterior, ya no se veían; el pequeño puerto interior de Augusta quedaba detrás de nosotros; y, como el viento seguía siendo favorable, pronto vimos una débil marca blanca al pie de la montaña. Aquella era Catania. Las orillas de la bahía se animaban con olivares y el resplandor de las aldeas, mientras aquí y allá una sola palmera soñaba con sus hermanas al otro lado del mar. El Etna ocupaba, por supuesto, el lugar del monarca en el paisaje, pero ni siquiera sus grandes y magníficos contornos podían usurpar todo mi sentimiento. Los picos purpúreos hacia el oeste y más tierra adentro tenían una belleza propia, y en las suaves curvas con que se inclinaban unos hacia otros había una promesa de los floridos prados de Enna. El liso azul del agua estaba salpicado de barcas de pesca. Llamamos a una, preguntando cuándo comenzaría la festa; pero, malinterpretando nuestra pregunta, respondieron: «Anchoas». Entonces un maltés chistoso les dijo que el maestro Paolo les daba las gracias de todo corazón. Todas las demás barcas fueron llamadas en nombre del maestro Paolo, quien, repuesto ya del mareo, se tomaba la burla de buen humor.

Catania presentaba una hermosa estampa a medida que nos acercábamos al puerto. Plantada al pie mismo del Etna, tiene un fondo del que ni Nápoles ni Génova pueden jactarse. Las colinas junto al mar están cubiertas de jardines y huertos, salpicados de pueblecitos y de las casas de campo de los nobles: un paisaje rico y cultivado, que poco a poco se funde con los bosques de robles y castaños que ciñen la cintura del gran volcán.

Pero toda la riqueza de la vegetación meridional no puede ocultar las huellas de aquella Ruina que de tiempo en tiempo visita el suelo. A media altura, la ladera de la montaña está salpicada de conos de ceniza y escorias; algunos cubiertos de la escasa maleza que los siglos han hecho brotar, otros yermos y recientes; mientras dos oscuros y serpenteantes arroyos de lava estéril descienden hasta la misma orilla, donde se yerguen congelados en agujas y pirámides desgarradas. Parte de una de estas negras avenidas ha arrasado la ciudad y, precipitándose al mar, forma un muro a un lado del puerto.

Pasamos lentamente junto al muelle y echamos el ancla a pocas yardas de la orilla. Había una especie de paseo abierto plantado de árboles frente a nosotros, rodeado de altas casas blancas, sobre las cuales se alzaban la cúpula de la Catedral y las agujas de otras iglesias. El magnífico palacio del príncipe Biscari quedaba a nuestra derecha, y a su pie las oficinas de Aduanas y Rentas. Cada techo, pórtico y ventana estaba guarnecido de lámparas, un arco triunfal salvaba la calle ante el palacio, y el desembarcadero de las oficinas estaba adornado con colgaduras carmesí y blancas, salpicadas de oro. Mientras esperábamos permiso para desembarcar, se presentó una escena que me trajo a la mente los días paganos de Sicilia. Una procesión apareció a la vista desde entre los árboles y pasó a lo largo de la orilla. En el centro se llevaba un suntuoso relicario, colgado de guirnaldas y que contenía una imagen de santa Ágata. La acompañaban el son de flautas y címbalos, y una tropa de niños, que llevaban ramas de naranjo y de palma, danzaba alborotadamente delante. Si la imagen hubiera sido la de Pan en lugar de la de santa Ágata, las ceremonias habrían sido igualmente apropiadas.

La lancha de la speronara nos llevó por fin al magnífico desembarcadero, donde un gordo funcionario siciliano nos contó cuidadosamente y nos declaró libres de cuarentena. Se nos llamó entonces a la Oficina de Pasaportes, donde los malteses fueron sometidos a un minucioso registro. Uno de los oficiales estaba sentado con el Libro Negro, o lista de personas sospechosas de todas las naciones, abierto ante él, y buscaba cada nombre a medida que se pronunciaba. Otro escudriñaba los rostros de los asustados sastres, como si los comparara con ciertos semblantes revolucionarios en su mente. Terrible era la mirada penetrante y detectivesca de sus ojos, y atravesaba directamente a los pobres malteses, que desaparecieron con gran rapidez cuando se les declaró libres para entrar en la ciudad. Por fin todos pasaron la prueba, pero César y yo nos quedamos, mirando desde la puerta.

«Todavía quedan estos dos franceses», dijo el capitán. «Yo no soy francés», protesté; «soy americano». «Y yo», dijo César, «soy súbdito austríaco». Con esto recibimos una cortés invitación a entrar; la terrible mirada se suavizó en una sonrisa benigna y respetuosa; el del Libro Negro recorrió ligeramente las C y las T, y dijo, con una inclinación cortés: «No hay nada contra los signori». Me sentí bastante aliviado por ello; pues, en el Mediterráneo, uno nunca está a salvo de los espías, y ninguna persona es demasiado insignificante para escapar del anatema, una vez sospechosa.

Catania estaba llena hasta rebosar de forasteros de todas partes de las Dos Sicilias, y tuvimos alguna dificultad en encontrar alojamiento muy malo y caro. Era el primer día de la festa, y las calles estaban llenas de campesinos, los hombres con chaquetas y calzones de terciopelo negro, con medias, y largos gorros de algodón blanco colgando sobre los hombros, y las mujeres con alegres chales de seda sobre la cabeza, a la manera del rebozo mexicano. En todas las plazas públicas se representaba al natural la escena del mercado de Masaniello. El dialecto siciliano es áspero y bárbaro, y el italiano original está tan disfrazado por la mezcla de palabras árabes, españolas, francesas y griegas, que hasta mi amigo imperial, que era italiano de nacimiento, tenía gran dificultad en entender a la gente.

Compré una guía de la festa que, entre otras cosas, contenía una biografía de santa Ágata. Es un bello ejemplo de escritura piadosa, y lamento no tener espacio para traducirla entera. Ágata era una hermosa virgen catanesa que abrazó secretamente el cristianismo durante el reinado de Nerón. Catania estaba entonces gobernada por un pretor llamado Quintiano, quien, enamorándose de Ágata, empleó los medios más brutales para obligarla a someterse a sus deseos, pero sin efecto. Por fin, llevado a los extremos más crueles, le cortó los pechos y la arrojó a la prisión. Pero a medianoche, san Pedro, acompañado de un ángel, se le apareció, le restauró las partes mutiladas y la dejó más hermosa que nunca. Quintiano ordenó entonces que se calentara un horno y la arrojó en él. Un terrible terremoto sacudió la ciudad; el sol se eclipsó; el mar retrocedió y dejó seco su fondo; el palacio del pretor se derrumbó, y él, perseguido por la venganza del populacho, huyó hasta llegar al río Simeto, donde se ahogó al intentar cruzarlo. «Los truenos de la venganza de Dios», dice la biografía, «lo precipitaron al infierno más profundo». Esto fue en el año

El cuerpo fue llevado a Constantinopla en 1040, «aunque los cataneses lloraban incesantemente por su pérdida»; pero en 1126, dos caballeros franceses, llamados Gilisbert y Goselin, fueron movidos por influencias angélicas a devolverlo a su ciudad natal, lo cual lograron, «y los ojos de los cataneses volvieron a arder de alegría». Los milagros obrados por la santa son innumerables, y su poder es especialmente eficaz para impedir terremotos y erupciones del monte Etna. Sin embargo, Catania ha sufrido más por estas causas que cualquier otra ciudad de Sicilia. Pero querría que todos los santos tuvieran tan buen derecho a la canonización como santa Ágata. Los honores de una festa como esta no están fuera de lugar cuando se tributan a tal juventud, belleza y «castidad celestial» como las que ella tipifica.

La guía, que ya he consultado, da un relato completo de la festa, por anticipado, con una descripción de Catania.

El autor dice: «Si tu corazón no se siente inspirado al contemplar esta hermosa ciudad, es señal fatal: no naciste para sentir los dulces impulsos de lo Bello». Luego, al anunciar las iluminaciones y los espectáculos pirotécnicos, exclama: «¡Oh, el asombroso espectáculo! ¡Oh, cuán dichoso eres tú, que lo contemplas! ¡Qué pirámides de lámparas! ¡Qué miríadas de cohetes! ¡Qué maravillosos templos de llama! La Montaña misma se asombra de tal despliegue». Y en verdad, salvo la iluminación del Cuerno de Oro en la Noche de la Predestinación, nada he visto comparable al espectáculo que Catania ha ofrecido durante las tres últimas noches. La ciudad, reedificada desde sus ruinas con mayor suntuosidad que nunca, ardía en un incendio de luz: todas sus cúpulas, torres y las largas hileras de sus hermosos palacios se revelaban entre las vacilantes llamas rojas y doradas de cien mil lámparas y antorchas. Pirámides de fuego, transparencias y arcos triunfales iluminados llenaban las cuatro calles principales, y la fuente de la plaza de la Catedral relucía como un chorro de plata fundida que brotara de uno de los poros de Hina. A las diez, un magnífico despliegue de fuegos artificiales

cerró las festividades del día, pero las lámparas permanecieron encendidas casi toda la noche.

En la segunda noche tuvo lugar la grandiosa Procesión del Velo. Presencié este imponente espectáculo desde el balcón del palacio del príncipe Gessina. Largas hileras de antorchas de cera abrían la marcha, seguidas de una banda militar, y luego una compañía de los más altos prelados, con sus más brillantes atavíos, rodeando al Obispo, que caminaba bajo un palio de seda y oro, portando el milagroso velo de Santa Ágata. Se me concedió la dicha de verlo a distancia, pero no pude distinguir rastro alguno del tinte rosado que le dejaron las llamas del martirio de la Santa. Detrás de los sacerdotes venía el Intendente de Sicilia, el general Filangieri, el mismo que, tres años atrás, entregó Catania al saqueo y a la matanza. Seguíale el Senado de la Ciudad, que acaba de tener la servil cobardía de ofrecerle un baile para el próximo domingo por la noche. Si alguna vez un hombre mereció la venganza de un pueblo ultrajado, es este Filangieri, que fue primero liberal, cuando la causa prometía éxito, y luego se hizo azote del más vil de los reyes. Cuando anoche pasó junto a mí en su carroza de Estado, mientras la música resonaba en ricas y jubilosas cadencias, me vino a la mente aquel canto solemne con que los monjes irrumpen entre los juerguistas en «Lucrezia Borgia»:

«La gioja dei profani è un fumo passagier»

[el regocijo de los profanos es una niebla transitoria]. Oí, bajo el estruendo de todas estas festividades, la voz de aquella Retribución que aun ahora acecha, y que no tardará mucho.

Esta noche el señor Scavo, el Vicecónsul americano, me llevó al palacio del príncipe Biscari, que domina el puerto, a fin de contemplar el grandioso despliegue de fuegos artificiales desde el extremo del muelle. Las lluvias de cohetes y estrellas de colores, y los templos de fuego azul y plateado, se repetían en el oscuro y quieto seno del mar, produciendo los efectos más deslumbrantes y sorprendentes. Había presente un gran número de la nobleza catanesa, y entre ella una marquesa Gioveni, descendiente de la sangrienta casa de Anjou. El príncipe Biscari es un anciano benigno y cortés, muy estimado aquí. Su hijo se halla actualmente en el destierro, a causa del papel que tomó en la reciente revolución. Durante el saqueo de la ciudad bajo Filangieri, el palacio fue despojado de bienes por valor de diez mil dólares. El museo de antigüedades griegas y romanas anejo a él, que la casa de Biscari lleva muchos años reuniendo, es probablemente el más fino de Sicilia. Esta noche se abrieron las salas de aparato, y cuando me retiré, hace una hora, la mayor parte de los invitados andaba en intrincadas cuadrillas sobre los pavimentos de mosaico.

Entre las antigüedades de Catania que he visitado están el Anfiteatro, capaz de contener a 15.000 personas, el antiguo Teatro griego, el mismo en que Alcibíades pronunció su célebre arenga a los cataneses, el Odeón y las antiguas Termas.

El teatro, que se conserva en estado tolerable, está construido de lava, como muchos de los edificios modernos de la ciudad. Las Termas me demostraron lo que yo había supuesto: que el baño oriental de nuestros días es idéntico al de los antiguos. Por qué una institución tan admirable no se ha introducido nunca en Europa (salvo en los Bains Chinois de París) es cosa que no alcanzo a explicarme. Del pavimento de estas termas, que se halla casi veinte pies bajo la superficie de la tierra, ha brotado la lava de erupciones posteriores, en algunos puntos, en duras columnas negras. La más

maravillosa señal de aquel diluvio que sepultó Catania hace doscientos años se ve en el gran Convento benedictino de San Nicola, en la parte alta de la ciudad. Aquí la corriente de lava se divide justo ante el Convento y fluye a ambos lados, dejando intactos el edificio y los jardines. Los patios de mármol, las fuentes, las espléndidas galerías y los jardines, de la más rica lozanía y fragancia meridionales, se alzan como una isla epicúrea en medio de las terribles olas de piedra, cuyos bordes erizan el espinoso áloe y el cactus. Los monjes de San Nicola son todos elegidos de la nobleza siciliana, y viven una vida cómoda de lujo y vicio.

Cada uno tiene su propio carruaje, caballos y criados, y cada uno sus aposentos privados fuera de los muros del convento y sus concubinas mantenidas. Estos hechos son conocidos y reconocidos por los cataneses, para quienes constituyen un escándalo perdurable.

Es pasada la medianoche, y debo terminar. César partió esta tarde, solo, para la ascensión del Etna. Yo lo habría acompañado, pero mi única posibilidad de llegar a Mesina a tiempo para el próximo vapor a Nápoles es la diligencia que sale de aquí mañana. La montaña ha estado cubierta de nubes los dos últimos días, y no he tenido vista alguna comparable a la de la mañana de mi llegada. Mañana tiene lugar la grandiosa procesión del Cuerpo de Santa Ágata, pero me doy por bien servido con tres días de procesiones y carreras de caballos, y tres noches de iluminaciones.

Parto por la mañana, con pasaporte siciliano, pues el mío no me sirve de nada después de desembarcar.

La Montaña amenaza —Crecen las señales—Partimos de Catania—Jardines entre la lava—El Etna trabaja—Aci Reale—Los gemidos del Etna—La erupción—Gigantesco árbol de humo—Formación del nuevo cráter—Perdemos de vista la montaña—Llegada a Mesina—El Etna queda oculto—Partida.

—«el desgarrado flanco del tonante Etna, cuyas combustibles y alimentadas entrañas, concibiendo de allí el fuego, sublimadas con furia mineral, ayudan a los vientos y dejan un fondo chamuscado». MILTON.

Mesina, Sicilia, lunes 28 de agosto de 1852.

Los ruidos de la fiesta no habían cesado cuando cerré mi carta a medianoche, el viernes pasado. Dormí profundamente toda la noche, pero antes del amanecer me despertó mi casero siciliano. «¡Oh, Excelencia! ¿Ha oído a la Montaña? Va a estallar de nuevo; ¡que la santa Ágata nos proteja!». Es un tanto inoportuno por parte de la Montaña, fue mi primer pensamiento involuntario, que elija para una nueva erupción precisamente la fiesta centenaria de la única Santa que se supone tiene algún poder sobre ella. Demuestra una falta de consideración hacia la influencia femenina nada propia de nuestros días, y apenas creo que lo diga en serio. Luego llegó la parlanchina casera: «No me gusta su aspecto. La última vez fue justamente así. Venga, Excelencia, puede verlo desde la

terraza trasera». El sol aún no se había levantado, pero el este brillaba con su inminencia, y no había una nube en el cielo.


Todos los rasgos del Etna se recortaban con nitidez en el aire claro. De la cima del cono más alto se escapaba lentamente, a cortos intervalos, una espesa columna de humo blanco, que rodaba perezosa por la ladera oriental. Tenía un carácter pesado y lánguido, y nada habría pensado yo de aquel aspecto a no ser por la alarma de mis huéspedes. Parecía el fuego lento del incienso de la Tierra, ardiendo sobre aquel grandioso altar de montaña.

Me apresuré a ir a la Oficina de Correos, a aguardar la llegada de la diligencia de Palermo. La oficina está en la Strada Etnea, la calle principal de Catania, que atraviesa la ciudad en línea recta, desde el mar hasta la falda de la montaña, cuya cumbre cierra la larga perspectiva. La diligencia llegó una hora más tarde de lo acostumbrado, y pasé el tiempo observando el humo, que seguía aumentando de volumen y se mezclaba, de vez en cuando, con chorros de negrura de tinta. El postillón dijo que había visto fuegos y oído ruidos fuertes durante la noche. Según su relato, los disturbios comenzaron hacia la medianoche.

No podía sino envidiar a mi amigo Cesar, que probablemente se hallaba en aquel momento en la cumbre, mirando hacia los fuegos bullentes del cráter.

Por fin, salimos rodando de Catania. Había en la diligencia, además de mí, dos hombres y una mujer, sicilianos de clase secundaria. El camino seguía la orilla, sobre ásperas extensiones de lava, cuyas distintas épocas podían rastrearse con claridad en el carácter de la vegetación. La última gran colada (la de 1679) se alzaba amontonada en largas crestas de terrible esterilidad, que apenas permitían al aloe y al cactus echar raíces en las hondonadas intermedias.

Los depósitos más antiguos estaban suficientemente descompuestos para nutrir

el olivo y la vid; pero aun aquí los huertos estaban sembrados de pirámides de los fragmentos más duros, que los labradores recogen laboriosamente. En los pocos parajes favorecidos que han permanecido intactos durante tantas edades que se ha acumulado una profundidad tolerable de suelo, la vegetación tiene toda la riqueza y el brillo de las tierras tropicales. La palmera, el naranjo y el granado prosperan lozanamente, y las vides casi se quiebran bajo sus pesados racimos. Las aldeas son frecuentes y están bien construidas, y las colinas están sembradas, de cerca y de lejos, con las villas de ricos propietarios, en su mayoría edificios de un solo piso, con galerías que se extienden a todo lo largo. Mirando hacia el Etna, cuya base ciñe el camino, las vistas son gloriosamente ricas y hermosas. Por otro lado está el azul Mediterráneo y el contorno irregular de la costa, que aquí y allá lanza promontorios de lava, enfriados por las olas hasta las formas más fantásticas.

No habíamos avanzado mucho cuando una nueva señal atrajo mi atención hacia la montaña. No solo se percibía un temblor o vibración en la tierra, sino que comenzó a oírse un sonido sordo y gemebundo, como el murmullo de un trueno lejano. El humo aumentó de volumen y, a medida que avanzábamos más hacia el este y mucho más cerca del gran cono, advertí que constaba de dos chorros, que salían de bocas distintas. Un ancho río de humo blanco muy denso seguía fluyendo sobre el labio del cráter más alto y bajando por la ladera oriental. Como su anchura no variaba y los bordes estaban claramente definidos, era sin duda el vapor sulfuroso que se elevaba de un río de lava fundida. Quizá mil varas más abajo, una columna mucho más fuerte de humo mezclado de negro y blanco brotaba, en pulsos o jadeos regulares, de una depresión en la ladera de la montaña, entre

dos pequeños conos extintos. Toda aquella parte del Etna estaba surcada de profundos abismos, y en el fondo de los más próximos a la abertura podía ver el rojo resplandor del fuego. El aire estaba perfectamente quieto, y hasta entonces no había nube en el cielo.

Cuando nos detuvimos a cambiar caballos en la villa de Aci Reale, sentí por primera vez la violencia del temblor y la terrible severidad del sonido. El humo parecía entonces acumularse hacia el lado de Catania, y colgaba en una masa oscura a medio camino de la montaña. Grupos de aldeanos se habían reunido en las calles que miran hacia el Etna, y discutían las probabilidades de una erupción. «Ah —dijo un viejo campesino—, la Montaña sabe hacerse respetar. Cuando habla, todo el mundo escucha.» Era el sonido más terrible que jamás haya llegado a mis oídos. Era un gemido duro y penoso, que de vez en cuando aleteaba como un sollozo reprimido, y tenía, al mismo tiempo, una expresión de amenaza y de agonía. No venía solo del Etna. No tenía ubicación fija; lo impregnaba todo el espacio. Estaba en el aire, en las profundidades del mar, en la tierra bajo mis pies —en todas partes, en efecto—; y como seguía aumentando de violencia, experimenté una sensación de dolor positivo. La gente parecía ansiosa y alarmada, aunque decían que era un bien para toda Sicilia; que el año pasado habían vivido en constante temor de los terremotos, y que una erupción dejaba invariablemente la isla tranquila durante varios años. Es cierto que, durante el año pasado, partes de Sicilia y Calabria han sido visitadas por fuertes sacudidas, que ocasionaron muchos daños a la propiedad. Un comerciante de esta ciudad me informó ayer que toda su familia había dormido durante dos meses en las bóvedas de su almacén, temiendo que su residencia se derrumbara de noche.

Mientras rodábamos de Aci Reale a Taormina, todo el traqueteo de la diligencia sobre el camino áspero no podía ahogar el terrible ruido. Había un fuerte olor a azufre en el aire, y los espesos jadeos de humo del cráter inferior seguían aumentando de fuerza. El sol era ardiente y caluroso, y los bordes de las nubes sulfurosas brillaban con una blancura deslumbrante. Un soldado a caballo nos alcanzó y cabalgó junto a la diligencia, hablando con el postillón. Había subido a la montaña y llevaba su informe al Gobernador del distrito. El calor del día y el continuo temblor del aire me adormecieron en una especie de sopor, cuando de pronto me despertó un grito del soldado y la detención de la diligencia. Al mismo tiempo, se oyó un terrible estruendo, seguido de un sacudimiento que debió de estremecer toda la isla.

Miramos hacia el Etna, que por fortuna se veía por completo ante nosotros. Una inmensa masa de humo blanco como la nieve había brotado del cráter y se elevaba perpendicularmente en el aire, sus redondeados volúmenes girando rápidamente unos sobre otros, aunque impulsados con tal ímpetu que solo se desplegaban hacia fuera después de haber ascendido a una altura inmensa. Pudo haber pasado un minuto o cinco —pues tan arrobado estaba yo por aquel maravilloso espectáculo que perdí la noción del tiempo—, pero pareció instantáneo (tan rápido y violento fue el efecto de la explosión), cuando se alzó en el aire, asentada sobre la cumbre de la montaña, una masa de humo de cuatro o cinco millas de altura, y con la forma precisa del pino italiano.

Las palabras no pueden pintar la grandeza de este árbol poderoso. Su tronco de humo columnario, uno de cuyos lados estaba plateado por el sol, mientras el otro, en sombra, ardía con roja llama, se elevaba más de una milla antes de desplegar sus nubes de ramas. Luego,

al dividirse en mil corrientes, cada una de las cuales arrojaba a su vez sus ramificados penachos de humo, que rodaban y ondulaban en el aire, se alzaba con intenso relieve contra el azul oscuro del cielo. Sus redondeadas masas de follaje eran de una blancura deslumbrante por un lado, mientras que, en las profundidades sombrías de las ramas, había un constante juego de tintes pardos, amarillos y carmesíes, que revelaban el eje central de fuego. Era como el árbol celebrado en las sagas escandinavas, tal como lo vio la madre de Harold Hardrada —aquel árbol cuyas raíces atravesaban la tierra, cuyo tronco era del color de la sangre y cuyas ramas llenaban los últimos rincones de los cielos.

Aquel estallido pareció haber aliviado a la montaña, pues los temblores eran ahora menos violentos, aunque el terrible ruido seguía zumbando en el aire, en la tierra y en el mar. Y entonces, desde la base del árbol, tres corrientes blancas se deslizaron lentamente hacia otros tantos abismos separados, contra cuyas paredes jugaba el resplandor vacilante de la lava ardiente. La columna de humo y llama seguía siendo lanzada hacia arriba, y el árbol, tras permanecer unos diez minutos —una nueva y terrible revelación de las fuerzas activas de la Naturaleza—, se elevó y se extendió gradualmente, perdió su forma y, movido lentamente por un viento ligero (el primero que turbó la calma muerta del día), se inclinó hacia el este. Reanudamos la marcha. El vasto cinturón de humo se arquearon por fin sobre el estrecho, aquí de unas veinte millas de ancho, y se hundió hacia la lejana orilla de Calabria. Mientras pasábamos bajo él, durante algunas millas de nuestro camino, el sol quedó totalmente oscurecido, y el cielo presentó el singular espectáculo de dos hemisferios de azul claro, con una ancha faja de oscuridad tendida entre ellos. Había un vapor caliente y sulfuroso en el aire, y de vez en cuando caían lluvias de ceniza blanca. Estábamos a unas doce

PERDEMOS DE VISTA EL ETNA. 381

millas, en línea recta, del cráter; pero el aire era tan

claro, incluso bajo la sombra del humo, que podía rastrear con claridad el movimiento descendente de los ríos de lava.

Esta era la erupción, por fin, a la que todos los fenómenos de la mañana no habían sido sino preparatorios. Por primera vez en diez años se habían agitado las profundidades del Etna, y di gracias a Dios por mi detención en Malta y por el singular azar del viaje que me había traído hasta aquí, hasta su misma base, para presenciar una escena cuya impresión jamás perderé hasta el día de mi muerte. Aunque la erupción continúe y la montaña vierta fuegos más feroces y mareas más anchas de lava, no puedo sino pensar que el primer levantamiento, que libera las fuerzas largo tiempo aprisionadas, no será igualado en grandeza por ningún espectáculo posterior.

Después de pasar Taormina, nuestro camino nos llevó bajo las colinas de la costa, y aunque de vez en cuando vislumbraba el Etna y veía el reflejo de los fuegos de la lava que iba llenando sus salvajes barrancos, el humo acabó por ceñirle la cintura, y quedó entonces fuera de la vista por las montañas interpuestas. Perdimos de vista el cono en un valle profundo que se abre al mar, y durante nuestra parada aún pude oír los gemidos de la Montaña, aunque más lejanos y menos penosos al oído. Al caer la tarde, las hermosas colinas de Calabria, con blancas villas y aldeas en sus laderas, brillaban en la luz purpúrea del sol poniente. Seguimos rodeando cabo tras cabo, hasta que se abrió el estrecho, y miramos sobre el puerto de Mesina hacia Capo Faro y las lejanas islas del mar Tirreno.

Salgo esta tarde para Nápoles y Liorna. He perdido ya tanto tiempo entre Constantinopla y este lugar,

  • que no puedo renunciar a diez días más para el Etna. Además, estoy tan plenamente satisfecho con lo que he visto, que temo que ninguna segunda vista de la erupción pueda igualarlo. El Etna no puede verse desde aquí, ni desde un punto más cercano que una montaña a seis u ocho millas de distancia. Anoche intenté conseguir un caballo y salir a caballo hacia él, para ver el aspecto de la erupción de noche; pero todos los caballos, mulas y burros del lugar estaban ocupados, excepto una miserable mula coja, por la que se pedían cinco dólares. Sin embargo, la noche resultó ser nublada, de modo que no habría podido ver nada.

Mi pasaporte está por fin en regla. Ha costado las fatigas de mí mismo y de un robusto valet-de-place desde ayer por la mañana, y el gasto de cinco dólares y medio, llevar a cabo esta gran obra. Acabo de estar increpando con toda justicia al Gobierno napolitano ante un comerciante nativo a quien, por su nombre, tomé por francés, pero como parto en una hora o dos, espero escapar al arresto. ¡Perdición a toda Tiranía!

ESLABONES NO ESCRITOS DEL VIAJE. - $888

Eslabones no escritos del viaje—Partida de Southampton—El golfo de Vizcaya—Cintra—Trafalgar—Gibraltar a medianoche—Desembarco—Búsqueda de una palmera—Una mañana brillante—La convexidad de la tierra—Culto al sol—La Roca.

«hacia el noroeste, el cabo de San Vicente se desvanecía,

la puesta del sol corría, roja sangre ardiente, sonrojándose en la bahía de Cádiz.

En la más tenue distancia del nordeste despuntaba Gibraltar, grandioso y gris.»

Gibraltar, sábado, 6 de noviembre de 1852.

Dejo sin registrar los eslabones del viaje que unieron Mesina y Gibraltar. Atravesaron los campos muy hollados de Europa, donde queda poca tierra que no sea familiar. Al dejar Sicilia perdí el rastro sarraceno, que había venido siguiendo por el Oriente, y lo encuentro de nuevo aquí, en la roca de Calpe, cuyo nombre, Dyjebel el-Tarik (la Montaña de Tarik), habla todavía de la raza ardiente cuyo dominio se extendía desde el océano desconocido del Oeste hasta «el Ganges y el Hidastes, corrientes indias». En Malta y Sicilia vi sus torres de vigilancia en decadencia, y reconocí su signo manual en las palabras y expresiones profundas, guturales y masculinas que han dejado tras de sí. Ahora me propongo seguir sus huellas por la hermosa Belad-el-Andaluz, que a los ojos del

Melek Abd-er-rahman era sólo menos encantadora que las llanuras de Damasco.

Mientras estuve en Constantinopla, recibí cartas que me abrían campos de viaje más amplios y ricos que los que ya había recorrido. Vi la posibilidad de explorar los lejanos reinos de la India, las costas del remotísimo Cathay y el famoso Zipango de Marco Polo. Antes de entrar en esta nueva esfera de experiencias, sin embargo, me era necesario visitar Italia, Alemania e Inglaterra. Zarpé de Mesina hacia Livorno, y viajé desde allí, por Florencia, Venecia y el Tirol, hasta Múnich. Tras tres felices semanas en Gotha, y entre los valles del Bosque de Turingia, fui a Londres, donde los negocios y los preparativos para mis nuevos viajes me retuvieron dos o tres semanas más. Aunque las comodidades de la civilización europea eran agradables, como cambio, tras la vida salvaje del Oriente, las lluvias otoñales de Inglaterra pronto me hicieron añorar el sol que había dejado. El tiempo era frío, oscuro y lúgubre, y la atmósfera opresiva y pegajosa de la metrópoli bituminosa pesaba sobre mí como una pesadilla. Cansado de veras de mirar un sol que no mostraba nada más brillante que un disco de cobre rojo, y de respirar un aire que me salpicaba el rostro con partículas de hollín, partí el 28 de octubre. Era uno de los días más lúgubres del otoño; los prados de Berkshire estaban inundados de anchas corrientes fangosas, y los bosques en las colinas de Hampshire parecían pardos y empapados, como si se pudrieran lentamente. Llegué a Southampton al anochecer, pero allí el cielo no era ni más cálido ni más claro, así que pasé la velada junto a un fuego de carbón, impaciente por el brillante y amado Sur, hacia el cual mi rostro se volvía una vez más.

El Madras partió al día siguiente, a las 2 de la tarde, en medio de

una lluvia desapacible, que borraba a medias las agradables costas de Southampton Water y la isla de Wight. El Madras era una nave singularmente apropiada para quien se dirigía a un viaje como el mío. El cirujano era el doctor Mungo Park, y uno de mis compañeros de camarote era el señor R. Crusoe. Era viernes, lo que no auguraba nada bueno para la travesía; pero entonces mi viaje comenzó con mi partida de Londres el día anterior, y el jueves es día de suerte entre los árabes. Vislumbré acuáticamente los grises acantilados de las Needles, cuando se anunció la cena, pero muchos fueron los que (y yo entre ellos) comenzaron aquella comida y no se quedaron a terminarla.

¿Hay alguna masa de agua más irrazonablemente, angustiosamente, repugnantemente agitada y perversa que el canal de la Mancha?

Sí: hay una, y sólo una: el golfo de Vizcaya. Y como el segundo sucede al primero, sin pausa entre ambos, y los vientos contrarios no cesaron, y la lluvia no paró de caer, dejo a ustedes sacar el colmo de mi miseria. Cuatro días y cuatro noches en una litera, tendido de espaldas, ya adormilado hora tras hora, ya haciendo débiles esfuerzos por comer, o leyendo la novela más endeble jamás escrita, porque la mente no puede digerir alimento más fuerte, ¿puede haber mayor contraste con la vida despierta, la inspiración ardiente, del Oriente? Mi sangre se volvió tan perezosa y mi mente tan nublada y enturbiada, que desesperé de volver a pensar con claridad o sentir con viveza.

«Los vientos son rudos» en Vizcaya, dice Byron. Lo son, en verdad: muy rudos. Deben de haberse levantado en algún cuarto del globo sumamente desordenado. Lanzaban las olas justo por encima de nuestras amuradas, y de vez en cuando arrojaban un cubo de agua por el tragaluz de la cámara, inundando el camarote de las señoras y poniendo a flote infinidad de cajas de cartón. No es que hubiera el

menor peligro real; pero la señora no se dejaba persuadir de que no estábamos al borde de la destrucción, y escribió a sus amigos en casa un voluminoso relato de sus sentimientos. Había a bordo un irlandés, que iba a Italia con su hermana. Era su primer viaje, y cuando se le preguntó por qué no iba directamente, por Francia, respondió, con solicitud fraternal, que deseaba que su hermana viera el golfo de Vizcaya.

Las percepciones de este joven eran de un tinte tan esmeralda, que un grupo de malvados ingleses se divirtió a su costa.

El otro día intentaba afeitarse, con gran peligro de rebanarse la nariz, mientras el buque cabeceaba de forma temible. «¿Por qué no hace que el barco se oriente al viento?», dijo uno de los ingleses que oyó sus quejas; «entonces quedará firme, y podrá afeitarse magníficamente». Acto seguido, el irlandés envió a uno de los camareros a cubierta con un cortés mensaje al capitán, rogándole que pusiera el buque de vuelta por cinco minutos.

Hacia el mediodía del quinto día, vimos las oscuras y escabrosas montañas que guardan el rincón noroeste de la península española. Pasamos la bahía de La Coruña, y doblando el audaz promontorio de Finisterre, dejamos atrás las olas vizcaínas. Pero el mar seguía agitado y el cielo nublado, aunque a la mañana siguiente la suavidad del aire mostraba el cambio de latitud. Hacia el mediodía de aquel día, avistamos los Burlings, un grupo de rocas cuarenta millas al norte de Lisboa, y justo antes del ocaso, un levantamiento pasajero de las nubes reveló la Roca de Cintra, en la desembocadura del Tajo. Los altos acantilados perpendiculares, y las laderas de la montaña detrás, cubiertas de jardines, huertos y dispersas villas y aldehuelas, formaban un cuadro grandioso aunque oscuro, que pronto quedó oculto a nuestra vista.

El día 4 pasamos casi todo el día cruzando la boca de la bahía de Cádiz, y sólo al ponerse el sol vimos el cabo de Trafalgar a lo lejos, brillando entre la bruma rojiza. Permanecí en cubierta, pues había retazos de luz estelar en el cielo. Tras pasar el faro de Tarifa, la costa española siguió siendo visible. En otra hora, había un contorno oscuro y nublado muy por encima del horizonte, a nuestra derecha. Era el Pequeño Atlas, en Marruecos. Y ahora, justo delante, claramente visible, aunque a quince millas de distancia, yacía un león colosal, con la cabeza sobre las patas extendidas, mirando hacia África. Si me hubieran llevado al lugar con los ojos vendados, habría sabido qué era. El parecido es ciertamente muy llamativo, y el faro de Europa Point parecía una lámpara sostenida entre sus patas.

Las luces de la ciudad y de las fortificaciones se alzaron una a una, centelleando a lo largo de la base, y a medianoche echamos anclas frente a ellas por el lado occidental.

Desembarqué ayer por la mañana. Las nieblas, que me habían seguido desde Inglaterra, se habían acumulado detrás de la Roca, y el sol, aún oculto por su enorme mole, brillaba a través de ellas hacia arriba, formando un fondo luminoso contra el cual se recortaban con claridad las altas murallas y los dentados baluartes de esta tremenda fortificación natural. Anuncié mi nombre, y el tiempo que pensaba permanecer, en una pequeña oficina del muelle, y se me permitió entonces pasar a la ciudad. Varios turbantes blancos familiares me salieron al encuentro al entrar, y no pude resistir la tentación de saludar cordialmente a sus dueños en su propia lengua. La ciudad es larga y estrecha, y se recuesta empinada contra la Roca. Las casas son blancas, amarillas y rosadas, como en las ciudades españolas, pero las calles están limpias y bien pavimentadas.

Hay una plaza, del tamaño aproximado de un solar de edificación corriente,

donde se celebra una especie de mercado de mercancías secas y artículos pequeños.

El «Club-House Hotel» ocupa uno de sus lados; y, al mirar por mi ventana hacia ella, veo los acantilados más altos de la Roca por encima de mí, amenazando con desplomarse desde una altura de 1.500 pies.

Mi primer paseo en Gibraltar fue en busca de una palmera.

Tras recorrer toda la longitud de la ciudad, encontré dos pequeñas en un jardín, en el fondo del viejo foso. El sol brillaba, y sus rayos parecían caer con doble calor sobre sus crestas plumosas. Tres españoles morenos, con los brazos desnudos, sacaban agua con una pértiga y un cubo, y llenaban los pequeños canales que la conducían a las verduras distantes. El mar centelleaba azul abajo; una higuera de Indias me daba sombra; pero, en la roca detrás, un aloe alzaba su tallo florido, de unos veinte pies de altura, hacia la luz del sol. Describir qué peso se me quitó del corazón parecería necio a quienes no saben de qué pequeñas cosas depende a veces todo el temple de nuestro espíritu.

Pero si ayer se restableció un equilibrio perfecto, esta mañana el platillo opuesto se disparó. Ni una mota de vapor empañaba el cristal inmaculado del cielo, mientras caminaba por los senderos colgantes de la Alameda. El mar era de un ultramar deslumbrante, con un lustre purpúreo; cada peñasco y cada muesca de las montañas al otro lado de la bahía, cada matiz de pardo o gris, o el verde de los retazos herbosos, estaba dibujado y coloreado con un lápiz tan exquisitamente delicado que casi destruía la perspectiva. Las casas blancas de Algeciras, a cinco millas, parecían estar al alcance de la mano: una pequeña ciudad de juguete, respaldada por colinas en miniatura.

Apes' Hill, la antigua Abyla, en África, avanzaba al encuentro de Calpe, su columna opuesta, y el Atlas se extendía hacia el este.

del oeste, su azul se iba haciendo cada vez más pálido, hasta que finalmente fallaron las potencias de la visión. Desde lo alto del punto meridional del Peñón, vi la costa montañosa de España, hasta Málaga, y la cima nevada de una de las Sierra Nevada. Mirando hacia el este a la línea del horizonte del Mediterráneo, mi vista se extendía tanto, en la maravillosa claridad del aire, que la convexidad de la superficie de la tierra se veía claramente: el mar, en lugar de ser un plano, era ligeramente convexo, y el cielo, en lugar de descansar sobre él en el horizonte, se curvaba más allá, como el lado superior de un cuerno se curva sobre el inferior, cuando uno mira dentro de su boca. No hay ninguno de los muchos aspectos de la Naturaleza más grandioso que este, que tan rara vez se ve, que creo que la única persona que lo ha descrito jamás es Humboldt, que lo vio, mirando desde la Silla de Caracas sobre el mar Caribe. Da la impresión de estar de pie en el borde de la tierra, y mirar hacia el espacio. Desde la cofa, el océano aparece o plano o ligeramente cóncavo, y los marinos declaran que esta aparente concavidad se hace más marcada cuanto más alto ascienden. Solo en aquellos raros períodos en que el aire es tan milagrosamente claro que produce el efecto de ningún aire —haciendo imposible la más leve ilusión óptica— pueden nuestros ojos ver las cosas como realmente son. Tan pura era la atmósfera hoy, que, al mediodía, la luna, aunque una fina hoz, a tres días del sol, brillaba perfectamente blanca y clara.

Mientras vagaba por la Alameda, entre espesos setos de geranios siempre en flor, matas de heliotropo de tres pies de alto, y lujuriosas masas de hiedra, en torno a cuyas cálidas flores las abejas se apiñaban y zumbaban, solo podía pensar en el viaje como un sueño horrible. La niebla y la lobreguez habían estado en mis propios ojos y en mi propio cerebro, y ahora el bendito sol, brillando de lleno en mi rostro, me despertaba. Soy un adorador del Sol. Me quité el sombrero ante él, mientras estaba allí de pie, en un desierto de flores blancas, carmesíes y purpúreas, y lo dejé resplandecer en mi rostro durante un cuarto de hora. Y mientras caminaba a casa de espaldas a él, a menudo volvía el rostro de un lado a otro para poder sentir su toque en mi mejilla. Cómo puede vivir un hombre condenado a un año de prisión, es más de lo que puedo comprender.

Pero todo esto (diréis) no os da ninguna imagen de Gibraltar. El Peñón es tan familiar para todo el mundo, en grabados y descripciones, que no encuentro nada nuevo que decir de él, excepto que no es en modo alguno una roca tan estéril como la isla de Malta, estando cubierto, en muchos lugares, de hermosos bosquecillos y del más verde césped; además, aún no he visto las galerías de la roca, habiendo tomado pasaje para Cádiz esta tarde. Cuando regrese —como espero hacerlo en veinte días, tras visitar Sevilla y Granada— procuraré permiso para ver todas las fortificaciones, y asimismo para ascender a la cumbre.

Viaje a Cádiz — Desembarco — La ciudad — Sus calles — Las mujeres de Cádiz — Embarque para Sevilla — Paisaje del Guadalquivir — Registro de la Aduana — El guía — Las calles de Sevilla — La Giralda — La catedral de Sevilla — El Alcázar — Arquitectura morisca — La casa de Pilatos — Vista matinal desde la Giralda — Vino viejo — Murillos — Mi última noche en Sevilla.

«Las murallas de Cádiz se alzan frente a la orilla, y sobre el mar relucen.» R. Stoppard.

«¡Hermosa Sevilla! De la que he soñado, hasta que vi sus torres en cada nube que ocultaba el sol poniente.» George H. Boker.

SEVILLA, 10 de noviembre de 1852.

Dejé Gibraltar la tarde del 6, en el vapor Iberia. La travesía a Cádiz se hizo en nueve horas, y echamos anclas en el puerto antes del amanecer. Era un cuadro alegre el que el sol naciente nos presentaba. La larga fachada blanca de la ciudad, orientada al Este, resplandecía con un brillante lustre rosado, sobre un fondo del más claro azul. La lengua de tierra sobre la que se alza Cádiz es baja, pero las casas se elevan por el pesado malecón que las rodea. El continente consiste en una serie de colinas bajas pero gráciles, mientras que en el sudeste las montañas de Ronda se alzan a alguna distancia. Bajé inmediatamente a tierra, donde mi maleta de viaje fue asida por un muchacho, con la rica tez morena de uno de los mendigos de Murillo, que se alejó con ella a toda prisa hacia la puerta.

Tras alguna pequeña detención allí, fui conducido a un largo edificio desierto, parecido a un granero, donde esperé media hora antes de que llegara el funcionario correspondiente. Cuando el latino hubo tomado su tributo privado de mis cigarros de contrabando, el diablillo moreno me condujo al Hotel Inglés de Blanco, una casa pulcra y confortable en la Alameda.

Cádiz se ve pronto. A pesar de su venerable edad de tres mil años —habiendo sido fundada por Hércules, que figura en su escudo de armas—, es puramente una ciudad comercial, y no tiene ni antigüedades ni asociaciones históricas que interesen a nadie sino a los ingleses. Está construida de forma compacta, y cubre un espacio menor de lo que cuadra con mis ideas de su antiguo esplendor. Primero caminé alrededor de las murallas del mar, disfrutando de la gloriosa vista sobre las aguas azules. La ciudad está casi aislada, siendo la triple línea de fortificaciones del lado de tierra de escasa longitud. Una cornisa rocosa se extiende hacia el mar desde el punto septentrional, y en su extremo se alza la maciza torre del faro, de 170 pies de altura. Las murallas hacia el mar estaban cubiertas de compañías de pescadores ociosos, pescando con cañas de longitud enorme. En los espacios abiertos y yermos entre los bastiones, los muchachos habían extendido sus cuerdas encoladas para atrapar pájaros cantores, con reclamos piadores colocados aquí y allá en jaulas de mimbre. Numerosos barqueros y campesinos, con sus chaquetas pardas, tachonadas de flecos y buganvillas, y esas gorras negras redondas que parecen sombrereras aplastadas, merodeaban por las murallas o se recostaban en la hierba al sol.

Excepto a lo largo de la Alameda, que da frente a la bahía, el exterior de la ciudad tiene un aspecto de abandono y desolación. El interior, sin embargo, compensa esto con el aire alegre y vivaz de sus calles, que, aunque estrechas, son regulares y encantadoramente limpias. Las pequeñas plazas son la pulcritud misma, y uno queda demasiado satisfecho con esto para pedir efectos arquitectónicos llamativos. Las casas son altas y señoriales, del más deslumbrante blancor, y aunque no podríais señalar ninguna como modelo de estilo, el efecto general es casto y armonioso. De hecho, hay dos o tres calles que casi pronunciaríais impecables. El número de balcones colgantes y de patios pavimentados con mármol y rodeados de elegantes corredores, muestra la influencia del gusto morisco. No se ve una sola casa de aspecto mezquino, y no dudo que Cádiz sea la ciudad mejor construida de su tamaño en el mundo. Yace, blanca como nieve recién caída, como un racimo de palacios de marfil, entre el mar y el cielo. Azul y plata son sus colores, y, como todo el mundo sabe, no puede haber contraste más encantador.

Visité tanto la catedral vieja como la nueva, ninguna de las cuales es particularmente interesante. La última está sin terminar, y podría haber sido un edificio magnífico si el trabajo y el dinero empleados en su construcción hubieran sido dirigidos por el gusto. El interior, rico como es en mármoles y escultura, tiene un efecto pesado y confuso. Los pilares que dividen la nave de las naves laterales son enormes masas compuestas, cada una de las cuales consiste en seis columnas corintias, adosadas alrededor y contra un fuste central. Más satisfactorio para mí fue el Teatro de la Ópera, que visité por la tarde, y donde el deslumbrante despliegue de caditanas de ojos oscuros puso fin a la crítica arquitectónica. Las mujeres de Cádiz son famosas por su belleza y su andar gracioso. Algunas de ellas son muy hermosas, es verdad; pero la belleza no es la regla entre ellas. Su andar, sin embargo, es el más gracioso posible, porque es perfectamente libre y natural. La más humilde sirvienta que camina por las calles de Cádiz avergonzaría a una veintena entera de nuestras bellezas remilgadas y contoneantes.

El honrado viejo Blanco me preparó una taza de chocolate al amanecer de la mañana siguiente, y me acompañó hasta el muelle, para embarcar hacia Sevilla. Un viento furioso soplaba del sudeste, y las grandes olas verdes corrían y se perseguían incesantemente sobre la superficie de la bahía. Tomé una embarcación pesada, que los barqueros empujaron al abrigo del muelle, hasta que alcanzaron el extremo, cuando se soltó la vela frente al viento, y salimos disparados hacia el tumulto acuático. La barca se mecía y saltaba sobre la superficie agitada, corriendo con una borda sobre las olas, y sábanas de espuma salobre se rompían sobre mí. Me sentí considerablemente aliviado cuando alcancé la cubierta del vapor, pero entonces fue diversión suficiente observar a los que seguían. La multitud de barcas cabeceando tumultuosamente alrededor del vapor, empujándose unas contra otras, sus cascos brillando con la humedad, mientras se elevaban sobre las olas color berilo, rayadas con largas y rizadas líneas de espuma arrastrada por el viento, habría sido un magnífico tema para el pincel de Achenbach.

Por fin nos alejamos, con una multitud de pasajeros a proa y popa, y una pirámide de equipaje amontonada alrededor de la chimenea.

Había un grupo de cuatro ingleses a bordo, y, al trabar conocimiento con ellos, descubrí que uno de ellos era amigo de algunos de mis amigos: Sir John Potter, el progresista ex alcalde de Mánchester. Estando el viento en popa, corrimos rápidamente a lo largo de la costa, y en dos horas entramos en la desembocadura del Guadalquivir. [Este nombre proviene del árabe wadi el-kebir —literalmente, el Gran Valle.] Las orillas son una llanura muerta. La orilla derecha es un bosque lúgubre de pinos achaparrados, abundante en ciervos y otra caza; a la izquierda está la ruinosa villa de Sanlúcar, de donde Magallanes zarpó en su primer viaje alrededor del mundo. Una milla más allá está Bonanza, el puerto de Jerez, donde tocamos y tomamos a bordo un nuevo lote de pasajeros. De allí en adelante, durante cuatro horas, el paisaje del Guadalquivir tuvo una uniformidad sumamente angustiosa. Las orillas eran llanas como una tabla, con aquí y allá un crecimiento disperso de matorrales pantanosos. De vez en cuando pasábamos una choza de pastor, pero no había seres humanos que ver, excepto los campesinos que cuidaban los grandes rebaños de ovejas y ganado.

Se sirvió una especie de desayuno en el camarote, pero tan grande era el número de huéspedes que tuve mucha dificultad en conseguir algo que comer. Los camareros eran modelos de calma y deliberación.

A medida que nos acercábamos a Sevilla, aparecieron algunas colinas bajas a la izquierda, cerca del río. Deslumbrantes pueblos blancos se asentaban al pie de ellas, y todas las laderas estaban cubiertas de olivares, mientras que las orillas del arroyo estaban bordeadas de plateados abedules. Esto daba al paisaje, a pesar del calor y el brillo africanos del día, un aspecto gris y casi invernal. Pronto la grácil Giralda, o famosa Torre de Sevilla, se alzó en la distancia; pero, debido a los meandros del río, tardamos media hora en alcanzar el embarcadero.

Uno no ve nada de la afamada belleza de Sevilla al aproximarse a ella. La barca se detiene bajo la Alameda, donde los pasajeros son recibidos por los funcionarios de la Aduana, que, en mi caso, no verificaron las historias que de ellos se contaban en Cádiz. Entregué mi maleta de viaje a un muchacho, que me condujo a lo largo de las calurosas y polvorientas orillas hasta el puente sobre el Guadalquivir, donde

entró en la ciudad. Al pasar el gato, dos guardias holgazanes detuvieron mi equipaje, a pesar de que ya había sido examinado. «¡Cómo!», dije yo, «¿examináis dos veces al entrar en Sevilla?». «Sí», respondió uno; «dos veces, y hasta tres veces»; pero añadió en voz más baja, «depende enteramente de usted». Dicho esto, se deslizó detrás de mí y dejó caer una mano junto a mi bolsillo. La transferencia de una pequeña moneda se hizo con destreza, y pasé sin más detenciones a la Fonda de Madrid.

Sir John Potter contrató a Antonio Bailli, el célebre guía de Sevilla, que presume de haber sido el cicerone de todos los viajeros distinguidos, desde Lord Byron y Washington Irving hasta Owen Jones, y yo acepté gustoso su invitación a unirme al grupo. Bailli es recomendado por Ford como «gordo y de buen humor». Gordo lo es ciertamente, y muy de buen humor cuando habla de sí mismo, pero ha sido bastante malcriado por la popularidad, y es demasiado profuso en sus observaciones críticas sobre arte y arquitectura. No obstante, como mi estancia en Sevilla es limitada, no he sacado escasa ventaja de sus servicios.

La primera mañana di un paseo temprano por las calles. Las casas son de un blanco deslumbrante, como las de Cádiz, pero son más pequeñas y no tienen los mismos exteriores majestuosos. Las ventanas están protegidas por rejas de hierro, de labrados floridos, y, como muchas de ellas están pintadas de verde, el efecto general es agradable. Casi todas las puertas se abren a un patio, o corral, pavimentado con mármol blanco y negro y adornado con flores y fuentes. Muchos de estos perduran de la época de los moros, y aún están rodeados por los delicados arcos y la brillante azulejería de aquel período. El populacho en las calles

LA GIRALDA.

era enteramente español: el jaque majo con su extraña gorra negra, faja y chaqueta bordada, y la doncella de tez morena y ojos oscuros, deslizándose con su mantilla y armada con el irresistible abanico.

Fuimos primero a la Catedral, construida sobre el solar de la gran mezquita de Abou Youssuf Yakoub. La esbelta Giralda nos hacía señas por encima de las copas de los edificios intermedios, y finalmente un recodo de la calle nos llevó a la antigua puerta morisca del lado norte. Es un admirable ejemplar del arco de herradura, y está cubierta de elaborada tracería. Originalmente se abría al patio, o sahn, de la mezquita, que aún se conserva, y está sombreado por un bosquecillo de naranjos.

La Giralda, a mi parecer, es una torre más perfecta que el Campanile de Florencia, o que el de San Marco, en Venecia, que evidentemente es una idea tomada de aquella. La estructura morisca, con una base de cincuenta pies cuadrados, se eleva a la altura de doscientos cincuenta pies. Es de un color rosa claro, y los lados, que están interrumpidos aquí y allá por arcos sarracenos dobles de exquisitas proporciones, están cubiertos de arriba abajo de tracería arabesca, tallada en fuerte relieve. Sobre esta torre, un arquitecto español ha colocado una aguja afilada, de cien pies de altura, que afortunadamente armoniza con el diseño general, y da la gracia coronaria a la obra.

La Catedral de Sevilla puede figurar entre los conjuntos góticos más grandiosos de Europa. A la nave le faltan sólo cinco pies para ser tan alta como la de San Pedro, mientras que la longitud y la anchura del edificio son de una escala proporcionada. Las noventa y tres ventanas de vidrieras llenan el interior de una luz suave y ricamente matizada, más dulce y apacible que el sombrío crepúsculo de las catedrales góticas de Europa. La riqueza

derrochada en las capillas y santuarios menores es prodigiosa, y el altar mayor, encerrado dentro de una reja dorada de cincuenta pies de altura, es probablemente la masa de talla en madera más enorme que existe.

La Catedral, en efecto, está abrumada por sus riquezas. Si bien te deslumbran como monumentos del trabajo y la paciencia humanos, restan a la grandiosa sencillez del edificio. La gran nave, a cada lado del crucero, está bastante obstruida, de modo que el coro y la magnífica capilla real detrás de él tienen casi el efecto de edificios separados.

Volvimos de nuevo esta mañana, permaneciendo dos horas, y logramos hacer un reconocimiento completo, incluyendo una serie de cuadros sin valor y santuarios bárbaramente ricos. El «Ángel de la Guarda» de Murillo y la «Visión de San Antonio» son las únicas joyas. La tesorería contiene una serie de vasos sagrados de plata, oro y joyas —entre otras cosas, las llaves de la Sevilla morisca, una cruz hecha con el primer oro traído del Nuevo Mundo por Colón, y otra del robado en México por Cortés. La Catedral se ganó cada vez más mi admiración. La colocación de las numerosas ventanas, y su rico colorido, producen los más gloriosos efectos de luz en las elevadas naves, y uno va encontrando constantemente nuevas perspectivas, nuevas combinaciones de pilar, arco y santuario. El edificio es en sí mismo un tesoro de los más grandiosos cuadros góticos.

De la Catedral fuimos al Alcázar (El-Kasr), o Palacio de los Reyes Moros. Entramos por un largo pasaje, con arcos redondos a cada lado, apoyados en columnas gemelas, colocadas en ángulo recto con la línea del arco, como se ve tanto en las estructuras sarracenas como en las bizantinas. Finalmente, el viejo Bailli nos condujo a un patio sombrío y desierto, donde nos sorprendió la vista de una fachada morisca entera, con sus

arcos apuntados, su tejado saliente, sus ricos ornamentos esculpidos y sus iluminaciones de rojo, azul, verde y oro. Ha sido restaurada recientemente, y ahora rivaliza en frescura y brillantez con cualquiera de las ricas casas de Damasco. Una puerta, demasiado baja y mezquina para el esplendor de los muros que se alzan sobre ella, nos admitió en el primer patio. A cada lado del pasaje están las salas de la guardia y de los nobles moros. Dentro, todo es sarraceno puro, y absolutamente perfecto en su gracia y riqueza. Es la realización de un sueño oriental; es la poesía y el lujo del Oriente en formas tangibles. Donde tanto depende de la proporción y la armonía de las distintas partes —de esas correspondencias cuya unión crea el alma innombrable de la obra, que no puede expresarse con palabras—, es inútil describir los detalles. De principio a fin —las cámaras de aparato; los arcos festoneados; la tracería abierta, ligera y frágil como las estrellas de escarcha cristalizadas en el cristal de una ventana; los patios, dignos de ser vestíbulos del Paraíso; la sala de audiencias, con sus maravillosas esculturas, sus columnas y pavimento de mármol, y su cúpula dorada; el jardín, espléndido con sus palmeras, bananeros y naranjos—, todo estaba en perfecta consonancia, todas joyas de igual lustre, formando un diadema que aún presta una dignidad real al fantasma del poder morisco.

Pasamos luego a los jardines trazados por los monarcas españoles —diseños pulcros y matemáticos, de boj y mirto, con fuentes ocultas que brotan por doquier de improviso en medio de los paseos pavimentados; aunque aún embellecidos por las rosas y jazmines que colgaban en apretados racimos sobre las balaustradas de mármol, y por los grupos de altos naranjos, inclinados hacia la tierra bajo el peso de su fruto. Visitamos después la llamada Casa de Pilatos —un fino palacio

hispano-morisco, que ahora pertenece al Duque de Medina Celi. Es muy rico y elegante, pero guarda con el Alcázar la misma relación que una buena copia con el cuadro original. La gran escalera, sin embargo, es una maravilla de azulejería, distinta de todo lo demás en Sevilla, y muestra un ingenio en la invención de elaborados patrones ornamentales que es verdaderamente asombroso. Varios operarios trabajaban afanosamente en la restauración del palacio, para adecuarlo a la residencia del joven Duque. Las esculturas moriscas se reproducen en yeso, lo que, al menos, tiene mejor efecto que el fatal encalado bajo el cual se ocultan los tintes originales del Alcázar. En los patios se alzan varios bustos romanos —antigüedades españolas, y por tanto no de gran mérito—, singularmente fuera de lugar en nichos rodeados de motivos árabes y sentencias del Corán.

Esta mañana subí a la Giralda. El sol acababa de salir, y el día era fresco y claro como el cristal. Una pequeña puerta en la Catedral, cerca del pie de la torre, estaba abierta, y entré. Una sevillana bastante desaliñada acababa de terminar su tocado, pero dos niños seguían aún en ropa de casa. Sin embargo, abrió una puerta en la torre, y subí sin impedimento.

El ascenso es por rampas suaves, y caminé cuatrocientos metros, o casi un cuarto de milla, antes de llegar a lo alto de la parte morisca. La vista panorámica era soberbia. Hacia el este y el oeste, el Gran Valle formaba una línea nivelada en un horizonte lejano. Había cordilleras de colinas al norte y al sur, y las que se alzan cerca de la ciudad, vestidas con un manto gris de olivos, estaban pintorescamente coronadas de aldeas. El Guadalquivir, serpenteando en los más sinuosos laberintos, ya no tenía un tinte turbio; reflejaba el cielo azul de la mañana, y

brillaba blanca y hermosa bajo mis pies, con sus torres pintadas y sus cúpulas de azulejos alzándose espesamente entre la masa de edificios. El sol bajo arrojaba sombras en los innumerables patios, permitiendo discernir claramente la mezcla de arquitectura española y morisca, incluso a esa altura. Un tenue vapor dorado suavizaba los rasgos del paisaje hacia el sol, mientras que, en el lado opuesto, cada objeto destacaba con los contornos más nítidos y claros.

De camino al Museo, Bailli nos llevó a casa de un amigo suyo, para que pudiéramos probar el auténtico vino de Manzanilla. Es una cosecha de color pajizo pálido, producida en el valle del Guadalquivir. Está aromatizada con flores de manzanilla, y se dice que es un buen tónico para los estómagos débiles.

El dueño sacó entonces un vino de color rojo oscuro, que declaró tener treinta años. Era casi un jarabe por su consistencia, y sabía más a zarzaparrilla que a uva. Ninguno de nosotros lo apreció, excepto Bailli, que quedó tan inspirado por el trago que nos cantó dos canciones moriscas y una copla andaluza, llena de gracia y donaire.

El Museo contiene una gran cantidad de cuadros malos, pero también contiene veintitrés obras de Murillo, muchas de ellas de su mejor período. Para quienes sólo han visto sus tiernas y espirituales «Concepciones» y «Asunciones», su «Visión de San Francisco» en esta galería revela un dominio de los caminos más elevados de su arte que no habrían anticipado. Pero es en sus «Querubines» y sus «Niños Jesús» donde sobresale. Nadie pintó jamás la gracia y la belleza infantiles con pincel tan fiel. Sólo hay un Velázquez en la colección, y lo único que me interesó, en dos salas llenas de basura, fue una «Concepción» del discípulo mulato de Murillo, que algunos dicen

que fue su esclavo. Aunque es una imitación del gran maestro, es un cuadro de mucha dulzura y belleza. No existe ninguna otra obra del artista, y ésta, como única producción del género de un pintor de sangre africana mixta, debería pertenecer a la República de Liberia.

Entre los demás huéspedes de la Fonda de Madrid está el señor Thomas Hobhouse, hermano del amigo de Byron. Tuvimos una agradable reunión en el patio esta noche, escuchando al ciego

Pépé, que cantó con su guitarra una mezcla de

estribillos. El canto envalentonó al viejo; al final, nos dio la canción radical de España, que ahora

está estrictamente prohibida. La melodía es encantadora, pero demasiado alegre; uno bailaría antes que luchar al compás de sus medidas. No lleva la mano a la espada, como la gloriosa Marsellesa.

¡Adiós, hermosa Sevilla!

Líneas de diligencias españolas—Salida de Sevilla—Un comienzo desgraciado—Alcalá de los Panaderos—Comida en Carmona—Una dehesa—El mayoral y su tiro—Écija—Viaje nocturno—Córdoba—La catedral-mezquita—Arquitectura morisca—La Sierra Morena—Un

viaje lluvioso—Un capítulo de accidentes—Bailén—La fascinación de España—Jaén—La vega de Granada.

Granada, 14 de noviembre de 1852.

Es una sensación envidiable sentir por primera vez que se está en Granada. Ninguna cantidad de viajes puede debilitar el interés romántico que se adhiere a este lugar lleno de historia, ni quitar nada a la frescura de esa emoción con que se le contempla por vez primera. Estoy sentado casi al pie de la Alhambra, cuyos muros puedo ver desde mi ventana, bastante satisfecho por hoy con estar aquí. Ha estado lloviendo desde que llegué, el trueno retumba sobre mi cabeza y las montañas están cubiertas de nubes, de modo que me veo obligado a quedarme dentro, con el lujo de saber que todas las maravillas del lugar están a mi alcance. Y ahora permítaseme entretener el tiempo tedioso dándoos un bosquejo de mi viaje desde Sevilla hasta aquí.

Hay tres líneas de diligencias de Sevilla a Madrid, y su competencia ha reducido el precio a 12 dólares, lo que, para un trayecto de 350 millas, es notablemente barato. El viaje se hace por lo común en tres días y medio. Una línea secundaria desde Bailén —casi

LAS TIERRAS DEL SARACENO.

a mitad de camino— se desvía hacia el sur hasta Granada, y como no hay competencia en esta parte del trayecto, me cobraron 15 dólares por un asiento directo en el coupé. Debido a lo avanzado de la estación y al limitado tiempo de que disponía, esto era preferible a tomar caballos y recorrer el país a caballo desde Sevilla hasta Córdoba. En consecuencia, a una hora temprana del pasado jueves por la mañana, provisto de un billete de viaje que decía: «Don Valtar de Talor» (yo mismo), me despedí de mis amigos ingleses en la Fonda de Madrid, subí a un inmenso y pesado vehículo amarillo, tirado por diez mulas, y partí, confiando en mi buena suerte y en mi mal español para salir sano y salvo. El comienzo, sin embargo, fue poco propicio, y muy a menudo un tropiezo al arrancar hace que todo el viaje cojee.

La mula del lado izquierdo del primer tiro era un caballo, montado por nuestro postillón, y nada podía impedir que aquel caballo se lanzara a toda clase de calles y callejones adonde no deseábamos ir. Como todas las mulas tienen fe implícita en los caballos, naturalmente el resto de los animales siguió. Tardamos media hora en salir de Sevilla, y cuando por fin alcanzamos el camino abierto y partimos a galope tendido, una de las mulas del tiro cayó y fue arrastrada por el polvo unas veinte o treinta varas antes de que pudiéramos detenernos. Mis compañeros en el coupé eran un joven oficial español y su bonita esposa andaluza, que hacía su primer viaje fuera de casa, y tras estos percances se hallaba en un estado de constante temor y ansiedad.

La primera etapa, a través del valle del Guadalquivir, nos llevó a la villa de Alcalá, que yace en el regazo de las colinas sobre el hermoso riachuelo Guadaira. Es un lugar pintoresco; los desnudos acantilados que se ciernen sobre el arroyo tienen el rico y apagado tinte del cinabrio, y los árboles y la maleza de los

prados y las laderas están dispuestos a la mano del artista. La villa se llama Alcalá de los Panaderos por sus cientos de molinos harineros y hornos de pan, que abastecen a Sevilla de esas trenzas blancas, finas y deliciosas de que España puede justamente enorgullecerse. Debieron haber sido enviadas a la Exposición el año pasado, junto con las hojas toledanas y los mosaicos de madera. Dejamos el lugar y su población de cabezas enharinadas, y torcimos hacia el este por anchas y onduladas extensiones, salpicadas aquí y allá de retorcidos olivos.

El suelo era suelto y arenoso, y setos de áloes bordeaban el camino. El país está escasamente poblado y muy poco de él bajo cultivo.

Hacia el mediodía llegamos a Carmona, que fue fundada por los romanos, como, en efecto, lo fueron casi todas las villas del sur de España. Ocupa la cresta y la ladera norte de una alta colina, sobre la cual aún se alza el antiguo castillo morisco. El Alcázar, o palacio, y las murallas moriscas también subsisten, aunque en muy ruinoso estado. Aquí nos detuvimos a comer, pues la «Nueva Peninsular», en la que me había embarcado, tiene sus hoteles a lo largo de toda la ruta, como la de Zurutuza, en México. Nos condujeron a una salita contigua a las caballerizas y adornada con estampas coloreadas que ilustraban la historia de don Juan de Austria. Los manteles, platos y demás accesorios eran de muy ordinaria calidad, pero indiscutiblemente limpios; nos sentamos y al punto apareció la comida. Primero, una sopa de fideos que encontré sabrosa; luego la olla nacional, un plato de enormes guisantes amarillos, salpicado de trocitos de tocino y sazonado con aceite; luego tres cursos sucesivos de pollo, hervido, guisado y asado, pero «en todos los casos deshecho y sin una partícula de su

sabor original. Este era el estilo habitual de nuestras comidas en el camino, ya fuera desayuno, comida o cena, salvo que a veces se sustituía el ave por cabrito, y que el aceite empleado, más o menos rancio, daba distintos sabores a los platos. Una tanda de melones, uvas o granadas ponía fin al ágape, cuyo precio variaba de diez a doce reales —siendo un real cosa de medio dime—. En Sevilla, en la Fonda de Madrid, la cocina es realmente excelente; pero más hacia el interior, a juzgar por lo que he oído, es aún peor de lo que he descrito.

Prosiguiendo nuestro viaje, rodeamos la ceja meridional de la colina, bajo las almenas moriscas. Aquí se abrió una soberbia vista hacia el sur y el este sobre la ancha vega de Carmona, hasta la cadena montañosa que la separa de la llanura de Granada. La ciudad tiene por escudo de armas una estrella de plata en campo de azur, con la pomposa divisa: «Como Lucifer brilla en la mañana, así brilla Carmona en Andalucía». Si brilla en algo, es por ser ciudad asentada sobre un monte; pues ese es el único esplendor que pude hallar en el lugar.

La vega de Carmona está parcialmente cultivada y ahora ostenta un sombrío tinte pardo por sus extensiones de tierra arada.

El cultivo cesó pronto, sin embargo, y entramos en una dehesa, una llanura sin límites de tierra baldía, cubierta de matorrales de palmitos. Rebaños de cabras y ovejas, guardados por pastores con capas pardas, vagaban de acá para allá, y salvo sus chozas y una casa aislada, con su grupo de palmeras, no había señal de vivienda. El camino era una arena roja y profunda, y nuestras mulas avanzaban lenta y penosamente, aguijadas por los incesantes gritos del mayoral, o conductor, y su mozo. Como el látigo del mayoral solo podía alcanzar al segundo El mozo, en cambio, tenía por oficio saltar a tierra cada diez minutos, correr adelante y azotar los flancos de las mulas delanteras, lanzando al mismo tiempo una serie de agudos aullidos que parecían herir a las pobres bestias con tanta severidad como el látigo. Desafío incluso a un oído español a distinguir el sentido de esos gritos, y la gran maravilla era cómo podían salir todos de una garganta tan pequeña. Cuando llegaba el momento de un tirón fuerte, estallaban y reventaban como descargas de fusilería, y volaban como granizos en torno a las orejas de los machos (hemulos). El postillón, que sólo tiene a su cargo la pareja delantera, es hombre silencioso, pero ha contraído la costumbre de dormir en la silla, la cual menciono para provecho de los viajeros tímidos, pues añade interés a un viaje nocturno.

Las nubes que se habían ido acumulando todo el día se asentaron ahora sobre la llanura, y la noche cayó con una lluvia monótona. A las ocho llegamos a la ciudad de Ecija, donde hicimos dos horas de alto y cenamos. Estaba tan oscuro y lluvioso que nada vi, ni siquiera el clásico Xenil, el río de Granada, que atraviesa la ciudad camino del Guadalquivir.

La noche se fue deslizando lentamente, y mientras el mozo dormitaba en su puesto, yo arrebataba retazos de sueño entre sus gritos. Cuando el paisaje comenzó a hacerse distinto en el gris y nublado amanecer, vimos ante nosotros a Córdoba, con la oscura sierra de Morena alzándose a su espalda. Esta ciudad, en otro tiempo gloria de la España mora, capital del gran Abd-er-Rahman, que en su auge contuvo un millón de habitantes, es ahora una melancólica ruina. No conserva ni la sombra del arte, la ciencia y el gusto que entonces la distinguían, y el único encanto que posee proviene de esas asociaciones y del despojado resto de su renombrada Mezquita.

Cruzamos el Guadalquivir por un hermoso puente construido sobre cimientos romanos, y avanzamos despacio por la única calle larga, áspera y torcida. La diligencia se detiene una hora para que los pasajeros desayunen, pero mi primer pensamiento fue para la Catedral-mezquita, la Mezquita, como todavía se la llama. «Está cerrada —dijo la harapienta muchedumbre que se congregó en torno nuestro—; no podrá entrar hasta las ocho.» Pero yo recordé que una llave de plata abre cualquier cosa en España, y tomando un mozo por guía nos apresuramos cuanto lo permitían los ásperos empedrados. Tuvimos que recorrer de nuevo toda la longitud de la ciudad, pero al llegar a la Catedral la encontramos abierta. El exterior es bajo y bastante llano, aunque de gran extensión. Una puerta morisca me dio acceso al patio original, o haram, de la mezquita, plantado de naranjos y con la fuente para las abluciones de los fieles musulmanes en el centro.

El área de la Mezquita propiamente dicha, excluido el patio, es de unos cuatrocientos por trescientos cincuenta pies. Fue construida según el plan de la gran Mezquita de Damasco, hacia fines del siglo octavo.

Los materiales —incluidas mil doscientas columnas de mármol, jaspe y pórfido, procedentes de las ruinas de Cartago y de los templos del Asia Menor— pertenecieron a una basílica cristiana de la dominación goda, que se había edificado sobre los cimientos de un templo romano de Jano; de modo que las tres grandes creencias del mundo han tenido aquí sucesivamente su sede. Los moros consideraban esta mezquita como segunda en santidad después de la de La Meca, y peregrinaban a ella desde todas partes de España y Berbería. Aun ahora, aunque despojada de gran parte de su gloria, supera a cualquier mezquita oriental en que yo haya penetrado, excepto Santa Sofía, que es cristiana.

Todas las diecinueve entradas originales —hermosos arcos de herradura— están cerradas, salvo la central. Entré por una puerta baja, en un ángulo del corredor. Una selva de columnas unidas por arcos dobles (uno que arranca sobre el otro, con una abertura entre ambos) extendía sus oscuras naves ante mí en el crepúsculo matinal. Las ochocientas cincuenta columnas de este bosque de mármol formaban laberintos y marañas que a hora tan temprana parecían sin límites, pues sus largas perspectivas se perdían en las sombras. Había lámparas encendidas ante remotos santuarios, y algunos fieles arrodillados en silencio aquí y allá. El sonido de mis propios pasos, mientras vagaba entre las filas de pilares, era todo lo que oía. En el centro del bosque (pues tal parecía) se alza el coro, un excrecencia chillona y sin gusto añadida por los cristianos. Incluso Carlos V, que puso mano despiadada en la Alhambra, reprochó al obispo de Córdoba esta desfiguración bárbara e innecesaria.

El sacristán encendió lámparas para mostrarme las capillas moriscas. Nada más que los preciosos materiales de que están compuestas estas exquisitas estructuras podría haberlas salvado de las santas manos de la Inquisición, que destruyó intencionadamente todas las antigüedades romanas de Córdoba. Aquí se repiten los arcos festoneados, las filigranas como encaje, las inscripciones enlazadas y las cúpulas de estalactitas colgantes que os encantan en el Alcázar de Sevilla, no en estuco, sino en mármol purísimo, mientras que la entrada al «santo de los santos» es probablemente la pieza de mosaico más gloriosa del mundo. El pavimento del interior está profundamente gastado por las rodillas de los peregrinos musulmanes, que lo recorrían siete veces, de rodillas, como ahora hacen en la Kaaba, en La Meca. Los lados están bordados con sentencias del Corán, en caracteres cúficos, y el techo tiene forma de concha acanalada, de una sola pieza de mármol blanco purísimo, de quince pies de diámetro. El techo del vestíbulo es una maravillosa obra de artesanía, formado por arcos apuntados que se enlazan y entrelazan unos con otros, como obra de cestería. Ningún pueblo labró nunca la poesía en piedra tan perfectamente como los sarracenos.

Al contemplar estas preciosas reliquias de una raza elegante y refinada, no puedo menos de sentir un vivo pesar de que su reino pasara alguna vez a otras manos.

Dejando Córdoba, nuestro camino seguía el Guadalquivir, al pie de la Sierra Morena, que se alzaba oscura y severa, barrera de las mesetas centrales de La Mancha. En Alcolea cruzamos el río por un noble puente de mármol negro, en completo desacuerdo con el miserable camino. Llovía sin cesar, y el paisaje que atravesábamos tenía un carácter salvaje y sombrío. El único árbol que se veía era el olivo, que cubría las colinas de cerca y de lejos, mostrando la profusión de su fruto la natural riqueza del suelo. Esta parte del camino está a veces infestada de ladrones, y una vez, cuando vi a dos individuos que nos esperaban en un desfiladero solitario, con los cañones de los fusiles asomando bajo sus negros capotes, anticipé una repetición de una desagradable experiencia anterior. Pero resultaron ser miembros de la guardia civil, y por tanto nuestros protectores.

Los surcos y lodazales, hechos por la lluvia, retrasaban nuestro avance, y era de noche cuando llegamos a Andújar, a catorce leguas de Córdoba. Hasta Baylen, donde yo debía dejar la diligencia y tomar otra que bajaba de Madrid a Granada, había cuatro leguas más. Seguimos viaje en la oscuridad, bajo una lluvia torrencial, subiendo y bajando cuestas durante algunas horas, cuando de pronto cesaron los gritos del mozo y la diligencia se detuvo en seco. Hubo algunas palabras entre nuestros conductores, y luego el mayoral abrió la portezuela y nos invitó a bajar. El postillón se había dormido, y las mulas nos habían llevado por un camino equivocado. Se intentó dar la vuelta a la diligencia, pero no se logró, dejándola plantada de lleno contra un alto ribazo de barro. Nosotros, entretanto, estábamos de pie, tiritando de frío y mojados, y la hermosa andaluza derramaba abundantes lágrimas.

Afortunadamente, Baylen estaba cerca, y tras alguna demora vinieron dos hombres con linternas y nos escoltaron a la posada, o mesón, adonde llegamos a medianoche. La diligencia de Madrid, que debía haber llegado seis horas antes, no había hecho su aparición, y pasamos el resto de la noche en una habitación fría, en ayunas, pues la comida sólo debía servirse cuando llegaran los otros pasajeros. Al amanecer, por fin, se nos concedió un solo plato de carne aceitosa, y como ya era seguro que había ocurrido algún accidente, los pasajeros para Madrid pidieron al Administrador que los enviara en un coche extraordinario. Éste se negó, y empezaron a hablar de organizar un pronunciamiento, cuando llegó un mensajero con la noticia de que la diligencia se había averiado a medianoche, a unas dos leguas de distancia.

Se despacharon entonces herramientas, nueve horas después de ocurrido el accidente, y podíamos esperar vernos libres de nuestro encierro en otras cuatro o cinco.

Baylen es un lugar miserable, célebre por tener la primera palmera que ven quienes vienen de Madrid, y por la victoria obtenida por Castaños sobre las fuerzas francesas mandadas por Dupont, que ocasionó la huida de José Bonaparte de Madrid y la liberación temporal de España del yugo francés. Castaños, que recibió el título de duque de Baylen, y a quien los españoles comparan con Wellington, murió hace unos tres meses. El campo de batalla lo pasé de noche; la palmera la encontré, pero ahora es un mero tocón, pues le arrancaron las hojas para proteger las casas de los habitantes de los rayos. Nuestra posada tenía una de ellas colgada en la ventana. Por fin llegó la diligencia, y a las tres de la tarde, cuando debía estar ya a la vista de Granada, dejé los desolados muros de Baylen. Mis compañeros de viaje eran un joven vástago de la nobleza española y tres monjas de caras rechonchas.

El resto del viaje, aquella tarde, fue por una región ancha y montuosa, enteramente desnuda de árboles y habitaciones, y sólo en parte cultivada. Había algo sublime en su misma desnudez y soledad, y me sentí atraído hacia ella como hacia el Desierto. En efecto, aunque he visto poco paisaje hermoso desde que salí de Sevilla, he tenido el peor tiempo y no muy gratas experiencias de viaje, el país ha ejercido sobre mí una fascinación que no comprendo del todo. Me encuentro constantemente a punto de hacer voto de volver. Muy a mi pesar, la noche cayó antes de que llegáramos a Jaén, capital del reino moro de ese nombre. Nos detuvimos un breve rato en la gran plaza de la villa, donde el murmullo de las fuentes se mezclaba con el sonido de la lluvia, y el negro y dentado perfil de una montaña que domina el lugar era visible a través de la tormenta.

Toda la noche seguimos viaje por las montañas, unas veces chapoteando en arroyos crecidos, otras casi deteniéndonos en lechos de profundo lodo. Cuando amaneció esta mañana, subíamos por colinas pedregosas y salvajes, cubiertas de matorral, y el conductor dijo que estábamos a seis leguas de Granada. Seguimos adelante, por un país solitario, con alguna que otra gran venta, o mesón de campo, junto al camino, y hacia las nueve, cuando el cielo se despejó algo, vi ante nosotros, muy alto bajo las nubes, los campos de nieve de la Sierra Nevada. Una hora después rodábamos entre jardines, viñedos y olivares, con la magnífica Vega de Granada extendiéndose a lo lejos a la derecha, y las Bermejas Torres de la Alhambra coronando las alturas ante nosotros.

Mateo Ximénez, el Joven—La Catedral de Granada—Un milagro monacal—Santuarios católicos—Querubines militares—La Capilla Real—Las tumbas de Fernando e Isabel—Capilla de San Juan de Dios—El Albaycín—Vista de la Vega—El Generalife—La Alhambra—Torre de la Vela—Las murallas y torres—Una visita al viejo Mateo—El Patio de los Arrayanes—Las salas de la Alhambra—Carácter de la arquitectura—Sala de los Abencerrajes—Sala de las Dos Hermanas—La dinastía mora en España.

Proverbio andaluz.

GRANADA, miércoles, 17 de noviembre de 1852.

Apenas llegué aquí, me asaltó un anciano que quería hacer de guía, pero el mozo del hotel me puso en la mano una tarjeta que decía: «Don Mateo Ximenez, guía del célebre Washington Irving», y despedí al otro pretendiente. A la mañana siguiente, cuando el mozo me trajo el chocolate, me dijo: «Señor, el chico le está esperando.» El «pequeño» resultó ser el hijo del viejo Mateo, «el honrado Mateo», que aún vive arriba, en la Alhambra, pero que ya es demasiado viejo para continuar el negocio, salvo en las grandes ocasiones. Acepté al joven Mateo, que habló con el mayor entusiasmo del señor Irving, afirmando que toda la familia le estaba consagrada, en vida y en muerte. Seguía

lloviendo furiosamente, y el dorado Darro, que ruge frente al hotel, era una crecida inundación pardusca. No me extraña que a veces amenace, como dice la vieja copla, con desbordarse por el Zacatín y arrastrarlo hasta su novia, el Xenil.

Hacia el mediodía se abrieron un poco las nubes y salimos. Tras pasar por la puerta y la plaza de Vivarrambla (¿no vendrá este nombre del árabe bab er-raml, «la puerta de la arena»?), pronto llegamos a la Catedral. Esta mole maciza, que constituye un buen elemento en la vista lejana de Granada, no resulta en absoluto imponente de cerca. El interior es una mezcla de gótico y romano, deslumbrante de blanqueo, y roto, como el de Sevilla, por un coro de madera y dos grandes órganos que obstruyen la nave. Algunas de las capillas laterales son, sin embargo, espléndidas masas de talla y dorado. En una de ellas hay dos retratos de cuerpo entero de Fernando e Isabel, que se supone son de Alonzo Cano. La Catedral contiene otros buenos cuadros del mismo maestro, pero todos sus antiguos tesoros fueron llevados por los franceses.

Pasamos luego a la Galería de Pinturas, que está en el convento franciscano. Hay dos pequeños Murillos, muy deteriorados, algunos Alonzo Canos pasables, unos cuantos cuadros vulgares de Juan de Sevilla, y un centenar o más de autores cuyos nombres no pregunté, pues una colección más horrible de bazofia no ha visto jamás mis ojos. Uno de ellos representa un milagro obrado por dos santos, que cortan la pierna enferma de un blanco doliente y la sustituyen por la pierna sana de un negro muerto, cuyo cuerpo se ve tendido junto al lecho. A juzgar por el rostro macilento del paciente, la operación es bastante dolorosa,

aunque la historia cuenta que la pierna negra creció rápidamente y el hombre sanó. El cuadro ilustra al menos la ausencia de «prejuicio de color» entre los santos.

Entramos en la iglesia contigua de Santo Domingo, que tiene varios retablos riquísimos de mármol y oro. Una especie de sacristán sacerdotal nos abrió la iglesia de la Virgen del Rosario —una mezcla reluciente de mármol, oro y espejos, que produce un efecto bastante rico—. Los hermosos mármoles de vetas amarillas y rojas son de Sierra Nevada. La sagrada Virgen —una muñeca grande de ojos saltones y mejillas rosadas— lleva un vestido de plata, en forma de campana, incrustado de rubíes y otras piedras preciosas. La absoluta falta de gusto en la mayoría de los santuarios católicos es cosa extraordinaria. Parece notable que una Iglesia que ha producido tantos artistas gloriosos viole tan constante y groseramente las reglas más simples del arte. El único santuario que he visto que estuviera en armonía con el objeto adorado es el de la Virgen, en Nazaret, donde no hay ni cuadro ni imagen, sino solo jarrones de flores fragantes y óleo perfumado en lámparas de oro, ardiendo ante una tabla de mármol inmaculado.

Entre las decoraciones de la capilla hay una multitud de querubines pintados al fresco en el techo, y uno de ellos está representado en el acto de disparar un trabuco. «¿Es verdad que los ángeles llevan trabucos?», pregunté al sacerdote. Se encogió de hombros con una especie de media sonrisa y no dijo nada. En la Catedral, en los plintos de las columnas de las naves exteriores, hay varios avisos del tenor de que «quien habla con mujeres, ya sea en la nave o en las naves laterales, se pone por ello en peligro de excomunión». No pude menos de reír al leer este estatuto monacal y, sin embargo, tan poco monacal.

«Oh —dijo Mateo—, todo eso era en los tiempos despóticos; ahora no es así.»

Un diluvio de lluvia puso fin a mis visitas hasta la mañana siguiente, en que salí con Mateo a visitar la Capilla Real.

Se había cometido un asesinato durante la noche, cerca de la entrada del Zacatín, y las losas estaban aún rojas con la sangre de la víctima. Se celebraba no sé qué función en la Capilla, y entramos en la sacristía a esperar. Los sacerdotes y los monaguillos estaban allí, cambiándose las vestiduras; me saludaron de buen humor, aunque había en sus rostros una expresión que decía claramente: «¡un hereje!». Terminado el oficio, entré en la capilla y examiné el altar mayor, con sus toscas tallas en madera que representan la rendición de Granada. Los retratos de Fernando e Isabel, del cardenal Ximénez, de Gonzalo de Córdoba y del rey Boabdil son muy curiosos. Otra tabla representa el bautismo de los moros conquistados.

En el centro de la capilla se alzan los monumentos erigidos a Fernando e Isabel, y a sus sucesores Felipe I y María, por Carlos V. Son altos catafalcos de mármol blanco, soberbiamente esculpidos, con las efigies de cuerpo entero de los monarcas sobre ellos. Las figuras son admirables; la de Isabel, sobre todo, aunque los rasgos están fijados en el reposo de la muerte, expresa todos los rasgos grandes y nobles que pertenecieron a su carácter. El sacristán retiró la estera de una parte del suelo, dejando al descubierto una reja de hierro debajo. Un olor húmedo y mohoso, significativo de muerte y podredumbre, subió por la abertura. Encendió dos largos cirios de cera, levantó la reja, y le seguí por los estrechos escalones hasta la bóveda donde yacen los ataúdes de los Reyes Católicos. Fueron traídos aquí desde la Alhambra en 1525. Los sarcófagos de plomo, que contienen los cuerpos de Fernando e Isabel, yacen, uno junto a otro, sobre losas de piedra; y mientras yo estaba entre los dos, apoyando una mano en cada uno, el sacristán colocó los cirios en unas aberturas de la piedra, a la cabecera y a los pies. Duermen, como desearon, en su amada Granada, y ninguna mano profana ha perturbado jamás el reposo de sus cenizas.

Tras visitar la iglesia de San Jerónimo, fundada por Gonzalo de Córdoba, fui a la iglesia y hospital contiguos de San Juan de Dios. Un sacerdote gordo, que se lavaba las manos en la sacristía, envió a un muchacho para mostrarme la capilla de San Juan y las reliquias. Los restos del santo reposan en un cofre de plata, colocado en el centro de una capilla ricamente adornada. Entre las reliquias hay una espina de la corona de Cristo que, como cualquier botánico puede ver, debió de crecer en una planta distinta de la otra espina que muestran en Sevilla; y ninguna de las dos especies se encuentra en Palestina. La verdadera spina christi, el nebbuk, tiene espinas muy pequeñas; pero nada podría ser más cruel, como comprobé al cabalgar entre matas de ella cerca de Jericó. El muchacho me mostró también un diente de San Lorenzo, un bicuspide torcido y pardusco, del que inferiría que el santo era un hombre más bien feo. La capilla dorada de San Juan contrasta singularmente con una de las prendas que llevó en vida —una cogulla de juncos trenzados, que parece una vieja cesta de pescado—, que se conserva en una vitrina. También puede verse su retrato: un rostro dulce y hermoso, verdaderamente el de uno que anduvo haciendo el bien. Fue una especie de John Howard español, y mereció la canonización, si alguien la mereció.

Subí por la calle del Darro al Albaycín, al que

entramos por una de las puertas antiguas. Este barrio está todavía rodeado por las fortificaciones originales y minado por las espaciosas cisternas de los moros. Domina Granada; y desde las almenas desmoronadas hay soberbias vistas sobre la ciudad, la Vega y sus montañas circundantes. La Alhambra se alzaba enfrente, contra el fondo rojo oscuro y púrpura de Sierra Nevada, y un dosel de pesadas nubes de lluvia se posaba sobre todas las alturas. Un fugaz rayo de sol se abría de vez en cuando paso y vagaba por la llanura, iluminando torres blancas y olivares y tramos del serpenteante Xenil, con un brillo que sugería el esplendor del cuadro entero, si alguna vez se viera restituido así a su luz propia.

Podía ver Santa Fe a lo lejos, hacia Loxa; más cerca, y más al este, la Sierra de Elvira, de un color violeta profundo, con los bosques del Soto de Roma, la finca del duque de Wellington, a su pie; y más allá, la montaña de Parapanda, el barómetro de Granada, aún cubierta de nubes. Hay un viejo proverbio granadino que dice: «Cuando Parapanda lleva su gorro, lloverá quiera Dios o no.» Desde la capilla de San Miguel, sobre el Albaycín, hay una vista muy sorprendente del profundo desfiladero del Darro, a los pies de uno, con los jardines y las blancas murallas del Generalife alzándose más allá, y la Silla del Moro y la montaña del Sol elevándose por encima. Las largas e irregulares líneas de la Alhambra, con las enormes torres rojas que se alzan aquí y allá, me recordaron en cierto modo una vista lejana de Karnak; y, como Karnak, la Alhambra es pintoresca desde cualquier punto que se mire.

Descendimos entre extensiones de cactus hasta el Darro, en cuya turbia corriente un grupo de hombres lavaba en busca de oro. Observé a uno de ellos, que hacía girar su batea exactamente al estilo de California, pero no sacó nada para su esfuerzo. Mateo dice que a menudo ganan un dólar al día cada uno. Pasando bajo la torre de Comares y a lo largo de las almenas de la Alhambra, subimos al Generalife. Esta encantadora villa se conserva todavía bien, aunque su exquisita filigrana y sus volutas han sufrido mucho por el blanqueo.

Las elegantes columnatas rodean jardines ricos en rosas, mirtos y cipreses, y las fuentes que arrullaban a los reyes moros en su ociosidad veraniega siguen derramando sus fecundantes chorros. En una de las salas hay una pequeña y mala galería de retratos, que contiene un supuesto retrato de Boabdil. Es un rostro dulce y amable, pero carece por completo de fuerza de carácter.

Hoy lo he dedicado a la Alhambra. La tormenta, que, según dice la gente, no tiene igual desde hace varios años, no mostraba señales de amainar, y en medio de un aguacero ascendí a las Torres Bermejas, que se supone son de origen fenicio. Se alzan en el extremo de una larga y estrecha cornisa que se extiende como un brazo desde la colina de la Alhambra. El paseo queda en medio, y está formado por hermosos olmos que plantaron los moros.

Entré en la Alhambra por la Puerta de la Justicia, que es un bello ejemplar de la arquitectura morisca, aunque de simple ladrillo rojo y argamasa. Es singular la gracia que el arco de herradura da a la masa de mampostería más pesada y tosca.

Los arcos redondos de los edificios cristianos de Granada parecen, en comparación, insípidos y poco elegantes. Sobre el arco del vestíbulo de esta puerta está la mano colosal, y sobre la entrada interior la llave, célebres en los cuentos de Washington Irving y en las supersticiones del pueblo. Primero ascendí a la Torre

de la Vela, donde la bandera cristiana fue plantada por primera vez el 2 de enero de 1492. La vista de la Vega y de la ciudad de Granada era aún más grandiosa que desde el Albaycín. Parapanda seguía tocada con su bonete de nubes, pero ya empezaban a abrirse jirones de cielo azul sobre las montañas de Loxa. Nos acompañaba un muchachuelo, para vigilar que yo no tirase de la campana, cuyo sonido convocaría a todas las tropas de la ciudad. Mientras estábamos allí, el cortejo fúnebre del hombre asesinado dos noches antes subió por la calle de Gomerez y pasó alrededor de la colina bajo las Torres Bermejas.

Di la vuelta a las murallas antes de entrar en el Palacio.

En la Plaza de los Aljibes me detuve a beber del agua fresca del Darro, que hasta allí llega por canales subterráneos desde las colinas. Luego, pasando junto al ostentoso edificio comenzado por Carlos V., pero que nunca fue terminado, ni lo será, ni debe serlo, caminamos a lo largo de las murallas meridionales hasta la Torre de los Siete Suelos, entre cuyas ruinas divisé la parte superior del arco por el que el desdichado Boabdil salió de Granada, y que desde entonces quedó cerrado para siempre. En la Torre de las Infantas, varios operarios se afanaban en restaurar el interior, que ha sido cruelmente dañado. El brillante azulejo, o labor de azulejos, las delicadas arcadas y la escultura de filigrana de los muros, aún atestiguan su antigua elegancia y dan algún color a la tradición de que fue residencia de las princesas moras.

Al atravesar la pequeña aldea que todavía existe entre las ruinas de la fortaleza, Mateo me invitó a entrar a ver a su padre, el genuino «honrado Mateo», inmortalizado en los «Cuentos de la Alhambra». El anciano había tomado el oficio de tejedor de seda, y tenía en su telar varias cintas de vivos colores. Tiene más de sesenta años y ahora está bastante encanecido, pero conserva los mismos modales sencillos, el mismo rostro honrado que atrajeron a su temporal amo. Habló con gran entusiasmo del señor Irving, y sacó de un lugar seguro la «Alhambra» y las «Crónicas de la Conquista», que conserva cuidadosamente. Produjo luego una faja andaluza, obra de sus propias manos, que insistió en ceñirme a la cintura para ver qué tal sentaba. Debí después quitarme la levita y el sombrero, y ponerme su chaqueta de los domingos y su garboso sombrero. «¡Por Dios!», exclamó: «¡qué buen mozo! ¡Señor, usted es un legítimo andaluz!». Después de esto, por supuesto, no pude menos que comprar la faja. «Ha de mostrársela a Washington Irving», dijo, «y decirle que la hicieron las propias manos de Mateo»; lo cual le prometí. Debí entonces pasar a la cocina y comer una granada de su huerto —una granada gloriosa, con granos de carmesí, y tan llena de sangre que no se podían tocar sin que se escurriera entre los dedos—. El Marqués, un perro vivaracho, y un gran gato de color pizarra se apoderaron de mis piernas y mendigaban su parte de cada bocado que yo tomaba, mientras el viejo Mateo se sentaba a mi lado, regocijándose con el aroma de un cigarro de Gibraltar que le di. Pero mi tiempo era precioso, así que dejé que el «Hijo de la Alhambra» volviera a su telar y partí hacia el Palacio de los Reyes Moros.

Este palacio está tan oculto tras la ambiciosa envoltura del de Carlos V. que no sabía yo dónde podría hallarse. Creía haber recorrido toda la colina y, sin embargo, no había visto indicio alguno de la renombrada magnificencia de la Alhambra. Pero una puertecilla en un muro ciego me introdujo en un verdadero reino morisco, el Patio del Estanque, o de los Arrayanes, como a veces se le llama. Allí volví a ver las esbeltas columnas, las arcadas orladas y bordadas, y la tracería perforada, como de encaje, de las hadadas galerías. Aquí, setos de rosas y arrayanes florecían todavía alrededor del antiguo estanque, en el que se solazaban cientos de peces dorados. Los ruidos de la colina no penetran aquí, y el solitario portero que me franqueó la entrada volvió a su puesto y me dejó vagar a mi antojo por las encantadas salas.

Salí de este patio por una puerta opuesta, y vi, a través de las perspectivas de columnas de mármol y de la maravillosa caladura que parece cosa del aire más que de la tierra, la Fuente de los Leones. De allí entré sucesivamente en la Sala de los Abencerrajes, la Sala de las Dos Hermanas, los aposentos de las Sultanas, la Mezquita y la Sala de los Embajadores. Estos lugares —todo lo que queda del renombrado palacio— están ahora bien cuidados y celosamente guardados. Se están llevando a cabo restauraciones aquí y allá, y el lugar se vigila escrupulosamente, para que ningún vándalo extranjero dañe más lo que los godos nativos han hecho lo posible por destruir. Se ha despejado el escombro; se han rellenado las grietas de los muros y, por primera vez desde que pasó a manos españolas, parece haber esperanza de que se permita a la Alhambra mantenerse en pie. Lo que ya ha sido destruido solo podemos conjeturarlo en parte; pero nadie ve lo que queda sin completar el cuadro en su propia imaginación y colocarlo entre las creaciones más perfectas y maravillosas del genio humano.

Nada puede superar la riqueza de invención que, en esta serie de salas, corredores y patios, nunca repite los mismos ornamentos, sino que, a partir de las formas y colores primitivos más sencillos, produce mil combinaciones, ninguna de las cuales está en discordia con el grandioso designio. Es inútil intentar una descripción detallada de esta arquitectura; y es tan distinta de todo lo demás en el mundo que, como Karnak y Baalbec, solo conocen la Alhambra quienes la ven. Cuando podáis tejer la piedra y colgar vuestras salas con tapices de mármol, podréis rivalizar con ella. Nada me importa que estos ornamentos sean de estuco; esculpirlos en mármol es solo obra de las manos. Su gran excelencia está en el designio, que, como todas las grandes cosas, sugiere aún más de lo que da. Si yo pudiera crear todo lo que el Patio de los Leones me sugirió para su conclusión, cumpliría el sueño del rey Sheddad y superaría los palacios del Paraíso mahometano.

Los pabellones del Patio de los Leones, y las salas que a él se abren por ambos lados, son los que más se aproximan a su perfección original. Los suelos son de mármol, el zócalo de azulejos pintados, los muros de bordadura, que aún brillan con el suavizado lustre de sus tintes originales, y las elevadas cúpulas cónicas parecen enormes cristalizaciones espáticas, colgadas de estalactitas goteantes, más que obra alguna de mano humana. Cada una de estas cúpulas se compone de cinco mil piezas separadas, y los prismáticos bloques pendientes, coloreados y dorados, se resuelven gradualmente, al mirarlos, en los más intrincados y elegantes designios. Pero es preciso estudiar largo tiempo antes de haber conquistado todo el secreto de su belleza. Para comprenderlas, uno debería pasar un día entero tendido de espaldas bajo cada una de ellas. Mateo extendió su capa para mí en la fuente de la Sala de los Abencerrajes, sobre las manchas de sangre dejadas por la decapitación de aquellos gallardos caudillos, y me quedé media hora mirando hacia arriba: y esto es lo que saqué en limpio de la cúpula.

De su pináculo central pendía el cáliz de una flor de pétalos plumosos, como el «arrayán de flor de crape» de nuestros estados del Sur. Fuera de este, se ramificaban hacia abajo los ocho rayos de una gran estrella, cuyas puntas tocaban la base de la cúpula; sí, la estrella misma se componía de flores, mientras que entre sus rayos y alrededor de sus puntas caía una lluvia de capullos, conchas y gotas espáticas. De la base de la cúpula pendía un magnífico dibujo de encaje, con una orla de abalorios, que se proyectaba en ocho puntas hasta formar una estrella de colgadura, suspendida de las puntas de la estrella florida de la cúpula. Los espacios entre los ángulos estaban llenos de masas de estalactitas, que caían una bajo otra hasta adelgazarse en los lisos lados cuadrados de la sala.

En la Sala de las Dos Hermanas me tendí igualmente un buen rato, resolviendo en formas sus brumosas glorias. La cúpula sugería aún más flores. La pieza más alta y central era una profunda flor de trompeta, cuya boca se hendía en ocho pétalos. Pendía en el centro de una soberbia copa de loto, cuyas hojas estaban exquisitamente nervadas y cinceladas. Más abajo aún se mecía una masa de flores de mimosa, mezcladas con vainas y hojas lanceoladas, y alrededor de la base de la cúpula se abrían las campanas de dieciséis tulipanes magníficos.

Estos cuadros quizá no sean muy inteligibles, pero no sé de qué otro modo pintar el efecto de esta arquitectura hadada.

En Granada, como en Sevilla y Córdoba, las simpatías de uno están por entero del lado de los moros. Los pocos vestigios mutilados que aún quedan de su poder, su gusto y su refinamiento superan cualquiera de los monumentos erigidos por la raza que los conquistó. La dinastía mora en España fue verdaderamente, como observa Irving, un espléndido exótico, condenado a nunca echar raíz duradera en el suelo. Fue ahogado por las malas hierbas nativas; y en lugar de tierras ricamente cultivadas y rebosantes de abundancia, tenemos ahora yermos áridos y casi despoblados; en lugar de educación, industria y cultivo de las artes y las ciencias, una raza esclavizada, ignorante y degenerada. Andalucía sería mucho más próspera hoy si hubiera permanecido en manos musulmanas. Cierto es que no habría recibido aquella Fe que aún está destinada a ser la redención del mundo, pero las doctrinas de Mahoma son más aceptables a Dios y más beneficiosas para el Hombre que las de aquella Inquisición que, solo en España, ha derramado diez veces más sangre cristiana que todas las razas musulmanas juntas en los últimos seis siglos. No es por un mero interés romántico por lo que lamento la suerte de Boabdil y la extinción de su dinastía. Si hubiera sido un rey digno de reinar en aquellas salas maravillosas, jamás las habría abandonado. Si hubiera perecido allí, luchando hasta el final, se habría librado de cuarenta años de exilio fatigoso y de una muerte oscura. Bien observó Carlos V. al hablar de él: «¡Mejor una tumba en la Alhambra que un palacio en las Alpujarras!».

Cambio de tiempo—Napoleón y sus caballos—Partida de Granada—Mi guía, José García—Sus penas domésticas—La tragedia del paraguas—El voto contra el aguardiente—Travesía de la Vega—La Sierra Nevada—Los baños de Alhama—«¡Ay de mí, Alhama!»—El valle del río Velez—Velez Málaga—El camino de la costa—El pescador y su burro—Málaga—Paisaje estival—La historia de don Pedro, sin miedo y sin cuidado—El campo de Monda—Una venta solitaria.

VENTA DE VILLALON, 20 de noviembre de 1852.

Las nubes se desgarraron antes de que llevara dos horas en la Alhambra, y la luz del sol cayó amplia y cálida en sus patios. Han de estar techados de cielo azul para dar la plena impresión de su brillo y su belleza. Mateo me consiguió una botella de vino rancio, y lo bebimos juntos en el Patio de los Leones. Seis horas habían pasado antes de que me diera cuenta, y a regañadientes me preparé para partir. Para entonces las nubes habían desaparecido; la Vega dormía bajo un brillante sol, y las cumbres de la Sierra Nevada brillaban blancas y frías contra el cielo.

Al llegar al hotel, encontré a un hombrecillo apodado Napoleón que me esperaba. Deseaba proveerme de caballos y, teniendo un conocimiento profético del tiempo, me prometió un cielo despejado hasta Gibraltar. «Yo se los proporciono a todos los señores», dijo; «me conocen y nunca se quejan de

me ni a mis caballos;» pero, por vía de seguridad, al hacer el trato, amenacé con poner una tarjeta en el hotel de Gibraltar, advirtiendo a todos los viajeros contra él, en caso de que no quedara satisfecho.

Mi contrato fue por dos caballos y un guía, que debían estar listos al amanecer de la mañana siguiente. Napoleón cumplió su palabra; y antes de que yo hubiera terminado una temprana taza de chocolate, un pequeño potro andaluz negro me aguardaba. Las alforjas del guía se reforzaron con un acopio de provisiones frías, la bota de cuero que colgaba junto a ellas estaba llena de vino maduro de Granada; y heme aquí ahora, amblendo por la Vega, ataviado con una alegre chaqueta andaluza, un fajín tejido por Mateo Ximenes, y uno de esos sombreros de copa alta que al principio me parecieron tan desgarbados, pero que ahora considero bastante pintorescos y elegantes.

Mi guía, un hijo de las montañas bajo pero nervudo y bien trabado, llamado José García, partió al galope por las orillas del Darro. «¡No cabalgues tan rápido!», gritó Napoleón, que observaba nuestra partida desde la puerta de la fonda; pero José ya estaba fuera del alcance del oído. Este guía es un compañero de mi gusto. Aunque solo tiene veintisiete años, ha sido durante varios años correo, o conductor de correo, y guía para partidas de viajeros. Su tez aceitunada es aún más oscura por la exposición al sol y al viento, y sus ojos negros como el carbón brillan con el calor y el fuego del Sur. Tiene una de esas bocas raras que nacen con una amplia sonrisa en cada comisura, y que parecen reír incluso en medio del pesar. No llevábamos dos horas juntos antes de que yo conociera su historia de principio a fin. Ya llevaba ocho años casado, y su único problema era una deuda de veinticuatro dólares, que la enfermedad de su esposa le había causado. Este dinero lo debía al

prestamista, que retenía en prenda su mejor ropa hasta que pudiera pagarlo. «Señor», dijo, «si tuviera diez millones de dólares, preferiría regalarlos todos antes que tener una esposa enferma». Tenía un hermano en Puerto Príncipe, Cuba, que le enviaba dinero suficiente para pagar el alquiler de la casa, pero encontraba que los niños eran un gran gasto. «Es asombroso», decía, «cuánto pueden comer los niños. De la mañana a la noche, el pan no sale nunca de sus bocas».

José ha viajado recientemente con algunos españoles, uno de los cuales le hizo pagar dos dólares por un paraguas que se perdió en el camino. Este paraguas es una espina en su costado. En cada venta donde nos detenemos, se repite la historia, y no escatima sus maldiciones. El fantasma de ese paraguas se alza continuamente, y pasará mucho tiempo antes de que pueda cerrarlo. «Una razón por la que me gusta viajar con señores extranjeros», me dijo, «es que cuando pierdo algo, nunca me hacen pagarlo». «A pesar de todo», respondí, «ten cuidado de no perder mi paraguas: costó tres dólares». Desde entonces, nada puede superar la atención de José a ese artículo. Está desesperado por asegurarlo de la mejor manera. Aparece a veces delante, a veces detrás de él, atado a la silla con innumerables cuerdas; ahora lo mete en el alforja, ahora lo lleva en la mano, y verdaderamente creo que duerme con él en brazos. Cada noche, cuando cuenta su historia a los arrieros, alrededor del fuego de la cocina, siempre termina apelando a mí triunfalmente con: «Bien, señor, ¿he perdido ya su paraguas?».

Nuestro trato es que yo le daré de comer en el camino, y como viajamos al estilo primitivo del país, siempre nos sentamos juntos al mismo plato. A su supervisión, la olla debe a menudo un sabor adicional, y ningún caballero «de pura sangre» podría comportarse en la mesa con más soltura y propiedad. Es tan moderado como un beduino en sus necesidades, y nunca toca el ardiente aguardiente que los arrieros acostumbran beber. Le pregunté la razón de esto. «Yo bebo vino, señor», respondió, «porque eso, como sabe, es como la carne y el pan; pero he hecho voto de no volver a beber aguardiente. Dos de nosotros nos emborrachamos con él, hace cuatro o cinco años, en Granada, y nos peleamos. Mi compañero sacó su cuchillo y me hirió aquí, en el hombro izquierdo. Yo, furioso, le corté el pecho. Ambos fuimos al hospital —yo por tres meses y él por seis— y él murió pocos días después de salir. Le costó a mi pobre padre muchos miles de reales; y cuando pude volver al trabajo, hice voto ante la Virgen de no volver a tocar el aguardiente».

Durante la primera legua, nuestro camino discurrió por la rica Vega de Granada, pero gradualmente se volvió más salvaje y desierto. Pasando la larga y desierta cresta conocida como el «Último Suspiro del Moro», cruzamos una región de colinas bajas. El camino estaba muy profundo, a causa de las recientes lluvias, y salpicado, a cortos intervalos, de rústicas cruces erigidas a personas que habían sido asesinadas. José se complacía sombríamente en darme la historia de cada una. Más allá del pueblo de Lamala, que yace con sus salinas en una cuenca de las colinas, ascendimos la cresta montañosa que forma el límite meridional de la Vega. Granada, a casi veinte millas de distancia, era todavía visible. La Alhambra se había reducido a un punto, y tomé mi última vista de ella y del magnífico paisaje que se extiende ante ella. La Sierra Nevada, que se eleva a 18.000 pies sobre el mar, estaba perfectamente libre de nubes, y toda la cordillera era

visible de un solo vistazo. Todas sus simas estaban llenas de nieve, y hasta casi la mitad de sus laderas no había una sola mancha de otro color. Sus cumbres carecían casi por completo de sombra, y sus dentados y ásperos contornos descansaban planos contra el cielo, como marfil incrustado en una mesa de lapislázuli.

Desde estas colinas yermas, descendimos al valle de Cacia, cuyo río, bordeado de álamos, se había hinchado tanto por las lluvias que el correo de Málaga solo había logrado pasarlo esa mañana. Lo vadeamos sin accidente, y, cruzando una cordillera más alta y desolada, bajamos al valle del Marchan. En lo alto de un acantilado sobre el arroyo se alzaba

algún lugar de descanso para la noche. Los baños termales naturales, por cuya causa este lugar era tan amado por los moros, todavía se frecuentan en verano. Yacen en el seno de un desfiladero profundo y escarpado, media milla más abajo del río. La villa ocupa la cresta de un estrecho promontorio, limitado, por todos lados menos uno, por tremendos precipicios.

Es uno de los lugares más pintorescos imaginables, y me recordó —para continuar la comparación entre Siria y Andalucía, que encuentro tan sorprendente— el desfiladero del Barrada, cerca de Damasco. Alhama es ahora una villa pobre e insignificante, solo visitada por artistas y arrieros. La población viste largas capas marrones y sombreros de ala caída, como los naturales de La Mancha.

Encontré alojamiento tolerable en una casa de la plaza, y aproveché la hora restante de luz para ver la villa. La gente me miraba con curiosidad, y algunos muchachos, caminando al borde del tajo, o precipicio, arrojaban piedras para que yo viera cuán profundo era. La roca, en algunos lugares, colgaba por completo

sobre el lecho del Marchan, que ciñe a medias su base. El escrutinio minucioso a que me sometió la multitud en la plaza me trajo a la memoria todo lo que había oído sobre espías y ladrones españoles. En la venta me trataron bien, pero por la mañana recibí una cuenta tan exorbitante que estuve a punto de exclamar, con el rey Boabdil: «¡Ay de mí, Alhama!». Al comparar notas con José, descubrí que él había tenido que pagar, además, por lo que recibió —descubrimiento que exasperó tanto a aquel buen hombre que cruzó las manos, inclinó la cabeza, lanzó tres besos al aire y exclamó: «Juro ante la Virgen que nunca volveré a llevar a un viajero a esa posada».

Dejamos Alhama una hora antes del amanecer, pues teníamos por delante una jornada dura de más de cuarenta millas. El sendero era apenas visible en la oscuridad, pero continuamos ascendiendo hasta una altura de probablemente 5.000 pies sobre el mar, y así encontramos el amanecer a medio camino. Cruzando el llano de Acefaraya, llegamos a un tremendo portal natural en las montañas, desde donde, como desde una puerta, contemplamos todo el país que se extiende entre nosotros y el mar. El valle del río Velez, serpenteando entre las colinas, señalaba el curso de nuestro camino. A la izquierda se alzaba sobre nosotros la estéril Sierra Tejeda, un grupo aislado de picos de unos 8.000 pies de altura.

Durante millas, el camino fue una escalera rocosa, que trepamos a pie, llevando nuestros caballos. La vegetación fue tomando gradualmente un carácter más cálido y exuberante; las laderas meridionales estaban plantadas con la vid que produce las famosas pasas de Málaga, y los naranjales en las soleadas profundidades de los valles eran tan amarillos como las hayas otoñales, con sus enormes cargas de fruto. Cuando las campanas de Vélez Málaga

daban mediodía, salimos de las montañas, cerca de la desembocadura del río, y entramos en la villa para desayunar.

Nos detuvimos en una posada vieja y extraña, más parecida a un khan turco que a un mesón cristiano. La regentaba una posadera gorda, que nos preparó una olla de cabrito y ajo, que, con un poco de pan basto y el vino tinto de Málaga, pronto nos quitó el filo agudo de nuestros apetitos de montaña. Mientras me lavaba las manos en un pozo del patio, el mozo advirtió el sello de peregrino de Jerusalén, que está estampado indeleblemente en mi brazo izquierdo. Su admiración y reverencia fueron tan grandes que llamó a la gorda posadera, quien, al saber que había sido hecho en Jerusalén y que yo había visitado el Santo Sepulcro, llamó a sus hijos para que lo vieran. «¡Mirad, hijos míos!», dijo; «santiguaos, arrodillaos y besad este sello santo; porque, mientras viváis, puede que nunca volváis a ver cosa semejante». Así yo, un hereje protestante, me convertí en un relicario católico. Los niños se arrodillaron y besaron mi brazo con conmovedora sencillez; y el sello será en adelante más sagrado para mí que nunca.

Las veinte millas o más restantes del camino a Málaga siguen la línea de la costa, pasando por cabos coronados por las atalayas, o torres de vigilancia, de los moros. Es un camino nuevo, practicable para carruajes, de modo que, para España, puede considerarse una empresa importante. Las recientes lluvias, sin embargo, ya lo han socavado en varios lugares. Aquí, como entre las montañas, encontramos multitudes de arrieros, todos los cuales me saludaban con: «¡Vaya usted con Dios, caballero!». Para entonces, todo mi olvidado español había vuelto, y un poco de experiencia de las sencillas costumbres del pueblo me hizo sentirme completamente en casa entre ellos.

En casi todos los casos, fui tratado precisamente como un español

lo habría sido, y menos molestado por la curiosidad de los naturales de lo que lo he sido en Alemania, e incluso en América.

Estábamos todavía a dos leguas de Málaga, al ponerse el sol. Los pescadores de la costa recogían sus redes, y pronto comenzamos a alcanzar grupos de ellos, que llevaban su pescado a la ciudad en burros. Un mozo robusto y membrudo, con la carne tan dura y amarilla como la de un esturión, iba sentado de lado sobre un burro muy pequeño, entre dos inmensas cestas de pescado.

Mientras trotaba delante de nosotros, gritando y palmoteando los ijares de la robusta bestezuela, José y yo comenzamos a reír, a lo que el mozo prorrumpió en el siguiente monólogo, dirigido al burro: «¿Quién se ríe de este burrico? ¿Quién dice que no es oro fino de pies a cabeza? ¿Qué es lo que no sabe hacer?

Si hubiera un monte por alto que fuera, lo galoparía.

Si hubiera un río por profundo que fuera, lo nadaría.

Si supiera hablar, lo mandaría al mercado a la par del pescado, y no gastaría ni un chavo del dinero en el camino de vuelta. ¿Quién dice que no puede ir tan lejos como ese caballo cojo? ¡Arrre, burrico! ¡pufiate—ar-r-r-r-r-e-e!»

Llegamos por fin a Málaga, con nuestros caballos sumamente rendidos. En la Fonda de la Alameda, un hotel nuevo y muy elegante, encontré un baño y una buena cena, ambas cosas bienvenidas para un viajero cansado. El invierno de Málaga es como la primavera en otras tierras, y por eso es muy visitada por los enfermos, especialmente los ingleses. Es una ciudad comercial animada, de unos 80.000 habitantes, y, si se lleva a cabo el proyecto actual de comunicación ferroviaria con Madrid, debe seguir creciendo en tamaño e importancia. Últimamente se han establecido varios establecimientos manufactureros, y en este ramo promete rivalizar con Barcelona. El puerto es pequeño, pero bueno, y el

país de alrededor rico en todas las producciones de los climas templados e incluso tropicales. La ciudad contiene poco que interese al viajero. Visité la Catedral, una inmensa masa sin terminar, sin una pizca de gusto arquitectónico por fuera, aunque el interior produce un bello efecto por sus grandes dimensiones.

A mediodía de hoy estábamos de nuevo a caballo, y tomamos el camino hacia los Baños de Caratraca. Las altas chimeneas de las fábricas de Málaga, vomitando chorros de humo negro, afeaban la serenidad del cielo; pero la vista lejana de la ciudad es muy hermosa. La ancha Vega, regada por el Guadaljorce, es rica y bien cultivada, y ahora se regocija con la verdura de la primavera.

Los prados se visten de hierba fresca, los ranúnculos y las margaritas están en flor, y las alondras cantan en los olivos. De vez en cuando pasábamos junto a una casa del campo, con su fachada medio sepultada entre naranjos, sobre los cuales se alzaban dos o tres palmas centinelas. Tras dos leguas de este delicioso viaje, el país se volvió más montuoso, y los grupos de montañas que nos cercaban adoptaron las formas más pintorescas y encantadoras. La suave bruma en que se bañaban los picos lejanos, las hermosas sombras violáceas que llenaban sus abismos y gargantas, y los frescos prados, viñedos y olivares de abajo, hacían del paisaje uno de los más bellos que he visto en España.

Mientras trotábamos entre los matorrales de palmito, José me preguntó si no me gustaría oír un cuento andaluz.

«Nada me complacería más», respondí. «Cabalga entonces junto a mí», dijo él, «para que puedas entender cada palabra.» Así lo hice, y me contó lo siguiente, tal como lo repito: «Había una vez un hombre muy rico, que tenía miles de cabezas de ganado en la Sierra Nevada, y cientos de

casas en la ciudad. Pues bien: este hombre puso una placa, con su nombre, en la puerta de la gran casa en que vivía, y el nombre era este: Don Pedro, sin Miedo y sin Cuidado. Ahora bien, cuando el Rey hacía su paséo, aconteció que pasó en su carruaje junto a esta casa, y vio la placa en la puerta. “¡Léeme el nombre de esa placa!”, dijo a su oficial. Entonces el oficial leyó el nombre: Don Pedro, sin Miedo y sin Cuidado. “Ya veré yo si Don Pedro está sin Miedo y sin Cuidado”, dijo el Rey. Al día siguiente llegó un mensajero a la casa, y, cuando vio a Don Pedro, le dijo: “Don Pedro, sin Miedo y sin Cuidado, ¡el Rey te quiere!” “¿Qué quiere el Rey de mí?”, dijo Don Pedro. “Te envía cuatro preguntas que debes responder dentro de cuatro días, o te hará fusilar; y las preguntas son: ¿Cómo puede limpiarse de nieve la Sierra Nevada? ¿Cómo puede hacerse más pequeño el mar? ¿Cuántas arrobas pesa la luna? Y: ¿Cuántas leguas hay de aquí a la Tierra de la Gloria Celestial?” Entonces Don Pedro, sin Miedo y sin Cuidado, comenzó a sudar de espanto, y no sabía qué hacer. Llamó a algunos de sus arrieros y cargó veinte mulas con dinero, y subió a la Sierra Nevada, donde sus pastores cuidaban sus rebaños; pues, como he dicho, tenía muchos miles de cabezas de ganado. “¡Dios te guarde, mi amo!”, dijo el pastor principal, que era joven, y buen mozo, y tenía tan buena cabeza como jamás se puso sobre dos hombros. “¡Anda, hombre!”, dijo Don Pedro, “soy hombre muerto”; y así contó al pastor todo lo que el Rey había dicho. “Oh, ¿eso es todo?”, dijo el sabio mozo. “Yo puedo sacarte del apuro. Déjame ir a responder las preguntas en tu nombre, mi amo.” “¡Ah, necio! ¿Qué puedes hacer tú?”, dijo Don Pedro

DON PEDRO SIN MIEDO Y SIN CUIDADO. 43

sin Miedo y sin Cuidado, arrojándose al suelo y dispuesto a morir.

»Pero, sin embargo, el pastor se vistió de caballero, bajó a la ciudad y, al cuarto día, se presentó en el palacio del Rey. “¿Qué quieres?”, dijeron los oficiales. “Soy Don Pedro, sin Miedo y sin Cuidado, que viene a responder las preguntas que el Rey me envió.”

“Bien”, dijo el Rey, cuando lo trajeron ante él, “déjame oír tus respuestas, o te haré fusilar hoy mismo.”


—Señor —dijo el vaquero—, creo que puedo hacerlo. Si pusierais un millón de niños a jugar entre la nieve de la Sierra Nevada, pronto la quitarían toda; y si cavaseis una zanja tan ancha y tan honda como toda España, haríais el mar otro tanto más pequeño. —Pero —dijo el Rey—, eso no hace más que dos preguntas; aún quedan otras dos. —Creo que también puedo responder a esas —dijo el vaquero—; la luna contiene cuatro cuartos y, por tanto, solo pesa una arroba; y en cuanto a la última pregunta, no hay ni siquiera una legua hasta la Tierra de la Gloria Celestial, pues si vuestra Majestad muriese después del desayuno, llegaría allí antes de tener apetito para la cena. —¡Bien, donc! —dijo el Rey; y entonces le hizo conde, y marqués, y no sé cuántos otros títulos más. Entretanto, don Pedro sin Miedo y sin Cuidado había muerto de su susto; y, como no dejó familia, el vaquero tomó posesión de todos sus estados, y hasta el día de su muerte fue llamado don Pedro sin Miedo y sin Cuidado.

Escribo, sentado junto a la ventana enrejada de esta posada, mirando a los prados del Guadaljorce. La cadena de montañas que se alza al oeste de Málaga se tiñe de púrpura con la luz del sol poniente, y las casas y el castillo de Cartama cuelgan de su ladera, a plena vista. Más a la derecha, veo el humo de Monda, donde se libró una de las mayores batallas de la antigüedad: la que derrocó a los hijos de Pompeyo y dio el Imperio romano a César. El mozo de la venta está ocupado preparando mi cabrito y arroz, y José está a su lado, sugiriendo suavemente ingredientes que puedan dar al plato un sabor más rico. El paisaje se suaviza con el silencio del atardecer que llega; algunos pájaros aún gorjean entre los matorrales, y la media luna se vuelve más blanca y clara en medio del cielo. Las gentes que me rodean son humildes, pero parecen honestas y pacíficas, y nada indica que estoy en la salvaje Serranía de Ronda, el país de los ladrones, contrabandistas y asesinos.

Valles de Naranjos—Ascenso a las Montañas—La hospitalidad de José—El Burgo—La Puerta del Viento—El Desfiladero y las Cascadas de Ronda—La Región Montañosa—Huellas de los Moros—Guaridas de Ladrones—Una Cabalgata Tempestuosa—La Posada de Gaucín—Malas Noticias—Un Auxiliar Infantil—Descenso de las Montañas—El Vado del Guadiaro—Nuestros Temores Disipados—Los Bosques de Alcornoques—Cabalgata de San Roque a Gibraltar—Despedida de José—Viajar por España—Conclusión.

Gibraltar, jueves, noviembre de 1852.

Pasé una noche incómoda en la Venta de Villalón, echado sobre un saco relleno de cantidades iguales de lana y pulgas. Partiendo antes del alba, seguimos un sendero que conducía a las montañas, donde pastores y muchachos sacaban sus ovejas y cabras a pastar; luego descendía al valle de un arroyo, bordeado de ricas tierras bajas. Nunca vi el naranjo en un estado más floreciente. Pasamos varios huertos de árboles de treinta pies de altura, y cada rama y ramita tan completamente cargada de fruto, que apenas se veía el follaje.

En la Venta del Vicario encontramos a varios soldados que partían hacia Ronda. Parecían escoltar un convoy de mercancías, pues había veinte o treinta mulas cargadas reunidas a la puerta. Ascendimos entonces por un sendero dificilísimo y pedregoso, serpenteando entre desolados páramos de roca gris, hasta que alcanzamos un alto paso en la cordillera. El viento barría la estrecha puerta con una fuerza que casi nos desmontaba. Desde el otro lado se abría a mi vista un paisaje sublime pero sumamente desolado. Enfrente, a diez millas de distancia, se alzaba una alta cresta de roca desnuda, cubierta de nubes. El país entremedias era un caótico amasijo de colinas pedregosas, separadas por profundos abismos, con solo algún retazo verde aquí y allá, para mostrar que no estaba del todo abandonado por el hombre. Sin embargo, al descender a él, encontramos valles con viñedos y olivares, invisibles desde lo alto. Como ambos empezábamos a tener hambre, José se detuvo en un ventorrillo y pidió dos copas de vino, que insistió en pagar. —Si tuviera tantos caballos como mi amo Napoleón —dijo—, agasajaría a los señores siempre que viajara con ellos. Tendrían puros y dulces, con abundante Málaga o Valdepeñas en la bota, y nunca se quejarían de su comida. —Parte de nuestro camino estaba sembrado de alcornoques, a distancia apenas distinguibles de los olivos, y José desmontó para recoger el fruto, que era tan dulce y sabroso como las castañas, con muy poco del amargo sabor quercino. A las once llegamos a El Burgo, llamado así, probablemente, por su antigua fortaleza morisca. Es un pueblo pobre y escuálido, construido sobre una colina estéril, sobre un arroyo que aún está salvado por un elevado puente morisco de un solo arco.

Las tres leguas restantes hasta Ronda fueron sumamente ásperas y difíciles. Subiendo una árida cuesta de casi una legua de longitud, llegamos al Puerto del Viento, o Puerta del Viento, por el que soplaba tal corriente que nos vimos obligados a desmontar; y aun entonces necesité todas mis fuerzas para avanzar contra ella. La abrupta cima, cercana y lejana, flanqueada de precipicios, tenía el aspecto más salvaje y repulsivo; en efecto, esta región es casi una réplica del desierto que se extiende entre Jerusalén y el Mar Muerto. Muy pronto tocamos el borde de una nube y quedamos envueltos en masas de vapor frío y arremolinado, por el que viajamos tres o cuatro millas hasta una puerta similar en el lado occidental de la cordillera. Descendiendo de nuevo, salimos a una atmósfera más clara y vimos debajo de nosotros una amplia extensión de país montañoso, pero de carácter más fértil y alegre. Aparecieron entonces olivares y trigales; y a las cuatro entramos a caballo en las calles de Ronda.

Ninguna villa puede superar a esta en la grandeza y pintoresquismo de su posición. Está construida al borde de una ancha plataforma de las montañas, que cae en un precipicio vertical de seis a ochocientos pies de altura, y desde las ventanas de muchas de las casas se puede mirar al vértigo del abismo. Esta plataforma, a su vez, está dividida en el centro por una tremenda sima, de trescientos pies de ancho y de cuatro a seiscientos pies de profundidad, en cuyo lecho ruge el Guadalvín, hirviendo en remolinos espumosos o saltando en cascadas centelleantes, hasta alcanzar el valle de abajo. La villa se extiende a ambos lados de la sima, que está salvada por un puente de piedra de un solo arco, con estribos de casi cuatrocientos pies de altura. La vista de esta maravillosa grieta, desde arriba o desde abajo, es una de las más bellas de su género en el mundo. Ronda es tan superior a Tivoli, como Tivoli lo es a una aldea holandesa, en las muertas llanuras de Holanda. El panorama que domina es de la más grandiosa escala. El valle de abajo es un jardín de frutales y viñas; le suceden colinas audaces pero cultivadas, y a lo lejos se alzan las altas cumbres de otra cadena de la Serranía de Ronda. Si estos sublimes precipicios, estas encantadoras cascadas del Guadalvín y este audaz puente estuvieran en Italia en lugar de en España, serían dibujados y pintados todos los días del año; pero aún he de saber dónde puede encontrarse un buen cuadro de Ronda.

En el fondo de la sima hay varios molinos harineros tan antiguos como la época de los moros. El agua, que brota de los arcos de uno, impulsa la rueda del de abajo, de modo que un solo cauce los abastece a todos. Descendí por un sendero en zigzag muy empinado casi hasta el fondo. Sobre un pequeño promontorio que se asoma a las negras profundidades, aún se alza una puerta morisca. El sol poniente arrojaba un hermoso resplandor sobre los precipicios pardos y la airosa villa de arriba; pero eran mucho más grandiosos cuando las cascadas centelleaban a la luz de la luna y el abismo del que saltan se perdía en sombras profundas. La ventana de mi dormitorio colgaba sobre la sima.

Ronda estaba envuelta en niebla cuando José me despertó la mañana del 22. Como solo teníamos unas veinticuatro millas que cabalgar ese día, no partimos hasta el amanecer. Cruzamos el puente, atravesamos la villa vieja y bajamos la colina, pasando las triples líneas de murallas moriscas por las puertas originales.

El camino, pedregoso y escabroso hasta el extremo, tomó entonces hacia las montañas. Desde la altura opuesta había una bella vista de la villa, encaramada como un nido de águila al borde de sus tremendos precipicios; pero pronto cayó ante ella un telón de lluvia, y las densas nubes oscuras se asentaron a nuestro alrededor y llenaron las gargantas a uno y otro lado. Hora tras hora penamos por los resbaladizos senderos, escalando las altas crestas por escaleras rocosas, por las que nuestros caballos subían con la mayor dificultad. El paisaje, siempre que podía obtener un vistazo brumoso de él, era sublime. Altas crestas montañosas se alzaban a uno y otro lado; desoladas y dentadas cumbres de roca desnuda perforaban las nubes, y los profundos abismos que las separaban se hundían muy por debajo de nosotros, oscuros e indistintos a través de la lluvia. A veces divisaba una pequeña aldea, colgada de algún risco casi inaccesible, hogar de los montañeses sin ley, semimoriscos, que habitan esta salvaje región. Los rostros de los que encontrábamos mostraban marcadas huellas de su ascendencia musulmana, especialmente en el ojo almendrado y la tez morena y aceitunada. Su dialecto conserva muchas formas de expresión orientales, y no me sorprendió poco encontrar el árabe «ezwa» (sí) de uso general, en lugar del español «sí».

Hacia las once llegamos a la ruda aldea de Atajate, donde conseguimos un muy buen desayuno de cabrito, huevos y vino blanco de Ronda. El viento y la lluvia arreciaron, pero yo no tenía tiempo que perder, pues cada hora hinchaba las crecidas de las montañas y hacía el viaje más difícil. Este distrito tiene la peor reputación de toda España; es un verdadero nido de ladrones y contrabandistas. En la venta de Atajate nos instaron a tomar un guardia, pero mi valiente José declaró que nunca había tomado uno y aun así jamás había sido robado; así que confié en su buena suerte. El tiempo, sin embargo, fue nuestra mejor protección. Con semejante lluvia torrencial, podíamos desafiar los pedernales de sus escopetas, si es que podía encontrarse a alguno tan aficionado a su oficio como para ejercerlo en una tormenta

«cuando el oso con sus crías se agazapa, el león y el lobo de vientre apretado mantienen secas sus pieles.»

No obstante, noté que cada uno de los pocos convoyes de mulas cargadas que encontramos llevaba uno o más de la guardia civil acompañándolo. Aparte de estos, los únicos que andaban fuera eran algunos individuos de aspecto salvaje, armados hasta los dientes y envueltos en largos capotes, a quienes, al pasar, José daba un ligero movimiento de cabeza y me susurraba: «más contrabandistas».

Pronto estuvimos en condiciones de desafiar el tiempo. La lluvia azotaba furiosamente nuestros rostros, especialmente al atravesar los desfiladeros batidos por el viento entre las cumbres más altas. Alcé mi ngobrella como defensa, pero el primer golpe la partió en dos. Las laderas de la montaña estaban surcadas de arroyuelos que rugían hacia las hondonadas, y pronto comenzaron a correr otros más pequeños por mis propios costados. Durante la última parte de nuestro camino, la senda estaba cortada a lo largo de precipicios escarpados, donde la tormenta era tan densa que nada se podía ver ni arriba ni abajo. Era como cabalgar por el borde exterior del mundo. Cuando uno está completamente empapado, es una gran satisfacción saber que no puede mojarse más; y así José y yo avanzábamos del mejor humor posible, hallando tal diversión en nuestra situación que las lúgubres leguas se acortaron considerablemente.

En la venta de Gaucin, donde nos detuvimos, la gente nos recibió amablemente. La casa consistía en una sola habitación: establo, cocina y comedor todo en uno. Había un pequeño aposento en un desván azotado por el viento, donde se preparó para mí una cama (demasiado corta). Se encendió un fuego de brezo seco en la amplia chimenea, y las rojizas llamas, junto con un cambio de ropa y un trago del ámbar añejo de Estepona, pronto deshelaron el frío del viaje. Pero recibí noticias que me causaron gran ansiedad. El río Guadiaro estaba tan crecido que nadie podía cruzarlo, y dos desdichados arrieros llevaban ocho días esperando en la posada a que bajaran las aguas. Aumentado por la lluvia caída, y que parecía arreciar al llegar la noche, ¿cómo podía yo esperar cruzarlo al día siguiente? En dos días, el vapor de la India estaría en Gibraltar; mi pasaje ya estaba tomado, y debía estar allí. El asunto se discutió por algún tiempo; se declaró imposible viajar por el camino habitual, pero el ventero conocía una senda entre las colinas que llevaba a un paso de barca en el Guadiaro, donde había una barca, y desde allí podríamos dirigirnos a San Roque, que está a la vista de Gibraltar. Exigió una suma bastante elevada por acompañarme, pero no había otra cosa que hacer. José y yo nos sentamos con gran tribulación ante nuestra acostumbrada olla, pero ninguno de los dos pudo hacerle justicia, y la mayor parte alegró a los dos muchachos del ventero, hermosos diablillos de caras como querubines de Murillo.

No obstante, pasé una velada bastante alegre, charlando con algunos de los aldeanos alrededor de un brasero de carbón; y uno de los susodichos muchachos, que, aunque solo tenía ocho años, ya desempeñaba las funciones de mozo, me alumbró hasta mi desván. Cuando hubo dejado la lámpara, probó la puerta y me preguntó:

—¿Tiene la llave? —No —dije yo—, no la quiero; no tengo miedo. —Pero —replicó él—, quizá le entre miedo de noche; y si le entra, golpee en esta parte de la pared (acompañando la acción a la palabra); yo duermo de ese lado.

Prometí de buen grado llamarlo en mi auxilio si me asustaba. Dormí poco, pues el viento aullaba alrededor de las tejas sobre mi cabeza, y yo estaba ocupado con planes para construir balsas y nadar las corrientes con una cuerda atada a la cintura. Finalmente, encontré un poco de olvido, pero parecía que apenas había cerrado los ojos cuando José empujó la puerta.

—¡Gracias a Dios, señor! —dijo—, empieza a amanecer y el cielo está despejado: sin duda llegaremos hoy a Gibraltar.

El ventero estaba listo, así que tomamos un poco de pan y una cesta de aceitunas, y partimos en seguida. Dejando Gaucin, comenzamos a descender la escalera de montaña por la que se sube a la Serranía de Ronda, por el lado hacia Gibraltar.

«El camino —dice el señor Ford— parece hecho por el Maligno en un jardín colgante del Edén.» Tras cuatro millas de un descenso espantosamente escabroso, llegamos a un naranjal a orillas del Xenar, y luego tomamos una senda agreste que bordeaba las colinas a la derecha del arroyo. Alcanzamos a unos cuantos arrieros, a quienes el buen tiempo había tentado a salir, y antes de mucho se nos unió el correo, o mensajero de a caballo, de Ronda a San Roque.

Tras ocho millas más de penoso viaje llegamos al valle del Guadiaro. El río no tenía más de veinte varas de ancho, y fluía con una corriente profunda y fuerte entre altas riberas. Dos cuerdas estaban tendidas de una a otra orilla, y una barca grande y torpe estaba amarrada a la orilla. Llamamos a los barqueros, pero vacilaban, diciendo que nadie había podido cruzar todavía. Sin embargo, todos subimos, con nuestros caballos, y dos de los hombres, con mucha renuencia, nos pasaron. La corriente era muy poderosa, aunque el río había bajado un poco durante la noche, pero alcanzamos la orilla opuesta sin accidente.

Todavía nos quedaba otro río, el Guargante, que pasar, pero nos animaron unos campesinos que encontramos, con la noticia de que la barca de paso había reanudado sus operaciones. Una vez dejada atrás esta corriente, no había ya sino tierra firme hasta Gibraltar, y José declaró con mucho fervor que se alegraba tanto, por mi causa, como si alguien le hubiera dado un millón de dólares. Nuestros caballos también parecían sentir que se había logrado algo, y mostraban tal brío que aflojamos las riendas y los dejamos galopar a sus anchas por los verdes prados. Las montañas quedaban ya detrás de nosotros, y el castillo moro de Gaucin coronaba un pico azul en la distancia. Por colinas cubiertas de retama y brezo en flor, y por hondonadas pobladas de adelfa, madroño y lentisco, cabalgamos hasta los alcornocales de San Roque, coto de caza de los oficiales de Gibraltar. El ladrido de los perros, el chasquido de los látigos y de vez en cuando un lejano halloo anunciaban que una cacería estaba en marcha, y pronto dimos con una compañía de treinta o cuarenta jinetes, con gorras, guantes blancos y botas de montar, dispersos por la cresta de una colina. No tenía deseo de detenerme a presenciar el deporte, pues el Mediterráneo se extendía ya ante mí, y la enorme masa gris de «La Roca» se alzaba en la distancia.

En San Roque, que ocupa la cima de una colina cónica, a medio camino entre Gibraltar y Algeciras, el ventero nos dejó, y emprendió en seguida el regreso. Habiendo trocado ya las escabrosas veredas de Ronda por un suave camino de carruajes, José y yo nos lanzamos a todo galope hasta el final de nuestro viaje. Ambos estábamos salpicados de lodo de pies a cabeza, y nuestras chaquetas y sombreros habían perdido algo de su aire pulcro. Encontramos a muchos ingleses rubicundos y bien afeitados, que refrenaban sus caballos a un lado para dejarnos pasar, con una mirada de asombro ante nuestra desfachatez andaluza.

Nada divertía más a José que ver a uno de estos ingleses alzándose en los estribos mientras pasaba al trote. «¡Mire, mire, señor! —exclamaba—; ¿vio usted jamás cosa semejante?», y luego prorrumpía en una nueva explosión de risa. Pasando las Líneas españolas, que se extienden a través del istmo de la pequeña península arenosa que une Gibraltar con el continente, cabalgamos bajo las terribles baterías que gruñen contra España desde este lado de la Roca. Fila tras fila de enormes cañones erizan las murallas, o asoman desde las galerías excavadas en los flancos de inaccesibles acantilados. Un foso artificial está cortado a lo largo de la base de la Roca, y un simple camino de puente conduce a la fortaleza y la ciudad. Después de entregar mi pasaporte se me permitió entrar, habiendo obtenido ya José un permiso de las autoridades españolas.

Repiqueteé calle arriba por la larga calle de la ciudad hasta el Club House, donde encontré una compañía de amigos ingleses. Por la tarde, José hizo su aparición para ajustar nuestras cuentas y despedirse de mí. Mientras trepaba por la escalera rocosa de Gaucin, José me había dicho: «Mire usted, señor, me gusta mucho la cerveza inglesa, y si le llevo hoy a Gibraltar ha de darme un vaso de ella.» Cuando, pues, vino por la tarde, sus ojos centellearon al ver una botella de cerveza Alsop y un puñado de buenos cigarros de Gibraltar.

—Ah, señor —dijo, después de ajustadas nuestras cuentas y de haberse embolsado su gratificación—, siento que nos separemos; pues somos buenos amigos, ¿verdad, señor? —Sí, José —dije yo—; si alguna vez vuelvo a Granada, no tomaré otro guía que José García; y le querré para un viaje más largo que este. Recorreremos toda España juntos, mi amigo. —¡Que Dios lo conceda! —respondió José, santiguándose—; y ahora, señor, debo irme. Volveré a Granada, muy triste, señor, muy triste. Los ojos del fiel muchacho se llenaron de lágrimas, y, al llevarse dos veces mi mano a los labios, algunas gotas cálidas cayeron sobre ella. ¡Dios bendiga su honrado corazón, dondequiera que vaya!

Y ahora una palabra sobre viajar por España, que no trae ni la mitad de las dificultades y molestias que me habían hecho esperar. Mi experiencia, por supuesto, se limita a las provincias de Andalucía, pero mi ruta incluía algunos de los caminos más ásperos y de los distritos de bandoleros más peligrosos de la Península. Las gentes con quienes traté fueron invariablemente amables y serviciales, y se me trató con mucha más honradez de la que habría hallado en Italia. Con toda la disposición a servirle a uno, no hay nada semejante a la servilidad entre los españoles. La dignidad nativa que caracteriza su porte me predispone muy fuertemente en su favor. No hay más que un solo dialecto de cortesía, y los arrieros y los campesinos comunes se tratan entre sí con el mismo grave respeto que los Dones y los Grandes. Mi amigo José era un modelo de buena crianza.

Poca molestia tuve con los oficiales de pasaportes o las aduanas. Mi pasaporte, en efecto, no fue requerido ni una sola vez, aunque tomé la precaución de hacerlo visar en todas las ciudades grandes. En Sevilla y Málaga fue firmado por los cónsules americanos, sin la acostumbrada tasa de dos dólares, casi los únicos casos que han llegado a mi observación. Las reglas del Sistema Consular Americano, que no da sueldo a los cónsules, sino que les permite, en cambio, sacar su paga de los viajeros, es una vergüenza para nuestro gobierno. Equivale, en efecto, a un impuesto directo sobre los viajes, y pesa gravemente sobre los cientos de jóvenes de medios limitados que anualmente visitan Europa con el propósito de completar su educación. Todo ciudadano americano que viaja por Italia paga un impuesto de pasaporte de diez dólares. En todos los puertos del Mediterráneo hay un vicecónsul americano, a quien ni siquiera se le paga el franqueo de sus despachos, y para quien la llegada de un viajero es, por supuesto, una vista bienvenida. Extraviado por una falsa noción de economía, nuestro gobierno se está volviendo rápidamente proverbial por su mezquindad. Si aquellos de nuestros propios ciudadanos que nos representan en el extranjero trabajaran solo conforme se les paga, y si los extranjeros que actúan como vicecónsules sin sueldo no obtuvieran de su posición algunas pequeñas ventajas comerciales, estaríamos casi sin protección.

Con mi partida de España se cierra el registro de mi viaje por las Tierras del Sarraceno; pues, aunque después contemplé tipos más perfectos del Arte sarraceno en las orillas del Jumna y del Ganges, crecieron bajo el gran Imperio de los descendientes de Tamerlán, y fueron creaciones de artistas ajenos al suelo. Sin duda sería interesante contrastar los restos de la civilización y el refinamiento orientales, tal como aún subsisten en los límites extremos, oriental y occidental, del dominio musulmán, y mostrar cómo aquel Arte, que tuvo su cuna en las capitales de los Califas —Damasco y Bagdad—, alcanzó su más perfecto desarrollo en España y la India; pero mi visita a este último país se enlaza naturalmente con mi viaje a China, Loo-Choo y el Japón, formando un campo de viaje separado y distinto.

El 27 de noviembre, el vapor del correo terrestre llegó a Gibraltar, y me embarqué en él para Alejandría, entrando en otro año de experiencias aún más variadas, extrañas y aventureras que el que había concluido. Casi me da miedo pedir a aquellos pacientes lectores que me han acompañado hasta aquí que viajen conmigo a través de otro volumen; pero después del placer de ver el mundo viene el placer de contarlo, y fuerza es que termine mi historia.

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