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Dominio público · Español

El imperio de la ley

James Lane Allen · 1900

Edición de Biblioteca Pevgrow. Licencia CC BY 4.0. Fuente: Project Gutenberg #3791.

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El imperio de la ley

James Lane Allen

Project Gutenberg, 1900.

Traducción al español. Obra en dominio público o de acceso abierto. Edición Pevgrow, 2026.


A LA MEMORIA DE UN PADRE Y UNA MADRE CUYA ABNEGACIÓN, ELEVADA SIMPATÍA Y DEVOCIÓN HAN HECHO QUE LA REDACCIÓN DE ESTA HISTORIA REVIVA EN LA SIEMPRE CRECIENTE, NUNCA ENVEJECIDA GRATITUD DE SU HIJO

Apenas habían conquistado los granjeros anglosajones un asidero, un baluarte, una posesión libre en la selva occidental, cuando ya se hicieron sembradores de cáñamo, con recuerdo de Virginia, con recuerdo de la querida Britania ancestral. Allá en los días en que vivían con mujer, hijo y rebaño en fortalezas de madera de la frontera y apenas se aventuraban a salir por agua, sal, caza o labranza —en el mismo verano de aquella salvaje cabalgata diurna de Tomlinson y Bell, comparada con la cual, hijos míos, la cabalgata nocturna de Paul Revere era tan mansa como el balanceo de un caballo de juguete en la nursery de un niño—, en aquel doce de agosto que hizo historia, del año 1782, cuando estos dos tiradores de los bosques, durante esa misma Revolución en la que los kentuckianos combatían entonces a una rama de ese mismo ejército británico, salieron a toda prisa de Bryan's Station para despertar a los asentamientos y salvar el Oeste, el cáñamo crecía alto y espeso junto a las murallas del fuerte.

Cáñamo en Kentucky en 1782: temprano hito en la historia del suelo, del pueblo. Cultivado primero únicamente para las necesidades de la cabaña y del claro; para bramante y cuerda, toalla y mantel, sábana y camisa. Con el tiempo, no sólo para la cabaña y el claro; no sólo para el tejido de estopa, para el Kentucky vestido de pieles. Hacia el norte había comenzado la construcción de barcos, barcos americanos para el comercio americano, para las armas americanas, para una nación que la propia Naturaleza había creado y distinguido como raza marinera.

Hacia el sur había comenzado el cultivo del algodón. A medida que avanzaba el gran período de la construcción naval —el mayor durante los veinte años o más que terminaron en 1860—; a medida que avanzaba el gran período del cultivo y del embalaje del algodón —nunca tan grande antes como en ese mismo año—, las dos partes de la nación miraban por igual a la única meseta fronteriza tendida entre ellas, a varios condados de Kentucky, para la mayor parte del cáñamo de la nación. Fue en aquellos días del Norte cuando la CONSTITUTION fue aparejada con cáñamo ruso por un costado y con cáñamo americano por el otro, para una prueba patriótica de la superioridad de la fibra cultivada y preparada en casa; y gracias a esta última, antes de que aquellos días terminaran con el estallido de la Guerra Civil, el país había llegado a ser segundo, sólo después de Gran Bretaña, en su marina mercante, y muy poco por detrás de aquella señora de los mares. De modo que, en respuesta a esta doble demanda de cáñamo para el barco americano y cáñamo para la plantación sureña, al cierre de aquel período de la historia nacional en tierra y mar, de aquellos pocos condados de Kentucky, en el año 1859, se tomaron bien cerca de cuarenta mil toneladas de la fibra bien limpia.

¡Qué historia obró en aquellos años, directamente para la república, indirectamente para el mundo! ¡Qué marcas indelebles dejó en el propio Kentucky, tierra y terratenientes! Para abrirle paso, se taló un bosque como ningún ojo humano volverá a ver; y con el bosque se fueron sus pastos, sus aguas. Los caminos de Kentucky, aquellos largos caminos de peaje de caliza que unían los pueblos y aldeas con las granjas, se hicieron tempranamente necesarios por el acarreo del cáñamo. Por él se adiestraban, alquilaban y trocaban esclavos perpetuamente; se arrendaban y vendían tierras perpetuamente; se hacían o se perdían fortunas. El precio creciente de las granjas, el movimiento hacia el oeste de las familias pobres y la consiguiente dispersión de los kentuckianos por territorios más baratos, adonde llevaron la misma pasión por el cultivo de la misma planta —haciendo así de Missouri el segundo estado productor de cáñamo de la Unión—, la regulación de las horas en la cabaña de Kentucky, en la casa, en la cuerdería, en la fábrica: ¿qué fase de la vida quedó sin afectar por su cultivo y su fascinación? ¡El pensamiento, el cuidado, la esperanza del granjero a menudo a lo largo de todo el año! De ello dependían, quizá, el colegio de su hijo, los logros de su hija, los lujos de su mujer, la casa que construiría, el ganado que podría poseer.

También sus propios placeres: su caza del ciervo en el Sur, su caza del zorro en casa, su pesca en los grandes lagos, sus excursiones en los viejos palacios flotantes del Misisipi hasta Nueva Orleans: todo ello dependía en gran medida de su cáñamo, aquel polvo de oro espesísimo de sus doradas fanegas.

Con la Guerra Civil comenzó el largo declive, que aún dura. Consta en el registro que a lo largo de los ciento veinticinco y pico años transcurridos desde la entrada de los granjeros anglosajones en la selva hasta el presente, unos pocos condados de Kentucky han abastecido al ejército y a la marina, a todo el país, de casi todo el cáñamo nativo consumido. Poco comparativamente se cultiva en Kentucky ahora. El viajero puede verlo todavía aquí y allá, coronando aquellos campos siempre renovados, autorrenovados, inagotables. Pero no puede estar lejano el tiempo en que la industria allí haya desaparecido.

Su lugar en los mercados de la nación lo tomarán aún más los metales, otras fibras, variedades más finas de la misma fibra, la misma variedad cultivada en suelos menos valiosos. Su historia en Kentucky habrá terminado y, terminada, perdida.

Cierta mañana en que ya no se oye el rugido de los vientos de marzo en los bosques agitados, sino que por las ramas aún pardas corre un verdor tenue, como un velo; cuando cada manantial, brotando de la tierra empapada, se desliza por bancos de césped libres de hielo; antes de que una abeja ande suelta bajo el cielo que llama; antes de que el rojo de los capullos de manzano sea una señal en los huertos bajos, o el alto canto del tordo se derrame lejos en húmedos atardeceres de pálido verde, el sembrador, el más temprano sembrador del cáñamo, sale a los campos.

Cálidos deben ser, suaves y cálidos, aquellos campos, su cuna elegida.

Volteados por el arado, cruzados y recruzados por la grada, sin terrones, allanados, profundos, finos, fértiles —algún fondo de río extinto, algún valle surcado de arroyos, alguna meseta de rayos suaves, aires húmedos, suelos aluviales o calizos—: tal es la cuna favorita del cáñamo en la Naturaleza.

De un lado a otro con paso medido, con distancia medida, a voleo siembra el sembrador, esparciendo con mano pródiga aquellos pequeños frutos ovalados, gris verdosos, rayados de negro, cargados pesadamente de médula viva.

Ligeramente cubiertos por el rastro o la grada, bajo la tierra apisonada yacen ahora, aquellas semillas poderosas, inertes. Hacia la oscuridad que las rodea penetran los rayos del sol día tras día, acariciándolas con pinceles de luz, punzándolas con lanzas de llama. Gotas de rocío nocturno, gotas de las nubes que corren, descienden hasta ellas, humedeciendo la sequedad, cerrando las pequeñas hondonadas del suelo, atrayendo más estrechamente las partículas de la tierra maternal. De pronto —como un insecto que ha fingido la muerte desenrolla cautelosamente su cuerpo y se pone en acción—, en cada semilla comienza el gran milagro de la vida. Cada una despierta como de un sueño, como de una muerte fingida. Arranca, se mueve, rompe su cáscara leñosa y cenicienta, toma dos direcciones opuestas: la raíz blanca, afilada como una fibra, huyendo del sol; el tallo diminuto, que lleva sus hojas como lanzas, ascendiendo gracioso, valiente como una palma.

Cierta mañana, no muchos días después, el granjero, saliendo al corral de su establo y echando una mirada en dirección a su campo, ve —¿o no lo ve?— que su superficie está menos oscura. ¿Qué es ese matiz incierto, bajo, sobre la tierra, ese irresistible torrente de verde multitudinario?

Quince días, y el campo ya no está pardo. Desbordándolo, sepultándolo fuera de la vista, está el mar somero y mareal del cáñamo, siempre ondulante.

Verdes están ahora los bosques con su variado verdor. Verdes los pastos. Verdes aquí y allá los campos: con el verde azulado de la avena y el trigo jóvenes; con el verde grisáceo de la cebada y el centeno jóvenes; con ordenados puntos de oscuro verde apagado en vasta formación: las lomas del maíz indio. Pero al recorrer el ojo todo el paisaje ondulante, lejos y cerca, desde los matices del árbol, del pasto y del maíz de toda clase, se vuelve al color del cáñamo. Ante él, todos los demás matices de la naturaleza parecen muertos y no cuentan para nada. Lejos reflejadas, conspicuas, brillantes, extrañas: masas de esmeralda viva, saturadas de sol ardiente.

Más oscuro, siempre más oscuro se vuelve el cáñamo a medida que asciende veloz: apenas más oscuro en cuanto a los tallos sin rama, ahora ocultos; pero más oscuro en las copas.

Sin embargo, aquí hay dos matices de verdor: las plantas macho más pálidas, más pequeñas, madurando antes, muriendo primero; las hembras más oscuras, más altas, viviendo más, más exuberantes de follaje y de cabezas floridas.

Cien días desde la siembra, y aquellas cabezas floridas han salido con su masa de hojas, flor y primeros frutos, elásticas, mecidas a seis, diez, doce pies del suelo y maduras para el corte. Cien días contados desde fines de marzo o fines de abril, de modo que es julio, es agosto. Y ahora, llevado lejos por el aire humeante, flota un olor, balsámico, sorprendente: el olor de aquellas plumas, tallos y flores de los que se exuda libremente la resina narcótica de la gran ortiga. La nariz se dilata pronto, los pulmones se hinchan hondo para aspirarlo: fragancia conocida una vez en la infancia, para siempre en la memoria después, y capaz de traer al vagabundo pensamientos nostálgicos de días de pleno verano en los bosques umbríos y de mil tonos, sobre los cuales sopla el olor de los campos de cáñamo.

¿Quién, al parecer, podría contar las fanegas de estos en los días pasados? ¡Una tierra de cáñamo, lista para el corte! La avena de pesadas espigas, susurrante, se ha vuelto de oro y ha sido apilada en el rastrojo o guardada en los pajares de blancos graneros rebosantes. El trigo de pesadas espigas, susurrante, se ha vuelto de oro y ha sido apilado en el rastrojo o pasado por la trilladora giratoria. La cebada y el centeno están recogidos y se han ido, el paisaje tiene muchos espacios desnudos y abiertos. Pero separando estos por doquier, se alzan los campos del maíz indio ahora en hoja y penacho; y —más valiosos que todo lo demás sembrado y cosechado o por cosechar— por doquier los impenetrables matorrales del cáñamo.

¡Impenetrables! Pues juntos y apretados están los tallos, haciendo causa común por el suelo y la luz, cada uno sino uno de muchos, siendo la fibra mejor cuando así se cultiva —como lo es también la fibra de los hombres. Impenetrables y por tanto sin malas hierbas; pues ninguna vida vegetal puede florecer allí, ni animal ni ave.

Apenas un escarabajo corre desconcertado por aquellas colosales soledades prohibidas. El gorrión campestre revoloteará de la copa que lleva polen a la que lo recibe, tratando de engañarte para apartarte del nido oculto cerca del borde. El cuervo y el mirlo parecerán amarlo, teniendo ojo avizor para el gusano cortador, su único enemigo. La codorniz sí lo ama, no por sí mismo, sino por su protección, llevando a su nidada a sus laberintos, fuera del camino polvoriento, cuando el peligro se acerca. Más que a ninguna criatura alada lo aman las tórtolas de ojos de iris, pecho bruñido y arrullo suave, que ya empiezan a reunirse en las copas de los árboles muertos con buches ansiosos por la semilla. Bien recordado también por la paloma migratoria de largo vuelo, que llega a la tierra por el fruto del haya. Más que a ninguna cosa salvaje cuya seguridad no está en el ala sino en el pie, lo ama la liebre por sus crías, por refugio. ¡Aquellos cuerpos ágiles, aterciopelados, delgados de verano! Observa con cuidado las copas del cáñamo quieto: ¿se agitan ligeramente? Entre las bases de aquellos tallos un rabo de algodón se abre camino hacia dentro, fuera del alcance de su perseguidor. ¿Se agitan violentamente, se separan limpias y anchas a derecha e izquierda? Es el sendero del perro que sigue el rastro caliente, siempre burlado.

Cien días para sacar de aquellas semillas diminutas estos poderosos tallos, huecos, vellosos, cubiertos de su fibra resistente: esa fuerza de cables cuando los grandes barcos son arrastrados por la furia conjunta del viento y el océano.

Y ahora, una mañana cualquiera, en el linde del campo están los negros con hoces y piedras de afilar. La hoz, hoja afilada y recta, doblada en ángulo recto respecto al mango a dos pies de la mano. Que sean estos hombres los más fuertes; ningún débil puede manejar el cáñamo de semilla a semilla otra vez. Un corazón cuyas puertas y paredes estén en perfecto orden, por el que fluya libremente el pleno torrente de la sangre roja de un hombre sano; pulmones hondos, claros, que se llenen con facilidad, que se vacíen con facilidad; un cuerpo que pueda doblarse y torcerse y enderezarse de nuevo en incesante movimiento rítmico; miembros incansables; el mismísimo espíritu del hombre primigenio conquistando la naturaleza primigenia: todo ello entra en la siega del cáñamo. El jefe avanza a zancadas hasta el borde y, echando adelante el brazo izquierdo, a lo largo del cual juegan los músculos, agarra cuanto puede abarcar, dobla los tallos y con la mano derecha pasa la hoja por ellos a una pulgada o más del suelo. Cuando ha reunido su brazado, se vuelve y lo arroja detrás de sí, de modo que queda extendido, cubriendo al caer el mismo espacio que llenaba en pie. Y así cruza las anchas fanegas, y así cada uno de los grandes segadores negros, avanzando uno tras otro hasta un lugar detrás de él, hasta que las largas, ondulantes y blanquecinas verdes hileras del cáñamo postrado quedan relumbrando por los campos. Más fuerte es ahora su olor, que impregna la ropa de los hombres y se difunde lejos por el aire.

Así yace una semana o más secándose, muriendo, hasta que la savia sale de los tallos, hasta que las hojas y las flores y los primeros frutos madurados o inmaduros se marchitan y caen, devolviendo al suelo el alimento que de él han tomado; quedando así desperdiciada de otro modo toda la parte superior: aquella parte del cáñamo que cada año los soñolientos millones del Oriente consumen todavía en cantidades que superan todo cómputo humano, y por cuyo amor la historia misma de esta planta se pierde en la antigüedad de la India y Persia, su patria, tierra de narcóticos, de deseos y de sueños.

Luego los rastrilladores con enormes rastrillos de madera; reúnen los tallos en manojos, atando cada uno con el propio cáñamo. Tras los atadores avanzan los lechos de carro o las angarillas, recogiendo los manojos y llevándolos adonde, enormes, planos y redondos, comienzan a alzarse los hacinares. Al fin estos quedan bien construidos; se cierran las puertas del campo o se ponen las barreras; los carros y los jornaleros se han ido; los pardos campos quedan desiertos.

Un día algo se ha ido de la tierra y del cielo: ha llegado el otoño, estación de balanzas y pesos, cuando la Tierra, llevada a juicio por sus frutos, dice: «He hecho lo que he podido; ¡déjame ahora descansar!».

¡El otoño! Y por doquier las vistas y los sonidos de la caída. En los bosques, a través del aire fresco y plateado, las hojas, tan indispensables un tiempo, tan inútiles ahora. Día claro tras día claro, noche húmeda tras noche húmeda, la incesante caída de las hojas, ya filtrada, ya arremolinada por las ráfagas. La caída de las nueces, que se desprenden de las ramas desnudas con sordo estruendo en la hierba profunda. La caída de la nuez de nogal americano, que repica ruidosamente por las ramas escamosas y esparce sus cáscaras entre las piedras del arroyo de abajo.

La caída de las castañas de Ohio, que ruedan como bolas de caoba por los senderitos de polvo que hicieron las ovejas en los meses calurosos cuando buscaban aquellos techos de hojas. La caída de las bellotas, que saltan de sus apretadas copas verdes al golpear la tierra llena de raíces. La caída del espino rojo, del persimonio y del papayo, y de la fragante ciruela silvestre en sus matorrales del valle. La caída de todas las semillas del bosque, ahora maduradas en sus alturas y devueltas al suelo, para ser allí guardadas hasta el tiempo en que se alcen de nuevo como las generaciones vivas; el vuelo de regreso, descendente, de las semillas en los bosques multicolores por toda la tierra quieta.

También en los campos, las vistas y los sonidos de la caída, la caída de la gordura en pie. La caída silenciosa del tabaco, que ha de colgarse cabeza abajo en fragantes cobertizos y graneros. El golpe segador de la cuchilla de maíz y el susurro de las hojas, cuando el trabajador reúne en su brazo las cañas de pesada mazorca y las aprieta en el abultado haz. La caída de las calabazas en los carros de lento arrastre, cuyo lado en sombra está aún blanco de la escarcha matinal. En los huertos, la caída de las manzanas sacudidas con estruendo, y el amontonarlas en montones desparramados cerca de los lagares. En los viñedos, la caída de las uvas azucaradas en los cestos y su transporte al lagar bajo el sol fresco, donde se oye el tardío zumbido de las abejas en torno al dulce orujo.

Pero de todo cuanto la tierra ha rendido con o sin la ayuda del labrador, de todo cuanto él puede llamar suyo dentro de los límites de su tierra, nada le place más que aquellos campos quietos y pardos donde los airosos hacinares se alzan entre los árboles amortecidos. Dos meses han pasado, los trabajadores están de nuevo en faena. Los hacinares se deshacen, los manojos se esparcen, el cáñamo se extiende como antes. Allí ha de yacer hasta que se enrojezca o se pudra con el rocío; allí ha de sufrir helada y deshielo, lluvias frías, escarchas que agarran y nieves que aflojan, toda la acción de los elementos, hasta que las gomas que mantienen unidos los filamentos de la fibra se pudran y se disuelvan, hasta que el líber quede separado de la parte leñosa del tallo, y el tallo mismo se descomponga y se quiebre con facilidad.

Algún día caminas por el cáñamo extendido, el pie se te hunde a cada paso, te agachas y, tomando varios tallos, los quiebras con facilidad entre los dedos. Los extremos sobresalen limpios y separados; y ¡he aquí! colgando entre ellos está por fin: una guirnalda de cinta húmeda, basta, de gris oscuro, riqueza del cáñamo, vela del salvaje escita siglos antes de que Horacio cantara de él, vela del romano, vestido del sajón y del celta, vestido del pionero de Kentucky.

Los rastrilladores reaparecen a intervalos de tiempo seco, y reúnen el cáñamo en brazados y lo levantan en hacinas de tamaño conveniente, muy abiertas por la base, bien apretadas y atadas por lo alto, de modo que los lados inclinados recojan el sol secante y la base robusta resista los vientos fuertes. Y ahora los campos son como los campamentos de color pardo oscuro de los ejércitos: cada hacina una tienda de soldado. Aunque no siempre oscuros; a veces cubiertos de nieve; y entonces las blancas tiendas relucen a lo largo de millas bajo el sol de invierno: las tiendas blanquísimas como la nieve del cáñamo acampado.

A lo largo del invierno y hasta la primavera temprana, según que los días sean cálidos o el cáñamo esté seco, continúa el agramado. Al caer cada noche, limpio y enfardado, se acarrea en lechos de carro o angarillas a los graneros o a las casas del cáñamo, donde se pesa para el trabajo y el jornal del día.

Por último, retirados los agramaderos del campo, alguna noche —¡grato deporte para los mozos!— tiene lugar la quema de los «hempherds», devolviendo así sus elementos al suelo. Encender un puñado de estopa y arrojarlo como tea a una de aquellas masas de yesca; ver las llamas extenderse y las chispas precipitarse como enjambres de abejas rojas hacia el cielo a través del humo, en los terribles abismos de la noche; correr de montón gris a montón gris, encendiendo la larga línea de fuegos de señal, hasta que toda la tierra parece una conflagración y los cielos están tan rosados como al alba; mirar a lo lejos y divisar en el horizonte una serie de luces que responden; no en una sola dirección, sino a leguas de distancia, ver el resplandor cada vez más débil de los hempherds en llamas: también esto es una de las experiencias, uno de los recuerdos.

Y ahora, por los caminos de peaje, los grandes carros cargados y chirriantes pasan lentamente hacia los pueblos, llevando el cáñamo a las fábricas, de donde ha de esparcirse luego por tierra y mar. Algún día, cuando los vientos de marzo amainan, el sembrador entra en el campo y comienza donde comenzó doce meses antes.

Un año entero de los cambios de la tierra entra en la creación del cáñamo. El planeta ha descrito su vasta órbita antes de que aquel esté crecido y acabado. Todas las estaciones son sus servidoras; todas las contradicciones y extremos de la naturaleza se dan cita en su hechura. La paciencia vernal de la tierra que se calienta; las largas y feroces flechas del calor estival, las largas y plateadas flechas de la lluvia estival; los cielos muertos del otoño y sus vientos que sollozan; las escarchas más severas del invierno, que todo lo aprietan. No es la suma sino de fuertes virtudes. No conoce enfermedad ni flaqueza. Ha de tener una madre joven y vigorosa, o ninguna; una tierra vieja, débil o agotada no puede producirlo. No tolerará techo de sombra, se baña solo en el ojo del sol padre, y exige todo el cielo para las paredes de su cuna.

¡Ah! también es tipo de nuestra vida, que asimismo es sembrada en la tierra, arraigada en la tierra; que debe luchar hacia arriba, ser segada, pudrirse y quebrarse, antes de que se haga la separación entre nuestra escoria y nuestro valor: pobre fragmento perecedero y fibra inmortal. ¡Oh, el misterio, el misterio de aquel crecimiento desde el arrojar el alma como semilla a la tierra oscura, hasta el tiempo en que, conducida por todos los cambios naturales y limpiada de flaqueza, es llevada de los campos de su nacimiento para el largo servicio!

Capítulo I

El siglo recién pasado no había comenzado aún la carrera de sus años de muchos pies cuando una vecindad de pioneros de Kentucky, asentados por los verdes valles del plateado Elkhorn, construyó una iglesia en la selva y se constituyó en asociación de fieles. Durante algún tiempo reinó entre ellos la paz de una especie, si no era posible alcanzar paz de ninguna otra en los contornos. Pero andando el tiempo surgieron disputas sectarias con otros gentes del bosque que también deseaban adorar a Dios en Kentucky, y ardientes disputas personales entre los miembros, como es ley eterna. De modo que la iglesia creció como crecen los infusorios y ciertos gusanos: por fisión, por periódicas divisiones y roturas, convirtiéndose cada división espontánea en un nuevo organismo. La primera iglesia, sin embargo, a pesar de todo lo que se dividió y desechó, parecía no perder nada de su vitalidad ni de sus cualidades combatientes, espirituales y físicas (¡la vida esforzada en aquellos días!); y llegó un tiempo en que se ofendió con un hombre en particular de entre sus miembros a causa de la liberalidad de sus opiniones religiosas. Este colono, un viejo luchador contra los indios cuya vasta hacienda se extendía a medio camino entre la iglesia y el pueblo más cercano, se había construido una buena casa de ladrillo al estilo virginiano; y era su gusto y su costumbre invitar a los predicadores itinerantes a descansar bajo su techo cuando iban de un lado a otro por la selva: los curtidos y solitarios exploradores de Sion.

Mientras daba albergue a hombres y bestias, si llegaba un domingo, invitaba además a su huésped, no importaba qué clase de fe contuviera la vasija, con tal que contuviera alguna fe, a cabalgar con él por los bosques y predicar a sus hermanos. Este era el frente de su delito. Pues, como parecía hermano de hombres de todo credo, le acusaron de no ser ya de la fe de ELLOS (la única verdadera). Consideraron su caso y le notificaron que era su deber, bajo Dios, expulsarle.

Después del sermón, una mañana de domingo de verano, tuvo lugar la escena.

Le habían preguntado qué tenía que decir, y había seguido el silencio. No lejos de las puertas de la iglesia el brillante Elkhorn (ahora casi seco) pasaba en su majestuosa corriente reluciente. El ímpetu del agua sobre la rueda de molino detenida, aquella música selvática primigenia de la civilización, sonaba fuerte en medio de la expectación y el silencio.

Se levantó despacio de su asiento en el banco frente al púlpito —pues era diácono— y se volvió de lleno hacia ellos; sin habla en aquel momento, porque se ahogaba de rabia.

—Hermanos míos —dijo por fin lentamente, pues no quería hablar hasta haberse dominado—: creo que todos recordamos lo que es ser perseguido por causa de la religión. Mucho antes de que nos reuniéramos en el condado de Spottsylvania, Virginia, y nos organizáramos en iglesia y viajáramos como iglesia por las montañas hasta este desierto, adorando por el camino, sabíamos lo que era ser perseguido. A algunos de nosotros nos metieron en la cárcel por predicar el Evangelio y allí nos tuvieron; predicábamos al pueblo a través de los barrotes de nuestras mazmorras. Se reunían turbas afuera para ahogar nuestras voces; predicábamos más alto y algunos se burlaban, pero otros se compadecían y comenzaban a servir a Dios. Quemaban fósforos y vainas de pimiento rojo para ahogarnos; pagaban a vagabundos para que tocaran tambores y no se nos oyera por el estruendo. Algunos de nosotros supimos lo que era que nos arrojaran serpientes vivas a nuestras reuniones mientras adorábamos; o nidos de avispas vivas. O que una multitud irrumpiera en la iglesia con aperos de labranza, látigos y garrotes. O ver un fusil apuntado contra uno de nosotros en el púlpito, y ser dispersados a tiros. Más duro que todas estas cosas es lo que hemos conocido: ser calumniados. Pero ningún hombre entre nosotros, gracias a Dios, se detuvo jamás por estas cosas ni por ninguna otra. Treinta años y más duró esto, hasta que nosotros y todos los que son como nosotros encontramos un amigo en Patrick Henry. Ahora oímos que por estatuto todos los creyentes religiosos de Virginia han sido igualados en cuanto a los derechos y favores de la ley.

»Pero sabéis que en parte fue para escapar de una tiranía intolerable que dejamos nuestra madre patria y recorrimos un camino pavimentado de sufrimiento y bordeado de muerte hasta este desierto. Pues en esta tierra virgen pensamos que seríamos libres de adorar a Dios según nuestras conciencias.

»Desde que llegamos sabéis cuál ha sido nuestra vida: cómo hemos luchado y trabajado y sufrido todas las cosas juntos. Recordáis cómo no hace mucho, cuando nos reuníamos en los bosques para adorar —sin tener iglesia ni asientos—, nosotros los hombres escuchábamos y cantábamos y orábamos con los fusiles al hombro.

Se detuvo, pues los recuerdos lo herían cruelmente.

»Y ahora me notificáis que os proponéis expulsarme de esta iglesia como a un hombre que ya no es apto para adorar a mi Hacedor en vuestra compañía. ¿Presentáis alguna acusación contra mi vida, mi conducta? Ninguna. Nada, sino que, como creyente en el Dios vivo —a quien honestamente procuro servir según mi errada luz—, ya no puedo tener asiento entre vosotros, no creyendo como creéis. Pero esta es la misma tiranía que hallasteis insoportable en Spottsylvania. La habéis comenzado en Kentucky. ¿Cuánto tiempo lleváis ya en ello? Pues bien, hermanos míos, pronto pondré fin a vuestra tiranía sobre mí. No necesitáis ECHADME. Y yo no necesito cambiar mis opiniones religiosas. Me IRÉ. Pero...

Giró hacia el tosco púlpito sobre el que yacía la copia de la Biblia que habían traído consigo desde Virginia, su Arca de la Alianza en el camino, la tomó y volvió a encararlos. Avanzó hacia la congregación hasta donde se lo permitían los bancos —sin ver claramente, pues estaba cegado por las lágrimas—.

»Pero —rugió, y al hablar golpeó repetidamente la Biblia con el puño cerrado—, ¡por el Todopoderoso, que edificaré una iglesia mía para Él! ¡Para Él! ¿Me oís? ¡No para vuestras opiniones de Él, ni las mías, ni las de hombre alguno! Separaré una parcela de mi granja y haré de ella una escritura perpetua en los tribunales, para que sea tenida en fideicomiso para siempre. Y mientras la tierra permanezca, permanecerá, libre para todos los creyentes cristianos. Edificaré una escuela y una casa de reunión, donde cualquier niño sea libre de aprender y cualquier hombre o mujer libre de adorar.

Volvió a poner la Biblia con brazos temblorosos y se volvió de nuevo hacia ellos.

»En cuanto a vosotros, hermanos míos —dijo, con el rostro amoratado y desfigurado por la pasión—, podréis salvaros por vuestro camino torcido y estrecho, si la misericordia de Dios es capaz de hacerlo. ¡Pero hoy estáis cerca de las fauces del Infierno!

Fue a un rincón por su sombrero, tomó a su mujer de la mano y la apretó con fuerza, reunió ante sí su rebaño de hijos y los sacó de la iglesia. Montó a caballo, alzó a su mujer a su asiento detrás de él, vio a sus hijos cargados en otros dos caballos y, guiando el camino a través del arroyo, desapareció en el desierto.

II Unos sesenta y cinco años más tarde, un día caluroso de pleno verano de 1865 —un sábado por la tarde—, un muchacho estaba cortando maleza en un pastizal boscoso; un muchacho grande, huesudo y grave, de cerca de dieciocho años.

Llevaba zapatos pesados, con las puntas verdosas por las manchas de hierba; el cuero, tan curtido por los rocíos de la mañana que era duro como la madera. Eran para protegerle los pies de las zarzas, o de las abejas esparcidas sobre el trébol blanco silvestre, o de las terribles espinas ocultas de la acacia de la miel. Sin calcetines. Un par de escasos pantalones de tela basta, hacía mucho tiempo quedados cortos. Una camisa limpia y tosca. Su gran cabeza de pelo enmarañado, techada de paja amarilla, un destartalado cobertizo contra el sol y la lluvia.

El larguirucho joven gigante cortaba y cortaba y cortaba: grandes hierbas de cuerpo purpúreo, ensartadas de semillas de jugo carmesí; grandes bardanas, cuyos verdes erizos eran una plaga; grandes algodonales, cuyo jugo cremoso brotaba a cada tajo; grandes cardos, de mil aguijones; grandes hierbas de hierro, emplumadas de púrpura real; de vez en cuando una zarza rezagada, postrada con bayas aterciopeladas —el puesto avanzado de un matorral a su espalda—; de vez en cuando —con más cuidado, no fuera a mellar su hoja— bajos brotes de caña silvestre, supervivientes de las impenetrables espesuras de los días de los pioneros. Todas estas y más, la lozana y poderosa medida de la fertilidad del suelo, abajo.

Medida de su fertilidad arriba, las copas de los árboles, de donde el llamado del pájaro carpintero de cabeza roja sonaba tan tenue como el recuerdo de un sonido, y el ladrido de las ardillas era fino como de duende. Una tierra calurosa y atestada, repleta de maleza y de crecimiento por doquier dondequiera que hubiera un bosque; y en torno a cada bosque, densos maizales; o, más densos aún, leguas de cáñamo ondulante. El olor de este pesaba ahora sobre el aire, pareciendo arrastrado de acá para allá como una lenta espuma sobre la brisa, como un musgo sobre un estanque perezoso. Una tierra profunda y robusta; y entre sus frutos él —este muchacho, a su modo una mala hierba humana inconsciente de sí, cuya semilla había sido traída de lejos algunas generaciones atrás, pero que brotaba ahora naturalmente del suelo, savia de su savia, fuerza de su fuerza.

Se detuvo al cabo de un rato y se pasó el índice por la frente, apartándose el sudor de encima de sus quietos ojos. Humedeció la punta del pulgar y la deslizó a lo largo de la hoja de su hocino de cáñamo —lo usaba a falta de guadaña—. Volviéndose, caminó de regreso al borde del zarzal, se sentó a la sombra de un nogal negro, se quitó el andrajoso tocado y, alcanzando su cubo de agua cubierto de hojas de hierba de puerco, lo alzó a los labios y bebió hondo, agradecido. Luego sacó una piedra de afilar del bolsillo, escupió sobre ella y se puso a afilar su hoja.

El calor de su trabajo, el aire sofocante, los bosques de mil tonos, el sentimiento de la vasta tierra veraniega: estas cosas no estaban en sus pensamientos. Unos días antes, despachados de hacienda en hacienda, habían llegado hasta él, allá lejos, trabajando en la granja de su padre, rumores de una gran universidad que se abriría el otoño siguiente en Lexington. Cosa semejante, con sus muchos colegios, Kentucky, el Sur, el valle del Misisipi no la habían visto nunca. Había sido la comidilla entre la gente labradora en sus campos de siega, en los cruces de caminos, en sus porches: la única sensación profunda entre ellos desde la guerra.

Pues por solemne y conmovedor que tal nueva habría sido en cualquier otro tiempo, lo era más en este. Aquí, en la meseta de este singular estado fronterizo, Kentucky —entre las dos mitades de la nación recién en conflicto—, escenario de sus ejércitos que avanzaban y retrocedían, foso de una commonwealth enloquecida—, aquí había de alzarse esta serena universidad, prenda de los nuevos tiempos, alegato por la paz y la amistad del saber, nueva ocasión para el estudio de la revelación del Señor de los Ejércitos y Dios de las batallas. Las animosidades habían terminado, las humanidades recomenzaban.

¿Podéis recordar vuestra juventud lo bastante para evocar el tiempo en que ocurrían las grandes cosas que parecíais estar esperando? El muchacho que ha de ser soldado: un día oye a lo lejos un clarín: al punto ÉL lo sabe. Un segundo vislumbra una vela henchida: en seguida el camino del océano le hace señas. Un tercero descubre un colegio, y hacia sus amables lámparas del saber vuelve unos ojos jóvenes que se han encendido y seguirán encendidos hasta el fin.

Durante algunos años este muchacho en particular, este oscuro artículo en el plan de la Naturaleza que siempre supera todo entendimiento, había ido volviéndose más desdichado en su lugar en la creación. Por temperamento era de un tipo de lo más alegre y confiado en sí mismo —seguras señales de salud—; y el descontento ahora se debía al hecho de que había superado su lugar. El parentesco, una granja y sus tareas, una vecindad rural y su estrechez: ¿qué son a veces estas cosas sino un punto de partida para una vida joven; como una maceta podría servir para que brotara un roble, y como el roble llegaría inevitablemente a la hora en que o moriría o estallaría, raíz y rama, hacia todos los cielos y la tierra; como la cáscara y la yema de un huevo son el punto de partida para el ala y el ojo del águila. Una sola cosa no había superado, en una sola cosa no era desdichado: su naturaleza religiosa. Esta había estado siempre en él como el aliento estaba en él, como la sangre estaba en él: era su vida. Insatisfecho ahora con su posición en el mundo, solo esto lo mantenía contento consigo mismo. A menudo los religiosos son los fatigados; y quizá en ningún otro lugar una visión perpetua del Cielo se revela tanto a los fatigados como sobre los campos solitarios y laboriosos. El muchacho hacía mucho que elevaba su ojo interior a esta visión.

Cuando, por tanto, le llegaron las nuevas de la universidad con su Colegio Bíblico, cuya forma exterior era la penuria, cuya dicha interior era la piedad, al punto encajaron en su oído como el sonido justo, como el regocijo de una inteligencia largamente esperada. Era clarín para el soldado, vela para el marinero, lámpara del saber para el estudiante nato. Al punto supo que iba a ir a la universidad —algún día, de algún modo—, y desde aquel momento no sintió más descontento, vacío, inquietud ni añoranza.

Era, pues, de esta universidad de lo que felizmente soñaba despierto mientras afilaba su hocino de cáñamo en lo profundo de los bosques aquella tarde de sábado. Sentado allá abajo entre el calor y las malas hierbas y las espinas, era ya como uno que hubiera subido por encima de la eterna línea de las nieves de la tierra y viera solo cumbres y pináculos blancos: las últimas sublimidades.

Sentía impaciencia por el día siguiente. Uno de los profesores de la universidad, de la facultad del Colegio Bíblico, había estado recorriendo el estado durante el verano, abogando por su causa ante el pueblo.

Había venido a aquella vecindad a predicar y a abogar. El muchacho estaría allí para oír.

La iglesia en la que el profesor había de abogar por el saber y la religión era la primera erigida en el desierto de Kentucky como casa de libertad religiosa; y el muchacho era bisnieto del fundador de aquella iglesia, que aquí emergía misteriosamente de las profundidades de la vida cuatro generaciones más abajo en la línea.

Capítulo III

La iglesia que el adusto bisabuelo de David, veterano de las guerras indias, había dedicado a la libertad de creencia en la soledad del desierto, segregando una parcela de sus tierras según lo había jurado con vehemencia, y sobre la cual había construido también una escuela, se alzaba a algunas millas de distancia, al otro lado de la comarca. La vasta heredad del pionero había sido dividida en fragmentos para sus numerosos hijos. Con la generación siguiente, la ley de la herencia partible subdividió aún más cada una de esas porciones; de modo que en tiempos de David una sola pequeña granja era todo lo que había recaído en su padre; y su padre nunca la había aumentado. La iglesia estaba situada en lo que había sido el límite opuesto de la concesión original. Pero él, con la mayoría de los otros muchachos del vecindario, había recibido su instrucción elemental en aquella escuela; y siempre había ido a adorar bajo aquel techo de amplia mentalidad, cualesquiera fuesen las doctrinas y dogmas que allí se predicaran.

Estas doctrinas y dogmas eran, en verdad, bastante variados y contradictorios; pues los distintos rebaños de creyentes protestantes, con sus guías de diversos colores, habían encontrado durante más de cincuenta años en aquel lugar una franja muy conveniente de pasto espiritual: una congregación pastaba allí ahora con celo y exclusividad; después, otra.

En esta mañana tranquila y luminosa del domingo, en el verano de 1865, el edificio (mejor que el original, que mucho antes había sido destruido por un incendio accidental) estaba abarrotado de gentes de labranza, maridos y mujeres, de todas las denominaciones del vecindario, ansiosos por oír la nueva súplica, al nuevo suplicante. El padre y la madre de David, sectarios intensos y almas de una piedad opaca, se contaban entre ellos. Él mismo, en un banco de las últimas filas, estaba apretujado entre otros dos muchachos de su misma edad aproximadamente —mudos de terror ante la idea de que los enviaran a esa universidad. El ministro pronto orientó el curso de su sermón hacia el tema que predominaba en lo más alto y lo más hondo de las mentes de todos.

Les hizo comprender ahora, si es que nunca lo habían advertido antes, que desde la entrada de hombres y mujeres instruidos en el desierto occidental, aquellos verdaderos fundadores y constructores de la gran república, el sueño de los kentuckianos había sido el establecimiento de una institución de enseñanza amplia y libre para sus hijos. Narró la historia de los esfuerzos y los fracasos por fundar tal institución, desde el año 1780 hasta el comienzo de la Guerra Civil; luego mostró cómo, durante aquellos pocos años terribles, las lentas y preciosas acumulaciones de la época precedente se habían dispersado; libros perdidos, aparatos arruinados, el mobiliario de las salas de clase destruido, un edificio del colegio incendiado, otro tomado y retenido como hospital por el gobierno federal; y concluyó pintándoles una visión de la verdadera universidad que ahora iba a alzarse por fin, la más antigua y mejor pasión del pueblo, medida de la altura y la anchura de los mejores tiempos: que no conocía Norte, ni Sur, ni latitud, ni credo, ni parcialidad, ni fin político. Al hablar de sus magníficas nuevas dotaciones, se detuvo en la parte aportada por los agricultores de mentalidad liberal del estado, a algunos de los cuales se dirigía: mostrando cómo, olvidados de las decepciones y fracasos de sus padres, habían derramado dinero por miles y decenas de miles, tan pronto como la idea les fue presentada de nuevo —la crianza de una gran institución por el pueblo y para el pueblo en su propia tierra, para la formación de sus hijos, a fin de que no tuvieran que enviarlos a Nueva Inglaterra o a Europa.

Sus palabras finales fueron solemnes en verdad; se referían al colegio de la Biblia, donde habían de realizarse sus propios trabajos. Por este, declaró, suplicaba no en nombre del nuevo Estado, de la nueva nación, sino en nombre del Padre. La obra de este colegio había de ser la preparación de jóvenes para el ministerio cristiano, para que fueran por todo el mundo y predicaran el Evangelio. Una verdad les rogó que tuvieran presente: que esta formación había de darse sin teología sectaria; que sus hermanos mismos representaban una revolución entre los creyentes, habiendo desechado los dogmas de los maestros modernos y tomado, como única guía infalible de su fe y práctica, la Biblia simplemente; haciendo así su obra exclusiva la de reunir a todos los creyentes modernos en una sola iglesia, y esa única iglesia la iglesia de los apóstoles.

Para esta universidad, para este colegio de la Biblia especialmente, pidió, pues, el don y la consagración de sus hijos.

Hacia el anochecer de aquel día, el padre y la madre de David estaban sentados uno al lado del otro en los escalones del pórtico de su casa. Unos vecinos que habían pasado con ellos la tarde acababan de marcharse. Los dos hablaban en tonos bajos y confidenciales de ciertos temas que habían discutido con menos franqueza ante sus huéspedes. Estos se referían al sermón de la mañana, a la universidad, a qué muchachos del vecindario se matricularían probablemente como estudiantes. Sus vecinos habían preguntado si David iría. El padre y la madre habían intercambiado miradas rápidas y no habían respondido.

Algo en la mente del padre le pesaba ahora como ajenjo en los labios.

Estaba sentado, la cabeza apoyada en la mano, los ojos en el suelo, cavilando, amargado.

—¡Si al menos hubiera tenido un hijo de quien enorgullecerme! —murmuró—. No sirve de nada; no irá. No está en él recibir una educación.

—No —dijo la madre, consolándolo con resignación, tras una pausa en la que pareció recorrer con la mirada toda la vida del muchacho—; no sirve de nada; nunca hubo mucho en David.

—¡Entonces trabajará! —exclamó el padre, golpeándose la rodilla con el puño cerrado—. ¡Ya veré yo que se le mantenga en el trabajo!

Justo entonces el muchacho apareció por detrás de la casa, caminando aprisa.

Desde la comida había estado fuera, en algún lugar, solo, ajustando cuentas consigo mismo, quizá retrocediendo, sobre todo, ante esta primera exposición a sus padres. Tal ordalía es para nosotros revelar lo que realmente somos a quienes nos han conocido por más tiempo y nunca nos han descubierto.

Rodeó la casa a paso rápido y se detuvo ante ellos, pálido y temblando de pies a cabeza.

—¡Padre! —Había en la voz un sentido filial del deber, pero lo que nunca habían oído de aquellos labios—: autoridad.

—Voy a la universidad, al colegio de la Biblia. Sé que les será difícil prescindir de mí, y no espero ir de inmediato. Pero comenzaré mis preparativos, y tan pronto como sea posible, iré. He sentido que usted y madre debían conocer mi decisión de inmediato.

Mientras estaba ante ellos en el crepúsculo y veía en sus semblantes un increíble cambio de expresión, naturalmente lo malinterpretó, y habló de nuevo con mayor autoridad.

—¡No me diga nada ahora, padre! Y no se me oponga cuando llegue el momento; sería inútil. Procure aprender, mientras yo me preparo, a dar su consentimiento y a obtener el de madre. Es todo lo que tengo que decir.

Se volvió rápidamente y salió por la puerta del patio hacia el establo, para el pienso de la tarde.

El padre y la madre siguieron su figura con los ojos, olvidándose el uno del otro, mientras permaneció a la vista. Si la carne de su hijo se hubiera separado y disuelto en la nada, descubriendo una luz oculta dentro de él como la estrella vespertina, brillando cerca de sus rostros, apenas habrían quedado más sin habla. Pero tras unos momentos se hubieron ajustado a esta excelsa anunciación. La madre, sin hacer caso de lo que acababa de decir, comenzó a recordar pequeños incidentes de la vida del muchacho para mostrar que esto era lo que siempre había estado destinado a ser. Se aflojó del cuello el prendedor que contenía el cabello de las tres cabezas trenzado junto, y atrajo con una sonrisa la atención de su marido hacia él. Él también, haciendo caso omiso de su menosprecio de unos minutos antes, comenzó ahora a admitir con calor qué buena mente había tenido siempre David. Profetizó que en el colegio superaría a los otros muchachos de aquel vecindario. Esto, a su manera, era también para él una felicidad nueva; pues, escociéndole su pobreza entre vecinos ricos, y caído del rango social al que en realidad tenía derecho, acogía ahora el gozo secundario que nace de la venganza que los hombres se toman unos de otros mediante la superioridad de sus hijos.

En una cosa coincidieron ambos: en que esto explicaba a su hijo. Ciertamente siempre había necesitado una explicación. Pero no era de extrañar; había de ser ministro. ¿Y quién tenía derecho a comprender a un ministro? Tenía derecho a ser peculiar.

Cuando David entró a cenar aquella noche y tomó asiento, avergonzado, frunciendo el ceño y parpadeando ante la luz de las velas, su padre comenzó a hablarle como nunca había creído posible; y su madre, colocando el café ante él, dejó que su mano descansara sobre su hombro.

Él, hambriento desde hacía mucho de su afecto y hallándolo ahora cuando menos lo esperaba, colmado hasta el borde, se atragantaba con cada bocado, y se escabulló tan pronto como pudo hacia el sagrado gozo de la noche. ¡Ah, aquellas horas estremecedoras en que el joven discípulo, habiendo confesado abiertamente por primera vez su amor por lo Divino, siente que lo Divino le devuelve su amor y acepta su servicio!

Capítulo IV

Llegó el otoño, la universidad abrió de par en par sus armoniosas puertas, dando la bienvenida a la Juventud y a la Paz.

Todo aquel día un muchacho, solo en sus labores del campo, allá lejos, en el borde de las tierras de la hierba azul, trabajó como quien escucha un sonido sublime en la distancia —el pisoteo, pisoteo, pisoteo de los estudiantes que se congregaban desde las granjas del estado y de otros estados. Algunos muchachos de su propio vecindario habían partido aquella mañana, antiguos compañeros de escuela. Había ido a despedirse; se había sentado en la cama y los había visto hacer las maletas nuevas y flamantes —atestándolas de tiernos regalos maternales y de la despreocupada abundancia de cosas necesarias e innecesarias—; había oído toda la maravillosa conversación sobre clases y profesores y sociedades; al fin les había estrechado las manos con los ojos apartados, para que nadie viera lo que había en ellos— el hambre inmortal.

¡Qué vacía ahora toda la tierra sin aquellos dos o tres muchachos! No lejos, al otro lado de los campos, blanco y suave bajo la clara luz del sol, se alzaba la casa de uno de ellos— las contraventanas verdes de una sola habitación del piso alto, firmemente cerradas. Las fibras de su corazón estaban retorcidas y doloridas aquel día; y más de una vez se detuvo en seco en su trabajo (el corte de zarzas a lo largo de una cerca), detenido por la tentación de arrojar la hoz e irse. Los sagrados argumentos estaban de su parte. Sin elección ni búsqueda suya clamaban y golpeaban en su oído interno— aquellos mandatos de los Evangelios, las largas reverberaciones de aquella Voz absoluta, que ordenaba a los discípulos irresolutos y laboriosos dejar el arado en el surco, dejar cualquier tarea inminente o deber primordial para con los vivos o los muertos, y seguir— «¡Sígueme!»

Argumentos, en verdad, tenía en abundancia; pero vestidura— no; ni alforja. Y por poco que conociera el mundo, seguro se sentía de esto: que para los jóvenes Elías en la universidad no había cuervos; ni miel silvestre para San Juan; ni canastas galileas sobrantes de los pescadores hambrientos, pescadores de hombres.

Volvamos, pues, a sus zarzas. Y volvamos al suelo otoñal, a los días de dura faena, a los días de duro pensar. Siendo el problema capital para el futuro inmediato el de proveerse cuanto antes del vestido y llenar la escarcela; y así, con tiempo bastante para descubrir lo que, en su primera aparición, es un descubrimiento tan terrible para el joven que forcejea contra la sujeción: que solo la falta de un par de bastos vestidos —de un poco de dinero para un poco de alimento sencillo—, de unas pocas velas y unas pocas mantas para luz y calor, con un libro o dos por añadidura, que una necesidad tan pobre, tan mezquina como esta, puede tener la mente y el corazón detenidos durante años. ¡Ah, dichosos vosotros! ¡con quienes esto último no dura demasiado —o dura para siempre!

Dichosos, sin embargo, seáis, ya sea la espera corta o larga, si solo trae consigo, mientras tanto, como lo trajo consigo con él, la lucha.

Una recompensa segura tenéis entonces, como la tuvo él, aunque no haya ninguna otra: precisamente la lucha; el llevar a la vanguardia las fuerzas legítimas —voluntad, esfuerzo, resistencia, entrega—; el rechazar resueltamente las fuerzas ilegítimas; el endurecer todo lo que hay de blando dentro, el ablandar todo lo que hay de duro: hasta que del endurecimiento y el ablandamiento resulte el mejor temple del metal del alma, y un desarrollo más alto de aquellas dos cualidades que son las mejores en el hombre y las mejores en su ideal de su Hacedor: fuerza y bondad, poder y misericordia. Con una recompensa añadida también, si la lucha os lleva a percibir (lo que él no percibió), como luz de vuestras tinieblas, lo dulce de lo amargo, que la verdadera lucha es ella misma verdadera vida, y que ninguna cosa ennoblecedora de esta tierra ha de alcanzar el hombre jamás en otras condiciones: enseñándole así, no demasiado pronto, que cualquier fin divino ha de alcanzarse sino por medios divinos, que una gran obra requiere una gran preparación.

De la desesperada experiencia del muchacho en adelante en meras cuestiones exteriores puede suprimirse el relato: la lucha de los pobres de la tierra se ha vuelto demasiado común para dar materia a una lectura nueva. Se afanó terriblemente, economizó terriblemente, por llegar a su colegio, pero en esto mostró solo el heroísmo demasiado ordinario entre los muchachos americanos para que se maraville uno más de ello. Un hecho puede consignarse, como bosquejo de alguna figura verdadera de él en el paisaje de aquellos años en aquel país peculiar.

La guerra acababa de cerrarse. Los granjeros, recordando las fortunas hechas en cáñamo antes, se habían apresurado a los campos. Tanto más cuanto que la larga interrupción de la agricultura en el Sur había resultado en escasez de algodón; de modo que llegó a Kentucky el ruego apremiante de cáñamo a fin de ocupar de inmediato muchos de sus lugares. Pero entretanto los esclavos habían sido liberados: donde antes se les mandaba, ahora debían contratarse. Un convenio difícil de efectuar en todo tiempo, porque voluntad y palabra y vínculo no valían nada.

Dificilísimo cuando había de pactarse la ruptura del cáñamo; pues el jornalero se ve todo el día en los campos de invierno, lejos del hogar, y ha de afanarse solitario en su mazo, cortado de la charla y la risa que aligeran el trabajo entre aquella raza. De modo que los salarios subían constantemente, y con ellos el costo del cáñamo.

El muchacho vio en esta demanda del trabajo más bajo a los precios más altos su oportunidad de oro, y la aprovechó. Cuando se abrió la temporada de ruptura del cáñamo aquel invierno, hizo su aparición en la granja de un rico granjero cercano, tomando su puesto con los negros.

Hay poco arte en romper cáñamo. Pronto tuvo la maña de ello: sus músculos ya estaban endurecidos. Aprendió lo que era a veces comer su cena en los campos, calentándola, quizá, sobre las brasas de un tocón incendiado cerca de su mazo; embalar su cáñamo al caer la noche y seguir la rampa o el carro hasta el granero; esperar allí con los negros hasta que se pesara en la balanza de fiel; y al fin, con los músculos rígidos y doloridos, la garganta ronca de polvo, marchar a zancadas rápidamente por la tierra amarga y oscurecida hacia otro trabajo que le aguardaba en casa.

Si hubiera habido llamada a hacer esto antes de la guerra, quizá no se habría hecho. Pero ahora hombres jóvenes y viejos, que nunca habían sabido lo que era el trabajo, reemplazaban a sus antiguos esclavos. El orden preexistente se había en verdad arrollado como un pergamino; y había aquel extraño y fresco estremecimiento universal de la humanidad sobre la tierra, como el estremecimiento de la naturaleza en un bosque sin límites bajo un nuevo firmamento primaveral. Era uno de una multitud de nuevos trabajadores; pero el primero en su vecindad, y solo en su sombría elección de trabajo.

Así se arrastró aquel invierno. Cuando volvió la primavera, lo hizo mejor.

Con la aprobación de su padre, puso unas fanegas por su cuenta: las sembró, las vigiló, rogó por ellas; en verano las segó; con ayuda contratada las apiló en otoño; él mismo las rompió el invierno siguiente; las vendió la primavera próxima; y así halló en su bolsillo el tan anhelado dinero.

Este se aumentó aquel verano con la venta de leña, mediante pequeñas cantidades ahorradas por su padre y su madre; y cuando, una vez más, avanzó el otoño con sus días de sombra y recogimiento —habiendo pasado ya dos años—, se hallaba en posesión de su magra fortuna, arrancada a la tierra, al sudor y a la fuerza y a la entrega.

Solo unos pocos días quedaban ya antes de su partida a la universidad: días muy solemnes y tiernos en la casa con su padre y su madre.

Y ahora, por el bien del muchacho, como para la más clara guía de quienes puedan querer entender lo que tan increíblemente le aconteció después, debe intentarse revelar algo de su vida espiritual durante aquellos dos años. Fue esto, no el duro trabajo, lo que escribió su historia.

Tan pronto como se hubo decidido a estudiar para el ministerio, había comenzado a leer su Biblia con absorción, recorriendo aquel primitivo amanecer de la vida entre los hebreos y aquel segundo, brillante, de la era cristiana. Tenía pocos otros libros, ninguno importante; nada sabía de teología moderna ni de ciencia moderna. Así fue llevado por entero bajo la influencia de aquella visión del lugar del Hombre en la Naturaleza que sostuvieron los más antiguos escritores bíblicos, que se ha impuesto a incontables millones de mentes desde entonces, y que seguirá imponiéndose... ¿por cuánto tiempo más?


En cuanto a su lugar en la Naturaleza, pues, este muchacho se volvió contemporáneo del Salmista; contempló el universo físico con el ojo de Job; se situó junto a aquel sencillo, audaz y sublime niño —el Hombre apenas despertando de su cuna de fe en la mañana de la civilización—. El significado de todo lo cual para él era este: que el más importante entre los mundos suspendidos en el espacio era la Tierra, a causa de un solo habitante: el Hombre. Su forma había sido modelada, su superficie dispuesta, como morada del Hombre. Tierra, océano, cordillera, desierto, valle: todos fueron diseñados por igual para el Hombre. El sol —era para él; y la luna; y las estrellas, colgadas alrededor de la tierra como sus luces —guías para el marinero, recordatorios para el terrestre del Ojo que nunca dormita—. Las nubes —sombra y aguacero— eran misericordiosamente para el Hombre. Nada tenía significado, poseía valor, sino en cuanto derivaba de él significado y valor. Las grandes leyes de la Naturaleza —también ellas estaban ordenadas para el servicio del Hombre, como el buey y el asno; y así como él conducía su buey y su asno adonde quería, los hacía avanzar o detenerse a la palabra de mando, así el Hombre no tenía más que hablar debidamente (en oración) y estas leyes se moverían más aprisa o menos aprisa, se detendrían por completo, girarían a la derecha o a la izquierda del camino que deseaba recorrer—. ¡Siempre el Hombre, el Hombre, el Hombre, nada más que el Hombre! Para sí mismo medida del universo, como para sí mismo un niño pequeño es la única razón del alimento y los muebles de su cuarto de crianza.

Esta concepción del lugar del Hombre en la Naturaleza ha proporcionado quizá una parte muy grande de la historia del mundo. Aun en este ocaso del siglo diecinueve, es todavía, con toda probabilidad, el hecho más importante en la fe y la conducta de la raza, recorriendo con infinitas aplicaciones todas las esferas de la vida práctica y vibrando hasta los extremos de la imaginación. En el caso de este pobre, devoto y elevado muchacho de Kentucky, ocupado en una granja en los años 1866 y 1867, ahorrando sus ganancias y leyendo su Biblia como doble preparación para su entrada en el ministerio cristiano, esta creencia tomó una de sus formas más puras y obró en él algunos de sus más altos resultados.

Recuérdese que vivía en un país templado, hermoso y generoso; que su trabajo se hacía mayormente en los campos, con los aspectos de la tierra y el cielo siempre ante él; que estaba mucho solo; que sus pensamientos eran casi siempre de su Biblia y de su colegio bíblico. Recuérdese que tenía un ojo que no era meramente una abertura y un cierre, sino un ojo que veía —lleno de salud y de goce del espectáculo de las cosas—; y que detrás de este ojo, mirando a través de él como a través de su ventana, estaba el alma oscura del muchacho, ella misma en un templo de perpetua adoración: estas son algunas de las condiciones que le rindieron durante estos dos años las intensas y exaltadas realidades de su vida interior.

Cuando por la mañana salía de la sencilla casa de labranza, con sus puertas podridas y su techo que goteaba, y partía alegremente a su trabajo del día, al ver el gran sol que apenas se alzaba sobre las bajas colinas húmedas de rocío, su alma se remontaba hacia la puerta del cielo. A veces andaba fuera a altas horas de la noche, llamando al médico para su padre o volviendo de una visita a otra vecindad. En cada casa de labranza que pasaba en el camino rural la gente dormía —sobre toda la tierra de sombras dormían—. Y por doquier, guardiana en la oscuridad, velaba la luna, derramando sus escrutadores rayos sobre cada techo, en torno a cada entrada, sobre perrera y redil, pocilga y granero —con luz no bastante para despertar pero bastante para proteger: ¡cómo adoraba hacia aquella lámpara atendida por el que no duerme! Había mediodías de verano en que yacía bajo un árbol solitario en un campo —al borde de su sombra, descansando; el rostro vuelto hacia el cielo—. Era esto una sola bóveda que se arqueaba sobre él, de serenísimo azul, salvo por un remoto vuelo de nubes blancas como la nieve, que le hacían pensar en alguna compañía de ángeles que erraba hacia la tierra. Yacía inmóvil, apenas respirando, en aquella paz de la tierra, en aquella sonrisa del Padre.

O si esta misma bóveda permanecía serena demasiado tiempo; si el suelo de los campos se volvía polvoriento para sus botas y su grano joven comenzaba a marchitarse, cuando al fin, en respuesta a su oración, las nubes eran traídas directamente sobre ellos y se vaciaban, al salir él al verde refrescado, goteante y empapado, ¡cómo su corazón bendecía el Poder que reinaba arriba y hacía todas las cosas bien!

Era siempre alabanza, gratitud, acción de gracias, sucediera lo que sucediera. Si oraba por lluvia para sus cosechas y ninguna era enviada, entonces pensaba que su oración carecía de fe o no era sabia, no sabía cómo; si caía demasiada lluvia, de modo que su grano se pudría, esto era de nuevo por alguna falta suya o para su bien; o quizá era la obra maligna del príncipe de las potestades del aire —con permiso del Omnipotente—. En el caso de una cosecha, todo el trabajo de casi un año se fue en nada: lo explicó como un recordatorio de que debía ser castigado.

Venga bien, venga mal, pues, cosechas o no cosechas, aumento o disminución, todo era lo mismo para él: rastreaba la causa de toda abundancia, como de toda decepción y desastre, que le llegaba a través de las leyes de la naturaleza, hasta algún benévolo propósito del Gobernante. Y siempre ante sus ojos también mantenía aquella Figura sin mancha que una vez anduvo entre los hombres sobre la tierra —aquel Salvador del mundo a cuyo servicio pronto entraría, cuyas palabras de vida eterna había de predicar: la granja de su padre se volvió como la viña de las parábolas de los Evangelios, y él un labrador en ella.

Así este muchacho estaba más cerca del primer siglo y aun de edades anteriores que del diecinueve. Sabía más de profetas y apóstoles que los modernos doctores en divinidad. Cuando llegó el día tan esperado de echar los brazos alrededor de su padre y su madre y decirles adiós, debería haber montado un camello, como un joven de la Tierra Santa de antaño, y haber emprendido su solemne y tierno camino por el país hacia Jerusalén.

V Una mañana fresca de otoño, pues, de aquel año 1867, un muchacho grande, huesudo y tímido, habiendo pasado por el torniquete al recinto de veinte acres, se detuvo reverentemente inmóvil ante la majestuosa fachada del Morrison College. Tostado por el calor y el viento, la lluvia y el sol; de espinazo recto, de nervio fino, de músculo recio. En una mano llevaba una enorme y descolorida maleta, hecha de alfombra de Bruselas copiosamente salpicada de pequeñas rosas; en la otra, sostenido como una jabalina horizontal, un paraguas de familia. Una varilla rota se le escapó de los dedos.

No era momento ni lugar para la observación o la emoción. El torniquete detrás de él era mantenido en un torbellino por estudiantes que se empujaban para pasar y se apresuraban hacia el colegio, a unos cientos de yardas de distancia; otros, que acababan de dejarlo, venían pisando fuerte hacia él y saliendo. En una parte retirada del recinto, podía ver a varios que paseaban lentamente de un lado a otro por la hierba, sosteniendo libros de texto ante el rostro. Algunos estaban agrupados a las bases de las grandes columnas dóricas, trabajando juntos. De detrás del colegio, a la derecha, aparecieron dos o tres corriendo y desaparecieron por una entrada del sótano. De algún lugar entre la hierba llegaba el sonido de un silbido tan claro y feliz como el de una codorniz en el trigo; de otra dirección, los gritos y las disputas de un patio de recreo. Una vez, apenas audible, por el aire surgieron y se desvanecieron los últimos compases de un glorioso himno, cantado por un coro de frescas voces masculinas. Toda la escena era de bullicio, trabajo, deporte, adoración.

Unos momentos el muchacho permaneció donde se había detenido, bebiendo por cada poro sediento; pero sobre todo con los ojos saciados por la vista de aquel venerable edificio que, mañana y noche, durante más de dos años se había conformado a su imaginación —aquel asiento de la universidad—, aquella entrada a su futuro.

Tres estudiantes venían paseando por el sendero hacia él, camino de la ciudad. Uno golpeaba su libro contra el muslo; uno soplaba una tonadilla por la nariz, como música en un peine; uno, en el medio, tenía los brazos echados sobre los hombros de los otros, y a intervalos los usaba como muletas. Cuando estaban a punto de pasar junto al muchacho, que se había apartado unos pies a un lado del sendero, giraron y se rieron de él.

—¡Hola, predicador! —gritó uno. Su rostro era redondo, rojo y blando, como la luna llena; el disco estaba ahora surcado por arrugas sonrientes.

—¿Puede decirme —inquirió el muchacho, ruborizándose y preguntándose cómo era ya sabido que había de ser predicador—, puede decirme cuál es el camino al Colegio Bíblico?

El de los tres a la derecha se volvió al del medio y repitió la pregunta gravemente: —¿Puede decirme cuál es el camino al Colegio Bíblico?

El del medio se volvió y la repitió gravemente al de la izquierda: —¿Puede decirme cuál es el camino al Colegio Bíblico?

El de la izquierda detuvo a un estudiante que pasaba: —¿Puede decirnos a todos cuál es el camino al Colegio Bíblico?

—¡Ministros de gracia —dijo—, sin los ángeles! —Luego, volviéndose al muchacho, continuó—: ¿Ve este sendero? ¡Tómelo! ¿Aquellos escalones? ¡Suba derecho por aquellos escalones! ¿Aquellas puertas? ¡Entre! Luego, si no ve el Colegio Bíblico, quizá vea al conserje, si está allí. Pero ¡no tema! ¡Puede que se pierda, pero nunca se irá!

El muchacho sabía que se burlaban de él, pero no le importaba: lo que le dolía era que su Colegio Bíblico fuera tratado con tal ligereza.

—Gracias —dijo amablemente pero con orgullo.

—¿Se ha matriculado? —le llamó uno de los tres cuando echó a andar.

David nunca había oído aquella palabra; pero sentía tal respeto por el saber que odiaba parecer innecesariamente ignorante.

—No creo... que lo haya hecho —observó vagamente.

Los pequeños ojos de la luna llena desaparecieron del todo esta vez.

—Bueno, tiene que matricularse, ¿sabe? —dijo—. Más le vale hacerlo alguna vez. Pero no hable de ello con sus profesores, ni con nadie relacionado con el colegio. Debe mantenerse en secreto.

—¿Llegaré tarde a las primeras recitaciones?

La ansiosa pregunta estaba en los labios del muchacho pero nunca fue pronunciada. El trío se había alejado descuidadamente.

Pasó junto a ellos, viniendo hacia David, un hombre alto, enjuto, de ásperas patillas, que llevaba un cuello de papel sin corbata y un reluciente levitón negro de faldones largos. Sostenía una Biblia abierta en el Génesis.

—Buenos días, hermano —dijo francamente, hablando con la sencilla bondad que viene de ser marido y padre—. Va a entrar en el Colegio Bíblico, ya veo.

—Sí, señor —respondió el muchacho—. ¿Es usted uno de los profesores?

El hombre de mediana edad se rió con dolor.

—Soy uno de los estudiantes.

David sintió que había infligido una herida. —¿Cuántos estudiantes hay aquí? —preguntó rápidamente.

—Unos mil.

Los dos caminaron lado a lado hacia el colegio.

—¿Se ha matriculado? —inquirió el compañero del muchacho. ¡De nuevo aquella terrible palabra!

—No sé CÓMO matricularme. ¿CÓMO se matricula uno? ¿Qué es matricularse?

—YO iré con usted. YO se lo mostraré —dijo el sencillo y paternal guía.

—Gracias, si quiere —respiró el muchacho, agradecido.

Tras un breve silencio su compañero habló de nuevo.

—Entro tarde en la vida al colegio. Tengo un hijo de la mitad de su tamaño que usted y un bebé; y mi mujer está aquí. Pero, verá, he pasado tiempos duros.

Prediqué durante años. Pero no estaba satisfecho. Quería comprender mejor la Biblia. Y este es el lugar para hacerlo.» Ahora que se había explicado, parecía aliviado.

«Bien», dijo David, fervorosamente, entrando de inmediato en hermandad con aquella alma bondadosa, «para eso he venido yo también. Quiero comprender mejor la Biblia... y si alguna vez soy digno, quiero predicarla. ¿Y usted ya ha bautizado a personas?».

«A cientos. Aquí estamos», dijo su compañero, mientras pasaban bajo un dintel bajo, a un lado de los escalones con columnas.

«Aquí estoy por fin», repitió el muchacho para sí con solemne alegría, «¡y ahora Dios esté conmigo!».

Al final de aquella semana ya se había familiarizado con todo; había conocido a sus profesores, uno de los cuales había predicado aquel sermón dos veranos antes, y ahora, al serle dicho quién era el muchacho, lo acogió como una gavilla de aquella siembra; había sido asignado a sus clases; había bajado al centro a la pequeña librería atestada y abarrotada y comprado los útiles necesarios para el estudiante —haciendo así el primer gasto de su dinero—; había sido asignado a una habitación pobre en el austero dormitorio detrás del colegio; había hecho sus primeros fracasos en las recitaciones, presentándose ante su profesor sin más voz articulada ni más valor que una oveja; y había despertado a un nuevo sentido: la hermandad de las almas jóvenes en torno a él, los hombres de su colegio.

¡Una revelación eran! Casi todos pobres como él; casi todos habiendo abierto camino hasta la universidad: unos desde las granjas, otros enseñando en escuelas lejanas de campo o de montaña; otros mediante la venta ambulante de libros —de callejones desconocidos, de los setos y las cunetas de la vida, se habían reunido: los regulares del Calvario.

Una escena de su nueva vida golpeó la imaginación del muchacho como una visión del Nuevo Testamento: su primera cena en el comedor desnudo de aquel dormitorio: la única mesa larga y tosca; la comida basta y frugal; las sombras de la hora vespertina; en cada silla una figura en pie reverentemente; el rezo de la breve bendición —¡ah, aquella primera cena con los discípulos!

Entre las cosas que tenía que describir en su carta a su padre y a su madre, esta escena iba al final; y sus últimas palabras para ellos fueron una bendición porque lo hubieran hecho uno de aquella compañía de jóvenes.

Capítulo VI

El muchacho no podía estudiar eternamente. El cambio de un cuerpo que se afana y una mente ociosa a un cuerpo ocioso y una mente que se afana requiere tiempo para hacer menos molesta la última condición. Afortunadamente había poca necesidad de hurgar en el aprendizaje. Su cerebro era como el de un animal salvaje y sano recién capturado de la naturaleza. Y así como tal animal aprende a arrebatar los trozos de comida que le arrojan, saltando a su encuentro y recayendo sobre sus cuartos traseros con ojos vivos esperando más; así mentalmente atrapaba las lecciones que sus profesores le preparaban: cada facultad pedía solo ser alimentada —y permanecía hambrienta tras la alimentación.

Por las tardes, por tanto, cuando las recitaciones habían terminado y sus músculos le dolían por el ejercicio, se ponía su viejo sombrero de granja y salía, caminando con su paso alto, torpe e indagador por la ciudad —inconsciente de sí mismo, inconsciente de los frívolos que a menudo se volvían a sonreír ante aquel gran patán de grotescos atavíos, con el rostro lleno de bienaventuranzas y los bolsillos llenos de manzanas. Pues las manzanas empezaban a llegar de los huertos escarchados; y los fruteros a lo largo de las calles las apilaban en pirámides de tentación. Le parecía una penalidad tener que gastar dinero impagable en una cosa como las manzanas, que siempre habían sido tan baratas y abundantes como el agua de manantial. ¡Pero aquellas cenas vespertinas en el dormitorio con los discípulos! Incluso cuando estaba saciado (lo que no era frecuente) nunca quedaba reconfortado; y un día, topándose con una de aquellas pirámides pomológicas, se detuvo, sintió anhelo y compró el vértice. Era más difícil no comprar que comprar. Después de eso cayó en este vicio fructífero casi a diario; y con mortificante mundanalidad a veces descubría que sus pensamientos se desviaban hacia las manzanas mientras sus profesores lo conducían personalmente por Canaán o lo guiaban con pie enjuto a través del Mar Rojo. El pequeño vendedor pronto aprendió a anticipar su llegada; y cuando se acercaba tenía ya listo el número requerido y se las deslizaba en los bolsillos sin una palabra —y sin posibilidad de inspección. También lo atacaba el hambre de dulces de un hombre. Solía comprar alguna sustancia intratable y resistente: lo dejaba más bien cansado del placer.

Así, durante aquellos días toscos, andaba paseando solemnemente por la ciudad, comiendo, explorando, llenándose de golosinas y lleno de asombro. Era la primera ciudad que había visto jamás, la principal ciudad del interior del estado. Desde la infancia había anhelado visitarla. Las calles atestadas, las tiendas curiosas, las residencias espléndidas, los carruajes relucientes —¡qué mundo nuevo era para él! Pero el primer lugar por el que preguntó el camino fue la fábrica donde había vendido su cáñamo. Un rato observó a los hombres trabajar, preguntándose si no estarían entonces manipulando algo que él había quebrado.

También, en fecha temprana, fue a buscar a sus queridos y viejos compañeros de escuela del vecindario que dos años antes lo habían dejado para ingresar en otro colegio de la Universidad. Mediante preguntas averiguó dónde vivían —en una gran y hermosa casa de huéspedes en una calle elegante. Pensó que jamás había siquiera soñado con algo tan fino como aquella casa —ni lo había hecho. Mientras estaba sentado en los ricos salones, esperando saber si sus amigos estaban en casa, miraba inquieto sus zapatos para ver si no estarían manchando la alfombra; y se sacudía vigorosamente con el aliento y las manos —depositando así sobre los muebles el polvo que hubiera que transferir.

Habiendo sido invitado a subir a la habitación de sus amigos, subió y encontró a uno de ellos esperando en lo alto de la escalera en mangas de camisa, fumando. Su saludo fue cordial a su manera, aunque denotaba cierta sorpresa, un poco de incomodidad, condescendencia. David siguió a su anfitrión a una magnífica habitación con enormes ventanas, ahora levantadas y abiertas a una veranda. Debajo había un jardín lleno de viejas vides negras de uvas y perales doblados por las peras y macizos brillantes de frescas flores otoñales. (El muchacho tomó nota de cuánto dinero ahorraría en manzanas si tan solo pudiera vivir al alcance de aquellos perales.) Había una gran cama arrugada en la habitación; y tendido sobre ella boca abajo yacía un estudiante estudiando y agitando los talones lentamente en el aire. Una mesa estaba en el centro de la habitación: los libros y papeles habían sido barridos al suelo; cuatro estudiantes estaban sentados a ella jugando a las cartas y fumando. Entre ellos su otro amigo, que se levantó y le dio un apretón cordial y, volviendo a sentarse, preguntó qué era triunfo. Una voz que había oído antes le gritó desde la mesa: —¡Hola, predicador! ¿Encontraste el camino al Colegio Bíblico?

Ante lo cual el estudiante de la cama rodó pesadamente, se incorporó abatido y lo miró con ojos enrojecidos y la mandíbula caída.

—¿Te has matriculado? —preguntó.

David no pensó en las cartas, y le gustó más el saludo de los dos desconocidos que lo burlaban que la bienvenida de sus viejos amigos.

Eso dolió: nunca había supuesto que hubiera algo justamente así en la naturaleza del hombre. Pero durante los años desde que los había visto, los viejos tiempos se habían ido, las viejas costumbres cambiado. ¿Y no había sido en los campos de cáñamo del padre de uno de ellos donde él, entretanto, había trabajado con los negros?

¿Y hay algún otro país en el mundo donde el trabajador limpio sea tan teóricamente honrado y tan prácticamente despreciado como por el esnob americano de cada sexo?

Una tarde fue al juzgado y consiguió que el secretario del condado le mostrara la inscripción donde su bisabuelo había hecho registrar la escritura de su iglesia. ¡Allí estaba todo! —todo escrito para valer mientras el mundo durara: aquella concesión perpetua de parte y porción de su tierra, para el uso de una escuela libre y una iglesia libre. El muchacho recorrió reverentemente el discurso llano y tosco del poderoso viejo pionero, al expresar su propósito.

Durante aquellos primeros días también buscó las diferentes iglesias, escrutando respetuosamente sus exteriores. ¡Cuántas eran, y qué grandiosas casi todas! Más allá de todo lo que había imaginado. Razonaba que si los edificios eran tan finos, ¡cuán finos debían ser el canto y los sermones! La suposición inconsciente, la falsa lógica aquí, era al menos honrosa para su corazón —para aquella verde confianza de los jóvenes en las cosas como deberían ser, que con el tiempo se convierte en el mejor bastón curtido de la vejez. Buscó especialmente la iglesia católica. Su bisabuelo había fundado la suya tan libre para católicos como para protestantes, pero recordaba el hecho de que ningún sacerdote había predicado jamás allí. Sentía mucha curiosidad por ver a un sacerdote. Una sinagoga en la ciudad no pudo encontrar. Lo sentía. Tenía un gran deseo de poner los ojos en una sinagoga —templo de aquella antigua fe que había fluido por su profundo cauce a través de los siglos sin una ondulación de perturbación por parte del Cristo. Había resuelto que cuando comenzara a predicar, a menudo predicaría especialmente a los judíos: quizá había llegado el tiempo en que el Padre, su Padre, revelaría también a ellos su Hijo. Así fijó pronto en la mente los sitios de todas las iglesias, porque se proponía con el tiempo ir a todas.

Entretanto asistía a la suya, cuyo tamaño y elegancia eran una maravilla; y en ella especialmente el púlpito de terciopelo rojo y la vasta lámpara de araña (nunca había visto una lámpara de araña antes), resplandeciente de estrellas (nunca había visto gas de alumbrado). Fue bajo esta lámpara de araña donde él mismo pronto encontró asiento. Allí se sentaban todos los estudiantes de Biblia que podían llegar, siendo aquel el coro de voces masculinas; y antes de que pasara un mes había sido admitido en este coro: pues un bajo como de tormenta brotaba de él tan fácilmente como el trueno de una nube de junio. Así transcurría sin incidentes el tenor de su vida estudiantil durante aquellas varias semanas iniciales: entonces ocurrió algo que comenzó a hacer grave historia para él.

El pastor anunció en el oficio una mañana que aquel día comenzaría una serie de sermones sobre errores en la fe y la práctica de las diferentes sectas protestantes; aunque también consideraría a su tiempo los casos de los católicos y los judíos: apenas sería necesario hablar de los mahometanos y otros semejantes. Se veía impulsado a hacer esto, declaró, y estaba ansioso de hacerlo, como parte de la obra de sus hermanos en todo el país; la cual era la restauración del cristianismo apostólico al mundo. Pidió la especial atención de los estudiantes de Biblia de la Universidad a estos sermones: el primero de los cuales procedió entonces a predicar.

Aquella noche el muchacho estuvo ausente de su lugar: estaba sentado en la iglesia que había sido acribillada por la lógica en la mañana. Justamente por qué sería difícil decirlo. Quizá su motivo se asemejaba al que nos impulsa a visitar un campo de batalla y contar los muertos. Solo que ni un alma de aquellas personas parecía siquiera haber sido herida. Cantaban, oraban, predicaban, se comportaban en general como quienes creían que ELLOS eran los expresos elegidos del Señor, y disfrutaban enormemente del notorio hecho.

La serie de sermones continuó: cada noche el muchacho faltaba de su sitio —ido a ver por sí mismo y a aprender más acerca de aquellas iglesias mundanas que se habían apartado de la fe una vez entregada a los santos, y si acaso se salvaban, era por la misericordia de Dios y por mucha de ella.

En la historia de cualquier alma humana es imposible aprehender el primer acontecimiento que desencadena una revolución. Pero quizá las tribulaciones del muchacho comenzaron aquí. Sus ausencias del servicio dominical nocturno atrajeron, por supuesto, la atención bajo la lámpara de araña. Se echaba de menos su bajo. Otro estudiante se alegró de ocupar su lugar. Su compañero de cuarto y los varios otros estudiantes del dormitorio que se habían vuelto sus conocidos, discutieron con él la impropiedad de estas ausencias: coincidieron en que haría mejor en atenerse a su propia iglesia. Él adujo razones por las que debía seguir las demostraciones del pastor con visitas efectivas a las otras: sostenía que el pastor establecía el hecho de los errores; pero que la mejor manera de comprender cualquier error era estudiar a los que yerran. Todo esto era nuevo para él, sin embargo. No había supuesto que al educarse para predicar el simple Evangelio, a fin de que el mundo creyera en Cristo, debiera también predicar contra quienes ya creían en Cristo. Además, nadie parecía quedar convencido por el pastor sino aquellos que de antemano coincidían con él: las otras iglesias florecían exactamente igual.

Citó un sermón que había oído en una de ellas, el cual, a satisfacción de todos los presentes, había acribillado su propia iglesia, estando cada palabra de la prueba basada en las Escrituras: ¡así que ahí estaba la cosa!

Una pequeña nube se interpuso en aquel instante entre David y los estudiantes a quienes expresó estas opiniones. Algunos replicaron acaloradamente en el acto; otros mantuvieron el frío silencio que se propone hablar a su debido tiempo. Lo siguiente que el muchacho supo fue que un profesor le pidió que se quedara después de clase un día; y hablándole con grave bondad, le aconsejó que en adelante fuera regularmente a su propia iglesia. El muchacho expuso ardientemente las razones por las que había ido a las otras. El profesor le escuchó hasta el final y, sin comentario, repitió su grave y bondadoso consejo.

En adelante el muchacho estuvo regularmente en su propio asiento allí —pero con cierto misterioso y hermoso sentimiento desaparecido. No habría podido decir qué sentimiento era aquel, ni él mismo lo sabía. Solo que una leve película parecía pasar ante sus ojos cuando miraba a su profesor, de modo que lo veía con menos claridad y como más remoto.

Una mañana hubo un sermón sobre los católicos. David fue obedientemente a ver a su profesor. Dijo que nunca había estado en una iglesia católica y que le gustaría ir. Su profesor asintió cordialmente, mostrando su complacencia ante la franqueza del muchacho. Pero el domingo siguiente por la mañana estaba de nuevo en la iglesia católica, faltando así por primera vez a la comunión en la suya. De todas las congregaciones de creyentes cristianos que el muchacho había visitado ya, la católica le impresionó como la más solemne, reverente y de mejores modales. En su propia iglesia el lugar no parecía convertirse en la casa de Dios hasta que comenzaban los oficios; y una mañana en particular, dos viejos granjeros en el banco detrás de él hablaron en tonos ahogados de ganado y cosechas, hasta el punto de hacerle sentir verdaderamente nostalgia.

El sermón del sacerdote, además, le llenó de asombro. Sopesaba las pretensiones de las diversas sectas protestantes de ser contadas como partes de la única y verdadera iglesia histórica de Dios. De pasada, apenas se refirió a la más moderna de estas corporaciones protestantes autoconstituidas —la propia iglesia de David— y la despachó con un soplo de desdén, que pareció golpear el rostro del muchacho como un viento ardiente: lo dejó ardiendo. Pero a la Iglesia Episcopal el sacerdote dispensó la más vitriólica de las críticas. Y aquella noche, arrastrado por el viejo impulso, que se había convertido ya casi en hábito, David fue a la iglesia episcopal: fue a contar los caídos. El obispo de la diócesis, según ocurrió, predicaba aquella noche —predicaba sobre la unión de los creyentes cristianos. Mostró cuán dispuesta estaba la Iglesia Episcopal a tal unión si las demás consentían: pero ninguna otra iglesia, afirmaba, debía esperar que la Iglesia Episcopal renunciara jamás a un solo artículo de su credo, a saber: que ella sola descendía no por simple continuidad histórica, sino por sucesión divina de los propios apóstoles. El muchacho volvió lentamente al dormitorio aquella noche con el ceño fruncido y el corazón apesadumbrado.

Un gran cambio se estaba operando en él. Su antigua paz religiosa había sido inesperadamente perturbada. Se encontró en lo más recio de las guerras de la teología dogmática. En aquel tiempo y en aquella parte de los Estados Unidos estas eran apasionadas y rencorosas hasta un grado que aun ahora, menos de medio siglo después, apenas puede comprenderse; tan rápidamente se ha desarrollado entretanto ese espíritu moderno que es para nosotros la transición tolerante hacia un futuro aún más amplio. De haber estado Kentucky poblado por su misma gente varias generaciones antes, la tierra habría corrido roja con la sangre de las persecuciones religiosas, como nunca lo estuvieron Inglaterra y Escocia en sus peores momentos. De modo que este muchacho, traído desde sus solemnes y claustrales campos e introducido a credos disputadores, sarcásticos y envidiosos, había comenzado ya a sentirse dudoso y angustiado, sin saber qué creer ni a quién seguir. Había comenzado siendo un medio tan plástico para la fe, que había intentado creerlos a todos. Ahora estaba en el estado intermedio de tratar de averiguar cuál. De ese estado solo hay dos y dos estados finales de los que emerger: «Entre ellos creeré solamente este»; o «Entre ellos no creeré —ninguno». La discusión constante de algún dogma y la refutación de algún dogma engendra inevitablemente, en cierto orden de mente, el temple de discutir y desconfiar de TODO dogma.

No solo sobre sus teologías disputaban las iglesias ante los distraídos pensamientos del muchacho. Si las teologías desgarraban la religión, la política desgarraba las teologías. La guerra recién terminada no había traído, como declarara el sermón de verano del profesor del Colegio Bíblico, amplitud de mente en lugar de estrechez, calma en lugar de pasión. No es mientras los hombres libran sus guerras de conciencia cuando más odian, sino después de haberlas librado; y los sureños y los unionistas odiaban ahora hasta el fondo y en ninguna parte tanto como en sus oraciones. David encontró una iglesia presbiteriana en una calle llamada «Sureña» y otra a pocas manzanas llamada «Norteña»: cómo moraban juntos aquellos hermanos. Los metodistas estaban divididos de manera semejante. De los bautistas, el muchacho averiguó que había habido tantas clases y partes de clases desde el asentamiento de Kentucky, que al parecer cualquier familia de regular tamaño en cualquier parte podría razonablemente haberse constituido en iglesia, si tan solo los padres y los hijos hubieran tenido la fortuna de ponerse de acuerdo.

Donde la política no dividía, otros asuntos lo hacían. La Iglesia Episcopal estaba escindida en un movimiento reformista (y uno irreformable). En su propia denominación la discordia interna hacía estragos en torno a cuestiones como los placeres diabólicos y la música apostólica. Vio a jóvenes arrastrados ante el púlpito como ante un tribunal de estatutos exactos y expulsados por mover los pies de ciertas maneras. Si al danzar giraban como un trompo en lugar de ser disparados en línea recta de un lado a otro como la bobina en la lanzadera del tejedor, su conducta moral resultaba agravada. Un órgano de iglesia era ridiculizado como una especie de Behemot musical —como una cámara oscura de Belial aullante y rugiente.

Estas controversias desbordaban de la congregación al Colegio Bíblico. El muchacho, en su cuarto del dormitorio, un domingo por la tarde, oyó un debate sobre si un diapasón es una violación de la palabra de Dios. Los debatientes se volvieron hacia él excitados y airados: —¿Qué piensas tú? —preguntaron.

—No creo que valga la pena hablar de ello —respondió tranquilamente.

Pronto se reconciliaron entre sí; jamás se lo perdonaron a él.

Entretanto, en cuanto a sus estudios bíblicos, ampliaron enormemente su conocimiento de la Biblia; pero añadieron enormemente a las preguntas que pueden hacerse sobre la Biblia —preguntas que nunca antes se le habían ocurrido.

Y al añadir a las preguntas que pueden hacerse, multiplicaron aquellas que no pueden responderse. El muchacho comenzó a hacer estas preguntas, comenzó a no obtener respuestas. El fundamento de su interés en el gran Libro se desplazó.

Allá en la granja, a solas con él durante dos años, leyéndolo nunca con mente crítica sino siempre con mente adoradora, había sido para él simplemente la llamada a una vida grande y buena, terrenal e inmortal. Al sentarse en las salas de clase, estudiándolo libro por libro, párrafo por párrafo, escribiendo notas de tiza sobre él en la pizarra, oyendo a los estudiantes recitarlo como recitaban aritmética o retórica, una pequeña nostalgia le venció por las horas en que lo había leído al final de un surco en los campos, o a la luz de su vela como última cosa de la noche antes de arrodillarse a decir sus oraciones, o de las tardes de domingo a solas en los sagrados bosques frondosos. El misterioso e intacto sentimiento de Cristo era en él tan fuerte, que se apartaba de estos análisis críticos como se apartaría de diseccionar el cuerpo del Redentor crucificado.

Un suceso significativo tuvo lugar una tarde, unos siete meses después de haber ingresado en la Universidad.

Aquel día, terminadas las recitaciones, el muchacho salió solo del colegio y, con un aire sumamente meditabundo, cruzó el campus y tomó su camino hacia la ciudad. Al llegar a una gran calle central, torció a la izquierda y siguió hasta detenerse frente a una amplia iglesia de ladrillo. Pasando por el exterior de esta, descendió unos escalones, atravesó un callejón, llamó tímidamente a una puerta, y una voz desde dentro le invitó a entrar.

Así lo hizo, y se encontró en el estudio de su pastor. Había dicho a su pastor que le gustaría tener una pequeña conversación con él, y el pastor estaba allí para tener la pequeña conversación.

Durante aquellos siete meses el muchacho había ido atrayendo cada vez más la atención. Los estudiantes de Biblia habían hecho su balance desfavorablemente: no era de su clase —ellos avanzaban por sus estudios como un rebaño de ovejas por un valle, bebiendo la misma agua, paciendo la misma hierba, y hallándola a su gusto. Sus profesores le habían señalado como un caso que requería guía peculiar. No por su decoro como estudiante: era el alma misma de la disciplina. No por flojedad en el estudio: su mente consumía el conocimiento como la llama a la yesca. No por irregularidades en su vida privada: sus costumbres eran blancas como la nieve.

Y sin embargo, ninguno otro causaba tal preocupación.

Todo esto lo sabía el pastor; él mismo había tenido largo tiempo el ojo puesto en este muchacho.

Durante sus sermones, entre las filas de cabezas y cejas y ojos alzados hacia él, las más de las veces se sorprendía mirando aquella gran cabeza de pelo revuelto, aquellas cejas graves, aquellos ojos ansiosos y turbados. Sus persistentes demostraciones de que él y sus hermanos solos tenían razón y todas las demás iglesias estaban equivocadas según las Escrituras —siempre parecían quitar la luz de aquel rostro. Había silencio en el estudio ahora mientras el muchacho se sentaba modestamente en una silla que el pastor le había indicado.

Tras revolverse unos momentos, abordó al lógico con una premisa estupefaciente: —Mi bisabuelo —dijo— construyó una vez una iglesia simplemente a Dios, no a las opiniones de ningún hombre sobre Él.

Se interrumpió bruscamente.

—También Voltaire —observó secamente el pastor, acudiendo en su auxilio.

—Voltaire construyó una iglesia a Dios: «Erexit deo Voltaire». Vuestro bisabuelo y Voltaire debieron de ser parientes.

El muchacho nunca había oído hablar de Voltaire. La información le resultó más bien atractiva.

—Creo que debería admirar a Voltaire —observó reflexivamente.

—También lo hizo el Diablo —observó el pastor. Luego añadió amablemente, pues tenía un gusto escocés por las chanzas teológicas—: Puede que algún día conozcas a Voltaire.

—Me gustaría. ¿Va a venir aquí? —preguntó el muchacho.

—No inmediatamente. Está en el infierno... o lo estará después de la Resurrección de los Muertos.

El silencio en el estudio se hizo intenso.

—Ahora le comprendo a usted —dijo el muchacho, hablando con compostura de repente—. Usted piensa que quizá yo también iré al Diablo.

—¡Oh, no! —exclamó el pastor, ocultando su sonrisa y acariciándose la barba con silogística dignidad—. Mi querido hermano joven, ¿deseaba verme por algún... NEGOCIO?

—Sí. Estaba tratando de decírselo. Mi bisabuelo...

—¿No podría empezar por tiempos más modernos?

—La historia comienza allá atrás —insistió el muchacho, con firmeza—. La parte de ella, al menos, que me afecta. Mi bisabuelo fundó una iglesia abierta a todos los creyentes cristianos. Está en nuestro vecindario. Siempre he ido allí. Me uní a la iglesia allí. Todas las diferentes denominaciones de nuestra parte del país han celebrado cultos allí. A veces todos han celebrado cultos juntos. Crecí pensando que todos eran igualmente buenos cristianos a su manera.

—¿De veras? —inquirió el pastor—. Usted y su abuelo y Voltaire deben de ser TODOS parientes entre sí.

Su semblante no era agradable.

—Mi problema desde que llegué a la Universidad —dijo el muchacho, abriéndose paso a través de la interrupción— ha sido saber cuál ES la iglesia verdadera...

—¿Es usted miembro de ESTA iglesia? —inquirió el pastor con brusquedad, poniendo fin a tal desatino.

—Lo soy.

—Entonces, ¿no sabe usted que es la única verdadera?

—No lo sé. Todas las demás la declaran falsa. Están dispuestas a probarlo con las Escrituras y lo prueban a su satisfacción. Declaran que si me hago predicador de lo que mi iglesia cree, me convertiré en un falso maestro de los hombres y seré responsable ante Dios por las almas que pueda extraviar. Lo creen honestamente.

—¿No sabe usted que cuando Satán ha entrado en un hombre, puede hacerle creer honestamente cualquier cosa?

—¿Y usted piensa que es Satán quien impide a las otras iglesias ver que esta es la única verdadera?

—¡Lo pienso! ¡Y guárdese, joven, de que Satán no entre en USTED!

—Ya debe de estar en mí. —Hubo silencio de nuevo, luego el muchacho continuó—. Todo esto se está convirtiendo en un gran problema para mí. Interfiere con mis estudios... me quita el interés por mi futuro. Acudo a usted, pues. Usted es mi pastor. ¿Dónde está la verdad... la razón... la prueba... la autoridad? ¿Dónde está la LEY que guía en todo esto? Debo encontrar LA LEY, y pronto.

No había manera de negar su problema: se expresaba en sus ojos, su voz, todo su porte. El pastor no estaba viendo nada de esto.

He aquí a un muchacho campesino, simple e ignorante, que había rechazado su lógica y que al parecer no tenía suficiente tacto en aquel momento para apreciar su propia desfachatez. En toda la sensibilidad del hombre no hay punto tan susceptible como el teológico.

—¿Tiene usted un ejemplar del Nuevo Testamento?

Era el tono con que el maestro de escuela de antaño decía: «Tráigame esa vara».

—Lo tengo.

—¿Puede leerlo?

—Puedo.

—¿Encuentra en él el relato inspirado de la fe de la iglesia original... la historia más antigua del cristianismo apostólico?

—Entonces, ¿no puede comparar las enseñanzas de los Apóstoles, SU fe y SU práctica, con las enseñanzas de esta iglesia? ¿SU fe y SU práctica?

—He tratado de hacerlo.

—Entonces ahí está la verdad. Y la razón. Y la prueba. Y la autoridad. Y la LEY. No tenemos más credo que el credo de las iglesias apostólicas; ni más práctica que su práctica; ni más enseñanza que su enseñanza en letra y en espíritu.

—Eso es lo que me dijeron antes de venir a la universidad. Me dijeron que los jóvenes debían prepararse para predicar el simple Evangelio de Cristo a todo el mundo. No debía haber teología sectaria.

—Bien, ¿y alguien le ha enseñado teología sectaria?

—No conscientemente, no intencionadamente. Inevitablemente... quizá. Ese es mi problema ahora... UNO de mis problemas.

—¿Bien?

—¿Puedo hacerle algunas preguntas?

—Puede hacerme algunas preguntas si no son preguntas necias. Parece que no tiene credo, pero ¡SÍ parece tener un catecismo! ¡Bien, adelante con el catecismo! Espero que sea mejor que los que he leído.

Así instado, el muchacho comenzó:

—¿Es cristianismo apostólico declarar que no deben bautizarse los niños?

—¡Lo es! —La réplica llegó como un relámpago.

—¿Y quienes enseñan lo contrario violan la palabra de Dios?

—¡La violan!

—¿Es cristianismo apostólico afirmar que solo la inmersión es el bautismo cristiano?

—¡Lo es!

—¿Y quienes usan cualquier otra forma violan la palabra de Dios?

—¡La violan!

—¿Es cristianismo apostólico celebrar la Cena del Señor una vez cada siete días?

—¡Lo es!

—¿Y todos los que observan una costumbre diferente violan la palabra de Dios?

—¡La violan!

—¿Es cristianismo apostólico no tener en la iglesia un oficial como el obispo episcopal?

—¡Lo es!

—¿El oficio de obispo es, entonces, una violación del cristianismo apostólico?

—¡Lo es!

—¿Es cristianismo apostólico hacer de cada congregación, por pequeña que sea o por la pasión que la influya, un tribunal absoluto de juicio y castigo de sus miembros?

—¡Lo es!

—¿Dar a cada uno de esos cuerpos control sobre la posición religiosa de sus miembros, de modo que pueda arrojarlos al mundo, desterrarlos de la iglesia de Cristo para siempre, si lo estima conveniente?

—¡Lo es!

—¿Y quienes forman cualquier otro sistema de gobierno eclesiástico violan...?

—¡Lo violan!

—¿Es cristianismo apostólico enseñar que la fe precede al arrepentimiento?

—¡Lo es!

—Quienes enseñan que el dolor por el pecado es en sí mismo la gran razón por la que creemos en Cristo... ¿violan...?

—¡Lo violan!

—¿Es cristianismo apostólico expulsar a la gente de la iglesia por bailar?

—¡Lo es!

—El uso de un órgano en el culto... ¿es una violación de lo apostólico...?

—¡Lo es!

—¿Es cristianismo apostólico exigir que el creyente en él crea asimismo todo lo que hay en la antigua Biblia?

—Lo es.

—¿Enseñaron Cristo y los Apóstoles mismos que debe creerse todo lo contenido en lo que llamamos la antigua Biblia?

—¡Lo enseñaron!

El pastor se agarraba a los brazos de su silla, el cuerpo inclinado hacia el muchacho, la cabeza echada hacia atrás, el rostro lívido de sagrada ira. Era un buen hombre, probado y leal: temeroso de Dios, servidor de Dios. Ninguna falta había en él, a menos que se le impute por injusticia el haber sido un sectario firme y tajante en su lugar y generación. Mientras estaba sentado allí, en el estudio del sótano de su iglesia, con su púlpito de autoridad y su pila bautismal de regeneración directamente sobre su cabeza, y a su alrededor en la ciudad los sólidos centenares de sus seguidores, se olvidó de sí mismo como hombre y como ministro y recordó solo que, como siervo del Altísimo, estaba siendo interrogado y deshonrado. Su alma temblaba y tronaba dentro de él para rechazar estos ataques contra su Señor y Maestro. Mientras aquellas preguntas inesperadas y dispersas le habían caído encima espesas y rápidas, surgiendo todas, según le parecía, como espíritus malignos incorpóreos del negro pozo de Satán y los condenados, era un gozo para él dar a cada una esa misma estocada de respuesta recta, dirigida por Dios, matándolas a medida que se alzaban. Su alma se regocijaba en aquella bendita carnicería.

Pero las preguntas cesaron. Habían salido a toda prisa como si un sinfín de ellas apremiara detrás... unas pocas abejas emisarias de un enjambre alborotado. Pero cesaron. El pastor se recostó en su silla y aspiró un aliento tembloroso por sus labios blancos.

—¡Haga algunas más!

Por su parte, el muchacho había perdido la pasión divina a medida que el pastor la había ganado. Su interés disminuía mientras el del pastor crecía. Sus últimas preguntas fueron formuladas con tal vacilación, casi con tal inaudibilidad, que el pastor bien podía creer vencido a su interrogador, devuelto a la modestia y al silencio. A un ojo más penetrante, sin embargo, la verdad se habría revelado clara: que el muchacho no estaba viendo en absoluto a su pastor, sino viendo A TRAVÉS de él hacia su propio futuro: hacia su vida, su gran obra vital elegida. Sus jóvenes pies habían llegado en sus andanzas cerca de los límites de su Tierra Prometida: estaba mirando hacia ella.

—¡Haga algunas más! ¡Las últimas! ¡Dígalas TODAS! ¡Acabemos con esto ahora y aquí!

El muchacho alargó la mano hacia su sombrero, que había dejado en el suelo, y se puso de pie. Estaba pálido como un muerto.

—Nunca seré capaz de predicar el cristianismo apostólico —dijo, y se volvió hacia la puerta.

Pero al llegar a ella, giró y regresó.

—¡Estoy en apuros! —exclamó, sentándose de nuevo—. No sé qué creer. No sé qué creo. ¡Dios mío! —exclamó de nuevo, hundiendo el rostro entre las manos—. Creo que estoy empezando a dudar de la Biblia. ¡Gran Dios, a qué estoy llegando! ¡A qué está llegando mi vida! ¡YO dudar de la Biblia!...

La entrevista de aquel día fue una de las señales de dos tormentas que se aproximaban: una destinada a alcanzar a la Universidad, otra a alcanzar al muchacho.

La tormenta que ahora se reunía en muchos lugares y que en pocos años estaba destinada a estallar sobre la Universidad era como sus otras tormentas anteriores: solo que esta última la dejó en ruinas, y en ruinas permanecerá.

Aquella antiquísima y mejor pasión del pueblo de Kentucky por el establecimiento en su propia tierra de una amplia institución de saber para sus propios hijos, aunque revivida en tiempos de David a mayor escala que nunca, no había de realizarse. La nueva Universidad, que llevaba el nombre de la commonwealth y que se abrió al final de la Guerra Civil como signo de la nueva paz de la nueva nación, habiendo comenzado con tan buen augurio y elevádose en pocos años al cuarto o quinto lugar en patronazgo entre todas las del país, estaba ya entrando en su decadencia. Las razones de ello eran las mismas que habían arruinado sucesivamente a cada una de sus predecesoras: las mismas viejas querellas sectarias, enemistades, venganzas; las mismas viejas oposiciones y odios políticos; las mismas ambiciones, celos y contiendas personales.

Mucho antes, en 1780, mientras cada hombre, mujer y niño de la selva occidental luchaba angustiosamente por la vida misma, aquellas gentes previsoras habían inducido a la Asamblea General de Virginia a confiscar y vender en Kentucky las tierras de los tories británicos, para fundar un seminario público para los muchachos de Kentucky —no una escuela sectaria—. Estos mismos pioneros de mente amplia habían persuadido más tarde a Virginia a dar veinte mil acres de sus tierras a la misma causa y a eximir del servicio militar a los oficiales y estudiantes de la institución. Aún más tarde, empeñados en esta gran obra, habían inducido a Virginia a tomar de su amada William and Mary una sexta parte de todos los honorarios de los agrimensores del distrito y contribuirlos. Los primeros kentuckianos, por su parte, proyectaron y vendieron una lotería —para ayudar a la incorruptible obra—. Para tal institución Washington y Adams y Aaron Burr y Thomas Marshall y muchos otros abrieron sus bolsas. Para ella se recaudaron miles y miles de dólares entre amigos dispersos por los estados atlánticos, respondiendo estos a una petición dirigida a todas las sectas religiosas, a todos los partidos políticos. Una biblioteca y un aparato filosófico fueron transportados en carro por los Alleghanies. Se envió un comité a Inglaterra para elegir más equipamientos. Cuando Kentucky llegó a tener una legislatura propia, decretó que cada uno de los condados del estado recibiera seis mil acres de tierra con que fundar un seminario; y que todos estos seminarios de condado formaran estudiantes para esta institución central largamente soñada. Para que no fueran enviados fuera —al Norte o a Europa—. Cuando, al final de la Guerra Civil, se hizo un nuevo intento (y el último) de fundar en realidad y a perpetuidad una institución hogareña que fuera tan buena como la mejor de la república, el pueblo se reunió como si nunca hubiera conocido la derrota. La idea resonó como una gran trompeta por toda la tierra. La ayuda individual, legislativa, congresional —todas fueron prodigadas con largueza por esa única causa devota.

¡Triste capítulo en la historia de los kentuckianos! Quizá el más triste entre los muchos tristes.

Pues tal institución debe con el tiempo haber enseñado lo que todos sus juzgados y todos sus púlpitos —leyes humanas y divinas— no han podido enseñar: debe haber enseñado a la noble commonwealth a dejar de asesinar. Erigida allí en el corazón de la tierra del pueblo, debe haber crecido hasta estar en el corazón de sus afectos: y así erigida, erigirse por la paz. Pues el verdadero saber siempre está por la paz. Las letras siempre están por la paz. Y es el sabio del mundo quien siempre ha venido a él como vino Cristo: a enseñar que la vida humana vale la pena salvarse y debe salvarse.

VII La tormenta que se acercaba a David era más vasta y llegaba más deprisa.

Varios días habían pasado desde su ansiosa y abruptamente terminada entrevista con su pastor. Durante el intervalo no había dirigido más preguntas a hombre alguno tocante a sus dudas religiosas. Un signo serio: pues cuando dejamos de llevar tales cargas a quienes esperan cerca como nuestros consejeros reconocidos y guías designados, la inferencia es que el socorro para nuestra necesidad peculiar ha sido allí buscado en vano. Este socorro, si existe, se hallará en otra parte en uno de dos lugares: o más lejos del hogar, en mentes mayores cuya enseñanza aún no nos ha alcanzado; o aún más cerca del hogar, en lo que queda como último tribunal de indagación y decisión: en la mente misma. Con intelectos mayores más remotos el muchacho no había sido aún puesto en contacto; había por tanto crecido reflexivo, y durante casi una semana había estado empleando los mejores poderes de su pensamiento sin ayuda en el examen de sí mismo.

Estaba sentado una mañana a su mesa de estudiante con su Biblia y su cuaderno abiertos ante él, luchando aún con sus problemas. El dormitorio estaba muy silencioso. Unos pocos estudiantes permanecían dentro trabajando, pero la mayoría estaba ausente: algunos idos al campo a predicar sermones de prueba a congregaciones que probaban; algunos abajo en el pueblo; algunos en el colegio, practicando himnos, o ensayando para exhibiciones de sociedad; algunos dispersos por el campus, preparando las lecciones del lunes en una mañana de primavera cuando la savia animal se agita inteligentemente en sus fuentes y envía sus corrientes mezcladas de nueva energía y nuevo cansancio.

David había abierto de par en par su ventana, para dejar entrar el aire fino; sus ojos se desviaban hacia fuera. A pocos metros estaba una acacia trasplantada y raquítica —uno de esos asnos quejumbrosos del reino vegetal cuya misión en la vida es llevar lo que el hombre le imponga—. Año tras año este árbol en particular había permanecido pacientemente arrimado detrás del dormitorio, para sostener prendas que sacudir o secar. Más de una vez durante el invierno, el muchacho había mirado por sus cristales cubiertos de nieve a este asno enano de los bosques, sus pies hundidos en cenizas, su cuerpo cubierto de trapos de cocina y ropa interior helada de estudiantes de Biblia. Había razonado que tal suelo y tal servidumbre lo habían matado.

Pero al mirar ahora por su ventana, sus ojos divisaron el verde temprano y vacilante con que este exiliado del bosque aún luchaba por vestirse —sus propias vestiduras de vida—. Su función forzada y artificial como caballete humano de ropa lo había casi destruido; pero dondequiera que un brote sobrevivía, allí se afirmaba su verdadero oficio en la naturaleza, se declaraba su antigua especie, se reanudaba obstinadamente su crecimiento.

El momento para el muchacho pudo haber sido uno de aquellos en el desarrollo de los jóvenes en que de pronto contemplan los objetos familiares como con ojos más claramente abiertos; en que lo neutro se vuelve decisivo; en que el sermón se encuentra en la piedra. Al tomar ahora curiosa conciencia de la madera brotante que él, viéndola solo en invierno, había supuesto que no podría brotar de nuevo, se puso a maravillarse de cuán constante es cada cosa separada en la naturaleza a su propia vida y cuán única es su obligación de vivir solo esa vida. Todo lo que una acacia tenía que hacer en el mundo era ser acacia; y acacia sería aunque pereciera en el intento. No retrocedía con vacilación alguna, no era atormentada por duda alguna, no era confundida por necesidad alguna de preferencia. Conocía absolutamente la ley de su propio ser y no conocía absolutamente nada más; hallaba bajo esa ley su libertad, hallaba bajo esa libertad su vida.

«Pero yo —reflexionó—, soy aquello que nunca fue sembrado ni crecido antes. Todas las edades del tiempo, todas las generaciones de los hombres, no han fijado ningún tipo de vida para mí. Lo que he de llegar a ser debo yo mismo elegirlo a cada instante; y habiendo elegido, nunca puedo saber que he elegido lo mejor. A menudo sé que lo que he escogido debo descartarlo. Y sin embargo ninguna elección puede ser jamás reemplazada por su compañera rechazada; la mejor ocasión perdida una vez, se pierde eternamente. Dentro de los límites de una acacia, ¡cuán poco puede vagar el individuo; dentro de los límites del amplio y errabundo humano, en qué no puede convertirse un hombre! ¿En qué me estoy convirtiendo ahora? ¿Qué elegiré ahora —como mi segunda elección?»


Cierto paralelo sencillo entre el árbol y él mismo comenzó a perfilarse ante su pensamiento: cómo también a él lo habían desenterrado lejos —en cierto sentido, él mismo se había desenterrado voluntariamente— y lo habían trasplantado al recinto del colegio; cómo, desde que lo colocaron allí, las distintas iglesias sectarias de la ciudad habían comenzado, sin excepción, a prender en las ramas de su mente los vestidos multiformes de sus dogmas, hasta que para entonces él se veía a sí mismo tan completamente vestido como la pequeña acacia después de un fuerte lavado del dormitorio. Había, sin embargo, esta terrible diferencia: que los vestidos colgados del árbol eran luego retirados; pero estas doctrinas y dogmas estaban fijados a su mente para quedarse —como el follaje mismo de su pensamiento—, como las hojas vivas de la Verdad Divina. Le estaba prohibido desprender una sola de aquellas hojas sagradas.

Le decían que viviera y respirara su vida religiosa a través de ellas, y que creciera sólo donde ellas colgaban.

El muchacho se declaró finalmente a sí mismo aquella mañana que realizar su vida religiosa a través de aquellos dogmas era algo que jamás podría; que era inútil seguir intentándolo. Poco a poco lo matarían con tanta certeza en su crecimiento y en su espíritu como los harapos habían matado a la acacia en su savia y en su brote.

Cualesquiera que fuesen para otros —y él no juzgaba a nadie—, para él, con su naturaleza peculiar, jamás podrían ser vestiduras de vida; se convertirían en su mortaja espiritual.

El paralelo iba un poco más lejos: ¡ese verde escaso y vacilante!, ¡ese esfuerzo invencible del árbol por afirmar, pese a todas las experiencias mortificantes, su antiguo estado silvestre! ¿Podría él hacer lo mismo, podría volver a lo suyo? Un anhelo triste e inconmensurable lo llenó al recordar ahora la fe sencilla de lo que ya le había parecido su infancia.

A través de la niebla que cegaba su visión, a través de las dudas que cegaban su cerebro, aún podía verla allí, clara, en la cercana distancia.

«¡No —exclamó—, en cualquier futuro a que me vea empujado a entrar, cerrada contra mí está la paz de mi pasado. ¡Hacia allá volverán siempre mis ojos, mis pies jamás!»

«Pero así como fui fiel a mí mismo entonces, séalo ahora. Si no puedo creer lo que antes creía, déjame determinar pronto lo que SÍ puedo creer. La Verdad, la Ley: ¡he de encontrarlas, y pronto!»

De todo lo cual, aunque expuesto así oscuramente, se colegirá que el muchacho había llegado ya —y desde hacía algunos días se había detenido vacilante— a una de las grandes encrucijadas de los caminos: cuando ya no podemos recorrer entero el camino de la Vida; cuando hemos de elegir la mitad que en adelante seguiremos y, una vez tomada, quizá para siempre volver la vista con anhelo hacia la otra como hacia un sendero perdido de la mente.

La encrucijada en que así había vacilado, resumiendo su desconcierto y clamando por nuevas direcciones, era una antiquísima en la historia del hombre: la escisión del camino único de la Vida en las veredas de la Duda y la Fe. Hasta hacía menos de un año, toda su juventud había transcurrido en la posesión de lo que estimaba verdadera religión. Traído del campo a la ciudad, donde cada una de las muchas iglesias se proclamaba la única encarnación de ésta y todas las demás la encarnación de algo falso, él había, tras meses de distraída errancia entre sus contradictorias clamores, pasado, como tantos han pasado antes que él, a ese estado de ánimo que las rechaza todas y pregunta si existe en alguna parte cosa semejante a la verdadera religión.

¡La encrucijada del camino de la Vida en la Duda y la Fe! ¡Cuántos pies de peregrino, a lo largo de los siglos, afanándose devotamente hasta allí, se han echado atrás ante aquel signo inesperado y espantoso! Discípulos del Señor vivo, santos, filósofos, sabios, sacerdotes, caballeros, estadistas: ¡qué muchedumbre! ¡Qué pensamientos allí nacidos, oraciones allí terminadas, votos allí rotos, luz allí despuntando, corazones allí partidos en dos! ¡Poderoso peñasco montañoso!, alzándose de lleno en el camino de la humanidad viajera. En torno a su base se dividen las mareas de las generaciones como se dividen las largas olas veloces del mar en torno a algún acantilado terrible.

El muchacho cerró su cuaderno y, llevando su silla a la ventana, cruzó los brazos sobre el alféizar y miró afuera. Pronto advirtió lo que antes se le había escapado. Más allá del árbol, al pie del montón de ceniza, se había abierto un solo diente de león. Ardía como una lámpara amarilla y firme, baja en el borde de la hierba joven. Estas dos cosas simples —las hojas de la acacia, tocadas por el sol, sacudidas por el viento del sur; el diente de león brillando en la hierba— despertaron en él toda la visión de la primavera que ahora resurgía de nuevo de la Tierra, por toda la comarca: ¡la gran Naturaleza! Y la visión de esto le hizo pensar en otra cosa.

El domingo siguiente a su conversación con el muchacho, el pastor había predicado el sermón más conmovedor que el muchacho había oído: había nacido de aquella entrevista: versaba sobre la infidelidad moderna, la nueva infidelidad en contraste con la antigua.

En este sermón había acusado a ciertos libros de ser en gran parte responsables.

Los nombró por sus títulos. Advirtió a su gente contra ellos. Aquí recomenzó la vieja historia: el muchacho se sintió al punto presa del deseo de leer aquellos libros, mostrando de nuevo el idéntico rasgo que ya le había causado tantos problemas. Pero este rasgo era quizá él mismo, su núcleo; la exigencia de su naturaleza de oír ambas partes, de juzgar la evidencia, de probar las cosas con su propia razón, de llegar a la raíz más honda de un asunto: de ver la Verdad, y de ver la Verdad entera.

Curiosamente, de estos libros, y de algunos otros, había oído hablar mucho el muchacho desde su llegada al colegio: una vez; luego varias veces; luego, al parecer, por todas partes y todo el tiempo. Pues, intelectualmente, se habían vuelto atmosféricos: había que respirarlos, como un elemento vital del aire recién introducido, gustara o no gustara a quienes lo respiraban.

Eran las primeras obras del gran Darwin, junto con algunas de aquel ilustre grupo afín de investigadores y pensadores científicos que, emergiendo como promontorios, islas, países enteros nuevos, por encima del nivel del saber del mundo, enviaban sus olas de influencia a precipitarse hacia toda orilla. Fue en aquellos años cuando fluían sobre los Estados Unidos, sobre Kentucky. Y así como algún cataclismo volcánico bajo el océano medio hará a su tiempo mecerse la diminuta barca de un grumete en alguna pequeña bahía abrigada al otro lado del planeta, así la sublime conmoción del pensamiento del mundo civilizado en la segunda mitad del siglo XIX había llegado hasta David.

Sentado a su ventana, mirando a ciegas en busca de ayuda y de auxiliadores entre sus dudas, viendo el verde joven de la acacia, el amarillo del diente de león, recordó los nombres de aquellos libros anatematizados, que se describían como tratando de manera tan extraña la naturaleza y el lugar del hombre en ella. La idea lo dominó al fin: ir de inmediato a buscar aquellos libros.

Un poco más tarde se le habría podido ver salir del dormitorio y encaminarse con paso dubitativo a través del recinto hacia la ciudad.

Los sábados por la mañana de primavera eran tiempos ajetreados para la ciudad en aquellos días. Los granjeros estaban en ella, las calles se abarrotaban con sus caballos y calesas y rockaways, con ganado, con carros que acarreaban leña en cuerdas, avena, heno y cáñamo. Una vez, en un cruce, David esperó mientras un carro cargado de cáñamo blando, cremoso y gris pasaba chirriando hacia una fábrica. Aspiró con deleite el alquitrán de las ruedas apelmazadas de barro; extendió una mano y acarició las cabezas apretadas en balas familiares.

Abarrotada también los sábados estaba la librería a la que los estudiantes solían acudir por sus provisiones. Además de clientes de la ciudad y clientes del campo, el pastor de la iglesia solía dejarse caer y sentarse cerca de la estufa, disertando, quizá, ante algunos de sus ancianos, o ante reverentes estudiantes de la Biblia, o viejos conocidos. Una estufa pequeña, apretada, caliente, de olor metálico: ¿por qué será tan grata a un dogmatista?

Cuando David se abría camino hacia el fondo de los largos estantes de libros, que se extendían hacia atrás en dirección a la estufa, el pastor se levantó y le tendió la mano con cálida efusión, y con una mirada de secreta solicitud. El muchacho pareció avergonzado y torpe; hasta que no lo abordaron no se dio cuenta él mismo de lo extraviado que se había vuelto respecto del rebaño y del redil de su pastor. Y sintió que debía decirle al punto al pastor que tal era el caso. Pero el pastor se había vuelto a sentar y había retomado su imperioso monólogo.

El muchacho estaba más que avergonzado; se sentía consciente de una nueva ternura compungida hacia aquel hombre adusto y recto, ahora que había emancipado su mente y su conciencia de su enseñanza: tan cierto es a menudo que el afecto sólo es posible donde no se exige la obediencia. Se volvió con tristeza hacia el mostrador y, pocos momentos después, atrayendo la atención del dependiente, pidió en voz baja y con conciencia atribulada «El origen de las especies» y «El descendiente del hombre»; atribulada la conciencia ante la vista del dinero en su palma para pagarlos.

«¿Qué va a hacer usted con estos?», preguntó un estudiante de la Biblia que se le había unido en el mostrador y hojeaba los libros.

«Leerlos —dijo el muchacho, gozoso—, y entenderlos si puedo.»

Se los apretó contra el corazón con el codo y casi corrió de vuelta al dormitorio. Una vez allí, cambió su propósito y, en lugar de subir a su cuarto, se fue lejos, a un lugar tranquilo del recinto, y, tendiéndose en la hierba bajo el ancho cielo abierto, abrió su vasto Darwin.

Era la primera vez en su vida que se encontraba, fuera de la Biblia, con una mente del orden más alto, o la escuchaba, mientras entregaba a la humanidad los asombrosos tesoros de su conocimiento y de su sabiduría en acentos de conmovedora, casi quejumbrosa modestia.

Aquel día el muchacho cambió de maestros.

Del curso quedaban aún más de dos meses. Cada pocos días se le habría podido ver en la tienda, examinando libros, sacando dinero a regañadientes del bolsillo, alejándose a toda prisa con otro volumen.

A veces entregaba al dependiente el título de una obra escrito en un papelito: un libro inaudito; que había que encargar, quizá al Viejo Mundo. Pues un gran libro conduce inevitablemente a otro. Tienen su parentesco, su linaje, sus generaciones. Son torres de vigilancia a la vista unas de otras en la misma calzada humana. Son hebras de un solo cable que ciñe el globo. Eslabón tras eslabón, las manos investigadoras de David se deslizaban ansiosas a lo largo de una poderosa cadena de verdades, forjadas por separado por los gigantes de su tiempo y ahora soldadas entre sí en el pensamiento ardiente del mundo.

No todos éstos eran obras científicas. Algunas eran obras que seguían la estela de la nueva ciencia, con rápidas aplicaciones de sus métodos y resultados a otras materias, apenas conterminantes o ni siquiera afines.

Pues a la luz de la gran idea central de la Evolución, todos los departamentos del saber humano tenían que ser revisados, reconsiderados, reconcebidos, reorganizados, reescritos. Todo estudioso eminente del mundo, encendiendo su propia lámpara personal en aquel resplandor central semejante al sol, se retiraba en seguida a su laboratorio de cualquier clase que fuese y lo hallaba verdaderamente iluminado por primera vez. Su lámpara parecía tener dos llamas envueltas en una; una funesta y una benigna. Siempre que brillaba sobre algo que era verdadero, hacía que esto resaltara más claro, más valioso, más resplandeciente. Pero dondequiera que descubría lo falso, lanzaba contra ello una veloz lengua de fuego, consumiendo sin piedad la antigua basura de la mente. ¡Vasta purificación del mundo por el fuego de la verdad! Ha habido tales purificaciones antes; pero quizá nunca en la historia de la especie se quemó tanto de la senda intelectual del hombre como durante la segunda mitad del siglo XIX.

Hay una especie de tierra que recibe en otoño, año tras año, el depósito de sus propias hojas muertas, hierbas y malezas, sin que ni los vientos ni las aguas las retiren, ni el suelo las reabsorba y reconvierta en materiales de reproducción. Así, año tras año, la tierra tiende más hacia la esterilidad por la misma acumulación de lo que un día fue su vida. Pero que un incendio forestal recorra esos estratos sofocantes de descomposición vegetal; que se dé una vez más la oportunidad de que cada raíz de abajo encuentre el sol de arriba; de que cada semilla de arriba alcance la tierra de abajo; pronto de nuevo lo estéril será fértil, el desierto florecerá como la rosa. Así ocurre con la mente humana. Sin cesar produce mil cosas que son la expresión de su vida por una breve temporada. Esas miríadas de cosas maduran, sazonan, dan su fruto, caen muertas sobre el suelo de la propia mente. Esa mente puede ser la mente de un individuo; puede ser la mente de un siglo, de una raza, de una civilización. Al individuo, pues, a una raza, a una civilización, a un siglo, llega la hora en que debe o consumir sus propios muertos o entregar su propia vida. Esas horas son las revoluciones morales, intelectuales de la historia.

La nueva ciencia no solo debe despejar el terreno estancado para el crecimiento de nuevas ideas, debe ir más hondo. No basta con que se queme la basura: las viejas estructuras del conocimiento y de la fe, peligrosas, tambaleantes, inadecuadas para ser habitadas por más tiempo, deben ser sacudidas hasta sus cimientos. Trajo consigo, por tanto, un período de conmoción intelectual y de deriva, como el que en otro tiempo atravesó el propio planeta. Lo que largo tiempo había permanecido trabado e inmóvil comenzó a moverse; lo que había estado alto se hundió fuera de la vista; lo que había estado bajo se elevó. El oído mental, escuchando como un oído colocado entre montañas quietas, podía recoger de lejos el deslizamiento y la caída de los aludes. Sistemas enteros de creencia que habían helado el alma durante siglos se desprendieron como icebergs en el mar que se calienta y se alejaron a la deriva, fundiéndose en la nada.

Las mentes de muchos hombres, al presenciar esta doble ruina por el fuego y el terremoto, se llenan en tales tiempos de consternación: les parece que nada sobrevivirá, que más allá de esos cataclismos nunca volverá a haber estabilidad y paz —una edad nueva y mejor, terreno más seguro, horizontes más amplios, cielos más claros.

Así fue ahora. A la literatura de la Nueva Ciencia siguió una literatura de nueva Duda y Desesperación. Pero a ambas siguió aún otra literatura que rechazaba por igual la Nueva Ciencia y la Nueva Duda, y se mantenía junto a todo lo que quedaba incluido bajo las viejas creencias. Las voces de estas tres literaturas llenaban el mundo: eran las notas características de aquel medio siglo, oídas sonando juntas: la Vieja Fe, la Nueva Ciencia, la Nueva Duda. Y se encontraban en un solo punto; se encontraban en el lugar del hombre en la Naturaleza, en la idea de Dios, y en ese sistema de pensamiento y credo que es el cristianismo.

Fue en este sublime lugar de encuentro de las Tres Grandes donde pronto llegó este muchacho sencillo y sin formación, buscando la verdad. Aquí comenzó a escucharlas, una tras otra: leyendo un poco de ciencia (no estaba preparado para ello), un poco de la vieja fe, pero más de la nueva duda. Para esto estaba listo; hacia esto había sido empujado.

Sus primeros efectos pronto se manifestaron en él como estudiante. Cumplía todo el trabajo requerido, no descuidaba ninguna clase, no eludía ninguna regla, no transgredía ninguna restricción. Pero ya no preguntaba nada a nadie, ya no vagaba distraído entre las sectas, no tomaba parte en las discusiones frecuentes en su propia iglesia. Hubo cambios más significativos: dejó de asistir a la reunión de oración de los estudiantes de la Biblia en el colegio o a la reunión de oración de la congregación en el pueblo; no quería decir la bendición en aquellas cenas de los Discípulos; declinó la Cena del Señor; su voz no se oía en el coro. Era, singularmente, asiduo a los servicios matutinos y nocturnos de la iglesia; pero entraba tímidamente, con disculpa, se sentaba lo más cerca posible de la puerta y se escabullía un poco antes de que la gente se dispersara: sus ojos habían estado fijos respetuosamente en su pastor durante todo el sermón, pero sus pensamientos estaban en otros templos.

El curso llegó a su fin. Los estudiantes se dispersaron lejos entre los pueblos, granjas y ciudades de muchos estados. Algunos para no volver jamás, habiendo pasado de la vida de una escuela a la escuela de la vida; algunos, antes de que terminaran las vacaciones, se habían ido con su risa y su vigor al silencio del mejor Maestro.

En el dormitorio, la separación anual de la pequeña banda de estudiantes de la Biblia había sido, como siempre, conmovedora. ¡Día de junio sereno, fresco, luminoso!, cuando toda la pobre casa de vecindad estaba fragante con las flores traídas de la ceremonia de graduación; cuando un viento del sur enviaba ondulaciones sobre la hierba del campus; y fuera del campus, al otro lado de la calle, los jardines resplandecían de rosas. ¡Oh, las rosas de aquellos años juveniles, qué dulces, qué dulces eran! ¡Cuánto más dulces ahora, después de los largos, crueles y malos años de sufrimiento que han pasado y se han ido desde que se marchitaron!

Los estudiantes se dispersaron, y David se sentó a su mesa junto a la ventana abierta, escribiendo a su padre y a su madre.

Después de decirles que había quedado bien en sus clases, y de dar algunas descripciones de los últimos días y ceremonias del colegio, pues sabía cuánto les interesaría leer sobre estas cosas, les anunció que no iría a casa. Incluyó parte de los fondos que aún tenía en mano, y pidió a su padre que contratara a un hombre en su lugar para trabajar en la granja durante el verano. No dijo nada de sus dudas y problemas, sino que dio como razón de su permanencia fuera lo que en efecto era la razón: que deseaba estudiar durante las vacaciones; era la mejor oportunidad que había tenido, quizá la única que tendría; y era de la mayor importancia para él resolver muchas cuestiones antes de que se abriera la próxima sesión del Colegio Bíblico. Sus gastos serían pequeños.

Había hecho arreglos con la esposa del conserje para que se encargara de su cuarto, de su colada y de darle sus comidas: el cuarto mismo no le costaría nada, y no necesitaba más ropa.

Le era duro estar lejos de ellos. No fue hasta separarse cuando se dio cuenta de cuánto los quería. No podía soportar siquiera escribir sobre todo eso. Y añoraba la vista de la granja —los caballos, las vacas y las ovejas—, la vista del Capitán. Pero debía quedarse donde estaba; lo que tenía que hacer debía hacerse pronto: un gran deber estaba en juego. Y debían escribirle más a menudo, porque necesitaría sus cartas, su amor, más que nunca ahora. Y que Dios los guardara con salud y los bendijera. Y él era su agradecido hijo, que demasiado a menudo había sido una preocupación para ellos, que nunca podría olvidar los sacrificios que habían hecho para enviarlo al colegio, y cuyo único deseo era no causarles ninguna decepción en el futuro.

Esta carta obtuvo una rápida respuesta de su padre. Le devolvía el dinero, diciendo que le había ido mejor en la granja de lo que esperaba y que no lo necesitaba, y que tenía empleado a un hombre, su antiguo esclavo. Aunque sentían no verlo aquel verano, se alegraban de su deseo de estudiar durante las vacaciones. Su propia vida no había tenido mucho éxito; se había esforzado mucho, pero había fracasado. Desde hacía mucho tiempo aceptaba el fracaso lo mejor que podía. Pero compensación de todo ello eran los nuevos intereses, esperanzas y ambiciones que se centraban en la vida de su hijo. Verlo ministro, líder religioso entre los hombres: eso sería felicidad suficiente para él. Su familia siempre había sido gente religiosa. Una cosa ya esperaba con ansias: quería que su hijo predicara su primer sermón en la iglesia del vecindario fundada por el bisabuelo del muchacho; esa sería la hora más orgullosa de su vida y de la de la madre del muchacho. Había momentos en el pasado en que quizá había sido duro con él, sin comprenderlo; esto solo hacía mayor su deseo de ayudarlo ahora en todo sentido, a cualquier costo.

Cuando no hablaban de él en casa, pensaban en él.

Y bendecían a Dios por haberles dado tal hijo. Que no se preocupara por el futuro; sabían que nunca los decepcionaría.

David permaneció largo tiempo inmóvil ante aquella carta.

Otro estudiante de la Biblia permanecía allí. En el campus, no lejos del dormitorio, se alzaba un edificio de un solo piso, de varias habitaciones. En una de esas habitaciones vivía, con su familia, aquel hombre alto, enjuto, hirsuto, de mediana edad, con su brillante levita negra y cuellos de papel, sin corbatas, que había sido el amable monitor del muchacho la mañana de su ingreso en el colegio. También él había de pasar allí el verano, no teniendo medios para marcharse con su mujer y sus hijos. Aunque a veces se iba él solo, a celebrar reuniones donde podía y por lo que pudieran pagarle; ora predicando y bautizando en las montañas; ora de vuelta, trabajando en mangas de camisa en el Pentateuco y en la estructura elemental de la lengua inglesa. Problemas como los de David no eran para él; ni la ciencia ni la duda. Su propia época lo contenía como un campo verde podría contener una roca. No es que esta alma bondadosa, fiel y servicial fuera una piedra sin vida; sino que era tan insensible a los movimientos de su tiempo como un peñasco a las energías de un campo. Vivo a su propia y sublime manera lo estaba, e inextricablemente arraigado en un solo libro siempre vivo: la Biblia.

Este hombre de mediana edad, sencillo como un niño, establecido cerca de David como su vecino, era para él un perpetuo recordatorio de la fe que un día había tenido: la fe de su primera juventud, la fe de su padre y de su madre. A veces, cuando el trabajo del día había terminado y llegaban los crepúsculos sobrios y quietos, esta alma reverente, sentada con su familia reunida en torno a él cerca del umbral de su única habitación sin hogar —su hijo mayor de pie junto a su silla, su esposa sosteniendo en el regazo al bebé dormido que acababa de amamantar—, comenzaba a cantar. La voz del hijo se unía a la del padre; la de la esposa seguía a la del hijo, en su himno habitual: «¡Cuán firme cimiento, oh santos del Señor, está puesto para vuestra fe en Su excelente palabra!».

Arriba, en su cuarto, a unos cientos de yardas de distancia, el muchacho en aquel momento quizá estaba despabilando su lámpara para leer un poco más. Más de una vez esperó, escuchando en la oscuridad, la música confiada del robusto y austero viejo poema. ¡Con cuánta devoción él también lo había cantado!

Aquel verano, pues, siguió con la tarea de tratar de resolver las cosas antes de que el colegio reabriera: cosas que implicaban un gran deber.

Donde el nuevo pensamiento de la época atacaba más el dogma, la Revelación, el cristianismo, allí leía más. No era el único lector. Era uno de una multitud que ningún hombre podía conocer ni contar; pues muchos leían en secreto. Ministros del Evangelio leían en secreto en sus bibliotecas, y guardaban los libros bajo llave cuando sus oficiales de iglesia llegaban de improviso. El domingo, subiendo a sus púlpitos, predicaban sermones apasionados sobre la fe, dirigidos a las dudas que devastaban sus propias convicciones y conciencias.

Ancianos y diáconos leían y mantenían el asunto oculto a sus pastores.

Médicos y abogados no leían ni hablaban palabra a sus mujeres e hijos. En la iglesia, desde el más alto eclesiástico y seglar, dondequiera que en las profesiones hubiera una mente religiosa, científica, erudita, se sentía la conmoción intelectual central de aquellos años: la Batalla de los Tres Grandes.

Y ahora el verano había pasado, los estudiantes acudían en tropel, comenzaba el curso. David volvió a entrar en sus clases. Interiormente retrocedía ante este paso; pero tomar cualquier otro, abandonar del todo el asunto, eso no podía hacerlo. Con todo su sentido religioso de toda la vida se aferraba a las realidades anteriores, aun mientras su asidero se aflojaba.

Pero esto no podía durar. La vida universitaria como estudiante de Biblia y candidato al ministerio, cada día y muchas veces cada día, le exigía deberes que ya no podía cumplir en conciencia; le arrancaban expresiones respecto a su fe que dejaban demasiado claro, tanto para sí mismo como para los demás, cuánto estaba ahora fuera de lugar.

Así llegó la crisis, como tenía que llegar.

El otoño había cedido el paso al invierno, a las primeras nieves, que se derretían durante el día y helaban por la noche. Los tejados de la ciudad estaban en parte pardos, en parte blancos; carámbanos colgaban alargándose de los aleros. Era la fecha en que la universidad cerraba por las vacaciones de Navidad: la tarde del viernes anterior. Todo el día, por los corredores del colegio, o a lo largo de los senderos nevados que llevaban a la ciudad, habían resonado los alegres ruidos de aquel tiempo salvaje y bullicioso: silbidos y canciones y gritos y pies apresurados, manos que se estrechaban, buenos deseos y despedidas. Uno a uno los sonidos se habían ido haciendo menos numerosos, más débiles, y habían cesado; el colegio quedó en el vacío y el silencio, excepto en una sola sala de clase en un rincón del edificio, desde cuyas ventanas se miraba a través de la ciudad y hacia el oeste; allí tuvo lugar la escena.

Fue a la puerta de esta sala adonde el muchacho, tras haberse detenido un momento fuera para tomar un aliento profundo y tembloroso, llamó, y habiéndole dicho que entrara, entró, cerró la puerta tras de sí y se sentó, pálido y tembloroso, en la silla más cercana. Hacia el centro de la sala estaban sentados los profesores del Colegio de Biblia y su pastor. Se levantaron, y llamándolo adelante le estrecharon la mano con bondad, con pesar, y le señalaron un asiento frente a ellos, reanudando el suyo.

Ante ellos, pues, se sentó el muchacho, de cara a la luz invernal; y hubo un largo silencio. Todos sabían de antemano cuál sería el resultado. Había pasado la mejor parte de un año desde aquella primera entrevista en el despacho del pastor; había habido otras entrevistas, con el pastor, con los profesores. Habían hecho lo que podían para detenerlo, para hacerlo volver. Durante mucho tiempo habían sido consejeros; ahora, por deber, eran autoridades, sentados para escucharlo finalmente hasta el fin, a fin de pronunciar sentencia: sería la ruptura de su vínculo con la universidad y su expulsión de la iglesia.

Vieja, vieja escena en la historia del Hombre: el juicio de su Duda por su Fe; extraño día de juicio, cuando una mitad del espíritu humano procesa y condena a la otra mitad. Sólo cinco personas se sentaban en aquella sala: cuatro hombres y un muchacho. La sala era de cuatro paredes desnudas y una pizarra, con quizá uno o dos mapas de Palestina, Egipto y el Imperio Romano en tiempos de Pablo. La época era el invierno del año 1868, el lugar era una vieja ciudad de los colonos anglosajones, en las tierras altas de la hierba azul de Kentucky. Pero ¡en cuántos otros lugares se ha representado esa escena, ante qué otros auditorios de acusadores y acusados, bajo qué leyes de juicio, con qué grados y rigores de sentencia! Detrás de David, sentado allí solitario en carne y hueso, la imaginación contemplaba una multitud tan innumerable que sólo el ojo profundo y acusador de Dante habría podido convocarla y contenerla. Sin saberlo, estaba a la cabeza de un ejército invisible, que se extendía hacia atrás en el tiempo hasta que ya no podía rastrearse más. Testigos todos de aquella parte sublime e indispensable del hombre que es su Duda: Duda respecto a su origen, su significado, su Hacedor y su destino. Aquella perpetua media noche de su mente planetaria, aquel lado en sombra de su vida orbital, atraído y mantenido siempre en su lugar por la fuerza de la Deidad, pero destinado a no recibir jamás su luz. ¡Y sin embargo, desde aquel lado frío y desolado, cuántas cosas no han alcanzado a rodear y a prender el sol! Y como de las plantas de la tierra, algunas crecen mejor y son más dulces en la oscuridad, qué extrañas flores de fe se abren y perfuman en aquella eterna umbra.

Sagrada, sagrada Duda del Hombre. ¡Su agonía, su búsqueda! que siempre lo ha llevado hacia adelante, de más ignorancia a menos ignorancia, de menos verdad a más verdad; que es la inspiración de su mente, el dolor de su corazón; que ha hablado en todas partes en su ciencia, su filosofía, su literatura, su arte, en su religión misma; que lo mantiene humilde y no vano, mudable y no inmutable, caritativo y no fanático; que intenta resolver el universo y sabe que no lo resuelve, pero busca siempre rastrear la ley, esclarecer la razón y así hallar cuanta verdad pueda.

Mientras David se sentaba ante sus profesores y su pastor, era uno de esos momentos que resumen la civilización.

Al otro lado de la sala, detrás de ellos también, ¡qué multitud! Allí enfrente estaba la Fe, aquella parte radiante del alma que se baña directamente en la luz de Dios, el sol. Allí, visible al ojo de la imaginación, estaban los de todos los tiempos, lugares y razas que se han sentado a juzgar a los que dudaban, reales o sospechosos. En cualquier otra cosa diferentes, unidos en esto: que siempre se han tenido por agentes divinamente designados del Juez de toda la tierra: sus criaturas elegidas para castigar a sus criaturas.

Y así, detrás de aquellos profesores, allá atrás en la historia, se alineaban papas católicos y arzobispos protestantes, y reyes y reinas, protestantes y católicos, y grandes juristas medievales, y caballeros de malla y soldados de la cruz portadores de palma, y santos inquisidores que ahogaban a pobres viejas desconcertadas, que arrancaban la carne viva de la carne como papel, que machacaban los huesos como vidrio, que quemaban el cuerpo humano que gritaba hasta convertirlo en cenizas: esto en nombre de un Cristo cuyo Evangelio era la misericordia, y por la autoridad de un Dios cuya ley era el amor. Todos estaban allí, fila tras fila, hilera sobre hilera, un vasto coliseo sombrío de rostros judiciales e intencionados: Defensores de la Fe.

Pero ningún inquisidor había ahora en esta sala, ni intención punitiva, ni pensamiento cruel. Lentamente, a lo largo de la vida emergente del hombre, este mismo juicio ha ido ganando constantemente en caridad y en dulzura. Mirando hacia atrás por su largo camino entre misterios que lo bordean, el hombre mismo ha llegado a ver, una y otra vez, que lo que era su duda era su ignorancia; lo que era su fe era su error; que las cosas rechazadas han llegado a ser creídas, y que las cosas creídas han llegado a ser rechazadas; que tanto su duda como su fe son la condición temporal de su conocimiento, que siempre está creciendo; y que la fe y la duda lo desgarrarán siempre, pero destruirlo, nunca.

Ningún fuego de Smithfield, pues, ninguna potra jesuítica, ninguna copa de cicuta, ningún torniquete de pulgares, ninguna tortura de ningún género para David. Aun así, había un deber que cumplir, una terrible responsabilidad que descargar con dolor y con oración; y graves y buenos hombres eran. Irreprensible era este muchacho a los ojos de todos ellos salvo en su duda. Pero dudar, ¿no era acaso el mayor de los pecados?

El muchacho pronto se serenó. Estos jueces eran todavía sus amigos, no sus amos. Sus amos eran los escritores de los libros en que creía, y él hablaba por ellos, por lo que creía que era la verdad, en la medida en que el hombre la había aprendido. La conferencia duró toda aquella corta tarde de invierno. En todo lo que dijo, el muchacho mostró que estaba lleno de muchas voces confusas: las voces de la nueva ciencia, las voces de la nueva duda. Una sola voz había enmudecido en él: la voz de la vieja fe.

Se había hecho tarde. El crepúsculo descendía sobre el blanco campus, sobre la ciudad coronada de nieve. Allá en el oeste, más allá de las agrupadas cumbres de las casas, se había formado el solemne cuadro de un rojo ocaso de invierno. La luz entraba por las ventanas y caía sobre el rostro del muchacho. Una última pregunta acababa de hacerle el más venerable y amado de sus profesores, en tonos sobrecogidos y trémulos de su propia humildad y de compasión por el muchacho extraviado que tenía delante: «¿No crees ni siquiera en Dios?».

¡Ah, esa pregunta! que nos cierra las puertas de la conciencia cuando entramos en el sueño, y se sienta muy cerca, fuera de nuestros párpados, cuando despertamos; que fue formada en nosotros antes de que naciéramos, que llega a su plenitud en nosotros a medida que la vida misma se extingue más aprisa. Esa pregunta que exige de lo finito que afirme si aprehende lo Infinito, ese aguijonear del mosquito del crepúsculo para que dé su opinión sobre la estrella polar.

«¿No crees ni siquiera en Dios?».

El muchacho se puso en pie, él cuya vida hasta estos meses había sido una oración, cuyos mismos sueños habían sido adoración. Se puso en pie, por algún impulso, quizá por la respetuosa costumbre de levantarse cuando este profesor le dirigía la palabra en clase. Al principio no respondió, sino que permaneció mirando por encima de las cabezas inmóviles de sus mayores hacia aquel bajo cielo rojo del ocaso. ¡Cuántas veces lo había contemplado, cuando apacentaba el ganado en crepúsculos helados! Una visión se alzó ahora ante él de su vida de muchacho en casa: sus esperanzas del ministerio, los campos de cáñamo donde había trabajado, su padre y su madre esperando junto a las brasas en este momento, acordándose de él. Recordó cuántas veces, en el último año, se había sentado al borde de su lecho a medianoche, cuando todos dormían, haciéndose a sí mismo aquella pregunta: «¿Creo en Dios?».

Y ahora se le requería que pusiera al desnudo lo que su joven alma había podido hacer con aquel eterno misterio.

Meterió su mano grande y tosca en el bolsillo del pecho y sacó un pequeño Testamento de marroquí rojo que le habían dado cuando fue recibido en la congregación. Lo abrió por un lugar donde parecía que solía quedarse aparte. Lo sostuvo ante su rostro, pero no podía leer. Al fin, dominándose, les dijo con dignidad, y con la honestidad común que era su vida: «Les leo una línea que es la mejor respuesta que puedo darles ahora a su última pregunta».

Y así leyó: «¡Señor, yo creo; ayuda a mi incredulidad!».

Pocos momentos después volvió a otra página y les dijo: «Estas líneas también deseo leérselas a ustedes que creen en Cristo y creen que Cristo y Dios son uno. Puede que no las entienda, pero he pensado mucho en ellas:».

«“Y si alguno oye mis palabras y no cree, yo no lo juzgo; porque no vine a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo.”».

«“El que me rechaza y no recibe mis palabras, tiene quien lo juzgue: la palabra que he hablado, ella lo juzgará en el día postrero.”».

Cerró su Testamento y lo volvió a meter en el bolsillo y miró a sus jueces.

«Entiendo que esta declaración de Cristo significa», dijo, «que ya crea en Él o no crea en Él, no he de ser juzgado hasta el Día del Juicio de Dios».

Capítulo IX

Pocos días después, David cruzaba los campos camino a casa: había pasado ya la mitad de la tarde.

A la luz temprana de las velas de aquella mañana, la enorme diligencia roja, que partía de la ciudad hacia su remota región del país, había rodado, chirriando y traqueteando, hasta la entrada del dormitorio, la misma diligencia que lo había traído hasta allí. Levantando la ventana, había mirado el vaho blanco y ondulante de los caballos y al cochero, que, sepultado en abrigos y mantas, y sosteniendo la fusta del látigo en su puño enfundado en mitones, alzó la vista y gritó con un temperamento nada incierto.

El muchacho estaba listo. Bajó apresuradamente el paraguas familiar y la maleta de alfombra de Bruselas con sus copiosas rosas rosadas, que parecían extrañamente fuera de temporada entre toda aquella escarcha. Luego saltó de nuevo escaleras arriba a buscar algo que se había añadido a sus bienes mundanos desde que entró en la universidad: un baúl pequeño y barato, que contenía algunas prendas de vestir y los libros impagables. Estas cosas las guardó el cochero en el pescante de la diligencia, salpicado de barro ahora congelado. Luego, corriendo de vuelta una vez más, el muchacho cogió su abrigo y su sombrero, lanzó una mirada turbada alrededor de la habitación sin sentido que había sido el teatro de semejante drama en su vida, se acercó a la mesita y apagó para siempre su lámpara de Estudiante de la Biblia; y bajando apresuradamente con un cordial «todo listo», subió al asiento junto al cochero y partió velozmente.

Se volvió al pasar del recinto universitario para echar un último vistazo al Morrison College, que se alzaba allá en la colina, venerable, majestuoso, herméticamente cerrado, con sus fuegos apagados. Mientras cruzaba la ciudad (pues había pasajeros que recoger y la valija del correo que obtener), se despidió en silencio de muchos otros lugares: de la librería donde había comprado las obras maestras de sus maestros; del vendedorcillo italiano de manzanas, que nunca volvería a tener un cliente tan sencillo para su fruta ligeramente dañada; de varias agujas de iglesia altas, orgullosas y bien escarchadas que ahora se tornaban rosadas con el amanecer; de una casa grande y hermosa situada en una calle elegante, con negro humo de carbón saliendo de las chimeneas. Allí se alojaban los amigos de su infancia; allí estaban ahora, dormidos en lechos lujosos, o se habían ido por las vacaciones, no sabía cuál: lo único que sabía era que se habían ido lejos de él por los otros senderos de la vida.

Pronto las tiendas a cada lado fueron sucedidas por heredades; gradualmente estas se hallaban más separadas a medida que las casas de labranza se retiraban de la carretera; la calle se había convertido en camino de peaje, estaban en campo abierto y el muchacho iba de camino hacia su padre y su madre.

Por la tarde, en una de las paradas para abrevar los caballos, hizo sacar sus bártulos y aparejos. Desde este lugar un camino de barro serpenteaba por el campo hasta su vecindario; y en un punto a unas dos millas de distancia, un par de barreras lo interceptaban como salida y entrada para el tránsito en las tierras de su padre.

Dejando sus cosas en la casa de labranza junto al camino con la promesa de volver por ellas, el muchacho se puso en marcha, no por el sendero, sino directamente a campo traviesa.

Era un día de invierno templado, sin viento, sin carácter: uno de esos días en que la Naturaleza parece no interesarse por sí misma ni crear interés en los demás. El cielo estaba abarrotado de nubes bajas y deshilachadas, sin orden ni dirección discernibles. En ninguna parte un rayo de sol amarillo brillaba sobre objeto alguno, sino vastos chorros de resplandor brumoso se disparaban hacia abajo en líneas muy divergentes hacia el mundo: como si sobre las nubes se amontonaran las aguas de la luz y esto fuera escaso rocío que escapaba.

Siguió caminando, trepando las cercas, topándose con las vistas familiares de los bosques y campos invernales. ¡Habiendo estado ausente de ellos por primera vez y durante más de un año, con qué sentimientos los contemplaba ahora!

Cuervos alrededor de los haces de maíz, volando perezosamente hacia la cerca de estacas y travesaños: allí posándose con las colas apuntando hacia él y las cabezas ladeadas sobre un hombro; pero pronto presentando sus pechos al ver que no cazaba. El graznido solitario de uno de ellos: ese comentario tenue e indiferente de su centinela, posado en la ramita gris plateada de un sicómoro. En otro campo, el aleteo sobresaltado de alondras de campo desde los arbustos amarillo pálido de la manzana de tierra. Algunos muchachos cazando conejos en las vacaciones, con mejillas rojas y alegres bufandas de lana alrededor de sus cuellos calientes y chaquetas de mezclilla llenas de agujas españolas: uno cargando una escopeta, uno llevando una bolsa de caza, uno comiendo una manzana: una jauría de perros y ningún conejo. Los arroyos invernales, goteando a través de bancos de hierba congelada y cañas rotas; su agua clara y pardusca a veces abierta, a veces cubierta de hielo figurado.

Ganado rojo en un bosque distante, moviéndose con pies delicados alrededor del borde de un estanque. La caída de un árbol del bosque sonando distinto en medio de la quietud reinante: talado para leña. Y en un campo, ¡justo allí delante de él!, el sonido de golpes de ocupados brakes de cáñamo y la vista de negros, uno cantando un himno. ¡Oh, los recuerdos, los recuerdos!

Poco a poco llegó al borde de las tierras de su padre, trepó al riel más alto de la cerca limítrofe y se sentó allí, con los ojos pegados a toda la escena. Se extendía ante él, la totalidad de aquella granja. ¡Nunca antes se había dado cuenta de qué poco había de ella, qué poco! Podía ver todo a su alrededor, excepto donde los bosques ocultaban la cerca divisoria en un lado. Y la casa, erguida en el aire quieto de la tarde invernal, con su techo podrido y sus bajas chimeneas rojas parcialmente ocultas por cedros escuálidos, ¡qué pequeña se había vuelto! ¡Qué pobre, qué miserable todo: el montón de leña, la cabaña, el gallinero, la nevera, el granero! ¿Era esto parte del gran mundo? Era un cuadro de desolación, la parálisis reptante de una casa y una granja. ¿Se movía algo siquiera?

Algo se movía. Una columna de humo azul se elevaba recta y delgada de la chimenea de la habitación de su padre y su madre. En un rincón lejano del corral de los establos, pateando y hociqueando algunos restos de forraje, estaban los viejos caballos. Junto al pajar descubrió una de las ovejas, estando las demás al otro lado. Las vacas poco a poco fueron desfilando lentamente desde detrás del granero y entraron en los establos de ordeño sin puertas. De repente su perro emergió de uno de aquellos establos, trotando cautelosamente, luego con un juguetón estallido de velocidad se lanzó como una exhalación por el corral hacia la cocina. Un hombre negro salió de la cabaña, escogió un tronco, vació las cenizas de su pipa en la palma de la mano y comenzó a cortar la leña para la noche.

Todo esto no ocurrió de una vez: había estado sentado allí mucho tiempo, con el corazón enfermo por el pensamiento de la tragedia que traía a casa.

¿Cómo podría enfrentarse a ellos, cómo decírselo? ¿Cómo lo entenderían jamás? Si tan solo pudiera decir a su padre: «He pecado y te he roto el corazón: pero perdóname». Pero no podía decir esto: no creía haber obrado mal. Sin embargo, todo lo que ahora tendría que mostrar ante sus ojos sería el año de su vida desperdiciada, y un baúl lleno de los libros que lo habían arruinado.

¡Ah, aquellos dos años antes de que partiera a la universidad, durante los cuales habían vivido felices juntos! ¡Su orgullo por él! ¡Su abnegación, su afecto, todo porque él iba a ser un erudito y un ministro!

Se imaginaba poder verlos tal como estaban sentados en la casa en este momento, sin soñar que él estaba cerca. Uno a cada lado de la chimenea; su madre llevando su vestido negro y chal morado: un ovillo de hilo y quizá un pastelillo en el regazo; algo de calceta en sus agujas; ella hacía calceta, nunca remendaba. Pero su padre estaría remendando, cuero quizá, y cosiendo, como le gustaba coser, con cerdas de jabalí: la cera de abejas y las leznas yaciendo en el fondo de una silla arrimada a su lado. No habría otros ruidos en la habitación: podía oír el chisporroteo de la savia en el extremo de un leño, el tictac de un reloj, el tictac más débil de otro en la habitación contigua, como un eco desordenado. No estarían hablando; estarían pensando en él. Cerró los ojos, apretó los labios, sacudió la cabeza con resolución y saltó abajo.

Había avanzado unos veinte metros cuando oyó un ladrido rápido e incrédulo allá abajo junto a la casa y su perro apareció a plena vista, mirando hacia allí, inmóvil. Luego vino corriendo y ladrando con resentimiento, y a corta distancia se detuvo de nuevo.

—Capitán —llamó con voz temblorosa.

Con las orejas echadas hacia atrás y un grito de alegría, el perro se le echó encima. El muchacho se agachó y lo atrajo hacia sí. Ninguno de los dos tenía en aquel momento habla articulada ni la necesitaba. Tan pronto como lo soltó, el perro, tras varios saltos hacia su rostro, salió disparado, desesperado ya de expresar o de contener su alegría, a dar la noticia a la casa. David lo siguió con lentitud.

Al pisar el porche, amontonados contra la pared junto a la puerta estaban los leños tal como solía verlos. Cuando llegó a la puerta misma, se detuvo, mirando neciamente aquellos leños, los pequeños líquenes grises sobre ellos: no podía llamar, no podía girar el pomo sin llamar. Pero sus pasos habían sido oídos. Su madre abrió la puerta y miró hacia fuera con curiosidad.

—¡Vaya, es Davy! —exclamó—. ¡Davy! ¡Davy!

Dejó caer la calceta y le echó los brazos al cuello.

—¡David! ¡David! —exclamó su padre, con una voz alegre y orgullosa desde dentro—. ¡Vaya, hijo mío, hijo mío!

—¡Ah, está enfermo, ha venido a casa enfermo! —gritó la madre, apartándolo un poco para mirarle el rostro—. ¡Ah! ¡El pobre está enfermo! Entra, entra. ¡Y por esto no tuvimos carta! ¡Y pensar que ayer fue Navidad! ¡Y teníamos los pasteles y el pavo!

—Hijo mío, ¿no estás bien? ¿Has estado enfermo? Siéntate aquí, recuéstate aquí.

El rostro del muchacho se cubrió de una palidez cadavérica; había perdido el control de sí mismo.

—No he estado enfermo. Estoy perfectamente bien —dijo por fin, mirando de uno a otro con desamparado y remordido afecto. Habían acercado una silla, uno a cada lado de él—. ¿Cómo estás, madre? ¿Cómo estás, padre?

¡El cambio en ÉL! Eso era todo lo que veían. Tan pronto como habló, supieron que estaba bien de salud. Entonces el problema era otra cosa, más terrible. La madre se refugió en el silencio, como instintivamente hace una mujer en tales momentos; el padre buscó alivio en el habla.

—¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?

Tras un momento de horrible silencio, David habló:

—¡Ah, padre! ¡Cómo podré decírtelo jamás!

—¿Cómo podrás decírmelo jamás?

¡La ira creciente mezclada con desconfianza y miedo en aquellas palabras! ¡Cuántos padres lo saben!

—¡Oh, qué es! —exclamó su madre, retorciéndose las manos y rompiendo en llanto. Se levantó y fue a su asiento bajo la repisa de la chimenea.

—¿Qué has hecho? —dijo su padre, levantándose también y volviendo a su asiento.

Había una nueva severidad en su voz; pero la mirada que de repente volvió a sus ojos era la mirada de toda la vida.

El muchacho se sentó observando a su padre, aturdido por la tragedia que afrontaba.

—Es mi deber decíroslo cuanto antes; supongo que debería decíroslo ahora.

—Entonces habla. ¿Por qué te quedas ahí?

Las palabras lo ahogaban.

—¡Oh! ¡Oh!

—¡Madre, no!

—¿Qué es?

—Padre, me han echado de la universidad y me han expulsado de la iglesia.

Qué alto sonaban los ruidos menudos del fuego, los relojes, los golpes de un hacha en el montón de leña, el mugido de una vaca en el granero.

—¿POR QUÉ?

La pregunta fue por fin formulada con una voz plana y muerta. Resumía toda una vida de fracaso y lo admitía. Tras un intervalo se formuló de nuevo:-- «¿PARA QUÉ?».

«Ya no creo en la Biblia. No creo en el cristianismo.»

«¡Oh, no hagas ESO!».

El grito partió de la madre de David, que cruzó rápidamente y se sentó junto a su marido, tomándole la mano, quizá sin conocer su propio motivo.

Este era, pues, el fin de la esperanza y del orgullo, la recompensa de años de abnegación, el insulto a toda aquella pobreza. Por el momento, ni siquiera la terrible naturaleza de su confesión causó impresión alguna.

Tras un largo silencio, el padre preguntó con voz débil:-- «¿POR QUÉ HAS VUELTO AQUÍ?».

De pronto se levantó, y cruzando a grandes zancadas hasta su hijo, le golpeó con una sola embestida de su ánimo:-- «¡OH, SIEMPRE SUPE QUE NO HABÍA NADA EN TI!».

Fue una patada del pie.

X Más de dos meses habían transcurrido. El crepúsculo de los últimos días de febrero caía sobre los campos helados. El último cuervo había aleteado bajo y recto hacia el negro bosque más allá del horizonte meridional. Ningún resplandor de ocaso se derramaba por la ancha tierra, pues todo el día una soledad de nubes se había extendido en torno al mundo, adelantando ahora la oscuridad antes de su hora.

En un pequeño campo de cáñamo en un borde de la vasta meseta de Kentucky, un solitario agramador proseguía su labor. Los astillados fragmentos se amontonaban altos contra su agramadera: no se había detenido a despejarlos de su camino salvo alrededor de las cañas de sus botas. Cerca de allí, el resto del haz había caído de lado, con terrones de escarcha y tierra mezcladas aún adheridos a los extremos cortados a ras. A varias yardas de distancia, de donde el viento soplaba, para que el polvo y los desechos no pudieran posarse sobre él, yacía el montón de cáñamo de cola gris,--la más basta de las labores del hombre, pero acabada con tanta conciencia como una obra de arte. De las cálidas profundidades de este montón surgían la cabeza y el cuello de un perro pastor común, con el rostro vuelto, inquieto pero paciente, hacia el trabajador. Lo que aquel amo hiciera, se comprendiera o no, estaba bien para él; no pedía comprender, sino amar y servir. Más lejos, en otra dirección, se inclinaba la corteza carbonizada de un tronco podrido. A intervalos, el viento que se levantaba se llevaba las cenizas, dejando al descubierto brasas vivas--aquel hogar del jornalero, que vagaba con él de un lugar a otro por los amargos y solitarios espacios.

El agramador de cáñamo acababa de ir al haz y había arrancado otro brazado, arrastrando el resto hacia abajo. Agotador para los escogidos y poderosos, el trabajo le parecía fácil a él; pues era un joven de la mayor talla y fuerza, moldeado en las proporciones que la Naturaleza escoge a menudo para sus hijos de la tierra entre aquel pueblo. Volviendo a grandes zancadas rápidamente a su agramadera, el torpe artefacto de cinco listones de los pioneros de Kentucky, alzó el mango y arrojó el brazado de tallos de través entre las hojas superior e inferior. Luego, blandiendo el mango en alto, con el cuerpo violentamente inclinado hacia delante y la fuerza de su buen brazo derecho desplegada, lo hizo descender. El GOLPE, GOLPE, GOLPE podía haberse oído a lo lejos por el aire quieto; pues es oficio de aquellas hojas embotadas abrirse camino como a través de un haz de varas muertas.

Un poco más tarde se detuvo bruscamente, con una muda indagación volviendo su rostro al cielo: una gota de lluvia había caído sobre su mano. Dos o tres gotas le golpearon el rostro mientras esperaba. Había hecho mucho frío aquella mañana, demasiado frío para que él saliera a trabajar. Aunque al mediodía había templado, seguía haciendo frío; pero de las corrientes más cálidas de la atmósfera superior, que era ahora el teatro silencioso de grandes cambios que avanzaban aún sin ser compartidos por las capas inferiores, descendían aquellos glóbulos helados de la lluvia invernal. Su ley habitual es helarse durante el descenso en cristales de nieve; rara vez se endurecen después de caer, cubriendo la tierra de aguanieve.

David, con unos cuantos movimientos circulares rápidos de la muñeca, liberó su mano izquierda del cáñamo a medio romper, dejando el haz atravesado sobre la agramadera. Luego se apresuró hacia el montón de fibra bien limpia: no había que permitir que se mojara. El perro saltó y se puso a un lado, saludando el fin de la labor de la tarde y la idea de volver a casa. No se necesitaron muchos minutos para el apresurado enfardelado, y David pronto descansó un momento junto a su cáñamo, dispuesto a levantarlo hasta sus hombros. Pero se sintió decepcionado. Allí yacía el resto del haz. Había trabajado duro para acabarlo antes del ocaso. ¿No habría aún tiempo?

El campo ocupaba una de las colinas onduladas del paisaje; su agramadera estaba puesta aquel día en la misma cima de una colina. Mientras se hacía aquella pregunta, alzó los ojos y a lo lejos, a través del crepúsculo, más abajo, vio el destello de una vela que ya era llevada de un lado a otro en la cocina. En el extremo opuesto de la casa, el resplandor de la lumbre caía sobre los cristales de la ventana de la habitación de su padre y de su madre. Aun mientras observaba esto, fue interceptado: su madre cerraba así de temprano los postigos para la noche.

¡Demasiado tarde! Renunció al pensamiento de acabar su haz, recordando otros deberes. Pero permaneció en su actitud unos momentos; pues el trabajador tiene una curiosa costumbre inconsciente de hacer un examen final del escenario de su labor antes de abandonarlo. David miró ahora primero al cielo, con dudosa previsión del tiempo de mañana. Las gotas de lluvia habían cesado de caer, pero era demasiado buen campesino para no prever condiciones inestables. El perro, de pie ante él y mirándole el rostro, lanzó un gemido inquieto al notar aquella pregunta dirigida a las nubes: a intervalos durante la tarde también él había estado haciendo su pregunta. Luego, aquellas brasas vivas en la corteza del tronco y el peligro de chispas llevadas a los montones de cáñamo o a la agramadera, o a la cerca más lejana: David se acercó y las apagó con el pie. Al volver, acarició la cabeza del perro con su mano grande y áspera.

«Capitán», dijo, «¿tienes hambre?».

De pronto fue atraído por un espectáculo y olvidó todo lo demás.


Pues de pie allí, junto a su bala de cáñamo, en los campos yermos, con la garganta y los ojos llenos de polvo, todo él cubierto de polvo, en el bajo horizonte de rojo oscuro se había formado el solemne cuadro de un ocaso de invierno. Entre las tinieblas que se acumulaban, el trabajador permanecía contemplando aquella gran luz —la quietud de ella—, la soledad, la paz eterna. En su rostro áspero se encendió una luz correspondiente, la gloria de una pasión espiritual, la llama de cosas inmortales vivas en su alma.

Más afín a él parecíale aquel fuego faro del cielo; más cercano a su verdadero camino a casa aparecíase aquel sendero y puerta lejanos hacia el Infinito, que la vacilante bujía de la casa cercana en el valle, allá abajo.

Una vez antes, en el día más memorable de su vida, David había contemplado un ocaso de invierno como aquel; pero entonces a través de los tejados de una villa: tejados medio blancos, medio pardos por la nieve que se derretía, y con carámbanos que se alargaban goteando en el crepúsculo.

De pronto, como para ahuyentar pensamientos turbadores, se agachó y, echando sus grandes y largos brazos en torno al cáñamo, lo alzó al hombro. —¡Vamos, Capitán! —llamó a su compañero, y se alejó con paso pesado. Mientras iba, comenzó a tararear un himno antiguo y robusto: — ¡Cuán firme fundamento, oh santos del Señor, está puesto para vuestra fe en Su excelente Palabra.

La llama no te hará daño; solo pretendo consumir tu escoria y refinar tu oro.

Hubo un tiempo en que solía amar estas palabras y sentir su base roqueña fija e inquebrantable bajo el mar ondulante de la música; ahora solo cantaba la melodía. Poco después, como si no tuviera derecho a permitirse ni siquiera esto, se extinguió en el aire; y solo el ruido de sus botas gruesas y endurecidas se habría podido oír, triturando el rastrojo helado, mientras iba tambaleándose bajo su carga hacia el establo.

Capítulo XI

Cuando llegó a la cerca de zarzo del campo de cáñamo, arrojó la carga del hombro sobre el riel más alto y, sosteniéndola allí con una mano, la saltó. Tenía ahora que cruzar el corral de las caballerizas. A mitad de camino pasó junto a un montón de heno. Apiñados bajo el lado abrigado estaban las ovejas de la granja, varias en número y de la clase común. Al verlo, siempre balaban con familiaridad, pero esta tarde sus largos, temblorosos y graves balidos eran más penetrantes, más insistentes que de costumbre. Estas criaturas sensibles y mansas, cuyos instintos representan la experiencia acumulada y heredada de edad tras edad de contacto directo con la naturaleza, van muy por delante de nosotros en nuestra sabiduría previsora; y muchas veces expresan su inquietud y su advertencia en un lenguaje que solo ellas entienden. El escaso rebaño se puso ahora tras las huellas de David, sus voces fundiéndose en un coro de mansos elegíacos, sus patas delanteras apretándose junto a sus talones. El perro, cediendo su puesto, se puso tras ellas, como cubriendo la retaguardia; y así esta pequeña procesión de amigos avanzó en apretado grupo hacia el establo.

David puso su cáñamo en el cuarto de las sillas de montar; un cuarto de cáñamo separado no eran lo bastante ricos para tenerlo. Había elegido aquella parte concreta del establo porque era la más seca de techo y suelo. Varias balas de cáñamo estaban ya apiladas contra los troncos a un lado; y además de estas, la sala contenía los arreos, el carro y los aparejos del carruaje, la caja de alquitrán, su mazo y sus cuñas, su silla y brida, y diversos aperos usados en el jardín o en la granja. Estaba ya casi oscuro allí dentro, y avanzó a tientas.

La pequeña propiedad de su padre, que comprendía solo unos cincuenta o sesenta acres, sustentaba poco ganado: las ovejas recién mencionadas, algunos caballos, varias cabezas de vacuno, una cerda y lechones. Cada alma de estas, dentro o fuera del establo, aquella tarde había estado esperando a David.

Habían empezado a pensar en él y a llamarlo mucho antes de que dejara el trabajo en el campo. Ahora, aunque no era mucho más tarde que de costumbre, la pesada nube lo hacía parecerlo; y todas estas criaturas, como nosotros mismos, se dejan engañar por las apariencias y sufren mucho por la imaginación. Creían ahora que era mucho más pasada la hora acostumbrada de que él apareciera, que se acercaban al borde de la inanición; y así lamentaban a su manera abatida su inexplicable ausencia y su miserable suerte, sin nadie que las escuchara.

Apenas el traqueteo del pestillo de hierro del cuarto de las sillas de montar les anunció su llegada, cuando cada bruto mudo —mudo, como dicen los hombres mudos— experimentó un alegre cambio de ánimo, y comenzó a verter en sus oídos el ansioso, ferviente y gratificante relato de sus derechos y sus agravios.

Qué voces honestas comparadas con las humanas, a veces. Ninguna duda de sinceridad habría podido plantear quien las oyera hablar. Podría no ser música; pero cada nota era verdad de Dios.

El hombre se rio de buena gana al detenerse un momento y escuchar aquel jubiloso estruendo. Pero también se sintió conmovido. Para ellas era el que responde a la plegaria. Ninguna creía que él hubiera rehusado jamás socorrer en tiempo de necesidad, ni vuelto oído sordo a la súplica. Si a veces les hacía pobre provisión, aunque no se sintieran satisfechas, nunca se volvían contra él. El establo era muy viejo. La acción química de los elementos había primero podrido las tablillas en los puntos donde los clavos las fijaban al techo; y, así sueltas, los vientos de muchos años las habían desprendido y dispersado. Por estos agujeros podía penetrar la lluvia hasta los pesebres de los caballos, de modo que a menudo se levantaban enfangados, entumecidos y temblorosos; pero nunca le reprochaban nada. En el lado norte del establo el entablado exterior había desaparecido del todo en algunos sitios, y el viento soplaba libremente dentro. En las mañanas de invierno el lomo de las vacas aparecía a veces salpicado de nieve, o, derretida esta obstinadamente por su propio calor, sus pieles quedaban cubiertas de gotas de rocío: nunca atribuían tal hecho a él como una crueldad. En todo el establo no había un solo crítico de su providencia: todos eran de la casa de la fe: los miembros en buen estado y plena comunión.

El recuerdo de esto ocupaba mucho su mente siempre que, como a menudo, contrastaba su trato con sus pobres animales y el turbador problema de la fe en su propia alma. Le pesaba con especial gravedad en el corazón este anochecer en el establo, sobre el cual pendía aquel cielo amenazador. Hiciera lo que hiciera por su comodidad, debía ser insuficiente en un refugio podrido y azotado por el viento como aquel. Y aquí venía el apremio de la conciencia, el tirón del remordimiento: las pequeñas sumas de dinero que su padre y su madre habían ahorrado con tanto sacrificio en la granja, el dinero que él había gastado pródigamente en sí mismo en preparación, según había supuesto, para su alta vocación en la vida; si tan solo una pequeña parte de aquello se hubiera aplicado al techo y al entablado del establo, el ganado esta noche podría haber estado alojado en calor y seguridad.

Atendida la alimentación y la cama, con una cesta de mazorcas en la mano para su madre, se apresuró hacia el montón de leña. Este estaba en el patio cerca de la cabaña de los negros y a cien yardas o más de la casa. Allí comenzó a cortar y partir la leña para los fuegos de aquella noche y de la mañana siguiente. Tres trozos de esta: primero, para la rejilla en el cuarto de su padre y su madre, la mejor que se hallara entre los troncos del montón: buena nogal americana seca por su pronta llama y su calor vigorizante; mezclada con roble curado, no fuera a consumirse demasiado aprisa, madera costosa; y quizá también con algo de fresno blanco de un árbol que había talado en otoño. Luego diversos troncos traseros y nudos de nogal negro para la cabaña de las dos mujeres negras (no habiendo en la tierra en aquellos días sentido del valor de esta madera, yendo casi toda a las cabañas, a las cocinas, a la leña en cuerdas o a las cercas de la granja; mientras que los tocones eran a menudo arrancados y quemados en el sitio). Luego combustible de esta misma clase para la estufa de la cocina. Después, dos o tres brazadas grandes de leños muy cortos para la pequeña rejilla de su propio cuartito arriba de las escaleras: un poco más de lo acostumbrado, con la idea de que quizá quisiera quedarse levantado hasta tarde.

Apenas había luz suficiente para guiarse. Escogía sus troncos del montón general por el tacto de la corteza; y habiendo puesto el pie sobre cada uno para sujetarlo en su sitio mientras cortaba, golpeaba más por costumbre que por vista. Fuertes y rápidos resonaban los golpes; pues iba a ello con voluntad juvenil, y con el hambre royéndole; y aunque sus brazos estaban entumecidos y cansados, el hacha era siempre para él un juguete, un juguete que amaba. Por fin, de debajo del gallinero cercano sacó y partió algunos trozos de astillas, y luego guardó su hacha en aquel lugar seco con renovada preocupación por el tiempo húmedo: pues caían más gotas de lluvia y el viento arreciaba.

Agachándose ahora, apiló los haces en el hueco de su brazo, hasta que la leña se alzó fría y húmeda contra su cuello caliente, contra su oreja; y llevó primero algo a la cocina; y luego algo al pórtico lateral de la casa, donde lo dispuso cuidadosamente contra la pared, cerca de la puerta, y de modo conveniente para una mano que se extendiera desde dentro. Mientras apilaba lo último, habiendo hecho tres viajes al montón de leña, la puerta se abrió lentamente, y una mujer delgada y menuda se asomó a mirarlo.

—¿Qué te hace llegar tan tarde?

Su tono delataba una curiosidad minuciosa más que una gran preocupación.

—Quería terminar un montón, madre. Pero no es mucho más tarde que de costumbre; son las nubes. Aquí tienes buenas astillas para la mañana y una cesta de mazorcas —añadió tiernamente.

Ella recibió en silencio la cesta de pienso que él le tendía, y lo observó mientras él se arrodillaba, afanándose en apilar lo último de los haces.

—Espero que no hayas cortado más de ese roble verde; tu padre no podría mantenerse caliente.

—Esto es nogal americana, nogal americana muerta, con algo de roble curado. Padre tendrá que quitarse el abrigo y tú tendrás que buscarte un abanico.

Hubo un momento de silencio.

—La cena está terminada —dijo ella simplemente.

Sostenía en una mano un bizcocho a medio comer.

—Estaré dentro pronto. No tengo nada que hacer sino encender mi fuego.

Tras otro breve intervalo, ella preguntó:

—¿Va a nevar?

—Va a hacer algo.

Ella retrocedió lentamente al cuarto caliente y cerró la puerta.

David se apresuró al montón de leña y llevó los leños para su propia rejilla escaleras arriba, haciendo dos viajes. La escalera estaba oscura; su cuarto oscuro y húmedo, y lleno del olor de botas de granja y ropas de trabajo dejadas húmedas en los armarios. Avanzando a tientas hasta la repisa de la chimenea, encendió una cerilla de azufre, prendió una vela medio consumida y, arrodillándose, comenzó a encender su fuego.

A medida que prendía y se extendía, fue sacando poco a poco de la oscuridad desapacible todos los rasgos del rostro tosco, sencillo y bondadoso, inclinado sobre ella y observándola con tanta impaciencia y, sin embargo, medio ausente. Dio contorno al sombrero negro informe, en cuyo borde colgaban aún filamentos de estopa y en cuyos pliegues yacían astillas blancas de tallo de cáñamo. Había polvo del campo y del granero en los bordes del cabello espeso junto a las orejas; polvo alrededor de los ojos y de las narices. Descansaba sobre una rodilla; sobre la otra tenía cruzadas las manos: enormes, poderosas, engrosadas por el trabajo, con la piel tan desgastada y agrietada que alrededor de las uñas y a lo largo de las grietas, aquí y allá, un poco de sangre había brotado y se había secado.

Capítulo XII

Cuando David bajó a cenar, habían desaparecido todos los vestigios removibles del trabajo del día. Estaba limpio; y había dejado a un lado la ropa de faena por el traje barato de paño negro que solía llevar los domingos cuando era estudiante. Grave, afable, de aspecto cansado pero feliz, con su gran melena enmarañada y un rostro áspero y majestuoso como el de un Beethoven joven. Una boca bondadosa, sobre todo, y una mirada de inteligencia maravillosamente profunda.

La estrecha escalera sin alfombra por la que había bajado ruidosamente, torciendo su enorme figura con cierta diversión, como siempre, lo había llevado al comedor. Este se hallaba situado entre la cocina y el dormitorio de su padre y su madre. La puerta de cada una de estas estancias estaba entreabierta, y algo del calor de la estufa por un lado y de la chimenea por el otro secaba y templaba la atmósfera.

Su madre estaba sentada en su sitio, a la cabecera de la mesa, esperándolo en silencio, sosteniendo todavía en una mano el bizcocho a medio comer. Cuando él tomó asiento, ella se levantó y, caminando con desgana hasta la puerta de la cocina, hizo una petición desganada a una de las dos mujeres negras. Cuando trajeron el café, de pie, sirvió una taza, la endulzó, la removió y la probó, y poniendo la cuchara dentro, la colocó delante de él. Luego volvió a ocupar su asiento (y el bizcocho) y se quedó mirando, escrutando de vez en cuando su rostro, con una expresión quizá la más trágica que puedan llevar jamás unos ojos maternales: la expresión de una madre humilde que ha dado a luz a un hijo elevado, y que no tiene ni el poder de comprenderlo ni la gracia de reconocer su propia inferioridad.

Llevaba, como de costumbre, un vestido de luto sencillo, aunque no tenía la menor ocasión de guardar luto, al menos por lo que toca a la muerte. En el cuello de aquel vestido llevaba prendido un alfiler grande, fino, de forma ovalada, que contenía una trenza de su propio cabello y del de su marido, entrelazados; y a través de estos corría un mechón sedoso cortado de la cabeza de David cuando era niño, mucho antes de que los padres descubrieran cuán distinto era su hijo de ellos mismos. Este alfiler, con el cabello de las tres cabezas de la casa entrelazado, era el único símbolo en todo el mundo de su armonía o unión.

Alrededor de los hombros se había echado, según su costumbre, un chal de estambre tejido en casa, negro y morado. Su cabello, espeso y liso y pegado sobre las sienes de su pequeña cabeza, parecía una peluca muy usada. Su rostro contraído parecía haber acumulado las arrugas de la vida más prolongada y llena de cuidados. Sin embargo, no era vieja; y aquellas no eran las líneas del cuidado; pues sus años habían sido singularmente monótonos y, para ella, felices. Las marcas eran, quizá, heredadas de las generaciones de sus antepasados curtidos por la intemperie, laboriosos y sencillos, con las arrugas añadidas de sus propias costumbres personales. Pues vivía en su casa con la regularidad y el contento de un insecto en un tronco muerto. Y pocas causas envejecen más aprisa el cuerpo que esa indolencia voluntariosa y esa monotonía de la mente como las suyas: la mente, ese mismísimo principio de la juventud física.

Salvo que también puede matar el cuerpo antes de envejecerlo; ya sea por un exceso de lozanía que derriba de golpe el armazón sobre el que se ha criado, ya sea provocando después que este ceda lentamente bajo el fruto de unos pensamientos demasiado pesados para seguir soportándolos.

Que de un receptáculo tan oscuro como esta madre haya surgido un hijo de luz semejante era uno de aquellos misterios que son el perpetuo deleite de la Naturaleza y la desesperación de la Ciencia. No parecía este uno de aquellos casos —también secreto de la gran Creadora— en que ella produce sobre el tallo de una rosa común un capullo de esplendor ajeno. Era como si el barro del alfarero hubiera concebido mármol. La explicación de David no residía en el hecho de que tal madre lo hubiera engendrado.

Una de las más verdaderas señales de su mente pequeña y fría era la rígida tiranía que sobre ella ejercían sus propias ideas sin valor. Si no se hubiera sentado junto a su hijo mientras este comía, si no se hubiera negado el consuelo del fuego en la habitación contigua para poder servirle el café que no era digno de beberse, se habría acusado a sí misma de ser una madre infiel e incumplidora de su deber. Pero hecho esto, no veía más allá, no advertía nada del abandono, del descuido, de la crueldad de todo lo demás, parte de lo cual en aquel mismo momento se extendía ante sus ojos.

Pues al pie de la mesa, donde se había sentado el padre de David, había dos platos a medio comer: uno de costilla de cerdo, otro de salchicha. La salsa de cada uno había empezado a blanquear hasta volverse manteca. Platos colmados de pan de maíz y de bizcocho, mal cocidos y ya fríos, estaban colocados a cada lado. Delante de él se había puesto una jarra de leche; esta tintineaba, al verterla, con su propio hielo azulado. En toda aquella mesa sencilla y desatendida solo una cosa avergonzaba a todas las demás. Una sola vela, en un candelero bajo de latón en el centro de la mesa, apenas arrojaba luz suficiente para revelar la escena; pero su llama se hundía profundamente en las doradas y cristalinas profundidades de una jarra de miel colocada junto a ella —miel de las abejas del jardín—, una reprensión mordaz pero inadvertida de la comida y el gobierno doméstico de la abeja a la comida y el gobierno doméstico de la mujer.

El trabajo en los campos de cáñamo deja el cuerpo de un hombre reclamando en cada tejido la restauración de lo que ha gastado. David apenas había tomado asiento cuando su mirada recorrió el panorama ante él con salvaje esperanza. Había en él el hambre, no solo del trabajo, sino de la juventud que aún crece hacia la madurez, de la salud absoluta. Si sentía alguna mortificación por la indiferencia de su madre es dudoso. Sin duda la experiencia de toda una vida le había enseñado que no cabía esperar nada mejor de ella. Hasta qué punto se había vuelto inconscientemente insensible a las cosas tal como eran en casa, no hay manera de saberlo. Ordinariamente nos volvemos en tales asuntos lo que debemos ser; pero es igualmente cierto que la primera y última prueba de una alta superioridad personal es el poder nativo e irreprimible de la mente para crear normas que se alzan por encima de toda experiencia y de todo entorno; para llevar consigo a todas partes, quiera o no, una censura ardiente y abrasadora de los hechos que la ofenden. En cuanto al gobierno doméstico de su madre, David al menos nunca murmuró; lo que sentía en secreto solo él lo sabía, quizá ni siquiera él, pues no era dado al autoexamen. En cuanto a aquellas deficiencias suyas que no podía dejar de ver, mostraba inconscientemente la más tierna compasión.

Había consentido tanto tiempo su pereza, incluso en la operación de pensar, que pocas ideas surgían ya del vacío interior para perturbar la superficie apática; y no vacilaba en recurrir a cualquiera de ellas cualquier número de veces en una conversación con la misma persona.

—¿Qué te ha hecho llegar tan tarde?

—Quería terminar un montón. Luego estaba el pienso, y la leña que cortar. Y he tenido que calentar un poco mi cuarto antes de poder lavarme.

—¿Va a nevar?

—Es difícil decirlo. El tiempo parece muy inestable y amenazador. Esa es una razón por la que quería terminar mi montón.

Hubo silencio un rato. David estaba demasiado hambriento para hablar; y la costumbre de su madre era pronunciar una frase a la vez.

—Hoy he recogido tres huevos frescos; uno se había caído del palo y se había helado; estaba cascado, pero servirá para el café de la mañana.

—El invierno debe de estar casi acabado si las gallinas empiezan a poner: ELLAS lo saben. Deben de tener algunos nidos nuevos.

—La cocinera quiere matar una de las viejas para sopa mañana.

—¡Qué cocinera tan malintencionada!

Solo con su madre mostraba David la nueva alegría que había empezado a manifestarse en él desde su regreso de la universidad. Ella, sin embargo, no comprendía las razones de ello y lo veía con desagrado.

—Hoy hemos abierto un agujero en el último montón de nabos.

Habló con inquietud.

—Habrá suficiente para durar, supongo, madre.

—No necesitas llevar más astillas al ahumadero: la última carne ya está bastante ahumada.

—Muy bien, entonces. Tendrás todas las cestas llenas para tu propio fuego.

—Si puedes guardarlas de los negros: los negros adoran las astillas.

—Las guardaré mientras corto. Las tendrás, aunque tenga que atraparlas al vuelo.

Su hambre estaba satisfecha: sus ánimos empezaban a levantarse.

—Madre, ¿vas a comerte ese trozo de bizcocho? Si no, pásamelo, por favor.

Ella miró secamente el pan en sus dedos: el humor le estaba negado, esa jovialidad de la razón más pura.

David había empezado a reunir un plato de restos: los bocados más apetitosos que él mismo no había devorado. Se levantó y salió al porche, adonde estaba el perro.

—Ahora, madre —dijo al volver a entrar—; y con tranquila dignidad la precedió a la habitación contigua.

Su padre estaba sentado a un lado de la chimenea, vigilando la puerta abierta por la que entraría su hijo. Parecía ligeramente encorvado en su silla.

Evidentemente, los días del rudo trabajo del campo y de la intemperie habían terminado para él, prematuramente envejecido y recluido en casa. Había en él —en la forma y el porte de la cabeza—, en la expresión de la mirada sobre todo, quizá, las marcas no del todo borradas de una estirpe de hombres pensativa y poderosa. Su aspecto sugería que alguna explicación de David podía rastrearse por este lado. Pues aunque nada sabemos de estas cosas profundas, ni jamás lo sabremos, en el sentido de que podamos aportar las pruebas de lo que conjeturamos; aunque la Naturaleza prosigue siempre su antigua labor, y no podemos declarar que hayamos observado jamás las operaciones de sus dedos, pensar hemos de pensar, y razonar hemos de razonar, entre sus misterios por lo demás intolerables. Aunque no logremos en nuestra filosofía más que el pobre insecto, que ilumina momentáneamente su vagar por la noche ilimitable con un destello de su propio cuerpo.

Perdida en la oscuridad, pues, como estaba la relación de David con su madre, parecía haber algunos destellos de luz discernibles en la que existía entre padre e hijo.

Pues hay hombres de los que la naturaleza parece servirse para conectar a su propia descendencia no con ellos mismos, sino con antepasados anteriores. Son como lentos canales que corren entre océanos muy separados: desde las profundidades de la vida hasta las profundidades de la vida, dejando pasar los barcos cargados. Y no más comprende la corriente lo que se mueve sobre su superficie que comprenden tales agentes vulgares a los hijos que han brotado de sus propios lomos. Aquí, también, hay una de las mayores crueldades de la Naturaleza para con el padre.

Como el padre de David no habría reconocido a sus remotos antepasados si los hubiera tenido cara a cara, tampoco descubría en David la imagen de ellos —la reaparición en el mundo, bajo distintas condiciones, de ciertos elementos de carácter que antaño se hallaran en el tronco y en la línea. No habría podido comprender cómo le era posible transmitir al muchacho una naturaleza que él mismo no poseía activamente. Y, por lo tanto, en lugar de contemplar aquí uno de los misteriosos retornos de la Naturaleza, tras un largo período de quietud, a sus actividades suspendidas y a la perpetuación de un tipo interrumpido, de modo que su hijo no era sino otro fuerte eslabón de descendencia unido a él, que era uno débil; en lugar de esto, veía solo, con constante y secreto resentimiento, que David era a la vez distinto de él y superior a él.

Estos dos habían trabajado lado a lado año tras año en la granja; tal compañerismo en el trabajo suele traer de nuevo a la conciencia el vínculo primigenio del Hombre contra la Naturaleza —la hermandad, al menos, de lo meramente humano. Pero aunque habían mezclado su labor, su sudor, sus esperanzas y sus desengaños, sus mentes nunca se habían encontrado. El padre nunca se había sentido a gusto con su hijo; David, sin saber por qué —y muchas horas de pesar le había costado—, nunca había aceptado como padre al hombre que lo había traído al mundo. Pronto percibió cada uno que una distancia los separaba que ninguno podía cruzar, aunque en vano ambos lo intentaran, y a menudo ambos lo intentaban.

Sentado esta noche en el rincón de la chimenea, su mismo mirar mientras observaba la puerta dejaba claro que temía la entrada de su hijo; y a este sentimiento se había añadido últimamente un alejamiento más profundo.

Cuando David entró, tomó asiento frente al fuego. Su madre lo siguió, trayendo el azucarero y la miel, que guardó bajo llave en un armario de la pared: el hierro de su sangre era la parsimonia. Luego se sentó bajo la repisa de la chimenea, en el lado opuesto, y miró en silencio el rostro de su marido. (Era su segunda esposa.

La prole de su primera esposa había muerto joven. David era el único hijo de padres maduros.) Lo miró desde el otro lado con la expresión complaciente de la esposa que siente que ella y su marido son uno, aunque su descendencia no sea de ellos. El padre miró a David;

David miró al fuego. Había turbación por todas partes.

—¿Cómo se siente esta noche, padre? —preguntó afectuosamente un momento después, sin levantar los ojos.

—He estado sufriendo bastante. Creo que es el tiempo.

—Lo siento.

—¿Cree que va a nevar?

El marido había vivido tanto y tan estrechamente con su esposa, que el mecanismo de sus mentes se movía muy parecido a los dos relojes de pared en habitaciones contiguas de la casa; que hacían tictac y daban la hora, año tras año, nunca del todo juntos y nunca muy apartados. Cuando David estaba primero con uno y luego con otro, a menudo se veía obligado a responder dos veces las mismas preguntas —a veces tres, pues solo su madre requería dos respuestas idénticas. Respondió ahora con su invariable y paciente cortesía —aunque apenas paciente, en tanto que esto no lo probaba.

—¿Qué lo hizo llegar tan tarde?

David lo explicó de nuevo.

—¿Cuánto cáñamo ha roto?

—No lo pesé, padre. Cincuenta o sesenta libras, quizá.

—¿Cuántas gavillas quedan aún en el campo?

—Doce o quince. Ojalá hubiera cien.

—Yo también lo desearía —dijo la madre de David, sonriendo lastimeramente a su marido.

—John Bailey estuvo aquí después de la cena —observó el padre de David—. Ha vendido su cosecha de veintisiete acres por cuatro mil dólares. Diez dólares el ciento.

—Eso está bien —dijo David con entusiasmo, pensando con pesar en sus dos o tres acres.

—Las buenas tierras de cáñamo se alquilarán por veinte o veinticinco dólares el acre en primavera —continuó su padre, observando el efecto de sus palabras.

David se levantó y, yendo a la puerta, buscó a tientas contra la pared dos o tres leños de la madera que había apilado allí. Reavivó el fuego, que decaía, y volvió a su asiento.

Durante un rato, padre e hijo discutieron con reserva asuntos relativos a la granja: la cantidad de forraje en el granero y las probabilidades de que durara; los cultivos que se sembrarían en primavera, y en qué campos; la ayuda que contratarían —un nuevo problema en aquel tiempo. Pues los negros, recién emancipados, vagaban de acá para allá por las granjas, o acudían en tropel a las ciudades, no acostumbrados a la libertad, no acostumbrados a los mismos jornales que ahora exigían, y buscando casi por doquier empleo de cualquiera con preferencia a sus antiguos amos, como parte de la prueba de que ya no estaban en esclavitud. El padre de David había poseído solo una pequeña familia de esclavos: las mujeres se quedaron, el hombre había buscado trabajo en una de las fincas mucho más ricas de la vecindad.

Trillaron una vez más la paja de estos familiares temas y luego cayeron en un silencio embarazoso. El padre lo rompió con una exclamación abrupta y enérgica y una mirada penetrante: —Si el cáñamo se mantiene en lo que está ahora, voy a poner más.

—¿Dónde? —preguntó el hijo, quedamente—. No veo que tengamos terreno de sobra.

—Tomaré el bosque.

—¡PADRE! —exclamó David, volviéndose hacia él.

—¡Tomaré el bosque! —repitió su padre, con un destello de ira, de amargura—. Y si no puedo contratar a los peones para desmontarlo, entonces lo alquilaré. Bailey lo quiere. Ofreció veinticinco dólares el acre.

O lo venderé —continuó con más ira, más amargura—. Preferiría comprarlo que alquilarlo.

—¿Cómo podríamos pasarnos sin el bosque? —inquirió el hijo, pareciendo uno aturdido—, ¿sin la madera y el pastoreo?

—¿Qué haremos sin el bosque? —exclamó su padre, recogiendo las palabras con excitación—. ¿Qué haremos sin la GRANJA?

—¿Qué quiere decir con todo esto, padre? ¿Qué hay detrás de ello? —exclamó David, súbitamente alarmado por vagos temores.

—Quiero decir —exclamó el padre, con una especie de satisfacción en sus ahora claras palabras—, quiero decir que Bailey quiere comprar la granja. Quiero decir que me insta a vender por mi propio bien, ¡me dice que debo vender! ¡que debo mudarme! ¡dejar Kentucky! ¡ir a Missouri, como otros hombres cuando fracasan!

—Ir a Missouri —repitió la esposa con lúgubre resignación, sonriendo a su marido.

—¿La ha vendido? —preguntó David, con el rostro encendido y airado.

—¿Ni ha prometido?

—¡No!

—Entonces, padre, ¡no lo haga! Bailey está intentando de nuevo quitarle la granja. Usted y madre nunca venderán su hogar ni se mudarán a Missouri por mi causa.

El hijo se quedó sentado mirando al fuego, dominando sus sentimientos. El padre se quedó sentado mirando al hijo, haciendo un mayor esfuerzo por dominar los suyos. Ambos comprendían la pobreza del lugar y la necesidad de dinero.

La hora había pasado ya de la temprana hora de acostarse del padre. Se enderezó ahora y, volviendo la espalda, se quitó el abrigo, lo colgó del respaldo de su silla y comenzó a desabrocharse el chaleco y a frotarse los brazos. La madre se levantó y, yendo a la cama de altos postes en un rincón de la habitación, arregló las almohadas, dobló las colchas y, volviendo, se sentó provisionalmente en el borde de su silla y se quitó el broche del pecho.

David se puso de pie de un salto.

—Madre, deme una vela, ¿quiere?

Fue con ella al armario, esperó mientras ella lo abría y, metiendo el brazo hasta el fondo de sus desordenadas profundidades, buscó hasta sacar una vela. No se dijo buenas noches; y David, con una mirada a su padre y a su madre que ninguno de los dos vio, abrió y cerró la puerta de su cálida habitación, y se encontró en la oscuridad exterior al pie de la fría escalera.

Un lecho de brasas carmesí en el fondo de la rejilla era todo lo que sobrevivía de su propio fuego.

Se sentó ante él, sin verlo, la vela sin encender en la mano, una tragedia en los ojos.

Una habitación sin comodidad. Alfombra de trapos en el suelo. Ninguna alfombra que suavizara las piedras del hogar. Las hojas de las ventanas flojas en sus marcos y sacudidas esta noche por ráfagas retorcidas. Un cristal de una de ellas se había roto y la abertura estaba pegada con una hoja de papel de carta. Esta había sido reventada por una mano indolente, metida a través para cerrar las contraventanas de fuera; y una corriente de aire frío barría ahora la pequeña habitación. El hombre lo sintió, se sacudió los pensamientos deprimentes, se levantó resueltamente. Sacó de un armario uno de sus abrigos más inútiles y, arrollándolo en una bola, tapó el agujero. Volviendo a la rejilla, apiló leña, observando la llamarada cómo subía sobre los troncos, devorando los líquenes secos de la corteza; luego hundiéndose de nuevo hasta los últimos travesaños, donde debía elevarse lentamente otra vez, reduciendo la leña a cenizas. Junto a él, mientras se sentaba en su silla de asiento de junco, había una pequeña mesa cuadrada y sobre esta un bajo candelero de latón, compañero del de la sala de comer. Una vela medio consumida sobresalía del portavelas. Mientras David ahora la encendía y ponía la larga vela nueva junto a las despabiladeras, medía con el ojo la longitud de sus lumbreras y la cantidad de su leña —dos amigos. La pequeña rejilla había comenzado a rugirle valientemente, afectuosamente; y la vela le chisporroteaba y arrojaba chispas al aire —los cohetes de su llama de bienvenida.

No eran aún las diez: quedaban dos horas del largo invierno vespertino. Se volvió hacia su tesoro.

Este era un baúl en un rincón, el baúl que había comprado en sus años de universidad, pequeño y barato en sí mismo, no en lo que contenía. Pues aquí estaban los libros de David —los grandes y graves libros que habían sido su formación, o su perdición, según se tenga suficiente sabiduría y misericordia de Dios para decidir si fueron lo uno o lo otro.

Mientras el hombre ahora acercaba su silla, levantaba la tapa y se quedaba mirando los lomos de ellos, dispuestos en un bello orden propio, había en su altivo y solemne aspecto alguna prueba más de su poder sobre él. El rudo trabajo del día estaba olvidado; sus amados animales dependientes en el granero barrido por el viento, olvidados; la velada con su padre y su madre, su inalterable vaciedad, la falta de cariño, la trágica amenaza, olvidados. No aquella habitación desolada con luz del fuego y vela; no la pobre casa de labranza; no la mezquina granja, ni toda la ancha meseta de Kentucky de campos y bosques, cargada de riqueza invernal, cargada de cómodas heredades —ya no lo retenían como domicilio ni región natal: se había ido muy lejos, a la compañía de sus nobles maestros, los escritores de aquellos libros. Escogiendo uno, cerró la tapa del baúl a regañadientes sobre los demás y, con el libro en una mano y la silla en la otra, volvió al fuego.

Pasó una hora, durante la cual, con un codo sobre la mesa, el lado sombreado del rostro apoyado en la palma de la mano, leyó, apenas moviéndose sino para despabilar la mecha o echar un leño fresco. Al cabo de este tiempo, otras leyes distintas de las que el escritor trazaba comenzaron a afirmar su supremacía sobre David —las leyes de la fuerza y la salud, el calor y el cansancio. El sueño descendía sobre él, aflojándole los miembros, extendiendo una quieta niebla por su cerebro, acariciándole los párpados. Cerró las páginas y se volvió hacia su fuego moribundo. El libro lo había hecho forcejear; quería descanso.

Y ahora, flotando hacia él a través de aquella niebla en su cerebro, tan suavemente como una melodía que se aproxima, tan radiante como la luz del alba, llegó la imagen de Gabriella: después de que David hubo perseguido el Conocimiento un tiempo, estaba listo para el Amor. Pero el conocimiento, la verdad, la sabiduría antes que cualquier otra pasión terrenal: esa era el alma misma de él. Su corazón anhelaba por ella ahora en esta hora final, cuando, apartado todo lo demás de su camino —las labores del campo, las labores del establo, el corte de leña, los deberes filiales, el estudio—, estaba a solas con el pensamiento de ella, el influjo más reciente en su vida, atendiendo únicamente a ella, escuchando solo la necesidad que su corazón tenía de ella. En toda su ruda existencia, ella era el único ser que había conocido que le pareciera digno de un lugar en la compañía de sus grandes libros. Si el llamamiento hubiera llegado de hacer mañana sus equipajes y, diciendo adiós a todo lo demás, partir de viaje a los lugares congeniales donde sus poderosos maestros vivieron y obraron, habría deseado que ella sola fuera con él, partícipe de la alteza de la vida. Su compañía doquiera que él estuviera: tener justamente eso; sentir que ella estaba siempre con él, y siempre una con él; poder volver sus ojos a los de ella ante algún fuego que se extingue en una hora como esta, con un profundo reposo cerca de ellos, lado a lado.

Se detuvo en la primera vez que la había visto; aquel memorable crepúsculo en el pueblo, los tejados y chimeneas de las casas, medio blancos, medio pardos con la nieve que se derretía, recortados contra el bajo cielo rojo del ocaso.

No hacía mucho que había dejado la sala de la universidad donde había tenido lugar su prueba, y donde había sabido que todo estaba acabado para él. Pasaba por una de las estrechas calles transversales, cuando en cierto punto su camino fue detenido por un montón de ramas frescas de cedro, recién arrojadas de un carro. Unos niños estaban alegres y afanosos, llevándolas por las puertas laterales, ayudándoles el sacristán. Otros niños, dentro de la iluminada iglesia, ensayaban un villancico con música de órgano; el coro de sus voces se henchía a través de las puertas abiertas, y algunos de los pequeñuelos, tirando del cedro, entonaban la melodía.

Ella estaba de pie en los bajos escalones de la iglesia, al cuidado de los niños. En una mano sostenía una corona sin terminar, y con la otra unía las oscuras y brillantes hojas. Un enjambre de copos de nieve, apenas más que cristales centelleantes, danzaba alegremente en torno a su cabeza y moteaba su negra piel sobre un hombro. Como David, no muy atento entonces a dónde iba, avanzara a través de la luz y se detuviera ante el montón de ramas de cedro, ella le miró de soslayo con una sonrisa, viendo cómo su camino estaba cerrado. Luego les dijo: —¡Apresuraos, niños! ¡Llega la noche en que no podemos trabajar!

Era una hora de tal buena voluntad en la tierra para con los hombres que nadie podía parecerle un extraño. Él se convirtió al instante en un hermano humano, el pariente más cercano para ella: eso era todo; ella estaba enteramente bajo el influjo de la inocencia y la pureza de dentro y de fuera.

Como él no respondiera y por un momento no se moviera, ella le miró rápidamente, arrepintiéndose de la sonrisa. Cuando ella vio su rostro, él vio que la alegría descendía del suyo; y sintió, al apartarse, que ella iba con él por la negra calle: solo, ya no le parecía estar solo.

Aunque había estado con ella muchas veces desde entonces, ninguna impresión posterior había borrado una sola línea de aquel primer cuadro. Allí estaba ella siempre para él, y estaría: en el escalón de la iglesia, sonriendo en su luto, uniendo su corona, los surtidores de la araña derramándose sobre su hombro salpicado de nieve, los niños cantando entre las fragantes ramas de cedro esparcidas a sus pies; ella allí, adornando la iglesia, dichosa de prestar un piadoso servicio. Ah, tenerla allí en la habitación con él ahora; poder volver sus ojos a los de ella en el fuego que se extingue, con el sueño cercano aguardándolos, lado a lado.

Hubo un sonido de arañazo en los postigos de la ventana de David, como si un cepillo rígido fuera movido de arriba abajo por las tablillas. Se dio cuenta de que este sonido ya le había llegado a intervalos varias veces, pero, como suele ocurrir, había sido desatendido por él a causa de su preocupación. Ahora era tan fuerte que se imponía positivamente a su atención.

Escuchó, perplejo, preguntándose. Su ventana estaba alta del suelo y libre de cualquier objeto. A los pocos momentos, el sonido se dejó oír de nuevo. Se levantó de un salto, despierto del todo ahora, y alzando el marco, empujó los postigos: uno de ellos con facilidad; contra el otro había resistencia desde fuera. Este cedió ante su presión; y cuando el postigo fue abierto de par en par y David se asomó, se balanceó pesadamente contra su mejilla lo que parecía un enorme cepillo de espinas, cubierto de hielo. Era el extremo de una de las ramas del cedro que estaba a varios pies de su ventana por un lado, y cerca de la pared de la casa. Antes de que David naciera, había estado creciendo allí, un poco más alto, más extendido lateralmente cada año, hasta que varias ramas altísimas se habían alzado mucho tiempo atrás por encima del nivel del alero y dejaban caer sus secas agujas sobre las tejas podridas. Ahora una de las ramas, inclinada de lado bajo sus bayas y ramillas cargadas de hielo, colgaba tan baja como su ventana, y el viento la sacudía.

¡Aguanieve! Esta era, pues, la naturaleza de la tormenta amenazadora que todo el día había hecho presagiar y afligirse a hombres y bestias. David extendió la mano: la lluvia caía constantemente, cada gota se helaba sobre cualquier cosa que cayera, añadiendo hielo al hielo. La luna cabalgaba ya alta; y su resplandor, derramándose desde arriba sobre el techo de nube sin fisuras, difundía abajo luz suficiente para hacer visibles los grandes objetos cercanos en su bulto y contorno. Una hilera de viejos cedros se extendía a través del patio. Sus formas, tan familiares para él, estaban ya desordenadas. El aguanieve debía de haber estado cayendo durante horas para haberlos agobiado de este modo y aquel. Una peculiaridad de la noche era el viento, que aumentaba constantemente, pero con violencia intermitente, sin dar aviso de su alto desplome, su asimiento y su arranque.

¡Aguanieve! Apenas había invierno en que no hubiera visto alguna poca: una vez, en su infancia, una grande. A menudo había oído a su padre hablar de otras que ÉL recordaba, con comentarios sobre la destrucción que habían causado por doquier, sobre el sufrimiento de todo el ganado y de las criaturas salvajes.

El estrago había sido más terrible en los bosques, había pensado su padre, que lo que causan los ciclones cuando se precipitan sobre los árboles, cargados con sus hojas plenas de verano, y los derriban tan fácilmente como paraguas puestos en el suelo. Tanta parte de los mejores bosques de Kentucky se había perdido a causa de sus anuales tempestades de verano y de sus más raras pero más espantosas aguanieves invernales.

No habría trabajo para él en los campos de cáñamo mañana, ni por días. No habría escuela para Gabriella; los niños más distantes no podrían ir a caballo; los más cercanos no podrían ir a pie por los bosques espejados; a menos que el tiempo moderara antes del amanecer y derritiera el hielo tan rápidamente como se había formado, como a veces ocurría. Una buena señal de esto, le parecía, era el viento siempre creciente: pues un viento que se levanta y una temperatura que baja rara vez aparecen juntos. Al inclinar el oído para escuchar, podía oír el salvaje rugido de las oleadas de aire rompiendo a través del bosque, cuyo borde no estaba a cincuenta yardas.

David saltó de su silla; hubo un fuerte crujido, y la gran rama del cedro se desplomó con estrépito sobre sus postigos, retorcida, quebrada en el tronco, rodó por el aire y, dando en el suelo de espaldas, quedó como un enorme animal abatido sin vida.

Olvidó la cama y el sueño y reavivó su fuego. Su oído, adiestrado para captar y distinguir los sonidos de la vida campestre, se iba ahora haciendo sensible al comienzo de una de esas vastas y espantosas catástrofes de la Naturaleza, para las cuales el hombre no ve razón alguna y no puede detectar el avance de plan alguno: la ley volviéndose con aparente ceguera, y en espíritu de puro desperdicio, contra lo que ella misma ha logrado, y gastando sus sublimes fuerzas en una obra de autodesolación.

De las dos ventanas de su habitación, una daba al patio trasero, otra al frente. Tanto el patio trasero como el frontal contenían, según la costumbre del país, mucha arbustiva, con viejos árboles frutales, en su mayoría cerezos y melocotoneros. Había también acacias en la parte trasera de la casa, el favorito de antaño de la gente en los patios; otros árboles del bosque se alzaban alrededor.

A través de ambas ventanas comenzó a llegarle una sucesión de frágiles sonidos; el chasquido de las ramillas podridas, las más débiles, las más sobrecargadas. En el árbol frutal y en el árbol del bosque estas caían primero, como es también la ley de la tormenta y de la prueba de fuerza entre los hombres. El suelo era ahora como un pavimento de vidrio; y al caer algunas de estas pequeñas ramas de las copas de los árboles, se rompían en fragmentos, como carámbanos, y se deslizaban con estrépito hacia las depresiones más cercanas del suelo. Partiendo a veces desde muy alto en el aire, daban de lleno sobre otras ramas más bajas, llevándolas consigo también; este peso acumulado descendía a su vez sobre otras aún más bajas, hasta que, así aumentada, la masa entera se desplomaba hacia abajo y caía, hecha añicos contra el pavimento de cristal.

Pero pronto estos hechos más triviales dejaron de retener su atención: eran el mero reconocimiento de los elementos, el primer ataque ligero de la Naturaleza contra su propia debilidad. Poco a poco, desde las henchidas y rugientes profundidades del bosque, reverberó hasta él un profundo estruendo como de un cañón: uno de los grandes árboles —bifurcado en la poderosa cima y ya cargado en cada mitad con sus toneladas de madera— se partió en dos en la horquilla como si lo hubiera hendido un rayo; y ahora solo el tronco puntiagudo se alzaba como una columna fúnebre sobre sus propias ruinas. Durante horas esto continuó: el ligero y incesante tableteo, más cercano en torno; el crujir, el forzar, el desgarrarse como de carne que sufre, menos cerca; el triste y sublime retumbar del bosque.

Ahora el hombre recorría la habitación; ahora se dejaba caer en su silla ante el fuego. Su último cabo de vela parpadeaba azul, muy hundido en el candelero, y alzaba su humo. Su leña pronto se consumió: solo brasas rojas en el fondo de la rejilla entonces, y estas blanqueando rápidamente. Más de una vez cruzó a grandes pasos y se detuvo sobre su baúl en el rincón sombrío, mirando hacia abajo sus libros: aquellos libros que le habían guiado hasta allí, o le habían extraviado, ¿quién puede decirlo?

Cuando su vela se apagó y más tarde su fuego, se arrancó la ropa de un tirón y, metiéndose en la cama, se envolvió en las mantas y quedó escuchando la doliente sublimidad de la tormenta.

Hacia las tres el tiempo se hizo más frío, el viento amainó, el retumbar cesó; y David, volviéndose cansadamente, con un impulso de oración, pero sin oración, se durmió.

Capítulo XIV

Cuando David despertó tarde y soñoliento a la mañana siguiente después de la tormenta, quedóse un rato tendido, escuchando. Ningún desgarrarse, estrellarse, retumbar en los bosques ahora, ni tableteo de los marcos de su ventana. Ningún piar contemplativo de pájaros invernales en torno a los cedros del patio, ni graznido de cuervo, cruzando las chimeneas de la casa hacia los montones de maíz. Todas las cosas quedas, silenciosas, inmóviles.

Tras el sublime estruendo y la devastación de la noche anterior, tan recientes, el silencio resultaba inquietante. Se levantó de un salto y se vistió aprisa —advertido por el frío de su cuarto— antes de correr a su ventana para mirar afuera. Al probar el marco, no pudo levantarlo. Metió la mano por el cristal roto y tiró de los postigos; no hubo manera de moverlos. Bajó corriendo a la cocina y, volviendo con agua caliente, derritió el hielo que aprisionaba los pasadores y las bisagras.

Una maravilla de la naturaleza, terrible, hermosa, se ofreció a sus ojos: lluvia de hielo y una gran nube de escarcha, densa aún, pero más tenue que el día anterior, envolvían la tierra. El sol, descendiendo a través de aquel translúcido techo de gris, llenaba el aire de abajo con un resplandor como de perla fundida; y en esta atmósfera inferior de perla todas las cosas terrenas estaban orladas y suspendidas en plata. Árbol, arbusto y mata en el patio de abajo, la rosa que trepaba por los pilares del pórtico bajo su ventana, la escasa hiedra más abajo en la pared de la casa, los rígidos enebros pequeños, cada brizna de hierba —todo envuelto en plata. Los cedros arruinados arrastraban desde sus copas como de mástiles sus velas barridas de esmeralda y plata incrustadas. A lo largo de los aleros, como una fila de lanzas invertidas de desigual longitud, colgaban los carámbanos de plata. No; no era todo esto plata hilada, sino vidrio; todas las cosas sepultadas, no bajo una marea de plata líquida, sino de vidrio que fluye y luego se enfría: la Naturaleza convertida por una vez en una casa de vidrio, fijada en una masa quebradiza, que en ninguna parte se dobla ni se mece; pero que, si se la trata con brusquedad, seguro se hace añicos.

El suelo bajo cada árbol del patio estaba sembrado de ramas; ¿cuál no sería la ruina de los bosques de donde le habían llegado los ruidos en la noche? Mirando ahora por su ventana, podía ver lo bastante para comprender el estrago, la devastación.

Fue en seguida al establo para el pienso y lo encontró todo extrañamente quieto —el efecto sosegador de una gran helada sobre la vida animal. Había habido bastante excitación e inquietud durante la noche; ahora sobrevenía la reacción, pues el hombre no es sino uno de los muchos animales con nervios y humores. Una catástrofe como esta, que cubre de hielo la tierra —hierba, ramita y hoja comestibles del invierno, raíces y nueces para la especie bruta que remueve el suelo con el hocico, ese poner todo alimento, sea el que fuere, fuera del alcance de boca, casco u hocico— pone a estas criaturas frente a frente con la posibilidad de morir de hambre: lo saben y callan con la aprensión de su peligro; lo saben quizá por la supervivencia de memorias prehistóricas que aún reverberan como instinto. Y hay otra posible punta de verdad en esta represión de sus gritos característicos en tales tiempos de helada: fue entonces, en edades pasadas, cuando las especies que los depredaban se volvieron más voraces y de mayor alcance. El silencio del establo moderno ocupa en cierto modo el lugar de aquel silencio primigenio que era ley de seguridad en las desoladas fortalezas, recorridas por merodeadores carnívoros. Es la prudente ausencia de ruido de muchas especies hoy, como el ciervo y el alce.

Las ovejas, que apenas habían gozado de otro abrigo que el pajar, habían sufrido lo peor de la tormenta. Cuando David apareció en el corral del establo, lo vieron al punto; pues sus rostros estaban apiñados expectantes hacia la puerta del patio por la que él había de salir. Pero no se dijeron palabra entre sí ni a él mientras se apresuraban deslizándose hacia adelante. El hombre las miró con compasión, y sin embargo con humor; pues llevaban muchos pendientes indeseables de vidrio y plata colgando bajo sus vientres y a lo largo de sus colas.

«Entraréis en el granero esta noche», se prometió para sus adentros.

«Os haré un sitio hoy.»

Poco sospechaba qué terrible significado para él yacía envuelto en aquellas sencillas palabras. El desayuno estaba listo cuando, llevando su acostumbrado cesto de tusas para su madre, volvió a la casa. Un buen resultado al menos había obrado la tormenta por el momento: estrechaba más los lazos de los miembros de la familia, como suele hacer cualquier suceso insólito —peligro, desastre—. De modo que su padre, pese a su arrebato de ira la noche anterior, olvidó esta mañana sus agravios y desengaños y aflojó su severidad. Durante la comida tuvo mucho que contar de otras lluvias heladas y sus consecuencias. Infería ahora consecuencias semejantes si sobrevenía nieve, o si arreciaba un golpe de frío: nada de trabajo en los campos, por tanto nada de agramar el cáñamo, y por tanto demora en vender la cosecha; la dificultad de alimentar y abrevar el ganado; nada de acarreo por los caminos de barro, y pocos viajes de cualquier clase entre el campo y la villa; el hacer mucha leña de los árboles caídos, con abundancia de material para los montones de leña; la detención de las ruedas de los molinos en los arroyos helados, y escasez de harina y de maíz molido.

«La harina de maíz se está acabando», dijo la madre de David. «Los negros la desperdician.»

«Podríamos desgranar algo de maíz hoy», sugirió el padre de David, vacilante. Era la primera vez desde el regreso de su hijo del colegio que proponía que trabajaran juntos.

«Echaré primero un vistazo a los bosques», dijo David; «y luego quiero hacer un sitio en el establo para las ovejas, padre. Han de estar bajo cubierto esta noche. Arreglaré nuevos pesebres para los caballos dentro, donde solíamos tener el granero del maíz. Las vacas pueden ir donde han estado los caballos, y las ovejas pueden tener el cobertizo de las vacas: es mejor que nada. He querido hacer esto desde que volví del colegio.»

Observación irreflexiva y desafortunada, en relación con aquella idea mezquina y desesperada de hallar abrigo para el ganado —nuevo recordatorio de la pobreza que se arrastra y se extiende. Su padre no replicó; y habiendo terminado su desayuno en silencio, se levantó de la mesa.

Su madre, mirando a David por encima de su taza de café y su bizcocho, sin cambiar de expresión preguntó:

«¿Vas a coger esa gallina?»

«¿QUÉ gallina, madre?»

«Te dije anoche que la cocinera quería una de las gallinas viejas para sopa hoy. ¿Vas a cogerla?»

«No, madre; no cogeré yo la gallina para la cocinera; la cocinera probablemente cogerá la gallina para mí.»

«Ella no conoce la que es.»

«Pero yo tampoco.»

«Quiero la dorking azul.»

«Tengo mal ojo para el color; podría coger alguna gris.»

«Quiero la dorking; ha dejado de poner.»

«¿Es ese tu motivo para quitarle la vida? ¡Sería un principio terrible de aplicar indiscriminadamente!»

«La cocinera quiere saber cómo ha de sacar hoy las verduras de los hoyos del huerto —bajo todo este hielo.»

«¿Cómo sacaría las verduras del huerto bajo todo este hielo si no hubiera nadie en la finca sino ella? Te aseguro que tendría de todas las variedades.»

«Es una lástima que no podamos contratar a un hombre. Si pudiéramos contratar a un hombre que la ayudara, no te lo pediría. Es duro para la cocinera, hacerla sufrir por nuestra pobreza.»

«Un poco de sufrimiento en ese sentido le hará un mundo de bien», dijo David, alegremente.


Su madre no vacilaba, hubiera o no provocación, en punzarle y reprocharle de aquel modo.

Nunca había tenido muy alta idea de su hijo; su desengaño, por tanto, ante el fracaso de este en el colegio, no había sido vivo. Además, el sufrimiento trágico es el privilegio sublime de las naturalezas profundas: ella se libraba por su pequeñez. Nada la habría hecho muy desdichada sino el hambre y los dolores corporales. Contra el hambre ejercía incesantes precauciones; dolores corporales no los tenía. La otra única cosa que habría podido agitarla profundamente era la idea de verse obligada a dejar Kentucky. Le era penoso moverse por su casa, mucho menos trasladarse a Misuri. Ni en meses, quizá, subía siquiera al piso de arriba para cuidar de los armarios, la cama, las comodidades de su hijo. Como era de esperar, se consideraba la persona superior de la familia; y como suele ocurrir, impuso a su marido esta estimación de sí misma. ¡La aterradora vanidad y suficiencia de los mezquinos de espíritu! La Naturaleza debe de tener en mucho este tipo de ser humano, pues regularmente se le permite regir a sus superiores.

¡Pero su padre! David llevaba ya dos meses en casa, pues era el último de febrero, y ni una sola vez durante aquella larga prueba de la convivencia diaria había su padre abierto los labios para reprocharle o interrogarle.

Se habían recibido cartas del claustro, del pastor; de ello estaba David enterado; pero cualquier conversación sobre estas o sobre los sucesos de que eran triste consumación, su padre no la habría. El abismo entre ellos había sido ancho antes; ahora era insondable.

Sin embargo, David bien presentía que la hora del ajuste de cuentas tenía que llegar, cuando todo lo que se estaba reteniendo sería pronunciado. Se daba cuenta de que ambos preparaban en silencio aquella crisis, y de que cada día la acercaba palpablemente. A veces podía incluso verla amenazar en el ojo de su padre, oírla en su voz. Había llegado al borde de la explosión la noche anterior, con aquella predicción de la bancarrota inminente, la venta de la granja de sus antepasados de Kentucky, el traslado a Misuri con su salud quebrantada. Hasta su regreso no había comprendido David cuán literalmente había comenzado su padre a edificar de nuevo la vida sobre las esperanzas puestas en él. Y ahora, por mucho que sintiera con él su desengaño, simpatía no podía ofrecerle abiertamente, explicación no podía darle posiblemente. El problema de su vida no era el problema de su padre; su padre simplemente no estaba en situación de comprender. Dudar de algo en la Biblia —dudar del llamado cristianismo ortodoxo— ser expulsado de la iglesia y del colegio por tal motivo— ¿dónde podría hallar su padre paciencia o misericordia para una locura voluntariosa e impiedad como aquella?

Entretanto se había puesto a trabajar; ya el mismo día siguiente a su regreso se había puesto a trabajar. Dos frases de su padre, la tarde de su vuelta a casa, habían resonado en los oídos de David, altas e incesantes, desde entonces:

«¿POR QUÉ HAS VUELTO AQUÍ?» Y «SIEMPRE SUPE QUE NO HABÍA NADA EN TI». La primera le aseguraba el nuevo pie en que se hallaba: ya no era deseado bajo aquel techo. La segunda resumía la estimación de toda una vida formada sobre su carácter antes de que se marchara.

Por eso había trabajado como nunca incluso en los viejos días preparatorios. Mientras permaneciera allí, debía al menos ganarse el pan diario. Más aún, debía resarcir, cuanto antes, el dinero gastado en el colegio. Así que despidió al negro contratado; emprendió la labor hecha por él y más: el cuidado del ganado, el corte de la leña, todo cuanto a un hombre puede exigírsele en una granja en invierno. En los días claros quebraba cáñamo. Nada había tocado tan hondamente a David como el descubrimiento, en un rincón de la granja, de aquel campo de cáñamo: su padre lo había sembrado en secreto para sorprenderle, para ayudarle en sus estudios ministeriales. Esto lo había sabido David por su madre; su padre había evitado mencionarlo: ¡que se pudriera en el campo! Con igual silencio había emprendido David el quebrarlo; y a veces, de noche, su padre mostraba suficiente interés solo para hacer algunas preguntas respecto a la labor del día.

Sin embargo, a pesar de esta tragedia inminente con su padre, y de la angustia por sus circunstancias reducidas a causa de sus gastos en el colegio, David, durante estos dos meses, había entrado en mucha nueva felicidad.

Las dudas que lo habían atormentado durante muchos meses habían terminado. Había llegado a la decisión de no entrar en el ministerio; había dejado su mente limpia y clara de dogmas. Las teologías de su día, vastos y enmarañados matorrales de espinos que cubrían el simple sendero de la mente piadosa del peregrino, no le estorbaban ya más. No le era ahora necesario pensar o predicar que cualquier iglesia particular con la que pudiera identificarse era la verdadera, y el resto del género humano errado. No tenía ahora que creer que alma alguna estuviera en peligro de condenación eterna por discrepar de él. La liberación de estas cosas dejaba su espíritu religioso más elevado y vivo que nunca.

Pues, además, David había puesto sus pies un breve espacio en las anchas llanuras del saber viviente; había encontrado, a través de sus obras, a muchas de las grandes mentes de su siglo, había sido alcanzado por los sublimes movimientos de pensamiento de su tiempo, había oído el profundo rugido del océano del espíritu. De nuevo entre el rudo trabajo diario, entre la penuria y la discordia de aquella granja arruinada, un verdadero secreto de la felicidad para David era el recuerdo de todas las cosas nobles de la vida humana que había descubierto, y hacia las cuales se proponía abrirse camino de nuevo cuanto antes. ¿Y qué ayuda tanto a creer en Dios como el conocimiento de la grandeza del hombre?

Entretanto, también, su mente se mantenía fresca y poderosamente ejercitada. Había desechado su antigua manera de mirar la Naturaleza y el lugar del hombre en ella; y de este cambio fundamental en él, ninguna mejor prueba podía darse que el modo en que consideraba la tormenta, al dejar esta mañana la mesa del desayuno y dirigirse al bosque.

El daño era incalculable. Los árboles no habían estado preparados contra un suceso semejante. Durante siglos algunos de ellos habían desarrollado fuerza en raíz, tronco y rama para resistir los vientos de la región cuando estaban vestidos de todas sus hojas; o para llevar la carga de estas hojas lastradas con gotas de lluvia; o para soportar las nieves del invierno. ¡Sabios médicos de sí mismos del bosque! ¡Removiendo un miembro débil o inútil, sanando sus propias heridas y fracturas! Pero ser sepultados bajo el hielo y luego desgarrados y retorcidos por el vendaval—para esto no habían recibido entrenamiento: y así, como tantos de los grandes prudentes que miran cada hora por su bienestar, habían sido derribados al fin por lo inesperado.

«Antes —decía David reverentemente para sí, contemplándolo todo—, antes habría visto en esta tormenta alguna intención directa del Creador hacia el hombre, incluso hacia mí. Habría sido un recordatorio de Su poder; quizá un castigo por algún buen fin en el que debo creer, pero que no podría descubrir. Ciertamente los hombres interpretaron antaño las tormentas como comunicaciones del Altísimo, como hicieron con la peste y el hambre.

Todavía puede haber en esta vecindad personas que deriven alguna lección semejante de esto. Mi padre puede creer en su corazón que es un juicio enviado sobre nosotros y sobre nuestros vecinos por mi impiedad. ¿No han sido afligidas ciudades a causa de la presencia de un solo pecador? Agradecido estoy de no pensar de este modo ahora de la ley física—de no concebir tan erróneamente el lugar del hombre en la Naturaleza. Sé que esta cellisca, tan importante para nosotros, no es sino un pequeño incidente en la larga historia de la atmósfera del planeta y de su superficie cambiante. Es la acción de leyes naturales, que operan sin consideración al hombre, aunque el hombre mismo pueda haber tenido parte en producirla.

Traerá la muerte a muchas criaturas; indirectamente, puede traer la muerte a mí; pero eso estaría entre los resultados, no en la intención.»

Se dispuso a cruzar el bosque—deslizándose, patinando, sosteniéndose contra los troncos, clavando los tacones a través de la costra de hielo. El ejercicio calentaba; su aliento subía como vapor ante su rostro.

Más allá del bosque cruzó un campo; luego un bosque de muchas acres y magnífica madera, en cuyo extremo lejano, bajo los árboles del bosque y frente a un camino rural, se alzaba la escuela del distrito.

David miró ansiosamente, al acercarse, por cualquier señal de daño que la tormenta pudiera haber hecho. Una enorme copa había caído sobre la cerca. Una rama había caído a plomo sobre los escalones. Todo el patio no era mucho mejor que un montón de maleza. Pronto se volvió a casa aliviado: podría decirle a Gabriella esta noche que ninguna de las ventanas se había roto ni el techo; solo una nueva alumna del bosque, con piececitos y una cabezota dura y un manojo de muérdago en una mano, estaba de pie en los escalones, esperando que ella abriera la puerta.

La experiencia colegial de David había efectuado el primer gran cambio en él al pasar de la juventud a la hombría; Gabriella había obrado el segundo.

El primero era un fragmento del drama del alma del hombre con Dios; el segundo era el drama de su corazón con la mujer.

Había comenzado el día en que el primero terminó—en la penumbra de aquel día de crepúsculo invernal, cuando había dejado el colegio tras su entrevista final con el claustro, y había vagado desamparado y aturdido por el feliz pueblo, que justamente comenzaba a celebrar su temporada de paz en la tierra y buena voluntad para con los hombres. La había encontrado entregada de corazón y alma a la labor de decorar la iglesia de su fe, la iglesia de sus padres.

Cuando David la encontró por segunda vez, fue pocos días después de su regreso a casa. Estaba trabajando en el ahumadero. La carne había estado salada el tiempo suficiente tras la matanza: debía colgarse, y él se ocupaba en colgarla. Varios trozos yacían apilados dentro de la puerta, a mano. Estaba de espaldas a estos, junto al banco de la carne, raspando el salitre de un gran costillar y frotándolo con pimiento rojo.

De pronto la luz de la pequeña puerta faltó; y volviéndose vio a su madre, y a pocos pies detrás de ella—David decía que no creía en milagros—pero a pocos pies detrás de su madre se alzaba ahora una presencia divina. Créase o no, allí estaba, ¡el milagro! Toda la timidez de su vida—que a menudo había hecho la existencia casi insoportable—acudió agolpada a aquel único momento. El más débil balido de un corderillo de primavera demasiado débil para tenerse en pie por primera vez habría sido un rugido ensordecedor en comparación con el silencio que ahora le penetraba hasta la médula de los huesos. Hizo frente a las dos mujeres acorralado, con una mano apoyada en el costillar.

«Este es mi hijo», dijo su madre neutralmente, volviéndose hacia la señorita.

Esta información no ayudó en nada a David. Él sabía quién era ÉL. Daba por sentado que todos los presentes lo sabían. La visitante alivió al punto la situación.

«Esta es la maestra de escuela», dijo, sonrojándose y sonriendo. «He estado enseñando aquí desde que usted se marchó. Y ahora soy ya una antigua residente de esta vecindad.»

Ni una cosa se movía en torno a David, salvo un poco de humo en la chimenea de su garganta. Pero la señorita no aguardó a que un silencio mayor hiciera las cosas más tensas. Adelantóse al umbral junto a la madre de él y miró curiosa hacia dentro, alzando la vista a las vigas ennegrecidas por el humo, a los negros palos cruzados de los que pendían los eslabones de salchichas, al pequeño montón de ceniza gris en el suelo, debajo, con un cerco de astillas a medio quemar alrededor, al enorme banco de carnes cargado de piezas saladas.

—¿Y es así como hacéis los middlings? —preguntó, sonriéndole con aliento.

¡La idea de que aquel arcángel supiera algo de middlings! La mente de David ejecutó un movimiento rudimentario, y su lengua y sus labios respondieron débilmente: —Así es como.

—¿Y es así como hacéis los jamones, los jamones curados con azúcar?

—Así es como.

—¿Y es así como hacéis... las paletas?

—Así es como.

David había encontrado una respuesta, y pensaba atenerse a ella mientras le duraran las fuerzas y la luz del día.

La señorita pareció comprender que tal era su intención.

—Dejadme ver cómo colgáis uno —dijo, desesperada—. Nunca he visto colgar el tocino... ni colgado. Supongo que, como enseño gramática, debo usar ambos participios.

David asió el enorme middling por el cordel y lo hizo girar ante sí, con lo cual se le escurrió de entre los dedos entumecidos y fue a caer sobre la ceniza. No rompió el middling, pero rompió el hielo.

—¿Puedo ayudaros?

¡Aquellas palabras torturadoras, abrasadoras! El rostro de David se puso tan rojo como si lo hubieran frotado con pimiento y salitre a la vez. La llama de aquello pareció encender en él alguna débil chispa de ánimo. Recogió el middling y, mirándola derechamente a los ojos, con una luz humorística en los suyos, señaló con la cabeza las piezas de tocino junto a la entrada.

—Colgad una de esas —dijo—, si os place.

Mientras alzaba el middling en alto, Gabriella reparó que por encima de sus grandes manos rojas asomaban unos brazos como de mármol por el lustre y la blancura (pues llevaba las mangas arremangadas hasta muy arriba): tan macizos brazos de hombre como jamás los formaran una salud de toda la vida, un trabajo de toda la vida y una rectitud de vivir de toda la vida.

—Gracias —dijo ella, retirándose por la puerta—. Todo es muy interesante. Nunca había vivido en el campo. Vuestra madre me dijo que trabajabais aquí, y le pedí que me dejara venir a mirar.

Mientras yo he estado viviendo en vuestra vecindad, vos habéis estado viviendo en mi pueblo. Espero que vengáis a verme y me contéis muchas cosas.

Al decir esto, David advirtió que ella, de pie detrás de su madre, lo miraba con la intención velada de decir mucho más. Tenía él tal instinto de verdad, que la verdad en los demás se le mostraba desnuda.

Aquellos ojos dulces y compasivos parecían declarar: «Sé de vuestras penas. Yo soy la persona a quien, sin saberlo, habéis estado buscando. Conmigo podéis romper el silencio sobre las grandes cosas. Podemos encontrarnos muy por encima del nivel de escenas tan pobres como esta. Os he buscado para deciros esto. Venid.»

—Madre —dijo David aquella tarde, después que su padre se hubo levantado de la mesa, dejando caer el cuchillo y el tenedor y olvidándose de comer—, ¿quién era esa?

Sacó de ella todo lo que podía sacarse: que había venido a encargarse de la escuela el otoño en que él se marchó; que era apreciada como maestra, apreciada por los ancianos. Se había interesado mucho por ÉL, dijo su madre con reproche, y por la idea de que estudiara para el ministerio. Había visitado con frecuencia la casa, había sido buena con su padre y con ella. Esta era su primera visita desde que había vuelto; había estado en el pueblo pasando las fiestas.

David había empezado a ir a ver a Gabriella en el término de una semana. Al principio iba una vez por semana: los sábados por la noche. Pronto iba dos veces por semana: los miércoles y los sábados invariablemente. En aquel último día de colegio, cuando había hablado por sí mismo, había acabado el estudiante y el mancebo; cuando la conoció, fue el comienzo del hombre: y la nueva razón de la felicidad del hombre.

Al volver ahora a casa por la milla o más de campo, después de haberse cerciorado del estado intacto de la escuela, lo cual tenía mucho que ver con que Gabriella permaneciera en aquella vecindad, renovó su propósito de ir a verla aquella noche, aunque solo era viernes. ¿No había trastornado la tormenta todas las leyes y costumbres regulares?

Dichosamente, pues, al llegar al establo, se puso a trabajar en su plan de procurar abrigo a las ovejas.

David se sentía mucho más en su casa en el establo que en la casa. Pues el ganado no veía en él cambio alguno. Creyente o incrédulo, racionalista, evolucionista, seguía siendo el mismo para ellos. Sobre ellos, en realidad, recaían las malas consecuencias de su malgastada o bien empleada vida de colegial; pues el dinero que pudiera haber ido a parar en tablones y vigas y más forraje, se había gastado en parte en libros que describían la fauna de la tierra y la distribución de las especies sobre su superficie. Algo había ido en tratados sobre animales bajo domesticación, mientras que sus propios animales bajo domesticación eran dejados con escasa comida y peor alojamiento. Él había tenido la teoría; ellos habían tenido la práctica. Pero nada de todo esto comprendían. ¡Cuántas tragedias de pasiones perversas evitan las bestias al no entender a sus dueños! Nosotros, de la especie humana, lamentamos tan a menudo que los individuos lean tan oscuramente las naturalezas unos de otros: ¡seamos agradecidos! David se alegraba, pues, de que aquella pequeña agregación de criaturas dependientes, su congregación de fieles, ni advirtiera el cambio en él, ni estuviera en suspenso por la tragedia que crecía en la casa.

Se habían alegrado de verle a su regreso. Capitán, que le había salido al encuentro primero, era quizá el más alegre. Luego los caballos, los mismos de siempre. Uno de ellos, le pareció, se le había arrimado ofreciéndole un paseo. Y las vacas eran amistosas. Eran las mismas; sus terneros eran distintos.

Las ovejas mantenían poco más o menos su número, equilibrando su aumento por naturaleza casi su disminución por el uso de la mesa.

Un miembro del rebaño buscó David en vano: el más audaz, el más manso; suele haber uno así. Más tarde lo halló representado por una manta de silla. Después de su partida al colegio, su madre había concebido de aquel buen carnero joven en términos de mollejas, de sebo para narices agrietadas y de blando asiento para la espina de su marido. Hasta la puerca cebada de los lechones blancos como la nieve le había recordado bien, y le había tocado el hocico contra las botas; de modo que apenas había empezado él a acariciarle las cerdas al modo antiguo, cuando ella habló cómodamente de su alegría y rodó pesadamente en lo que parecía un desmayo de gratitud.

No: sus animales no habían cambiado en sus sentimientos hacia él; ¡pero cuánto había cambiado él en su comprensión de ellos! Había creído antes que estas criaturas fueron creadas para uso del hombre; aquella vieja noción vanidosa de que la tierra entera era un planeta de provisiones para el consumo humano. Ni siquiera se le había ocurrido pensar que los caballos fueron hechos sino para montar y trabajar. Las vacas, por supuesto, daban leche por causa de la lechería; la nata subía a la leche para facilitar el desnatado; al batirse, se agriaba, para que la familia tuviera suero fresco.

Los cueros eran para zapatos. La piel de las ovejas estaba puesta allí para los paños del Hombre.

Ahora David declaraba que estos seres no estaban más hechos para el Hombre que el Hombre para ellos. El Hombre podía capturarlos, mantenerlos en cautividad, domarlos, adiestrarlos, usarlos, devorarlos, exterminarlos de vez en cuando por benévola asimilación. Pero esta no era la razón de su creación: cuál fuera esta razón en la mente del Creador, nadie lo sabía ni lo sabría jamás.

—El Hombre os prende y os usa —decía David, trabajando aquel día en su establo—;

pero no sois más suyos que él es vuestro. Os llama criaturas dependientes: ¿quién os ha hecho dependientes? En estado de naturaleza salvaje, no hay uno solo de vosotros a quien el Hombre se atreviera a enfrentarse: ni el semental salvaje, ni el toro salvaje, ni el jabalí salvaje, ni siquiera un carnero furioso. El argumento de que toda la constitución física del Hombre —estructura y función— muestra que fue destinado a vivir de vaca y carnero, no es mejor que el argumento de que el tigre halla al hombre perfectamente adaptado a su sistema como alimento, y no desea otro mejor. Toda criatura que come hombres piensa lo mismo: el lobo cree que el Hombre es su presa; el cocodrilo cree que lo es suyo; un león viejo está probablemente seguro de que la joven esposa de un hombre está destinada solo a sus fauces. Y lo está, si logra atraparla.

Al decir esto David, con cierta inesperada sorpresa para sí mismo, cayó en una nueva ensoñación, olvidando la filosofía y la especie bruta. Era tarde cuando David terminó su trabajo aquel día. Hacia el anochecer la nube se había abierto por el oeste; el sol se había puesto con oscuras cortinas cerrándose pesadamente sobre él. Más tarde, la nube se había abierto por el este, y la luna había salido entre vellones blancos y flotaba sobre bancos de perla. Brillando sobre todas las demás cosas espléndidas, iluminaba una pobre escena que no debe olvidarse: la parte trasera de un viejo establo, un techo combado de tablillas podridas; unas cuantas ovejas vulgares que entraban, arreadas por un perro pastor; y un muchacho grande y pensativo que mantenía la puerta abierta.

Había cambiado de sitio el ganado para hacer lugar a estos pensionistas adicionales, poniendo los caballos en los nuevos pesebres, las vacas donde habían estado los caballos, y las ovejas bajo el cobertizo de las vacas. (Es el caballo el que siempre se lleva lo mejor de todo en un establo.) Se reprochaba a sí mismo hacer menos por las criaturas que menos exigían.

—Esa es la naturaleza del hombre —decía con desaprobación—, la más alta de todas las bestias.

Cuando salió al aire libre después de la cena aquella noche, las nubes habían ocultado la luna. Pero había luz bastante para que viera su camino a través de los campos helados hasta Gabriella. La Estrella del Amor brillaba en torno a sus pies.

XV Cuando Gabriella despertó aquella misma mañana después de la tormenta, también ella comprobó que sus postigos no podían abrirse. Pero Gabriella no bajó a la cocina por agua caliente para derretir el hielo de los cerrojos y las bisagras. Huyó de vuelta por la estera fría hasta la gran cama de altos postes y se acurrucó otra vez, solitaria, en su calor, metiendo la colcha bajo la barbilla y mirando desde las almohadas con ojos tan frescos como flores. Flores en verdad eran los ojos de Gabriella: las corolas que se cierran y se abren de una naturaleza dulce. De algún modo os hacían pensar en la primavera más temprana, en las hojas nuevas, en los trinos de los pájaros en lo hondo de una calvero cribado de luz dorada, fragante de blanca fragancia. Tenían sus otras estaciones: sus horas de verano de centelleo airado y rápido aguacero; sus días de otoño de profundidades quietas y sobriedad, y sus noches de otoño de largas y calladas lluvias que nadie sabía. Una estación les faltaba: los ojos de Gabriella no tenían invierno.

¡Espíritu valiente! Si la naturaleza no la hubiera inclinado a la primavera más bien que al otoño, si no hubiera heredado la alegría y el temple jovial de los bien nacidos, tiempo hacía que habría desfallecido, quebrantádose. Detrás de ella había generaciones de padres y madres que habían reído cordialmente todos sus días. El simple don de la risa sana, a menudo el mejor y a menudo el único remedio para tantas incomodidades y absurdos de la vida, era quizá de contar entre sus mejores herencias psicológicas.

Su primer pensamiento al despertar tarde esta mañana (pues también a ella la había mantenido despierta la tormenta) fue que no podría haber escuela. ¡Y era solo viernes, con el sábado y el domingo por delante: tres días enteros y consecutivos de asueto! El ánimo de Gabriella invariablemente se elevaba con una tormenta; sus días más sombríos eran sus días más radiantes. El tiempo que probaba su alma era el tiempo desagradable, pero no lo bastante desagradable para suspender la escuela. Cuando enseñaba, enseñaba con todas sus fuerzas y lo hacía bien; cuando no enseñaba, lo aborrecía con cada facultad y capacidad de su ser. Y desempeñar paciente y cabalmente un trabajo diario aborrecido: eso exige sangre noble.

Nada se movía abajo en la casa. Los miembros de la familia se habían quedado levantados hasta muy entrada la noche. En cuanto a los negros, ellos saben sacar cierto provecho propio de todas las alteraciones del tiempo. Gabriella se alegró de la ocasión de esperar a que la muchacha de la casa subiera a encenderle el fuego; agradecida por el lujo de quedarse en la cama un viernes por la mañana, en lugar de levantarse para un temprano desayuno de granja, ¡cuando a veces había velas sobre la mesa para revelar la ubicación de los alimentos! ¡Cómo odiaba esas velas, llameando ante sus ojos tan temprano!

Cómo amaba su trémulo y suave parpadeo de noche, y cómo las odiaba de mañana: ¡esas velas de los desayunos tempranos!

Con el ánimo alto, pues, con la certeza de un desayuno tardío y de que no habría escuela, yacía ahora sobre las almohadas, mirando de través con ojos chispeantes la pequeña cresta gris de ceniza de la noche anterior bajo las rejas de su pequeña rejilla. ¡Esos ladrillos del hogar! Cuando sus plantas desnudas tocaban por accidente uno en las mañanas de invierno, Gabriella era de la opinión de que eran los ladrillos más fríos que jamás hubieran salido de un horno ardiente. Había una cosa en la habitación aún más fría: el pequeño lavabo de madera de cerezo, allá al otro lado de la gran habitación, entre las ventanas, ¡colocado allí a la mayor distancia posible del fuego! A veces, cuando por las mañanas miraba dentro de su jarra de lavarse, el hielo sobresalía hacia ella como una bola de cañón blanca que se hubiera quedado atascada al salir. Lo golpeaba con el mango de su cepillo de dientes; o, si su mal genio se imponía (o se lo llevaba), con el atizador. A menudo su último acto por la noche era secar su cepillo de dientes sobre las brasas para que las cerdas no se le helaran por la mañana.

Gabriella alzó la cabeza de las almohadas y miró de reojo la colcha que la cubría. Consistía en franjas de distintos colores, que partían de un punto en el centro de la estructura y se ensanchaban hacia los cuatro lados. Sus pies estaban metidos bajo un banco de color ciruela salpicado de sal; por su espalda corría una especie de cola de cometa de verde encharcado. Sobre su hombro y descendiendo hacia su barbilla, fluía un delta que se ensanchaba de huevo bien batido.

Estaba agradecida por estos colores. El tono favorito de la esposa del granjero era el plomo. ¡Esos ladrillos del hogar: plomo! ¡La tira de hule que cubría el lavabo: plomo! ¡El armario en la pared que contenía sus cosas: plomo! ¡Los escalones de la escalera afuera: plomo! ¡Los porches allá abajo: plomo! Gabriella a veces se preguntaba si esta mujer no tendría acaso antepasados de color plomo.

Se oyó entonces un par de pies recalcitrantes subiendo la escalera: las flores de la almohada cerraron sus pétalos. Cuando la muchacha negra se arrodilló ante la rejilla, de espaldas a la cama y con las suelas de sus zapatos puestas rectas una junto a otra como dos ladrillos grises, los ojos se abrieron suavemente de nuevo. Gabriella nunca había visto una cabeza como la de esta muchacha negra, es decir, nunca hasta el otoño antepasado, cuando había salido a esta comarca de sencillos granjeros a enseñar en una escuela de distrito. Siempre que estaba despierta lo bastante temprano para ver esta curiosidad, no dejaba de renovar su estudio de ella con infatigable entusiasmo. Era un arreglo tan misterioso y cuidadoso de nudos, y piñas, y las más extrañas ramitas negras envueltas con hilo blanco de embalar, y todo el sistema de vueltas aparentemente conectado con una batería mental central, o idea, o plan, dentro. Lo estudiaba ahora, mientras se encendía el fuego, y la que lo encendía, con inflamatorios golpes del atizador sobre las rejas de la rejilla, contaba sus penas en voz alta para sí misma: «Liberada, y todavía haciendo fuegos en las mañanas de invierno; ¿cómo era ESO? ¿Dónde había libertad en ESO? ¿Su salario? ¿No trabajaba por su salario? ¿No se GANABA su salario? Entonces, ¿dónde entraba la libertad?».

Uno debe mirar bajo para hallar la verdad alta a veces, como recogemos la fruta necesaria en las ramas más bajas y cavamos la tierra en busca de tesoros. La muchacha anglosajona que yacía en la cama y la joven africana que le encendía el fuego —estas dos, los tipos más altos y más humildes de la feminidad en la república americana— estaban inseparablemente unidas en aquella habitación aquella mañana como hijas de la misma Revolución. Había costado la guerra de la Unión permitir a esta muchacha africana arrojar el paño que le envolvía la cabeza —aquella detestada señal de su esclavitud— y arreglarse el cabello con gusto ancestral, el verdadero sentido africano de la belleza. Mientras había sido esclava, su ama anglosajona la había obligado a llevar el pañuelo en la cabeza; tan pronto como fue liberada, ella, con todas las mujeres de su raza en el Sur, se arrancó indignada el pañuelo de la cabeza. Del mismo modo, había costado la guerra de la Unión permitir a Gabriella enseñar en la escuela. Ella también había sido liberada, y la venda retirada de sus libertades. A la negra se le había dado poder para exigir salario por su trabajo; a la muchacha anglosajona se le había dado poder para aceptar sin reproche el salario por el suyo.

Las memorias de Gabriella podrían escribirse en grande en cuatro partes que serían en verdad la historia de los Estados Unidos, así como una delgada veta de oro solo puede explicarse mediante la geología de la tierra. Pero también pueden escribirse tan en pequeño que cada volumen pueda echarse, como ciertos libros minúsculos de modas pasadas, en el bolsillo de un chaleco, o incluso leerse, como a través de una lupa, entero en una sola página.

El primer volumen era el libro de la infancia, que abarcaba el período desde el nacimiento de Gabriella hasta el comienzo de la Guerra Civil, para cuya época ella tenía catorce años: era cuento de hadas. Estos primeros recuerdos se remontaban a ella misma como una niñita muy pequeña que vivía con su madre y su abuela en una gran casa blanca con contraventanas verdes, en Lexington; tan grande que solo conocía dos o tres habitaciones de un ala.

Su madre vestía luto por su padre, y siempre la atraía hacia su pecho y le dejaba lágrimas en el rostro o en sus manos de lis. Un día —no podía recordarlo bien—, pero la casa había estado a oscuras y los criados no habían cesado ni un momento de entretenerla; un día la casa se abrió toda de nuevo y Gabriella no pudo encontrar a su madre; y su abuela, todos los demás, fueron más amables con ella que nunca. No pensaba entonces qué era la amabilidad, pero años después lo aprendió perfectamente.

Muy lentamente el conocimiento de Gabriella comenzó a extenderse por la casa y fuera de ella. Había enormes salones y salas de techos altos, y dormitorios y dormitorios y dormitorios. Había galerías al frente y atrás, tan largas que le quitaban el aliento recorrer una de un extremo a otro y volver. Arriba, al frente y atrás, galerías de nuevo, con balaustradas para que las niñas no se olvidaran de sí mismas y se cayeran. Los pilares de estas galerías en la parte trasera de la casa estaban conectados por una red de alambres, y adiestradas por los pilares y ramificándose sobre los alambres había enroscadas y retorcidas vides de glicina tan gruesas como el cuello de Gabriella. Este era el lado sur, soleado; y cuando la glicina florecía, Gabriella trasladaba su establecimiento de juguetes detrás de aquellas cascadas soleadas de púrpura y verde, musicales a veces con jilgueros.

El frente de la casa daba a un patio de majestuosas coníferas y grandes tinas de flores, adelfa, mirto de crespón y granado. Más allá del patio, un camino de carruajes de grava serpenteaba fuera de la vista detrás de cedros, catalpas y árboles del bosque, dando sombra a un césped herboso. Al final del césped estaba la gran puerta de entrada y la calle del pueblo. Gabriella conoció largo tiempo este acceso solo por sus paseos en carruaje con su abuela. En la parte trasera de la casa había bastante para ella: un gran patio, verdes pastizales para la cuadra de caballos y, lo mejor de todo, un jardín cercado con altas vallas que contenía todo lo que el corazón pudiera desear: verduras y flores; glorietas y emparrados con asientos; bombas de agua fría e invernaderos de plantas y uvas, y árboles frutales, y un columpio, y arbustos de grosella; todo.

En un rincón, el suelo estaba demasiado a la sombra de un viejo manzano para ser de utilidad: dieron esto a Gabriella para su jardín. Había agregado particularmente a su persona a una negrita de aproximadamente la misma edad: su Milly, del color de una calabaza madura. Así que cuando en primavera el jardinero comenzaba a hacer su jardín, con su abuela a veces de pie junto a él, dirigiendo, Gabriella, llevando su sillita al manzano —con alguna labor de aguja fingida y una vara de verdad—, ponía a Milly a trabajar haciendo el suyo. Nada de lo que ponían en la tierra volvía a saberse jamás, aunque a veces rehacían el mismo jardín todos los días durante una semana. De modo que más de una vez, abandonando la semilla, arrancaban las puntas de las cosas verdes cercanas, las plantaban, y así tenían un jardín perfecto en una hora.

Entonces Gabriella, sentada bajo el manzano, ordenaba a Milly regar las flores desde la bomba; y tomando su vara y llamando a Milly cerca, le daba uno o dos golpes secos alrededor de las piernas desnudas (pues eso era lo esperado), y le decía que si no dejaba de ser tan holgazana, la vendería al Sur a las plantaciones. Con lo cual Milly, herida más en el corazón que en las piernas, y dejando caer la regadera, comenzaba a restregarse los sucios puños en los ojos. Entonces Gabriella decía arrepentida: «¡No, no lo haré, Milly! Y no necesitas trabajar más hoy. Y puedes tener parte de mi jardín si quieres».

Milly, sonriendo a través del barro en sus mejillas, murmuraba: «¿No va a vender a su Milly al Sur, verdad, señorita Gabriella?».

«Yo no. Pero no estoy tan segura de la abuela, Milly. Sabes que ella SÍ lo hará a veces. Nuestro algodón tiene que ser recogido por ALGUIEN, y ¿quién ha de hacerlo sino ustedes, negros perezosos?».

En aquellos días el manzano estaría floreciendo, y los pétalos se deslizarían sobre Gabriella. Mirando hacia arriba a la campana nupcial de flores, y hablando en el lenguaje de su abuela, decía: «Milly, cuando crezca y me case, me casaré al aire libre en primavera bajo un manzano».

«No sé dónde yo voy a casarme», decía Milly con una risita ronca y despreocupada. «Supongo que en un zarzal».

El primer descubrimiento que hizo Gabriella de la mezquindad que puede exhibir la naturaleza humana estuvo relacionado con este jardín. Mientras todo estaba agrio y verde, podía jugar allí durante horas; pero tan pronto como algo se ponía maduro y delicioso, la puerta con el alto pestillo se cerraba y nunca podía entrar sin vigilancia. ¡Cuántas lágrimas derramó fuera de la cerca mientras miraba a través! Cuando la dejaban entrar, siempre la tomaban de la mano.

«NO me tome de la mano, Sam», le decía suplicante al jardinero negro. «¡Hace tanto CALOR!».

«Se va a caer y lastimarse».

«¡Qué absurdo, Sam! ¡La idea de que me caiga cuando camino despacio!».

«Se va a perder».

«¡Cómo puedes decir algo tan divertido, Sam! ¿Me he perdido alguna vez aquí?».

«Las culebras la muerden».

—¿Por qué crees que me morderían a MÍ, Sam? Nunca se ha sabido que muerdan a nadie más.

—Usted se rasca.

—¿Cómo voy a rascarme, Sam, si no estoy haciendo nada?

—Las orugas se le suben encima.

—Se me suben encima cuando no estoy en el jardín, Sam. Entonces, ¿por qué insistes en ESO?

Lentamente siguieron andando, pasando junto a las tentaciones del Edén.

—¡Por favor, déjame probar solo una vez, Sam!

—¿Probar qué, señorita Gabriella?

—Ver si las culebras me muerden.

—¡No podría!

—Entonces llévame a ver las uvas —decía ella, fatigada.

Allí estaban, colgando bajo el cristal: racimos de Hamburgo negros y morados, y de Malaga translúcidas, ¡grandes como para llenar los brazos!

—Solo una, Sam, por favor.

—Le harán daño.

—Nunca me hacen daño cuando las como en casa. ¡Me sientan bien! Una SOLA no podría hacerme daño. Estoy mala porque tú NO me la das. ¿No PAREZCO mala, Sam?

Llegó el tiempo en que Gabriella comenzó a extender su conocimiento al campo, cuando salía a pasear junto a su abuela en las tardes tibias de primavera y principios de verano.

—¿Qué es eso, abuela? —decía, señalando con su pequeño índice un campo junto al camino de peaje.

—Eso es maíz.

—¿Y qué es eso?

—Eso es trigo.

—¿Y qué es eso?

—Avena, Gabriella.

—Oh, abuela, ¿qué es ESO?

—¡Vaya, vaya, niña! ¿No sabes qué es eso? Es cáñamo. Es lo que enfarda todo nuestro algodón.

—¡Oh, abuela, huélelo!

Después de esto, a veces Gabriella ordenaba al cochero que torciera hacia algún sendero verde al caer el sol y siguiera adelante hasta encontrar un campo junto al camino. Apenas comenzaban a pasar junto a él, se les venía al rostro el aliento limpio, refrescante, suave como terciopelo y balsámico del cáñamo.

El carruaje se detenía, y Gabriella, poniéndose de pie y mirando al campo, llenaba sus pulmones una y otra vez, sonriendo a su abuela en busca de aprobación. Luego volvía a sentarse y decía con calma: —Da la vuelta, Tom, y regresa. Ya lo he olido bastante.

Estos paseos a solas con su abuela eran solo de primavera y principios de verano. El pleno verano traía desde sus plantaciones de Luisiana, Arkansas y Misisipi a sus tíos y a las esposas e hijos de algunos de ellos. Todos los dormitorios de la gran casa se llenaban, y Gabriella casi se perdía en la multitud, siendo la única hija de la única hija de su abuela. ¡Y qué tiempos tan felices había entonces! ¡Las sedas, los rasos y los encajes! ¡La vajilla, el oro, el cristal tallado! ¡Las cenas, la música, las risas, los vinos!

Más tarde, algunas de las familias de sus tíos podían seguir viaje con sus sirvientes hacia balnearios más al norte. Pero en septiembre todos estaban de vuelta bajo el mismo amplio techo de Kentucky, deteniéndose para la hermosa feria de Lexington, entonces célebre en todo el país; y para las carreras, aquellos días del pura sangre únicamente; y hasta que las heladas hicieran seguro el regreso a los pantanos y bayous, amados por la fiebre amarilla.

Cuando todos se habían marchado, a veces su abuela, cerrando la casa para el invierno, seguía a uno de sus hijos a su plantación; de allí pasaba luego a Nueva Orleans, en aquel tiempo la más brillante de las capitales americanas; y así Gabriella veía al Padre de las Aguas, y las cosas que ocurrían en los palacios flotantes del Misisipi; veía la vida social de la antigua ciudad francesa y española.

Todo lo que podía haber de más lujoso y espléndido en Kentucky durante aquellos últimos años profundos y ricos del viejo orden social era de Gabriella: la extravagancia, la alegría, el orgullo, los modales encantadores, el egoísmo y la crueldad en su terrible, inconsciente y estrecha manera, los falsos ideales, las virtudes aristocráticas. Fue entonces cuando, extendiéndose sobre la tierra y la gente, yacía el pleno otoño de aquella siembra que había avanzado en silencio hacia sus fatales frutos durante más de cincuenta años. Todo estaba maduro, dulce, sazonado, cayendo, volviéndose podrido.

¡Oh vosotros que tenéis hijos pequeños, dadles, si es posible, recuerdos felices!

¡Llenad sus primeros años de imágenes luminosas! Un gran historiador, muchos siglos atrás, dejó escrito que lo primero que se conquista en la batalla son los ojos: el soldado huye de lo que ve ante sí. Pero muy a menudo en la lucha del mundo somos derrotados por lo que miramos hacia atrás; somos vencidos al final por las cosas que vimos al principio de la vida. Llegó el tiempo para Gabriella en que el magnífico cuento de hadas de su infancia fue todo lo que tuvo para sostenerse: cuando significó consuelo, valor, fortaleza, victoria.

Un volumen de guerra, negro, ardiente, furioso, espantoso: esto comprendía la segunda parte de su historia: contenía el derrocamiento de la mitad del pueblo americano, y la caída de la niña princesa Gabriella. ¡Una idea, qué negativa, qué sin nervio parece impresa! ¡Un pequeño grupo de cuatro ideas, cómo habían de tener poder de vida y muerte sobre millones de seres humanos! Pero digamos que una es la idea del derecho al autogobierno, muy amada y por la que tanto se ha combatido en toda la tierra por la raza anglosajona. Digamos que una segunda es la idea de que con su propia propiedad un hombre tiene derecho a hacer lo que le plazca: otra noción por la que se ha guerreado sin fin. Que estas dos ideas corran en la sangre y las pasiones del pueblo del Sur. Digamos que una tercera idea es la de la grandeza nacional (la preservación de la Unión), otro ídolo de esta raza constructora de naciones. Digamos que la cuarta idea es la de la humanidad en evolución, o, al menos, que las sociedades esclavistas deben convertirse en no esclavistas, si no pacíficamente, entonces por la fuerza de las armas. Que estas dos ideas corran en la sangre y las pasiones del pueblo del Norte. Pongamos el primer conjunto de ideas y el segundo frente a frente en una lucha por la supremacía. Por toda la humanidad se sabe ahora cuál fue el resultado para la nación. Lo que estas ideas hicieron por una niña que vivía en Lexington, Kentucky, fue parte de esa misma triste y sublime historia.

Ordenaron a la abuela cruzar las líneas, como acaudalada simpatizante y agente política de la causa del Sur; se apoderaron de su casa, la confiscaron, la usaron como cuartel general de oficiales: al final la mataron de pena y cuidados; enviaron a sus hijos, a todos y cada uno de ellos, a los ejércitos del Sur, arrasaron sus plantaciones, liberaron a sus esclavos, los dejaron muertos en los campos de batalla, o quebrantados en salud, esperanza y fortuna. Gabriella, colocada en un internado en Lexington en aquella última y apresurada despedida de su abuela, permaneció allí un año.

Luego se agotaron los fondos que le quedaban en su cuenta del banco; fue a vivir con parientes cercanos; y durante los años restantes de la guerra estuvo primero en una casa, luego en otra, de parientes o amigos, todos los cuales se disputaban el privilegio de darle un hogar. Pero al terminar la guerra, Gabriella, saliendo de los refugios temporales que le dieron durante la tormenta, podría haberse visto como una paloma blanca como la nieve que vuela perdida y desconcertada a través de una nube negra que cubre medio cielo.

El tercer volumen, el Libro de la Paz en el que no había Paz: este fue el comienzo de Gabriella, hija de la Revolución. Ya no poseía a ningún ser humano excepto a sí misma; no podía dar órdenes a nadie más que a sí misma; no podía adiestrarse para esta obra, azuzarse a aquel deber, sino solo a sí misma; y si aún tenía ánimo de hacer de señora, firme, bondadosa, eficiente, capaz, debía serlo únicamente de Gabriella.

Por aquella evolución social de la raza que en un país tras otro había obrado el derrocamiento de la esclavitud, había sido ahora colocada en una generación única en la historia: una generación de jóvenes sureñas, de nacimiento y crianza gentiles, de la más delicada naturaleza, que, herederas en esclavos y tierras al comenzar la guerra, eran al terminarla pupilos sin un penique y sin reconocimiento del gobierno federal, habiendo sido sus esclavos convertidos en ciudadanos y sus plantaciones asoladas. Sobre estas muchachas desprevenidas e inocentes cayeron así con todo su peso no solo los errores y maldades de sus propios padres y madres, sino la culpa común de toda la nación, y particularmente de Nueva Inglaterra, en lo tocante al tráfico original de almas humanas. El cambio en las vidas de estas muchachas fue tan súbito y terrible como si uno hubiera entrado en un brillante salón de baile y con la voz de un capataz hubiera ordenado a los danzantes que se fueran tal como estaban a las fábricas.

A las fábricas fueron muchas de ellas, en cierto sentido: al trabajo duro de alguna clase, a ganar un jornal y a recibirlo: convirtiéndose a veces en el sostén de padres ancianos o enfermos, en el amparo de hermanos y hermanas menores. Si alguna vez se escribe la historia de todo ello, será una lectura conmovedora, heroica, noble.

El último volumen de las memorias de Gabriella la mostraba en este campo de lucha, de nuevo crecimiento para acomodarse al día más nuevo. Era tan distinto del primer volumen que parecía no ser continuación de su propia vida. Comenzaba una mañana de verano unos dos años después del fin de la guerra, intervalo que ella había pasado en diversos esfuerzos de autoayuda, de autoformación.

En aquella mañana, pálida y temblorosa, pero resuelta, el rostro muy velado, podría habérsela visto de camino a Water Street en Lexington, una calle de la que había oído hablar toda su vida y por la que se había cuidado de no entrar nunca, salvo para tomar o bajar de un tren en la estación.

Pasando rápidamente hasta llegar a cierta escalerilla maloliente que se abría sobre la inmunda acera, subió por ella, llamó a una baja puerta de tablones pintada de negro y entró en una habitación que era una tienda de curiosidades. Allí la recibió un caballero anciano que reunía en sí los oficios de superintendente de escuelas, astrónomo experimental y fabricante de una mostaza de alta calidad.

Se había presentado para ser examinada para un certificado de maestra.

Afortunadamente para Gabriella, aquel bondadoso y viejo sabio recordaba bien a su abuela y a sus tíos: habían sido entendidos en la materia; durante años habían comprado liberalmente de su mostaza. Sus tíos la habían usado primero en sus mesas como condimento y después en sus frentes y estómagos como emplasto. Nunca dejaban de elogiarla en su presencia, tanto por su poder de despertar el apetito como por su poder de retirar el dolor. A su vez él ahora los elogiaba a ellos y le hacía las preguntas más fáciles. Gabriella, cuyo conocimiento de aritmética era como un grano de mostaza, y que hablaba un inglés hermoso, pero no habría podido analizar «¡John, ven aquí!», recibió un certificado de primera clase por el bien del futuro y una caja de mostaza en memoria del pasado.

A principios de aquel otoño subió, una mañana, a una vieja diligencia amarilla rojiza, siempre enfangada (la misma en que había viajado David) y partió hacia una comarca remota, donde, tras muchos fracasos por otras vías, había conseguido un puesto para enseñar en una pequeña escuela rural. Se alegró de que estuviera distante; tenía la sensación de que cuanto más lejos estuviera de Lexington, más fácil sería enseñar.

Casi todo aquel interminable día, el mecanismo de la diligencia y el estado del camino de peaje (con mucha piedra caliza recién partida) administraron al cuerpo de Gabriella tal masaje como no conoce hoy la ciencia médica. Pero aun esto era nada en comparación con el potro en que estiraba cada músculo de su mente. ¿Qué sabía ella de enseñar? ¿Qué clase de gente serían?

A última hora de aquella apacible tarde de septiembre comenzó a averiguarlo. La diligencia se detuvo a la entrada de un sendero; y asomándose con una palidez mortal, Gabriella vio, de pie junto a un angosto cochecillo sin capota, a un granjero grande, robusto y curtido por el sol, con el chaleco medio desabrochado, vestido con un traje de mezclilla de nogal y un sombrero de paja amarillo de ala ancha levantada como los cuernos de una vaca.

—¿Tiene usted ahí a mi maestra de escuela? —gritó con una voz que resonaba como una campana grave y dulce—. ¿Y me ha traído esas cosas que le dije que me consiguiera?

—¿Cuál es ella? —preguntó al acercarse a la ventanilla de la diligencia y mirar adentro a los diversos viajeros.

—¿Cómo está usted, señorita Gabriella? —dijo, quitándose del todo el sombrero de su cabeza grande, honrada, peluda y morena, y tendiendo una mano que habría podido contener varias de las de Gabriella—. Me alegro de verla; y los niños han estado llorando por usted. Ahora, si quiere dejarme ayudarla a subir a un asiento del buggy, y sostener las riendas un minuto mientras recojo unas cosas que Joe me ha traído, nos iremos trotando a casa. Me alegro de verla. He oído hablar muchísimo de usted al superintendente.

¡Gabriella ya lo quería! Cuando estuvieron sentados en el buggy, él ocupó las seis séptimas partes del espacio. Ella estaba tan cerca de él que la asustaba —tan cerca que, cuando él volvía la cabeza sobre su cuello corto y grueso para mirarla, apenas podía verla.

—Tiene una mujercita menuda —se explicó Gabriella para sí—. Estoy en su asiento: por eso él está acostumbrado.

Así que ELLA se acostumbró; y pronto sintió un franco consuelo al poder arrimarse libremente contra él —al agarrarse a él como un murciélago a una pared caliente.

Pues agarrarse a veces tenía que hacerlo. Él conducía una yegua alazana recién sacada del pasto, con cascos largos y desiguales, abrojos en la crin y en la cola, y un salvaje deseo de llegar a casa con su potrillo; de modo que huía por el campo —puentes, zanjas, todo—, frenética de pasión maternal.

Una circunstancia contribuía a la seguridad de Gabriella: el buggy se inclinaba tanto hacia él que ella no podía cómodamente rodar fuera; en cambio, sentía como si la hicieran girar en torno a una ladera empinada.

Entretanto, ¡cómo le hablaba! Le contó que la escuela estaba ya completa: qué familias iban a enviar niños, y cuántos de cada una. Todos habían oído decir al superintendente qué excelente maestra era ella (¡no en vano se dice que las cosas se transmiten bondadosamente en Kentucky!).

—¡Oh —murmuraba Gabriella para sí—, si la familia se parece solo a ÉL!

El mero modo en que la llamaba por su nombre de pila, como si fuera una vieja amiga —una especie de vieja novia suya con la que por alguna razón no se había casado—, la llenó de perfecta confianza.

—¡Esa es mi casa! —dijo por fin, señalando con el brazo extendido y el látigo (que no tenía ocasión de usar) a través del campo abierto.

Gabriella siguió su gesto con ojos aprensivos y divisó a lo lejos una gran y confortable casa de ladrillo de dos pisos, con cercas blanqueadas alrededor y toda clase de casitas blanqueadas a uno y otro lado —un hogar sencillo, dulce, campesino, de Kentucky, ¡Dios lo bendiga! Lo blanco conquistó a Gabriella al instante; y con lo blanco iban otras cosas igual de buenas: la seguridad por doquier de laboriosidad y comodidad. Ni una mala hierba a la vista, sino el azul profundo y fluyente del pasto de septiembre, o campos recién arados o rastrojos limpios. Cada barrote en su sitio en cada cerca; cada portón bien colgado. Todo lo que se veía en materia de ganado le parecía a Gabriella o joven o justo lo bastante viejo. Hasta los tocones que pasaban parecían sanos.

Su conjetura había sido acertada: la esbelta mujercita la recibió en el porche lateral un poco tímidamente, con una sonrisa modesta; luego la besó en la boca y la invitó a entrar. La mesa de la cena estaba ya puesta en el centro de la habitación; y en un rincón había una gran cama blanca —con una cama nido (no visible) debajo. Gabriella «se quitó sus cosas» y las puso sobre la colcha nevada; y la dueña de la casa le dijo que dejaría que los niños la entretuvieran unos minutos mientras ella veía lo de la cena.

Los niños aceptaron el acuerdo. Se apiñaron en torno a ella como en torno a un pastel nuevo. Dos o tres de los más pequeños empezaron a trepar por ella como trepaban por la nevera, a sentarse sobre ella como se sentaban en los escalones.

Los mayores sacaron sus geografías y aritméticas y le mostraron hasta dónde habían llegado. (¡Habían llegado mucho más lejos que Gabriella!) Nadie prestaba la menor atención a nadie, ni se intimidaba ante nada ni ante nadie: ¡el Miedo nunca había llegado a aquella Jungla!

Pero la tribulación tiene que entrar en los asuntos de este mundo, y entró aquella noche en Gabriella.

En la cena, el granjero, después de escogerle el mejor trozo de la pechuga del pollo frito, preguntó con una voz que daba a entender cuán cordialmente superflua era la pregunta: —Señorita Gabriella, ¿quiere salsa de crema?

—No, gracias.

¡El golpe para aquella familia! ¡No tomar salsa de crema! ¿Qué clase de maestra era aquella, entonces? Toda manita, bastante mayor para usar cuchillo o tenedor, lo dejó suspendido. En el extremo de la mesa, el granjero, bajando un poco la cabeza, sirvió a los niños, llamándolos por su nombre uno a uno, más suavemente y en un tono destinado a restaurar la alegría si era posible.

La mujercita, en la cabecera de la mesa, acababa de poner azúcar en la taza de Gabriella y estaba en el acto de verter el café. Apresuradamente vació el azúcar de nuevo en el azucarero y preguntó con mirada de consternación: —¿Quiere azúcar en el café?

La situación empeoró en el desayuno. Con una voz a la que la confianza había sido misteriosamente restaurada durante la noche —una voz que parecía salir de un panal y destilar dulzura a través de toda la mesa—, el grandullón del extremo preguntó de nuevo: —Señorita Gabriella, ¿quiere salsa de crema —ESTA MAÑANA?

—¡No, gracias!

El hijo mayor miró de soslayo a su madre, anunciando abiertamente que había ganado una apuesta secreta. La madre observó apresuradamente: —Pensé que le gustaría un poco para el desayuno.

El bebé, notando el silencio y la tribulación por doquier, y sintiéndose profundamente herido porque era perfectamente inocente, prorrumpió en un llanto frenético.


Gabriella ¡habría podido gritar más fuerte que la criatura! Resolvió que si la servían para la cena, la tomaría aunque fuera el postre. Un momento después hizo algo mejor. Levantando su plato con ambas manos, lo tendió, con cuchillo, tenedor y todo.

—Creo que cambiaré de opinión. Parece TAN tentador.

—Creo que lo encontrará bueno —observó la dueña de la casa, conciliada, pero resentida. Mas cada niño se propuso ahora vigilar y ver qué más no tomaba. Vigilaron en vano: lo tomó todo. De modo que en pocos días recobraron su fe en ella y reanudaron sus andanzas. Gabriella nunca se había dado cuenta por sí misma de cuántas rutas y estaciones distintas tenía en su propio cuerpo hasta que fue recorrido de este modo: pies y tobillos; rodillas; articulaciones superiores; línea troncal; divisiones oriental y occidental; terminal de la cabeza.

Nunca más hubo problema alguno para ella en aquella casa. Solo dos exigencias le hacían: que comiera cuanto se pusiera en la mesa y que los amara. Cuanto se ponía en la mesa era bueno; y todos eran dignos de amor. Eran una sola menagerie viva y desordenada de nada más que amor.

Pero el amor no es lo único esencial de la vida; y sus fenómenos pueden resultar penosos.

Aquí, pues, en esta remota vecindad de sencillos granjeros, en una pequeña escuela de distrito situada en un camino de barro, Gabriella comenzó sola y sin preparación su nueva vida: intento de la joven sureña de ganarse el sustento por sí misma en alguna de las profesiones; señal de un vasto movimiento nacional entre las mujeres de su pueblo. En su entorno y en las luchas consiguientes tuvo mucho uso para aquel salvador sentido del humor que le había sido infundido en las venas desde los hondos y claros pozos de sus antepasados; necesidad también de aquella luz radiante y generosa que aún caía sobre ella desde los cielos del pasado; pero más que estas cosas, como báculo para sus jóvenes manos, copa para sus labios, lámpara para sus pies, aceite para sus magulladuras diarias, descanso para su almohada fatigada, era la confianza en la Ayuda Superior. Pues los años —y a ella le parecían muchos y dilatados— ya habían empujado a Gabriella, como han empujado a innumerables otras de su sexo, fuera del frío y ventoso mundo hacia la iglesia: se había vuelto una devota protestante.

De haber sido romanista, ya haría mucho que sería monja. Estaba ahora capacitada para cualquiera de aquellos servicios misericordiosos y heroicos que mantienen frescos en la tierra los anales de las mujeres abnegadas. El tallo interior que sostenía su naturaleza nunca había sido quebrado; pero había sido magullado lo bastante para exhalar la fragancia de la vida. La adversidad la había ennoblecido. En verdad, había sorteado de tal modo los años de una Revolución que la había dejado tan desposeída como la había dejado libre, que era como el romero de Perdita: una flor que conserva su apariencia y su savor todo el invierno. El Viento del Norte había corrido en vano en torno a ella sus más blancas nieves; y ahora los bosques se tornaban verdes.

Era, pues, meramente consecuente con la naturaleza de Gabriella que, a medida que llegaba a conocer a la gente entre la cual había venido a quedarse, sus hogares, sus historias familiares, un hogar y una historia acapararan su profundo interés: los padres de David y la carrera de David. Mientras recorría la comarca en coche, de visita con la mujer del granjero, le habían señalado un melancólico resto de granja, que resistía desesperadamente la absorción por parte de alguna de las tres propiedades crecientes que la tocaban por tres lados. La habían llevado a visitar al padre y a la madre; había visto la pobreza puertas adentro, el estado semirruinoso de los cobertizos; había oído hablar de su hijo, ahora ausente en la universidad; de cómo ellos habían ahorrado y él había luchado. Un padre orgulloso era el que ahora contaba el magnífico progreso de su hijo, ya en el colegio.

—¡Ah! —exclamó ella, reflexionando sobre ello en su cuarto aquella noche—. ¡Esto es algo que vale la pena oír! ¡Aquí está el héroe de la vida! Entre esta gente despreocupada, este luchador solitario. Yo también soy una ahora; puedo comprenderlo.

Durante el primer año de su magisterio, se había desarrollado en ella un noble deseo de ver a David; pero uno destinado a quedar defraudado. Él no volvió a casa durante sus vacaciones; ella se ausentó durante las suyas. El otoño siguiente él estaba de vuelta en el colegio; ella en su escuela. Luego las vacaciones de Navidad y su asombrosa y terrible vuelta al hogar, expulsado del colegio y de la iglesia. Tan pronto como oyó hablar de aquella espantosa caída, Gabriella sintió el deseo de ir derechamente a él. No razonó ni vaciló: fue.

Y ahora, desde hacía dos meses, se veían cada pocos días.

Así, por el juego de vastas fuerzas, las vidas de Gabriella y David habían sido empujadas violentamente la una contra la otra. Eran los hijos de dos revoluciones, separadas pero con un fin común: ella producida por la revolución social del Nuevo Mundo, que derribó la esclavitud medieval; él por la revolución intelectual del Viejo Mundo, que comenzó a dar a luz la ley científica, pero al hacerlo provocó una de las mayores épocas de duda religiosa. De modo que ambos eran vestigios tempranos de la misma evolución racial inconmensurable, que avanzaba por líneas convergentes. Ella, viviendo en las cumbres artificiales de un orden social en decadencia, tenía más alto de dónde caer, en su colapso, antes de alcanzar la tierra natural; él, afanándose en el fondo, tenía más alto que subir antes de poder divisar las llanuras del pensamiento moderno en expansión y del destino evolutivo del hombre. A través de la caída de ella y el ascenso de él, habían sido llevados a un nivel común. Pero en ese nivel, todo lo que le había acontecido a ella la había empujado como desde una tormenta cegadora hacia la iglesia, sede y asilo de la religión; todo lo que le había acontecido a él lo había empujado fuera de las iglesias como fortificaciones de la teología. Ella había sido atraída hacia aquella parte del culto que perdura y es divina; él había sido repelido por la parte que pasa y es humana.

XVI Aunque Gabriella había saludado gozosa el día, por traer la exención de las horas sofocantes en la escuela, sus ánimos habían decaído antes del anochecer con la monotonía. No había libros en uso entre los miembros de aquel hogar amable excepto los de escuela; estaban demasiado ocupados con los goces primarios de la vida para advertir los recursos secundarios de la literatura. No tenía costura agradable. Para escapar del ruido de los niños encerrados, debía limitarse a aquella parte de la casa que comprendía su cuarto. Un paseo al aire libre era impracticable, aunque se aventuró una vez al patio para estudiar más de cerca las maravillas de la obra del hielo; y hasta el borde del huerto, para cerciorarse de cómo sobrellevaban los manzanos aquellas avalanchas de plata helada desprendidas de las nubes.

Así que hubo para ella horas vacías aquel día; y siempre las más vacías son las más pesadas: aquellas cestas de tiempo sin llenar que extrañamente se vuelven más ligeras solo después de que las hemos colmado con lo mejor que tenemos que dar.

Gabriella llenó las cestas de las horas este día con pensamientos de David, cuyas labores del campo sabía que quedarían interrumpidas por la tormenta, y cuyos movimientos por la casa intentaba en vano seguir con la imaginación.

Dos meses de estrecha asociación con él en aquella apagada vecindad rural habían obrado grandes cambios en el simple sentimiento con que lo había buscado al principio. Entonces él había sido para ella solo un Pródigo que había derrochado su sustancia, intentado alimentar su alma con las bellotas de los cerdos de la Duda, y volviendo a la casa de su padre sin arrepentimiento, había sido admitido pero seguía rechazado: un Pródigo no de la carne y del mundo sino del espíritu y del Señor. Pero ¿qué ha interesado jamás al corazón de la mujer como un pródigo de alguna especie?

Otras veces él era figurado por sus simpatías como un joven samaritano que había ido de viaje a un país Divino pero había caído entre ladrones espirituales, que lo habían despojado de su túnica sin costura de la Fe y lo habían dejado magullado al borde del camino de la Vida: un prójimo-Cristo maltratado a quien era su deber socorrer si podía. Pero el cuidado que una mujer pone en curar la herida de un hombre ¡cuántas veces se convierte en el cuidado de la herida! Es más, Gabriella hacía ya mucho que era consciente de lo que se había vuelto para su pródigo, su samaritano; veía la verdad y la observaba crecer de día en día; pues él era incapaz de disfraces. Pero a menudo ¿qué efecto tiene tal observación sobre quien observa, una observadora que está sola en el mundo? De modo que, si bien sondeaba con muchas sondas femeninas todo lo que ella era para David, Gabriella no soñaba con lo que David se había vuelto para ella.

Poco después del anochecer, cuando oyó su pesado paso en el porche de abajo, el tedio del día se desvaneció al instante. La felicidad se alzó en ella como una clara fuente que de pronto rompe a brotar: se alzó a sus ojos, la bañó en refrescantes emociones vitales.

—Cuánto me alegro de que haya venido —dijo al entrar en el salón, le tendió la mano y se quedó mirando hacia arriba su rostro suavizado y rugoso, su cabeza majestuosa, que siempre la sobrecogía un poco. Por grande que fuera el molde en que la naturaleza había vaciado su cuerpo, este le parecía empequeñecido por la grandeza interior del hombre, cuyo desarrollo podía notar que avanzaba ahora casi visiblemente de día en día: tanto había subido ya y aún era tan joven.

Él no respondió a su saludo sino con una mirada. En las cosas que implicaban su sentimiento hacia ella, estaba habitualmente cohibido e incómodo; solo en los temas generales lo veía ella dueño de sus recursos. Gabriella había adquirido la costumbre de buscar en sus ojos las mejores respuestas: allí hablaba siempre no solo con ideas sino con emociones: un doble discurso muy apreciado por la mujer.

Se sentaron a lados opuestos de la amplia y profunda chimenea: una rejilla para carbón blando no había destruido aún aquello.

—Su escuela está a salvo —anunció él brevemente.

—¡Oh, todo el día he estado queriendo saberlo pero no tenía a quién enviar! ¿Cómo lo sabe USTED? —inquirió ella rápidamente.

—Está a salvo. Habrá que despejar el patio de maleza: eso es todo.

Ella lo miró con gratitud.

—¡Siempre es usted tan amable!

—Vaya —observó David, con un gran paso adelante—, ¿y usted no?

Gabriella, siendo mujer, no apreció particularmente esta observación: sugería que él era amable porque ella lo había sido; y la mujer no aprecia nada como recompensa, todo como tributo.

—¡Y ahora si tan solo no se han helado los manzanos! —exclamó ella gozosa, cambiando de tema.

—¿Por qué los manzanos?

—Si hubiera estado usted aquí la primavera pasada, lo habría comprendido. Cuando florecen, son míos, tomo posesión. —Tras un momento añadió—: Traen el recuerdo de tiempos tan felices: primaveras de hace mucho. Alguna vez se lo contaré.

—¿Cuando era usted una niña?

—Ojalá la hubiera conocido cuando era una niña —dijo David, en voz baja, mirando al fuego.

Gabriella reflexionó cuán imposible habría sido esto: el pensamiento le causó agudo dolor.

Algún tiempo después, David, que había parecido cada vez más envuelto en alguna lucha interior, preguntó de pronto algo que lo aliviara: —¿Sabe cuándo la vi por primera vez?

Ella no respondió de inmediato.

—En el ahumadero —dijo con un chapoteo de risa. Gabriella, cuando estaba alegre, hacía pensar en alguna hermosa colina verde de abril, coronada de nieve.

David negó con la cabeza lentamente. Sus ojos se volvieron tiernos y misteriosos.

—Fue la primera vez que YO la vi a USTED —protestó ella.

Él siguió negando con la cabeza, y ella pareció desconcertada.

—Usted me vio una vez antes que aquella, y me sonrió.

Gabriella pareció incrédula y no muy complacida.

Al cabo de un rato, David comenzó al modo de quien se dispone a contar una historia que secretamente le complace.

—¿Recuerdas haber estado en los escalones de una iglesia la tarde del viernes anterior a Navidad, poco después de anochecer?

Los ojos de Gabriella empezaron a expresar reminiscencia.

—Acababan de arrojar una carretada de cedro sobre la acera, el sacristán lo llevaba al interior de la iglesia, algunos niños ayudaban, tú estabas haciendo una corona: ¿lo recuerdas?

Ella conocía cada palabra de aquello.

—Un joven —un estudiante de Biblia— pasó, o intentó pasar. Tú sonreíste ante su dificultad. No con malevolencia —añadió él, sonriendo él mismo sin malevolencia.

—¿Y ese eras tú? Esto explica por qué siempre he creído haberte visto antes. Pero fue solo por un momento, tu rostro estaba en la oscuridad; ¿cómo habría de recordarlo?

Después de decir esto, se puso grave: el rostro de él aquella noche había estado lejos de ser un rostro feliz.

—Aquel día —continuó David, pronto grave también—, aquel día vi por última vez a mis profesores y a mi pastor; aquello acabó conmigo como estudiante de Biblia. Había dejado la Universidad y el escenario de mi prueba apenas un poco antes.

Se levantó al concluir y dio una vuelta por la habitación. Luego la encaró, sonriendo un poco tristemente.

—En otro tiempo pude haber pensado que todo aquello era providencial. Quiero decir, ver los rostros de mis profesores —mis jueces— por última vez, como el fin de mi antigua vida; luego ver tu rostro a continuación —el comienzo de la nueva.

Hacía mucho que empleaba esta franqueza, sin hacer secreto de sí mismo, de la influencia de ella sobre él. Era embarazoso; declaraba tanto, asumía tanto, que nunca había sido declarado ni asumido de ningún otro modo. Pero su despojado y golpeado joven samaritano no era un cortesano laberíntico, perfumado y envuelto en ropajes y teñido de mundanidad y convenciones: se presentaba siempre ante ella desnudo de alma. Era esto lo que la capacitaba para tomar la medida de su sentimiento hacia ella: tenía su efecto.

David volvió a su silla y miró al otro lado con una mezcla de vacilación y determinación.

—Nunca te he hablado de mi expulsión —de mi incredulidad.

Tras una pausa dolorosa, ella respondió.

—Debes de ser consciente de que he notado tu silencio. Quizá no te das cuenta de cuánto lo he lamentado.

—¿Sabes por qué no lo he hecho?

Ella no respondió.

—He tenido miedo. Es lo único en el mundo de lo que jamás he tenido miedo.

—¿Por qué habrías de tenerlo?

—Temía saber cómo podrías sentirlo. Ha causado dificultades con todos hasta ahora. Me separó de mis amigos entre los estudiantes de Biblia. Me separó de mis profesores, de mi pastor. Me ha alienado de mi padre y de mi madre. No sabía cómo lo considerarías tú.

—¿No lo he sabido todo el tiempo? ¿Ha supuesto alguna diferencia?

—¡Ah! ¡pero eso podría ser solo tu tolerancia! Mientras tanto, se ha vuelto para mí una cuestión hasta dónde llegará tu tolerancia —¡qué hay detrás de tu tolerancia! Toleramos tantas cosas en quienes son meros conocidos —personas que no nos importan particularmente y con las que nunca hemos de tener nada que ver en la vida. Pero si el lazo empieza a estrecharse, entonces las cosas que tolerábamos a distancia —¿qué se hace de ellas entonces?

Él la miraba fijamente, y ella bajó los ojos. Era otra de las suposiciones del Pródigo —pero nunca antes formulada con tanta puntería.

—Así que he temido que, cuando yo mismo te dijera lo que creo y lo que no creo, pudiera ser mi fin. Y cuando supieras mis sentimientos hacia lo que TÚ crees —eso podría ser aún más problemático.

Pero ha llegado el momento en que debo saberlo.

Apartó el rostro de ella y, levantándose, caminó varias veces por la habitación.

Por fin también había llegado el momento que ella había estado esperando.

Por libremente que se habían hablado de sus pasados —ella dándole vislumbres del mundo en que se había criado, él llevándola a su mundo, igualmente desconocido—, sobre este tema el silencio entre ellos nunca se había roto. A menudo había procurado ella pasar la guardia que él ponía en torno a este trágico episodio, pero siempre había sido rechazada.

El único fundamento original de su interés en él permanecía, por tanto, como un trasfondo, oscuro e inexplorado. Lo lamentaba por muchas razones. Su convicción era que él no hacía sino atravesar una fase de la vida religiosa no infrecuente en quienes han nacido para ir lejos en los viajes mentales antes de asentarse en su Tierra Santa. Creía que pasaría tanto antes cuanto tuviera la ocasión de vivirlo en la discusión; y ella misma ofrecía la única posibilidad de esto.

Gabriella estaba en condiciones de saber por experiencia lo que significa, en horas de tribulación, necesitar el alivio de la compañía. Las ideas, había aprendido, largo tiempo encerradas en la mente tienden a germinar y echar raíces.

Había habido discordias que habían dejado de sonar en su propio oído tan pronto como fueron vertidas en otro.

—Siempre he esperado —repitió ella, cuando él se sentó— que hablaras conmigo de estas cosas. Y luego, para desviar la conversación hacia cauces menos difíciles, añadió:— En cuanto a lo que puedas pensar de mis creencias, no tengo temor; no necesitan ser discutidas y no pueden ser atacadas.

—Eres episcopaliana —sugirió él vacilante—. No deseo ser descortés, pero —tu iglesia tiene sus dogmas.

—No hay un dogma de mi iglesia en el que haya pensado jamás un momento: ni de ninguna otra iglesia —respondió ella al instante y con claridad.

En aquellas sencillas palabras había enunciado sin saberlo una verdad histórica de largo alcance: que la religión, no la teología, forma la vida espiritual de las mujeres. En toda la historia de las opiniones del mundo, ningún dogma de peso ha tenido jamás origen en una mujer; en lo cual, como en muchas otras cosas, muestra puntos de superioridad en su intelecto. Es el hombre quien intenta aprehender a Dios mediante su lógica y su psicología; la mujer lo comprende mejor mediante las emociones y las obras. Son los hombres quienes se preocupan por los codos, la madera de cedro, el Urim y el Tumim del Tabernáculo; la mujer entra derechamente en el Santo de los Santos. Los hombres construyeron la Cruz; las mujeres lloraron por el Crucificado. Fue un hombre —un judío que defendía su fe en su propia revelación sobrenatural— quien intentó meter una esponja de vinagre en la boca de Cristo moribundo; fueron mujeres quienes se reunieron en el sepulcro de la Resurrección. Si Cristo hubiera podido tener algunas mujeres entre sus Apóstoles, podría haber más de Su religión en el mundo y menos credos adheridos como percebes al Navío de las Almas del Mundo.

—¿Cómo puedes permanecer en tu iglesia sin creer ni dejar de creer sus dogmas? —preguntó David, sin rodeos.

—Mi iglesia es el altar de Cristo y la casa de Dios —respondió Gabriella, sencillamente—. Y también lo es cualquier otra iglesia.

Era toda la lógica que tenía y toda la fe que necesitaba; más allá de ese límite ni siquiera pensaba.

—¿Y crees en TODAS ellas? —preguntó él con admirativa maravilla.

—Creo en todas ellas.

—En otro tiempo yo también —observó David, reverentemente y con nueva reverencia hacia ella.

—Lo que lamento es que hayas arrojado tu religión por causa de tus dificultades con la teología. Nada más terrible podría haber recaído sobre ti que eso.

—Fueron las iglesias las que crearon las dificultades —dijo David—, no yo. Pero hay más que teología en ello. No sabes lo que pienso sobre las religiones —las revelaciones— las inspiraciones— el lugar del hombre en la naturaleza.

—¿Qué PIENSAS? —preguntó ella con avidez—. Supongo que ahora oiré algo acerca de esos grandes libros.

Se acomodó en su silla como quien se prepara a escuchar tranquilamente.

—¿Te digo cómo discurre todo el argumento tal como lo he ordenado? Tendré que comenzar desde muy lejos y descender al asunto por grados.

Se mostró disculpándose.

—Dímelo todo; he estado esperando mucho tiempo.

David reflexionó unos momentos y luego comenzó:— El primero de mis libros, tal como los he ordenado, considera lo que llamamos el universo físico en su conjunto —nuestros cielos— las estrellas— y discute lo poco que el hombre sabe acerca de él. Solía pensar que la tierra era el centro de este universo, el mundo más importante en él, por causa del Hombre. Eso es lo que pensaban los antiguos hebreos. En esta habitación flotan millones de partículas de polvo demasiado pequeñas para que las veamos. Decir que el universo está hecho por causa de la tierra sería algo así como decir que la tierra fue creada por causa de una de estas partículas de su propio polvo.

Hizo una pausa para ver cómo recibía ella esto.

—Ese debe de ser un gran libro —dijo ella aprobadoramente—. Me gustaría estudiarlo.

—El segundo toma aquella pequeña parte del universo que llamamos nuestro sistema solar y resume lo poco que hemos aprendido respecto a él. Solía pensar que la tierra era la parte más importante del sistema solar, por causa del Hombre. Así lo creyeron los primeros filósofos naturales. Eso es como creer que el continente americano fue creado por causa, digamos, de la granja de mi padre.

Aguardó su comentario.

—Ese debe de ser un gran libro —dijo ella sencillamente—. Algún día déjame ver ESE.

—El tercero aparta para su estudio un pequeño planeta de ese sistema —nuestra tierra— y repasa nuestro más reciente conocimiento de ella: en cuanto a cómo ha sido evolucionada hasta su presente etapa de existencia a través de otras etapas que requieren desconocidos millones y millones y millones de años. En otro tiempo pensé que fue creada en seis días. Así está escrito. ¿Lo crees tú?

Hubo silencio.

—¿Cuál es el siguiente libro? —preguntó ella.

—El cuarto —dijo David, con un destello en los ojos ante su negativa a responder a su pregunta— toma la historia de la superficie de la tierra —su corteza— las capas de esta— como se estudiaría la piel de una manzana tan grande como el globo. En el curso de un tiempo casi infinito, según medimos las cosas, descubre la aparición de la Vida sobre esta corteza, y luego intenta seguir el progreso de la Vida desde las formas más bajas hacia arriba, siempre hacia arriba, hasta el Hombre: otro tiempo infinitamente vasto, según nuestros patrones.

Miró en busca de algún comentario, pero ella no hizo ninguno, y él continuó, ahondándose su interés, encendiéndose su rostro:— El quinto toma el tema del Hombre, como una sola de las miríadas de formas de Vida que han crecido sobre la corteza terrestre, y da lo mejor de lo que sabemos de él visto como una especie animal. ¿Te cansa esto?

Gabriella hizo el único gesto de desagrado que él le hubiera visto jamás.

—Ahora —dijo David, enderezándose— me acerco a la raíz del asunto. Un sexto libro toma lo que llamamos la civilización de esta especie animal, el Hombre. Subdivide su civilización en diferentes civilizaciones. Analiza estas civilizaciones, donde es posible, en sus artes, gobiernos, literaturas, religiones y otros elementos. Y el séptimo —reanudó tras una grave pausa, escrutando su rostro con suma avidez—, el séptimo toma solo una parte de sus civilizaciones —las religiones del globo— y da cuenta de ellas. Describe cómo han crecido y florecido, cómo algunas han pasado tan absolutamente como las civilizaciones que las produjeron.

Enseña que esas religiones eran una parte tan natural de aquellas civilizaciones como sus leyes civiles, sus juegos, sus guerras, su filosofía; que los libros religiosos de estas razas, que ellas mismas a menudo tuvieron por revelaciones inspiradas, no eran más inspirados ni más revelaciones que sus libros seculares; que la fe de Buda o la de Brahma no venían más directamente de Dios que los templos budistas o brahmánicos venían de Dios; que el Corán no está más inspirado que lo está la arquitectura morisca; que la antigua religión de la raza judía se halla en el mismo pie que las demás grandes religiones del globo —en cuanto a ser sobrenatural—; que la segunda religión de los hebreos, nacida de ellos pero rechazada por ellos, la religión cristiana, la mayor de todas para nosotros, ocupa su lugar junto a las otras como una expresión perfectamente natural del mismo deseo y esfuerzo humanos de encontrar a Dios y de adorarlo a través de todo lo mejor que conocemos en nosotros mismos y del universo fuera de nosotros.

—Ah —dijo Gabriella, inclinándose de pronto en su silla—, ese es el libro que ha hecho todo el daño.

—¡Un momento! Todos estos libros —continuó David, pues estaba ya exaltado y no se detuvo a considerar su apasionada protesta— tienen esto en común: que intentan descubrir y trazar la Ley. El universo —es la expresión de la Ley. Nuestro sistema solar —ha sido formado por la Ley. El sol —la fuerza motriz de la Ley lo ha hecho. Nuestra tierra —la Ley la ha modelado; ha sacado de ella la Vida; ha evolucionado la Vida sobre ella desde lo más bajo a lo más alto; ha elevado al Hombre primigenio al Hombre moderno; de la barbarie ha desarrollado la civilización; de las religiones prehistóricas, las religiones históricas. Y este único orden —método— propósito— que corre y se despliega sin cesar a través del universo, es todo lo que sabemos de Aquel a quien llamamos Creador, Dios, nuestro Padre. De modo que su reinado es el Reinado de la Ley. Él mismo es el autor de la Ley de que lo busquemos. Obedecemos, y nuestras búsquedas son nuestras religiones.

—Si me preguntáis si creo en el Dios de los hebreos, digo «Sí»; del mismo modo que creo en el Dios de los babilonios, de los egipcios, de los griegos, de los romanos, de todos los hombres. Pero si preguntáis si creo lo que los hebreos escribieron de Dios, o lo que cualquier otra edad o pueblo pensó de Dios, digo «No». Creo lo que el mejor pensamiento de mi propia edad piensa de Él a la luz de todo el pasado del hombre y de nuestro mayor conocimiento presente de las Leyes de su universo —dijo David, con firmeza, hablando por sus maestros.

—En cuanto a las teologías —reanudó apresuradamente, como si no quisiera ser interrumpido—, no conozco libro que haya emprendido el contarlas.

También ellas forman parte de la naturaleza y la civilización del Hombre, de su búsqueda incesante. Pero no son más que lo que él piensa de Dios —nunca nada más. A menudo contienen el pensamiento más elevado de que es capaz en su tiempo y lugar; pero el terrible error y la crueldad de ellas es que regularmente se han presentado como la voz de Dios mismo, autoritativa, inviolable e inmutable. Una asamblea de hombres tiene perfecto derecho a expulsar a un hombre de su iglesia por motivos teológicos; pero no tiene derecho a hacerlo en nombre de Dios. Con igual propiedad podría expulsarse a un hombre de un partido político en nombre de Dios. ¡En la larga vida de cualquiera de las grandes religiones del globo, cuántas breves teologías han crecido bajo ella como plantas anuales bajo un árbol! ¡Cuántas ha brotado, nutrido y pisoteado como malas hierbas muertas la propia religión cristiana! ¿Qué pensamos ahora de la teología cristiana del siglo décimo? ¿del duodécimo? ¿del decimoquinto? Solo en el siglo diecinueve, ¿cuántos sistemas de teología ha habido? En el protestantismo de los Estados Unidos, ¿cuántos hay hoy? ¡Pensad en los nombres que llevan —más antiguos y más nuevos! Según fundadores, y lugares, y fuentes, y contenidos, y métodos: arminiana —agustiniana— calvinista— luterana— galicana— ginebrina— de Mercersburg— de Nueva Inglaterra— de Oxford— nacional— revelada— católica— evangélica— fundamental— histórica— homilética— moral— mística— pastoral— práctica— dogmática— exegética— polémica— racional— sistemática. Eso suena un poco a Polonio —dijo David, deteniéndose de pronto—, ¡pero no tiene nada de humor! Una gran lección en la historia de todas ellas no debe descuidarse: que a través de ellas corre también la gran Ley de la Evolución, de los pensamientos cada vez más amplios de los hombres; de modo que ahora, al menos en los países civilizados, las iglesias ya no persiguen hasta la muerte. Sabéis lo que el sacerdocio egipcio habría hecho conmigo en mi juicio. Lo que la jerarquía medieval habría hecho. Lo que la teología protestante o católica de hace dos siglos podría haber hecho. Ahora la humanidad va desarrollando mejores ideas de estos pequeños arreglos de la psicología humana sobre el tema de Dios, aunque las iglesias todavía intentan imponerlos en su nombre. Pero llegará el tiempo en que las iglesias serán abandonadas por todos los hombres pensantes, a menos que cesen de intentar sostener, como enseñanzas de Dios, meros credos de sus fundadores eclesiásticos.

Muy pocos hombres rechazan toda creencia en Dios; y no es derecho de nadie inquirir en qué consiste la creencia de ningún hombre; los hombres sí rechazan, y tienen derecho a rechazar, lo que algún hombre escribe como verdad eterna del asunto.

—Y ahora —dijo, volviéndose hacia ella con tristeza—, eso es lo mejor o lo peor de lo que creo —según que a uno le guste o no le guste. Veo todas las cosas como un crecimiento, un desenvolvimiento sublime por las Leyes de Dios. La raza asciende siempre hacia Él. Las cosas viejas que fueron su mejor otrora mueren para ella por no ser ya buenas. Su caridad crece, su justicia crece. Todos los elementos más nobles y finos de su espíritu brotan cada vez más —un avance continuo por los caminos de la Ley. Y cuanto mejor es el mundo, mayor su conocimiento, más fácil su fe en Aquel que lo hizo y que lo conduce. ¡El desarrollo del Hombre es en sí mismo la gran Revelación de Él! Pero he estudiado estas cosas ignorantemente, solo por poco tiempo. Estoy en el comienzo de mi vida, y espero crecer. Aun así me mantengo donde me he colocado. Y ahora, ¿sois como los demás: me abandonáis?

La enfrentó con la manera en que se había sentado ante sus profesores, concibiéndose como en juicio por segunda vez. Había en él la madera de los mártires y estaba dispuesto a mantener su fe a costa de todas las cosas.

El silencio en la habitación duró. Su sentimiento por él era mucho más profundo que todo esto —tan centrado, no en lo que su fe era para ella sino en lo que ÉL era para ella, que no se confió a hablar. Él no estaba en juicio en estas materias en lo más mínimo: sin saberlo él, había estado en juicio de muchas otras maneras durante mucho tiempo.

Él malinterpretó su silencio, leyó mal su expresión, que obedecía con cierta severidad a la necesidad que ella sentía de ocultar lo que no tenía derecho a mostrar.

—¡Ah, bien! ¡Ah, bien! —exclamó lastimeramente, levantándose despacio.

Cuando vio su rostro un momento después al otro lado de la habitación, al volverse él, era el rostro que había visto por primera vez en la calle oscura. La había detenido en su canto entonces; le arrancaba una respuesta inmediata ahora. Ella cruzó hacia él y tomó una de sus manos entre las suyas. Sus mejillas estaban encendidas, su voz temblaba.

—No soy vuestro juez —dijo—, y en todo esto hay solo una cosa demasiado triste, demasiado terrible, para que yo la acepte. Lamento que os hayan inducido a error haciéndoos creer que la religión cristiana no es más que una de las religiones del mundo, y Cristo meramente uno de sus maestros religiosos. Desearía con todas mis fuerzas que creyerais como creíais antes, que la Biblia es una Revelación directa de Dios, que nos da a conocer, por encima de toda duda, la Resurrección de los muertos, la Inmortalidad del Alma, en un mundo mejor que este, y la presencia entre nosotros de un Padre que conoce nuestras necesidades, se compadece de nuestra debilidad y responde a nuestras oraciones. Pero creo que un día recuperaréis vuestra fe: volveréis a la Iglesia.

Él negó con la cabeza.

—No os engañéis —dijo.

—Hombres, grandes hombres, han dicho eso antes y han vuelto. Soy mujer, y estas cuestiones nunca nos turban; pero ¿no es un caso común que los hombres que piensan profundamente en tales misterios pasen por su período de duda?

—¡Pero suponed que yo no pase nunca por el mío! No habéis respondido a mi pregunta —dijo él con determinación—. ¿No hace esto ninguna diferencia en vuestro sentimiento por mí? ¿No haría ninguna?

—¿Me traeréis ese libro sobre las religiones del mundo?

—Ah —dijo él—, no habéis respondido.

—Os he dicho que no soy vuestro juez.

—Ah, pero eso no dice nada: una mujer nunca es juez. O está con uno o está contra él.

—¿A cuál de las dos parezco? —se rio ella evasivamente—. ¿A la Misericordia o a la Venganza? ¿Y habéis olvidado que es tarde —demasiado tarde para hacer preguntas?

Él se quedó de pie, comprendiéndola con duda, con un gozo inconmensurable, y luego salió a buscar su abrigo.

—Traed vuestras cosas aquí —dijo ella—, hace frío en el vestíbulo. ¡Y abrigaos bien! ¡Eso es más importante que todo lo ginebrino y lo homilético!

Le dio las buenas noches, subyugado por una felicidad que parecía borrar el pasado turbulento, para ser el comienzo de una nueva vida. La nueva felicidad trajo nueva torpeza: —Esta no era mi noche habitual —dijo él, amenazador—. He venido esta noche en lugar de la noche de mañana.

Gabriella podía responder a una observación así con bastante rapidez.

—Ciertamente: es duro esperar incluso un ligero placer, y lo mejor es acabar con el sufrimiento.

Él pareció como si le hubieran echado encima agua fría y agua caliente al mismo tiempo: recibía sacudidas de distintas clases y dudaba del resultado. Negó con la cabeza, interrogativamente.

—Puede que me las arregle muy bien con la ciencia, pero no estoy tan seguro con las mujeres.

—¿No son las mujeres ciencia?

—Son una rama de la teología —dijo él—; son aquello en lo que un hombre piensa cuando empieza a sondear su Destino.

David durmió aquella noche apaciblemente, como un hombre que ha llegado al término de una larga incertidumbre. Cuando abrió de par en par sus postigos, ya tarde, descubrió que la tormenta había terminado su obra y se había ido, y que el tiempo se había asentado en un frío que escocía. Los cielos eran jacintinos, la tierra blanca de nieve; y el sol, lámpara diurna de aquel vasto techo de azul, hacía la tierra radiante como para la mañana nupcial del Invierno. Así corrían SUS pensamientos.

—¡Gabriella! ¡Gabriella! —exclamó, al contemplar la hermosura, la pureza, la amplitud, la claridad—. Sois vos —excepto el frío, la crueldad.

Todo el día entonces aquellos tres: el cielo jacintino, la lámpara centelleante, la tierra blanca, sin que un solo cristal se deshelara.

Siendo sábado, había doble trabajo para él. Partió la leña para aquel día y para el domingo también, la apiló y la guardó; cortó doble cantidad de avena; echó el doble de la cantidad habitual de forraje. Los montones estaban sepultados. Tuvo que dar duros puntapiés antes de alcanzar los ricos y fragantes tallos pardos. Después hizo caminos por la nieve alrededor de la casa para su madre; hasta la lechería, hasta el gallinero. En la monotonía de madera de su vida, una interrupción en estas visitas acostumbradas habría sido para ella una gran pérdida. Como la nieve pasaba de los tobillos de la cocinera, tomó un cesto y desenterró las verduras de los hoyos del jardín.

Por la tarde había ido al estanque del bosque a hacer un abrevadero para el ganado. Cuando regresaba con el hacha al hombro, pues el agua se le había helado al instante sobre ella, vio alejarse a caballo por el corral de los establos a uno de sus vecinos, el que le causaba tantos disgustos con la compra de la granja. Se detuvo, encendido de cólera, y lo observó.

En aquellos años se producía entre los kentuckianos un movimiento hacia el oeste, un éxodo triste. Muchas familias, arruinadas o quebradas por la guerra y la pérdida de sus esclavos, mientras otras intercaladas entre ellas se habían enriquecido con los contratos del Gobierno, eran ahora compradas, forzadas a marcharse por las deudas o la hipoteca, y buscaban nuevos hogares donde hubiera tierras más baratas y escapar al sufrimiento de vivir, arruinadas, entre viejos conocidos prósperos. Era una profunda perturbación histórica de la población, destinada más tarde a afectar profundamente a muchas commonwealths más jóvenes. Tal era la situación que ahora gravitaba pesadamente sobre el padre de David, en tres lados de cuya fragmentaria propiedad se extendían vecinos ricos, uno de los cuales la deseaba especialmente.

El joven se echó de nuevo el hacha al hombro y tomó en línea recta hacia la casa.

—No volverá a aprovecharse de la debilidad de mi padre —dijo—, ni usará para sus fines lo que yo he hecho para reducirlo a esta necesidad.

Estaba seguro de que esta presión sobre su padre se hallaba en parte detrás del sentimiento de sus padres hacia él. Su expulsión de la universidad y su creencia de que era un fracaso; el hecho de que durante tres años se hubieran descuidado las reparaciones y se hubiera dejado esperar las mejoras, a fin de reunir para él todos los ingresos posibles; incluso esto les causaba menos angustia aguda que el temor de que, en consecuencia, se vieran ahora obligados, tan tarde en la vida, a emprender aquella lúgubre peregrinación a regiones extrañas. David se entristecía al pensar que siempre junto a su padre estaba su madre, irritándolo al dejar caer todo el día en su oído las palabras medio ociosas, medio intencionadas, que son el agua que desgasta la roca.

El joven caminó en línea recta hacia la casa, decidido a averiguar el motivo de aquella última visita y a tener por fin la tan esperada conversación con su padre. Llegó a la puerta del patio, luego se detuvo y giró bruscamente hacia el granero.

—Hoy no —dijo, pensando en Gabriella y en su próxima visita a ella, que ahora estaba a solo unas horas de distancia—. ¡Mañana! ¡Pasado mañana! ¡En cualquier momento después de esto! ¡Pero hoy no hay disputas! —y su rostro se suavizó.

Ante la puerta del granero, donde la nieve había sido pisoteada por el ganado y yacían esparcidas semillas de grano, espantó una bandada de pajarillos, casi todos extraños entre sí. Unos de los árboles del patio; otros de los matorrales, cercas y campos más lejanos. Al abrir las puertas del granero, algunos más, aún más tímidos, se lanzaron rápidamente a esconderse. Oyó el rápido y pesado batir de alas en las vigas del pajar de avena sobre su cabeza, y un halcón salió en picada por la puerta trasera y se alejó planeando bajo.

El granero se había convertido en un campo de batalla del hambre y de la vida. Era el segundo día de hambruna: todas las semillas estaban enterradas primero bajo el hielo y ahora bajo la nieve; el hambre veloz enviaba a los más pequeños a este granero, y a los mayores tras ellos para depredarlos. Esa noche habría búhos y en la oscuridad tragedias. Por la mañana, tal vez, encontraría una pluma que hubiera flotado desde un pecho. Cien años atrás, reflexionó, los lobos se habrían reunido también aquí, y el puma y el gato montés para presas mayores.

Era el atardecer cuando salió del establo, terminada su tarea. Junto a la puerta del patio se alzaba una acacia, y en una rama de esta, a media altura, pues nunca sube a las copas de los árboles en esta estación, David vio un cardenal. Estaba posado con el pecho vuelto hacia el claro cielo carmesí; cada ramita a su alrededor era filigrana de plata; todo el árbol centelleaba con un millón de gemas de rosa y blanco, oro y verde; y dondequiera que había una horquilla, allí colgaba la nieve. El penacho del ave estaba erizado. Había salido a contemplar aquel extraño desastre de la naturaleza y el peligro para su especie.

David apenas se había detenido ante él cuando, con un rápido y tímido movimiento, se lanzó hacia una de sus arruinadas fortalezas invernales: un cedro desmembrado y aplastado, que nunca volvería a alzarse.

La cena de aquella noche fue muy silenciosa. David sintió que los ojos de su padre se posaban a menudo en él con reproche, y que los de su madre se posaban aprobadoramente en su padre. Una y otra vez durante la comida el impulso por poco lo venció de hablar a su padre allí mismo; pero sabía que sería una escena cruel y airada; y cada vez el rostro de Gabriella lo contenía. Era por la paz; y su corazón cerraba todo discordia en torno a aquella nueva y más tierna figura de ella que había surgido dentro de él aquel día.

Pronto incluso el problema de casa quedó olvidado; iba camino a través de la nieve profunda hacia ella.

Gabriella había traído consigo a aquella vecindad de gentes bondadosas que no leían los recuerdos de la literatura. Estos se convirtieron en su biblioteca de la mente; y profunda alegría extraía de sus volúmenes invisibles.

Había transportado una excelente colección de los héroes y heroínas de la buena ficción (Gabriella, según el uso de su clase y su tiempo, nunca había leído sino obras clásicas). Estas, cuando llegaron los primeros años de la adversidad, habían sido su segundo refugio del mundo: la religión era el primero. Ahora eran el medio por el cual regresaba al mundo en imaginación. El no poder reunir tan duradera compañía de amigos deja toda mente más desamparada, especialmente la de una mujer, que tiene mayor necesidad de vivir de ideales, y no siempre puede encontrarlos en la vida real. Había además poemas breves y partes de poemas largos, que eran como textos de un alto y hermoso Evangelio de la Naturaleza. Uno de ellos trataba de la tormenta de nieve; y aquella misma mañana su memoria estuvo largamente ocupada, ajustando el poema dentro de su mente al paisaje que rodeaba la casa de campo, mientras pasaba gozosa de ventana en ventana, mirando a lo lejos y a lo cerca.

Allí estaba todo como lo había descrito el gran poeta de Nueva Inglaterra: aquella masonería sacada de una cantera invisible, aquella juguetona arquitectura de la nieve, obra nocturna del Viento del Norte, fiero artífice. En pocas horas había imitado con salvaje y silvestre fantasía las estructuras que el arte humano apenas puede erigir, piedra a piedra, en una era: blancos bastiones curvados con techos proyectados en torno a cada estaca, árbol o puerta del lado del viento; el portal coronado de torrecillas afiladas; gallineros y perreras colgados burlonamente con guirnaldas de Paros; una forma de cisne que revestía el espino oculto.

Desde una ventana alta, bajo el cielo azul, a lo lejos, podía ver lo que el poeta nunca había contemplado: un campo de gavillas de cáñamo que parecía un campamento invernal, deslumbrantemente blanco. La escena le trajo a la mente unos versos escritos por un escritor menor de Kentucky sobre su propia tierra y su gente.

Ah, dulces son los días cuando el Año es joven y los campos ondulantes con cáñamo ondulado están verdes y desde los viejos huertos el tordo silba por la mañana.

No hay tierra, no hay tierra como esta aún sin cantar donde el hombre y la doncella al crepúsculo se encuentran sin ser vistos y nace el Amor.

Oh, poderosos días de verano y dios de cabelleras llameantes cuando en los campos se dobla la caña de cabeza llena, ¡y florece lo que fue sembrado!

No hay tierra, no hay tierra como esta para la ternura cuando el hombre y la doncella como uno solo juntos caminan y el Amor ha crecido.

Oh, tenues, tenues días de otoño de lluvia sollozante cuando sobre los campos se extiende el cáñamo maduro y los bosques están pardos.

No hay tierra, no hay tierra como esta para el dolor mortal cuando el Amor está de pie llorando junto al dulce, dulce lecho por el Amor abatido.

Ah, oscuros, insondablemente oscuros, blancos días de invierno cuando cae el sol desde lo profundo de cristal sobre granjas amortiguadas.

No hay tierra, no hay tierra como esta para los tristes caminos de Dios cuando cerca de los campos de tiendas el Soldado del Amor yace dormido con los brazos vacíos.

Los versos eran demasiado dolorosos para aquel día, con su nueva felicidad medio despierta. Si Gabriella hubiera sido alguna mujer de Nueva Inglaterra de mente fuerte e intransigente, podría haber terminado la noche anterior su relación con David, tomando su lugar triunfalmente junto a un Juez Acusador.

O podría haberle despertado con mayor fiereza una conciencia acerba, y haber comenzado a batallar con él a través de las evidencias del cristianismo, para poder salvar su alma. Pero esta era una muchacha sureña de naturaleza fuerte, cálida y profunda, que sentía la vida de David en su sencilla totalidad, y no pensaba rechazar el conjunto por causa de alguna peculiaridad en una de sus partes; el rebaño blanco era más para ella que un miembro oscuro.

Inexpresablemente querida y sagrada como era su propia iglesia, su propia fe, nunca se le había enseñado a estimar a un hombre principalmente con referencia a la de él. Cuál era su familia, cómo se hallaba en su profesión, su carácter honorable, sus modales, su hombría: esto era lo que a Gabriella siempre se le había enseñado a buscar primero en un hombre.

En muchas otras cosas además de su fe y su duda, David era un nuevo tipo de hombre para ella. Era el más religioso, el único religioso que jamás había conocido: un nuevo crecimiento espiritual que surgía de su pueblo como un joven roble del suelo. Si hubiera estado familiarizada con la idea griega, podría haberlo llamado un autóctono de Kentucky. Era también la primera vez que encontraba en un kentuckiano el tipo de mente estudiosa: aquella aptitud y gusto por el saber que a veces se mueve tan discretamente y se eleva tan alto entre aquella gente, pero que por lo general pasa inadvertido a menos que se le descubra preeminente y dominante lejos de los confines del estado.

En cuanto a su escepticismo, lo seguía considerando como lo había pensado al principio: como un ejemplo de un alma sincera extraviada solo por un tiempo. Por extrañas que fueran sus opiniones (y mucho más extrañas parecían en aquellos años que ahora), no dudaba de que, cuando las nubes que se extendían por su clara visión desde las mentes de otros se hubieran disipado, volvería a contemplar el Sol de Justicia como ella. Gabriella razonaba por intuición que una buena vida conduce las más de las veces a una creencia en la Bondad Divina; que así como en los demás solo entendemos lo que somos en nosotros mismos, así son los elementos más elevados de la humanidad los que deben ser la base para creer en el Altísimo; y de la naturaleza elevada de David poseía toda la historia de su vida como evidencia.

Su último acto, pues, la noche anterior había sido, en camisón, de rodillas, elevar una plegaria para que él fuera salvado de las influencias de falsos maestros y guiado de vuelta al único Grande. Pero cuando una muchacha, con todos los sentimientos que le pertenecen a aquella hora, busca esta pura audiencia y envía hacia arriba el nombre de un hombre en sus inmaculadas oraciones, él es ya para ella una sagrada felicidad además de una preocupación.

Aquel día estaba radiante de tierna felicidad. La nieve de por sí era estimulante. Extendía a su alrededor una tierra encantada. Enterraba fuera de la vista, en el patio y en los corrales de los establos, todo lodo, todas las cosas feas. Este ennoblecimiento de los objetos eternos reaccionaba con efecto cómico sobre el interior de la propia casa; por fuera era un palacio de mármol, rodeado de estatuas; por dentro, ¡ay! Provocaba su humor, aquella alegría inocente que muchas veces había hecho más tolerable su entorno.

Cuando aquella tarde bajó temprano al salón para aguardar la llegada de David, aún la poseía esta alegría, esta risa de las generaciones de hombres y mujeres que componían su pasado. Hizo un nuevo examen del salón, formó un nuevo juicio de sus peculiares muebles. Las piedras del hogar —color de plomo. Los muebles de mohair —fríos a todas las temperaturas de la habitación y resbaladizos en cualquier postura del cuerpo. La mesita de mármol sobre la que descansaba una urna de cristal que contenía un arrendajo azul disecado, agarrado a una rama barnizada: cola y ojos estirados más allá del alcance de los músculos. Cerca de la puerta, una concha enorme que, en los días de verano, la cocinera soplaba como cuerno de llamada a la comida para los peones del campo.

Una colección de ambrotipos que, por más que se los sostuviera, siempre hacían que el retratado pareciera tener el sol en los ojos. La violencia de la alfombra de Bruselas. Pero los retratos de familia, baratos, en marcos delgados de madera —esos eran el deleite de Gabriella en un estado de ánimo como aquel.

La primera vez que vio estos retratos, se volvió y salió rápidamente del salón. Bastantes problemas tenía ya con los suyos sin cargar además con los problemas de todos aquellos rostros. Más tarde podría enfrentarlos con ecuanimidad —aquella compañía de los pálidos, los desesperadamente enfermos, los inexplicablemente incómodos. Todos parecían, no como si hubiera habido una muerte en la familia, sino una muerte en la colección: solo el mismo duelo podría haberlos unido así como deudos. Y fuera lo que fuese lo que les faltara, cada uno mostraba dos manos, el número completo, colocadas donde era seguro que se las contara.

Estaba en medio de esta reversión psicológica a la alegría ancestral cuando llegó David. Cada uno miró rápidamente al otro con un temor inconsciente. En el término de una noche y un día cada uno se había acercado más al otro; y cada uno se preguntaba en secreto si el otro advertía ahora esta cercanía. Gabriella vio al menos que también él estaba excitado por la felicidad.

Le pareció por primera vez hermoso. Estaba más guapo.

Cuando uno se aproxima a los confines del amor, se acerca a las fronteras de la belleza. La naturaleza pone en marcha cierta obra de decoración, de transformación. Si David hubiera sido por entonces un urogallo, probablemente habría desplegado una prodigiosa gola. Si hubiera sido un bulbul y hubiera seguido sintiendo lo que sentía, habría vertido en el oído de la noche tales rondós como jamás concibiera aquel disciplinado cantor. Si hubiera sido un violinista consumado, habría sido incapaz de tocar una sola nota por el salvaje deseo de blandir el arco. Largo tiempo había permanecido arraigado pasivamente en el suelo del ser como una planta centenaria cuando apenas se mantiene en existencia. Pero últimamente, presintiendo la proximidad de la Hora de la Gran Floración, había comenzado a alzarse rápidamente en un elevado tallo vital; tenía pulgadas del más lozano crecimiento en las últimas veinticuatro horas. Aquella noche ni siquiera era grave en su conversación; y por ello era tanto más torpe. Sus emociones eran ingobernables; mucho más su charla. Pero la que presencia esta torpeza y la comprende —¿acaso deja alguna vez de perdonarla?

—Anoche —dijo con un curioso centelleo, cuando la velada iba ya por la mitad— hubo un tema del que no le hablé a usted: el lugar del Hombre en la Naturaleza. ¿Ha pensado usted alguna vez en ello?

—¡He estado demasiado ocupada pensando en mi lugar en la escuela! —dijo Gabriella, riendo—; Gabriella, que en todo momento era sencillez y claridad.

—Verá usted: la Naturaleza no hace nada por el Hombre sino lo que le permite hacer por sí mismo. De este modo ha hecho de él un hombre; le ha dado sus recursos y luego lo ha arrojado sobre ellos. Más allá de eso no le importa nada, no hace nada, no provee, no dispone nada. Yo solía pensar, por ejemplo, que el verdor de la tierra estaba destinado a sus ojos —toda la hermosura de la primavera. Por el contrario, ella simplemente le dio un ojo que se ha adaptado para obtener placer del verdor. La belleza de la primavera habría sido la misma, año tras año, siglo tras siglo, aunque él nunca hubiera existido. Y el azul del cielo —yo solía pensar que estaba tendido en torno a la tierra por causa de él; y los colores de las nubes, los grandes ocasos. Pero el azul del cielo no es sino el polvo del planeta flotando en torno suyo a gran profundidad, demasiado leve para hundirse a través de la atmósfera, pero reflejando los rayos del sol.

Estos rayos caen sobre las nubes y las colorean. Todo habría sido así aunque el Hombre nunca hubiera nacido. Los manantiales de agua potable de la tierra, las lluvias refrescantes, el arcoíris sobre la nube —habrían sido lo mismo aunque ningún ser humano hubiera estado jamás sobre este planeta para reclamarlos durante siglos como las señales de la providencia y de la alianza.

Gabriella tenía su propia fe en cuanto al arcoíris.

—Así, ninguno de los otros animales fue hecho para el Hombre —prosiguió David, que parecía tener algún propósito ulterior en todo esto—. Yo solía pensar que la estructura y la naturaleza del asno le fueron dadas para que pudiera adaptarse a llevar las cargas del Hombre; le fueron dadas para que llevara las suyas propias. Los caballos no fueron hechos para la caballería. Y un camello —nunca dudé de que fuera un artificio maravilloso para permitir al hombre cruzar el desierto; es un artificio maravilloso para que el artificio mismo cruce el desierto.

—Espero no tener que usar nunca uno —dijo Gabriella— cuando vuelva a montar. Prefiero caballos y carruajes, aunque supongo que usted diría que solo el carruaje fue diseñado para mí y que yo no tenía derecho a ser llevada de ese modo.

—Algún día un caballo podrá ser diseñado para usted, del mismo modo que lo es el carruaje. Ahora no usamos caballos en los ferrocarriles; al principio sí los usamos en Kentucky. Algún día quizá no use usted caballos en su carruaje. Puede que tenga un caballo que fue diseñado para usted.

—Creo —dijo Gabriella— que preferiría un caballo que hubiera sido diseñado para sí mismo.


—Y así —reanudó David, avanzando resueltamente hacia su clímax oculto—, si yo fuera poeta, jamás escribiría poemas sobre flores y nubes y lagos y montañas y rayos de luna y todo eso; esas cosas no son para un hombre. Si yo fuera novelista, jamás escribiría historias sobre un oso gris, o un perro, o un pájaro rojo. Si yo fuera escultor, no esculpiría un lince ni un león. Si yo fuera pintor, jamás pintaría ovejas. En todo este universo hay solo una cosa que la Naturaleza haya creado jamás para un hombre. ¡Escribiría poemas sobre esa única cosa! ¡Escribiría novelas sobre ella!

¡La pintaría! ¡La esculpiría! ¡Compodría música para ella!

—Pero ¿qué es eso? —dijo Gabriella, extraviada tristemente.

—¡Una mujer! —dijo David solemnemente, poniéndose rojo.

Gabriella huyó a las más recónditas cavernas del silencio.

—Y solo hubo una cosa jamás hecha para la mujer.

—Lo comprendo perfectamente.

David se sintió desairado. Apenas sabía por qué. Pero tras uno o dos momentos de silencio continuó, avanzando aún con pasos ásperos hacia su meta: —A veces —dijo con melancolía—, ¡le es más difícil a un hombre conseguir la única cosa en el mundo que jamás fue hecha para él que cualquier otra cosa! Esta dificultad, sin embargo, atañe exclusivamente a la especie humana.

Gabriella se llevó el pañuelo rápidamente a los labios y lo mantuvo allí.

—Pero entonces, muchas cosas curiosas son ciertas de nuestra especie —continuó, con los ojos fijos en el fuego y al modo de un soliloquio—, que jamás ocurren en ninguna otra. Un hombre, por ejemplo, es el único animal que se acomodará confortablemente para el resto de sus días a vivir de los esfuerzos de la hembra.

—Demuestra cuánto le gusta a una mujer que dependan de ella —dijo Gabriella, con su profunda feminidad.

—Gatos caseros —dijo David—, que se enorgullecen de los ratones gordos con que sus esposas los alimentan. Podrá demostrar lo que usted dice en la naturaleza de la mujer. Pero ¿qué demuestra en la naturaleza del hombre?

—Eso depende.

—No creo que dependa —repuso David—. Creo que es o uno de los resultados del cristianismo o una supervivencia de la barbarie. Como uno de los resultados del cristianismo, demuestra lo que las mujeres soportarán cuando se abusa de ellas. Como reliquia de la barbarie —cuando ocurre en nuestro país—, ¿por qué no considerarlo derivado de los indios norteamericanos? Los caciques holgazaneaban alrededor de la casa y fumaban el mejor tabaco y enviaban a las squaws a trabajar para ellos. De vez en cuando rompían el silencio declarando brevemente que se consideraban inmortales.

Gabriella intentó llevar la conversación hacia otros cauces, pero David no se dejaba desviar.

—Ha sido un gran hecho en la historia de su sexo —dijo, mirándola de soslayo, con un movimiento de cabeza, como si ella no apreciara el tema—, esa idea de que todo en el universo fue hecho para el Hombre.

—¿Por qué? —inquirió Gabriella, resignándose a lo peligroso y lo irresistible.

—Bueno, en tiempos antiguos llevó a los hombres a pensar que, puesto que todo lo demás les pertenecía, también la mujer les pertenecía: por lo tanto, cuando la querían, no la pedían; la tomaban.

—Está mucho mejor arreglado en la actualidad, sea cual fuere la razón.

—Ahora un hombre no siempre puede conseguir una, incluso cuando la pide —y David se puso rojo de nuevo y anudó las manos.

—Me alegro tanto de que la escuela no sufriera daños por la tormenta —observó Gabriella, reflexionando.

David cayó en un ensueño, pero pronto despertó.

—Hay más hombres que mujeres en el mundo. En promedio, eso es solo una fracción de mujer por cada hombre. Aun así los hombres no pueden cuidarlas. Pero debería ser un verdadero placer para todo hombre cuidar de una mujer entera.

—¿Se fijó alguna vez en las manos de ese retrato?

David miró el retrato sin verlo y siguió su camino.

—Puesto que un hombre sabe que nada más fue creado para él, siente su soledad sin ella mucho más profundamente. Deberían ser muy buenos y leales el uno con el otro —un hombre y una mujer—, puesto que ellos dos están solos en el universo.

Se tragó las palabras y se puso de pie, temblando.

—Debo irme —dijo, sin siquiera mirar a Gabriella, y salió al vestíbulo a buscar su abrigo.

—Tráelo aquí —llamó ella—. Hace frío ahí fuera. Observó cuán descuidado era al prepararse para su entumecedora caminata. Tenía una bufanda de lana que dejó flojamente atada al cuello.

—Átala más —ordenó ella—. Tuvo un resfriado anoche, y esta noche está peor. Métala bien alrededor del cuello.

David hizo el intento. No estaba pensando.

—¡Así! —Y Gabriella se lo mostró usando los dedos alrededor de su propio cuello y cuello de la blusa.

Lo intentó de nuevo y falló, de pie ante ella con una mezcla de turbación y obstinada determinación.

—¡Así no va a servir! —exclamó ella con genuina preocupación. Tomó la bufanda por los extremos y subió el nudo hasta su garganta, mientras él alzaba la cabeza para recibirla a medida que subía. Entonces David, con los ojos fijos en el techo, sintió que le levantaban el cuello del abrigo y que sus suaves y cálidos dedos le metían la bufanda alrededor del cuello. Cuando miró hacia abajo, ella estaba de pie junto a la chimenea.

—Buenas noches —dijo ella con firmeza, con un rápido gesto de despido al ver la mirada en sus ojos.

Cada uno de los millones de millones de hombres que componían el pasado de David, en aquel momento extendió una mano desde la distancia y lo empujó hacia adelante. Pero de todos ellos no había ninguno tan desamparado por la modestia —tan necesitado de ocultarse de todo ojo—, incluso del suyo propio—, las sagradas crónicas de aquel momento.

Estaba de pie junto a la mesa sobre la que ardían las velas. Se inclinó rápidamente y las apagó de un soplo y se acercó a ella a la luz tenue del fuego.

XIX Toda alta felicidad tiene en sí algún elemento de amor; todo amor contiene un deseo de paz. Un efecto inmediato de la nueva felicidad, del nuevo amor, es hacernos volver hacia el pasado con el deseo de enderezar sus dificultades, sanar sus brechas, perdonar sus agravios. Pensamos con mayor esperanza en las cosas angustiosas que aún pueden remediarse, con mayor pesar en otras que han pasado más allá de nuestro alcance y de nuestra voluntad.

Eran entre las diez y las once de la mañana del día siguiente —domingo—. El resfriado de David había empeorado. Había transferido el trabajo necesario al hombre negro y se había quedado tranquilamente en su habitación desde el silencioso desayuno. Dos o tres libros elegidos descuidadamente del baúl yacían sobre su mesa frente al fuego: el interés se había desvanecido de ellos aquel día. Con el rostro rojo e hinchado, estaba sentado junto a esta mesa con una mano cubriendo flojamente los libros olvidados, los ojos vueltos hacia la ventana, pero mirando distantes escenas interiores.

¡Mañana de domingo entre las diez y las once! la hora de ir a la iglesia de su vida de estudiante de la Biblia. En imaginación podía oír a través de estas anchas leguas de tierra invernal los débiles, débiles repiques de las campanas de la iglesia que en aquel momento tañían. Estaba de vuelta en el pueblo —arriba en la universidad— en su cuarto del dormitorio; y era en los días anteriores a los tiempos de su tribulación. Los estudiantes se preparaban para la iglesia, con rostros recién afeitados, botas bien lustradas, sus mejores trajes puestos, no siempre buenos.

Podía oír sus conversaciones en los cuartos vecinos al suyo, oír fragmentos de himnos, el abrir y cerrar de puertas a lo largo de los pasillos, y el correr de pies por las escaleras. De uno en uno, de dos en dos y en grupos mayores pasaban hacia abajo y afuera con sus himnarios, Testamentos, a veces libros en blanco para notas sobre el sermón. Varios asomaban rostros brillantes y cordiales por la puerta, al pasar, para ver si él y su compañero de cuarto habían partido.

La escena cambió. Estaba en la iglesia, que estaba abarrotada desde el púlpito hasta las paredes. Estaba sentado bajo la lámpara de araña en el coro, el número del primer himno acababa de susurrarse a lo largo, y comenzó a cantar, con cientos de otros, la música que entonces liberaba las alas de su amor y su fe como el aire libera las alas de un pájaro. El himno cesó; podía ver al pastor levantarse de detrás del púlpito, avanzar, y con un gesto reunir aquel mar de cabezas en oración. Podía seguir el sermón, sobre todo la exhortación; a su alrededor había tal quietud en la iglesia que sus propios latidos eran audibles. Luego la Cena y luego a casa al dormitorio de nuevo —con un dolor de felicidad llenándolo, el reposo y el desasosiego de la consagración.

Muchas otras escenas revivió en la memoria esta mañana —una vez vividas en realidad entre aquella hermandad de almas. Sus pensamientos más tiernos quizá moraban en las reuniones de oración de los jóvenes los domingos por la tarde en la universidad. Allí se acercaban más a la Fuerza Eterna que estaba detrás de su debilidad, y más cerca unos de otros a medida que estudiante tras estudiante elevaba una petición vacilante, tropezante, por una bendición común sobre su obra. El Inmortal parecía estar en aquella sala desnuda, llenando sus corazones con llama sagrada, dibujando a su alrededor el aislamiento de una banda devota. Eran uno en Uno. Luego había seguido el cambio en él que produjo el cambio en ellos: ninguna comunión, ninguna amistad, con un incrédulo; y quedó sin compañero.

Su corazón anhelaba y enfermaba este día por reconciliarse con todos ellos.

¿Cómo pensaban en él, hablaban de él, ahora? ¿Quién dormía en su cama? ¿Quién se sentaba un rato, después de que los estudios de la noche hubieran terminado, hablando con su compañero de cuarto? ¿Quién se arrodillaba al otro lado del cuarto en sus oraciones cuando se apagaban las luces? Y sus profesores —¡qué baluartes de conocimiento y rectitud y bondad eran!— todos con él al principio, todos contra él al final, como en deber obligado.

A un solo hombre entre aquellos cientos podía David mirar retrospectivamente como habiendo comenzado a interesarse por él hacia el final de sus días universitarios.

Durante aquellas vacaciones que había pasado leyendo y estudiando, a menudo se había refrescado llevando su libro al parque boscoso cerca de la ciudad, que en aquellos días era el terreno de uno de los colegios de la Universidad. Allí encontró de nuevo el verde país salvaje, un bosque como el de su antepasado pionero. Regularmente observaba aquí, en el trabajo al aire libre, al profesor de Ciencia Física, que también impulsaba sus investigaciones durante el ocio de aquellos meses de verano. Una autoridad del norte, de una universidad de Nueva Inglaterra, que había renunciado a su cátedra para venir a Kentucky, atraído por las halagüeñas perspectivas de la nueva institución. Un gran hombre de barba gris, rostro de águila, hombros cuadrados, pies grandes: reservado, absorto, pidiendo que lo dejaran en paz, uno de los maestros silenciosos. Pero David, desesperado por su propia soledad intelectual, y sabiendo que este hombre era un estudioso de la nueva ciencia, un día se había presentado y hecho averiguaciones sobre entrar en ciertas clases de su curso la sesión siguiente.

El profesor negó con la cabeza. Él mismo regresaría a Nueva Inglaterra el año siguiente; y se alejó bajo los grandes árboles, reanudando su trabajo.

A medida que las tribulaciones se espesaban en torno a David, su caso se discutió en los círculos de la Universidad; y un día fue detenido en la calle por este profesor frígido y saludado con un apretón de hombre y una mirada de fresca y hermosa afección. Su apostasía del dogmatismo lo había hecho amigo de aquel pensador solitario cuya adoración de Dios era la adoración de Él a través de las leyes de Su universo y no a través de los dogmas de los hombres.

Este profesor —y Gabriella: ellos solos, aunque por motivos distintos, se habían sentido atraídos hacia él por lo mismo que a todos los demás había repelido—. Era su nueva relación con ella, más que ninguna otra cosa, lo que llenaba aquel día a David con su profundo anhelo de paz con su pasado. Ella tenía tal paz en sí misma, tal caridad de sentimiento, tan simple y firme fe: derramaba la música de todo ello sobre las cuerdas del alma de él. Al influjo de su religión añadía ahora el influjo de su amor; lo llenaba, lo subyugaba, lo abrumaba. Y aquella mañana, también desde su propia dicha, recordó con el más punzante sufrimiento la desdicha de su padre. Su propia vida se desplegaba hacia la plenitud de afecto, conocimiento y fuerza; la de su padre se cerraba entre las debilidades y los males que se habían acumulado en torno suyo; y él, David, había contribuido con su parte a ellos. Reconciliarse con su padre aquel día: ese era su único pensamiento.

Eran cerca de las cuatro. La casa guardaba aquel silencio que reina en una tarde de domingo cuando los criados han dejado la cocina por la cabaña, cuando todo trabajo está hecho y el sentimiento del descanso dominical se apodera de nuestro ánimo. El sol de invierno sobre los campos parece lleno de reposo; reposan las bestias, incluso las que no son de carga. Las aves parecen conocer el día y señalarlo con más quedos trinos y más lento vuelo.

David se levantó resueltamente y bajó las escaleras. Al entrar en la habitación de su padre, su madre salía. Miró a su hijo con aprensión al cerrar la puerta. Su padre estaba sentado junto a una ventana, leyendo, como era su costumbre dominical, la Biblia. Había escrito una vez a David que los suyos siempre habían sido un pueblo religioso; era verdad. Un hombre grave, severo; el más severo y grave en domingo. Cuando no era posible ir a la iglesia, mayor era para él la razón de que la casa misma se hiciera eclesiástica en su solemnidad, por respeto al día y al deber del examen de sí mismo. Hombre de muchas faltas, pero firme en este punto.

David se sentó y esperó a que llegara al final de la página o del capítulo. Pero su padre seguía leyendo con un lento y perceptible movimiento de los labios.

—Padre.

La cabeza gris se volvió lentamente hacia él en silencioso resentimiento por la interrupción.

—He pensado que sería mejor bajar y hablar con usted.

Los ojos volvieron a buscar la página, los labios reanudaron sus movimientos.

—Siento interrumpirle.

El ojo seguía las palabras inspiradas, de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, de izquierda a derecha.

—Padre, las cosas no deben seguir así entre nosotros. Llevo ya dos meses en casa. He esperado, con la esperanza de que me diera la ocasión de hablar de todo ello. Usted ha rehusado, y entre tanto yo me he limitado a trabajar, como solía. Pero esto no debe aplazarse por más tiempo, por varias razones. Hay ahora otras cosas en mi vida de las que tengo que pensar y ocuparme.

El tono en que David pronunció estas últimas palabras era insólito y significativo.

Los ojos se detuvieron en un punto de la página. Los labios se apretaron con fuerza.

David se levantó y salió de la habitación en silencio. Después de cerrar la puerta tras de sí y de poner el pie en la escalera, se detuvo y, con renovada determinación, volvió a abrir la puerta. Su padre había cerrado la Biblia, la había dejado en el suelo junto a su silla y estaba de pie en medio de la habitación con los ojos fijos en la puerta por la que David había pasado. Hizo señas a su hijo para que se sentara y volvió a ocupar su silla. Sacó la navaja del bolsillo y recortó lentamente los hilachos de los puños de su camisa, soplándolos de sus muñecas. David vio que le temblaban violentamente las manos. La tragedia de aquel pobre ademán le traspasó el corazón y se arrojó con remordimiento en medio de todo.

—Padre, ¡sé que le he decepcionado! Lo sé tan bien como usted; pero no habría podido obrar de otro modo.

—¡QUE usted no cree en el cristianismo! ¡QUE usted no cree en la Biblia!

La voz contenida y furiosa resumía de nuevo la vieja opinión desdeñosa.

El joven sintió que había otro, además de él mismo, a quien aquello hería.

—Señor, ¡no debe hablarme con ese sentimiento! Trate de ver que soy tan sincero como usted. En cuanto a la bondad de mi mente, no la he recibido de mí mismo y no soy culpable de ella. No he hecho sino un uso serio y honesto de la mente que me fue dada. Pero no me he apoyado en ella sola. Hay grandes hombres, algunas de las mayores inteligencias del mundo, que han sido mis maestros y han determinado mi creencia.

—Toda su vida tuvo usted la palabra de Dios por maestro y creyó en ella. Ahora esos hombres le dicen que no crea en ella y usted les cree a ellos. Y luego se queja de que yo no tenga en más alta estima a usted.

—Padre —exclamó David—, hay un hombre cuyo nombre es muy querido para ambos. La sangre de ese hombre está en mí como está en usted. Señor, es su abuelo. ¿Recuerda lo que hizo con él la iglesia de su tiempo?

¿Olvida que, al otro lado de aquellos campos, está la iglesia que él mismo construyó para la libertad de opinión en materia religiosa? Crecí, no a la sombra de esa iglesia, pues no proyecta sombra alguna, sino a su luz. He visto a muchas iglesias adorar allí. He tenido ante mí, desde que puedo recordar, las palabras de mi bisabuelo: me parecían la voz de Dios por quien todos los hombres fueron creados, y el espíritu de Cristo por quien, según usted cree, los hombres han de salvarse.

El más joven se detuvo y esperó en vano que el mayor respondiera.

Pero su padre también esperaba, y David prosiguió: —No espero que usted se oponga a la iglesia en lo que ha hecho conmigo: eso TENÍA que hacerse. Si usted hubiera sido anciano de esa iglesia, le conozco, también habría votado por expulsarme. Lo que sí le pido es que me tenga por tan sincero en mi creencia como yo le tengo a usted en la suya. Le pido su tolerancia, su caridad. Todo lo demás entre nosotros será fácil, si puede ver que no he hecho sino lo que podía. La fe del mundo crece, cambia. Los hijos no pueden siempre estar de acuerdo con sus padres; de otro modo el mundo se detendría. Usted no cree muchas cosas que creía su propio abuelo, el hombre de cuya memoria está tan orgulloso. La fe que usted profesa no existía siquiera entre los hombres en su tiempo. Ya no puedo estar de acuerdo con usted: no le tengo en menos por creer de otro modo; ¡no me tenga a mí en menos!

El joven no podía entrar en argumentación alguna con el anciano. No habría perturbado, aunque pudiera, la fe de su padre: era demasiado tarde en la vida para eso. Tampoco podía defender sus propias opiniones sin atacar las de su padre: eso también habría sido crueldad en sí misma y se habría tenido por insultante. Aun así, David no podía dejar su causa sin testigos.

—Hay cosas en la antigua Biblia que ningún estudioso cree ya.

—El Todopoderoso declara que son verdaderas; usted dice que no: prefiero creer al Todopoderoso. Quizá Él sepa mejor que usted y que los estudiosos.

David cayó en un doloroso silencio.

—Hay otros asuntos de los que quisiera hablar con usted, padre —dijo, cambiando de tema—. Recuerdo una cosa que me dijo el día que volví a casa. Me preguntó por qué había regresado aquí: ¿sigue pensando lo mismo?

—Lo mismo. Esta es una casa cristiana. Esta es una comunidad cristiana. Usted está fuera de lugar bajo este techo y en este vecindario. La vida ya era bastante dura para su madre y para mí antes. Pero hicimos por usted lo que pudimos; usted se ha servido devolvérnoslo así. Será mejor que se marche.

Cada palabra parecía haber sido forjada en hierro, fundido un día en la fragua, pero ahora frío e inmutablemente modelado para su pesado propósito. El joven se retorció bajo la desesperanza de la situación: —Señor, ¿todo está de un solo lado? ¿No he hecho nada por usted en todos estos años? Hasta que fui casi un hombre, ¿no trabajé? Por mis años de trabajo, ¿recibí más que un mero sustento? ¿Conoció usted jamás un esclavo tan fiel? ¿Fue usted jamás un amo duro con este esclavo? ¿No me debe nada por todos aquellos años? —No quiero decir dinero—, ¡quiero decir bondad, justicia!

—¿Cuántos años, antes de que usted empezara a trabajar para nosotros, trabajamos su madre y yo para usted? ¿No nos debía usted nada por todo aquello?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Siempre se lo deberé! Pero ¿me lo echa en cara que la Naturaleza me trajera al mundo desvalido y me mantuviera desvalido tantos años después? Si mi nacimiento fue una falta, ¿de quién fue? ¿Es la dependencia de un niño respecto de su padre una deuda? ¡Padre! ¡Padre! ¡Sea justo! ¡Sea justo! para que sea más bondadoso conmigo.

—¡Bondadoso con USTED! ¡Justo con USTED!

Hasta entonces su padre había hablado con una quietud que era terrible por la pasión que rugía debajo.

Pero ahora se puso de un salto en pie, cruzó la habitación y, sacando de debajo de la manga del abrigo un puño de camisa deshilachado, se lo sacudió ante los ojos de su hijo: la pobreza. Fue a una de las puertas podridas y, abriéndola de un tirón sin girar el picaporte, la hizo traquetear sobre sus goznes flojos: la pobreza. Se volvió hacia la ventana y con un solo ademán retrató los cobertizos y el granero en ruinas, ahora ocultos bajo la nieve y hermosos en la luz del atardecer dominical: la pobreza. Se volvió y encaró a su hijo, majestuoso en su mezcla de dolor y cuidado.

—¡Bondadoso! ¡justo! ¡usted, que ha malbaratado sus ventajas, usted, que está echando a su madre de su casa...!

David se lanzó hacia él en una agonía de angustia y remordimiento.

—¡No es verdad, no es necesario! Padre, usted ha sido demasiado influido por los temores de mi madre. Esto es obra de Bailey. Es de esto de lo que he querido hablarle. Mañana veré a Bailey.

—Le prohíbo que le vea o que intervenga.

—Tengo que verle, lo quiera usted o no —y David, para evitar otras duras palabras que se avecinaban, se volvió rápidamente y salió de la habitación.

No bajó a cenar. Hacia la hora de acostarse, mientras estaba sentado ante su fuego, oyó un paso lento y desconocido que subía la escalera. No muchas veces al año tenía ocasión de reconocer aquel paso. Su madre entró, sosteniendo una pequeña cacerola de hierro, de cuya tapa se elevaba un vapor de dulce y especiado aroma.

—Esto le sentará bien a su resfriado —dijo, probando el guiso con una cuchara que traía en la otra mano, y dejándola sobre el hogar caliente. Luego se quedó mirando un poco temerosa a su hijo, que no se había movido. ¡Ah, esa es la manera de la mujer! Incita a los hombres a una dificultad y luego aparece inocentemente en el campo de batalla con vendas para los beligerantes. ¡Cuántas de las querellas de este mundo ha causado ella... y cuán pocas presenció jamás!

David estaba enfermo de cuerpo y alma, y se quedó en su silla sin responder.

Su madre se volvió de repente, sintiendo una corriente fría en la espalda, y observó el cristal roto de la ventana y la hoja de papel que aleteaba.

—Hay masilla y vidrio en el almacén: ¿por qué no pones ese cristal?

—Lo haré alguna vez —dijo David, distraído. Ella se acercó a su cama, ahuecó el cabezal y lo dejó todo dispuesto para él.

—Deberías tener sábanas y fundas limpias —observó con seguridad—; los negros no sirven para nada. Buenas noches —dijo, con la mano en la puerta, mirándolo tímidamente.

Él se levantó de un salto y se acercó a ella. —¡Oh, madre! ¡madre! ¡madre! —exclamó, y luego contuvo las inútiles palabras que acudían en tropel.

—¡Buenas noches! Y gracias por venir. ¡Buenas noches! Ten cuidado, yo llevaré la vela, la escalera está oscura. ¡Buenas noches!

—¡Oh, Gabriella! ¡Gabriella! —murmuró al volver a su mesa.

Hundió la cabeza entre los brazos un momento, luego, levantándose de golpe, se quitó la ropa, se bebió la mezcla y se metió en la cama.

XX En lo más profundo de la noche, en un país solitario, ¿qué sonido hiela la sangre como el grito rápido de un animal apresado y que están matando? El espanto, el dolor, la desesperación: quien haya oído esas notas ha escuchado la salvaje música fúnebre de la Naturaleza, vieja como los siglos.

En el aire quieto y helado, hacia las dos o las tres de la madrugada siguiente, tal grito resonó dentro del establo. Hubo cortas acometidas de un lado a otro, vueltas y más vueltas; luego saltos violentos contra la puerta, las pilas y los costados del establo; luego embestidas ciegas, forcejeos, jadeos; luego un largo gemido aterrado y debilitado, que lo decía todo más allá de la claridad de las palabras.

Arriba, en su cuarto, completamente a oscuras, pues los carbones de la rejilla ya no tenían chispa, David yacía boca arriba, durmiendo pesadamente y bañado en sudor. Acalorado, se había apartado de la garganta las mantas de la cama; había ahuecado la almohada lejos de su rostro. Tan profundo era el silencio de la casa y del aire nocturno de fuera, que casi los primeros sonidos habían llegado a su oído y se habían hundido en su cerebro: se agitó ligeramente. A medida que el tumulto crecía, movía la cabeza de un lado a otro con inquietud y murmuraba una pregunta en sus sueños rotos.

Y ahora el establo era un alboroto; y el perro, encadenado en su perrera detrás de la casa, aullaba, rugía por soltarse. ¿No despertaría nunca? ¿La tragedia que él mismo había planeado y montado sin saberlo se representaría hasta el final sin que él oyera una palabra? (Así sucede tantas veces en la vida.) Por fin, como quien lleva mucho tiempo forcejeando con su propio sueño, esforzándose por rasgarlo como una manta sofocante y abrirse paso al aire libre, se incorporó en la cama, confuso, escuchando.

—¡Perros! —exclamó, rechinando los dientes.

En un instante estaba fuera de la cama, tanteando en busca de su ropa. Parecía que nunca habría de encontrarla. Mientras se vestía, murmuraba con remordimiento para sí: —Los he metido sencillamente en una trampa.

Cuando se hubo puesto los calcetines, las botas y los pantalones, se deslizó dentro del abrigo, buscó a tientas el sombrero y bajó a toda prisa. Soltó al perro, que al instante partió en una carrera silenciosa, y lo siguió, abrochándose el abrigo mientras andaba: el aire era como hielo contra su garganta desnuda y ardiente. Un momento más y pudo oír a los perros peleando. Cuando llegó a la puerta del cobertizo y la abrió de par en par, el rebaño de ovejas salió de un salto a su lado en una fuga salvaje hacia el campo abierto. Entró, buscando a su alrededor con el pie mientras tanteaba. Al poco tropezó con algo grande y blando junto a la pared, en un rincón. Se agachó, lo tomó por las patas y arrastró la oveja fuera, a la luz de la luna, varios metros sobre la nieve: un rastro rojo lo seguía, como hecho con una brocha ancha que goteaba.

David se quedó mirándola y le dio dos o tres patadas.

—¿Te importaba algo que te quitara la vida un perro o un hombre? El perro matándote por instinto y por hambre; un hombre matándote como un lujo y con un cálculo fino. ¿Y quién tiene la culpa ahora de tu muerte, si culpa hay? ¿Yo, que fui a la universidad en vez de construir un establo? ¿O la tormenta que privó a estos merodeadores de alimento más cercano y los lanzó a una cacería lejana, desesperados de hambre? ¿O el hombre que te tomó de la Naturaleza salvaje y te hizo más indefensa bajo su custodia? ¿O la Naturaleza misma, que afiló el diente y la mente del perro lobo en el principio para que alargara su vida acortando la tuya? ¿Dónde y con qué propósito comenzó en este planeta el quitar la vida para que hubiera vida? Pobres preguntas que nunca te inquietaron, pobre oveja. Pero que siguen, como su sombra, al Hombre que medita, el cual no sabe más de la razón de todo ello de lo que tú sabías.

La pelea de los perros había sonado, en los primeros momentos, cada vez más lejos, retirándose por el establo y de allí al cercado; y al cabo el perro pastor corrió alrededor y se detuvo ante David, esperando órdenes. David agarró la oveja por las patas y la arrastró hasta la casa de la silla de montar; mandó al perro a vigilar el resto del rebaño; y volvió corriendo a la casa, apretándose más el abrigo. Lo antes posible se metió en la cama y se cubrió bien. Algo le hizo recordar justo entonces el caso de uno de los estudiantes de Biblia.

—Ahora estoy metido en ello —dijo.

Y esto le hizo pensar en sus grandes maestros y en Gabriella; y allí se quedó, muy inquieto en la noche.

XXI Tres veces había descendido el crepúsculo sobre la tierra desolada. Tres veces Gabriella, de pie ante sus ventanas y mirando hacia la nieve y el hielo, había visto desaparecerlo todo. ¡Qué suavemente blancos eran los árboles cubiertos de nieve; qué suave el negro que se espesaba en torno a ellos hasta borrarlos! Gabriella los imaginaba aún perfectamente blancos allí fuera, en la oscuridad. Tres tardes, con el rostro contra el cristal, había acechado la figura familiar que se alzara erguida por el sendero del patio, y ninguna figura familiar había llegado. Tres tardes había vuelto a la luz de su fuego y se había sentado ante él con el oído alerta al sonido de un paso familiar en el porche de abajo; pero ningún paso se había oído.

La primera noche casi había esperado que no la buscara; la confesión de su amor mutuo había dejado aquello a punto de ser una alegría insoportable. Pero la segunda noche había empezado a esperarlo con confianza; y cuando la hora hubo pasado y él no había venido, Gabriella se sentó largo tiempo ante su fuego con una herida nueva: ella, que había sentido tantas. Para el tercer día había repasado todo cuanto había oído o sabido de él: lo había reunido de nuevo como una cosa hermosa con que recibirlo cuando viniera a ella aquella noche. Subiendo temprano a su cuarto, había llevado su silla a la ventana y, con el rostro pegado al cristal, había vuelto a mirar: miraba aquel patio blanco; y de nuevo nada se movía en aquel patio blanco sino la oscuridad.

Se levantó de un salto y empezó a ir y venir.

—Si no viene esta noche, algo ha sucedido. ¡Lo sé, lo sé, lo sé! Algo va mal. Mi corazón no se engaña. ¡Oh, si algo le ocurriera a ÉL! ¡No debo pensarlo! He soportado muchas cosas; ¡pero ESO! ¡No debo pensarlo!

Se dejó caer en la silla con el oído tendido hacia el porche de abajo.

Durante largo tiempo no hubo sonido. Luego oyó el ruido de botas pesadas: un golpeteo de las puntas contra los pilares, para sacudirse la nieve, y después el lento crujido de las suelas sobre las tablas heladas. Se levantó de golpe. —Es otro —exclamó, retorciéndose las manos—. Algo le ha sucedido.

Se detuvo quieta en medio de la habitación, los brazos caídos a los costados, los ojos muy abiertos.

Se oyeron los pasos de la criada subiendo a toda prisa. Gabriella abrió la puerta de golpe en su cara.

—¿Qué pasa? —exclamó.

Un negro había venido con un mensaje para ella. La muchacha parecía asustada.

Gabriella pasó corriendo a su lado y bajó al vestíbulo. —¿Qué pasa? —preguntó.

Su amo David la había mandado llamar y quería que fuera en seguida. Había traído un caballo para ella.

—¿Está enfermo... gravemente enfermo? Tenía un mal resfriado y está peor.

—El médico... ¿ha mandado llamar al médico?

El negro dijo que primero había de llevarla a ella y luego ir por el médico.

—Ve en seguida.

Estaba muy oscuro, insistió él, y resbaladizo.

—¡Ve por el médico! ¿Dónde has dejado el caballo?

El caballo estaba en las portillas. El negro insistió en que sería mejor que él volviera con ella.

—No pierdas tiempo —dijo ella—, y no me hagas esperar. ¡Ve! ¡Lo más rápido que puedas!

El negro le advirtió que se apeara en el arroyo helado.

Cuando Gabriella, quizá una hora más tarde, llamó a la puerta lateral de la casa de David —el cuarto de su padre y su madre—, no hubo invitación a entrar. Giró el pomo y entró. La habitación estaba vacía; el fuego se había consumido; un gato yacía sobre las piedras del hogar. Alzó la cabeza a medias y la miró por las estrechas rendijas de sus ojos amarillos y enroscó la punta de la cola: el gato, que nunca se siente incómodo, que comparte todas las comodidades y ninguna desgracia. Ella se sentó en una silla, dominada por la agitación y vacilando sobre qué hacer. Al momento notó que la puerta que daba al pie de la escalera estaba entreabierta.

Conducía a su cuarto. Ningún sonido le llegaba de arriba. Reunió todo su dominio de sí misma, subió la escalera y entró.

Las dos mujeres negras estaban de pie dentro, de espaldas a la puerta.

A un lado de la cama se sentaba la madre de David, al otro su padre.

Ambos miraban a David. Yacía en el centro de la cama, los ojos fijos con inquietud en la puerta. En cuanto la vio, se incorporó con un esfuerzo, extendió los brazos y los agitó hacia ella con pequeños gritos roncos. —¡Oh! ¡oh! ¡oh! ¡oh!

Al momento siguiente la estrechó entre sus brazos.

—¡Oh, ha pasado tanto tiempo! —dijo, atrayéndola hacia sí—, ¡tanto tiempo!

—Ah, ¿por qué no me mandaste llamar? He esperado y esperado.

Él la soltó y volvió a recostarse sobre las almohadas; luego, con un leve gesto, dijo a su padre y a su madre: —¿Queréis dejarnos solos?

Cuando hubieron salido, tomó una de las manos de ella, la apretó contra su mejilla y se quedó mirándola con lastimosa ternura.

Gabriella vio el cambio en él: su expresión angustiada, sus mejillas encendidas con una mancha roja, su inquietud, su mano ardiente. Podía sentir las grandes venas latiendo demasiado aprisa, demasiado llenas. Pero la mujer sonríe mientras el corazón se le rompe.

Se incorporó un poco más sobre las almohadas y se volvió de lado, agarrándose el pulmón.

—No te asustes —dijo, escudriñándole el rostro—; tengo algo que decirte. Prométemelo.

—Lo prometo.

—Voy a tener pulmonía, o la tengo ya. ¿No estás asustada?

Sus ojos respondieron por ella.

—Tenía un resfriado. Había tomado algo para provocarme un sudor: fue la noche después de verte.

Al pensar en su última entrevista, le tomó de nuevo la mano y se la llevó a los labios, mirándola con ternura.

Los perros estaban matando a las ovejas, y me levanté y salí mientras estaba sudando. Sé que es pulmonía. He tenido un escalofrío largo y fuerte. Siento que la cabeza me va a estallar, y hay otros síntomas.

¡Este pulmón! Es pulmonía. Uno de los estudiantes del colegio bíblico la tuvo. Yo ayudé a cuidarlo. Oh, se puso bueno —dijo, moviendo la cabeza hacia ella con una sonrisa—, ¡y yo también me pondré bueno!

Lo sé —murmuró ella—, estoy segura.

Lo que quiero preguntarte es: ¿te quedarás conmigo?

Ah, nada podría apartarme de ti.

No quiero que me dejes. Quiero sentir que estás aquí mismo, a mi lado, durante todo esto. Tengo que decirte otra cosa: puede que delire y no sepa lo que pasa. He mandado llamar al médico.

Pero hay uno mejor en Lexington. Procura que venga. Sé que va adonde lo llaman y se queda hasta que el peligro haya pasado o... o... hasta que esté resuelto. No escatimes nada de lo que pueda hacerse por mí. Estoy en peligro, y debo vivir. No debo perder toda la grandeza de la vida y perderte a ti.

Ah —imploró ella, viendo cuán enfermo estaba—. Se hará todo lo que pueda hacerse. ¿No deberías ahora estar quieto y dejarme ponerte cómodo hasta que venga el médico?

Debo decir algo más mientras puedo, y estoy seguro. Puede que no salga de esta...

Ah...

Déjame decir esto: ¡puede que no! Si no salgo, no tengas miedo por el futuro; yo no lo tengo; todo estará bien conmigo en la Eternidad.

Quedó quieto un momento, con el rostro vuelto hacia otro lado. Ella había hundido el suyo en la cama. El torrente de lágrimas llegaría. Él se volvió, y al verlo, posó la mano sobre él muy ligeramente.

Si así fuere, Gabriella, espero que seas feliz el resto de tu vida. Espero que nunca más te sobrevenga pena alguna.

De pronto se incorporó, le levantó la cabeza y volvió a rodearla con sus brazos. ¡Oh, Gabriella! —exclamó—, tú has sido todo lo que he tenido.

Algún día —continuó un momento después—, si resulta así, ven acá a ver a mi padre y a mi madre. Y diles que dejé dicho que quizá nunca me habían comprendido del todo y por eso nunca habían podido hacerme justicia. Ahora, ¿quieres llamar a mi madre?

Madre —dijo, tomándola de la mano y colocándola en la de Gabriella—, esta es mi esposa, como espero que lo sea, y tu hija; y le he pedido que se quede y te ayude a cuidarme de este resfriado.

Tres crepúsculos más y hubo una escena en la pequeña habitación alta de la casa de labranza: David incorporado en la cama; a un lado de ella, la pobre madre desconsolada, meciéndose y llorando en voz alta; pues aunque las madres no hayan amado mucho a sus hijos ya crecidos, cuando los hombres grandes yacen postrados y las madres vuelven a tomar sus manos para lavarlos, bañarles el rostro con un paño, ponerles una cuchara en los labios, la memoria trae de vuelta los días en que aquellos cuerpos enormes y errados yacían sobre sus pechos. Lloran por el niño, ahora niño otra vez y quizá cayendo en un largo sueño.

Al otro lado de la cama estaba sentado el padre de David, inclinándose hacia él, intentando ahora, como tantas veces lo había intentado, llegar a su hijo; pensando en rápidos giros en el distinto testamento que tendría que hacer y en quién lo escribiría; en su propia dureza; y también no libre del terrible temor de que aquel fuera el llamamiento a su hijo para entrar en la Eternidad con su alma no preparada. A los pies de la cama estaban los dos médicos, vigilantes, cuchicheando entre sí, uno de los cuales sacó a la madre de la habitación; junto a la puerta, las dos mujeres negras y el hombre negro. Gabriella no estaba allí.

Gabriella había ido una vez más adonde había ido muchas veces: a derramar en secreto la oración de su iglesia, y de su propia alma por el enfermo, con fe de que su oración sería escuchada.

Una hora oscura: un perro aullando en el porche de abajo; en el establo los gritos de animales hambrientos y desatendidos; el silencio invernal posándose sobre la gran tierra del atardecer.

Cuando uno se propone caminar a diario por un bosque o un campo en una dirección nueva, partiendo siempre del mismo punto y llegando siempre al mismo, sin intención hace un sendero; al principio puede ser largo, pero con el tiempo el sendero se forma. Comienza en la puerta o las barreras de la casa y avanza por grados; comienza en el objetivo opuesto y se alarga hacia atrás desde allí: algún día los extremos se encuentran y descubrimos con sorpresa cuán poco nos hemos desviado en todos aquellos cruces y recruces. La mente ha marcado inconscientemente un sendero mucho antes de que los pies lo hayan trazado.

Cuando Gabriella había comenzado a enseñar, pasaba a diario del patio a un manzanal y de allí a través de un gran pasto boscoso, en cuyo rincón remoto estaba situada la escuela. Por este bosque los niños habían hecho su sendero: el sendero recto e instintivo de la infancia. Pero Gabriella, dejando este en la puerta del bosque, había comenzado a hacer uno para sí misma. Seguía su voluntad de día en día; ora llevada en esta dirección por alguna mejor vista; ora atraída hacia un grupo de árboles más finos; o viendo, más allá, algún lugarcillo a modo de rincón. Con el tiempo, de cortos hilos desunidos había sembrado un sendero continuo; estaba hecho de sus amores, y lo amaba. Por las mañanas un paseo vivo por él le templaba la mente para el día; por las tardes aquietaba nervios desquiciados y reavivaba un espíritu gastado: despojándose de su faena en la puerta de la escuela como de una pesada vestidura sofocante, salía agradecida a su amplitud, sus olores del bosque y la paz del crepúsculo.

La noche del aguanieve toneladas de madera habían descendido por completo a través de este atajo. Cuando la nieve cayó la noche siguiente, trajo más abajo. Pero la nieve se derritió, dejando el hielo; el hielo se derritió, dejando las ramas y la corteza goteantes. Con el tiempo estas fueron calentadas y secadas por el sol y el viento. Nuevos bordes de verdor aparecieron corriendo a lo largo del sendero. Las copas de los árboles arriba se agitaban y rugían en los furiosos vendavales de marzo. Bajo las sueltas hojas otoñales las primeras violetas eran oscuras de azul. Pero Gabriella no había estado ni una sola vez allí para darse cuenta de cómo su sendero había sido arruinado, ni para notar el nacimiento de la primavera.

Fue quizá un mes después cuando una mañana, a la hora habitual de la escuela, su alta y flexible figura, vestida con capucha y capa grises, apareció por fin caminando por este sendero, pasando por encima o rodeando las ramas caídas. Estaba pálida y delgada, pero la dulce y cálida feminidad de su persona, si cabe, más encantadora. Había en sus ojos una mirada de gratitud religiosa, pero en torno a su boca una nueva felicidad.

Sus deberes quedaron terminados aquella tarde antes de lo acostumbrado, pues no mucho podía lograrse en este primer día de reunir de nuevo a los niños.

Se habían ido; y ella estaba de pie en los escalones de la escuela, mirando hacia un campo gris en una ladera distante, que recogía el débil sol. La atrajo irresistiblemente en corazón y pie, y se encaminó hacia él.

El día era uno de aquellos en que las estaciones se encuentran. Franjas de nieve armiñaban el campo; pero en los tocones, revoloteando y gorjeando delante de Gabriella mientras avanzaba, había azulejos, esas alas del cielo, esos pechos de la tierra. Llegó al lugar que buscaba y se detuvo. Allí estaba: ¡toda la lastimosa escena! Su agramadera de cáñamo; la corteza carbonizada de un tocón donde había encendido fuego para calentarse las manos; el resto del haz caído y dejado sin terminar aquella última tarde; arrastrándose por su agramadera un puñado de cáñamo en parte agramado.

Lo contempló todo con tierna nostalgia. Luego miró hacia la casa. Podía ver la ventana de su cuarto, en la que se había sentado cuántos días, mirando hacia este campo. En su cama, en aquel cuarto, estaba ahora tendido, débil y blanco, pero luchando por volver a la salud.

Se acercó más y contempló sus huellas de bota heladas. Cuán cerca habían estado sus pies de aquel largo y más frío sendero que lo habría llevado lejos de ella. Cuán cerca había estado su joven vida de quedar, como la mano de cáñamo que por última vez había manejado, a medio agramar, aún no dispuesta para el uso fuerte y el buen servicio. En aquel momento una escena se alzó ante su memoria: un día en Betania, cerca de Jerusalén; una joven hebrea que sale de su casa azotada y se apresura a encontrar a Aquel que era la Resurrección y la Vida; luego, en su desesperación, profiriendo su único clamor: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».

La niebla de las lágrimas cegó a Gabriella, cuyo amor y fe eran como los de Marta. Se arrodilló y apoyó la mejilla contra el áspero cáñamo donde había sido envuelto en torno a su muñeca.

Señor —dijo—, ¡si no hubieras estado aquí, si no hubieras escuchado mi oración por él, habría muerto!

La primavera, que al principio rompe todas sus promesas para cumplirlas al final, había cesado en su capricho frío y en sus retiradas: toda la tierra era ahora la franca revelación de su hermosura. Otoño: las horas de caer y de partir; primavera: estación de alzarse y de volver. El ascenso de la savia de la raíz a la cima; el ascenso de la planta del suelo al sol; el ascenso del brote de la corteza a la flor; el ascenso del canto del corazón al oído: días vitales. Y días en que las cosas que se fueron vuelven, cuando bosques, campos, matorrales y arroyos están llenos de retornos.

Gabriella no quedó defraudada. Aquellas viejas y providentes madres-árboles en la pendiente del manzanal, cuyos hijos de mejillas rojas son las manzanas de otoño, no se habían dejado sorprender fatalmente por la gran helada de febrero: sus infantes-capullos acunados en la corteza solo habían sido envueltos más calurosamente hasta que el peligro pasara. Durante muchos días ahora la ladera había sido una arboleda de cúpulas rosadas y blancas bajo cada una de las cuales pendía una débil fragancia: las grandes y silenciosas campanas nupciales de los árboles.

Después de la temprana cena familiar, Gabriella, si no había habido aguacero, tomaba su chal para sentarse y alguna labor por compañía.

Salía al borde de este manzanal, lejos del tumulto de la casa. La colina descendía hacia un amplio valle verde que serpenteaba hacia el bosque de abajo. Por este valle un arroyo de agua clara de manantial, bebida por el ganado, corría entre orillas de menta y sobre un lecho de rocas y musgo. En la ladera opuesta había un campo de cáñamo joven que se extendía hacia el oeste, pronto a ser un bajo mar de verde ondulante. Más allá de este campo estaba el ocaso; sobre él centelleaba la estrella vespertina; y durante los últimos días junto a la estrella había pendido la inconstante, la constante, media luna de las edades.

Le gustaba extender su chal sobre el borde del huerto que dominaba el valle —una alfombra profunda de hierba salpicada de pétalos aventados por el viento—; contemplar cómo el cielo se encendía y se consumía; ver salir a la solitaria Tarde antes que la Noche y descender suavemente por el valle hacia los bosques; sentir en torno suyo, como un elixir, el aire, dulce por los árboles, dulce por los olores de la tierra, dulce por toda la historia persistente del día. Cada vez más cerca, siempre más cerca, las estrellas se mecían en su mirada. La luna, poco antes arco de plata finísima y neblinosa, ahora de oro que se ensanchaba y abrillantaba, comenzaba a expulsar la oscuridad desde las blancas cúpulas de los árboles hasta que yacía como una sombra tenue bajo ellos. Eran aquellas horas cargadas de paz y descanso para su mente cansada y su cuerpo cansado.

Un día estaba sentada así, tejiendo distraídamente unos guantes blanqueadores, (las manos de Gabriella eran como teñidas por todos los pétalos mezclados de las ramas). El sol se ponía más allá de las colinas bajas. En el huerto, detrás de ella, podía oír el aleteo y los últimos llamados de las aves que se aquietaban.

Había dejado caer los hilos de su labor sobre el regazo y, con las manos cruzadas, tejía recuerdos.

En crepúsculos como aquel, en años pasados, ella, niña pequeña, solía salir al campo con su abuela —eligiendo a menudo ella misma los caminos y ordenando que se detuviera el carruaje en la carretera según su capricho le placía. Pues en aquellos días aristocráticos, los niños del Sur, como los de las familias reales, eran alentados desde temprano a aprender a dar órdenes, a exigir obediencia y a mandar: cuando crecieran tendrían muchos bajo su mando; y no reinar era perderse. De modo que a la infantil autócrata Gabriella la instruía de este modo y del otro la poderosa, enérgica y eficiente abuela, como una tierna leona vieja podría adiestrar a un cachorro para el dominio de su peligroso mundo. Recordaba aquellos paseos al crepúsculo, cuando los campos a lo largo de los caminos de peaje se iban poniendo verdes con el grano joven; el regreso a casa por la villa iluminada por las lámparas hasta la gran puerta de hierro de entrada, el césped semejante a un parque; la brillante cena en la gran casa, los movimientos silenciosos, los modales perfectos de los numerosos criados; más tarde, por la noche, la música, el baile, la alegría desenfrenada —el país de las hadas una vez más. ¡Pero qué lejos, qué lejos ahora! Y cómo las fuerzas de la vida habían arrojado las cosas desde entonces como pajas en los remolinos de una tempestad: su abuela muerta, a miles de millas de distancia, de pena; sus tíos con sus hijos mayores, apenas muchachos, combatiendo y cayendo juntos; lágrimas, pobreza, ruina por doquier; y ella, tras años de lucha, arrojada por completo del único mundo que había conocido a otro que jamás había imaginado.

Gabriella sintió aquella tarde lo que a menudo le sobrevenía por momentos: un profundo anhelo de los suyos del pasado, de sus voces, de sus modos de mirar la vida; de la gentileza y la cortesía, y de los mil estados de ánimo y actos inconscientes que los hacían distinguidos y encantadores. Le habría gustado deslizarse de nuevo en la antigua elegancia, verse rodeada de las antiguas cosas ricas y hermosas. La niña princesa que fue una vez su único yo estaba destinada a vivir dentro de Gabriella siempre.

Pero sabía que la sociedad en la que se había movido estaba perdida para ella definitivamente. No solo por las vicisitudes de la guerra; pues después de la guerra, a pesar del derrocamiento, de la casi completa desaparición de muchas familias, se había reunido de nuevo, se había reconstituido, florecía todavía. Estaba perdida para ella porque se había quedado sin un centavo y porque se había puesto a trabajar. Cuando se supo que había rechazado toda ayuda, desechado todo disfraz y tomado su porvenir en sus propias manos, para trabajar y recibir un salario por su trabajo, en el mundo social donde era conocida y donde las generaciones de su familia habían sido dirigentes, hubo amables ofrecimientos de ayuda, secretas condolencias, murmurados pesares, visible aflicción: su resolución era cosa nueva para una muchacha en aquellos años. Podía, en verdad, en cierto modo, haber conservado su lugar; pero no habría podido soportar la simpatía, el cambio con que habría sido recibida —y descartada. Hizo prueba de ello algunas veces y quedó convencida: hasta el día del cruel descubrimiento de aquello, Gabriella jamás había soñado lo que su mundo social podía ser para quien se había caído de él.

Su iglesia y la nueva vida —estas dos cosas le habían quedado. Ya no tenía un banco, pero tenía su fe y esto le bastaba; pues siempre le daba, dondequiera que estuviese, algún lugar secreto donde arrodillarse y del cual levantarse fortalecida y consolada. En cuanto a los temibles campos de trabajo a los que había llegado, extraña y solitaria aprendiz, se habían convertido ahora en los paisajes permanentes y vivos de la vida.

Aquí había encontrado la independencia —dulce y saludable corteza; había encontrado otro yo dentro de sí misma; y aquí había encontrado su misión para el futuro —David.

De modo que, contemplando los años desordenados y sin plan, durante los cuales a menudo había parecido que luchaba sin que nadie la observara, Gabriella creía ahora que a través de ellos había sido sobre todo guiada. Cuando muchas manos habían soltado la suya, Una la había tomado; cuando los viejos caminos se cerraron, uno nuevo se abrió; y por él había sido conducida —a casa.

La enfermedad de David había ahondado, más allá de cualquier otra experiencia, su fe en una Providencia que todo lo rige. Su retorno a la salud era para ella un retorno de la muerte: era una respuesta a sus plegarias: era una resurrección.

En adelante, su vida era un don por segunda vez para sí mismo, para ella, para el mundo en el que debía trabajar con todas sus fuerzas y trabajar rectamente. Y su promesa, su pacto con lo Divino, era ayudarlo, guiarlo de vuelta a la fe de la que se había extraviado. Fuera de la oración, los días y las noches junto a su lecho lo habían hecho suyo: vigilias, cuidados, sufrimiento, impotencia, dependencia —todo esto había sido como el aceite más puro para aquella lámpara de alabastro del amor que ardía dentro de su casta alma.

El sol se había puesto. El silencio del crepúsculo descendía del cielo claro, en cuyas profundidades las estrellas más brillantes comenzaban a aparecer como puntos de llama plateada. El aire tenía el bálsamo del temprano verano, el suelo estaba seco y cálido.

Gabriella comenzó a esperar. La última vez que había ido a verlo, mientras él la acompañaba parte del camino de vuelta, le había dicho: —Estoy bien ahora; la próxima vez yo iré a verte a TI.


Pronto, siguiendo el borde del huerto, desde la dirección de la casa, lo vio caminar lentamente hacia ella, delgado, demacrado; se apoyaba en una nudosa y robusta vara de nogal americano, tan larga como él mismo, al modo de un anciano.

Ella se levantó rápidamente y se apresuró hacia él. —¿Has venido andando?

—He montado. Pero ahora estoy andando... apenas. Este joven árbol me escolta.

Volvieron al chal de ella, que abrió y extendió, haciéndole un sitio. Lo retiró un poco hacia atrás, por seguridad, de modo que quedara bajo las ramas de uno de los árboles.

¡Qué quieta estaba la tierra, qué hermoso el luz del atardecer, qué dulce el aire!

De vez en cuando un pétalo de alguna flor ya cumplida se desprendía y caía sobre Gabriella.

Estaban en tal paz: su conversación se interrumpía por los largos silencios que son la paz.

—Gabriella, me has salvado la vida.

—No soy yo quien tiene poder sobre la vida y la muerte.

—Fueron tus cuidados.

—Fueron mis oraciones —murmuró Gabriella.

—Y me diste la voluntad de sanar: eso también fue una gran ayuda: sin ti no habría tenido esa misma voluntad de vivir.

—Fue una Voluntad superior a la tuya y a la mía.

—Y el médico de la ciudad que se quedó conmigo.

—Y un Médico Mayor que se quedó también.

Él no respondió por un rato, pero luego preguntó, volviendo el rostro hacia ella con inquietud: —Nuestras distintas maneras de ver las cosas... ¿no marcarán nunca ninguna diferencia para ti?

—Algún día no habrá diferencia.

—¿Estarás de acuerdo conmigo? —exclamó él con alegría.

—Tú estarás de acuerdo conmigo.

—¡No esperes eso! ¡No esperes que vuelva a creer nunca en las cosas antiguas!

—Espero que creas en Dios, en el Nuevo Testamento, en la Resurrección, en la respuesta a la oración.

—¿Y si no?

—Entonces creerás en la Vida venidera.

—Pero ¿esto nos separará?

—Me necesitarás tanto más.

La luz se desvanecía: ya no podían ver el verde del valle.

Un ave tardía revoloteó entre las ramas sobre sus cabezas y más pétalos cayeron.

—Es un nido —dijo David, suavemente—, una buena cosa a la que volver a casa, una noche como esta.

—Y ahora —continuó—, hay asuntos sobre los que debo consultarte. Te alegrará saber que las cosas están más agradables en casa. Desde mi enfermedad, mi padre y mi madre han cambiado conmigo. La enfermedad, la cercanía de la muerte, es una gran reconciliadora. Tu presencia en la casa tuvo mucho que ver con esto... especialmente tu influencia sobre mi madre. El médico de la ciudad habló con mi padre. Durante los días y las noches que se quedó conmigo, hurgó en mi baúl de libros, pues es un gran lector; y... según me dijo antes de partir... un creyente en la Nueva Ciencia, un evolucionista. Sabía de mi expulsión, por supuesto, y de las razones. Creo que le explicó muchas cosas a mi padre, quien un día me dijo simplemente que el médico había hablado con él.

—También habló conmigo —dijo Gabriella—. ¿Y no te persuadió?

—¡Dijo que casi lo persuadí yo a él!

—Y además, mi padre y yo hemos arreglado el asunto del dinero. No es lo mejor, pero es lo mejor posible. Cuando volví de la universidad, traje conmigo casi la mitad del dinero que había reunido. Se lo entregué a mi padre, por supuesto. Servirá para hacer las reparaciones necesarias. Pero no era suficiente, y el bosque ha tenido que irse. La granja no se venderá, pero el bosque se alquila por un plazo de años como tierra de cáñamo, los árboles deben ser descortezados y talados. Lo siento; es lo último del bosque de mi bisabuelo. Pero con el producto, la propiedad puede quedar en condiciones bastante buenas, y esto es el mayor alivio para mi padre y mi madre... y para mí.

—Es un buen arreglo.

Tras una pausa, continuó en un tono distinto: —Y ahora, mientras todo es agradable en casa, es el momento de que yo me vaya. Mi padre tenía razón: este no es lugar para mí. Debo estar donde la gente piense como yo... debo vivir donde no esté solo. Pronto habrá abundantes compañeros en todas partes. El mundo entero creerá en la Evolución antes de que yo sea un anciano.

—Creo que tienes razón —dijo ella tranquilamente—. Es mejor que te vayas y que te vayas de una vez.

Cuando volvió a hablar, era evidente que el apoyo de ella a sus planes le inspiraba una confianza renovada.

—Y ahora, Gabriella, debo decirte lo que he determinado hacer en la vida: quiero tu aprobación para ello, y entonces seré perfectamente feliz.

—Ah —dijo ella rápidamente—, eso es lo que he estado queriendo saber. Es muy importante. Todo tu futuro depende de una elección sabia.

—Voy a ir a alguna universidad... a alguna universidad del norte, tan pronto como sea posible. Tendré que costearme los estudios, a veces enseñando, de cualquier manera que pueda. Quiero estudiar ciencia física. Quiero enseñar alguna rama de ella. Me atrae, atrae todo lo que hay en mí. Ese será el trabajo de mi vida. ¿Y ahora?

Él esperó su respuesta: no llegó de inmediato.

—Has elegido sabiamente. ¡Me alegro tanto!

—¡Oh, Gabriella! —exclamó él—, ¡si me hubieras fallado en eso, no sé qué habría hecho! ¡La ciencia! ¡La ciencia! ¡Ahí está el camino nuevo para la fe de la especie! Pues la especie, de aquí en adelante, debe obtener su idea de Dios, y edificar su religión hacia Él, a partir de su conocimiento de las leyes de Su universo. ¡Un millón de años a partir de ahora! ¿Dónde estarán nuestros oscuros dogmas teológicos en aquel tiempo radiante? ¡El Creador de toda vida, en toda vida debe ser estudiado! Y en el estudio de la ciencia hay menos disputas, menos tiranía, menos fanatismo, ninguna persecución. Enseña la caridad, enseña una vida bien ordenada, enseña al mundo a ser más bondadoso. Es el gran camino nuevo del conocimiento hacia el futuro. Todas las cosas deben seguir adonde él conduzca. Nuestra religión será cada vez más lo que es nuestra ciencia, y algún día serán la misma.

Ella no tenía ninguna controversia que plantearle sobre esto. Estaba demasiado absorta pensando en los problemas turbulentos más cercanos al corazón y al hogar.

Y estos también se alzaron ante él: cayó en silencio.

—Pero, ¡oh, Gabriella!, ¡cuán largos, cuán largos serán los años que me separen de ti!

—¡No! —exclamó ella, toda su naturaleza alzándose, aterrada—. ¿Qué quieres decir? ¡No!

—Quiero decir mientras paso por la universidad; mientras preparo un lugar para ti.

—¡Preparar un lugar PARA MÍ! Has preparado un lugar para mí y yo lo he tomado. Mi lugar está contigo.

—Gabriella, ¿sabes que no tengo un dólar en el mundo?

—¡Yo sí!

—Pero...

—¡Ah, no! ¡no! ¡Esa sería la primera vez que me hubieras herido!

—¿Cómo puedo...

—¿Cómo puedes irte y dejarme aquí... aquí... donde sea... sola... luchando sola en el mundo? ¿Y tú en otro lugar solo? ¿Perder esos años de estar juntos? ¿Puedes siquiera soportar el pensamiento? ¡Ah, no lo esperaba!

—Fue solo porque...

—¡Pero nunca será así! ¡No me separaré de ti!

David recordó a un hombre de mediana edad en la Universidad, costeándose los estudios con su esposa a su lado. Su corazón se derritió en alegría y ternura... ante la posibilidad de una vida con ella tan cerca. No pudo hablar.

—¡Nunca me separaré de ti!

Y entonces, sintiendo ganada su victoria, añadió con alegría: —¡Y lo que tengo nunca se separará de mí! Nosotros tres... yo, tú, ello... vamos juntos. Mi salario de dos años... ¿crees que lo amo tan poco como para dejarlo atrás cuando me vaya contigo?

—¡Oh, Gabriella!... Las copas de los árboles estaban blancas de flores ahora y de luz de luna.

¡Qué cálido y dulce el aire! ¡Qué sagradas las palabras y los silencios! Dos hijos de vastas y distantes revoluciones guiados juntos hacia una sola vida... una joven pareja que mira hacia un futuro de cosas más amplias y mejores para la humanidad.

—Gabriella, cuando un hombre ha oído las grandes cosas que lo llaman, ¡cómo llaman y llaman, día y noche, día y noche!

—Cuando una mujer las oye una vez, es suficiente.

Aun en esta hora Gabriella recibía la herida que tan a menudo es el patetismo y la felicidad del amor de una mujer. Pues aun en estos momentos él no podía olvidar la Verdad por ella. Y así, se dijo a sí misma con una lágrima oculta, sería siempre. Ella le daría todo, ella nunca podría serlo todo para él. Su vida quedaría completamente envuelta en la de él; pero él tendería también los brazos hacia un Espíritu frío que para siempre lo eludiría... la Sabiduría.

El creciente dorado cayó detrás de las verdes colinas oscuras de la tierra silenciosa. ¿Dónde estaban? ¿Idos? ¿O aún bajo los árboles?

—¡Ah, Gabriella, es el amor lo que hace que un hombre crea en un Dios de Amor!

—¡David! ¡David!... El viento del sur, cálido con el primer estremecimiento del verano, soplaba desde el otro lado del valle, desde el otro lado del poderoso mar impetuoso del joven cáñamo.

¡Oh Misterio Inmortal! que está en el cáñamo y en nuestras almas, en su flor y en nuestras pasiones; ¡por el cual nuestras pobres y breves vidas son llevadas hacia arriba, fuera de la tierra por una temporada, y luego segadas, podridas y quebrantadas... para Tu largo servicio!

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