Dominio público · Español
Sobre la actividad medicinal de la planta del cáñamo
Horatio C. Wood · 1869
Edición de Biblioteca Pevgrow. Licencia CC BY 4.0. Fuente: Internet Archive.
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Sobre la actividad medicinal de la planta del cáñamo
Horatio C. Wood
Internet Archive, 1869.
Traducción al español. Obra en dominio público o de acceso abierto. Edición Pevgrow, 2026.
AS ey NORTH AMERICA.
Por el Dr. Horatio C. Wood, Jr., Prof. de Botánica, Universidad de
de Médicos de Filadelfia sobre la Revisión de la Farmacopea de los EE. UU.
Ensayo premiado, leído ante la Amer. Phil. Soc., 19 de noviembre de 1869.
Casi desde tiempo inmemorial se han usado en la India diversas preparaciones de la planta del cáñamo para producir una intoxicación peculiar.
Estas, u otras preparaciones afines, también se han empleado ampliamente en medicina en tiempos modernos. Algunos han pensado que el cáñamo de la India es específicamente distinto de la planta europea, pero en realidad no hay diferencias específicas; aquel solo difiere de esta en particularidades menores, como el tamaño, resultado de las influencias modificadoras del suelo y el clima. Como la droga se ha convertido en un artículo importante de comercio, se han hecho intentos de obtener el principio medicinal, un cuerpo resinoides peculiar, de plantas cultivadas en Gran Bretaña, con lo cual se ha determinado que, aunque la resina existe en tales plantas, lo está en cantidad tan pequeña que no son aprovechables para fines de fabricación. Los veranos de Inglaterra parecen demasiado fríos para permitir que el cáñamo elabore su resina peculiar en cantidad alguna. El mundo ha dependido, por tanto, de la India para sus provisiones de este narcótico tan ampliamente usado.
Las plantas con las que se hicieron los siguientes experimentos se criaron en las cercanías de Lexington, Kentucky. Eran plantas macho, que se habían cultivado con el propósito de fertilizar plantas hembra productoras de semilla, y que, habiendo cumplido ese oficio, no tenían ya más valor para el cultivador.
Me las procuró R. B. Hamilton, Esq. de Lexington, a quien debo mis gracias por la molestia que se tomó para ayudar a mi investigación.
El primer experimento fue como sigue: una onza y media de las hojas pulverizadas se trataron con alcohol caliente, aunque no hasta el agotamiento. La tintura así preparada se evaporó y se obtuvo un extracto alcohólico.
Hacia las 4 y 1/2 p. m., del 28 de septiembre, tomé la mayor parte de este extracto, en un terrón que un boticario estimó que contenía de 20 a 30 granos. No se produjeron síntomas inmediatos. Hacia las 7 p. m., se solicitó una visita profesional y, olvidándome por completo del cáñamo, salí y vi a mi paciente.
Mientras escribía la receta, me quedé perfectamente ajeno a los objetos circundantes, pero seguí escribiendo, sin ningún freno ni desviación de la serie ordinaria de actos mentales conectados con el proceso, al menos hasta donde yo sé. Cuando la receta estuvo terminada, de repente recordé dónde estaba y, al levantar la vista, vi a mi paciente sentado tranquilamente ante mí.
La convicción fue irresistible de que había estado sentado así muchos minutos, quizá horas, y enseguida la idea se afianzó en mí de que el cáñamo había comenzado a actuar y me había sumido en un estado de trance de considerable duración, durante el cual había estado estúpidamente sentado ante mi asombrado
paciente.
Me levanté apresuradamente y me disculpé por quedarme tanto tiempo, pero se me aseguró
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que solo había estado muy pocos minutos. Hacia las 7 y 1/2 p. m. regresé a casa. Para entonces estaba bastante excitado, y la sensación de hilaridad aumentaba rápidamente. No era una sensación sensorial, en el sentido ordinario del término; no era meramente una excitación intelectual, era una especie de bienêtre — lo contrario mismo del malestar. No venía de fuera; no estaba conectada con pasión ni sentido alguno. Era simplemente un sentimiento de alegría interior; el corazón parecía rebosar por encima de toda pena; todo el sistema sentía como si todo sentido de fatiga quedara desterrado para siempre; la mente corría gozosa y desenfrenada, libre constantemente para saltar de una idea a otra, al parecer desligada de sus leyes ordinarias. Me sentía dispuesto a reír; a hacer gestos cómicos —una fantasía muy frecuentemente recurrente era imitar con los brazos los movimientos de un violinista, y con los labios la tonada que se suponía que tocaba. No había nada semejante a delirio salvaje, ni alucinación alguna que yo recuerde. En ningún momento tuve visiones, o al menos ninguna que ahora pueda traer a la memoria; pero una persona que estaba conmigo en aquel tiempo afirma que una vez levanté la cabeza y exclamé: «¡Oh, las montañas! ¡las montañas!». Mientras hacía las diversas payasadas ya aludidas, sabía muy bien que estaba obrando en extremo neciamente, pero no podía controlarme.
Creo que fue hacia las 8 cuando empecé a sentir un entumecimiento en los miembros, también una sensación de inquietud y desasosiego generales, y el temor de haber tomado una dosis excesiva. Ahora caminaba constantemente por la casa; mi piel, para mí mismo, estaba caliente, en verdad toda mi superficie la sentía encendida; mi boca y garganta estaban muy secas; mis piernas tenían una sensación extraña, ajena, como si no fueran parte de mi cuerpo. Me conté el pulso y lo hallé en 120, bastante lleno y fuerte. Un presentimiento, un vago y horrible temor, como de muerte inminente, comenzó ahora a apoderarse de mí; con premura mandé llamar al Dr. H. Allen, y como estaba fuera, enseguida después al Dr. Thomas. Las curiosas sensaciones en mis miembros aumentaban. Mis piernas se sentían como columnas de cera bajo mí. Recuerdo haberlas tocado con la mano y haberlas encontrado, al menos así lo pensaba, muy firmes, los músculos todos en estado de contracción tónica. Hacia las 8 comencé a tener marcados «accesos»: períodos en que toda conexión parecía quedar cortada entre el mundo externo y yo. Podría decirse que estuve inconsciente durante esos tiempos, en tanto que era ajeno a todos los objetos externos, pero al salir de uno no era un vacío en blanco, sin sueños, lo que miraba hacia atrás, un mero espacio vacío, sino más bien un período de vida activa pero sin propósito. No creo que hubiera en ellos pensamiento conexo alguno; parecían simplemente ensueños salvajes, sin ningún hilo que los atara; cada uno un mero caos de ideas inconexas. La mente parecía liberada de todas sus leyes ordinarias de asociación, de modo que pasaba de idea en idea, por así decirlo, perfectamente al azar.
La duración de estos accesos me parecía muy grande, aunque en realidad solo duraban desde unos segundos hasta un minuto o dos. En efecto, ahora perdí por completo mi poder de medir el tiempo. Los segundos parecían horas; los minutos parecían días; las horas parecían infinitas. Aun así yo estaba perfectamente consciente durante las intermitencias entre los paroxismos. Miraba mi reloj, y luego, tras una hora o dos, según pensaba, volvía a mirarlo y
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hallaba que apenas habían transcurrido cinco minutos. Miraba su esfera con profundo disgusto, el minutero al parecer inmóvil como si estuviera grabado en la propia esfera; el perezoso segundero moviéndose lentamente, tan lentamente. Parecía una tarea sin esperanza vigilar durante toda su infinita vuelta de un minuto, y siempre desistía en la desesperación antes de que transcurrieran los 60 segundos. Ocasionalmente, cuando mi mente estaba más lúcida, había en ella una especie de acción doble respecto a la duración del tiempo. Pensaba para mí que había pasado tanto desde cierto suceso, una hora por ejemplo, desde que vino el doctor, y luego la razón decía: no, solo han pasado unos minutos, tus pensamientos o sensaciones son causados por el cáñamo. Sin embargo, no era capaz de sacudirme ese sentido de la prolongación casi indefinida del tiempo, ni siquiera por un minuto. Los paroxismos ya aludidos no iban acompañados de relajación muscular. Hacia las nueve menos cuarto estaba de pie en la puerta, esperando ansiosamente al doctor, y cuando los accesos sobrevenían permanecía de pie, apoyándome ligeramente, quizá, contra el marco. Al cabo de un rato vi acercarse a un hombre, a quien tomé por el doctor. Los sonidos de sus pasos me decían que caminaba muy rápidamente, y estaba bajo un farol de gas, a no más de un cuarto de manzana de distancia, y sin embargo parecía estar a una distancia vasta y acercarse en un tiempo correspondiente. Esta fue la única ocasión en que noté una exageración de la distancia; en la habitación no era perceptible. Mis extremidades comenzaron ahora a enfriarse y entré en la casa. No recuerdo más, hasta que fui despertado por el Dr. Thomas sacudiéndome o llamándome. Entonces la intelección parecía bastante buena. Narré lo que había hecho y sufrido, y dije al doctor que mi opinión era que estaba indicado un emético, tanto para eliminar cualquier resto del extracto que aún quedara en mi estómago como para estimular el sistema nervioso. Además sugerí que pasáramos al consultorio, por ser más adecuado que el salón donde entonces estábamos. Había en ese momento una muy marcada sensación de entumecimiento en mis miembros, y lo que el doctor dijo fue un pellizco fuerte no produjo dolor. Cuando intenté subir las escaleras, mis piernas parecían como si sus mitades inferiores fueran de plomo. Después de esto no hubo nuevos síntomas, solo una intensificación de los ya mencionados. Los períodos de inconsciencia se hicieron a la vez más largos y más frecuentes, y durante su ausencia la intelección era más imperfecta, aunque cuando me despertaban del todo, creía razonar y juzgar con claridad. La opresiva sensación de muerte inminente se hizo más intensa.
Era horrible. Cada paroxismo parecía haber sido el más largo que había sufrido; al salir de él, una voz parecía decir constantemente: «estás empeorando; tus paroxismos se hacen más largos y profundos; te dominarán; morirás».
Un sentido de antagonismo personal entre mi fuerza de voluntad y yo mismo, en cuanto afectado por la droga, se hizo muy fuerte. Sentía como si mi única oportunidad fuera luchar contra estos paroxismos; que debía constantemente despertarme a mí mismo mediante un esfuerzo de voluntad, y ese esfuerzo se hacía con infinita fatiga, y sentía como si algún espíritu maligno tuviera el control de todo mi ser, excepto la fuerza de voluntad, y estuviera en conflicto decidido con esta, la última ciudadela de mi ser. Nunca he experimentado nada semejante al temeroso sentido de angustia casi sin esperanza y de absoluta lasitud que se apoderó de mí.
dolor.
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Una o dos veces durante un paroxismo tuve lo que podría llamarse sensaciones de pesadilla; me sentía elevarme, expandirme, dilatarme, disolverme en los vastos confines del espacio, abrumado por una desesperación horrible, desgarradora, indecible. Luego, con tremendo esfuerzo, parecía sacudirme de ello y levantarme con el pensamiento estremecedor: la próxima vez no podrás sacudirte esto, ¿y qué entonces? Bajo la influencia de un emético vomité libremente sin náuseas y sin mucho alivio. Hacia la medianoche, a sugerencia de los doctores, subí las escaleras para acostarme. Mis piernas y pies parecían tan pesados que apenas podía moverlos, y era todo lo que podía hacer caminar con ayuda. No tengo recuerdo alguno de que me desvistieran, pero se me dice que me dormí inmediatamente. Cuando desperté temprano por la mañana, mi mente estuvo al principio clara, pero en pocos minutos los paroxismos, semejantes a los de la tarde, sobrevinieron de nuevo, y recurrieron a intervalos más o menos breves hasta bien entrada la tarde. Todo el día hubo marcada anestesia de la piel.
En ningún momento se produjeron sensaciones afrodisíacas. Hubo un marcado aumento de la secreción urinaria. No hubo efectos posteriores, como náuseas, dolor de cabeza o estreñimiento de vientre.
Las siguientes notas fueron amablemente facilitadas por el Dr. Thomas: «Fui llamado a las 8 y 1/2 p. m. a casa del Dr. H. C. Wood, y se me informó que había tomado una sobredosis de extracto de cannab. indica. Lo encontré presentando a primera vista la condición mental y el modo excitado de una leve intoxicación alcohólica.
Sus facultades de raciocinio apenas si estaban ligeramente perturbadas. La manifestación psicológica más prominente era un temor constante y abrumador a una muerte inminente, que ninguna seguridad lograba aliviar por más de un instante; a esto se unía una pérdida casi total de la facultad de apreciar el tiempo —los momentos parecían, a su conciencia perturbada, tener horas de duración—. Se mantenía en pie y caminaba sin dificultad, y su voz era natural en tono y acento. Las pupilas, muy dilatadas aunque no por completo; el pulso, moderadamente lleno, marcaba 106 latidos por minuto, aumentando en frecuencia hasta 118 por minuto en los siguientes veinte minutos y volviéndose decididamente más débil. Las extremidades estaban frías y se enfriaban cada vez más. Se ordenó entonces Zinci Sulph. con el fin de evacuar del estómago cualquier porción de la droga que pudiera permanecer sin absorber, así como por cualquier posible influencia revulsiva que pudiera ejercer. A las diez y diez minutos, cuando se obtuvo el emético, se halló que el pulso había aumentado aún más en frecuencia (136) y había disminuido proporcionalmente en volumen. En los quince minutos siguientes, habiendo sido entretanto los pies sumergidos en agua caliente con mostaza, se produjo una emesis abundante, y el pulso descendió rápidamente, mejorando al mismo tiempo en calidad. A las 10.15 marcaba 104 por minuto, y permaneció aproximadamente igual durante la hora siguiente. El calor de la piel se restableció en este momento. El estado mental varió muy poco en todo el curso. A las 11.15 cedí el caso al Dr. Allen.”
El experimento precedente prueba que el cáñamo de Kentucky contiene ciertamente una cantidad apreciable del principio o principios activos resinosos, pero fue meramente tentativo y no pretendía determinar la cantidad proporcional.
A fin de determinar la proporción de extracto obtenible, se realizó el siguiente experimento:
Se trataron seis onzas de hojas secas de plantas masculinas de cáñamo de Kentucky con alcohol caliente y luego se agotaron con un poco de éter. Las tinturas así obtenidas se mezclaron y evaporaron. El extracto así obtenido pesó 252 granos. Se trituró una dracma del mismo con una solución concentrada de Carbonato de Sosa para eliminar materias grasas, etc. Perdió diecinueve granos, o sea un 32 por ciento, muy cerca de un tercio de su peso.
Seis onzas de las hojas rindieron, por tanto, algo más de dos dracmas y dos tercios de un extracto del que se había eliminado todo lo soluble en una solución alcalina. El método empleado se asemeja al de los señores Smith de Edimburgo. Ellos obtuvieron de 6 a 7 por ciento de su extracto purificado de la planta cultivada en la India. Yo obtuve de 4 a 5 por ciento del extractivo, y como la operación se hizo a pequeña escala y fue conducida por uno completamente ayuno en farmacia práctica, no puede caber duda de que hubo pérdida suficiente para elevar la proporción plenamente al 5 por ciento; además, las hojas americanas probablemente no estaban tan completamente secas como las indias.
No se probaron las propiedades terapéuticas de este extracto.
Para comprobar más a fondo la cuestión, agoté tres onzas avoirdupois con alcohol caliente, y la tintura resultante fue puesta en manos de Hance, Griffith y Compañía, Químicos Manufactureros de esta ciudad.* Cuatro quintos de esta tintura fueron evaporados por ellos hasta la consistencia de un jarabe, y se le añadió diez veces su volumen de agua. El precipitado se lavó y secó. Cuando me fue entregado, era una resina verdosa, algo blanda y adhesiva. De esta tomé ¼ de grano disuelto en una mezcla de alcohol y éter. Produjo una marcada perturbación cerebral que llegaba a una leve intoxicación.
Estos síntomas eran similares a los ya detallados, pero mucho más leves. No hubo, sin embargo, períodos marcados de inconsciencia, meramente una sensación de hilaridad y una total incapacidad de fijar la atención salvo por muy breve período, y también cierta prolongación del tiempo.
De este mismo extracto resinoso, mi amigo Carl Frith, graduado del Colegio de Farmacia de Filadelfia, tomó un grano. Comenzó a sentir su influencia hacia la hora de la cena. Sentía la cabeza como si alguien se la comprimiera violentamente y al mismo tiempo una sensación de hilaridad, con un deseo incontenible de hablar y reír, de modo que quienes lo rodeaban le preguntaron qué le había sucedido.
En la cena estuvo casi voraz y comió tanto que fue notado por los demás. Al intentar concentrar sus pensamientos en cualquier asunto, halló que requería un esfuerzo muy penoso. Al intentar componer una receta, encontró imposible recordar más de un ingrediente a la vez, y aun esto estaba casi fuera de sus fuerzas. Por la tarde fue a una conferencia en el Colegio de Farmacia. Aunque comprendía todo lo que se decía, no podía recordarlo ni un momento, y a veces olvidaba su entorno y luego despertaba súbitamente para encontrarse sentado en el aula. Más tarde, por la noche, asistió a una reunión de sociedad, y después salió con un compañero de estudios, pero no tiene recuerdo de lo que se dijo o hizo. Hubo bastante pria-
*Ahora Hance, Brothers and White.
pismo durante la noche, y se indujo un estado de excitación venérea que duró varios días. Durante la noche, la orina se evacuó muy abundantemente.
Antes de esto, había tomado dos granos del extracto de Herring con el resultado de producir síntomas similares, que, sin embargo, no fueron más intensos que los causados por el único grano de la resina americana.
Los señores Hance y Griffith prepararon la resina del resto de la tintura de cáñamo, agitando primero con lechada de cal, filtrando, precipitando con ácido sulfúrico, agitando con carbón animal, filtrando de nuevo, concentrando por evaporación y precipitando la resina mediante la adición de dos veces su volumen de agua. La resina así obtenida fue probada por mi amigo, el Dr. Richardson, en el Hospital de Pensilvania, con permiso del Dr. Da Costa, el médico de sala. Se halló que un cuarto de grano de la misma bastaba para producir resultados terapéuticos decididos; en algunos casos actuando muy placenteramente como hipnótico y calmante; en otros, causando evidente perturbación sensorial, pero más bien agravando que aliviando el sufrimiento del paciente.
Teniendo en aquel tiempo a una señora bajo mi cuidado, sujeta a severos ataques de neuralgia, le suministré algo de la droga en píldoras de ½ grano. De estas halló que una bastaba siempre para inducir un sueño tranquilo de algunas horas de duración, del cual generalmente despertaba libre de dolor. Agotado el limitado suministro de esta preparación, probé con ella un extracto preparado de manera similar a partir de plantas de cáñamo de la India importadas, pero un grano de este no bastó para calmar el dolor e inducir el sueño.
Los experimentos anteriores son ciertamente suficientes para probar que la planta del cáñamo, tal como se cultiva en Kentucky, contiene una abundancia suficiente del principio activo para poder proporcionar un suministro al farmacéutico. Si estoy correctamente informado, la planta de la India vale, a precios de mayoreo, alrededor de un dólar la libra en nuestro mercado. Las plantas masculinas productoras de semilla en Kentucky, después de haber esparcido su polen, no tienen valor. Fue con tales plantas con las que se instituyeron los experimentos. Podría obtenerse un suministro considerable de ellas, según me escribe el señor Hamilton, por poco más que el gasto de recogerlas, o si la demanda excediera la cantidad de tales plantas masculinas, las hojas de las plantas femeninas, cuando estén listas para ser cortadas por la fibra, podrían obtenerse en los mismos términos.
Una consideración más importante que la meramente monetaria es la probabilidad de que, cuando las plantas se criaran cerca de casa, se obtuviera un producto más uniforme.
No puede caber duda de que, en ciertas circunstancias, la Cannabis indica satisface una necesidad médica que ninguna otra droga cubriría con tanta exactitud.
Sin embargo, los extractos, tal como se conservan en las boticas, incluso cuando están hechos honestamente, varían tan indefinidamente en fuerza, y de hecho son tan generalmente casi inertes, que el uso de este narcótico ha sido en gran parte abandonado en consecuencia. Es muy probable que esta variación dependa en cierta medida de diferencias en la edad y modos de cultivo, etc., de la planta. Si esto es así, el cultivo de la planta bajo el ojo del farmacéutico le dará la oportunidad de aprender las condiciones más adecuadas para desarrollar en ella los principios activos.
La Farmacopea de los EE. UU. reconoce aparentemente el hecho de la variación de los extractos de cáñamo del comercio y ordena un extracto purificado. El proceso de preparación dado consiste simplemente en disolver el extracto crudo en alcohol y evaporar. Desgraciadamente esto no resuelve la dificultad, ya que la solubilidad del extracto en alcohol no es medida segura de su actividad. Existen muchas materias inertes en la planta que son solubles en alcohol, de modo que una cantidad regular de extracto puede ser rendida por un espécimen que casi no contiene resina. Esto puede ocurrir en cierta medida incluso si la planta de cáñamo de la India es el sujeto de la prueba, y es muy ciertamente el caso cuando se emplean plantas de otras localidades.
A fin de arrojar alguna luz sobre este asunto se hizo el siguiente experimento: 100 granos de un extracto de buen aspecto hecho de plantas de la India, completamente soluble en alcohol, fueron triturados con una solución de potasa, disueltos en alcohol, pasados por carbón animal, precipitados por una solución fuertemente alcalina, filtrados, y la resina cuidadosamente lavada y secada. El resultante pesó 58 granos. Aun si concedemos hasta un 12 por ciento por pérdidas, había, por tanto, presente en el extracto original un 30 por ciento de materias inertes, lo que corresponde muy estrechamente con la cantidad de materia inerte contenida en el extracto preparado por mí mismo a partir de la planta americana. Que las materias eliminadas por la potasa son inertes lo probé, al menos en lo que respecta al extracto americano, tomándolas en cantidad considerable sin que se indujeran efectos perceptibles. En vista de los hechos mencionados, parecería aconsejable reemplazar en la Farmacopea de los EE. UU. para 1870 el actual Extractum cannabis purificatum por una preparación que se llamará Resina Cannabis, y que se hará precipitando la tintura concentrada mediante agua fuertemente alcalinizada por la presencia de sosa o potasa.
Tal modo de preparar es esencialmente el publicado originalmente por los señores Smith de Edimburgo. La resina, tal como la obtuvo él mismo de esta manera, corresponde bastante estrechamente con la descrita por los citados señores en su memoria original. Es de color leonado, en capas muy delgadas, pero cuando está en masa es negruzca. Es neutra al papel de prueba y es aparentemente un principio activo simple; al menos no he podido separar de ella ningún principio orgánico. En un tiempo sospeché fuertemente la presencia en ella de un alcaloide, porque su acción sobre mí mismo era muy similar a la de los midriáticos.
A fin de determinar este punto, se trató una tintura concentrada con agua acidulada con ácido acético, se filtró, y a la solución clara así obtenida se añadió un álcali, pero no se produjo precipitado alguno —tampoco lo produjo el ácido tánico—. Se repitió este experimento sustituyendo el ácido sulfúrico por el acético. Se obtuvo el mismo resultado negativo.
De nuevo, se trató una tintura concentrada con óxido de plomo recién precipitado, se filtró, se eliminó el plomo mediante el hidrosulfato de amoníaco y se añadió el agua acidulada con ácido sulfúrico. Al filtrar de nuevo, la solución clara obtenida no respondió a ninguna de las pruebas para un alcaloide: el agua de amoníaco diluida, filtrada a través del plomo, no dio precipitado con ácido muriático, mostrando la ausencia de un ácido orgánico insoluble.
